Integridad y Sabiduria
Sermones

Orando con el Hijo para vivir en el mundo

Miguel Núñez 9 octubre, 2022

La noche antes de su crucifixión, Jesús no estaba centrado en el sufrimiento indecible que le esperaba, sino en el bienestar de sus discípulos. En Juan 17, el Hijo le habla al Padre en una conversación íntima donde revela su profunda preocupación por aquellos que quedarían en el mundo cuando él ya no estuviera presente. Es una oración que incluye a los que estaban en el aposento alto, pero también a nosotros que vendríamos después.

Jesús hace peticiones específicas por este grupo: pide que el Padre los guarde en su nombre y su poder, que los proteja del maligno, que preserve su unidad y que los santifique en la verdad. La motivación detrás de estas peticiones es clara: ellos tienen una misión que cumplir. Como el Padre envió al Hijo al mundo, así el Hijo envía a los suyos. No pide que sean sacados del mundo, sino que sean guardados mientras permanecen en él como sal y luz.

El pastor Núñez señala que lo que nos mantiene en el camino no es la perfección de nuestra fe sino la elección de nuestro Padre. Los discípulos tenían una fe inmadura, dudas enormes, y aun así Jesús los amó perfectamente. Esa misma gracia nos alcanza hoy. La santificación que Jesús pide viene a través de la palabra de Dios, el instrumento primario que consume nuestras impurezas y destruye nuestros patrones de pensamiento pecaminosos. Como escribió alguien en el frente de su Biblia: esta palabra te mantiene lejos del pecado, o el pecado te mantendrá lejos de esta palabra.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Una vez más estamos frente a Su palabra, y estar frente a Su palabra, de cierta manera, es estar frente a Dios. Como dice John Frame, uno de los teólogos contemporáneos, la palabra es simplemente una extensión de lo que Dios es, y no hay diferencia en gran manera entre lo que Su palabra es y lo que Él es. Su palabra es lo que Dios es, de manera que cuando estemos leyendo Su palabra, en un momento den cuenta de que Dios se paró aquí y habló. Cuando leamos Su palabra, cuando yo exponga Su palabra, soy yo hablando, tratando de entender y explicar Su palabra. Pero esto es bueno recordarlo porque nos ayuda a nosotros a posicionarnos a la hora de escuchar la palabra y a entrar en un estado de alerta, si tú quieres, de que algo extraordinario va a ocurrir porque Dios va a hablar.

Y sobre todo en este caso, como ya dijimos en la semana anterior, Dios Hijo le va a hablar a Dios Padre, y no ha habido ninguna otra ocasión en que un ser humano haya podido escuchar una conversación intratrinitaria que no sea la que vamos a estar viendo. Dijimos en la semana anterior que esta oración es sumamente densa en contenido. Dijimos también que, aparte de ser densa en contenido, es profunda en términos de las revelaciones que Jesús hace, revelaciones que la Trinidad conocía desde antes de la fundación del mundo, pero con las que nosotros estamos como abriendo los ojos. Y que fue una oración extremadamente sublime, precisamente por lo que representó: Dios Hijo conversando con Dios Padre.

No sé cuántas veces yo he leído esta oración, no sé cuántas veces me quedan, pero en cada ocasión, no literalmente pero simbólicamente hablando, es como que los pelos se me erizan al considerar lo que ocurrió en aquella noche. Dimos la semana anterior los primeros cinco versículos de la oración y dijimos que la oración estaba dividida, o se podía dividir, en secciones. La primera, que ya cubrimos, es cuando Cristo ora por sí mismo. La segunda sección, que vamos a cubrir hoy, es cuando Cristo ora por sus discípulos: por aquellos que estaban ahí presentes, los que no estaban presentes, y nosotros que vendríamos después.

Porque lo que Él tiene que pedir por ellos en esa ocasión también tiene aplicación en la vida de nosotros, en la manera en que pasamos por este mundo pasajero. De manera que cuando veamos y expliquemos la palabra de Dios, piensa que en esta oración Cristo está considerándote a ti también, pero de manera muy particular a los que estaban ahí presentes escuchando. Esa es la razón por la que yo titulé este mensaje "Orando con el Hijo para vivir en el mundo", porque eso es lo que se trata. Él sabe que Él va a ascender al Padre otra vez, pero sus discípulos quedarán en el mundo. No solamente tendrían que saber qué esperar del mundo, sino que tenían que saber con qué garantías contaban y cuál sería su parte en lo que Jesús va a hacer.

En aras del tiempo, vayámonos directamente, sin más introducción, al texto de hoy, comenzando en el versículo 6 hasta el 19. Texto un tanto largo, algo ambicioso tratar de cubrirlo en un solo mensaje; no sé ni siquiera si fue una buena idea, pero aquí estamos.

Versículo 6: "He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste. Eran tuyos y me los diste, y han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todo lo que me has dado viene de ti, porque yo les he dado las palabras que me diste, y las recibieron y entendieron verdaderamente que salí de ti, y creyeron que tú me enviaste. Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me has dado, porque son tuyos. Y todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío, y he sido glorificado en ellos. Ya no estoy en el mundo, pero ellos sí están en el mundo, y yo voy a ti. Padre Santo, guárdalos en tu nombre, el nombre que me has dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Cuando yo estaba con ellos, los guardaba en tu nombre, el nombre que me diste, y los guardé, y ninguno de ellos se perdió, excepto el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliera. Pero ahora voy a ti, y hablo esto en el mundo para que tengan mi gozo completo en sí mismos. Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No te ruego que los saques del mundo, sino que los guardes del maligno. Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en la verdad; tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, yo también los he enviado al mundo, y por ellos yo me santifico, para que también ellos sean santificados en la verdad."

