El perdón no es un tema más de la vida cristiana: es el fundamento mismo de la fe. Si se remueve la acción de perdonar, no queda absolutamente nada. La vida eterna, el gozo, el propósito —todo está directamente conectado con lo que ocurrió en la cruz. Por eso resulta tan seria la petición del Padre Nuestro: "Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores". La palabra "como" funciona aquí como una condición: estamos pidiéndole a Dios que nos perdone de la misma manera en que nosotros hemos perdonado. Cristo mismo lo interpretó sin ambigüedad: si no perdonamos, el Padre tampoco nos perdonará nuestras transgresiones.
La parábola del siervo que debía diez mil talentos ilustra la gravedad del asunto. Aquel hombre recibió un perdón inmenso, pero al salir de la presencia del rey tomó por el cuello a quien le debía una cantidad insignificante. El rey, enfurecido, lo entregó a los verdugos. Jesús concluye: "Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de corazón". Y esos verdugos existen hoy: el resentimiento que consume, la amargura que no deja en paz, la irritación al ver o recordar al ofensor, la depresión que se prolonga, la sensación de estar atrapado en una prisión que uno mismo construyó.
El problema es el orgullo. Nos dice que el otro no merece perdón, que su pecado es peor que el nuestro, que debería sufrir un poco antes de ser perdonado. Pero el perdón nunca ha sido cuestión de méritos. Cristo en la cruz tenía toda la razón para condenar, y sin embargo perdonó. La historia de Kim Phuc, la niña vietnamita quemada por el napalm, lo muestra con fuerza: después de años de dolor y cicatrices, pudo abrazar al piloto que lanzó la bomba. La pregunta no es cuán grande es la herida, sino cuán grande es el poder de Dios que mora en nosotros. Mientras más veamos la profundidad de nuestro propio pecado, más pequeñas parecerán las ofensas de otros.
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Mateo 6. En el día de hoy nuestro texto consiste en los versículos 12, 14 y 15, sin el 13. Pero yo voy a leer, como hemos estado haciendo cada domingo, toda la oración a partir del versículo 9 de Mateo, toda la oración del Padre Nuestro que hemos venido cubriendo por semanas ahora.
"Orad, pues, así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy el pan nuestro de cada día. Y perdona nuestras deudas, como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal, porque tuyo es el reino y el poder y la gloria para siempre jamás. Porque si perdonáis a los hombres sus transgresiones, también vuestro Padre celestial os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras transgresiones."
Padre, gracias por habernos permitido, antes de entrar a tu Palabra y a este texto en particular, recordar cómo Cristo nos perdonó en la cruz. De qué manera, quizás tú puedas recordarnos a lo largo de todo el mensaje, cómo es que yo he sido perdonado, porque en gran manera mi capacidad para lograr eso depende de cuánto yo haya entendido el perdón de Jesús en la cruz a mi favor. Mira, Padre, el predicador no entiende todo ese perdón; es limitado, es finito, es falible. Solamente tú eres creador e infinito. Pero por el Espíritu tuyo, Dios, que mora en él, y el mismo Espíritu que mora en aquellos que han de escuchar, yo te pido que de alguna manera tú aumentes con creces nuestro entendimiento, no solamente de tu perdón hacia nosotros, sino de lo que nosotros debemos y nos toca hacer ahora que hemos experimentado tu gracia. Lo pedimos en el nombre glorioso y precioso de nuestro Señor Jesucristo, y su pueblo dice: amén, amén.
Bueno, esta es la quinta de las peticiones del Padre Nuestro, y es una de importancia monumental. Yo creo que está claro, tan pronto uno lee el texto, cuál es la petición: es la concesión del perdón de mis pecados por parte de Dios, de mis ofensas, de aquellas cosas que han constituido una transgresión de su ley. La razón para que yo diga que la acción detrás de esta petición —que es el perdón— es de importancia monumental, es porque si tú remueves la acción detrás de esta petición, no te quedas con absolutamente nada de la fe cristiana. Si tú remueves la acción de perdonar de la fe cristiana, no hay absolutamente nada con lo que nosotros nos quedamos.
La fe que nosotros hoy practicamos, que creemos, está basada en el perdón de Dios en la cruz a nuestro favor, y todas sus promesas están directa e indirectamente relacionadas a esa acción. Mi promesa de vida eterna, mi promesa de gozo, mi promesa de satisfacción, mi promesa de sentido de propósito: cada una de esas cosas están directamente relacionadas a lo que pasó en la cruz, y eso fue mediante el perdón. De manera que yo creo que, si hay algo que Dios tiene en su mente de manera prioritaria, es esa acción.
Pero yo creo que, lamentablemente, muchas veces nosotros no hemos entendido qué es el perdón, en qué consiste, qué se requiere, o cuáles son sus implicaciones —sus inmensas implicaciones— cuando yo no logro llevar a cabo esta acción de la cual Cristo me está hablando. Déjame comenzar dando dos o tres definiciones de lo que es perdonar.
