Integridad y Sabiduria
Sermones

Resistiendo la seducción de un mundo caído y temporal

Héctor Salcedo 21 noviembre, 2021

Si alguien pudiera comparar un informe detallado de tu vida —tus conversaciones, tu actividad en internet, tus decisiones financieras, la forma en que resuelves conflictos, lo que celebras y lo que temes— con el de una persona que no conoce a Cristo, ¿habría diferencias notables? Esta pregunta, tomada del libro *Mundanalidad* del pastor Miguel Núñez, abre una reflexión incómoda: demasiadas veces encontramos más similitudes que diferencias entre la vida del creyente y la del no creyente. La razón, según 1 Juan 2:15-17, es el amor por el mundo.

Juan no habla del mundo como creación ni como humanidad, sino como el sistema que el ser humano ha construido para hacerse feliz sin Dios. Es un sistema de ideas, valores y propósitos controlado por el maligno, donde el éxito se mide por dinero, fama y reconocimiento. Amar ese mundo significa someterse a sus patrones, dejarse gobernar por lo que el mundo valora y persigue. Y Juan es tajante: si alguien ama el mundo, el amor del Padre no está en él. Son amores incompatibles.

El mundo nos seduce por tres avenidas: la pasión de la carne, con sus deseos que queremos satisfacer fuera de los parámetros de Dios; la pasión de los ojos, que despierta codicia por lo que vemos; y la arrogancia de la vida, el orgullo por nuestros logros y posesiones. Pero Juan añade la lógica del mandato: el mundo pasa y también sus pasiones. No tiene sentido entregar energías a cosas que no permanecen. La cura no es solo resistir, sino renovar la mente mediante la Palabra, ver la contaminación que antes no veíamos, y dejar que la grandeza de Dios haga palidecer todo lo que el mundo ofrece.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Es un gozo poder estar aquí una vez más. Hoy vamos a hacer una pequeña pausa, una breve pausa en la serie que el pastor Miguel ha estado enseñando acerca de la carta a los Gálatas, y vamos a abordar un tema que entendemos es necesario y pertinente para la iglesia, para todos nosotros. Más adelante les compartiré el texto del cual vamos a hablar, pero mientras tanto, en lo que eso llega, vamos a introducir con algunas ideas lo que queremos compartir.

El pastor sí ya escribió un libro hace unos años que se tituló, o se titula, *Mundanalidad*, y él aborda en ese libro la manera, la forma, la tendencia del corazón humano, y también del creyente, a encontrar en este mundo su plenitud y su satisfacción. Es un libro breve pero muy al punto, muy contundente, muy edificante. En su introducción él hace el siguiente ejercicio.

Él dice: "Imagínese que hago una prueba a ciegas en la que mi tarea es identificar a un verdadero seguidor de Jesucristo. Para eso escojo a un no cristiano y a un cristiano, en este caso imagínate que eres tú. Al final de un periodo de tiempo recibo dos informes: por un lado el informe de la vida del no cristiano, y por otro lado el informe de tu vida. En ese informe tengo los detalles de tus conversaciones y las de esa otra persona: su actividad en internet, su lista de reproducción musical, sus hábitos televisivos, sus pasatiempos, sus transacciones financieras, sus pensamientos predominantes, sus pasiones, sus planes, sus sueños."

Y yo agregaría —ahí llegó la lista del pastor y pero yo agregaría— las formas de resolver los conflictos en nuestras vidas, la manera de tratar a nuestros cónyuges e hijos, la manera en que cumplimos o no nuestras responsabilidades laborales, los criterios que usamos a la hora de tomar decisiones de todo tipo, las cosas que valoramos, tus aspiraciones, tus temores, lo que te entusiasma, lo que lamentas, lo que celebras, lo que disfrutas. En última instancia, es un reporte de tu vida y de la vida de esa otra persona.

La pregunta es: si el reporte no tiene tu nombre arriba y no te caracteriza como cristiano, ¿pudiera una persona distinguir claramente la diferencia entre tu vida y la vida de esa otra persona que no es creyente? ¿Habría claros indicios de tu compromiso con el Señor y con Dios? ¿Sería notable esa diferencia? Algunos podríamos estar tentados a responder con cierta rapidez y hasta cierta ligereza: "¡Claro, obviamente, evidentemente, habría una notable diferencia!"

Pero si realmente miráramos con detenimiento y con total honestidad —y quiero enfatizar esto—, no solamente viendo esos aspectos externos, muchos de ellos que yo mencioné, sino las cosas que reposan en tu corazón y en tu mente, con toda honestidad pudiéramos encontrar diferencias ciertamente, pero en mi experiencia tristemente encontramos demasiadas similitudes. Y lo digo por experiencia propia.

Hace muchos años, el pastor Charles Spurgeon —hace 150 años— escribió lo siguiente: "Creo firmemente que la razón por la cual la iglesia de Dios en este momento presente tiene tan poca influencia sobre el mundo, es porque el mundo tiene demasiada influencia sobre la iglesia." Según Spurgeon, hasta cierto punto el mundo ha conquistado a la iglesia. Y yo quiero ver qué dice la Palabra de Dios acerca de eso, de esta reflexión y de esta discusión.

