La muerte de un ser querido nos confronta con verdades que solemos evitar. Cuando Daniel Castro, hijo del anciano Felipe Castro, falleció inesperadamente a los 28 años mientras hacía ejercicio, su partida trajo a la congregación un recordatorio inevitable: somos seres finitos y mortales. La carta que Felipe escribió tras perder a su primogénito —aquel a quien imaginaba cargando su ataúd algún día— revela tanto el dolor profundo como la esperanza firme de quien conoce a Dios.
Eclesiastés 7 enseña que el día de la muerte es mejor que el día del nacimiento, no porque la muerte sea buena en sí misma, sino por el efecto que produce en quienes la presencian. Mientras el nacimiento genera conversaciones triviales sobre peso y parecidos, la muerte nos lleva a reflexionar sobre cómo estamos viviendo y hacia dónde vamos. La casa del luto hace más bien que la casa del banquete porque confronta al corazón con su realidad: somos temporales y somos pecadores, pues la muerte existe como consecuencia del pecado.
Jesús transformó esta realidad cuando le dijo a Marta: "Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá." La pregunta no era si ella creía en un milagro, sino si creía en Él. Esa fe en Cristo como Señor y Salvador es lo único que quita el aguijón de la muerte. Quien está preparado para morir está verdaderamente preparado para vivir, porque sabe que ni la muerte podrá separarlo del amor de Dios.
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El Señor me ha puesto en el corazón traer un mensaje de reflexión en torno a lo que es la realidad de la muerte. Yo he tenido la oportunidad de compartir sobre la realidad de la muerte en muchos funerales, pero increíblemente, entre los 13 años que tenemos como congregación, nunca hemos hablado de la muerte desde el púlpito, que yo recuerdo. No ha sido porque lo hemos evitado explícitamente, sino porque los temas que hemos ido llevando, tratando y las series no nos han conducido a ese tema. Pero yo creo que esta circunstancia nos ha conducido a ese tema, y yo quisiera reflexionar junto con ustedes acerca de esto.
Yo quisiera, antes de ir al texto de hoy, leerles una carta que Felipe escribió. Algunos de ustedes ya han leído esta carta, pero quisiera leerla: una carta que Felipe escribió el martes y se la mandó a un grupo de nosotros, y luego la publicamos en la página de internet de la iglesia. Es acerca de esta situación y de la muerte de su hijo, y él dice de la siguiente manera:
"Queridos todos, el lunes 25 de octubre de 1982, a las 11 de la mañana, nació mi primer hijo Daniel. Con el anuncio de su llegada concluyó un proceso de parto de más de 40 horas para recibir un regalo especial: un hermoso varón de 22 pulgadas de largo y 10 libras de peso. Aunque mi corazón conocía a Dios solamente de oídas, en su misericordia el Creador hizo que brotara en mí una oración de gracias y de alabanza a su nombre. El día de su nacimiento comencé a caminar por el ancho sendero de la vida con mi amado hijo Daniel. Entendía en ese momento que el regalo sería por un largo tiempo, y que algún día Daniel me llevaría al cementerio y llevaría mi cuerpo, que he utilizado en mi existencia. Pensaba que esas manos llevarían mi ataúd, donde dormiría hasta ser despertado por la segunda venida de nuestro Señor Jesucristo.
Pero el pasado lunes 22 de agosto, nuestro Dios, misericordioso, lleno de gracia, sabio y soberano, decidió que en medio de una sesión de ejercicios, Daniel fuera llamado a su presencia. Hubo un infarto fulminante que le permitió partir al cielo en ese mismo momento. Porque la mayoría de ustedes no lo conocieron, quiero darles una breve descripción de quién fue mi querido hijo Daniel. Fue generoso, solidario con los débiles, amoroso, introvertido, olvidadizo, trabajador. Era un hombre honesto, escuchaba consejos y, sobre todo, era un hombre de sensible corazón.
Quiero dar gracias a Dios a pesar del singular dolor que provoca su partida inesperada. Puedo testificar que Dios no me ha dejado solo. Desde el momento en que el lunes a las 6 de la mañana mi hija Lauren me dio la amarga noticia, mi corazón quedó lacerado y roto en pedazos. Dios me ha traído desde Santo Domingo a Washington, abriendo caminos en medio de la tormenta Irene, rompiendo barreras, poniendo gracia en corazones de no convertidos, y usándolos a todos ustedes en su cuidado y en sus oraciones por mí y mi familia. Ciertamente el bien y la misericordia me han acompañado y me acompañarán todos los días de mi vida.
