La oración es como la electricidad: muchos creen en su poder, conocen las promesas que la acompañan, han visto testimonios de su eficacia, pero la utilizan de manera tan limitada como aquella señora dominicana que instaló luz eléctrica en su casa solo para encender la lámpara y luego apagarla. Encienden brevemente y apagan. En Lucas 11, Jesús responde a la petición de sus discípulos —"enséñanos a orar"— con un modelo que revela tanto el qué como el cómo de la oración genuina.
Lo primero que Jesús establece es ante quién estamos: un Padre. Antes de Cristo, Dios era percibido como un juez severo detrás de la barrera de la ley; ahora se revela detrás de la barrera de la gracia. Desde esa posición de hijos, la oración debe reconocer la santidad de Dios, anhelar su reino, confesar dependencia para la provisión diaria, clamar perdón —condicionado a que nosotros también perdonemos— y rogar protección contra la tentación. Pero Jesús añade algo más: debemos orar con la insistencia de un mendigo, como aquel amigo que toca la puerta a medianoche sin vergüenza hasta recibir lo que necesita, o como la viuda que agota la paciencia del juez injusto.
La promesa es clara: todo el que pide recibe, el que busca halla, al que llama se le abre. Esto no significa obtener exactamente lo pedido, sino que el Padre bueno siempre responde dando lo que verdaderamente necesitamos. Y lo mejor que puede darnos es a sí mismo: el Espíritu Santo. Teniendo ese don, lo tenemos todo.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
El asombro y la maravilla me invaden, Dios. No es maravilla el ver que en ti hay tanto perdón para nosotros, Señor. Y por ese perdón y por los méritos de Cristo, hoy podemos nosotros estar aquí para escuchar tu verdad. Señor, habla tu verdad y que tu pueblo pueda escuchar y ser edificado. Sé con nosotros, Señor, en el nombre de Jesús. Amén.
Bendición, hermanos. Que el Señor les bendiga en esta mañana, el día de hoy. Qué bueno es poder cantar acerca de la bondad y el amor de Dios. Qué bueno es poder cantar que en Él esperamos.
En el día de hoy, yo quisiera poder compartir con ustedes un texto que de seguro muchos ya han leído, de seguro muchos han estudiado, y es uno de esos textos que tiene verdades aleccionadoras para ti y para mí, que debieran cambiar y transformar nuestras vidas. Es probable que este haya sido uno de los textos o enseñanzas con los cuales muchos de nosotros, desde que nos convertimos, desde que vinimos a Cristo, hemos estado batallando y luchando. Y yo sé que ustedes saben que quiero hablar en el día de hoy acerca de la oración y de cómo debemos orar a la manera de Dios. Muchos de los que están aquí lo que viven, viven sin oración, viven sin Dios en el mundo. Y yo estoy convencido de que si tú estás aquí en este día, es porque anelas desde el fondo de tu corazón poder encontrarte con Dios, poder escuchar a Dios y poder aprender de Dios.
Yo quiero pedirte que me acompañes al Evangelio de Lucas. Estaremos viendo el capítulo 11, del versículo 1 al versículo 13. Pero antes de leer el texto, quiero compartir con ustedes una historia que nos pueda servir de introducción en el día de hoy.
Yo no sé si muchos de ustedes sabían, pero la electricidad llegó a nuestro país en el año 1894. Antes de 1894, nosotros usábamos velita, lamparita; no había luz en nuestro país. Pero para que la energía llegara a mi amado pueblo de San Juan de la Maguana, hubo que esperar hasta el 1924 aproximadamente. En ese tiempo, una señora humilde invirtió grandes recursos y grandes esfuerzos para hacer que la electricidad llegara a su casa. Luego de unos meses con el servicio instalado en su hogar, la compañía se da cuenta de que ella no está consumiendo mucha energía. Ellos mandan un técnico a su casa, revisan todo, ven que todo está bien, y se sorprenden: con tanto esfuerzo, ella no está consumiendo energía.
El técnico toca la puerta. "Doña, ¿cómo está usted?" "Bien, mi hijo, ¿cómo está usted?" "Bien, gracias. Mire, hay algún problema, porque nosotros vemos que usted tiene el servicio de electricidad funcionando, todo bien, pero usted no utiliza la energía. ¿Pasa algo?" La señora le dice: "No, no, mi hijo, nosotros estamos felices, contentos con la electricidad. Cuando es de noche, nosotros prendemos la luz, prendemos nuestra lámpara y apagamos la luz." "¿Qué? ¿Para eso usa usted la electricidad?" Claro. Y estamos felices.
Yo me pregunto: ¿por qué esta mujer hizo todo ese esfuerzo para utilizar la electricidad de esa manera? Ella creía en la electricidad. Ella había creído las promesas que la compañía eléctrica había hecho acerca del poder que tenía la electricidad. Ella había visto la electricidad funcionando, pero la utilizaba de una manera muy limitada. ¿Qué pasó? Probablemente ella no entendía realmente el poder que había detrás de utilizar la electricidad correctamente. Y por eso la utilizaba con moderación.
Y yo sospecho, hermanos, que muchos de nosotros utilizamos la oración de la misma manera. Nosotros conocemos acerca de la oración, conocemos las promesas de Dios acerca de la oración, hemos escuchado testimonios transformadores de cómo Dios ha contestado oraciones, pero aun así la utilizamos de una manera muy limitada. Encendemos, prendemos nuestra lamparita y apagamos.
