Integridad y Sabiduria
Sermones

No hay condenación

Miguel Núñez 8 noviembre, 2020

Romanos 8 abre con una declaración que cambia todo: "No hay condenación para los que están en Cristo Jesús". Esta frase, en su contexto original, significa que el creyente ha sido librado no solo de la sentencia sino también de su ejecución. Es como alguien condenado a muerte cuya sentencia es cancelada por completo. Después de siete capítulos explicando la condición pecaminosa del hombre y la incapacidad de la ley para salvarlo, Pablo presenta las enormes bendiciones que ahora pertenecen a quienes están unidos a Cristo.

El capítulo presenta dos fuerzas en tensión: la ley del pecado, que es el impulso natural de comportarse según los deseos de la carne, y la ley del Espíritu de vida, que es el poder que Dios pone en el creyente para obedecer. Lo que la ley no podía hacer porque la carne era débil, Dios lo hizo enviando a su propio Hijo. Cristo quitó al pecado tanto la posibilidad de condenarnos como el dominio que ejercía sobre nosotros. El Espíritu Santo ahora pone en el creyente tanto el querer como el poder hacer lo que agrada a Dios.

El pastor Núñez ilustra esta verdad con la imagen de un ave: si está muerta y la sueltas, cae atraída por la gravedad; pero si está viva, mueve sus alas y se eleva. Así el creyente regenerado tiene en sí mismo el poder para vencer el pecado, pero debe esforzarse moviendo las alas del Espíritu. Cuando cae, no es porque le faltó poder, sino porque cedió su voluntad al egocentrismo de la carne en lugar de rendirse al Espíritu que mora en él.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Romanos, capítulo 8. Eso es donde estamos, en esta travesía por esta carta. Yo les mencioné el domingo anterior que a partir de este momento, pues nosotros estaríamos como tomando otro rumbo donde podríamos apreciar mucho mejor las grandes bendiciones que Dios nos ha dado a través de su Hijo. Y ciertamente el capítulo 8 de Romanos, como que va en una dirección distinta, no en el sentido de que sea una palabra nueva y distinta, sino como que viene concluyendo y viene dándole forma a una serie de enseñanzas que Pablo había introducido, pero que no había podido expandir hasta donde lo hace ahora en el capítulo 8.

Recuerda que en el capítulo 6 Pablo se dispuso a responder al argumento de: si nosotros somos salvos por gracia, ¿no sería esa gracia una forma de aumentar entonces la pecaminosidad del hombre? Y Pablo responde con su frase típica: "de ningún modo." Y en el capítulo 7 nos encontramos con otro argumento, y es que si Pablo había dicho que la ley no podía salvarnos, entonces, ¿es la ley pecaminosa? De eso habla Romanos 7:7, y Pablo responde en ese mismo versículo 7 del capítulo 7 y dice otra vez: "de ningún modo." Entonces los capítulos 6 y 7 de Romanos son vitales para que tú y yo podamos entender mucho mejor la buena noticia que trae el capítulo 8, o las múltiples buenas noticias que encontraremos en él.

Recuerda que en la primera mitad del capítulo 6 Pablo nos mostró de qué manera nuestra unión con Cristo, infinita e inseparable, nos libertó de la esclavitud del pecado. Pero cuando llegamos al capítulo 7 comenzamos a ver que, a pesar de esa libertad que tenemos en Cristo y por la unión con Él, hay una lucha continua que todavía se mantiene. De hecho, el mismo apóstol Pablo en Romanos 7:15 nos deja ver la intensidad y la frustración con esa lucha cuando dice: "porque lo que hago no lo entiendo, porque no practico lo que quiero hacer, sino lo que aborrezco, eso hago." En vista de eso, Pablo va cerrando el capítulo 7 y al final da un clamor; escuchamos un grito de desesperación de su parte cuando dice en el versículo 24: "¡Miserable de mí! ¿Quién me libertará de este cuerpo de muerte?" Inmediatamente Pablo da otro grito, pero esta vez de esperanza, y nos dice: "pero gracias a Dios, por Jesucristo, Señor nuestro." Y vimos todo eso el domingo pasado.

Ahora bien, mucha de esta teología pesada que hemos estado revisando, y que nos trajo la condenación después de la transgresión de Adán y Eva, es la que Pablo va a usar ahora para ayudarnos a ver cómo todo esto resultó en las enormes bendiciones de que nos habla el capítulo 8 de esta carta. En el capítulo 7, el anterior, el énfasis del apóstol Pablo estuvo en la ley. Tanto es así que en el original la palabra "ley" y sus sinónimos son repetidos 31 veces. ¿Cuál es el rol que realmente juega la ley en la vida de los hombres o en la vida de los creyentes? Pero ahora en el capítulo 8, Pablo da un giro, y el énfasis ya no está en la ley. El énfasis de Pablo está en el Espíritu, de tal manera que la mención al Espíritu aparece entre 19 y 20 veces en los primeros 23 versículos del texto de Romanos 8.

Esta es una carta extraordinaria, pero tiene un capítulo extraordinario, y es este que estamos comenzando a abordar en el día de hoy. Algunos han llamado a la carta de Romanos "el más grande capítulo en el libro más grande de la Biblia," el más extraordinario capítulo en la más extraordinaria carta de la Biblia. Otros han titulado este capítulo "el santuario interno de la catedral de la fe." ¿Te lo imaginas? Todavía otros lo han llamado "el árbol de la vida del jardín del Edén." Y como si eso fuera poco, algunos lo han considerado como el pico más alto de la cordillera: es como que Romanos tiene tanta teología, está tan extraordinaria, que toda ella forma una cordillera, pero en esa cordillera hay un pico más alto que todos, y ese es este capítulo 8.

