El pueblo que conoce a su Dios se muestra fuerte y actúa. Esta frase de Daniel 11:32 revela una verdad que atraviesa toda la Escritura: hay quienes apostatan bajo presión, pero hay otros que permanecen firmes. El profeta Daniel anticipaba tiempos difíciles, como los que vinieron con Antíoco IV cuando profanó el templo sacrificando un cerdo en el altar. Muchos cedieron ante sus halagos y amenazas, pero no todos. La revolución de los macabeos cuenta la historia de una madre que vio morir a sus siete hijos uno por uno, cada uno negándose a abandonar la fe, y ella misma los animaba hasta el final. Esa gente tenía convicción, y la convicción es esa verdad que sostiene en momentos de debilidad cuando todo parece derrumbarse.
El conocimiento de Dios transforma todo: cómo pensamos, elegimos, trabajamos, nos entretenemos. Quien conoce a Dios no busca simplemente saber acerca de su santidad, quiere ser santo. No anda tras la gloria para escapar del infierno, sino porque no hay nada más valioso que esa gloria. Abraham dejó su tierra sin saber a dónde iba, luego dejó la mentira, y finalmente estuvo dispuesto a ofrecer a Isaac, el hijo que más amaba. Moisés rechazó ser llamado hijo de la hija de Faraón, considerando los placeres temporales del pecado como inferiores al oprobio de Cristo. Pablo revaluó todo lo que había alcanzado y lo consideró basura comparado con conocer a Cristo.
La pregunta que el pastor Núñez plantea es directa: ¿venimos a la iglesia buscando un encuentro con Dios o simplemente un pacificador espiritual que calme nuestra conciencia hasta la próxima semana? Porque lo que estamos dispuestos a dejar por Cristo revela cuánto realmente lo conocemos.
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Nosotros continuamos hoy la serie acerca del carácter de Dios que iniciamos hace ya varias semanas. Comenzamos hablando acerca de que, de hecho en el segundo mensaje más bien, establecimos que conocer los caminos de Dios era conocer a Dios. ¿De acuerdo? Lo que leemos en el Salmo 103, versículo 7. Esto es como el texto lo dice: Dios dio a conocer su carácter a Moisés y sus obras al pueblo de Israel. Esa es la traducción de la Nueva Traducción Viviente, así lo interpreta, pero la otra versión dice que Dios dio a conocer a Moisés sus caminos. La Nueva Traducción Viviente dice que Dios dio a conocer su carácter, entendiendo que es la misma cosa.
El domingo pasado, el Dr. Paul Aiken, que vino del seminario Southeastern Baptist Theological Seminary, predicó en este púlpito y predicó un mensaje acerca de lo que realmente significa seguir a Cristo. Y hasta donde nosotros hemos considerado lo que implica nuestro llamado, y tratando de conectar los mensajes de manera que las cosas sigan como un flujo, yo quiero preguntarte al inicio de este mensaje: ¿tú estás dispuesto a seguirlo hasta el final, muchacho, independientemente de las consecuencias, de lo que eso implique o conlleve? ¿Estás dispuesto a seguir a Cristo independientemente de lo que pierdas o tengas que perder? Lo que Él te pida, ¿lo harás? ¿Dejarás eso que amas pero que Dios rechaza y que a veces incluso odia?
Cuando uno examina la Palabra de Dios, hay dos cosas como que sobresalen de manera recurrente que prueban la veracidad de un discípulo de Dios. Una es la obediencia a la Palabra, y la otra es lo que él está dispuesto a dejar por seguir a su Dios. Recientemente, dándole continuación a otros mensajes, el pastor yo han predicado acerca de, o un mensaje con el título de "Cuando los muchos se van, los pocos se quedan", y en esa ocasión él habló de cómo Dios muchas veces nos coloca en una posición donde tenemos que tomar una decisión. Esos son momentos de definición, porque a partir de ese momento yo voy no solamente a tomar esta decisión, pero yo voy a definir el curso de mi vida.
Y cuando defino el curso de mi vida, la defino en términos de decir: lo voy a hacer a favor de Dios o a favor de nosotros mismos. Y lo único que hace la diferencia en la decisión que tomo es si conozco a Dios y cuánto de ese Dios yo conozco. Nosotros conocemos, o mostramos cuánto conocemos a Dios, o si somos cristianos o no, por el sacrificio que estamos dispuestos a hacer por Dios, como mostró el mensaje del domingo anterior.
Mi mensaje en el día de hoy está basado en un solo versículo, de hecho la mitad de un versículo. Vamos a emplear otras citas bíblicas, pero este versículo que también ha sido citado en más de un mensaje en las últimas semanas: Daniel 11:32, que habla de que el pueblo que conoce a su Dios actuará fuerte, o se mostrará fuerte y actuará.
El profeta Daniel escribió profetizando acerca de un tiempo difícil que vendría sobre la nación de Israel, que llegó alrededor del año 167-168 antes de Cristo, cuando este emperador, el rey Antíoco IV, invadió la región de Israel, invadió el templo y profanó el templo en el altar de Dios. Habiendo Dios prohibido incluso el consumo de ciertos alimentos que incluían el cerdo, en el altar de Dios él sacrificó un cerdo a Dios. ¡Es para asombrarnos! Y Antíoco fue una prefigura del Anticristo que habría de venir en el futuro.