Con eso en mente, yo quiero pedirte que me acompañes a Lucas 11, del versículo 1 al 13, donde Jesús nos va a estar enseñando qué orar, cómo orar y las promesas de la oración. Dice la Palabra de Dios:
"Aconteció que estando Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó también a sus discípulos. Y él les dijo: Cuando oren, digan: Padre, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Danos hoy el pan nuestro de cada día, y perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a los que nos deben, y no nos metas en tentación. También les dijo: Supongamos que uno de ustedes tiene un amigo y va a él a medianoche y le dice: Amigo, préstame tres panes, porque un amigo mío ha llegado de viaje a mi casa y no tengo nada que ofrecerle. Y aquel, respondiendo desde dentro, le dice: No me molestes; la puerta ya está cerrada y mis hijos y yo estamos acostados. No puedo levantarme para darte nada. Les digo que aunque no se levante a darle algo por ser su amigo, no obstante, por su importunidad se levantará y le dará cuanto necesite. Así que yo les digo: Pidan y se les dará, busquen y hallarán, llamen y se les abrirá, porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abrirá. O supongamos que uno de ustedes, su hijo le pide pan; ¿acaso le dará una piedra? O si le pide un pescado, ¿acaso le dará una serpiente en lugar del pescado? O si le pide un huevo, ¿acaso le dará un escorpión? Pues si ustedes, siendo malos, saben dar buenas dádivas a sus hijos, ¡cuánto más su Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden!"
Lucas comienza este texto diciéndonos que Jesús se encontraba en cierto lugar orando. Es probable que luego de que Cristo y sus discípulos hubieran visitado a sus amigos Lázaro, Marta y María, Jesús decidió hacer algo que acostumbraba hacer: apartarse a orar. Y luego que terminó de orar, uno de sus discípulos —probablemente Pedro, aunque el texto no lo dice, pero son las cosas que Pedro haría— se le acerca y le dice: "Maestro, enséñanos a orar como Juan enseña a sus discípulos." Aparentemente, Juan el Bautista enseñaba a sus discípulos ciertas oraciones. Es probable que fueran extractos del Antiguo Testamento que los discípulos de Juan repetían constantemente.
Y Jesús, conociendo la importancia de la oración, comienza a instruir a sus discípulos. Y lo primero que hace es instruirlos en qué deben orar. Versículo 2: "Y Jesús les dijo: Cuando oren, digan: Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos hoy el pan nuestro de cada día, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a los que nos deben, y no nos metas en tentación."
Muchos han querido interpretar que esta oración de Jesús es una oración que nosotros debemos repetir constantemente: "Cuando oren, repitan esto." Sin embargo, nosotros no nos encontramos aquí con una oración que debe ser repetida, sino con un modelo de oración. Jesús nos da una oración que tiene seis partes, una estructura de seis partes, que es lo mínimo que debe tener una oración que nosotros le hacemos a Dios.
Y Él comienza con una de las partes más hermosas de esta oración. Él comienza diciendo: "Cuando oren, digan: Padre." Y este es el reconocimiento que Cristo quiere que los discípulos hagan de ante quién están. Ellos no están delante de un extraño; ellos están delante de su Padre. Y es muy probable que para los discípulos esta haya sido una de las partes más aleccionadoras y confortadoras de toda la oración.
Antes de la venida de Jesús, Dios era considerado como un Dios que estaba en su trono, en un lugar lejano; un Dios santo —que lo sigue siendo—, donde nadie con pecado puede acercarse, donde ningún humano podría ni siquiera tocar su trono donde Él se encuentra, su santo monte, porque moriría inmediatamente. Para ellos era considerado como un juez severo que estaba escondido detrás de la barrera de la ley, un Dios a quien los hombres ni siquiera se atrevían a pronunciar su nombre para no ofenderlo. Y de repente Jesús le da la vuelta y coloca a Dios no detrás de la barrera de la ley, sino detrás de la barrera de la gracia.
Ahora, el que ha sido desde la eternidad hasta la eternidad, el Dios infinito, el Dios todopoderoso, dice: "Tú eres mi hijo y yo soy tu Padre." Con el derecho que te da eso, acércate a mí en oración; acércate a tu Padre. Cristo, hablando en Juan 1:12, lo dijo de esta manera: "Pero a todos los que le recibieron, les dio el derecho de ser llamados hijos de Dios." Lo primero que ustedes tienen que saber cuando oren es que están orando delante de su Padre, que les ama y les amará a pesar de ustedes.
Y luego de eso, Cristo da cinco peticiones de oración que deben estar en nuestras oraciones. La primera: "Santificado sea tu nombre." Exáltese tu nombre, y esto es un acto de adoración. Jesús está enseñando a sus discípulos que los cristianos tienen que exaltar la grandeza del nombre de Dios, que tienen que dar gloria al nombre de Dios, porque Dios es un Dios celoso con su nombre, porque el nombre de Dios representa quién es Dios.
Cuando Dios juzgó o cuando condenó al pueblo de Israel a través del profeta Ezequiel, ¿ustedes saben por qué lo hizo? Porque deshonraron su nombre. Ezequiel 36, versículos 22 al 23, dice: "Por tanto, dile a la casa de Israel: Así dice el Señor Dios. No es por ustedes, casa de Israel, que voy a actuar, sino por mi santo nombre, que han profanado entre las naciones adonde fueron. Vindicaré la santidad de mi gran nombre, profanado entre las naciones, el cual ustedes han profanado en medio de ellas."
Cristo quiere recordarles a los discípulos, enseñarles: vengan delante de su Padre, pero recuerden que Él no es como ustedes. Recuerden que Él es santo, por lo cual tienen que adorarlo y exaltar el nombre del Señor. Cuando yo santifico el nombre del Señor en mi oración, de manera práctica estoy poniendo a Dios en su trono y a mí mismo postrado a sus pies. Lo estoy poniendo a Él en el lugar que le pertenece y me estoy colocando yo donde debo estar.
Padre, exaltado sea tu nombre. Primera petición. Segunda petición: venga tu reino.