Esa fue la palabra de Dios.

Si tú revisas el texto de manera detenida, descubrirás que el texto, en esencia a partir del versículo 13, tiene cuatro peticiones, y entre una petición y otra Jesús hace revelaciones que no implican una petición, sino una conversación entre Él y Su Padre, revelaciones que los discípulos que estaban ahí, y nosotros que vendríamos después, necesitábamos conocer acerca del plan de redención y lo que faltaba todavía. De manera que Jesús inicia esa porción, como leímos, con una revelación de que Él ha venido a la tierra. Él se encarnó con una misión muy especial, muy sui géneris y muy específica. Lo vimos la semana pasada: no con autoridad sobre toda carne, pero para dar vida a uno solamente a aquellos que tú me has dado.

En este caso, Cristo está diciendo que Él vino a revelar al Padre al mismo grupo: "al grupo que tú me has dado." En el versículo 6: "He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste." Con esto, Cristo no está diciendo "yo vine a decirle a este grupo que tu nombre era Yahweh, o Yavé, o cualquier otro nombre, Adonai, o algo parecido." No. En el contexto hebreo se entendía perfectamente bien que el nombre tenía que ver con la naturaleza y el carácter de la persona. Jacob fue llamado "suplantador" porque eso fue lo que hizo: él suplantó a su hermano y le robó la primogenitura. De manera que su nombre revelaba algo de su carácter. Y en este caso, lo que Cristo está diciendo es: "Yo he revelado tu persona, tu carácter, a los que del mundo me diste." De hecho, la Nueva Versión Internacional dice: "A los que me diste del mundo les he revelado quién eres." Tu nombre habla de quién tú eres; a ellos les revelé quién eres.

Y Cristo sigue revelando cosas. Las revelaciones que Él hace tienen todas que ver con este grupo en particular por el cual está orando. Él dice de ese grupo que ellos han recibido sus enseñanzas, dice incluso que la han obedecido, aunque imperfectamente lo sabemos, pero Él dice eso. De hecho, Cristo afirma que ellos han llegado a creer que Jesús había sido enviado por el Padre. Versículo 6: "Han guardado tu palabra", lo cual implica que la oyeron y no la desecharon. "Ahora han conocido que todo lo que me has dado viene de ti, porque yo les he dado las palabras que me diste y las recibieron. Y entendieron verdaderamente que salí de ti, y creyeron que tú me enviaste."

Miren que este grupo tenía una fe inmadura, incompleta, imperfecta, pero había llegado a creer. El Espíritu Santo tendría que venir, ayudarlos a crecer, hacerles madurar la fe. Y una de las formas como Él lo iba a hacer precisamente era viniendo el Consolador, morando en ellos, y dejándolos atravesar la tribulación, porque la tribulación produce paciencia, y la paciencia, carácter probado. Lo dice Romanos 4, de manera que su carácter se iba a formar a través de la tribulación, pero para que no pasaran solos, el Espíritu estaría ahí con ellos.

Jesús amó a sus discípulos perfectamente, a pesar de que ellos obedecieron imperfectamente. Y en cierta manera, eso es buena noticia, porque eso es como es hoy: Jesús te ama perfectamente a pesar de que tu obediencia es imperfecta. Debería darte cierto nivel de confianza, de relajación, ¿no? No para que te vivas en el libertinaje, ahora, pero sí confianza de que estoy aquí todavía en proceso de madurar y crecer. La realidad es que lo que nos mantiene en el camino no es la perfección de nuestra fe, sino la elección de nuestro Padre. Eso es parte de lo que Jesús va a revelar aquí: lo que nos mantiene en el camino no es la perfección de mi fe, sino la elección de mi Padre.

Los discípulos tenían dudas acerca de la muerte de Cristo; de hecho, no la querían aceptar. Tenían dudas enormes acerca de la resurrección de Jesús. Sin embargo, habían creído, de acuerdo a las palabras de Jesús: "Ellos creyeron que tú me enviaste." Su fe tenía que crecer, pero ya estaba presente. El Espíritu que iba a venir y morar en ellos, y ellos al atravesar la tribulación, crecerían.

Pero eso es lo primero que Jesús está revelando acerca de este grupo. Y cuando llegamos al versículo 9, nos encontramos con la primera petición. "Yo ruego por ellos." Es una petición muy exclusiva. Escucha: "Yo ruego por ellos, no ruego por el mundo, sino por los que me has dado, porque son tuyos." Esto no quiere decir que Jesús no le importó el mundo; de hecho, de tal manera amó al mundo que el Padre dio a Su Hijo unigénito. Pero esta no era la ocasión para estar orando por el mundo. Esta es una reunión íntima con los suyos: "Yo quiero que ellos escuchen cómo yo les amo y cómo tú les amas. En la cruz voy a orar por el mundo cuando yo diga: 'Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.' Pero ahora yo estoy orando por ese otro grupo."

Él estaba muy enfocado en esta noche en sus discípulos, para que ellos pudieran entender que cuando Él no estuviera presente, en unas horas, Su amor no estaba ausente; Su amor estaba con ellos. Para que ellos entendieran que no solamente Él los amaba, sino que el Padre también los amaba. Y tú puedes deducir eso del versículo 10, donde dice: "Todo lo mío es tuyo y lo tuyo es mío." Lo que es: si ellos son tuyos, son míos; si son míos, son tuyos; y tú les amas, yo les amo; yo les amo, tú les amas.

Cristo añade: "Yo he sido glorificado en ellos." Nota que Él no dice "yo he sido glorificado por ellos"; eso va a llegar. Pero los discípulos no estaban ahí todavía.