Y Dios le habla a Daniel en ese momento y le dice cómo con prendas y halagos este rey haría que muchos apostataran, no solamente anticipando ese tiempo, pero anticipando un tiempo futuro para nosotros. Pero luego Dios introduce una frase en ese versículo y dice, pero es como si Daniel escuchara: "Pero no será así con todos. El pueblo que conoce a su Dios se mostrará fuerte y actuará." Habrá un grupo que apostatará de la fe, pero en contraposición habrá un grupo que no lo hará.
En el devenir del tiempo se produjo la revolución de los Macabeos. Si es una historia larga, no pretendo cansarte, pero cuenta la historia de cómo esta madre con siete hijos fue tomada, y estaban tratando de que tanto ella como sus hijos pudieran abandonar la fe, las prácticas del judaísmo. Y como el primero de los hijos habló, el rey se irritó tanto que hizo que le cortaran la lengua. Y cuando él siguió como en rebeldía, hizo que le cortaran las cuatro extremidades delante de sus hermanos y su madre. Y cuando él todavía seguía en su posición, pues lo tiraron a una olla caliente y lo hirvieron. Y la madre fue animando a cada uno de los hijos, y cada uno de ellos sufrió la misma suerte hasta el final, pero la revolución macabea triunfó y el templo fue rededicado a Dios.
¿Te das cuenta lo que la gente ha estado dispuesta a pagar cuando tú conoces a tu Dios? ¿Te das cuenta cómo Dios pone a prueba y deja puesto de manifiesto quién es de los míos y quién no es? Esta gente tenía convicción acerca de la Palabra de Dios, y la convicción que tenían acerca de la Palabra de Dios determinó su comportamiento. La convicción es esa verdad que te sostiene en momentos de debilidad, en momentos de indecisión, en el momento de incertidumbre. Cuando tú no sabes qué hacer, que te da la fortaleza y te sostiene en la posición de Dios cuando todo parece derrumbarse.
Esta es la convicción que esta generación no parece tener, porque el yo moderno, como lo define este autor Carl Trueman en su último libro, exige que todos sus deseos y demandas sean satisfechos, que todos sus placeres sean complacidos. Daniel entonces, en su generación, habló de un grupo de personas completamente diferentes, personas que estuvieron dispuestas a pagar el precio que fuera por no renunciar su fe a Dios.
Este grupo rehúsa permanecer, siempre ha sido el caso, rehúsa permanecer pasivo, inactivo. No se queda en el anonimato, no se cruza de brazos, no disfruta de los placeres mientras la sociedad arde en llamas. No, hace algo para mostrar que Dios todavía reina. Nuestra generación parece estar dominada por la pasión de la carne en vez de pasión por Dios.
El versículo de Daniel nos deja ver claramente que el pueblo que conoce a su Dios se muestra fuerte, actúa. Y nota la relación: si conoce a Dios, vive diferente. Vive diferente, piensa diferente, siente diferente, ve diferente, elige diferente, se esfuerza de manera diferente, se entretiene de manera diferente, negocia de manera diferente, trabaja de manera diferente, decide de forma diferente y tiene una moral diferente al resto del mundo.
El hombre o la mujer que conoce a su Dios no solamente quiere conocer acerca de las actividades de Dios; él o ella quiere ser santo. Él no quiere conocer un poco de Dios para sentirse mejor; él quiere ser mejor. Él no anda en busca de la gloria para salvarse del infierno; no, él anda en busca de la gloria porque no hay nada más valioso que dicha gloria. Su interés no es simplemente obedecer para evitar la consecuencia, como frecuentemente parece ser nuestro caso. No, él quiere obedecer porque tiene un aprecio por lo que Dios ha hecho, por lo que Cristo ha hecho en la cruz, que es su deseo y su gozo obedecerle.
Su mente está en otra ciudad, él vive con la mente puesta en otra dimensión, tiene una mente en otro mundo. C.S. Lewis dijo en una ocasión: "Los cristianos que más hicieron en este mundo presente fueron precisamente aquellos que más pensaron en el próximo. Desde el momento que los cristianos comenzaron a pensar menos acerca del otro mundo es cuando se volvieron más inefectivos en este. Apunta al cielo y recibirás la tierra por añadidura; apunta a la tierra y no recibirás nada."
Cuando la iglesia o el creyente se ha mostrado débil, pasivo, se ha mostrado intimidado, ha sido por la falta de conocimiento de Dios. Es la razón por la que me he estado diciendo que el conocimiento de Dios es esencial, es fundamental, es vital para la carrera cristiana. Cuando el creyente conozca a Dios como Dios quiere ser conocido, entonces en ese momento nosotros tendremos la fe, la sabiduría, la convicción, la determinación, la pasión, el discernimiento, la paz y la seguridad que cada uno de nosotros queremos. No hay nada como el conocimiento de Dios para cambiar la vida del creyente.