El apoyo de ustedes, sus llamadas, manifestaciones de amor, provocan, a pesar del dolor de la pérdida, una oración de gratitud a mi amado Dios y Padre, por un apoyo que no merezco. Gracias, hermanos y amigos, por dejarse usar como ministros de la gracia y la misericordia de Cristo Jesús. Ayer, dice él en su carta, el papá de un joven de 20 años que hoy está en la Universidad de Georgetown nos llamó para apoyarnos y testificar que cuando su hijo tenía apenas 13 años, recibió consejos de mi hijo Daniel que le servirían para hoy ser un hombre de bien. No puedo decir nada más que: gracias, Dios, por prestarme a Daniel por 28 años y llevarlo a morar ante tu presencia. Un día, cuando Jesús venga o Él me lleve, volveré a estar para siempre con mi inolvidable Daniel, mi hijo Daniel Castro Villegas. Gloria a Dios por ser tan bueno y fiel conmigo."
La muerte a veces nos toca bien cerca; nos toca experimentar este dolor de perder a alguien muy cercano. El fin de semana pasado recibí una visita en mi casa de unos hermanos de la iglesia, y hablábamos de varias cosas, y él me preguntó: "¿Tú has perdido a alguien muy cercano? ¿Hay alguna muerte que a ti te haya conmovido?" Yo me puse a pensar, no solamente en la muerte de algunos relacionados con ustedes y la iglesia, sino en personas cercanas a mí, o cercanas a mi corazón, que han muerto y cuya muerte me ha llevado a acercarme a mi vida y a ver la vida de otra manera. Ciertamente pude identificar algunas de ellas, y noté también el efecto edificante y el efecto instructivo que la muerte puede tener cuando la vemos de la manera que Dios la ve.
No sé si en tu caso ha habido alguna muerte tan cercana, tan cercana, que ha conmovido tu corazón y que te ha llevado a reflexionar sobre la manera como estás viviendo, como estás conduciendo tus pasos. Cuando tú piensas en la muerte, cuando yo pienso en la muerte, ¿cuál es tu primera reacción? Para algunos, la primera reacción cuando piensan en la muerte es el temor. De hecho, el libro de Hebreos, capítulo 2, nos dice que muchos viven esclavizados por el temor a la muerte. Pero hay otra gente cuya emoción no es el temor, sino la negación. Hay gente que no quiere ni siquiera hablar de eso: "No, no hablemos de eso", como que no hablar va a evitar que suceda, lo cual es un absurdo. Pero mucha gente prefiere enfrentar la realidad de la muerte —así la voy a llamar: la realidad de la muerte— negándola, ignorándola, odiándola o pensando que no existe. Algunos la subestiman; algunos dicen: "No, es que se acaba la vida y se acaba", y subestiman las implicaciones que tiene la muerte para nosotros.
Yo quisiera entonces, a partir de este momento, de este caso de Felipe, de esta situación que está viviendo y experimentando —como es una muerte que de alguna manera nos toca a todos bien cerca, muy cerca, por tratarse de uno de los nuestros—, que nosotros podamos ir a la Palabra de Dios a reflexionar acerca de este punto y podamos extraer algunas enseñanzas. Yo he escogido el libro de Eclesiastés, que es un libro que he usado en algunos funerales, el libro de Eclesiastés, para hacer esta reflexión: capítulo 7.
El libro de Eclesiastés es un libro que nos presenta la realidad humana de una manera muy honesta. Es un libro escrito por un hombre, Salomón, que no está pensando como Dios piensa en el momento en que lo escribe, sino que está describiendo la vida como la ve un ser humano de este lado de la gloria, como él dice: "debajo del cielo", "bajo el sol". ¿Qué siente una persona, un ser humano, cuando ve la muerte venir? Sin tomar en cuenta a Dios, digamos. ¿Qué nos dice Salomón que produce la muerte en nosotros cuando vemos a alguien morir cerca de nosotros? ¿Qué se supone que debe producir en nosotros este evento?
En Eclesiastés 7:1-4, Salomón nos describe dos efectos que la realidad de la muerte tiene en nosotros cuando la presenciamos, no cuando nosotros la experimentamos, sino cuando la presenciamos cerca de nosotros. Yo quisiera que fuéramos entonces a Eclesiastés 7 y leyéramos los primeros cuatro versículos:
"Mejor es el buen nombre que el buen ungüento, y el día de la muerte que el día del nacimiento. Mejor es ir a una casa de luto que ir a una casa de banquete, porque aquello es el fin de todo hombre, y al que vive lo hará reflexionar en su corazón. Mejor es la tristeza que la risa, porque cuando el rostro está triste, el corazón puede estar contento. El corazón de los sabios está en la casa del luto, mientras que el corazón de los necios está en la casa del placer."
