Integridad y Sabiduria
Sermones

¿Qué nos moverá? (parte 1)

Miguel Núñez 16 octubre, 2011

¿Qué movió a Cristo de la gloria a la cruz? ¿Qué impulsó a Pablo a recorrer desde Jerusalén hasta los confines del Imperio Romano? ¿Qué llevó a Hudson Taylor a China, a William Carey a India, a David Livingstone a África? Y sobre todo, ¿qué nos moverá a nosotros? Esta es la pregunta que late en el corazón de este mensaje sobre la evangelización.

El apóstol Pablo, el más grande misionero de todos los tiempos, revela en 2 Corintios 5 las motivaciones que lo impulsaban. Primero, el temor del Señor: esa sumisión reverente a la voluntad de Dios que no permite la desobediencia cómoda. Segundo, una convicción profunda sobre el poder del Evangelio para transformar vidas. Tercero, el amor de Cristo que lo controlaba, que no le dejaba otra opción más que ir. Cuarto, una gratitud genuina que lo llevaba a declarar: si Cristo murió por mí, ¿cómo no voy a vivir para él? Y quinto, una nueva perspectiva que le hacía ver a cada persona no según la carne, sino como alguien potencialmente redimido.

La responsabilidad es monumental: somos embajadores de Cristo, como si Dios rogara por medio de nosotros. No hace falta un púlpito; un barbero que predica desde su silla mientras corta el cabello ha entendido lo que significa ser misionero. Un médico tiene frente a sí pacientes cuya peor enfermedad no es física. El pastor Núñez cierra con una oración de arrepentimiento: si la cruz no nos mueve, si el amor de Cristo no nos mueve, si el privilegio de ser sus embajadores no nos mueve, ¿qué nos va a mover?

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Además, para mí el tema central es lo que se llama una cinta en la persona. Espíritu. El texto de esta mañana es Segunda de Corintios, capítulo 5, del versículo 10 al 21. Lo vamos a leer en un momento, pero simplemente voy a introducir mi texto.

Este es el segundo de tres mensajes acerca de la evangelización, la necesidad de nosotros ir, la necesidad de nosotros poder considerar un poco más seriamente el mandato del Señor Jesús de ir y predicar el Evangelio. El mensaje anterior lo titulamos "Id, porque fuisteis llamados" y tenía que ver con el pasaje de Mateo 28:16-20, conocido como la Gran Comisión. Lo que tratamos de ver, y lo que quisiera ver en este mensaje, es: ¿qué fue lo que movió a Cristo de la gloria a la tierra, a la cruz? ¿Qué fue lo que movió a Pablo a ir desde Jerusalén, pasando por Siria, hacia lo que es hoy Turquía, la costa este de Grecia, Italia, hasta lo que es hoy Albania? Toda esa área fue recorrida por Pablo, movido por algo que quizás a nosotros nos falta. Es lo mismo que movió a Hudson Taylor a irse a China, a William Carey a irse a la India, lo que movió a David Livingstone a irse a África.

De eso quisiéramos hablar: ¿qué es lo que nos va a mover a nosotros de una manera similar? Quizás nos falta algo. A lo largo de los años, por muchas décadas, las agencias misioneras han estado haciendo conferencias y seminarios enfocados en las misiones, con el propósito de mover el corazón de más creyentes a involucrarse en el proyecto misionero, y sin embargo, año tras año, ellas mismas reportan que todavía el entusiasmo por las misiones es bastante bajo. Al reflexionar sobre esto, comencé a hacerme la pregunta: ¿qué es lo que se va a requerir? ¿Qué es lo que va a ayudar a aumentar ese deseo?

En unas semanas, tengo entendido —si no acaba de pasar— va a ocurrir un evento en Miami acerca de misiones, con más de dieciocho mil personas que van a asistir, de manera que eso nos da una idea de que hay un deseo de parte de esas agencias de poder mover al mundo. Y sin embargo, todavía la tarea es tan grande que los obreros siguen siendo pocos y la mies sigue siendo mucha.

Nosotros sabemos que tenemos un mandato de ir. De hecho, Pablo nos hace algunas preguntas en Romanos 10, y esas preguntas, sin necesidad de responderlas, nos hablan de la necesidad y obligatoriedad de ir. Pablo escribía, a partir del versículo 14 creo: "¿Cómo pueden invocar a aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo irán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no son enviados?" Las preguntas nos hablan de que tenemos que ir, pero no nos dicen qué se requiere, qué requieren los hijos de Dios para moverse de donde están a donde Dios quiere que estén.

Cuando uno revisa la historia relatada y narrada aquí en este libro, no hay duda de que el apóstol Pablo es el más grande misionero de todos los tiempos. Yo creo que pocas personas dudarían eso. Su gratitud por la obra de la Cruz, su entendimiento del mensaje, su pasión por los perdidos, su dedicación a la causa de Cristo, su disposición a sufrir lo que hubiese que sufrir con tal de que el Evangelio pudiese ser avanzado, y su disponibilidad de hacer todo para la gloria de Dios, yo creo que permanece hoy por hoy insuperable por ningún otro ser humano.

