El avivamiento no es una experiencia mística reservada para momentos especiales de la historia; es la necesidad constante de todo creyente que reconoce su tendencia a alejarse del asombro que produce la gracia de Dios. El Salmo 85 ofrece un modelo para orar por esta gracia vivificadora: comienza recordando lo que Dios ya ha hecho, continúa con una petición urgente, y culmina con la certeza de que Él responderá.
Toda oración por avivamiento debe partir de la gratitud. El salmista no empieza con sus necesidades sino con la abundancia de lo recibido: el perdón, la cobertura del pecado, la ira retirada. Olvidar esta gracia pasada es la razón por la que nos enfriamos. Cuando la cruz deja de sorprendernos, cuando las glorias de Cristo ya no nos maravillan, necesitamos que el Señor nos avive de nuevo. La buena noticia es que por cada "otra vez" de nuestra caída, hay un "otra vez" mayor de su gracia.
El salmo afirma que la salvación de Dios está cercana para quienes le temen, y que cuando Él habla a su pueblo, habla shalom: paz plena, bienestar completo. Como un padre que pone las manos sobre sus hijos para bendecirlos, así nuestro Padre celestial desea derramar su favor sobre nosotros. No hay que torcerle el brazo; Él es un Dios hecho de gracia. Y cuando una iglesia es avivada, la tierra da su fruto: el mundo es bendecido a través de creyentes llenos del poder y el amor de Dios que salen a compartir esa salvación con otros.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Escuchar a Miguel hablar de su amistad me conmueve. En el año 2010, cuando compartí un poco lo que vivimos nosotros, ese verano fuimos todo el equipo pastoral a Gaithersburg, a la conferencia de pastores de Gracia, a pedir consejo exactamente una semana después de que habíamos recibido esa amenaza. Sin yo saberlo, él ya me pidió que pasara al frente para que oraran por nosotros y que compartiera un poco lo que estábamos viviendo. La gente de la iglesia no sabía lo que estábamos viviendo aún, y me sentí un poco raro.
Pero en el auditorio estaba sentado Miguel. Como Dios es bueno, muy bueno, como cantábamos ahorita. Creo que fue el año siguiente, en el 2012. Durante esos meses estaba yo acá; me invitó a comer Miguel. Me sorprendió muchísimo. Me invitó a comer, nos sentamos en un restaurante —no sé dónde, creo que por ahí donde está el IKEA, por ahí— no me invitó al IKEA, me invitó a otro lugar. Y me dijo esto que me marcó: "No sé yo si tú quieras ser mi amigo, yo quiero que tú sepas que yo voy a ser tu amigo, y me duele todo lo que están viviendo."
Literalmente son momentos de cambio en mi vida. Le había yo dicho, o le dije después —no sé si fue en ese momento—, pero se lo he dicho: que yo por décadas había orado pidiendo al Señor que levantara hombres que tuvieran una voz para todo el continente. Y cuando yo lo conocí, le dije: "Miguel, quiero que sepas que tú eres la respuesta a una oración que he hecho yo por años y años y años." No sé cómo explicarles el gran agradecimiento que tengo yo por este púlpito, el sentido de privilegio que siento al estar aquí, un púlpito que el Señor levantó para bendecir a todo un continente.
Y yo, hermanos, estas cosas no son cosas ligeras. No son cosas ligeras la misericordia de Dios sobre todo un pueblo, sobre naciones enteras, que hemos visto más la luz y entendido más su gracia para con nosotros, pueblos que parecíamos olvidados, aparentemente olvidados por Dios. No más, no más olvidados, con este despertar, esta luz de la gracia del Señor sobre nuestros países.
Vamos a hablar, Señor. Verdaderamente, qué bueno eres con nosotros, qué grande es tu gracia. Que te inclinas para oír nuestros clamores, nuestros ruegos, nuestras súplicas, nuestras peticiones, y las escuchas, las recibes, las guardas en tu corazón, y en su debido tiempo respondes. Ninguna palabra levantada a ti con un corazón humillado delante de ti, Señor, cae al suelo sin que tú la recibas y la escuches, porque eres bueno, porque eres un Padre para nosotros. Tu Palabra dice, Señor, que si nosotros, siendo malos, sabemos dar cosas buenas a nuestros hijos —si nos piden pan, no les vamos a dar una piedra—, ¡cuánto más tú sabrás dar cosas buenas a aquellos que te lo pidan!
Gracias. Y el día de hoy yo te pido, junto con mis hermanos, que tú nos bendigas una vez más. Nos has bendecido este fin de semana; pedimos más de tu bendición, más de tu gracia, más de tu instrucción, más de tu amonestación a nosotros ahora, Señor. Te lo pedimos. Y yo te pido que me des tu gracia, pues yo en mi carne nada tengo que dar. Por tu Espíritu, Señor, dame algo para servir a tu pueblo que tú amas, por medio de esta preciosa Palabra que tenemos delante de nosotros. Te doy gracias, gracias, y te lo pido en el nombre glorioso de nuestro Salvador, nuestro Señor Jesús. Amén.
