Integridad y Sabiduria
Sermones

Que tu sufrimiento adorne tu esperanza

Miguel Núñez 9 mayo, 2021

Sufrir por causa de Cristo no es una maldición sino una bendición. Esta verdad, tan contraria a nuestra manera natural de pensar, atraviesa todo el mensaje de Pedro a una iglesia que enfrentaba persecución. Para aquellos pastores rusos que sobrevivieron el comunismo, la persecución era tan ordinaria como el sol que sale cada mañana por el este. No escribieron sus historias porque no les parecían extraordinarias. Así de normal debería ser para el cristiano esperar la aflicción.

El apóstol Pedro llama a santificar a Cristo como Señor en el corazón, lo cual significa que él debe reinar sobre nuestros pensamientos, emociones y voluntad, incluyendo el sufrimiento que ha ordenado para nuestra vida. Job lo demostró cuando perdió todo y respondió: "Bendito sea el nombre del Señor". Estaba preparado para defender la esperanza que había en él porque reconocía el señorío de Dios sobre cada circunstancia. Esa preparación requiere disposición mental, conocimiento bíblico y una conciencia tranquila que pueda avergonzar a los acusadores con una conducta intachable.

La motivación para sufrir bien se encuentra en Cristo mismo: el justo sufrió por los injustos para llevarnos a Dios. Si el Creador estuvo dispuesto a padecer así por la criatura, resulta inconcebible que la criatura no esté dispuesta a sufrir algo por él. Richard Wurmbrand, quien pasó catorce años en prisiones comunistas, lo expresó así: los guardias golpeaban a quienes predicaban, y ambos quedaban contentos. Él predicando, ellos golpeando. La clave para sufrir como Cristo es sencilla: valorarlo mucho más de lo que hasta ahora lo hemos valorado, hasta poder decir con Pablo que para nosotros el vivir es Cristo.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Señor, te amamos, gracias porque tú rompiste las cadenas. Sin embargo, Dios, los grilletes que teníamos dejaron heridas en muchos de nosotros. Y las heridas no han necesariamente sanado, y en otros casos continúa actuando como si las cadenas estuvieran presentes. Nosotros te pedimos, te imploramos, rogamos en el nombre de Cristo, que en esta mañana tú puedas tomar tu palabra y aplicarla al corazón, a la mente de cada uno de nosotros, comenzando con el predicador mismo.

Señor, que tú puedas abrirnos los ojos, que tú puedas ayudarnos a ver en tu palabra; en primer lugar, a verte a ti, a ver en tu palabra lo que tú has revelado para que nosotros vivamos esta vida de este lado de la eternidad. A ver mi interior de manera que yo pueda ver qué es aquello que necesita todavía alinearse contigo, aquello que está fuera de equilibrio, aquello que está fuera de orden, Dios. Tu palabra es omnipotente, tú hablaste y el universo se formó, de manera que en esta mañana yo estoy confiando en el poder de tu palabra, no en el poder del predicador, sino en tu poder, para que se haga conforme a tu voluntad, conforme a tu ordenación en la vida de cada uno de nosotros.

Señor, gracias por ayudarnos a reflexionar, gracias por ayudarnos a pensar, gracias por ayudarnos a organizar nuestras vidas, gracias por ordenar nuestros pasos. Señor, tú hablaste y el universo se organizó; habla esta mañana para que el universo personal de cada uno de nosotros sea organizado también. Si tú no bajas en poder, si tú no desciendes de manera real a la mente, a la vida de cada uno de nosotros, nada va a ocurrir. De manera que yo te pido que, de la misma manera que tú eres un Dios sobrenatural, tú obres sobrenaturalmente.

Yo necesito eso como predicador, el resto de tus hijos necesita eso. Ayúdame a depender de ti, danos oídos a todos para oírte, y que cuando todo se ha dicho y hecho, cuando todo se ha visto, la única persona que sea vista en este lugar eres tú. Esconde al predicador, Dios, en la medida en que tú te expresas. Te lo pedimos en Cristo Jesús, y su pueblo dice: amén, amén. Bendiciones, amén.

Voy a invitarles a que abran la palabra, la primera carta del apóstol Pedro, capítulo 3. Vamos a leer un poco más adelante, a partir del versículo 13 hasta el 18, pero aún no; puedes ir abriéndola o encendiéndola dependiendo de lo que tengas, y luego leemos juntos.

Hace varias semanas yo les leí una historia de persecución que venía de la Rusia comunista. La leía de un libro que había traducido, conocido en inglés como *The Insanity of Obedience*, la locura de la obediencia, escrito por Nik Ripken. Y en el día de hoy yo voy a traerles otra historia del mismo libro, del mismo autor, que estaba leyendo ayer. El autor del libro dice que él estuvo en Rusia, hace años atrás, entrevistando un grupo de pastores que habían sufrido la persecución, y pasó varias semanas con ellos.

Al final de esas semanas, el autor reunió a un grupo de ellos y les dijo: "Hay algo que yo no entiendo." Y entonces él les explicó: "Ustedes me han hablado de su sufrimiento, que es difícil de poner en palabras. Ustedes me han contado historias increíbles de lo que Dios ha hecho. Me han hablado de persecución severa y me han hablado del poder de Dios para trabajar en medio de todo eso. Pero lo que yo no entiendo es: ¿por qué ustedes no han escrito esta historia? ¿Por qué no la han publicado? ¿Por qué no han recogido esta historia de alguna manera?" Y él notó que los pastores que estaban ahí aparentemente no le estaban entendiendo.

