La obediencia no es opcional para quien se llama discípulo de Cristo. La Gran Comisión no solo ordena ir y hacer discípulos, sino enseñarles a guardar todo lo que Jesús mandó —no parte, no lo que nos resulta cómodo, sino todo. Esta obediencia debe enseñarse intencionalmente porque los buenos valores no se absorben por ósmosis como los malos; requieren repetición constante, tiempo compartido entre maestro y discípulo, y un modelo que no contradiga lo enseñado. Por eso la Gran Comisión comienza en el hogar: los hijos son los primeros discípulos, y si el discipulado no ocurre allí durante las 165 horas semanales fuera de la iglesia, dos o tres horas de enseñanza dominical producirán poco fruto.
Adán hundió a la humanidad en desobediencia, y desde entonces ningún ser humano —excepto Jesús— ha cumplido completamente la ley de Dios. Cristo vino a restaurar la obediencia a su lugar original. Pero nuestra obediencia no acumula méritos ante Dios; entramos al reino por los méritos de Cristo, no por los nuestros. Entonces, ¿cómo obedecemos más consistentemente? Jesús lo repitió cuatro veces en Juan 14: "Si me amáis, guardaréis mis mandamientos." El amor es la única fuerza capaz de vencer los deseos de la carne. El problema es que no amamos a Dios tanto como creemos, y la prueba está en nuestra desobediencia recurrente.
¿Cómo se aprende a amar a alguien? Pasando tiempo con esa persona hasta descubrir sus encantos. Los discípulos no están pasando suficiente tiempo con el Maestro en su Palabra, en oración, en adoración. Permanecemos ocupados porque eso justifica no buscar a Dios, y así perpetuamos el ciclo de desobediencia. La tarea es clara: formar discípulos que amen a Dios lo suficiente para obedecerle, comenzando por los más cercanos.
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¡Vamos a ver lo que Dios tiene para mi vida en su Palabra! El día de hoy vamos a terminar nuestra serie que hemos titulado, que titulamos en un momento dado, "A ser discípulos". Este es nuestro quinto mensaje de esta serie, y como recordarán, los tres primeros los dedicamos a la idea de que tenemos que ir. Yo creo que no hay duda, a la luz de lo que estuvimos viendo, de que Jesús nos dejó de una manera muy clara que tenemos la obligación de ir. No necesariamente convertirnos todos en misioneros, pero hay una forma en que, aún sin ser misionero, yo puedo ir dentro de lo que es el contexto en el que estoy viviendo y trabajando.
El mensaje anterior, el cuarto de esos mensajes, lo dedicamos a ver cuáles son las cosas que son requeridas, que deben estar presentes en nosotros para ser motivados a ir. Pero en el día de hoy yo quiero dedicar atención a una parte del mensaje que está en la Gran Comisión y que todavía no ha sido tocada. Recordemos que en el cuarto mensaje del domingo anterior estuvimos hablando acerca del concepto de lo que es un discípulo, de la vida cruzcéntrica de ese discípulo, de cómo ese discípulo ha hecho de su relación con Dios la prioridad de su vida, por encima de toda otra relación humana y por encima de toda otra posesión.
Pero aún dentro de lo que es la Gran Comisión, dentro de las palabras que encierran la Gran Comisión, hay un tercer aspecto. Yo quisiera leer nuevamente los versículos 19 y 20 de Mateo 28, y con esos cerramos nuestra serie: "Id, pues, y haced discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado; y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo."
No hay duda de que hay tres mandatos claramente identificables. Número uno, número dos: "haced discípulos", que está en el imperativo, dijimos; y número tres: "enseñarles a guardar todo lo que os he mandado". Cubrimos los dos primeros, pero el tercero está encerrado en esas palabras, "enseñarles a guardar todo lo que os he mandado", y es por eso que en el día de hoy yo he escogido como tema de mi mensaje este título: la obediencia es la característica del discípulo. La obediencia es la característica de un verdadero discípulo.
Padre, gracias porque Tu Palabra nos ayuda a seguir expandiendo las ideas que Tú pones en nuestra mente y en nuestro corazón por medio de Tu Espíritu. Cada uno de nosotros que te ha recibido, y en alguna forma en algún momento se ha considerado un discípulo Tuyo; sin embargo, hay cosas que Tú dices en Tu Palabra que quizás no están presentes en cada uno de aquellos que nos llamamos Tus discípulos. Ayúdanos a ver, Dios, ayúdanos a ver: ¿qué es eso que tiene que estar presente si verdaderamente yo voy a identificarme como Tu discípulo? Ayúdanos a ver a cada uno de nosotros; te rogamos que hagas una introspección hoy por medio de Tu Espíritu y de Tu Palabra, Tu Palabra que es capaz de discernir los pensamientos y las intenciones del corazón. Que Tu Palabra haga eso con cada oyente, y aún con el predicador, de tal forma que yo pueda ver exactamente dónde estoy con relación a la escalera de la obediencia, y permite que al entender lo que Tú has de decirme, yo pueda hacer un discípulo más obediente a Tu Palabra. En Cristo Jesús te lo pedimos.
Aquí están las palabras: "enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado". Esa es una frase corta, pero es una frase que tiene no menos de tres enseñanzas, y yo quisiera ir desempacándolas poco a poco, una a una. La primera que yo quiero que veamos es que la obediencia es algo que se enseña: "enseñándoles a obedecer, enseñándoles a guardar". Y eso es algo que Dios muestra en Su Palabra: los discípulos no se hacen por osmosis y no aprenden por osmosis.
