El fin de todas las cosas se acerca, escribió Pedro hace dos mil años, y esa declaración no era principalmente cronológica sino teológica: desde la cruz y la resurrección, la humanidad vive en la fase final del plan de redención. Frente a esa realidad, el apóstol no llama a la ansiedad sino a la sobriedad, la prudencia y la oración intensa. No se trata de oraciones genéricas ni rutinarias, sino de una oración que refleja confianza genuina en el poder, la sabiduría y la misericordia de Dios. Como escribió un teólogo: la oración es la fe respirando, el alma puesta en palabras.
Pero sobre todo, dice Pedro, sean fervientes en el amor los unos por los otros. Y hay razón para ese "sobre todo": Pablo ya había advertido que sin amor, los dones más impresionantes se vuelven ruido vacío. Amar no es natural para nosotros; nacemos centrados en nosotros mismos, haciendo pactos sagrados con nuestro propio bienestar. Cristo, en cambio, no consideró cómo la encarnación lo afectaría a él, sino cómo su ausencia nos afectaría a nosotros. El sacerdote y el levita de la parábola calcularon el costo de ayudar; el samaritano calculó el costo de no hacerlo.
El servicio fluye de ese mismo amor. Los dones que hemos recibido no son para gloria personal sino para reflejar la gracia multiforme de Dios hacia otros. Cuando no servimos, bloqueamos esa expresión de gracia. Y cuando servimos en nuestra propia fuerza, nos agotamos. El llamado es a servir en la fortaleza que Dios da, recordando que cuando somos débiles, entonces somos fuertes. La meta final es clara: que en todo Dios sea glorificado mediante Jesucristo.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Señor, gracias, porque antes de que nosotros pudiéramos cantar eso, tú te entregaste a nosotros completamente. De esa forma, entonces, en el tiempo, tú nos has permitido no solo cantar, sino tratar de vivir lo que cantamos. Y es que nosotros no somos nuestros: te pertenecemos, tú compraste nuestra vida, tú diriges nuestra vida, tú sostienes nuestras vidas, y nosotros queremos reconocer eso en esta mañana. Te amamos; gracias por el regalo de la vida, gracias por la manera como nos trajiste a este mundo, gracias por las madres que usaste para traernos a la vida.
Ahora te pedimos que tú les bendigas. De alguna manera, aunque es solamente un día, es un día para recordar, no simplemente que fueron nuestras madres y que dieron de sí todo lo que tenían para criarnos, sino para recordar tu gracia en ellas y a través de ellas. Guárdalas, dales salud física, dales salud emocional, dales salud espiritual. Minístrale a través de tu palabra en esta mañana también de alguna manera.
Pero al resto de nosotros, Señor, te pedimos que tú nos des oídos para oír, nos des voluntad para obedecer, que tú nos des una mente enseñable, nos des un espíritu sumiso, que tú puedas superponerte al espíritu de rebeldía que es parte de nuestra naturaleza, pero al mismo tiempo quizás a nuestro espíritu de, en ocasiones, apatía o de cansancio, con el que muchas veces venimos a tu casa y que necesitamos otra disposición para poder escucharte. Señor, con tu palabra es un encuentro contigo, de manera que ayúdanos a saber lo especial que es este momento. Que todo el servicio es especial, pero en este momento en que nos exponemos a tu palabra, escudriña nuestros corazones, examínanos, muéstranos, límpanos, cámbianos y después bendícenos. En Cristo Jesús te lo pedimos. Su pueblo dice: amén.
Bendiciones. Pueden sentarse. Madres, bendiciones, otra vez. Que Dios vaya con usted de manera muy especial. Al final del servicio —viene al final— vamos a pedir que, bueno, se lo voy a pedir para cada domingo: que por favor esperen hasta que hayamos terminado. Al final, yo voy a compartir unos minutos acerca del estado de la pandemia en el que nosotros nos encontramos, y lo que yo entiendo que ustedes y la población debieran estar conociendo, y al mismo tiempo cómo debiéramos estar respondiendo. Pero no creo que este es el momento para eso, de manera que esperemos hacia el final.
El día de hoy yo he titulado mi mensaje: "Hora, ama, sirve para la gloria de Dios." Pero ese es un mensaje que, como cada mensaje, necesita ser introducido. Este título, para este mensaje, en medio de la situación en la que nosotros nos encontramos, y dadas las primeras palabras de Pedro en este pasaje, yo creo que necesita una introducción y conexión con el momento.
Creo que para muchos de nosotros ha sido un tanto sorprendente ver la liviandad con la que la población local y mundial ha afrontado la pandemia, sobre todo en momentos donde los números han estado en aumento. Manejar en la ciudad y ver noche tras noche una gran cantidad de personas en lugares donde se bebía y comía, sin ningún distanciamiento social, sin ninguna medida de protección de ningún tipo, yo creo que llamó la atención de muchos. Y al final, yo creo que mucho de esa conducta social terminó en la situación en la que nos encontramos.
Pero yo creo que esta es la manera en general como el mundo vive. Yo no creo que es una reflexión simplemente del entendimiento de una enfermedad y su esparcimiento, sino que yo creo que el mundo vive como en otra dimensión, por así decirlo, de la realidad. Algo similar, pero muy distinto, pudiéramos decir de un video que vio mucha gente recientemente en Israel. Mientras los misiles volaban en dirección de la ciudad de Tel Aviv, en un video que vi, una gran cantidad de personas estaba disfrutando el sol en las playas de Tel Aviv, o en la misma área. De repente las sirenas sonaron y todos esos bañistas corrían hacia un refugio; la playa estaba, como se diría, packed full de gente, mientras los misiles continuaban cayendo sobre la ciudad.
Desde la distancia, a mí no me pareció una forma prudente de vivir ese momento; no me pareció que era un espíritu sobrio. Pero en ciertos tiempos yo creo que es algo que ha caracterizado a la humanidad toda la vida. De hecho, Cristo mismo en el Sermón del Monte de los Olivos dijo, en Mateo 24:37-39: "Porque como los días de Noé, así será la venida del Hijo del Hombre. Pues así como aquellos días antes del diluvio estaban comiendo y bebiendo, casándose y dándose en matrimonio hasta el día en que Noé entró en el arca, y no comprendieron hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos, así será la venida del Hijo del Hombre." La misma actitud de los tiempos de Noé, dice Cristo, será la actitud en los tiempos finales.