Menciono eso porque yo creo que si Dios nos dio el mandato de ir, al mismo tiempo, de alguna manera, Él debió haber revelado qué es lo que se requiere para ir. Y si el apóstol Pablo es el más grande misionero de todos los tiempos, yo me atrevería a aventurarme —que es lo que hice cuando entré en la Palabra— a decir que obligatoriamente la vida de Pablo tiene que contener lo que se requiere para ello. Yo creo que no hay ningún otro texto en la Palabra que defina mejor las motivaciones de Pablo para su obra misionera. De manera que, con esa introducción, vamos a Segunda de Corintios 5:10-21.

"Porque todos nosotros debemos comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada uno sea recompensado por sus hechos estando en el cuerpo, de acuerdo con lo que hizo, sea bueno o sea malo. Por tanto, conociendo el temor del Señor, persuadimos a los hombres; pero a Dios somos manifiestos, y espero que también seamos manifiestos en vuestras conciencias. No nos recomendamos otra vez a vosotros, sino que os damos oportunidad de estar orgullosos de nosotros, para que tengáis respuesta para los que se jactan en las apariencias y no en el corazón. Porque si estamos locos, es para Dios; y si estamos cuerdos, es para vosotros. El amor de Cristo nos apremia, habiendo llegado a esta conclusión: que uno murió por todos; por consiguiente, todos murieron. Y por todos murió, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para Él, que murió y resucitó por ellos. De manera que nosotros de ahora en adelante ya no conocemos a nadie según la carne; aunque hemos conocido a Cristo según la carne, sin embargo, ahora ya no le conocemos así. De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, he aquí son hechas nuevas. Y todo esto procede de Dios, que nos reconcilió consigo mismo por medio de Cristo y nos dio el ministerio de la reconciliación; a saber, que Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo, no tomando en cuenta a los hombres sus transgresiones, y nos ha encomendado a nosotros la palabra de la reconciliación. Por tanto, somos embajadores de Cristo, como si Dios rogara por medio de nosotros; en nombre de Cristo os rogamos: reconciliaos con Dios. Al que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él."

El apóstol Pablo comienza recordándonos que cada uno de nosotros ha de comparecer ante el tribunal de Cristo para ser recompensado por cada una de las cosas que haya hecho. Nosotros no vamos a comparecer para condenación, porque si hemos sido salvados, Dios mantiene nuestra salvación en el tiempo hasta presentarnos a Él. Pero compareceremos con fines de la recompensa que cada uno va a recibir. No hay duda de que en algún momento el incrédulo tendrá que comparecer ante el tribunal de Cristo para recibir la pronunciación de su condición, y en ese mismo tribunal muchos que creyeron haber tenido salvación serán sorprendidos cuando escuchen que en realidad nunca la heredaron.

"Por tanto, persuadimos a los hombres, conociendo el temor del Señor." El "por tanto" me conecta con la comparecencia ante el tribunal: conociendo esa comparecencia ante el tribunal, tanto de creyentes como de incrédulos, por tanto, conociendo el temor del Señor, persuadimos a los hombres. Unos piensan que el temor del Señor es simplemente la sumisión reverente a la voluntad de Dios, y que Pablo está diciendo: conociendo ese temor reverente y sumiso a su voluntad, yo obedezco su mandato de ir. Es posible. Pero la palabra que aparece ahí como "temor" es φόβος, de donde viene la palabra "fobia", y por eso algunas traducciones anteriores lo traducían diciendo: "conociendo el terror del Señor, persuadimos a los hombres."

De manera que otros consideran que Pablo quizás está haciendo alusión a la disciplina santa de Dios, que es severa, y que es la que en su justicia termina enviando al hombre a la condenación. Y que Pablo está diciendo: conociendo eso también —la disciplina justa, santa y severa de Dios al final de los tiempos para los incrédulos— nosotros tratamos de persuadir a los hombres. En cualquiera de los dos casos, Pablo está comunicándonos que una de las motivaciones para su obra misionera, para su ministerio, es el conocimiento del temor del Señor, ya sea la sumisión reverente a su voluntad que lo lleva a obedecer, o ya sea lo que es la justicia severa y santa de Dios que condena al incrédulo. Conociendo eso, persuadimos a los hombres.

Si Pablo está persuadiendo a los hombres acerca de la verdad, él tiene que haber sido también un hombre persuadido. Y quizás entonces parte de la razón por la que no estamos yendo es porque a nosotros nos falta temor del Señor. Nosotros sabemos que debemos obedecer, nosotros sabemos que Dios dijo: "Id y haced discípulos", y lo desobedecemos. Y como estamos tan acostumbrados a nuestra relación de Padre e Hijo, la desobediencia a su mandato no nos molesta, porque la realidad es que muchas veces terminamos abusando de su gracia. Quizás necesitamos más temor del Señor, más sumisión reverente a su voluntad de la que tenemos, para que nos moleste cuando no lo hagamos.

Pero Pablo también nos está diciendo que, conociendo la comparecencia ante el tribunal de Cristo y conociendo el temor del Señor, él persuadía a los hombres. Quizás nosotros no estamos lo suficientemente persuadidos; no tenemos suficiente convicción de aquello que Pablo sí tenía. El más grande misionero de todos los tiempos dijo: "Conociendo el temor del Señor, yo voy, yo persuado a los hombres, yo trato de persuadirlos con la verdad del Evangelio que a mí me ha persuadido." Quizás nosotros necesitamos más convicción.