Aquí hay quienes han estado en los cursos de discipulado del segundo piso. En algún momento se toparon con una clase que tiene el nombre de "La formación de una mente bíblica". En esa clase hay un concepto que habla de los valores, los buenos y los malos. Se dice entonces que los valores malos nosotros los vamos absorbiendo a lo largo de la vida, como que se nos van pegando, por así decir, se nos van adhiriendo a nuestras vidas por osmosis, como algo que nosotros no tenemos que necesariamente buscar. Pero que lo mismo no ocurre con los buenos valores, que ellos necesitan ser enseñados una y otra vez, que ellos necesitan ser pasados a aquellos que están siendo entrenados. Y eso es algo que está en la Palabra de Dios de manera reiterativa desde un principio.
Parece bien entendido, pero cuando tú observas las vidas de aquellos que se llaman hijos de Dios, te das cuenta de que la mayoría está como esperando que los hijos, que son los primeros discípulos, u otros discípulos, vayan aprendiendo por osmosis. Escucha lo que Dios comienza diciendo en el libro de Deuteronomio, capítulo 6: "Y estas palabras que yo te mando hoy estarán sobre tu corazón; diligentemente las enseñarás a tus hijos, y hablarás de ellas cuando te sientes en tu casa y cuando vayas después por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes."
La Gran Comisión comienza en el hogar, comienza con los hijos; esos son tus primeros discípulos. De hecho, si el discipulado en el hogar no está teniendo lugar, la efectividad del discipulado en la iglesia será muy pobre; eso es una gran realidad. Una, dos o tres horas a la semana de contacto con el discípulo no nos permiten crear en la mente y el corazón la imagen de Cristo, si el trabajo no está teniendo lugar en la casa en las otras 165 horas de la semana. Yo quería decir que la Gran Comisión tiene su inicio cuando los padres son cristianos en el hogar, ahí con los hijos, donde tú tienes la obligación de repetir estas palabras que Dios nos mandó, nos ordenó, todo el tiempo: cuando ellos se sientan, cuando ellos van por el camino, cuando ellos se acuestan, cuando ellos se levantan. En otras palabras, no hay un momento, una situación, una circunstancia del día donde de una u otra forma tú no estés hablando precisamente y pasando a la próxima generación el legado de la enseñanza que Dios ha dejado.
La corrección de lo que está mal hecho es parte del discipulado, pero no es el discipulado. Y muchas veces lo que ocurre de maestros a discípulos, especialmente en el contexto del hogar, es que hay muchas cosas que se dicen cuando el discípulo, el hijo, ha actuado mal. Pero la realidad es que yo necesito pasar mucho más información y enseñanza cuando él está andando bien, para que luego, cuando él esté andando mal, yo pueda corregirlo y a él le haga sentido la corrección. La calidad del discipulado depende: de la calidad de lo que se comparta, número uno; número dos, de cuánto el maestro se parece a lo que está compartiendo; y finalmente, a la cantidad de tiempo pasada entre el maestro y los discípulos.
En la antigüedad, el concepto en Grecia de un discípulo era un mathetés, pero un mathetés era cualquier estudiante. En el contexto hebreo en el que Cristo está levantando, educando y enseñando a Sus discípulos, esa no era la idea. La palabra para el discípulo era talmid, y el plural era talmidim. Y los talmidim se mudaban con sus maestros. Como pasó con los doce apóstoles, eventualmente pasaban las 24 horas del día juntos, escuchando continuamente sus enseñanzas, y la idea era que ellos llegaran a ser tal cual era su maestro. Cristo no ha dejado esa tarea, porque Él está haciendo con nosotros discípulos que puedan reflejar Su imagen, de tal manera que Él también quiere que nosotros lleguemos a ser eventualmente tal cual Él es. Entonces, mientras más tiempo el maestro y los discípulos pasan juntos, mayor puede ser la cantidad de enseñanzas que han de ser pasadas, y eso debe comenzar en el hogar.
La enseñanza es vital porque la información que recibo me saca de la ignorancia que antes tenía, cuando no conocía lo que debía obedecer. Y por eso la Palabra de Dios nos habla de repetir continuamente. La repetición es la clave del aprendizaje. Eso se ha dicho y se ha oído múltiples veces. Primero, porque yo necesito oír las cosas más de una vez para poder fijarlas. Y número dos, porque la reacción humana normal más frecuente es que cuando oye una verdad con la cual no está de acuerdo, la primera reacción tuya y mía usualmente es la del rechazo. La segunda reacción es la de considerarla, cuando la vuelvo a oír la segunda vez, y la última reacción es la de finalmente aceptarla, después de haberla rechazado en primera instancia.
Eso es lo más natural. Por eso estas palabras que yo te mando hoy las repetirás a tus hijos todo el tiempo: cuando te levantes, cuando te acuestes, cuando vayas por el camino, cuando te sientes. Eventualmente ellas irán calando en su corazón. Y luego entonces, después de hablarlas, las modelas de una manera que lo modelado no contradiga lo enseñado. Y eso es lo que Cristo está tratando de decirle a estos discípulos antes de irse: ustedes vieron el tiempo que yo pasé con ustedes; ustedes necesitan pasar tiempo con los discípulos que han de formar. Esto requiere tiempo. Enséñenles las mismas cosas que ustedes han aprendido. Las clases dominicales, los sermones, los grupos de parejas, los grupos de jóvenes tienen la intencionalidad de contribuir, solamente contribuir, porque esto tiene que pasar en el hogar primero y en mayor cantidad de tiempo, a contribuir a la formación de la imagen de Cristo, de un corazón con valores bíblicos a la imagen de nuestro Señor. Enseñar a obedecer es una de las funciones principales del discipulador, del maestro.
