Dios ha hecho una invitación extraordinaria a sus hijos: pedir, buscar y llamar. Pero esta invitación, que aparece tres veces en el Sermón del Monte, ha sido tanto ignorada como distorsionada. Algunos no piden lo suficiente; otros han convertido el pasaje en un cheque en blanco, creyendo que la persistencia tuerce el brazo de Dios. Sin embargo, la clave del texto no está en los verbos del versículo 7, sino en la conjunción del versículo 11: "pues". Todo lo anterior apunta a una verdad central: si los padres terrenales, siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, cuánto más el Padre celestial dará a quienes le piden.
El problema frecuente en la oración es que pedimos conforme a un corazón carnal. Dios ofrece riquezas en gloria, pero nosotros le pedimos migajas del mundo. Queremos aceptación, y él la ofrece en la cruz, pero la buscamos en el aplauso humano. Queremos seguridad, y él ofrece su poder, pero preferimos la garantía del dinero. Como aquella multitud que siguió a Jesús no por las señales sino porque comieron pan y se saciaron, nuestras peticiones revelan apetitos carnales más que hambre espiritual.
La invitación tiene condiciones: hay que ser hijo, pedir en los méritos de Cristo y hacerlo con fe. Cuando la oración no recibe respuesta, el cuestionamiento no debe ir hacia arriba sino hacia abajo: ¿qué estoy pidiendo, cómo lo pido, para qué lo pido? Dios es compasivo, clemente, lento para la ira. A ese Dios dadivoso y fiel es que somos invitados a acercarnos con confianza.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Vamos a abrir la Palabra de Dios en Mateo 7, empezando en el versículo 7, y le damos continuidad a nuestra serie sobre el Sermón del Monte. Creo que este es el mensaje 32 de esta serie. En el era, si les interesa, está toda en la página web y usted puede seguirla allí.
Mateo 7, comenzando en el versículo 7 hasta el 11: "Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá, porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abrirá. ¿Qué hombre hay entre vosotros que, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pescado, le dará una serpiente? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le pidan!"
Padre, una vez más venimos delante de Ti a orar. Acabamos de orar hace un momento, pero no Te cansamos de orar. Tú eres quien dice: "Pedid." Aquí estamos otra vez, pero ahora Te pedimos por Tu inspiración. Tú guíanos a lo largo del mensaje. Guarda al mensajero de errores y pecados, Dios. No le permitas tergiversar Tu Palabra. No le permitas agregar lo que Tú no has dicho; no le permitas dejar fuera lo que Tú quieres que se diga. Permite que todo Tu consejo, inspirado en esta porción, pueda ser predicado. Aquí, delante de Ti, ponte Tú en el medio, que Te veamos a Ti; escóndenos, y cuando terminemos, ponemos Tu regazo detrás de la cruz. Y al fin, cuando todo se haya dicho y hecho, Tu nombre, Jesús, haya sido glorificado y exaltado en medio nuestro. En Tu nombre Te lo pedimos, y su pueblo dice: amén.
Bueno, esta es la tercera vez que Jesús habla acerca de la oración en el Sermón del Monte. Yo no creo que es accidente que en el sermón más conocido de la historia de Jesús, Él pausara —por usar así el término— a tres veces para hablar de la oración. La primera vez Él les habló de cómo no orar: de cómo no orar en las plazas públicas para que otros los vieran y llamar la atención, que mejor lo hicieran en privado. Les dijo que no oraran con largas palabras vanas, que no fueran como los gentiles, que pensaban que por sus largas palabras y oraciones serían escuchados. Esa fue la primera vez.
La segunda vez entonces les habló de cómo sí orar, y les dio el Padre Nuestro, y ahí tuvimos siete u ocho mensajes nada más desarrollando esa oración. Pero ahora que Él vuelve a hablar de la oración, lo está haciendo desde otro ángulo, con otra perspectiva, ampliando parte de lo que ya Él había venido diciendo a sus discípulos, y nos da una invitación de acercarnos al trono de la gracia.
Este es otro de esos pasajes que ha sido ignorado por muchos, abusado, mal interpretado, tergiversado y, obviamente, mal aplicado, porque nada: tú no puedes tener una buena aplicación si todo lo anterior estuvo mal. Algunos de sus hijos —muchos de sus hijos— lo han ignorado, y por tanto no piden lo suficiente. Otros no han buscado con frecuencia, y otros no han llamado con esperanza. De ellos, Santiago dice: "No tenéis porque no pedís."
Ahora hay otro grupo que en nuestros días es bastante grande, que ha tomado este pasaje como un cheque en blanco, pensando que al decir "pedid" eso no tenía ninguna condición detrás. Y ahí tú puedes encontrar al Evangelio de la prosperidad y toda esta gente que entiende que simplemente necesita pedir, reclamarlo, y que tú lo vas a recibir; entre los que viven supuestamente pisando bendiciones, porque lo que tú pisas eso se te va a conceder. Dentro de este grupo entonces hay muchos que piensan que la clave es realmente la persistencia: tú persiste y persiste y persiste hasta que le cambias la voluntad a Dios, hasta que le tuerces el brazo a Dios, hasta que le tumbas el pulso a Dios. La clave, dicen, es persistencia.
No hay duda de que la Palabra nos manda a persistir, pero la clave para recibir no es persistir. La oración que puede mucho, que es poderosa y eficaz, es la oración del justo. Y es por eso que yo necesito todo el consejo de Dios para poder entender lo que Dios tiene que decirme con relación a temas en particular que Él ha inspirado en Su Palabra. Muchas veces el problema de nuestra oración está en que yo estoy pidiendo conforme al corazón humano, que tiene necesidades —deseos más que necesidades— carnales, y entonces al orar mis oraciones reflejan la carnalidad de mi corazón.
