Integridad y Sabiduria
Sermones

Orando con un corazón arrepentido

Miguel Núñez 24 julio, 2022

El pecado nos aleja de Dios, ensucia nuestra conciencia y nos roba el gozo de la salvación. Pero así como necesitamos aprender a orar, también necesitamos aprender a arrepentirnos, porque muchas veces confesamos y seguimos sintiéndonos culpables, ya sea porque no hemos comprendido hasta dónde llega la misericordia de Dios, o porque no nos hemos arrepentido como Dios espera que lo hagamos. El Salmo 51 es la mejor escuela para esto: la oración de David después de que el profeta Natán lo confrontara por su adulterio con Betsabé y el asesinato de Urías.

David había permanecido en silencio casi un año, asistiendo quizás a los sacrificios, pero con el corazón anestesiado por el placer del pecado. Cuando finalmente habla, no busca excusas ni señala a otros. Dice: "Yo reconozco mis transgresiones y mi pecado está siempre delante de mí". Apela únicamente a la misericordia de Dios porque sabe que bajo la ley merecía la muerte dos veces. Como aquella madre que pidió clemencia al rey por su hijo condenado: "Si fuera merecida, no sería misericordia".

Un corazón verdaderamente arrepentido reconoce que ha pecado contra Dios mismo, que su naturaleza está corrompida desde la concepción, y que lo importante no es lucir bien ante los hombres sino estar bien en lo íntimo. David descubrió que la solución no es el silencio sino la confesión. Cuando finalmente habló, escribió: "Te manifesté mi pecado y tú perdonaste la culpa". Rompió su silencio, y Dios rompió el suyo.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

En el día de hoy nosotros estamos continuando con esta serie acerca de la oración, que titulamos "Orando con los héroes de la fe". Este es el quinto mensaje de esa serie. No sé cuántos recuerdan, o quizás alguien que nos esté visitando hoy, que nuestro último mensaje se basó exclusivamente en la última petición del Padre Nuestro, que dice: "No nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal."

Dijimos entonces en esa ocasión que esa es como la petición, o la oración, antes de caer. Señor, antes de que yo pueda tropezar y caer, yo te pido que me libre de mi propio mal, que me libre del mal que está allá afuera, que me libre de las acechanzas del enemigo. Esta es la oración antes de la caída. Pero lamentablemente, dada la condición de nuestro corazón, que ha sido un corazón caído, todavía nosotros tropezamos, caemos, cedemos ante las tentaciones, y entonces necesitamos constantemente arrepentirnos.

Pero de la misma manera que los discípulos le dijeron al Señor: "Señor, enséñanos a orar, porque no sabemos cómo orar", yo creo que nosotros tenemos que hacer una petición similar, que decirle: "Señor, enséñanos a arrepentirnos, porque no sabemos cómo arrepentirnos." Recuerda que les había citado al gran teólogo Jonathan Edwards, probablemente el mejor teólogo que Estados Unidos haya producido, que decía que nosotros somos tan pecaminosos que, decía él, cuando oro peco y cuando me arrepiento peco. Entonces, ciertamente yo necesito aprender a arrepentirme en oración.

La Palabra de Dios revela que el pecado nos aleja de Dios. Eso no es algo que nosotros podemos simplemente ignorar. No, Dios dice: "Vuestro pecado ha hecho separación entre nosotros y yo." Ese mismo pecado hace nuestra oración mucho menos efectiva. Y esa es la razón por la que Santiago nos dice que la oración del hombre justo es poderosa y eficaz. Hay gente que me ha dicho: "Pastor, ore por mí, porque el Señor le escucha a usted más que a mí." Yo no creo que el Señor me escuche más que a nadie. Yo sí creo que cuando vivimos como Dios quiere que vivamos, eso nos coloca en una posición de poder recibir lo que Dios quiere darnos y no desperdiciarlo.

El pecado nos roba el gozo que la salvación trae. Y muchos son los que, después de haber creído, después de haber experimentado una caída, luego vienen a consejería y nos dicen: "Pastor, yo quisiera que usted ore por mí, porque yo no creo que el Señor ni siquiera me oye." Y cuando no es algo así, a veces han dicho: "Yo quisiera volver, pero no sé cómo regresar." Y ha ocurrido, aquí mismo al pie del púlpito en ocasiones, que gente que nos visita dice: "Pastor, estoy aquí por primera vez." Más de una ocasión he oído esto a lo largo de los años: "Hace unos años yo me descarrié. Yo no sé cómo volver."

La razón es que con el tiempo el pecado tiende a hacernos sentir miserables. Nos hace sentir no merecedores de ningún bien de parte de Dios, lo cual es verdad. Pero hay una manera de sentirse no merecedor de ningún bien de parte de Dios y al mismo tiempo sentirse agradecido de que Él todavía tiene compasión de mí. Hay otra manera de ver la misma cosa y sentirse condenado por la manera como uno se ve.

De manera que nosotros necesitamos aprender a arrepentirnos en oración, porque ciertamente muchas veces el cristiano va donde Dios, confiesa, se arrepiente, pero todavía se sigue sintiendo culpable. Y yo creo que en ocasiones es simplemente que no hemos llegado a conocer hasta dónde llega el perdón, la misericordia y la bondad de Dios. Pero otras veces es más bien que yo no me he arrepentido como Dios entiende que yo necesito hacerlo. Y por tanto, si Dios me concediera el perdón en ese momento, no me estaría ayudando, porque me estaría dejando en una condición todavía medio enferma del pecado que me dañó, que me enfermó.