Abran sus Biblias, por favor, en el Salmo 85. Salmo 85. Cuando estaba pensando en el tema, vino a mí este salmo, que es un salmo que yo empecé a orar en el 2007, un salmo que personalmente es muy querido, que me sostuvo, y que Dios contestó, aunque lo contestó de una manera inesperada. Lo contestó el año siguiente, cuando empezó la crisis, la guerra, la violencia en nuestra ciudad. Pero Él lo contestó, porque nos sostuvo precisamente por medio de una gracia extraordinaria que vino sobre nuestra congregación. Y yo no quería de ninguna forma compartir sobre el sufrimiento sin compartir este salmo; por eso quiero que lo leamos el día de hoy.
Es una oración, es un clamor a Dios, y es un clamor por gracia, por gracia de avivamiento. Salmo 85:
"Oh Señor, Tú mostraste favor a tu tierra, cambiaste la cautividad de Jacob. Perdonaste la iniquidad de tu pueblo, cubriste todo su pecado. Retiraste toda tu furia, te apartaste del ardor de tu ira. Restáuranos, oh Dios de nuestra salvación, y no hagas cesar tu indignación contra nosotros. ¿Estarás enojado con nosotros para siempre? ¿Prolongarás tu ira de generación en generación? ¿No volverás a darnos vida para que tu pueblo se regocije en ti? Muéstranos, oh Señor, tu misericordia, y danos tu salvación. Escucharé lo que dirá Dios, el Señor, porque hablará paz a su pueblo, a sus santos; pero que no vuelvan ellos a la insensatez. Ciertamente cercana está su salvación para los que le temen, para que more su gloria en nuestra tierra. La misericordia y la verdad se han encontrado, la justicia y la paz se han besado. La verdad brota de la tierra y la justicia mira desde los cielos. Ciertamente el Señor dará lo que es bueno, y nuestra tierra dará su fruto. La justicia irá delante de Él y pondrá por camino sus pasos."
Este es un salmo de petición por avivamiento. ¿Qué es el avivamiento? La palabra significa simplemente "dar vida de nuevo." Charles Spurgeon decía que para que haya avivamiento, primero tiene que haber habido vida. Así que el avivamiento es algo que Dios trae a su pueblo, a quien ya ha dado vida, para restaurar esa vida a un nivel pleno. El pueblo de Dios frecuentemente experimenta periodos de prueba, de tribulación, de sequedad, de tibieza, o hasta de complacencia.
Esos periodos son consecuencias, hermanos —lo que veíamos aquí también, y que predicó el pastor José—, del egoísmo que está adentro de nosotros, del cual brota todo tipo de maldad. Y por ese pecado residente que aún permanece en nosotros, que está resistido por el Espíritu Santo, es la razón por la que nosotros a veces nos alejamos del Señor y olvidamos, caemos en una complacencia que es terrible y puede hasta ser mortal. Cuando la iglesia deja su primer amor —como la iglesia de Éfeso en el libro de Apocalipsis—, que sigue tras otras cosas que ama del mundo, que se aleja, que se enfría su amor, el Señor viene para avivar su iglesia, para despertar el amor por Él, para restaurar la vida que Él vino a darnos como pueblo.
Entonces el avivamiento sería el derramamiento —como dijo ahorita Miguel—, esa visitación de Dios donde su gracia, el favor de Dios, viene sobre su pueblo de tal forma que la iglesia vuelve a ser llenada de la frescura y de una unción especial de Dios. Eso produce en nosotros una conciencia aumentada de que Dios está con nosotros, una conciencia de su cercanía, de su grandeza, de su majestad, de su gloria, de su belleza, de su bondad para con nosotros. Y no es tanto como que Él nos está dando algo, sino más bien es Dios que se acerca de una manera especial. Así como cuando yo quiero decirle algo a mi esposa y quiero hacerlo de frente para decirle: "¿Sabes que te quiero? Y quiero que estés segura de esto, yo te quiero." Quiero transmitir algo y me acerco. Esa cercanía hacia su pueblo, ese acercamiento, eso es lo que nos aviva. Es como si Dios nos abrazara. Y al abrazarnos, así como cuando te abraza un amigo, cuando te abraza tu ser querido, te sientes fortalecido, te sientes animado, te sientes empoderado, lleno de gozo, alentado por la cercanía del Señor.
Los avivamientos —y los avivamientos me fascinaron cuando supe que había tal cosa en la historia de la iglesia— son esos tiempos donde el Señor, de manera especial, en lugares especiales, en tiempos que Él escoge soberanamente, visita de manera especial. A veces sin entender por qué, sin que nadie estuviera pidiendo, a veces Él decide visitar una iglesia, una región, hasta a veces un país entero. Lo hace como una expresión de su bondad.
Ahora, lo que yo quiero proponerles, hermanos, es que debemos orar por el avivamiento continuamente, y no solo para nuestra iglesia, sino para nosotros mismos. Lo que yo, a veces, me doy cuenta es que en mi vida estoy como aletargado, como debilitado, y necesito que el Señor venga y que me avive con su poder, con su gracia. La razón por la que les pido esto es porque este salmo me hace pensar que Cristo siempre quiere avivar su iglesia. El problema es que la iglesia frecuentemente no pide avivamiento porque no piensa que necesita avivamiento. Yo creo que yo necesito avivamiento continuamente, y de veras espero que ustedes también queden convencidos de eso.
