Pastorear no es una profesión que se ejerce, sino un llamado que se vive. Es un trabajo arduo, poco entendido, caracterizado por muchos gozos y muchas lágrimas, que va mucho más allá de la predicación. El pastor Núñez lo compara con el bombero que acude a sofocar el fuego y termina sofocado por él. Cualquiera puede iniciar el pastorado, pero permanecer en él —y permanecer con gozo— requiere un llamado genuino y una intimidad profunda con Dios.
Pedro escribe a pastores que cuidan ovejas en dificultad: dispersas, perseguidas, probablemente tristes. Y les recuerda que el rebaño no les pertenece a ellos, sino a Dios, comprado a precio de sangre. Por eso la tarea es tan delicada: Dios ha confiado a sus hijos al cuidado del pastor. La encomienda incluye cuidar, enseñar, consolar, confrontar y liberar a las ovejas de sus propios pecados. Pero nada de esto puede hacerse con señorío ni por obligación, sino voluntariamente, con sincero deseo, siendo ejemplos del rebaño.
La compasión es indispensable. Cristo veía lo que otros no veían: donde los discípulos vieron a una samaritana buscando agua, Él vio a una mujer sedienta espiritualmente, herida por cinco abandonos. La compasión da ojos para ver el dolor ajeno y preguntarse qué pasará si no intervengo, en lugar de qué me costará si lo hago.
El mensaje cierra con esperanza: cuando aparezca el Príncipe de los pastores, habrá una corona inmarchitable de gloria. El trabajo no es en vano. No mires tus heridas, mira las de Cristo. No mires tu salario, mira su calvario.
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Señor, si la canción que acabamos de elevar a los cielos fuera a resultar en nuestras vidas, y ese fuera el final de nuestras quejas, el final de nuestros lamentos, o de nuestro lamentar, el final de nuestras desilusiones y decepciones, reconociendo que a nosotros nos espera una realidad mucho mayor prometida, garantizada, y que se nos ha informado que la manera de correr en este mundo es teniendo nuestros ojos fijos en Cristo, el autor y consumador de nuestra fe, quien por el gozo puesto delante de él soportó la cruz. De manera que él tuvo una visión y él me ha dado una visión. Que seas tú mi visión. Señor, por un lado como pastor, esto no es un trabajo que puede ser hecho si tú no eres nuestra visión. Y como ovejas, esta no es una vida que puede ser... esta no es una carrera que puede ser corrida si tú no eres la visión de la oveja.
Nosotros los pastores humanos no somos la visión de la oveja. Tú eres la visión. De la misma manera que tú eres nuestra visión, porque yo también soy una oveja. En esta mañana yo te pido que por el poder de tu Espíritu, por la gloria de tu nombre, por el bien nuestro, tú ilumines nuestro entendimiento, sobre todo de nosotros los pastores. Ayuda a las ovejas a ver aquellas cosas que ellas necesitan conocer de nosotros los pastores. Que tú seas glorificado en la predicación de tu Palabra. Que yo pueda crecer mientras tú continúas alimentando mi alma. Que yo y cada pastor que está escuchando, presente o ausente, pueda crecer más a la imagen de Cristo, y nosotros podamos ser de estímulo, de ejemplo, para las ovejas que caminan con nosotros. En Cristo Jesús, si su pueblo dice amén. Amén.
Es bueno estar otra vez con el pueblo de Dios, aunque ya lo he estado de diferentes maneras, incluyendo ayer que estuve en la mañana en otra iglesia, no muy lejos, predicando con otra representación de la Iglesia de Cristo aquí en la tierra. El mensaje de esta mañana, decía más temprano, representa como una moneda de dos caras. Y esta mañana, en este momento en el día de hoy, vamos a ver solamente una cara de la moneda, y la otra cara de la moneda la vamos a ver la semana siguiente. Es una cara de la misma moneda. Son dos mensajes distintos, dos caras distintas de la misma moneda. La moneda representa, por así decirlo, el cuerpo de Cristo. Y el lado de hoy tiene que ver con nosotros los pastores, sus líderes, y el otro lado entonces con las ovejas que nosotros pastoreamos.
Este es un mensaje desafiante, más que para ustedes, o nada para ustedes, para nosotros los pastores. Este es un mensaje que no es nada fácil si lo consideras seriamente y tratas de ver cómo luce, o debe lucir, a lo largo de toda tu vida.
El apóstol Pedro está describiendo, como ya hemos dicho, un grupo de personas dispersas, fuera de su lugar de nacimiento, su lugar natal. Están dispersos en diferentes ciudades y poblados de lo que en aquella ocasión fue Asia Menor, como hemos dicho ya, que hoy es Turquía. Vuelvo y lo repito porque no necesariamente cada persona ha estado aquí cuando hemos dicho esas cosas. Pedro sabe que estaban en dificultad, estaban en medio de carencias, pero estaban también siendo perseguidos. Probablemente tristes. Pedro sabe que ellos necesitan ser estimulados para terminar bien.