Cuatro versículos donde Salomón trata de resumir, y resume de manera bastante breve, dos efectos que la muerte tiene sobre nosotros cuando la podemos presenciar a nuestro alrededor. Hasta ese capítulo, en el capítulo 6, él venía cuestionándose y preguntándose: ¿qué de bueno tiene esta vida? ¿Qué provecho saca el hombre? Incluso en el capítulo 6 llega a preguntarse: ¿cómo sabemos lo que es bueno para el hombre? ¿Cómo sabe el hombre que hacer esto es mejor que hacer aquello? Cuando no tenemos a Dios en la ecuación, es muy difícil determinarlo, porque todo es relativo, decimos; todo depende de lo que a ti te guste, de tus preferencias. Pero a pesar de que en el capítulo 6 él dice: "¿cómo puede el hombre saber lo que es bueno?", a pesar de que él se pregunta eso, en el capítulo 7 él comienza a dar una serie de consejos prácticos, porque él sí sabe que hay algunas cosas que son mejores que otras.
Fíjense que la palabra "mejor" está comenzando casi cada uno de los versículos que vimos: mejores, mejores, mejores. En los capítulos 1, 2 y 3, él está seguro, dado su experiencia, que hay cosas mejores que otras, a pesar de que tiene algunas confusiones sobre la vida. Pero hay cosas que son mejores que otras.
El primer efecto que yo quisiera que viéramos está en los versículos 1 y 2. El primer efecto que la muerte tiene sobre nosotros es uno de reflexión. Nos lleva a reflexionar cuando la presenciamos cerca de nosotros y la vemos como ella es, y no la ignoramos, y no la obviamos, y no la subestimamos, sino que la vemos como ella es. La muerte debería llevarnos a la reflexión.
Fíjense lo que dicen el versículo 1 y el 2: "Mejor es el buen nombre que el buen ungüento, y el día de la muerte que el día del nacimiento. Mejor es ir a una casa de luto que ir a una casa de banquete, porque aquello es el fin de todo hombre, y al que vive lo hará reflexionar en su corazón." Está clarísimo, tal y como Salomón lo presenta, que el efecto cuando presenciamos la muerte alrededor de nosotros es la reflexión. El darnos cuenta de que esto es algo inevitable, el darnos cuenta de la temporalidad de nuestra vida, de lo finito que somos, de que hoy estamos aquí y mañana no sabemos dónde estamos.
Yo creo que nadie ignora eso. Lo que pasa es que mucha gente no piensa en eso, pero nadie lo ignora. Todo el mundo está seguro de que la muerte es cierta, todo el mundo está seguro de que eso es una realidad que tendremos que enfrentar en algún momento, y no depende de mi edad. Daniel Castro tenía 28 años. No depende de cuánto yo me cuide; Daniel tenía 28 años y estaba haciendo ejercicios en un gimnasio. No depende de mi condición económica, no depende de mi condición espiritual. La muerte me llega cuando Dios la ordena.
La muerte es cierta, pero siempre es inesperada. Es cierta, pero siempre es inesperada. Y hay una condición que parece ocupar la mente humana: pensar que sí, la muerte es cierta, pero que nosotros siempre vamos a llegar a los 90 o 100 años y ahí vamos a morir, como si fuera un bombillo apagándose con un dimmer, que nos van a ir apagando poquito a poco. Pero la realidad es que la mayor parte de la gente que muere no muere de viejo; muere súbitamente, inesperadamente, cuando nadie lo estaba esperando: haciendo ejercicio en una máquina, dando a luz en un parto, manejando un vehículo, montándose en un avión, nadando en una playa. En cualquier momento, inesperadamente, la muerte nos puede llegar.
Puede ser que te cuides, que te conserves, que tengas seguro, que te pongas el cinturón, pero cuando Dios dice "ya", ahí te vas. No hay manera de prepararse para la muerte anticipadamente en ese sentido. Pero sí podemos vivir teniéndola en cuenta y preparándonos para la eternidad, teniendo una relación con nuestro Dios. Nadie dice: "Bueno, ya está bueno de vivir como yo quiero; me voy a comenzar a preparar para morir." ¿Verdad que nadie dice eso? Porque tú no sabes cuándo te vas. La muerte es cierta, aunque siempre es inesperada.
El versículo 1 —yo no voy a leer ni explicar la primera parte por razones de tiempo y porque mi énfasis está más bien en lo que comienza a partir de ahí— en su segunda parte dice que el día de la muerte es mejor que el día del nacimiento. Lo que dice ese versículo en realidad, en el original, es así: como el buen nombre es mejor que el ungüento, de la misma manera el día de la muerte es mejor que el día del nacimiento. La razón de esa comparación era que en Israel era muy común y muy valorado el uso de los aceites, dado la condición polvorienta y reseca del ambiente. La gente que tenía dinero se ponía muchas especias y muchos aceites en su cuerpo para evitar la resequedad y la irritación. El ungüento aquí representa la vida de placer, la vida de comodidad, la vida de riqueza.
