Integridad y Sabiduria
Sermones

Orando con el maestro (parte 3)

Miguel Núñez 10 julio, 2022

La última petición del Padre Nuestro antes del cierre revela una verdad incómoda: somos incapaces de permanecer en el camino por nuestra propia voluntad. Cuando Jesús enseña a orar "no nos dejes caer en tentación, sino líbranos del mal", está reconociendo que tenemos un enemigo interno —nuestros propios deseos— y uno externo —Satanás— contra los cuales no podemos luchar solos. El maligno es más poderoso, más sabio, más experimentado que cualquiera de nosotros; anda al acecho como león buscando a quién devorar, y además disfruta del daño que causa.

La frase puede traducirse también como "no nos metas en prueba", y ambas versiones tienen sentido bíblico. Las pruebas vienen de Dios para fortalecernos; las tentaciones vienen de Satanás para destruirnos. Pedro ilustra esto perfectamente: Cristo le advirtió que sería probado, le pidió que velara y orara, pero Pedro se durmió confiado en su propia fuerza. Negó al Señor tres veces, pero la prueba produjo un Pedro más humilde, más dependiente, más consciente de su debilidad. La intención divina nunca fue destruirlo, sino perfeccionarlo.

Cuando oramos "líbranos del mal", pedimos ser rescatados de toda forma de maldad: la que viene del mundo, la que viene del maligno, y la que habita en nuestro propio corazón. Como señala el pastor Núñez, nuestro mayor enemigo no está afuera sino adentro; vivimos con él, dormimos con él. Por eso la oración cierra recordando que de Dios es el reino, el poder y la gloria: nuestra única esperanza está en quien nos dice "mío eres" y promete que las aguas no nos anegarán ni el fuego nos quemará.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Del Padre Nuestro habíamos dicho que en la primera mitad de esa oración nos encontramos con la manera como debiéramos estar honrando el nombre de Dios, pidiendo su reino y deseando hacer su voluntad. Pero en la segunda mitad teníamos tres otras peticiones que hemos estado cubriendo en los últimos tres domingos, contando con este. Y estas tres peticiones tenían que ver con nuestra provisión: "Danos hoy el pan de cada día", nuestro perdón, "perdón a nuestras deudas", y ahora nuestra protección.

En Mateo 6:13, esto es como dice el versículo: "Y no nos dejes caer en tentación, sino líbranos del mal, porque tuyo es el reino y el poder y la gloria para siempre, amén." Esta es la petición que estamos exponiendo hoy. La versión de donde leí fue la Nueva Vida o la Nueva Versión de las Américas. Y cuando tú la lees, queda claro que lo que estamos pidiendo es que Dios nos evite caer en una tentación, que en la debilidad de la carne nos evite tropezar, como lo que les ocurrió a Adán y Eva cuando fueron tentados y sufrieron las consecuencias de su caída.

Recuerden por un momento la petición anterior, la petición número cinco del Padre Nuestro: "Perdón a nuestras deudas." Esta es una petición relacionada a algo que ha ocurrido, una petición que yo hago después que he pecado. Pero la petición de hoy es una petición para antes de pecar: "No permitas que caigamos en la tentación." Es increíble que en una oración tan corta y breve, Jesús, teniendo toda la sabiduría que tuvo, nos dio dos peticiones: una para antes de pecar, "no nos dejes caer en la tentación, líbranos del mal", y una petición para cuando hayamos caído y tropezado, "perdóna nuestras deudas."

La petición de hoy, donde le decimos a Dios "no nos dejes caer en tentación", reconoce lo incapaces que nosotros somos, cada uno de nosotros, de permanecer en el camino por nuestra propia voluntad. Reconoce también nuestra sabiduría limitada para lidiar con la vida y, de hecho, para lidiar con nosotros mismos y nuestros deseos internos. Y reconoce que nuestros deseos de la carne son una fuente importante de tentación para nosotros.

Es importante que lo reconozcamos: nosotros somos capaces de ser tentados desde afuera por el mundo y sus ofertas, pero también somos capaces de ser tentados desde nuestro interior por nuestros propios deseos, o concupiscencia, de acuerdo a la traducción que usted pueda tener del texto de Santiago que nos habla de eso. Los deseos de la carne nos engañan, y creo que usted es testigo de lo que acabo de decir. Nos engañan porque producen placer en nosotros, un placer que no es simplemente emocional por así decirlo, sino un placer que tiene una base incluso bioquímica, donde las hormonas y neurotransmisores del placer —la dopamina, la serotonina, la adrenalina— todo eso es parte del diseño de Dios para la experiencia del placer bajo su diseño legítimo. Pero en nuestra condición caída, nosotros hemos querido disfrutar de todas las formas y en todos los grados, de todos los tamaños, en cualquier ocasión, de manera ilegítima.

Nos proponemos muchas veces querer luchar contra esas cosas con nuestra propia voluntad, como aquel que ha decidido hacer una dieta y lo logra un día, dos días, una semana, un mes, seis meses, pero después de un tiempo vuelve a comer de lo mismo. Hay una diferencia, sin embargo: cuando como de eso simplemente he ingerido ciertas calorías de más que no debí. Pero cuando yo hago lo mismo con los deseos de la carne, esto ya tiene una connotación moral, con consecuencias no de calorías, sino consecuencias espirituales.

