La oración más corta registrada de Jesús encierra el poder de transformar radicalmente una vida, un matrimonio, una iglesia entera. En el huerto de Getsemaní, a minutos de ser arrestado, Cristo ora: "Padre, si es tu voluntad, aparta de mí esta copa, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya." Esta breve petición revela la lucha real entre la voluntad humana y la voluntad divina, una lucha que Jesús experimentó como hombre representando a la humanidad.
El peso que Cristo enfrentaba no era solo el sufrimiento físico de los latigazos y los clavos, ni el dolor emocional de la traición y el abandono de sus amigos. Era el peso de la ira de Dios contra cada pecado jamás cometido: cada aborto, cada violación, cada mentira, cada perversión. Esa carga casi lo aplastó hasta hacerlo sudar gotas de sangre. Pero Jesús nunca cuestionó la voluntad del Padre; preguntó si había otro camino y luego se sometió completamente.
La diferencia entre Cristo y nosotros es reveladora: cuando enfrentamos dificultades, tendemos a rebelarnos, a cuestionar la bondad de Dios, a alejarnos. Nuestras quejas representan la falta de aceptación de su voluntad. El pastor Núñez plantea un ejercicio: si Dios ofreciera hacer nuestra voluntad en lugar de la suya, ¿mejoraría el resultado? La respuesta es obvia.
Getsemaní representa el lugar donde dejamos la última fibra de nuestra voluntad. La renuncia no es un acto único sino un estilo de vida, una serie de decisiones diarias. Curiosamente, después de Getsemaní la vida de Jesús se volvió más sencilla: no hay más agonía en la cruz, no más súplicas por escapar. Una vez entregada la voluntad, la lucha termina y viene la paz.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Ahora, a manera del magnífico Dios orando en mí, a la manera del maestro. Hoy nosotros hemos venido descubriendo la oración más corta que haya salido y que haya sido registrada de parte de Jesús. Pero su brevedad no se compara con su profundidad en lo más mínimo, ni tampoco se compara con el poder de transformación que esa sola oración puede tener. Puede que la oración tenga aplicación en tu vida y en la mía, y eso depende de nosotros. Pero esta oración tiene el potencial de cambiar, y subraya la próxima palabra, radicalmente una vida, radicalmente un matrimonio, los líderes de una iglesia, la iglesia por completo, el movimiento cristiano entero, simplemente si la creyéramos y la viviéramos.
La oración se encuentra en un solo versículo, pero para fines de brindar contexto vamos a leer varios de esos versículos. Ya mencioné el capítulo 22 de Lucas. Es algo que ocurre inmediatamente después que la Santa Cena había sido celebrada por parte del Señor, y ellos salen hacia el huerto de Getsemaní. Ya Judas había salido del grupo, de manera que quedaban once con el Señor. El texto de Lucas, comenzando en el versículo 41, dice: "Y se apartó de ellos como un tiro de piedra y, poniéndose de rodillas, oraba diciendo" —esta es la oración—: "Padre, si es tu voluntad, aparta de mí esta copa, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya." Fin de la oración. "Entonces se le apareció un ángel del cielo que lo fortalecía, y estando en agonía, oraba con mucho fervor, y su sudor se volvió como gotas de sangre que caían sobre la tierra."
Creo que ahora podemos ver claramente que, a pesar de que los versículos son cortos, la oración está en uno solo de sus versículos. De las diez oraciones que aparecen en el Evangelio de Lucas que Jesús hiciera, esta es la única que nos provee el contenido de la misma. Es una oración altamente judía; el trasfondo es altamente judío.
Jesús terminó de celebrar la última cena, donde Él instauró el nuevo pacto en su sangre, que iba a ser sellado el próximo día con su muerte. Él había compartido el pan, simbolizando cómo su cuerpo sería partido. Jesús había compartido varias copas de vino, y se presume que probablemente inauguró el nuevo pacto en su sangre con la tercera de esas copas. Recordemos que esta fue una cena de Pascua, aquella fiesta que se celebraba todos los años —y continúan celebrándola— para recordar aquella ocasión cuando Dios liberó al pueblo de las garras de Faraón. Después de la última plaga, cuando Dios instruyó a su pueblo a que cada cabeza de hogar matara un cordero y tomara la sangre y la pusiera sobre los dinteles, para que cuando el ángel de la muerte pasara pudiera preservar al primogénito de cada familia judía, apuntando a lo que Él vendría a ser en un futuro.
Terminada la cena, ellos salen del aposento alto. Uno de los Evangelios relata que van cantando un himno. Jesús llega al área del huerto de Getsemaní, donde se nos dice que acostumbraba estar allí, de manera que esta no es la primera vez que Jesús iba a estar allí ni la primera vez que iba a orar allí. Llegó con once. En algún momento —no se nos dice exactamente cuándo— Jesús deja a ocho de ellos en un lugar y avanza un poco más con tres: los tres que usualmente lo acompañaron en momentos cruciales, como el monte de la transfiguración: Pedro, Juan y Jacobo. Pero llega un momento, y ahí es donde nuestro relato comienza, donde Él se aparta un poco más, como un tiro de piedra; en otras palabras, no muy lejos, y ahí Él se arrodilla.
La costumbre en la tradición entre los judíos era orar de pie, orar de pie con las manos levantadas, en señal de que "Señor, lo que tú empiezas yo recibo." Pero en ocasiones especiales, de tribulación, de dificultad, de luchas, de guerras incluso, algunos de los líderes supieron orar de rodillas. Lo vimos la semana pasada cuando Salomón inauguró el nuevo templo: cómo él comenzó orando de pie, pero al terminar la oración dice el texto que Salomón estaba de rodillas. También Daniel solía orar de rodillas tres veces al día, y otros también lo hicieron.