Yo no sé si cuando tú lees este pasaje —yo solamente lo leí una vez contigo, pero al estudiarlo tú lo lees una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez— si tú hicieras eso, yo no estoy tan seguro que tú tendrías la misma impresión que yo tuve, pero a lo mejor pudieras hacer el caso. Cuando tú lees este pasaje una y otra vez hasta que las palabras como que saltan de la página hacia tus ojos, de repente tú descubres con toda claridad cuál es el énfasis, cuál es el meollo, cuál es el centro, cuál es la raíz, cuál es lo esencial. Y esa es la enseñanza que Cristo quiere dejar en este pasaje por encima de cualquier otra.
La clave está en una palabra, y esa palabra es "pues", con la que comienza el versículo 11. La palabra "pues" es una conjunción que une dos ideas. Pero quizás esto te pueda ayudar: me fui al diccionario de la Real Academia y quise ver qué decía de la palabra "pues", y dice que es una conjunción que denota causa, motivo, razón. Es como que yo vengo hablando contigo y, después que llego a un punto, te digo: "Pues entonces…" y te doy la conclusión. Lo que te estoy diciendo al final, después del "pues", tiene que ver con todo lo que yo dije primero; es la causa, es el motivo, es la razón.
De esa misma manera, la causa, el motivo, la razón de todo lo anterior es lo que está dicho en el versículo 11: "Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le pidan!" Ese es el énfasis, esa es la enseñanza, esto es lo que Cristo está tratando de resaltar. Por eso es que en el versículo 9 Cristo usa esta comparación para resaltar el corazón dadivoso del Padre: "¿Qué hombre hay entre vosotros que si su hijo le pide pan le dará una piedra?" Y en el 10: "¿O si le pide un pescado le dará una serpiente?"
Esa es el pasaje, esa es la enseñanza, y ahora usted se puede ir a su casa: ya terminamos. Bueno, no todavía. Si me dan 45 minutos, quizás entonces podemos irnos. Pero en este corto pasaje tú puedes ver con claridad: hay una gran invitación, hay una gran promesa y hay un grandioso fundamento. Yo quiero que veamos esas tres cosas.
Comencemos con la primera, obviamente: la gran invitación. Dios me invita a pedir, a buscar y a llamar. Ahora déjame darte algo que es un poco técnico del lenguaje original, pero yo voy a tratar de explicarlo de una forma bien sencilla para que tú puedas entender la razón por la cual lo estoy trayendo a colación. En el lenguaje original, el tiempo verbal imperativo con el que damos una orden tiene dos formas. Una forma es el imperativo aoristo, que implica una acción puntual, una sola, como sería este caso: "En el próximo semáforo en rojo que encuentres, te paras." Claramente identifica una acción puntual; es una orden que tiene que ver con una cosa. Ese sería el imperativo aoristo.
Pero hay otro tiempo verbal que es el imperativo presente, que implica una orden que tú la haces una vez y la continúas haciendo. Por ejemplo: "En cada semáforo en rojo que tú encuentres, te paras." Yo tengo que hacerlo en el próximo, pero yo tengo que hacerlo en cada uno de los semáforos en rojo que voy a encontrar. La razón por la que menciono esto es porque este texto, donde dice "pedid, llamad, buscad", está en el imperativo presente, de manera que a mí se me está invitando a pedir y seguir pidiendo, a buscar y seguir buscando, y a llamar y seguir llamando.
Pero la idea no es que yo tengo que pedir y seguir pidiendo hasta que se me dé lo que estoy pidiendo. No es que yo debo pedirle a Dios y pedirle toda mi vida hasta que yo entre en gloria. Yo debo buscar de Dios y seguir buscando de Dios todo el tiempo; yo tengo que llamar a la puerta y seguir llamando todo el tiempo de mi vida que me resta. Esa es la idea. Yo tengo eso en una forma de imperativo presente que me dice: eso es como Dios entiende que tú debes hacerlo por el resto de tus días.
Eso nos dice que esta invitación es extraordinariamente buena, no solamente porque viene de un Dios bueno, sino por lo amplia que es. Imagínate que en el día de hoy una persona muy pobre de esta nación, o de cualquier otra, recibiera una llamada de parte del presidente de Estados Unidos —y escojo al presidente de Estados Unidos por ser, hasta ahora, la nación más rica y poderosa del globo en estos momentos—. Esa persona pobre recibe una llamada de parte del presidente de esa nación, que le hace una invitación a venir a su país y poderse servir de todos los beneficios que la nación le pudiera dar, a servirse del plato de la nación norteamericana con la cuchara grande. Esa persona se sentiría, yo estoy seguro, ampliamente honrada, bendecida, alegre; la noticia circularía por todas partes, porque sabe que el fin de sus necesidades físicas, por lo menos, ha llegado.
Ahora yo menciono eso porque la invitación que nosotros tenemos no ha venido de parte del presidente de Estados Unidos, sino que ha venido de parte del Dios de los cielos: el sustentador del universo, el Dios Creador, aquel que posee el cielo y la tierra, el Dios soberano, el Dios eterno, sabio e inmortal. Él nos ha dicho: "Pedid, buscad, llamad, y yo voy a responder." Lo lamentable es que, con toda probabilidad, la llamada del presidente de Estados Unidos en el día de hoy, a uno de nosotros, con una oferta similar, probablemente nos impresione y nos mueva a mayor alegría que la oferta que Dios me está haciendo en Su Palabra.
Sí o no, si es la realidad y la razón es una sola, es porque nosotros, al igual que Pedro en Cesarea de Filipo, con frecuencia tenemos pendiente más bien las cosas de los hombres que las cosas de Dios. Esa es la razón por la que Cristo reprende a Pedro y le dice que le está haciendo piedra de tropiezo, porque tú no tienes en mente las cosas de Dios sino las cosas de los hombres, las cosas terrenales, esas solas que nos llenan los ojos.