Pablo está persuadido del poder del Evangelio para abrir los ojos de los incrédulos. Pablo está persuadido del poder que tiene el Evangelio para convencer a los hombres del error en que se encuentran. Pablo está persuadido de cosas que muchos creyentes hoy, y hasta predicadores, no están persuadidos: que esta Palabra tiene el poder —de hecho, es lo único que tiene el poder— para cambiar la mente, el corazón, la voluntad, la vida y la dirección de los pueblos. Pablo está convencido del poder del Evangelio para liberar al cautivo de sus pecados.

Pablo está convencido del poder del Evangelio para producir gozo en medio de las peores circunstancias. Habiendo estado convencido de eso, habiendo sido persuadido de la verdad, yo ahora voy, hago algo y trato de persuadir a los hombres. Quizás no estamos lo suficientemente convencidos del poder del Evangelio y de la necesidad del Evangelio en la vida del perdido. Y quizás eso no nos deja avanzar.

Piensa que a lo mejor lo que está ocurriendo es que yo tampoco he experimentado el poder del Evangelio con suficiente fuerza de transformación en mi vida, que ahora yo haya sido tan persuadido que me mande, me envíe, me mueva a persuadir a otros. Quizás esa es una razón. O quizás yo estoy tan seguro en mi salvación y mi vida está yo-céntrica, egocéntrica, que en realidad la perdición del otro y su potencial salvación realmente no me mueve. Como me recordaba una de nuestras jóvenes después del primer culto, decía: quizás es que no amamos tanto al Señor.

Quizás nosotros estamos tan ocupados que usamos nuestra ocupación y falta de tiempo como justificación para decir: es que estoy ocupado, no tengo tiempo. Imagínate: si con lo que tengo no tengo tiempo, ¿cómo voy a hacer tiempo para lo demás? Porque no hemos visto las implicaciones de no ir y las implicaciones de no ser expuesto a la verdad. Pablo no tenía esa forma de pensar. Pablo estaba convencido de los propósitos de Dios para la humanidad, y que Dios obra a través de instrumentos, y que Dios ha dicho que nosotros somos sus instrumentos a través de los cuales Él piensa llevar a cabo su plan misionero.

De manera que la primera razón para que Pablo fuera es el temor del Señor; la segunda razón es la convicción que él tiene acerca del Evangelio. Pero yo quiero que sepas también que no solamente necesito el temor del Señor y la convicción acerca del Evangelio: nosotros necesitamos una mejor valoración del amor de Cristo en la cruz por nosotros para finalmente ir. Esto está aquí. Escucha cómo Pablo lo dice, el versículo 14: "Pues el amor de Cristo nos apremia, habiendo llegado a esta conclusión: que uno murió por todos; por consiguiente, todos murieron." El amor de Cristo nos aprieta, nos constriñe.

Alguien decía que tú podías traducir esta palabra perfectamente del original al español diciendo: el amor de Cristo me controla, no me deja opción, no me deja ir a otro lugar que no sea donde el amor mismo me está enviando: a los perdidos. Pablo está diciendo: yo no estoy haciendo esto por obligación, yo estoy haciendo esto por amor. El amor de Cristo en la cruz por mí y por los perdidos, conociendo que uno murió por todos y por tanto todos murieron, está extraordinariamente poderoso en mi vida, que no me deja ninguna otra opción. Yo no quiero hacer ninguna otra cosa que no sea exactamente lo que estoy haciendo, habiendo entendido el amor de Cristo. ¡Wow! Imaginas lo que ese entendimiento podría ser en los siervos de Dios si así lo tuvieras.

Pablo está tan convencido, y lo mueve a esa persuasión de la que hablamos, debido al amor de Cristo por él, que dice en Romanos 1:14: "Yo tengo obligación tanto para con los griegos como para con los bárbaros, para con los sabios como para con los ignorantes." Pablo, dondequiera que llegaba, entendía: yo tengo una obligación, no importa si es un ignorante o un sabio. Los bárbaros, para los griegos, eran cualquier persona que no fuera griega, que no hablara griego, que no fuera educada; ese es un bárbaro. Y Pablo dice: yo tengo obligación con ellos y tengo obligación con los griegos también, con los sabios, con los ignorantes. Yo tengo obligación con los gentiles, pero dondequiera que encuentro un judío le predico el Evangelio; yo tengo obligación con los judíos también.

De manera que ahora tú tienes a Pablo predicando el Evangelio porque él entiende el amor de Cristo en la cruz, no solamente mentalmente, no solamente emocionalmente; él lo ha entendido vivencialmente y ha hecho una diferencia en él. Ha hecho una diferencia que lo ha movido de donde él venía caminando a donde él ahora está caminando. Yo creo que uno de los problemas con nosotros es que el sacrificio de la cruz lo hemos leído tanto, lo hemos oído tanto, que lo trivializamos. Y lo trivializamos tanto que no lo entendemos. Lo hemos vuelto ordinario, hemos minimizado su cruz, hemos menospreciado su entrega, y su entrega no se corresponde necesariamente con nuestra entrega. Su cruz no se corresponde con la cruz que yo debo llevar.

Y este mensaje, aun el que estoy predicando, puede ser tan común a nuestro oído que realmente no nos cambia, no nos desafía, no nos empuja, no nos mueve, no nos impresiona. Yo sé eso. Estoy convencido de que si nosotros pudiéramos apreciar mejor el amor de Cristo, lo que hizo por nosotros, cómo lo movió a Él de la gloria a la tierra, y de la tierra a la cruz, como dice la canción, yo estoy convencido de que fuéramos mejores evangelistas, mejores predicadores, y no detrás de un púlpito necesariamente; que fuéramos mejores misioneros, y no necesariamente en el próximo continente. Quizás en el área donde yo me muevo, fuéramos mejores ciudadanos que estuviesen cambiando el entorno en medio del cual Dios nos ha colocado, mejores ciudadanos que iluminan mejor la oscuridad.