Su gracia en el pasado —ahorita cantábamos de lo que el Señor ha hecho en nuestra vida— debe inspirarnos a orar por más gracia, por su gracia de avivamiento, porque el evangelio nos afirma que Él quiere bendecir a su pueblo y al mundo. Voy a volver a decirlo: su gracia en el pasado debe inspirarnos a orar por su gracia de avivamiento, porque el evangelio nos afirma que Él quiere bendecir a su pueblo y al mundo.
Y lo vamos a ver en este salmo. Tiene tres estrofas. La primera estrofa es donde el salmista —o los salmistas— recuerdan la gracia pasada. La segunda estrofa es donde el salmista hace la petición por esta gracia avivadora. Y la tercera estrofa es la respuesta y la conclusión sobre esa petición. Es muy sencillo: recordando la gracia pasada, pidiendo la gracia avivadora, y la respuesta a la petición por esa gracia. Todo esto lo vamos a ver.
Vamos a leer la primera parte, del versículo 1 al versículo 3. Dice así: "Tú mostraste favor a tu tierra, cambiaste la cautividad de Jacob. Perdonaste la iniquidad de tu pueblo, cubriste todo su pecado. Retiraste toda tu furia, te apartaste del ardor de tu ira."
Siempre debemos recordar la gracia de Dios del pasado. La gracia del pasado es donde debemos empezar. Yo sugeriría que la gracia de Dios en el pasado —lo que tú ya has recibido de parte de Dios— es donde tú debes empezar cuando oras. No partas sobre tu necesidad; parte sobre la abundancia de la gracia de Dios en tu pasado. Ahí está la base.
Es la pista de despegue, porque si no, seríamos unos ingratos que viniéramos a pedirle al Señor algo sin acordarnos, sin agradecerle lo que ya hemos recibido. Y hermanos, ¿acaso no hemos recibido ya mucho favor de Dios, mucha gracia por medio de nuestro Señor que es su Cristo? Hemos recibido mucha, abundante, de sobremanera. Hemos recibido un tsunami de gracia que nuestro pecado no impidió y no puede impedir. Donde abundó el pecado, súper, híper, sobreabundó la gracia de Dios.
¿Por qué no estamos en avivamiento? Primero, para empezar, porque tendemos a alejarnos de la sombra y la maravilla que su salvación debe producir en nosotros. Nos familiarizamos, y al ver la cruz ya no nos sorprende, ya no nos maravilla. En las glorias de la cruz de Cristo perdemos el gozo, perdemos la gratitud, perdemos el asombro de que Dios mostró su favor sobre nosotros, los enemigos de Dios. Por eso el salmista lo que hace se fuerza a recordar. Empieza: "Tú mostraste favor." Ahí está una de las palabras que usa el Antiguo Testamento para describir la gracia de Dios. "Tú mostraste esta disposición." Esa palabra también se puede usar para decir: "Tú viniste a cancelar deuda, Señor, tú viniste a resolver el problema."
Hermanos, siempre decimos: nunca debemos movernos y alejarnos del corazón del Evangelio, y tampoco debemos alejarnos de la gracia que ya hemos recibido. La verdad de las cosas es que no estamos buscando algo nuevo, no estamos buscando una experiencia novedosa. Lo que estamos buscando es volver a las glorias de nuestro Señor y nuestro Salvador. Y el salmista empieza hablando de esa redención que el pueblo había recibido, la redención de la cautividad. Dice: él cambia la cautividad de Jacob, él rescata a los prisioneros, da vida a los muertos, da vista a los ciegos, libera a los esclavos, perdona a los enemigos, rescata a su pueblo.
Segundo, dice que Él perdona nuestra iniquidad. "Cubriste todo su pecado." Tuvimos una sesión donde creo que fue José el que decía: lo que tenemos nosotros es la sangre de Cristo, hermano. Lo que nos cubre es la sangre. La sangre cubrió nuestro pecado. Perdón, no nuestro pecado con la sangre santificadora de nuestro Señor. Dice: retiró toda su furia. Ya saben lo que es caer en las manos del Dios vivo. La furia de Dios. Dios puede tener furia, claro que puede tener furia, una furia santa que hace que se derrame su ira. Y dice: "Tú, Dios, la retiraste, la apartaste de nosotros." Eso es algo que no podemos minimizar, hermano. Lo que nosotros merecíamos no es lo que hemos recibido. Él mostró el Señor su favor.
Estuvimos cantando, y ustedes saben que la mejor manera de recordar es cuando cantan. "No hay condenación, a la libertad, siendo esclavo del pecado me libró en la cruz, compró mi redención, a la libertad rompió mis cadenas, me dio vida y me lo dejó." El avivamiento empieza cuando nosotros nos volvemos a asombrar por la gracia mostrada.
Dios nos ha escogido, hermanos, esto es lo asombroso. Dios nos ha escogido a ustedes y a mí para mostrarnos su bondad, para mostrarnos su amor, para mostrarnos su misericordia, a pesar de nuestra indignidad, a pesar de que éramos sus enemigos. ¿Podemos olvidarnos de su gracia? Digo, es una pregunta retórica. La respuesta es para que ustedes digan: no, claro que no. Pero tristemente sí nos olvidamos, sí nos alejamos, y tenemos que empezar a orar, hermanos.