Vamos a usar un pasaje. Lo podemos ir buscando en Primera de Juan, la epístola, la Primera de Juan —no el Evangelio de Juan, sino Primera de Juan—; es una carta breve hacia el final de la Biblia. Antes de leerlo, antes de decirles el pasaje específico, quiero hacer algunas observaciones para ubicarnos en el contexto de esta carta. Es habitual que, cuando estudiamos la Biblia, no queramos leer un pasaje desconectado del resto de lo que ese libro dice, y para interpretar adecuadamente lo que estamos leyendo es necesario entonces que nos ubiquemos en cuál es el contexto de ese libro.

En el primer siglo, o sea, en los primeros 100 años de historia después de Cristo, se formó la iglesia primitiva, lo que conocemos como la iglesia primitiva, y estaba diseminada en diferentes lugares del Medio Oriente, de Europa, de Asia Menor. Había muchas iglesias; de hecho, todo el Nuevo Testamento es escrito a muchas de esas iglesias: de Tesalónica, Galacia, Éfeso, filipenses en Filipos, Roma. Los romanos son un reflejo de la diseminación del Evangelio que en tan corto tiempo, digamos, ocupó una buena parte del mundo civilizado conocido en esa época.

Prontamente comenzaron a aparecer falsas enseñanzas en las diferentes iglesias. Lamentablemente, de hecho, la carta a los Gálatas, que el pastor Miguel ha estado estudiando todos estos domingos, se escribió precisamente porque había surgido una mala y falsa enseñanza que decía que para ser salvo es necesario, no solamente el Evangelio de Jesucristo —o sea, el hecho de que Cristo murió por nuestros pecados y se nos requiera arrepentimiento y aceptar por fe ese sacrificio—, no solamente es necesario el Evangelio, sino que había estos individuos llamados judaizantes que decían: "Es necesario, además, cumplir con la ley de Moisés; eso es necesario también."

La carta a los Gálatas, entonces, Pablo dice en el capítulo uno que se sorprende de que los gálatas, en tan corto tiempo, hayan obedecido o seguido un evangelio diferente al que se les había predicado. Ahí ustedes tienen una evidencia de cómo la falsa enseñanza comenzó a introducirse en la iglesia tempranamente.

En el caso de Primera de Juan, Juan escribe esta primera carta hacia el año 90, 95 de nuestra era, o sea, ya casi terminando el siglo, unos 30 años después que Pablo escribió Gálatas. Ya Juan era el último apóstol vivo, tenía más de 80 años; posiblemente escribe esta carta desde Éfeso, y lo hace atacando otra falsa enseñanza: no la de los judaizantes, sino la de los gnósticos, un grupo de gente que comenzó a enseñar, influenciado por la filosofía griega, una serie de cosas. No voy a entrar en el detalle porque no viene al caso, pero una de las enseñanzas era que el cuerpo es impuro, inherentemente impuro y vil, y el espíritu es puro.

Por lo tanto, por esa dualidad que ellos entendían en la constitución del ser humano, ellos no aceptaban que Cristo era Dios y ser humano completamente; negaban que Cristo había venido en carne en realidad, negaban la encarnación de Cristo. Y no solamente eso, sino que por esa dualidad en que el cuerpo es inherentemente malo y solamente el espíritu es bueno, lo que tú hagas con el cuerpo no importa mucho: no hay que cumplir la ley, no hay que seguir los mandatos del Señor, no hay que purificarse en santidad, porque en realidad el cuerpo poco importa. Y eso llevó a algunos, entonces, a una vida de indulgencia moral, de inmoralidad, producto de esa comprensión y de ese entendimiento, porque, como sabemos, las ideas tienen consecuencias.

Miren, para que ustedes se ubiquen en lo que estoy diciendo, miren cómo Juan en su primera carta —como ya les dije— en 4:2 responde a una de estas enseñanzas, la de que Cristo no vino realmente en el cuerpo. Dice: "En esto ustedes conocen el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne es de Dios." Miren cómo esa es una enseñanza que va directamente a atacar la enseñanza de que Cristo no había venido en carne, no había sido encarnado realmente.

Pero más adelante, entonces, en 1:8, Juan le dice en su carta: "Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros." Gente que consideraba que el cuerpo no importaba para nada, y por lo tanto no era necesaria la purificación de nuestros pecados; y por lo tanto decían: "No, yo no tengo pecado ni siquiera; no vale la pena, no hace sentido que yo me santifique porque el cuerpo no es importante." Y él dice: nos engañamos a nosotros mismos los que así piensan, y la verdad no está en nosotros.

Y entonces, así como esas aclaraciones, él tiene una serie de aclaraciones. Es sorprendente cómo esta breve carta —muy breve, pero contundente— conecta verdades teológicas con implicaciones prácticas. Para Juan, el creyente debe tener una vida notablemente diferente a la del no creyente, debe ser distintivamente distinta, valga la redundancia. Yo quiero entonces revisar una serie de enseñanzas donde él conecta una verdad espiritual con una implicación práctica en la vida, para que veamos cómo se supone que nosotros debemos tener una vida distintivamente distinta; y luego de eso, entonces, entraremos a nuestro pasaje en profundidad.