En el texto de hoy, para que puedan entender esta introducción, hay un llamado inicial a la sobriedad y a la prudencia, dos virtudes que no han caracterizado a la sociedad y en especial a nuestra generación. Nuestra generación ha sido caracterizada por el mundo secular como una generación egoísta, narcisista, hedonista, rebelde, relativista, reduccionista, y más recientemente, en medio de la pandemia o hacia el final de ella, como la generación de cristal. Eso es lo que las redes sociales, la prensa, los medios de comunicación y los autores seculares han dicho: una generación que carece de la fortaleza necesaria para enfrentar las dificultades, y que por tanto prefiere escapar de su realidad. Unos han escapado comiendo y bebiendo, y otros encerrándose en sus hogares.
El texto de Pedro hoy concluye una sección larga. Yo se la mencioné, pero probablemente lo olvidaron: una sección larga que comenzó en el capítulo 2, versículos 11 y 12, y que está concluyendo en el capítulo 4, versículo 11, el día de hoy. Es una sección larga acerca de qué se espera, o cómo debiera un cristiano comportarse en todas sus áreas, incluyendo dentro de sus distintas relaciones. Pedro continúa esta temática y la concluye hoy, y al concluirla lo hace de una forma muy peculiar: él concluye toda esa sección larga en el texto corto de hoy, brindándonos como motivación —presentándonos como motivación para vivir el Evangelio en la vida diaria— el hecho de que el fin se acerca.
No oímos muchos sermones de esa forma. Pedro hace exactamente lo mismo en su segunda carta, en 2 Pedro 3:11, de manera que lo que él dice en su primera carta lo repite de alguna forma en la segunda carta. En la segunda carta habla de que, como todas estas cosas han de ser destruidas, ¿de qué clase de persona debiéramos ser? Nosotros debiéramos vivir en santidad y piedad. En otras palabras, Pedro entiende que como el fin se acerca, nosotros debiéramos ser ejemplos, como Pablo le escribió a Timoteo y le dice: sé ejemplo de los creyentes en palabras, en conducta, en amor, en fe y en pureza.
Wow. Un hombre veterano, teólogo, misionero, pastor, le dice a su discípulo más querido, más cercano: "Timoteo, en tu juventud, comienza a ser ejemplo. Quiero que seas ejemplo en palabras cuando hablas, en conducta cuando te comportas, en amor cuando te relacionas, en fe cuando crees, y en pureza cuando miras, oyes y piensas."
Hay diferentes razones por las que un cristiano pudiera querer reflejar el carácter de Cristo. Pero es raro —extremadamente raro— que en nuestros tiempos de positivismo venga a veces un mensaje desde el púlpito donde la motivación para vivir el Evangelio en la vida diaria sea la de los tiempos finales y el retorno de Cristo que se acerca. Ese no es el tema de hoy; es la introducción de Pedro, pero no es el tema de mi mensaje. Por eso decía que era la manera como Pedro comienza, era la pandemia en la que estamos, y dado el título que yo escogí, necesitaba ser una introducción.
Recuerde que en el mensaje anterior, en 1 Pedro 4:5 de esta carta, Pedro dice que Cristo vendría a juzgar a los vivos y a los muertos. Y dos versículos más adelante comienza con este texto. De manera que lo que Pedro tiene en mente es el hecho de que Cristo vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos.
Y ahora el texto de hoy, en 1 Pedro 4:7: "Pero el fin de todas las cosas se acerca." Ahí está el anuncio: el fin de todas las cosas se acerca. "Dado eso, sean pues prudentes y de espíritu sobrio para la oración. Sobre todo, sean fervientes en su amor los unos para los otros, pues el amor cubre multitud de pecados. Sean hospitalarios los unos para con los otros, sin murmuraciones. Según cada uno recibió un don especial, úselo sirviéndose los unos a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios. El que habla, que hable conforme a las palabras de Dios; el que sirve, que lo haga por la fortaleza que Dios da, para que en todo Dios sea glorificado mediante Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el dominio por los siglos de los siglos. Amén."
El texto comienza recordándonos que el fin de todas las cosas se acerca. Se escribió hace dos mil años y todavía no se ha hecho realidad. Entonces necesitamos entender eso: dos milenios no se ha hecho realidad, y hoy en día nosotros tendríamos que decir, otra vez desde este púlpito, que el fin de todas las cosas se acerca. Pero Pedro dijo eso no tanto cronológicamente, para contarles los años, sino teológicamente. Y ahora yo necesito explicar eso.
La realidad es que el plan de redención alcanzó su punto cumbre ya hace mucho tiempo. Desde entonces no ha habido ningún otro punto más culminante que ese: en la cruz y en la tumba vacía. Y literalmente, a la luz de la Palabra de Dios —voy a tratar de mostrarlo todavía mejor—, nosotros estamos en la última fase del plan de redención desde entonces; estamos en la recta final. De hecho, en esta misma carta, en 1 Pedro 1:20, yo les leía —sí, ya hace varios meses atrás— que Pedro dice que Cristo se ha manifestado en los últimos tiempos.
Para Pedro, desde que Cristo apareció y, sobre todo, después de su cruz y la resurrección, estamos en los últimos tiempos. El autor de Hebreos coincide con Pedro en esto: "En estos últimos días Dios nos ha hablado por su Hijo." De manera que los últimos tiempos de Pedro son los últimos días del autor de Hebreos. Son nuestros últimos días. La fase final del plan de redención. Y uno de nosotros cree que esa fase final ha cobrado velocidad.
En vista de los tiempos que vivimos, tan tumultuosos, difíciles, complicados y complejos, Pedro, dos mil años atrás, dice: "Sean, pues, ustedes prudentes y de espíritu sobrio." La expresión ahí tiene que ver con el sano juicio, con el dominio propio, con una mente lógica que no toma lo que las redes sociales publican acerca de las vacunas contra el COVID y se lo cree sin ninguna evidencia, ni lógica ni científica detrás. Una mente razonable, de buen juicio. Eso es lo que él llama prudencia y espíritu sobrio. Esa es la actitud que debiéramos tener frente a la vida, puesto que Dios nos creó.
Y sin embargo, después que Dios nos creó pasó una cosa, y se han continuado pasando cosas. El mundo ha ido marchando de mal en peor, tal como fue predicho. Entonces Pedro nos ha hecho un llamado, pero nota cómo él les escribe a este grupo de personas que están dispersos a causa de la persecución, en dificultad distinta a una pandemia, pero en otro sentido en mayor dificultad, porque su vida también estaba en peligro. El régimen romano estaba contra ellos, y Pedro les dice: "Sean prudentes y de espíritu sobrio para la oración."