No necesitamos un púlpito para predicar la Palabra. Yo contaba en el servicio anterior que fui a la barbería donde voy cada tres o cuatro semanas, y cuando me siento, el barbero me dice: "¿Usted conoce a Fulano de Tal?" Yo digo: "Sí, claro." "¿El alto y delgado?" "Sí." "Él es pastor." "Yo no creo que sea pastor ahora, pero él tiene que haber sido pastor en algún momento." "Ah, porque ese señor, de que llega, comienza a predicar el Evangelio aquí a todos." ¡Claro, Dios! Su púlpito es un sillón de barbería. Él ha entendido lo que es un misionero.

Un misionero no es alguien necesariamente que se va a África, aunque yo creo que debemos considerar más y más la necesidad de hacer eso. Pero cada uno de nosotros es un misionero. Dios nos ha dado una misión y cada uno de nosotros necesita abrazarla y llevarla a cabo todos los días donde Dios nos coloca. Y Pablo nos va a decir un poco más de cómo él ve eso y por qué lo ve de esa manera. Pues, id y haced discípulos; pero quizás alguno de nosotros debiera estar considerando más seriamente el llamado misionero ya de una forma vocacional. Y mientras más temprana la edad, mejor el momento para hacer eso, porque se tienen menos compromisos.

Cristo dio la orden y el que dice que le ama debe obedecer sus mandamientos. De manera que la desobediencia no es simplemente un problema de rebelión; es un problema de amor. Amar a Cristo es querer obedecer mejor su mandato. Piense por un momento: ¿cómo es posible que lo que Cristo entendió en su mente y corazón lo puede mover de la gloria a la tierra, como yo dije, y de la tierra a la cruz, como dice la canción, y no me puede mover a mí de mi hogar, quizás al lugar de al lado, o al de la esquina, o al amigo que tengo en frente, para compartir lo que Dios ha hecho en mí?

Piense en eso. ¿Cómo es posible que Él puede despojarse de toda su gloria, de todas sus prerrogativas, de la presencia de su Padre en contacto íntimo con Él, para venir aquí abajo, y nosotros no podemos despojarnos de nuestra comodidad? ¿Cómo es posible que Cristo puede dejar la gloria, y yo no puedo, en unos casos, dejar la profesión para abrazar su llamado; pero en otros casos, permanecer en la profesión y simplemente usar mi profesión para llevar a cabo el llamado dentro de ella y hacer discípulos dentro de mi profesión?

Si entendiéramos el amor de Cristo en una dimensión como Pablo lo entendió, donde Pablo se sintió controlado por el amor de Cristo, este mensaje no se estaría predicando; estaríamos hablando de otra cosa. De manera que tenemos que pedirle a Dios que nos permita, que nos abra el entendimiento para comprender mejor su amor para nosotros.

En cuarto lugar, yo quiero que veamos cómo Pablo fue movido no solamente por el temor del Señor, la convicción acerca del Evangelio y el amor de Cristo que experimentó en su persona, sino también por un gran sentido de gratitud que él expresa en el versículo 15. Escucha cómo lo dice: "Para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos." Pablo está diciendo: ¿cómo es posible que Cristo haya muerto por ti y que ahora tú no puedas vivir por Él?

El llamado del cristiano es que, habiendo entendido que Cristo murió por ti, tú puedas de una vez y para siempre decir: no se trata de mí, no se trata de mi mundo, no se trata de mi forma egocéntrica de pensar y de vivir; se trata de mi Amo. Yo tengo nuevo Amo, yo estoy bajo una nueva administración, yo tengo un nuevo Dueño, y mi Dueño no es un negrero, mi Dueño es un Redentor misericordioso que dio su vida por mí. Yo voy a vivir por Él. Yo voy a tener una vida primero cristocéntrica, después otro-céntrica, y me voy a olvidar de mí.

Eso es lo que Pablo hizo, lo que Hudson Taylor hizo, lo que William Carey hizo, lo que David Livingstone hizo, lo que Jim Elliot hizo, lo que cada uno de los misioneros que quizás no son tan conocidos por sus nombres, pero sí valorados en el reino de los cielos, también ha hecho: se han olvidado de sus propias vidas. Conociendo que lo que logramos en este mundo se queda aquí mismo, es enterrado junto con el cadáver y nunca pasa al mundo de la eternidad.

De hecho, es ilógico que conocemos el temor del Señor, conocemos la convicción acerca de la verdad del Evangelio, conocemos el amor de Cristo que murió en nuestro lugar, y es ilógico que nosotros respondamos de una manera que no sea dejando de vivir para nosotros mismos. Lo que Pablo está diciendo es: si entiendes la cruz, jamás dirías: "Pero es mucho sacrificio. Si uno no puede hacer nunca nada por uno, ni para uno." Pablo está diciendo: ¿qué pregunta es esa? Quizás no se tenga el tiempo para desarrollarlo, pero es una pregunta válida al lado de la cruz.