Primera de Juan 1:4 es el primer versículo que quiero leer. Juan les dice a sus discípulos, a sus lectores: "Les escribimos estas cosas para que nuestro gozo sea completo." Fíjense que ese es el cuarto versículo de la carta, y lo que acaba de decir en los primeros tres es que nosotros tenemos comunión con el Hijo y con el Padre, que tenemos una relación por medio de Jesucristo con Dios, y eso debería en un creyente producir gozo. Fíjense que lo llama gozo completo: plenitud, felicidad le podríamos llamar, considerarnos bienaventurados. O sea, mi estado anímico, mi sentido de plenitud en la vida está determinado y ha de ser gobernado por mi relación con Dios. ¿Qué más necesitamos?

Solo que, dice Juan, Primera de Juan 1:6, otra verdad teológica con una aplicación práctica: "Si decimos que tenemos comunión con Él y andamos en tinieblas, mentimos y no practicamos la verdad." No es cierto que tú tienes comunión con Dios si todavía hay tinieblas en tu vida. 2:3: "Y en esto sabemos que le hemos llegado a conocer: si guardamos sus mandamientos." Yo digo que conozco a Dios; pues sus mandamientos deben ser la pauta de mi vida, ellos deben dirigir mis pasos. En 2:6: "El que dice que permanece en Él debe andar como Él anduvo."

Detrás de todas estas afirmaciones, de todas estas cosas que Juan está enseñando, está el hecho de que estos maestros gnósticos, que eran muy buenos oradores y muy buenos maestros en sus doctrinas y las mezclaban con las doctrinas del Evangelio, muchos de ellos no seguían los mandamientos de la Palabra; decían que estaban con Cristo pero no se sometían a Él ni andaban como Él andaba. Por lo tanto, Juan también les está dando a ellos elementos para poder discernir: tú dices que estás con Cristo, pero tú tienes que andar como Él anduvo; tú no puedes predicar esto y no obedecer sus mandamientos, porque el creyente dice que abraza estas cosas pero tiene que manifestarse en la vida que vive. De lo contrario, no es cierto que es un creyente, no es cierto que tiene comunión con Dios.

2:9: "El que dice que está en la luz y aborrece a su hermano, aún está en tinieblas." ¡Wow!, qué claro está eso. "Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él"; ese es el texto que más adelante vamos a estudiar. En 3:3, Juan dice: "Y todo el que tiene esta esperanza puesta en Él se purifica, así como Él es puro." Tiene que haber un proceso evidente y claro en tu vida de crecimiento, de purificación, de dejar atrás la vida anterior, tus hábitos pasados, tus deseos anteriores, porque tú te estás purificando porque tú tienes una esperanza puesta en Él y Él es puro —en Cristo, obviamente—.

3:9: "Ninguno que es nacido de Dios practica el pecado." Y aquí la palabra clave es "practica." La vida del creyente —tú puedes pecar, yo puedo pecar porque la naturaleza de pecado está en nosotros— pero no nos caracterizamos por una vida de pecado; esa no es nuestra práctica, no es nuestra norma. Y cuando hay una norma de vida que deja una estela de pecado, yo debo preguntarme si soy creyente. No lo soy, dice Juan.

Y por último, 3:14: "Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida porque amamos a los hermanos; el que no ama permanece en muerte." Juan está dando elementos a esta congregación para evaluar sus propias vidas, pero también para discernir a estos supuestos maestros que venían a traer ciertas verdades. Según Juan, la confesión del cristiano, su profesión de fe, debe manifestarse en una vida notablemente diferente a la del no creyente, a la del no cristiano.

Hay un aspecto de todos los que mencionamos en el que yo quisiera concentrarme de manera especial. Leímos parte del versículo que quiero leer, pero yo quiero que leamos tres versículos que van a ser el contenido de mi mensaje de aquí en adelante. Primera de Juan 2, versículos 15 al 17. Juan, entonces, hablándole a sus lectores y escribiéndoles, dice:

"No amen al mundo ni las cosas que están en el mundo. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él; porque todo lo que hay en el mundo —la pasión de la carne, la pasión de los ojos y la arrogancia de la vida— no proviene del Padre sino del mundo. El mundo pasa y también sus pasiones, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre."

El motivo de mi interés en este texto en particular —ya vimos que hay muchas enseñanzas en esta carta, pero es en particular— es porque yo entiendo que aquí se nos presenta quizás la principal razón por la que la vida de los hijos de Dios muchas veces es tan similar a la de los hijos del diablo. Hay dos paternidades espiritualmente hablando, como Cristo dijo: somos hijos de Dios o somos hijos del diablo. Lo repito: en este pasaje entiendo que está la razón principal por la que la vida de los hijos de Dios es tan similar, tan parecida a la de aquellos que no son hijos de Dios. Y se trata, hermanos, del amor por el mundo, lo que algunos han llamado mundanalidad: cuando el mundo ha hecho residencia en nosotros, cuando el mundo nos entusiasma, nos llama, nos conduce más que Dios.

Ese es el pasaje que yo quiero analizar. Claramente, como lo pudieron ver en el versículo 15, "No amen al mundo ni las cosas que están en el mundo" es un claro mandato contra la mundanalidad, un mandato a que los creyentes identifiquen cualquier gesto de afecto y de inclinación hacia eso que él llama "mundo" y que lo desarraiguemos de nuestras vidas. ¿A qué se refiere Juan con el "mundo"?