Cuando Pedro dice que yo sea prudente y de espíritu sobrio para la oración, él no me está haciendo un llamado a la oración genérica: "Padre, gracias por el día de hoy, gracias por los alimentos, gracias por mis hijos. Te pido que los acompañes, que los cuide, que los traiga con bien." No. Él no está llamándonos a la oración genérica, no está llamándonos a la oración ordinaria, superficial, rutinaria a la que estamos acostumbrados. Ese es un llamado a orar con vehemencia, con una fe que mueve montañas, con persistencia.
Hermanos, yo quiero continuar contextualizando el mensaje de hoy. Si una pandemia como esta, que a la luz de todas las pandemias de la humanidad es extremadamente pequeña —y puede ser que hayas perdido a un ser querido y eso te suena insensible; yo no estoy tratando de ser insensible, por Dios, sería lo último que un pastor médico que tiene que ver pacientes de COVID pudiera ser—, si esa pandemia ha sacudido las emociones de esta generación, que el mundo ha llamado "generación de cristal", te imaginas de qué forma la iglesia pasaría por un período de gran tribulación que pudiera estar —no estoy haciendo profecías aquí— pero pudiera estar al doblar de la esquina. ¿De qué manera nosotros vamos a hacer frente a eso?
Pedro dice: "Yo te voy a decir cómo. Tú necesitas un espíritu prudente, necesitas un espíritu sobrio para orar." Porque es que Pedro está señalando precisamente eso. Nuestras oraciones, no simplemente la frecuencia ni la duración —porque quizás esas no tengan nada que ver con nada—, sino la calidad de nuestras oraciones refleja la profundidad de nuestras vidas. Nuestras oraciones reflejan, o no, nuestra confianza en Dios. Nuestras oraciones reflejan la centralidad de nuestro diario vivir: Dios o nosotros. En el Padrenuestro: "Hágase tu voluntad y no la mía." Nuestras oraciones reflejan nuestro espíritu utilitarista. Vamos a Dios cuando necesitamos algo. Si las cosas van bien, no hay pandemia, no hay enfermedad, nada está afectado, no tengo carencia, no tengo falta, mis hijos no están en peligro, mis hijos están sacando buenas notas, pues no tengo mucha razón para orar. Nuestras oraciones reflejan cuánto conozco, o no conozco, el carácter de Dios.
Escucha lo que escribió Juan Owen. El título donde esta frase aparece dice: "Hipócritas en la tarea de la oración." Ya sabes qué tan convicting, qué tan productor de convicción es. "El espíritu de un verdadero convertido es un espíritu de fe y de confianza en el poder, la sabiduría y la misericordia de Dios." Habla de la oración ahora, pero primero me dice que un verdadero creyente necesita para orar un espíritu de fe y de confianza en qué: en el poder, la sabiduría y la misericordia de Dios. En otras palabras, no solamente Dios puede hacer cosas, no solamente Dios es sabio para hacer las mejores cosas, sino que Dios tiene misericordia para ver mi dificultad y obrar conforme a mi necesidad.
Entonces él dice: "Naturalmente, ese espíritu es expresado en la oración." Cuando tú oras, ese espíritu de confianza en el poder, la sabiduría y la misericordia de Dios sale a relucir. La oración no es nada más que la fe expresada. Así que vamos a vivir los últimos tiempos como por fe, y lo voy a expresar en la oración. La oración verdaderamente cristiana es la fe y la confianza del alma puesta en palabras. La oración es la respiración del alma puesta en palabras.
Jesús, estos no son los únicos tiempos sobrios. Cuando Él nació, a los dos años había un edicto para que se matara a todos los niños menores de dos años. No importa quién fuera. Si eran tiempos difíciles, imagínate que todos los niños dominicanos en Estados Unidos, donde hay muchos de nosotros, menores de dos años fueran asesinados. ¿Y tú piensas que eso fue una generación fácil de vivir? Claro que no. Y Jesús, conociendo la dificultad de sus días, en más de una ocasión pasó toda la noche en oración. Lucas 6:12. Jesús subió al monte cuarenta días en el desierto. Él supo orar con súplicas, clamor y lágrimas. Hebreos 5. El Hijo de Dios, la segunda persona de la Trinidad, clama, suplica, llora en oración. Supo orar por la voluntad del Padre, para que se hiciera la suya y no la de Él. Supo orar desde la cruz: "Padre, perdónalos a mis enemigos, porque no saben lo que hacen." Esta es la actitud de una oración de una persona de espíritu sobrio, piadoso y centrado en Dios y sus propósitos.
De manera que lo que Pedro está diciendo es: en tiempos difíciles, en la recta final de los últimos días, se requiere de oración intensa guiada por el Espíritu que mora en nosotros. Una oración confiada en la soberanía de Dios, y una oración confiada en que la oración puede cambiar las cosas, aun si no cambia a Dios. Dios ha revelado eso. Dios ha revelado que Él no es hombre para que se arrepienta. Dios no cambia de opinión, y al mismo tiempo ha revelado que hay cosas que Él no va a hacer a menos que tú las pidas. "No tenéis porque no pedís", dice Santiago. Cristo vino y dijo: "Pedid y se os dará." Eso es una garantía. "Buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá."
Pastor, ¿pero usted no piensa que todo lo que yo voy a pedir se me va a dar? Eso no es lo que Él dice. Él no dice: "Pide, que te voy a dar lo que pidas." Eso no es lo que Él dice. Él dice: "Pide, y se te dará." Entonces, aunque la garantía sea general, tú y yo tenemos que tener confianza en la sabiduría de Dios, de que hablaba Juan Owen, y en la misericordia de Dios, para creer que, aunque la oferta de que "se te dará" es general, cuando tú pidas, Dios en su sabiduría sabrá darte de manera particular y personal a ti lo que necesitas, aunque no sea lo que pides, pero será mejor que lo que pides.
¿Qué te dice? La oración cambia las cosas, o puede cambiar las cosas. La oración tiene que ser de fe, confiada. Tiene que ser tanto de fe y confiada que escucha lo que Santiago vuelve a decir, capítulo 1, versículos 6 y 7: "Pero que pida con fe, sin dudar. Porque el que duda es semejante a la ola del mar, impulsada por el viento y echada de una parte a otra. No piense, pues, ese hombre que recibirá cosa alguna del Señor." Una oración sin fe impide que cuando yo pida se me dé. No piense ese hombre que recibirá cosa alguna del Señor.