Y él ha escrito una serie de verdades espirituales aplicables a todos los creyentes a lo largo de toda la historia redentora hasta este momento. Pero él hace, al final de su carta, un paréntesis para dirigirse de manera particular a los pastores de la iglesia del Señor Jesucristo. Y yo creo que lo está haciendo precisamente en vista de las circunstancias que estas ovejas están viviendo, para que los pastores puedan entender todavía mejor cuál es su función, especialmente cuando están lidiando con ovejas en problemas, como estaban estas a las que Pedro se dirige.
Pastorear ovejas es un trabajo complejo. Es un trabajo difícil. Es un trabajo delicado. Es un trabajo riesgoso, peligroso. Arduo, agotador. Desafiante. Ya dije al principio que el mensaje era desafiante; es el llamado. Poco entendido. Yo pienso que a menos que seas pastor es difícil que lo puedas entender, y aun después de ser pastor, a menos que tengas tiempo corriendo en esa función. Con expectativas reales e irreales, tanto de los pastores como de las ovejas. De ambos lados, esta es la realidad. Y está caracterizado por muchos gozos y muchas lágrimas. El apóstol Pablo, cuando escribe, cuando habla con los ancianos de la iglesia de Éfeso en la ciudad de Mileto, varias veces él les recuerda de sus lágrimas. Y esta es la realidad.
Es un trabajo, como yo mencioné citando a alguien del pasado, como el del bombero que acude a sofocar el fuego y él termina sofocado por el fuego y por el humo, y termina muriendo en el intento de ayudar a otros. Es un trabajo que requiere de mucha dependencia de Dios, pero a la vez resulta que las demandas continuas compiten con la dependencia que él debe tener del Espíritu de Dios. Es un trabajo que requiere una relación íntima con Dios, pero de nuevo, aunque esa relación íntima con Dios debiera estar en primer lugar, lo urgente frecuentemente desplaza a lo prioritario. Y si eso se prolonga en el tiempo, lo más probable es que el pastor termine por sucumbir, como hemos visto tantas veces en los últimos años. Y por eso decía que es un trabajo peligroso.
Iniciar el pastorado cualquiera lo puede hacer. Permanecer en el pastorado requiere un llamado y el entendimiento de un llamado. Y más aún, permanecer con gozo pastoreando requiere de una gran intimidad con Dios y de un buen entendimiento de que tú haces lo que haces para la gloria de Dios, quien te hizo un llamado a la salvación para luego usarte como instrumento de salvación para otros y de santificación para algunos más, personas que fueron compradas a precio de sangre. Es un trabajo complejo.
Muchos entienden que el llamado al pastorado es un llamado a la predicación, y lamentablemente esa es la razón, en mi opinión, por la que la Iglesia de Cristo siempre ha tenido más predicadores que pastores. En cierta forma, predicar puede ser aprendido en un aula de clase, porque lo que es la técnica de exégesis, de hermenéutica, la oratoria, gente incluso inconversa toma el curso de oratoria y puede lograr aprender muchas de esas técnicas. Pero pastorear se aprende al lado de ovejas.
Es un trabajo delicado, pero aun así yo no lo cambiaría absolutamente por nada debajo del sol, si se me ofreciera. Y yo digo esto porque es un gran privilegio dar tu vida para servir a aquel quien ya dio su vida por ti, para cuidar ovejas que te van a costar sudor pero que ya a él le costó sangre. Y es por eso que yo creo que vale la pena realizar el trabajo, si Dios te ha llamado.
Quiero leer el texto, un texto breve, cuatro versículos nada más, el capítulo cinco de la primera carta del apóstol Pedro. Y esto es lo que dice: "Por tanto, a los ancianos entre ustedes, exhorto yo, anciano como ellos, y testigo de los padecimientos de Cristo, y también participante de la gloria que ha de ser revelada: pastoreen el rebaño de Dios entre ustedes, velando por él, no por obligación, sino voluntariamente, como quiere Dios; no por la avaricia del dinero, sino con sincero deseo; tampoco como teniendo señorío sobre los que les han sido confiados" —eso solo es pesado: gente que te ha sido confiada por Dios, que él las compró a precio de sangre— "sino demostrando ser ejemplos del rebaño. Cuando aparezca el Príncipe de los pastores, ustedes recibirán la corona inmarcesible de gloria."
El texto que leímos comienza con la frase "por tanto", y como hemos dicho otras veces, inmediatamente tú concluyes que lo que sigue tiene conexión con lo anterior. Si tú lees lo que está en los dos o tres versículos anteriores a este texto, tú comienzas como a preguntarte si Pedro no nos está ayudando a entender la enorme responsabilidad que tenemos en este sentido. Él había dicho apenas dos versículos antes que es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios. Y en ese contexto, uno o dos versículos más abajo, entonces Pedro se dirige a nosotros. Quizás como Dios se propone en algún momento pasar disciplina a su iglesia, nosotros los pastores estamos en necesidad de entender todavía más cuál es la encomienda que él nos ha entregado. Debiéramos quizás recordar mejor cuál es nuestra responsabilidad, qué es lo que Dios espera de nosotros, porque ciertamente cuando Dios se proponga disciplinar su iglesia, sin lugar a dudas comenzará por nosotros los pastores.