Por eso, dentro de esta serie sobre la oración, yo he querido escoger el Salmo 51, y he titulado mi mensaje: "Orando con un corazón arrepentido." Yo no creo que haya ningún otro texto en toda la Palabra mejor que este para enseñarme a orar con arrepentimiento. No porque los otros sean inferiores, es que este es mucho más completo.

Los Salmos en la versión original en hebreo tienen una particularidad, y es que muchos de ellos tienen una descripción arriba. Yo no sé si todos la tienen, porque no soy un experto en hebreo ni leo la Biblia en hebreo, pero he estudiado acerca de cómo fueron escritas estas cosas en su original. Y esto es lo que dice el Salmo 51 arriba, antes de iniciar, como una descripción del contenido de lo que va a salir: David se había apartado de Dios cuando se llegó a Betsabé. Pero Dios se acercó a él cuando Natán fue a él. Nota cómo Natán va a donde David a confrontarlo. Pero aquellos que vivieron en la época en que estas cosas ocurrieron dicen: "No, lo que pasó fue que, como David se había alejado y no había regresado a Dios, Dios decidió acercarse a él para traerlo. Natán fue el instrumento."

Juan Calvino, en su comentario sobre este Salmo, dice: "Es asombroso que un hombre dotado de forma tan extraordinaria por parte del Espíritu haya continuado en un estado —escucha— en un estado de indolencia espiritual por casi un año. Nada más que una influencia satánica podría explicar tal estupor de conciencia." Sin embargo, escucha, también es chocante el ejemplo de misericordia divina: el que Dios enviara al profeta Natán para restaurar a David.

Por otro lado, continúa la cita, no hay razón para pensar que durante estos meses de alejamiento, él —David— haya dejado de involucrarse en sacrificios de adoración, o que su fe se haya extinguido totalmente en su corazón, sino que más bien vestigios de gracia le permitieron continuar bajo una insensibilidad letárgica. Lo que Calvino estaba tratando de comunicarnos es que es posible ser un hijo de Dios, apartarse de Él, entrar en una especie de insensibilidad de conciencia tal que, estando alejado de Dios, yo no me aleje de lo que serían las actividades cristianas, religiosas o eclesiásticas, cualquiera que sea el nombre. Y Calvino continúa: "Nosotros debiéramos temblar al considerar que un hombre tan excelente pudiera caer en una condición tal." Debiéramos temblar ante la realidad de que lo que le pasó a David nos puede pasar a nosotros, siendo David un hombre tan excelente.

Para aquellos que quizá no están tan relacionados con la historia bíblica y que pudieran estar preguntándose qué fue lo que David hizo tan horrendo que se dicen estas cosas de él, en dos minutos te lo voy a resumir. David cometió adulterio con Betsabé, que estaba casada, y ella quedó embarazada. David se aterra con la noticia, porque Betsabé solo le mandó a decir. David sabe que el esposo de Betsabé estaba en el campo de batalla, lo manda a buscar, lo invita a su casa, lo hace cenar, y luego lo invita a que se vaya a tener intimidad con su esposa, como una manera de hacer creer que el embarazo era realmente del esposo y no de él.

Urías decide que no va a hacer algo así cuando sus hombres están en guerra. David lo manda a buscar de nuevo, lo hace cenar en su casa, esta vez lo emborracha, y lo invita a que vaya a su casa a tener un momento de intimidad con su esposa. Y Urías borracho es más noble que David en este momento, porque Urías dice: "Yo no puedo hacer algo así cuando mis hombres permanecen en batalla." Eso te da una idea de dónde estaba David espiritualmente.

Cuando le informan a David que Urías no ha ido a su casa, David dice: "Bueno, hay que hacer otra cosa." El corazón de David, con cada acción, daba muestra del endurecimiento paulatino que había sufrido. David prepara entonces un plan para que Urías sea muerto en batalla. Escribe una carta, cierra la carta, y ¿con quién tú crees que le envía la carta con el plan? Con Urías. Urías, aquí está tu sentencia de muerte cerrada, ve y llévala. En serio, David.

La carta es entregada, el plan es llevado a cabo, la batalla llega a un punto de furor, los hombres se retiran, dejan a Urías solo, y Urías muere en batalla. Entonces el comandante Joab, que había recibido la carta de parte de David, le dice a uno de sus mensajeros: "Ve al rey y dile que Urías ha muerto." El mensajero va a donde David y el texto de 2 Samuel nos dice que David dijo al mensajero: "Así dirás a Joab: no tengas pesar por esto, porque la espada devora tanto a uno como al otro."

En serio, David, ¿puedes ser tan cínico? O sea, tú has preparado un plan para que Urías muera en batalla, te traen el mensaje, y tú le dices: "Dile a Joab que no se preocupe, que en las batallas mueren unos y mueren otros, pero en esta ocasión le tocó a Urías morir." No, tú eres un homicida, David. David vive en silencio casi por un año, y Dios envía al profeta Natán a confrontarlo.

David se arrepiente, escribe el Salmo 51 y el Salmo 32 como resultado de su arrepentimiento. Y aquí está nuestra lección al orar con un corazón arrepentido: Salmo 51. Yo lo voy a leer por completo; son 19 versículos. Vamos a cubrir solo 6, porque el Salmo está lleno de enseñanza.

"Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a lo inmenso de tu compasión, borra mis transgresiones. Lávame por completo de mi maldad y límpiame de mi pecado. Porque yo reconozco mis transgresiones y mi pecado está siempre delante de mí. Contra ti, contra ti solo he pecado y he hecho lo malo delante de tus ojos, de manera que eres justo cuando hablas y sin reproche cuando juzgas."

Yo nací en iniquidad y en pecado me concibió mi madre. Tú deseas la verdad en lo más íntimo, y en lo secreto me harás conocer sabiduría. Purifícame con hisopo, y seré limpio; lávame, y seré más blanco que la nieve. Hazme oír gozo y alegría; haz que se regocijen los huesos que has quebrantado. Esconde tu rostro de mis pecados y borra todas mis iniquidades. Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí. No me eches de tu presencia y no quites de mí tu Santo Espíritu. Restitúyeme el gozo de tu salvación y sosténme con un espíritu de poder.

Entonces, cuando hayas hecho eso, enseñaré a los transgresores tus caminos, y los pecadores se convertirán a ti. Líbrame de delitos de sangre, oh Dios, Dios de mi salvación; entonces mi lengua cantará con gozo tu justicia. Abre mis labios, oh Señor, para que mi boca anuncie tu alabanza. Porque tú no te deleitas en sacrificio; de lo contrario, yo te lo ofrecería; no te agrada el holocausto. Los sacrificios de Dios son el espíritu contrito; al corazón contrito y humillado, oh Dios, no despreciarás. Haz bien con tu benevolencia a Sión; edifica los muros de Jerusalén. Entonces te agradarán los sacrificios de justicia, el holocausto y el sacrificio perfecto; entonces se ofrecerán novillos sobre tu altar.

Este es el Salmo 51, uno de los siete salmos penitenciales del salterio, del libro de los Salmos, también conocidos como salmos de arrepentimiento. Esos siete salmos están bajo una sombrilla más grande, conocida como salmos de lamentos personales. Los demás salmos penitenciales son el 6, el 32 —que David escribió con relación a su pecado—, el 38, el 102, el 130 y el 143.

El salmista, como dice el autor de uno de los comentarios consultados, estaba consciente de su propia miseria, reconoce su condición de maldad y acepta la gravedad de su culpa, pues ha roto la alianza, o el pacto, con Dios. Si leíste y prestaste atención con detenimiento, te percatarás de que esta oración es la expresión del corazón de un hombre que se sentía abrumado por su pecado; totalmente abrumado.

El salmo revela la miseria humana. El salmo revela la condición de desesperación de alguien que ha pecado y que ha descubierto la profundidad de su pecado luego de que su conciencia fuera despertada de la anestesia que le produjo el placer. Ninguno de nosotros conoce la profundidad de nuestro pecado; no solamente pecados de ese tipo, sino de todo nuestro pecado, por pequeños que sean. El menor de tus pecados, el más pequeño —piensa en el más pequeño de ellos—, es suficiente para enviar a Cristo a la cruz o a ti al infierno. De manera que tú y yo no estamos muy lejos de David.

Al mismo tiempo, el salmo —si pudiste leerlo y ver más allá de la letra— revela la infinita misericordia de Dios, que es capaz de perdonar el peor de los pecados, el peor de las atrocidades, porque lo concebido por David fue atroz. Siempre que nosotros vengamos a Dios con corazón contrito y humillado, ese es el comienzo de una oración de arrepentimiento; ese es el estado en el que venimos a Dios.

De manera que quiero que veamos ahora cómo luce un corazón verdaderamente arrepentido, que pueda mover el corazón de Dios, que le permita sentir al pecador que verdaderamente ha sido librado, y que pueda escribir lo que David escribió posteriormente, una vez que experimentó su perdón.

En primer lugar, un corazón arrepentido apela al carácter bondadoso de Dios solamente, reconociendo que él no es digno de ningún mérito o favor de parte de Dios. Escucha a David otra vez: "Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a lo inmenso de tu compasión, borra mis transgresiones. Lávame por completo de mi maldad y límpiame de mi pecado." Es el clamor de un hombre que sabe —David sabía cosas mejor que tú y que yo— que bajo la ley de Moisés, que era la ley bajo la que él estaba, era culpable de dos delitos que conllevaban la pena capital.

David sabe que él se merece la muerte. Él sabe que de acuerdo a la ley merecía la muerte por el adulterio, y merecía la muerte por el homicidio. Él sabe que no se merece absolutamente nada. Lo único a lo que puede apelar es a la misericordia de Dios, nada más. De manera que cualquiera que fuera el veredicto de parte de Dios —como veremos más tarde— para David en ese momento era bueno y válido, y por eso David apela solamente a la misericordia de nuestro Dios.

Eso me hizo recordar una historia real de una señora que vivió en tiempos de los reyes. Va ante el rey —creo que fue en Francia donde ocurrió—, su hijo había sido condenado a muerte, estaba en el calabozo, y ella de alguna manera consiguió una breve entrevista con el rey. Le dice: "Oh rey, te pido que tengas misericordia de mi hijo." Y el rey le responde: "Señora, lamentablemente lo que su hijo ha hecho no merece misericordia." Y la madre de ese joven le dice: "Pero rey, yo no he pedido lo que él merece; lo que él merece es la justicia. Pero si fuera merecida, no sería misericordia; yo le he pedido misericordia." Cuenta la historia que el rey le dijo: "Señora, cuando me lo pone de esa forma, yo perdonaré a su hijo."