Finalmente, un pastor ya de cierta madurez lo tomó por la mano, lo tomó por el brazo, lo llevó a una ventana de la casa que daba hacia el este, y ahí, frente a la ventana, el pastor comenzó a hablarle al autor del libro de su familia y le dice: "Usted me dijo que usted tiene hijos, ¿verdad?" Y él respondió: "Sí, es cierto." "¿Tú me podrías decir algo?", preguntó este pastor ya de cierta edad. "¿Cuántas veces usted ha despertado a sus hijos en la madrugada y los ha llevado a una ventana en su casa para que miren hacia el este? ¿Cuántas veces usted les ha dicho: 'Muchachos, prepárense, miren a través de esta ventana porque el sol está a punto de salir en el este. Muchachos, yo los desperté temprano esta mañana porque yo creo que ustedes lo vieran, está a punto de ocurrir'? Doctor Ripken, ¿cuántas veces ha despertado a sus hijos y les ha dicho algo como esto?"

El autor del libro respondió: "Bueno, pastor, yo nunca he hecho algo así. De hecho, mis hijos pensarían que yo estoy loco si hiciera algo semejante." El pastor lo vio, asintió con su cabeza y respondió con un lenguaje corporal como que algo profundo había sido dicho. El autor del libro le dice: "Yo todavía no puedo ver la conexión entre las preguntas que yo hice, de por qué no habían publicado esto, y esto que usted me estaba diciendo. Estoy completamente confundido."

El pastor, dándose cuenta de esa confusión, le dice: "Claro, tú nunca harías algo como eso con tus hijos porque el sol sale cada mañana en el este de manera normal y ordinaria. Es un evento de cada día y es esperado. Bueno, así es la persecución para nosotros: normal y ordinaria. Esa es la manera como Dios trabaja en medio nuestro. Nosotros no escribimos mucho acerca de esto porque estas cosas son tan normales como el sol que sube cada día en el este."

La iglesia de hoy necesita escuchar estas historias de persecución. El pastor de nuestros días necesita preparar su iglesia para la persecución que viene de camino. Dentro de no mucho tiempo, nosotros tendremos que vivir lo que algunos países de Europa, y aún Estados Unidos y Canadá, ya comenzaron a vivir. ¿Quién hubiese pensado que en un país de la Europa libre se iba a encarcelar a un pastor, ya hace varios años atrás, por haber predicado que la homosexualidad es pecado conforme a lo que Dios ha revelado? ¿Quién hubiese pensado que Canadá pondría a un pastor en la cárcel por predicar durante esta pandemia un domingo en la mañana? ¿Y quién diría que Estados Unidos ha tratado de hacer eso con varios pastores?

Para estos pastores de la historia que yo conté, la persecución era algo ordinario. Algo similar estaba viviendo la iglesia a la que Pedro le escribía, que es la epístola que estamos analizando, la primera epístola de Pedro. Esta gente o estaba bajo persecución o pronto estaría enfrentándola. Pedro le escribe un poco más adelante, porque no hemos llegado ahí todavía, en el capítulo 4, versículo 12, y le dice: "Amados, no se sorprendan del fuego de prueba que en medio de ustedes se ha venido para probarlos, como si alguna cosa extraña les estuviera aconteciendo." Está diciendo: eso no es extraño. Para la iglesia de Cristo, la persecución ni es nueva ni es extraña.

Cuando tú revisas la historia del libro de los Hechos, te das cuenta de que en el capítulo 8 inició la persecución después del martirio de Esteban. En Hechos 1:9, capítulo 8, la iglesia está siendo perseguida, y la iglesia no ha dejado de ser perseguida en ningún momento de los últimos 2.000 años, en alguna región o en múltiples regiones de nuestro planeta, hasta el día de hoy; hasta el punto de que se cree, se piensa y se afirma estadísticamente que el grupo más perseguido son los cristianos.

En el texto que vamos a leer, Pedro comienza a hablar de la persecución y del sufrimiento, lo cual es un tema que será común en el resto de esta epístola hasta llegar al final. De hecho, Pedro escribió esta carta precisamente para animar a los creyentes a persistir y a aprender cómo sufrir bien. El sufrimiento es un tema favorito del apóstol Pedro. La palabra traducida como "sufrimiento" aparece en el Nuevo Testamento 42 veces; 12 de esas 42, es decir, el 28 por ciento de esas ocasiones, la usa Pedro en dos cartas de apenas 8 capítulos. Eso te da una idea de cuán favorito es este tema para el apóstol Pedro.

Y con esa introducción, yo quiero simplemente invitarte a que reflexiones unos segundos sobre el título de mi mensaje: "Que tu sufrimiento adorne tu esperanza", porque sale del texto. Que tu sufrimiento y el mío adornen. Tres palabras vitales: sufrimiento, adorne, esperanza. Y con eso, yo quiero que leamos juntos del versículo 13 al 18 del tercer capítulo de la primera carta del apóstol Pedro.

"¿Y quién les podrá hacer daño a ustedes si demuestran tener celo por lo bueno? Pero aun si sufren por causa de la justicia, dichosos son. Y no tengan miedo por temor a ellos, ni se turben. Sino santifiquen a Cristo como Señor en sus corazones, estando siempre preparados para presentar defensa ante todo aquel que les demande razón de la esperanza que hay en ustedes. Pero háganlo con mansedumbre y reverencia, teniendo buena conciencia, para que en aquello en que son calumniados, sean avergonzados los que hablan mal de la buena conducta de ustedes en Cristo. Pues es mejor padecer por hacer el bien, si así es la voluntad de Dios, que por hacer el mal. Porque también Cristo murió por los pecados una sola vez, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, muerto en la carne pero vivificado en el Espíritu."

