El verdadero arrepentimiento no es simplemente confesar lo que hemos hecho, sino reconocer la profundidad del daño que el pecado ha causado en nosotros y depender enteramente de Dios para ser restaurados. David, después de casi un año en silencio tras su adulterio con Betsabé y el asesinato de Urías, finalmente escribe el Salmo 51 como una oración transparente y honesta. No hay palabras defensivas ni justificaciones, solo un hombre que sabe que merece morir dos veces según la ley de Moisés, pero que encuentra esperanza en la misericordia de Dios.
Lo que David descubrió —y lo que este salmo enseña— es que el pecado destruye más cosas en nosotros de las que podemos percibir. Por eso David no pide simplemente perdón; pide que Dios cree en él un corazón nuevo, usando el verbo hebreo "bará", el mismo de Génesis 1:1, que implica crear de la nada. David reconoce que no hay nada bueno en él que reparar; Dios tiene que traer algo de afuera. El gozo se fue, el canto se fue, las palabras se fueron. "Abre mis labios, oh Señor", clama, porque el pecado nos enmudece.
David también promete enseñar a otros lo que ha aprendido: que los sacrificios religiosos no agradan a Dios sin un corazón contrito y humillado. Y ora por la nación, porque el pecado de uno afecta a todos —como el de Acán afectó a Israel, como el de Adán afectó a toda la humanidad. La restauración comienza cuando el orgullo es sacrificado en el altar.
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En el día de hoy estaremos viendo la segunda parte de este salmo: una oración por restauración. La idea de esta serie es que podamos aprender a orar y al mismo tiempo que podamos aprender a arrepentirnos en oración. Dijimos en la ocasión anterior que muchas veces nosotros no sabemos cómo orar, y otras veces no sabemos cómo arrepentirnos, porque con frecuencia creemos que nos hemos arrepentido cuando simplemente nos hemos confesado. Otras veces nos hemos arrepentido de manera selectiva, aun con Dios, mencionando aquellas cosas que nos puedan causar menos dolor y vergüenza.
Y a veces incluso pensamos que es lo mínimo que tenemos que contar o confesar a otro para ya estar en paz, y hacemos eso incluso con pequeñas mentiras. Cuando alguien nos encuentra en alguna mentira, por pequeña que sea, de repente como que nos entra un tartamudeo: "es que lo que tú…", y ahí tratamos de salir del paso con lo mínimo que tengamos que decir. Es como la inclinación natural del ser humano: queremos evitar el dolor y la vergüenza a toda costa, muchas veces incluso cuando es entre nosotros y Dios solamente. Pero cuando actuamos de esa manera no estamos actuando conforme al espíritu de un verdadero arrepentimiento.
En el Salmo 51, lo que estamos viendo no encuentra nada de esas cosas que yo acabo de mencionar. Es una oración transparente, es una oración honesta, íntegra de parte de un pecador que sabe que no solamente ha transgredido una ley, sino que ha pecado contra el carácter del Dios creador. Como hemos mencionado otras veces, en los idiomas en que la Biblia se escribió —mayormente dos, hebreo y griego— en el hebreo la palabra para arrepentimiento tiene dos palabras principales: una tiene que ver con la experiencia de dolor, de que duele el haber sido capaz de hacer algo, y la otra es la experiencia de devolverse en dirección contraria, de dar una vuelta en U de manera que ya no sigo transitando por donde venía. En el griego, en el que se escribió el Nuevo Testamento, la palabra principal es *metanoia*, que implica un cambio de mente.
Y tú puedes encontrar esos tres elementos en el Salmo 51. David expresa lo profundo de su dolor, muestra de diferentes maneras que él se está dirigiendo ahora en vía contraria, y además ha experimentado un cambio de mente que está claramente expresado en palabras, tanto en este Salmo 51 como en el 32, que fue escrito en la misma ocasión o a raíz de la misma ocasión. David había cometido adulterio con Betsabé y le había quitado la vida a su esposo Urías; era culpable de dos delitos que llevaban a la pena de muerte de acuerdo a la ley de Moisés, de manera que si él hubiese sido llevado a juicio, David merecía morir dos veces, si eso fuera posible.
A pesar de la gravedad de su pecado, dijimos la vez anterior que David permaneció por casi un año en una indolencia espiritual —para usar las palabras de Juan Cádiz—, quien agregaba que era casi impensable imaginar que alguien que había alcanzado la estatura de David pudiera haber caído tan abajo. David no se había percatado de cuán bajo había caído ni de cuán alejado estaba de ese Dios, hasta que Dios le envía al profeta Natán, y Natán lo confronta. Ese día, en ese momento, David oyó dos noticias: una mala noticia y una buena noticia, como Dios usualmente hace las cosas. La mala noticia es que el bebé, la criatura que había sido engendrada en el vientre de Betsabé, moriría como fruto de su pecado; y la buena noticia es que su pecado había sido perdonado.