Perdonar es pasar por alto una ofensa, escucha ahora, sin imponer una penalidad. Cristo ilustró eso perfectamente en la cruz, y el apóstol Pablo recogió eso para nosotros cuando dice en 2 Corintios 5:19: "A saber, que Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo, no tomando en cuenta a los hombres sus transgresiones, y nos ha encomendado a nosotros la palabra de la reconciliación." No tomando en cuenta, no apilando, no amontonando, no haciendo una lista: de todas esas maneras se pudiera traducir la frase en el lenguaje original, referida a los pecados de los hombres. Perdonar es libertar de juicio, o liberar la deuda. Perdonar es renunciar a un derecho, renunciar a la venganza. Perdonar es dejar ir el recuerdo amargo que la experiencia produjo. Y finalmente, perdonar es cargar con las consecuencias del pecado del otro. Si no me crees, solamente tienes que mirar a la cruz y decirme si, cuando el Hijo de Dios perdonó, no estaba cargando con las consecuencias del pecado del otro, y lo hizo sin imponer una penalidad sobre los perdonados.
Cuando nosotros leemos este texto, hay una palabra que pudiera llamar la atención porque no es la más frecuente en el Nuevo Testamento para referirse a pecado, y es que dice: "Perdona nuestras deudas." La palabra más común en el Nuevo Testamento para referirse a pecado es *hamartía*, de donde viene la palabra *hamartología*, que es el estudio del pecado. *Hamartía* básicamente implica no dar en el blanco: es como que tú apuntas al centro del tiro al blanco y lo fallas, y cada uno de nosotros le ha apuntado al centro de la justicia de Dios y le ha fallado por millones de millas de distancia de ese centro. La segunda palabra más frecuente en el Nuevo Testamento para hablar de pecado es la palabra *parábasis*, que implica transgredir una línea, como el que transgrede la ley de Dios, el que le pasa por encima a la raya de la ley de Dios que dice hasta dónde llegaba su estándar.
Pero la palabra que aquí aparece no es ni una ni la otra. Es una palabra que aparece varias veces en la Biblia, pero no es la más común. Es la palabra *ofélema*, traducida aquí como "deuda", porque significa tener una deuda pendiente y no haber hecho el pago correspondiente. Yo debo un pago de algo que es mi deuda contraída previamente. Y lo que la Palabra de Dios está diciendo aquí es: "Perdona nuestras deudas abiertas, la deuda que tengo contigo que no he pagado." Perdón a ti, Dios. "Como también nosotros perdonamos a nuestros deudores", como también nosotros perdonamos a los que tienen deudas con nosotros, a los que tienen cuentas abiertas, que no han saldado su cuenta conmigo. Te pedimos que lo hagas conmigo, como ya yo lo he hecho también.
Hay un sentido en que nuestros pecados fueron perdonados en la cruz —mis pecados pasados, presentes y futuros— y por eso es que Romanos dice: "No hay condenación para aquellos que están en Cristo Jesús." Hay un sentido en que eso es un solo perdón, una sola vez y para siempre. Pero eso tiene que ver con mi condenación eterna: eso es una vez y para siempre. Pero hay otro sentido en que Dios entiende que mis deudas temporales tienen consecuencias temporales en esta vida que yo vivo día a día, y esas son las que yo necesito continuar llevando al trono de la gracia en búsqueda de perdón. Por eso, cuando a Cristo le dicen "enséñanos cómo orar", dice: "Bueno, mira, una de las cosas que necesitas hacer es decir: Padre, perdónanos nuestras deudas, porque hay deudas temporales que adquirimos en el día a día, y de esas todavía eres responsable y necesitas ir donde Dios."
Cuando tú pecas contra mí, tú abres una cuenta conmigo. Pero en realidad, quien tiene la cuenta abierta es Dios, porque todo pecado es primordialmente contra Dios. Por eso David, al ponderar el peso monumental de su pecado, dice: "Padre, contra ti, contra ti solamente he pecado", porque en el último caso es con Dios que yo tengo la deuda, ya que yo no tengo el estándar, yo no soy el juez. Y eso nos ayuda a nosotros a entender, a la hora de reclamar el pago de la deuda, a quién realmente le estamos reclamando, porque la deuda realmente es con Dios.
Yo creo también que la dificultad que tenemos en entender lo que este texto está diciendo radica en una palabra. Es una palabra muy común, es una palabra que con toda probabilidad en lo que yo llevo del mensaje en algún momento surgió y yo ni cuenta me di cuando la pronuncié, y es la palabra "como". La palabra "como" muchas veces es un adverbio, pero en otras ocasiones, como es este, realmente funciona como una conjunción. Y lo que hace la diferencia es que la palabra "como" trabaja como conjunción cuando sirve para comparar dos afirmaciones condicionales donde una depende de la otra. Y este es el caso aquí: "Padre, perdona nuestras deudas como nosotros también hemos ya perdonado" —tiempo pasado— "a nuestros deudores." Aquí hay dos condiciones, pero una depende de la otra: "Padre, perdona nuestras deudas siempre y cuando yo ya haya perdonado a mis deudores." Esa es la idea.
Yo creo que esa es la palabra que, si nos ayudara a entender la condicionalidad, nosotros estaríamos mucho más listos y prestos a hacer esto que es parte integral del Padre Nuestro. Hasta el punto de que yo no pudiera orar esta oración sin realmente tener esta disposición de espíritu. Nótese una y otra vez el énfasis en la manera como yo hago esto: "Padre, yo te pido que hagas aquello."
Alguien pudiera preguntar: "Bueno, ¿se implica entonces que el perdón de Dios hacia mí, de esas deudas temporales de las que ha hablado, es dependiente del perdón que yo otorgue a otros?" Como que esto no me suena correcto. Si esa fuera mi interpretación y solamente la mía, yo te diría: no la creas, porque a mí tampoco me suena muy claro. Pero yo te voy a dar la mejor exégesis, el mejor entendimiento de ese pasaje, no de parte mía, sino de parte del Hijo que acababa de enseñar esa oración.