Y es así: cuando Adán cayó, quedó con una mente entenebrida. Esa mente entenebrida no piensa bien, pero siempre cree que tiene la razón. Ese corazón que nosotros hemos heredado ahora es un corazón idólatra que prefiere sus ídolos antes que a Dios, pero no se considera culpable de idolatría. Y la voluntad es esclavizada antes de venir a Cristo y profundamente debilitada aún después de venir a Cristo; debilitada por el pecado, nos tiene atrapados.
Y entonces, debido a eso, verán, nosotros tendemos a responder con frecuencia de una mejor manera a las ofertas del mundo que a las ofertas de Dios. Una vez más, yo tengo que recordarnos algo que yo mencioné en un mensaje anterior, y es que lo que deslumbra a Eva es una fruta con un sueño mentiroso detrás. Lo que le llama la atención a Acán es un pedazo de tela, es un manto babilónico y un lingote de oro con su brillo de poder. Y lo que hace que David pierda la cabeza es la anatomía de Betsabé. Es increíble, pero es la gran realidad.
Ahora, en Cristo, Dios me ofrece no una fruta, sino todo el árbol, y Él es la vida. En Cristo, Dios me ofrece el acceso que Adán perdió en el Edén. Y en Cristo, Dios me ofrece no la anatomía de una mujer pasajera, sino un cuerpo glorificado. Cuando Eva despierta a la realidad y Adán despierta a la realidad, ellos descubren que su sueño se había convertido, o más bien no se había convertido en sueño, era más bien una pesadilla. Cuando Acán abre los ojos, Acán se percata de que el oro ha perdido su brillo. Y cuando David recobra la razón, David entiende que los placeres temporales de la carne jamás podrán llenar las necesidades del alma.
Ante esa realidad, Dios nos hace una invitación: pedid, buscad, llamad. Y esa no es la única vez que Dios nos hace una invitación similar. Cuando yo llego al libro de Hebreos, me encuentro en el capítulo 4, versículo 16, lo siguiente: "Por tanto, acerquémonos con confianza al trono de la gracia, para que recibamos misericordia y hallemos gracia para la ayuda oportuna." Acerquémonos con confianza; la palabra en el original griego implica: acércate con libertad de expresión, acércate con libertad para hablarle a Dios todo lo que está en tu mente y en tu corazón. Acércate con reverencia, sí, pero con libertad para poder expresarte con toda oportunidad delante de Dios.
Y eso lo hizo posible Cristo, de manera que ahora nosotros tenemos una invitación de parte del mismo Cristo en los evangelios, y algo que es reforzado posteriormente en las cartas a la iglesia. Con toda libertad, tú debes acercarte. Esa es la invitación, eso es lo increíble, esa oferta que Dios nos ha hecho a través de la persona de Jesús.
Pero yo decía que aquí en este texto había no solamente una gran invitación, sino que también había una gran promesa. Y la promesa es: se os dará, hallaréis, y se os abrirá. Pastor, ¿siempre? Siempre, siempre, todo el tiempo, todo el tiempo. La única manera en que esta promesa pudiera dejar de ser es si Dios dejara de ser Dios, y esto es una imposibilidad. Dios ha hecho una promesa y Dios mantendrá su promesa hasta el último día. Y nosotros tenemos que recordar, cuando vamos a vivir nuestra vida cristiana, que precisamente esta es la manera como Dios nos ha invitado a vivir: no buscando las cosas temporales, sino las cosas que tienen un valor eterno.
Y ahí es donde radica el problema en la vida de oración del creyente: que su interés, su deseo, su búsqueda frecuentemente ha estado centrado en las cosas que tienen un valor efímero, temporal, que se van a quedar aquí, que no me pueden preparar para la próxima vida y que Dios incluso nunca ha prometido. Pero eso es lo que me atrae. Se os dará, hallaréis, se os abrirá, todo el tiempo.
Ahora, Cristo no me dice aquí, cuando Él dice "se os dará", qué es lo que me va a dar. Cuando dice "hallaréis", no me dice cómo. Cuando dice "se os abrirá", no me dice cuándo. Pero la invitación es pedir. Y esa invitación tiene condicionantes detrás.
La primera de esas condicionantes, de la cual hablamos ya en un mensaje anterior, es que para yo pedir, yo necesariamente tengo que ser hijo. Cuando los discípulos vienen donde Jesús para que les enseñe a orar, la oración que Jesús les da comienza con "Padre nuestro". Yo no puedo decir eso si no soy su hijo. Si yo no he nacido de nuevo, yo soy una criatura de Dios, pero no soy un hijo de Dios. Y si yo no soy un hijo de Dios, yo no debo pedirle al Padre, porque las promesas que Dios ha hecho son exclusivas para sus hijos. Usted le ha hecho promesas a sus hijos, como por ejemplo enviarlos a la universidad, pero usted no le paga la universidad a los hijos del vecino de al lado. Sus promesas son para sus hijos. Y de esa misma manera, Dios ha hecho promesas para aquellos que son suyos.
La segunda condición de esta invitación a pedir no es solamente que yo tengo que ser un hijo, sino que yo pueda entender que la única razón por la que Dios ha de concederme cualquier oración que yo pueda hacer tiene que ver única y exclusivamente con los méritos de Cristo. Por eso es que, antes de partir, Cristo habló de que al pedir debíamos hacerlo en su nombre: "Todo lo que pidáis en mi nombre se os dará", en sus méritos, por sus méritos, debido a la obra perfecta de Cristo en la vida y en la cruz.