Este es un momento crucial, este es un momento de definición para Jesús. La oración misma nos deja ver que es un momento de definición. Él está a minutos, quizás, de ser apresado en el huerto, a horas de ser crucificado en un madero. Esta oración es simple en contenido, en entendimiento, en lenguaje llano, pero es profunda en sabiduría. Tú puedes ver la manifestación de la humanidad de Jesús: está en angustia, está en cierto grado de temor, y al mismo tiempo tú puedes ver la claridad de su visión y de su misión.
Cuando tú lees esta oración, quiero que entiendas: Él no está tratando de cambiar la voluntad del Padre. Él dijo a lo largo de su ministerio que había venido no para hacer su voluntad sino la voluntad de aquel que le envió. Tú lees eso en Juan 4:34, tú lees eso en Juan 6:38 y en Juan 8:29. Su misión consistió en hacer la voluntad del Padre; su misión lo consumió. Tú puedes ver eso en el encuentro que tuvo con la mujer samaritana. Tienen ese encuentro con esta mujer y comienza a hablar. Era mediodía, aparentemente los discípulos tenían hambre, quizás no habían desayunado, y ellos decidieron ir a buscar comida y luego regresaron. Cuando regresan, lo encuentran hablando con la samaritana, y de alguna forma entendieron que Jesús no estaba muy interesado en comer en ese momento. Insistían en que comiera: "Maestro, ¿no vas a comer?" Y es en ese momento que Juan registra en 4:34 que Cristo dijo: "Mi comida es hacer la voluntad del que me envió y llevar a cabo su obra."
Tú y yo sabemos que la comida es vital para sobrevivir, de manera que Cristo no está diciendo que Él no iba a comer o que no acostumbraba comer y que lo único que necesitaba era hacer la voluntad del Padre. Pero nos está dejando ver que para Él, hacer la voluntad del Padre era tan crucial para el sostenimiento de su misión como la comida lo es para ti y para mí. Y si la voluntad de Dios fue tan crucial para el Hijo de Dios a su paso por la tierra, cuando vino siendo Dios hecho hombre, no puede ser menos para nosotros.
Recuerda que esta oración que hace Jesús en Getsemaní está dirigida a la cabeza de la Trinidad, y lo hace llamándole Padre. Eso está introduciendo un nuevo concepto a todo el mundo, al mundo judío: nadie se dirigía a Dios personalmente llamándole Padre. Esto es una invitación a que nosotros podamos orar de la misma manera, como nos enseñó en la oración del Padre Nuestro, de tal forma que pudiéramos tener confianza en acercarnos al trono de la gracia como un hijo se acercaba a su padre.
Al mismo tiempo, cuando tú lees la oración con detenimiento —y la leo otra vez, y la leo otra vez— inmediatamente te percatas de que hay en Cristo, como hombre representando al hombre, la misma lucha que se ha dado en ti: hay una voluntad humana y hay una voluntad divina. Siendo el cien por ciento hombre y el cien por ciento Dios, sería imposible —y no uso esa palabra con ligereza— que la lucha no se diera, porque esto es Dios hecho hombre, representando al hombre, tomando el lugar del hombre. Y la lucha en este caso se da, entre otras cosas, porque Cristo sabía lo que enfrentaría en las próximas horas.
Estaba el sufrimiento físico de los latigazos, de los golpes, los golpes con varas, estaban los clavos. Estaba el sufrimiento de una espalda que iba a ser lacerada y luego una capa tirada sobre ella, y luego cómo arrancaban de su capa, lo cual debió haber producido un dolor profundo en esas heridas. Estaba adelante el sufrimiento emocional de la burla, la traición de aquel a quien Él acababa de lavarle los pies, la negación de Pedro —la cabeza del grupo, el hombre sobre quien quedaría la iglesia—, el dolor de la realidad humana de cómo sus más cercanos amigos fueron capaces de abandonarlo en el momento más crucial de su vida, y luego la pobreza espiritual del ser humano, darse cuenta de lo que cada uno de nosotros es capaz de hacer cuando se trata de salvar nuestra propia piel.
Pero peor aún, estaba el sufrimiento espiritual delante de Él. Estaba a punto de enfrentar lo peor que algún ser humano pudiera enfrentar, por una humanidad en la que no habría nunca una sola persona que mereciera tal sacrificio. Jamás habría alguien que valiera la pena, por así decirlo, para que Dios lo apartara y que Él tuviera que hacerlo para llevarlo a cabo.
Pero el peor de todos los dolores —yo sé que hemos hablado de esto en otras ocasiones, pero quisiera que tú pudieras los próximos dos o tres minutos reflexionar profundamente para entenderlo— el peor de todos los dolores fue el dolor espiritual. De un momento dado sentir el abandono del Padre, lo cual lo hace clamar: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" Porque lo que Jesús sintió de manera real es el dolor que experimentará todo el mundo cuando entre al infierno y encuentre que allí no hay la más mínima expresión de lo que es la presencia de Dios; excepto que allí será eternamente. La razón por la que Jesús tiene que pasar por esta experiencia es porque esa experiencia es lo que a mí me tocaba sentir y experimentar como parte de mi juicio, y si Él me iba a liberar de esa experiencia, tenía que pasarla en mi lugar.
La lucha fue real entre la voluntad humana y la voluntad divina. Esa es la razón que explica la pregunta: ¿hay otro camino para redimir a la humanidad entera? La decisión final fue igualmente real. Jesús nunca, nunca cuestionó la voluntad de Dios. Esto no es un cuestionamiento, es una pregunta: si dentro de los planes del Padre, en este momento dado y dada su humanidad, pensando con su mente humana, hay algo que todavía esté dentro de tu voluntad que pudiera llevar a cabo este plan. Y Él ya sabía que no iba a cambiar la voluntad de Dios, que es siempre santa, que es justa sin medida, buena de principio a fin, y que es agradable cuando tú la recibes y la abrazas como tu misión.