Y a veces más yo tengo que decir, casi insistir, que cada texto de la palabra de Dios, cuando tú lo ves en porciones como esta, tiene un versículo eje, un versículo alrededor del cual todo lo demás gira. Tiene un versículo que representa como el centro de gravedad, que atrae a todos los demás versículos hacia él. Usualmente ese es un versículo que contiene una gran verdad en sí mismo, o un par de versículos, y el resto de los versículos a su alrededor básicamente contribuyen a amplificar, a darle color, a explicar mejor lo que ese pasaje o versículo está diciendo. Y en este caso, yo quiero sugerir que el versículo eje de este texto que yo leí es el versículo 15. Escúchalo otra vez.

Sino, santifiquen a Cristo como Señor en sus corazones. Pero presten atención: estando siempre preparados para presentar defensa ante todo aquel que les demande razón de la esperanza que hay en ustedes, pero háganlo con mansedumbre y reverencia. Sea lo que sea que el resto de los versículos diga, ellos tienen que tratar de conectarse y de explicar, de amplificar y darle color a esa verdad que yo acabo de mencionar.

Entonces, para situarte todavía mejor en el contexto inmediato, déjame recordarte que en el mensaje anterior, en el texto anterior del apóstol Pedro, esto fue lo que él nos enseñó: que no debiéramos de volver mal por mal, insulto por insulto, sino que más bien debiéramos bendecir. Pedro nos deja ver que el pueblo de Dios, y tú de manera personal, tenemos un llamado a ser una bendición para los demás; no tenemos otro llamado.

En el versículo 10 de ese mismo texto, Pedro nos dice que si queremos ver días buenos o tener una vida buena, cada uno de nosotros necesita —literalmente citando ahora— refrenar su lengua del mal, y sus labios no pueden hablar engaño. Si queremos disfrutar, ver una vida buena, tú y yo tenemos que hacer algo con nuestra lengua y nuestros labios, dice Pedro. Hablamos de eso en el mensaje anterior, porque mi lengua refleja la abundancia de mi corazón. Y finalmente, el versículo 11 nos llama a apartarnos del mal y hacer el bien.

En esencia, Pedro estaba definiendo —y sigo definiendo— lo que debe ser el estilo de vida de un creyente. Y en este caso, el día de hoy, Pedro va a definir ese estilo de vida, va a describir ese estilo de vida de cómo debe ser bajo la aflicción. Y va a decir, para el resto de lo que nos queda de carta, va a hablar recurrentemente acerca de esto, en diferentes ángulos.

Él comienza entonces en el versículo 13 diciendo: "¿Y quién les podrá hacer daño a ustedes si demuestran tener celo por lo bueno?", o en otras traducciones: "si hacen lo bueno." Nosotros no creemos —no creo— que haya una sola persona que haga un ejercicio de interpretación de este texto y crea que Pedro está tratando de decirnos que siempre y cuando tú hagas el bien, nunca nadie te hará el mal. Eso no puede ser bajo ninguna circunstancia, porque lo único que Pedro tendría que hacer es mirar hacia atrás, ver hacia la cruz, y ver que el hombre que vivía una vida perfecta terminó clavado en un madero.

Sin embargo, lo que Pedro sí está diciendo es que en sentido general, Pedro hace uso de algo que el autor del Libro de Proverbios hace uso, y es dar principios de sabiduría que en sentido general corresponden a la realidad, pero no en todos los casos. El Libro de Proverbios está lleno de proverbios de ese tipo. En este caso, Pedro está diciendo en sentido general: tú recibes lo que das; si das insultos, recibes insultos, pero si haces lo bueno, usualmente tú recibes lo bueno. La manera como lo expresan los Evangelios es que con la vara que yo mido me será medido: un buen trato es devuelto, usualmente, con un trato más o menos justo, y un mal trato es devuelto como un mal trato.

Este es además un principio que Pablo da en Romanos 13, cuando habla de que los gobiernos existen para castigar el mal hecho, para los transgresores de la ley, no para nosotros. Sin embargo, sabemos que ha habido gobiernos que han sido abusivos, perseguidores, y sobre todo de los cristianos. Pero esto es lo que Pedro está tratando de comunicarnos.

Pero inmediatamente después de que Pedro me dice en términos generales que te va a ir mejor siendo manso, te va a ir mejor siendo sumiso, te va a ir mejor siendo una persona que obra para bien, viene el próximo versículo. Ahora inmediatamente después le dice: mas debo decirte que eso no va a ser siempre así, "pero aun si sufren por causa de la justicia", o sea, ustedes hacen las cosas bien, obran para bien, obran para Dios, y les toca sufrir, "dichosos son." ¿Cómo, Pedro? Bendecidos son. "Y no tengan miedo por temor a ellos, ni se turben."

Pedro nos recuerda algo que a nosotros se nos hace difícil incluso entender: que bajo la óptica de Dios, sufrir por causa de la justicia, por hacer el bien, por amor a Dios, es una bendición, es ser bienaventurado. Nosotros en sí estábamos siguiendo recordando lo que Pablo dice a los filipenses en el capítulo 1:29. Dijimos en el mensaje anterior, hemos dicho en otras ocasiones, que a nosotros los cristianos se nos ha concedido el sufrir por causa de Cristo como un privilegio, como una bendición, como algo especial, como algo que nosotros debiéramos estar incluso, en ocasiones, buscando de alguna manera: sufrir por la causa de Cristo.