El dolor que David expresa en el Salmo 51 es un dolor que llevó de manera personal, un dolor interno durante todo el tiempo que él permaneció en silencio, y del cual él habla —lo vimos la semana anterior en los versículos 3 y 4 del Salmo 32. David había descubierto después de la visita de Natán que la falta de arrepentimiento nos esclaviza, nos deprime, nos debilita, nos hace sentir cargados o pesados y nos enferma. Ese dolor que aparece aquí en palabras fue la primera aflicción que David experimentó cuando finalmente se encontró cara a cara con su pecado.
Pero a lo largo del tiempo David vivió otras aflicciones anunciadas, incluso por el profeta Natán con palabras distintas. David hubo de experimentar extremo dolor al saber que su hijo Amnón había violado a su hija Tamar, hermana de Amnón. Más dolor cuando Absalón, su hijo, mató a su hermano Amnón por la violación cometida. Más dolor al enterarse de que Absalón había tenido intimidad con sus concubinas a la luz del sol, a los ojos de todo Israel, en la terraza de su propia casa. Más dolor cuando se enteró de que Absalón estaba detrás de él persiguiéndolo para quitarle la vida y quedarse con el trono. Más dolor cuando se enteró de que los soldados de David habían quitado la vida a Absalón tratando de proteger al rey, y cuando él escuchó esta noticia, estas fueron sus palabras: "¡Hijo mío, Absalón, hijo mío, hijo mío, Absalón! ¡Quién me diera haber muerto yo en tu lugar, Absalón, hijo mío, hijo mío!"
David había quedado devastado física, emocional y espiritualmente. Y esa es la razón por la que al leer el Salmo 51 nos damos cuenta de que la primera parte es una oración de arrepentimiento y la segunda parte es una oración de restauración, ambas en una sola pieza. David comienza apelando a la misericordia de Dios, comienza pidiéndole, o diciéndole a Dios: "Ten piedad de mí conforme a tu misericordia", y continúa pidiéndole a Dios que lo limpie de su pecado, que lo lave de su maldad, y habla de sus transgresiones. David usa las tres expresiones para darnos a entender: "Yo sé lo que he hecho; contra ti solamente yo he pecado; nadie más, yo soy culpable, yo lo reconozco."
Él comienza a pedir por la limpieza —llegamos hasta el versículo 6 la vez anterior— y en el día de hoy vamos a estar leyendo desde el versículo 7 en adelante hasta el final, donde él hace una conexión con esta limpieza que está pidiendo para, inmediatamente después, pedirle a Dios por su restauración. Esto es lo que el texto dice a partir del versículo 7 en el Salmo 51:
"Purifícame con hisopo y seré limpio; lávame y seré más blanco que la nieve. Hazme oír gozo y alegría; haz que se regocijen los huesos que has quebrantado. Esconde tu rostro de mis pecados y borra todas mis iniquidades. Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí. No me eches de tu presencia y no quites de mí tu Santo Espíritu. Restitúyeme el gozo de tu salvación y sostenme con un espíritu de poder. Entonces enseñaré a los transgresores tus caminos y los pecadores se convertirán a ti. Líbrame de delitos de sangre, oh Dios, Dios de mi salvación; entonces mi lengua cantará con gozo tu justicia. Abre mis labios, oh Señor, para que mi boca anuncie tu alabanza. Porque tú no te deleitas en sacrificios; de lo contrario, yo los ofrecería; no te agrada el holocausto. Los sacrificios de Dios son el espíritu contrito; al corazón contrito y humillado, oh Dios, no despreciarás. Haz bien con tu benevolencia a Sion; edifica los muros de Jerusalén. Entonces te agradarán los sacrificios de justicia, el holocausto y el sacrificio perfecto; entonces se ofrecerán novillos sobre tu altar."
Lo que nosotros acabamos de escuchar está escrito en un lenguaje poético y, por tanto, los poetas, por así decirlo, se toman licencias literarias y no componen exactamente en un orden que podamos seguir uno, dos, tres, cuatro. Por esa razón vamos a estar abordando los versículos agrupados temáticamente de acuerdo a lo que tenemos delante de nosotros. Los versículos 7, 9 y 14: David pide por limpieza espiritual de su vida. Los versículos 8, 10, 11, 12 y 15: David pide por una restauración espiritual. En el versículo 13 David hace una promesa de enseñar a los transgresores y a los pecadores a caminar conforme a los preceptos de Dios; él ha aprendido algo, tiene una experiencia, conoce cosas ahora del corazón humano que no conocía antes, y entonces dice: "Voy a enseñar a los transgresores tus preceptos." Y finalmente en los versículos 18 y 19 David pide por una restauración de la nación.