Y tú comienzas a percatarte, tan pronto lees los primeros versículos del capítulo 8, que realmente es así, como que estás entrando en un terreno nuevo con cosas extraordinarias, por las que le hemos dado ese lugar a este capítulo. Con eso yo quiero invitarte a que leas el capítulo 8, versículos del 1 al 5, aunque solamente vamos a cubrir los primeros cuatro, pero lo dejo ahí como conexión para el próximo mensaje que continúe.

"Por tanto, ahora no hay condenación" —y ya esa frase está llena de significado— "para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne sino conforme al Espíritu, porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús te ha libertado de la ley del pecado y de la muerte, pues lo que la ley no pudo hacer, ya que era débil por causa de la carne, Dios lo hizo enviando a su propio Hijo en semejanza de carne de pecado y como ofrenda por el pecado; condenó el pecado en la carne, para que el requisito de la ley se cumpliera en nosotros que no andamos conforme a la carne sino conforme al Espíritu, porque los que viven conforme a la carne ponen la mente en las cosas de la carne, pero los que viven conforme al Espíritu, en las cosas del Espíritu, porque la mente puesta en la carne es muerte, pero la mente puesta en el Espíritu es vida y paz." Llegué hasta el versículo 6, pero la intención es cubrir los versículos 1 al 4.

Notamos —y hacemos el llamado de atención cada vez que encontramos la frase "por tanto"— que eso implica que lo que continúa está conectado con lo anterior. Pero en el caso de este capítulo 8, no es solamente que hay una continuación entre el capítulo 7 y el 8; es que hay una continuación entre los primeros siete capítulos de la carta de Romanos y este capítulo 8, y es importante ver lo de esa manera, como vamos a exponer en los próximos versículos.

Algo importante de este capítulo 8 de Romanos es, como han dicho algunos, que este capítulo proclama y despliega la libertad del cristiano. Esto ha sido expuesto de diferentes maneras, pero Warren Wiersbe en su comentario nos habla de que Pablo declara aquí cuatro libertades espirituales que aquellos que verdaderamente han nacido de nuevo disfrutan. Número 1: libertad del juicio, versículos 1 al 4. Número 2: libertad de posibles derrotas o fracasos, versículos 5 al 17. Número 3: libertad del desánimo, versículos 18 al 30. Y número 4: libertad del temor, versículos 31 al 39. Libertad del juicio, libertad de posibles derrotas o fracasos, libertad del desánimo y libertad del temor.

La frase "no hay condenación" con la que inicia este capítulo 8 es seguida al final por otra frase que pudiéramos llamar "no hay separación posible," para los que están en Cristo Jesús. Es como dos fortalezas: "no hay condenación," terminando con "no hay separación." Pero como dice uno de los autores consultados, hay otra frase que pudiéramos poner en el medio: tampoco hay derrota. Y eso es impresionante, que tú tengas un capítulo que te enseña que si verdaderamente estás unido a Cristo, pues no hay condenación, pero tampoco hay separación y tampoco hay derrota en el caminar hacia la gloria. Y eso es cierto para la persona que ha nacido de nuevo: ella puede tropezar, ella puede incluso caerse, pero no puede ser derrotada completamente. Y eso fue posible debido a la muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo.

La victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte es tu victoria, pero esa victoria es obra del Espíritu Santo en Cristo mismo y en nosotros. Creo que muchos de nosotros no nos percatamos, pero desde que Cristo fue engendrado por el Espíritu Santo, hasta que fue bautizado por el Espíritu Santo, llevado al desierto por el Espíritu Santo, expulsó demonios por el poder del Espíritu, fue a la cruz y fue sostenido en la cruz por el poder del Espíritu eterno, y murió, y resucitó, y fue el Espíritu quien lo resucitó. Esta obra de Cristo a favor nuestro fue acompañada de la obra del Espíritu Santo, y es el mismo Espíritu en nosotros quien continúa obrando. Este es el Espíritu del que Pablo estaba hablando, mencionado 19 veces en Romanos 8:1 al 23.

Entonces, ya mencionamos brevemente la importancia que tiene la frase "por tanto"; es una frase clave porque está uniendo todo lo anterior, toda la obra de Cristo anteriormente explicada y toda la explicación teológica. Inmediatamente después aparece una palabra vital, y es "ahora": "por tanto, ahora." ¿Qué quieres decir con "ahora," Pablo? ¿Ahora, hace dos mil años? ¿Qué quiere decir ese "ahora"? Bueno: ahora que Cristo ha cumplido la ley y las exigencias de la ley; ahora que el que no conoció pecado fue hecho pecado para que nosotros fuéramos justicia de Dios en Él; ahora que Cristo pagó por el pecado de los redimidos; ahora que Cristo conquistó el pecado y la muerte; ahora que Él resucitó y dejó la tumba vacía; ahora que Cristo hizo posible la salvación por gracia por medio de la fe; ahora, y solo ahora, no hay condenación para los que están en Cristo Jesús. Ahora y solo ahora. Esa es una frase clave para ti y para mí.

Inmediatamente después de ese "por tanto" y de ese "ahora" aparece otra frase clave que es el título del mensaje: "no hay condenación." Y es importante que podamos entender esa frase también en su contexto. León Morris habla de que esa frase "no hay condenación" es un término forense que implica e involucra tanto la sentencia como la ejecución de la sentencia. Cuando yo digo eso quizás no quede tan claro, pero si piensan en esto que les voy a mencionar, quizás les quede más claro. En Estados Unidos, y seguro ocurre en otros países también, en ocasiones hay alguien que es condenado a muerte. Esa es la sentencia. Pero resulta que después de haber sido condenado, el tiempo comienza a pasar —y yo no sé por qué esperan— pero pasa un año, dos, tres, cuatro, cinco, a veces, y de repente esa sentencia de muerte es cambiada por el juez, y ya no va a terminar en la muerte, sino que es cambiada por una pena perpetua: va a estar preso hasta el final de sus días.