Tenemos que pedirle. Ahorita creo que, disculpen que ya el fin de semana ya ando así todo revuelto, ya he oído tantas cosas. Quiero que ahorita recordemos lo que dijo Miguel: necesitamos que Dios nos abra los ojos. Es una buena oración también: "Señor, abre mis ojos para poder ver las evidencias de tu gracia." Así como el ciervo anhela, "Señor, abre mis ojos para darme cuenta de cuántas evidencias hay, cuántas instancias hay, cuántos momentos hay en que tú estás mostrando tu bondad, tu gracia, tu misericordia sobre mi vida."
Hermanos, el cristiano que no puede empezar orando dando gracias es un cristiano ciego. No se da cuenta de todo lo que Dios ya le ha dado. Debemos ser personas completamente agradecidas, totalmente. Si tú no experimentas eso, es algo que sigue. Imagínense, siempre se dice: no puede haber un cristiano sin gozo. Si hay un cristiano sin gozo, es porque está viendo los problemas o las situaciones y se ha olvidado de la gracia que ya ha recibido, que es inmensa, que es inmensurable, que es inagotable de parte de Dios.
Entonces ahí empezamos, y luego viene la petición, versículos 4 al 7: "Restáuranos, oh Dios de nuestra salvación, y cesa tu indignación contra nosotros. ¿Estarás enojado con nosotros para siempre? ¿Prolongarás tu ira de generación en generación? ¿No volverás a darnos vida para que tu pueblo se regocije en ti? Muéstranos, oh Señor, tu misericordia, y danos tu salvación." Esta es una petición por gracia avivadora, gracia de avivamiento.
Ahora, aquí a veces nos sacamos un poquito de onda, como decimos nosotros en México, porque habla de la indignación de Dios, habla de la ira de Dios sobre su pueblo. Recuerden ustedes que los salmos, hermanos, son pre-Evangelio. Son Dios obrando y los hombres respondiendo con su pueblo antes de que viniera Jesús. A nosotros, ahí está la gracia, Dios nos ha conseguido una gracia mayor que a estos salmistas, porque ellos sabían que Dios había retirado su ira, pero sabían que seguían pecando y seguía Dios en su indignación contra su pueblo. Eran los ciclos del Antiguo Testamento. Por algo parece a veces como interminable: Dios muestra su favor y su pueblo se rebela, Dios muestra su favor y su pueblo se rebela, Dios los restaura y su pueblo se rebela.
Y Cristo viene a cambiar todo eso, pero ellos aquí están clamando por una redención definitiva. Y lo que nosotros podemos sacar de aquí, hermanos, de varias cosas, pero una de las cosas es esto: nunca dejamos de necesitar de su gracia. El justo vivirá por la fe, pero nosotros también vivimos por gracia. Caminamos a diario buscando su gracia. Nunca crecemos lo suficiente como para no necesitar de su gracia y misericordia. Nuestro estado caído implica que siempre, mientras estemos en esta vida, vamos a necesitar dispensaciones de la gracia de Dios sobre nosotros, a diario.
Decía cierto predicador, y esto lo escuché de él hace muchos años, que ya falleció, hermano, pero dijo: "Entiendan ustedes esto. Cuando habla de salvación, como dice aquí el versículo 7, nosotros hemos sido salvados, estamos siendo salvados y vamos a ser salvados." La salvación no es un incidente o algo que sucedió en nuestro pasado. En nuestra justificación, lo que hace es donde empieza nuestra salvación. Pero ahorita sigue operando la gracia de Dios y el Espíritu Santo en nosotros para transformarnos y santificarnos. Eso es parte de nuestra salvación. Y va a venir un día en donde ese abismo, ese cañón que está dentro de nosotros, en nuestro corazón pecaminoso, va a ser cerrado, va a ser quitado, va a ser eliminado. Vamos a ser completamente santificados y completamente glorificados.
Entonces ellos estaban pidiendo una redención plena. Entonces nosotros también tenemos que orar. Está en la Biblia para que nosotros también lo hagamos y digamos: "Señor, yo quiero que me libres." ¿Quién no ha llorado delante del Señor cuando es enfrentado, confrontado con su pecado? Nos ha salvado, nos ha justificado, nos perdonó, y lo traicionamos, lo abandonamos, pecamos horriblemente. Y eso es peor que pecar en ignorancia y pecar cuando no se tiene el Espíritu Santo.
Y entonces una de las formas en que los salmos ayudan a orar, y por la que están todas estas oraciones en la Biblia, es para darnos palabras para orar en esos momentos en que estamos de rodillas diciendo: "Señor, perdóname." De seguro, Señor, siento como tu indignación es por mi pecado, porque te he contristado, Señor. Sálvame de este pecado miserable, de esta carne, quítamela, Señor.
Y ahora vamos como el salmista. Siendo que ya hemos recibido el perdón, no es como que: "Pequé, bueno, o sea, hice una majadería. Ah, no te preocupes, ya estás perdonado." El Espíritu Santo no nos trae convicción diciendo: "Ah, no pasa nada. Sí, fallaste, pero ya se ha pagado en la cruz." Tenemos que volver al Evangelio, pero la verdad es que el Espíritu Santo primero, adentro de nosotros, trae y nos hace sentir, nos hace experimentar el duelo, la tristeza por nuestro pecado, la realidad de que adentro de nosotros está nuestro enemigo.