El Señor termina de orar, escucha su exégesis y su interpretación de lo que acaba de decir: "Porque si no perdonáis a los hombres sus transgresiones, también vuestro Padre celestial no os perdonará. Si perdonáis a los hombres sus transgresiones, también vuestro Padre os perdonará a vosotros, pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras transgresiones." Esa es la interpretación de Dios de su propia Palabra. Yo no puedo hacer una mejor exégesis que esa; no debieran ni siquiera atreverme.
No hay muchos pasajes en la Biblia donde Cristo hable y al mismo tiempo nos interprete. Eso sería excelente: no habría cursos de Hermenéutica en la Biblia, en los seminarios, para qué, si está ahí la interpretación. Pero hay algunos pasajes cruciales donde Él ha querido interpretarlos Él mismo. "No quiero que me dañen esto, no quiero que me lo tuerzan, no quiero que me lo diluyan, no quiero que me le agreguen, no quiero que me le quiten." De manera que, para evitar eso, no hace ninguna hermenéutica aquí; aquí está la exégesis del pasaje, la interpretación. ¡Boom! Claro, porque si toda la fe cristiana descansa sobre esta acción de perdonar, entonces esto es crucial.
Dios se entiende: yo no debo pedir y esperar de Dios aquello que yo no estoy dispuesto a otorgar a otros. Vamos a decir eso otra vez. Se entiende que yo no debo esperar de Él aquello que yo no estoy dispuesto a otorgar a otros. ¿No es esa la enseñanza de la parábola del siervo que debía diez mil talentos? Donde hay un rey que representa a Dios, hay un siervo que me representa a mí, y hay un consiervo que representa a uno de ustedes. Yo le debo al rey diez mil talentos. El rey manda que a mí me apresен, que me vendan como esclavo —ordena por lo menos inicialmente— junto con mis esposas y mis hijos. Yo voy donde el rey, le pido y le suplico: "Perdóname, por favor, no lo haga." Y el rey, que representa a Dios en su benevolencia, dice: "Está bien, estás perdonado."
Yo salgo de la presencia del rey —perdóname que lo diga: el rey representa a Dios— y me encuentro con uno de ustedes. Resulta que ese consiervo me ha hecho algo que me ha ofendido. Ahora escucha el resto de la Palabra: "Y echándole mano, le ahogaba, diciendo: Paga lo que debes." Entonces su consiervo, cayendo a sus pies, le suplicaba diciendo: "Ten paciencia conmigo y te pagaré." Sin embargo, él no quiso, sino que fue y lo echó en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Cuando vieron sus consiervos —ustedes están viendo el trato que el rey tuvo conmigo, pero al mismo tiempo han visto el trato que yo tuve con ese consiervo— contaron a su señor todo lo que había sucedido.
Entonces, llamándole, su señor le dijo: "Siervo malvado, te perdoné toda aquella deuda porque me suplicaste. ¿No debías tú también haberte compadecido de tu consiervo, así como yo me compadecí de ti?" Y enfurecido su señor, lo entregó a los verdugos hasta que pagara todo lo que debía.
"Pastor, yo no estoy convencido de que el rey en esa parábola represente a Dios." Déjame darte la interpretación, la exégesis de Jesús. Versículo 35: "Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de corazón cada uno a su hermano." No le puedo agregar, no le puedo quitar, no la puedo mejorar. Ahí está. La parábola: "Así también mi Padre celestial hará." ¿Qué es lo que Dios está tratando de comunicar? No puedes comparar jamás la deuda que tu consiervo contrajo contigo con la deuda que tú tenías conmigo, y yo la pagué, y la pagué de una manera incondicional.
Pero sabes qué es lo que más me llama la atención de la parábola. Ya sabemos con claridad que el rey representa a Dios. Escucha: en la parábola también se le llama "su señor," y enfurecido su señor lo entregó a los verdugos hasta que pagara todo lo que le debía. "Así también mi Padre celestial hará con vosotros" —si pudiéramos decirlo, "así también mi Padre celestial se enfurecerá con vosotros"— "si no perdonáis de corazón cada uno a su hermano."
¿Sabes cuál fue el contexto de esta parábola? Una pregunta. Pedro va adonde el Señor Jesús: "Señor, ¿cuántas veces debo perdonar a mi hermano?" Los audíos creían que tres era ser magnánimo. Pero Pedro —que es sanguíneo, le gusta aumentar un poco las cosas, ponerle su salsa— dice: "Señor, ¿siete veces?" Pedro cree que se lo está llevando por delante. Y el Señor le dice: "Pedro, setenta veces siete," que no implica cuatrocientas noventa veces, sino cada vez que esto ocurra.
¿Pero por qué es que Dios está tan airado en la parábola? Dice que el señor se enfureció. Y se entiende bien: mi Padre dice, "Si yo he dado a mi Hijo… tú no entiendes lo que a mí me costó tu perdón. Yo he dado a mi Hijo en una cruz para perdonar tu pecado, y después que yo he hecho eso, ¿tú me dices que no puedes perdonar a tu hermano? Entonces no me queda otra cosa que tomarte y entregarte a los verdugos hasta que pagues el último centavo."