Es agradable, condicionante, cuando las recibes con su misión. De ahí que él, entendiendo que está tratando de cambiar la voluntad del Padre, queda claro cuando dice: "Pero que se haga tu voluntad y no la mía." La verdad es que quiero hacer un ejercicio contigo, porque yo lo hice ayer. Es una pregunta retórica: suponte que Dios se te apareciera hoy domingo, a cada uno de nosotros. Piensa en algo pesado, grande, de tu vida que tuviste que hacer o cambiar. Piensa, porque yo hice el ejercicio, en lo que sea que pienses, y que Dios te dijera: "Okay."
Ahora, a mí la oración, cuando tú terminas de orar, te dice: "Mira, esto es la respuesta a tu oración. Pero por el día de hoy yo he decidido hacer una excepción. Por el día de hoy yo voy a dejarte que tú expreses la voluntad que tú tienes para esa petición, y yo la voy a considerar. Voy a hacer tu voluntad y no la mía." ¿Entendiste el ejercicio? ¿Tú piensas que mejoraría la respuesta de Dios? Claro que no. ¿Tú piensas que la empeoraría? Claro que sí. ¿Con él la lucha? Con él la lucha: la voluntad mía versus la voluntad de Dios, porque esa es la respuesta. Eso ya lo sabes.
Déjame decirte cuál es el problema con la voluntad humana. Las dos hacen demandas: la voluntad humana y la voluntad divina. La voluntad humana hace sus demandas en términos de deseos, temores reales, buenos y válidos, y opciones humanas que pueden ser pecaminosas según el caso. Esa es la demanda a la que apela. La voluntad divina, en cambio, apela a la mente y al conocimiento que tiene de lo que Dios ha revelado. Sus demandas las hace en términos lógicos, de propósitos y de significado eterno. La voluntad humana, como ya vimos, apela a las emociones.
La voluntad humana tiene que ser sometida. La voluntad divina tiene que ser obedecida. La voluntad humana es variable: a veces tú piensas una cosa en la mañana y antes de que llegue la tarde, ya hablaste con alguien, leíste algo o viste algo, y ya has cambiado de opinión. ¿No te ha pasado? La voluntad divina es inmutable. La voluntad humana es microscópica. Yo creo que esta es una de las mejores para entender: tienes algo pequeñito ahí debajo del lente del microscopio. ¿Estás tú? El aquí y el ahora. La voluntad divina es telescópica. Está Dios en el telescopio y su plan eterno. ¿Cuál de esas dos voluntades escogerías?
Hay una lucha. Mira aquí: "Padre, si es tu voluntad, aparta de mí esta copa." Es como si hubiera otro camino: yo preferiría ese otro camino. "Pero no se haga mi voluntad sino la tuya." Jesús comienza apelando a Dios. Jesús sabe que todo comienza con Dios y termina con Dios. ¿No te has dado cuenta de cómo comienza y termina con Dios? "Padre," ahí está Dios. "Si es posible," ahora entra Jesús, "haz que esta copa pase de mí." Y termina con Dios: "Pero que se haga tu voluntad y no la mía."
Jesús tiene claridad de cómo es que debe orar, pero tiene que orar como está orando, porque no puede olvidar que aunque Él es Dios, era Dios, es Dios, vino a representarnos a nosotros. Vino a vivir como hombre, a sentir como hombre, a sufrir como hombre, a someterse al Padre como hombre, para eventualmente morir en lugar del hombre. No podía hacerlo de otra manera. No puede morir en mi lugar si no vive como yo, si no siente como yo, si no está tentado como yo. De manera que aquí en el jardín Él está experimentando lo que muchos de nosotros hemos experimentado.
Y cuando murió, experimentó una muerte física y un tipo de muerte espiritual. Digo "un tipo" porque el espíritu de Jesús no murió, pero cuando Dios Padre le hizo sentir el abandono en la cruz, eso aplastó al Hijo hasta el punto de clamar: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" Esto no fue poético. Eso no fue un grito de dolor que Jesús no pensó bien. Fue real. Cristo nunca habló de manera emocionalista. Esa es la muerte espiritual de los que terminan en el infierno.
Y Lucas, que es quien mejor registra de los cuatro evangelios las emociones humanas y las experiencias humanas de Jesús —quizás por ser médico, aunque eso es especulación— nos dice que Jesús estaba en gran agonía. Tan severa fue la agonía que Lucas describe un fenómeno conocido como hematidrosis, que es cuando bajo presiones intensas emocionales y físicas de estrés hay hemorragias en las glándulas sudoríparas. Cristo está bajo tanta presión y dolor emocional que así sudó. Pero nunca nos descuidamos en registrar que cuando dice que Él estaba en agonía, también oraba con gran fervor. La agonía es representativa de las emociones humanas, y la oración con gran fervor habla de la cercanía de la experiencia, la intensidad de lo que viene, la realidad de lo inevitable.
Escucha a Juan Calvino ayudándonos a entender qué era lo que estaba pasando en ese momento. Su horror —nota cómo Calvino describe lo que Cristo siente en Getsemaní— no fue simplemente como el temor del que muere y pasa de este mundo al siguiente. Sino por lo que Él tenía delante de sus ojos, como hombre, recuerda, que no era menos que el tribunal terrible de Dios y el juez mismo cargado con venganza inconcebible. Fue la carga de nuestros pecados que Él había asumido, y fue el peso de esa enorme masa de pecado lo que lo atormentó gravemente con temor y angustia. El original dice algo así como que terminó casi aplastándolo.
Pero tú lees eso y piensas que es un lenguaje poético difícil de entender. Reparte Calvino: el peso de la ira de Dios. No, eso es como está descrito en la Palabra de Dios. ¿Cuál ira? ¿De cuál ira estamos hablando? Déjame preguntar retóricamente. Algunas veces has hecho algo mal hecho, transgrediste un límite o hiciste algo inmoral. Más de una vez, a mí me pasan cosas como esas. Algunas veces te sentiste cargado de culpa, como apretado. Una vez. Multiplica eso por billones de personas, billones de veces, pero sentido por Cristo. Ese es el peso.