Y así David había estado apelando a la misericordia de Dios. Luego dice: "De acuerdo a lo inmenso de tu compasión." Literalmente, en el hebreo es: "De acuerdo a la multitud de tus compasiones." Son muchas, pero no podemos pasar por alto la palabra compasión. ¿Alguna vez has visto a alguien que está enfermo, quizá un niño que está en inanición, muriendo de hambre, descuidado, sucio, o alguien que está en terrible dolor, y has dicho: "Eso me dio una compasión"? ¿Has sentido eso alguna vez? ¿Qué fue lo que sentiste? Dolor por su condición.

Pues cuando la Palabra dice que Dios es compasivo hacia nosotros, ¿sabes lo que nos está diciendo? A Dios le duele cuando yo peco y me hago daño. No es tanto que Dios esté diciendo: "Tú eres digno del fuego del infierno" —aunque lo eres—; sino que, con toda su paciencia y compasión, está diciendo: "De acuerdo a la multitud de mis compasiones." Hermanos, a pesar de todo lo que la gente dice acerca de la crueldad del Dios del Antiguo Testamento, no lo crean. Si hay un lugar donde la misericordia y el carácter bondadoso de Dios puede ser visto y sale a la luz con todos sus colores, es en la manera como Dios lidia con un pueblo pecaminoso y duro de cerviz. La paciencia de Dios yendo detrás de un pueblo que no quería ir detrás de Él, la misma vida de David y este salmo son evidencias de esa compasión de Dios.

David había aprendido que el pecado corrompe la vida del creyente, ensucia su conciencia, ensucia el nombre de Dios y trae una mancha al nombre de Dios y al pueblo de Dios.

David se siente sucio. Él tiene razón para sentirse sucio, y esa es la razón por la que dice en el versículo dos: "Lávame por completo de mi maldad." Esa es la razón por la que hablamos de que la sangre de Cristo me ha lavado, porque la Palabra entiende el pecado como una suciedad de la cual tengo que ser lavado, y solamente la sangre del Cordero puede hacerlo. "Límpiame de mi pecado", que es una mancha imposible de remover. De manera metafórica pudiéramos decir que la misericordia de Dios llega hasta los cielos; hay una canción que dice exactamente eso: "Tu misericordia, oh Dios, llega hasta los cielos." Pero de la misma forma, metafóricamente hablando, pudiéramos decir que el pecado llega hasta el mismo infierno. Esta es la razón por la que la Palabra de Dios se refiere al pecado como algo oscuro, tinieblas, todo el tiempo.

En segundo lugar, un corazón arrepentido reconoce su pecado sin culpar a ninguna otra persona. "Porque yo reconozco mis transgresiones, y mi pecado está siempre delante de mí." Escucha la primera persona: yo reconozco mis transgresiones, mi pecado está delante de mí. Con eso David está revelando: en este momento de mi vida, por la manera como tú me has abierto los ojos, yo no ando buscando a nadie que comparta mi pecado, porque yo soy el único responsable de mi pecado. Mi pecado está sobre mis hombros y sobre nadie más.

David no está haciendo lo que hizo Adán: "Sí, es verdad que yo pequé, pero el problema fue la mujer, y es más, Dios, es más que eso, es la mujer que tú me diste." David no anda buscando eso. El pecado no se comparte, la culpa no se comparte. Y entonces la mujer dice: "No, yo no." Pero Adán tampoco, sino la serpiente, que Dios permitió que llegara a nosotros. David no está haciendo eso. Está diciendo: "No, yo reconozco mis transgresiones." Cuando tenemos que aprender a confesar y a arrepentirnos de verdad, por eso estamos viendo el Salmo 51.

David está diciendo: "Yo no estoy apelando a circunstancias." Cuando nosotros decimos: "Dios, mira, yo sé que yo pequé, pero tú sabes que si no hubiese sido…", ya comenzamos mal. Comenzamos mal, porque no hay nada que yo le pueda decir a Dios que alivie la gravedad, la profundidad o el horror de mi pecado. Nada, absolutamente nada. Es como es, y está sobre mis hombros. Hay una sola manera de acercarse a Dios, y es con un corazón contrito y humillado que apela exclusivamente a la misericordia de Dios, y decirle: "Señor, yo sé que este pecado está sobre mí."

David no tenía paz en su silencio. Él estaba callado, pero no en paz. Escucha: "Mi pecado está siempre delante de mí." Me acuesto y me viene el pensamiento; trato de dormirme para no tener que pensar en eso, y cuando me despierto, resulta que al abrir los ojos es como que me estaba esperando: ahí estaba mi pecado. David era un salmista; de hecho, probablemente escribió muchos más salmos que los que están aquí atribuidos a él. Quizás trató de escribir algún salmo; recuerda que él tocaba el arpa para Saúl. Quizás trató de tocar el arpa, y sabes que aun así, ahí estaba su pecado. "Mi pecado está siempre delante de mí."