Cristo dice: "¡Anhelad la venida del Señor! ¡Anhelad cuando Él venga y extienda su gracia sobre ustedes para siempre!" La respuesta lógica del creyente es anhelar la venida de Cristo, la venida de Dios, cuando el reino de Dios se establezca sobre la tierra, cuando ya no habrá más dolor, cuando la muerte, cuando Satanás haya sido expulsado para siempre de este mundo. Ese momento, cuando el reino de Dios se establezca, será por fin el momento cuando estemos bien. Y nosotros debemos anhelar ese momento, y nuestras oraciones deben clamar al Señor: "Señor, venga tu reino, venga tu reino", porque es lo que anhelamos.
Pero también esta oración implica que yo tengo un deseo genuino en mi corazón de que Dios reine en mi vida. Cuando su reino venga, Él va a ser el rey, y es lo que yo anhelo, por lo cual en el proceso yo he decidido someterme a la soberanía de Dios sobre mi corazón pecador. Cuando yo le digo al Señor "venga tu reino", yo estoy confesando: "Señor, tú eres mi rey, y es bajo tu soberanía, bajo tu control, bajo tu gobierno que yo quiero vivir." Padre, exaltado sea tu nombre, venga tu reino.
Si nos damos cuenta, las tres primeras partes de esta oración buscan reconocer a Dios: al Dios en el cual yo me presento, mi Padre, pero que no es como yo, que es un Dios santo y que es rey. Las otras tres partes de la oración buscan reconocer mi subordinación y mi dependencia delante del Señor.
La tercera petición que Jesús les dice a los discípulos que hagan en oración es pedir por el pan de cada día: "Danos hoy el pan nuestro de cada día." Confiesenlo como el dador de todas las cosas. Jesús exhorta a sus discípulos: "Oigan, pidan, pidan a su Padre por alimento diario, reconozcan su necesidad de que Dios abra el cielo y que maná nuevo caiga cada día sobre sus mesas." En la época de Jesús, el pan se hacía todos los días; no se hacía pan y se guardaba porque no había dónde guardarlo, no había nevera, por lo cual las familias debían preparar la provisión justa para cada día.
De esta forma, Jesús quiere decirle a los discípulos: "Oigan, cuando ustedes pidan a Dios, no pidan por riqueza, no pidan por poder, no pidan por honor; pidan para que Dios les dé lo que ustedes necesitan cada día, ni más ni menos." Porque Proverbios 30:8 dice el por qué: "No me des pobreza ni riqueza; dame a comer mi porción de pan, no sea que me sacie y niegue y diga: ¿Quién es el Señor? O que sea menesteroso y robe y profane el nombre de Dios." Pidan su provisión diaria, sabiendo que la abundancia de pan es tan peligrosa como la escasez. Por eso Jesús instruye a sus discípulos: oren al Señor para que les supla lo que ustedes necesitan.
Pero además de eso, además de suplicar que Dios les dé provisión de alimento, clamen por perdón. "Padre, perdona nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todos los que nos deben." El sentirnos perdonados es una de las mayores necesidades del corazón humano, y solo Dios puede liberarnos de ese sentido de culpa que nosotros tenemos en el corazón. Es ese sentido de culpa que incluso hoy a los cristianos, a los creyentes, nos carga cuando pecamos. Solo Dios puede liberarnos de esto. Y por eso Cristo quiere que vayamos a Dios clamando para que Él nos perdone, para que Él pueda quitar esa sensación que les hace sentir que ustedes no pueden acercarse al trono de la gracia. Clamen por perdón.
Sin embargo, nos damos cuenta de que Jesús aquí presenta también una condicionante para este perdón. Él dice: Dios los va a perdonar como ustedes también perdonan a otros. ¿Tú quieres que Él te libre de la culpa de tu pecado? Perdona a tu hermano. Cuando nosotros no perdonamos a alguien, nosotros nos estamos presentando más altos que Dios mismo; somos jueces más severos que Dios mismo, porque Dios se complace en perdonar. Juan Calvino decía: "Nada es más propio de Dios que el perdonar pecados." Y a nosotros muchas veces nos cuesta eso. Alguien nos ofende y decimos: "Yo lo perdono, pero no me relaciono con esta persona nunca más. Y si se murió, se murió." ¿Es realmente ese el perdón del que Jesús está hablando aquí?
Seamos honestos delante de Dios. ¿Qué tan dado eres a perdonar a alguien que te ofende? Si tú cierras los ojos ahora, tú puedes pensar en alguien a quien necesitas perdonar. Nuestra relación con Dios nunca estará bien hasta que nosotros no estemos bien con los demás. Si yo tengo algo contra mi hermano, o mi hermano tiene algo contra mí, ¿qué debo hacer? Mateo 5:23 y 24, Jesús enseña sobre esto. Jesús dice: "Por tanto, si estás presentando tu ofrenda en el altar y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda en el altar, ve y reconcíliate con tu hermano, y después que te reconcilies, ven y presenta tu ofrenda."
Extender el perdón al hermano es una evidencia de que yo reconozco lo necesitado que estoy de perdón. Jesús mismo nos mostró perdón y pagó una deuda que Él no cometió por amor a nosotros, y nosotros, siendo malos y caídos, nos cuesta tanto perdonar a otros. Cuando yo vengo delante de Dios en oración y le digo: "Señor, perdóname como yo he perdonado a los que me deben", yo estoy haciendo un reconocimiento delante de Dios de que mi mayor interés es estar en paz con Él, y estoy dispuesto a perdonar incluso a los que me han faltado por estar en paz con Él.
Cuando oren, pidan perdón por sus pecados. Y finalmente, órenle al Señor: "No nos metas en tentación." Rueguen para ser guardados de cualquier tentación. En esta última parte de la oración nosotros queremos hacer una admisión; Cristo quiere que los discípulos hagan una admisión de que si Dios retira su mano misericordiosa, su mano de gracia, su mano de bondad, ¿qué pasaría con nosotros? Caeríamos en pecado. Este es un reconocimiento reverente de que si Dios no me asiste, yo no podría lidiar con las tentaciones que enfrento diariamente.