¿Por qué Él estuvo ahí para cargar con ese peso? ¿Cuál es el peso de esa ira? Bueno, la ira de Dios contra cada aborto que se ha cometido, contra quienes en lo práctico llevaron a la mujer a eso. Contra cada violación sexual, contra cada homicidio, contra cada acto de pornografía, contra cada violación de su diseño en el matrimonio o en cualquier otro sitio. Contra cada hombre o mujer que ha suprimido su verdad enseñando su no existencia. Contra cada persona que ha pervertido y sigue pervirtiendo la mente de nuestros niños y jóvenes, como esta nueva ideología de género. Contra cada juez sobornado y el sobornador, que hasta el ministerio público se pronunció contra esa situación en las últimas horas. Contra cada persona que consume drogas. Contra cada persona que vende drogas. Contra cada persona que ha mentido y se ha alineado con Satanás y no con Él.
¿Está bueno? El peso de ese pecado, el peso de la ira de Dios contra ese pecado, es la que Cristo toma, y esa lista se puede hacer interminable. Ese es el peso que prácticamente hizo aplastar a Cristo y lo hizo clamar. A eso es a lo que Calvino se refiere. No fue simbólico. Fue real. Y si no hubiese sido real, no hubiese sido suficiente para redimirnos del encierro.
Pero en aquel momento, donde Él está sudando gotas de sangre, Jesús no se retira de la misión encomendada. Él no dice: "Hasta aquí llegué, ya yo he dado, ya me he comprometido bastante." Y el Padre, conociendo el peso de lo que venía, se acercó a su Hijo —que está ahí como hombre, recuerda— y le envió un ángel. Dice Lucas que fue para fortalecerlo. Yo no sé lo que el ángel le dijo. No sé si lo abrazó, porque Cristo está ahí como hombre, recuerda. No sé si se arrodilló con él. Lo que sé es que Dios de repente, por así decirlo, dijo: "Habrá uno más en el jardín," así como hubo uno más entre las llamas.
Nosotros nunca vamos a trabajar una situación como la de Jesús, pero cuando nos toquen situaciones difíciles, Hebreos 1:14 nos dice que los ángeles son espíritus ministradores enviados para servir a aquellos que han de heredar salvación. Eso somos tú y yo. Y el mismo autor de Hebreos nos recuerda que algunos de nosotros, sin saberlo, hemos estado con ángeles y hemos hospedado ángeles. Y si el ángel no fuera suficiente, Dios ha puesto en nosotros su Espíritu, la tercera persona de la Trinidad. Y si eso no fuera suficiente, tiene a la segunda persona de la Trinidad intercediendo por nosotros. Hay uno más entre las llamas, hay uno más sobre las aguas.
Como hombre, ante sus preguntas —¿hay alguna otra posibilidad de que yo pueda redimir esta humanidad sin lo que está adelante de mí, sin las llagas, sin los clavos?— en esta circunstancia, Jesús hace una pregunta que nosotros también le preguntamos a Dios, y yo no tengo ningún problema con eso. La dificultad está en que cuando nosotros llegamos a situaciones de ese tipo, no nos asemejamos a la humanidad de Cristo. Cuando nos sentimos débiles en medio de una dificultad, cuando sentimos el horror en medio de una dificultad, nuestra tendencia es otra. Nosotros tendemos a revelarnos, a irnos, a cuestionar su bondad.
Nunca lo diríamos así, pero esto es como suena: "Yo sé que Dios es bueno, pero..." Su bondad no tiene "pero." Dios es bueno. Acusamos a Dios de injusto: "Yo sé que Dios me tiene en esto para algo, pero ¿hasta cuándo voy a aguantar? ¿Hasta cuándo voy a aguantar esta injusticia?" Y si no fuera por Dios, nosotros terminaríamos alejándonos de Él, pensando: "Yo regreso más tarde." El problema es que cuando lees Hebreos 6, muchos de esos no regresaron más.
Jesús hace la pregunta: "Si es posible." Ahí hay un reconocimiento, hay un trasfondo judío de raíces en la palabra del Antiguo Testamento. Yo no sé cómo la gente no disfruta el Antiguo Testamento; para mí, el Antiguo Testamento es como miel a mi paladar. El Antiguo Testamento está lleno, repleto de personas orando, reconociendo la soberanía de Dios como el que está en control de toda circunstancia, dicho con esas palabras o dicho con otras. "Si es posible, tú que eres soberano, tú que decides las cosas."
Y la frase "esta copa" también es una expresión dominantemente hebrea, judía. Hacía referencia a la suerte que Dios me tenía guardada, sea buena o sea mala. Tenía connotaciones buenas en ocasiones y connotaciones malas en otras. En el Salmo 23, cuando David escribe "mi copa está rebosando," está hablando de cómo las bendiciones de Dios le esperan, de cómo rebosan la copa. Pero cuando los profetas usan la expresión, hablan de la copa de la ira de Dios. A esa copa es a la que Cristo se está refiriendo, a la copa de la ira de Dios. Está pensando: "¿Es posible que esa copa pase de mí?"
Esta experiencia de Cristo en el huerto de Getsemaní debe enseñarme solamente ahora. No solo eso, sino que me enseña mucho acerca de cómo orar, y también me muestra el amor infinito de Cristo por mí, que pasa a través de todas estas vicisitudes y todo lo que vendría después. No me rindo yo —dicho con perdón— porque tenía la intención de salvarme. Este Getsemaní y la cruz deben convencerme para siempre de que la única manera en que yo puedo servir a Dios es entregado a Él por el amor tan grande e infinito que me ha mostrado.