Entonces, la ejecución de la sentencia no fue llevada a cabo. Hubo una sentencia, la ejecución no fue llevada a cabo y fue cambiada por otra cosa. Cuando Pablo dice "no hay condenación", de acuerdo a lo que el término significó originalmente, implica que nosotros estamos libres tanto de la sentencia como de una posible ejecución de la sentencia. Y eso es buena noticia, eso es una gran noticia, eso es una noticia única, y es una noticia que tú solamente puedes alcanzar bajo el nombre de Cristo. Bajo ningún otro nombre debajo del cielo puedes encontrar una salvación por medio de la fe, por medio de la gracia, a través de la fe como la que encuentras en Cristo.

Cuando Cristo dijo "consumado es", ya todo fue hecho de una vez y para siempre, cumplido en la cruz por la eternidad, por todos los siglos, para todos sus elegidos. Ya no había nada más que hacer. "Hecho" es la palabra clave en la fe cristiana. Y menciono eso porque en toda la demás religión tú tienes que hacer para ganar la salvación. En el cristianismo, se nos dice, se nos enfatiza el hecho de que Cristo ya lo hizo todo, lo terminó todo, y ahora lo que yo necesito hacer es responder a lo que Él hizo.

Es interesante que en el capítulo 8 de Romanos, solo en este capítulo, no hay un imperativo. Lo que implica es que no hay nada que yo tenga que hacer. Pablo está hablando de cosas que ya están hechas. A donde Pablo nos está llevando es a que nosotros podamos sentarnos a reflexionar detalladamente acerca de los increíbles beneficios y bendiciones que Dios nos otorgó en Cristo, para que luego, habiéndonos percatado de lo increíble que son esos beneficios, yo pueda responder de manera natural, por amor a Él, en su misión y en amor al Hijo.

Déjame darte un resumen de introducción acerca de las bendiciones que este capítulo nos va a presentar. El versículo 1 y 2: nosotros tenemos vida en el Espíritu. Del versículo 5 al 11: nosotros vemos que tenemos santificación por medio del Espíritu. El versículo 12 al 17 nos dice que fuimos adoptados como hijos de Dios a través del mismo Espíritu. El versículo 18 al 26: tenemos una esperanza por medio del Espíritu, aun en medio de la creación que gime con dolores de parto; aun en medio de eso, hay una esperanza.

El versículo 26 y 27: tenemos el privilegio de que el Espíritu interceda por nosotros, y se nos dice también que nos enseña a orar. ¿Te imaginas que Dios tomó la tercera persona de la Trinidad, la puso dentro de ti, y esa persona, en cuanto a la oración, va a hacer dos cosas? Número uno: te va a enseñar a orar. Y número dos: cuando tú no estés orando correctamente, Ella va a interceder por ti con gemidos indecibles, de manera indescriptible. Que tú tienes un abogado frente al Padre que se llama Cristo Jesús y tienes un Espíritu dentro de ti que intercede por ti con gemidos indecibles.

En el versículo 28 al 39 se nos habla de la confianza que tenemos en Cristo de que nuestra salvación ha sido asegurada permanentemente y es imposible de ser perdida. ¡Wow! Entonces, para nosotros que no tenemos condenación, lo que implica es que Cristo nos liberó de la maldición de la ley, de la exigencia de la ley, de la corrupción de nuestra naturaleza pecadora que no podía cumplir la ley, y por tanto nos libertó de la esclavitud del pecado.

Ahí comenzamos esta mañana cantando a la libertad. Yo menciono eso porque muchos de nosotros conocemos las doctrinas, como que Cristo nos libertó, cantamos la doctrina de la libertad, pero nosotros no entendemos las implicaciones de la doctrina. Y ese es uno de los problemas con el cristiano: que al no entender la implicación de la doctrina, ni le echa mano, por así decirlo, a las bendiciones que las doctrinas proveen, ni las vive, ni honra a Dios al entender las implicaciones de las mismas. Pero cuando tú entiendes que poder decir "no hay condenación" tiene detrás una cantidad enorme de beneficios y bendiciones, entonces ahora tu sentido de agradecimiento se convierte en otra cosa, toma otra magnitud, está como a otro nivel, por así decirlo.

Entonces ese es el contenido del versículo 1: "Por tanto, ahora no hay condenación para aquellos que están en Cristo Jesús." Ahora noten el versículo 2, y cada uno de estos versículos tiene una o más ideas grandes. El versículo 2: "La ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús te ha libertado de la ley del pecado y de la muerte." Déjame desempacar ese versículo. Aquí hay dos leyes; tenemos que entender la ley del Espíritu de vida y la ley del pecado y de la muerte.

Entonces, ¿cómo entendemos eso? Bueno, recuerda que nosotros vimos ya en el capítulo 7 que cuando Pablo habla de esas dos leyes, él se está refiriendo a un principio, o a una fuerza, o a un impulso. Déjame definirte una versus la otra. La ley del pecado es el impulso que tú y yo tenemos muchas veces de comportarnos conforme al deseo de la carne. En Romanos 7:23, Pablo dice que él fue hecho prisionero del pecado debido a esa inclinación natural que tiene la carne. Esa es la ley del pecado y de la muerte.

Pero ahora, la ley del Espíritu de vida es, en el creyente, el Espíritu Santo: la fuerza, la motivación, el impulso que el Espíritu Santo provee a los hijos de Dios, para que ahora que Él mora en ellos puedan comenzar a obedecer la ley de Dios. Y decía esta mañana que la única marca distintiva de que alguien es cristiano es la morada del Espíritu, nada más. De hecho, más adelante vamos a ver en Romanos 8:14 que todos los hijos de Dios son guiados por el Espíritu.