Cuando Adán desobedeció, él dio a la raza humana a la desobediencia hasta el día de hoy, hasta el punto de que desde que Adán desobedeció, a pesar de que billones de personas se han pasado por este planeta, no ha habido una sola persona que haya obedecido completamente, fuera de la persona de Jesús. Billones de personas han venido, billones de personas se han ido, y una sola persona, fuera de la persona de Jesús, no ha podido aún obedecer la ley de Dios. Uno solo. Lo que Cristo vino a ser fue a restaurar la obediencia a su justo lugar.
Por la desobediencia de Adán, la raza humana entró en desobediencia, y Cristo ha venido a establecer, a restaurar la obediencia al lugar que tenía en el jardín del Edén antes de la caída. Escucha cómo Romanos 5:19 lo dice de una manera sumamente clara: "Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia..."
La obediencia de uno es Cristo. Los muchos serán constituidos justos. A esto Cristo vino: a restaurar la obediencia a su justo lugar. Adán desobedeció por la misma razón que nosotros desobedecemos. Cuando desobedecemos, la desobediencia es el grito de independencia, de autonomía de la criatura. Eso es la criatura: no tolera, no le agrada ni aprecia tener que someterse. No, no le gusta eso. No es su tendencia natural.
Hasta el punto que muchas veces la criatura, en el proceso de vivir, se confunde, y se confunde en múltiples áreas. Pero voy a mencionar dos a manera de ilustración. La criatura frecuentemente confunde la desobediencia con ser original, y dice: "Yo no soy como los demás." Ciertamente no somos como los demás, porque Dios no nos hizo clones e idénticos el uno del otro. Pero la Palabra de Dios sí nos manda a someternos de tal manera que nosotros podamos aprender lo que Adán no supo hacer.
No hay nada más provechoso para la criatura —incluyendo a mi amigo— que aprender lo que es el sometimiento, porque en el sometimiento yo estoy deshaciendo parte de la rebeldía que es mi legado desde Adán. Yo estoy deshaciendo eso, triturándolo. De tal forma, Dios ha diseñado toda la sociedad para funcionar bajo su misión, como una manera de contribuir a nuestra ayuda en lo que es el desmoronamiento —si yo pudiera decirlo así— la destrucción de esa parte nuestra que llamamos rebeldía.
La criatura a veces también se confunde y piensa que valentía es lo mismo que rebeldía. Confunde la desobediencia con valentía, y decimos a veces: "No, porque yo soy el único que se atrevió a hacerlo o a decirlo." Y si bien es cierto que en ocasiones es bueno ser ese único, como Martín Lutero, no es menos cierto que la manera como nosotros lo sentimos y la manera como lo decimos revela que no fue valentía sino rebeldía. Lutero estaba tratando, en medio de lo que eran sus luchas, de quedarse sometido bajo las autoridades de la iglesia. Él no quería realmente llegar a donde llegó; esa no era su intención. Esas eran sus palabras: "Yo no quiero salir de aquí, yo no quiero dividir la iglesia, yo quiero permanecer donde estoy, pero no puedo someterme al error." Pero la criatura con frecuencia confunde valentía con desobediencia.
El Señor nos dice que la Gran Comisión incluye ir a hacer discípulos y enseñar a esos discípulos lo que es su misión, o su obediencia, obviamente comenzando con Él. Es decir, enseñarles a obedecer todo lo que yo os he enseñado. El ser humano no tiene que ser enseñado a desobedecer. Muchos de ustedes han tenido hijos. ¿Cuántos de ustedes han empleado un segundo en enseñarle a su hijo a desobedecer? Y qué maravillosamente ellos comenzaron a desobedecer. El niño no sabe hablar y ya sabe desobedecer. A veces tú le vas a dar el biberón y él te hace un gesto; antes de hablar, y quizás un minuto después, él decide tomárselo, pero es cuando yo decida, no cuando tú me lo des.
La rebelión y la desobediencia son nuestra inclinación natural, es nuestra norma. Somos como los ríos, que nos desviamos por el camino de menor resistencia. Y la desobediencia y la rebelión para la criatura son el camino de menor resistencia. Eso es para lo que él tiene que hacer el menor esfuerzo: desobedecer le sale de forma natural. De hecho, no sé si usted tendría la suficiente humildad para admitirse a sí mismo si, como criatura, hubiera estado en esa posición, en algún momento en que hemos desobedecido o hemos sido rebeldes y nos hemos sentido orgullosos de nuestra rebelión o desobediencia. No levanten la mano, pero yo voy a levantar la mía. Se los dije para que aprendan, para que sepan. Está bueno.
Y Cristo dice: "Aprende de mí, que soy manso y humilde." Y Él está formando un símbolo, no a tu imagen sino a la mía. Y yo os he dicho que yo soy manso y humilde. Dios nos encuentra a todos en estado de rebelión y de desobediencia. Pero una vez yo paso a ser un discípulo —el plural: discípulos—, una vez yo paso a ser un discípulo, a mí no me queda bien el traje de rebelde y de desobediente. Nos lo ponemos, pero no nos luce bien, porque yo tengo que reflejar la imagen de mi Maestro principal, vía el Espíritu Santo que mora en mí, que es manso y humilde. La mansedumbre y la humildad son algo que debe caracterizar al discípulo; es una de las cosas que mejor pone de manifiesto la verdadera piedad.
Cristo está formando su imagen en cada uno de nosotros, de la misma manera que Él procuró formar esa imagen en cada uno de los doce discípulos que llamó y con los cuales pasó mucho tiempo. Cuando Cristo dice "ir y hacer discípulos y enseñarles a obedecer todo," ese discípulo obediente es el que va tomando la forma que Él tiene, el que va tomando la forma de ser alguien que es manso y humilde. Y esa mansedumbre y humildad es lo que permite su obediencia. Y Él está diciendo: "Vayan a formar discípulos de esa manera, con esa imagen, enseñándoles a obedecer." Eso es lo primero: la obediencia es algo enseñable, es algo que se enseña.
