Integridad y Sabiduria
Sermones

Orando con el maestro (parte 2)

Miguel Núñez 3 julio, 2022

La oración no es principalmente un mecanismo para obtener cosas de Dios, sino un ejercicio de dependencia que revela tanto el carácter de Dios como el nuestro. Esta es la enseñanza que emerge de las peticiones cuarta y quinta del Padre Nuestro: "Danos hoy el pan nuestro de cada día" y "Perdónanos nuestras deudas como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores".

Pedir el pan de cada día —no el de mañana— requiere una confianza radical en el carácter dadivoso de Dios. El pueblo de Israel en el desierto recibió maná un día a la vez; quienes guardaron para el día siguiente lo encontraron podrido. La preocupación por el mañana no permite confiar en Dios hoy. Cada día tiene su propio afán, y cada día tendrá su propio pan. Sin embargo, la vida moderna, con sus neveras llenas y planes sofisticados, interfiere con esta dependencia. El autor de Proverbios lo entendió bien cuando pidió: "No me des pobreza ni riqueza; dame a comer mi porción de pan", sabiendo que la abundancia puede hacernos olvidar a Dios tanto como la escasez.

Más desafiante aún es la petición del perdón, porque viene con una condición: "como nosotros hemos perdonado". Si Dios, siendo infinitamente santo, perdona a pecadores rebeldes, ¿cómo puede un pecador negarse a perdonar a otro pecador? El perdón que Dios otorgó le costó la vida de su Hijo; el que nosotros debemos dar solo cuesta un acto de voluntad. La herida que Cristo retuvo es evidencia de que perdonó; la herida que nosotros retenemos es evidencia de que no lo hemos hecho.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Bueno, hace un par de semanas atrás habíamos iniciado una nueva serie. Una serie que titulamos "Orando con el Maestro", el Maestro Cristo, y dimos la primera porción del Padre Nuestro con sus tres primeras peticiones. Dijimos entonces que esa oración tan conocida tenía tres otras peticiones para un total de seis. En el día de hoy era la intención cubrir esas seis peticiones, pero el tiempo no nos dará para ello, de tal forma que la última de ellas, "líbranos del mal", la guardamos para el próximo domingo. Sin embargo, hoy vamos a estar viendo la petición número cuatro y la número cinco.

Vimos que las tres primeras peticiones tenían que ver con su nombre, su reino y su voluntad. Las próximas tres peticiones tienen que ver ahora con nuestra necesidad de sustento físico, nuestra necesidad de perdón y nuestra necesidad de protección. Voy a tomar el texto de Mateo capítulo 6 y voy a leer toda la porción que está bajo ese subtítulo conocido como el Padre Nuestro, comenzando en el versículo 9 hasta el versículo 15, porque el texto después de la oración termina como un comentario.

"Ustedes, después, oren de esta manera: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo. Danos hoy el pan nuestro de cada día, y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores. Y no nos dejes caer en tentación, sino líbranos del mal, porque tuyo es el reino y el poder y la gloria para siempre. Amén." Comentario de Cristo: "Porque si ustedes perdonan a los hombres sus transgresiones, también su Padre celestial les perdonará a ustedes. Pero si no perdonan a los hombres, tampoco su Padre les perdonará a ustedes sus transgresiones."

Esta es la Palabra de Dios, no solamente porque toda la Biblia lo es, sino porque esta en particular salió de los labios de Cristo. Como dijimos la vez anterior, cubrimos las tres primeras peticiones; esta vez vamos a cubrir dos de las próximas tres. Nota que esta oración que nos fue dada como un modelo, no una fórmula, tiene como enfoque primario a Dios y de manera secundaria a nosotros. Lo que Dios quiere darnos espiritualmente, la honra que nosotros debemos dar a Dios de forma primaria y lo que Dios luego quiere darnos en retorno espiritualmente, siempre será más importante que aquello que nosotros queremos recibir de Él físicamente.

Después de que Dios recibe el honor y la gloria que le corresponde, Dios quiere darme espiritualmente una enorme cantidad de bendiciones espirituales. Eso es más importante que aquello que yo quiero comunicar a Dios como necesidad física y que yo quisiera que Él responda. Recordemos que el universo entero, el universo por completo, es Dios-céntrico, y si eso es verdad, nuestras oraciones no pueden ser diferentes; sería una contradicción.

Cuando nosotros comenzamos a orar, tenemos que admitir que frecuentemente nos vamos muy inmediatamente a las peticiones, y la razón por la que eso ocurre es porque, de una manera consciente o subconsciente, hemos llegado a creer que la oración es fundamentalmente para pedirle a Dios que nos otorgue ciertas cosas. Aun cuando esas cosas pudieran ser buenas y válidas, la oración no es predominantemente para recibir cosas que pedimos. La realidad es otra: la oración es un ejercicio para mostrar dependencia de Dios y puntualizar nuestra confianza en Él.

De hecho, el orar debe ser un ejercicio de crecimiento. Cuando oramos, si nosotros oramos —subraya la palabra— reflexivamente, debiera ser un ejercicio que nos lleve a crecer en el entendimiento del carácter de Dios, como veremos hoy otra vez, así como lo vimos la vez anterior. Y no solamente en el entendimiento del carácter de Dios, sino en el entendimiento de nuestro propio carácter, porque como bien decía Calvino, nosotros solamente sabemos acerca de nosotros después de haber aprendido acerca de Dios.

Cuando oramos como debiéramos orar, crece nuestra fe o confianza en Dios, y se legitima nuestra dependencia de Él. Cuando oramos, debe crecer nuestro agradecimiento: al darle gracias a Dios en medio de dificultades, tenemos razones para expresar esa emoción, y eso debe ayudar a crecer mi sentido de agradecimiento. Debiera también hacer crecer mi sentido de reverencia al pensar en la santificación de su nombre.