Bueno, pero no tenemos verdugos hoy como había con los esclavos antes. No, pero yo tengo verdugos cuando no perdono, y no uno, ni dos, ni tres. Tengo muchos. Primero, esos verdugos del resentimiento que me consume, que se acumula en mí; es la amargura continua que no me deja en paz. La falta de paz es otro de mis tormentos, de mis verdugos. Esa falta de paz se va acrecentando con el paso del tiempo. Es la ansiedad que me produce vivir de esa manera; es la irritación que me causa ver a quien me debe: tan pronto lo veo —y a veces no lo veo físicamente, pero lo veo con los ojos de mi mente— la irritación que me causa es otro de mis verdugos.
El pensamiento que me martilla continuamente, la ira que me produce pensar en la acción del deudor, que me roba el gozo comprado por Cristo en la cruz a precio de sangre: ese es otro de mis verdugos. La depresión que me embarga en la medida en que esto se prolonga. Y eventualmente mi verdugo mayor: que me siento atrapado en una prisión de la cual no encuentro cómo salir, sin esperanza. Pero que al final del análisis es una prisión que yo construí: yo le puse una puerta y yo tengo la única llave que existe para salir de ella. Nada más. Dios tomó la llave y me dice: "Toma, esta es tuya." La razón por la que tengo que permanecer ahí pagando el último centavo es que necesito pagar la última ofensa —por pequeña o por grande que sea— que se haya cometido contra mí. Esa es la representación del último centavo.
Lo que ocurre es que estos verdugos que he mencionado actúan como un agente corrosivo de mi alma. Corroen mi espiritualidad, corroen mi relación con Dios, corroen la plenitud de vida que Dios ha traído a mí por medio de su Hijo, corroen mi corazón y lo llenan de amargura, corroen mi mente —que está llena de pensamientos que continuamente están reviviendo lo que me hicieron en un momento dado. Lo que ocurre es que yo recibí una herida un día, en un momento puntual, y por los próximos días, semanas, meses y años, yo me he autoherido una y otra vez al recordar el mismo evento y la misma acción. De manera que hubo un ofensor inicial, y ahora yo soy el auto-ofensor de mí mismo al recordarlo y traerlo a colación.
Pero yo creo también que, junto con estos torturadores, hay otros que pudiéramos llamar torturadores con consecuencias e implicaciones, como usted quiera. En primer lugar, mi relación con Dios se afecta sin lugar a dudas. Mira cómo Juan lo dice en 1 Juan 4:20-21: "Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Porque el que no ama a su hermano a quien ha visto, no puede amar a Dios a quien no ha visto. Y este mandamiento tenemos de Él: que el que ama a Dios, ame también a su hermano." No puedo amarlo si no le perdono; no puedo decir que le amo sin que eso incluya perdonarle. Mi relación con Dios se afecta.
Nuestra vida de oración pierde vitalidad y efectividad. No es la misma, no tiene las mismas respuestas. Los oídos que le han escuchado no responden de la misma manera. Dios no interviene en la solución, y tú sabes lo grave que es cuando Dios no interviene en la solución. Porque mi agonía se prolonga, porque Dios no está obrando. Dios ha decidido, en vista de mi comportamiento, dejar que yo lo resuelva en mi propia fortaleza. ¿Sabes lo agonizante que es? ¿Lo desolante que es? ¿Sabes la incapacidad que tenemos nosotros para resolver esto con nuestra propia fuerza? Y a eso me ha dejado, porque la intervención de su Espíritu requiere una disposición de tu parte a perdonar el último centavo, y eso no está ahí.
Las bendiciones de Dios se detienen. Me convierto en un esclavo, no solamente del resentimiento, sino en esclavo de la persona a quien no perdono. Porque tan pronto la veo, la pienso, sueño con ella, mis sentimientos vuelven a aflorar. Yo soy un esclavo de esa persona que una vez me ofendió. Y finalmente, Satanás gana acceso a mi vida. Y una vez que Satanás gana acceso a mi vida, él me induce, me conduce, no a aguas de reposo, sino a aguas turbulentas. Él no me lleva a pastos delicados donde yo pueda descansar; no, él me lleva a la hierba amarga donde hay veneno. Y ahora entonces este pecado, que comenzó con una simple falta de perdón, me está haciendo pecar en múltiples direcciones a la vez, porque Satanás gana acceso a mi corazón, a mi mente, a mi voluntad.
Recuerden la parábola: "Y el señor, enfurecido, da órdenes." Y Cristo dice: "Así mismo mi Padre hará." ¿Por qué tan severa la reacción de Dios ante esta acción, de acuerdo a lo que la parábola está tratando de ayudarnos a entender? Bueno, en primer lugar, escucha, porque aquí es donde comienza todo: toda transgresión que yo cometí contra Dios —toda, absolutamente toda— es infinitamente pecaminosa, porque es cometida contra un Dios que es infinitamente santo, recto y justo. Entonces mis acciones fueron infinitamente pecaminosas: la criatura contra el Creador. Ahora la criatura rehúsa perdonar acciones pecaminosas que para él debieran ser muy pequeñas cosas, porque simplemente es una criatura contra otra criatura, un pecador contra otro pecador.
Y a la verdad es que la mayoría de los pecados con los cuales tú me ofendes, tú los has cometido también, y viceversa. La mayoría de los pecados con los que yo te he herido, tú los has cometido. La mayoría de los pecados con que tú me has herido, yo los he cometido. No todos, estamos de acuerdo, pero la gran mayoría. Eso le da severidad a lo que está ocurriendo.