Pero en segundo lugar, yo quiero que notes que, de acuerdo con estas palabras, la obediencia en la mente de Dios es cabal, completa, total; nunca parcial. "Enseñándoles a obedecer todo," y no una parte; todo el consejo de Dios, todo lo que yo os he dado. Esto es algo más completo. Nosotros tenemos tantas concepciones erradas acerca de la obediencia. Déjame hablar de un par de ellas, y quizá podamos identificarnos en algún momento.
Nosotros tendemos a elegir en nuestra mente, sin pensarlo, dos, tres o cuatro cosas —o cinco, el número que tú quieras— de cosas que consideramos importantes en la vida cristiana. Cada cual tiene su lista. Las abrazamos, y una vez nosotros cumplimos con esas cosas, creemos que cumplimos toda la ley. Pero llevemos eso un paso más allá: una vez nosotros cumplimos con esas tres, cuatro o cinco cosas que consideramos importantes, no solamente nos consideramos que estamos cumpliendo toda la ley, sino que miramos alrededor y fácilmente identificamos a todo el mundo que no está cumpliendo con esas tres o cuatro o cinco cosas que consideramos importantes. Pero aquellos que están siendo observados y condenados tienen tres, cuatro, cinco o seis cosas que ellos consideran importantes, y se están considerando que están cumpliendo toda la ley, y están mirando alrededor y, a su vez, están condenando a todos aquellos que no están cumpliendo con esas tres o cuatro o cinco cosas importantes para ellos. De manera que estos condenan a aquellos y aquellos condenan a estos en retorno, porque las listas quizás no hacían match, no se apareaban.
La obediencia en la mente de Dios nunca es parcial; tiene que ser total. Y esa es la razón por la que, desde el tiempo de Cristo, no ha habido una sola persona que haya podido complacer a Dios de una manera que pueda haber satisfecho toda su ley, excepto Cristo. Y quizás, si tú entiendes lo que acabo de decir, puedas entender mejor el próximo punto de la obediencia que yo quiero subrayar.
La obediencia —mi obediencia— no es meritoria. Cada vez que yo digo eso en una de mis clases, la gente como que se choca. Pero al final de mi explicación, tú lo vas a ver sumamente claro. Mira cómo nosotros manifestamos nuestra creencia de que nuestra obediencia es meritoria. "Pastor, yo no entiendo." "¿Qué no entiende, hijo, hija?" "Mire, el Señor me estaba diciendo que yo debía cumplir con esto, esto y esto. Me lo dijo en sermones, me lo mandó a decir con hermanos, me lo dijo en devocionales, y yo estoy haciendo esto, esto y esto, y nada ha cambiado." O sea, ¿como tú hiciste esto, esto y esto, el Señor te debía algo? ¿Entiendes que parece que tu obediencia es meritoria? "Yo no entiendo; cuando yo estaba peor, en mayor desobediencia, mi vida estaba más o menos así, y ahora que estoy viviendo en obediencia, mi vida no ha cambiado, esto no ha cambiado, mi esposo o esposa no regresa, sigo enfermo, mi salario no aumenta." Lo que tú quieras. Mi obediencia no es meritoria.
Déjame ahora ilustrarlo a ver si me puedes entender. En una oficina hay un empleado que va a la oficina el 80% de las veces. Al final del año, la oficina está premiando individuos, está reconociendo méritos a individuos; hay algunos que reciben un aumento de sueldo, hay algunos que reciben una medalla de honor, o lo que tú quieras. Y el empleado que ha ido el 80% de las veces a su trabajo va donde el jefe: "Yo no entiendo." "¿Qué no entiende?" "Yo vine aquí el 80% de las veces este año y a mí no me reconocieron ningún mérito." Uno mandaría a esa persona a consejería, ¿verdad? Bueno, este piensa que cumplió como el 80% de la ley de Dios. Levanten la mano los que tienen una A en el cumplimiento de la ley de Dios. No hay nadie. Pero hay que reconocerme los méritos porque yo cumplí el 30% de la ley de Dios.
La razón por la que enseñamos a los discípulos ahora, diciendo el nombre de Cristo y por los méritos de Cristo, es porque Él es el único que ha acumulado los méritos necesarios para poder complacer la ley de Dios y hacer posible mi entrada a su trono. Yo me presento ante Dios por los méritos de Cristo. La razón por la que Cristo no vino el viernes y simplemente murió en la cruz por mis pecados es porque eso solo no me entra al reino de los cielos. Él tenía que venir, cumplir con toda la ley, acumular los méritos necesarios en el cumplimiento de la ley, de tal manera que, una vez mis pecados se han perdonado, haya algo más en adición, y es la transferencia del cumplimiento de la ley, de sus méritos a mi persona, con lo cual Dios ahora me permite entrar al reino de los cielos. Nosotros entramos por su vida, por su muerte y por su resurrección; las tres cosas son necesarias para llegar al reino de los cielos.
Pero pensamos que nuestra obediencia es meritoria, y no lo es. De hecho, Cristo dice —usted me lo habrá oído decir múltiples veces— que cuando tú lo hayas hecho todo, te presentas delante de Él, y el único mérito que te puede considerar es un gran pergamino que dice: "Siervo inútil." Cuando yo te amé, hijo, te amé no por lo extraordinario que tú eras como ser siervo, sino porque yo decidí amarte en tu condición de rebelde para convertirte en adorador.
Propósito en la vida. Mi obediencia no es meritoria, pero mi obediencia me coloca en una posición donde la gracia de Dios me puede visitar, porque la desobediencia me saca de ese lugar, en un momento donde la gracia de Dios no me puede visitar excepto vía su disciplina, que también es obra de su gracia. Pero lo otro que yo quiero, que no es disciplina, sino que es la gracia de Dios: mi obediencia me coloca en ese lugar para yo recibir lo que todavía tiene que ser de gracia. No he recibido absolutamente nada en mi vida, ni tú tampoco, que no haya sido parte de la gracia dadora de Dios. Es por gracia, no por mi obediencia. ¿Entendiste?