Ahora recuerda que la versión de Lucas tiene su propia relación de cuándo, cómo y dónde ocurrió esto. No muy diferente, pero los evangelistas agregan cosas que otros, por diferentes razones, omitieron. Lucas nos dice, como ya mencionábamos en la primera parte, que esta es una oración que Cristo les dio en ocasión de haber Él estado orando —creo que toda la noche—, y luego todos los discípulos vinieron y se acercaron a Él y le dijeron: "Maestro, enséñanos a orar." Hay dos palabras o verbos vitales: "enséñanos" y "orar".

De tal forma que esta oración no solamente es un modelo, una forma —como ya dijimos—, no solamente es un modelo de cómo los hijos de Dios debemos orar, sino que detrás de las palabras de la oración hay enormes enseñanzas espirituales e implicaciones. Es similar a los Diez Mandamientos, de otra manera: tienes las palabras con el significado claro, sencillo y llano, y luego tienes el espíritu de la ley, mucho más amplio. Aquí hay letras, y aquí hay un significado e implicaciones mucho mayores.

Vamos a comenzar con la primera petición de la segunda mitad, la cuarta petición de toda la oración. Escucha: "Danos hoy el pan nuestro de cada día." A simple vista, creo que está claro lo que estamos pidiendo: el sustento físico. Básicamente eso es, danos el sustento físico de la manera más básica posible. Pero como ya me han oído decir múltiples veces, nada es tan simple —nada, enfatizo eso: nada es tan simple— como parece. Aquí, en esa frase, hay enormes enseñanzas, quizás detrás de cada palabra que constituye la oración.

"Danos." Bueno, obviamente este es una invitación a pedir, y Cristo dice: "Cuando oren, pueden decir: danos." Me está invitando a pedir. Ahora, Cristo me está invitando a pedir sobre la base de que quien va a oír la oración tiene un carácter dadivoso, de manera que ya Cristo comenzó a revelar, detrás de esta oración, el carácter de Dios. La persona que te va a escuchar tiene un carácter dadivoso por naturaleza; esa es su naturaleza. Dios disfruta dar a todo el mundo, pero sobre todo disfruta dar a aquellos que son suyos.

Dios le da al incrédulo todos los días: les da hijos, les da inteligencia, les da talentos, les da productividad, a veces les da bienestar, les da agua, sol, luz; hace caer la lluvia cuando se siembra, y muchas veces en los campos florecen. Pero a aquellos que son suyos, Dios disfruta de manera particular darles de lo que Él tiene y de lo que Él hace. Dios se complace en darnos, no solamente porque su naturaleza es dadivosa y su naturaleza es bondadosa. Dios disfruta darnos porque cada vez que Él nos da, revela su carácter, y cuando Dios se revela a nosotros, el hombre más le conoce; cuando el hombre más conoce a Dios, más le ama; mientras yo más le amo, mejor obedezco; mientras más obedezco, más propósito encuentro en mi vida, porque el propósito de Dios para conmigo está íntimamente relacionado a mi grado de obediencia para disfrutarle, conocerle y amarle. Y mientras más el hombre vive el propósito de Dios, más satisfecho está en Dios y en su vida, en un destello de la eternidad. Pero todo comienza con Dios revelarse, y en esta oración, Cristo, al decir "danos", está revelando, está queriendo que yo encuentre, cuando Dios me dé, parte de la naturaleza de nuestro Dios, que es bondadoso y dadivoso.

Ahora, nosotros no podemos ser hijos de Dios que vamos donde Él y le pedimos sin santificar su nombre en nuestras vidas y en nuestras oraciones. Nosotros no debemos estar pidiendo a nuestro Dios sin buscar su reino: el reino de Dios, que es unirnos a Jesucristo, y todo lo demás que tú pides se te dará por añadidura. "Venga a nosotros tu reino" es parte de la oración. No debemos pedirle a Dios sin antes decirle: "Señor, que sea tu voluntad y no la mía. Yo no estoy aquí para vivir mi voluntad; yo estoy aquí, desde toda la eternidad, creado en esta generación para hacer tu voluntad, para tu gloria y llevar a cabo tu propósito."

La manera en que Jesús nos enseña que está bien pedir —está muy bien pedir—, es siempre y cuando yo tenga mis prioridades en orden. De hecho, la Palabra de Dios revela que muchas veces está tan bien pedir que Santiago nos dice: "Muchas veces ustedes no tienen porque no piden." Ahora, tiene que tener las prioridades en orden a la hora de pedir, porque muchas veces se pide conforme a deseos e intenciones equivocadas.

Nota que Cristo no solamente dice "danos el pan"; dice "danos hoy". En otras palabras, tú tienes que vivir enfocado en el día de hoy, no en el día de mañana, porque cada día tiene su propio afán. Si cada día tiene su propio afán, cada día tendrá su propio pan. Eso es como la oración está construida: la preocupación por el mañana no me deja hacer la voluntad de Dios hoy. No la puedo hacer porque no la puedo ver; vivo preocupado, vivo turbado, vivo confundido, vivo frustrado, vivo airado, vivo quejándome. Entonces no la puedo hacer porque estoy preocupado por el mañana, pensando: "¿Quién sabe cómo me va a salir?" No. Cada día tiene su propio afán, y mi preocupación no me permite confiar en Él hoy para lo que Él pueda hacer mañana.

