¿Qué puede mover a una persona de la pasividad a la acción misionera? ¿Qué motivó a Isaías a servir fielmente durante cincuenta años sin ver resultados? La respuesta está en un encuentro verdadero con Dios. En el año que murió el rey Uzías —un rey que reinó bien la mayor parte de su vida pero comprometió la santidad de Dios al final—, Isaías tuvo una visión del Señor alto, sublime, sentado en un trono, mientras los serafines proclamaban: "Santo, santo, santo". Inmediatamente el profeta se sintió arruinado, sucio, incapaz. Pero Dios no lo desechó; lo limpió con un carbón del altar y removió su iniquidad. Solo entonces, preparado y limpiado en medio de una experiencia de adoración, Isaías escuchó la pregunta: "¿A quién enviaré?", y respondió sin preguntar a dónde ni cuándo: "Heme aquí, envíame a mí".
La meta última de la iglesia no es la misión, sino la adoración. Las misiones existen porque hay lugares donde Dios no está siendo adorado. Cuando esta era termine y los redimidos de toda nación, tribu y lengua estén reunidos alrededor del trono, las misiones habrán cumplido su propósito. Pero mientras tanto, quienes ya conocemos a Dios somos sus instrumentos para traer a otros a esa adoración eterna.
El problema es que tenemos una crisis de visión. Cuando la visión de Dios es pequeña, todo lo que el mundo ofrece parece más grande que Él. Pero cuando Dios se revela en su verdadera majestad, las ofertas del mundo pierden su atractivo. Como ilustra el pastor Núñez con las Crónicas de Narnia: mientras más maduramos espiritualmente, más grande luce Cristo —no porque Él crezca, sino porque nosotros lo vemos mejor. La pregunta final es directa: ¿Cuál es tu concepto de Dios? Toda tu vida está construida sobre esa respuesta.
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¡Vamos a ver lo que Dios tiene para mi vida en su Palabra!
"En el año de la muerte del rey Uzías vi al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y la orla de su manto llenaba el templo. Por encima de él había serafines; cada uno tenía seis alas: con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies y con dos volaban. Y el uno al otro daba voces diciendo: 'Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria.' Se estremecieron los cimientos de los umbrales a la voz del que clamaba, y la casa se llenó de humo. Entonces dije: '¡Ay de mí, porque perdido estoy! Pues soy un hombre de labios inmundos y en medio de un pueblo de labios inmundos habito, porque han visto mis ojos al Rey, el Señor de los ejércitos.' Entonces voló hacia mí uno de los serafines con un carbón encendido en su mano, que había tomado del altar con las tenazas, y con él tocó mi boca y dijo: 'He aquí, esto ha tocado tus labios, y es quitada tu iniquidad y perdonado tu pecado.' Y oí la voz del Señor que decía: '¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros?' Entonces respondí: '¡Heme aquí, envíame a mí!'"
Bueno, como mencioné, en esta mañana yo quiero terminar mi mini serie acerca de qué motiva, o qué nos puede motivar, a ir y servir a Dios, ya sea en el campo misionero lejano como en algún lugar cercano a mi persona donde Dios haya decidido usarme. La vez anterior estuvimos hablando de la vida del apóstol Pablo y vimos qué motivó su ministerio: ¿qué empujó a Pablo continuamente a mantenerse en el camino para alcanzar a los perdidos?
Hablamos, por un lado, de que Pablo tenía un conocimiento claro y presente de que todos compareceremos ante el tribunal de Cristo, y con esa realidad en mente él trataba de persuadir a los hombres. Vimos cómo Pablo era entonces un hombre persuadido por la verdad, persuadido por el Evangelio, y habiendo sido él persuadido, trataba de persuadir a otros con esa misma verdad y con el mismo Evangelio que había abierto sus ojos y que lo había traído al arrepentimiento. Vimos cómo Pablo se sentía movido por el amor de Cristo, que lo controlaba, lo constringía, que no lo dejaba con ninguna otra opción que no fuera ir y servir a nuestro Dios. Vimos también cómo el sentido de gratitud que el apóstol sentía y experimentaba continuamente lo hacía pensar que ya no debía seguir viviendo para sí mismo, sino para aquel que lo había comprado. Y finalmente vimos también cómo el apóstol Pablo se vio como embajador de Cristo, como alguien a través de quien Dios mismo rogaba a los hombres que se reconciliaran con Dios. Todo eso constituyó como un resumen de la motivación del ministerio de Pablo.