Muchas veces nosotros pensamos que podemos lidiar con nuestras tentaciones solos: "No, yo estoy fuerte, yo puedo ver eso. No, yo puedo ir a ese lugar, no hay ningún problema, ya el Señor me ha fortalecido." Hermano, tú estás necesitado de que sea Dios quien te extienda su gracia para que tú no caigas en tentación y no termines alejándote de su santidad y de su camino de verdad.
Los discípulos se acercaron a Jesús y le pidieron: "Maestro, enséñanos a orar." Y Jesús les enseña a orar recordándoles: "Enfóquense en delante de quién ustedes están. Están delante de su Padre, quien es santo y quien un día regresará. Anhelen que Él regrese. Pero también confíen en que Él es el único que puede satisfacer sus necesidades de provisión, de perdón y de protección." Solo Él. Eso es lo que ustedes van a orar: a su Padre, que es santo, que reina, que los quiere guardar del pecado, que quiere darles perdón y darles provisión para ustedes.
Pero además de a quién orar, Jesús también nos enseña cómo orar, y para esto Él utiliza una parábola. Versículo 5: "También les dijo: Supongamos que uno de ustedes tiene un amigo y va a él a medianoche y le dice: 'Amigo, préstame tres panes, porque un amigo mío ha llegado de viaje a mi casa y no tengo nada que ofrecerle.' Y aquel, respondiendo desde dentro, le dice: 'No me molestes; la puerta ya está cerrada y mis hijos y yo estamos acostados, no puedo levantarme para darte nada.' Les digo que aunque no se levante a darle algo por ser su amigo, no obstante, por su importunidad se levantará y le dará cuanto necesite."
Para entender mejor esta parábola, yo quiero ponerla en versión dominicana, y vamos a aprovechar que el pastor Luis no está aquí para tomarlo de ejemplo. Lo tomo de modelo, él tanto aquí, yo sé que no le gustaría mucho, pero imaginemos esto: el pastor Luis se sienta en su casa, acostado ya cansado, después de un lunes bien largo, con muy poco en la nevera porque su esposa Carolina no pudo ir al supermercado, y toca la puerta: pum, pum, pum, pum. Es el hermano Carlos. Carlos llega: "¡Oh, Luis, cómo está! Perdóname que llegué aquí a estas horas de la noche, pero Odris, mi esposa está de viaje y en mi casa no hay nada, y yo sé que tú tienes algo que ofrecerme." Y Luis dice: "Bueno, Carlos, acomódate, no te apures."
Va Luis, levanta a su esposa Carolina: "Carolina, aquí está Carlos, que tiene mucha hambre, que está llegando de Dajabón, son las 11 de la noche." Yo abrí la nevera, lo que encontré fue agua y unas lechugas que no tenían buen color, y cuando le iba a dar un helado, abrí el pote del lado y encontré unas habichuelas ahí. "No le puedo dar eso. ¿Qué hacemos? ¿Qué hacemos?" Entonces Luis dice: "No te apures, Carolina, yo voy a ir donde Reinaldo. Reinaldo vive cerca de aquí, Reinaldo es mi hermano, es mi amigo, yo estoy seguro de que Reinaldo algo me va a dar para Carlos."
Luis se dirige donde Reinaldo, toca la puerta de la casa de Reinaldo. Son las 12 de la noche. Toca la puerta de la casa de Reinaldo y Reinaldo nada de abrir la puerta. Le mandó un mensaje: "Reinaldo, mira, estoy aquí al frente de tu casa para que tú me des algo para Carlos, que no tenemos nada en la casa." Y no coge el teléfono. Le da una llamada, Reinaldo nada de coger el teléfono. Toca la puerta, llama a Jenny, la esposa de Reinaldo, le hace hasta en el hilo de Reinaldo, nadie coge el teléfono. Pero Luis sigue ahí en la puerta mandando mensajes, y manda mensajes y manda mensajes.
En un momento, Reinaldo se levanta, toma el teléfono: "Aló, cuéntame, Luis. ¿Cómo te sirvo, hermano, a esta hora tan tarde?" "No, Carlos está en la casa, él llegó de Dajabón, está cansado, y tú sabes que por el toque de queda no hay nada abierto a esta hora. ¿Tú no tienes algo que yo pueda darle a Carlos?" Y Reinaldo dice: "Hermano, mi amigo está durmiendo ya, Jenny está durmiendo. Que se tome un vaso de algo, que se acueste, que eso no le va a hacer daño." Y dice Luis: "Pero Reinaldo, hermano, ¿cómo le vamos a hacer eso? Dame algo, por favor." "No, no, hermano, mañana hablamos." Pero Luis sigue ahí, le manda otro mensaje: "Por favor, Reinaldo, por los viejos tiempos, por lo que hemos servido en oración, en la iglesia."
Al final, Reinaldo se levanta, dice: "Espérate, Luis", le da tres pedazos de pizza que sobraron de la cena, un refresco —no voy a decir la marca— y Luis se va terminando lleno. Luis tocó la puerta de Reinaldo con insistencia, llamó con insistencia, y al final Reinaldo abrió la puerta. Y a mí me encanta que Jesús da la razón por la cual Reinaldo se paró de la cama: no fue porque era su amigo. Dice el texto: "No fuera porque era su amigo, sino por su importunidad, por la persistencia de Luis." La palabra del original aquí, "importunidad", es *anaideia*, que literalmente quiere decir "por su persistencia sin vergüenza", por su persistencia sin vergüenza, sin temor a lo que él iba a recibir o escuchar.
Miren cómo lo dice la Nueva Traducción Viviente: "Les digo que aunque no lo haga por amistad, si sigues tocando la puerta el tiempo suficiente, él se levantará y te dará lo que necesitas debido a tu audaz insistencia." Esa es la manera como Jesús quiere que nosotros oremos, de la misma manera que un mendigo cuando pide, con insistencia. Yo no sé si a usted le ha pasado —bueno, probablemente a todos nos ha pasado— que estamos en un semáforo en rojo, se pone rojo llegando, se pone rojo, y vienen estas personas y tocan el vidrio. Muchos de nosotros los miramos y les decimos: "No tengo, ahora no." Otros los ignoran.