Escucha, déjame leerte esto: Jesús rindió su voluntad para dar paso a la voluntad del Padre, para que eventualmente viniera y cambiara tu voluntad y la mía, pecaminosa y rebelde, por una voluntad sometida y santa. Él renunció a su propia voluntad para dar paso a la voluntad del Padre, para venir y, en el tiempo, cambiar tu voluntad rebelde y pecaminosa en una voluntad sometida y santa. En esta oración, Cristo reconoce la soberanía de Dios cuando dice que se haga tu voluntad y no la mía. La oración que este Getsemaní representa es una oración de renuncia.
¿Tú quieres saber qué es una oración de renuncia? ¿Qué es una oración verdaderamente de renuncia? Es una oración donde tú consideras aquello que más quisieras evitar o más quisieras tener, y dices: "Hoy, habiendo entendido que las cosas ocurren conforme a tu propósito eterno, yo renuncio a esto." Jesús entendió, y lo entendió todo el tiempo, que el propósito de la oración no es cambiar una voluntad que siempre es perfecta. Y, sin embargo, siempre resultamos desilusionados cuando mi voluntad y mi petición no son concedidas.
Entonces, ¿qué es la oración? Bueno, la oración es un ejercicio espiritual para yo ser dirigido. Yo necesito dirección, ¿hacia dónde? Hacia los propósitos de Dios. Yo oré para que este mensaje fuera dirigido por Dios hacia las necesidades de aquellos que escucharían. La oración es un ejercicio espiritual para yo ser calmado de la ansiedad en medio de la cual nosotros vivimos. Hay ocasiones en que nosotros estamos ansiosos porque estamos viviendo experiencias particulares, y sabes que nuestra humanidad es tan frágil que hay ocasiones —como hoy, cuando llegué a la iglesia— donde yo estaba en un sentido mentalmente calmado, pero estaba, como se dice en inglés, agitado. Mi esposa me ha dicho eso un número de veces. Sí, siempre me lo dice, y no sé, es algo que pasa; mientras adorábamos y orábamos, el Señor cambió mis sentimientos y lo que estaba experimentando. Yo creo que es parte de la guerra espiritual.
La oración es un ejercicio espiritual para nosotros ganar una perspectiva agigantada de cómo son las cosas. ¿Cuál es esa perspectiva? Por encima del sol. Es desde ahí que hay una vista real. Cuando yo tengo esa vista real, yo puedo pasar por el fuego, yo puedo pasar por las aguas. Los mares se pueden agitar, porque lo que yo tengo es una perspectiva terrenal, microscópica, de cómo las cosas parecen; y Dios, en la oración, me encumbra. Desde ese mirador de allá arriba, todo luce muy diferente. La oración permite ampliar el foco de lo que está ocurriendo, de lo que a mí me está ocurriendo, para yo ser reenfocado.
Cuando Jesús llegó a ese Getsemaní, cuando salió de allí, había rendido la última fibra de su voluntad. Este es el llamado, no solo para Jesús, sino el llamado para todos nosotros. Escucha lo que Cristo había enseñado. Estamos en Lucas 22; le vamos a dar para atrás y vamos a ir a Lucas 9:23. "Si alguien quiere seguirme" —o sea, si tú quieres, Señor, puedo seguirte, puedo ir donde tú quieras— Cristo dice: ahí está la fórmula: niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame. La Nueva Traducción Viviente dice: "Y si alguno de ustedes quiere ser mi seguidor, tiene que abandonar su propia manera de vivir, tomar su cruz cada día y seguirme."
Hay dos o tres palabras claves. "Niegue" es una de ellas; es como muere, abandona tu estilo de vida. "Si quieres seguirme" —si no, tú no tienes que seguirme; estoy diciendo "si quieres"—. Y lo segundo es que esto es una decisión diaria. Puede ser que yo bajé a las aguas del bautismo y le dije a la congregación, como suele decirse muchas veces: "Ya yo morí; ahora Cristo vive en mí." Pero veamos dentro de unas semanas. Cada día, dice el texto. Eso implica una lucha continua entre esas dos voluntades. Nunca será diferente.
Abraham tuvo que renunciar a su tierra y a su parentela. Y luego tuvo que renunciar al único hijo, al hijo de la promesa. Y en verdad renunció, porque lo puso en un altar y lo fue a matar, habiendo ya renunciado a él. Y cuando estaba a punto de hacerlo, Dios le dice: "Abraham, detente, no lo harás." Pero renunció. Moisés, en un momento dado, Dios le dice que no va a entrar a la tierra prometida. Y aunque él tuvo esa lucha y le pidió a Dios más de una vez que le permitiera entrar, sabes que después que Dios lo descalifica para entrar, Moisés sirvió al pueblo con la misma pasión por años, por años, sirvió a Dios y al pueblo como si él fuera a ser parte de la tierra prometida. En otras palabras: a mí no me llamaron a entrar, me llamaron a ser fiel.
Ana no podía tener hijo. "Señor, yo te pido un hijo, y si tú me lo das, te lo devuelvo y te lo entrego." Y Dios le da a Samuel, su único hijo. Cuando ya había terminado de amamantarlo, fue y se lo entregó al sumo sacerdote y le dijo: "Tómalo, para que tú lo eduques." Y se despegó, renunció a su hijo, su único hijo. Después de haberlo esperado tanto, él quería uno, pero no para ella, sino para Dios. Lucas renunció a su profesión; no fue un sacrificio tan grande como el de Ana. Pablo renunció a su salud cuando aceptó el aguijón.
Yo no tengo problema cuando tú y yo luchamos en esa lucha de las dos voluntades. El problema comienza a aparecer cuando yo deseo que Dios me conceda lo que yo pido, lo que yo entiendo que me hace sentir bien, en vez de yo pedirle a Dios que permita que ocurra aquella cosa que Él entiende traerá el mejor bien. Ahí es donde los problemas comienzan, y frecuentemente eso no es lo que yo entiendo que sería lo mejor.