La única marca distintiva de que alguien es verdaderamente hijo de Dios es la morada del Espíritu; ninguna otra cosa es distintiva. El incrédulo puede orar al Dios verdadero, puede venir aquí y orar al Dios verdadero, puede ayunar, puede cantar, levantar el brazo y adorar con el resto de la clase, puede bautizarse, puede leer la Palabra, puede hacer una profesión de fe. Nada de eso es distintivo de que él es cristiano. Los cristianos debieran hacer todas esas cosas, pero la única marca distintiva es la morada del Espíritu de vida.

El Espíritu de vida que mora en nosotros ahora pone en nosotros tanto el querer como el hacer, como lo dice a los filipenses. Y eso es vital. La razón por la que estamos diciendo esto es porque si el Espíritu de Dios viene a morar en mí, y eso es un impulso poderoso, de hecho más poderoso que el impulso de la carne —por eso vence el poder del pecado—, eso implica que ahora yo soy dejado sin excusa para comportarme como un hijo de Dios. Porque yo tengo en mí un impulso poderoso que va más allá de lo que el pecado puede impulsarme, que trabaja en nosotros para poner no solo el deseo por las cosas de Dios, sino también el poder para hacer las cosas que Dios quiere que yo haga: el deseo y el poder hacerlo.

Con razón Cristo dijo: "Mi yugo es fácil, mi carga es ligera." Claro que su yugo es fácil y su carga es ligera, porque su Espíritu pone en ti el deseo y el poder para hacer lo que deseas. Y por eso ahora tú puedes vencer el impulso de la carne. Muchas veces no lo hacemos, pero no es porque no tengamos el poder dentro de nosotros para vencerlo; es que no hemos querido. Por eso dijo Cristo que el Hijo hace libres, verdaderamente libres. La pregunta es: ¿por qué no viven los hijos de Dios en esa libertad? No porque Dios no quiera, no porque Él no pueda; es que no han querido, porque esa libertad fue traída a nosotros por medio del Espíritu de Dios.

Y ahora tú puedes comenzar a experimentar las bendiciones del nuevo nacimiento. Hasta ese momento, anterior a tu nuevo nacimiento, recuerda lo que dijimos: tú no tenías el impulso del Espíritu Santo, no tenías nada que pudiera vencer el impulso del pecado; por consiguiente, tus opciones eran pecar o pecar. Ahora naces de nuevo, el Espíritu regenera tu alma, el Espíritu Santo viene a morar en ti. Ahora tú tienes un poder todopoderoso —vale la redundancia—, tienes un poder todopoderoso de parte de Dios que puede vencer el poder de la carne. El poder de la carne permanece, pero puede ser vencido.

Y yo no soy un esclavo del pecado, y yo no soy un hijo de ira, y yo no soy un condenado, no soy alguien destinado al infierno. Pero lo era; pero ya no lo soy. Más bien, ahora yo soy una persona libre, soy un hijo de Dios, soy de hecho coheredero con Cristo. Mis bendiciones llegan hasta el punto de ser parte de una raza escogida, de ser un sacerdocio real, una nación santa. Soy miembro de un pueblo que ha pasado a ser posesión de Dios, y al que se le ha dado el privilegio —y con eso después la responsabilidad— de poder proclamar las virtudes, los atributos, las excelencias de Aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable.

Imagina que Dios me ha dado su Palabra para revelar en ella sus atributos, luego me salvó, y me dice: "Mira, ve ahora y proclama, y vive mis atributos en tu vida, de manera que otros puedan llegar a conocerme a través de ti y puedan heredar la libertad que ahora tú tienes." Eso es un gran privilegio, pero es una gran responsabilidad. ¿Están conmigo? ¿Sí?

El versículo 3 tiene otra gran idea. Cada versículo tiene una o dos grandes ideas, una o más. La idea anterior tenía dos: la ley del Espíritu y la ley del pecado y de la muerte. El versículo 3: "Lo que la ley no pudo hacer, ya que era débil por causa de la carne, Dios lo hizo." Lo que la ley no pudo hacer, ese problema que había con la ley, Dios lo venció, Dios lo hizo. ¿Cómo? Enviando a su propio Hijo en semejanza de carne de pecado y, como ofrenda por el pecado, condenó al pecado en la carne. Eso pudiera parecer un tanto complejo, pero no lo es; escucha.

La ley era santa, era justa y era buena, excelente. Lo siendo perfecta, era imposible de obedecer. Entonces hay un problema. Siendo justa, no me podía justificar; sigue el problema. Siendo santa, no podía santificarme; sigue el problema. La ley puede decirme: "Oye, tú eres pecador", pero no me puede salvar; entonces el problema sigue.

Había una incapacidad, no en la ley, pero relacionada a la ley; más bien relacionada a mi relación con la ley. No estaba en la naturaleza de la ley, estaba en la naturaleza de la carne. Escucha lo otra vez: pues lo que la ley no pudo hacer, ya que era débil por causa de la carne, ahí está el problema. Pablo no veía la ley como mala, sino como débil en relación a la carne. El problema estaba y está en nosotros, que no podemos obedecer la ley completamente.

Entonces Dios conocía esa realidad, y Dios, conociendo la realidad, todavía en el versículo 3, es que la ley no puede santificarlos, no puede perdonarlos, no puede salvarlos, no puede justificarlos ni salvarnos. Entonces, bueno, el texto lo dice: ¿qué hizo? A su propio Hijo. Envió Dios, lo hizo. O sea, lo que la ley no puede hacer, Dios lo hizo. ¿Cómo? Enviando a su propio Hijo. Nota: su propio Hijo, en semejanza de carne de pecado. No en carne de pecado, sino en semejanza de carne de pecado, y como ofrenda por el pecado, condenó el pecado en la carne.