¿Para qué sepamos qué es lo que no vamos a amar, qué es aquello que debemos desarraigar de nuestros corazones y de nuestras mentes? Bueno, en el Nuevo Testamento la palabra "mundo" se utiliza de tres maneras distintas. En primer lugar está el mundo físico, el mundo creado, la tierra. Este es el mundo en que vivimos, el mundo creado por Dios, es el orden natural, y en algunas ocasiones uno ve en el Nuevo Testamento la palabra "mundo" y se está refiriendo al mundo creado. En una segunda forma, la palabra "mundo" no es el orden creado sino que se trata de la humanidad: "todo el mundo seguía a Cristo" se refería a los hombres, a los seres humanos; ese es el mundo de los seres humanos, compuesto por la humanidad.

Obviamente, cuando Juan dice "no amen el mundo", Juan no se está refiriendo al orden creado ni a la creación, ni se está refiriendo a la humanidad, porque de alguna manera hay ciertos afectos que son aceptables hacia el orden creado y hacia la humanidad. Se supone que el orden creado yo debo apreciarlo, atesorarlo; se supone que él es un reflejo de la gloria de Dios, de la gracia de Dios, de la misericordia de Dios. Dios, a través de la naturaleza, nos provee; Dios, a través de la naturaleza, nos entretiene. Hasta nos deleita, yo diría, porque ¿por qué Dios hizo una playa? No fue que tú te acercas a la orilla de la tierra y hay un acantilado con agua abajo; hay una playa donde tú puedes entonces entrar y bañarte. ¿Por qué existen los ríos y las pozas? Dios nos deleita con la creación, y cuando uno tiene un ojo enfocado en Dios y un corazón enfocado en Dios, cada maravilla de la naturaleza lleva a decir: "¡Wow, qué maravilloso es nuestro Dios!", es un reflejo de la bondad de Dios.

Pero con respecto al mundo de los seres humanos, a esa humanidad, a ese mundo, se supone que nosotros debemos amarlo; a un a nuestros enemigos debemos amarlos. Es difícil, pero ese es el llamado. Entonces Juan no puede estar refiriéndose al orden creado ni puede estar refiriéndose a la humanidad. ¿A qué mundo es que se refiere? A eso se refiere Juan, y esa es la —perdón— la tercera acepción, la tercera forma en que el Nuevo Testamento usa la palabra "mundo": se refiere no al orden creado, no a la humanidad, sino al sistema del mundo, al sistema mundano, organizado por el ser humano para autocomplacerse y para autosatisfacerse. Es la manera como los hombres hacen las cosas y viven su vida; es un sistema.

El autor William McDonald, en su comentario hablando de la palabra "mundo", dice que el mundo designa más bien al sistema que el hombre ha erigido en su esfuerzo por hacerse feliz sin Dios. Es el sistema que el hombre ha erigido en su esfuerzo por hacerse feliz sin Dios. Es un sistema compuesto por ideas y conceptos; son las cosas que la gente persigue, entiende, valora, aprecia. Se compone de ideas y de conceptos, se compone de personas: hay gente que vive ahí, que lo promueve, que lo aplaude, que lo celebra, que lo exalta, que lo proclama, ese sistema. Hay actividades que se hacen ahí, en ese mundo, que hacen que el mundo se sienta bien —entre comillas—, y hay formas de proceder para lograr las cosas que el mundo tiene.

Pero ese mundo también, como sistema de ideas, personas y actividades, tiene propósitos. La gente tiene propósitos en el mundo; la gente quiere ser exitosa a la manera como ellos lo definen. Típicamente el éxito hoy en día se define como el que tiene dinero, como el que es famoso, como el que logra el reconocimiento y el aplauso de la humanidad, como el que le va bien en alguna capacidad: si llegó a la luna, si ganó un torneo de tenis, si ganó una carrera, eso es el éxito. El cultivo de las relaciones, el amar incondicional y sacrificialmente, el permanecer casados a pesar de la dificultad, eso como que no se aplaude mucho. Pero el mundo tiene su definición de éxito y muchos van como manada tras ese éxito; ese es el mundo.

Entonces ese mundo, según 1 Juan 5:19 —la misma carta, un poco más adelante—, dice: "Sabemos que somos hijos de Dios y que el mundo que nos rodea está controlado por el maligno." El sistema del mundo que acabamos de definir, todo aquel sistema diseñado, que ha sido dirigido para autocomplacerse y hacerse una vida sin Dios, es un sistema que, bíblicamente hablando, está dirigido y controlado —permitido por Dios— por el maligno. Por lo tanto, aunque en el mundo, en la forma como nosotros nos relacionamos como seres humanos y en este mundo como funciona, podemos ver algunos vestigios de Dios —a veces vemos señales de justicia, a veces vemos actos de misericordia, a veces vemos virtudes legítimas mostradas y decimos: "¡Wow, Dios está ahí!"—, en general vemos más vicios que virtudes, vemos más mal que bien.

Y yo no sé si tengo que convencerlos de eso, pero miren cómo el mundo anda, miren lo que el mundo promueve. Pásense una hora viendo la televisión sin cambiar de canal, vean una película completa de cualquier género sin darle para adelante, veamos lo que los jóvenes quieren lograr, veamos lo que la gente entiende que es bueno y que es malo, analicemos en qué mundo estamos, y llegaremos, sin duda —creo yo— a la conclusión de que este es un mundo gobernado por el mal, controlado por el mal. Como digo, hay vestigios, hay indicaciones de la gracia de Dios todavía.

