El trabajo no es una maldición ni un mal necesario que debamos soportar hasta el retiro: es un regalo de Dios con propósito eterno. Esta verdad, perdida bajo siglos de pensamiento pagano, emerge con fuerza de la parábola del rico insensato en Lucas 12, donde un hombre trabaja toda su vida con un solo objetivo: acumular lo suficiente para finalmente descansar, comer, beber y divertirse. Su error no fue trabajar duro, sino trabajar para sí mismo, con una visión completamente egocéntrica y antibíblica del propósito de su labor.
La idea de que el trabajo es indigno proviene de la cultura griega, que lo consideraba tarea de esclavos. Esta mentalidad infiltró la iglesia y dividió artificialmente lo sagrado de lo secular, hasta que los reformadores recuperaron la verdad bíblica: toda la vida es sagrada para Dios. Cristo mismo trabajó dieciocho años como carpintero antes de predicar, y ese trabajo fue tan santo como su ministerio público. Daniel sirvió a Dios junto a Nabucodonosor; José, junto a Faraón. El lugar no determina la santidad del trabajo, sino la actitud del corazón y para quién se hace.
El pastor Núñez comparte que durante sus años en la medicina experimentaba la presencia de Dios con la misma intensidad que en el púlpito. Una vez, irritado con un paciente difícil que le pidió una Coca-Cola después de ignorarlo, sintió claramente en su corazón: "Hazlo por mí". Esa lección lo transformó para siempre. Cuando trabajamos como para el Señor —con diligencia, sinceridad y buena voluntad— el trabajo más ordinario se convierte en adoración, y Dios mismo nos hace sentir su aprobación.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Lucas, capítulo 12. Hay un versículo en particular sobre el cual queremos concentrar nuestra atención, pero que más adelante estaremos señalando. Sin embargo, quiero que usted no pierda el contexto. El versículo 13, uno de la multitud le dijo: "Maestro, dile a mi hermano que divida la herencia conmigo." Pero él le dijo: "Hombre, ¿quién me ha puesto por juez o árbitro sobre vosotros?" Y les dijo: "Estad atentos y guardaos de toda forma de avaricia, porque aun cuando alguien tenga abundancia, su vida no consiste en sus bienes."
También les refirió una parábola, diciendo: "La tierra de cierto hombre rico había producido mucho, y pensaba dentro de sí, diciendo: ¿Qué haré, pues que no tengo donde almacenar mis cosechas? Entonces dijo: Esto haré: derribaré mis graneros y edificaré otros más grandes, y allí almacenaré todo mi grano y mis bienes." Escucha, este es el mensaje. "Y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes depositados para muchos años; descansa, come, bebe y diviértete." Pero Dios le dijo: "Necio, esta misma noche te reclaman el alma; y ahora, ¿para quién será lo que has provisto?" Así es el que acumula tesoro para sí y no es rico para con Dios.
Padre, te pedimos nuevamente que tú puedas iluminar la mente y el corazón del que habla y del que escucha, para que hagas un mismo trabajo en uno como en el otro. Que tú uses tu palabra hoy para demoler aquellas cosas que el mundo ha fabricado en nuestros estilos de vida, formas de pensar, formas de hacer y de obrar. Que tú puedas hoy comenzar a construir algo nuevo en nuestra manera de ver el propósito del trabajo que tú pones en nuestras manos, tan distinto a como este hombre en la parábola vio el propósito de su labor. Permite que tu palabra nos ilumine, nos convenza, nos transforme, y que mañana sean muchos los pertenecientes a esta iglesia que se levanten con una nueva dimensión de para qué tú nos has enviado a trabajar en este mundo. Todo lo pedimos en Cristo Jesús. Amén.
Esta es una historia que hemos visto ya por tercera vez, y para refrescar la memoria, hay tres personajes que claramente pueden ser identificados en la historia, y que yo quisiera brevemente comenzar a comentar. El primero se trata de este hombre que sale de la multitud, interrumpe a Cristo y le hace la petición que ya ustedes conocen, si han estado aquí: "Dile a mi hermano que divida la herencia conmigo." Yo meditaba una vez más acerca de esta interrupción, y me percataba de que, vaya, ni siquiera el mejor de los predicadores fue suficiente para mantener la atención de este hombre. Como en medio de la predicación, su mente se fue de lo que se estaba exponiendo y comenzó a pensar en otra cosa, lo cual reveló al hablar su corazón materialista. Estaba en la avaricia.