Lo que Salomón nos está diciendo es que es mejor el buen nombre de una persona, es mejor la reputación de una persona, es mejor el testimonio de una persona, a que tú vivas cómodamente. ¿De qué me vale a mí vivir con todas las comodidades, a mares y en abundancia, cuando la gente dice: "No, ese es un sinvergüenza, es un mentiroso, ese hombre es un corrupto, es un perverso, es un desconsiderado"? Salomón me dice: no, mejor es el buen nombre que el buen ungüento. Mejor es el testimonio que la comodidad en la vida.
Quería dar esa breve explicación de esa primera parte para concentrarme luego en lo que él dice: el día de la muerte es mejor que el día del nacimiento. ¿Por qué es mejor el día de la muerte que el día del nacimiento? Por lo que nos lleva a pensar, a partir del versículo 2, porque la casa del luto, al presenciar la muerte, nos lleva a pensar en una serie de cosas que normalmente no pensamos. Nos lleva a reflexionar. Y yo pude ver eso claramente esta semana.
Yo estaba cargando a mi hijo y recibía llamadas de personas que me decían: "¡Felicidades! ¿Cómo está Charo? ¿Cómo está ese niño? ¡Nació bien!" Y mucha alegría y mucho gozo, genuino gozo, porque es un momento de alegría. Pero había personas que me decían: "Dime de Felipe, ¿qué pasó? ¿Cómo fue que murió el hijo de Felipe? ¿Ya Felipe se fue? ¿Está aquí, está allá? Mándame el correo de Felipe, quiero hablar con él, quiero sostenerlo, quiero ministrarle." Y por un lado yo recibía esos regalos gozosos del nacimiento de mi hijo, y todo el mundo lo que me preguntaba era a quién se parece y cuánto pesó. Cosas buenas que las hablamos, pero no son cosas importantes. Yo decía: "Bueno, salió medio rubio, no sabemos a quién salió." Cosas triviales, cosas sin importancia, cosas que no me cambian la vida.
El día del nacimiento es bueno, pero no me cambia. Ahora, la muerte, por otro lado: del hijo de Felipe, yo recibiendo esas llamadas, decía: "¡Wow, es increíble! ¿Cómo podemos estar aquí en un momento y en otro momento no estar aquí?" Y ese momento me llevaba a la reflexión. El día de la muerte del hijo de Felipe me llevaba a mí a reflexionar, mientras que el día del nacimiento de mi hijo no me llevaba a la reflexión. ¿Ven cómo el día de la muerte es mejor que el día del nacimiento? Es por el efecto que produce en el corazón, es por la reflexión a la que me lleva, es porque me confronta con mi realidad de que yo soy un ser finito y temporal, es porque me dice: "Tú darás cuenta a Dios por lo que hagas en esta vida." Por esas razones es que el autor nos dice que es mejor el día de la muerte que el día del nacimiento.
Y continúa en el versículo 2 hablando de estas cosas. El señor Thomas Boston dice lo siguiente: "En el día del nacimiento, la gente nace para morir; pero para el cristiano, el día de su muerte, muere para vivir." Es otra razón, desde el punto de vista cristiano, por la cual la muerte, el día de la muerte, puede ser hasta de mayor regocijo que el mismo día del nacimiento. Porque cuando yo nazco estoy destinado a morir, pero cuando yo muero y soy creyente, estoy destinado a vivir. Ahí es que comienza mi vida, ahí es que comienza mi eternidad.
El versículo 2 nos explica que mejor es ir a una casa de luto que a una casa de banquete. Él compara dos casas: una casa dedicada al luto, al duelo, a los vestidos negros, a la reflexión y la introspección, la casa del luto, donde se llora, donde se aflige el corazón. Y sabemos que los cristianos no nos desesperanzamos como el que no tiene al Señor, pero también lloramos a nuestros muertos y nos da tristeza el hecho de que ya no podremos compartir con esa persona que se nos fue, aunque tenemos una esperanza. Hay tristeza, y la casa del luto nos lleva a la reflexión. Pero la casa del banquete es lo que nos lleva a olvidar esa realidad.