Y por eso es la única razón. Por eso decimos que si no eres hijo no puedes pedir a Dios; bueno, puedes pedir, pero no se te considera, porque la única razón por la cual Dios concede una petición tiene que ver con los méritos de Cristo, en quien tú no crees. Por tanto, si vas a pedir como incrédulo a Dios, la única oración que pudiera ser oída es la oración de arrepentimiento: "Dame arrepentimiento para llegar a creer." El resto de sus promesas tiene que esperar a entrar al reino para poder recibirlas; fuera del reino no las puedes tener.
La primera condición: tengo que ser hijo. La segunda es que yo necesito pedir en nombre de Cristo, entendiendo lo que eso implica. Y una tercera condición, pero no es la última: de acuerdo a la Palabra, yo tengo que pedir con fe. Escucha lo que Santiago dice en el capítulo 1, versículos 6 y 7: "Pero pida con fe, sin dudar, porque el que duda es semejante a la ola del mar, impulsada por el viento y echada de una parte a otra."
Okay, Santiago, yo puedo entender lo importante que es pedir con fe, porque por lo que me está diciendo hasta ahí es que cuando yo pido sin fe, o con poca fe, tengo un vaivén como un yoyó y soy un hombre inestable. Y eso no es bueno para la vida. Pero Santiago dice: no, para ahí, hay algo más que tiene que ver con la vida de oración. Escuche el próximo versículo: "No piense, pues, ese hombre que recibirá cosa alguna del Señor." Mi fe habla de cómo yo concibo a Dios, y mi poca fe habla de que yo realmente no confío en el corazón bondadoso y misericordioso de ese Dios, que es lo que Dios quiere dejar demostrado cada vez que Él responde a una oración. Y eso es exactamente lo que tu falta de fe y tu incredulidad ponen en entredicho.
¿Cuántas veces tú lees en los evangelios que Cristo dice que se haga conforme a tu fe? "Mujer, tu fe te ha sanado." "Tu fe te ha salvado." Yo no estoy seguro de cuál es el rol exacto, cómo es que el ejercicio de mi fe interactúa con el ejercicio de la soberanía de Dios. Lo que yo sí sé y creo es que ambas cosas están enseñadas en esta Palabra: que Dios es soberano y que a la vez hay una interacción con mi fe cuando yo voy a vivir mi vida. Y Santiago me dice: si vas a pedir, pide con fe, sin dudar, porque el hombre que duda es como una ola, hacia arriba y hacia abajo, y es inestable.
Y entonces me dice de una forma muy categórica: "No piense, pues, ese hombre que recibirá cosa alguna del Señor." ¡Wow! Tengo que pedir, pero tengo que ser hijo. Tengo que pedir, pero en los méritos de Cristo. Y tengo que pedir, pero tengo que hacerlo con fe.
Dios me ha hecho una oferta, y la oferta que Dios hace es de sus riquezas en gloria. Pero con frecuencia nosotros vamos donde Dios y le pedimos de las migajas del mundo. Y Dios dice: "¿Pero cómo piensas? ¿Cómo piensas que, habiéndote yo ofrecido mis riquezas en gloria, tú quieres que yo condescendiera y rebajara mi oferta y te diera migajas del mundo?" ¿Cómo se te ocurre? Pero es lo que hacemos.
Déjame darte una idea. Dios pudiera mirar hacia abajo y comenzar a conversar con nosotros de nuestras necesidades y de cómo tratamos de llenarlas. Y fácilmente Él pudiera decir: "Tú quieres aceptación y aprobación, y yo te la ofrezco en la cruz, pero tú la quieres en el mundo. Y mi reino es cristocéntrico, no egocéntrico. Tú quieres compañía y te la ofrezco en mi Espíritu para que te cambie a mi imagen, pero tú quieres que el hombre aplauda tu apariencia, porque prefieres tu apariencia a mi imagen." ¿Te das cuenta? Eso son migajas del mundo versus riquezas en gloria.
Yo os pudiera decir: "Tú quieres seguridad, y está bien. Yo reconozco que tú tienes una necesidad de sentirte seguro, y yo te ofrezco mi poder, pero prefieres la garantía del dinero y la cobertura de las pólizas. Yo te quiero dar significado a través de mis propósitos, pero tú prefieres tus planes antes que los míos. Quieres amor, necesitas amor, necesitas sentirte amado; te quiero ofrecer el mío, pero prefieres los brazos de los hombres antes que los míos."
Yo dice: "Mis ofertas son de riquezas en gloria, no de migajas en el mundo. ¿Quieres gozo? Yo te lo ofrezco, te lo ofrezco en mi Hijo, te lo ofrezco incluso en medio de la tribulación, si lo quieres. Pero prefieres la algarabía de los hombres en medio de tu celebración antes que celebrar el gozo conmigo. Tú quieres paz en medio de la tormenta, pero has cultivado tormentas y has perdido la paz. Pero yo te ofrezco lo que tú quieres, yo te ofrezco la paz que tú quieres en medio de la santidad de tu vida y mi santidad, pero tú quieres la serenidad en medio de tu mundanalidad, y esas dos cosas no pueden ser."
Hermanos, yo quiero recordarles una vez más: vuelvan a desabrazar lo que se ha estado abrazando por mucho tiempo y que en nuestros días ha cobrado fuerza. No es posible abrazar valores del mundo y valores del reino de los cielos; son reinos en conflicto, son reinos encontrados, son reinos en guerra. No hay un valor del reino de los cielos compatible con el reino de los hombres. No hay un valor del mundo que al mismo tiempo sea un valor del reino de Dios. No hay una causa del mundo que también sea causa del reino de Dios. El que no está conmigo está contra mí; el que conmigo no recoge, desparrama. No hay zona gris.