¿Y cómo a veces eso nos pasa a nosotros? Estamos en medio de una predicación, estamos en medio de una clase que tiene que ver con la palabra de Dios, y de repente el predicador sigue hablando, pero mi mente se va a otro lugar. Quizás nosotros pudiéramos aprender muchas cosas acerca de nosotros mismos en cuanto a los lugares donde mi mente se va mientras el predicador predica o enseña. Porque eso es lo que ocurre: mi mente me dice, me informa, que realmente soy lo que es mi carácter, lo que valoro, lo que pienso. Quizás si la verdad fuera conocida, yo pudiera llegar a la conclusión —o otros pudieran llegar a la conclusión— de que yo soy tan materialista como este hombre, porque con frecuencia mi mente, mientras la palabra de Dios es expuesta, va a cosas muy mundanas, a cosas materiales, a preocupaciones del mundo, porque realmente no tengo la fe ni la confianza en Dios que debiera tener, y mi mente vaga por lo que sea.
O quizás, quizás es que cuando oigo la palabra, comienzo a pensar en esa otra persona para quien esto sí está bueno. Y quizás cuando hago eso, yo descubro: "¿Sabes qué? Soy muy buscador todavía, soy muy condenador, muy legalista." Con frecuencia estoy aplicando el mensaje a otra persona, en vez de siempre verlo a través de mí. Por eso hay algo que he aprendido: si la persona no está aquí, Dios cree que ese mensaje no es para ella, sino para los que estamos aquí. Y yo soy el que les estoy aconsejando.
Bueno, este primer personaje reveló su corazón. El segundo personaje que habla y revela su carácter y corazón también es Cristo, la persona interrumpida. Él es la persona que, antes de contar la parábola, dice: "Guardaos de todo tipo de avaricia, porque aun cuando alguien tenga abundancia, su vida no consiste en sus bienes." Él reveló al hablar cuánto rechaza la avaricia, cuán poco valora la tenencia de bienes, y en qué realmente no consiste la vida. En otras palabras, cuando él iba a hablar de vida, iba a hablar de otro tipo de vida, y de eso hablamos en el segundo mensaje: que si la vida no consiste en esta abundancia de bienes, ¿realmente en qué consiste la vida?
Pero yo no quiero hablar de eso hoy porque ya lo cubrimos. Yo quiero hablar de algo que es la tercera persona en la historia, que es el personaje de la parábola: el hombre rico revela cuando habla. Ya vimos muchas cosas que él reveló al hablar, pero hay una cosa que todavía no hemos cubierto. Sus palabras me detienen, y mientras revisaba la parábola, algo me llamó la atención una vez más. Es que cuando él ve su granero que ya no puede contener toda la producción, él decide derribar sus graneros, y comienza a hablarse a sí mismo. Este es el texto de mi mensaje, el versículo 19, no hay otro: "Y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes depositados para muchos años; descansa, come, bebe, y diviértete."
Cuando él habló, reveló su corazón hedonista. Pero de eso hablamos también, y yo no quiero hablar de eso. Sin embargo, ciertamente reveló su corazón hedonista, que vivía para el placer. Pero hay otra cosa que estas palabras dejan ver: cómo él evaluaba el propósito de su trabajo. El propósito del trabajo, según él, es trabajar arduamente ahora, acumular, y cuando tenga suficiente, retirarte, descansar, comer, beber y divertirte. Toda la vida trabajó para ese momento.
No son pocos los que trabajan de esa manera. De hecho, aquellos que viven en países donde hay buenos planes de retiro dicen: "No tengo que trabajar cinco años más hasta que alcance mi plan de retiro, y entonces me retiro." Y tienen ese sueño, añoran ese sueño, esperando el momento en que puedan dejar de trabajar, cuando puedan salirse de esta maldición que llaman trabajo. Y cuando ese momento llegue, habrá tiempo de descansar, de beber, comer y divertirse, pero primero hay que trabajar arduamente. Este hombre estaba revelando lo que mucha gente hoy piensa y hace.