En esta mañana yo quiero usar otro personaje: yo quiero usar al profeta Isaías como una ilustración para ver qué motivó a este hombre a ir y servir a Dios por cincuenta años, a pesar de la pobre respuesta a su predicación. Yo mencionaba en el culto anterior cómo, cuando pensamos en las misiones, siempre hemos oído con mucha frecuencia que la motivación primaria para ir es el perdido. Es una motivación; está en la Palabra, en múltiples áreas de la Palabra, y tú lo puedes encontrar. Sin embargo, yo hacía mención de que en el año 96 o 97, a punto de venir para acá, leí un libro del pastor John Piper, conocido con el nombre de *Alégrense las naciones: la supremacía de Dios en las misiones*, que cambió para siempre en mi mente la idea de cuál es la razón del proyecto misionero.
El libro tiene múltiples enseñanzas. Por un lado, tú puedes ver cómo fue el propósito de Dios desde el inicio el alcanzar todas las naciones. El proyecto misionero no cambia en la mente de Dios en el momento en que la nación judía decidió no aceptar a Jesucristo; desde que Él llamó a Abraham, Dios había anunciado que en él serían benditas todas las naciones de la tierra. Tú puedes leer también en la misma obra cómo en el tiempo presente Dios nos ha llamado a ir, que ya no nos podemos quedar de brazos cruzados esperando que Dios envíe a aquellos que están perdidos, sino que nosotros debemos, en obediencia a la Gran Comisión de Mateo 28, ir y buscar a aquellos que aún no han sido alcanzados.
Pero el centro del libro, el meollo del libro, es que la razón última para las misiones es el hecho de que en múltiples áreas del globo hay personas que no están adorando a nuestro Dios, están adorando dioses ajenos, y que para que Dios cumpla lo que Él ha anunciado —que toda la tierra será cubierta de su gloria— esas personas hoy rebeldes necesitan ser traídas al conocimiento de Dios para que puedan convertirse en adoradores de nuestro Dios. Si el perdido llega a conocer a ese Dios, entonces él dejará de tener una vida egocéntrica y comenzará a vivir una vida diocéntrica. Si él llega a conocer a ese Dios, dejará la tristeza a un lado y el gozo será parte de su motivación; de ahí que el salmista clame que se alegren las naciones. Es el mismo Dios; la adoración de ese mismo Dios lo hará pasar de tener una vida sin sentido a tener una vida llena de propósito.
Escucha cómo el libro comienza: "Las misiones no son la meta última de la iglesia. La adoración sí lo es. Las misiones existen porque la adoración no existe. La adoración es el fin, no las misiones, porque Dios es el fin y no el hombre. Cuando esta era concluya y los millones incontables de redimidos caigan sobre sus rostros delante de Dios, las misiones ya no existirán. Esta es una necesidad temporal, pero la adoración permanece para siempre."
Eso que Piper está tratando de explicar, tú lo ves claramente en el libro de Apocalipsis. En el capítulo 7, el autor nos describe lo que está ocurriendo en un tiempo futuro en el que la iglesia está reunida; le fue dada a Juan una visión del trono alrededor del cual toda la iglesia redimida está congregada.
Y Juan está viendo y está describiendo esto. Lo que te voy a leer es del versículo 9 en adelante: "Después de esto miré, y vi una gran multitud que nadie podía contar, de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y delante del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en las manos. Y clamaban a gran voz diciendo: 'La salvación pertenece a nuestro Dios que está sentado en el trono, y al Cordero.' Y todos los ángeles estaban de pie alrededor del trono y alrededor de los ancianos y de los cuatro seres vivientes, y cayeron sobre sus rostros delante del trono y adoraron a Dios diciendo: 'Amén. La bendición, la gloria, la sabiduría, la acción de gracias, el honor, el poder y la fortaleza sean a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén.'"
La habilidad de Dios habría hecho brincar junto con ese amén, pero eso no va a ocurrir sin el ínterin. No hay gente que vaya a alcanzar a los perdidos. La meta es que gente que está aquí ahora, no adorando, que no conoce a Dios, que está en rebeldía, pueda eventualmente ser colocada alrededor de ese trono que yo acabo de leer. Gente de toda nación, de la nación de Haití, de República Dominicana, de China, de Estados Unidos, de pueblos no alcanzados, de países musulmanes, de toda nación, de toda tribu, de toda lengua, puedan estar reunidos alrededor del trono. Esa es la meta de la iglesia, pero el instrumento es la evangelización, y el proyecto es el proyecto misionero de Dios.
Si tú has nacido de nuevo, tú vas a estar ahí alrededor del trono. Pero en el ínterin, hay algo que aquellos que ya conocemos a Dios, que aquellos que ya estamos adorando a nuestro Dios, necesitamos hacer: guiados por nuestro Dios, como su instrumento, para que Él ruegue por medio de nosotros, reconciliados con Dios, y que eventualmente nos podamos reunir alrededor del trono. No es suficiente con que yo esté, porque el proyecto no es yo-céntrico sino Dios-céntrico.