Los deseos de la carne, Gálatas 5:17, todos se oponen al Espíritu, todos, absolutamente todos. Y los deseos del Espíritu, todos, absolutamente todos, se oponen a la carne. Esas dos cosas no tienen nada en común, excepto que coexisten, y la carne atrapa al espíritu hasta que, como dice Pablo: "¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias en Cristo Jesús, Él lo hará eventualmente." Por eso es que quieres hacer lo bueno y no puedes. Lo que quieres hacer no lo puedes hacer; lo que no quieres hacer terminas haciéndolo, atrapado en este cuerpo caído de muerte. En mi carne nada bueno hay. Nada, absolutamente nada. Pero la carne es la que pide, la carne es la que demanda.
Pero cuando Cristo dice "pedid y se os dará", eso tiene que ver con lo que Él ha estado ofreciendo. Suponte que vas a la Biblioteca del Congreso norteamericano, que es supuestamente la biblioteca más grande del mundo, y se te dice: "Mira, te puedes llevar el libro que tú quieras, la colección de libros que tú quieras, te la vamos a regalar." Y hay colecciones ahí sumamente caras. Tú puedes pedir cualquiera que quieras. ¡Vaya, una oferta bien amplia! Suponte que entras y le dices a la persona que se va a encargar de ti: "Yo quisiera una hamburguesa con papas fritas." "¿Qué?" "Una hamburguesa con papas fritas." Te ven como medio extraño. Y tú le dices a la persona: "¿Cuál es el gran problema? Solo cuesta ocho dólares, y la colección de libros que ustedes me quisieran regalar puede costar hasta quinientos mil dólares o más." Y la persona te dice: "Señor, usted no entiende. Es que aquí no hemos hecho oferta de comida, sino de libros."
Es una vaga ilustración de lo que ocurre. Dios ha hecho una oferta y nosotros vamos con peticiones que no tienen nada que ver con sus ofertas, con sus promesas. Cuando Cristo dice "pedid", es todo lo que yo he ofrecido; de eso tú puedes pedir hasta la saciedad y se te dará. Pero tiene que haber un match, un apareamiento entre mi oferta y tu petición, porque si no, vamos a estar así siempre. Tú tienes que mover tu petición para que tu petición se encuentre con mi oferta. Y hay, por así decirlo, usando el lenguaje de computadora, mi petición tiene que estar linkeada, relacionada con la oferta, o no lo voy a tener. Pedid y se os dará.
Ahora tengo que preguntarme entonces: ¿qué es lo que yo he estado pidiendo? No lo sé, pero tienes que preguntarte. Y luego de preguntarte qué es lo que has estado pidiendo, tienes que preguntarte: ¿cuáles han sido mis motivaciones? Porque Santiago dice: "No tenéis porque no pedís, pero entonces cuando pedís, pedís con malas motivaciones para gastarlo en vuestros placeres." ¿Qué pido? ¿Cómo pido? ¿Cuándo pido? ¿Para qué pido? ¿Qué hago con lo que pido? Tengo que preguntarme eso.
Y cuando yo voy a orarle a Dios, ¿qué estoy pidiendo? Porque yo les digo, hermanos, que nosotros tenemos un tiempo de devoción, un tiempo devocional: cinco minutos, quince, una hora, dos horas, el tiempo que usted quiera, en la mañana, al mediodía, en la noche. No estoy buscando la forma ni la longitud. Pero yo me atrevo a decir, hermanos, que muchas veces en este tiempo devocional, cuando nosotros vamos a orar, dejamos que la carne ore. Y la carne no puede dejarse que ore, hermanos, porque la carne nunca ha deseado ninguna de las cosas que Dios ofrece. No le podemos permitir a la carne que ore, porque la carne nunca ha querido ni nunca ha creído una de las promesas de Dios. Y la carne nunca, absolutamente nunca, ha disfrutado una de las dádivas de nuestro buen Dios.
Dios nos dio un espíritu regenerado para que con el espíritu regenerado yo pueda tener comunión con Él. Él es el que tiene que pedir. El Espíritu Santo da testimonio a mi espíritu, no a mi carne, de que yo soy hijo. Y es mi espíritu el que tiene que pedir, no mi carne, por amor de Dios. Y es por eso que pedimos con malas motivaciones para gastarlo en nuestros placeres. Eso es lo que Santiago dice. El espíritu regenerado no tiene deseos por placeres; eso es la carne, y eso es lo que Santiago justamente dice: pide, y cuando recibe, la carne se lo gasta. ¿Y quién pidió entonces? La carne.
Dios está dispuesto a darme todo lo que tiene que ver con los propósitos para los cuales Él me creó. Somos hechura suya, Efesios 2:10, hechos en Cristo Jesús para hacer buenas obras que Dios preparó de antemano. En otras palabras, aquí está Dios, yo no existo; Dios me concibe en su mente, me crea, me pone aquí y me dice: "Ok, comienza a caminar en esa dirección. Aquí hay obras que yo preparé de antemano; sigue caminando en esa dirección para que camines en ellas, te encuentres con ellas y las lleves a cabo." Pero yo comienzo a caminar en esa dirección y a mitad del camino digo: "Ahí no, yo lo que quiero es esto", y comienzo a caminar en otra dirección. Y Dios dice: "Yo no te creé para esto." ¿Pero por qué no pueden ser mis planes? Porque yo no originé mi vida, ni yo me autocreé, ni yo me autoformé con un plan para llenarlo. Dios me concibió y me dio una vida para yo llenar un propósito. Camina en esa dirección, porque tú fuiste creado para hacer buenas obras que ya estaban previamente preparadas.
Y entonces, en ese camino donde tú vas a entrar y a caminar en esas obras, pide. Todo lo que tú requieras para hacer esa buena obra se te va a dar, todo, absolutamente todo, pero lo que tenga que ver con ese propósito. Lo demás tendrá que esperar, ¿hasta cuándo? Hasta siempre, porque nunca fue parte del plan.