Las tentaciones en nuestro interior son el testimonio y la evidencia de que yo no necesito nada externo para ser tentado y para caer. De hecho, Santiago habla de que cuando nosotros somos tentados y seducidos, lo somos con nuestra propia concupiscencia o nuestra propia pasión. Y ahí, si yo soy el problema, solo Dios me puede ayudar. Es la razón por la que esta petición al final del Padre Nuestro es vital, porque no solamente reconoce que yo tengo un enemigo en mi interior, sino también que tengo un enemigo en el exterior, conocido como el Anticristo, que es un enemigo invisible, y no hay nada que yo pueda hacer cuando ni siquiera puedo ver a mi enemigo.

Ese enemigo es más poderoso que cada uno de nosotros, más sabio que todos nosotros juntos. Es más experimentado que tú y que yo; es más viejo, ha vivido más, ha visto más, se ha experimentado más. Tiene más malicia que cualquier otra criatura humana, tiene un deseo por destruir a la familia de Dios; es más, no solamente tiene ese deseo, sino que disfruta de la destrucción y el daño a la familia de Dios. Es alguien que no tiene escrúpulos, juega sucio y disfruta del daño que tú sufres. Y como si eso fuera poco, anda al acecho continuamente como un león, buscando no a quien dañar, sino a quien devorar, a quien destruir ferozmente. Cuando tú tienes un enemigo de esa calaña, necesitas la intervención de Dios.

Por eso esta petición de hoy, que pocas veces hacemos, es una petición de marca mayor que debiera estar en tus labios y en mis labios todos los días. No estoy siendo hiperbólico; estoy siendo completamente serio. Y eso es lo que quisiera ilustrar hoy de todas las formas posibles para que podamos entender la importancia de esta última petición, antes de que Cristo cerrara esta oración tan breve.

Ahora bien, esta frase "no nos dejes caer en tentación", en otras traducciones o versiones se lee de esta manera: "no nos metas en tentación." Si tú tienes la Reina Valera del 60, así es como lo dice. La Reina Valera del 2015, así es como lo dice. Si lees en inglés y tienes la English Standard Version, la ESV, así es como lo dice. La New American Standard Bible —quizás dos de las mejores traducciones que tenemos— así es como lo dice. La Nueva King James Version también lo dice así: "no nos metas en tentación." Si tomas esa frase así, sin conocer nada más de lo que la Palabra menciona, podrías llegar a la conclusión de que Dios es quien nos tienta, porque dice "no nos metas en tentación."

Pero como hemos dicho en otras ocasiones, la Palabra se interpreta a sí misma; la Biblia interpreta la Biblia. Dicho de otra manera, cuando tienes un pasaje que luce un tanto oscuro, tienes que irte a otro pasaje más claro que traiga luz para que lo puedas entender. Lo que vamos a hacer ahora es ir a Santiago 1:13-14, donde dice claramente que nadie diga cuando es tentado: "Soy tentado por Dios", porque Dios no puede ser tentado por el mal y Él mismo no tienta a nadie. Sino que cada uno es tentado cuando es llevado y seducido por su propia pasión. Aprendemos dos cosas: Dios no tienta a nadie, la tentación por tanto no viene de Dios; y por otro lado, si eres tentado y seducido, eso ocurre por tu propia pasión.

En el caso del Padre Nuestro, si tomamos una de esas otras versiones —algunas de las cuales son consideradas de las mejores, sobre todo aquellas que mencioné en inglés—, ¿por qué traducen la frase como "no nos metas en tentación"? Porque es una traducción apropiada, como lo es también "no nos dejes caer en tentación." Y ahí la pregunta es: ¿por qué estas dos versiones de la misma frase en el lenguaje original? Bueno, ahí el griego nos ayuda. La palabra traducida como "tentación" es el término griego *peirasmos*, que puede ser traducido —y lo es en la Biblia— de dos maneras distintas: una, "tentación", como estamos viendo; y la otra forma de traducirla es "prueba", y aparece en varios versículos donde *peirasmos* es traducido precisamente así. De manera que cuando vemos este pasaje, algunos traductores han preferido traducirlo como "no nos dejes caer en tentación", entendiendo cuál es la intención de la petición, y otros han preferido traducirlo tan literalmente como se puede, diciendo "no nos metas en tentación" o "no nos metas en pruebas."

Entonces, ¿de qué manera esta petición, vista como "no nos metas en pruebas", puede ser real? ¿Y por qué es una petición que tú y yo deberíamos estar considerando? Vamos a ver las dos versiones y vamos a lidiar con ambas formas, porque tú y yo necesitamos ambas cosas.

Cuando vamos a Lucas capítulo 4, es obvio que el Espíritu de Dios es quien lleva a Cristo al desierto, y el texto dice incluso que fue para ser tentado por Satanás. De manera que Dios lo lleva, el Espíritu de Dios lo lleva, pero quien hace la tentación no es Dios, es Satanás. Había un propósito: fue más bien una prueba para Cristo, para poder demostrar algo, no para Él, sino para el mundo, y llegaremos ahí en un momento.

Por otro lado, nosotros sabemos que Pedro fue probado también, porque Pedro necesitaba la prueba. Recuerda que en un momento dado, ya en las últimas horas del Señor Jesucristo, Lucas 22 relata una conversación que Cristo inicia. Le dice en el versículo 31: "Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para zarandearos como a trigo." Pero Jesús le está advirtiendo: "No quiero que te tome de repente, como si fuera algo que tú no sabías que podías encontrar a tu paso. Comienza a ver desde ya que esto no va a ser una tentación inesperada; yo te estoy advirtiendo para que te prepares."