Y al decirlo de esta manera, lejos de ser una maldición, es una bendición sufrir por la causa de Cristo. Si eso es verdad, y lo es, eso explicaría el sufrimiento de José, eso explicaría el sufrimiento de Daniel, explicaría el sufrimiento de Jesús, se explicaría el sufrimiento de Job, explicaría el sufrimiento de Pablo y de todos los mártires. En otras palabras, los mejores de Dios han pasado por las peores circunstancias, porque los mejores de Dios son los que más han sido bendecidos. Y por eso el sufrimiento, bajo la óptica de Dios, lejos de ser una maldición, es una bendición.

Pero aparte de la razón por la que el sufrimiento es visto por Dios como una bendición, es porque nos ofrece una oportunidad para mostrar a Cristo, nos ofrece una oportunidad de testificar para Cristo, nos ofrece la oportunidad de mostrar al mundo que Cristo es digno de todo sacrificio, de toda carencia, de toda pérdida, de todo dolor, de toda persecución. O de cualquier otro mal, muestra el verdadero valor que Cristo tiene para nosotros, si en verdad tiene dicho valor.

Por otro lado, parte de la razón por la que Dios entiende el sufrimiento como una bendición es porque, en la medida en que nuestros sufrimientos aumentan y seguimos caminando con Dios, Dios hace aumentar su gracia. Annie Flint quedó huérfana de madre a los cinco años. Dos años después fue adoptada por una pareja cristiana que no tenía hijos. A los ocho años entregó su vida al Señor. Como joven comenzó a enseñar en la escuela, pero pronto fue afectada por artritis que la dejó paralítica literalmente por el resto de sus días, y también terminó ciega.

En esa condición, Annie Flint escribió un himno que se publicó en los años de 1940, en medio de la Segunda Guerra Mundial. El himno en inglés se conoce como *He Giveth More Grace*, que en español se traduciría como "Él da más gracia." Yo te voy a leer algunas líneas del himno para que comencemos a entender cómo es que el sufrimiento, desde el punto de vista de Dios, es una bendición y no una maldición. Voy a leer las líneas en inglés primero y luego en español su traducción, escritas en un inglés pasado más antiguo que el que conocemos hoy.

El himno *He Giveth More Grace* dice así: "Cuando los yerros son grandes, su gracia es mayor. Si las cargas aumentan, cuando los labores se cumplen, su fuerza es mayor. Si la carga es mayor, para dar la aflicción, Él ensancha su brazo. Si más son las penas, mayor es su misericordia, mayor es su gracia. Para multiplicar pruebas, se multiplica su paz. Si más son las pruebas, mayores sus bases. Su amor no tiene límites, su gracia no tiene medida, su poder no tiene límites conocidos por el hombre. Por parte de sus riquezas infinitas en Jesús, Él da, y da, y da, y da otra vez."

Annie Flint escribió este himno basado en la segunda carta del apóstol Pablo, 2 Corintios 12:9: "Y Él me ha dicho: 'Te basta mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad.' Por tanto, con muchísimo gusto me gloriaré más bien en mis debilidades, para que el poder de Cristo more en mí." Lo que Annie Flint estaba tratando de comunicar es que en la medida en que la aflicción aumenta en tu vida, y tú sabes sufrir bien, en esa misma medida tú puedes experimentar una mayor medida de gracia de parte de Dios, una mayor visitación de parte de nuestro Señor, una mayor intimidad, una mayor comunión.

Y la pregunta que tú y yo tenemos que hacernos entonces es: ¿si estamos dispuestos a sufrir como ella sufrió, para escribir himnos como los que ella escribió y para tener la intimidad con Dios que ella tuvo? ¿Si estamos dispuestos a intercambiar los sufrimientos de Pablo por los nuestros, con la intención y motivación de que nos lleven al tercer cielo? ¿O si preferimos decir: "No, así está bien, que los sufra Pablo, y déjame con una comunión contigo lejana y distante, déjame en actividades cristianas como espectador"? Tu área de reflexión. Mayor aflicción, mayor es su gracia, lo que implica mayor es su comunión, mayor es su presencia real con nosotros.

El apóstol Pedro, ahí mismo, nos dice en el versículo 14: "Y no tengan miedo por temor a ellos, ni se turben." La idea es que los hijos de Dios no debiéramos intimidarnos por aquellos que nos amenazan, como aquellos que nos quieren quizás perseguir, aquellos que quizás quieren hacernos mal cuando estamos haciendo el bien. Es como si él dijera: "Oye, mira, ni pierdas el tiempo en pensar en esas cosas, porque en realidad, cuando tú consideras que mayor es el que está en ti que el que está en el mundo, cuando tú piensas que Dios está por nosotros y no contra nosotros, cuando pensamos que Dios es quien lleva la batalla, que no somos nosotros, y cuando pensamos que los ojos de Dios están sobre los justos y que sus oídos están atentos al clamor de los suyos, entonces nosotros no tenemos por qué preocuparnos ni intimidarnos."

Se cuenta que Martín Lutero salía a caminar en el bosque. Cuando así, a eso de la mañana, él comenzaba a caminar, levantaba los brazos al ver las aves y les decía: "Buenos días, teólogos. Y si ustedes son los que tienen sabiduría, yo soy el tonto, porque yo me la paso preocupando por todo, en vez de confiar en el cuidado de mi Padre como ustedes lo hacen." Buenos días, teólogos.

Pero quiero de fe para creer estas cosas que yo acabo de mencionar. Entonces, esta es una de las formas como la batalla espiritual es librada: es una batalla de fe. Cuando Pedro escribió estas palabras del versículo 14 que yo te leí, él probablemente estaba pensando en Isaías, 700 años antes, en Isaías 8, versículos 12 y 13: "Ni teman lo que ellos temen, ni se aterroricen. Lo que el mundo teme, no lo teman. Al Señor de los ejércitos, a ese, tengan por santo; sea Él su temor y sea Él su terror." En vez de temer a los hombres que nos persiguen, nosotros debemos temer a Dios. Cristo lo enseñó de esta manera: "No tengan miedo, o temor, de aquello que solamente puede matar el cuerpo, sino que más bien teman a Aquel que puede matar tanto el cuerpo como el alma." ¿Y quién es, sino Dios mismo?