Notaste: el versículo tiene ritmo, no hay dos ideas separadas, están unidas. Importante. Yo te decía: primero, Dios envió a su propio Hijo. Pero la manera como Cristo es Hijo no es la misma manera como nosotros somos hijos. Claro que no. Cristo es Hijo de Dios Padre por naturaleza; Cristo ha sido el Hijo de Dios desde la eternidad pasada, desde todo el tiempo, desde que Dios existe, que es siempre. Tú y yo somos hijos de Dios, pero no por naturaleza. Nosotros somos hijos de Dios por gracia y por adopción. Nosotros éramos hijos de ira, pero por gracia nos dio salvación y nos adoptó, y pasamos a ser hijos. Esa es una diferencia entre Cristo y nosotros.

Entonces, cuando Cristo vino, se encarnó y vino en semejanza de carne como la nuestra, carne de pecado, pero sin pecado. La otra idea que está en el versículo 3 son las implicaciones de la muerte de Cristo en la cruz. ¿Por qué? Porque el texto del versículo 3 dice, escucha lo que me dice: "y como ofrenda por el pecado, condenó al pecado en la carne". ¿Qué implica eso? Bueno, por un lado, la muerte de Cristo le quitó al pecado la posibilidad de condenarme. Para los que hoy estamos en Cristo, le quitó al pecado la posibilidad de condenarme; y por otro lado, le quitó al pecado el dominio que ejercía sobre nosotros, cuando Dios nos libertó de la esclavitud del pecado.

En otras palabras, después de la muerte de Cristo, cuando yo vengo a Él en mi justificación y en la morada del Espíritu, que es inmediata a mi justificación, ahora yo recibo un nuevo poder, de tal forma que no soy esclavo del pecado, porque yo puedo vencerlo empoderado por el Espíritu. Yo puedo comenzar a obedecer la ley de Dios. Un autor de nombre Manson lo trató de explicar de esta manera; en inglés se entiende mejor, pero no estamos hablando inglés ahora.

La ley de Moisés tenía el derecho de condenarnos, pero no tenía el poder. Claro que no, porque el poder lo tiene el juez, y el juez es Dios; pero tenía el derecho, porque me señalaba como condenado. La ley del pecado tenía el poder para llevarnos hasta la condenación, pero no tenía el derecho. No, claro que no, porque el derecho lo tiene Dios, que es el juez. Y el pecado sí iba a ser la causa de mi condenación, siempre y cuando el juez determinara que yo quedaba condenado; entonces no tenía el derecho.

Ahora, la ley del Espíritu de vida, que es como Pablo llama al Espíritu Santo, tiene ambas cosas: el derecho y el poder para librarnos de la ley del pecado y de la ley de la muerte. El Espíritu Santo, obrando en mí, tiene el derecho y el poder para librarme del pecado y de la muerte.

Entonces ahora Pablo comienza a abrirnos la verdad en el versículo 4. O sea, todo lo anterior, ¿para qué? Yo necesito conocer todo lo anterior en términos de la libertad que ahora disfruto, en términos de que la libertad vino por el Espíritu Santo, en términos de que el Espíritu Santo me da el poder para comenzar a obedecer la ley de Dios, en términos de que el Espíritu Santo me da el poder no solamente para comenzar a obedecer la ley de Dios, sino también para vencer los impulsos pecaminosos de mi carne, de tal forma que yo pueda decirle no al pecado y sí a Dios.

Entonces, ¿cuál es la conclusión de todo eso? En el versículo 4, Pablo dice lo siguiente: todo eso para que el requisito de la ley se cumpliera en nosotros. Cristo cumplió la ley, murió, resucitó, para que el requisito de la ley se cumpliera en nosotros. Ahora escucha, porque lo que sigue es vital para la vida diaria: "que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu". Pablo usa la palabra "andar"; en el original la palabra es περιπατέω, y eso tiene que ver con un estilo de vida. Entonces lo que está diciendo es que todas esas bendiciones a las que yo he hecho referencia deben llevar a un estilo de vida que sea conforme al Espíritu, distinto al de aquellos que caminan conforme a la carne.

Entonces Dios divide la humanidad en dos grupos, al menos en este texto: los que caminan conforme a la carne y los que caminan conforme al Espíritu. Dos grupos. Tú sabes que en el mundo nosotros dividimos a los hombres en grupos: pobres y ricos, educados y no educados, inteligentes y no tan inteligentes, nacionales y extranjeros, blancos y negros, sanos y enfermos, hombres y mujeres, niños y adultos, y complicamos las cosas. Pero el texto dice: no, no hay que complicarla tanto. La humanidad tiene dos grupos; no hay tres. Hay unos que caminan conforme a la carne y otros que caminan conforme al Espíritu.

Entonces ahora yo tengo que preguntarme: ¿qué significa una cosa y qué significa la otra, para ver dónde estoy yo? Bueno, déjame decirte lo que implica caminar conforme a la carne. No es tan simple, porque es multifactorial; las definiciones son variadas, pero se complementan. Caminar conforme a la carne implica, entre otras cosas, caminar conforme a los deseos de la naturaleza caída. En otras palabras, cuando alguien me ve, no solamente en lo que yo dejo ver, sino cuando alguien me ve por dentro, que es Dios, ¿yo estoy más frecuentemente caminando conforme a los deseos de la carne o conforme a los deseos del Espíritu?

Eso es como cuando vemos a alguien: si se ve externamente que camina conforme a la carne, es obvio, es evidente. Pero hay otras cosas que no son tan evidentes. Vivir conforme a la carne implica también un estilo de pensamiento, una forma de pensar relacionada a términos como fama, poder, dinero, prestigio, privilegios, posición, popularidad, experiencia exterior, la aprobación de los hombres, el qué dirán, la vergüenza que me da hacer algo debido o algo que quizá incluso es sencillo delante de los hombres; pero no me da vergüenza el pecado que cometo delante de Dios.