Santiago 3:1 nos recuerda eso cuando dice: "Hermanos míos, no os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos mayor condenación." No nos está diciendo que nos va a enviar al infierno a nosotros los pastores, pero sí nos está diciendo que al que mucho se le da, mucho se le pide.
Y luego que Pedro hace la conexión con lo anterior con ese "por tanto", él pasa entonces a describirse él mismo, como una forma de decir: yo estoy escribiendo esto, pero estoy consciente de que todo lo que voy a escribir a mí se me aplica. Y de esa misma forma yo tengo que decir esta mañana que probablemente a lo largo del camino yo estaría haciendo referencia a mi persona, simplemente para decir que yo no estoy aquí tratando de ponerle un sombrero a ningún pastor que nos esté oyendo, ya sea presente o ausente. Este es un sombrero que yo tuve que ponerme esta semana, y fui recordado de lo apretado del sombrero.
Es claro que Pedro se está refiriendo —él dice "a los ancianos entre ustedes"— es como: yo voy a hacer un paréntesis, yo les voy a hablar a un grupo de personas entre ustedes que son los líderes del pueblo de Dios. Pero inmediatamente después él hace una aclaración: "a los ancianos entre ustedes, como yo, anciano como ellos."
En otras palabras, aunque yo me identifico, Pedro está diciendo quizás, como apóstol en el capítulo 1, y él establece la autoridad por medio de la cual está escribiendo. Ahora, lo que está haciendo es simplemente identificándose en la función que ustedes hacen, porque el hecho de que yo sea apóstol no me despega de la función que Dios también me ha llamado a hacer. La palabra ahí traducida como anciano es *presbyteroi*, y en su significado original básicamente significaba alguien blanco en cana. Literalmente, alguien de cierta edad, con cierta experiencia, con cierta reputación entre el pueblo, que entonces el pueblo reconocía como líder moral y espiritual sobre ellos. Eventualmente, esa idea evolucionó un poco para referirse a lo que hoy nosotros conocemos como anciano, pastores u obispos, la misma cosa.
Y luego Pedro dice: "Yo, testigo de los padecimientos de Cristo". Primero se identifica como anciano, luego como un testigo de los padecimientos de Cristo. Pedro no estaba diciendo: "Yo estaba ahí al pie de la cruz cuando crucificaron a Cristo", porque probablemente no lo estaba; todos lo abandonaron. Pero Pedro sí fue testigo de los padecimientos del Señor Jesucristo. Pedro vio claramente cómo en el último año del ministerio de Jesús se levantó la oposición. Primer año, realizado en el sur de Israel, en la provincia de Judea, fue un año prácticamente de anonimato. Poca gente conocía que el Mesías estaba entre ellos. El año del anonimato. Segundo año, el año de la popularidad, todas las multitudes le seguían, todo el mundo quería oír y saber y ver al Mesías. Tercer año, el año de la oposición. Pedro vio ese cambio.
Pedro escuchó los insultos, los abusos verbales de los fariseos, los escribas, el desdén, no solamente de ellos, pero seguro que se enteró que aun sus hermanos no creían en Él. Su propio hermano pensaba que había perdido la cabeza. Con toda probabilidad sabía del sentir familiar hacia Jesús. Estuvo en Getsemaní, y es posible que él mismo haya visto las gotas de sangre que Cristo sudó allí cuando estaba en agonía de su alma, como él mismo describe. Él fue un testigo de los padecimientos de Cristo. En otras palabras: "Yo les voy a hablar de algo que a ustedes les toca, que a nosotros —porque él se incluye— nos toca hacer, después de haber visto al Príncipe de los pastores vivir y sufrir y ministrar".
Pero Pedro también dice: "Yo soy también participante de la gloria que será revelada". En otras palabras, a pesar de todo esto, yo también tengo claro que mi mirada no puede estar aquí abajo, no puede estar en las dificultades de decisiones que mi función trae como parte del llamado, porque yo soy ya un participante de una gloria que ha de venir. Y por tanto él está concluyendo, al igual que el apóstol Pablo cuando decía que los sufrimientos de este tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria que ha de ser revelada o la gloria que ha de venir, Romanos 8:18. De manera que, en cierta manera, él está diciendo a nosotros los pastores: a pesar de todo esto que yo pueda decirte o describir, tú tienes que enfocarte en otra dimensión, que es la dimensión de lo eterno, si tú quieres seguir corriendo bien.
De forma que nosotros los líderes podamos no enfatizar, subrayar, darle color a los tropiezos de las ovejas, a los dolores inherentes al llamado, sino más bien que hagamos como Cristo: por el gozo puesto delante de nosotros podamos correr bien. Pedro pasa a recordarnos de una u otra manera que este es un trabajo que se nos ha otorgado, se nos ha asignado de parte de Dios, y que lo hacemos delante de Dios, para usar dos frases paulinas con relación a la predicación. Pero yo creo que no solamente predicamos de parte de Dios y delante de Dios; nosotros también pastoreamos de parte de Dios y delante de Dios.