La pregunta que comenzamos a considerar la semana pasada, que comenzamos a contestar y que yo quiero terminar de contestar hoy, es: ¿qué se requiere para ir? ¿Qué nos va a motivar? Y la respuesta que yo quiero desarrollar es que necesitamos un verdadero encuentro con Dios. Ese encuentro con ese Dios, en un momento dado de mi vida, me sacó de Estados Unidos y me trajo a mi país. Ese encuentro con Dios es capaz de motivarnos a dejarlo todo y abrazar su causa.
Yo quiero ver eso en la vida de Isaías: el día en que él fue llamado, cómo es que eso se da. La mayoría de los estudiosos entienden que esto que leímos corresponde al llamado del profeta. Tanto así que algunos piensan que el capítulo 6 debiera estar en el capítulo 1, y que fue mal colocado en la organización del libro. Pero creo que la mayoría no lo entiende de esa manera, sino que Dios a propósito quiso, en los primeros cinco capítulos, describir la condición de la nación a la cual Isaías estaba siendo llamado, para luego entonces traer el día en que el profeta fue llamado, para que veamos de qué manera él fue llamado a su ministerio.
El texto comienza hablándonos del año en que el rey Uzías murió. Uzías había sido un buen rey la mayor parte de su vida, reinando por 52 años. Uzías fue tan buen rey por la mayor parte de su vida que 2 Reyes 15:1-3, que lo menciona por su segundo nombre, dice que él hizo lo recto delante de Dios. Pero hacia el final de sus días, Uzías hizo lo que nunca debió haber hecho: él comprometió la santidad de Dios. Un día Uzías decidió entrar al templo del Dios verdadero, adorar al Dios verdadero, y ofrecer un sacrificio verdadero prescrito por la ley, pero cometió el pecado de ofrecer lo que Dios había instruido que solamente los sacerdotes podían llevar a cabo. Y ese día, antes de terminar, Uzías quedó cubierto de lepra, lo cual hizo que él fuera llevado fuera del pueblo para el resto de sus días.
En el año en que este rey, que reinó también por la mayor parte de su vida bien, pero que comprometió en un momento dado la santidad de Dios, Dios le da un encuentro a su profeta Isaías, precisamente con su santidad. Quizás Dios estaba tratando de mostrarle a Isaías: "Sabes qué, este atributo violado por este rey, que reinó también la mayor parte de su vida, es el atributo que tú más debes atreverte a no violentar durante el curso de tu llamado. No trivialices mi santidad."
E Isaías ve entonces a Dios en un trono alto, exaltado, sublime, con las orlas llenando el templo, sus faldas llenaban el templo, y hubo humo. Todas estas sensaciones de majestad y de misterio rodeaban al profeta. Y en medio de todo eso, Isaías escucha a estos seres angelicales llamados serafines proclamar el atributo de Dios que está en el centro de su ser: "Santo, santo, santo es el Señor."
E Isaías inmediatamente, como nunca antes lo había sido, se sintió débil, se sintió arruinado. La palabra en el hebreo dice "dejó de existir": "Yo me sentí como si yo hubiese dejado de existir." Se sintió sucio, porque cuando tú confrontas la santidad de Dios inmediatamente comprendes tu pecaminosidad. Si Dios se apareciera en este momento y nos dejara ver su santidad, yo y tú nos sentiríamos igual que Isaías se sintió. Es la confrontación con la santidad y la pureza absoluta de ese Ser lo que nos hace ver cosas que ahora mismo no estamos viendo, y que en ese momento nos parecerían odiosas a nuestros propios ojos.
E Isaías se siente inadecuado, se siente inútil, se siente incapaz, no se siente digno. Y si bien es cierto que los umbrales del templo temblaron, yo creo que Isaías debía haber temblado mucho más fuerte que los umbrales, porque los umbrales no tienen vida, no tienen ojos para ver, no tienen emociones. Isaías está contemplando, tiene una mente con la que puede razonar, se está viendo sucio a sí mismo. De manera que si los umbrales temblaron, yo me imagino a Isaías temblando aún más. Él se siente destrozado, arruinado.
Isaías se dio cuenta de que estaba en problemas. Él no podía imaginarse servirle en ese momento a este Dios, y no podía imaginárselo porque si va a servir a este Dios, él va a tener que hablar por este Dios. Pero resulta que él dice: "Yo me di cuenta inmediatamente de que yo era un hombre de labios impuros, y yo habito en medio de un pueblo de labios impuros." De manera que los que están alrededor de mí no están en mejor condición que la que yo estoy tampoco. De manera que yo no creo que me pudiera sentir digno de servir a este Dios.