Y van a morir incluso por él, y en ese sentido van a estarle glorificando, y van a proclamar su verdad de una manera libre. A él le iba a costar la cárcel, y ellos estarían glorificando el nombre de Cristo. Pero en este momento, lo que Cristo dice es que Él ha sido glorificado en ellos de múltiples maneras.

Pensemos en una: escoger un grupo de hombres para que sean sus discípulos, no preparados en educación, sin posición, sin nombre, sin ningún apellido reconocido, pecaminosos, altamente prejuiciados, y decir: "Este va a ser el equipo soñado." ¿En serio, Jesús? Juan y Jacobo querían quemar villas porque no lo querían recibir. Simón el Zelote, de un grupo de revolucionarios. Mateo, un recaudador de impuestos, quizá el grupo más odiado por el pueblo judío. ¿De ahí vas a formar tu equipo, el equipo que va a ir a la serie final? Cuando Jesús hizo eso, Él se glorificó en ellos; glorificó su amor, su gracia, su misericordia. Ahí se podía ver, en el grupo mismo, la gloria de su gracia y de su amor, de su misericordia y su compasión.

La primera petición es una petición exclusiva. No es específica, pero sí es exclusiva: "Ruego por ellos, no por el mundo, porque eran tuyos y tú me los diste." La segunda petición es una petición de protección para preservarlos en unidad: "Padre santo, guárdalos en tu nombre, el nombre que me has dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno."

Ahora bien, Él le está diciendo al Padre: "Padre, yo tengo una petición especial. Yo necesito —por así decirlo, en confianza, pues Él es su Padre— yo necesito que tú los guardes en tu nombre. Algo está a punto de ocurrirme; cuando yo ya no voy a estar en acción, no voy a estar presente durante uno, dos, tres días. Cuando yo esté ausente, Padre, guárdalos en tu nombre, de la misma manera que yo los guardé."

La petición es que los guarde, los proteja. La motivación de la petición, ¿cuál es? Que sean uno, como tú y yo somos uno. Jesús estaba pidiendo a Dios que los guardara en su nombre, en su poder. De hecho, eso es como lo traduce la Nueva Versión Internacional: "Padre santo, protégelos con el poder de tu nombre." El salmista escribe en uno de los salmos —que escapa mi memoria ahora mismo— y habla del poder de ese nombre, la protección, cómo se está guardado, protegido, seguro en el poder de su nombre.

De manera que Cristo está pidiendo eso: guárdalos, protégelos. Ese es el contenido de la petición, pero la motivación es otra: que sean uno, como nosotros somos uno. Él sabe perfectamente bien que nosotros tenemos una inclinación a la división. ¿No han sabido el cuento —y lo digo como cuento, como historia ilustrativa, sin hacer cuento de ninguna denominación— del náufrago que se perdió y lo encontraron veinte años después en una isla pequeña, solo? Cuando lo encontraron, había tres casas, y entonces le dijeron: "Oye, ¿cuánta gente vive en esta isla tan pequeña?" "No, yo." "¿Cómo que tú solo?" "Sí, yo solo." "Pero hay tres casas." "Sí, sí." "Dime, ¿la primera casa cuál es?" "Bueno, esa es la casa donde yo vivo." "¿Y la segunda?" "La iglesia donde yo voy." "¿Y la tercera?" "La iglesia donde yo solía ir." Se dividió él mismo.

Él sabe que en nosotros tenemos una inclinación a la división. Él sabe que Satanás disfruta dividir al pueblo de Dios, y frecuentemente lo hace. Satanás sabe —y Jesús lo sabe también— que el orgullo humano le encanta hacer tienda aparte. De manera que Él está orando: "Cuida la unidad de estos que son tuyos." Jesús está pidiendo que los proteja de la división para que puedan permanecer unidos, porque en la unidad hay algo que refleja la unidad de propósito y de misión con la que nosotros estamos siendo enviados al mundo.

Recuerda que entre una petición y otra hemos visto revelaciones acerca del grupo. Escucha lo que Él dice en el versículo 12: "Cuando yo estaba con ellos, los guardaba en tu nombre, el nombre que me diste, y los guardé, y ninguno se perdió, excepto el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliera." Esto tenía que pasar; Judas tenía que desertar, Judas tenía que traicionar. Eso se conocía. Pero ahora voy a ti.

Esto está revelando algo más a lo que ya yo aludí. Padre, mientras yo estaba con ellos, yo los protegí en el nombre que tú me diste, en el mismo poder que tú me diste. Pero ahora yo me voy. Como yo me voy, estoy pidiendo a ti que los protejas. Cuando yo ascienda y esté a tu diestra, yo puedo asumir mi función otra vez, mi función de mediador. Pero ahora, entre el viernes de la noche y el domingo en la mañana, es como que yo estoy fuera de acción. Jesús parece estar diciendo eso. Mira cómo el versículo 13 inicia, revelando la preocupación de Jesús: "Pero ahora voy a ti." Yo los guardé en tu nombre, pero ahora va a ser diferente; hay una transición, y esa es la motivación de mi petición.

Mientras yo esté en la tumba, alguien tiene que cuidar de mis discípulos. Es como si Jesús estuviera preocupado de que algo le fuera a pasar a uno de los tuyos, que son ahora también de los míos, en ese periodo de transición y de inactividad desconocida para nosotros. Jesús dice: mientras yo los guardé, mientras yo ejercí el poder aquí abajo, ninguno de los que tú me diste se perdió. Había uno que era la excepción, pero así tenía que pasar para que la Escritura se cumpliera. De manera que esto no lo sorprendió; Jesús sabía desde el principio, cuando escogió a los doce, quién era el hijo de perdición. Pero ahora había llegado el tiempo en que eso iba a ocurrir.