Muchas veces nosotros pedimos perdón y continuamos sintiéndonos culpables, porque en realidad no nos hemos arrepentido como David lo hizo. Cuando Dios encendió la luz sobre la conciencia de David, él vio la suciedad de su pecado, de la misma manera que lo vio el profeta Isaías cuando tuvo esa visión del trono de Dios y la santidad de Dios, cuando clamó y gritó: "¡Ay de mí, que estoy muerto, arruinado, deshecho!" La palabra en el hebreo es "desintegrado." De hecho, el significado primario de esa palabra, traducida como "muerto" o "arruinado" en el lenguaje original, es: "llegué al final de mi existencia." Claro, porque cuando vio la santidad de Dios, vio lo profundo de su pecado.

La idea no es tratar de olvidar el pecado, porque Dios no lo dejará. La idea no es anestesiarlo temporalmente, porque la anestesia terminará. La idea es lidiar con él lo antes posible.

En los primeros versículos, David se refiere a su pecado haciendo referencia a tres palabras. La primera: "mis transgresiones." David está tratando de describir toda la gama, todos los colores con los cuales su pecado se pudiera caracterizar. Dice: "Yo transgredí un límite. Mis transgresiones." Había un límite impuesto por la ley de Dios; yo transgredí ese límite. Y ese límite puede ser transgredido de palabra, de pensamiento, de acción o por omisión. Déjenme decirles otra vez: yo puedo transgredir ese límite de palabra, de acción, de pensamiento o aun por omisión.

Yo pudiera estar predicando ahora, ver el rostro de este hermano, de aquella hermana, y decir: "Mira la cara, esto no le interesa", estando predicando, y estaría pecando. Por eso decía el teólogo del siglo XIX y principios del XX, A. H. Strong, teólogo reformado: "El pecado es la falta de conformidad a la ley moral de Dios, ya sea por hecho, disposición o estado." Yo pudiera no estar haciendo nada y estar pecando por la apatía hacia las cosas de Dios. La transgresión me recuerda que traspasé un límite. Por eso es que Santiago dice en 2:11 que nosotros somos transgresores de la ley. Y 1 Juan 3:4 dice: "Todo el que practica el pecado practica también la infracción de la ley, pues el pecado es infracción de la ley." Escucha la definición que Juan da: el pecado es infracción de la ley.

"Mis transgresiones" es solo el comienzo. Es más que simplemente violar un límite. En el versículo dos, David habla de "mi maldad." "Yo conozco mi maldad." Con eso, David revela que el pecado es perversidad. "Yo reconozco lo perverso de mi pecado." A algunos no les gusta pensar de esa manera, porque nosotros pecamos todos los días, lo cual implica que cometemos perversidad todos los días. Pero eso es lo que la palabra significa; la palabra "maldad" la cantamos incluso en nuestros himnos.

En tercer lugar, David habla no solamente de "mi maldad", sino de "mi pecado." Esa palabra implica quedarse corto del estándar de Dios, de la perfección moral de Dios. Y David usa la palabra "pecado" como sinónimo de "maldad." Lo hondo del pecado está en que es perverso, el tuyo y el mío, el pequeño y el grande; está tan perverso que requirió de una acción excesivamente violenta para perdonarlo: la crucifixión del Hijo de Dios. Él fue desnudado, azotado, burlado, golpeado, escupido y finalmente clavado, desnudo ante un mundo que observaba. Y la razón es que la paga del pecado es horrenda porque el pecado es horrible. Solo la misericordia de Dios puede sacar al hombre o a la mujer de su miseria.

Nota cómo David se responsabiliza de lo que ha hecho: "Mis transgresiones, mi maldad, mi pecado, yo reconozco." Es un corazón arrepentido, no circunstancias atenuantes.

En tercer lugar, el corazón arrepentido reconoce que ha ofendido a Dios de manera terrible, terrible, y reconoce que, independientemente de las consecuencias que Dios le imponga, ese Dios es justo en sus juicios. Yo conozco la naturaleza del corazón humano hasta donde puedo verlo, porque no lo conozco completamente, y por eso lo hago. Pero ha habido múltiples ocasiones donde yo le he dicho a Dios: "Dios, no importan las consecuencias que tú impongas, pocas serán, porque tú eres justo cuando hablas y tú eres justo cuando juzgas."

"Contra ti, contra ti solo he pecado y he hecho lo malo delante de tus ojos, de manera que eres justo cuando hablas y sin reproche cuando juzgas." David transgredió un límite, de manera que pecó judicialmente contra el dador de la ley. Pero pecó más gravemente que eso. Pecó primero judicialmente porque violó una ley; pero, como se ha dicho, David pecó contra la ley del amor. Porque cuando Cristo vino, dijo que toda la ley y los profetas pueden ser resumidos en dos mandamientos: amar a Dios y amar a tu prójimo. Amar a Dios es el más grande; el segundo es amar a tu prójimo. Y cuando David hizo lo que hizo, violó ambos mandamientos, de manera que David violó la ley del amor.

Cuando David obró tan perversamente como lo hizo, ni amó a Dios, a quien deshonró, el más grande de los mandamientos; ni amó a Urías, a quien mató; ni amó a Betsabé, a quien sedujo; ni amó a sus hijos, a quienes dañó a todos ellos; ni amó a la nación de Israel, a la cual debilitó. El reino de Israel alcanzó su punto cumbre con David, y después de su pecado comenzó a descender hasta el día de hoy. Cuando él murió, Salomón lo asumió; la mala administración de Salomón lo dividió: reino del norte, reino del sur. El reino del norte se va al exilio; el reino del sur se va al exilio. Luego regresan, y regresaron como una nación de poca influencia. David pecó contra todos ellos.