En segundo lugar, el perdón que Dios me dio en la cruz cubre todos mis pecados: pasados, presentes y futuros. Lo que yo aún no he cometido ya está en la cruz; Él pagó por eso. Mi salvación está segura; estamos hablando de las consecuencias del día a día. Pero, ¿qué ocurre? Vladimir me ha ofendido, mi hermano —de ahí la palabra "hermano"—. Los pecados que Vladimir comete contra mí fueron pagados, ¿dónde? En la cruz: pasados, presentes y futuros. De manera que cuando él me ofende y yo no le perdono y mantengo una deuda abierta —yo se la voy a cobrar—, Cristo dice: "Tú no, él no tiene deuda contigo. La deuda, en todo caso, es conmigo, y yo no tengo cobradores. Mis deudas las cobro yo, no tú." Por eso es que esto es tan serio.
Usurpando un lugar que a mí no me corresponde. Tercer lugar, cuarto lugar, ya me perdí. Pero yo me considero digno de Su perdón, pero yo no considero digno al otro del perdón de Dios. Yo sí, claro. En último caso, yo estoy considerando que la ofensa que el otro cometió contra mí, que es la que no es digna de perdonar, es mayor que la ofensa que yo cometí contra Dios. Por eso la mía es digna de perdón y la tuya no. Es que la tuya es muy grande, más grande que todas las mías juntas. Por eso es que el Señor, enfurecido, dice: "No, no, no, no. Esto no puede ser."
Esa es una cosa. De alguna manera, todos nosotros hemos estado en esa prisión: por una hora, por un día, por una semana, por un año. Todos nosotros hemos estado en esa prisión en algún momento. ¿Sí o no? Ok. Pero estos son más honestos aquí que atrás. Pero ustedes también, ¿o no? No los escuché.
Perdón. ¿Qué es el perdón que Dios me otorga en esta cuestión? Es dependiente del perdón que yo otorgo. De acuerdo con lo que Cristo dijo, mira lo que Dios está diciendo: "Ok, tú vas a establecer el estándar del perdón de mí para contigo en estos asuntos diarios de los que estamos hablando. Perdona nuestras deudas, Señor, como nosotros también ya hemos perdonado. Ok, tú establece el estándar. Enséñame cómo tú has perdonado, y ahora tú me estás pidiendo que te perdone así." Ahí está establecido el estándar. No es que esté bien, ahí está la vara de medir. Tómela por donde tú quieras. Ahora el Padre Nuestro, y yo voy a responder tu oración: cuando tú digas "perdóname como yo he perdonado", yo lo voy a hacer así mismo, como tú has perdonado. Sí, yo te voy a poner el estándar para esto.
Es que el perdón no se merece. Yo no conozco un perdón merecido. Si yo tengo que acumular méritos para que tú me perdones, o viceversa, si tú tienes que acumular méritos para que yo te perdone, ya no estamos hablando de perdón y de misericordia. ¿Sabe de qué estamos hablando? De justicia. "Tú me debes eso. Mira aquí mis méritos." Pero el perdón presupone ausencia de méritos en el otro. Si los hubiera, es justo que yo te perdone, porque te ganaste los méritos. ¿Quién de nosotros se ganó méritos para ser perdonado en la cruz? El perdón presupone ausencia de mérito.
Debido a todo lo que Cristo ha hecho por mí en la cruz, lo que sigue haciendo por mí, Él tiene ahora el derecho de demandar que yo perdone a la manera como Él me ha perdonado, porque ya lo hizo primero y Él estableció el estándar de cómo hacerlo. Cristo me encontró en un mercado de esclavos y me sacó, me dejó libre, me limpió. Me encontró muerto y me dio vida, vida eterna. Me encontró en las garras de Satanás y me arrebató de las manos de Satanás. Me encontró medio quemado, ya echando humo, y me apagó, porque olía ya a azufre cercano. Y después de todo eso, ¿yo le voy a decir a Dios que hay un fulano que a mí me hizo algo una vez y que yo no lo puedo olvidar? Eso sería colocar el estándar por encima del estándar de Dios.
Escucha lo que decía Agustín de Hipona, siglo IV, que esta petición del Padre Nuestro —esto que estamos tratando hoy— es una petición terrible y diferente. Es la primera vez que yo hago un calificativo así. Una petición que yo le hago a Dios es terrible. Él dice que sí, porque si yo pido a Dios con resentimiento en mi corazón, en efecto le estoy diciendo a Dios que no me perdone. Con esto, agrega él, estoy trayendo sobre mí una maldición autoimpuesta. Es decir, según Agustín, sería como decirle a Dios: "Ya que no he perdonado a mi hermano, por favor no me perdones a mí." Él decía que esta oración del Padre Nuestro, sin haber perdonado a tu hermano, es como pronunciar tu propia sentencia de muerte. ¡Wow! Piénsalo. Yo creo que sí, que ciertamente es así.
Piénsalo un momentico, porque es que el perdón es prioritario para Dios, pero no lo es para la raza humana. Nunca lo ha sido. No importa la generación en que estemos, el perdón nunca ha sido una prioridad para el hombre. Y no importa si él está en el reino de las tinieblas o en el reino de los cielos. Lamentablemente, el perdón no es la prioridad del ser humano; es la de Dios, pero no la nuestra. A menos que ya Dios nos haya avanzado significativamente, muy significativamente, en la escalera de la santificación. Y aún así no estamos completamente libres de eso.