Tú pensarías que Cristo —perdón— que Pedro en ese momento hubiese dicho: "Señor, en serio, yo te necesito. Cuídame, ayúdame, déjame ver cuándo, prepárame." No, pero no. Pedro, claro que no. "No, Señor, aunque todos se aparten por causa de Ti, yo nunca me apartaré." Y Jesús le dice: "En verdad te digo que esta misma noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces." Tú pensarías que Pedro inmediatamente diría: "Señor, yo te necesito ahora más que nunca, yo no quiero despegarme de Ti." Pero Pedro se fue convencido al jardín de Getsemaní de que claro que no iba a negar al Maestro; es imposible. Yo, los otros quizás, pero yo no.

Se van a Getsemaní. Cristo se lleva a todos ellos y llega un momento donde deja al grupo, pero pasa adelante con Pedro, con Jacobo y con Juan. Luego llega un momento donde los deja a ellos también y se va más adelante, y queda solo. Cuando regresa donde los tres y los encuentra durmiendo, le dijo a Pedro —no a los tres, es con Pedro que estamos lidiando—: "¿Así que no pudiste velar una hora conmigo? Velad y orad para que no entréis en tentación." Pero Jesús le había comenzado a revelar: "Me vas a negar, y no una, no dos, sino tres veces, y va a cantar un gallo." Y ahora lo ha traído al jardín, lo ha dejado orando, y cuando lo encuentra dormido le dice: "Velad y orad para que no entréis en tentación, porque el espíritu está dispuesto." Pedro, cuando dijiste antes que nunca me negarías, yo quiero creer que eso era lo que el espíritu quería y deseaba, pero sabes que tú no conoces la carne, mucho menos la tuya. La carne es débil.

Esa es una prueba para Pedro, pero es una prueba que Pedro necesita. Y ahora vamos a seguir viendo el porqué, porque esto está conectado a esta petición: "No nos metas en tentación." Porque quizás cuando nosotros hacemos esa petición de esa manera le estamos diciendo al Señor: "Señor, ayúdame a caminar de una manera humilde y dependiente de Ti, de forma que yo no tenga que ser probado como Pedro, para demostrarme algo acerca de lo que yo no soy. No me metas en esas tentaciones; yo prefiero que Tú vayas delante. Yo no quiero ser un Pedro ni quiero estar tan ciego a mis propias debilidades que Tú tengas que ponerme a prueba para que yo pueda crecer y aprender algo."

Y la realidad es que todos nosotros los que estamos aquí, cuando nos evaluamos, nos creemos más rectos de lo que somos: más justos, más humildes, más íntegros, más perdonadores, más sabios, más conocedores de la Palabra, mejores entendedores y, claro, más capaces que el otro. Porque eso yo no lo hago. Yo no sé cómo tú te calificarías a ti mismo, pero después que tú digas: "No, pastor, mira, yo soy el hombre o la mujer más pecadora del mundo", yo todavía no sé qué tan pecador eres tú. Te lo puedo ilustrar de esta manera: puedes ensuciar este púlpito aquí, alguien viene —o si no, yo mismo— trae una solución y lo limpia, jabón, lo que tú quieras. Y ahora venimos todos y decimos: "Está limpio." Y todos diríamos: "Sí, está limpio." ¿Tú estás seguro de que quedó bien limpio? Y ahora traemos un microscopio electrónico, lo ponemos sobre eso, y vemos que tiene billones de bacterias, y decimos: "¡Wow! ¿Pero no estaba limpio?" Bueno, cuando Dios toma su microscopio moral y lo pone sobre nuestras vidas "limpias", encontramos que no estábamos tan limpios como pensábamos.

Y de esto es que el Padre Nuestro nos enseña: nosotros necesitamos una dependencia absoluta del Padre, que ha provisto desde el Hijo hasta el Espíritu Santo y Su Palabra, para que yo pueda caminar bien, dado a las condiciones en que todavía estamos, a pesar de ser ya regenerados. Nosotros comenzamos pidiendo al Padre que nos ayude a santificar Su nombre, seguimos pidiendo que Su reino venga y se expanda y que se haga Su voluntad, que nos dé el pan de cada día, que nos perdone nuestras deudas, y finalmente le decimos: "Señor, mira, ayúdanos, evítanos la tentación, evítanos la prueba. Yo necesito ambas cosas: no me metas en prueba y no me dejes caer en tentación." Y además necesito una tercera cosa: librarme del mal. Esa frase al final no está para repetir lo que en principio se pidió.

Veamos momentáneamente, para entender lo que estoy tratando de explicar, la tentación de Jesús y la prueba de Pedro. No hay duda, cuando tú revisas los evangelios sinópticos —Mateo, Marcos, Lucas— de que fue el Espíritu de Dios que se llevó a Cristo al desierto. Y por otro lado, no hay duda de que en Su providencia fue el Espíritu de Dios que permitió que Pedro fuera probado en el patio del sumo sacerdote con la pregunta: "¿No eres tú uno de los galileos que seguían a Cristo?" Claro que fue el Señor. La providencia de Dios orquesta y mueve las fichas de todo lo que ocurre en Su universo, de manera que Pedro estaba bajo prueba por providencia de Dios.

Pero la tentación de Cristo en el desierto y la prueba de Pedro en el patio del sumo sacerdote tenían la misma función: poner en evidencia quién era Pedro y poner en evidencia quién era Jesús. La misma función. Pedro pasó por la prueba y quedó claro quién él no era y quién sí era, incluyendo su autosuficiencia, que fue puesta en evidencia. Cristo pasó por la tentación como una prueba y quedó en evidencia que Él era el Hijo de Dios, el Mesías, la segunda Persona de la Trinidad. La noche del juicio de Jesús, escúchenme, Pedro se constituyó en el representante de la debilidad de la raza humana, que es incapaz de vivir separada de Dios.

