Dios tiene un propósito eterno para cada uno de sus hijos, y ese propósito no es nuestra comodidad ni nuestro bienestar material: es formar en nosotros la imagen de Cristo. Romanos 8:28-30 revela que todas las cosas —enfermedades, pérdidas, decepciones, desiertos— cooperan para bien, pero ese "bien" no es lo que solemos imaginar. El bien al que apunta el texto es la gloria de Dios y nuestra transformación a la semejanza de su Hijo. Dios contempló la belleza de Cristo y decidió multiplicar esa imagen en nosotros.
El pastor Miguel Núñez ilustra esta verdad con una pareja joven que, tras dos pérdidas y el nacimiento de un hijo con una anomalía severa, le preguntaba qué habían hecho mal. La respuesta no está en buscar culpables sino en entender que Dios orquesta providencialmente cada circunstancia para cumplir su propósito. Los catorce años de José en la cárcel, los cuarenta años de Moisés en el desierto, los padecimientos de Pablo: todos cooperaron para la salvación de muchos. El sufrimiento, dice el pastor Núñez citando al puritano Richard Baxter, abre las cerraduras del corazón para que la palabra penetre más fácilmente.
La imagen de Cristo es mansedumbre, humildad, compasión, perdón. Todo lo que en nosotros no luce así debe ser cincelado por el Espíritu Santo. Por eso nuestras mayores bendiciones suelen venir de caminar en la arena de los desiertos, no de estar en lugares de descanso. Desde la eternidad, Dios nos conoció, nos predestinó, nos llamó, nos justificó y nos glorificará. Aunque hoy lucimos tan distintos a Cristo, llegará el día en que seremos como él y le veremos como él es.
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El ministerio de nuestro Señor. Señor, si tu nombre se engrandece en este momento por medio de tu palabra, yo también. Señor, si tú abriste tu boca y las galaxias se formaron, yo te pido en el nombre de Cristo que tú puedas ayudarme a abrir mi boca de manera que tu imagen pueda formarse en nosotros algo más en esta mañana. Señor, yo te pido una vez más que tú puedas ayudarme a enfocar mi mente después de una semana de distracción, de experiencias, de eventos, de acontecimientos, de enfermedades, de sentimientos, de emociones, de sufrimientos escuchados, vistos, sentidos.
Yo te pido que tú puedas sostener a tu siervo y hagas realidad tu palabra cuando dice que en la debilidad tu poder se perfecciona. Yo creo tu palabra, yo te creo a ti, y creo que tú permites cada experiencia, cada cosa, cada día, cada momento, cada instante de nuestras vidas para prepararnos para el próximo, de manera que toda la semana anterior debió haber sido preparación para este momento. Padre, exalta tu nombre, glorifica a tu Hijo, empodera a tu siervo, pon lo de bajo de tu palabra porque esa es su autoridad, detrás de la cruz porque ese es el símbolo de su salvación, y ayuda a todos el resto de tus hijos a alimentarse de tu pan. Te lo pedimos en el nombre precioso de tu Hijo Jesús, a quien yo quiero junto con toda la creación exaltar y adorar. En tu nombre, y su pueblo dice amén.
Abre tu palabra, enciende tu palabra, enciende la Biblia por así decirlo en el capítulo 8 del libro de Romanos para continuar con esta miniserie que estamos haciendo las últimas semanas. Yo relataba en el servicio anterior que en el día de ayer yo me proponía salir de uno de los centros médicos de la ciudad y había una pareja joven que estaba ahí como esperando, y lucían un tanto confundidos. La esposa me llamó, yo me acerqué y ella me dice: "¿Usted es el doctor Núñez, verdad?" Yo le dije sí. "Pero yo también sé que usted es el pastor Núñez." Y ahí con eso yo entendí que ellos necesitaban hablar conmigo como pastor.
Me hablaban de que ellos habían tenido dos pérdidas y ahora el hijo que acababa de nacer había nacido con una anomalía congénita muy significativa. Y tenían preguntas, tenían cuestionamientos e interrogantes que miles, quizás millones de cristianos han hecho a lo largo de los siglos. Era aquello que describe Juan 9 en su evangelio. Le hicieron a Cristo: ¿Quién pecó? ¿Qué hicimos? ¿Qué pasó? ¿Qué tenemos que hacer? ¿Dónde pecamos, Señor? Y con eso yo los invité a que nos sentáramos ahí en un rincón del lobby para conversar con ellos por un rato y orar con ellos.
Yo menciono eso como manera de introducción. El texto de hoy nos ayuda a ver en parte por qué Dios permite muchas de las cosas que permite, y quizás sea uno de los textos que mejor estabilidad nos puedan dar en momentos de incertidumbre. Tú conoces el texto, yo quiero que lo leas conmigo, Romanos 8:28-30: "Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a su propósito. Porque a los que de antemano conoció, también los predestinó a ser hechos conforme a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a esos también llamó; y a los que llamó, a esos también justificó; y a los que justificó, a esos también glorificó."
Este es uno de los pasajes más conocidos, más controversiales, uno de los pasajes más discutidos, y al mismo tiempo quizás el pasaje más reconfortante para el hijo de Dios a lo largo de los siglos. El texto que yo acabo de leer nos deja ver que Dios tiene un propósito, nos deja ver que Dios tiene un instrumento a través del cual él lleva a cabo dicho propósito, nos deja ver que ese plan o propósito fue formulado en la eternidad pasada antes de la fundación del mundo, y que el propósito de Dios para con nosotros está íntimamente relacionado a la vida, a la muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo.