Pero Dios, en vez de deshacerse de este hombre a quien está llamando y a quien quiere equipar, por su falta de santidad en su llamado, Dios comienza a prepararlo. Y Dios da una orden a uno de los serafines para que, con una tenaza larga, pueda tomar un carbón encendido del altar y lo pueda llevar hasta el profeta que ha de comenzar su ministerio, y pudiera pasarlo por sus labios como símbolo de limpieza de toda su vida. Y ese serafín le dice: "En ese momento tu iniquidad ha sido quitada de ti."
Ese serafín dio con el trono y vio en ese trono alto y sublime a un Dios santo, santo, santo, y él se estaba viendo como un pecador, pecador, pecador. Y de repente tiene una experiencia donde aquello que le hacía sentirse sucio e incapaz está siendo quitado de su ser. ¿Te imaginas que ese serafín hubiese visto el trono sin el altar? Donde todo lo que ves es la santidad, pero no hay esperanza para tu ser. Hubiese habido convicción, pero no perdón. Culpa, pero no remoción de esa culpa. Pero ese serafín pudo ver el trono y pudo ver el altar, supliendo lo que él no tenía, de tal manera que ahora él aquí abajo podía servir a este Dios allá arriba, porque su gracia y el altar lo hicieron posible.
Y después que fue preparado, Isaías escuchó a Dios preguntar: "¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros?" Y entonces Isaías dice: "Heme aquí, envíame a mí." ¿Te imaginas que Dios hubiese hecho esa pregunta en el momento en que Isaías se siente arruinado, en el momento en que se siente sucio, en el momento en que se siente indigno e incapaz? "¿Quién irá por nosotros?" Me imagino a Isaías diciendo: "Yo no." Dios enviaría un serafín, pero Dios no hace esa pregunta en ese momento. Dios ha preparado a su siervo, ha preparado su vaso, y ahora Dios está a punto de hacer la pregunta. Y Dios está esperando una respuesta: "¿A quién enviaré? ¿Quién irá por nosotros?"
Yo no creo que Isaías nunca pudo haberse imaginado, antes de esta experiencia, cuando él estaba sintiéndose arruinado, que él podía servir a Dios como profeta o como misionero. Y sin embargo Isaías sirvió como profeta, como misionero, como predicador, después que Dios tocó su vida. E Isaías, cuando escucha la pregunta "¿A quién enviaré? ¿Quién irá por nosotros?", no le dice a Dios: "¿A dónde?" ni "¿Cómo?" ni "¿Qué?" Porque Dios no está dispuesto a escuchar preguntas en retorno cuando Él nos hace una pregunta; Él quiere una respuesta, Él quiere una definición. Nosotros pudiéramos hacer como acostumbran en la población judía, contestar preguntas con preguntas, pero Dios no va a aceptar mis preguntas de "depende" o "¿cómo así?". Él espera una respuesta. E Isaías da la respuesta adecuada: "Heme aquí, envíame a mí."
Ahora la pregunta es: ¿recuerdas qué nos va a motivar? ¿Qué me va a mover de la inactividad, de la pasividad, a la acción? ¿Qué es lo que movió a Isaías de sentirse completamente deshecho a estar listo para la acción? Porque si podemos ver qué lo movió, quizás eso es lo que nos pueda mover a nosotros, o pudiera explicar por qué no estamos siendo movidos. Isaías ha tenido una visión extraordinaria de Dios, y yo creo que eso es el meollo del asunto.
Si nosotros no tenemos una visión extraordinaria de Dios, tendremos una visión pequeña de Él. Y cuando tú tienes una visión pequeña de Él, todo lo que el mundo me ofrece —proyectos, iniciativas, ofertas, tentaciones— parece más grande que nuestro Dios. Pero cuando Dios te da una visión extraordinaria de su ser, todo lo que el mundo tiene que ofrecerme pierde su glamour ante la visión que Él nos ha dado.
Dios me ha dado una visión de quién Él es, y yo creo que eso es lo que necesitamos. Tenemos muchas cosas en el mundo temporal que son atractivas, hasta que Dios nos da una visión correcta de quién Él es, y esas cosas comienzan a perder su fuerza de atracción. Yo decía: Dios está comprometido con arrancar de mí todo aquello cuya fuerza de atracción es mayor que la fuerza de atracción que Él ejerce sobre mí. Dios está comprometido con arrancar de mi vida todo aquello —persona o cosa— cuya fuerza de atracción es superior a la fuerza de atracción que Él está ejerciendo sobre mí. Y yo creo que esa es la explicación del pulso continuo con el mundo que muchos de Sus hijos viven. Si la visión de Dios no es la visión correcta, el mundo continuamente me sigue jalando en su dirección, pero una vez que Dios me ha dado una visión tipo Isaías, todo lo demás pierde su tamaño, su brillo, su glamur y su atracción.