No fue por accidente que Dios sacó al pueblo al desierto por cuarenta años y les dijo: "Yo les voy a dar maná por cuarenta años, pero va a ser un día a la vez. Yo les voy a dar el maná de un día; no quiero que me recojan maná para el día de mañana." Es decir, ¿qué pasó? Llegó el viernes, el día de reposo, y la gente tomó maná y lo guardó para el otro día, porque quién sabe si el maná que proveyeron el viernes —que se supone que va a ser suficiente para el sábado— si va a haber maná mañana, o que, siendo mañana día de reposo, mejor guardamos ahora. Y al otro día, ¿saben qué pasó? No había más maná; se pudrió el maná.

¿Por qué se pudrió el maná? Porque aquellos que recogieron maná extra no confiaron en la fidelidad de Dios. Y saben qué, nosotros somos iguales, somos iguales. Vivimos preocupados por el mañana: que si voy a tener, que mis hijos van a tener, que mis nietos van a tener. Quién sabe si tus hijos y tus nietos estarán habitando este planeta mañana; literalmente, el día de mañana no lo sabemos. El hoy requiere que yo crea hoy que Él proveerá mañana. Se requiere confianza en Dios, en el carácter de Dios.

Esa fue exactamente la misma condición en la que Dios colocó al pueblo judío, y luego se los recordó. Les dijo: "Saben qué, yo los até aquí al desierto." Tú conoces el texto igual que yo, de Deuteronomio 8, versículo 2, creo. "Yo los até aquí al desierto para hacer cosas: para humillarte, para probarte, para saber lo que ha habido en tu corazón." Además, de manera especial: "Yo te saqué al desierto y te dejé con hambre para que entiendas que no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios."

El pan de cada día, en el desierto... Saben qué, en el desierto no había colmados, ni supermercados, ni tiendas, ni cadenas de tiendas. No había lluvias, no había ríos, no había agua, no había cosechas. Esa es la experiencia. Debe bastar para saber que mi necesidad de mañana no es problema para Dios hoy. Como dirían en inglés: "Are you kidding me?" ¿Estás relajando? ¿Que Dios se preocupa por mañana? Porque, a lo mejor, Dios puede ser que esté muy pendiente de ti hoy, pero quién sabe mañana; mañana se encuentra con otro creyente y le coge con él, y a mí se le olvidó de mí. No. Así somos tú y yo, no Dios.

El problema está con nosotros mismos. El accidente de Europa, Norteamérica y todo lo que fue colonizado por los europeos, y saben qué, vivimos en el siglo XXI, con grandes neveras y refrigeradores llenos de carne por varios días —no todo el mundo, pero mucha gente—, congeladas. Para esa generación en este tiempo, lamentablemente, esta oración de "danos hoy el pan de cada día" tiene mucho menos relevancia, porque mañana tenemos ahí guardado. Nosotros vivimos en una sociedad sofisticada y planificada.

Hay gente en el día de hoy para quienes esta oración sigue siendo altamente relevante, porque ellos están comiendo hoy, pero no saben si van a tener mañana. Hay gente así, muchos de ellos, y para ellos esta oración tiene un carácter existencial: su existencia depende de la respuesta a esta oración día a día.

Si somos honestos, objetivos y dejamos nuestras sofisticaciones a un lado, nuestras vidas sofisticadas y planificadas interfieren masivamente con el desarrollo de nuestra relación con Dios. La vida moderna nos conduce a confiar cada vez menos en Dios, porque tenemos muchas cosas hechas, arregladas y planificadas, que aún sin Dios resultan más o menos como yo las planifiqué.

Por otro lado, a pesar de tener a Dios y la planificación que hacemos, con la que podemos contar, como neveras y refrigeradores para acumular y guardar cosas, a pesar de eso todavía seguimos viviendo preocupados. Y hoy no podemos vivir en paz ni disfrutar las bendiciones de Dios, porque me falta la paz para el disfrute. Porque mi preocupación por el mañana —un mañana que yo no conozco, que yo no controlo, que yo no sé ni siquiera si voy a ver— no me permite confiar en el carácter dadivoso de Dios. Y por eso es que Cristo nos da una oración sumamente sencilla: "Danos hoy el pan de cada día."

Ahora, cuando Cristo dice eso, no está diciendo que yo no puedo pedir otras cosas, que yo no pudiera pedir pescado. De hecho, Él mismo suplió pescado a la orilla del lago en una ocasión, después de Su resurrección, para Sus discípulos. El pan es simplemente algo representativo del sustento diario. El pan era, y es hoy todavía para el pueblo hebreo, un alimento que tratan de tener en las tres comidas. Y yo creo que yo tengo raíces hebreas en ese sentido: yo puedo comer pan las tres veces del día; puedo vivir con pan.

Ahora, la razón para que nosotros muchas veces no dejemos la oración de manera sencilla —"danos hoy el pan de cada día"— e insistamos y comencemos a agregarle cosas ahí, es porque carecemos de la confianza en el carácter dadivoso y abundante de nuestro Dios para pensar que Él puede agregarme el queso, el jamón y todos los demás que Él llama "añadiduras." No tenemos la confianza ni en la fidelidad de Dios ni en el carácter dadivoso de nuestro Dios, y por eso es que nos preocupamos por el mañana y queremos guardar tanto para el mañana. ¿Sí me entienden?

El salmista escribió y dice en el Salmo 37:25: "Yo fui joven y ya soy viejo." En otras palabras: "Escúcheme, preste atención a lo que tengo que decir; yo tengo una experiencia acumulada, y esta es mi experiencia: no he visto al justo desamparado, ni su descendencia que mendigue pan." Entonces, ¿cuál es mi preocupación? Vivir como un hombre y una mujer justos. El resto es preocupación de Dios.