Las ofertas del mundo, sus valores, mi carne, Satanás, nos tienen tan confundidos, tienen tan confundida a la iglesia de Dios, que la iglesia de Dios hoy en día no sabe lo que quiere, no sabe para dónde va, no sabe desde dónde viene, no sabe lo que le anda en la vida. Y ahora está buscando sin saber qué pedir, confundida, pidiendo las mismas cosas que hundieron al creyente en el lago cenagoso, pidiendo las mismas cosas y queriendo disfrutar las mismas cosas. Y Dios dice: "¿Sabes qué? Eso pertenece al hombre viejo. El hombre nuevo que yo vestí no es para que luzca como el hombre viejo. Tiene que haber una clara distinción, interna y externa, entre el hombre viejo y el hombre nuevo, que hable de mi obra." Esa es la realidad.
"Ok, pastor, yo sé que tengo que pedir conforme a sus promesas; vengo y se te dará de acuerdo a sus riquezas. Pero esto de buscar, vamos a hablar un poquito ahora, porque está pedir, buscar y llamar, no quedando en acción esto, ¿verdad?" ¿Cómo busco? Lo primero que tengo que recordar es que antes de buscar, yo tengo que arreglar mi corazón, porque el corazón dividido, escúchenme, el corazón dividido tiene una búsqueda compartida. Yo quiero un chin de Dios, un poquito de Dios y un poquito del mundo. Ese es el hombre de Santiago, que Santiago dice es el hombre inestable, que no piense recibir nada de Dios. El corazón rebelde tiene una búsqueda consumista: dame, dame, pero tú también tienes que dar, o no: dame, dame. Y el corazón egoísta tiene una búsqueda interesada.
La oferta abierta de Dios de pedir y buscar no es para el corazón egoísta. Es para el corazón rendido a sus propósitos, es para la vida al servicio de sus propósitos. Esa es la gran realidad. Y Dios me dice: "Oye, tú tienes una sola búsqueda, y es el reino de los cielos." Puede ser un paréntesis: ¿tienen frío? Quizás no pueden evitarlo. Pero Dios dice: "Mira, yo te lo revelé. Te lo revelé hace mucho tiempo. Te lo revelé tan claro que no necesitas ninguna exégesis, ninguna hermenéutica; no tienes que ir al seminario, no tienes que tener más de ocho años para saber lo que yo revelé de cómo es que me vas a buscar. Lo único que tienes que saber es leer, y ya, prácticamente con eso y un poquito más, podrías entender esto."
"Me buscaréis y me encontraréis cuando me busquéis de todo corazón." ¿Escucharon? Con el corazón dividido no me pueden encontrar. No. Con el corazón egoísta no me pueden encontrar. No. Con el corazón rebelde no me pueden encontrar. No. Cuando me busquen de todo corazón, yo les prometo, yo les voy a salir al encuentro. Se van a encontrar conmigo. Va a ser sumamente fácil, su encuentro y el mío.
Mira qué es lo que Dios no quiere. Dios no quiere ser buscado apasionada e intensamente cuando yo tengo problemas, y luego ser olvidado cuando el problema se va. Mira cómo ocurre muchas veces: perdí el trabajo, y al otro día aumenta mi tiempo de oración, e incluso comienzo a llorar por primera vez. Ok. Hermanos, mira, yo compré un billete de lotería; yo sé que tú eres cristiano y tú no juegas, pero yo te lo voy a regalar. Entonces, te sale un dinero grande, y al otro día baja la intensidad de la oración. Porque lo que causó el aumento de la intensidad de tu oración fue una necesidad que hasta un billete de lotería lo pudo suplir. Y por tanto, mi búsqueda no era de Dios; era de ingresos.
Si me lo da Dios, si me lo da otro nuevo trabajo o me lo da un billete de la lotería, da lo mismo. Y eso es lo que el hombre ha hecho. Me enfermé, se enfermó mi hijo, se enfermó mi mamá, a orar y a llorar. Se sanó mi mamá, se sanó mi hijo, me sané yo. Váyase Dios. Lo que andaba buscando era la salud, no a ti, y ya llegó la salud. Nos vemos en la próxima crisis.
Cristo sabía cuál sería el corazón del hombre y Él expresa su irritación con esa multitud que lo escuchaba en Juan 6:26. Él respondió y dijo: "En verdad, en verdad les digo, me buscáis no porque hayáis visto señales." No es por mis milagros que ustedes entienden: "Wow, mira, los milagros apuntan, ¿a qué me indican? Este es el Hijo de Dios, este es Dios." No es por eso. "Sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado." Eso es un gran bofetón santo. Lo de usted es un apetito carnal, tan carnal que simplemente pan así o sin mantequilla, ya ustedes están aquí de regreso, simplemente porque fueron saciados.
¿Te has preguntado alguna vez por qué Cristo, con el poder de darle comida a toda esa comarca, no puso una panadería en Jerusalén gratis todos los días? ¿Por qué no lo hizo? ¿Por qué solamente se limitó a darle comida dos veces y jamás volvió a hacerlo? Por esto. Escucha lo que Cristo dice en el próximo versículo: "Trabajad no por el alimento que perece, no por el que yo les di ayer, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el cual el Hijo del Hombre os dará." Es que yo quiero que tú me pidas del pan de vida eterna, porque a este el Padre, Dios, ha marcado con su sello. No me pidas de este pan terrenal, pídame del pan eterno, yo te voy a dar el eterno, y después te voy a dar el terrenal también. En esencia, Cristo está diciéndonos algo de eso.