Dios te dio un propósito en la vida si tú eres Su hijo. Quizás con A y B: número uno, anunciar las virtudes de aquel que te llamó de las tinieblas a Su luz; y B, que no está desconectado con eso, proclamar Sus buenas nuevas y hacer discípulos. No importa a dónde Dios te coloque, no importa si tú eres dueño de un platanero, o médico, o abogado, o economista; tú tienes exactamente el mismo llamado y propósito de parte de nuestro Dios. Él te salvó para que de alguna manera, donde Él te ha colocado —o en las regiones no alcanzadas— tú puedas proclamar las virtudes de aquel que te llamó de las tinieblas a Su luz.
¿De qué manera, en la medida en que tú vas por el mundo a hacer discípulos, estás respondiendo a ese llamado vocacional? ¿Donde tú estás, con lo que estás haciendo, dónde está este propósito de Dios? ¿De qué manera esa Gran Comisión está siendo reflejada en el oficio que llevas a cabo? Si estás pensando, si abrazaste algo recientemente o estás pensando en abrazar otra cosa en un futuro cercano, en eso que estás a punto de abrazar, ¿dónde está el propósito de Dios para el cual Él te salvó? ¿De qué manera eso va a contribuir a expandir el reino de Dios aquí en la tierra? Él no te salvó para ninguna otra razón que no fuera esa. Por eso envió a Su Hijo, debido a Su plan misionero sobre todo el globo. ¿Es la Gran Comisión parte de lo que estás haciendo?
Lo que tú estás haciendo, ¿eres tú un instrumento a través del cual estás contribuyendo a llevar gente a ese trono del que hablamos, de manera que gente de toda tribu, lengua, nación, profesión, localidad, preparación y nivel económico pueda ser reunida alrededor del trono? Porque personas salvas por el evangelio se dedicaron a llevar a cabo la Gran Comisión de nuestro Dios. Sino preguntémonos: ¿eso es algo que mi carne quiere hacer, o es algo que Dios de manera específica me ha ordenado hacer? Dios no clava a Su Hijo en la cruz para que luego yo pueda idear, crear mis propios planes, agendas y propósitos. No pagó un precio tan alto para que luego yo no quiera pagar un precio.
Isaías vio a este Dios exaltado, alto, sublime, santo, santo, santo, e inmediatamente no solamente comprendió la santidad de Dios; él comprendió su propia pecaminosidad. Pero una vez que Dios lo limpió de pecado, yo creo que Isaías pudo concluir algo como esto: si un Dios como Él, tres veces santo, alto y sublime, se preocupa por prestar atención a una persona como yo, entonces lo menos que yo puedo hacer es entregarle mi vida entera para que la haga con ella como Él disponga. Yo creo que él pudo haber tenido un pensamiento como ese. El texto no lo dice, pero yo creo que es la conclusión lógica: una vez que tú tienes una visión de Dios de esa manera, de ese tamaño, la conclusión natural sería: ¿cómo es que este ser tan extraordinario se digna a prestar atención a mi persona, y yo no voy a querer entregarle por completo mi vida para que Él disponga y haga lo que Él quiera?
Eso es lo que Jonás no estaba dispuesto a hacer. Jonás no quería trabajar para Dios, ¿y saben por qué? Porque Dios es demasiado misericordioso. Y quizás nosotros nos sentimos así; quizás no queremos abrazar el llamado por completo porque Dios es demasiado demandante. Pero tú me vas a decir que un ser que entrega a Su Hijo, que tiene ángeles, serafines y querubines a Su servicio, que es tres veces santo, y que solamente el contemplarme a mí podía eliminar mi vida, decide usarme, quiere usarme, quiere prepararme, ¿y dices que es muy demandante? Si lo piensas así, es porque tú no le has visto como es. No es la evidencia de que Él sea demandante; es la evidencia de que no le has visto como es. De ahí la dificultad de tu vida cristiana, de tanto esfuerzo y tanta lucha, porque la visión es todavía muy pequeña. Para que esa visión de Dios pudiera terminar de una vez y para siempre con la tentación y el empuje que el mundo tiene sobre tu llamado, Isaías no tuvo ese problema más.
En tercer lugar, Isaías no solo vio a Dios por lo que Él es, no solo se vio a sí mismo por lo que él era, sino que Isaías fue limpiado en medio de una experiencia de adoración. Fue limpiado de su iniquidad. Hasta que Isaías no hubiese aprendido a adorar a Dios, no hubiese sido limpiado; él no estaba listo. No puedes ir sin adorar; no puedes ir sin aprender a adorar primero a un Dios que merece ser adorado por toda la creación. Isaías ahora estaba consciente de que Dios había removido toda su iniquidad y le había dado una santidad, no propia de sí mismo, pero sí propia de la limpieza que Dios había hecho en su vida.