Escucha a Pablo en 1 Corintios 6:19: "No sois vuestros". 1 Corintios 6:20: "Por precio habéis sido comprados; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo". 1 Corintios 7:23: "Por precio fuiste comprado; no te hagas esclavo de los hombres". No eres tuyo; fuiste comprado por precio, a precio de sangre. ¿Por qué hablas de tus agendas, de tu proyecto, de lo que quieres hacer, cuando no eres tuyo? Fuiste comprado para hacer la obra de quien te compró, a precio de sangre, cuando tú no merecías ser comprado, cuando no había nada bueno en ti, cuando tú eras su enemigo, cuando estabas muerto en delitos y pecados.

Y ahora que te ha dado vida, ¿vas a sacarle en cara a Dios que te pide que vivas algo que tú entiendes como un gran sacrificio? Solo lo sientes como sacrificio porque estás centrado en ti. Si estuvieras centrado en Él, lo sentirías como gozo. Cuando nosotros no entendemos todas estas cosas, entonces se nos hace muy difícil dejar lo familiar, lo cómodo, lo conocido, lo manejable. Nosotros preferimos lo manejable, ¿sí o no? "Yo prefiero esto; esto es muy grande". Bueno, si viene de Dios, es probablemente más grande que tú. Yo usualmente entiendo más o menos las cosas que vienen de los hombres, porque tienen mi tamaño; pero no sé qué hacer cuando las cosas vienen de Dios, porque me asustan.

Cuando Dios comienza a darte este entendimiento y a obrar en tu vida, llega un momento en que Dios te intercepta. Y tú comienzas a escuchar cosas como esta: "Vete de tu tierra y de tu parentela al lugar que yo te señalaré". Y ese hombre se va a dejar su tierra y su parentela. Y Dios le dice: "Abraham, en ti serán benditas todas las familias de la tierra. Tú eres el comienzo de mi plan misionero, pero tienes que salir de aquí a la tierra que yo te mostraré". "Pero es que yo no conozco a nadie allá". Precisamente, yo te quiero confiando y descansando solamente en mí. "Pero es que aquí está mi seguridad". Precisamente, quiero quitarte la seguridad del lugar para que la puedas poner en mí. "Oh, Dios, ¿así es que tú trabajas?" Y Dios responde: "Abraham, no hay otra forma como yo trabajo".

Yo trabajo desalojando al hombre de todas las cosas en donde ha puesto su seguridad y su garantía, para que la pueda poner en mí. Vas a comenzar a ver cosas como las que le ocurrieron a Jacob, cuando Dios le dice: "Ve a Egipto, y allí te haré una gran nación". Si yo hubiese sido Jacob le hubiera dicho: "¿Tú eres Dios? Nada es imposible para Ti. ¿Quieres hacerme una gran nación? ¿No puedes hacer eso aquí sin que yo tenga que mudarme?" No, porque no es aquí donde está mi plan; es allí. Tú quieres ser usado, tú quieres participar de mi gloria, tú quieres participar de mi bendición; no es aquí donde tú estás cómodo, es allí donde tú no conoces. Ve.

Tenemos que dejar de vivir para nosotros para recoger, empacar e irnos. Mientras estamos todavía centrados en nosotros mismos, no lo podemos hacer.

En cuarto lugar, aparte del temor del Señor, la convicción acerca del Evangelio y el amor de Cristo que constreñía a Pablo, en cuarto lugar está la gratitud de la cual venimos hablando: una gratitud genuina que no dejaba a Pablo tranquilo. Es esa gratitud hacia aquel que murió por él, hacia aquel que lo preserva. Esa es la gratitud que ha llevado a gente a dar su vida por el Evangelio, que dio a los mártires el poder para dejar su vida de este lado de la gloria y abrazar la vida eterna. Apocalipsis 12:11: "Y ellos lo vencieron" —refiriéndose al Anticristo— "por medio de la sangre del Cordero y por la palabra del testimonio de ellos, y no amaron sus vidas llegando hasta sufrir la muerte". La única manera como tú puedes sufrir la muerte por causa del Evangelio es que hayas dejado de amar tu vida de la manera como la venías amando. Esta gente no amó su vida y, por tanto, llegaron hasta sufrir la muerte.

Como dice 3 Juan, hubo un grupo de cristianos que salió por amor a Su nombre. Hermano, una vida que no es vivida para la gloria de Dios es un desperdicio, porque cada cosa que acumulas y cada cosa que logras se queda de este lado y es enterrada contigo el día que te vas. Las riquezas que acumulas las consumen otros, como decía Salomón, y como el tiempo lo ha probado. Ha sido demostrado que las grandes fortunas usualmente toman cuatro generaciones para dilapidarse. Necesitamos tener una mente mejor centrada.

Pablo habla ahora, en quinto lugar, de que también tiene una nueva perspectiva frente a la vida una vez que fue convertido. Tenía un nuevo temor del Señor, una nueva convicción, un mejor entendimiento del amor de Cristo, una mejor actitud de gratitud, pero también tenía una perspectiva diferente frente a la vida. Escucha cómo lo dice el versículo 16: "De manera que nosotros de ahora en adelante ya no conocemos a nadie según la carne. Aunque hemos conocido a Cristo según la carne, sin embargo ahora ya no le conocemos así". Yo estaba en la carne en un momento dado, un momento en que Cristo estaba predicando; yo no le seguía, pero sabía de Él. Yo estaba vivo en ese momento; tenía suficiente edad para haber sido uno de los discípulos, y le conocí, oí hablar de Él según la carne. Pero ahora ya no le conozco según la carne; ahora le conozco en el Espíritu. Él ha regenerado mi vida, Él ha venido a morar en mí.