Ahora, quizás si tú eres hijo de Dios has pensado —y creo que si eres hijo de Dios tiene que haberte pasado— que has luchado por complacer a Dios y un día de repente desistes y te sientes desilusionado. No entiendes: ¿cuándo voy a dejar de hacer esto? ¿Hasta cuándo va a durar esto? Yo no sé qué es lo que a mí me pasa. Bueno, vamos a hablar un poquito de qué es lo que a ti y a mí nos ha pasado.
Por un lado, yo necesito entender que el día en que yo soy regenerado, mi alma ha sido regenerada, no mi cuerpo. Mi alma no tiene deseos de pecar ni tiene pecado; ella ha sido regenerada por el Espíritu Santo por completo. Pero ella está habitando un cuerpo que sigue en pecado. Por eso lo puedo comprobar: lo dice. Yo tengo esta realidad; yo reconozco en lo interior que yo me deleito en la ley de Dios, pero al mismo tiempo que en mi interior me deleito en la ley de Dios, yo veo esta otra ley en los miembros de mi cuerpo que batalla contra mi alma y mi mente, de tal forma que los deseos de mi carne, que todavía son poderosos, muchas veces me arrastran y me hacen pecar.
Hasta el punto en que Pablo dice: "Ya no soy yo quien peco, es el pecado que mora en mí." No es mi alma; es el pecado que mora en mí. Es mía la responsabilidad, yo sufriré las consecuencias, pero ya no soy yo, dice Pablo, es el pecado que todavía mora en mí. Esa lucha está ahí, de tal forma que yo necesito cultivar uno de los frutos del Espíritu: el dominio propio, para luchar en contra y someter los deseos de la carne. Porque de este lado de la gloria, la carne no es vencible completamente, solamente es suprimible.
"Pastor, pero yo he cultivado el dominio propio y yo no he podido dejar de ser completamente..." Bueno, quizás "completamente" no es la idea, porque eso no lo lograremos de este lado de la gloria, pero sí más consistentemente. Cristo, que nos está enviando a formar discípulos, que nos está enviando a enseñarles a guardar todo, nos dejó la fórmula de cómo enseñar a obedecer. Si esto fuera solo Mateo 28, el único pasaje que tenemos en la Palabra de Dios, probablemente tendríamos que decir: "Bueno, es que enseñar a obedecer, yo no sé cómo eso se hace." Pero resulta que como la Palabra interpreta la Palabra, y Dios nos ha mandado enseñar todo el consejo, cuando enseñamos esto podemos ir al resto del consejo y entonces saber cómo yo puedo enseñar a los discípulos a obedecer.
Cristo nos dijo: hay una sola cosa que puede llegar a ser más poderosa que los deseos de mi carne, y no es mi dominio propio. Y Cristo lo reveló, y lo reveló la última noche. Él nos dejó la respuesta. Escucha, en Juan 14:15, y lo va a repetir: "Si me amáis, guardaréis mis mandamientos." Nota que Cristo no dice: "Si me amáis, te será más fácil guardar mis mandamientos," o "tendrás un mejor chance, quizá lo logres." Cristo da esto como un absoluto: "Si me amáis, guardaréis mis mandamientos."
El amor del Hijo por el Padre lo llevó a guardar todos sus mandamientos y en ningún momento a haberle fallado. El amor del Padre por el Hijo lo llevó a acompañarlo vía su Espíritu todo el tiempo para que guardara sus mandamientos: "Este es mi Hijo amado en quien yo tengo complacencia." "Si me amáis, guardaréis mis mandamientos." El problema es que no le amamos lo suficiente. En el momento en que yo peco, yo he elegido mi pecado sobre Dios, y en ese momento yo no he amado a Dios lo suficiente. Eso es verdad de ti, de mí, no importa quién sea el discípulo: en el momento del pecado, yo no he amado a Dios lo suficiente.
Pedro, por ejemplo, cuando él niega a Jesús: "No conozco a este hombre, no conozco a este hombre, no conozco a este hombre. ¡Maldita sea, yo no conozco a ese hombre!" En ese momento, Pedro amó su vida y su seguridad más que al Maestro. Por eso él desobedeció. Y eso es así en los demás casos: a veces vamos más a nuestra reputación, a veces más a nuestro nombre, a veces más a nuestros deseos de la carne, nuestra complacencia, nuestra concupiscencia. Pero en ese momento yo he decidido por eso y por otro en vez de por Dios. Y Cristo dice: "Si me amáis, guardaréis mis mandamientos." Esa es la fórmula para yo comenzar a obedecer de una manera más consistente.
Pero ahora se complica, porque ¿cómo yo enseño con palabras a amar a alguien? Imagínate cómo hacen en la India: los padres escogen los novios, y este par de padres escogió la novia, y el novio y la novia no se conocen. A la edad de 19, 18, 15 años, la edad que sea, los introduce, y cada uno ve al otro y dice: "¿Qué? ¿De dónde a usted se le ocurre sacar a tal persona para mí?" Suponte que los padres sean cristianos y le digan a los hijos: "Bueno, tienen que aprender a amarse, y eso como sea." Imagínate que los padres comiencen: "Bueno, mire, el amor es paciente, el amor no se comporta indecorosamente, el amor es bondadoso..." Cuando ellos terminan de recitar 1 Corintios 13, ellos siguen igual: "Pero yo no le amo."