Nota la preocupación de Jesús como mediador por la seguridad de aquellos que el Padre le había dado. Esa misma preocupación que Jesús tiene hoy como mediador a la diestra del Padre. Si Jesús estaba preocupado porque ninguno de esos se perdiera, sigue estando preocupado porque cada uno de los suyos hoy tampoco se pierda. ¿Y sabes quién es el que garantiza que eso no ocurra? Es nada más y nada menos que el poder infinito del Padre que los eligió en primer lugar. De ahí la importancia de esta conversación reveladora e intratrinitaria.

De hecho, ¿sabes que Jesús estaba y está más preocupado por la seguridad de tu fe que lo que yo puedo estar preocupado? Porque nosotros todos tendemos a ser como Pedro, que decía: "Yo nunca te negaré." Nosotros tenemos mucho más confianza en nosotros mismos de que vamos a permanecer, que la confianza que Jesús tiene en que yo pueda permanecer por mis propias fuerzas. Jesús me oye hablar como Pedro y me dice: "¿Estás seguro de que tú puedes beber esta copa?" "Sí, sí, Señor. Aunque ellos —mira— te puedan abandonar, pero yo, jamás." Y el Señor dice: "La única razón por la que no lo vas a hacer es porque yo voy a garantizar que ninguna circunstancia de ese tamaño llegue a ti que te haga abandonarme, y si llega, habrá uno más contigo, que soy yo." Esa es la razón.

Bueno, eso es lo que Jesús estaba pidiendo: la seguridad. Jesús sabe lo fácil que es andar perdidos en nuestra naturaleza caída, y esa historia no se puede volver a repetir, no se va a repetir. Y esa es su garantía.

La petición número tres está relacionada con la habilidad de vivir con gozo mientras permanecemos en el mundo. Hermano, esto es vital que tú y yo podamos entender, porque la queja, la ingratitud y la falta de gozo exhibida por los hijos de Dios no corresponde a la oración que Jesús hizo, ni corresponde al buen testimonio de sus hijos, ni corresponde al poder que vive dentro de mí, ni corresponde a la razón por la cual Cristo oró en el aposento alto. Cristo dice: "Yo hablo estas cosas en el mundo" —todavía no se ha ido— "yo hablo estas cosas en el mundo para que tengan mi gozo." Mi gozo, no el tuyo. Que mi gozo completo esté en sí mismos, es decir, en ellos. "Yo quiero que mi gozo completo esté en ellos", no como algo prestado, sino como algo dado en sí mismos. No es que lo van a derivar de otro lugar; no, yo solo voy a darlo para que permanezca con ellos.

Y cuando Jesús dijo esa noche: "Yo hablo esto en el mundo", algunos entienden que quizás se estaba refiriendo de manera particular a estas cosas que él estaba hablando en el aposento alto. Pero yo creo que Jesús, junto con otros, lo creo, creo que eso estaba hablando a todo lo que él había enseñado a lo largo de su caminar en general, y de manera particular a lo último que había dicho allí en el aposento alto, en algunas horas de conversación. Eso incluye que, aunque yo me voy, viene otro de la misma esencia; viene otro, llamado el Consolador, el Parácletos, el Espíritu Santo. Esta palabra "otro" aparece en las revelaciones de Jesús en el aposento alto: es otro de la misma esencia, y ese ser es el Consolador.

Cristo dice: "Yo quiero que ellos sepan eso ahora, porque eventualmente, cuando ocurra lo que va a ocurrir, yo no los quiero desalentados, desanimados. Yo quiero que mi gozo esté completo en ellos." Ellos van a ser perseguidos, van a ser odiados, van a ser repudiados, y aun ahí yo quiero que mi gozo esté en ellos. La realidad era que para discípulos jóvenes, inmaduros, tempranos en la fe, lo que iba a ocurrir en una hora iba a ser sumamente intimidante y desalentador. Jesús estaría literalmente fuera de su vista en unas horas, y por eso Jesús le está pidiendo al Padre que los guardara en su nombre: guárdalos del desaliento, guárdalos de la tristeza. Es una oración por gozo: "Yo quiero, Padre, que mi gozo esté en ellos; concede eso, dáselo, permite que ellos lo experimenten."

Yo creo que es impresionante ver cómo Jesús, estando apenas a unas horas de pasar lo indecible, no está tan enfocado en lo mucho que él va a sufrir, sino en el bienestar, la seguridad, el propósito y el gozo de sus discípulos en esta oración. Cuando oró por sí mismo, lo vimos: esa oración no estaba centrada en él; él oró para que el Padre lo glorificara, con una sola razón: "Para yo poder glorificarte a Ti." De manera que la oración era por él, pero la motivación estaba relacionada al Padre. Y ahora él está orando por sus discípulos, y no por sí mismo.

Jesús hace peticiones y hace revelaciones, y ahora en el versículo 14 vuelve a revelar algo más acerca de este grupo: "Yo les he dado tu palabra", algo que ya él había dicho. Y ahora algo nuevo: "Y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como yo tampoco soy del mundo." ¿Notaste la relación entre recibir la Palabra de Dios —"Yo les he dado tu palabra"— y recibir el odio del mundo?

Por tanto, lo que el texto dice es: "Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo." Esa es la razón. Jesús nos está diciendo que la manera en que Dios nos aparta es por medio de su Palabra. "Yo les he dado tu palabra; ellos la recibieron, y tan pronto la recibieron, el mundo los odió." Porque cuando ellos recibieron su Palabra, ellos fueron apartados para el Padre, para Cristo. Cuando ellos recibieron la Palabra que Cristo les dio, ellos dejaron de ser parte del mundo.