En la Palabra de Dios, temer a Dios de manera primaria implica reverenciarlo, glorificarlo, exaltarlo. Pero luego, de manera secundaria, también la Palabra de Dios habla de un temor real que yo debo tener: si no le conozco, a su ira; y si le conozco como hijo, a su disciplina. Pero como decía alguien, nosotros tememos a Dios muy poco porque tememos al hombre demasiado.

En el contexto que Pedro está escribiendo, el sufrimiento por causa de la justicia o por causa de Cristo es el enfoque; eso es lo que él quiere que yo entienda. ¿Cómo debo responder? ¿Cuál debe ser mi estilo de vida bajo esas condiciones? Y entonces, en ese contexto, bajo esa luz, es que él dice en el versículo 15: "Sino santifiquen a Cristo como Señor en sus corazones, estando siempre preparados para presentar defensa ante todo el que les demande razón de la esperanza que hay en ustedes, pero háganlo con mansedumbre y reverencia."

Pedro me llama a estar preparado. Observen algunas cosas: estar preparado va a requerir una disposición mental en ocasiones. Mi propia esposa me ha hecho una pregunta y yo he dicho: "Espera, ¿qué fue?" Porque yo no estaba mentalmente listo; no tenía la disposición mental para escuchar lo que ella me estaba preguntando. Yo necesito una disposición mental; yo necesito un cierto nivel de conocimiento si voy a estar siempre preparado. Pero yo necesito haber llevado ese conocimiento a la práctica, de manera que necesito también una cierta experiencia, de tal forma que, al poner todo eso junto, yo pueda estar preparado para dar una respuesta.

Antes de continuar con esa idea, déjame mencionarte cuatro cosas que en ese solo versículo 15 Pedro nos dice. Lo primero que necesito hacer para esa preparación es santificar a Cristo en nuestro corazón; es lo primero. Número dos, tengo que estar preparado, pero antes de la preparación necesito santificar a Dios en mi corazón. Número tres, necesito presentar una defensa, ¿pero qué es lo que voy a defender? El texto me dice que tengo que presentar una defensa de la esperanza. ¿De cuál esperanza? Yo te dije cuál era el contexto: de la esperanza que hay en mí bajo el sufrimiento, de la esperanza que hay en mí cuando a mí me toca pasar por la aflicción. Cuando a mí me pregunten: "¿Por qué es que tú esperas como esperas? ¿Por qué tú bendices cuando te maldicen? ¿Por qué devuelves bien por mal? ¿Por qué tú no devuelves insulto por insulto?" Cuando me pregunten esas cosas, que yo pueda estar preparado para presentar que mi vida, mi estilo de vida en sí mismo, sea la defensa de por qué yo espero como espero en medio del dolor y el sufrimiento. Y número cuatro, la defensa tiene que hacerse con mansedumbre y con reverencia.

Entonces, lo primero es que tengo que santificar a Cristo en mi corazón. ¿Qué significa eso? Bueno, déjame hablar del corazón del hombre primero, para que entiendas el resto. El corazón del hombre en la Palabra frecuentemente es usado para referirse a sus emociones, a sus pensamientos y a su voluntad. Frecuentemente el corazón del hombre representa todo lo que él es. "Tal como él piensa en su corazón, así es." Entonces, ahora Pedro me dice que yo tengo que hacer con Cristo algo en mi corazón: es santificar a Cristo en mi corazón, es separarlo. Santificar —la palabra "santo" es separar— apartar un lugar especial para Cristo, de tal forma que Él ejerza señorío en todas las áreas de mi vida sin excepción.

Cristo tiene que reinar supremo en mis pensamientos, aun cuando yo no estoy hablando, aun cuando nadie me está escuchando; en mis pensamientos, la manera como los llevo, Cristo tiene que reinar supremo. Cristo tiene que reinar supremo en mis emociones; ellas no pueden correr sueltas como si se gobernaran solas, como si no hubiera un Señor. Y Cristo tiene que reinar supremo sobre nuestra voluntad, porque yo tengo que someter mi voluntad a la suya, tal cual Él lo hizo en ese momento. Pero de manera especial, en el contexto que Pedro está hablando, Cristo tiene que ejercer señorío sobre el sufrimiento que Él ha ordenado para mi vida.

Y si tú quieres un buen ejemplo de cómo se ve esto en la vida real, es Job. Job, cuando perdió todo lo que tenía, dijo: "Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré. El Señor dio y el Señor quitó; bendito sea el nombre del Señor." En otras palabras: "El que me lo dio tiene el derecho de quitármelo. Él decidió que este era el momento para hacerlo; pues este es el momento. Él decidió la forma como lo iba a hacer; pues bendito sea el nombre del Señor, porque Él es dueño y Señor de mi vida, de lo que soy y de lo que tengo." Job estaba siempre preparado para presentar defensa de la esperanza con la que él vivía: "Yo sé que mi Redentor vive."

La manera en que yo necesito reconocer el señorío de Cristo sobre el sufrimiento es recordando que nosotros no podemos comparar nuestros sufrimientos con los de otros. A mí no me han tocado los sufrimientos de Annie Flint. Gracias a Dios. No me han tocado los sufrimientos de Job. Gracias a Dios. Pero nosotros no tenemos el derecho de elegir cuál sufrimiento queremos. Quizás a veces has escuchado, quizás has dicho, quizás has pensado: "Bueno, yo preferiría aquel sufrimiento a esto que yo estoy sufriendo. Preferiría esta enfermedad a la otra, preferiría esta condición a aquella otra." Pero yo no tengo ese derecho de elegir. Dios elige el camino de cada uno de nosotros y luego nos dice lo mismo a todos.