No importa si tú eres creyente o no, hay en ti, hay en mí una debilidad humana que me impide vivir separado de Dios y que, por consiguiente, necesita cada una de las peticiones del Padre Nuestro; y en especial esta última. Pedro aprendió en esa prueba la necesidad que tenía de depender de Dios para triunfar. Aprendió la lección de que no debía haberse dormido mientras Jesús oraba; debía haber velado y orado para no entrar en tentación, sobre todo con la advertencia que Cristo le hizo. Pedro aprendió esa lección, y eso nos ayuda a entender por qué Jesús incluyó esta petición al final del Padre Nuestro. No quiso cerrar esta oración modelo sin antes hacernos ver que estamos en necesidad todos los días de pedir: "No nos dejes caer en tentación" o "no nos metas en prueba."

Esa es la forma de decirle: "Señor, yo reconozco mi debilidad, yo reconozco mi pecado, yo reconozco que, dadas las circunstancias del momento y la tentación, tengo la capacidad de, en buen dominicano, irme de cabeza. Y yo necesito que Tú intervengas a mi favor, de manera que te pido que evites que yo entre en ese tipo de prueba que yo quizá no pueda pasar, como Pedro tampoco pudo."

Yo creo que ahora nos queda claro que las pruebas vienen de Dios con la intencionalidad de fortalecerme, y las tentaciones vienen de parte de Satanás con la intención de destruirme. Las tentaciones de Satanás, con sus respectivas caídas, procuran mi destrucción; las pruebas de Dios procuran la fortaleza de mi carácter. Y eso tiene todo el sentido, porque la prueba por la cual Dios hizo pasar a Pedro terminó en un mejor Pedro: un Pedro más entendido, más maduro, más conocedor de su impulsividad y de su egocentrismo, y un Pedro que conocía mucho mejor sus debilidades.

Escucha estas palabras otra vez de parte de Jesús, para que puedas ver claramente que la prueba de Pedro no era una tentación. Primero, Jesús le advierte, y no solamente le advierte, sino que le dice: "Pedro, Satanás ha pedido permiso para zarandearos como a trigo, pero yo he rogado por ti." Eso es Jesús rogando por Pedro, no Satanás. "Para que tu fe no falle. La prueba viene, pero no quiero tu destrucción; por eso yo estoy orando por ti. Y tú, una vez que hayas regresado, fortalece a tus hermanos." Pedro, la intencionalidad aquí es enseñarte algo de ti mismo, algo que no conocías, y al mismo tiempo enseñarte algo de la necesidad que tienes de depender de Dios para vivir. Quiero que sepas lo que viene de camino, que estés alerta e informado, pero también quiero que estés preparado.

Y Pedro pasa por la prueba. ¿Cómo sale? Sale más humilde, más dependiente, más conocedor de la debilidad, no solamente la suya sino la debilidad humana, más entendido en la necesidad de depender del Espíritu de Dios, más dispuesto a descansar en el poder de Dios. Cuando Dios nos prueba, no nos engaña. No, no, no. Él nos advierte, nos pone sobre aviso, nos manda a orar, se mueve en nuestro interior para que oremos más. Satanás hace todo lo contrario: viene al acecho, te sorprende en un momento dado, cuando tú menos lo esperas, con las formas más naturales que están a tu alrededor, como una fruta en el jardín, como algo completamente natural a tus ojos. La tentación viene de esa manera, pero las pruebas vienen de Dios.

Si lo piensas así, ahora puedes entender a Santiago, capítulo uno, versículos dos al cuatro. Las pruebas vienen de Dios. Entonces Santiago dice: "Tened por sumo gozo, hermanos míos, el que os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia, y que la paciencia debe tener su perfecto resultado, para que seáis perfectos y completos, sin que os falte nada." La intencionalidad de la prueba es que seamos perfectos y completos. Nadie quiere tener que pasarla y fallar como Pedro falló, pero el propósito de Dios al permitirla es hacernos perfectos y completos.

Ahora pueden entender mejor esta otra traducción de la frase, que todavía sigue siendo una petición buena y válida para mí. La traducción que nosotros tenemos dice: "No nos dejes caer en tentación, sino líbranos del mal."

Vamos a lidiar con el versículo completo ahora en esa traducción, sobre todo con esta última parte: "líbranos del mal." Porque esa frase está en una forma verbal imperativa, como cuando tú das una orden. Pero a Dios no le podemos dar órdenes, para decirle que se aleje de la obra del mal. No. La frase está en esa forma verbal para comunicar la intensidad de la necesidad que yo tengo de hacer esta petición, por la realidad de que alrededor de mí, dentro de mí, por arriba de mí, yo tengo fuerzas del mal. Fuerzas del mal que son huestes espirituales de maldad.

Yo tengo a un Satanás, pero luego yo tengo un mundo maligno, caído, corrompido. Y luego yo tengo una naturaleza también caída y corrompida. Y todo eso forma parte del mal o de la maldad. Señor, líbrame de todo ese mal. La palabra en griego para "libra" es *rúomai*, *rúomai*, que significa el ser rescatado de una situación de peligro. Todos los días, con nosotros mismos, nosotros estamos rodeados de situaciones de peligro.

Yo no estoy hablando de accidentes de carro; hablo de peligros espirituales. Por la manera como pienso, por la manera como siento mis deseos carnales, por lo que veo, por las cosas a las cuales me expongo, por las conversaciones que oigo. Nosotros tenemos continuamente que hacer esa petición. El perdón a nuestras deudas es una petición diaria de mis labios, y la otra es casi diaria. Nosotros somos altamente vulnerables a lo que viene desde adentro de nosotros y a lo que viene desde afuera de nosotros.