Pero antes de discutir el pasaje, yo quisiera y necesito conectar el versículo 28 del texto de hoy con el versículo 27 del anterior, del texto del mensaje del último texto, o el último versículo del mensaje anterior. En ese versículo 27 el apóstol Pablo dice que nosotros no sabemos cuál es la voluntad de Dios, pero que el Espíritu de Dios que mora en nosotros intercede con gemidos indecibles ante Dios, y que el que escudriña los corazones y conoce la mente de Dios intercede conforme a la voluntad de Dios.
Pero Pablo nos deja claro que el Espíritu necesita venir a nuestra ayuda en nuestra ignorancia porque no sabemos cuál es su voluntad. E inmediatamente después, en el próximo versículo 28 donde yo comencé a leer, Pablo dice: "Pero sí sabemos cuál es su propósito." Y en un sentido, entonces, no deberíamos preocuparnos, porque el llevar a cabo dicho propósito es algo que no depende de mí sino de Dios. Él es quien lo formuló en la eternidad pasada, él es quien lo está llevando a cabo, y él es quien lo llevará a término.
Entonces en el versículo 27 Pablo dice "no sabemos la voluntad de Dios"; en el versículo 28 Pablo dice "sí sabemos cuál es el propósito de Dios." Yo no sé, pero sí sé. No sé su voluntad, pero sé su propósito. En la superficie parecería como una contradicción. La realidad es que yo sé cuál es su propósito de acuerdo a este texto; lo que yo no conozco es cuál es su voluntad para ver de qué manera, a través de los siglos, Dios lleva a cabo el propósito que él se propuso en esa eternidad anterior.
Ahora nota que el texto está identificando a un grupo de personas de manera particular. Pablo habla de que para los que aman a Dios, esto es, a los cristianos. No es para todo el mundo que las cosas cooperan para bien. Arturo Pross en una ocasión decía: "El texto que yo acabo de leer habla de aquellos que aman a Dios. Pablo se enfoca en el hecho de que, en el último análisis, la línea divisoria entre el cristiano y el incrédulo no es acerca de la creencia en un Dios o en algo, sino sobre el hecho de si aman a Dios o no." La profesión de fe es muy diferente a la posesión de fe. La palabra amor sirve para distinguir aquellos que profesan y poseen la fe y poseen una relación salvífica con Cristo.
El grupo al que Pablo se está refiriendo es identificado de dos perspectivas diferentes. Del punto de vista humano, son aquellos que aman a Dios. Desde el punto de vista divino, son aquellos que han sido llamados. Tú puedes ver, como hemos dicho tantas veces, que todos los eventos tienen dos lecturas: una terrena, una celestial. Terrenalmente hablando, es el grupo de personas que ha creído en Cristo y que aman a Dios. Y desde el punto de vista de Dios, como el que ve fuera de este tiempo y espacio, este grupo corresponde a aquellos que han sido llamados. Para ellos Dios orquesta providencialmente, de manera especial, y para ese grupo en particular, todo cuanto ha de acontecer desde toda la eternidad pasada.
La palabra "todas," "todas las cosas," las palabras "todas" no deja fuera nada. Déjame decirlo de otra forma: todas las cosas, circunstancias, pérdidas, ganancias, decepciones, tribulaciones, heridas, accidentes, desiertos, calamidades, carencias, abundancias, y todo lo demás, coopera para el bien de aquellos que forman parte de ese grupo.
Alguien pudiera decir: "Pastor, pero ¿aun las enfermedades?" No, no solamente las enfermedades personales; aun las pandemias globales, para ese grupo cooperan para bien. Aun lo peor de lo peor, Dios solo permite, y a veces hasta lo envía, con la intencionalidad expresa de llevar a cabo su propósito. Dios conoce que el mayor problema del hombre no es su sufrimiento físico, sino su iniquidad moral. El sufrimiento físico, el primero, lo separa de su salud y quizá te separa de tu diario vivir. El segundo, mi iniquidad me separa de Dios.
De manera que todo contribuye a la realización de aquello que Dios concibió antes de que los tiempos iniciaran. Déjame ilustrarte esto de varias maneras. Los catorce años de José en la cárcel, por haber hecho lo bien hecho, pero para bien. Claro que la venta de José fue una acción pecaminosa. Sin embargo, Dios lo permitió, y José llegó a entenderlo para la salvación de la nación de Israel, la nación hebrea en ese momento. Lo que él no conocía es que eso era apenas el inicio, porque Dios estaba salvaguardando un remanente de esa nación que todavía en el día de hoy existe dentro de lo que es el Israel político. Miles de años después, los catorce años de José en la cárcel todavía están pagando dividendos.
Los cuarenta años de Moisés en el desierto cooperaron para el mismo bien de esa nación. Los padecimientos de Cristo cooperaron, no para su bien, cooperaron para el bien de todos aquellos que son llamados conforme a su propósito y que hoy aman a Dios. Los padecimientos de Pablo cooperaron para la salvación de nosotros los gentiles. De manera que yo he mencionado apenas algunos ejemplos para ayudarnos a ver que no solamente las cosas cooperan para mi bien; muchas veces las cosas están cooperando también para el bien de muchas otras personas que yo ni siquiera conozco.