En el momento que tú y yo nacimos de nuevo, Dios dice en su Palabra, te lo voy a leer, que nos dio un nuevo corazón, pero Él nos dio un nuevo corazón para algo en particular que Él tenía en mente. Escucha Jeremías 24:7: "Les daré un corazón para que me conozcan." El anterior, el corazón de piedra, no puede conocerme. Yo les voy a dar un nuevo corazón para que me conozcan, porque yo soy el Señor y ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios. Escucha también para qué les dio ese nuevo corazón: pues volverán a mí de todo corazón.
Dios no me dio un nuevo corazón para que el nuevo corazón siga siendo seducido por las cosas que el mundo tiene como atracciones, sino para que yo le conozca y me pueda volver a Él de todo corazón. El problema es que nosotros no conocemos a Dios como Él es, y nosotros no nos conocemos a nosotros como nosotros somos. Y si nosotros nos conociéramos a nosotros, pues fíjate: si nosotros todos, comenzando por el que está hablando, nos conociéramos como nosotros somos, nosotros nos veríamos de tal forma que nos sentiríamos aterrados por lo que vemos, y correríamos hacia Dios como refugio y trataríamos de no despegarnos de Él, por temor a hacer las cosas que somos capaces de hacer. Fue muy rápido, ¿se entendió?
En la historia bíblica, la gente que llegó a conocer a Dios de la manera como tú y yo quisiéramos conocerle, ¿sabes cómo comenzó? Todos ellos por arrepentimiento. Isaías vio a Dios por lo que Él era, y se arrepintió y se sintió deshecho. Habacuc vio a Dios por lo que Él era, y tembló y sintió podredumbre entrar en sus huesos. Job tiene un encuentro con Dios y se arrepiente en polvo y ceniza, y dice: "Yo no te conocía, yo te conocía de oídas." Daniel, que no tuvo una sola tacha en el libro que lleva su nombre.
Tuvo un encuentro con Dios o tuvo una oración con Dios y se dijo: "Yo y mi pueblo hemos pecado contra ti." Recuerda el versículo de Jeremías 24:7: "Les daré un corazón para que me conozcan y para que se vuelvan a mí de todo corazón." Un corazón vuelto a Dios a medias todavía es un corazón adúltero, porque tiene amantes, tiene ídolos que compiten con Dios, y esos ídolos nos derrumban y nos alejan de Dios.
Pocos de los hijos de Dios le conocen como el Dios fuerte, el Shaddai. El Dios que es capaz de empoderarte de manera que tú puedas tener una vida de continua obediencia. El Dios que es capaz de empoderarte para que te mantengas, para que te muestres fuerte y que puedas actuar. El pueblo que conoce a Dios de esa manera no se deja intimidar, por eso se muestra fuerte. No es un pueblo pasivo, por eso actúa. No es un pueblo que se entretiene con lo que los demás se entretienen. No es un pueblo que corre tras el éxito. No es un pueblo que cambia los compromisos que tiene con Dios por los compromisos que ofrece el mundo. No es un pueblo que permite que las competencias del mundo compitan con su Dios. No es un pueblo que corre tras las coronas y las medallas que el mundo nos ofrece.
Él tiene una carrera que tiene medallas o coronas al final, y quizás alguno de ustedes podrá decirme: "Bueno, pastor, la verdad es que yo no estoy tan centrado en esas famosas coronas que la Palabra habla que se nos entregarán al final de la vida." Pues quizás estamos corriendo dos carreras distintas, con promesas distintas, con metas diferentes, para un Dios diferente. La carrera que unos corren tiene a Dios en el centro, porque en Él ellos viven, se mueven y existen. Pero hay otra carrera, hay otra carrera que tiene el yo en el centro, y como tiene el yo en el centro, viven en su mundo, se mueven en su mundo, existen para expandir su mundo y disfrutan de su mundo. Las cosas de esta vida les resultan de mucho más motivación que las cosas del mundo venidero.
Pero hay un pequeño grupo que le conoce como el Dios que es capaz de mover montañas. El Dios que cuando tú lo conoces como Él es, hace que todo palidezca alrededor tuyo porque no tiene los colores de Dios. Y alguien pudiera decir: "Pastor, pero si todos venimos a la misma iglesia, si todos leemos libros similares para no decir los mismos, si todos oímos como los mismos mensajes, ¿por qué es que unos terminan con un conocimiento de Dios insuficiente y otros terminan con un conocimiento de Dios diferente? ¿Por qué es que unos tienen un estilo de vida de una forma y otros tienen un estilo de vida de otra forma?"
Yo creo que quizás la explicación viene a través de esta ilustración del pastor Tony Evans. Tony Evans es un pastor ya maduro, muy conocido. De hecho, hay algunos de ustedes que vieron la película "Show Me the Father", "Muéstrame al Padre". Él salió varias veces, y él escribió un libro que se llama "The Power of Knowing God", "El poder de conocer a Dios". Conocer a Dios tiene un poder, el poder de conocer a Dios.
Y él dice en su ilustración que en ocasiones tú estás sentado en el mismo servicio y escuchas un niño que llora, un niño bien pequeñito, y entonces de repente la madre saca lo que aquí le llamamos un bobo, pero es un pacificador. En otros lugares, en inglés le llaman así, "pacifier". Luego busquen en el diccionario cómo le dicen en otras naciones. El resultado es que es un chupete, que suena bien porque es lo que el niño hace: chupar su bobo, su pacificador. Y él dice que el niño se calla, pero que llega un momento en que el niño se da cuenta de que cuando él está chupando esto, como que no hay leche que esté llegando al estómago. Y al rato comienza, tanto su estómago como su cerebro se percataron: "Me engañaron, esto no es." Y comienza a berrear de nuevo.