Y cuando esas dos cosas se combinan —los deseos de mi carne y la oferta del mundo— eso es lo que le da el poder destructor a las tentaciones. Decía esta mañana, pero lo he dicho creo que otras veces: tenía un pastor, un pastor amigo, en Estados Unidos, me llevaba unos años —unos muchos más, por decir algo— estaba pastoreando cuando yo no estaba. Y él decía: "Yo oro continuamente; le pido al Señor que los deseos de mi carne y las ofertas, las tentaciones mías, no se junten a la misma hora, en el mismo lugar, en la misma forma; que separe esas dos cosas." Es una forma de decir: "No me dejes caer en tentación."

La realidad es que las tentaciones a nosotros no nos molestan; de hecho, nos gustan. Porque hay una especie de placer, incluso bioquímico, como se lo expliqué, donde las hormonas, cuando sentimos estas tentaciones, comienzan a subir. Eso es lo que nos hace coquetear con el pecado. No nos molesta; de hecho, nos entretiene. El problema que tenemos con la tentación no son ellas, sino las consecuencias que nos traen, que vienen después. Y lo que hace el maligno es aprovechar un momento en que tú tengas ciertos deseos y presentarte cómo puedes llenar esos deseos. Y cuando esas cosas se juntan, ahí está el poder destructor de la tentación.

Si recuerdas, cuando Satanás se le aparece a Cristo, allá en el desierto, después de los cuarenta días, cuando tenía hambre, ahí está el deseo de la carne: "Tengo hambre." Y tú sabes cómo se le presentó cuando tenía ese deseo: la oferta. "Si es verdad que tú eres el Hijo de Dios, convierte estas piedras en pan." Y nosotros nos hubiésemos puesto a discutir con Satanás. Pero Jesús nunca discutió con él. "Escrito está." Se acabó la conversación. "Escrito está. Escrito está."

Cristo sabía que yo necesitaba esta petición, porque yo no soy Cristo, ni puedo ver lo que Él veía. Yo tengo una naturaleza pecadora; Él no la tenía. Y por eso, antes de cerrar el Padre Nuestro, aquí está Cristo diciendo no solamente "no nos dejes caer en tentación", y ese "y" es porque va a agregar otra cosa que la primera no tiene. Es cuando dice: "líbranos del mal." Es como la otra cara de la misma moneda.

Déjenme leerles esta frase de A. W. Pink, en su libro *El Padre Nuestro*, o *La oración del Señor*. Él dice lo siguiente: "A nosotros nos enseña a orar para la liberación de todo tipo, grado y ocasión de maldad." Él piensa en la maldad y dice que esa maldad tiene un tipo, un grado y una ocasión. "Para ser librados de la malicia, poder y sutileza de los poderes de las tinieblas. Para ser librados de este mundo malvado y de todos sus atractivos, asociaciones, estados de la mente y engaños." La mente tiene estados: a veces está airada, a veces está deprimida, desmotivada; pero a veces también está deseando cosas pecaminosas y engaños.

Sigue Pink, en *El Padre Nuestro* o *La oración del Señor*: "para la maldad de nuestros propios corazones, para que pueda ser refrenada, subjugada y finalmente extirpada." Hay una maldad en tu corazón, una maldad en mi corazón, que lo primero que necesita es ser refrenada. Luego que sea refrenada, todavía está impulsando; hay que subjugarla. Pero está ahí todavía como subjugada, sin dejarla subir. Y luego hay que extirparla. Esta petición "líbranos" tiene que ver con todo eso: que nos libre del mal, del sufrimiento.

Por tanto, esta petición es para el deseo de ser librado de todo lo que realmente nos perjudica, y en especial del pecado, que no tiene nada bueno. Que nos libre de la tentación, pero que me libre también del pecado que está en mí. Líbranos del mal. Esa es una petición breve, pero si nosotros consideramos cómo Satanás logra influenciarnos —moviendo nuestras emociones internas, trayendo ofertas desde el mundo hacia nosotros y ganando terreno en nuestra mente y en nuestro corazón—, entonces esta petición puede ser breve, pero es una petición capital para la vida del cristiano.

En cierta manera, lo que estamos pidiendo es: "Dios, líbrame de todos nuestros enemigos espirituales, y también de la influencia de la carne en mí." Hemos cantado en ocasiones una canción, la canción dice una línea que dice: "Líbrame de mí." Las veces que yo he orado esa oración. Mi mayor problema, mi mayor enemigo, no está fuera; está adentro. Yo vivo con él, yo duermo con él, me acuesto con él. "Líbrame de mí, oh Dios."

Volviendo a Pink —voy a hacer una adaptación de algo que les estaba tratando de decir—: de este lado de la eternidad, nosotros todavía estamos bajo las influencias de la maldad de este mundo, de Satanás y de nuestra propia carne. Eso es lo que Cristo tiene en mente, o lo que me está enseñando que ore. El enemigo ya no nos posee, pero él es capaz de incitar nuestros deseos, de robarnos la paz, y es aún capaz de causar persecución de los hijos de Dios. Por eso es que tenemos que orar: "Líbranos del mal, de la maldad, de la iniquidad, en todas sus formas, tamaños, colores, lugares."