Ese fue uno de los versículos preferidos de mi padre. Mi padre nunca tuvo —y nosotros tampoco, porque él era nuestro suplidor— nunca tuvo lo que se llamaría gran descuento o gran cantidad de dinero; no, nunca tuvo dinero. Fue a la escuela sin zapatos; venía de ese trasfondo. Y cuando logró educarse, subir y escribir libros, muchas veces de sus honorarios lo regalaba, de manera que siempre nosotros tuvimos poca provisión. Y cuando algunos de mis familiares —no recuerdo quién— le decían: "Napoleón, pero es que tú todo lo regalas," él decía: "Bien dice la Biblia: nunca he visto justo desamparado, ni su descendencia que mendigue pan." Y nosotros vivimos para probar la veracidad de ese versículo.

Escucha cómo Cristo dice: "Danos hoy el pan de cada día." Esta frase en el original es una palabra: *epiousios*. Y esa palabra les dio mucho problema a los eruditos, porque hasta el siglo XIX no se sabía bien cómo traducir esa palabra. Porque esa palabra, en toda la Biblia, aparece solo ahí, y fuera de la Biblia no aparece en ningún otro material en todo el griego secular. Increíble.

En el siglo XIX apareció un papiro, y en ese papiro apareció esa palabra. No hay otro documento. Ese papiro tenía como una lista de alimentos, que parecía como un *checklist*, una lista de chequeo. Y ahí está esa palabra. Y ahí entonces los eruditos dijeron: "Pero esta palabra debe ser traducida como 'de cada día', o 'del día.'" En otras palabras, lo que Cristo está enseñando es: "Danos hoy el pan de este día, no de mañana." Estamos pidiendo por el de hoy, de cada día. Por eso está traducido así en nuestras mejores traducciones: no "el pan diario," no; "el pan de cada día." "Dame hoy el pan de hoy."

Yo no sé si tendré el pan de mañana, ni yo no sé si voy a estar vivo mañana. Pero para nosotros, que vivimos en el occidente de nuevo, con una incesante necesidad de guardar, cuidar, proveer para mañana y prever, esta es una buena oración para curarnos de esa incesante necesidad que todos tenemos. No, porque puede ser que el día de mañana yo no tenga; vas a tener a Dios, tu Proveedor, el que te trajo hasta el día de hoy. Él te llevará hasta el día de mañana. "Pero mis hijos..." O sea, ¿tú amas a tus hijos más que Dios? ¿Puedes más que Dios? Esa es la razón.

Si hay algo que yo disfruto de este libro, es la inmensa cantidad de sabiduría empacada aquí en un solo libro. Porque pensando en todo esto, en la provisión del pan de cada día, y en cómo esto funciona cuando yo estoy muy saciado, el autor de Proverbios —Agur, en el capítulo 30, versículos 8 y 9— nos informa y nos dice cuál es el problema. Él comienza diciendo: "Aleja de mí la mentira y las palabras engañosas." Escucha a Agur ahora: "No me des pobreza ni riqueza. Yo no quiero carencia, claro que no; pero yo no quiero tanta abundancia tampoco." Eso es un problema para nosotros.

Entonces, ¿qué es lo que quiere Agur? "Dame a comer mi porción de pan." Ahí está la relación con el Padre Nuestro. "¿Y por qué pides eso?" "No sea que me sacie y te niegue y diga: ¿Quién es el Señor? No vaya a ser que esté también tan suplido, tan provisto para el día de mañana y los próximos años, que como que no tengo que confiar tanto en Dios, porque ya yo hice provisión para el mañana." "Pero tampoco quiero pobreza: no sea que sea menesteroso y robe y profane el nombre de mi Dios."

En otras palabras, el autor de Proverbios se saca de la ecuación de una manera y se mete de otra. Dice: "No; yo fuera de la ecuación estás tú, y yo me entro en la ecuación como alguien que tiene un problema en mi corazón, tanto en la abundancia como en la escasez. En la abundancia me he olvidado de ti como mi Proveedor, y en la escasez me he olvidado de ti como mi Juez, y voy y robo y profano tu nombre." Cuídame, mantenme: que no me duelan ni una cosa ni la otra.

Entonces, pueden ver ahora por qué Cristo redujo, en el Padre Nuestro, la petición de pedir el sustento de una manera básica: algo básico que Él se encarga del resto. Por el día a día, que se encarga de mañana. Lo que Él sufre —la provisión de hoy— es la palabra que anda buscando: para hoy pide por la de hoy; que mañana confías en Mí para mañana. Cada día tiene su propio afán; cada día tiene a un único Dios, pero tiene su propio afán.

Y la segunda petición de la segunda mitad, que es la quinta petición de la oración, es esta, porque este es monumental: "Y perdona nuestras deudas, como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores." La acción detrás es el perdón. Tú puedes creer que toda la fe cristiana, toda la fe cristiana, de la A a la Z, descansa sobre la base del perdón. Si le quitas el perdón a la fe cristiana, no hay fe cristiana, absolutamente nada.

Todo está supeditado a un Dios que nos perdonó, a la disposición de un Dios de perdonar a una humanidad rebelde y a personas rebeldes. De manera que todas las promesas de Dios —promesas de gozo, de provisión, de vida eterna—, toda promesa, todas y cada una están dependientes de esta acción de perdón en Cristo Jesús. Sin embargo, a pesar de que el perdón es así de importante, de vital para la fe cristiana, el perdón nunca ha sido una prioridad para los hijos de Dios para con otros. Una prioridad no es algo bueno, no es algo simplemente conveniente; no, una prioridad es algo esencial, y no lo ha sido en ninguna época de la historia de la Iglesia, de la historia del pueblo de Dios.