Es posible que parte de la resistencia a servir a Dios sea que estamos conscientes de la suciedad que todavía tenemos, producto de patrones de pecado que no queremos abandonar. Escucha cómo Pablo le dice a Timoteo: "Si alguno se limpia de estas cosas." Hay un rol que tú juegas, que yo juego. Dios hace la limpieza, pero de alguna manera hay un rol que a mí me toca jugar. "Si alguno se limpia de estas cosas, será un vaso para honra, santificado, útil al Señor, preparado para toda buena obra." Pero necesita ser limpiado para ser útil. Yo creo que a veces la falta de motivación se debe precisamente a nuestro conocimiento de que ciertos patrones o ciertas actividades en mi vida me ensucian, y yo estoy consciente de que Dios así no me puede usar, pero no habiendo visto a Dios por lo que es, prefiero Su no uso a Su uso limpiándome, aun siendo Él quien me fuera a limpiar.
Y quizás otras veces no se trata tanto de suciedad, sino de patrones y estilos de vida en los que nos hemos ido enredando a lo largo de los años. ¿Recuerdan cómo Juan y Jacobo estaban pescando un día y Cristo les dice "Síganme", y ellos tiraron sus redes? Bueno, pastor, yo no soy un misionero vocacional. Está bien; yo solamente quiero usar la historia como una ilustración, no como ejemplo de cuando Dios llama a alguien vocacionalmente. Imagínate cuál es tu red. Para ellos era una red real de peces, pero tú tienes una red con la que tú trabajas. Es posible que en esa red con la que tú trabajas te hayas ido enredando tanto que ahora no tienes tiempo para Dios, y la única manera de que Dios te pueda usar es que te desenvuelvas de todo eso. Pero amando tanto tus redes, has dicho no a Dios.
Y no teniendo tiempo para Dios, y Dios no usándote, tú has concluido que Dios no te quiere usar. Y como Dios no te quiere usar, más te envuelves y más te enredas en tus redes, porque después de todo Dios no te quiere usar. Nunca habiendo entendido que la razón por la que Dios no te estaba usando es porque estabas tan enredado en las redes que no tenías tiempo, en primer lugar, y lo que te correspondía era no enredarte más en las redes, sino desenredarte para que Él pueda hacer uso de tu vida. Si queremos ser usados por ese Dios, tenemos que desenredarnos de nuestras ambiciones, de nuestros trabajos a veces, de nuestros proyectos personales, de nuestros sueños, de nuestra búsqueda tras el dinero y de patrones de pecado, para que entonces el vaso haya sido debidamente preparado y sea útil para toda buena obra.
Una red en la que yo me enredo es todo lo que está entre yo y Cristo. Todo lo que se interpone entre mi relación con Cristo es una red. Todo lo que se interpone entre mi servicio a Cristo es una red, y a menos que yo me desenrede, no estoy cumpliendo con mi llamado. Si te parece muy demandante, no has visto a Dios; no le has visto por lo que Él es. Una vez que tú lo ves, no hay demanda suficientemente grande para no considerarla y no llevarla a cabo. Toda demanda es pequeña ante el tamaño de nuestro Dios, lo que Él es, lo que representa y la gloria de Su ser. Estás perdiendo la participación en Su gloria y en Su gracia.
La pregunta es: ¿qué se requiere para ir? ¿Qué nos va a mover? ¿Qué nos va a motivar? Isaías pasa de sentirse un ser inadecuado, incapaz, arruinado, deshecho, hecho pedazos, a ser un vaso que dice: "Heme aquí, Dios, envíame a mí." Y él no ha salido de ese lugar, no ha ido a un seminario, no ha ido a un entrenamiento, no ha ido a un retiro, no ha ido a una conferencia; no ha hecho más que simplemente tener una experiencia, un encuentro con ese Dios. Y en ese solo encuentro él pasa de sentirse completamente incapaz a sentirse preparado para ir.
¿Qué ocurrió? Isaías, cuando escucha la pregunta "¿Quién irá por nosotros?", no pregunta a dónde. No; él hubiera dicho a cualquier lugar. "Haz lo que Tú digas, Dios." Cuando Dios es omnipotente y soberano, llama y pregunta. No es mi lugar interrogar a Dios; es mi lugar responderle a Dios. ¿Qué mueve a una persona de la inactividad y la facilidad a la acción? Es un encuentro con ese Dios que lo lleva a adorarle.