Nosotros no podemos olvidar que Satanás logró incitar el deseo de Eva, y Eva el de Adán, para que pudieran considerar todo el bien que traería a sus vidas el probar la fruta dulce y atractiva que inicialmente había sido prohibida. Él hizo eso. Satanás logró perturbar la paz de Job, hasta el punto que lo siguió empujando, y Job comenzó a defender su integridad y pecó en la defensa de su integridad. Satanás logró incitar a la esposa de Job, que le dijo: "Maldice a Dios y muérete." ¡Qué linda señora, ¿no? "Maldice a Dios y muérete."

Satanás logró acosar a nuestro Señor Jesucristo. Satanás es el anticristo, pero para Satanás, Cristo es su anticristo, y Satanás logró acosarlo. Satanás gangrenó el corazón de Ananías y Safira para mentir. Todo eso, y mucho más, él puede hacer contigo y conmigo. Sobre todo, si tú consideras lo que estos textos bíblicos nos enseñan y nos advierten.

Cuando Pablo escribe a los corintios en su segunda carta, en 2 Corintios 2:11, nos dice que Satanás puede aprovecharse de nosotros, o sacar ventaja de nosotros. Puede sacarte ventaja como individuo, en una pareja, en una iglesia; puede usar a alguien para la destrucción y división de la iglesia, para sacarles ventaja. Tenemos que ser sabios. En la misma carta, en 11:14, nos dice que Satanás es capaz de vestirse de ángel de luz. Imagina que aquí, de repente, se aparece un ángel de luz brillante, hermoso, con palabras persuasivas, y comienza a hablarte de cosas que suenan como la Biblia, pero que resultan no ser más que alguien vestido de lo que no es. Y nosotros fácilmente caeríamos y compraríamos las tinieblas por luz.

Todavía en la misma carta a los corintios, la segunda, en 12:7, el apóstol Pablo nos habla de cómo era atormentado continuamente por un mensajero de Satanás. Diferentes teorías se han presentado acerca de lo que puede ser ese mensajero de Satanás. Hermano, la palabra traducida como "mensajero" es *ángelos*, que es la palabra para ángel. En otras palabras, él fue atormentado por un ángel de Satanás. Y no creo que pudiera ser ninguna otra cosa que no sea un ángel caído de parte de Satanás, que Dios permitió que lo atormentara. Es una prueba para Pablo, para que no se enalteciera de sus revelaciones; no una tentación, sino una prueba, claramente definida por el mismo Pablo y explicada por Dios: "Pablo, necesitas esto para que no te enaltezcas de tus revelaciones."

Y en 1 Tesalonicenses 2:18, el texto nos dice que Satanás le impidió a Pablo ir a Tesalónica por lo menos una vez. Es decir, está claro que tú y yo necesitamos hacer nuestra petición: "Líbranos del mal." Estamos pidiendo en contra de todas estas acciones que yo acabo de mencionar, y mucho más de las cuales Satanás es capaz. Cosas que Satanás es capaz de hacer contra nosotros, que nosotros no podemos ni conocer, ni predecir, ni percibir, ni discernir, ni siquiera evitar.

Imagínate que hay una serie de cosas —incluyendo en mi interior, en mi carne pecaminosa, pero ahora mucho más, las que tienen que ver con Satanás— que yo no puedo discernir, percibir, evitar, conocer ni predecir. Y Dios está diciendo, Cristo está diciendo: "Esto, entonces, es cómo tú oras. Líbranos del mal. Yo sé el resto de lo que eso implica." No necesito muchas palabras; necesito contenido específico y entendimiento de parte de aquel a quien se le ora, acerca de qué es lo que se está pidiendo.

Esta petición de que nos libre del mal, o del maligno, que sería similar, está en capital que cuando tú lees en el Nuevo Testamento la oración más larga que Cristo hizo y que se registró, hablando al Padre en voz alta para que sus discípulos escucharan, Cristo hizo la misma petición por ellos y por nosotros. En Juan 17:15, escucha: "No te pido que los quites del mundo, sino que los protejas del maligno." Misma petición: líbranos del mal. Y Cristo dice: protégelos del maligno. Cristo sabe, protégelos, protégelos de todas esas acciones que yo no puedo ver ni percibir ni predecir, que el maligno es capaz de hacer.

Si tú piensas ahora en toda esta oración que tenemos unas tres semanas trabajando, recuerda que es al Padre a quien le estoy pidiendo que me proteja de aquello que a mí me seduce. En esta petición es a Él a quien le estoy pidiendo. Él es quien sabe hasta dónde yo puedo resistir. No solamente Él sabe hasta dónde yo puedo resistir, Él sabe cuál puerta puede abrirme para que yo salga por ella. Y ese es el mismo Padre que está por mí y no en contra mío.

El Padre está supervisando mi vida, supervisando mis tentaciones. Él ve cuando la tentación va subiendo de intensidad. Él ve cómo yo estoy siendo movido y atraído por la tentación. Él está ahí viendo, pensando: "Mi hijo no acaba de entender que de esta manera él no puede luchar en este mundo." Y cuando esa tentación sigue ganando terreno, porque hay toda una anatomía que la tentación tiene, la tentación comienza a ganar terreno y comienza a subir de intensidad, porque ese es su diseño: es escalonada, es progresiva.

Satanás, al principio, es sutil. Yo me imagino al hacer pie entre que la primera vez le pasó algo, como diciendo: "Yo estoy aquí, yo soy parte de ustedes." Es periférica, la tentación es periférica, es de poca intensidad. Es como aquellas personas que tienen un deseo especial por el dulce: "¿A qué me probarlo?" Y luego: "Dame un poquito, por favor." Aquí diríamos: "Dame un chin." Te da ese poquito y resulta que media hora después falta la mitad del dulce, y dice: "Oh, wow, yo me comí todo esto." Sí, es la tentación. Si no pruebas el dulce, no te lo hubieras comido.