Un momentico, Dios, déjame ver si entendí bien. El camino que eliges para cada uno de nosotros es diferente, pero la respuesta es la misma. Entonces, ¿cuál es esa respuesta? Yo necesito reaccionar con sumisión, como Cristo: sometió al Padre con gozo, pues por el gozo puesto delante de Él soportó la cruz; con aceptación: "No mi voluntad sino la tuya"; con glorificación de su nombre: la hora de la cruz la llamó la hora de su glorificación; y con propósito, porque al final esto tiene una razón. En otras palabras, Dios ordena la aflicción de cada uno, pero ha prescrito la misma receta para todos nosotros.

Entonces, Pedro nos llama a estar siempre preparados para presentar esa defensa de la esperanza que hay en nosotros, pero sobre todo la esperanza en medio del sufrimiento. Una vez más: ¿por qué bendecimos con humildad? ¿Por qué no devolvemos mal por mal? ¿Por qué permanecemos en silencio cuando nos acusan falsamente? Ante estas preguntas, nosotros reaccionamos de forma distinta a como el mundo lo hace. Y la razón por la que nosotros tenemos una esperanza —y la esperanza nos ayuda a esperar de manera distinta— es porque nosotros sabemos que tenemos una mejor vida que nos espera, una mejor morada donde vivir, un lugar de seguridad eterna, un lugar donde todos mis anhelos serán satisfechos, un lugar donde no habrá más llanto ni dolor ni muerte, un lugar donde todo tendrá sentido, un lugar donde no habrá injusticias, un lugar de gozo permanente, un lugar donde terminarán todas mis preguntas, un lugar donde veremos a Cristo como Él es y seremos como Él es.

Esa es mi respuesta a la esperanza que hay en mí. Yo tengo otra vida, otra esperanza, otra morada; yo tengo otra eternidad que la tuya; yo tengo a Cristo; yo tengo algo diferente.

El apóstol Pablo tuvo que presentar defensa en múltiples ocasiones de la esperanza que había en él. Y en una ocasión le tocó hacerlo ante el rey Agripa. Esto es lo que Lucas describe en Hechos, capítulo 26. Pablo está ahí como prisionero; Festo lo había tenido preso por dos años, y ahora el rey Agripa lo va a escuchar. En el versículo 2 de Hechos 26, esto es Pablo hablando: "Con respecto a todo aquello de que los judíos me acusan..." Pablo está ahí, no le falta acusación. "Me considero afortunado, oh rey Agripa, de poder presentar hoy mi defensa delante de ti." Rey Agripa venía de un trasfondo judío. Pablo dice: "Yo soy un afortunado, porque en realidad yo estoy aquí delante de ti por una acusación falsa, pero me siento tan bendecido de poder presentar mi defensa." La razón es que, cuando tú lees todo el capítulo 25 y 26 del libro de Hechos, lo que Pablo está diciendo es: "Te voy a dar testimonio de la esperanza que hay en mí"; y ese es su intento de evangelizar al rey Agripa. "Yo soy un bendecido de haber sido acusado falsamente, porque la acusación falsa me ha traído ante ti."

Versículo 6: "Y ahora soy sometido a juicio por la esperanza." ¿Lo escuchaste? "Por la esperanza de la promesa hecha por Dios a nuestros padres."

A mí se me ha acusado, y estoy bajo juicio, porque resulta que yo tengo una esperanza —la esperanza de Agripa—, que es una esperanza que nuestros padres, Abraham y Zacarías, abrigaron en Dios, y yo he creído que esa esperanza se ha cumplido en Cristo Jesús, y eso es lo que me tiene aquí, testificando, brindando defensa de la esperanza que hay en mí. Y ahora Agripa está, como decimos nosotros, entre la espada y la pared, que en un momento dado le dice: "Pablo, te has vuelto loco", y Pablo le responde que quisiera que él se convirtiera, y todo lo que estaba con él también. Ahí está Pablo, presentando defensa de la esperanza que había en él.

Él lo hizo con mansedumbre, porque el texto me dice que tengo que hacerlo con mansedumbre y reverencia. La mansedumbre es una cualidad muy especial. Nosotros usamos la palabra de manera muy superficial, pero la mansedumbre requiere humildad, gratitud, ausencia de imposición, respeto y honor. Cristo dijo: "Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón." Pero Pedro me dice que tengo que hacerlo de esa manera, la defensa que presento, como Pablo lo hizo.

Luego él continúa, entonces en el versículo 16: "teniendo buena conciencia, para que en lo que murmuran de vosotros como de malhechores, sean avergonzados los que calumnian vuestra buena conducta en Cristo." Lo que dice es que se necesita una buena conciencia. ¿Qué es esa conciencia? Bueno, la conciencia ha sido definida como el testigo interno que determina lo que está bien y lo que está mal. Esa buena conciencia necesita ciertas condiciones para funcionar apropiadamente, porque la conciencia es algo que Dios nos dio a todos los hombres, creyentes y no creyentes.