Si analizamos nuestras vidas, nosotros vivimos para sentirnos bien. No estoy hablando físicamente, sino: "Esto no me gusta, esto no me hace sentir bien." Pero Dios nos creó, Dios nos trajo a la vida para llenarnos de propósito, de sentido y de significado, no tanto para sentirnos bien. Pero cuando yo decido vivir el propósito para el cual fui creado, Dios me llena entonces de sentimientos de gozo, cuando yo hago su propósito, a su manera, en su tiempo. Sentimientos de gozo y emociones sentidas, ¿verdad? Como yo jamás las hubiese imaginado.
Esa es la promesa que el salmista escribe: "En tu presencia, plenitud de gozo, y delicias a tu diestra para siempre." Y nosotros tomamos ese versículo y decimos que hay que llegar al cielo para encontrar plenitud de gozo y delicias a su diestra. ¡No, aquí abajo también! Hay un sentido de la presencia de Dios donde puede haber plenitud de gozo y donde puede haber delicias para siempre, junto con los sinsabores de esta vida. Pero el ser humano, y aún el creyente que vive esa lucha continua entre las dos voluntades, tiene que entender que esa lucha tiene que perecer. Y si no puede perecer de una vez, entonces tiene que hacerla perecer todos los días. Cuando te levantas: "Señor, en este día yo vuelvo y me niego a mí mismo, como tú enseñaste, porque yo quiero seguirte hoy también. Y en este día que se haga tu voluntad y no la mía." Todas las mañanas.
Mentalmente, nosotros tendemos a funcionar de esta forma: tengo una dificultad, o tengo lo que sea que enfrentar, y me someto. Cuando me someto y el sacrificio o la espera ya han pasado, entonces pensamos que tenemos algún mérito acumulado de este lado. La próxima vez que todo eso se repita, como yo aquí ya gané mérito, lo paso para acá; entonces esta petición me la deben conceder. Y Dios dice: "No," porque las reglas del juego son todos los días. Es como si Dios debiera tomar en cuenta mi decisión anterior para concederme la posterior. Pero Dios dice: "Yo me someto otra vez, pero la próxima no." ¿Cuántas veces?
Ahora, no pase por alto que en Getsemaní, cuando Lucas describe la agonía, dice que el Hijo oraba con intenso fervor. ¿Por qué vuelvo a través de su intercesión? Porque frecuentemente la ausencia de oración implica presencia de resistencia. La ausencia de oración implica presencia de resistencia. Ahora, hay ocasiones donde ha habido mucha oración, pero para atraer lo que yo deseo, lo que yo demando, lo que yo necesito para sentirme bien.
Tú recuerdas —yo no sé cómo Dios hizo esto en su voluntad y su soberanía, pero— tú recuerda que Ezequías, el rey Ezequías, se enfermó y Dios lo visitó y le dijo: "Ezequías, va a morir; ha llegado tu hora." Uno pensaría que la respuesta, la manera correcta sería: "Bueno, Dios..."
Yo quisiera vivir más, pero se ha capturado la voluntad y no la vida. Ezequías no, es que me ha hecho que ya pidió por más años. Y entonces Dios, en su voluntad permisiva, dice: "Okay, hay eso." Y Dios le da quince años más de vida. Es algo que pasó en esos quince años: el envanecimiento de Manasés. Es algo que Manasés hizo. Manasés no solamente llegó a ser el peor rey de Israel, sino que deshizo todas las reformas espirituales que su padre había introducido.
Y escuchando esta semana un clip solamente de H.B. Charles, que es un pastor joven todavía en Atlanta, haciendo referencia a este hecho, decía: "Algunos de nosotros preferimos que eso ocurra antes que renunciar a nuestras demandas."
Ahora, cuando uno ora en el contexto correcto, hay fervor, pero hay fervor para pedir lo que Dios quiere. Hay fervor para pedir que Dios nos dé la gracia para someternos a la situación que ha de ocurrir. Hay fervor para pedir fortaleza, fortaleza para la prueba, sabiendo —recuerda— que la voluntad divina apela a la mente y a lo que conoce. Entonces ahora yo digo que oramos de esa manera por fortaleza y por gracia, sabiendo que su propósito prevalecerá, que su propósito se celebrará en la eternidad, que su propósito es el que tú desearás en la próxima vida para ver lo hecho en esta vida, y que su propósito es el único que te puede traer verdadero gozo en tu vida en este lado y de aquel lado, en esta vida y en la venidera.
Yo puedo tener una alegría temporal de la carne, pero no va a durar. Eso es lo que Getsemaní representa para nosotros: representa el lugar donde yo dejo la última fibra de mi voluntad.
Déjenme seguir con la ilustración. Jesús llega a Getsemaní con once, y hay ocho que se quedan ahí en un lugar específico. Yo creo que algunos de nosotros llegamos ahí. Y luego Jesús se acerca un poco más y va con tres. Yo creo que algunos de nosotros llegamos ahí. Y luego, como a un tiro de piedra, él se aleja y está solo. Voy a llamar Getsemaní —permítame por el momento— a ese lugar donde él está solo, y no a todo el huerto. Entonces nosotros llegamos a las inmediaciones de nuestro Getsemaní y decimos: "Yo llegué ahí, yo entregué." Y luego se nos hace difícil después, cuando alguien que te conoce bien dice: "Bueno, tú entregaste, pero luego lo recogiste." Porque estuvimos cerca. Todavía otros dicen: "Es Getsemaní, yo por ahí pasé." Pero donde Dios nos quiere es en la entrega completa y absoluta de esa voluntad.