Andar conforme a la carne implica también obedecer los impulsos pecaminosos de la carne y de la mente que maquina pecaminosamente lo que su carne le pide. Todos nosotros sabemos lo que eso implica. La carne me pide cosas, pero hay cosas que la carne me pide que yo no tengo problema en hacerlas delante de todo el mundo, como comer: tengo hambre, la carne tiene hambre y tengo que darle de comer a la carne. Pero hay otras cosas que tú sabes que no se pueden hacer delante de la gente; entonces, como no se pueden hacer delante de la gente, la mente comienza a maquinar pecaminosamente cómo yo puedo lograrlo sin que se entere la gente. Porque recuerda: cuando caminas conforme a la carne, el problema es la gente. Necesito su aprobación, no quiero pasar vergüenza delante de ellos, necesito dar una apariencia mejor de lo que yo soy. Todo eso corresponde a la carne, al andar conforme a la carne.

El académico William Brown lo definió de esta manera: el caminar según la carne es, en primer lugar, cultivar la amistad con el mundo; ya Juan nos dice en su primera carta que la amistad con el mundo es enemistad con Dios. Es ceder a la influencia que debilitaría nuestra alianza con Cristo. En otras palabras, cuando Cristo viene a mi vida, yo hago una alianza con Cristo; ahora yo tengo que serle fiel a Cristo. Pero andar conforme a la carne implica que hay cosas que yo dejo introducir entre Cristo y yo que debilitan mi alianza con Él.

Continúa diciendo: es negar nuestro llamado a ser santos. Si yo sé que hemos sido llamados a ser santos, pero tú sabes que estamos en la carne, sí, ese es el problema, yo lo sé; pero el llamado es a ser santos. Es negar ese llamado, es diluir ese llamado, es debilitar ese llamado y, por consiguiente, debilitar nuestra relación con Él, una relación a la que Dios nos trajo por gracia.

Continúa diciendo: caminar en la carne implica también entrar en la pérdida de su aprobación y en la pérdida de nuestra recompensa futura. En otras palabras, cuando caminamos en la carne, tú debes estar consciente de que estás perdiendo la aprobación de Dios. Si pierdo la aprobación de Dios, implica que mucha de su bendición tampoco voy a recibir. Pero también hay recompensas futuras que Dios ha prometido para aquellos que caminan y viven de una manera determinada, y también las estás perdiendo. De alguna forma, sin embargo, la carne nos engaña y nos hace ver que este placer temporal, pasajero, vale la pena tenerlo aunque Dios no me apruebe, y vale la pena que los hombres no se enteren, porque a mí me interesa la aprobación de ellos aunque sea desaprobado por Dios.

Podemos hacer todo lo anterior, pero cuando nosotros hacemos eso de manera más regular, de manera más recurrente, hay una alta probabilidad de que quizá yo no sea cristiano. Porque si hay algo que el estudio de la Palabra me ha ido convenciendo, es que ser cristiano no es una afirmación oral. Ser cristiano definitivamente no es una afirmación oral; ser cristiano es un estilo de vida como resultado de una naturaleza que ha sido cambiada, una mente que ha sido transformada, un corazón que lo pasaron de ser de piedra a ser de carne, hasta el punto de que el corazón ahora ama a Dios, ama las cosas relacionadas a Dios, ama Su Palabra, ama Sus hijos, ama Su pueblo, ama todo lo relacionado a Dios, e incluso termina amando hasta al prójimo.

Hermanos, lo que Pablo nos está tratando de ayudar a entender es que, con que estoy unido a Cristo y con la morada del Espíritu, yo tengo lo que se requiere para obedecer, porque tengo el poder de Dios. De manera que si tú y yo queremos oponernos a los deseos de la carne, yo tengo lo que se requiere para vencer la carne. Cuando yo no lo hago es porque yo no la quiero vencer; es tan simple. No importa si eres tú o soy yo, pero cuando yo no lo hago, nos estamos rebelando contra el Espíritu y contra Dios que mora en nosotros, y decimos entonces —aunque no lo decimos con esta palabra— decimos: "No, ahí sí que yo no te voy a obedecer."

Tan sencillo como: "Mira, pídele perdón a tu esposa." Bueno, tú dices: "Yo no llego ahí." Pero no es que no puedes hacerlo, no es que no es tu misión; no llegas ahí. Pero otras veces, hermanos, llega un momento en que tu lucha con el pecado, por la exposición que has tenido al pecado —la exposición en el sentido de que te expones, caminas, cedes—, entonces la lucha es como que no acabo de ganar la batalla. Y puede que yo me duela y tú te canses. "Bueno, pastor, ya yo me harté, ya yo me cansé." "Yo voy a tomar…" —no lo decimos así—, pero "voy a tomar mi vida anterior", "yo voy a tomar unas vacaciones del Espíritu Santo." No lo decimos así, pero con palabras sinónimas, yo lo he escuchado múltiples veces en consejería.

A lo cual el Espíritu pudiera decir, si fuera hablando en dominicano: "Bueno, si tú quieres tomar unas vacaciones de mí, tú eres grande y sabes lo que haces; tú conoces las consecuencias, en la Palabra, de lo que han hecho tal cosa."

Hermanos, del mismo modo que yo tengo lo que se requiere para obedecer, al mismo tiempo tengo lo que se requiere para desobedecer. ¿Y qué es lo que se requiere para desobedecer? Bueno, primero, que tengo una naturaleza caída todavía. Y yo tengo impulsos —la ley del pecado— son impulsos carnales, extremadamente poderosos y complacientes del yo, complacientes del yo de tal manera, hermano, que mi vida de pecado es simplemente —subraya la palabra "simplemente"— un reflejo de mi egocentrismo.