¿Qué implica no ser parte del mundo en términos prácticos del día a día? Bueno, ellos pueden tener una fe imperfecta, podrían tener debilidades; Pedro iba a negarle, pero eventualmente Pedro iba a morir por él. Lo que implica, a partir del momento en que ya no eran parte del mundo, es que ellos no piensan como el mundo —Judas sí pensó como el mundo, pero los otros no—, ellos no hablan como el mundo, no actúan como el mundo, no buscan las cosas que el mundo busca y no lucen como el mundo.

Cuando tú pienses en términos de cómo se supone que yo luzca, viva, hable, piense y maneje mis relaciones, bueno, eso pudiera ser motivo hasta de una conferencia de varias horas. Pero en esencia, eso implica que no piensas como el mundo piensa, no tienes sus valores; por tanto, como no pienso como el mundo, tampoco hablo como el mundo, no actúo como el mundo. En nuestras actuaciones del mundo nosotros no nos parecemos a él, no buscamos las cosas que el mundo busca y no lucimos como el mundo.

Lamentablemente, el mundo siempre ha querido presionar a la iglesia para que piense y actúe como ellos. Esa es la razón de la presión de esta agenda de que aceptemos la ideología de género: es como si la iglesia no pudiera ser diferente a nosotros. "No solo no lo vamos a permitir, no lo vamos a tolerar, y como gobierno tampoco lo vamos a hacer." Solo los gobiernos internacionales parecen estar diciendo esto; es como que no les gusta que la iglesia sea diferente. Pero resulta que esa es parte del distintivo de la iglesia: que es diferente. Nosotros tenemos un llamado claro en Romanos 12 a no conformarnos al mundo, que quiere darnos su forma. Sí, Romanos 12, capítulo 12. Y al mismo tiempo tenemos la otra cara de la moneda de ese llamado: en vez de conformarnos a lo que el mundo quiere y tomar su forma, que yo sea transformado por medio de la renovación de mi mente.

Lamentablemente, a lo largo de la historia, una y otra vez sectores enteros de la iglesia han capitulado a la presión del mundo y han vuelto la iglesia irrelevante. Charles Spurgeon —porque eso no es de hoy, eso viene de lejos— decía: "La razón por la que la iglesia tiene tan poca influencia sobre el mundo es porque el mundo tiene demasiada influencia sobre la iglesia." Es como que en vez de la iglesia evangelizar al mundo, el mundo ha mundializado a la iglesia. J. C. Ryle, escribiendo en los años de 1800, decía: "El problema principal del cristiano no es tanto el pecado rampante o la incredulidad franca."

Pensemos hoy en día en esa frase antes de continuar. Es como que yo dije: "Míralo, el problema principal del cristiano no es la pornografía abundante, el pecado rampante", decía Ryle, "no es la incredulidad franca." Entonces, ¿qué es? Sino el amor por el mundo, el temor del mundo, las preocupaciones de este mundo, los negocios de este mundo, los deleites de este mundo y el deseo de estar a la altura de este mundo. El problema primario es que queremos competir con el mundo. El mundo no es nuestra competencia; nosotros no estamos en la misma carrera. No hay que estar tratando de ganarle; estamos en dos carreras distintas, en dos direcciones distintas, con compromisos distintos.

Petición número cuatro, versículo 15: "No te ruego que los saques del mundo, sino que los guardes del maligno. Ellos no son del mundo, como yo tampoco soy del mundo." Oye, lo que Cristo está diciendo era: "Padre, pero yo quiero que ellos se queden, porque el Padre los ve, y no te voy a pedir que te los lleves, que cuando yo me vaya se vayan conmigo." Esa es una petición que no voy a hacer, porque esto sería contrario a la misión que yo les estoy dejando.

De manera que hoy en día, si tú alguna vez —yo sé que mucha gente, prácticamente nadie está ajeno a ese deseo de salir de este mundo; no sé cuál es tu amor por este mundo, no hay que avergonzarse— pero si estabas pensando: "Yo estoy loco por morirme para salir de este mundo", Cristo dice: "Pero espera, espera; tienen que entender tu misión. Cuando se acabe, te llevamos; por ahora, no." "No te ruego que los saques del mundo, sino que los guardes del maligno", porque yo los voy a dejar. Claro, no te puedo pedir que los saques del mundo; yo los voy a dejar, porque ellos tienen una misión similar a la mía. Ellos tienen que ser testigos de tu verdad, de la misma manera que yo vine para dar testimonio de la verdad, como le dijo a Pilato. De manera que cuando yo me vaya, ellos se quedan. Yo ahora soy la luz del mundo, pero cuando yo me vaya, ellos son la luz del mundo; y de hecho se lo dijo así mismo: "Vosotros sois la luz del mundo y la sal de la tierra."

De manera que lo que yo quiero es que los guardes del maligno. Otra traducción lo dice: que los guarde del mal. Ambas traducciones, aparte del lenguaje original, son evidentemente correctas. Pero nosotros necesitamos ambas cosas: yo necesito que Dios me guarde del maligno y su influencia, pero también que Dios me guarde del mal y su influencia. Y tú también.

Satanás, de una u otra manera, es como el autor de todo este desastre en el que el mundo se encuentra. Él es el originador. De hecho, es llamado padre de mentira y, en ese contexto, es el originador de toda mentira. En el jardín, Satanás logró convertir a Adán y Eva en enemigos de Dios; le dieron la espalda a Dios. En el desierto, trató de convertir al Hijo en enemigo del Padre: "Te doy todos los reinos de este mundo; la única cosita que necesitas hacer es adorarme, nada más." En el aposento alto —estaba predicho— tomó a Judas, entró en él, lo poseyó y lo convirtió en enemigo del Hijo de Dios.