Yo creo que en torno al perdón hay una gran cantidad de malentendidos. Yo creo que hay un grupo de personas que realmente no entiende lo que es el perdón. Otro grupo no sabe por qué el perdón es tan prioritario de mi parte para con otros. Yo creo que hay otros que no saben cómo perdonar; yo creo que hay otros que no quieren perdonar, pero dicen que no saben. Pero peor aún, y más importante, yo creo que la mayoría de las personas no tiene la menor idea, no solamente de las consecuencias sobre su vida de no perdonar a otros, sino de las implicaciones que tiene con relación a Dios el hecho de que yo no perdone horizontalmente.

Si yo voy a comenzar, yo tengo que definir lo que es el perdón, porque por la manera como Cristo construyó semánticamente esta oración —que la voy a explicar en un momento—, vamos a comenzar explicando el perdón. Perdonar es pasar por alto una ofensa —esa es la primera definición, no la única—, sin imponer una penalidad. Cuando Cristo te perdonó, ¿Él te impuso una penalidad? No. Dios Padre le impuso al Hijo una penalidad; Él pagó con su vida, de manera que la penalidad quedó pagada y Él te perdonó sin ninguna penalidad hacia ti.

De hecho, mira cómo 2 Corintios 5:19 lo enseña: "Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo." Dios Padre estaba en Cristo reconciliando al mundo, no tomando en cuenta a los hombres sus transgresiones; les pasó por alto, y nos ha encomendado a nosotros la palabra de reconciliación. Ahora, Dios no pasó por alto a su Hijo, no lo invistió sin su ira; pero a los hombres les pasó por alto sus transgresiones.

Perdonar es liberar de juicio o liberar la deuda, como vamos a ver en un momento. Perdonar es renunciar a un derecho o a una venganza. Perdonar es dejar ir el recuerdo amargo que la experiencia produjo: ya se fue, no lo quiero. Perdonar es cargar con las consecuencias del pecado del otro, como lo hizo Cristo en la cruz. Yo creo que esta es la mejor definición; todas me agregan entendimiento, pero esta última —perdonar es cargar con las consecuencias del pecado del otro como Cristo lo hizo en la cruz— es la más completa.

Yo creo que cuando nosotros decimos "perdona nuestras deudas", sabemos, en un sentido, lo que estamos pidiendo: en esencia, que Dios nos perdone de los pecados en los cuales nosotros hemos incurrido. Esa parte la entendemos. Ahora nota que el Padre Nuestro, esa petición, dice "perdona nuestros pecados" en algunas traducciones, pero eso no es lo que el original dice. El original dice, como yo te lo leo: "y perdona nuestras deudas." La razón la voy a explicar ahora.

En el Nuevo Testamento hay dos palabras principales para hablar de pecado, y ninguna de las dos está en el Padre Nuestro. La primera es *hamartía*, que tiene que ver con errar el blanco: tienes un tiro al blanco, le apuntas al centro, le disparas y erraste, no le diste; eso es una de las palabras. La segunda palabra es *parabasis*, y esa palabra tiene que ver con traspasar una línea, un límite que Dios ha impuesto. Esa palabra tampoco está en el Padre Nuestro. Por eso las mejores traducciones dicen "perdona nuestras deudas", porque es otra palabra la que aparece en lugar de pecado, y esa palabra es *opheilema*, que se debe traducir como "deuda", porque significa faltar a una deuda que se había contraído, o no hacer el pago legal por una deuda previamente contraída.

De manera que esa sola palabra me dice a mí, nos dice a nosotros, que somos deudores y continuaremos siendo deudores por el resto de la eternidad, porque alguien pagó por mi deuda. Mi deuda fue saldada, pero de alguna manera sigo siendo deudor perdonado, un deudor con perdón. "Perdona nuestras deudas."

Es importante que yo pueda entender que cuando hablamos de perdón con relación a Dios, hay un sentido eterno de ese perdón que tiene que ver con el hecho de que cuando Cristo fue a la cruz perdonó mis pecados; si verdaderamente yo soy cristiano, no voy a perderme si peco hoy o mañana, no voy a perder la vida eterna. Pero la palabra perdón en la relación de Dios con nosotros tiene también un sentido temporal, vital. Y es que cuando yo peco hoy, Dios —entendiéndose que a pesar de que yo no voy a perder mi salvación— hay algo que yo necesito hacer para restablecer la calidad de la relación con Él. Y si yo no hago eso, mi relación con Él queda afectada hasta que yo no arregle cuentas con Él, y Él arregló cuentas conmigo en Cristo Jesús. Ahora tú tienes que arreglar cuentas con Él en el sentido temporal, si tú quieres que su relación contigo mejore.

Yo creo que cuando tú lees esa petición —"perdona nuestras deudas, como nosotros también hemos perdonado"—, hay una palabra que nos crea todo el problema. Yo creo que hasta ahí hubiera estado bien: "perdona nuestras deudas", y seguimos para la próxima petición. Sí, pero no. Es que hay una conjunción, hay un "como", y resulta que semánticamente hablando, esa conjunción, cuando está entre dos frases condicionales, hace que llenar una sea vital antes de que la otra pueda ser llenada; la segunda está condicionada a la primera.

Y Cristo dice, en la enseñanza y modelo al mismo tiempo del Padre Nuestro: "Aprende a pedir, ¿por qué? Porque te estoy tratando de revelar el carácter perdonador de Dios, misericordioso. Él encanta perdonar los pecados de los hombres. Pero escúchame: pide perdón, es bueno pedir perdón. Tú pides el pan, ahora pides perdón. ¿Cómo?" Esa es la condición. "Como nosotros también hemos perdonado" —tiempo pasado—; yo tengo que hacer eso primero. Y si no, Dios no me perdonará. La petición de perdón de Dios por mi pecado está supeditada a que yo perdone primero a los demás. Si yo no he perdonado, entonces Dios tampoco me perdonará.