Entonces Pedro me está diciendo: como el fin de todas las cosas se acerca, sé despejado y tú prudente, sobrio, de mente lógica, autocontrolada, de dominio propio, para orar. Aprende a orar, dice Pedro. Sepa cómo; deje las añadiduras afuera si quiere, pero tiene que orar por el reino de Dios primero. Eso es lo que Pedro está diciendo.
Entonces Pedro sigue, versículo 8. Recuerda que esta sección está concluyendo una parte larga que tiene que ver con el comportamiento del cristiano en esta edad y época: "Sobre todo, sean fervientes en su amor los unos por los otros, pues el amor cubre multitud de pecados." Pedro comienza diciendo "sobre todo." ¿Por qué tú piensas que Pedro dice "sobre todo"? Está hablando de oración antes, y luego habla de amar y después de servir, y él dice "sobre todo." Bueno, es que ya se nos dijo en 1 Corintios que si tú no amas, deja de hacer el resto. Literalmente. El amor es como el hilo conductor que puede unir todas las piezas, y si tú le quitas el cordón, todas las piezas se caen y no hay ningún armazón que se pueda sostener.
Escucha cómo Pablo lo enseña a los corintios. En vista de que la iglesia tenía múltiples dones y los estaba mal usando —los dones estaban creando problema—, Pablo habló de eso en el capítulo 12 de 1 Corintios y en el capítulo 14 de 1 Corintios, y pone algo en el medio: el capítulo 13. Dice: "Bueno, antes de terminar de hablar los dones, déjame poner esto en el medio para que me entiendan. Si yo hablara en lenguas humanas y angélicas, pero no tengo amor, he llegado a ser como metal que resuena o címbalo que retiñe."
Y si tuviera el don de profecía y entendiera todos los misterios y todo conocimiento, y si tuviera toda la fe, toda la fe como para trasladar montañas, eso es lo que se requiere ahora: fe, algo de decir. Si yo tuviera toda la fe, pero no tengo amor, nada soy. Con razón es que él dice "sobre todo". Amén. Y si repartiera todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregara mi cuerpo para ser quemado, pero no tengo amor, de nada me aprovecha. Pastor, si yo estoy aquí predicando y no tengo amor por ustedes, por los que están en el filo del COVID y por los demás, y no tengo sentimientos, si no me duele el dolor del otro, dejo de predicar, me siento, que sigan cantando.
La manera como la palabra presenta el amar al otro quizás sea la forma, o el mandato —bueno, para mí yo le quitaría el "quizás"— es el mandato más contracultural de la Biblia entera, por la manera como está presentado. Es algo que cada vez que yo lo visito, claro, tengo que ir a mi desconvicción, porque es algo monumental. Amar a Dios, que es el primer mandamiento, es como entendible. Yo creo que en el Islam sus seguidores tienen cierto entendimiento de lo que es amar a Alá: Dios no es múltiple, uno solo. Estoy simplemente analizando la población general. Yo creo que en el hinduismo la gente ama sus divinidades, aunque no existen. Nosotros amamos al Dios trino, el Dios que creemos único, eterno y verdadero. Y la gente que tiene como una idea cultural del cristianismo, y en el judaísmo también, entiende el amar a Dios, aun si no lo lleva a cabo. Pero la manera como el amar al otro es presentada en la Biblia está fuera de todo parámetro; no hay nada con qué medirlo.
El llamado de Pedro en el contexto inmediato es amar a los hermanos. Él está hablando a hermanos, es verdad: "Amaos los unos a los otros fervientemente." Pero tiene que salpicar más allá. ¿Te imaginas que esa comunidad que estaba siendo perseguida, y nosotros en medio de una calamidad como la que tenemos, no fuéramos sensibles a aquellos que están en dolor y en sufrimiento? De hecho, esta comunidad perseguida, con su carencia, persecución, dolor, pérdidas y muertes, fue precisamente lo que los forzó a unirse para sobrevivir. Y eso de lo que Pedro está hablando, entre otras cosas, es que ustedes están en medio de dificultades grandes y gigantes; si encima de eso se muerden unos con otros —lo que no está pasando en la Iglesia de Cristo en nuestros días—, ¿qué chance usted piensa que tienen de sobrevivir? Es el peor momento para comportarnos de esa manera. La dificultad fue el facilitador.
Y de verdad que estoy convencido de que el mandato más contracultural, más contra la carne, más contra natura de la Palabra de Dios es este: que Cristo lo tomó y lo subió al segundo lugar después del primero, pero lo hizo semejante. "Amarás a Dios sobre todas las cosas, con toda tu alma, mente y cuerpo, y el segundo es semejante a este." Ama a tu prójimo. En otras palabras, por eso yo decía: esto no tiene parámetro de medida. O sea, ¿tú quieres que ame no solamente a mi hermano, con el que tengo dificultad, sino que quieres que ame al prójimo, al prójimo que yo no conozco?
¿Y quién es mi prójimo? ¿Te recuerdo la parábola del levita y el samaritano? ¿Te la llamo a contar? ¿Tú quieres que ame a tu prójimo? Yo no he estado en la parábola: había un hombre que quedó ahí tendido; lo habían asaltado, estaba todo herido. Y pasó un levita, pasó un sacerdote. En el Nuevo Testamento: pasó un levita, los ancianos, los diáconos, eso son de una iglesia en el día de hoy, y pasaron de largo. Pero pasó un samaritano, que se supone que era como enemigo de los judíos, y él lo atendió. ¿Cuál tú crees que fue el prójimo? Mira cómo Cristo nos presenta la contracultura de este mandato.
Lucas dice: "Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis?" Si amas a tu esposa y ella te ama, si amas a tus hijos y ellos te aman, si amas al pastor y él te ama, si amas al hermano de la iglesia y él te ama, ¿qué mérito tenéis? "Jesús, te estás relajando. Tú no sabes lo difícil que es amar a mi hijo, a mi esposa." También los pecadores aman a los que los aman. Esto no es fácil. La forma como Dios nos manda a amar, como hijos de Él que somos, está fuera de todo paradigma. Esto es lo que Dios me está diciendo; lo estaba pensando ayer mientras meditaba sobre esto. El amor con el que yo te he amado es infinito. Entonces no puedes recibir mi amor infinito y quedarte con él, porque Yo no te amé después que fuiste mi hijo; Yo te amé cuando eras mi enemigo. Romanos 5 dice: eras mi enemigo y te amé infinitamente. Y ahora tú lo único que puedes devolver, en el mejor de los casos, es un amor finito. Entonces lo único que te estoy pidiendo es que devuelvas de forma finita lo que has recibido de forma infinita, y que cuando lo devuelvas, lo devuelvas a todo el mundo. Pero a todo el mundo, en serio.