Pero cuando tú les dices eso, la persona todavía está ahí, y tú ves que tratas de bajar la cabeza, acoges el celular, te metes el celular, y cuando el semáforo va a cambiar y tú volteas y la persona está ahí todavía. Y tú miras, buscas la gaveta, empiezas a hurgar papeles que nunca has necesitado, pero empiezas a revolver la gaveta con la persona estando ahí. Llega un momento en que uno se voltea y lo ve, y al verlo ahí todavía, ¿qué hace? Abre una nueva gaveta, y aunque sea una menta, le da a esa persona. Cualquier cosa que tengamos en nuestra mano, le damos a esa persona. Y esa es la manera como Jesús quiere que nosotros vengamos a Él: quiere que vengamos a Él en oración con insistencia, con hambre, sin vergüenza, dispuestos a pasar el tiempo que sea necesario, con la mano levantada hasta que recibamos lo que estamos pidiendo.
Un ejemplo similar Jesús utiliza en el mismo Evangelio de Lucas, ya un poco más al final de su ministerio, en Lucas 18:1-7, hablando de esta viuda que viene delante del juez injusto. Dice la Palabra de Dios: "Jesús les contó una parábola para enseñarles que ellos debían orar en todo tiempo y no desfallecer." Jesús les contó otra parábola para volver a enfatizar cómo era que debían orar en todo tiempo y no desfallecer. Él dice: "Había en cierta ciudad un juez que ni temía a Dios ni respetaba a hombre alguno. También había en aquella ciudad una viuda, la cual venía a él constantemente diciendo: 'Hágame usted justicia de mis adversarios.' Por algún tiempo el juez no quiso, pero después dijo para sí: 'Aunque ni temo a Dios ni respeto a hombre alguno, sin embargo, porque esta viuda me molesta, le haré justicia, no sea que por venir continuamente me agote la paciencia.'"
Dice el versículo 6: "Y el Señor dijo —Jesús dijo—: 'Escuchen lo que dijo el juez injusto. ¿Y no hará Dios justicia a sus escogidos que claman a Él de día y de noche? ¿Se tardará mucho en responderles?'" La viuda sabía que su vida dependía de este juez, y por eso venía con insistencia, con hambre: "Hasta que tú no me ayudes y me asistas, yo no me voy de aquí. Si yo tengo que venir día y noche a tocar tu puerta, día y noche yo voy a estar aquí, porque yo necesito que tú respondas a mi petición." Y dices de suyo: siendo este hombre injusto, respondió bien a la viuda, ¿no lo hará Dios para con nosotros? Cristo quiere que nosotros vengamos a Él clamando día y noche para que Él nos asista.
Hermanos, si nosotros somos realistas, si somos honestos, los momentos en los que hemos sido más fieles en la oración han sido en los momentos en que hemos estado en necesidad. ¿Sí o no? Pero tristemente, hermanos, nosotros no nos damos cuenta de que tú y yo nunca dejamos de tener momentos de necesidad. Nosotros siempre estamos en necesidad de Dios. Nosotros simplemente fluctuamos en la conciencia que tenemos de nuestra necesidad, pero nosotros todo el tiempo estamos necesitando a Dios. Nuestra vida, la tuya y la mía, está en un hilo las 24 horas del día, los 7 días de la semana.
Por esa razón es que nosotros debemos venir a Dios clamando, rogando. No porque Dios sea como este amigo, como Reinaldo, que no se quiere levantar en la noche, sino porque yo sé que yo soy como Luis, que no tengo nada que dar en mi nevera, que mi nevera estaba vacía y que yo necesito que sea Dios quien me supla todos los días. La razón por la que oramos menos es porque entendemos que no necesitamos a Dios. Y Cristo quiere que los discípulos recuerden: "Ora como mendigo, porque eso es lo que eres, un mendigo que tiene que clamar diariamente: 'Señor, dame, dame, dame, porque yo no tengo nada para dar.'" Hermanos, somos mendigos que necesitamos que sea Dios quien nos alimente.
Y por esta razón, el versículo 9 dice: "Así que yo les digo: pidan y se les dará, busquen y hallarán, llamen y se les abrirá." Pidan, busquen, llamen: tres imperativos que nos mandan a orar con desesperación. Santiago 4:3 dice: "No tienen porque no piden. Piden y no reciben porque cuando piden, piden con malos propósitos." La razón para que no tengan es porque piden mal, o porque no piden suficiente. Si ustedes realmente quieren algo, píданlo con urgencia, supliquen por ello de manera tal que Dios, que conoce nuestros corazones, nos dará según su buena voluntad.
"Busquen": esto implica una petición que va más allá de simplemente pedir. Es un esfuerzo constante que yo voy a hacer; no solamente es pedir algo, es que yo voy a buscar eso que quiero, a clamar por eso que quiero. "Llamen", toquen la puerta: esto es más que pedir, más que buscar. Esto es clamar con más intensidad. Es un mandato a que, si yo tengo que patear una puerta en sentido figurado, yo lo voy a hacer, porque es mi intención entrar ahí y conseguir, de aquel lado, lo que ando buscando. Esa es la forma como Cristo quiere que oremos.
El puritano Thomas Manton escribió: "Si no recibimos pidiendo, busquemos. Si no recibimos buscando, entonces ¿qué vamos a hacer? Llamemos." Esa es la forma en que nosotros oramos. Imagínense que algunos de ustedes tienen la oportunidad, después de unos meses largos de pandemia, de haber ahorrado cierto dinero, y deciden llevar a su familia de viaje y llevan a sus hijos a un parque de diversiones. Resulta que luego de un día caminando en el parque, su hijo de cinco años les desaparece. ¿Qué hacen ustedes?