Es que la gente vive para el fin de semana. La gente trabaja para comprar un estilo de vida que pueda disfrutar el fin de semana o en las vacaciones. Este hombre en verdad reveló que no entiende lo que es el propósito bíblico del trabajo. Él tiene una concepción completamente hedonista, egocéntrica y antibíblica de para qué trabajamos. Este hombre pensaba como muchos piensan hoy: "Me voy a retirar, porque así puedo disfrutar mejor."
¿Ustedes no han visto los estudios de qué le pasa a las personas que se retiran muy tempranamente? Se deprimen más y viven menos. De manera que la manera de acelerar su muerte, si quiere, es retirarse temprano. No es el trabajo el que hace daño; es el retiro temprano el que hace daño. Cuando Dios creó al hombre, Él sabe algo que nosotros no conocemos, y es que el trabajo tiene en sí un valor intrínseco, un propósito que le da significado a la vida del hombre cuando él lo hace bajo la sombrilla de Dios.
Hay un solo libro en la Biblia donde usted encuentra a un hombre hablando del trabajo como habla mucha gente hoy. Y este libro es Eclesiastés, escrito nada más y nada menos que por un hombre que ha perdido prácticamente la cabeza, porque él se despegó de Dios, y eso es lo que él entonces piensa del trabajo: "¿Qué provecho saca el hombre de todo el trabajo que hace aquí bajo el sol?" Esto es completamente sin sentido. Sí, Salomón, despegado de Dios. Y eso es como se siente cada trabajador, cada empleado que ha despegado su trabajo del propósito bíblico de Dios: "Yo no tengo ganas de hacer esto. Esto no tiene sentido. Yo no sé para qué estoy haciendo esto." Porque el trabajo tiene propósito, significado y sentido cuando es visto y vivido bajo la óptica de Dios.
Esta forma egocéntrica de ver el trabajo no viene de la Biblia. Adam Smith, el fundador del capitalismo, decía que la única razón del trabajo es avanzar tus intereses personales, que nadie trabaja por benevolencia, sino que el trabajo es un instrumento para avanzar aquellos intereses personales que tú tienes en la vida. Y esa idea comenzó a penetrar las filas del cristianismo tempranamente y permaneció hasta la época de la Reforma: una idea completamente pagana, y del peor paganismo, porque venía de la cultura griega. Y esa es la razón por la que muchos de nosotros todavía pensamos que el trabajo es algo malo, visto más como una maldición, y lo pensamos como algo que no puede ser disfrutable.
Y hoy en día uno ve lo que anda escrito en la parte de atrás de algunos carros: "¡Thank God, it's Friday!" Gracias a Dios que es viernes. Viene el lunes, y viene la tardecita, todo el tiempo esperando el descanso. Me recordaban aquí atrás que otra vez decimos: "¡Qué bueno, hoy es domingo! Lo único malo es que mañana es lunes." ¿Se imagina al Señor trabajando de esa manera? Otro sticker que dice: "I'd rather be golfing", yo prefiero estar golfiando. O el próximo: "I'd rather be fishing", yo prefiero estar pescando. O "Born to shop, forced to work." La forma más pagana de pensar es esa. Preferimos jugar antes que trabajar, porque tenemos una cultura que rechaza crecer y quisiera permanecer en la época infantil de los juegos.
Cuando en realidad, bajo la óptica de Dios, el propósito del trabajo es completamente diferente. Es esa distorsión del propósito del trabajo en la mente del hombre la que perduraría hasta la Reforma, cuando los reformadores lograron cambiar el curso por completo. Pero lamentablemente eso es lo que nos ha llevado a pensar que el trabajo es perjudicial. "Hay que trabajar mucho, por eso uno queda tan acabado." ¿Han oído eso? Lea los estudios: los que se retiran temprano se deprimen más y mueren primero.