No es una ocasión; leí esta ilustración. Un hermano le dice a otro: "Mira, yo realmente no te puedo amar como a mi hermano." Y este otro, que era más maduro, le dice: "Bueno, está bien; pues ámame como a tu prójimo." Y le dice: "Bueno, verá, yo tampoco te puedo amar ni siquiera como a mi prójimo." "Está bien, entonces ámame como a tu enemigo." Porque la Palabra nos llama a amar a nuestros enemigos. Yo creo que ahora entiendo mejor el "sobre todo" de Pedro: "Sobre todo, amaos fervientemente."
Yo llegué varias semanas atrás predicando un mensaje que se llamó "El amor genuino, la marca distintiva del cristiano." Porque la marca distintiva del cristiano... por lo que yo puedo decir internamente y espiritualmente: la marca distintiva del cristiano es la morada del Espíritu Santo, sí, pero por eso no se ve. La marca distintiva que sí se ve en el cristiano es el amor. Por eso conocerán que son mis discípulos: si se aman los unos a los otros. Cuando tú llegas al fruto del Espíritu en Gálatas 5:22-23, el primero de los nueve que están ahí enlistados es el amor. Y como quien dice, los otros siete no están ni siquiera para los demás, porque no van a estar. Y Pedro me dice que tenemos que ser fervientes en amor. La palabra traducida como "ferviente" puede significar incluso casi como una devoción al otro, como una devoción a mi hermano.
Daniel Doriani, un hombre de Dios entendido en la interpretación bíblica —tuve el honor de conocerle porque ha sido miembro de la Coalición por el Evangelio, The Gospel Coalition, el sector angloparlante—, en su comentario dice que ese amor cubre muchos pecados, no tapándolos ni expiándolos, ya que Jesús es quien los expía, sino que nosotros cubrimos los pecados perdonándolos, y los perdonamos incondicionalmente, ya que nosotros fuimos perdonados de manera incondicional. Y cuando hacemos eso, estamos imitando a Dios.
Una vez más, amar no es fácil porque eso no es de la carne; por tanto no es fácil. La carne lo único que puede experimentar es el eros. Y nosotros llamamos al eros amor; es algo que sentimos cuando las hormonas del placer suben los neurotransmisores. El análisis honesto y sincero dice: no, eso no es amor, eso es pasión. Que la pasión puede ser usada por Dios para energizar otro tipo de amor, sí, pero eso no es amor en sí, porque eso lo tienen hasta los animales, con hormonas y neurotransmisores también. Y sienten eso y tienen una reacción similar a la nuestra cuando lo experimentamos.
El amar no es fácil porque tiene que ver con el otro, y nosotros nacemos, crecemos y vivimos centrados en nosotros mismos. Estamos tan centrados en nosotros mismos que nos encanta planificar nuestra propia muerte. Tú dices: "No estoy diciendo que quiero morirme; quiero planificar lo que quiero que pase antes de morirme." Que lo hagan como quieran los que estén vivos; ya yo me morí, y donde quieran y con lo que puedan. No nos olvidemos: antes de morir, como decía la hija de uno de los presidentes de los Estados Unidos — el problema del que me dijeron es que cuando él está en una boda quiere ser la novia, y cuando está en un funeral quiere ser el cadáver —, quiere el centro de atención. El Trump dice en uno de sus libros —en varios de sus libros, de hecho— que la raíz del pecado es el egoísmo. Y decimos que no somos egoístas, pero nos contradecimos continuamente. Nuestras decisiones usualmente no son tomadas sin que antes hayamos considerado de qué manera esa decisión me va a afectar a mí.
Cuando Cristo se encarnó, Él no consideró de qué forma la encarnación lo iba a afectar a Él, que lo afectó para siempre: le dejó un cuerpo humano que Él no tenía. Y hablando en términos del cuerpo glorificado, glorificado, pero le dejó cicatrices que Él pudo enseñar a Tomás. Cristo no consideró de qué manera su encarnación lo afectaría a Él; lo que Él consideró fue de qué manera su no encarnación me afectaría a mí. En la parábola del buen samaritano, el sacerdote y el levita que pasaron calcularon de qué manera ayudar a ese hombre los iba a afectar a ellos: supuestamente los iba a contaminar. El samaritano que pasó consideró: "Si yo no lo ayudo, ¿qué es lo que le va a pasar a él?" Ahí está la diferencia.
Entonces, el amor tiene que ver con el otro y tiene que ver conmigo, en el contexto de que yo sé quién soy, pero lo que lo hace difícil es que la centralidad se mueve de mí al otro. El no ser egoísta para yo poder amar requiere la capacidad de tomar una decisión a favor del otro que al mismo tiempo potencialmente me va a perjudicar a mí. Como el samaritano: primero tuvo que desviarse, tuvo que encontrar un mesón, tuvo que montar a este hombre a caballo. Cómo lo montó a caballo, imagino que él se fue a pie, porque no creo que si va a llevar a este hombre todo herido lo pusiera allí y siguiera a caballo; probablemente lo puso ahí y se fue a pie llevando el caballo, lo dejó en el mesón, le pagó dinero para que lo cuidaran, y le dijo: "A mi regreso, si todavía hace falta más, te pagaré más dinero."
Él tomó una decisión que lo afectó y de hecho lo perjudicó a él. De eso trata el amor al prójimo, no era su hermano. Eso definió para nosotros cuándo es que una persona puede amar. 2 Corintios 5:15: "Para que aquellos que ahora viven ya no vivan para sí" —ahí está el ADN del pecado—, "sino para aquel que vivió y murió por ellos y resucitó por ellos." Y eso es lo que significa vivir para Cristo en términos prácticos: que tu vida refleja el Evangelio continuamente a un mundo que te observa. Vivir el Evangelio implica reflejar a Cristo, implica que vives el Evangelio delante de un mundo que te observa. Cualquier otra cosa es deshonrar el Evangelio.