Nosotros tenemos una crisis de adoración, y por eso no queremos hacer nada por la causa del Dios que adoramos. Pero la única razón por la que tenemos una crisis de adoración es porque tenemos una crisis de visión: no tenemos la visión correcta de Dios, y por tanto la adoración de Dios no puede ser la correcta. Ahora, escúchame: yo no estoy hablando de música.
Cuando hablo de adoración, eso es una forma de adorar a Dios que es más propicia cuando estamos corporativamente haciendo eso, pero ¿qué pasa el resto de las horas cuando yo estoy viviendo de manera individual? No adoro. Ah, bueno, pastor, yo adoro en el baño cuando me estoy bañando, yo canto. No, no, no, yo no estoy hablando de eso, porque yo ni en el baño puedo cantar.
Hoy, lo que dice Piper en su libro —creo que es la página 12— cuando la llama de la adoración arde con el fuego de la dignidad verdadera de Dios, la luz de la misión brillará hasta el pueblo más remoto en la tierra. Y yo deseo, dice él, que ese día llegue. Y agrega más adelante: donde la pasión por Dios es débil, el celo por la misión también será débil. Donde la pasión por Dios es débil, el celo por su misión es débil.
Ahora, si estoy hablando de adoración y no estoy hablando de música, ¿a qué me estoy refiriendo? La mejor definición que yo he escuchado de adoración la escribió William Temple hace muchos años. Escúchala, escúchala detenidamente, puedes rumiárla un poco en la medida en que la voy leyendo. Adoración es la sumisión de toda nuestra naturaleza a Dios; es el despertar de la conciencia a su santidad, el alimento de la mente con su verdad, la purificación de la imaginación por su belleza, la apertura del corazón a su amor, la entrega de la voluntad a su propósito. Y todo esto junto, ofrecido en la adoración, es la emoción menos egoísta de nuestra naturaleza, y por tanto el remedio principal para el egocentrismo, que es nuestro pecado original y la fuente de todo el pecado real.
¡Escuchaste la adoración! ¡Déjenme leerla otra vez! Es la sumisión de toda nuestra naturaleza a Dios. El despertar de la conciencia a su santidad, el alimento de la mente con su verdad, la purificación de la imaginación por su belleza, la apertura del corazón a su amor, la entrega de la voluntad a su propósito. Y todo esto ofrecido es la adoración, que es la emoción menos egoísta de nuestra naturaleza, y por tanto el remedio principal para el egocentrismo, que es nuestro pecado original y la fuente de todo el pecado real.
La rendición de mi voluntad a su propósito: eso es lo que se requiere para ir. Yo necesito rendir mi voluntad a su propósito. Ahí es donde está el propósito de mi vida, en la rendición al suyo.
Ahora, déjenme mostrarles algo más. Isaías sirvió a Dios por 50 años y nadie, nadie respondió. Es peor que eso: el día que Dios lo llama, le dice: "Isaías, te estoy llamando, ve y predícale a esta gente, pero ellos no te van a escuchar." Y por 50 años, sin ningún resultado, Isaías es fiel a su Dios, sin nunca comprometer su santidad ni su llamado. ¿Qué hace que un hombre pueda ser fiel a su Dios por 50 años? Asumo un misterio: sin comprometerse, sino una visión del Dios verdadero. No resultados. A nosotros nos gustan siempre los resultados, porque cuando tenemos una visión pequeña de Dios, los resultados siempre son más grandes que Él. Pero cuando vemos a Dios por lo que Él es, los resultados palidecen ante la grandeza, la majestad, la santidad y el poder de nuestro Dios. Los resultados no son computados, no pasan por la mente, no son considerados. Solamente mi llamado, mi respuesta y mi sumisión a mi Dios. Eso es lo único que cuenta. La verdadera obediencia no es la producida por resultados; es el producto de la pasión por Dios.
Tengo que ir cerrando. Voy a usar una ilustración que en algún momento ya he usado, pero ilustra también lo que yo quiero decir. La voy a volver a usar, y al final de cuentas, la repetición nos ayuda a recordar y a aprender. Algunos de ustedes conocen las Crónicas de Narnia. Tienes un león de nombre Aslan que representa a Cristo, y tienes una niña con sus amigos de nombre Lucy. Ellos entran a Narnia, conocen a Aslan, que representa a Cristo. Ellos salen de Narnia, y el próximo año quieren volver. Pero tan pronto llegan a Narnia, lo primero que dicen es: "¡Wow, qué tierra esta la de Narnia!" La primera pregunta es: ¿dónde está Aslan? Aslan es la razón por la que estamos regresando. ¿Dónde está Aslan? Y Aslan, el león hermoso y tierno, se aparece. Lucy lo ve y se le cuelga del cuello. "¡Aslan, increíble! Solamente un año ha pasado y tú has crecido tanto, Aslan." Y Aslan ve a Lucy y le dice: "Lucy, en la tierra de Narnia, mientras un año ha pasado donde tú vives, mil años han pasado en esta tierra. Pero sabes qué, Lucy, algo que yo he observado en las personas: mientras más envejecen y más maduran, más grande me veo. Yo te veo a ti, Lucy, porque tú no has crecido una sola pulgada."