Escucha ahora lo que dice Tony Evans: que muchos van a la iglesia, domingo tras domingo, a que le pongan un chupete espiritual para calmar su conciencia de lo que pasó el resto de la semana. Pero que luego entonces salen más o menos tranquilizados a vivir la semana, y en la semana se dan cuenta de que el chupete espiritual no los puede sostener el resto de la semana. Y vuelven a experimentar la misma hambre espiritual, la misma agonía, la misma ansiedad, la misma falta de propósito, la falta de significado. Y el domingo tengo que correr a la iglesia y llego con expectativa de un chupete.
Si eso es así, eso va a producir dos tipos de creyentes, pero no estoy seguro de que si yo vengo buscando un chupete espiritual, si verdaderamente soy creyente. Y yo creo que cada uno de nosotros tiene que hacerse la pregunta: ¿Has venido por un pacificador para calmar tu conciencia, o has venido para encontrarte con Dios que te pueda dar el poder para dejar cosas ante el altar que ya no pueden seguir en una vida consagrada a Él?
Cuando uno revisa la historia de la Escritura, uno se percata de que la gente que conoció a Dios de una manera particular, sus vidas lo hicieron diferente a aquellos que no conocieron a Dios. Escucha el testimonio en el libro de Hebreos de este grupo de personas. Yo quiero que el enfoque del capítulo es lo que hicieron por fe. Yo quiero enfocar el texto en lo que hicieron, asumiendo que ya tú entiendes que lo que hicieron lo hicieron por fe. Pero escucha lo que hicieron.
Por la fe Abel ofreció a Dios un mejor sacrificio que Caín, por lo cual alcanzó el testimonio de que era justo, dando Dios testimonio de sus ofrendas, Dios mismo. Y por la fe, estando muerto, todavía habla. Por la fe Enoc fue trasladado al cielo para que no viera muerte, y no fue hallado. Ya no estaba porque Dios lo trasladó, porque antes de ser trasladado recibió testimonio de haber agradado a Dios. Y sin fe es imposible agradar a Dios, porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que Él existe y que recompensa a los que lo buscan. Por la fe Noé, siendo advertido por Dios acerca de las cosas que aún no se veían, con temor reverente preparó un arca para la salvación de su casa, de su familia, por la cual condenó al mundo y llegó a ser el heredero de la justicia que es según la fe.
Vamos a pausarnos ahí un momento. Estos hombres vivieron por fe, murieron en fe, obtuvieron la aprobación por fe. Por la fe Abel, por la fe Enoc, por la fe Noé. Luego de la caída hubo un Abel que supo adorar a Dios, pero no Caín. El domingo es cuando nosotros adoramos a Dios de una manera el domingo y nos comportamos de otra forma el resto de la semana. Mi próxima adoración tiene el corazón de Caín. Mi próxima adoración tiene el corazón de Caín, y si eso es así, eso nos llama al arrepentimiento y a que se dé la conversión.
Hubo un Enoc que caminó con Dios y complació a Dios. Date cuenta de que es posible complacer o desagradar, agradar o desagradar a Dios. Y complació a Dios de tal punto que Dios se lo llevó. Caminar hacia la iglesia el domingo, caminar hacia un grupo bíblico, no es lo mismo que caminar con Dios. Caminar con Dios implica complacerlo cuando hablas, cuando escuchas, cuando ves lo que ves, cuando te diviertes, cuando pasas tiempo con otros, cuando restringes la carne para la gloria de Dios. Que Cristo no llegue un día y no te lleve, a diferencia de Enoc, que Dios sí lo llevó.
Por la fe hubo un Noé. Noé halló gracia ante los ojos de Dios. Eso es increíble. Hasta el punto que Dios decidió juzgar el mundo entero, pero como Noé halló gracia ante los ojos de Dios, protegió a Noé, y no solo a Noé, sino también a su familia. Padres, la mejor garantía que ustedes tienen de que el favor de Dios sople en la dirección de sus hijos es su vida de santidad. Y lo opuesto también es verdad. Elí no hizo lo que le tocaba hacer y sus hijos sufrieron las consecuencias. Nosotros lo sabemos por la historia bíblica. Aarón corrompió la adoración de Dios haciendo un becerro de oro, y no mucho tiempo después sus hijos corrompieron la adoración del mismo Dios, y Dios los carbonizó en medio de una experiencia de adoración. Pero su padre la corrompió primero. David no hizo lo que le tocaba hacer y sus hijos pagaron las consecuencias. Noé halló gracia ante los ojos de Dios y sus hijos también formaron parte de los rescatados del diluvio.
En manos de Dios hizo promesas: Abraham y Sara, Isaac y Jacob. Y esas promesas continuaron bendiciendo a múltiples generaciones después de ellos, y Dios les recordó: "Lo estoy haciendo no por ustedes, sino por lo que le prometí a vuestros padres Abraham, Isaac y Jacob." "Nunca he visto justo desamparado ni a su descendencia que mendigue pan." El justo, y luego su descendencia.