Manera que vamos a ver primero cómo pedir por limpieza espiritual examinando las palabras de David. Empezamos en el versículo 7, conectándolo con la vez anterior donde David le pide a Dios que continúe su limpieza de pecado. David se había sentido, después de la confrontación de Natán, sucio, avergonzado, cargado, entristecido, arruinado; se había sentido indigno y hasta cierto punto quizás con cierto sentido de autodesprecio. Y no fue para menos: había cometido adulterio, había mandado a matar al esposo.
David, sin embargo, no perdió la esperanza de que en Dios él podía encontrar perdón, podía encontrar paz, podía encontrar redención y restauración de su relación con Él. De manera que en el salmo tú puedes encontrar ambas cosas: el dolor, la necesidad de limpieza, pero al mismo tiempo la esperanza de que Dios puede y va a hacer algo nuevo con él. David sabía que nadie podía ayudarlo para lo que tenía que ocurrir en él; nadie que no fuera Dios podía hacer algo por él. David al mismo tiempo conocía que dependía exclusivamente de la misericordia de Dios para sentirse nuevamente en paz con ese Dios, y es por eso que él comienza diciendo: "Purifícame con hisopo."
Hiso —que era un árbol que crecía entre las rocas— tenía ramas que eran usadas por los sacerdotes en el Antiguo Testamento en el templo para proclamar o declarar a alguien como limpio. Como era el caso de los leprosos: alguien que había sanado de lepra, después de haber sido inspeccionado, traía un par de avecillas. Una de ellas era matada, sacrificada, y entonces con ese hisopo mojado en la sangre de esa avecilla el leproso ya sanado era rociado siete veces, con lo cual el sacerdote lo declaraba limpio. Luego iba y se lavaba con agua y quedaba ahora completamente limpio.
David dice: "Límpiame con el hisopo." David sabe que el sacerdote no es quien lo limpia; el sacerdote estaba declarándolo limpio, pero la limpieza ya había ocurrido en el caso del leproso de esa misma manera. David sabe: solamente tú puedes limpiarme de mi pecado. Quizás David tiene esa imagen en su mente; quizás vio en alguna ocasión a algún sacerdote hacer esto, o hacerlo con alguien que había tocado un cadáver, había sido declarado inmundo y luego había que volverlo a declarar purificado —era el mismo procedimiento—. David quizás tenía esa imagen en su mente cuando oraba de esta forma.
Cuando David dice esto, está usando una imagen metafórica, y también nos está hablando. Quizás está pensando: "Yo estoy sucio; el pecado me ha ensuciado, yo me he ensuciado con mi propio pecado, de manera que lo que yo necesito es que me laven." Las palabras del profeta Isaías también pueden ser recordadas aquí, cuando Dios dice a través de él en Isaías 1:18: "Aunque tu pecado sea rojo como el carmesí, yo te haré limpio, blanco como la nieve."
David continúa hablando de una manera que nos da a entender que lo que necesita ocurrir en él es un cambio radical. Esa es la razón por la que en el versículo 9 dice: "Esconde tu rostro de mis pecados y borra todas mis iniquidades." Cuando David dice "borra" y "quita tu rostro de mis pecados", no le está pidiendo a Dios que los olvide, pues sabe que eso es una imposibilidad. Pero quizás David se sentía como Martín Lutero llegó a sentirse: que el rostro de Dios, la mirada de Dios, siempre estaba sobre él mientras tenía este pecado en silencio. David quiere no sentirse mirado de esa forma, como Martín Lutero, que se confesaba dos y tres horas todos los días y todavía sentía como que el dedo de Dios estaba señalándolo continuamente.
O quizás la idea en la mente del rey era conforme a las palabras del profeta Habacuc en Habacuc 1:13, cuando dice: "Tus ojos son tan puros que no pueden ver el mal." David está pidiendo que sus iniquidades pudieran ser borradas. Pensemos que nosotros estamos en la era de la computadora y es muy fácil borrar un texto. En la antigüedad no era tan fácil tomar un papiro y borrar lo escrito en él. En ocasiones había cierta forma de borrar lo que se había escrito sobre el papiro, pero quedaban ciertas marcas todavía, y entonces los escribas volteaban el papiro en dirección opuesta para escribir en otra dirección, de tal forma que se pudiera leer mejor. Quizás David está pensando: "Si estas iniquidades que yo he cometido pudieran ser borradas de mi récord, que ya no existan más, que yo pueda sentir que Dios quitó los ojos que estaban sobre mí." No es que ignore su pecado; es que lo borre.
Y cuando tú lees el salmo con detenimiento, te percatas de que David está lidiando con su pecado como debe ser: íntegra y completamente. Aquí no se está quedando nada afuera. El versículo 14 deja ver parte de eso: "Líbrame de delitos de sangre, oh Dios, Dios de mi salvación." ¿Qué es lo que David está pidiendo? Algunos piensan que quizás estaba pensando en el homicidio de Urías y que está diciendo: "Perdóname por eso que yo hice." Pero otros, como Calvino, piensan que más bien David estaba pensando: "Lo que yo me merezco es la muerte; de hecho, dos veces me merezco la muerte. Líbrame de que algo así me pueda ocurrir; líbrame de los delitos de muerte, de la pena que me cabe por ese delito que yo he cometido."