¿Cuál es la encomienda? Y nosotros hablamos de esto en el sermón anterior. Buscar el reino de Dios primero, y todas las demás cosas se os darán por añadidura. Tú tienes una búsqueda: el reino. Las cosas del reino de los hombres que tú necesitas, como alimento, ropa, educación, eso pertenece al reino de los cielos. En cierta manera, no me lo pidas, yo te lo voy a dar; eso es añadidura. Lo que yo quiero es que busques el reino, el reino, el reino del cielo; lo otro te lo agrego. En esencia, eso es. No es que no lo pidas, pero si buscas el reino, lo vas a tener. Es su promesa: las cosas que son necesarias para esta vida Él me las va a dar, pero tengo que enfocarme en el reino.
"Llamad y se os abrirá", la tercera invitación. Algunos piensan que la puerta de que Cristo está hablando son las diferentes oportunidades y circunstancias en la vida, que puede ir desde un trabajo a lo que sea, y que Dios puede abrir. Yo no estoy diciendo que no, pero yo creo que eso es más bien una aplicación que la interpretación directa de lo que Cristo está diciendo. Pero estoy de acuerdo en que la vida tiene puertas que están cerradas, que Dios puede abrir. Hay puertas que Dios ha puesto seguro para que nadie las abra, pero a veces yo rompo la cerradura y la abro como quiera, y entonces lo que viene de adentro hacia afuera me devora. La puerta que Dios quiere abrir es la puerta que a mí me va a convenir.
Yo creo personalmente que la puerta a la que se me está llamando a tocar es Cristo, quien se definió a sí mismo como la puerta. Toca la puerta de Cristo todo el tiempo; Él te va a abrir, y cuando Él te abra, tú descubrirás todo lo que hay detrás de la puerta que estaba cerrada. Yo creo que esa es la interpretación directa, porque cuando Cristo me dice "pedir", aquí le voy a pedir a Dios. ¿"Buscar"? Voy a buscar su reino. ¿"Tocar"? ¿A quién le voy a tocar? A Cristo. Las otras cosas son aplicaciones: puertas en la vida que Cristo puede abrir. La puerta que Él abre, nadie la cierra; la puerta que Él cierra, nadie la abre. Él es soberano. Eso es cierto. Pero yo creo que aquí la puerta que yo tengo que tocar todo el tiempo es a Cristo mismo.
Ya ven la invitación, ya ven la promesa. Me queda una cosa: un grandioso versículo 9 de ideas. "¿O qué hombre hay entre vosotros que, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pescado, le dará una serpiente?" Ahora el versículo 11: "Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden?" Esa es la enseñanza. Lo que Cristo está tratando de decir es: dejen de pensar y de pedir como meros mortales que no conocen a su Padre. Dejen de revelar la condición de su propio corazón. El ladrón busca según su condición, y de esa misma manera tú estás buscando a vuestro Padre como si Él tuviera vuestro corazón. Él no es así.
De hecho, si tú como padre sabes dar cosas buenas a tus hijos, si tú te preocupas por él, llenas sus necesidades, te afectas con lo que a él le duele, y tú tienes un corazón malo, ¿cómo crees que el corazón de tu Padre no va a hacer mucho más de lo que tú haces por tus propios hijos? Ese es el corazón dadivoso, misericordioso y amador de Dios. Esa es la razón de la invitación, es la razón de la promesa: pedir porque Dios es bueno, buscar porque Dios tiene compasión, tocar porque Dios quiere abrirte. Y Él quiere darme de sus riquezas en gloria, porque Dios es un Dios dador, y tienes que conocerlo de esa manera.
Eso es importante, porque muchas veces, cuando la oración está llegando, surge en la mente de los hijos de Dios un cuestionamiento hacia Dios: "No entiendo a Dios, Él no me escucha, Dios me abandonó." Cuando Dios dice: "¡Oye, aunque tu padre y tu madre te abandonen, yo jamás te dejaré!" Pero ante la no respuesta a la oración, uno de los cuestionamientos es: "Me dejó Dios." No, porque para que Dios te deje, Él tendría que faltar a su promesa, y para que Dios falte a su promesa, Él tendría que dejar de ser Dios, y eso es una imposibilidad.
Entonces, cuando esas cosas se dan y estoy pidiendo y no recibiendo, estoy buscando y no encontrando, estoy llamando y nadie me abre, el cuestionamiento no puede ir hacia arriba; va hacia abajo. ¿Qué estoy pidiendo? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Cómo estoy buscando? ¿Cómo estaba mi corazón al buscar? Porque hay algo que yo sé: Dios se deleita en dar. Escucha Santiago 1:17, una vez más: "Toda buena dádiva y todo don perfecto viene de lo alto, desciende del Padre de las luces, en el cual no hay cambio ni sombra de variación." Lo que Él prometió ayer lo promete hoy y lo dará mañana. No hay cambio, no hay sombra de variación. No hay una parte de Dios que es buena, otra que no es tan buena y otra que es mala. Él es bueno, completamente bueno de principio a fin: dador, misericordioso, fiel. Su carácter es la base de la invitación; su benevolencia, la razón de sus promesas.
Dios es tan bueno que Él bendice incluso al impío, cuando hace llover sobre buenos y malos, cuando hace salir el sol sobre creyentes e incrédulos. Dios es tan bueno que cuando yo soy infiel, Él permanece fiel. Dios no me ha hecho promesas porque yo soy tan bueno; Dios me ha hecho promesas porque Él es bueno. Y yo no recibo sus promesas porque me he portado bien, aunque tengo que portarme bien. Yo recibo sus promesas porque Dios es un Dios dadivoso, misericordioso y dador, y en su bondad Él hace valer sus promesas. Pastor, ¿pero yo no tengo que portarme bien? Como dicen en inglés, "you bet": obligatoriamente tienes que portarte bien. Pero después que te portes bien, no has ganado crédito para ser merecedor de las promesas, porque a lo máximo que puedes llegar si lo haces todo es ser un siervo inútil. O sea que ni para eso calificas, porque nadie lo ha hecho todo, y cuando hagas tus mejores obras todavía son como trapos de inmundicia. De manera que las promesas tú las recibes por la gracia, el corazón dadivoso y fiel de Dios.