Entonces, si eso es así, según este texto este es un sistema, es un mundo opuesto a Dios, contrario a sus propósitos, que opera típicamente bajo normas pecaminosas, es decir, ofensivas a Dios; en ese es el mundo que vivimos. Por esa razón es que en Juan 17, Juan orándole al Padre acerca de nosotros, sus discípulos, le dice: "Padre, te pido que los protejas del mundo. Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo, pero están en el mundo." Estamos aquí pero no somos de aquí; eso es lo que Cristo está diciendo. En Filipenses 3:20, Pablo dice que nuestra ciudadanía, nuestra patria, está en los cielos.

¡Qué bueno es eso! A veces nosotros aspiramos y daríamos lo que fuera por una ciudadanía americana, pero ¿y qué decir de esa ciudadanía celestial que se nos ha concedido por medio de Cristo? Cristo es el consulado: fuimos y solicitamos, entramos a ese consulado por medio del arrepentimiento, y Cristo nos concedió la ciudadanía celestial, donde estaremos eternamente. Es una ciudadanía que para otorgarse no requiere tiempo de espera; simplemente el arrepentimiento es su gestión. Y a ese mundo pertenecemos: al mundo de Dios, al mundo celestial.

1 Pedro 2:11 dice que nosotros debemos comportarnos como extranjeros y como peregrinos en esta tierra. No somos de aquí; estamos aquí pero no somos de aquí. No solo no podemos, sino que no debemos vivir como los que son de aquí, porque no somos de aquí, no pensamos igual, no perseguimos lo mismo. Entonces, ciertamente el cristiano es miembro de la humanidad, él vive en el mundo físico, pero no pertenece a ese sistema satánico bajo el cual el mundo opera.

Es por eso entonces que Juan dice: "No amen el mundo." No amen ese sistema gobernado por el maligno, que lo que persigue es la autogratificación, es la autoexaltación del yo, persiguiendo constantemente que el hombre se sienta grande en sí mismo. No persigan ese sistema. Nosotros podemos disfrutar de algunas cosas que Dios nos provee por medio del mundo, pero no es el mundo quien las da, sino que en la gracia de Dios Él provee cosas que son buenas. Hay bendiciones de Dios por doquier; no debo sentirme culpable por disfrutar de una buena comida, de una buena compañía, de un buen viaje de vacaciones, de un descanso merecido. Son cosas buenas, esas no son cosas mundanas. Ahora bien, yo puedo hacer de esas cosas ídolos y convertirlos entonces en inclinaciones pecaminosas para mí, ciertamente.

Entonces, para seguir profundizando, como ya entendimos lo que es la palabra "mundo", yo quiero que entendamos bien qué implica amar el mundo, para saber lo que implica no amar el mundo. ¿Qué implica amar el mundo? Porque amar no es un sentimiento que yo siento y experimento. ¿Cómo yo puedo experimentar un sentimiento por el mundo, por un sistema? Veamos esto en estos términos: en Juan 14:15, Cristo dice: "Si ustedes me aman, guardarán mis mandamientos." O sea, ¿cómo yo sé si realmente amo al Señor? Por mi grado de obediencia. En otras palabras, el que ama se somete a aquello que ama.

Es así, piénsenlo. Cuando yo amo a alguien, o yo amo algo, yo me someto a eso. Pensemos en una persona que dice estar enamorada. El enamorado no piensa; el enamorado de repente se convierte en la persona más generosa y magnánima que hay sobre la tierra. Él le dice a su pareja: "¿Tú quieres comer algo? Son las dos de la mañana." "Mi amor, son las dos de la mañana." "No importa, si tú tienes hambre te traeré. Yo te amo." "Vamos a salir del vehículo, está cayendo un ventarrón." "No te preocupes, yo me mojo, te busco una sombrilla y te vengo a buscar. No hay problema." Contento, contento. No es de mala gana que se hace. El que está enamorado hace sus sacrificios contento, porque el que ama se somete a aquello que ama, de manera voluntaria y gozosa.

Hay gente que dice: "Yo amo la comida." Eso significa que come, que le da para ella. El que ama un hobby está constantemente pensando en el hobby, en cómo mejorar su hobby, cómo disfrutar de su hobby, cómo hablar de su hobby. El que ama el trabajo piensa, respira, trabaja. El amor gobierna el corazón del que ama. Por lo tanto, el que ama el mundo, lo que implica cuando yo amo el mundo es que el mundo —sus patrones, sus normas, sus valores, sus principios— me gobierna. Ese es el amor por el mundo: yo me someto a ese mundo que yo amo, yo sigo sus pautas, yo sigo sus mandatos, sus peticiones, yo caigo en sus tentaciones, yo sigo sus invitaciones. Y ese es el amor por el mundo que Juan dice aquí: "No améis el mundo ni las cosas que están en el mundo."