Pero independientemente de cuál sea la interpretación, lo que sí está claro es que David tiene en su mente todo lo que ha hecho: su transgresión, su maldad, su pecado. Sabe contra quién lo ha hecho. "No quiero dejar nada sin confesar, no quiero dejar nada de lo cual no me haya arrepentido", y por tanto es cuidadoso en la manera como pide por esta limpieza. Él sabe que ese es el comienzo de su restauración; no puede haber restauración sin confesión, sin perdón. Y el versículo 7 y parte del 8 simplemente reflejan una continuación de lo que había comenzado a hacer en los primeros versículos.
En segundo lugar, quiero que veamos cómo pedir por restauración espiritual. Yo creo que todos nosotros, si somos honestos y revisamos nuestras vidas, podemos confesar que en algún momento, habiendo incurrido en pecado de diferentes tipos, una de las primeras cosas que se fue —quizás la primera— fue el gozo que habíamos disfrutado en el Señor. Con frecuencia el pecador no se percata de que ese gozo ya no está, porque el pecado con frecuencia es placentero. Diferentes tipos de pecados producen placer en la carne, y en ese placer que se siente y aumenta, el pecador se confunde y llega a pensar que las cosas no están tan mal. Pero cuando ese gozo o esa alegría que la carne produce se va, de repente él se encuentra un tanto seco, árido, apático, poco reactivo a las cosas de Dios. Y de repente quizás él descubre —o ella descubre— que el gozo del Señor no está en él.
David está pidiendo ahora, sabiendo que si algo va a ocurrir, si algo va a cambiar, va a requerir una acción directa de parte de Dios. Ni siquiera algo indirecto: Dios va a tener que hacer algo directamente en él y sobre él. Por eso en el versículo 8 le dice: "Hazme oír gozo y alegría." Hazme, tú lo tienes que hacer. "Yo no puedo, yo no puedo producir gozo; eso es fruto del Espíritu, y ahora mismo eso no está conmigo." Es increíble pensar que David —el hombre que tocaba el arpa para el rey Saúl para alegrarlo— ahora no encuentra esa alegría, no encuentra esa emoción. El hombre que escribió salmos para traer el cántico, para usarlos como parte de la adoración en el templo, no tiene eso; tiene que pedirlo. Es algo que tiene que venir de afuera: "Hazme oír gozo y alegría."
Él ha experimentado una angustia profunda y sabe que lo único que puede llevarse esa angustia es el regreso del gozo. Eso es lo que está pidiendo. Y lo está pidiendo de un gozo que sea profundo, que se manifieste en su rostro, en sus labios. Él no está pidiendo que pueda volver a levantar las manos; no. Él sabe que lo que necesita es algo mucho más profundo y radical que eso. Escucha cómo lo dice: "Haz que se regocijen los huesos que has quebrantado." David sabe que todo comienza con Dios y termina con Dios: "Tú los has quebrantado; tú necesitas hacer volver el gozo a mí, no porque yo te lo pueda ordenar, sino porque no hay nadie más que lo pueda hacer regresar. De manera que haz que mis huesos, mis huesos que has quebrantado, se regocijen." Así de profundo, así de radical es el trabajo que se necesita. En esencia, aquí tiene que pasar algo sobrenatural.
David, a través de su experiencia y por el Espíritu de Dios, pudo descubrir algo que posiblemente nosotros no creemos ni pensamos: que el daño que el pecado produce en nosotros es mucho más profundo de lo que nos percatamos. No es simplemente que me arrepentí, Dios me perdonó y seguimos. No. El daño es más profundo y más duradero de lo que cualquiera de nosotros podría percibir a primera vista. Y la mejor evidencia de que eso es así es que el 100% de los problemas, dificultades y disfunciones de este mundo se debió a un pecado, en un jardín, de una pareja que un día le dio una mordida a una fruta.
Todos los abortos, todas las eutanasias, todos los homicidios, todos los suicidios, todos los cambios climáticos, todos los desastres naturales, todas las enfermedades, todas las violencias, todas las separaciones, todos los divorcios, todas las iras: absolutamente toda disfunción es atribuida, es consecuencia o es daño de un pecado cometido en un jardín, en un momento dado. El pecado no solamente afecta mi relación con Dios; destruye algo en nosotros. Y las palabras de David que siguen lo van a dejar ver: el pecado destruye algo que ya no está en nosotros, algo de lo cual nosotros ni siquiera podemos percibir del todo.