Entonces, en esa conversación que tuvo con sus discípulos en el aposento alto, Jesús enfatizó el hecho de que es normal, natural, y debe ser esperado que el mundo no quiera saber de nosotros. Y en la conversación de esa noche no era la primera vez que Él mencionaba eso, porque recuerda que esta conversación va del capítulo 13 al 17: cinco capítulos de Juan, del capítulo 13 al 17. En el capítulo 15, más temprano en la conversación de esa noche, no orando sino conversando, Cristo le dice: "Si fueran del mundo, el mundo los amaría como a los suyos; pero ustedes no son del mundo, sino que yo los he escogido de entre el mundo, los saqué. Por eso el mundo los aborrece."

¡Uf! Para tomar esto como una cosa que esta persecución, esta gente no tolera... "Se molestan en mi oficina cuando yo hablo acerca de mi fe en Jesús. Yo no pensaba que eso sería en serio." O sea, ¿qué no te quieren? ¿No has leído la Biblia? No, esto lo quiero decir: Él dijo que los eligió de entre el mundo y los sacó. Solo que la palabra "iglesia" —ekklesia— significa "los llamados fuera." La raíz es kaleo, que significa "llamar." Son los llamados fuera del mundo. Cristo lo dice aquí: "Yo los he escogido de entre el mundo; por eso el mundo los aborrece."

Y el mismo Juan, ganando experiencia, madurando su fe, escribe su primera carta años después —entre los años ochenta y noventa, dependiendo de la autoridad que tú leas— y escribe en 1 Juan 3: "Hermanos, no se maravillen si el mundo los odia." No se sorprendan. Si el mundo los odia, deben decir: "¿Qué más hay de nuevo? Esto es viejo." Al mundo le encanta que el cristiano sea como él. Pero lo increíble es que el mundo es tan contradictorio: yo hago mi peor esfuerzo por volverme como ellos y, en el momento en que me vuelvo como ellos, me condena y me llama hipócrita por ser como ellos. No se puede ganar con el mundo.

Lo sorprendente no es que el mundo nos rechace o que rechace lo que hacemos y cómo lo hacemos; Él lo esperaba. ¿Tú sabes qué sería sorprendente? Que el mundo se enamore de la iglesia. Y últimamente ha habido algo de eso, donde está de moda llamarse cristiano sin cambiar de estilo de vida ni mucho menos. El mundo se enamoró de la iglesia, y los cantantes siguen su estilo de vida anterior de la misma forma, pero se llaman cristianos. De hecho, lo he visto: comienzan sus conciertos con una Biblia abierta y un texto. Pero cuando el mundo se enamora de la iglesia, no creo que el mundo se esté santificando; es que la iglesia se está mundanalizando. "Hoy esta iglesia es buenísima; tú entras y no hay nada diferente a lo que yo hago en mi casa y como yo vivo el resto de la semana."

Nosotros hemos oído —y hemos dicho incluso en ocasiones— que prontamente la persecución se va a dar y, de hecho, hay ciertas formas de leyes ya pasadas que uno pudiera pensar que constituyen persecución. Sí. C. J. Mahaney, en un pequeño libro que escribió llamado *Worldliness* —La Mundanalidad—, dice: "El mayor peligro de la iglesia hoy no es la persecución; el mayor peligro es la seducción." La persecución lo único que ha hecho es purificar la iglesia y fortalecerla; nunca ha destruido la iglesia. Te lo mencioné en un sermón anterior: la persecución mata, tortura, sí; pero la sangre de los mártires ha sido la semilla de la iglesia, como ha sido dicho. De manera que el mayor problema no es la persecución que puede venir, sino la seducción que ya está a nuestro alrededor.

La petición número cinco, que está en el versículo 17, es una petición para la transformación de los discípulos, cuya fe todavía es débil y temprana: "Santifícalos en la verdad; tu palabra es verdad." Nota el verbo: no dice que Él se va a santificar solo ni que ellos se van a santificar por sí mismos. El Hijo le pide al Padre: santifícalos tú. Primero, quién lo hace; luego, cómo: en tu verdad. ¿Y cuál es la verdad? Tu palabra. Tu palabra es verdad.

Yo quiero creer que, si tú eres creyente realmente, debe haber en ti un interés en ser más santo, más santificado. El grado de santificación de tu vida y la mía está directamente relacionado al tiempo que yo paso frente a la Palabra: leyéndola, escudriñándola y luego aplicándola. Oración sin Palabra no nos va a santificar. Eso no quiere decir que cada vez que yo ore tenga que leer la Palabra; lo que quiere decir es que tengo que orar, pero también tengo que consumir la Palabra. Ayuno sin Palabra no nos va a santificar. Ir a la iglesia sin consumo de la Palabra no nos va a santificar, porque el instrumento primario de santificación —no dije exclusivo: la relación es importante, la comunidad es importante, la predicación es importante— pero el instrumento primario de santificación es: "Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad."

¿Y cómo ocurre? Recuerda el texto de Jeremías 23:29, que describe la Palabra de Dios como un fuego que consume las impurezas y como un martillo que destroza la roca. La Palabra consume mis impurezas de pecado, literalmente hablando, y al mismo tiempo destruye mis hábitos pecaminosos, mis patrones de pensamiento, mis antivalores. Eso lo hace la Palabra, y necesito consumirla, necesito rumiarla y necesito ir y aplicarla. La Palabra —Hebreos 4:12— discierne. Estoy leyendo la Palabra y, si estoy verdaderamente buscando y pidiendo y escuchando lo que Dios quiere hacer conmigo, de repente leo algo y me doy cuenta de que una motivación interna estaba errada; es pecaminosa. Hebreos 4:12 discierne mis pensamientos y las intenciones de mi corazón. El Espíritu Santo nos habla siempre y cuando su Palabra haya hecho residencia en mí.