Por eso Pedro nos llama a ser sobrios en la oración, fervientes en el amor al prójimo —tiene que ver con amor otra vez—, hospitalarios los unos para con los otros sin murmuraciones. El pastor le odió a esto, se me han pasado, y lo ilustro de forma jocosa al mismo tiempo. La palabra "hospitalario" en el original es una palabra compuesta de "xenos," que significa extraño, y "fileo," que significa amar: amar al extraño. Esa sería la idea. En la antigüedad había más necesidad que hoy en día, había pocos hoteles, pocos lugares donde quedarse. Pero la hospitalidad no implica ni siquiera pasar una noche en ningún lugar; la hospitalidad puede ser que visites a alguien por dos horas, o que invites a alguien a comer.
Y ahí yo tengo que felicitarlos, porque la gente que ha venido de fuera y ha pasado entre nosotros invariablemente —hasta donde yo sé, en el 100% de los casos— ha comentado la hospitalidad que ustedes les han brindado como congregación: no solamente cuando fueron a comer con ellos o cuando quizás los alojaron en sus casas, sino aun aquí, recibiéndolos en la iglesia, cómo les sirvieron en el camerino y todo lo demás. De manera que eso es una forma de amar, y eso es algo que nosotros necesitamos practicar continuamente. Lo vemos en "sin murmuraciones"; yo lo ilustré muy bien la semana anterior, porque invitar a alguien para luego condenarlo no es ser hospitalario.
Entonces, ¿qué implica ser hospitalarios? Ser hospitalarios es hacer que el otro se sienta como si estuviera en su casa. ¿Es posible que yo haya mencionado eso? Hacer que el otro se sienta como si estuviera en su casa. No está en su casa, pero tú haces todo lo posible para hacerle sentir de esa manera. Y eso fue como Dios nos recibió a nosotros, que éramos extraños. De hecho, Pablo escribe a los efesios y les dice en el capítulo 2, versículo 12, que nosotros estábamos separados de Cristo, extraños. Una de las traducciones dice: excluidos de la ciudadanía de Israel, extraños a los pactos de la promesa, sin tener esperanza y sin Dios en el mundo. En esa condición Dios me llamó.
Está claro que Dios fue hospitalario conmigo y me hizo sentir como en mi casa, como en mi familia. Y ahora Dios nos dice —¿saben qué?—, igual que hablamos del amor: el amor infinito, el único puede volver al amor infinito, pero devuélvelo, no te quedes con él. Ahora Dios me dice: "Yo te recibí como un extraño, te recibí como en mi casa, como en mi familia. Pues tú también a los otros recíbelos de manera parecida." No lo vas a hacer tan bien como Él, pero trata de reflejarlo. Recuerda que este texto tiene que ver con el final, la conclusión de cómo un cristiano debe comportarse. Sería bueno que esta tarde, mañana, esta semana, lo tomes como meditación: 1 Pedro 2:11-12 hasta el hilo corrido sin parar hasta 4:11. Ahí usted ve cómo tú y yo debiéramos comportarnos.
Luego, entonces, Pedro nos llama a servir como expresión de la gracia multiforme de Dios. Ya lo voy a leer ahora el versículo completo, pero, ¿te puedes imaginar eso? Mi servicio a ti no es simplemente una relación horizontal; tiene una dimensión vertical, porque mi servicio a ti, o el tuyo a mí, o el tuyo a otros, se supone que sea una expresión de la gracia multiforme de Dios llegando a los hombres a través de múltiples personas, sirviendo en múltiples lugares, en múltiples formas, en múltiples situaciones. "Según cada uno ha recibido un don especial" —no puedes decir, si eres cristiano, que no tienes ningún don; eso contradice la Biblia; puedes tener más de uno, pero ninguno no puede ser—, "según cada uno ha recibido un don especial, dado a ti solamente para una función particular, úsenlos sirviéndoos los unos a los otros como buenos administradores de la gracia multiforme de Dios."
En otras palabras, cuando yo no sirvo con el don que he recibido, estoy bloqueando la expresión de la gracia de Dios hacia los demás, porque Dios me dice: "El don que se te ha dado es para que lo expreses como una manifestación de mi gracia," y yo no lo hago. Entonces, ¿cuán bien lo tengo que hacer si tengo que reflejar la gracia multiforme de Dios? Cuando nosotros servimos como debe ser, hacemos lucir bien a Dios. Es una expresión un poco humana, pero es la idea, porque cuando servimos bien reflejamos la imagen de Cristo, y cuando reflejamos la imagen de Cristo hacemos lucir bien a Dios ante los demás. Él fue la máxima expresión de lo que es ser un siervo.
Servir no es natural para nada, porque la cosmovisión del hombre caído —y todavía tú y yo, aunque estamos redimidos, representamos en parte todavía la caída— es autocentrada en sí misma, autoconfiada, comprometida con su seguridad, comprometida con su comodidad, comprometida con sus propios intereses y autojustificada. Hay personas que hacen muchas cosas, hay personas que son muy activas, hay personas que no paran de hacer cosas, son proactivas, y no son siervos. Porque la diferencia entre eso y un siervo es que el siervo no tiene su satisfacción en la manera como se autosatisface al servir, ni en el poder que tiene, ni en el reconocimiento que tiene, ni en la fama que tiene, ni en la reputación que tiene, ni en el dinero que quizás le venga de hacer esas actividades. El gozo y satisfacción de un siervo es única y exclusivamente el bien que le rinde al otro. Nada más. Cuando esa no es mi motivación, acabo de descubrir que no soy un siervo.
Ay, ay, ay, pastor. Cuando me van literalmente, hermano, yo no hago nada con ser un fiscal aquí arriba; yo tengo que ser pastor, eso es lo que yo soy. El pastor pastorea, pero el pastor necesita reflejar la verdad de Dios como está expresada en la Palabra. Y ciertamente, si Cristo es el modelo de siervo por excelencia y luego me ponen a un Pablo y demás, cuando yo me percato de que servir a la necesidad del otro no es mi motivación, acabo de descubrir que no soy un siervo. Estoy llenando una responsabilidad. Alguien pudiera decir: "Bueno, yo no tengo el lugar donde dar este servicio, por eso yo no sirvo." Bueno, el que no sirve, pues no sirve. Esa es la realidad.
La inclinación natural nuestra, ¿cuál es? Hacernos buenos a nosotros mismos. Es decir, naturalmente yo rechazo aquello que me importuna, me quita tiempo, me interrumpe, me quita concentración; aquello que me incomoda, aquello que me hace sentir como que no estoy en mis cabales. ¿Saben por qué? Porque tan pronto nacimos, y tan pronto tenemos como un poquito de idea de cómo pensar y articular algunas palabras, nosotros hacemos una alianza, un pacto. ¿Con quién? Con nosotros mismos. Y sí es un pacto sagrado. Ahí sí es verdad que el sí es sí y el no es no. Ahí sí es verdad que yo no necesito nada escrito para cumplirlo. Yo tengo la Palabra escrita y no la cumplo, pero el pacto que yo hago conmigo, mira, eso no lo rompo, porque soy un hombre de palabra —en serio, de palabra de mí mismo—.