Tú puedes ver algo —o mucho— de eso en el versículo 10: "Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí." Es como si David estuviera pidiendo: "Dios, yo necesito una mente nueva para pensar; crea eso. Yo necesito un corazón nuevo para sentir; tú necesitas crear eso. Yo necesito una nueva voluntad para obedecer y vivir; tú necesitas crear eso." De hecho, la palabra traducida como "crea" en el original es la palabra hebrea bara. James Montgomery Boice, una de las grandes voces del siglo XX que murió en el año 2000, habla en su comentario de que esa es la misma palabra que aparece en Génesis 1:1, donde dice el texto que "en el principio Dios creó —bara— los cielos y la tierra."
Esa palabra solamente es usada en el Antiguo Testamento en relación con Dios. Nadie más, porque la implicación de bara es que se trata de algo creado de la nada, de cero. Si este púlpito fue creado por alguien, ese alguien tuvo instrumentos con qué hacerlo, tuvo madera o cualquier otro material para hacerlo. Eso no es la forma en que el verbo bara expresa la acción divina. No: es que no hay nada, y por tanto de la nada algo salió. Ese es el verbo que David usa, de tal forma que David parece estar diciéndole a Dios: "En mí no hay nada. Yo reconozco que en mí no hay nada bueno, no hay nada que buscar. Si aquí va a ocurrir algo, tú vas a tener que traerlo de afuera y ponerlo en mí, porque yo no lo tengo."
Como Pablo, "en mi carne no hay nada bueno." No es que repare nada; no hay nada que reparar. Es que Dios crea algo nuevo. La vista consciente de que el pecado daña más cosas en nosotros era de lo que nosotros nos podemos percatar. En esencia, David está diciendo: yo requiero un milagro. Un milagro.
Y David entonces expresa cierto temor, cierto temor que voy a explicar en un momento a la luz del Nuevo Testamento. Pero déjame explicar el temor de David. Él le dice en el versículo 11: "No me eches de tu presencia y no quites de mí tu Santo Espíritu." Dicho sea de paso, esta es la primera vez que el Espíritu de Dios recibe el nombre de "Espíritu Santo" en todo el Antiguo Testamento. Aparece otra vez en Isaías 63, versículos 10 y 11, y en ningún otro lugar; siempre se habla del Espíritu de Dios, el Espíritu de Dios. Pero en este caso se le da su nombre propio.
David dice: "No quites tu Santo Espíritu de dentro de mí, no me eches de tu presencia." Quizás David está recordando que Sansón tenía el Espíritu de Dios, y recuerda cuando Sansón pecó y cómo el texto dice que el Espíritu de Dios se fue de Sansón. O quizás David está recordando como testigo de algo todavía más reciente, porque el Espíritu de Dios estaba sobre Saúl, y en un momento dado, fruto del juicio de Dios, el texto dice que Dios quitó su Espíritu de Saúl y vino un espíritu que lo atormentaba. Quizás David tiene frescas en su memoria ambas experiencias, y está pensando: no me puedo imaginar que Dios quite su Espíritu de mí; eso sería el final de mi vida. Yo no quiero correr la misma suerte.
Nosotros sabemos que en el Antiguo Testamento el Espíritu de Dios iba y venía sobre los profetas y sobre otras personas, sobre un Sansón, sobre un Saúl. A la luz del Nuevo Testamento, y dependiendo de ustedes, nosotros pensamos —junto con una gran cantidad de otros estudiosos— que el Espíritu de Dios vino de manera permanente, de tal forma que, a la luz del Nuevo Testamento, probablemente no creemos que sea apropiado pedir a Dios que no quite su Santo Espíritu de nosotros, porque si verdaderamente somos salvos, eso no es algo que creemos que pudiera pasar.
Pero este es un punto importante. Yo estoy convencido, entiendo por la Palabra, y creo que lo he visto en mis años de pastorado —e incluso antes, cuando no era pastor— que es posible perder el favor de Dios de manera que los dones que Dios haya puesto en nosotros pierdan su efectividad, de forma que nosotros no sintamos el deseo de querer usarlos, o que no nos sintamos seguros de que Dios está respaldando su uso. Creo que es posible, y creo que lo he visto: que el don no necesariamente se ha ido, pero no tiene efectividad; y si no tiene efectividad, la persona no tiene el deseo de seguir usándolo, porque es algo que ya Dios removió.
Es como tomar a un cirujano y quitarle el bisturí. Imagínate uno extraordinario: él sigue teniendo su habilidad, pero no tiene cómo ejercerla. Y llega un momento en que, si le devuelves el bisturí, ya él ni siquiera quiere volver a utilizarlo, porque sabe la razón por la que el bisturí le fue removido y ahora ni siquiera tiene el deseo de usarlo.
De manera que, a la luz del Nuevo Testamento, nuestros pastores —en conversaciones que hemos tenido— múltiples veces me han oído decir que yo trato de anticipar múltiples cosas en mi mente, precisamente porque creo que me sirven en mi caminar, y he tratado de reproducir eso. Yo tener que pastorear sin poder sentir el respaldo de Dios... yo no me imagino esa experiencia. Debe ser lo más seco, lo más agotador, lo más cargante que yo pudiera imaginar.