Una vez hice un seminario para matrimonios y les dije: "Hermanos, tengo malas noticias. Están durmiendo con el enemigo." Y todos voltearon a ver a su pareja. Y les dije: "No. Tu enemigo lo traes adentro." Necesitamos esa continua salvación, ese continuo perdón, esa continua gracia, y que el Señor nos lleve a la cruz donde nos limpia de esa conciencia, nos lava, donde confesamos nuestro pecado y nuestra relación con el Señor se restaura.
No solamente eso, sino que también el mal no solamente está en nosotros sino que está en el mundo. Está en el mundo. Aun los justos, hermanos, lo saben de esta manera. Cuando nosotros estábamos experimentando la violencia, sabíamos que la violencia estaba viniendo a nuestro país, a nuestra ciudad, y era culpa de los mexicanos. Y si ese era el juicio de Dios, si Dios estaba permitiendo en su soberanía, era por algo. Y entonces nosotros orábamos diciendo: "Señor, lo reconocemos, eres justo. Y si tú decidieras eliminar nuestro país, serías justo, porque nosotros estamos conscientes de qué tan pecaminoso es nuestro país." Miren cómo dice el profeta Habacuc.
En el capítulo 3, versículo 2: "Oh Señor, he oído lo que se dice de ti." Y algunas versiones ponen la palabra: "y de tu obra, lo que tú has hecho. He oído lo que se dice de ti y temí." "Aviva, oh Señor, tu obra en medio de los años." Su obra de misericordia, dice, en medio de los años, dala a conocer. "En la ira, acuérdate de tener compasión." Reina Valera, creo que dice: "acuérdate de la misericordia." Esa palabra ahí es una de las palabras que tienen que ver con la gracia de Dios.
Y eso orábamos nosotros. Y eso tú vas a tener que experimentar y vas a añorar, probablemente, cuando te estés dando cuenta de que estás cosechando las consecuencias de vivir en un mundo caído, pecaminoso, enemigo de Dios. ¿Qué le vas a decir? ¿Le vas a decir, Señor, eres justo, júzgalos a los malvados? No, le vas a decir: "Señor, tú eres justo. Yo he escuchado de ti, yo sé lo que tú eres: eres santo, eres un Dios poderoso, eres justo. Y lo que estás haciendo es justo." Pero en tu ira, avívanos. Acuérdate de tu gracia, no solamente para con nosotros, sino para con las criaturas que tú hiciste.
Escuchen de nuevo la oración. Es una pregunta retórica en el versículo 6: "¿No volverás a darnos vida para que tu pueblo se regocije en ti? Muéstranos, oh Señor, tu misericordia y danos tu salvación." Volver a dar vida es la definición de avivamiento. Y escuché yo a un pastor que decía: por cada "otra vez" que necesitamos ser avivados, hay un mayor y mejor "otra vez" de su gracia. ¿No volverás a darnos vida otra vez? ¿No volverás, Señor, a perdonarnos y a rescatarnos y a salvarnos otra vez? La buena respuesta es: por cada "otra vez" en tu vida, por cada "otra vez" de la iglesia, por cada "otra vez" de este mundo, hay una "otra vez" mayor y mejor de parte del Señor.
Señor, avívame cada vez que esté desanimado. Avívame cada vez que esté caído. Avívame cada vez que esté cansado. Avívame cada vez que esté ansioso con los problemas de este mundo. Avívame, Señor, cada vez que esté desesperado por las tribulaciones que estoy viviendo. Avívame cuando, Señor, ya sienta que no puedo seguir adelante. Avívame a pesar de que mi cuerpo está quebrantándose en dolor. Avívame, Señor, a pesar de que te he fallado.
Y dice: "Muéstranos tu misericordia." Muéstranos. Me encanta esa palabra. Me gusta poder ver, Señor. Abre mis ojos para que yo vea tu gracia. Y esa palabra "misericordia" es una palabra que me encanta en la Biblia. Aparece muchísimo en los Salmos. Aquí se traduce "misericordia", pero es una palabra que significa bondad. En inglés, *kindness*. O sea, el favor de Dios, la bondad de Dios. En muchas Biblias en inglés la traducen como *steadfast love*: amor firme, amor constante, amor que no va a cambiar, que siempre está igual. Es una descripción de la gracia de Dios.
Entonces, busquen la palabra "gracia" en el Antiguo Testamento y no la van a encontrar muchas veces. Creo que en dos ocasiones puede ser que haya aparecido. Pero la verdad es que la gracia de Dios se desarrolla en el Nuevo Testamento. En el Antiguo Testamento están todas esas palabras que se refieren a la gracia de Dios: es la bondad de Dios hacia aquellos que están en necesidad. Por eso la traducen aquí como "misericordia", porque es la descripción de la misericordia. El salmista está pidiendo que el Señor muestre su rescate, que lo podamos ver. ¿Acaso no lo dará? Y ¿cuál es la respuesta? Claro que la va a dar, y esa es la tercera estrofa.
Dice versículos 8 al 11: "Escucharé lo que dirá Dios el Señor, porque hablará paz a su pueblo y a sus santos. Pero que no vuelvan ellos a la insensatez. Ciertamente cercana está su salvación para los que le temen, para que more su gloria en nuestra tierra. La misericordia y la verdad se han encontrado; la justicia y la paz se han besado. La verdad brota de la tierra y la justicia mira desde los cielos."