Ahora escucha las palabras. La palabra "cooperan" en el original es synergéo, en griego. En español sería como la palabra sinergia. De acuerdo al Diccionario de la Real Academia Española, esto es lo que la palabra sinergia significa: la acción de dos o más causas cuyo efecto es superior a la suma de los efectos individuales. Y quizás yo pueda ilustrar eso. Si yo y un compañero podemos mover una piedra, y yo puedo moverla tres metros y él viene detrás y la mueve cuatro metros, entonces logramos mover la piedra siete metros porque lo hicimos individualmente. Pero si Dios usa esas dos fuerzas para que cooperen de manera sinérgica, es posible entonces que ahora nosotros, trabajando conjuntamente, podamos hacerla mover unos diez metros.
De manera que cuando Romanos dice que todas las cosas cooperan para bien, está diciendo algo como esto: todos los eventos, circunstancias, problemas, dificultades, trato de personas, desvíos, Dios los hace cooperar de manera sinérgica, de manera que ellos actúan de tal forma que el efecto final que ellos van a producir es muy superior a lo que ellos hubiesen producido de manera individual. Y eso ocurre en la vida de cada uno de aquellos que aman a Dios y han sido llamados conforme a su propósito.
Déjame decirte lo que este texto no implica, porque es importante saber lo que el texto implica y lo que no implica. Este texto no implica que todo lo que ocurre es bueno. Claro que no, la venta de José no fue buena. De hecho, José lo dice: "Ustedes lo hicieron para mal, pero Dios lo quiso para bien." Esto tampoco implica que el sufrimiento, el dolor y la tragedia son buenos; eso no es lo que el texto está diciendo. El texto tampoco está diciendo que todo saldrá bien si yo tengo fe. El texto tampoco dice que entenderemos todo al final de la historia, que entenderemos lo que Dios está haciendo. Job nunca llegó a entender exactamente qué pasó, qué Dios estaba haciendo, qué iba a hacer; simplemente le conoció mejor.
El que todo coopere para bien no implica que si el cristiano pierde algo o se le quema su iglesia, que él tiene una garantía de que Dios le devolverá algo mejor. Yo creo que eso es simplista, eso es reduccionista, eso es materialista. Esa interpretación es completamente antibíblica; eso no es lo que el texto está diciendo. Lo que el texto simplemente dice es que, en el último sentido de las cosas —subraya esa frase: en el último sentido de las cosas—, para el cristiano no hay absolutamente nada que sea malo, porque Dios lo ha permitido con un propósito bueno en tu vida y en la vida probablemente de muchos más.
Ahora, el bien al que el texto se refiere, como lo vamos a ver más claramente en lo adelante, es la gloria de Dios y la formación de la imagen del Hijo en nosotros. Ese es el título de mi mensaje: "El propósito de Dios: la imagen del Hijo en nosotros."
Entonces, dijimos al principio que el texto me enseña que Dios tiene un propósito formulado en la eternidad pasada. Dijimos también que Dios tiene un instrumento, y el instrumento que Dios usa son todas las circunstancias por las cuales nosotros atravesamos, las cuales han sido orquestadas pasiva o activamente desde toda la eternidad por nuestro Dios, con la intención de que sus propósitos eternos sean cumplidos.
Déjame decir eso otra vez para poder decir lo siguiente: todas las cosas que a mí me ocurren han sido pasivamente o activamente orquestadas, providencialmente, por Dios desde toda la eternidad, con la intención expresa de que sus propósitos eternos sean cumplidos. Porque yo quise volver a repetir la misma cosa, porque esa es la razón por la que se nos dice continuamente que al final del camino todas mis quejas no son contra nadie sino contra Dios, porque es Él quien providencialmente las ha permitido de una manera o de otra. Y cuando las ha permitido, Dios las ha hecho coordinar, las ha arreglado de tal forma que ellas resulten como parte, o resulten en la realización de su voluntad.
Yo puedo dar testimonio de que muchos de mis pacientes, que por así decirlo me esperan en los cielos, están allá como resultado de una enfermedad que Dios orquestó de tal forma que él se enfermara, que yo fuera llamado, que yo lo atendiera, y en la enfermedad, que los muros, las barreras bajaran y ellos pudieran estar más receptivos a la predicación de la Palabra.
Decía el puritano Richard Baxter que el sufrimiento abre las cerraduras de las puertas del corazón de tal manera que la Palabra penetra más fácilmente. Es como que el corazón está cerrado. Imagínatelo con candados o con varias cerraduras. Dios permite el sufrimiento; el sufrimiento es la llave que abre cada cosa que estaba con seguro, de tal manera que el corazón esté ahora más receptivo a recibir la Palabra de Dios.
Yo puedo testificar que nada me ha sido de mayor bendición que mis cincuenta años de diabetes, que nada me ha sido de mayor bendición que mis experiencias de dolor o que mis limitaciones y debilidades, que ciertamente es cierto que cuando soy débil entonces soy fuerte. Y yo digo eso no porque haya disfrutado todas las experiencias que acabo de mencionar, sino porque yo reconozco hoy que lo que se haya formado en mí de la imagen de Cristo, por pequeño o mucho que sea, es el resultado de atravesar dificultades, tribulación, desiertos, y no el resultado de estar en un resort.