Pedro nos llama a pastorear el rebaño entre ustedes. Yo no sé si Pedro estaba pensando en esto que voy a mencionar, pero a mí sí me llevó a pensar en esto. Cuando les habla de que debiéramos pastorear la oveja que está entre ustedes, eso me hizo pensar que la oveja no está delante de nosotros, no están detrás de nosotros, no están al lado de nosotros; nosotros estamos en medio de ellas. Las ovejas que están entre ustedes. Y eso es como una buena figura, porque aquellos que conocen de ovejas, ovejas del campo, ovejas reales, han escrito acerca del hecho de que cuando el pastor está dirigiendo, guiando, liderando sus ovejas durante el día, usualmente él va adelante. Él va hablando, porque "mis ovejas escuchan mi voz y me siguen", eso es literalmente como será.
Pero cuando el sol comienza a bajar y la noche comienza a acercarse, las ovejas, que son tímidas y temerosas, de repente no quieren al pastor delante; quieren al pastor en el medio de ellas, de manera que todas se puedan sentir cerca de su persona. Y yo no sé si esa es la figura en la mente de Pedro cuando estaba escribiendo, pero ciertamente fue la figura en mi mente cuando estaba leyendo esto. Y es que nosotros somos llamados a pastorear el rebaño de Dios entre ustedes. Pastorean.
La pregunta es: ¿qué significa? Eso es lo que el Señor Jesucristo le dice a Pedro cuando ya después de haber resucitado: "¿Pedro, tú me amas? Pastorea, apacienta". Pero una de las palabras que usó fue "pastorea a mis ovejas". "¿Me amas? Demuéstralo". Y ¿cómo lo va a demostrar? Pastoreando. Y ¿qué es lo que eso implica? Pastorear implica cuidar, enseñar, aconsejar, liderar, proteger, consolar en ocasiones, confrontar en otras ocasiones.
Las ovejas necesitan ser cuidadas de los peligros propios de este mundo, de las tentaciones típicas del enemigo, pero ya necesitan ser cuidadas y rescatadas de sus propios pecados. Mientras haya pecado en nosotros, permanecemos en necesidad de ser rescatados de nosotros mismos. La tarea de cuidar es extremadamente delicada. ¿Sabes por qué? Y si tú tienes hijos, tú sabes que es así. Tú quieres cuidar de tus hijos, pero frecuentemente ese es un cuidado que tus hijos no quieren. ¿Sí o no, padres? Así ocurre también entre pastores y ovejas. Pero es tu responsabilidad ofrecerlo y darlo, y en ocasiones forzarlo. Y así ocurre con nosotros.
Las ovejas tienen que ser enseñadas, no solamente la Palabra de Dios; las ovejas tienen que ser enseñadas todo el consejo de Dios. Eso es exactamente lo que Pablo les recuerda a los ancianos de la iglesia de Éfeso en Mileto: cómo por tres años él no cesó, día y noche, con lágrimas y humildad. Él recuerda ambas cosas: de confrontarlos, de amonestarlas, enseñándoles todo el consejo de Dios. Las ovejas tienen que ser aconsejadas con sabiduría, con mansedumbre, con humildad, y con firmeza en otras ocasiones. Y los padres que están aquí saben que a ellos les ha tocado la oportunidad múltiples veces de hacerlo exactamente igual. Y mantener ese balance no es tan fácil para personas caídas como nosotros.
Las ovejas tienen que ser liberadas, y yo ni siquiera estoy hablando de demonios. Las ovejas se enredan en sus propios pecados y consecuencias, y una de las funciones del pastor es precisamente tratarlas de liberar de cosas, de trampas donde ellas han caído. En ocasiones las ovejas —aquellos que crían ovejas en el Oriente Medio hablan de esto— les caen unas moscas que revolotean en la cabeza y muerden y pican, y a veces se les meten entre las narices. Y las ovejas se desesperan tanto que a veces se golpean contra una pared, contra un árbol, tratando de deshacerse de estos insectos. Y que el pastor de ovejas tiene que sentarse con ellas y con aceite comenzar a remover estas moscas que se han incrustado en su piel. Y quizás por eso el Salmo 23 habla de que Él unge mi cabeza con aceite.
El pastor tiene que liderar esas ovejas, y él tiene que liderarlas, pero para liderarlas él tiene que cultivar su carácter de manera intencional. Es un trabajo complejo, porque nosotros los pastores tenemos que recordar todo el tiempo que nosotros jamás podremos llevar este rebaño donde mi vida no está. Yo jamás podría llevar al pueblo de Dios donde mi carácter no ha llegado; eso es una imposibilidad. Yo no puedo sanar, ningún pastor puede sanar el corazón de otros si mi corazón está enfermo.
Él tiene una función triple. Tiene que hacer la función de profeta, y por profeta entendemos la exposición de la voluntad de Dios como lo hizo el profeta del Antiguo Testamento; ahora nosotros lo hacemos de la Biblia ya revelada y completada. Él tiene que hacer una función sacerdotal que tiene que ver con el cuidado de la oveja, la intercesión por la oveja, la sanación de la oveja. Y él tiene que hacer un cuidado de líder. Funciones que estaban en tres personajes diferentes en el Antiguo Testamento; por alguna razón, Dios decidió en el Nuevo Testamento ponerlas sobre una sola persona.