Mucha gente vive pensando que la vida, en sentido general, es pasarla lo mejor posible. Hay gente que describe la vida de esa manera, hay gente que dice: "Vida nada más tenemos una y por lo tanto debemos disfrutarla." La Biblia te dice: sí, es cierto, vida nada más tienes una; por eso vívela para tu Dios. La perspectiva bíblica de la vida y de la muerte y la perspectiva humana son contradictorias. Humanamente hablando, como la vida es una y es corta, gózala, vive en la casa del banquete, ignora que te vas a encontrar con tu Creador, olvídate de eso. Pero la Biblia me dice: no, es mejor el efecto que produce la casa del luto, porque me lleva a reflexionar.
Mateo Henry decía: "Nos hace más bien ir a un funeral que ir a un festival." Nos hace más bien ir a un funeral que ir a un festival. Y yo creo que eso es una verdad, porque la muerte me confronta con mi inevitable fin. Eso es lo que dice: "Aquello es el fin de todo hombre." Aquello es el fin de todo hombre, y solamente el necio es el que no se prepara para lo inevitable. Solamente un necio no se prepara para lo inevitable.
¿Qué pasa aquí cuando nos anuncian tormentas o ciclones, o lo que sea que vaya a pasar —un aguacerito, una vaguada viene— los supermercados se llenan? ¿Por qué? Porque prevemos, anticipamos los problemas que podemos pasar y queremos evitarlos. A veces ni pasan los ciclones y las tormentas, y a veces pasan y no nos pasa nada y tenemos la despensa llena. Pero el hombre no es tan previsor con la muerte como lo es con los ciclones, lamentablemente.
A veces traemos este tema y quizá hay algunos que están pensando: "¿Y para qué estamos hablando de esto? Si yo vengo a la iglesia para sentirme bien, para sentirme cómodo." Sí, pero aquí no ignoramos que esto es una realidad de la vida humana y tenemos que hablar de ella. Aquello es el fin de todo hombre. La muerte me confronta con el inevitable fin. Así como un soldado se prepara para la batalla, se entrena para enfrentar al enemigo en el campo de batalla, así mismo yo me preparo.
Debo prepararme para enfrentar el momento de mi muerte. Cuando llegará no sé, pero llegará. Es cierta, por inesperada. A veces nuestro pastor ha dicho la expresión: "¿Verdad que todo el mundo quiere irse al cielo, pero nadie se quiere morir?" Y no es posible estar en la presencia de Dios a menos que no venga Su segunda venida. Pero tenemos muchos años esperando, ¿verdad? Y si el Señor se quiere tomar dos mil años más, Él es el dueño del tiempo, Él es un Dios eterno; a Él no le hace nada esperar mil años, dos mil años más.
Lo primero que hace la muerte, entonces, es llevarme a reflexionar en el hecho de que yo tengo un fin, yo soy temporal, que yo debo arreglar mis cosas con Dios. Por eso la segunda cosa con la que la muerte me confronta, todo dentro del mismo punto de que la muerte me lleva a la reflexión: primero me dice que soy temporal; lo segundo que la muerte me dice es que yo soy pecador. ¿Por qué razón? Porque la muerte es la consecuencia del pecado. Génesis 2:17: Dios le dice a Adán y Eva: "El día que comas de ese árbol, ciertamente morirás." La certeza de la muerte se debe a que el juicio de Dios, cuando el pecado hizo su presencia, nos hizo a todos mortales.
Y ahí radica la certeza de la muerte, y ahí radica que, por más que la ciencia avance, no es posible, nunca jamás —y yo no soy profeta— evitar que el hombre muera. Podemos alargar la vida, podemos estirarnos un poquito, pero no podremos evitar la muerte. Es así. Dios le dijo a Adán y Eva: "El día que de ese árbol comieres, ciertamente morirás." Y Pablo nos dice entonces en Romanos 6:23: "Porque la paga del pecado es muerte." La muerte me recuerda, cada vez que alguien muere, me dice: somos pecadores, somos pecadores, somos pecadores.
Alguien decía que la muerte es la mejor evangelista, porque disemina, difunde el evangelio de que soy pecador y que necesito salvación, necesito redención de parte de Dios. Y yo creo que es así, es así.
Lo cierto es que, como decía hace un momentito, la muerte, a pesar de ser cierta, siempre es inesperada. Algunos la ignoran, pero ojo: ignorarla no la elimina. Otros se relajan con ella, se relajan con el momento de su muerte, se relajan con su partida de este mundo: "Cuando yo me vaya, me voy a reunir con mis amigos." Pero ojo: relajar la muerte y burlarse de ella no la hace más ligera. Hay quienes la confunden y dicen que la muerte es el fin del ser humano, la aniquilación. Hay otros que dicen: "No, la muerte es el paso a una nueva existencia reencarnada." Hay gente que confunde la muerte con otra cosa.