Yo no digo que haya nada de pecaminoso en estar en dicho lugar de descanso. Lo que estoy diciendo es que lo que es una verdadera bendición con propósito eterno no está relacionado a nada que tenga que ver con hacer descansar la carne, sino con algo que está destinado a formar la imagen de Cristo en mí. Y es por eso que mis mayores bendiciones han resultado de caminar en la arena de los desiertos.
Alguien decía que los mejores sermones que yo he oído no han sido predicados desde púlpitos, sino desde camas. Las verdades más profundas de la Palabra de Dios han sido enseñadas por corazones humildes que han pasado por el seminario de la aflicción. Una gran verdad.
Ahora, permíteme decir algo más que está en el texto. El texto dice que para los que aman a Dios, para los que son llamados —se refiere al mismo grupo visto desde dos ángulos distintos—, todas las cosas cooperan para bien. Los que son llamados. En teología nosotros hablamos de dos tipos de llamados. Hay un llamado general, global, universal, a todos los hombres. Escucha cómo Hechos 17:30 lo describe: "Por tanto, habiendo pasado por alto los tiempos de ignorancia, Dios declara ahora a todos los hombres —general, global, universal— en todas partes, que se arrepientan." Eso es cierto, eso es verdad, eso tiene un valor.
Sin embargo, si Dios no hace ninguna otra cosa que simplemente expresar dicho llamado, nadie va a responder al llamado. Y eso fue lo que ocurrió cuando Cristo vino a Palestina y caminó entre ellos y predicó el mensaje del Evangelio: que los hombres no respondieron porque, como dice el texto de Juan, amaron más las tinieblas que la luz. Si es el llamado general, sí tienen la responsabilidad de responder, pero no lo hacen.
Pero hay otro llamado al que este texto se está refiriendo, que es lo que llamamos llamado eficaz. Y cuando hablamos del llamado eficaz, nos referimos al hecho de que hay un grupo de personas a quienes Dios no solamente les extiende una invitación a venir, sino que además de eso Dios los capacita y los motiva a responder a dicha invitación. Y eso Dios lo hace haciéndote nacer de nuevo, para que después que hayas nacido de nuevo, tú puedas entender el Evangelio, responder al Evangelio y depositar tu fe en Cristo Jesús.
Míralo de esta manera: cuando Cristo se paró delante de la tumba de Lázaro, le dice: "¡Lázaro, sal fuera!" Si eso es todo lo que Cristo hace y nada más, Lázaro hubiese estado todavía en la misma tumba en el día de hoy. Pero para que Lázaro respondiera a la invitación que Cristo le hizo, Lázaro tenía que estar vivo primero, ¿no? Los muertos no oyen. Cristo primero lo hace nacer de nuevo, físicamente hablando, y ahora que él está vivo otra vez, ahora él puede escuchar. Él ha sido habilitado para responder a la invitación, y Cristo le dice: "¡Lázaro, sal fuera!" y él responde a la invitación. Eso es exactamente lo que ocurre a nivel espiritual.
Es para aquellos que son llamados, aquellos a quienes Dios ha hecho una invitación desde la eternidad pasada para que, llegado el momento, ellos respondan. Forman parte de los elegidos de Dios, capacitados por Dios, habilitados para responder al llamado.
Ahora hemos podido hablar de los que aman a Dios: quiénes son, los que son llamados, quiénes son, cuál es el instrumento del propósito que Dios quiere llevar a cabo en nosotros —todas las circunstancias que Él orquesta a lo largo de tu vida—. Y ahora el versículo 29 nos deja ver algo más, y nos deja ver claramente cuál es el propósito para el cual todas las cosas cooperan para bien. Ciertamente no es para el bien de mis finanzas, no es para mi bienestar ni para que yo me sienta bien.
El versículo 29 dice: "Porque a los que de antemano conoció, también los predestinó a ser hechos conforme a la imagen de su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos." Vamos a tratar de desempacar ese versículo.
Ahora, la frase "los que de antemano conoció" en el original es proginōskō: pro, antes; ginōskō, conocer. Todo lo que Dios conoció desde la eternidad pasada. Ahora, cuando esa palabra es usada con relación a Dios como sujeto y nosotros como objeto —Dios es el sujeto de la oración, nosotros somos el objeto—, la palabra conocer implica más que simple información. Voy a tratar de explicarlo e ilustrarlo: implica conocer y amar de antemano con un amor especial para separar.
Tom Schreiner, uno de los académicos del sur, nos dice en su comentario que el trasfondo de esta idea que yo acabo de mencionar tú lo comienzas a ver en el Antiguo Testamento. Entonces él menciona un par de pasajes. En el texto de Amós 3:2, literalmente en el original dice: "Solo a ustedes he conocido de todas las familias de la tierra." "He conocido." Eso es lo que dice el original. El original lo dejas así porque aquella mentalidad entonces hubiese sabido que ese "conocido" que está allí implica más que simplemente información, porque no es cierto que solamente Dios conocía al pueblo de Israel dentro de todas las familias de la tierra. Claro que Él conocía todas las familias de la tierra. Entonces, ¿qué es lo que Dios quiere decir cuando dice "solo a ustedes he conocido de todas las familias de la tierra"? Algunas de las traducciones más recientes y más precisas nos dejan ver qué es lo que Dios quiso decir. Escucha cómo la Biblia de las Américas o la Nueva Biblia de las Américas lo traduce: "Solo a ustedes he escogido de todas las familias de la tierra."