Sin embargo, cuando todo es dicho y hecho, el pastor tiene que recordar que, en su forma más básica, él es simplemente un siervo para Su gloria. Y ese es el título de mi mensaje: Siervos para Su gloria. Antes de ser una celebridad, ese pastor es simplemente un siervo con una vasija y una toalla en la mano. Antes de querer ser un influencer, eres un lavapies. En un aposento alto donde nadie ve, donde nadie vio, donde no había camarógrafos ni celulares para tomar foto, y mucho menos redes para subirla, donde él va a hacer lo que va a hacer en el anonimato, simplemente para la gloria del Dios que sí ve.
En su forma más básica, él es un administrador de los misterios de Dios. El pastor necesita prestar atención a la vida de Jesús descrita aquí. Y cuando él presta atención a la vida de Jesús descrita aquí, él aprende o recuerda que el mejor adorno de su enseñanza es una vida de servicio. Cuando él se detiene a leer los Evangelios para verse a sí mismo en ellos, o para comenzar a copiar lo que en ellos se dice de Cristo, él comienza a descubrir o a recordar que ninguna tarea es tan pequeña como que él no pueda hacerla, y eso incluye lavar los pies.
Él se da cuenta, como decía Spurgeon en una ocasión, que la rama que más se dobla hacia abajo es la que más fruto tiene. Y por eso Cristo descendió de su gloria y siguió descendiendo hasta tocar la tierra, y luego sobre su espalda estaba la cruz de los pecadores. Cuando él observa la vida de Cristo, él se percata que el servir no te rebaja, más bien ennoblece tu persona y tu llamado. Y él descubre que la medida de su liderazgo no está dada por el número de personas que le sirven. En ocasiones he estado en reuniones donde la gente comienza a preguntar: "¿Y cuántos pastores usted tiene? ¿Y cuántos diáconos usted tiene?" Yo me quedo pensando qué tiene eso que ver con nada. La pregunta es: ¿a cuántas personas tú les sirves? No cuántas te sirven a ti.
Nosotros no podemos ver el pastorado como una profesión porque no lo es. Cuando lo ves como una profesión, el pastorado pasa a ser un trabajo para el cual tú eres contratado y cancelado, en vez de verlo como una oportunidad para repetir las palabras de Cristo cuando él dijo: "Yo no vine para ser servido, sino para servir." Es un trabajo arduo, es un trabajo difícil, poco entendido y no siempre apreciado. El pastor es un expositor de su Palabra, pero no de la suya, y él tiene que recordar eso. Él es un cuidador de almas que le pertenecen a otro, otro que es su amo y que pagó por ellas.
El pastor necesita conocer dónde están las ovejas, necesita conocer a dónde Cristo quiere que ellas sean movidas, porque su función es tomarlas de donde ellas están a donde Dios quiere que estén. Y eso no es tan fácilmente discernible como pudiera parecer. El autor del libro o de la epístola a los Hebreos nos recuerda, escuchen, el capítulo 13, el versículo 20 al 21: "Y que el Dios de paz, que resucitó de entre los muertos a Jesús, nuestro Señor, el gran Pastor de las ovejas..." Él es el Pastor. Pero es que alguno de ustedes, cuando yo he firmado, algunos de ustedes que conocen el idioma inglés, yo he firmado en ocasiones "Miguel, su under-shepherd" o "Miguel, tu pastor debajo de otro Pastor", porque eso es lo que soy.
Aquí está: "Cuando venga el Pastor, el gran Pastor de las ovejas, mediante la sangre del pacto eterno, os haga aptos." Claro, porque por ti y por mí no somos aptos, que él nos haga aptos. Él es quien hace la obra en toda obra buena para hacer su voluntad, obrando él en nosotros. Claro, porque no somos nosotros los que obramos, es él en nosotros. Lo que sea agradable delante de él, mediante Jesucristo, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén. Él hace el trabajo, él me hace apto, de él es la gloria. Entonces, ¿qué es? Un siervo inútil. Pero me recuerda algo más: me llama a pastorear el rebaño de Dios. En otras palabras, no es de ustedes, es de Dios, compradas a precio de sangre. Y por eso no es una profesión.
Y Bounds, en uno de sus libros sobre la oración conocido como "Poder a través de la oración", nos recuerda que el predicador pastor no es un hombre profesional. Su ministerio no es una profesión, es una institución divina, es una devoción divina. La iglesia que nosotros pastoreamos se supone que debe reflejar la gloria de Dios tanto como el universo refleja la gloria de Dios. Pero la manera como nosotros pastoreamos pudiera hacer que nosotros contribuyamos a reflejar la gloria o a empañar la gloria. Es un trabajo delicado.
El pastor llamado por Dios tiene que recordar que él no puede aprender en un entrenamiento lo que se aprende de rodillas delante de Dios. Él tiene que recordar que él no puede vivir de leer artículos y blogs y Facebook y escuchar podcasts. Él tiene que vivir del manjar de la Palabra de Dios. Ese pastor tiene que aprender o recordar que él no puede preferir asistir a una charla o una reunión antes que retirarse a solas con su Dios. Él necesita solitud, no soledad, solitud donde él voluntariamente se retira a estar con su Dios.