La única manera en que yo puedo llegar a amar a alguien a quien yo no amo y que no me resulta atractivo ahora mismo, es pasando tiempo con ese otro para ver si yo descubro sus encantos, y si descubro sus encantos, quizá llegue a encantarme. Ahí está el problema: los tales discípulos no están pasando suficiente tiempo con el Maestro, con Dios, y no están descubriendo sus encantos. La carne no se siente atraída para nada hacia la persona de Jesús, hacia la persona de Dios. Y la única manera en que yo puedo llegar a amar a ese Ser, que es mi Dios, es si yo paso tiempo con Él: en su Palabra, en oración, en adoración. Pero no tengo tiempo; por tanto, no llego a descubrir sus encantos, no llego a amarle lo suficiente, y como no llego a amarle lo suficiente, yo sigo desobedeciendo, y yo sigo frustrado porque no sé cómo obedecer más consistentemente. Eso es lo que está pasando: como el mundo presente, así obedecemos sus deseos y no los de Dios.
Escucha: si Cristo está enfatizando este concepto lo suficiente como para decirlo una y otra vez, eso yo te lo muestro. Juan 14:15 —oye lo que Él dice ahora en 14:21—: "El que tiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama." Él tiene que tenerlos; por tanto, yo tengo que enseñárselos, yo tengo que comunicárselos. Se los comunico, hablo con él, se los enseño; ahora los tiene. Pero tiene que hacer algo más: Cristo dice "el que los tiene y los guarda", que es su obediencia; ese es el que me ama, el que está dando evidencia de que realmente me ama. Juan 14:21; el primero fue Juan 14:15.
Por tercera vez, en el versículo 23: "Respondió Jesús y le dijo: 'Si alguno me ama, guardará mi palabra.'" Guardará, de manera absoluta. El que me ama guardará. Él lo ha dicho tres veces ya de manera positiva. Ahora Cristo va a hacer algo que frecuentemente los buenos maestros hacen: no solamente repiten la idea, porque la repetición es la clave del aprendizaje, sino que también tienden a decir lo mismo que han dicho afirmativamente de manera negativa, como una manera de finalmente cerrar el círculo para que no quede duda de que eso fue exactamente lo que quisieron decir.
Quizás eso no esté tan claro, pero cuando yo lo leo ahora usted lo va a ver tan claro como el agua. Escucha lo último que Cristo dijo: "Si alguno me ama, guardará mi palabra." Eso es en la forma positiva de decir esa verdad. Escúchalo ahora en la forma negativa, en el versículo 24: "El que no me ama no guarda mis palabras." La razón para hacer eso es que a veces tú dices algo en la forma positiva y el hombre lo toma y dice: "No, pero realmente, ¿nos quiso decir eso?" La forma de evitar que la persona se pueda salir del círculo es que ahora dices lo mismo de manera negativa y cierras el círculo. Y eso es lo que Cristo ha hecho: "El que no me ama no guarda mis palabras."
Es esa falta de amor, motivada por la rebelión innata en nosotros que se ama más a sí mismo que a Dios, la que nos lleva a lo que es la desobediencia. El problema está, hermanos —si somos honestos— en que a la criatura le cuesta rendirse. A la criatura nos cuesta rendirnos, aun si es a Dios. Eventualmente algunos lo logran hacer, pero le cuesta rendirse. Y la mejor manera como nosotros podemos ilustrar eso es diciéndolo, o ayudándonos a recordar o a entender: rendirse, aun si es a Dios, es como la criatura lo siente, como una pérdida, como que va a perder.
Y hay algo que la criatura no tolera: perder. Por eso es que frecuentemente se ha dicho que muchas veces nosotros, aun nosotros los cristianos, sobre todo en debates y demás, preferimos ganar el argumento aunque perdamos la persona, aunque hiramos a la persona, aunque alejemos la relación, pero ganamos el argumento. Porque la criatura no tolera perder: perder su posición. Puede tolerar perder la relación, pero no su posición. Y preferimos hacerlo de esa manera. Pero, ¿qué resulta cuando yo me comporto de esa manera? No estoy amando al hermano. Y si no estoy amando al hermano, dice Juan, yo no puedo decir que amo a Dios.
¿Qué es mi problema con la obediencia? Porque si yo no puedo amar al hermano a quien veo, no puedo amar a Dios a quien no veo. Y si no puedo amar a Dios a quien no veo, yo no voy a obedecer. Y si yo no voy a obedecer, yo no tengo la imagen de Cristo bien representada ante los demás. ¿Se dan cuenta de esta cadena? ¡Vaya!
El amor es la clave. El amor a Dios es la clave de mi obediencia. Pero es interesante que algunos digan: "El amor es la clave, el amor es la única religión." Lo vimos recientemente en este debate que yo tuve: "El amor es la única religión, el amor es lo único que necesitamos." Pero esa es la mitad de la ecuación. Si el amor es lo único que necesitamos, ¿por qué dejan afuera la otra mitad? Entonces, si amas a Dios y el amor es lo único que...
Necesita obedecer sus mandamientos. Entonces comienza a guardar esto y te das cuenta ahora de que el amor sí es lo único que necesitamos. Pero para comenzar a obedecer, esto es lo que Dios está tratando de comunicar, no es la manera como debemos enseñar a estos discípulos. La falta de obediencia tiene un solo origen, y es la falta de amor a mi Padre, y tiene relación con cómo yo amo a Dios.
Porque algunos pudieran decir: "Pastor, pero mire, yo tengo un problema con la obediencia que es muy recurrente, y yo amo a Dios." Puede ser. "No, no, no, pastor, yo amo a Dios mucho." Puede ser. "Para dormir, yo amo a Dios muchísimo." Puede ser. "Entonces, pastor, ¿dónde está mi problema?" Que te amas más a ti que a Dios. De ahí la desobediencia recurrente, frecuente.