No sé si tú has observado en la Palabra, o te has fijado, o has pensado en personas como Pablo, por ejemplo: la vida es mucho más fácil después de Getsemaní. Tú no encuentras a Jesús sudando gotas de sangre en la Cruz. ¿Qué pasó? Tú no encuentras a los evangelistas diciendo que Jesús estaba en gran agonía en la Cruz. En un momento claro, el Padre lo abandonó en la Cruz; yo no digo que no sintió todo el abandono, ¿verdad? Que va a sentir aquel que va a entregar en el infierno. Sí, eso, pero no con la angustia, no con su sufrimiento físico más allá de lo necesario, nada de eso. No hay más agonía de esa naturaleza. De hecho, él está ahí en la Cruz diciendo: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen."
Una vez nosotros entregamos esa última fibra, no tengo que seguir luchando, no tengo que seguir peleando por lo mismo. Las gotas de sangre se acabaron. Tú no escuchas a Jesús en la Cruz diciendo: "Padre, si te es posible, bájame de este madero." Esa lucha acabó. No, al contrario, tú encuentras que cuando los burladores están ahí diciendo: "Si tú eres el Hijo de Dios, bájate de la Cruz", él dice: "Yo tengo legiones de ángeles que pueden bajarme ya aquí. Yo no estoy aquí para hacer mi voluntad. Yo no estoy aquí para sentirme bien. Yo estoy aquí para morir; para eso yo vine. Yo estoy en el proceso de derramar sangre para limpiar gente, para salvar gente. Y esta es la hora de mi glorificación", así le llamó Jesús.
Getsemaní es un lugar de muerte; huele a muerte, la muerte del yo. Hasta que yo no atraviese Getsemaní, yo no sé orar. Es cuando yo verdaderamente puedo comenzar a orar. Tú recuerda lo que Cristo dijo en Juan 12:24: "En verdad les digo que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, se queda solo; pero si muere, produce mucho fruto." Eso se aplica mayormente, pero no exclusivamente, a su persona. El grano de trigo —él le está hablando de su muerte—: él tiene que morir; pues si él no muere, no va a haber fructificación.
Bueno, Cristo también nos está diciendo esto a nosotros. Tú sabes que tú eres como ese grano de trigo; tú tienes que morir, y si no mueres tampoco va a haber fructificación, porque no puedo fructificar en un grano vivo donde yo no puedo vivir y hacer mi obra.
Entonces, ¿qué es lo que pasa en Getsemaní donde yo aprendo a orar mejor? Es que en Getsemaní yo entrego mi orgullo, yo entrego mi autosuficiencia, entrego nuestros temores al futuro —al que vendrá, yo no sé, tú no sabes ni yo tampoco—, nuestras inseguridades, nuestra autodefensa, nuestras pasiones, nuestras quejas. Hermano, de la forma más pastoral posible: ¿sabes qué? Si me encuentras en esta práctica mañana, por favor ven y dime, déjame darte una dosis de tu propia medicina. Nuestras quejas representan la falta de aceptación de la voluntad divina para nosotros.
Entonces, ¿cómo es esto? Si uno de ustedes me pregunta: "Pastor, ¿cómo usted sabe que la voluntad de Dios es que yo esté aquí?" Porque tú estás aquí. Si Dios quisiera dejarte en la casa, te dejaba en la casa, seguro; no tiene limitaciones. Las circunstancias que ocurren en el día a día, son las cosas mínimas, pero nosotros somos así. Me la paso pensando —estoy asumiendo que el tiempo de adoración que a mí me ministró mucho y que se soltó en el primer servicio, donde no llegué sintiéndome también del todo y donde yo me ministré y me fortaleció—, tenemos un servicio espectacular y luego terminamos el sábado con gran alegría y me regocijo. Entonces salimos de la iglesia, y ahí en la esquina vemos un accidente de carro. Y ahora venimos nosotros, salimos del carro, eso es lo que sé, y yo tan contento que salí de la iglesia y mira cómo me perturbaron la paz, yo no lo puedo creer. Entonces ¿cómo conozco a este Dios? Nada.
Y Dios diciendo: "Mi hijo, mi hija, yo te llevé a la iglesia para darte ese tiempo, para que ahí, cuando tuvieras el accidente, tuvieras otra actitud, estuvieras más tranquilo, tranquila, y tuvieras en paz, y tuvieras gracia de que no te moriste, que no te heriste. Yo te preparé." ¿Te das cuenta cómo somos?
Hermanos, créanme, yo me digo esto a mí mismo con cierta regularidad: que el quejarse no solamente es un mal testimonio, sino que mi actitud quejumbrosa revela rebeldía, revela descortesía, rebeldía y desacuerdo contra algo que Dios dispuso en ese día para mi vida. Hasta que no renuncie a mi voluntad, siempre viviré insatisfecho y quejándome. Yo claro que he hecho esto; saben qué, seguro lo voy a volver a hacer. Vengan y ámenme, de verdad, y ayúdenme, que lo voy a agradecer.
Hasta que no renuncie a mi voluntad, siempre voy a pensar que la grama del vecino es más verde que la mía, pero resulta que al otro lado está un vecino mirando hacia la tuya y diciendo la misma cosa. Es una expresión muy norteamericana.
Mira, yo creo que la mayoría de los cristianos —si la mayoría es cincuenta más uno, pienso que la mayoría— viven de esta manera: "Yo tengo que escoger entre hacer mi voluntad y ser feliz, o hacer la voluntad de Dios, resignarme y ser infeliz." De verdad que yo lo creo. Cuando en realidad es todo lo opuesto. Yo tengo que escoger entre hacer mi voluntad, ser infeliz y luchar toda la vida, o hacer la voluntad de Dios y ser feliz y estar en paz.