Cuidar de la iglesia de Cristo requiere un pastor. Lo que hace un pastor no es un título del seminario, es su llamado. Sin el llamado a ser pastor, él no es pastor. La iglesia puede hacerlo pastor, pero no es pastor. Y ejercer el pastorado sin el llamado debe ser la cosa más pesada de toda la historia. Nosotros no ejercemos el pastorado porque la gente se está yendo al infierno. Nosotros hacemos el pastorado porque el Príncipe de los pastores nos llamó a pastorear. Y luego él nos llama a tratar de traer redención a aquellos que van camino a la perdición. Dios, y solamente Dios, nos hace el llamado.
Y el pastor, por tanto, es un hombre llamado por Dios, comisionado por Dios para predicar su Palabra y cuidar a su pueblo que ha sido comprado a precio de sangre. Lo que califica a un pastor es solo su llamado. Lo que capacita a un pastor son sus dones y talentos dados por Dios. El seminario me puede dar una maestría y me puede dar un doctorado; lo que no puede darme es su llamado, ni me puede dar dones ni talentos. Eso tiene un dador.
Yo menciono todo esto porque Pedro nos llama a pastorear el rebaño de Dios, y por eso yo necesito recordar y entender qué es lo que se requiere para pastorear. El contenido de lo que nosotros enseñamos es vital; la Palabra enfatiza una y otra vez la importancia de la doctrina. Pero ¿sabes qué? Es igualmente importante que el contenido el caminar. Porque al final de la historia, al final del camino, al final del día, al final de la semana, las ovejas pueden escuchar la doctrina correcta, pero si ven el estilo de vida incorrecto, ellas recordarán lo que ven y no lo que oyen. Por eso es igualmente importante.
Y esa es la razón por la que Pedro ahora nos va a recordar de otra forma, con otras palabras, lo que yo acabo de decir. Él nos llama a velar por el rebaño, y velar por el rebaño requiere todo lo anterior. Requiere instrucción, requiere cuidado, requiere consolación, requiere amonestación también. Decía el puritano George Swinnock que no confrontar el pecado en el corazón de la oveja era cometer suicidio contra su alma.
Y ahora Pedro me dice no solamente que yo tengo que velar por las ovejas, me dice cómo yo tengo que velar por ellas, porque me habla de que lo haga no por obligación, sino voluntariamente, como quiere Dios; no por la avaricia del dinero, sino con sincero deseo. Pedro dice: "Dios no te está llamando a que te quedes pastoreando por obligación, por responsabilidad. Ya comencé, ¿cómo voy a salir? ¿Qué va a decir la gente? No hay nadie quien lo haga." No, no, yo tengo quien lo haga. A Dios nunca le faltan recursos, ni económicos ni humanos. Pero si lo vas a hacer, tienes que hacerlo voluntariamente. Escucha: "Como quiere Dios." Está como enfatizado ahí dos veces. "Voluntariamente" ya es suficiente, pero ahora "como quiere Dios."
Y déjame decirte algo más: no por la avaricia del dinero, sino con sincero deseo. Tiene que tener deseo, y tiene que tener deseo sincero. Dios sabe que el dinero ha sido un problema en el pasado, en el presente, aún en el ministerio de la casa de Dios. Esa es la razón por la que entre los requisitos para ser anciano, en 1 Timoteo 3, dice: "No avaro." Para los diáconos: "No amante de ganancias deshonestas." Quizás hoy en día la expresión, permítanme la palabra, más grosera de cómo eso ocurre es el evangelio de la prosperidad. Pero obviamente el dinero compite con Dios. Él quiere sentarse en el trono todo el tiempo, y cuando él no lo hace, nosotros lo hacemos. El dinero nos vuelve impersonales, metálicos, nos vuelve insensibles, nos vuelve interesados. Y así nosotros no podemos pastorear almas en necesidad.
Pero nos recuerda también, escucha, porque aquí es donde viene la parte práctica. Donde yo decía es importante el contenido, pero es importante el caminar. Escucha cómo Pedro dice ahora en el versículo 3 que además, a la hora de pastorear, tampoco debemos hacerlo como teniendo señorío sobre los que le han sido confiados, sino demostrando ser ejemplos del rebaño. Tres palabras claves ahí: señorío, no autocratismo. Se me ha pasado. Hablaba con un grupo de pastores del Salvador y hablamos precisamente de cómo el ejemplo autocrático en Latinoamérica ha prevalecido por tantos años.
Señorío. Confiados: es como que Dios tomó a sus hijos. Eso es pesado, no sé si tú lo puedes ver. Que Dios tomó a sus hijos y dijo: "Mira, ahí te los entrego con cuidado." Ten cuidado lo que tú haces con ellos. Imagínate que tu mejor amigo, aquí en tu iglesia, o amigos, toman a sus hijos y te dicen: "Nosotros nos vamos por un mes o por dos. Cuídamelos, pero cuídamelos como la niña de tus ojos." Yo sé que durante esos dos meses probablemente tú tendrás un cuidado extra especial porque te dejaron cuidándolos. Te dejaron cuidando los hijos de esos amigos aquí en tu iglesia. Pero ahora resulta que es Dios quien te dejó cuidando de los hijos que te han sido confiados. Y Dios te dice: "Pero la mejor forma de tú cuidarlos, ¿cuál es? Demostrando ser ejemplos del rebaño."