Hermanos, esto es lo que nos está diciendo: que nosotros podemos confiar en su promesa de salvación y de bendición. Dios responde a la oración. Habla, dice, paz a su pueblo. Esa es la palabra *Shalom*, que significa completa paz, pleno contentamiento, estar completo de bienestar y armonía. *Shalom* tiene el sentido de plenitud y de prosperidad espiritual. Eso es lo que pasa cuando Cristo viene a tu vida a salvarte: que en lugar de hablar Dios juicio y condenación a tu vida, sabes que habla *Shalom*. Vino y trajo paz a los que estaban cerca y a los que estaban lejos. Paz, paz con Dios. De eso se trata todo el capítulo 5 del libro de Romanos: los que éramos sus enemigos, por el sacrificio de Cristo, tenemos de la boca de Dios: paz, *Shalom*.
Cuando estuvimos en Israel, fuimos invitados, Miguel y Catista van allí también, a una celebración de *Shabbat* con un rabino y su familia. Y una de las cosas que más impresionó a mi esposa es que hay una parte en la ceremonia del *Shabbat* donde el padre se pone de pie, va donde sus hijos, pone sus manos sobre ellos y los bendice. Y no es ninguna coincidencia que los judíos, cuando se saludan, no digan "¡Hola!", sino "¡*Shalom*!" Esa imagen de un padre poniendo sus manos sobre sus hijos y hablando bendición sobre ellos es la imagen de nuestro Padre que, al ver el sacrificio de su Hijo, nos ve a nosotros como hijos y nos bendice.
Y así, como dice, me encanta que diga: "¡Hablará!" Quiero que pase eso: cuando Dios habla, ¡que hable *Shalom*! *Shalom*, Carlos. Eso, yo quiero el avivamiento, eso es, Señor. Dame tu bendición. Bendíceme con lo mejor que tú tienes. Si yo te pido un pan, no me vas a dar una piedra. Si yo te pido tu Espíritu, me vas a dar tu Espíritu. Si yo te pido tu gracia, me vas a dar tu gracia. Si yo te pido fortaleza espiritual, me vas a dar fortaleza espiritual. Si yo te pido perseverancia, me vas a dar perseverancia. Si yo te pido oportunidades para servir, me las vas a dar con fuerzas. Si yo te pido que me permitas darte fruto, me vas a dar fruto, hermanos. Dijo: que no tenemos porque no pedimos. Y aquí está diciendo que lo que Dios de seguro va a darnos es su paz. Eso es lo que Él va a decir.
Y noten esto: "Su salvación está cercana para los que le temen." Ciertamente, ciertamente. Lo que está diciendo es: claro que sí, ciertamente, de seguro, claro, ciertamente, cercana está. No está lejos, está cerca. Lo que Cristo vino a hacer es precisamente acercar el cielo hasta acá, hasta la tierra donde estábamos nosotros. Tan cercana como pueden estar ustedes ahí sentados uno junto al otro, así está de cerca el corazón de Dios cuando tú le oras y tú le pides. Cercana está su salvación: ese estado de estar en paz, ese estado de ser libre, ese estado donde somos despojados de esas cadenas y esas cargas que atrapan nuestra vida, donde algún día seremos salvados de esa carnalidad que nos está atormentando.
Este cuerpo, como decía Pablo: "¿Quién me va a librar de este cuerpo de muerte?", que está arrastrando aquí mientras yo viva. Por eso es que deseamos estar con Él. No es que más tiempo pasa, más lo deseamos porque más pesa. Pero noten que el que busca el avivamiento debe venir en el temor de Dios. No significa que estemos aterrados; significa esa postura de estar conscientes de nuestra debilidad, de nuestra indignidad, de que no merecemos del Señor nada, pero también venimos hambrientos y sedientos, como uno que viene y dice: "Señor, ayúdame."
El temor de Dios es eso que nos hace decir: "¡Qué tremendo es nuestro Dios!" Como Moisés cuando vio la zarza ardiendo. ¿Qué hizo Moisés? No se podía alejar, hasta que lo paró el Señor y le dijo: "Para. El lugar que estás pisando es santo." Pero él quería ver, a ver, se está quemando, no sé si quería meter la mano ahí, ¿verdad? Eso es el temor de Dios: algo que te hace sentir que estás delante de alguien que no es como tú, completamente santo, y que tú le has ofendido continuamente. Pero no puedes alejarte; quieres estar con Él. Dios está deseoso de responder a nuestra petición de gracia. Está cercana, hermano, no le tienes que torcer el brazo. Dios es el Dios de toda gracia, toda gracia. Lo que Él quiere darnos, eso es lo que Él es: un Dios de gracia. Es su naturaleza darlo.
Pero noten esto: Él nos quiere dar su salvación para que more su gloria en nuestra tierra. Y si el avivamiento es que Dios se acerca con nosotros y bendice a sus santos, lo que está pasando entonces es que la tierra, hermanos, es bendecida con su presencia también. Miren los frutos del avivamiento. Salmos 67 dice así: "Dios tenga piedad de nosotros y nos bendiga y haga resplandecer su rostro sobre nosotros, para que sea conocido en la tierra tu camino, entre todas las naciones tu salvación. Te den gracias los pueblos, oh Dios; todos los pueblos te den gracias."