Lo primero que hacen es pedir: "Yo quiero ver las cámaras, yo quiero hablar con seguridad, yo quiero hablar con alguien que pueda ayudar." Después que se asustan, buscan intensamente, levantan cada piedra. Después que se asustan más, llaman a todas las puertas posibles: entran al cuarto de máquinas, a la estación de control, donde está el presidente, donde sea, con tal de encontrar a su hijo perdido. Esa es la intensidad con la cual debemos orar: clamando, buscando, llamando, hasta que encontremos lo que anhelamos.
Porque hermanos, la oración fue dada por Dios para eso, para que sus hijos vengan y pidan. Y en la oración hay poder. Santiago 5:16 dice: "Orad unos por los otros para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede lograr mucho."
Muchas veces nosotros no sabemos, al igual que como la señora no sabía el poder que había detrás de la electricidad en su casa y su hora la usaba para prender la luz, prender la lámpara para ir a pagar. De la misma manera, nosotros no sabemos, no entendemos el poder, la riqueza que hay detrás de la oración.
Juan Crisóstomo, un padre de la iglesia, describió el poder de la oración de la manera siguiente. Él decía: "La oración ha subyugado la fuerza del fuego, ha refrenado la furia de los leones, ha silenciado la anarquía para que descanse, ha detenido las guerras, ha expulsado a los demonios, ha roto las cadenas de la muerte, ha expandido el destino del cielo, ha mitigado las enfermedades, ha rescatado ciudades de la destrucción, ha mantenido el sol en su curso y el avance de los horarios. Hay en la oración una armadura suficiente, un tesoro intacto, una mina que nunca se agota, un cielo sin nubes, un cielo imperturbable por la tormenta. La oración es la raíz, es la fuente, es la madre de mil bendiciones."
Hermanos, ¿realmente creemos en lo que Jesús dice, lo que Jesús promete? "Pidan, busquen y llamen." La respuesta a esta pregunta no se define con sí o no, no se contesta con sí o no; se va a responder con los callos en nuestras rodillas. ¿Realmente creemos esto? ¿Cómo estamos orando? Realmente, si creemos esta verdad, nuestras rodillas y nuestro tiempo en oración van a responder esta verdad.
Y si hemos creído esto, el llamado del apóstol Pablo a nosotros es: orad sin cesar. ¿Cuándo vamos a orar? En todo tiempo, porque es lo que el Señor pide. Y Él dice en el versículo 10: "¿Por qué vamos a llamar, por qué vamos a pedir, por qué vamos a buscar, por qué vamos a llamar?" Versículo 10: "porque todo el que pide recibe, el que busca halla y el que llama se le abrirá."
Me encanta que Jesús deja claro y usa este pronombre tan hermoso: todos. Todos los que piden reciben, todos los que buscan hallan, todo el que llama se le abrirá. ¡Cuánta gracia y misericordia hay en estas palabras de Jesús! Es decir que no hay excepción: a todo el que viene delante de Dios en humildad, con insistencia, el Señor le responde.
Ahora, interesantemente, Jesús no está diciendo aquí que yo voy a recibir exactamente lo que pedí, ni está diciendo aquí que yo voy a encontrar exactamente lo que ando buscando, ni está diciendo aquí que cuando yo toque la puerta, del otro lado voy a encontrar realmente lo que es el anhelo de mi corazón, lo que yo estoy pidiendo. No. La garantía es que tendremos respuestas, y la garantía es que, debido a que nuestro Dios es bueno, debido a que es nuestro Padre, estas respuestas siempre, y acojo esa parte de la cita, siempre van a ser mucho mejor que lo que tú estabas orando. Siempre, porque Dios es bueno y Él quiere lo mejor para ti y para mí.
Tristemente, muchos han visto este texto y han querido ver a Dios como un sirviente superpoderoso, capaz de responder cualquier deseo, en vez de verlo como un Padre amoroso que quiere lo mejor para sus hijos. Mas cuando nosotros amamos a Dios como nuestro Padre, venimos delante de Él pidiendo, buscando, llamando, rogando, con intensidad: "Señor, yo te ruego por esto..." —raye, ponga ahí lo que es—, pero siempre terminamos la oración con esta frase: "Señor, pero que se haga tu voluntad."
Nosotros no podemos desconectar los versículos 5 al 10 del 1 al 4. No podemos desconectar el cómo del qué debemos orar. "Señor, nosotros venimos delante de Ti con desesperación y te clamamos porque Tú eres nuestro Padre. Nosotros santificamos tu nombre, es tu reino que queremos que venga sobre la tierra, es tu paz que esperamos. Tú eres el que nos da el pan que necesitamos, eres el que perdonó nuestros pecados y el único que puede extender su mano para guardarnos de la tentación." Con ese conocimiento y bajo esa dirección es que yo vengo pidiendo, buscando y llamando. Esa es la manera como Jesús quiere que oremos: con desesperación pero bajo dependencia de Él, bajo la confianza de que Él nos ama y que nos cuida.
Jesús nos enseña que orar, nos enseña cómo orar y termina dando unas promesas y garantías con relación a nuestras oraciones. Versículos 11 al 13: "Supongamos que uno de ustedes, que es padre, su hijo le pide pan, ¿acaso le dará una piedra? O si le pide un pescado, ¿acaso le dará una serpiente en lugar de pescado? O si le pide un huevo, ¿acaso le dará un escorpión? Pero si ustedes, siendo malos, saben dar buenas dádivas a sus hijos, ¿cuánto más..." —y acojo esa parte de la cita— "¿cuánto más su Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?"
¿Le dará un padre a su hijo una piedra si le pide pan? ¿Le dará un padre a su hijo una serpiente si le pide un pescado? ¿Le dará un escorpión si le pide un huevo? Cristo quiere dejar claro: "Hermanos, ustedes, teniendo una naturaleza caída, ustedes que son pecadores, ustedes que tienen una tendencia siempre hacia el mal, pueden darle cosas a sus hijos, quieren darle cosas a sus hijos. ¿Cuánto más Dios?"