El apóstol Pablo estaba tan consciente de la importancia que tiene el que el creyente conozca la voluntad de Dios, que escucha cómo él escribe a los colosenses. Él estaba en una situación difícil: "Por esta razón también nosotros, desde el día que lo supimos" —no voy a entrar en el detalle ahora— "no hemos cesado de orar, no he parado de orar por ustedes." ¿Qué está pidiendo? ¿Que los saquen de ahí? ¿Que termine la situación? No, no, no. Está pidiendo que sean llenos del conocimiento de su voluntad en toda sabiduría y comprensión espiritual. "Yo lo que quiero es que en medio de esta dificultad, de esta prueba, ustedes sepan cuál es la voluntad de Dios."
Pablo, ¿y a qué me va a llevar eso? ¿Cuál es la productividad? Él mismo lo dice en la Palabra, que cuando tú le haces una pregunta no te responde muchas veces, no siempre, pero te responde la Palabra. ¿Cuál es el beneficio de conocer esa voluntad? El versículo siguiente une las dos cosas: "Quiero que conozcan la voluntad de Dios para esto." Escucha: "Para que anden como es digno del Señor." No puedo obedecerlo si no conozco su voluntad. "Haciendo en todo lo que le agrada, dando fruto en toda buena obra y creciendo en el conocimiento de Dios."
¡Wow! Conocer la voluntad de Dios me ayuda, número uno, en mi santificación. ¿Dónde está eso? "Para que anden como es digno del Señor." Me ayuda en mi fructificación: "Dando fruto en toda buena obra." Me ayuda en mi crecimiento en el conocimiento de Él: "Y creciendo en el conocimiento de Dios."
Déjenme leerlo al revés: cuando no estoy creciendo en santificación, cuando no estoy dando fruto, cuando lo que aprendí a hacer cada día lo aprendí hace cinco años o diez años, es porque no estoy lleno de la voluntad de Dios, estoy viviendo fuera de la voluntad de Dios, y por tanto no conozco la voluntad de Dios y no puedo conocer más de Dios sin conocer ni siquiera su voluntad.
El no conocer la voluntad de Dios no es cosa pequeña en la Palabra. Escucha cómo Pablo les escribe a los efesios en Efesios 5:17: "Así pues, no sean necios." ¿Cuál es el motivo de la necedad? "Sino entiendan cuál es la voluntad del Señor." Dejen de ser necios.
Yo quise ver, como el diccionario, cuáles eran los sinónimos de la palabra "insensato", porque es la que está ahí: irresponsable, irreflexivo, disparatado. Pablo está diciendo: no sean irresponsables, no sean irreflexivos, no sean disparatados. ¿Por qué, Pablo? Porque desconocer la voluntad de Dios me coloca en una posición de alto riesgo. El versículo anterior dice: "aprovechen bien el tiempo porque los días son malos". No conocer la voluntad de Dios me coloca en una posición de alto riesgo.
Déjenme leer un texto, que ya voy a ir cerrando. Este es un párrafo que escribió ahí: "Si quieres experimentar victoria en la vida cristiana, no puedes retener tus derechos, tu posición, tu lugar, y querer oír la voz de Dios al mismo tiempo. Si tú quieres victoria en la vida cristiana, no puedes pretender retener tus derechos, tu lugar, tu posición, y querer oír la voz de Dios al mismo tiempo."
Antes de leerte la oración de un puritano como cierre, déjame decirte lo que quisiera que te llevaras, entre otras cosas. Número uno: la renuncia no es un acto, es un estilo de vida. Número dos: la renuncia no es una decisión, es una serie de decisiones diarias. La renuncia no es un acto, es un estilo de vida, y la renuncia no es una decisión, es una serie de decisiones diarias.
Lo que ocurre es que, como con estos puritanos, una de las razones por las que me encanta leer las oraciones de los puritanos es porque yo no encuentro en la historia de la Iglesia un período de mayor santificación que la vida que ellos se esforzaban por llevar. Y al mismo tiempo, no encuentro un período donde las oraciones hayan sido tan transparentes, tan reverentes a Dios y tan reveladoras de la condición humana. Gente que vivía en santificación. Porque hoy en día, cada vez que leo algo de alguien que está tratando de ser transparente, sobre todo desde el púlpito, con frecuencia está lleno de irreverencia. Esa gente no era así.
Entonces, mira la transparencia de esta oración con este cierre: "Señor, cuando Tú quieres guiarme, yo quiero dirigirme a mí mismo. Siendo Tú soberano, yo quiero regularme a mí mismo. Cuando Tú quieres cuidar de mí, yo quiero cuidarme a mí mismo. Cuando yo debiera depender de Tu provisión, yo he decidido suplirme a mí mismo. Cuando yo debiera estudiarte, honrarte y confiar en Ti, yo me sirvo a mí mismo. Yo me quejo contra Tus preceptos y les encuentro faltas para mi provecho. En vez de buscar Tu aprobación, yo he buscado la aprobación de los hombres. Y por naturaleza, yo soy dado a lo otro."
"Señor, es mi deseo número uno traer mi corazón de nuevo a Ti." Señor, es la necesidad número uno —no sé si el deseo, pero es la necesidad número uno— de cada uno de nosotros: traer nuestro corazón de nuevo a Ti todos los días. La necesidad número uno de cada uno de nosotros es morir a nosotros mismos todos los días. Es la necesidad número uno de cada uno de nosotros.
Hay unos que hoy quieren re-dedicar su vida a Ti. Pero antes de re-dedicarla, hay otro "re" que yo tengo que hacer: ayúdame a re-rendirme otra vez, mañana en la mañana otra vez, y luego otra vez. Para que verdaderamente Tu señorío pueda ser visto en mi vida, para que yo pueda ser de mejor testimonio, y para que mi rebelión pueda morir, que es lo que mis quejas revelan. Sé con cada hijo Tuyo, sé con Tu pueblo.
Y gracias a Jesús, porque compartiste una humanidad que a Ti no te tocaba, pero lo hiciste no solamente para redimirnos, sino para entendernos mejor. Y hoy Tú intercedes por nuestras debilidades. En Cristo Jesús oramos, y Su pueblo dice: amén. Bendiciones.
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