Esa palabra "piedad" es otra de esas palabras que hablan de la gracia de Dios, y significa cuando viene un niño a pedirte un pan y tú te inclinas hacia él para dárselo. Es la inclinación hacia alguien que está en una posición inferior. Es lo que le estamos pidiendo al Señor: "Ten piedad, compadécete de nosotros, para que tu nombre sea conocido." Cuando Dios nos bendice con la gloria de su salvación, esa salvación es conocida en la tierra. Una iglesia avivada, hermanos, será una bendición y luz para la nación. Díganme: ¿de qué otra manera la ciudad de Santo Domingo va a conocer la gracia de Dios, si no es a través de personas llenas de la gracia de Dios que salen a mostrar esa diferencia?
Entonces, Dios siempre tiene la intención de ampliar el alcance de su bendición. La IBI es una iglesia muy bendecida, porque si no se habían dado cuenta, yo se los puedo decir: la IBI es una iglesia que se distingue en el mundo. Ustedes han recibido mucha gracia y el mundo está siendo bendecido por la gracia que ustedes están recibiendo. Y saben una cosa: yo le pido al Señor que avive esta iglesia y les dé más gracia, porque quiero más bendición para mi mundo, para mi país, para el resto de Latinoamérica.
¿Acaso el Señor va a decir: "Ya les he dado mucha gracia a los de la Ibi"? Carlos, no lo siento, pero no. El Dios de toda gracia tiene más gracia, y si ustedes quieren ser usados por Dios, quieren ser avivados por Dios, pidan más gracia, como tantos otros estamos pidiendo para ustedes, para sus pastores y sus líderes. Oremos por más gracia, más bendición, más avivamiento entre ustedes; oremos por el fuego de Dios entre ustedes. Que el corazón les esté latiendo tan fuerte que les duela, una pasión por el Señor y una pasión por este mundo que Él hizo, una pasión por aquellos que se pierden.
Hemos estado hablando de la batalla, hermanos. Este mundo se está perdiendo; necesitamos iglesias avivadas que salgan a ese mundo con toda la gracia, el poder, el favor de Dios, el respaldo de Dios, para hablarles las buenas nuevas de un Dios de gracia que bendice a los que lo buscan. Que esa gracia bendiga más a Latinoamérica y a todo el mundo.
Aquí hay un par de versículos que no quisiera yo pasar así, desapercibidos. Lo voy a comentar muy rápido antes de llegar a la conclusión, porque son algo hermoso; es de lo más hermoso que está escrito en los Salmos. Son dos versos ilustrativos, poéticos. Dice: "La misericordia y la verdad se han encontrado, la justicia y la paz se han besado, la verdad brota de la tierra y la justicia mira desde los cielos."
Los teólogos son muy buenos para especular: "Esto significa esto, esto significa esto." Yo leí esto, hermanos, y lo primero que brota en mi corazón es la ilustración de la gracia de Dios en el Evangelio, de cómo el Evangelio nos dice cómo Dios está trayendo armonía y reconciliando los atributos de la gracia de Dios con la necesidad que tiene la gente. La gracia —y digo gracia porque la palabra es misericordia; recuerden que les dije ahorita que es esa bondad de Dios, ese favor de Dios— la gracia y la bondad de la misericordia de Dios se encuentra con la verdad.
La verdad de Dios es la que nos condena. La verdad de Dios es la que nosotros no podemos con ella: la verdad de que es un Dios justo, un Dios santo, que nosotros no lo somos. Pero dice que la verdad brota de la tierra y la justicia de Dios, la rectitud, la santidad de Dios, mira satisfecha desde los cielos. ¿Qué nos quiere decir el salmista? Piensen ustedes en la obra de Jesús, que descendió del cielo para encarnarse, para traernos el shalom de Dios por medio de su obra redentora en la cruz.
Cristo está haciendo realidad esto. Fíjense lo que dice Juan 1:16: "De su plenitud todos hemos recibido, y gracia sobre gracia. Porque la ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad fueron hechas realidad por medio de Jesús." Jesús es la gracia encarnada, la verdad encarnada, juntas en una persona que viene a reconciliar al mundo con el Señor. En Él, en Cristo, está satisfecha la justicia de Dios para que nosotros recibamos el shalom de Dios como un beso. Esto es: "la justicia y la paz se han besado." La paz que nosotros recibimos, la justicia de Cristo.
¿Cómo es posible esto? La paz de Dios hablada a personas indignas y pecadoras, a sus enemigos. El Evangelio, hermanos, es lo que nos está informando que Dios quiere bendecir a la gente. Es la buena noticia para las personas. No entendamos nunca que el Evangelio es como un privilegio que yo tengo porque de alguna forma yo me lo merezco. El Evangelio es la obra de Dios donde Él está estirando su mano para tomar personas completamente indignas y besarlas con su paz. Por eso vino Jesús encarnado: para traernos esa gracia, para traernos esa justicia, y para que pudiéramos recibir el shalom de Dios.