Pero en última instancia, solo pecó contra Dios. Eso es lo que dice: "Contra ti, solamente contra ti he pecado." Claro, y ustedes saben por qué: porque si hoy podemos hablar de pecado es porque hay una ley que yo transgredo, y si hay una ley que yo transgredo, entonces tenemos que hablar de un dador que nos ha dado esa ley. Y ese dador nos impartió su ley porque Él sabe que todo lo que no se conforma a su estándar trae destrucción, todo, absolutamente todo. De hecho, la ley de Dios existe por el amor que el Creador tiene por las criaturas; Él nos dio su ley para preservación y protección de los que están bajo ella.

Imagínate el número de muertos que ocurrirían todos los días si no hubiera leyes de tránsito. Si no hubiera penalidades por transgredir la ley de tránsito, imagínate el número de muertos que habría. Si no hubiera leyes en la industria de la aviación para los despegues, los aterrizajes, los vuelos, las alturas de las aeronaves. Nosotros los humanos nos quejamos de la ley de Dios porque desconocemos que el placer temporal nos trae destrucción total, como ocurrió con el rey David. El hijo de David y Betsabé murió como parte del juicio.

David sabía que era culpable de homicidio y, por tanto, digno de ser muerto. Y aunque él no murió, su hijo Amnón violó a su hija Tamar; su hermano Absalón, sintiéndose tanto agravio, mató a Amnón, de manera que los hijos guardias de David eventualmente mataron a Absalón porque Absalón quería la vida de David. Nosotros nos quejamos contra la ley de Dios porque no sabemos que el placer temporal trae destrucción, y eventualmente destrucción total.

Por eso David ha ganado conciencia. David entiende, David ahora ve y dice: "De manera que eres justo cuando hablas y sin reproche cuando juzgas." No importa lo que tú me hagas, no importa lo que me ocurra o a mi familia, yo sé que tú eres justo cuando hablas y tú eres sin reproche cuando juzgas. David estaba afirmando lo mismo que firmó en el Salmo 19:9, que él también escribió, cuando dice: "Los juicios del Señor son verdaderos, todos ellos justos."

A veces en consejería, el aconsejado se queja y dice: "Pastor, yo sé, yo sé que yo pequé, pero mire las consecuencias. Yo pienso que son muy pesadas, son muy largas. Yo sé que mi pecado fue horrible, yo sé, yo no tengo excusa, pero no creo que yo me merecía algo tan pesado. Es casi como que estas consecuencias son injustas." Pero la única razón por la que nosotros concluimos de esa manera es porque nadie de los que estamos aquí, ni nadie de este lado de la gloria, sabe cuán aborrecible y odioso es el pecado para Dios.

Ninguno de nosotros sabe. Nosotros fuimos concebidos en pecado, crecemos en pecado, hablamos en pecado, pensamos en pecado, nos relacionamos en pecado, oramos en pecado, nos arrepentimos en pecado. ¿Qué tan seguro va a saber lo profundo y lo aborrecible que es el pecado para Dios? Es mi hábitat. Ahora podemos tener una idea. ¿Tú quieres saber cuán aborrecible es el pecado, el tuyo y el mío? Vamos a dar algún vistazo a la cruz, porque en la cruz Cristo fue clavado, crucificado, y sabemos de toda la crueldad que lleva la cruz —infección, entre otras cosas—, pero es más que eso.

Isaías 53 profetizó cuál sería el estado físico en que quedaría el Redentor. Dice que su rostro quedó desfigurado hasta el punto en que era irreconocible, que aquellos que pasarían enfrente a Él no hubiesen podido reconocer a ese Jesús. Es simbólico de lo que yo merecía, y simbólico de lo aborrecible de mi maldad, de mi pecado. Porque la única razón por la que el Hijo de Dios, tres veces santo, tenía que terminar en la condición en que terminó es porque el pecado es abominable para Dios. Y cuando Jesús murió en esa condición, fue justo que muriera ahí. ¿Sabes por qué? Porque Él voluntariamente se ofreció para tomar mi lugar. Y cuando tomó mi lugar, Él sufrió lo que se debió haber hecho contra mí.

El infierno nos da una idea de lo abominable que es el pecado, porque la gente estará allí por la eternidad en dolor y en sufrimiento. De este lado de la gloria no tenemos idea de lo profundo de nuestro pecado.

En cuarto lugar, un corazón arrepentido entiende la profundidad de su pecado cuando logra ver que pecamos contra la santidad de Dios. Nosotros no simplemente violamos un límite —esto es algo impersonal, si tú quieres—. Nosotros pecamos directamente contra alguien, y en específico contra la santidad de Dios. Eso fue lo que experimentó David. ¿De qué manera David llega a conocer eso? Él dice, después de que comienza: "Si yo reconozco mi pecado, mi transgresión y mi maldad," es como si estuviera diciendo en el versículo 5: "Yo sé que yo nací en iniquidad y en pecado me concibió mi madre." Es como que dijera: "Yo sé, yo entiendo ahora que la corrupción moral ha estado conmigo desde que me concibieron en el vientre de mi madre. Es que yo he sido condenable desde mi concepción."