Pero escucha qué más está diciendo: "De manera que nosotros de ahora en adelante ya no conocemos a nadie según la carne". No hay una persona que a mí se me presente a la que yo conozca según la carne. ¿Qué quiere decir Pablo con eso? Bueno, gracias por preguntar; yo te voy a decir en un momento. Pablo experimentó un cambio radical de su perspectiva de vida, hasta el punto que la manera como él veía a los demás, a cada individuo en particular, cambió.

¿Y cómo cambió? Bueno, te voy a dar una idea. Cuando nosotros estamos en la carne, un jefe es una persona a quien adular porque es mi jefe. Un empleado es una persona para abusarlo, muchas veces pagándole menos de lo que merece, lo cual ocurre, lamentablemente, aun entre empleados y empleadores cristianos. Recordemos, hermano, que los estándares que la cultura establece no son nuestros estándares. No nos apoyemos en que eso es lo que todo el mundo hace. Lo que todo el mundo paga no es lo moral; lo moral es lo que Dios considera moral. Las condiciones de trabajo morales no son las que la cultura determina, sino las que Dios determina. Nuestro estándar está por encima de la cultura todo el tiempo, no importa dónde usted viva.

Entonces, el hombre según la carne ve a un jefe a quien adular, a un empleado para abusarlo, a un amigo para usarlo y a una mujer para gratificación. Pablo dice: no; de ahora en adelante, una vez yo me convertí, yo tengo una perspectiva de vida diferente. Mi cosmovisión con relación a la gente ha cambiado, y este individuo es potencialmente una persona convertida o un converso para Cristo, potencialmente. Mi jefe puede ser parte del reino de los cielos, y mi empleado también, y mi amigo también, y esta mujer también. El Evangelio cambia mis lentes para ver a los hombres y a las mujeres, y ya yo no conozco a nadie según la carne.

Si somos nuevas criaturas, hermano, no es solamente que mi vieja naturaleza pasó y las cosas viejas pasaron. Hermano, tiene que pasar tu forma de pensar, tu forma de sentir, tu forma de servir, tu forma de vivir, tu forma de valorar tu vida y la vida de los demás. Tiene que pasar. Las cosas viejas pasaron; yo no tengo la misma mente, yo no tengo la misma perspectiva, no tengo el mismo dueño. Dios es ahora a quien yo represento. Quizás la falta de pasión —el celo, como podríamos decir— para evangelizar revela que mi conversión no ha cambiado mi cosmovisión.

Y, lamentablemente, eso es la razón por la que el pueblo de Dios, cuando se convierte, no cambia lo suficiente y no cambia su entorno de manera suficiente. Esa es una de las quejas de los misioneros de hoy en día. Solo lo mencioné el domingo pasado, pero ¿cuál fue lo que dijeron? Nunca ha vivido una generación de cristianos que impacte tan poco la sociedad de sus días como esta. Porque no hay suficiente transformación de la cosmovisión de ese cristiano para afectar su entorno.

Entonces, ¿qué requiero para ir? Yo necesito un temor reverente; una nueva convicción que me persuada y me lleve a persuadir a otros; necesito un mejor entendimiento del amor de Cristo para mi persona, una nueva experiencia de ese amor; necesito un mejor sentido de gratitud; necesito una nueva actitud frente a la vida y a los hombres en general. También necesito entender la enorme responsabilidad, la responsabilidad monumental, que Dios ha puesto sobre nuestros hombros.

Escucha entonces lo que dice Pablo, después de todo este argumento: "Por tanto, somos embajadores de Cristo, como si Dios rogara por medio de nosotros; en nombre de Cristo rogamos: reconciliaos con Dios". Es increíble ver cómo este texto no dice: "Vosotros tenéis el potencial de llegar a ser embajadores de Cristo". No dice: "Si luchasteis y os santificasteis lo suficiente, podéis llegar a ser embajadores de Cristo". No. Una vez que naciste de nuevo, quedas nombrado embajador de Cristo, y cuando no lo representas, no es porque no lo eres, sino porque no quieres.

Y para que lo entendamos bien: es como cuando un presidente envía un embajador; él se queda en su país y envía al embajador a tierras lejanas. Cristo —permítame la ilustración— se ha quedado ya arriba en Su país y nos ha enviado a tierras lejanas aquí abajo. Él dijo cuando estaba aquí abajo físicamente: "Yo soy la luz del mundo". Pero antes de irse dijo: "Vosotros sois la luz del mundo; vosotros sois la sal de la tierra".

Es vuestra responsabilidad alumbrar la oscuridad del mundo con mi luz. Es vuestra responsabilidad ser sal para la sociedad de sus días y tratar de preservar el deterioro de su sociedad en la manera en que usted vive la vida como pueblo de Dios en medio de ella. Vosotros sois la sal de la tierra.

El embajador sí tiene que cuidarse cuando va. Él va con una autoridad delegada, pero no va con su propio mensaje. Él no construye el mensaje; él trae un mensaje que le ha sido dado por el presidente para que lo lleve a la nación lejana. Y de esa misma manera, nosotros no podemos darnos el lujo de crear un nuevo mensaje. Nosotros tenemos también un presidente en el reino de los cielos, un presidente del universo que nos ha dado un mensaje. Cuando yo voy, yo simplemente voy a llevar su mensaje. No es mío.