Porque en ese contexto la palabra "conocer" implica más que simple información; implica conocer y amarte de forma especial para separarte.
Escucha otro texto más en Jeremías 1:5: "Antes que yo te formara en el seno materno te conocía" —ahí está la palabra conocer, te conocí— "y antes que nacieras te consagré o te separé, te puse por profeta a las naciones." Dios está diciendo que antes de que Jeremías llegara a ser, Él lo conocía. Pero no simplemente lo conocía, sino que Él lo conoció y lo amó de tal forma que lo separó para hacerlo profeta a las naciones.
Cuando Romanos 8:29 habla de que aquellos que de antemano Dios conoció, está hablando de que aquellos que de antemano Dios conoció, Dios amó y Dios apartó. A esos se está refiriendo. Entonces, a esos Dios los predestinó desde la eternidad pasada. Escucha cómo Dios le habla a Israel en un momento: "Con amor eterno te he amado, por eso te he sacado o apartado." Yo te he apartado, yo te he elegido porque te he amado. Te amé primero y luego te aparté. De eso es que el texto está hablando.
Nota lo que este diccionario teológico dice acerca de este conocer de antemano: lo que Dios conoce no lo conoce simplemente como información. Claro que no, Él es Dios, Él no es un mero espectador, dice el diccionario. Lo que Él sabe de antemano lo predetermina para que ocurra. Lo que Dios conoce de antemano lo orquesta, lo arregla para que eso entonces lleve a cabo sus propósitos. Es como que Dios conoce de antemano una serie de cosas y las arma como un rompecabezas para que al final resulte lo que Él estaba tratando de armar. De manera que desde toda la eternidad Dios nos conoció, nos amó, nos separó para que seamos hechos conforme a la imagen de su Hijo.
La imagen de su Hijo en nosotros es el propósito de Dios para contigo. Mira cómo Pablo trata de aclarar esto para los efesios en el capítulo 1, versículos 4 y 5: "Porque Dios nos escogió en Cristo antes de la fundación del mundo." Nuestra elección precedió a la fundación del mundo "para que fuéramos santos y sin mancha delante de Él." Esa es su imagen. "En amor nos predestinó para adopción como hijos para sí mediante Jesucristo, conforme a la buena intención de su voluntad."
Nota cómo Efesios aclara lo que el texto de Romanos no nos dejaba ver con claridad. Número uno: la elección fue antes de la fundación del mundo. Número dos: la elección fue en Cristo. Por eso te dije tempranamente que nuestra elección o propósito estaba íntimamente relacionado a la vida, la muerte y resurrección de Cristo Jesús. La elección fue hecha en amor; es el amor especial de Dios por un grupo de personas lo que hace que Él los separe. Y Dios lo hizo, de acuerdo a este texto de Efesios, para adopción como hijos.
Entonces todos los desiertos tenían, tienen y tendrán la intención expresa de eliminar de nosotros todo lo que no luce como la imagen de Cristo. Imagínate a Cristo como un escultor. Entonces ahora, o vamos a ponerlo de otra manera, imagínate al Espíritu Santo, que es la persona de la Trinidad que nos está transformando —y esto es una ilustración obviamente—. La persona del Espíritu Santo que mora dentro de mí sabe cómo yo luzco, pero sabe cómo Cristo luce. Mira a Cristo, mírame a mí. El Padre mira al Hijo, mira a este otro hijo y dice: "Bueno, este hijo no luce como aquel Hijo." Mira la hermosura del más hermoso de los hijos de los hombres y mira la feura de este Miguel. Como yo amo a este, como llegué a amar a mi hijo desde el principio de toda la eternidad, yo tengo que embellecer a este que está aquí. Ese soy yo.
Entonces el Espíritu Santo toma su cincel y comienza —una ilustración— a ver a Cristo, su imagen, comienza a verme a mí. "Este orgullo no está en Cristo, y esto tampoco. Mira este orgullo que está aquí, mira este celo, esta envidia y este resentimiento." Y poco a poco comienza a salir en mí la imagen del Hijo.
Dios sacó al pueblo judío al desierto y le dice al final de los cuarenta años: "Te saqué para humillarte," porque ese orgullo de este pueblo no lucía como mi Hijo. Dios tumbó a Pablo al suelo, quizás de un caballo como hemos dicho otras veces, porque todos los logros de Pablo y esa autosuficiencia de Pablo no lucían como su Hijo.
Los problemas principales de los hombres radican en su autonomía, su orgullo, su ingratitud, su ceguera espiritual y su rebelión. Lamentablemente, cuando el hombre está libre de problemas, su tendencia natural es alejarse de Dios. Yo no digo que tú no puedas estar en una montaña, a ver y contemplar la naturaleza disfrutando, y wow, sentirte cerca de Dios en reflexión. Pero honestamente, la mayoría de las veces cuando has estado de vacaciones, tú no regresas diciendo: "Wow, estuve tan cerca de Dios como nunca antes." Pero cuando he estado en desiertos, es frecuente escuchar a un hijo de Dios decir: "Fue bueno para mí ser afligido."