Pero funciona mejor cuando yo tengo una conciencia informada por la Palabra de Dios, porque ahora puedo discernir mucho mejor lo que está bien y lo que no está bien. Yo necesito una conciencia sensible al pecado, porque esa conciencia puede llegar a insensibilizarse. Pablo habla de eso hasta el punto de cauterizarse, le dice a Timoteo. Y la manera como la conciencia se insensibiliza es en la medida en que nosotros nos exponemos al pecado y lo practicamos, y entonces de esa manera, cada vez más, aquello que antes me parecía pecaminoso —o altamente pecaminoso— me va pareciendo normal. Esta conciencia necesita estar en paz con Dios, en la certeza de que ha hecho todo lo que él o ella entiende que debía haber hecho, y esa conciencia necesita estar limpia de pecado hasta donde Dios nos permita lograrlo.

El apóstol Pablo describe a los corintios en su segunda carta, capítulo 1, versículo 12, y les dice lo siguiente: "Porque nuestra satisfacción es esta: el testimonio de nuestra conciencia, que con sencillez y sinceridad de Dios, no con sabiduría carnal sino con la gracia de Dios, nos hemos conducido en el mundo y especialmente con vosotros." Esa tranquilidad de conciencia de la que Pablo habla tiene que ver justamente con que los corintios le habían acusado de ser un falso apóstol y de ejercer la autoridad inapropiadamente, por lo que tuvo que defender su apostolado ante ellos.

Pablo tuvo que decirle a los corintios: "Dennos un espacio en su corazón, porque ustedes nos han cerrado el corazón." Y entonces Pablo, en defensa de su ministerio, les dice: "Bueno, yo tengo que decirles que mi conciencia está tranquila, porque con sencillez y sinceridad de Dios nos hemos conducido en el mundo y especialmente hacia ustedes." Eso es lo que Pedro llama "teniendo buena conciencia, para que en lo que son calumniados sean avergonzados los que hablan mal de la buena conducta de ustedes en Cristo."

Cuando tú respondes con una buena conducta, dice Pedro, y tu conciencia esté tranquila, los acusadores de nosotros, los cristianos, serán avergonzados. ¿Cómo ocurre eso? Bueno, la multitud que acusó a Cristo al final fue avergonzada porque no encontraba testigos reales; tuvieron que comprar testigos, y eso es una vergüenza. Por otro lado, el Sanedrín fue avergonzado porque cuando Cristo estuvo ante ellos, ante Anás, uno de los que estaba allí de parte del Sanedrín lo abofeteó, y Cristo le responde: "Si he hablado mal, testifica en qué está el mal; y si bien, ¿por qué me golpeas?" Tan sencillo como eso. Respuesta: silencio, porque no había hecho mal y porque no había razón para golpearlo.

Pilato también fue avergonzado porque no encontró causa para acusarlo y se lo envió a Herodes. Herodes fue avergonzado también porque después de entrevistarlo y juzgarlo tampoco encontró causa y se lo envió de nuevo a Pilato. Y uno de los dos ladrones en la cruz avergonzó al otro a favor de Cristo cuando aquel lo estaba insultando, diciéndole: "Nosotros estamos aquí de manera merecida, pero este ningún mal ha hecho." Eso es a lo que Pedro se está refiriendo cuando dice que tu buena conducta termine avergonzando a quienes te acusan: "sean avergonzados los que hablan mal de la buena conducta de ustedes en Cristo", que tu buena conducta ponga vergüenza al otro.

Versículo 17: "Pues es mejor padecer haciendo el bien, si así es la voluntad de Dios, que haciendo el mal." Una vez más, estas enseñanzas nos dejan ver cuán contracultural es la fe cristiana. Nosotros, los cristianos, venimos a un mundo de maldad entregado al pecado, pero en ese mundo, en ese mundo de maldad entregado al pecado, la victoria nunca se obtiene haciendo el mal sino haciendo el bien. Dios honra el ejercicio del bien, porque testifica de Él, exalta Su nombre y pone el poder del Evangelio en despliegue.

Esta es la razón por la que Cristo enseña en el Sermón del Monte: "Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados seréis cuando os insulten y persigan y digan toda clase de mal contra vosotros falsamente por causa de mí. Gozaos y alegraos, porque vuestra recompensa en los cielos es grande, porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros." Señor, mira lo que están diciendo en Twitter de mí. Señor, mira lo que salió en Facebook. Señor, mira lo que está diciendo esta gente. Y el Señor me dice: "Tú eres un bendecido." ¿En serio? ¿En serio que todo esto que están diciendo en contra de mí es una bendición? Porque no se siente como una bendición. "Bienaventurado tú eres, porque grande es tu recompensa en los cielos." ¡Vaya!

Al final del texto, el apóstol Pedro me da la razón, la motivación y la explicación para nosotros sufrir bien, y al mismo tiempo me quita cualquier razón para yo no querer sufrir bien. El versículo 18 y último: "Porque también Cristo murió por los pecados una sola vez, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, muerto en la carne, pero vivificado en el Espíritu." En otras palabras, Cristo: tú hoy disfrutas de salvación, pero resulta que para que tú tuvieras salvación, Cristo —el Justo, el Santo, el que no conoció pecado— tuvo que ir a sufrir en tu lugar, el injusto, el no santo, el que estaba lleno de pecado. Eso fue lo que detrás de todo quería Dios.

Entonces, no es posible que el Creador estuviera dispuesto a hacer algo por la criatura, y pasar dolor y sufrimiento, y vejámenes, y vituperios, y rechazos, y heridas, y vergüenza, y que ahora la criatura no esté dispuesta a hacer algo —no lo mismo, ni siquiera, pero algo— a favor del Creador. Eso es irracional, es incongruente, y eso no es aceptado en el reino de los cielos. Sufrir bien cuando estamos siendo maltratados habla bien de nuestro Dios, que es digno de mi sufrimiento.