Yo no puedo esperar que el Espíritu Santo me hable si no hay Palabra sobre la cual actuar: traerla a la memoria, iluminarla, darme discernimiento sobre ella. Es a través de la Palabra de Dios que el Espíritu de Dios nos empodera para vivir santamente en el mundo. El gozo por el cual Jesús pidió para sus discípulos también está relacionado a la Palabra. Con mi mente yo debo aprender y conocer la Palabra; con mi corazón, mis emociones, mi sentimiento, yo debo amar la Palabra. El Salmo 119 dice: "Mucha paz tienen los que aman tu Palabra" —no los que la leen o la memorizan, sino los que la aman—. Y con mi voluntad tengo que ir y vivir la Palabra. "Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad" (Juan 17:17).

Finalmente, Jesús hace una afirmación que nos deja ver cuál es la misión: cuál era la misión de ellos y cuál es la misión tuya aquí en la tierra. Versículos 18 y 19: "Como tú me enviaste al mundo, yo también los he enviado al mundo. Y por ellos yo me santifico, para que también ellos sean santificados en la verdad." Ellos no son del mundo, pero tienen que ir al mundo. Van a estar en el mundo, pero no pueden ser del mundo.

La razón por la que Juan 17:17 precede a 17:18-19 es porque, antes de ir al mundo, yo tengo que ser santificado en la verdad. Un testigo no santificado no es un buen testigo. Y entendemos que santificación tiene que ver primariamente con ser apartado —es verdad—, pero tiene un segundo significado que tiene que ver con la manera como me alejo del pecado. Entonces Dios me aparta y luego me dice: "Sigue apartándote," y me da el Espíritu Santo para que me oriente, para que me siga empujando y apartando del mundo del cual saliste, y me siga acercando a su presencia, a su persona. Lo primero que tiene que ocurrir antes de ser enviado es ser santificado en la verdad: "Tu palabra es verdad."

Jesús estaba enviando a sus discípulos a hacer una labor específica: ser testigos de la verdad. Pues necesitan conocer la verdad, ser santificados en la verdad, porque de eso depende que sean testigos en el mundo. La labor, Cristo la definió de esta manera en el Sermón del Monte: "Ustedes son la sal de la tierra." Están encargados de ejercer un efecto preservador. No es que vamos a convertir al mundo —eso no va a ocurrir nunca—, pero tienen que representar parte del freno del mundo, parte de la conciencia que el mundo no tiene. "Ustedes son la luz del mundo," porque el mundo vive en oscuridad y no conoce la luz. Por eso es que Jesús los está enviando al mundo: a que sean sal, a que sean luz en medio de la oscuridad y en medio de un mundo insípido que no tiene propósito, sentido, significado, dirección ni futuro.

Quizás esta ilustración puede ayudar. Yo creo que la usé en alguna ocasión, años atrás no recuerdo, pero creo que la usé; yo otra vez la voy a mencionar. ¿Cómo es eso de estar en el mundo sin ser del mundo? Bueno, si tú estás en una piscina, tú estás en el agua, pero tú no eres del agua. ¿Sabes quiénes sí son del agua? Los peces. Estás en la piscina, o en el río, en el mar —vamos a pensarlo de esa manera—: yo estoy en el río, estoy en el mar, yo no soy del agua, pero estoy en el agua. Del agua son los peces; el agua es el hábitat de los peces, que sería lo normal.

Por otro lado, cuando yo estoy en el agua, yo tengo que cuidar que, si el agua es potencialmente un agua contaminada —el agua del río, el agua de las playas—, no trague agua. No vaya a ser que estando en el agua me contamine del agua, y lo que estaba fuera de mí ahora esté adentro de mí. Entonces, cuando estoy en el mundo, yo tengo que cuidarme de no tragar las aguas del mundo, para que las formas del mundo, los pensamientos del mundo y los antivalores del mundo no pasen a estar dentro de mí contaminando mi mente y todo lo que yo soy.

Si es el Padre el que le pide al Hijo, o el Hijo el que le pide al Padre, que santifique a sus discípulos —a los que estaban con Él, pero por aplicación a los que vendríamos después—, entonces, ¿qué significa eso de apartarse del mundo? Porque ahora no nos vamos de aquí con una lista de "no haga esto, no haga esto, no haga esto"; eso no es de lo que trata la vida. Déjame leerte la opinión de John Stott en su libro *El cristiano contemporáneo* —en inglés, *The Contemporary Christian*—. Esto es lo que dice alguien que salió del mundo.

"Dios debe estar motivando en nuestro trabajo" —o sea, que tú vas a trabajar en el mundo, tú vas a ser médico, ingeniero, hombre de negocios, lo que tú quieras, pero Dios tiene que motivar tu trabajo—. "Dios debe estar motivando en nuestro trabajo, en nuestras metas, en nuestra creatividad, en nuestros corazones, en nuestras formas de amar, la manera como compramos y vendemos. Nuestro uso de la tarjeta de crédito, nuestros planes y decisiones deben oler a Dios." ¿Lo escuchas? Aquí no hay un "no haga esto, no haga aquello"; lo que se está diciendo es: cuando vayas a hacer algo, que tus planes y decisiones deben oler a Dios. No: "yo tomo decisiones porque tiene sentido." Bueno, habla con Dios. "Nuestra mente debe ser saturada con su Palabra y nuestro tiempo debe estar a su servicio." Eso es alguien que salió del mundo y ya no piensa con el mundo.