El embajador no puede negociar cosa que el presidente del país no le haya autorizado, y yo tampoco puedo negociar esa verdad cuando voy a hacer mi trabajo. El embajador va con una autoridad delegada, y nosotros vamos con una autoridad delegada, pero es delegada y es supeditada. El embajador, cuando va, va con una autoridad, pero él no es la última autoridad; él está bajo la autoridad de su presidente. Nosotros vamos con una autoridad delegada, pero mi autoridad por la palabra que me ha sido delegada queda supeditada a la misma palabra que está por encima del embajador, y al Señor de la palabra que está también ahí mismo, por encima de ese embajador.

¿Vosotros sois la luz del mundo? Pastor, por la edad que yo tengo, por el trabajo que yo tengo, los oficios que tengo —yo soy constructor, yo soy ingeniero, yo soy economista, yo soy barbero—, yo no creo que estoy llamado ahora a ir a las naciones. Puede ser. Pero hablemos de un barbero, que fue el ejemplo que yo puse: esa silla es un campo misionero extraordinario para cada persona que se sienta ahí. Se comienza a predicar el evangelio y no se puede mover mucho porque lo corta. Tú tienes una audiencia cautiva. Aprovecha que le estás afeitando para hablarle del evangelio. No se va a mover mucho. Bueno, algo jocoso, pero la idea es que si tú no consideras a nadie según la carne, ese individuo que está sentado ahí, tú puedes estar orando: "Dios, dame la oportunidad de abrir la puerta para hablarle a esta persona."

Se sienta un médico y lo llaman a ver a un paciente. Él está enfermo, pero su peor enfermedad no es para la que usted le llamaron. Su peor enfermedad, para la que usted no le llamaron, está en el alma, y usted tiene potencialmente la cura. Bueno, no es potencialmente la cura que usted tiene; lo que es un potencial salvo, pero usted tiene la cura. No es una oración elevada que usted tiene que ir pidiéndole a Dios: "Dame una oportunidad para hablarle a este paciente que está en una condición precisamente vulnerable que me puede abrir las puertas."

Tenemos una responsabilidad enorme como embajadores de Cristo. Como si Dios rogara por medio de nosotros, en nombre de Cristo rogamos: reconciliaos con Dios. Dios hace el trabajo, pero Dios lo hace a través de un instrumento. Y ese instrumento Él le llama embajadores; nos ha enviado. Y Dios dice: "¿Sabes qué? Tú tienes que entender lo que yo dije a través de Pablo, que yo estoy —hasta la idea— yo estoy gritando al mundo: reconciliaos conmigo, reconciliaos con Dios. Pero lo estoy haciendo a través de la predicación." Por tanto, ¿cómo van a creer si no escuchan? ¿Y cómo van a escuchar si no hay quien les predique? ¿Y cómo van a predicar si no son enviados? Por tanto, go, ve.

Cada teólogo en los últimos dos mil años, cada comentarista de este pasaje entiende que esto es una responsabilidad monumental que Dios le está dando al creyente en relación al incrédulo, para que vaya y haga el papel de evangelista en términos de lo que es la proclamación del Evangelio. Dos mil años con ese entendimiento. Dios ha decidido unilateralmente usarnos como micrófonos, y puede hacerlo de otra manera. De hecho, el libro de Apocalipsis habla de que en un momento Dios va a predicar el Evangelio desde los cielos por medio de un ángel. Él pudiera hacer eso hoy si quisiera, pero ese no es su diseño.

Ahora bien, cuando Dios te envía como embajador, ya hemos sido enviados. Cuando tú haces la labor de embajador, Dios quiere que el otro no solamente escuche un mensaje, sino que vea un mensaje en tu vida. A veces el mundo está cansado de escuchar mensajes que nosotros mismos enviamos, o de oírlos, o de leerlos en libros que regalamos. Muchas veces el mundo quisiera comenzar a ver un mensaje, de tal manera que el mundo pueda ser convencido de que estas palabras que Cristo habló son vida y son verdad. Es vida y es verdad. Cristo dijo en Juan 6 que sus palabras son espíritu y son vida. Juan 6:63.

Pastor, pero yo no soy gran cosa. Yo no tengo mucha preparación. Pues entonces tú calificas. Que Dios escogió lo necio del mundo para avergonzar a los sabios, y Dios ha escogido los débiles del mundo para avergonzar a lo que es fuerte, y lo vil y despreciado del mundo ha escogido Dios, lo que no es, para anular lo que es. Tú eres un candidato perfecto, porque ahí es donde Dios muestra su gran poder y demuestra que no depende de nosotros, sino que depende de nuestro Dios.

La pasión de Pablo de alcanzar a los perdidos es digna de imitar. En nombre de Cristo os rogamos: reconciliaos con Dios. Casi puedes oír como el grito desgarrador de dolor de Pablo. Es como un grito también. Yo lo siento así cuando estudiaba el pasaje. Yo sentía en estas palabras como un grito desgarrador de dolor, de frustración a la vez, ante la insensibilidad del hombre. Por Dios, reconciliaos con Él. Yo siento eso. Yo me imagino a Pablo actuando estas palabras. Si él pudiera haber hecho el papel de actor, yo me lo imagino de esta manera: ¿cómo es posible que seas tan insensible ante todo lo que Cristo ha hecho? Reconciliaos con Dios.