"El trabajo interfiere con el placer." En otras palabras, el trabajo no es disfrutable. Y no solamente que el trabajo interfiere con el placer, sino que el trabajo no es bueno; por eso te pagan para trabajar. Y Dios, oyendo desde allá arriba, dice: "Eso está bien cuando lo dicen los paganos, pero cuando mi hijo, que ha abrazado la fe cristiana y que dice tener una cosmovisión bíblica, piensa de esa manera, eres un descrédito para mi nombre y para mi revelación."
Esto es lo que dice John McCarthy con relación a esta generación y a lo que yo acababa de mencionar: que tenemos una cultura materialista, autoindulgente e infantil con relación al lugar y el rol del trabajo. Yo decía que esa manera de ver el trabajo es una forma pagana, porque ciertamente se origina en Grecia. Grecia conquista al imperio romano culturalmente; Roma logra conquistarlo militarmente, pero Roma pensaba como Grecia pensó. Y los griegos pensaron: "El trabajo es algo indigno, eso es para los esclavos."
"Nosotros, los ciudadanos de primera categoría, somos dignos de otra cosa. Que los esclavos, que son de segunda clase, hagan el trabajo; nosotros, de primera clase, nos vamos a dedicar al arte, la pintura, la filosofía." El libro de los Hechos habla de que Pablo observó cómo los atenienses se pasaban el día hablando de novedades, porque el trabajo era indigno. Eso pasó al imperio romano y de esa misma manera comenzó a infiltrar la iglesia.
Cuando infiltró la iglesia, de repente la iglesia comenzó a dividir el trabajo secular —el que hace el mundo— del trabajo que hacemos nosotros, los ministros de Dios, y comenzamos a establecer dos categorías: una superior y una inferior. Superiores los que trabajan para Dios a tiempo completo, y todo el mundo por debajo de eso. Eso es tan pagano como cualquier otra idea. Y lamentablemente uno de los padres de la iglesia tenía la misma idea, influenciado por los griegos: que aquellos que trabajan para Dios son los que están haciendo el trabajo más sublime, más excelso, y todo el mundo es como ciudadano de segunda clase haciendo un trabajo inferior. Y eso duró hasta la época de la Reforma.
Hasta que Martín Lutero y Juan Calvino le metieron el diente a esa doctrina y comenzaron a hablar de que toda la vida es sagrada para Dios y todo trabajo es tan sagrado como el otro. Martín Lutero decía: "No hay ninguna diferencia entre cuando yo proclamo la Palabra y este otro lava los platos. Ambas cosas son hechas para la misma razón: para glorificar a Dios, para reflejar a Dios, para revelar a Dios. Y cada tarea asignada por Dios tiene el mismo propósito." Por tanto, los reformadores combatieron ardientemente esta idea de que hay una actividad sagrada separada de una actividad secular.
Toda actividad es sagrada para Dios y toda actividad es vista tan noble como la próxima. Y tú sabes quién es el que mejor ilustra eso. No es solamente la historia que cambia a los pueblos; es la historia de nuestro Señor Jesucristo. Pero antes de hablar de eso, quiero recordarte que cuando Martín Lutero y Juan Calvino lograron cambiar esa tónica, eso origina la ética de trabajo protestante, que le da origen a la revolución industrial y hace desarrollar a los países. Compara esos países desarrollados bajo esa ética protestante de trabajo con los países de América Latina, desarrollados bajo otra ética de otra denominación cristiana que no era la protestante. Y lamentablemente, esos países desarrollados bajo esa ética de trabajo hoy han sacado a Dios de sus filas y quieren volver a paganizarse, como vamos a hablar más adelante.
Pero la persona que mejor ilustra que no hay diferencia entre el trabajo secular y el trabajo sagrado es Cristo. Déjenme leérselo. En Lucas 3:23 nos dice que cuando el Señor comenzó a predicar tenía más o menos treinta años. Eso es cuando Él abraza la causa del Padre a tiempo completo. ¿Y antes qué estaba haciendo? Los gnósticos dicen que estaba en Egipto, siendo educado en las pirámides. Nosotros sabemos lo que hacía; el texto bíblico lo insinúa. Escuchen a Marcos. Marcos 6 nos habla de que la multitud que creció con Él, que lo vio trabajar, que lo vio crecer, y que ahora lo oía hablar, dijo en Marcos 6:3:
"¿No es este el carpintero, el hijo de María, y hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón? ¿No están sus hermanas aquí con nosotros?" Y se escandalizaban a causa de Él.