Y si logró esa tentación evadir mi conciencia, ya entró a mi interior y ya ganó mis emociones. Y el enemigo, que juega sucio, que no tiene escrúpulos, él juega su última carta en el último momento. Siempre tiene una carta debajo de la manga. Y luego que la juega, tú muerdes, y de repente descubres lo decepcionante que fue la tentación, porque nunca puede entregar, ni seguir entregando, lo que prometía. El placer efímero te oculta las consecuencias y no te deja ver que mientras más cerca estás de la tentación, más lejos estás de Dios y menos libertad tienes.

Mientras más cerca está la tentación, menos libertad tienes, y eso es antes incluso de haber tropezado en una tentación. De hecho, esto es como Pedro lo dice en su segunda carta, en 2:19: uno es esclavo de aquello que le ha vencido. ¿Tú has sido vencido alguna vez? Seguro. ¿No te sentiste como esclavo de eso que te venció? Lo que pasa es que yo estoy en Cristo, y si el Hijo te hace libre, eres verdaderamente libre. Si verdaderamente estás en Cristo, lo que Pedro te diría es: bueno, quizás estás en Cristo y Él te hizo libre, pero vives como un esclavo. Porque uno es esclavo de aquello que te domina o que te ha vencido. Pero Satanás no te dejó ver nada de eso anteriormente.

Y de ahí la necesidad de hacer esta otra petición en la versión que vimos: "No nos dejes caer en tentación." Una vez: no me metas en pruebas como Pedro tuvo que pasar; pero la otra vez: no me dejes caer en esas tentaciones. El apóstol Pablo estaba muy consciente de eso, pero estaba consciente de la bondad de nuestro Dios y de cómo nuestro Dios nos supervisa. Y cuando escribe a los corintios en su primera carta, en el capítulo 10:13, les dice: "No les ha sobrevenido ninguna tentación que no sea común a los hombres." En otras palabras, el vivir de este lado de la humanidad, con deseos dentro de nosotros, implica que vas a ser tentado. Son comunes a los hombres.

Si lo dejara ahí, sería como perder a Dios. Pero no: "Dios es fiel, y no permitirá que ustedes sean tentados más allá de lo que pueden soportar." O sea, Dios está siendo fiel, está observando eso. Como viendo: "Mira dónde está llegando, ya no te voy a permitir más." Sino que con la tentación, al permitirla como parte de esa prueba, Él proveerá también la vía de escape para que puedas resistir. En otras palabras, esto es como programado: primero, esto es demasiado grande para ti, de manera que esto no te va a llegar. Luego, esta sí te va a llegar, porque esta tú la puedes soportar. Pero sabes una cosa: aunque la puedes soportar, resulta que en tu humanidad caída cabe la posibilidad de que tampoco la soporte; por tanto, mira una puerta que voy a poner ahí, y cuando la veas, sal por ahí, y así vas a triunfar.

Pero nosotros, como somos nosotros, llega la tentación, se abre la puerta y miramos para acá. Recuerda lo que dije tempranamente: nosotros disfrutamos las tentaciones. No solamente espiritualmente y emocionalmente, sino bioquímicamente hay hormonas del placer que se levantan, dopamina, serotonina, que me permiten a mí disfrutar; que Dios las ideó para que yo disfrutara dentro de sus límites, dentro de sus diseños. Así es Dios. Dios es soberano y por tanto no permite que nada que yo no pueda soportar llegue hasta mí.

Entonces, si Dios es soberano, y no nos evita las pruebas por un lado, y por otro lado permite las tentaciones, ¿qué de bueno tienen las tentaciones? Muchísimo. Sirven para convencerte de la necesidad que tienes, que yo tengo, de depender del Espíritu. Nos ayudan a ver que yo no puedo vivir confiado en mi propia sabiduría. Cuando paso la prueba, aunque haya quizás tropezado, como Pedro, sé que tengo un carácter mejor formado. Santiago habla de ser perfeccionados en las tentaciones.

Yo sé que lo voy a decir y probablemente no tenga el efecto que yo quisiera que tuviera, pero esta es la realidad: las tentaciones promueven y cultivan la necesidad de oración en nuestras vidas. "Velad y orad para que no entréis en tentación." Pero escuchamos eso y decimos: "Unh, unh, unh." El pastor no me conoce; yo pasé por ahí. No, yo te conozco. ¿Por qué yo te conozco? Porque yo me conozco. ¿Y sabes por qué yo me conozco? Porque esta Biblia me lee. Este es el único libro, yo te lo he dicho otra vez, este es el único libro que nos lee a nosotros. Nosotros leemos todos los demás libros; este nos lee a nosotros. Y este me dice cómo yo soy.

Dios quiere y está dispuesto a librarnos del mal; eso es increíble. Por tanto, tú y yo necesitamos orar para no entrar en tentación. Pero entramos más que eso, porque Dios no lo va a hacer todo; en su diseño, Él puede hacerlo todo, pero ha decidido que no, que tú tienes que participar. Yo también. Yo tengo que mortificar los deseos de mi carne, como Pablo dice: "Yo golpeo mi cuerpo, yo disciplino mi cuerpo" (1 Corintios 9:27). Yo tengo que huir de la tentación, como le dice Pablo a Timoteo en su segunda carta, en 2:22. Yo tengo que resistir al diablo, como nos dice Santiago en 4:7. Y yo no puedo amar al mundo y las cosas que en él hay, como lo dice 1 Juan 2:15, y al mismo tiempo querer amar a Dios y las cosas que hay en el reino de los cielos. Esas cosas son como el agua y el aceite: o vamos una cosa o vamos la otra, no las dos.