El autor de Hebreos continúa y dice en el versículo 8 que por la fe Abraham, al ser llamado, obedeció saliendo para un lugar que había de recibir como herencia, y salió sin saber a dónde iba. Por la fe habitó como extranjero en la tierra de la promesa como en tierra extraña, viviendo en tiendas como Isaac y Jacob, coherederos de la misma promesa, porque esperaba la ciudad que tiene cimientos y cuyo arquitecto y constructor es Dios.
Por la fe tú puedes ver que la gente que conoce a Dios en el relato bíblico tiene la fe para hacer cosas y dejar cosas. Abraham, por la fe, dejó su lugar de vivencia, de donde habitaba, y dejó su parentela. El hombre que conoce a Dios nunca está tan aferrado al lugar donde vive o donde trabaja para no poder obedecer al llamado de Dios. Eso es parte de su mente. Este hombre no echa raíces tan profundas en el lugar que vive o donde trabaja que no pueda ser desarraigado por Dios para cumplir su llamado, porque las raíces de ese hombre no están en un lugar, están en el corazón, en la mente, en los propósitos de Dios. Él está cimentado en otro lugar, y donde el corazón de Dios late, el suyo también, y él se mueve en esa dirección.
Este hombre no necesita garantías terrenales, o esa mujer, para ir a donde Dios le envía, porque la garantía de Dios le es suficiente. "Abraham, vete a la tierra que te voy a mostrar." "Pero, ¿dónde queda?" "No sé, yo te lo voy a mostrar. Sal." Y por eso Abraham se atrevió a salir.
Lo más importante para ese hombre o esa mujer que conoce a Dios no es el lugar para donde va, es la persona que lo acompaña, que es Dios. Si Dios está, no importa el que no esté. Un hombre con una estrecha relación con Dios siempre está presto a abandonar lo que ha hecho, lo que ha construido, porque él no construye para su propio reino, él está construyendo para el reino de Dios.
El hombre siente como Abraham, como Abraham sintió, que salió, escucha como lo dice el texto, sin saber para dónde iba. ¿Cuántos de nosotros estaríamos dispuestos? "Miguel, el monte tiene un barco." "¿Y para dónde voy?" "No sé, pero Dios te va a llevar." "¿Pero a dónde vamos a llegar?" "No sabemos." "¿Y por qué estás tan seguro?" "Porque Dios nos va a llevar." Pero escucha lo que el texto dice: que Abraham salió sin saber para dónde iba, porque esperaba la ciudad que tiene cimientos, cuyo autor y constructor es Dios.
Pero ahí no termina la forma como Abraham probó que le creyó a Dios. Abraham creyó y le fue contado por justicia. El hombre o la mujer que conoce a Dios le cree a Dios. Pero ¿qué tanto le cree a Dios? Bueno, escucha, versículos 17 al 19 del texto, del texto bíblico, déjame leerlo: "Por la fe Abraham, cuando fue probado, ofreció a Isaac, y el que había recibido las promesas ofrecía su único hijo. Fue a él a quien se le dijo: En Isaac te será llamada descendencia. Él consideró que Dios era poderoso para levantar aun de entre los muertos, de donde también, en sentido figurado, lo volvió a recibir."
¿Tú escuchaste esto? Abraham llegó a conocer a Dios de tal manera, tú puedes leer el relato en Génesis 22, que Dios se le apareció un día de la misma manera que se le apareció la primera vez. Y esta vez no simplemente le dijo: "Vete de tu tierra y de tu parentela, a la tierra que te voy a mostrar." ¿Sabes qué, Abraham? El hijo que yo te di, de nombre Isaac, el texto dice: "El hijo, el único hijo, aquel a quien tú amas." El texto, Dios que inspiró el texto, quería enfatizar para nosotros, que entendiéramos, que Dios le estaba pidiendo a Abraham que sacrificara lo que más amaba: su propio hijo.
Tú conoces la historia, que Abraham preparó la leña, preparó la madera para el altar, colocó a su hijo en el altar, levantó su cuchillo y va a traspasar el pecho. Escúchame. Tú y yo le rehusamos a Dios cosas muy inferiores a esta, y las rehusamos aferrándonos a ellas. Y Abraham, como conocía a Dios como Dios quiere ser conocido, cuando él está presto para ofrecer este sacrificio, puso en evidencia que él conocía a Dios lo suficiente para no negarle la persona que él más amaba. Nosotros le negamos a Dios cosas que Dios quiere que dejemos: trabajos, formas de hacer dinero. Abraham, su hijo.
A la medida en que el tiempo pasa, una de las cosas buenas de que tú vayas envejeciendo, yo no sé para ti, pero para mí, es que ves cosas que antes no veías, concluyes cosas que antes no podías concluir. Y cuando llegas a verlas y a concluirlas, hay un cierto gozo que eso te produce. Pero la verdad es que, con el tiempo que pasa, he llegado a la conclusión de que Cristo frecuentemente pone de manifiesto quién es y quién no es un verdadero creyente. ¿Y cómo lo hace? Pidiendo cosas y luego viendo quién las deja y quién no.