Escucha lo que Dios dice en Oseas 13:6: "Cuando comían sus pastos se saciaron, y al estar saciados se ensoberbeció su corazón. Se hicieron orgullosos, por tanto se olvidaron de mí." Cuando estaban saciados, cuando estaban cómodos, cuando no tenían problemas. Dios está entonces cincelando en nosotros todo lo que no luce como su Hijo. Por eso es que el texto dice que todas las cosas cooperan para bien.
Escucha estas palabras de Spurgeon. No, escucha esto porque esto es cortito pero precioso: Dios estaba tan complacido con su Hijo y vio tal belleza en Él, que decidió multiplicar su imagen. ¿En quién? En nosotros. Dios contempló a su Hijo y encontró tal hermosura en su Hijo que le dijo: "Yo necesito multiplicar esta imagen, y lo voy a hacer en estos otros hijos." Es el propósito eterno de Dios desde antes de Adán y Eva.
Pastor, ¿pero cómo luce la imagen de Cristo? Bueno, yo te voy a dejar ver una parte, porque yo no lo he visto tal como Él es, pero una parte. Cristo dijo: "Aprended de mí que soy manso y humilde." Así luce su imagen. Hay algo en ti que no luce manso ni luce humilde, o en mí, que llamamos orgullo; tiene que ser destruido. Y tú sabes cómo lo será.
Jesús estuvo lleno de compasión de las multitudes. Eso es cómo su imagen luce. Y cuando yo no soy una persona compasiva, entonces Dios comienza a trabajar en mí. El apóstol Pablo nos dice en la Segunda Carta a los Corintios, capítulo 1, que una de las razones por las cuales Dios permite la aflicción es para que yo sea consolado de la misma manera, para que yo pueda ser consolado y luego aprenda a consolar con el mismo consuelo con que fui consolado. En otras palabras, para que aprenda a ser compasivo, porque eso no estaba en mí y yo tengo que ponerlo en ti si tú vas a lucir como mi Hijo.
Jesús se hizo hombre y se hizo siervo. Así luce Él, y así debemos lucir nosotros. Jesús perdonó a Pedro después que él le negó tres veces. Así luce su imagen: perdonador. Y Dios permite, entonces, negaciones y grandes heridas en nosotros para que la imagen de Cristo se pueda formar en mí y yo pueda parecerme a Él en ese aspecto también.
Jesús lavó los pies de los discípulos. Así luce su imagen. Jesús fue al matadero y no abrió su boca. Ante Pilato permaneció callado, ante Herodes por igual. Cuando fue abofeteado, simplemente preguntó: "¿Por qué me abofetean? Si dije la verdad, ¿por qué lo haces? Si no dije la verdad, dime en qué mentí." Cuando fue acusado no respondió. Así luce su imagen: no rencilloso.
Jesús nos dijo que bienaventurados eran los pacificadores, porque eso fue lo que Él vino a hacer: a pacificar la ira de Dios con el hombre. Y así debe lucir Él. Jesús nos mandó a amar a nuestros enemigos, porque nosotros éramos sus enemigos y Él nos amó. Así luce su imagen. Entonces enemigos tendría que tener a mi alrededor para yo poder amarlos. Esa es la imagen que Dios quiere, en la que Dios quiere transformarnos. Y cuando yo no luzco así, Dios me toma: "Mi Miguel, vámonos para el taller, porque ahí te voy a trabajar." El problema del taller de Jesús es que a veces dura mucho tiempo, pero porque mi imagen y la suya están a leguas de distancia.
¿Pero qué dice el versículo treinta? "A los que predestinó, a esos también llamó; a los que llamó, a esos también justificó; a los que justificó, a esos también glorificó." Nosotros hablamos ya de predestinación y hablamos también del llamamiento. Ahora nos quedan por entender la justificación y la glorificación, pero esto es cómo hemos ido: todos aquellos que fueron conocidos en la eternidad pasada fueron predestinados. Todos los que fueron predestinados fueron entonces llamados de una manera eficaz. Y los que fueron llamados fueron justificados.
Ahora, la justificación es el acto por medio del cual, a través de la sangre de Cristo, Él nos declara justos delante de Dios. No inocentes, porque no lo somos, pero nos declara justos sin serlo delante de Dios. Debido a su obra, debido a que Él sí cumplió la ley de Dios a cabalidad y murió en mi lugar.
La idea de la justificación no es una idea nueva del Nuevo Testamento. De hecho, Job —no sé cuánto ustedes conocen—, pero se piensa que Job fue uno de los patriarcas, de manera que se estima que Job probablemente vivió en la época de Abraham. Y he aquí de Job: Job entendía la diferencia, el abismo que existe entre la santidad de Dios y la pecaminosidad nuestra, y lo imposible que es para ese hombre poder satisfacer la demanda de un Dios Santo. Y esto es lo que Job dice en su libro, capítulo 9, versículo 2, escuchen: "¿Cómo puede un hombre ser justo delante de Dios?" Job se estaba preguntando de qué manera yo puedo de una vez y para siempre satisfacer las demandas de la ley de este Dios, y él no encontraba cómo eso podía ser.