Y necesitamos la llenura del Espíritu. Y para que el Espíritu me llene, necesito hacerle espacio. ¿Qué quiere decir eso? Yo tengo que vaciarme, tengo que vaciarme de mí. Entre más llenos del Espíritu estamos, mejor podríamos resistir la tentación, anticipar las tentaciones, orar antes de las tentaciones, prever las tentaciones. Yo necesito vivir confiado en Él.

¿Sabes por qué necesito vivir confiado en Él? La manera como la oración cierra, el señorío final me dice por qué: "Tuyo es el reino y el poder y la gloria para siempre." Por eso es que tengo que vivir confiado en Él. Porque el poder es de Él, la gloria es de Él, el reino es de Él. Escucha, aquí hay tres palabras, tres frases relacionadas: reino, poder y gloria. Es lo último que veremos.

Cuando nosotros decimos "suyo es el reino", estamos recordando al mismo tiempo lo que ya dijimos: "Venga a nosotros tu reino." ¿Cuál reino es tuyo? La persona que te engendró, que hoy es tu Padre, es el Dueño y Señor de ese reino. A Él le ha placido hacerte coheredero con su Hijo de ese reino. Dios creó el reino para su Hijo. Y cuando ese reino se perdió, su Hijo vino y lo rescató para compartirlo contigo.

Pero al mismo tiempo, al final, la oración me recuerda que suyo es el poder. Suyo es el poder para hacer lo que le plazca, y por eso es que nosotros decimos más tempranamente en el Padre Nuestro: "Hágase tu voluntad." Porque tú vas a hacer lo que te place, y yo debería querer que tú hagas lo que te plazca, y tú tienes el poder. Porque tuyo es el poder. Y ahora Él se mueve en ti y obra poderosamente. ¿Cómo? Bueno, por su poder te dio vida. Por su poder tú eres santificado. Por su poder tú eres preservado. Por su poder tú serás glorificado. Y por medio de su poder tú y yo vamos a triunfar, pero es por su poder.

Tuyo es el reino, tuyo es el poder, y tuya es la gloria. La pregunta no es si triunfaremos; ya hemos triunfado. La pregunta es si tú y yo viviremos triunfalmente en el poder de su Espíritu para proclamar y extender su reino en tu vida, en mi vida, y para proclamar y reflejar su gloria. ¿Por qué? Porque suya es la gloria. Dios te salvó para su gloria, y no te va a perder si tú eres su hijo. ¿Por qué? Porque es su gloria la que está en juego. Eso es lo increíble.

El nombre de Dios y la gloria de Dios son los que están en juego, por eso es que Él no permite que tú te pierdas. La intención de esta oración es aquietar a los hijos de Dios. Él empieza diciendo: "Padre nuestro, que estás en los cielos."

Él te creó; cuando te perdiste, salió a buscarte. Cuando perdiste la vida, te la devolvió en Cristo. Cuando el pecado te dañó, te regeneró. Cuando vagabas por el mundo, fue y te buscó, te encontró y te adoptó. Él está por ti. Él es tu triunfo. Él es tu Padre. Te ha dado su nombre, te ha hecho ciudadano de su reino, te ha dado su voluntad y te la ha revelado, y ella es tu provisión. Hoy, cada día, Él pagó por tus pecados, te libra de la tentación, y lo hace en Cristo.

Por tanto, nosotros tenemos una sola opción, y es proclamarle, exaltarle, bendecirle, obedecerle, reflejarle, adorarle y glorificarle. Esa es tu única opción para un Dios que ha hecho todo lo que ha hecho. Glorifícale, proclámatle, exáltale, bendícele, obedécele, refléjale, adórale. Todos los días, con cada respiración.

Él es el Señor de señores y Rey de reyes. Él es el que te dice: "No temas, porque yo te he redimido; te he llamado por tu nombre." Escucha bien: "Mío eres." No "mío serás", no "mío fuiste por un tiempo": mío eres por la eternidad. "Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego, ¡no te quemarás! Ni la llama te abrasará." ¿Por qué? "Porque yo soy el Señor, tu Dios, el Santo de Israel, tu Salvador."

Es contigo con quien estoy caminando. A ti te estoy hablando. A ti te estoy afirmando. La razón por la que las aguas no te anegarán y el fuego no te quemará no es porque tú eres tan bueno como piensas que eres, ni porque tú tienes el poder. No, no, no, no: es porque yo soy el Señor, tu Dios, tu Salvador. Y yo te voy a rescatar de los males, de las tentaciones, de las pruebas. Confía en mí.

A Él sea la gloria, porque suyo es el reino, el poder y la gloria por siempre. Amén, amén, amén.

Padre, nosotros podemos aplaudir por el resto de la eternidad y nos quedamos cortos de tu gloria. De manera que no pretendo que ninguno de esos aplausos fuera para mí; fueron para ti, Dios. Queda claro quién hace todo lo que ocurre y que es bueno; queda claro todo lo que ocurre y que es santo; queda claro que si hubo alguna claridad en tu mensaje, tú lo hiciste claro. Gracias por ayudarnos a proclamar tu Palabra; ayúdanos ahora a vivirla. Aún nos queda tiempo para cantarla, Dios; ayúdanos a cantar tu Palabra y tu oración, y ayúdanos a hacer mayor introspección y aplicación mientras cantamos esta oración tan preciosa que salió de los labios de tu Hijo para tus hijos. Gracias, en el nombre de tu Hijo hemos orado y predicado. Bendiciones.

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Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.