Te voy a decir cómo Paul Tripp lo dice, y luego te voy a decir cómo Cristo lo dijo teológicamente. Paul Tripp dice que el ADN del pecado —del pecado que sea—, el ADN, tú sabes lo que es el ADN, lo que te define: buscamos tu ADN, hombre o mujer, buscamos tu ADN, a mí me define como hijo de Mercedes y Luis Napoleón Nunes; buscamos el ADN y es lo que te define. El ADN del pecado, lo que define al pecado en su raíz, es el egocentrismo. Cristo lo dijo de otra forma: "Si alguno quiere venir en pos de mí…" Entonces tú vienes donde mí, lo escuchaste esta mañana, ese pastor me dice: "Yo tengo una vida así y asado, pero yo quiero ir en pos de Cristo y quiero ser un discípulo excelente." Escúchame y te recomiendo lo mismo que Cristo dijo: tú comienzas negándote a ti mismo. En otras palabras, comienzas matando tu egocentrismo, comienzas renunciando a tu vida —que no es tuya; te la dio el Dios Creador, y una vida nueva te va a dar el Dios Redentor, que es el mismo.

En otras palabras, de manos de verdad, este tipo de idea, pensamiento, reflexión y meditación a mí me ha ayudado enormemente a lo largo de mi camino: a mayor egocentrismo, mayor la inclinación que yo tengo de cometer pecados más o más repugnantes. Lo único que se requiere para que yo cometa pecados que serían de hecho calificados por Dios como abominables es ser muy egocéntrico para querer complacer el yo. Entonces ese egocentrismo hace que frecuentemente, en vez de seguir el impulso del Espíritu —la ley del Espíritu definida por Pablo—, lo que hago es preferir ceder a la ley del pecado, al impulso de la carne, porque complace a mi yo, y ahí es donde yo estoy centrado.

Ahora, si yo quiero algunos ejemplos de lo que pudieran ser obras de la carne, aquí hay algunos de esos ejemplos. Gálatas 5:19-21: "Ahora bien, las obras de la carne son evidentes" —claro, esas se ven—: "inmoralidad, impureza, sensualidad, idolatría, hechicería, enemistades, pleitos, celos" —ya llegamos a la casa—, "envidias, rivalidades, disensiones, herejías, envidias, borracheras, orgías y cosas semejantes." Lo impresionante para mí es que yo veo en esa lista idolatría, inmoralidad sexual, y la veo junto con celos, envidias, envidias, pleitos. Claro, porque vienen de la misma carne. No hay dos: una de putrefacción muy avanzada y la otra con un poco de putrefacción, no; son obras de la carne y no proceden del Espíritu.

Y después de usar esas tres palabras —inmoralidad, impureza, sensualidad—, el apóstol usa una cuarta que no hay que definir entre nosotros, que es "orgías." En otras palabras, es el uso de la sexualidad humana sin freno, hacia donde esta sociedad ha ido empujando, hacia donde las películas, las redes sociales y demás nos han ido empujando: a una sexualidad sin freno, de tal manera que yo le pueda dar rienda suelta a mis deseos pecaminosos igualmente sin freno. Y fue más: esta sociedad de hoy le llama a eso libertad.

Lo increíble es que cuando tú hablas con un cristiano —o alguien que se siente cristiano— pero que vive este tipo de libertad, de libertinaje, no es infrecuente que él te diga: "No hay condenación para los que están en Cristo Jesús." Cuando yo mencioné eso, inmediatamente me trajo a la memoria la historia de una pareja que casi conocemos; nos juntábamos los viernes en la noche con varias parejas en un grupo de la iglesia. El esposo de esta pareja venía de un trasfondo de uso de drogas, y de vez en cuando caía, y cuando su esposa lo confrontaba, él decía: "No hay condenación para los que están en Cristo Jesús." Y eso enojaba mucho a la esposa. No hay condenación, pero sabes que murió de un infarto cardíaco, probablemente fruto de su uso de drogas, y probablemente sí hubo condenación, porque ese era el estilo de vida de alguien que se decía creyente.

Eso no es una vida plena. Es una vida llena de amarguras, de consecuencias. Esto es una vida llena de no agradecimiento al sacrificio de Cristo. Por amor de Dios, por amor a Cristo, si somos tan ingratos con relación a Cristo como para disfrutar los pecados por los cuales Cristo se dejó clavar, ¡qué tan ingrato sería yo con el resto de la humanidad! ¿Hasta dónde pudiera llegar mi ingratitud, si la persona que se dejó clavar y derramó sangre pagó por mi pecado, y luego yo voy y disfruto los pecados por los cuales Él pagó?

Si Salomón hizo algo como eso —aunque no conocía a Cristo, pero tenía el anuncio de una ciencia que habría de venir— y vivió por un tiempo conforme a la carne, yo creo que en ese tiempo él no estaba creyendo en Dios. Y al final él concluye: ni el placer sexual, ni el vino, ni la risa, ni la obra de construcción y sus plantaciones, ni el dinero, ni el saber. A veces él dice, de hecho, que mientras más aprendió más sufrió, más entendía el problema. Todo eso, dice Salomón, fue vanidad de vanidades.

Así piensa, y como él piensa así es y así vive el que tiene la mente puesta en la carne: una vida vacía. En el mensaje que sigue, si queremos explorar esta idea, este concepto… pero déjame ilustrarte parte de lo que ya dije y con eso cierro.

Decía que nosotros tenemos el poder en nosotros para vencer el impulso de la carne, pues el impulso del Espíritu es más fuerte que el impulso de la carne, y por tanto yo tengo en mí la capacidad de obedecer los deseos del Espíritu, el impulso del Espíritu. Lo único es que con cierta frecuencia cedemos la voluntad por nuestro egocentrismo a los deseos de la carne, que sin límite busca complacer el yo. Ahí está el problema.