Te mereces más, pero déjame mencionarte o recordarte esto. Cuando Moisés quería conocer un poquito más de Dios, después de haber hablado con Dios cara a cara, como dice Dios: "Yo hablo con Moisés como no he hablado con ningún otro profeta, yo hablo con él cara a cara." El mismo Dios lo dice. Cuando Moisés quería conocer un poco más de Dios, le dijo: "Muéstrame tu rostro, muéstrame tu gloria." Yo no tengo suficiente, no estoy satisfecho. "Ok, Moisés, ok. Te voy a poner en el monte, te voy a cubrir la cara, porque nadie puede ver mi rostro y vivir. Yo voy a pasar, y después que haya pasado me puedes ver de espaldas."
¿Recuerdas con qué palabras Dios se identificó a Moisés cuando Moisés quería conocer un poco más de Dios? Es como que Dios dice: "Ok, Moisés, tú conoces todo esto y quieres conocer un poco más de mí. ¿Sabes qué necesitas conocer? Escucha, Moisés, esto es." Entonces pasó el Señor por delante de él y proclamó: "El Señor, el Señor Dios, compasivo y clemente, lento para la ira y abundante en misericordia y fidelidad, el que guarda misericordia a millares, el que perdona la iniquidad, la transgresión y el pecado." "Moisés, eso es lo que yo quiero que tú recuerdes. Tú quieres conocerme: yo soy un Dios clemente, compasivo, misericordioso, lento para la ira; yo perdono la transgresión, el pecado, la iniquidad. Es cierto que yo no dejo al culpable impune, es cierto que yo visito la iniquidad de los padres sobre la tercera y cuarta generación, pero antes de eso, Moisés, recuerda a mi pueblo que yo soy un Dios lento para la ira, compasivo, clemente, perdonador. Esa es mi gloria." Perdóname, Moisés. A ese Dios es al que yo he sido invitado a venir, a pedirle y a buscarle.
Abraham, eso había estado conociendo a Dios, y Dios le dice: "Abraham, Abraham, voy a quemar a Sodoma como ofrenda." Abraham le dice: "¿De verdad? O sea, ¿vas a tratar al culpable y al justo de la misma manera?" Abraham, tú no sabes lo que acabas de decir. Tú acabas de acusar a Dios de injusto. Abraham, tú acabas de acusar a Dios de que Él se atreve a quemar al mismo tiempo al inocente y al culpable. Tú has perdido la cabeza, Abraham.
Pero déjame convencerte. ¿Qué tú quieres, Abraham? "Si encuentro cincuenta justos, ¿tú perdonarías a Sodoma?" Pero claro, Abraham, tú no conoces mi corazón. Yo soy un Dios perdonador. Y cuarenta y cinco, igual treinta, claro, veinte, diez. Abraham, con uno, Abraham. Si encuentro uno, no me uno, y por ese uno la perdono. Abraham, no conoces mi corazón: clemente, compasivo. Pero no hubo ni uno, y por eso la oración no fue contestada.
Juan y Jacobo vienen donde Cristo. "Señor, una petición." Además, tenemos una. Esto que están aquí pueden tener muchas, pero van a pedir una solita, una solita. "¿Cómo tú vas a hacer tu reino? ¿Tú crees que es posible que yo me siente al lado derecho y mi hermano a la izquierda?" Hambre de poder, sedientos por el poder, la influencia, la fama, el nombre. No, no es posible. ¿Pero sabes por qué?
Finalmente, para cerrar, los hermanos de Jesús. Si tú eres el Mesías, sus hermanos, increíbles, la incredulidad de sus hermanos, que lo vieron crecer sin nunca haber ofendido a padre, madre, hijo, hermano, ni a nadie, ni a vecino ni a nada, habiéndolo hecho todo bien, perfectamente. Quizás ahora parte de la molestia que tenían era que Jesús nunca les dio motivo de corrección. ¿Qué cosa? Que nunca hacía nada para que le llamaran la atención.
"Entonces, si tú eres el Mesías, el que dices ser, ve y preséntate, que para ustedes cualquier hora es la hora." Pero mi hora no ha llegado, porque las cosas no se dan en el reino de los cielos conforme al calendario de los hombres, sino al calendario de Dios. Y como vosotros no tenéis en mente las cosas de Dios, sino las de los hombres, por eso pensáis de esa manera, pedís de esa manera, buscáis de esa manera, y caéis de esa manera.
Hermanos, el Dios que quiso a su Hijo, lo mejor que Él tenía, el Dios que entregó a su Unigénito, y no tenía otro, por gente rebelde como tú y como yo, ¿qué no te va a dar? ¿Que te va a rehusar ahora, hermano, que tú eres su hijo? Por el amor de Dios, ¿cómo puedes pensar así? "Pero es que Dios no me ha dado todo lo que le he pedido." No, si te lo diera, te destruye, te autodestruyes. Eso es lo peor: que el hombre le va pidiendo a Dios cosas con las cuales él se autodestruiría.
Y Dios te dice: "No. Confía en mi corazón bondadoso, que solamente sabe dar cosas buenas. Y las que me pides muchas veces no son buenas, para tu carne quizás, pero no para tu espíritu." Y la carne no me interesa; al cementerio irá y se corromperá. Tu espíritu, ese al que yo he regenerado, y tu cuerpo me interesa cuando yo esté listo para glorificarlo. Es cuando verdaderamente servirá para algo. Ahora mismo está atrapado con pecados que moran en los miembros de mi cuerpo, y eso se pagó en Romanos. Tú tienes un Dios que te dice: acércate con confianza al trono de la gracia, pedir de sus promesas, buscar su reino, tocar su puerta. El resto no puede ser.
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