Bueno, ¿y cuál es el ejemplo que se ha escrito? Quizás estaba pensando, no lo sé, cuando Cristo dijo: "Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón." En el discipulado, la mansedumbre no es frecuentemente enfatizada, ni siquiera la humildad. Pero yo no puedo ser un pastor compasivo sin mansedumbre y sin humildad. Pero para pastorear yo necesito compasión. Y sé compasivo, porque todo el mundo a quien llegas a conocer está librando una batalla difícil. Mi batalla no es más grande que la tuya, la tuya no es más grande que la mía. Es simplemente una batalla que cada cual tiene que librar, de diferente naturaleza, claro.
Quizás esta ilustración que yo he usado en grupos pequeños aquí una o dos veces quizás sirva para esta audiencia un poco más grande ahora. Es una historia real de este señor que se monta, entra en un tren en la ciudad de Nueva York con sus tres hijos. Y él baja su cabeza, está ahí con los ojos cerrados, como cansado. Sus hijos están un poco alborotados: corren para acá, corren para allá, caminan, brincan, saltan, se sientan, se paran. Y hay gente que se está molestando. Y el señor sigue ahí con su cabeza baja, los ojos cerrados. Finalmente, alguien que ya no soporta más se acerca a él y lo toca en el hombro.
"Señor, usted no está prestando atención a la conducta de sus hijos. Usted como que debiera disciplinarlos." Y él levanta la cabeza y solloza: "Pero es que nosotros venimos del hospital, donde ellos acaban de perder a su madre." En el tren se produjo un silencio que tú podías oír —en inglés dicen— un alfiler si lo hubieses dejado caer. Sé compasivo, porque todo el mundo está librando una batalla difícil. La mansedumbre y la humildad son necesarias para sentir compasión.
Jesús veía las multitudes, y cuando las vio enfermas, tendió a sanarlas. Tuvo compasión cuando las vio poseídas; su inclinación fue a liberarlos. Cuando vio algunos muertos y vio a una Marta y vio a una María llorando, tuvo compasión de ellas y resucitó a su hermano. Cuando vio a la viuda que había perdido a su único hijo, se lo levantó de entre los muertos. Cuando vio a la gente bajo el yugo religioso de los escribas, de los fariseos, denunció públicamente a esos maestros. Pronunció siete ayes: "¡Ay de ustedes, hipócritas escribas y fariseos!", tratando de liberar a la multitud de su yugo.
De manera que Cristo nos ha llamado no a ejercer señorío de esa manera, sino a ser ejemplos de las ovejas. Y al pastorear, obviamente necesitamos compasión. La compasión es lo que nos permite ver cosas que otros no ven.
Cristo tuvo un encuentro con esta mujer samaritana, y los discípulos vieron una cosa y Él vio otra cosa. Los discípulos vieron una mujer, pero probablemente experimentaron cierto rechazo porque había un gran prejuicio contra las mujeres. Vieron simplemente a una samaritana, a quienes ellos odiaban, porque se odiaban unos a otros judíos y samaritanos. Y vieron una mujer que buscaba agua. Cristo estuvo en el mismo lugar, y Él vio una mujer abandonada por cinco maridos y herida. Vio una mujer portadora de la imagen de Dios en necesidad de redención, y vio una mujer que estaba más espiritualmente sedienta que físicamente. Los discípulos probablemente vieron el pecado de la mujer con cinco maridos, y Jesús vio las consecuencias de su pecado y su dolor, y le dio salvación. Ellos se airaron y Jesús tuvo compasión.
Pero la compasión no es algo que yo puedo aprender en un libro. La compasión, aun en la Biblia, yo puedo ver cómo luce, yo puedo ver cómo se expresó en la vida de Jesús, pero la compasión se aprende oyendo historias de personas heridas y tratando de ponerte en sus zapatos para ver cómo se sentiría si tú estuvieras en el mismo lugar. Para yo experimentar compasión, yo tengo que estar centrado en el otro. No puedo estar pensando: "Otra historia más. Sí, yo sé, yo he oído ese caso tantas veces. Es la misma cosa, yo sé." "No, yo te termino la historia." "Yo no me diga eso más, yo te lo..." "Cállate, déjame decirte." "Sí, yo sé lo que te iba a decir." Tú no te sientes escuchado.