Pero yo creo que esta ilustración es muy buena. Hay una primera parte de la ilustración que viene de William MacDonald en su comentario. Si tú dejas caer un objeto —el que sea, puede ser esto, un lapicero—, ese objeto cae al piso, atraído por la fuerza de la gravedad, porque pesa más que el aire que lo podía suspender. Eso es verdad. Si yo tomo un ave muerta y la subo y la dejo caer, el ave va a caer también, porque pesa más que el aire que la podía sostener. Sin embargo, si yo tomo un ave viva y la levanto y la tiro al aire, verás cómo ella inmediatamente comienza a darle a sus alas para volar, se sostiene en suspenso y de hecho comienza a tomar altura cada vez más. Hasta ahí está la ilustración de MacDonald.

Aquí está mi aplicación. Si una persona no creyente trata de obedecer la ley, va a caer al piso también, porque la fuerza de gravedad del pecado —para llamarla así— es más poderosa que la fuerza del deseo que ella tiene de cumplir la ley. De la misma manera, si una persona que dice ser creyente porque hizo ya una profesión de fe pero no lo es, trata de obedecer la ley, igualmente va a caer al suelo, porque la fuerza de gravedad de su pecado es mayor que la fuerza del deseo que ella tiene de obedecer esa ley.

Ahora bien, si una persona regenerada, en quien vive el Espíritu de Dios, trata de obedecer la ley, va a notar que de repente comienza a tener la habilidad de comenzar a obedecer esa ley y va a poder comenzar a volar en su vida cristiana. Pero nota también en la analogía que cuando el ave viva fue soltada, ella inmediatamente tuvo que comenzar a hacer un esfuerzo, a mover sus alas, para poder mantenerse en el aire y poder levantarse por encima de la atracción que la tierra le estaba haciendo.

De esa misma manera, cuando tú tomas al cristiano y el Espíritu de Dios viene a morar en él, él no puede quedarse con sus alas cerradas. Él tiene que comenzar a mover las alas del Espíritu de Dios que mora en él, de tal forma que pueda comenzar a elevarse cada vez más, venciendo el poder del pecado que todavía mora en él. Y mientras él más se eleva, más se acerca a la imagen de Cristo. Pero yo tengo que esforzarme con el poder, o a través del poder, que ya mora en mí, y yo necesito rendir mi voluntad para que el mismo Espíritu entonces levante viento mientras yo muevo mis alas, y el mismo viento del Espíritu me siga levantando cada vez a mayor altura, cada vez más cerca de la imagen de Cristo.

Con lo cual yo tengo cada vez menos deseo de obedecer los deseos de la carne, estoy más lejos de lo que sería la fuerza de atracción de ese pecado, y entonces yo puedo decir: estoy viviendo una vida conforme al Espíritu y no conforme a la carne. ¡El mismo Dios no pudo haber diseñado una vida más perfecta que la vida de la persona regenerada! No es sin lucha, pero no hay lucha que no pueda vencer. No es sin tropiezos en el camino, pero no hay tropiezos que no pueda vencer.

Dios garantiza que Su gracia es suficiente. Dios garantiza que el poder del Espíritu es mayor que el poder de cualquier pecado que puedas encontrar. Dios garantiza que mientras yo corro, Él es como mi manager, de tal manera que está supervisando de manera personal las tentaciones que a mí llegan, y Él garantiza que no va a permitir que ninguna tentación mayor de la que yo pueda soportar pueda llegar a mí. Y si por casualidad llega, ten por seguro que eso pasó por Su mano, entendiendo Él que yo tenía la capacidad de soportar y resistir la tentación. Y que aún más, si Él se dio cuenta de que de alguna manera necesitas una ayudita extra, también te abre la puerta, te enseña la puerta y te dice: tú puedes salir por ahí.

Si después de eso yo no la resisto y caigo, ya no es problema de poder, ya no es problema de que no pude, de que no vi. Es un problema de que yo me relajé para no ver, le di para allá —como decimos nosotros—, y me olvidé de que el poder del Espíritu moraba en mí, porque el egocentrismo en mí continuó diciendo: dale algo al yo y compláccelo. Y yo preferí complacer al yo que complacer a Cristo. Eso se da y se ha dado en ti y en mí. No hay otra forma.

Si alguien quiere venir a mí y no muere a sí mismo... tú tienes la ley del Espíritu, o el Espíritu morando en tu interior.

Padre, gracias. Gracias porque yo entiendo mejor hoy en día que ciertamente Tu yugo es ligero, Tu carga es liviana. Hay una vida que vivir, pero ni siquiera me pediste que la viva yo. Por eso decía el apóstol Pablo: la vida que ahora vivo no la vivo yo, sino que la vive Cristo en mí. Perdona porque hemos insistido en ocasiones en vivir mi propia vida, una vida que ya fue comprada, que le pertenece a Cristo, que ha sido empoderada por el Espíritu justamente para vivirla de una manera que agrada a Aquel que la compró. Gracias por tanto, Señor. Ayúdame, ayúdanos a rendirnos al Espíritu de Dios.

Señor, ayúdanos no solamente a cantar "Espíritu de Dios, guíame", sino ayúdame a rendirme, a morir a mí mismo, para que el Espíritu pueda verdaderamente guiarme y que yo pueda ceder a los impulsos del Espíritu y negar los impulsos de la carne. Gracias por el Espíritu de Dios que mora en nosotros. Gracias por el Hijo que fue a la cruz. Gracias por el Padre que nos eligió. Ayúdanos a seguir reflexionando mientras cantamos ahora, ayúdanos a pedirte, agradecerte mientras cantamos y a tomar decisiones mientras cantamos. Pues te lo pedimos en Cristo Jesús, amén.

Gracias por acceder a este recurso. Espero que haya sido de gran bendición para tu vida. Te sugiero que te suscribas a este canal de forma que puedas recibir notificación la próxima vez que hayamos subido un nuevo recurso que pueda servir de instrucción y bendición.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.