Más adelante vamos a hablar de cuáles son las cosas que están en el mundo, pero a eso se refiere cuando Juan habla de no amar el mundo. Amar el mundo no es simplemente verse tentado; cualquiera puede ser tentado. Cristo fue tentado en todo, mas sin pecado. Amar el mundo es buscar la tentación, es plegarse ante la tentación. Amar el mundo no es tener cosas; es tenerlas y desearlas porque nos hacen sentir importantes, depositar mi valor en esas cosas. Eso es un patrón mundano, eso es materialismo. Y cuando yo sirvo al materialismo, cuando yo me pliego al materialismo, yo pienso que si yo tengo, yo valgo. Y de hecho yo me pliego al materialismo cuando trato al otro mejor porque tiene más; estoy teniendo una actitud mundana hacia el otro.

Amar el mundo no es tener ciertos deseos. Los deseos son puestos por Dios, pero hay deseos que necesitan ser frenados, porque nosotros tenemos deseos que son pecaminosos, o a veces los tenemos en proporciones pecaminosas y se convierten en un ídolo. Amar el mundo no es lucir bien —que el que anda bien peinadito, bien vestido, es un mundano—, no. Amar el mundo es pensar que la apariencia me da valor, o pensar que si no me veo bien yo me siento mal, me siento menos. Amar el mundo no es adquirir conocimiento; es enorgullecerme de ese conocimiento.

Entonces esta discusión amerita una reflexión profunda de nuestros patrones, de nuestros criterios para vivir. ¿Realmente estamos nosotros amando el mundo? ¿Estamos abrazando los patrones, los principios, los conceptos que el mundo promueve, proclama y aplaude? ¿O yo estoy realmente al tanto de eso y por tanto no me dejo llevar ni controlar por esas cosas? Esa es la razón entonces por la que Juan dice: si esto es así, si cuando yo amo el mundo el mundo me controla, 1 Juan 2:15 en su segunda parte dice: "Si alguien ama el mundo, el amor del Padre no está en él." No puede ser, no puede ser, que si tú te dejas gobernar por el mundo de manera habitual, si tus decisiones y tus criterios para tomar decisiones se basan en lo que el mundo ve, en lo que el mundo valora, si tus aspiraciones en la vida son todas materialistas y sensuales, si tu vida se trata básicamente de ti y de sentirte cómodo a ti, el amor del Padre pueda habitar en ti.

Cuando el mundo es el que te gobierna, Él dice: "Si alguien ama el mundo, el amor del Padre no está en él." Para Juan estos son amores incompatibles. Y lamentablemente, debido a la naturaleza pecadora que nosotros tenemos todavía —porque aunque hemos sido salvados y redimidos, todavía tenemos una lucha con nuestra carne—, todavía nosotros podemos manifestar en alguna área de nuestra vida amor por el mundo. Comenzando conmigo, que estoy predicando y auto predicándome esto, y a ustedes también. Me gusta cómo lo pone el pastor MacArthur hablando de esto. Dice: "Los verdaderos cristianos no se caracterizan por un amor habitual al mundo." Puede haber un destello, un momento, una situación, un área donde yo me comporte de manera mundana, donde en un momento el mundo me haya atraído más que Dios, pero no es mi característica habitual.

De ahí que entonces el mandato de Juan tiene sentido: "No améis el mundo." Cuídense, preserven sus corazones puros para Dios, sin doble ánimo. Yo amo a Dios por encima de todas las cosas. Entonces, habiendo dicho eso, habiendo entendido de qué se trata el mundo y de qué se trata amar el mundo, ¿cómo el mundo nos atrae? ¿Cómo es que el mundo llega? Porque si sabemos que no debemos dejarnos gobernar por él, ¿cómo es que el mundo tiene una incidencia y una influencia en nosotros todavía?

Aquí hay tres avenidas claramente presentadas en el versículo 16. Dice: "Porque todo lo que hay en el mundo —la pasión de la carne, la pasión de los ojos y la arrogancia de la vida— no proviene del Padre sino del mundo." Estas son tres avenidas a través de las cuales la mundanalidad llega a nosotros: la pasión de la carne, la pasión de los ojos y la arrogancia de la vida.

Nosotros tenemos una carne, no solamente un cuerpo. El cuerpo también tiene deseos. El cuerpo tiene deseos por comer, por ejemplo: deseo válido, legítimo, pero lo puedo transformar en una idolatría por la comida y convertirme en un glotón. El cuerpo tiene un deseo por el descanso: legítimo, válido, pero puedo convertirme en un perezoso. El cuerpo tiene deseos sensuales: legítimos, válidos, pero puedo querer llenar esos deseos sensuales fuera de las normas de Dios. Entonces estos deseos están ahí presentes; son deseos del cuerpo. Pero la carne no es solamente el cuerpo. Mi carne también es mi naturaleza caída.

Yo puedo tener, por ejemplo, un deseo de vengarme de alguien porque me hirieron, me ofendieron. Es un deseo; en este caso no voy a decir legítimo, no: es pecaminoso, no es bueno. Yo puedo tener también un deseo de llamarle la atención a mi hijo o a mi esposa de una manera totalmente pecaminosa, hiriente, ofensiva, destructora. ¿Es un buen deseo? No. ¿Quién lo quiere? La carne. Porque las obras de la carne son así: ira, maledicencia, conflicto, sectarismo. La carne quiere cosas. Entonces en nosotros hay una solicitud constante de llenar ciertos deseos: algunos legítimos, pero queremos llenarlos fuera de los parámetros de Dios; y otros, totalmente pecaminosos, a los que debemos decirles: "No, tú no me vas a gobernar."