Nota la secuencia. "Abraham, quiero que te vayas de tu tierra." "Ok." "Y de tu parentela." Prueba número uno. Abraham había conocido a Dios, pero le faltaba. De alguna forma, más adelante, Dios se percató: en la vida de Abraham hay mentiras que no pueden permanecer en alguien que va a caminar conmigo. Y entonces, en un momento dado, Abraham miente. Estando en Egipto, le dice a Sara, no solamente que miente, pone a Sara a mentir: "Dile a esta gente que tú eres mi hermana, que tú no eres mi esposa." Y sabes que esa mentira casi le cuesta su esposa. Y cuando Abraham yo creo que despertó de lo que él había hecho, Dios lo curó y le dijo: "Mira, Abraham, tú no puedes vivir en mentira y seguir caminando conmigo." Y ahora le pide que deje. Primero vas a dejar tu tierra y tu parentela, ahora vas a dejar la mentira, y ahora tú vas a dejar, tú me lo vas a ofrecer.
Yo no sé si tú recuerdas el sermón del domingo pasado, que tenía un texto que yo sé que todos recordamos. La pregunta es si recordamos las implicaciones, porque si yo no estoy dispuesto a dejar, por amor a Cristo, aquello que Cristo me pide, eso me descalifica como discípulo y, por tanto, como hijo de Dios. Escucha lo que Cristo dice, Mateo 10:37, del domingo pasado: "El que ama a padre o a madre más que a mí, no es digno de mí. Y el que ama a hijo," Isaac en el caso de Abraham, "o a hija más que a mí, no es digno de mí." Si no es digno de mí, no es mi discípulo; si no es mi discípulo, no es creyente. Por sus frutos los conoceréis.
Nosotros probamos que somos hijos de Dios o que somos verdaderos creyentes por lo que estamos dispuestos a dejar a un lado o no. Y sabes qué, hermano, las cosas que tú amas, las cosas que yo amo, o las personas que tú amas o que yo amo, cuando tú tienes que dejarlas por amor a Cristo, es un duelo y no poco. Pero Dios te dice: "Tú, o ellos, o yo." Tú lo puedes ver, pero nada puede doler más que el unigénito de Dios en la cruz. Dios nos pide dejar esas cosas, y muchas veces las cosas que tú dejas resulta que, como Isaac, como que te las devuelven de otra manera.
La razón por la que Dios te pide esas cosas es porque Dios no acepta competencias. No acepta competencia porque cualquier competencia que Dios tenga es un ídolo, es otro dios que dirige tu vida, que dirige tus pasiones, que dirige tus anhelos, que dirige tu futuro. Hermano, quizás haya cosas en tu vida que tú estás escuchando y que tú sabes que tienes que dejar, pero quizás no te has atrevido a dejarlas por temor. Pero lo que te hace falta para dejarlas no es más garantía, no es más seguridad, no es más evidencias, es más conocimiento del Dios de Abraham. Él es suficiente.
El hombre y la mujer que conoce a su Dios pierde todo interés en seguir construyendo su propio reino, seguir construyendo en este mundo, para comenzar a construir en el reino de Dios. Uno puede conocer mucho de uno mismo y puede conocer mucho de otras personas por las cosas que no estamos dispuestos a dejar, racionalizando todo el tiempo por qué debemos retenerlas. Podemos conocer mucho de nosotros, podemos hacer la introspección. Nuestros deseos nos delatan, nuestros deseos nos delatan, porque ellos ponen de manifiesto cuánto conocemos a Dios, o si conocemos a Dios.
Abraham no tuvo miedo de perder su tierra, Abraham no tuvo miedo de perder su parentela, Abraham no tuvo miedo de perder a su hijo, porque el hombre que conoce a Dios se muestra fuerte y actúa a favor de Dios. No tiene miedo de perder nada, porque él sabe que si todavía tiene a Dios, él lo tiene todo.
Escucha qué más dice el texto en el versículo 24, porque yo creo que lo que estoy tratando de enfatizar, el autor de Hebreos en el capítulo 11 enfatiza el valor de la fe. Pero la fe es confianza en Dios. Yo estoy tratando de enfatizar la segunda parte de lo que está en cada uno de estos versículos que habla de "por la fe": es lo que tú dejas lo que pone en evidencia cuánto conoces a Dios, y eso se hace por fe.
Escucha lo que dice, versículo 24: "Por la fe Moisés, cuando era ya grande, rehusó," he aquí lo que dejó, "ser llamado hijo de la hija de Faraón, escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios que gozar," escucha, "de los placeres temporales del pecado." Moisés probó que era un verdadero creyente cuando en un momento dado él dijo: "Me voy." Yo soy el heredero de la corona, porque la historia dice que Faraón no tenía hijos, pero su hija adoptó a Moisés. Él era el príncipe. ¿Te imaginas lo que estaba a disposición de Moisés como príncipe de Egipto? ¿Te imaginas los placeres que Moisés pudo haber disfrutado en Egipto? Yo creo que Dios pudo haber mencionado muchas cosas aquí, pero mira cómo dice que Moisés por la fe dejó, no quiso disfrutar de los placeres del pecado de Egipto. La Nueva Traducción Viviente lo dice de una forma muy similar: los placeres momentáneos del pecado.