Lo otro que yo tengo que entender es que, debido a mi pecado y su efecto en la mente, ninguno de nosotros ama tanto a Dios como nosotros creemos. Si Dios nos dice que hay una escala del uno al cien —cero es "mi enemigo", cien es "mi hijo"— y nos dice: "Pon una marca donde tú quieras", ponle un marcador donde tú entiendas que amas a Dios. Después que yo termine de poner mi marca, Dios va a coger el marcador, va a coger mi mano y la va a bajar y me va a poner en otro lugar, porque nosotros amamos a Dios menos de lo que hemos llegado a creer. Porque el pecado nos engañó: amamos a Dios, pero no tanto. Nosotros mismos amamos este mundo temporal más que el venidero.
Y si me dices que no, ¿cómo explico el que la gente no se quiera morir? Si yo amo tanto ese mundo venidero, ¿por qué no quiero morirme? Porque este es el mundo que yo amo. El que ha llegado a amar el mundo venidero —y los hay— queremos irnos. Si amamos tanto a Dios, ¿por qué no oímos tanto esta expresión: "Todo loco por morirme y encontrarme con Dios"? Y oímos más, a lo largo de los años, esta otra: "Yo quiero llegar al cielo para encontrarme con mi hermano, o mi papá, o quien sea, o mi esposo." Muy bien. ¿Y Dios? La mejor evidencia de todo lo que acabo de decir es la desobediencia.
"Si me amáis, guardaréis mis mandamientos." Pero Cristo me dijo en la Gran Comisión —parte de la Gran Comisión es ir, luego formar discípulos— y parte de la Gran Comisión es enseñarles a guardar todo lo que yo os he mandado. La obediencia no es opcional. No es que se les enseña a guardar todo lo que yo he sugerido. Cristo no dice: "Enséñales a guardar todas mis sugerencias, o todas mis opiniones, o todos mis puntos de vista, o la cosmovisión del mundo que yo tengo, pero ellos tienen otra cosmovisión que quizás necesitan considerar." No, no, no. Enséñales a guardar todo lo que yo os he mandado, ordenado, sin posibilidad de opción.
Meditando sobre esto esta semana, yo llegaba a la conclusión de que los soldados de un ejército muchas veces obedecen a sus superiores más que los discípulos de Jesús. Que los empleados de una compañía —hay compañías que han sido catalogadas, en inglés, como "great companies", buenas, y otras que son superexcelentes— los empleados de esas compañías obedecen a sus superiores mejor que muchos de los hijos de Jesús a su Señor supremo. Que los jugadores de baloncesto, de fútbol, obedecen a sus entrenadores y coachees de una mejor manera, muchas veces más sumisa, que los hijos de Dios lo hacen con Él.
Escucha esta ilustración de Francis Chan en su libro *Crazy Love* —o "Amor loco", o "Locura de amor", no sé cuál de los dos es mejor—. Él dice que cuando era adolescente tuvo la idea de inscribirse en lo que en Estados Unidos llaman los Marines, los infantes de marina. En esos días había salido una nueva promoción que decía: "Los pocos, los orgullosos, los infantes de marina", lo cual como que inyectaba orgullo. Pero Chan decía que había algo que le llamaba la atención de estos anuncios: cada vez que veía a uno de estos soldados, siempre estaban corriendo. "Y yo odio correr", a lo cual dijo: "¡Amén!" Entonces él decía: "Yo lo quiero, pero a menos que se me ocurrió ir a los infantes de marina y preguntarles si podían considerar que yo me registrara corriendo menos", porque eso sería una pregunta estúpida. Pero bueno, la idea es que cuando tú entras a los infantes de marina, ellos te poseen —"they own you"—, ellos son tus dueños y tú haces todo lo que ellos te dicen.
Entonces él dice: "Lo que a mí me resulta chocante es que esa forma de pensar de alguna manera se ha transferido a la vida cristiana." Cristo no dijo que si tú quieres seguirlo puedes hacerlo de una forma tibia. No. Él dijo: "Toma tu cruz y sígueme." Pero usando la analogía de Chan, parece que nosotros pensamos que algunos podemos entrar y no tomar la cruz y seguirlo, que otros podemos entrar y tomar la cruz por porciones de tiempo y dejarla después para que otro venga y la recoja. Pero no se nos ocurre pensar que Dios ya nos posee, y que los que antes vivían para sí mismos no pueden continuar viviendo para sí, sino para Aquel que dio su sangre por ellos.
Como dijo la fuerza armada, pastor, la obediencia motivada por miedo a las consecuencias —sí, es verdad— en las oficinas es altamente efectiva. La gente es motivada a veces por miedo a la consecuencia, y también por miedo a perder su salario y beneficios personales. Es verdad. Y lo mismo se puede decir de los deportes. Cristo vino y dijo: "No. Yo no quiero que me obedezcan ni por beneficios personales, ni que me obedezcan por miedo a la consecuencia. Yo tengo una motivación más alta de obediencia, que es capaz de vencer tus deseos de la carne, y es el amor por mí."
Y cuando le enseñas eso a los discípulos que estás formando, ayuda a la gente a ver que ellos no pueden continuar con esta tendencia de tomar lo ordenado y convertirlo en sugerencia, que tampoco pueden tomar lo ordenado y reinterpretarlo —"quizás no quiso decir eso, porque en el primer siglo..."—, que tampoco pueden ser selectivos a la hora de enseñar, que no pueden enseñar solamente los pasajes que bendicen. No. Tienen que enseñar los pasajes que también prohíben, los pasajes que también condenan, los pasajes que también limitan. Eso es ley. Y los pasajes que bendicen, los pasajes que son de gracia, eso es el evangelio. Tienes que enseñar la gracia del evangelio y la ley de Dios, todo junto, para que puedan tener una idea combinada y balanceada de cómo se vive la vida cristiana.