Lo que David ha vislumbrado es que, si él va a recobrar la vitalidad espiritual en su vida, Dios tendrá que hacer algo milagroso. Él tendrá que crear de la nada, como mencioné: este es un verbo que solamente se usa con Dios en todo el Antiguo Testamento. En otras palabras, nadie creará nada, porque nadie crea nada de la nada excepto Dios.
David dice en el versículo 12: "Restituye el gozo de tu salvación y sostenme con un espíritu de poder." Restituye el gozo. ¿Cuál gozo, David? El de tu salvación. Hermanos, yo no sé —lo decía más temprano— si todo el mundo ha experimentado el gozo de su salvación, pero se supone que la salvación de Dios debe ser productora de gozo. Y si yo no he experimentado el gozo de mi salvación, o yo no sé de dónde me sacaron y en qué condiciones me encontraron, o yo no sé lo que me han entregado, o ambas cosas. Pero la Palabra habla más de una vez del gozo de la salvación.
El apóstol Pablo, cuando escribe a los efesios, les dejó saber de dónde ellos venían, y más adelante también les dejó saber lo que habían recibido. En Efesios 2:11 les dice que antes, ustedes los gentiles, estaban separados de Cristo —mala noticia—, excluidos de la ciudadanía de Israel —mala noticia—, extraños a los pactos de las promesas —mala noticia—, sin tener esperanza —muy mala noticia—, y sin Dios en el mundo —la peor noticia—. Ahí tú estabas. Y luego, en el versículo siguiente, Pablo les dice a los efesios: "Pero ahora ustedes han sido acercados por la sangre de Cristo." Han sido traídos a paz con Dios, están reconciliados con Él, la enemistad acabó, y ahora tenemos entrada al Padre. Buena noticia, buena noticia, buena noticia. A la luz de la Palabra de Dios, eso debe reproducir gozo en nosotros.
David no lo tenía. "Devuélveme el gozo de tu salvación." David no se sentía cerca, no estaba en paz con Dios, no se sentía limpio, no podía sentir gozo, se sentía débil en todo el sentido de la palabra. Y por eso le dice: "Sostenme, sostenme con un espíritu de poder." Como yo estoy, yo no puedo reinar, yo no puedo liderar, yo no puedo cantar. De hecho, no hay nada que yo pueda seguir haciendo. Así de débil estoy. Yo necesito que tú me sostengas, y si eso no ocurre, yo no podré hacer absolutamente nada más de aquí en adelante.
Mira cómo David lo expresa en el versículo 14: "Entonces mi lengua cantará con gozo tu justicia." No pasen por alto el "entonces", las palabras conectoras. Entonces, es decir: yo no puedo, yo no puedo cantar hasta que tú no hagas todo esto que te estoy pidiendo. "Abre mis labios, oh Señor." Esa palabra de dos letras, "oh", no la pasen por alto tampoco. Los historiadores de la iglesia hablan de que tú sabes que hay un avivamiento entre las personas porque la palabra "oh" comienza a aparecer en sus oraciones. "Abre mis labios, oh Señor, para que mi boca anuncie tu alabanza." Se me fue el canto, se me fue el gozo, se me fueron las palabras, y hasta que tú no me hayas limpiado, restaurado y devuelto el gozo, yo no puedo ni abrir mi boca.
Abre mis labios, oh Señor. Yo no sé si nos hemos percatado, pero el pecado nos enmudece. Cierra nuestros labios para adorar: no queremos, no nos atrevemos. Para adorar, no cantamos. Para confesar, para buscar ayuda. Porque una vez más, hermanos, el pecado nos afecta más profundamente de lo que nos percatamos, y daña más cosas en nuestro interior y exterior de las que frecuentemente podemos identificar.
Yo no sé si te percataste de los verbos en este texto. Cada vez que estés estudiando la Palabra, si tú quieres entender mucho mejor de qué trata el texto, presta atención a los verbos. Los verbos llevan la voz cantante aun en español; expresan la acción. Escúchalos: purifícame, lávame, hazme. ¿Quién está haciendo eso? Dios. Haz que borres; crea. ¿Quién? Dios, de cero. Renueva. No me eches. No quites. Restituye. Sostenme. Líbrame. Abre mis labios. Dios, Dios, Dios, todo el tiempo. Haz, haz, haz. Esta es la oración de David para su restitución.
David entiende que si Dios hace eso y lo devuelve, él tendrá otra responsabilidad. No solamente otra responsabilidad, sino un privilegio. Recuerda cómo Cristo le dice a Pedro: "Me vas a negar tres veces antes de que el gallo cante." Pero le dice también: "Yo he orado por ti, para que cuando te conviertas, ¿qué vas a hacer, Pedro?" Tienes que hacer algo cuando te conviertas, cuando hayas aprendido. Tienes que hacer algo: "Fortalece a tus hermanos." Esta es la idea que está detrás.