Hermano, lo bueno que nosotros podemos hacer por nuestros hijos, lo hacemos porque somos un reflejo de la bondad de Dios, no porque en nosotros haya bondad, sino porque Dios en su gracia ha decidido derramar de quién Él es en nosotros para que nosotros podamos mostrarnos bondadosos. Y si nosotros, siendo así, sabemos dar cosas buenas a nuestros hijos, trabajamos para darle cosas buenas a nuestros hijos, nos gastamos por darle cosas buenas a nuestros hijos, nos endeudamos por darle cosas buenas a nuestros hijos, ¿cuánto más Dios? ¿Cuánto más nuestro Padre celestial?
Jesús quiere que los discípulos entiendan que Dios siempre responde la oración de sus hijos, siempre. Y Él siempre lo hace sobre la base de quién Él es, sobre la base de su bondad. Hermanos, Dios es 100% bueno. Dios es 100% bueno, y todo cuanto me pasa está bajo el control de Él como Dios soberano y movido por su bondad, bajo el control de Él como el Rey de reyes y movido como el Dios de misericordia y de gracia para con nosotros.
"Pastor, entonces, ¿usted quiere decir que todo cuanto me ocurre es bueno para mí?" No lo digo yo, la Palabra lo dice. Romanos 12:2: la voluntad de Dios es buena, agradable y perfecta. Siempre es buena. No importa el lugar, no importa la situación en que yo me encuentre, la voluntad de Dios siempre, siempre es buena. Y es verdad, hermanos, es verdad que hay momentos en que nosotros pudiéramos sentir —y quiero acotar esa palabra: sentir— que el Señor nos está dando piedra en lugar de pan. Pero la verdad es que en su sabiduría Él está obrando en medio de las circunstancias para darme lo que yo realmente necesito, para mostrarse como el Dios grande y poderoso que Él es.
Este miércoles, yo estuve escuchando una canción que la hermana Joni Eareckson Tada ha pedido que sea la canción que se cante en su funeral cuando ella muera. Y yo quise traer unas estrofas de esa canción porque me ministró en este tiempo de preparación del mensaje. La canción se llama *Blessings* —Bendiciones—, de Laura Story, y dice de la manera siguiente:
"Oramos por bendiciones, oramos por paz, comodidad para la familia, protección mientras dormimos. Oramos por sanidad y prosperidad, oramos para que tu mano nos alivie del sufrimiento. Señor, todo el tiempo tú escuchas nuestra necesidad; tu amor es demasiado grande para darnos cosas sin valor. ¿Y si tus bendiciones llegan a través de las gotas de lluvia? ¿Y si la sanidad llega a través de las lágrimas? ¿Qué pasa si mil noches de insomnio es lo que se necesita para saber que estás cerca de nosotros? ¿Y si las pruebas de esta vida son misericordias disfrazadas? Cuando los amigos nos traicionan, cuando la oscuridad parece ganar, el dolor le recuerda a este corazón que este no es nuestro hogar. ¿Y si las pruebas de esta vida, la lluvia y la tormenta, las noches duras, son tus misericordias disfrazadas?"
Hermanos, como debe ser: como pastor en su congregación, Dios no nos responde siempre la oración de la manera que yo la estoy haciendo; Él la responde de la manera que yo necesito. Así se responde la oración, porque nuestro Dios nos ama. Y yo tengo que saber, y saber, y recordar cada día que aunque yo ande por el valle de sombras, el Dios bueno que me hace transitar por ese valle de sombras me sostendrá y me llevará de la mano hasta el final.
Un autor desconocido lo expresó de esta manera: "Pedí a Dios que me diera luz para poder hacer grandes cosas; me dio debilidad para que pudiera hacer mejores cosas. Le pedí a Dios que me diera fuerzas para lograrlo; me debilitaron para aprender a depender. Pedí riquezas para ser feliz; me dio pobreza para que pudiera ser sabio. Pedí poder y la alabanza de los hombres; se me dio debilidad para sentir mi necesidad de Dios. Pedí todas las cosas para poder disfrutar de la vida; se me dio la vida para poder disfrutar de todas las cosas. No obtuve nada de lo que pedí, pero sí obtuve todo lo que necesitaba."
Hermanos, Dios siempre nos da lo mejor. Ya el pastor decía: "Dios arregla nuestras oraciones en el camino hacia arriba. Si no responde la oración que hicimos, responderá la oración que deberíamos haber hecho." Y esto, hermanos, es lo que tú y yo necesitamos saber: Dios siempre responde nuestras oraciones.
Ahora, pastor, ¿qué le decimos a una madre que tiene años orando día y noche, orando con persistencia por la salvación de sus hijos, y aún no llega? ¿Cómo consolamos a un padre que, luego de haber orado por meses por la sanidad de su hijo, termina teniendo que ver a su hijo morir? ¿Qué le decimos a esos hermanos que han estado orando por deseos legítimos —un trabajo, un esposo o esposa, ser padres— pero al final la respuesta no llega a esas oraciones?
Hermanos, luego de yo haber podido experimentar el amor de Dios a través del sufrimiento, mi respuesta sigue siendo la misma: yo no sé por qué Dios no responde tu oración y te da lo que pides exactamente. Lo que sí te puedo garantizar es que Dios te va a dar lo que tú necesitas. Porque algo que yo sé, porque sé, porque sé, es que Dios es bueno. Dios es bueno. Dios siempre va a responder nuestras oraciones.
Promesa que Jesús quiere que nosotros sepamos: Dios siempre va a responder las oraciones, no porque Él deba responderlas, no porque Él tenga que responderlas, sino porque es nuestro Padre que nos ama y quiere bendecirnos, no solamente con bendiciones temporales aquí en esta tierra, sino que Él quiere bendecirnos con Su presencia misma.