Oh, hermano, si la visión que tú tienes de Cristo hoy es la misma de hace un año, de hace dos, de hace tres, estás estancado. Estás negando el propósito del Espíritu de Dios que mora en ti; estás negando la cruz donde Cristo fue y se crucificó para moldearte a su imagen. Y mientras más moldeado a su imagen estás, más grande Él luce. Mientras más grande Él luce, mayor es tu rendición. Y mientras mayor es tu rendición, mejor es tu obediencia. Y mientras mejor es tu obediencia, mejor cumples los propósitos de Dios en ti. ¿Qué tan grande es Aslan para ti hoy? ¿Qué tan grande es nuestro Señor para ti? ¿Cuánto le has visto?
Isaías vio a Cristo en el trono. Cuando Isaías vio a Cristo en el trono, eso fue exactamente la adoración de nuestro Dios: la visión de Él que nos lleva a la adoración, y la adoración de nuestro Dios que nos lleva a rendirnos completamente a sus propósitos. No puedes ir sin adorar, e Isaías no lo hizo. La mies es mucha, los obreros son pocos; orad al Señor de la mies. Dice Cristo: "Orad al Señor de la mies." Ahora, si oramos y adoramos para que Él envíe obreros a su mies, jamás faltarán misioneros cuando hagamos eso. Tenemos que adorar, tenemos que adorar. E Isaías dijo: "Estoy listo para ir", luego de una experiencia de adoración.
Recuerda en qué contexto Cristo les dio a los discípulos la Gran Comisión, porque ahí fue donde iniciamos. Escuchémoslo otra vez. Mateo 28:17: "Los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había señalado. Cuando le vieron, le adoraron." Cuando le vieron, le adoraron. Ciertamente algunos de los que estaban alrededor dudaron, pero en general la respuesta fue una de adoración. E inmediatamente después, acercándose Jesús, les habló diciendo: "Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo." Después que ellos le adoraron, estaban listos para oír que toda autoridad estaba investida en el nombre de Jesús. No os preocupéis por vuestra provisión, por vuestra protección. Yo soy. Confía. Yo tengo la autoridad en los cielos, yo tengo la autoridad en la tierra: sobre peligros, sobre montes y collados, sobre espíritus de demonios, sobre escasez, sobre tormentas emocionales y físicas. Yo tengo toda autoridad conferida en la creación. E Isaías vio, e Isaías fue convicto, e Isaías fue limpiado, e Isaías escuchó la pregunta, e Isaías respondió y dijo: "Heme aquí, envíame a mí."
¿Qué vas a decir tú? A. W. Tozer decía: "Si quieres saber algo de una persona y solamente puedes saber una sola cosa, pregúntale cuál es su concepto de Dios, porque toda su vida está construida sobre su concepto de Dios." Mi pregunta al final esta mañana: ¿cuál es tu concepto de Dios? La vida que construyes refleja tu concepto de Dios. Toda tu vida está construida sobre lo que piensas acerca de nuestro Dios. Si tienes un mejor compromiso hoy, es porque tu concepto de Dios ha mejorado. Si tu compromiso hoy es igual al de hace uno, dos o tres años, tu concepto de Dios se ha estancado. Y ante la respuesta de quién irá, tu respuesta va a depender de cuál es tu concepto de Dios.
Oh, hermano, pídele a Dios que te abra los ojos del entendimiento, los ojos del Espíritu, los ojos de tu mente, los ojos de tu alma y de tu corazón, para que tú puedas ver a Dios por lo que Él es. Verlo por menos de lo que Él es ya es en sí mismo pecado. Es mi propósito en la vida reflejarlo. Pero no lo puedo reflejar si la visión que tengo de Él es muy diminuta, y al no reflejarlo de la manera como yo debiera, fallo ante un mundo perdido, ante un mundo que se supone tenga toda la gloria de Dios cubriendo toda la tierra.
¿Cuál es tu respuesta a Dios hoy? ¿Cuál es tu visión de Dios? Es mi propósito en la vida reflejarlo. Pero no lo puedo reflejar si la visión que tengo de Dios es diminuta. Que Él amplíe esa visión, para que lo reflejemos de la manera como debiéramos.