La compasión toma en cuenta: ¿qué pasaría a esta persona si yo no intervengo? La falta de compasión piensa: ¿qué inconveniente me presenta eso a mí si yo intervengo? Eso es como se dio con la parábola del buen samaritano. Que el sacerdote pasó, el levita pasó, y no hicieron nada, porque "si intervenimos nos vamos a contaminar." "Yo, si él se muere, bueno, pues se muere; yo lo que no me puedo es contaminar." El samaritano pasó y consideró: "Si yo no hago nada, ¿qué pudiera pasarle? Que se muera. Pues yo voy a intervenir." Lo montó en su caballo —tú conoces la historia—, lo llevó a un mesón, pagó por su cuidado, prometió dar más dinero al regreso si todavía faltaba más. Pero la compasión considera qué pasaría si yo no intervengo. El espíritu religioso considera qué me pasaría a mí si yo intervengo. Jesús miraba la multitud y tenía compasión.
Anne Graham, la hija de Billy Graham, escribió un libro conocido como *Just Give Me Jesus*, "Solamente dame a Jesús." Y ella habla de estas multitudes. Ella dice, para actualizar, contextualizar, recrear las multitudes: en esas multitudes estaban los divorciados, los deprimidos, los enfermos, los poseídos, los dependientes de drogas, los airados, los felices, los quejones, los contentos, los crueles, los amables, los egoístas, los considerados, los críticos, los amedrentados y los calmados. Anne Graham agrega: "Entre cuyos sueños habían sido hechos pedazos, entre cuyos hogares habían sido fracturados, entre cuyos corazones habían sido destrozados, y cuya esperanza había sido deshecha." Jesús los vio y vio cada una de esas cosas. Los discípulos no lo vieron, porque como no tenían compasión, no tenían ojos para ver. La compasión nos da ojos para ver lo que el otro no ve.
El trabajo es arduo, va más allá de toda habilidad humana, y es por eso que yo les ruego en nombre de todos los pastores nuestros que oren por nosotros, porque el trabajo va mucho más allá de toda capacidad humana. Pero Pedro nos recuerda que hay una recompensa que nos espera: "Y cuando aparezca el Príncipe de los pastores" —versículo 4 y último— "ustedes recibirán la corona incorruptible, la corona inmarchitable de gloria."
Amado pastor, si me estás viendo o me ves después, por igual: tu trabajo no es en vano, tu trabajo no es en vano. No mires los rechazos que has recibido; mira al Rechazado en la cruz. No mires tus heridas; mira las de Cristo. No mires tu camisa empapada de sudor; mira su sudario empapado de sangre. No mires tu salario; mira su Calvario. Mira la corona inmarchitable que te espera. Mira la corona de espinas que Él recibió. En esencia, Él cambió tu corona de esclavo por su corona de Rey. ¿Y con qué propósito? Que tú puedas reinar con Él. Si esto es amado, Él es mi amado.
Amado pastor, al cerrar este mensaje, recuerda que tienes que cuidar de ti mismo antes de cuidar de otros. El apóstol Pablo le dijo eso a los ancianos de Éfeso: "Cuida de ti mismo y del rebaño," pero primero cuida de ti. Y luego le dice: "Y del rebaño en el cual Dios te ha puesto." Recuerda que tú no fuiste hecho pastor por un comité de púlpito, sino por el Espíritu Santo. Recuerda que estamos construyendo o desarrollando su iglesia, no la nuestra. Por tanto, no temas; tenemos los recursos para hacerlo, para hacerlo, porque es su iglesia.
Recuerda las palabras del apóstol Pablo, que el pastor Luis ya leyó, pero mi versión más resumida: un versículo, Colosenses 1:24. "Ahora me alegro de mis sufrimientos por ustedes." Pastores, nos vamos a alegrar de nuestros sufrimientos a causa de ustedes. Y en mi carne, completando lo que falta de las aflicciones de Cristo —falta mucho por sufrir antes de que la causa redentora termine—, nosotros tenemos que alegrarnos de poder participar de las aflicciones que faltan. Y Pablo dice: "Yo hago mi parte por su cuerpo, que es la iglesia."
Por tanto, salgamos de este lugar. Y si me estás viendo, sal de este mensaje, amado pastor, decidido a hacer tu trabajo por el gozo puesto delante de ti, decidido a vivir tu pastorado como una vocación y no como una profesión, y decidido a llevar a cabo tu llamado para la gloria de Dios, para la gloria del Padre, en el nombre del Hijo y en el poder del Espíritu de Dios. Y cuando el Príncipe de los pastores aparezca, Él te entregará tu corona inmarchitable. Tu trabajo no es en vano.
Padre, gracias. Gracias por entregarnos vidas que Tú lavaste con la sangre de tu Hijo. Gracias por atreverte a confiar su futuro, su presente, a nuestro cuidado. Yo te pido, Señor, no solamente por todos nuestros pastores y por mí mismo, te pido por todos los pastores de tu iglesia en el mundo de hoy a quien Tú hayas llamado, que por amor a ti mismo Tú nos concedas lo que no tenemos para poder cuidar. Y en un momento de dificultad en medio del cual el mundo se encuentra hoy, momentos peores que probablemente vendrán, nosotros podamos —al igual que esos pastores a los que Pedro estaba llamando en un momento de dificultad también— nosotros, al igual que ellos, podamos llevar a cabo nuestro llamado para la gloria de tu nombre, confiando en el gozo que está puesto delante de nosotros, que también podamos cargar nuestra propia cruz en Cristo Jesús. Gracias. Gracias.