La Biblia dice en el libro de Hebreos que la muerte es el paso a enfrentar el juicio de Dios. No volvemos, no nos reencarnamos, no nos resistimos, no dejamos de existir. La muerte es el tránsito del alma humana al juicio de Dios, donde se determina si pasaré mi eternidad con Dios, basado en mi fe en Cristo, o pasaré mi eternidad fuera de Dios por el hecho de haber rechazado a Cristo en mi vida.
Esta tendencia humana de ignorar la muerte es muy común. De hecho, es vieja. Digamos que antes de Céder los evangelios, Jesús, a través de una parábola, ilustró esta tendencia humana de ignorar la muerte y no pensar en ella y odiarla. En una parábola en Lucas 12, yo quisiera leerla brevemente. Él confronta esta realidad, esta tendencia humana de ignorar la muerte.
En Lucas 12:16-20, Jesús dice: "También les refirió una parábola, diciendo: La tierra de cierto hombre rico había producido mucho fruto, y pensaba dentro de sí, diciendo: ¿Qué haré, ya que no tengo donde almacenar mis cosechas? Entonces dijo: Esto haré: derribaré mis graneros, edificaré otros más grandes, y allí almacenaré todo mi grano y mis bienes. Y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes depositados para muchos años; descansa, come, bebe y diviértete. Pero Dios le dijo: Necio, esta misma noche te reclaman el alma. Y ahora, ¿para quién será lo que has provisto? Así es el que acumula solo para sí y no es rico para con Dios."
¿Cuál era el problema de este hombre que estaba trabajando y produciendo? No es un error. El problema no es el trabajo. Dios elogia el trabajo. Dios es pro trabajo, pro la labor con que nosotros dignificamos nuestra vida trabajando, laborando y produciendo recursos para cubrir nuestras necesidades y para ayudar a otros también. El problema de este hombre era lo que él dice en el versículo 19: "Y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes depositados para muchos años; descansa, come, bebe y diviértete." El problema de este hombre era pensar que los bienes acumulados darían satisfacción al alma.
Este hombre pensaba que todo lo que había en la vida era el aquí y el ahora. Él solamente vivía para trabajar y para satisfacer su alma, lo cual es una imposibilidad: que yo satisfaga mi alma con algo material, como son los bienes de este mundo. Y Dios caracteriza a este hombre, que no anticipó la muerte, que no pensó en que había de dar cuentas a su Creador, como un necio. Porque, como lo decía hace un momentito, solo un necio no se prepara para lo inevitable. Necio, has estado trabajando y no te das cuenta de que no todo es el aquí y el ahora. Hay un más allá, hay una riqueza que tú no ves, que pudieras acumular y no lo estás haciendo.
Y así concluye: "Así es el que acumula tesoro para sí y no es rico para con Dios." El problema de este hombre era su enfoque en lo terrenal, en lo temporal. Y hay mucha gente que vive en esa condición, pensando que esto es todo lo que hay, que esto es lo único importante. Y a veces las cosas de este mundo tienen un atractivo tal que seducen el corazón humano y lo desvían de su enfoque en Dios.
Yo no estoy diciendo que nos olvidemos de este mundo, porque Dios nos tiene aquí y aquí tenemos que reflejarle y manifestar a otros su gloria y sus atributos. Pero la primera carta de Pedro nos dice que nosotros hemos sido llamados a anunciar las virtudes de aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable. Entonces, hay un propósito con el que estemos aquí, pero el propósito no es acumular, el propósito no es acomodarnos, el propósito no es el placer, aunque podemos disfrutar del placer lícitamente. El propósito es glorificar a Dios, tratar de ser ricos para con Dios en esta tierra. Y la única manera de yo hacer eso, como vamos a ver más adelante, es comenzando una relación basada en los méritos de Cristo, que me dé la certeza y la seguridad de que sí me voy de aquí, pero sé a dónde me voy.
Ese es el primer efecto de la muerte: me hace pensar, me hace reflexionar. En primer lugar, me hace reflexionar en que soy finito, en que soy mortal, en que me voy de aquí. Y la segunda cosa en lo que me hace pensar es que yo soy pecador, porque la muerte es la paga del pecado, y eso, por lo tanto, amerita que yo ordene mis pasos delante de Dios.
El segundo efecto de la muerte es no tanto de reflexión sino de corrección. Claro, siempre que reflexionamos profundamente en algo, normalmente terminamos corrigiendo algo en nuestra vida. Y eso es lo que está en los versículos 3 al 4. Dice así el texto: "Mejor es la tristeza que la risa, porque cuando el rostro está triste el corazón puede estar contento. El corazón de los sabios está en la casa del luto, mientras que el corazón de los necios está en la casa del placer."