Eso es lo que Pedro y Juan dijeron cuando los pusieron en la cárcel y los azotaron y luego los soltaron. El texto dice que se regocijaron porque habían sido hallados dignos de sufrir por causa del Nombre. Cuando yo sufro bien, cuando soy maltratado, eso habla bien de mi Dios, a quien yo considero digno de mi sufrimiento. Es como que, finalmente, yo tengo la oportunidad de mostrar cuán valioso es Cristo para mí. Y la mejor manera como tú pudieras mostrar el valor de tus hijos es si estuvieras dispuesto a dar tu vida por la de ellos, si estuvieras dispuesto a sufrir para que ellos tengan mejor vida.

Sufrir bien cuando estoy siendo maltratado habla bien del poder del Espíritu Santo que mora en nosotros, habla bien de la esperanza con la que esperamos, habla bien de nuestra vida de santificación en Cristo, habla bien de la gracia de Cristo que me empodera para poder sostenerme en medio de las tormentas de la vida. Entonces, ¿qué es lo que necesitamos para poder sufrir como Cristo sufrió, como Pedro sufrió, como Pablo sufrió, como otros han sufrido, como los mártires con los que comencé al inicio del sermón? ¿Qué es lo que se requiere para nosotros poder sufrir de la misma manera?

Lo he pensado mucho y rumiado mucho, y creo que es sumamente sencillo: es solamente una línea y es una gran verdad. Lo que tú y yo requerimos, única y exclusivamente, es valorar a Cristo mucho más de lo que hasta ahora tú y yo lo hemos valorado.

De manera que tú verdaderamente entiendas, y yo también, que Cristo es digno de mi sufrimiento, de mi precariedad, de mi dificultad, de mi dolor, de mi pérdida, de cuanta cosa pudiera pasar en mi vida, con la única intención de que cuando yo paso a través de eso, yo pueda haber glorificado su nombre. A ver, yo pueda haber desplegado el Evangelio en todo su poder, de tal manera que verdaderamente yo pueda mostrar que Cristo no es simplemente una parte de mi vida.

Como es en la mayoría de los hijos de Dios: llegaron al Reino de los Cielos y agregaron a Cristo a su mundo, y siguen viviendo su vida y siguen viviendo su mundo, y Cristo es una parte de su mundo. En otros casos, Cristo es una parte importante de su mundo. En otros casos, Cristo es la parte más importante de su vida. Y Cristo dice desde el cielo: nada de eso es suficiente. Yo necesito ser tu vida, de manera que tú puedas decir: "Para mí, el vivir es Cristo." No la parte más importante. Como dirían en inglés: ¡I am it! Yo soy eso, yo soy todo lo que hay antes, después y en el presente.

Eso es lo que Pablo dice: "Para mí, el vivir es Cristo", y el morir es ganancia, porque cuando muero voy a ganar a Cristo completamente; lo voy a ver como Él es. Tú existes, yo existo, para poner a Cristo en despliegue. Nada más.

Déjame cerrar con esta breve historia. Richard Wurmbrand fue un pastor luterano y pentecostal. Imagínate esa combinación: de origen judío —otra combinación—, de origen judío, luterano y pentecostal. Murió en el 2001. En 1948, él y su esposa Sabina fueron arrestados. 1948 es el año en que la nación de Israel nació; dicho eso de paso, un paréntesis. En una ocasión, él estaba con su esposa y había algo que había que hacer en particular, y él le dice a su esposa: "Es que si yo hago eso, tú te quedas sin esposo." Y ella le respondió: "Yo no necesito un esposo cobarde." Richard Wurmbrand pasó 14 años preso por eso.

Él fue conocido como uno de los principales detractores del comunismo. De hecho, estaba convencido de que había una relación entre el comunismo y Satanás. Creo que tenía razón. Escucha lo que él dice después que salió de la cárcel: "Estaba estrictamente prohibido predicar a otros prisioneros. Se entendía que quien fuera sorprendido haciendo esto recibiría una fuerte golpiza. Algunos de nosotros decidimos pagar el precio por el privilegio de predicar. Así que aceptamos sus términos, los términos de los comunistas. Fue un trato hecho: nosotros predicábamos y ellos nos golpeaban. Nosotros estábamos felices predicando. Ellos estaban felices golpeándonos. Así que todos estábamos felices."

¿Cuál es el contrato? Tú predicas, yo te golpeo. Trato hecho. Yo predico, estoy contento. Tú me golpeas, estoy contento. Nadie está descontento. Cuando tú haces eso, cuando Cristo vale la golpiza, cuando Cristo vale la golpiza una y otra vez, cuando la salvación de los perdidos en Cristo, por Cristo y para Cristo tiene el valor que debe tener, cuando el Evangelio de Cristo, ponerlo en despliegue y exaltar a Cristo tiene el valor que debe tener, y verdaderamente para ti el vivir es Cristo, entonces tú puedes decir lo que Richard Wurmbrand dijo: "Tenemos un trato. Nosotros predicamos a Cristo, tú nos golpeas. Tú feliz, nosotros también. Todos contentos."

Padre, te damos gracias por empoderar a hombres y mujeres del pasado, a través de tu gracia, para que aquellos pudieran poner a Cristo en despliegue de la misma manera que Cristo puso al Padre en despliegue cuando fue a la cruz. Señor, gracias porque el mismo Espíritu de Dios que descendió y ungió al Unigénito es el Espíritu que ha descendido y ha venido a morar en nosotros, de manera que, teniendo a Cristo como modelo —quien sufrió como injusto siendo justo—, nosotros también podamos sufrir de una misma manera. Ayúdanos a decir: "Para mí, el vivir es Cristo." Gracias, una y mil veces gracias. En tu nombre, Jesús, amén.

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Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.