Y entonces, en tercer lugar, veamos cómo David promete enseñar a otros a caminar espiritualmente. Ya vimos cómo David pide por limpieza espiritual. Vimos cómo David pidió por restauración espiritual. Ahora David promete enseñar a caminar espiritualmente a los transgresores. Él dice: "Entonces enseñaré a los transgresores tus caminos."
Cada uno de nosotros debiera aprender y entender, quizás a partir de este salmo —ya lo sabíamos, pero no lo teníamos tan a flor de piel—, que cuando nosotros aprendemos algo, ya sea de este libro o en nuestras vidas, ya sea porque tropezamos, porque nos caímos, y Dios nos levantó, nos restauró, ese es nuestro privilegio y nuestra responsabilidad: enseñar a otros acerca de las cosas que nosotros hemos aprendido, para que otros puedan aprender de nuestros errores, tropiezos y caídas.
De la misma manera que estamos aprendiendo de la caída de David, de la misma manera que el Nuevo Testamento dice en un par de ocasiones distintas que todo lo que se escribió se dejó ahí para que nosotros aprendiéramos, tres mil años después estamos aprendiendo de cómo orar y cómo arrepentirse con David. Que otros puedan aprender el carácter bondadoso de Dios y de cómo un hombre puede llegar a conocer ese carácter bondadoso. Lo vimos la semana pasada: "Ten piedad de mí, oh Señor, de acuerdo a tu gran misericordia." David nos está dejando ver a nosotros cómo llegó a encontrar una restauración en el corazón bondadoso de ese Dios, y expresa esa esperanza.
Nota que David no dice: "Entonces, quizás yo pueda llegar a enseñar a otro transgresor." No, dice: "Entonces enseñaré." Él tiene la confianza de que el Dios que le hirió en sus huesos —por usar sus palabras— es el Dios que le puede restaurar. David ha aprendido cómo funciona la tentación adentro de él y afuera de él. David ha aprendido y puede enseñar cómo el pecado destruye nuestra relación con Dios, o la daña; la relación con otros, y cómo daña cosas en mí más profundamente de lo que había percatado. David ha aprendido y está enseñando cómo restaurar nuestra relación con Dios.
No esperemos que Dios restaure nuestra relación con Él si no estamos dispuestos a enseñar lo que Él nos enseña en la restauración. David no tenía vergüenza a la hora de escribir esto, sabiendo que por los próximos tres mil años —y los que faltan para que Cristo venga— se seguiría hablando de su vida y de lo que hizo, si eso iba a contribuir a glorificar a su Dios.
David ha aprendido otras cosas. Es dudoso que durante esos nueve meses, casi un año, que estuvo en silencio, no haya estado en el templo ofreciendo sacrificio por su propio pecado. Yo creo que todo ese tiempo debió durar así, pero él sabía que seguía cargado, seguía seco. Yo creo que ahí es donde vienen estas palabras, que él va a enseñar también: "Porque tú no te deleitas en sacrificio; de lo contrario, yo lo ofrecería." Si hubiera otro sacrificio que ofrecer para que este peso se quitara de él, lo ofrecería. Pero tú no te deleitas, no te agradas del holocausto. ¿Cómo lo aprendiste, David? Yo creo que él fue y lo ofreció, y yo creo que lo sintió igual, que no le bastó.
Entonces, ¿qué es lo que ha aprendido? El versículo 17 dice: "Los sacrificios de Dios son el espíritu contrito; al corazón contrito y humillado, Dios, no despreciarás." No creo que cuando David hizo lo que hizo tuviera un corazón contrito ni un corazón humilde. Él aprendió que ninguno de esos sacrificios tiene ningún efecto sobre Dios, ni nuestra participación en cualquiera de las actividades de la iglesia, a menos que mi corazón esté bien con Él. Él se sintió igual, pero aprendió, y aquí está este salmo para decirte a ti y a mí que si tienes un corazón contrito y humillado, como revelan estas palabras, Dios te va a recibir, Dios va a escucharte, Dios va a limpiarte, Dios va a restaurarte.
De hecho, Dios ha revelado eso en más de una ocasión y de forma diferente. En Isaías 57, dice que Él habita con aquel que es contrito y humilde de espíritu. En Isaías 66:2, Dios dice que Él mira a aquel que es humilde y contrito de espíritu y que tiembla ante Su palabra. No encuentras en el Salmo 51 palabras defensivas, ni justificaciones, ni ese autoservicio que David había ejercido cuando se sirvió de la debilidad de Urías, cuando hizo autoservicio de la vulnerabilidad de otros. Él sabe que eso está muy lejos de lo que Dios busca.
Y él dice en el versículo 13: "Yo voy a enseñarles a otros tus caminos." Todo esto que Tú me has enseñado, todo esto que yo he aprendido acerca del espíritu humillado y los sacrificios, de cuáles son los sacrificios que a Ti te agradan, yo voy a enseñar eso.