El perdón temporal del que estamos hablando depende del perdón que yo otorgo. Ahora, tú puedes decir: "Pastor, no, yo no estoy de acuerdo. No estoy de acuerdo, porque Dios es mayor que nosotros, Dios es más misericordioso que nosotros y Dios no se va a limitar a lo que nosotros queremos." Tú puedes discutir conmigo, tú puedes ponerte en desacuerdo conmigo; con quien tú no puedes discutir es con Cristo. Y Cristo no solamente me dio la enseñanza, sino que, sabiendo lo que hoy tú y yo pudiéramos estar haciendo con ese versículo —"no, yo no voy a dar la exégesis del versículo, en otras palabras, yo voy a decir lo que el versículo quiere decir"—, ahí mismo lo puso, versículos 14 y 15:

"Porque si ustedes perdonan a los hombres sus transgresiones, también su Padre celestial les perdonará a ustedes." Ya hubiera sido suficiente, pero no, porque enseguida comenzamos a discutir: "No, pero no está claro, porque el 'sí', la condicionante, la causa..." Pero: "Pero si no perdonan a los hombres, tampoco su Padre les perdonará a ustedes sus transgresiones." ¿Qué parte de "tampoco" no está clara?

Dios entiende que yo no debo esperar de Dios aquello que yo no estoy dispuesto a conferir a otros. Dios entiende que yo no debo esperar de Él lo que yo no estoy dispuesto a darle a otros. Nosotros no nos percatamos de que nuestra falta de perdón tiene consecuencias monumentales. Yo no estoy usando esta palabra hiperbólicamente; yo estoy usando esta palabra literalmente. Déjame enlistarte algunas de esas consecuencias.

Mi falta de perdón afecta mi comunión con Dios. No puedes estar mal con tu hermano y bien con Dios; puedes tratar de vendérmelo, pero no te lo puedo comprar. Nuestra vida de oración pierde vitalidad y efectividad. Dios no interviene en la solución y entonces se prolonga mi agonía. Las bendiciones de Dios se detienen, y Él va a seguir diciendo: "Ve, reconcíliate con tu hermano." Dios nos deja lidiar en nuestra propia fortaleza, ¿y tú quieres lidiar en tu propia fortaleza? Bueno, pues sigue; está bien, no hay problema. Y eso nos agota, nos drena, nos deprime, nos afecta.

Te convierte en un esclavo de la persona que no puedes perdonar, porque esa persona —oye— puedes estar en el cine, en la escena más extraordinaria, y ¡pop!, la persona viene a tu mente. Te cuesta dormir: "¡Ah, tuve una pesadilla con esta persona!" Estás en la iglesia, estás cantando, y de repente, ¡pop!, ahí entra la persona. Eres un esclavo de ella. Satanás, que es como un león rugiente que anda buscando a quien devorar, conoce tu irreconciliación o tu falta de perdón, y tú le abres una puerta a Satanás. Y mi pecado de resentimiento me lleva a pecar de manera recurrente: de ira, de condenación, de irrespeto, de falta de perdón.

Ahora la pregunta es: ¿qué hay detrás de todo eso? ¿Por qué Dios no nos perdona cuando no perdonamos? ¿Por qué quería hacer esto tan prioritario, tan dependiente lo uno de lo otro, cuando Él es infinitamente misericordioso y pudiera hacerlo de otra manera?

Bueno, en primer lugar, toda transgresión de la ley es infinitamente pecaminosa contra un Dios santo, que es recto, que es justo. Pero cuando tú me ofendes o tú me hieres, yo no soy ni santo, ni justo, ni recto, y mucho menos infinitamente ninguna de esas cosas. Entonces, Dios, que es santo, justo y recto de manera infinita, es capaz de perdonar, y yo no lo hago. Cuando un pecador peca contra mí, simplemente lo que está ocurriendo es que un pecador está pecando contra otro pecador, con una acción que probablemente, de alguna manera, tú has hecho también. Quizás no literalmente, pero lo has hecho. Entonces, Dios, que no ha pecado nunca de ninguna manera en toda la eternidad, es capaz de perdonar, y yo, que soy un pecador que ha pecado de la manera como tú has pecado de alguna forma, literal o no, he decidido que no voy a perdonar.

En segundo lugar, el perdón que Dios me concedió en la cruz le costó al Hijo la vida, literalmente hablando. Cuando Él murió ahí, desnudo, traspasado, avergonzado, escupido, golpeado. Pero el perdón que yo tengo que conferir a mí me cuesta un acto de la voluntad; no me cuesta más nada. Un acto de mi voluntad, no es mi vida. El perdón que Dios te otorgó a ti, y que mañana cuando tú le pides perdón vuelve a otorgarte, le costó literalmente a Su Hijo su vida para poder perdonarte y limpiarte de pecado con la sangre que Él vertió.

En tercer lugar, si es tu hermano quien ha pecado contra ti, hermano en Cristo, el pecado que tu hermano cometió contra ti fue perdonado por Cristo en la cruz. Él no tiene deuda de pecado; ese pecado fue perdonado y Cristo lo pagó, pero yo insisto en que él me lo pague. Es como que José me debe mil dólares, su amigo Pedro se entera de la deuda y dice: "Yo lo pago, aquí están los mil dólares." Ya José no le debe nada. Pero después yo voy a donde José y le insisto que me pague los mil dólares, como si la deuda no hubiera sido cancelada.

En cuarto lugar, yo me estaría considerando digno del perdón de Dios, pero no considero al otro digno de mi perdón. Yo me considero digno de que Dios me perdone, pero al otro, no. En quinto lugar, yo estoy considerando que la deuda o la ofensa que se comete contra mí es mayor que la ofensa que yo cometo contra Dios. En otras palabras, yo soy digno de más honor que Dios. Dios perdona, pero yo no, porque yo no soy igual, y me considero más digno que Dios.