De hecho, Job estaba consciente de que había un problema en ese abismo, separación que existía, porque en el mismo capítulo, versículo 33, Job dice: "No hay árbitro entre nosotros, que ponga sus manos sobre ambos". No hay una persona que pueda ponerle la mano a Dios, que pueda ponerle la mano a mí y como salvar ese abismo, esa brecha. Job estaba pensando, sin conocerlo, en un tipo de Cristo, un tipo de alguien que pudiera venir, ponerle la mano a Dios, ponerle la mano al hombre, podernos pasar de un lado a otro, reconciliar el uno con el otro y que finalmente pudiera declararnos justos delante de Dios.
Eso Dios lo hizo en Cristo Jesús. Él vino y cumplió la ley a cabalidad y habiéndola cumplido fue y murió en sustitución nuestra en la cruz. Cuando Cristo murió en la cruz, Él no nos hizo justificables. ¿Cómo si tú crees te justifico? No, no. Justificó, por eso es que cuando Él termina en la cruz Él dice "consumado es". Yo no tengo que hacer más nada, la justificación ha sido lograda. Lo que necesita ser hecho es que en un futuro, cuando Migueloni existe, cuando Migueloni es viva, cuando Migueloni despierta a la realidad de la necesidad que él tiene de perdón, entonces esta justificación tiene que aplicarse a él, pero ya yo lo justifiqué hace dos mil años atrás. ¿Están entendiendo o no me están entendiendo?
Entonces, aquellos que Dios conoció de antemano los predestinó, y no solamente los predestinó, los llamó con llamamiento eficaz. Van a creer, yo lo garantizo. Y a esos que Él llamó los justificó, como acabamos de decir, y a los que justificó los glorificó. Todo bien, obviamente es dado, pero en la mente de Dios es un hecho. Es lo que se llama un pretérito escatológico, que implica eso, que sea algo que está en el futuro, que yo no puedo todavía ver o vivir, pero que en la mente de Dios es una realidad. En otras palabras, no hay manera que tú no llegues a ser glorificado si tú eres uno de esos que Él de antemano conoció.
La glorificación es la culminación del propósito eterno de Dios, de aquello que comenzó en la eternidad pasada. La glorificación es el final, pero es por eso que hablamos de la redención: el pasado, el presente y el futuro. En cierto sentido, ya Dios nos compró y por eso fuimos redimidos. En otro sentido, nosotros estamos siendo redimidos porque todavía está formando la imagen de Cristo en mí. Y en otro sentido nosotros seremos redimidos porque la glorificación todavía no se ha logrado.
Entonces esto es más o menos cómo pudiera lucir. Número uno: Dios nos conoce, nos predestina y nos llama desde toda la eternidad para ser hechos a la imagen de Su Hijo. Que Dios nos conoce, nos predestina y nos llama para ser hechos a la imagen de Su Hijo. Eso es la eternidad pasada.
Número dos, estoy tratando de resumirles cómo es que este plan eterno se ha ido dando. Dios crea la tierra, crea a Adán y Eva a Su imagen, a Su semejanza y les llama a reproducirse, a ser fecundos y llenar la tierra de Su imagen. Adán y Eva, como ya mencionamos, distorsionaron la imagen de Dios y comenzaron a llenar la tierra a la imagen de Adán. Ese es uno. Ese es dos: Dios hace al hombre a Su imagen y semejanza. En Génesis 5, después que Adán peca, dice que Adán tuvo un hijo a su imagen y a su semejanza y le puso por nombre Set. De manera que lo que tú y yo hemos tenido es la imagen de Adán, la imagen caída del hombre.
Dios conociendo eso, entonces, número cuatro, se propone redimir Su imagen, porque los propósitos de Dios no pueden ser estorbados ni detenidos. De manera que mi propósito eterno es la imagen de mi Hijo en ellos, en esos que me aman, en esos que han sido llamados. Adán y Eva dañaron mi imagen, transformaron mi imagen, ahora yo voy a redimir mi imagen para continuar hacia adelante con mi propósito eterno.
Número cinco: Dios envía a Su Hijo para que yo pueda ver cómo es que verdaderamente Él luce. Él viene, cumple a cabalidad con la ley de Dios, va a la cruz y allí nos justifica, como ya explicamos.
Número seis: en un momento dado, Dios hace el llamado que Él me hizo desde toda la eternidad, lo hace eficaz el día que yo creí y le entregué mi vida al Señor. Me hace nacer de nuevo y yo respondo entonces al mensaje del evangelio.
Número siete: ahora hay una imagen caída en mí que está siendo redimida. Ahora no simplemente tengo la imagen de Adán, yo tengo la imagen de Adán más algo más que comenzó a formarse en mí. Dios comienza a redimir en mí, a partir de ese momento, la imagen caída.
La renovación de esa imagen, número ocho, se da a través del proceso de santificación, y el proceso de santificación requiere que ya yo no viva conforme al hombre viejo sino al hombre nuevo. En otras palabras, no puedes pensar, hablar, defender, caminar, visitar, divertirte de la misma manera que lo hacías antes porque tienes que vestirte con el hombre nuevo. La santificación requiere que ya yo no ponga mi mente en las cosas de la carne sino en las cosas del Espíritu. La santificación requiere que ya yo no viva conforme a la carne sino en el poder del Espíritu. Y a través de eso Dios ha estado renovando Su imagen, transformándola, formando la imagen del Hijo. Y es en esa dirección que todas las cosas cooperan para bien, las buenas y las mejores.