Este es el resultado de la reflexión de los primeros versos. La muerte me lleva a reflexionar, y ¿qué hace eso? Hace que la tristeza, al yo experimentarla, la angustia, al yo experimentarla, tienda a producir un efecto correctivo en el corazón. Por eso dice el texto: "Cuando el rostro está triste, el corazón puede estar contento." En el original, más que contento, dice que el corazón se hace completo, el corazón mejora. Lo que Salomón está diciendo es que la tristeza y angustia de la muerte produce mejores seres humanos, produce una mejora en mi vida, la calidad de mi corazón mejora con la tristeza y la angustia.
Y eso es cierto no solo de la muerte, sino de toda tristeza y angustia que nosotros experimentamos en esta tierra, sobre todo para aquellos que hemos conocido al Señor, que sabemos que todo lo que nos sucede, según Romanos 8, opera para nuestro bien. Hay un efecto correctivo en la angustia cristiana, en la tristeza cristiana. El corazón puede estar contento cuando el rostro está triste, porque la tristeza produce una mejora en el corazón. Esa es la razón por la que el versículo 4 dice la conclusión de todo esto: por eso el corazón de los sabios está en la casa del luto, mientras que el corazón de los necios está en la casa del placer.
El sabio sabe que al enfrentar las tristezas de la vida, incluyendo la muerte, él va a aprender algo que tiene utilidad no solamente para esta vida sino para la vida venidera. Por eso es que su corazón está ahí. El sabio no es el que se vive lamentando, no es el que vive cargado del luto pensando: "Yo me voy de aquí, todo el mundo va a morir y todos los que estamos aquí somos muertos vivientes." Ese no es el sabio. El sabio es el que tiene pendiente que se va de aquí, que esta vida es temporal, que tendrá que dar cuentas. En su corazón hay una conciencia de esa realidad, y eso lo lleva a vivir de una manera diferente y distinta.
Como ponía hace un momentito la ilustración del soldado que se prepara para la batalla: él va a enfrentar un enemigo en seis meses, por eso se comienza a entrenar ahora. ¿Por qué? Porque sabe que ese compromiso futuro, ese encuentro futuro con su enemigo, implica que se prepare hoy. De la misma manera, el sabio sabe que como esta cita es inevitable, cierta aunque inesperada, él comienza a hacer los arreglos para cuando esa cita llegue.
Alguien escribió este poema sobre el pesar y la tristeza, hablando de este efecto correctivo en el corazón, y decía: "Anduve con el placer un buen rato; parloteó todo el tiempo, pero de todo lo que me dijo nada me hizo más sabio. Anduve con el pesar un rato, y ni una palabra dijo. ¡Mas cuánto he aprendido con el pesar yendo a mi lado!" Ese es el efecto correctivo de la tristeza y del pesar.
Entonces, la muerte, al verla alrededor de nosotros, como decía Salomón, en primer lugar es buena porque me lleva a reflexionar, me lleva a darme cuenta de que esta vida no es todo lo que hay, que yo tendré que dar cuentas, que yo me iré de aquí. Pero me recuerda también que yo soy pecador, porque la muerte es la paga del pecado, según Romanos 6:23. La muerte entonces me conduce a Dios.
Varios escritores puritanos que leí acerca de esto decían que la muerte es una de las gracias de Dios en esta vida. Yo nunca lo había visto así. Claro, es una consecuencia del pecado, estamos de acuerdo. Pero al experimentarla nos recuerda que tenemos que encontrarnos con nuestro Creador, y que es necesario que enderecemos nuestros caminos, que es necesario que recurramos a Él en arrepentimiento pidiendo la salvación.
Y ese es mi deseo el día de hoy. Mi deseo es que habiendo pasado y experimentado algunas muertes tan cercanas, nosotros — porque no todos conocíamos a Daniel; algunos de nosotros no lo conocíamos; yo lo conocía, pero la mayoría quizá de los que están aquí no está familiarizada con él, aunque es un anciano de la iglesia que acaba de perder su hijo — ojalá su muerte sirva para producir esto en el corazón nuestro: para producir una reflexión y producir una corrección de aquellas cosas que necesitamos cambiar. Que no seamos como el rico insensato que vivía para el aquí y el ahora, que no pensemos que esto es todo lo que hay, que no seamos como el necio que piensa que entreteniéndose puede evitar o ignorar la muerte y que mientras menos piense en ella más se va a desaparecer.