Concesión que yo acabo de hacer. ¿Cuál es el problema? Bueno, mira, ¿saben por qué no es una prioridad? Porque el perdón implica que yo pague. Y no importa si es en el restaurante o en otra cosa, preferimos que el otro pague. ¿Sí o no? Es así. O sea, hay dos personas aquí en el restaurante, alguien va a recoger la cuenta. Somos ocho, pero los ocho no van a pagar. Va a pagar tú o el otro. Indudablemente, bueno, que pague el otro. Y así ocurre con lo que es el perdón: el que perdona tiene que pagar. El que perdona a Cristo tiene que pagar. Y a mí no me gusta pagar. Yo soy muy mal pagador. Que pague el otro. Esa es una razón por la que no es prioridad.
¿Y cómo pagamos? Bueno, primero, yo tengo que doblegar mi orgullo. Y tengo que recordar que el perdón, ya sea en mediación de conflictos o en cualquier otra cosa, siempre veo una falta de entendimiento en qué consiste el perdón. Pero no tiene nada que ver con quién tuvo la razón o no tuvo la razón. Por Dios, miremos la cruz. ¿Quién tuvo la razón? El que perdonó, ¿o el que tenía razón para condenar? Es decir, el perdón no tiene nada que ver con quién estuvo en falta, si yo o si tú o si ochenta y veinte. El perdón tiene que ver solamente con un entendimiento de mi salvación vía el perdón de Cristo, derramado Su sangre en una cruz donde fue clavado. No tiene nada que ver con ninguna otra condición. Por Dios, entendámoslo de una vez y para siempre, porque de lo contrario viviremos en esta prisión.
Nuestro orgullo no nos permite dar el paso, y no nos permite hacer del perdón una prioridad. Déjame decirte lo que el orgullo nos dice, más que con palabras, con disposición de espíritu. Número uno: el orgullo me dice que el otro no merece lo que sí yo merezco. El proceso es distinto, pero eso es lo que me está diciendo. El orgullo me dice que el pecado del otro es peor que el mío. El orgullo me dice: "Yo soy mejor que el otro. Yo no sería capaz de hacer eso." Y Dios dice: "No, tú no serías capaz de hacer eso, pero tú eres capaz de irme a clavar en la cruz. Yo estoy ahí por ti." El orgullo me dice que yo soy mejor que el otro.
El orgullo me dice que el otro no es tan espiritual como yo. "Sin lo que pasa es que mira, yo, por ejemplo, yo he cambiado, pero el otro no. Yo soy más espiritual." Si Dios hiciera presente o que nos tomase a los dos al lado y vamos a ver cuál de los dos mide más en la escala de santificación, ni nos veríamos ninguno de los dos. El orgullo me dice que el otro no sabe lo que está hablando, que no entiende. El orgullo me dice que el otro no está arrepentido.
"Pastor, me dijo el problema, es que no siento que no está arrepentido de eso." ¿Qué tiene que ver el perdón con lo que el otro sienta o no sienta? El perdón, hermano, tiene que ver con la cruz, no tiene nada que ver con lo que el otro sienta. Yo no soy el Espíritu Santo para garantizar tu arrepentimiento. ¿Cómo puedo yo decir que yo te voy a perdonar si tú te arrepientes? O sea, ¿si yo, como el Espíritu Santo, logro producir la convicción? Yo no. Cristo en la cruz, cuando dijo: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen", ¿dijo: "Pero aguanta esa oración ahí hasta que ellos se arrepientan"? No. No entendemos.
El orgullo me dice que el otro no merece una segunda oportunidad. El orgullo me dice: "No, lo otro fue que cometió el error. Que dé el primer paso. Que comience a pagar. Yo hago un abono quizá." El orgullo se enfoca en la injusticia recibida; la humildad se enfoca en el perdón recibido en la cruz. Y finalmente, el orgullo continuamente me habla de que el otro no tiene la intención de cambiar, porque: "Mira, volvió, hizo aquello." Como si nosotros el día que le pedimos perdón a Dios, de ahí en adelante jamás volviéramos a pecar. "Mira cómo pecó ahí otra vez. Mira cómo lo hizo." O sea, en otras palabras, yo fui donde Dios un día y le dije: "Perdóname", y a partir de ahí Cristo y yo caminamos igualito, yo jamás volví a pecar. ¿Cuántas cientos de veces yo no he tenido que estar en el trono de la gracia y Dios diciéndome: "¿Tú de que volviste a pecar?"?
Pues es una cosa: tu hermano va a volver a pecar contra ti, y tú viste cómo yo te recibí y te perdoné. Pues así, cuando tu hermano venga a tu trono —que no tiene ninguno, pero ok— perdónale también, porque somos pecadores. Nosotros quisiéramos, modernamente, como que el otro pagara algo. No he estado ahí, como que te dice que pagara algo por lo menos, que le abone algo. Ahora Cristo dice: "Pero el problema es que ya yo pagué. O sea, tú estás cobrando una deuda que él no tiene contigo." ¿Y como queremos que él le abone algo? "Bueno, que lloró un poquito." "Yo he hablado con él y ni lágrimas le salen. Mira lo duro que está. Que sufra un poquito."