Recuerda: cada uno ha recibido un don especial. Entonces, ¿para qué me lo dieron? Úselo sirviéndoos los unos a los otros. La función del don es el servicio, y la meta del don —lo que va a alcanzar— es aliviar la necesidad que el otro tiene. Y cuando eso ocurre, Dios dice: "Ahora sí estamos hablando. Ahora en ti yo tengo un espejo que refleja mi gracia multiforme hacia los demás." Escucha cómo Pablo se lo explica a los corintios, que no sabían qué hacer con los dones y los estaban usando de forma egoísta. Increíble: nos dan los dones y los usamos de forma egoísta. Nos dan la oración y la usamos de forma egoísta. Nos dan el púlpito y lo usamos de forma egoísta. Es increíble.
1 Corintios 12:4-6: "Ahora bien, hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. Hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. Y hay diversidad de operaciones, pero Dios, que hace todas las cosas en todos, es el mismo." ¿No ves a la Trinidad entera involucrada en los dones? Diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. El Señor, en el contexto en que está usado, es Cristo, pero Cristo es el mismo. Y Dios, que es el Padre, es el mismo. La Trinidad está involucrada en mi salvación, la Trinidad está involucrada en mi santificación, la Trinidad está involucrada en el dar de los dones y en el uso de los dones.
Por eso es que Pedro concluye con una doxología y dice que los dones son dados para glorificar a Dios. Mira cómo lo dice, versículo 11, parte final: "El que habla, que hable conforme a las palabras de Dios; el que sirve, que lo haga por la fortaleza que Dios da, para que en todo Dios sea glorificado mediante Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el dominio por los siglos de los siglos. Amén."
Según este texto, la meta del don es que Dios sea glorificado. Por eso los corintios estaban tan desfasados: tomaron los dones, se glorificaron a sí mismos, empañaron la imagen de Dios, pisotearon la imagen de Cristo, y con eso no estaban mostrando que entendían el propósito de los dones. Por eso Pablo usa toda esta argumentación para ayudar a entender el fin de los dones.
Pedro dice que el que habla, que hable conforme a las palabras de Dios. Algunos han entendido —me explico primero— que eso se refiere mayormente a los que enseñamos y predicamos. Puede ser que esa sea la interpretación inmediata, pero cada cosa que la Palabra dice tiene que tener una aplicación más amplia para todo el mundo, porque de lo contrario no me sirve de mucho. Entonces, yo creo que lo que la Palabra nos está diciendo, si pensamos que se refiere a eso, es que de esa misma forma cuando yo hablo con otro, puedo hacerlo en la fortaleza de la carne o puedo hacerlo en la gracia que Dios da, y lo hago con amor sincero, interesado en el bienestar del otro, para fortalecerlo, para consolarlo, para animarlo, con la intención de glorificar a Dios.
Yo creo que en ese sentido, al hablar, estoy hablando conforme a las palabras de Dios, porque todo eso que acabo de decir está aquí: que yo debo consolar, animar, fortalecer y sanar al otro con mis palabras. Por otro lado, cuando nosotros hablamos con alguien sin tomar en cuenta el corazón del otro, ni la gracia del Evangelio, ni la gloria de Dios, yo no estoy hablando conforme a las palabras de Dios. Yo estoy hablando conforme a mis propias palabras.
Pedro agrega en ese versículo 11 —ya lo leí, pero veámoslo un poco mejor—: "el que sirve, que lo haga por la fortaleza que Dios da." Nota cómo los dones están supuestos a operar. Si voy a servir, si voy a predicar —de hecho, venía en la madrugada, estaba meditando sobre esto y oré acerca de esto— es bueno que yo no predique en mi propia fortaleza, dice el texto. Sirva en la fortaleza que Dios da. Entonces me acordé, entre las reflexiones de la madrugada, que Pablo dice que mientras soy débil, entonces soy fuerte. Y le decía al Señor: "¿Sabes que esta mañana yo necesito ser extremadamente débil en el púlpito, para que yo pueda ser fuerte y que este versículo se haga realidad hoy en el púlpito?"
Porque dice que cuando yo sirva, sirva conforme a la fortaleza que Dios da, pero la fortaleza que Dios da depende de mi debilidad, porque cuando estoy débil, entonces soy fuerte. Por eso el ejercicio de los dones nos cansa tanto: porque lo estamos haciendo en nuestra propia fortaleza y no en la fortaleza del Otro, que es Dios.
El que sirve, que lo haga por la fortaleza que Dios da. Cuando nosotros vemos la operación de los dones, nos damos cuenta de que son sobrenaturales. Cuidar de la iglesia, que es una institución sobrenatural, que es la morada del Espíritu Santo, basándonos en sabiduría natural, en talentos naturales, en entendimiento natural, no solamente va a dañar la iglesia, nos va a dañar a nosotros, no va a glorificar a Dios, nos va a cansar y nos va a drenar.
Hermano, tú puedes ser un gran orador con una riqueza de vocabulario extraordinaria, un gran talento, capaz de impresionar a los hombres. Pero tú puedes ser un predicador que tiene un don —ya no un talento— dado por Dios, y quizás no habla tan elocuentemente como el orador. El orador impresiona la mente; el predicador, menos elocuente quizás, no simplemente impresiona la mente: impacta la mente y cambia el corazón, porque tiene el endoso de Dios detrás. Y eso es lo que crea la administración del Espíritu y lo que crea la transformación de aquel a quien Dios ha llamado. La enseñanza sin el endoso de Dios, sin la unción de Dios, cae en terreno árido.
"Pastor, yo no sirvo porque no tengo el don." Bueno, me voy a recordarte que la Palabra habla de dones y responsabilidades. El dar, por ejemplo, es un don; la Palabra describe diferentes listas de dones. Entonces imagínate que alguien diga: "Pastor, yo tengo veinte años en la iglesia y no he dado nada; ese es un don que no lo tengo." Bueno, puede ser que no lo tenga; si tiene algún tiempo en la iglesia y no ha dado nada, pues no lo tiene, pero está faltando una responsabilidad que sí tiene.