Que más bien escuchemos la palabra de nuestro Señor cuando les dijo a Marta y María al morir su hermano Lázaro. En Juan 11, Jesús llega a Betania, a la casa de Marta y María, y ve llorando a todo el mundo. Ve una aflicción y una angustia que lo lleva incluso a conmoverse a tal punto que, Él sabiendo que lo va a resucitar, lloró. Yo me imagino el dolor que había en ese hogar. Porque si yo sé que voy a resucitar al muerto, ¿por qué lloro? Cristo no lloró por la muerte de Lázaro. Él lloró por la angustia que veía en aquellos que estaban alrededor de Lázaro, especialmente en Marta y en María, hermanas de Lázaro.
Y estas mujeres, angustiadas, adoloridas, afligidas porque su hermano acaba de partir, ven a Jesús llegar. En Juan 11:20 dice entonces: "Marta, cuando oyó que Jesús venía, fue a su encuentro; pero María se quedó sentada en casa." Hasta ahora, posiblemente Marta era la extrovertida, la dirigente, la que estaba siempre haciendo cosas, y sale al encuentro de Jesús. El versículo 21 dice: "Y Marta dijo a Jesús: Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto." "Porque si no viniste antes, mi hermano no habría muerto." Algunos entienden que no le está reclamando nada, sino que le está diciendo: "Yo creo que tú tienes el poder para haberlo sanado." Pero de alguna manera, de alguna manera, Marta no se percató de que Jesús no era capaz solamente de sanarlos, sino de resucitarlo. A veces le ponemos límites al
En el versículo 22 dice: "Aún ahora yo sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará." Jesús le dijo: "Tu hermano resucitará." Marta le contestó: "Yo sé que resucitará en la resurrección, en el día final." Jesús le dijo: "Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá, y todo el que vive y cree en mí no morirá jamás. ¿Crees esto?"
Muchos entienden que esa última pregunta, "¿Crees esto?", Jesús la está haciendo como si dijera: "¿Tú crees que yo puedo resucitar a tu hermano?" Eso no es lo que Jesús le está preguntando. Jesús le está preguntando: "¿Tú crees que yo soy la resurrección y la vida?" Jesús no le está preguntando: "¿Tú crees que yo puedo hacer el milagro?" Eso no es lo que Jesús está preguntando. Jesús está preguntando: "¿Tú crees que yo soy la resurrección y la vida?"
Sí, es verdad, él va a resucitar en el día final. Pero, ¿tú sabes quién es el que lo va a resucitar, Marta? Soy yo. Y Jesús cambia la fe de Marta de ese concepto general de la resurrección en el día final a la fe en Él. Y ese es el antídoto para sentirme libre del temor a la muerte. Esa es la manera de ver la muerte cara a cara y decirle: "No te temo", porque mi fe está en aquel que es la resurrección y la vida, y el que muera va a resucitar, y el que vive no morirá jamás, porque la muerte no tiene poder contra Dios. De hecho, Cristo venció la muerte.
Esa es la razón, entonces, por la que Pablo puede concluir en Romanos 8. Después de hacer una serie de afirmaciones, él concluye con lo siguiente: "Pero en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó" (Romanos 8:37). "Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús, Señor nuestro."
¡Qué esperanza tenemos nosotros! ¡Qué seguridad tenemos nosotros en Cristo! Que no importa cuándo venga la muerte, que venga. Pablo dice: "Prefiero irme que estar aquí, porque para mí el morir es ganancia." Cuando vivimos así, pensando en la muerte, increíblemente nos hacemos más efectivos en esta vida. Alguien decía: "Nadie está preparado para vivir hasta que no esté preparado para morir", porque mi preparación para la muerte me capacita para vivir de una manera decidida y firme para la gloria de nuestro Dios.
La muerte de Daniel es dolorosa, pero no nos deja un vacío desesperanzador. Es un recordatorio de que somos temporales, de que somos pecadores. Es un recordatorio de que aquellos que no tienen a Cristo, aquellos que no tienen a quien es la resurrección y la vida, eso es lo primero que tienen que atender. Yo no llego a la presencia de Dios porque me gané el cielo, porque me porté bien, porque fui un buen esposo, porque fui una buena esposa.
Jesús no llega donde Marta y María y les dice: "No se preocupen, que Lázaro va a resucitar. Lázaro fue un buen muchacho, Lázaro era un hombre justo, Lázaro se portó bien, todo el mundo lo quería, era generoso." No. Lo que Jesús les dice es: "Tu hermano va a resucitar porque el que cree en mí, aunque muera, vivirá." Es la fe en Cristo, depositada en Él como Señor y Salvador de nuestras almas, como aquel que pagó el precio por nosotros en la cruz. Recuerden que el pecado es lo que nos lleva a morir. Cristo quitó el pecado del medio, y ahora podemos vivir porque Él ha quitado el pecado del medio. Es la fe en Él que nos salva. Es la fe en Él que nos da la garantía de que, aunque yo muera, yo viviré.
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Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.