O sí, en serio, estoy diciendo esto, hermano. Piadosamente vas donde Dios: "Señor, mira a solaneso que me ha hecho. Yo te pido, Dios, tú sabes que él tiene mucho orgullo, que lo humilles, que lo humilles. Trae una humillación a su vida, en el nombre de Cristo." ¿Piadosamente? ¿Te das cuenta? Nosotros quisiéramos que la justicia de Dios, de alguna manera, de alguna forma, Dios que lo decida, pero que un chin de Su justicia le visite en el día de la tribulación. "Bueno, pero para que aprenda." ¿Te gustaría que Dios visitara un poquito todos los días de tu vida cada vez que tú te apartas de Su ley, para que tú aprendas? No, yo no quiero eso. Y la mejor forma de que eso no ocurra es yo no queriéndolo sobre el otro.
Por eso, una de las mejores oraciones que aprendí a lo largo del camino... Yo no nací así, acuérdate, así que la mayoría de las veces que yo predico algo no es porque ustedes están ahí. Yo he pasado por cosas de este tipo. Pero no soy humano si yo no quiero pararme aquí a decir que yo nunca he estado ahí, porque probablemente Dios trae una experiencia de este tipo para que yo entienda que había estado ahí anteriormente, y este es tu recordatorio. El problema, hermano, es que estas deudas que nosotros abrimos con...
Al otro —a nosotros— le ponemos unos intereses enormes y somos unos usureros del perdón. Los intereses que le cobramos al deudor nuestro son, por mucho, superiores a los intereses que Dios impone sobre sus deudores. El perdón es prioritario para nosotros, pero también resulta difícil de concebir. Dime que no es verdad. A mí me resulta difícil concebir que tú me ofendiste severamente, que yo estuve en esa prisión con amargura por tantos años, y que un día tú y yo nos vamos a sentar, tú disque genuinamente me has pedido perdón, y que yo en una sola palabra te voy a perdonar y terminamos: borrón y cuenta nueva. A nosotros eso nos resulta difícil, ¿que ese va a ser el resultado? ¿Sí o no?
Bueno, pues Cristo fue a la cruz, lo clavaron, consideró los pecados de la humanidad que Dios Padre le había entregado a Él en la eternidad pasada, y en una sola palabra lo terminó: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen." "Está consumado." Es finito. Pagado. Están —pero ya sin la condenación de esos años—, esto es pecado que todavía está, que está por verse. Ya tú, en esa palabra de allí de la cruz, y en ese último aliento, ya tú lo pagaste todo. Se terminó ahí. ¿Qué más es lo que quieres?
Si tú debes un billón de dólares y te meten en la cárcel, y tienes quince años en la cárcel sufriendo, y te dijeron que era cadena perpetua, y a los quince años yo voy y digo: "Tú debías un billón de dólares; ya lo pagué. Te amo. Un pagaré firmado." Yo voy a la cárcel y saco a fulano. Así de fácil. O sea, después de quince años de yo sufrir, con una firma tú me sacaste de la cárcel. Sí, porque la deuda yo la pagué. Ya no hay razón. Se acabó. Ahí está el papel. Ya yo puedo salir de la cárcel en cualquier momento. No se requiere de mucho proceso; se requiere de una acción.
Lo que yo aprendí en mi vida es que la única razón por la que muchas veces mi herida duró más de lo necesario fue porque yo me encargué de nutrirla y de alimentarla, en vez de encargarme de desnutrirla hasta que muriera, ponerla en ayuno hasta que ya no le quedara vitalidad, hasta que se muriera. Pero no: retenemos las heridas como evidencia de que me lo hiciste, como evidencia de que tú eres el culpable. Retenemos la herida como Cristo, pero con una enorme diferencia. Cristo retuvo las heridas como evidencia de que había pagado, del perdón y la reconciliación. Nosotros retenemos las heridas como evidencia de la irreconciliación, de que yo no te he perdonado y de que yo no lo puedo hacer. Muy diferente a como Cristo lo hace, o lo hizo.
Recuerda los verdugos de la parábola: en la medida en que el tiempo se va prolongando bajo mis verdugos, en esa misma medida yo quisiera que mi proceso de perdón hacia ti se prolongue. No hagamos el pasito, porque yo pasé por aquí. Al pasito, tuve cinco años de verdugos; tuve por lo menos cinco años de proceso, y finalmente llegué al perdón. El perdón es prioritario para nosotros porque, después de haber pasado por esa experiencia, de alguna forma a mí me llena de pavor pensar que yo voy a pasar por ello otra vez. Pero la mejor garantía que yo tengo de que no voy a pasar por ello otra vez no es alejándome, sino aprendiendo la lección y perdonando.
Porque es algo que yo aprendí en mi propia vida: en los exámenes de Dios, Dios no nos regala puntos para pasar la materia, ni aplica curvas, sino que lo que Dios hace es: "Te faltó un punto, repite la materia." ¿No pudiste pasar? Bueno, repítela otra vez. Uno tiene que estar en ese curso cuantas veces sea necesario. Dios es así. Otra vuelta al monte. Año quince: no lo ha aprendido. Año dieciséis: no lo ha aprendido. Año veintiocho: no lo ha aprendido. Año treinta y tres: no lo ha aprendido. Año treinta y ocho: lo aprendiste. Casi. Año treinta y nueve. Año cuarenta: lo aprendiste. "Ok, vamos a la tierra prometida." Hasta que murió el último que no había aprendido. Recuerda la Palabra.