No pueden ser selectivos. Y si hay algo de lo que Dios pudiera acusar a veces a muchos maestros de la Palabra, es de enseñar solo parte del consejo de Dios, evitar, ignorar o pasarles por alto a otros pasajes, porque la congregación se va a ofender, o porque a alguien no le va a gustar. Pero yo necesito —y tú también— una dieta balanceada para estar en salud física. De esa misma manera, mi alma necesita una dieta balanceada para tener salud espiritual. Yo necesito grasa, yo necesito ley. De lo contrario, voy a crecer de forma desbalanceada. Y necesitas enseñarlo, porque si solamente enseñas una parte del consejo de Dios, las ovejas terminarán desobedeciendo la parte del consejo que ya no conocen.
Por eso tenemos que hacer esto que estábamos hablando. Después de cinco mensajes acerca de la Gran Comisión, tú puedes —como decíamos en el mensaje anterior— voltear el rostro, pero no puedes decir que no sabías que tienes una obligación de ir, que tienes una obligación de formar discípulos comenzando en tu hogar, si tienes hijos, y que tienes una obligación de enseñarles a obedecer todo lo que Cristo ha mandado. Y que la mejor motivación para obedecer es amar, llegar a amar a Dios. Y que la forma de llegar a amar a Dios requiere, demanda, pasar tiempo con Él para descubrir sus encantos —entre comillas—, sus maravillas, sus extraordinarias maravillas.
Pero lamentablemente lo que ha ocurrido es que no pasamos ese tiempo con Dios porque estamos muy ocupados. Y como no pasamos el tiempo con Dios, no lo estamos amando. Y como no lo estamos amando, estamos desobedeciendo. Yo creo que hemos tomado, a veces subconscientemente o conscientemente, la decisión de permanecer ocupados, ¿eh? Porque eso me justifica no pasar tiempo con Dios, justifica la ignorancia del consejo de Dios y, por tanto, justifica mi desobediencia. Y no, no, no, no: no hay manera de que tú puedas ser justificado por tu alta ocupación.
Muchas veces queremos saber lo suficiente para alcanzar salvación, que se me quite la pena del pecado, pero no lo suficiente para tener que santificarme. Francis Chan, en este libro, en el capítulo del perfil del tibio —el *lukewarm profile*—, dice que esas personas frecuentemente hacen la pregunta: "¿Hasta dónde yo puedo llegar coqueteando con el mundo y el pecado sin pecar?", en vez de preguntar: "¿Qué tan lejos yo me puedo alejar del mundo y del pecado para llegar a ser más puro para Dios?" ¿Cuál de esas dos preguntas has hecho tú? Eso puede ayudarte a definir tu perfil.
Tienes que ir. Tienes que formar discípulos. Pero tienes que formar discípulos a la imagen de Cristo —que es santo, que es manso, que es humilde—. Y tienes que ayudarles a los discípulos, comenzando con tus hijos, a amar a Dios. Y no puedes amar a Dios sin pasar tiempo con Él, y no puedes pasar tiempo con Dios si permaneces tan ocupado como estás. Y tus hijos sufren las consecuencias. La Gran Comisión comienza en el hogar.
Si no formo discípulos en el hogar, pierdo la autoridad de formar discípulos fuera del hogar. No tengo frutos que presentar de lo que he hecho en mi hogar, y a veces es más fácil ir a formar discípulos fuera del hogar que dentro del hogar, porque yo voy a un programa de dos horas el sábado de formación de discipulado, o voy a un barrio de escasos recursos el sábado, trato de llevar el Evangelio, calmo mi alma, vengo tranquilo hasta el próximo sábado.
Pero en el hogar es todo el día, siete días a la semana, veinticuatro horas al día, y allí yo tengo que enseñarlo y modelarlo. Allí afuera yo solamente tengo que enseñarlo, porque en dos horas no hay gran cosa que puedo modelar. Pero en el hogar yo tengo que modelarlo después de enseñarlo, y tengo que hacerlo todo el tiempo. Esa tarea es menos fácil, pero ahí es donde tengo que comenzar, porque esos son mis discípulos más inmediatos.
Tú tienes que ir, tú tienes que rendir tu voluntad, tú tienes que rendir tu agenda delante de Dios, tú tienes que rendir tu ocupación, y tú tienes que convertirte en una persona de la Gran Comisión. Tú no tienes que ser misionero. La mayoría de nosotros los que estamos aquí no vamos a ser misioneros. Algunos llegarán a ser misioneros y quizás pastores, y estarán dedicados tiempo completo en el ministerio; eso es posible. Pero la gran probabilidad es que eso sea la minoría; sin embargo, todos se supone que debemos tener una mente de la Gran Comisión.
¿Y qué implica eso? Pablo lo explicó muy bien en 2 Corintios capítulo cinco, que fue el tema del segundo mensaje. Pablo dice: "Ya no veo a nadie según la carne." En inglés se dice: *I no longer view anyone from a worldly point of view.* No veo a nadie desde el punto de vista de la carne. De tal manera que cualquier persona que yo veo ahora no es simplemente un cliente, no es simplemente un paciente, no es simplemente un médico, no es simplemente un comerciante, o un senador, o lo que tú quieras. Cualquier persona que yo veo es potencialmente alguien ganable para Cristo, que ha de incrementar el reino de los cielos.
Por tanto, nadie va a ser visto de ahora en adelante desde un punto de vista de la carne. Eso es una persona con la mente de la Gran Comisión: donde Dios te ponga, donde Dios te lleve, en contacto con las personas que Dios te pone, tienes que tener una visión orientada completamente hacia el reino.