Debido a todo eso que acabo de mencionar, lo que Cristo ha hecho por mí le da a Cristo mismo el derecho, la autoridad, el derecho de demandar de mí que yo perdone al otro. Mira cómo Agustín de Hipona lo trató de explicar. Él nació en el siglo IV y murió en el V. Agustín decía: "Si yo pido perdón a Dios con resentimiento en mi corazón, en efecto le estoy pidiendo a Dios que no me perdone." Agustín agregaba que con esto estoy trayendo sobre mí una maldición autoimpuesta. Es como si yo le estuviera diciendo a Dios: "Ya que yo no he perdonado a mi hermano, por favor no me perdones tampoco a mí." Agustín hablaba de que orar el Padre Nuestro sin haber perdonado a nuestro hermano es firmar nuestra propia sentencia de muerte.

Por eso creo que vale la pena preguntarnos: ¿por qué el perdón que es prioritario para Dios no lo es para nosotros? Y honestamente no lo es, en sentido general. Yo creo que una de las razones es que a nosotros no nos gusta pagar. Hay gente que en un restaurante prefiere salir adelante para no tener que pagar; si alguien puede pagar, mejor que pague el otro. Pero cuando del perdón se trata, lo curioso es que Dios entiende que es el ofendido el que tiene que pagar. ¿Por qué? Porque el ofendido, Dios, tuvo que pagar. Es como que vamos a un restaurante, nos invitan diez personas, nos sentamos en una mesa, y yo digo antes de irme: "Yo no voy a comer y por tanto no voy a contribuir a la cuenta." Entonces los nueve que están ahí comen y comen, y al final resulta que eres tú el que tiene que pagar. Dios dice: el ofendido es el que tiene que pagar.

¿Y cómo pagamos? Tú doblegas tu orgullo. Te humillas, reconoces que Dios te ha perdonado, reconoces que tú no eres más digno que Dios, reconoces que el pecado que tu amigo, hermano, quien tú quieras, ha cometido contra ti, honestamente no es contra ti, es contra Dios. Si Dios no existiera, no existiría la palabra pecado. Por eso es que David, después de hacer lo horrible que hizo, algo que a veces me es difícil concebir, cuando va a confesar dice: "Contra ti, solo contra ti he pecado", porque el pecado existe porque hay un Dios santo y justo que estableció lo que es la transgresión de una ley.

De manera que Dios dice: tú estás exigiendo el pago de una deuda que nadie tiene contra ti, la tienen contra mí. Tú quieres ser el cobrador de la deuda, pero el único cobrador en todo el universo soy Yo. Y cuando quise cobrar la deuda, era tan grande que tuve que cobrarla mediante mi Hijo, porque ustedes todos estaban moralmente en bancarrota. Yo cobro las deudas. Tú déjaselo a Dios.

Pero tenemos un… ¿Saben que nosotros tenemos como varios hombrecitos aquí atrás que nos hablan? Tenemos un Jonás pequeño. Tenemos un enanito que se llama el orgullo; es chiquitito, pero habla. Y el orgullo te dice: "No, es que él no merece." Y Dios dice: "¿Y tú presuponés que tú sí?" El orgullo te dice: "No, es que el pecado del otro no es como el mío, el de él es mucho peor." Dios te dice: "No, porque él no pecó contra ti; fue contra mí." El orgullo te dice: "No, es que yo soy mejor que el otro; yo no soy así." Y Dios te dice: "Bueno, cuando dices que no eres así, demuestra que eres así."

"Es que el otro no es tan espiritual." "Es que el otro tiene sus prioridades al revés." "Es que el otro no sabe lo que está hablando, no sabe ni lo que dice, no sabe lo que hace." "Es que el otro no siente lo que dice; entonces él me pidió perdón, pero no lo siente." Con nosotros no tenemos un perdómetro para medir si lo siente o no lo siente. De hecho, la Palabra de Dios me prohíbe que juzgue las motivaciones e intenciones; me lo prohíbe. Tú no eres Dios, yo tampoco. "No, es que su arrepentimiento…" No tenemos un arrepentímetro tampoco para medir eso. Puede ser. Dios se encarga. "El otro no merece una segunda oportunidad." Bueno, la Palabra dice que debemos perdonar setenta veces siete. "No, yo lo perdoné como quinientas veces y eso es más que setenta veces siete." No, la Palabra dice que hay que seguir perdonando.

El orgullo se enfoca en la injusticia recibida. La humildad se enfoca en lo que Dios le ha perdonado. Nosotros preferimos que sea el otro el que siempre pague. "No, pastor, ¿sabes qué pasa? Que si no, no aprende. La gente tiene que aprender. Hay algo que tiene que pagar; que pague." Y de nuevo te recuerdo: Dios dice, no, la deuda la cobro Yo. Yo soy el cobrador. En mi tiempo, Yo me encargo.

Entonces, ¿sabes cuando hay una deuda y hay intereses? Hay una deuda, y los intereses que yo quiero cobrarle al otro por la deuda que él no ha saldado, según yo entiendo el cierre, son mayores que los intereses que Dios quiere cobrarle. Yo me convierto en un usurero del perdón. La usura en términos de dinero es horrible en la Palabra, y en términos espirituales debe ser mucho peor. Un usurero del perdón, porque yo quiero que el otro pague más de lo que Dios quiere que le pague.

Lo que yo he aprendido a lo largo de mi vida es que la única razón por la que mi herida permanece es porque yo me encargo de nutrirla todos los días, y de alimentarla. Un poco de agua, un poquito de pan. Porque la herida que yo alimento es la evidencia de que tú me hiciste daño y tú me debes. Y yo no quiero que la herida sane.