Pero ahí todavía hay pecados remanentes en mí, mi cuerpo tiene deseos que interfieren. Y hasta que ese cuerpo no muera y se levante en gloria, mi glorificación no se ha dado. Escucha cómo Pablo les explica a los corintios en su primera carta, capítulo 15, versículos 51 al 53: "He aquí, les digo un misterio, algo desconocido: no todos dormiremos, pero todos seremos transformados. En un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la trompeta final, pues la trompeta sonará y los muertos resucitarán incorruptibles" —ahí comienza la glorificación— "y nosotros seremos transformados. Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción y esto mortal de inmortalidad".
Ahora se completó el proceso de salvación. Ahora mi cuerpo ha sido glorificado, ahora mi cuerpo no resucitará en debilidad sino en poder. Ahora mi cuerpo no será tentado, ahora mi cuerpo no deseará lo mal hecho, porque la glorificación se ha dado y ahora yo seré como Él es y le veré como Él es. Dios en la eternidad pasada nos conoció, nos predestinó, nos llamó. Dos mil años atrás nos justificó. En el futuro nos glorificará.
Y esto es la providencia de Dios. La providencia implica, una vez más, la orquestación de todos los eventos, acontecimientos, sinsabores, carencias, pérdidas, heridas, accidentes, malestares, enfermedades, tribulación, persecución. La orquestación activa de parte de Dios de todos esos eventos, lo cual Él ha hecho activamente, pasivamente, desde toda la eternidad, con la intención expresa y observando y supervisando continuamente que a través de la convergencia de esos eventos, hechos, personas, oportunidades, todo vaya cooperando sinérgicamente para la realización de Sus planes eternos. ¡Wow! ¿Y qué Dios es ese? Tu Dios y mi Dios.
Déjame cerrar con un párrafo de mi último libro "Renueva tu mente". Escucha acerca de la providencia de Dios: "La providencia de Dios es algo que debe asomarse continuamente a nuestros pensamientos. Los seres humanos somos propensos a olvidar quién es el Señor, lo que ha hecho por nosotros y lo que está dispuesto a seguir haciendo a nuestro favor. La providencia de Dios es Su orquestación continua de manera activa de todos los eventos que ocurren en Su universo, organizados por Él de tal manera que alcancen Sus propósitos y proclamen Su gloria".
Como escribió Jerry Bridges, escucha: "La tela de araña en una esquina y Napoleón Bonaparte marchando con su ejército a lo largo de Europa están ambos bajo el control de Dios". ¿Te fijaste? La arañita que está tejiendo una tela, arriba la tela de araña que tú casi no la puedes ver, y Napoleón Bonaparte con todo su ejército marchando a lo largo y ancho de Europa: ambas cosas están bajo el control soberano y providencial de nuestro Dios.
Es importante, entonces, que estemos meditando continuamente en esta verdad clave que nos ayudará a enfrentar el sufrimiento. No estamos confiando en Dios ciegamente, sino que Él nos ha mostrado Su fidelidad en Su Palabra, en Su creación y en el testimonio de Su obra en la iglesia. Sabemos que Su amor es infinito. Escucha: Su amor es infinito, Su poder es ilimitado, Sus propósitos inalterables y Su sabiduría sin límites. Entonces quisiera preguntarte: ¿cómo no habríamos de confiar en Él?
Considera que el Señor es quien forma la luz y crea las tinieblas, quien trae bienestar y crea calamidad, y quien anuncia el fin desde el principio, desde los tiempos antiguos, lo que será, lo que está por venir. Ni siquiera las personas con todos sus dilemas, fracasos y rebeldía se escapan de Su mano soberana. Todo providencialmente programado hasta que le veamos como Él es y seamos como Él es.
¿Te imaginas? ¡Qué Dios! Tú te has traído, ¿te imaginas? El propósito que tiene. ¿Te imaginas si Dios está por los suyos? Que Dios está por ti y no contra ti, eso es lo que el próximo versículo pasado nos va a enseñar. ¿Y quieres saber acerca de cómo Dios está por ti? ¿Y quieres saber? Venga el próximo domingo para que tú puedas conocer cómo es que Dios orquesta y muestra que Él está por los suyos.
Está por los suyos porque los suyos amó, y como los llamó los escogió, y como los escogió los separó, y como los separó los justificó, y como los justificó los glorificó. Así Su Hijo, para ser justamente como Él. Dios, complacido con la belleza de Su Hijo, se propuso multiplicarla en ti y en mí.
Padre, te doy gracias. Que aunque yo luzco como luzco, yo luciré como Él es. Tú declaraste a Tu Hijo el más hermoso de los hijos de los hombres. ¿Tú puedes creer que llegará un momento? Sí puedo creer, porque así es que Tú lo dices. Y llegará un momento en que yo luciré también como el más hermoso de los hijos de los hombres. Padre, llegará un momento en que Tú me mirarás como miras a Tu Hijo y encontrarás las bellezas de Tu Hijo talladas en mí, por Ti. Yo te doy gracias.
Por amarnos tan feos como somos, moralmente hablando, y tallarnos tan hermosos como Él es. Gracias por lo que has hecho, por lo que estás haciendo y lo que vas a hacer, todo en el Amado y por el Amado. Es en Él que hemos orado y hemos confiado y hemos predicado.
En tu nombre, si tu pueblo dice: amén, amén. Bendiciones.