Finalmente, en cuarto y último lugar, David hace una oración por la restauración de la nación, lo cual nos sorprende, pero no debiera. Escucha cómo los versículos 18 y 19 siguen y terminan: "Haz bien con tu benevolencia a Sion; edifica los muros de Jerusalén. Entonces te agradarán los sacrificios de justicia." Entonces, hasta que todo esto no ocurra, ni los sacrificios te van a agradar. El holocausto y el sacrificio perfecto —entonces otra vez se ofrecerán novillos sobre tu altar.
David también sabe que su pecado afectó a la nación. La nación que estaba en su punto cumbre: él reunió a las doce tribus de Israel que habían estado divididas, las juntó en Jerusalén, que llegó a ser la capital en vez de tener dos lugares distintos. Y luego el reino emprendió un tiempo de debilidad que sigue con Salomón, y el reino se divide a la muerte de Salomón. Él está orando que Dios restaure a la nación. ¿Sabe por qué, hermano? Porque el pecado de uno nos afecta a todos.
En la época de la conquista, cuando Josué fue a conquistar a Hai, hubo una derrota. Dios le había prometido a Josué: "Nadie te va a derrotar. Mantente en mi Palabra, no te desvíes ni para la derecha ni para la izquierda." Josué estaba siendo fiel y obediente, no se había desviado. Y hubo una derrota. ¿Qué pasó, Josué? Él comenzó a llorar y a preguntarle a Dios, y Dios le dijo: "Levántate, deja de llorar. ¿Sabes lo que ha pasado? Acán se había robado lo que había sido prohibido: un lingote de oro y un manto babilónico que Dios había prohibido que se tomara de los enemigos." Y eso es lo que llama la atención. Es como si Dios le dijera: "Josué, ¿sabes por qué te derrotaron? Porque Israel ha pecado." Israel fue a Hai, sí, pero el pecado de uno nos afecta a todos.
El pecado de Adán y Eva afectó toda la raza humana. El pecado de Elí afectó a sus hijos. El pecado de Sansón, de David, de Salomón afectó a la nación. Nuestro pecado afectó a Jesús, era la cruz. Sin tu pecado ni el mío, Él no hubiera sido afectado. El pecado de los presidentes de las naciones afecta el futuro de la nación. El pecado de los padres afecta a sus hijos —no dije que los heredan, sino que los afectan—. El pecado de los pastores afecta a las ovejas. No ha ocurrido de otra manera.
Quiera Dios, en su abundancia —que lo caracteriza—, restaurar las vidas nuestras cuando sean necesarias: los matrimonios, las áreas en cada uno de nosotros que requieren restauración, las relaciones, las emociones, las formas de pensar. Quizás tienes un matrimonio y tienes que decir: "Dios, yo necesito que Tú barra esta relación, que la haga de cero, de la nada, que traiga algo de afuera y lo introduzca adentro, y que esta relación pueda volver a ser." O quizás esta oración es para uno de tus hijos. Al final del primer culto, hice esa oración por dos casos diferentes: uno por una hija de catorce años y otro por un matrimonio que llevaba tiempo separado, y esta semana se están volviendo a casar. Porque Dios obró en ellos.
Lo que Dios requiere de ti y de mí para obrar: un espíritu humillado y contrito. El resto es lo que Él añade: Su compasión, Su longanimidad. Dios sufre por los Suyos por un largo tiempo; sufre tu pecado, tiene espera, tiene larga paciencia. Pero sin el espíritu contrito y humillado, no puede haber ni perdón ni restauración. Que Dios termine de sacrificar en el altar el orgullo nuestro. Y que mañana sea un día en que una gran cantidad de personas, matrimonios, padres e hijos lleguen con un espíritu contrito y humillado. Que Dios quiera entonces visitarnos, favorecernos y hacer suplantar Su gracia sobre nuestras vidas.
Padre, gracias. Gracias por ser quien eres y por ser quien eres para con los Tuyos. Gracias, que mi maldad —yo no sé la de otros, pero mi maldad— ha sido lavada y ha sido perdonada. Gracias, que esa maldad lavada fue, y después me dejaste libre en Ti. Gracias, que Tú estás dispuesto a escucharme todos los días para renovar mi fe, renovar mi pasión, para crear deleite en mí por Ti y por tus cosas. Dios, en el nombre de Cristo, yo te pido que verdaderamente Tú hagas un trabajo enorme, de manera personal pero también de manera corporativa en nuestra iglesia, en iglesias hermanas a nuestro alrededor y más allá, de manera que se vuelvan a regocijar los huesos que han sido quebrantados, que el gozo pueda volver a donde haya partido, que tus hijos puedan volver a cantar tus alabanzas, que sus labios sean abiertos, que vuelva vida donde estaba reinando la muerte, para la gloria de nuestro Dios trino, en quien hemos orado. Y Su Espíritu dice, o Su pueblo dice: amén. Bendición.
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