Cristo siempre nos pide que dejemos atrás aquellas cosas que amamos, como ya dijimos, y que compiten con Él, porque esas cosas son ídolos o amantes que compiten con tu corazón o con mi corazón por Él. Eso nunca ha sido diferente. Cuando este joven rico en el Nuevo Testamento viene a Cristo y le dice: "Maestro, muéstrame cómo yo puedo tener la vida eterna." Cristo le dijo: "Yo sé cuál es el amante de esta persona: las riquezas. Vende todo lo que tú tienes y dáselo a los pobres."
Y luego Cristo, hablando, dice que vino alguien y dice: "Señor, yo te seguiré." Cristo le está haciendo así: "A mí." El tema de este señor: "Te seguiré, pero primero permíteme despedirme de los de mi casa. Déjame regresar y decirle adiós a los de mi casa." Que en realidad, en el contexto hebreo de la cultura, lo más probable es que le estaba diciendo: "¿Sabes qué? Déjame ir a mi casa, déjame estar con ellos, cuando ellos se mueran yo regreso y te sigo." Y Cristo le dice: "Nadie que después de poner la mano en el arado mira atrás, es apto para el reino de Dios." Nadie que me confesó como Señor y luego quiere regresar al estilo de vida del mundo, los placeres del mundo, las cosas del mundo, es apto para el reino de Dios. Pesado.
Hebreos 11:26 nos dice que Moisés salió de Egipto, escucha, "considerando como mayores riquezas el oprobio de Cristo que los tesoros de Egipto, porque tenía la mirada puesta en la recompensa." Él consideró, él pensó: los tesoros de Egipto o las recompensas de los cielos. Él hizo un cálculo aparentemente, pues el texto como que sugiere eso: "considerando como mayores riquezas." El texto dice: "el oprobio de Cristo." Moisés, en el pasado... Tú podrías decir: "Bueno, pero Cristo no había venido." Bueno, pero Cristo representa el reino de los cielos: el oprobio de aquellos que rechazan el reino de los cielos, más que los tesoros de Egipto. Para Moisés, bueno, Moisés tuvo que enfrentar a Faraón diez veces, una vez con cada plaga, y no temió.
El texto de Hebreos me dice que por la fe dejó Egipto sin temer la ira del rey, porque se mantuvo firme. El pueblo que conoce a su Dios se mostrará fuerte y actuará. Se mantuvo firme como viendo al invisible. No lo vio, pero lo vio. Hay unos ojos del espíritu de los cuales habla la Palabra. Yo oro a menudo para que los ojos del entendimiento nos sean abiertos para comprender la altura y la profundidad, y la anchura y la longitud del amor de Dios. Y yo oraba y decía no solamente del amor de Dios, pero eso mismo, pero acerca de la persona de Dios. Moisés se mantuvo firme como viendo al invisible. Me deja claro que no lo vio físicamente, como tú y yo tampoco lo vemos, pero lo vio como con los ojos del alma.
Entonces, tú puedes ver que el cristiano de hoy tiene un cristianismo pragmático. Se le ha predicado un cristianismo pragmático que tiene buenos valores, de hecho tiene valores bíblicos incluso. Ven a Cristo, confía en Él y tu matrimonio se va a arreglar. Muchas veces no, muchas veces lo que se va a arreglar es la condición con la que tú vas a lidiar con tu matrimonio: la fortaleza, la gracia, la paciencia, la determinación. Ven a Cristo y tus hijos poco a poco, tú sabes, cree y serás salvo tú y tu casa. Tú sigues creyendo y los años pasan y los años pasan y tú no ves resultado. Es como que se nos vende una fe que produce resultados inmediatos conforme a lo que pudieran incluso ser buenos valores y valores morales, pero que al final corresponden a anhelos y demandas de este mundo, de este reino, pero no necesariamente de las cosas que Dios me ha prometido.
Y de ahí entonces la ilustración de Tony Evans, que muchas veces el cristiano, que no use ese vocabulario, pero la forma como viene a recibirlo parece más bien como un bobo, un pacificador, un chupete, que lo calme, que lo entretenga, pero vuelve a gritar. En el caso del niño, verdad, vuelve a gritar porque no ha recibido leche. Pero muchas veces yo creo que lo que ocurre con nosotros, para usarlo de esa manera, es que vuelvo a gritar, es vuelvo a las cosas del mundo, porque en las cosas del mundo temporalmente como que encuentro algo que es como más que el chupete espiritual, más que el pacificador, pero que al final eso va a pasar otra vez. Y vuelvo a gritar y vuelvo a la iglesia para ver si encuentro un pacificador.
El apóstol Pablo, en un momento dado de su vida, dice: yo todo lo que había alcanzado en mi vida lo dejé atrás, lo he vuelto a revalorar y lo valoro como basura. La palabra ahí para basura, traducida como basura, puede tener diferente connotación. Puede significar basura, desecho, carne putrefacta como la de un cadáver, desperdicio que se le tira a los perros, y una traducción que no nos gusta pero está en los diccionarios consultados: excremento humano. Pablo dice estas cosas que yo consideraba de tan gran valor en mi vida anterior, cuando yo llegué a revalorarlas, me huelen y me suenan o me lucen como excremento humano. Ese es el valor que tienen. Tú sabes lo que se hace con el excremento humano: se desecha, se bota. Pablo dice para eso es, este es un mundo desechable por completo. Lo que antes era tesoro, ahora no lo es.