¿Yo qué tengo que presentar delante de Dios? Yo solamente tengo un camino, y ese es apelar a Su bondad, a Su misericordia. El reconocer que somos condenables desde el momento de la concepción debiera llevarnos a una actitud de humildad y luego de gratitud, por la manera como Dios ha tenido paciencia para con nosotros. David, al decir "yo fui concebido en pecado," con eso estaba diciendo: "Sabes qué, lo que hice con Betsabé y la muerte que le di a Urías fue horrendo, pero es que yo estaba corrupto antes de eso. Yo lo que hice fue permitir que mi corrupción creciera."

Como bien dice Calvino en su comentario sobre este Salmo: "El pecado ejerce dominio sobre nosotros y corrompe nuestras mentes y corazones." Calvino no está diciendo que el pecado no tiene influencia; así nos influencia, pero es más que eso. El pecado ejerce dominio sobre nosotros. Este dominio debe irse perdiendo en la medida en que yo me voy santificando y el pecado va perdiendo poder sobre mí por medio de la acción del Espíritu y de Su Palabra. Pero ejerce dominio, porque eso es lo que hace que Pablo pueda decir en un momento dado: "Yo no me entiendo, porque queriendo hacer algo termino no haciéndolo, y no queriendo hacer algo termino haciéndolo." Lo estaba dominando. Y por eso corrompe nuestras mentes y corazones.

Quiero que vean cómo luce eso en la práctica, porque eso suena un poco teológico. ¿Cuándo mi mente es corrompida y mi corazón es corrompido, cómo luce eso? Bueno, es que nuestra naturaleza o esencia es pecaminosa y, por tanto, mi inclinación natural es hacia el pecado. Esa es la razón por la que vemos eso en los niños. A los niños de dos, tres o cuatro años, o más grandes, tú nunca tenías que decirles: "Ay, pero no te portes tan bien, que eres tan bien portado, que me da pena, tú no has hecho nada." A los dos años hay que decirles: "No, no hagas eso, eso es tan malo, ¿ves lo que le hiciste a tu hermanito?" Al año y medio ya está levantando la mano para darle a su madre que lo está alimentando.

La naturaleza pecadora hace que nuestros pensamientos sean pecaminosos, que nuestras emociones sean pecaminosas, que nuestras intenciones sean pecaminosas, que nuestros deseos sean pecaminosos, que nuestras acciones sean pecaminosas, que nuestros juicios sean pecaminosos, que nuestro hablar sea pecaminoso, que nuestro entretenimiento sea pecaminoso, que nuestras redes sociales personales sean pecaminosas, que nuestras oraciones sean pecaminosas, como atestigua Santiago: "Ustedes piden y no tienen porque piden con malos deseos." Pastor, ¿y cómo usted sabe todo eso? ¿Que nuestros pensamientos, intenciones, entretenimiento, redes sociales, acciones e intenciones son pecaminosas? Porque esta Palabra, la historia redentora, lo revela en la historia de los hombres, y porque diferentes pasajes de la Biblia literalmente dicen tales cosas.

Por una razón más: es que solamente Dios es santo, dice esta Palabra. La palabra "santo" no es fácil de definir en hebreo, de donde proviene la palabra, pero algo queda claro de esa palabra en el original: lo santo es aquello que está completamente separado de la norma. Y la norma somos nosotros. Lo santo es aquello que guarda separación, distinción; está en una clase por sí solo. Por tanto, si solamente Dios es santo, ninguno de nosotros, en ningún momento, jamás ha tenido ni una intención, ni un pensamiento, ni una acción completamente santos. Solamente Dios es santo.

Cuando David dice "yo nací en iniquidad," estaba reflexionando acerca de toda su existencia y de que no había un solo momento en el que él haya estado sin corrupción. Dios concedió a David en ese momento, cuando Natán lo va a visitar, una iluminación de pensamiento y de sensibilidad de conciencia que le permitió ver su pecado. Recuerda cómo es que Natán va. Me voy a decir hasta dónde llega la oscuridad y la insensibilidad de conciencia que nosotros podemos alcanzar, porque David ha matado a un hombre, no a un hombre cualquiera, sino a un esposo, después de haber tenido intimidad con su esposa. Y David piensa que no ha pasado nada del otro mundo, que como los hombres no han dicho nada, no ha pasado nada.

Natán va a David y le dice: "David, tengo que contarte una historia." "Ajá, dime, cuéntame." "Natán, resulta que al pueblo llegó un visitante, a ver a un hombre rico que tenía muchas ovejas. Pero ese hombre rico tenía un vecino que tenía una sola ovejita. Y, ¿tú puedes creer, David, que ese hombre rico, con muchas ovejas, no quiso dar una de las suyas y prefirió matar la única oveja que este vecino tenía?" Y dice el texto que se encendió la ira de David, y dijo: "Ese hombre merece la muerte." Y Natán dice: "Pero David, ese hombre eres tú."

O sea, David tenía sensibilidad para ver lo horrible de lo que este hombre había hecho con una oveja, pero no tenía sensibilidad para ver lo horrible que él le había hecho a un esposo. Es lo antinatural de su mano.