Hay una complicación más, como dije en uno de mis comentarios: lo malo de muchos de nuestros deseos no es lo que queremos en sí, sino que lo queremos demasiado. Es una cita de David Powlison. Esa es la primera avenida: la carne. Lo que yo me digo a mí, lo que yo quiero, lo que quiero que se me complazca, que se me dé, que se me otorgue, de lo que yo quiero disfrutar. Si no lo mantengo dentro del gobierno de Dios, estoy abrazando el mundo y sus patrones mundanos, porque el mundo está enfocado en complacer al yo.

La otra avenida es la pasión de los ojos: aquellos deseos que son incitados por lo que vemos, por lo que deseamos, las cosas de las que nos antojamos. Vemos y queremos. Algunos de ellos legítimos, pero muchos de estos deseos se convierten en codicia: codiciamos lo que no nos pertenece, codiciamos más de lo que Dios nos ha dado, codiciamos lo que es ajeno. Ponemos a veces nuestra esperanza en cosas que se ven, cuando nuestra esperanza debe estar en lo eterno, en las cosas que no se ven. Increíblemente.

Y hay una tercera avenida a través de la cual la mundanalidad llega a nuestros corazones, y es la arrogancia de la vida. Esto tiene que ver con el orgullo de nuestros logros y de nuestras posesiones, el orgullo humano, la tendencia al fanfarroneo. ¿Les hablo de fanfarronear? La persona que se ufana a sí misma. Me encanta el pasaje de Jeremías, uno de mis pasajes preferidos de la Escritura, en Jeremías 9:23-24, donde Dios dice: "No se enorgullezca el rico de su riqueza, ni el poderoso de su poder, ni el sabio de su sabiduría. Si de algo puede jactarse alguien, que se jacte de que me entiende y me conoce."

Realmente, cuando nosotros estudiamos astronomía, se nos va el orgullo personal. A mí me encanta la astronomía. Yo recuerdo una vez que estaba recibiendo un mensaje de alguien que puso un ejemplo astronómico. Él ponía este ejemplo: en Google tú puedes partir de tu ciudad, subir al espacio y ver la tierra, retroceder y ver la Vía Láctea, retroceder y ver otra dimensión. Entonces él decía: "Nosotros somos un punto en República Dominicana, somos un punto en el Caribe, un punto en el hemisferio occidental, un punto en la tierra, un punto en la Vía Láctea, un punto en el universo."

Nosotros realmente somos un punto de un punto de un punto de un punto. Entonces, cuando tú le das mente a eso, tú vas a ver si te va a quedar algún orgullo. En otro momento, Pablo, en 1 Corintios, dice: ¿de qué te jactas de cualquier cosa, como que no te lo han dado, como que no lo has recibido? Si tú eres inteligente, Dios te lo dio; si tú cantas bonito, Dios te lo dio; si tú eres alto, Dios te lo dio; si yo soy chiquito, Dios me hizo así. Y yo no soy tan chiquito como la gente piensa; si tú te pones al lado de mí te vas a dar cuenta, yo tengo un tamaño promedio.

La arrogancia de la vida es la tendencia de nosotros a jactarnos, en el querer lograr, por el deseo de impresionar, por el deseo de ser mejor, por el deseo de superar, de que se diga, de que se hable. Estas avenidas —la pasión de la carne, la pasión de los ojos y la arrogancia de la vida— hacen que nuestro corazón sea, como Calvino llamaba, una fábrica de ídolos. Y vivimos constantemente tratando de complacer esos ídolos que están creados en nuestro corazón. Eso implica, hermanos, que tenemos que pensar en qué estamos haciendo, cómo estamos viviendo, qué tan distintiva está siendo nuestra vida versus aquellos que no conocen a Dios. ¿Cómo estamos tomando decisiones? ¿Cómo estamos haciendo las cosas? ¿Cómo estamos viviendo? ¿Qué es lo que estamos persiguiendo?

En el versículo 17, el apóstol se acerca al final de esta porción y añade a sus lectores la lógica del mandato, el amor en el mandato. En el versículo 17 él les dice —bueno, desde el 16 dice que todo lo que hay en el mundo, la pasión de la carne, la pasión de los ojos, la arrogancia de la vida, no proviene del Padre sino del mundo— y ahora dice: el mundo pasa y también sus pasiones, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre. ¿Cuál es la lógica de Juan? ¿Tú te vas a enfocar en simplemente satisfacer deseos que son absolutamente temporales? Eso no tiene sentido. Deseos que al final te van a alejar de tener comunión con el único que puede satisfacer tu alma, que van a hacer un boicot de tu relación con Dios. El mundo pasa y también sus pasiones.

A mí me encanta leer a gente que está cerca del final de su vida. Aquí está Juan, al final de su vida, más de 80 años, al final de su ministerio. Quizás físicamente decaído, pero espiritualmente y emocionalmente un hombre fuerte, un roble. Y nos dice con toda claridad: el mundo pasa y también sus pasiones. En otras palabras, dejen eso, que eso no va para ninguna parte, eso no tiene futuro, no hace sentido.