Resulta que el servicio —"Pastor, yo no sirvo porque no tengo el don"— no solamente es una responsabilidad. No, es peor que eso, o es mejor que eso: es un llamado. Ahora sí me lo complicaron, porque el servicio es algo a lo que no puedo eludir, porque si eres hijo de Dios tienes un llamado a servir, y no simplemente una responsabilidad. Escuche cómo Pablo lo dice, en Filipenses 2:3-4, como el Espíritu de Dios lo dice a través de Pablo: "Nada hagáis por egoísmo" —te acuerdas que hablamos de eso— "o por vanagloria. Nada, absolutamente nada que esté centrado en ti o para tu propio beneficio, sino que con actitud humilde cada uno de vosotros considere al otro como más importante que a sí mismo, no buscando cada uno sus propios intereses, sino más bien los intereses de los demás." Eso es servicio, y ese es tu llamado.
Y el versículo 5, no te lo voy a leer, pero sabes lo que sigue: "Haya, pues, en vosotros la misma actitud que hubo en Cristo Jesús, que siendo igual a Dios, no consideró su igualdad con Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo." En otras palabras, Filipenses 2:3-4 y el versículo que le sigue te muestran a Cristo y te dicen lo que Él hizo, y eso debe darte una idea de lo que se supone que nosotros también debiéramos hacer.
Eso no solamente que es difícil; sin amor es una imposibilidad. Pero resulta que 1 Juan nos dice que si yo digo ser hijo de Dios y no amo, no es verdad que yo soy hijo de Dios. Bueno, ahora sí está difícil. La falta de amor milita en contra de mi conversión.
Ya Dios usará eso. El servicio, ¿cómo sé si tengo el don de servicio? El servicio va a todo el mundo, no a quienes con quienes yo simpatizo. Porque lo que motiva mi servicio no es que yo simpatizo contigo. No. Yo quiero mucho a mi pastor; mira, él tiene quince años conmigo y me ha servido, y entonces al otro no le sirvo, porque no. Porque lo que motiva el servicio no es que yo simpatizo con el otro, sino la necesidad del otro.
En el cierre, por lo menos, nosotros no estamos tan autocentrados. Claro que es el don; queremos usar el don con la gente que me gusta y me atrae y yo quiero, o que por lo menos me glorifique, me beneficie a mí. No, porque tú tienes el don no para ser glorificado; yo sé que es para glorificar a Dios, específicamente a Cristo, a quien pertenece la gloria y el dominio por los siglos de los siglos.
Los corintios recibieron grandes dones. Tengo que cerrar. No glorificaron a Dios con ellos. Eran inmaduros, niños en la fe, niños espirituales. Si hay algo que queda claro de estos dones —y el servicio es uno de ellos— es que los dones no pueden operar; no es que se les hace difícil, no pueden operar divorciados del amor. Nada puede operar divorciado del amor. El evangelio no puede ser vivido divorciado del amor. Dios no puede ser glorificado divorciado del amor.
Pero nos recuerdan: esto es tiempo final, esto es tiempo de pandemia, esto es tiempo difícil. ¿Sabes que nosotros tenemos un llamado a la sobriedad, al espíritu de oración? Tenemos un llamado a amarnos unos a los otros fervientemente. Tenemos un llamado a servirnos de una manera que refleja la multiforme gracia de Dios de manera extraordinaria. Eso es tu llamado, mi llamado. Nada de eso tiene mérito separado del amor de Dios que nos ha entregado de manera infinita.
Quizás la efectividad de mi vida cristiana está más relacionada a la calidad de mi amor para con otros que a mis devocionales o mi tiempo de oración, porque el apóstol Pablo dice que todo eso pierde su valor en ausencia del amor. El amor es el capítulo trece, y el llamado es a servirnos. Ahora, ¿puedo servir sin amar verdaderamente? Vamos a orar.
Cierra tus ojos. Señor, en ese texto hay de todo para todo el mundo, incluyendo quien predica. De manera que nosotros todos pudiéramos —debemos— orar con prudencia y espíritu de oración ahora mismo. Y al orar, comenzar diciendo: "Señor, perdónanos." Y ahí tú pones una raya y en el espacio en blanco: perdóname por la calidad de mi oración, mi falta de oración, la frecuencia de mi oración, los altos y entradas de mi oración, lo egoísta de mi servicio, mi falta de servicio, mi disponibilidad o no disponibilidad para aun mis hermanos en la iglesia y los de afuera, mi falta de sensibilidad.
Perdónanos por la calidad de la oración, la calidad del amor, la calidad del servicio o no servicio. Perdónanos por no reflejar tu gracia multiforme como tú nos llamas. Quizás este es un buen día para que tú no solamente te arrepientas, sino que quizás le digas: "Señor, yo en el día de hoy quiero hacer algunas promesas."
Quizás algunas tienen que ver con buscarte más íntimamente para que me llenes de tu amor, porque el amor viene de ti para yo poder amar mejor y verdaderamente a otros. Quizás tú quieres hacer algún tipo de —le voy a llamar promesas—, o compromiso; quizás hacer una mejor palabra: un tipo de compromiso de que vas a servir, te vas a poner a disposición de otros y de tu iglesia, incluso para servir en cualquier capacidad con el don que Dios te ha dado. Quizás haces un compromiso de tener un espíritu más sobre la vida, y en especial a la hora de orar y a orar con prudencia.
Yo quisiera en esta mañana hacer esa oración final. Y que si cualquiera que sea tu arrepentimiento en el área que sea, o tu compromiso, o ambas cosas en el área que sea, si eso es algo que tú quieres responder en esta mañana de lo que Dios te ha hablado y que tú estás dispuesto, por ahí donde estás, ponte de pie. Yo voy a orar desde aquí y tú ora con Dios.
"Si oyereis su voz, no endurezcáis vuestros corazones", dice la Palabra. Señor, una vez más, perdónanos. Ya hemos hablado de qué cosas. Una vez más, ahora me comprometo contigo a orar mejor, a servir mejor, a amar mejor. De manera particular te pedimos que nos des tu amor para servir a los tuyos, al prójimo y aun al enemigo, los cuales aun mentarán en los últimos tiempos como tú mismo has revelado. Ayúdanos, Señor. Danos ciernos para tu gloria de forma extraordinaria. Gracias por tu Palabra, gracias por tu confrontación, gracias por tu sanación, gracias por tu perdón, gracias por tu santificación. En Cristo Jesús, y su pueblo dice: amén, amén.
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