Número 7. No solamente necesitamos cada una de las cosas que hemos venido mencionando, pero tú necesitas tener un entendimiento correcto del Evangelio. Escucha: que Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo, no tomando en cuenta a los hombres sus transgresiones, y nos ha encomendado a nosotros la palabra de la reconciliación. No a los ángeles. A nosotros Dios nos ha dado la palabra de la reconciliación. Cuando yo era su enemigo, cuando ya estaba irreconciliado con Dios, Dios me encontró y me reconcilió. Y luego me dice: "Aquí está mi Hijo, mi palabra. Yo te la encargo, yo te la doy, y te doy el ministerio de la reconciliación. Aquí está." Esto fue exactamente lo que hizo con Pablo: "Pablo, yo te intercepté. Aquí está la palabra de la reconciliación."

Decidamos tener un mejor entendimiento, un correcto entendimiento del Evangelio. Porque Dios estaba en Cristo llamando a los hombres consigo mismo, recogiendo —como decíamos el domingo pasado— a quienes Él ha llamado desde toda la eternidad, y nos ha dado la oportunidad de recoger con Él. Y el que no recoge con Él desparrama. Y nos ha encomendado. Esta palabra, para mí, es poderosa: nos ha encomendado a nosotros la palabra de la reconciliación.

¿Y cómo entender este versículo final y no movernos? "Al que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él." Justicia de Dios, carácter santo, a la imagen de Cristo. A quien no conoció pecado, lo hizo pecado para que un día él pudiera ser como Cristo. Si tú lo personalizas: al que no conoció pecado, le hizo pecado por Miguel, para que Miguel fuera hecho justicia de Dios en Él. Go, ve.

La palabra de reconciliación que aparece es la palabra *katallasso*, que implica dos personas que estaban en enemistad, donde uno era mayor que el otro, y el mayor dio el paso para reconciliarse con el menor. De manera que si tú estás ahí reconciliado y te consideras del lado del mayor, ve. Y si te consideras del lado del menor, ve también. Quizás le recuerde al mayor lo que el Mayor hizo primero, y que seamos hechos justicia de Dios en Cristo.

De modo que sabemos nuestra responsabilidad. Yo creo que estas son razones suficientes para ir. Pero déjame cerrar con este versículo, que lo dejé para último a propósito. Todo eso que hemos hablado, todo eso que recibimos, todo eso que somos. Escucha lo que Pablo dijo en el versículo 18: "Y todo esto procede de Dios." Como si lo demás no fuera suficiente. Todo esto procede de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por medio de Cristo y nos dio el ministerio de la reconciliación. El temor del Señor procede de Dios. La convicción para ir procede de Dios. La apreciación por el amor de Cristo procede de Dios. El sentido de gratitud procede de Dios. Mi nueva perspectiva de vida procede de Dios. Mi asignación como embajador procede de Dios.

Y habiendo recibido todo lo que he recibido, ¿cómo no voy a ir? ¿Cómo no voy a predicar y a proclamar su verdad? Él me ha dado a su Hijo, me ha dado su perdón, me ha dado su gracia, me ha dado la fe que tengo, me ha dado la pasión que tengo, me ha dado el deseo por la Palabra. Porque todo esto procede de mi Dios, ¿cómo no voy a responder? ¿Cómo no voy a vivir para Él? ¿Cómo no me voy a sacrificar por Él? ¿Cómo no voy a gastar por su causa? ¿Cómo no voy a morir por su causa?

¡Oh Dios, perdónanos! Perdónanos. Perdónanos. No aquel, aquí la carta, tu cruz. ¡Padre, perdónanos por no valorar tu amor! Perdónanos, porque ni la cruz a nuestro favor nos mueve, Dios. Si tu sacrificio no nos mueve, si tu amor no nos mueve, si tu gracia por nosotros no nos mueve, si la reconciliación que has logrado por mí no me mueve, si el privilegio de ser tu embajador no me mueve, si el privilegio de haber recibido la palabra y el ministerio de la reconciliación no me mueve, Dios, ¿qué me va a mover? ¡Oh Dios, perdónanos! Perdónanos, Dios. Que no hemos hecho lo que tenemos que hacer.

¡Señor, llévanos de donde estamos a donde debemos estar! ¡Llévanos de nuestra comodidad, de nuestra paz y vida sin acción! ¡Llévanos, Dios, de nuestra insensibilidad a todo esto que hemos dicho, a la sensibilidad extraordinaria, por tu obra! ¡Glorifícate en nosotros, glorifícate en tu iglesia!

Dios, recuérdanos que hay un mundo ahí afuera que se está perdiendo. Que hay un mundo ahí afuera que está en dolor, que está en sufrimiento. Que hay un mundo ahí donde padres asesinan a sus esposas y luego se suicidan. Y nosotros tenemos la única verdad que puede liberar a ese mundo de ese deterioro moral, para la gloria de tu nombre, Dios.

¡Oh, extiende tu reino! ¡Oh, venga tu reino, Dios! Que se oiga tu canción, Señor, en cada nación. Pero si tu canción ha de oírse en cada nación, tendrá que oírse en mi corazón primero. Tendrá que oírse en mi hogar primero, en mi familia primero, en mi matrimonio primero, Dios, en mi iglesia primero. Y luego que se oiga tu canción en cada nación.

¡Venga tu reino, venga tu reino! Solamente tú puedes salvar, oh Dios. ¡Oh, venga tu reino!

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.