La lógica de Juan es no seguir entregando energías a cosas que no permanecen. Que nos cuidemos de lo que John Owen, un puritano del siglo XVII, llamaba el desatino de tener vivos afectos por cosas muertas. Ojalá no tengamos vivos afectos por cosas muertas. Qué triste. Ojalá nuestros afectos, nuestros vivos afectos, estén en cosas vivas, en lo eterno, en lo que permanece.

Manejar la mundanalidad ciertamente es resistir, es resistir; pero más que resistir es poner la mirada en donde tiene que estar puesta. La cura de la mundanalidad, de todos estos deseos del corazón —de la carne, de los ojos y de la arrogancia de la vida— es darnos cuenta de que pertenecemos a un Dios que nos ha amado de una manera extraordinaria. Y que en Él hay una plenitud que el mundo no puede satisfacer ni suplir. Es hacer que lo brillante, lo sorprendentemente extraordinario del mundo —porque sí, aparenta haber cosas hermosas aquí, hay cosas seductoras aquí— se pierda y palidezca ante la grandeza de nuestro Dios.

Entonces, ¿cómo aplicamos esto? Quiero concluir ya con una idea final. El apóstol Pablo, hablando a los romanos —ya saben que la vida coherente corre a través de sus páginas—, en el capítulo 12, luego de darles una exposición increíble de las misericordias de Dios, de la bondad de Dios, de la gracia de Dios, de la compasión de Dios, escribe lo siguiente: "Por tanto, hermanos, les ruego por las misericordias de Dios, que presenten sus cuerpos como sacrificio vivo y santo, aceptable a Dios, que es el culto racional." Entréguense por completo a Dios, entreguen sus vidas, sométanse a Él, no se sometan al mundo, sométanse a Dios. Habiendo visto lo que Dios ha hecho por ustedes, es lo lógico, es el culto racional que debemos hacer.

¿Y cómo se hace eso, Pablo? ¿Cómo yo finalmente termino entregando mi vida por completo al Señor? Aquí está la receta, aquí está la instrucción: "No se adapten a este mundo, sino transfórmense por la renovación de su mente, para que verifiquen cuál es la voluntad de Dios, lo que es bueno y aceptable y perfecto." ¿Cómo es que yo me entrego al Señor? Hay una resistencia: no te dejes transformar, no te dejes dar forma por el mundo, no dejes que el mundo te meta en su molde. No busquen lo que ellos buscan, no persigan lo que ellos persiguen, no valoren lo que ellos valoran. Obviamente hay cosas legítimas dentro de ese sistema, pero en la mayoría de los casos es un sistema gobernado por el maligno.

Sino que tú tienes que cambiar tu mente; tú tienes que comenzar a pensar sobre la vida de manera diferente. Tú tienes que pensar sobre ti diferente, sobre la vida diferente, sobre el matrimonio diferente, sobre los hijos diferente, sobre la carrera diferente. Tú tienes que actuar con los demás diferente, tú tienes que tratar al otro distinto, tú tienes que ver a Dios diferente. Esto no es lo que tú crees, ni aquello es lo que tú crees; Dios te da una correcta visibilidad. Por eso es que la visión tiene que ser alterada, tiene que ser cambiada. Cambia tu mente. Si tú piensas como el mundo piensa, tú vas a vivir como el mundo vive.

No sé si ustedes han visto estas lámparas ultravioletas que a veces se usan para ver si hay gérmenes o bacterias en una determinada superficie. Uno enciende la lámpara y, con la luz ultravioleta, uno puede ver cosas que no vería con una visión normal. Eso es la Palabra de Dios para nosotros: la Palabra de Dios es como la luz ultravioleta a través de la cual nosotros vemos gérmenes que no veíamos antes, que vemos contaminación que no veíamos antes, y decimos: "No, por ahí yo no me voy a acostar; ahí yo no pongo la cabeza, ahí yo no me siento." Ojalá nuestra mente sea transformada a ese punto, que yo pueda ver a través del cedazo de la Palabra y decir: "No, pero esto no procede, esto no llena, esto no da plenitud, esto contradice la Palabra, esto va contra Dios." Dios es mi bien. Y lleguemos a esa conclusión: no se adapten a este mundo, sino transfórmense mediante la renovación de nuestra mente.

El Señor sea con nosotros, el Señor nos guíe y nos dirija. Vamos a orar.

Señor, gracias, gracias por tu luz, gracias por tu cuidado, gracias por tu amor. Tu Palabra dice, Señor, que no existe nada que nos pueda separar del amor que tú nos has tenido en Cristo Jesús. Eso es incomprensible para nosotros, Señor, pero yo te pido que por medio de tu Espíritu tú nos ayudes a comprenderlo un poco mejor. Señor, mira nuestras vidas, danos comprensión y entendimiento; ayúdanos a saber, como la luz ultravioleta, dónde está la contaminación en nuestra vida, en nuestro corazón, y ayúdanos, Señor, de manera responsable, diligente, de una manera comprometida contigo, a sacar de nosotros todo vestigio, todo signo de mundanalidad, porque eso no es compatible con amarte a ti sobre todas las cosas. Gracias por tu favor, gracias por tu luz, en el nombre de Jesús, amén.

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Héctor Salcedo

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.