En quinto lugar, un corazón arrepentido reconoce que lo importante no es lucir bien, o limpio, o justo en lo externo, sino estar bien delante de Dios en el interior de nuestros corazones. De ahí las palabras de David en el versículo 6: "Tú deseas la verdad en lo más íntimo, ahí donde nadie puede entrar, y en lo secreto me harás conocer sabiduría." David había estado en silencio, no podía dormir, su pecado siempre estaba delante de él. Eventualmente fue perdonado e incluso restaurado, pero después de haber hablado, no sin confesar y admitir su pecado. Durante su silencio él había estado bien delante de los hombres, pero de mal en peor delante de Dios.

De hecho, David había ido empeorando, y eventualmente él lo descubre. Escucha lo que dice en el Salmo 32, que junto con el 51 son los dos Salmos que han sido atribuidos a David después de este hecho. Dice David: "Mientras callé mi pecado, mi cuerpo se consumió, con gemidos durante todo el día. Porque día y noche tu mano pesaba sobre mí, mi vitalidad se desvanecía con el calor del verano." Mi cuerpo se consumió. No sé exactamente qué él quiso decir, pero asumo que perdió peso, asumo que se sintió débil, asumo que no se sentía quizás con motivación para el día a día.

Y ese David gemía todo el día. No creo que él se la pasaba llorando visiblemente delante de los hombres; imagino que lloraba internamente y luego lloraba visiblemente en privado. Porque si hay algo que estos dos salmos revelan, y la Palabra también, es que el pecado enferma física, emocional y espiritualmente. En la ciudad de Corinto, quien tomaba la cena del Señor indignamente, unos enfermaban y otros se morían.

Durante la experiencia del silencio de su pecado, David descubrió que la solución a tu pecado, a mi pecado, no es el silencio, sino la admisión y confesión para encontrar perdón. Admisión, confesión, perdón. Escucha lo que dice David en el Salmo 32, versículo 5: "Te manifesté mi pecado y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones al Señor." Y escucha ahora —¡wow!—: "Y tú perdonaste la culpa de mi pecado."

¿Qué es lo que David está diciendo? Rompí mi silencio y tú rompiste el tuyo, porque cuando yo hablé, tú me perdonaste. Cuando te dije lo que tenía que haberte dicho hace nueve meses, lo que podías haber resuelto hace mucho tiempo, tú perdonaste la culpa de mi pecado. Me imagino lo liberado que David se debió haber sentido. Si toda la noche tu mano pesaba sobre mí, ¡qué repentinamente me siento ligero! Si el pecado es simbolizado por las tinieblas, es como si volviera la luz. Si la lágrima es símbolo de la tristeza que el pecado produjo, ¡wow!, volvió el gozo.

Si David tuvo temor de que los hombres se enteraran, ya perdió el temor; ya no tiene nada que temer, porque ya se puso a cuentas con Dios. A David se le había olvidado, y nosotros también olvidamos —con frecuencia, hermanos—: nosotros tememos que se vayan a enterar de mi pecado, pero ¿sabes cuál es el verdadero temor? El temor es que Dios se vaya a enterar. Y no es que Dios se va a enterar; es que Dios lo sabía. Lo sabía tanto que me vio cometiéndolo. Y si quiero poder vencer el temor de que los hombres se enteren, tengo que hablar con el cielo.

Mira qué liberado se sintió David, y esa es la razón. David comienza el Salmo 32 diciéndonos cómo se sintió cuando fue perdonado, y luego nos deja ver al principio, en el versículo 1 y 2: "Bienaventurado aquel cuya transgresión es perdonada, cuyo pecado es cubierto. Bienaventurado el hombre a quien el Señor no culpa de iniquidad y en cuyo espíritu no hay engaño."

¡Qué bienaventurado me siento hoy! Qué bienaventurado, contento, feliz, gozoso y libre me siento hoy, que mi pecado ha sido perdonado y que no está siendo contado contra mí porque ha sido cubierto. Y ya en mi espíritu no hay engaño. ¡Wow! ¿Qué bien se debió sentir David, él que había escondido su pecado por casi un año? Había creído que había engañado a los hombres. Había pensado quizás: "¿Ven a ver qué hice con la viuda? Que yo me la traje a mi casa." Había quizás pensado: "Bueno, es que en Israel, en esa época, una mujer viuda no tenía cómo valerse. Esto es un acto de bondad que me corresponde. Yo tengo que ser un hombre responsable; dejé de traerla a mi casa." No, David. Lo que has hecho es lo más inicuo que podías hacer.

Y por eso cierra David, en el versículo 6 y último que estamos cubriendo: "Y tú deseas la verdad en lo más íntimo, y en lo secreto me harás conocer sabiduría."

Padre, gracias. Porque si bien es cierto que este salmo es un retrato de la condición mía y tuya, la condición del ser humano, es un mejor retrato de la condición de tu corazón. Porque si mi naturaleza es pecar, la tuya es perdonar. Vamos ahora a venir ante ti; vamos a orar en canción. Y luego, Dios, quiero que sigamos orando con nuestras propias palabras. Pero ahora queremos decirte en canción: "Ten piedad." Ten piedad de mí, Dios, un pecador. Yo vengo apelando a tu carácter bondadoso, porque yo sé que en ti hay gran perdón y gran misericordia. Ten piedad de mí, un pecador.

Pero gracias, porque en la sangre y por la sangre de Cristo yo he sido perdonado y lavado, y eso hace que para mí ya no haya condenación. Gracias, mi Dios. En Cristo Jesús. Amén.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.