Recuerda que esta Palabra es vital para poder vivir en el mundo sin llegar a contaminarnos con el mundo. D. L. Moody es famoso porque escribió en el frente de su Biblia una frase —a ver si la recuerdo—, pero que ha rodado mucho, mucha gente la ha leído: que esta Palabra te mantiene lejos del pecado, o el pecado te mantiene lejos de esta Palabra. Y él lo escribió en el frente de su Biblia, como para recordarlo. Este es el instrumento de santificación: ella te mantiene lejos del pecado, o si no, el pecado te va a mantener lejos de tu Biblia.

Yo creo que parte del problema, la razón por la que no se le da el peso e importancia que la santificación tiene, es porque todavía no acabamos de entender lo que el pecado es. Nosotros seguimos pensando que el pecado es solamente —cuando digo "solamente" implica que no es exclusivamente eso lo que voy a decir— la transgresión de un límite. "Dios dijo no haga eso, lo trasgredí. ¡Ay, por qué! No debí haber cruzado esa línea." Eso es tan impersonal. El pecado no es simplemente la transgresión de un límite; es la violación del carácter de Dios.

Déjame leerte lo de John Piper. Esta es una de las mejores definiciones que yo he oído: enorme, profunda, contundente definición del pecado. La de Susana Wesley, la mamá de los hermanos Wesley, fue como en términos prácticos, y esta de Piper en términos teológico-prácticos. Dice Piper: "La gloria de Dios no honrada, la santidad de Dios no reverenciada, la grandeza de Dios no admirada, el poder de Dios no alabado, la verdad de Dios no buscada, la sabiduría de Dios no estimada, la belleza de Dios no atesorada, la abundancia de Dios no saboreada, la fidelidad de Dios no confiada, las promesas de Dios no creídas, los mandamientos de Dios no obedecidos, la justicia de Dios no respetada, la ira de Dios no temida, la gracia de Dios no apreciada, la presencia de Dios tampoco apreciada, la persona de Dios no amada."

Y él hace la pregunta, y también te desafía: ¿Por qué la gente puede indignarse emocional y moralmente por la pobreza, la explotación, los prejuicios, el aborto, las infracciones de la libertad religiosa y las múltiples injusticias del hombre contra el hombre, y sin embargo sentir poco o ningún remordimiento, ninguna indignación, porque Dios es ignorado, no creído, desobedecido, deshonrado y por tanto menospreciado por millones y millones de personas en el mundo? La respuesta es —eso es Piper— que el pecado es el último ultraje del universo. ¡Vaya! Pero eso es lo que nos recuerda que nosotros hemos sido separados del mundo y que, siendo del mundo, tenemos que diferenciarnos de este mundo de pecado del cual salimos.

Y reconociendo toda esa realidad, Cristo le pidió al Padre que protegiera a los suyos, que los protegiera en Su nombre y en Su poder, ahora que Él iba a salir del mundo en este proceso de partida momentánea: "Protégelos, que los protejas del mal o del maligno", porque sin esa protección nos perderíamos en el mundo. Le pide que seamos santificados en Su verdad, en Su Palabra, porque ellos tenían una misión que cumplir en el mundo, y los iba a enviar al mundo a hacer precisamente el trabajo para el cual habían sido seleccionados. Y no fueron seleccionados para la salvación simplemente, para entregarles una entrada, un tique de entrada —como dijimos el domingo pasado— a la gloria. No: habiendo pasado a la gloria, no simplemente fueron salvados y después, con su tique de entrada a la gloria, ejercieron su función en este mundo de una manera santa, alejados del pecado.

Y para eso, ya tenemos todo lo que necesitamos: el favor del Padre, las garantías de nuestro Mediador, el poder del Espíritu, Su Palabra completa, el poder en nosotros que pone tanto el querer como el hacer, la revelación de todas estas verdades y explicaciones. Yo tengo lo que necesito para ser un gran testigo de Él y para poder hacerlo con gozo. Pero Cristo entendió que la misión de ellos, estando separados del pecado, no debe estar separada del gozo; debe ser hecha con gozo, que sea evidente, y de hecho es Su gozo el que quiere que esté en ellos y que sea completo.

Y por esa razón nosotros hemos sabido cantar en ocasiones acerca de la bondad de Dios; otra vez hemos cantado de que Tú eres un buen, buen Padre. Otra vez hemos leído, hemos predicado más de una vez del Salmo 23, de ese buen Pastor, y en otras ocasiones nos acordamos de la oración que Jesús nos dejó: el Padre Nuestro. Estas emociones cuyo nombre necesita ser santificado. Y aquí en Juan, Jesús nos enseñó a hacerle peticiones sencillas por nuestra necesidad diaria, nuestra capacidad de perdonar a otros, y al final, antes de salir, la misma petición del aposento alto, impresionante: lo que yo acabo de leer ahora está en el Padre Nuestro que nos dejó: "líbralos del mal" o, dependiendo de otra traducción, "líbralos del maligno." La misma petición de Jesús en el aposento alto: protege a los suyos del maligno o del mal.

Gracias. Gracias por darnos un Mediador que no solamente oró la noche antes de Su crucifixión pensando en nosotros, en lugar de pensar en la enorme tribulación por la cual Él estaría atravesando. Gracias por Su gran amor, y gracias porque no solamente oró de una manera que hoy nos puede consolar y fortalecer —hace dos mil años atrás, en un aposento alto, en una noche un tanto densa para los discípulos—, sino que nos dio una oración en la que yo puedo recordar quién Tú eres y, al mismo tiempo, puedo recordar que Jesús como Mediador sigue intercediendo por mí para que yo sea protegido del mal o del maligno. Y gracias, Dios, porque esa es una protección que yo necesito todos los días, porque el mal está afuera de mí, pero puede estar dentro de mí también, y el maligno está alrededor de mí. De manera que gracias por preocuparte en extremo por nosotros.

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Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.