¡Wow, se me ha ido el tiempo! Recuerda la palabra: "Perdónanos así como perdonamos." La palabra en el original, *aféimi*, ¿qué implica? Tomar una cosa y enviarla tan lejos como tú puedas enviarla. "Perdónanos" es: toma mi pecado y envíalo tan lejos de ti como sea posible. "Así como también nosotros hemos perdonado": de la forma en que yo tomé el pecado del otro y lo envié tan lejos como lo he enviado. Mira la idea en el Salmo 103:12: "Como está de lejos el oriente del occidente, así alejó de nosotros nuestras transgresiones." *Aféimi*: fuera, lejos. No la quiero ver ni la quiero mencionar. Eso es lo que está tratando de comunicarnos aquí. Pero no, nosotros queremos tenerla cerca para recordarla y recordártela. Pero eso no es perdón. Pero eso decía al principio: que no entendemos lo que es.
Cuando los primeros traductores de la Biblia llegaron y bajaron la lista a la parte más norte y comenzaron a traducir la Biblia para los esquimales, no había una palabra entre ellos para "perdón." ¿Ustedes pueden creer eso? O sea, los esquimales no tenían una palabra para perdón. Entonces los traductores se sentaron a escucharlos, a ver y a entender cómo es que ellos piensan, cómo es que ellos actúan. No es que no había perdón entre ellos, pero no tenían esa palabra. Y encontraron una palabra sumamente larga que implica "no ser capaz de pensar en eso nunca más," y a lo largo de toda la Biblia esa fue la palabra que usaron para perdón: una palabra que significa "no ser capaz de pensar en eso nunca más."
¿Basado en qué texto tomaron libertad literaria para aplicar la palabra "perdón" de esa manera? No, basado en la Biblia. Escúchenlo; yo se los voy a leer. Jeremías 31:34: "Pues perdonaré su maldad y no recordaré más su pecado." Los traductores no son estúpidos. Ellos saben que son teólogos; no pueden violentar el texto. Si van a tomar un nuevo sentido de algo, búsquenle un apoyo, un ancla bíblica. Bueno, aquí está el versículo: Dios dice "los perdonaré, perdonaré su maldad y no recordaré más su pecado." Esa fue la palabra que aquellos traductores tomaron.
No podemos pasar por alto que ciertamente Dios nos perdonó de manera incondicional en la cruz, pero que a la hora de las ofensas diarias, cotidianas, temporales con las que tú y yo vivimos, hay una condición: y es mi perdón del otro. Y si no, no hay perdón. Eso es importante. ¿Y qué es lo que ocurre? Es que la oración del Señor es la oración del perdón menos respondida, porque cuando yo no he perdonado al otro y yo le estoy diciendo "Señor, perdóname," yo le estoy diciendo eso con pecado en mi corazón relacionado al pecado por el cual yo estoy pidiendo perdón. ¿No entendieron? Estoy pidiendo perdón por algo, pero yo tengo pecado relacionado a eso por lo cual estoy pidiendo perdón: tengo pecado de orgullo, de resentimiento, de sed de venganza, de autojusticia. Y dice Él: "Bueno, eso no lo puedo hacer."
¿Bueno, y qué tanto yo puedo perdonar? Déjame ir cerrando, pastor, porque yo lo he tratado y no he podido. ¿No has podido o no has querido? No sé. ¿No has podido o no has querido?
¿Cuántos de ustedes conocen el nombre de Kim Phúc? Es la niña de ocho años de edad, famosa por una foto del 8 de junio del año 1972. Estaba en una pagoda; los aviones norteamericanos circulaban por encima, y de repente: boom, boom, boom, boom. Cuatro grandes bombas de napalm. Había un fotógrafo en el área. Esta niña viene por la calle —pueden entrar a internet y buscar "Kim Phúc"—. Yo recuerdo esa foto en mi mente como si la hubiera visto el día de hoy. Esa foto recorrió el mundo: desnuda, después que las llamas quemaron todo su vestido, desnuda, corriendo por la calle. El fotógrafo la tomó de frente. Catorce meses de internamiento, diecisiete cirugías plásticas.
Escucha lo que ella dice posteriormente: "La primera vez que leí las palabras de Jesús, 'amad a vuestros enemigos,' ni lo entendí ni sabía cómo hacerlo." Dice que en su momento pensó: "Soy humana, tengo mucho dolor, muchas cicatrices, y he sido víctima mucho tiempo." Se decía a sí misma: "Perdonar eso me resulta imposible." Finalmente dice: "Tuve que esforzarme mucho y no fue fácil, pero con la ayuda de Dios finalmente lo logré." En 1996, la Fundación de Veteranos de Vietnam invita a Kim Phúc e invita al piloto que bombardeó, que dejó caer la bomba que quemó a Kim Phúc. Y los juntan. Ella le perdona y sellaron ese día con un abrazo. Nunca te preguntes cuán grande es la herida que llevas contigo; pregúntate cuán grande es el poder de Dios que mora en ti.
Déjenme decirles esto para terminar: mientras más veas la profundidad de tu propio pecado, menos te molestarán los pecados de otras personas. Mientras más grande veas la cruz, menores parecerán los pecados de otros en comparación con tu pecado, que le costó la vida al Hijo de Dios en la cruz. Si tú crees que no eres un gran pecador, las ofensas de otras personas van a aparecer grandes ante tus ojos. Pero si eres un gran pecador y tienes un gran Perdonador, y lo has experimentado y lo has entendido, la ofensa de otros es pequeña contra ti y contra mí.
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