Por eso es que Él quiere bendecir a su iglesia. Por eso quiere que al bendecirlos a ustedes, los que están allá —el mundo, los pueblos— sean bendecidos también. Nuestro shalom tenemos que llevarlo a otros, como si nosotros fuéramos los reflectores, la evidencia tangible de que el cielo mira a los hombres en su necesidad y les habla el shalom de Dios con un beso.
El versículo 12 y 13 es la conclusión del salmo: "Ciertamente el Señor dará lo que es bueno, y nuestra tierra dará su fruto; la justicia irá delante de Él y pondrá por camino sus pasos." El salmo termina afirmando la intención de Dios de contestar nuestra petición con un "ciertamente" que significa: "Sí, claro que sí." ¿Acaso no los va a bendecir? Sí, claro que sí los voy a bendecir. Cuando oramos, hermanos, a veces pensamos que tenemos que cambiar la resistencia de Dios a bendecirnos, pero este salmo nos está diciendo: ¿Acaso Dios no nos oirá? ¿Acaso Dios no nos dará su bendición? Sí, claro que sí. Ciertamente nos la va a dar. Así es como está concluyendo el salmo.
Ciertamente Él nos va a dar bendición, y nuestra tierra va a dar su fruto. Si Dios nos bendice como un pueblo, va a haber fruto. Si tú no estás viendo fruto en tu vida, si no estás pudiendo de alguna manera alcanzar a otros, compartir con otros, bendecir a otros, servir a otros, amar a otros, pídele a Dios que te avive. Porque si Él te bendice, ciertamente la tierra dará su fruto.
Les digo que creo que quiero convencerlos, como si necesitaran convencerlos. Yo sé que les estoy predicando al coro, como dicen los americanos, ¿no? Pero quiero animarlos en estos momentos. Los que estuvieron aquí recuerdan que José puso la foto de una ola de 83 pies, ¿verdad? Y ustedes dicen: "Pues nosotros ahorita venimos arriba de la ola." Luego vino otro tipo meses después y rompió el récord. Quiere decir que habrá olas más grandes. Nosotros los vemos a ustedes y decimos: "Estos vienen arriba de la ola, pero habrá olas más grandes." Yo las quiero para ustedes, para que la tierra dé su fruto, para que la justicia de Dios y la salvación de Dios avancen y miles, millones más disfruten de la salvación del Señor.
En la batalla por nuestra fe, necesitamos la gracia de avivamiento. Una iglesia avivada es una iglesia llena del Espíritu Santo, de la vida, del poder, del amor, de la bendición de Dios. El mundo necesita este tipo de iglesias. Por ello, su gracia en el Evangelio que hemos recibido en el pasado debe inspirarnos a buscar su gracia avivadora, porque el Evangelio nos informa que Él quiere bendecir a su pueblo y al mundo en la vida.
Deje que ore por ustedes. ¿Por qué no se ponen de pie? Les hago esta pregunta: ¿Anhelan el avivamiento de la gracia de Dios en su vida? ¿Creen que necesitan avivamiento? Pues pidan avivamiento. Pidan más de su gracia, pidan con fe, porque nuestro Señor quiere salvar y quiere que tengan plenitud de la salvación en su vida. Vamos a orar por eso.
Señor, venimos delante de Ti. Mira a tu iglesia de pie. Y Señor, en nuestro corazón, todos te damos gracias por ese shalom que hablaste a nuestras vidas, porque estamos en paz contigo, porque nos amas como hijos, nos escuchas como un padre escucha a sus hijos. Señor, queremos vivir en esa bendición. Así que te pedimos, Señor, el día de hoy: necesitamos más de tu gracia, necesitamos avivamiento en nuestra vida. Y solo Tú sabes cuánto necesitamos, y solo Tú sabes cuánto quieres hacer una obra con nosotros, con esta iglesia.
Así que yo te pido por ellos, Señor, para que derrames tu presencia, para que te acerques y visites esta iglesia aún más de lo que ya has traído, porque queremos que haya fruto en la tierra, la tierra que Tú creaste, entre tus criaturas, Señor, a quienes Tú amas. Quieres extender esa salvación cada vez más y más. Quieres rescatar, quieres liberar, quieres que la gente esté en paz contigo, quieres reconciliarlos, quieres hacerlos nuevos. Quieres rescatarlos de este mundo de perdición para que pasen contigo la eternidad en tu paz eterna. Así que bendice esta iglesia. Te pido tu bendición con todo mi corazón. Bendice a los padres. Con lo que cuento en mi oración, que has sido bueno en contestarme, Señor, tantas, tantas veces, yo te pido que contestes esta oración. Bendice esta iglesia con tu shalom, con tu gracia, con tu poder, con tu vida, aún más. En el nombre glorioso de nuestro Salvador, la gracia encarnada, la verdad encarnada, en Su nombre te lo pido. Amén.
Gracias por acceder a este recurso. Espero que haya sido de gran bendición para tu vida. Te sugiero que te suscribas a este canal, de forma que puedas recibir notificación la próxima vez que hayamos subido un nuevo recurso que pueda servirte de instrucción y bendición.
Carlos Contreras es pastor en la Iglesia Cristiana Gracia Soberana en Ciudad Juárez, México. Está casado con María Eugenia (Kena) Flores, con quien tiene cuatro hijos y tres nietos. Puedes seguirlo en Twitter o en Facebook.