Y tú sabes, Dios… Yo me imagino componiendo este mensaje y pensando en todo tipo de ejercicio que la gente pudiera hacer, que nosotros, hermanos, pudiéramos hacer. "Bueno, sí, yo tengo la herida, pero Cristo retuvo la herida de sus clavos." Sí, pero es muy diferente. No es solamente que tú y Cristo no tienen nada que ver el uno con el otro, porque el uno es Rey y Señor, y tú y yo no. Es que la herida que Cristo retuvo son las evidencias de lo que a Él le costó perdonarte a ti, y que luego Él usó para beneficio de Tomás. Él le dice: "Tomás, mira, pon tu dedo en mis heridas. Así yo te perdoné." Y cuando Tomás se da cuenta, se arrodilla y le dice: "¡Mi Dios y mi Señor!"

La herida que yo retengo es la evidencia de que yo no te he perdonado. ¿Me entendiste? La herida que Cristo retiene es la evidencia de que Él te perdonó. Tú quieres evidencia, Él te lleva al seguro, te dice: "Mira, aquí." Esa es la evidencia. Estás perdonado. La herida que yo retengo es la evidencia de que no he llegado, no te he perdonado. ¿Y dónde está la evidencia? Mira aquí.

Finalmente, el perdón no es prioritario para nosotros porque si yo pienso: "Ay, si me hace eso otra vez, el dolor que eso me va a causar… mejor lo dejo así, dejo la herida abierta, la puedo mostrar y no tengo que pasar por ahí otra vez." Hay algo que yo sé, usted me va a oír hablar de esta manera como tipo analogía otra vez: es que Dios nos envía a la universidad de Dios, y ahí hay un currículo de materias, un pensum, como le llamo. Hay semestres y hay materias. Hay materias que son más o menos fáciles, y otras materias que son difíciles, como el Perdón 1, el Perdón 2, el Perdón 3, el Perdón 4. Entonces resulta que yo no quiero pasar por ahí otra vez, no me quiero quemar en la materia. Y llega la prueba número uno, o la número cinco. Yo tengo dificultad y dificultad, y resulta que en la prueba, en una ilustración, se pasaba con setenta, y que con sesenta y cinco.

O sea, como que casi logré perdonarlo, y voy donde Dios y le digo: "Señor, mire, hoy yo oré, hice grandes avances ahí en el perdón, fue un 65". Y yo digo: ¿qué, en el cielo no hacen regalos en puntos? Como la universidad: "Profesor, mire, se me deben 5 puntos". O "deme un punto, no". Y además, antes que me pregunte, tampoco se tiran curvas para ver si el estudiante, como le fue a los demás.

Entonces, la mejor manera de garantizar no pasar por la prueba otra vez es pasando la prueba. Es perdonando, porque de no pasar la prueba, voy a repetir el curso. Y voy a repetir el curso por una razón: Dios tiene un propósito con cada uno de sus hijos, uno solo, no hay dos; un propósito eterno, y es hacernos conforme a la imagen de su Hijo. Tú lo leíste, Romanos 8:28-29, ahora. Pues cuando Dios te pide que perdones, lo que está haciendo es pidiéndote que sigas conformándote a la imagen de su Hijo. Solo que te lo está pidiendo. Y Dios no va a parar ningún esfuerzo, ni sacrificio, ni ningún tipo de prueba, hasta que tú y yo nos convirtamos a la imagen de su Hijo. Eso va a continuar. Y como Él es misericordioso y como Él ha perdonado, Él dice: "Es para allá que van".

Y además, la palabra que se me estaba quedando en el análisis de "perdónanos nuestras deudas", la palabra "perdonar" ya aparece. Es una palabra también muy especial, porque es la palabra *afemi*, que significa "enviar lejos". Y esa es la palabra, o la idea, que el salmista tiene en el Salmo 103:12 cuando dice: "Como está de lejos el oriente del occidente, así alejó de nosotros nuestras transgresiones". Yo pequé, yo le pedí perdón a Dios, y Dios tomó mis transgresiones y las envió lejos. En otras palabras: "No quiero verlas, no quiero que hablemos de eso ya".

"No, señor, pero mira, yo tengo que volver a hablar". "Yo no quiero hablar de eso, ya las envié lejos". Y Dios me dice: "Cuando alguien te ofenda, pide que contra ti, que en realidad es contra mí que está pecando, y tú decides perdonar, lo que vas a hacer es tomar la deuda, tomar el pecado, y enviarlo tan lejos de ti y olvidarte de eso, como yo lo he hecho. Porque esa es la razón por la que encuentras al profeta en el Antiguo Testamento diciendo: cuando yo perdono, yo olvido. A mí no se me olvida lo que existe; yo no lo quiero resolver ni hablarlo, porque ya te lo perdoné. Y así, yo quiero que tú hagas con aquel que peca contra ti".

Tú puedes ver que esto no es simplemente un modelo de oración; esto es una enseñanza acerca de mi vida de oración. Y yo creo que tú esperarías eso de parte de Dios. Yo no creo que Dios nos da fórmulas matemáticas a seguir. Yo esperaría que cada vez que Dios me dice algo, yo pueda ver que, aunque está la pregunta que hice —"enséñanos a orar"— y está la respuesta, detrás de la respuesta hay implicaciones masivas. Y esa es la razón por la que yo necesito enseñar todo el consejo de Dios, para que con el resto del consejo revelado yo pueda penetrar las palabras llanas y sencillas, y encontrar qué había detrás o debajo de esas palabras.

Y ahí tú lo puedes ver. Detrás de esta oración del Padre Nuestro está la revelación de su carácter como perdonador, como dador, como proveedor; implicaciones que Él mismo nos dejó ahí. "Perdónanos, como nosotros hemos ya perdonado a otros sus deudas contra nosotros."

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.