Miren lo que dice el versículo 13. Miren esta joya aquí escondida: "¿Cuánto más su Padre celestial dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan?" Interesantemente, cuando Mateo relata esta enseñanza de Cristo, lo hace en un sentido más amplio y dice: "¿Cuánto más su Padre celestial dará cosas buenas a los que se lo piden?" Sin embargo, el relato de Lucas es más específico que Mateo. Jesús nos enseña que el Dios bueno, que quiere dar cosas buenas a Sus hijos, lo que más quiere darnos es a Él mismo. Lo mejor que Dios quiere darnos es a Él mismo.
Hermanos, ¿hay algo mejor que recibir al Espíritu Santo? ¿Hay algo mejor que ser parte de la familia de Dios? Yo pedí ser consolado, y ¿qué me dio Dios? Me dio el Consolador. Yo pedí gracia, y me dio el Espíritu de gracia. Yo pedí conocer la verdad, y Él me dio el Espíritu que me guía a toda verdad. Yo pedí discernimiento, y Él nos da el Espíritu de sabiduría. Yo he orado: "Señor, dame amor, gozo, paz, paciencia, fe, benignidad, bondad, mansedumbre, dominio propio", y Él me da el Espíritu Santo, cuyos frutos son: amor, gozo, paz, paciencia, bondad, fe, mansedumbre, dominio propio.
Dios quiere darnos a Él mismo, y por esa razón nosotros vamos a venir pidiendo, buscando, llamando a la puerta de Dios, para que Él nos dé lo mejor que tú y yo podemos recibir, que es a Dios mismo. Hermanos, nuestra mayor necesidad no es tener hijos, no es sanidad, no es un compañero o compañera, no es un trabajo siquiera. Nuestra mayor necesidad es estar en paz con Dios y estar cerca de Dios.
Ya explicando este texto, hay una cita que quiero compartir con ustedes. Decía: "El Espíritu Santo es, indudablemente, el mayor regalo que Dios puede otorgar al hombre. Teniendo este don, tenemos todas las cosas: tenemos vida, luz, esperanza y cielo. Teniendo este don, tenemos el amor ilimitado de Dios Padre, la sangre expiatoria del Hijo de Dios y la plena comunión con las tres personas de la Trinidad. Teniendo este don, tenemos gracia y paz en este mundo que es ahora, y gloria y honor en el mundo venidero."
Hermanos, Dios quiere darnos mucho más de lo que tú y yo somos capaces de siquiera pedir. Dios quiere darnos mucho más de lo que tú y yo somos capaces de siquiera soñar. Por tanto, Hebreos 4:16: "Acerquémonos con confianza ahora delante del trono de la gracia, para que recibamos misericordia y hallemos ayuda y oportuno socorro."
Hermanos, el llamado a nosotros hoy es acercarnos al trono de Dios, agradecidos a ese trono que está lleno de gracia, lleno de bondad para ti y para mí, que ha sido abierto de par en par por los méritos de Cristo. Por su vida perfecta, por su muerte expiatoria en la cruz, hoy yo puedo venir delante de Dios pidiendo, buscando, llamándole al Dios Padre que me dé, sabiendo y teniendo la esperanza de que Él siempre me dará, incluso más de lo que yo necesito.
"Maestro, enséñanos a orar." Ese fue la petición de los discípulos, y es mi oración que, al aprender qué orar y cómo orar, nosotros podamos confiar en nuestro Dios y vivir una vida que muestre quiénes somos. Nosotros somos mendigos necesitados de que el Dios de gracia supla a nuestras vidas. Que al aprender qué orar y cómo orar, nosotros podamos venir diariamente delante de Su trono pidiendo, buscando, llamando, para que Él haga lo que Él sabe hacer, que es bendecir a Sus hijos y darnos más de lo que nosotros necesitamos.
Vamos a orar. Padre bueno, santificado sea Tu nombre, venga Tu reino. Danos hoy, Dios, el pan nuestro de cada día. Perdona nuestros pecados, como también nosotros perdonamos a los que nos deben, y no nos metas en tentación. Oh, buen Padre, Tú eres nuestro buen Padre. Nosotros clamamos a Ti en el día de hoy, reconociendo que no tenemos nada que dar, reconociendo que sin Ti estamos perdidos, reconociendo que sin Ti estamos vacíos. Pero Señor, nosotros venimos hoy delante de Ti con la promesa y con la garantía de que todo el que pide se le responderá, de que todo el que busca halla, de que a todo el que toca se le abrirá. Y nosotros venimos delante de Ti pidiendo, buscando, llamando, que Tú nos des lo que necesitamos, y lo que más necesitamos, Señor, eres Tú mismo.
Señor, gracias por Tu palabra, y gracias porque podemos orar sabiendo que Tú nos respondes y sabiendo que Tú eres nuestro buen Padre. Señor, aun cuando no sepamos qué orar, gracias porque Tú respondes la oración que yo debía haber hecho. Gracias por Cristo, y gracias porque por Sus méritos hoy yo puedo estar delante de Ti. Sé con nosotros, Dios, y que esto que aprendimos hoy cambie nuestra vida para siempre. En el nombre de Jesús, amén.
Amén. Que el Señor les bendiga. Gracias por acceder a este recurso; espero que haya sido de gran bendición para tu vida. Les deseo que te suscribas a este canal, de forma que puedas recibir notificación la próxima vez que hayamos subido un nuevo recurso que pueda servirte de instrucción y bendición.
Joan Veloz conoció la gracia de Dios en 2005 en la IBI, es pastor de la Iglesia Bautista Internacional y Vicepresidente de Integridad & Sabiduria. Es abogado con maestrías en Gerencia y Productividad, Estudios Teológicos (MATS) y Divinidad (MDiv) y un Doctorado en Ministerio, todos completados en el Southern Baptist Theological Seminary. Está casado con Michelle Suzaña y tienen tres hijos: Daniella, Camila y Miguel Andrés.