¿Cómo tú mides el valor de Dios, de alguien infinito, de alguien que te dio a su Hijo, de alguien que te salvó de la condenación eterna? No hay manera. ¿Cómo voy a valorar eso? El hombre que conoce a Dios prefiere vivir privado de ciertas cosas que él ama, que él anhela, que él quisiera tener, daría lo que no tiene por tenerlas, pero no puede. Esa gente, su vida no pierde valor al dejar estas cosas a un lado; su vida gana valor cuando gana a Cristo.
Cuando tú lees en el libro de Apocalipsis, tú encuentras gente que como que salió victoriosa del período de la tribulación. No, no es realmente que salió con vida, pero salió con vida eterna. Y el texto dice que ellos vencieron, por así decir, lo vencieron a la bestia porque no amaron sus vidas llegando hasta sufrir la muerte. A esa gente se refiere. De manera que estos son gente que la Palabra de Dios los consume, sus promesas los sostienen, sus propósitos los animan, su verdad los santifica, su causa los motiva.
J. I. Packer, en su libro "Knowing God" (Conociendo a Dios), dice: debemos reconocer cuánto carecemos del conocimiento de Dios, que debemos aprender a medirnos a nosotros mismos, no por el conocimiento que tengamos acerca de Dios ni por nuestros dones y responsabilidades en la iglesia, sino por la forma como oramos y lo que ocurre en nuestros corazones. Lo que Packer está diciendo es que la forma como nosotros oramos revela cómo somos, qué queremos, qué anhelamos, qué nos preocupa, y que esos deseos que están en nuestra mente frecuentemente entonces salen en estilos de vida. Y luego nosotros vamos y oramos conforme a nuestros estilos de vida, y él dice: quizá deberíamos aprender a medirnos más de esa forma.
En manos tuyas. Tenemos que cerrar, pero pregúntate: ¿qué quiero cuando vengo a la iglesia? ¿De cumplir una responsabilidad? ¿Cuándo me acomodo en el asiento y cuando me da más o menos lo mismo oírlo por pantalla que presente? ¿Qué estoy buscando, un pacificador como que hace chasca? Hermanos, yo he estado afuera donde he visto el culto de la IBI en pantalla. No es lo mismo. No importa cuántas sean las cámaras y el sonido, hay algo de la presencia de Dios cuando el pueblo de Dios se reúne convocado por Dios para la gloria de Dios, que no pasa por las redes sociales, porque no es el diseño. De hecho, hay un número de iglesias que han comenzado a cerrar su transmisión los domingos, justamente para evitar dar la sensación de que eso es posible.
Nosotros no lo hacemos porque sabemos que hay gente que está en necesidad y no le llega, o la transmisión de alguien no le llega, o no tiene una iglesia cercana que los pueda alimentar. Pero Dios quiere, Dios convoca su pueblo para Él de manera especial, hacer presencia, lo que llamamos su presencia manifiesta, y hacer cosas que no ocurrirían de alguna otra manera. Lo que está pasando en Asbury desde el miércoles pasado, imagínate que la gente hubiese estado en pantalla. ¿Tú piensas que cada cual hubiese estado siendo avivado por la pantalla, pegado por tres días a la pantalla? No, eso ocurre cuando Dios se desborda en medio de su pueblo.
¿Queremos un pacificador, un chupete espiritual, o queremos a Dios por completo y todo lo que representa? Queremos a Cristo, su evangelio, su mensaje, su verdad, su voz, su fidelidad, su fortaleza, su dirección, su compañía, su seguridad, su garantía. Todo eso es Cristo. Queremos a Cristo. Todo eso se resume en Cristo. Él es todo eso.
Gracias, Señor. Gracias porque nuestras mentes necesitan ser limpiadas toda la semana de toda la basura que el mundo nos vende, que compramos y que mascamos, que volvemos a rumiar. Porque nosotros nos creemos nuestras propias mentiras, porque convertimos en necesidad cosas que son simplemente deseos.
Padre, danos salvación o dales salvación a aquellos que no la tienen. Tú sabes cómo hacer eso, nosotros no, pero Tú puedes. Simplemente haz el trabajo que solamente Tú puedes hacer, de convicción, y que ellos pidan perdón, se puedan arrepentir y que Tú puedas perdonarlos.
Para aquellos de nosotros que nos hemos dejado ilusionar por las cosas que el mundo tiene que ofrecer, no es así. El mundo es astuto, Satanás es tan astuto que tiene carreras paralelas a la tuya. Nos hace creer que estas son mejores porque tienen mejores ofertas, más paradas, más descanso, más brillo, más aplauso de la gloria de los hombres. Pero nosotros tenemos, gracias, que en la carrera donde Tú nos has puesto, Tú eres nuestro compañero por excelencia y Tú garantizas que lleguemos a la meta. Danos lo que no tenemos para hacer lo que no podemos, en Cristo Jesús. Amén.
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