Esta gente está diciendo: "Pero si lo vimos en el taller de carpintería, y es hermano de Fulano y hermano de Fulana." Él hizo el trabajo de carpintero. Y probablemente comenzó a trabajar en carpintería —si pudiera decirlo así— como a los doce años, porque en la cultura judía, a la edad de doce años tú dejas de ser niño y pasas a ser un joven adulto. Con toda probabilidad Él comenzó a ayudar a su padre a los doce años y siguió hasta los treinta: por dieciocho años hizo un trabajo puramente secular, como decimos hoy. Dieciocho años de ese trabajo, y tres abrazando la causa del Padre. ¿Y tú me vas a decir que lo que Él hizo por dieciocho años era puramente secundario y secular en comparación con lo que hizo por tres años?
Lo que Dios hizo por dieciocho años, eso es sagrado. Y fue tan sagrado como lo que Él hizo en los próximos tres años, cuando abrazó la predicación de la Palabra. Esta idea de separar lo secular de lo sagrado es puramente griega; ellos veían el mundo material como pecaminoso, malo, contaminado, y por tanto todo el que laboraba en ese nivel era un individuo contaminado y pecaminoso también. Pero cuando Cristo vino, dejó plasmado en los hechos que lo que hace sagrado un trabajo es básicamente cómo lo hago y para quién lo hago.
Y esa es la razón por la que, cuando sus hermanos le hablaban de que tenía que dedicarse a la causa del Padre, Él respondía: "La hora de ese trabajo aún no ha llegado, pero yo estoy ahora cumpliendo la misión que el Padre me encomendó." Y al final de sus días dice: "Padre, yo he terminado la obra que tú me diste, toda la obra." Incluyendo la carpintería. Toda la vida que me diste a vivir ya la he terminado; no tengo más nada que hacer aquí abajo. No hay separación entre lo sagrado y lo secular: toda la vida es sagrada para Dios.
Hay dos personajes en la vida que ilustran eso perfectamente bien: Daniel y José. Aunque ya con Cristo es suficiente, Daniel es un individuo llamado por Dios para trabajar en un ambiente completamente secular, paganizado, pecaminoso, al lado del rey. Y de él la Palabra dice que tenía un espíritu extraordinario. Cuando el ángel vino a traerle mensaje de los cielos, le dijo: "Daniel, eres muy amado en el reino de los cielos." Pero él no estaba predicando, no era sacerdote haciendo un trabajo sagrado; estaba en el imperio, al lado del rey, donde Dios lo había colocado. Y José, por igual, fue colocado al lado del faraón para hacer otro trabajo también sagrado, manteniendo sus principios.
Lamentablemente, cuando nosotros desvalorizamos el trabajo secular, pagamos las consecuencias. Y es la razón por la cual cuando cristianos van a trabajar al mundo secular, como no lo ven como sagrado, no se comportan como hijos de Dios sino como hijos de las tinieblas; nos parecemos más a diablitos que a angelitos. Miren este estudio, uno más de muchos, hecho en el año 1983 por la organización Princeton Religion Research Center, el Centro de Investigación de Religión de Princeton. Publicó un estudio hecho por Gallup, a petición nada más y nada menos que del periódico Wall Street Journal, que maneja el área donde se mueve la bolsa de valores.
Y esta gente, por alguna razón, se interesó en saber si había alguna diferencia en valores éticos, morales y conducta en el trabajo entre el grupo que asistía a la iglesia y el grupo que no asistía a ninguna iglesia. Y comenzaron a hacer preguntas de este tipo: "¿Tú llamas y dices que estás enfermo cuando realmente no lo estás? Sí o no. ¿Tú declaras todo lo que ganas? Sí o no. ¿Tú tomas cosas del trabajo y te las llevas para uso personal a tu casa? Sí o no." Y así una serie de preguntas. Al final, los investigadores estaban en shock de que no hubo absolutamente ninguna diferencia entre los que asistían a las iglesias y los que no asistían a ninguna iglesia en su comportamiento ético y moral.
Claro que no, porque como desvalorizamos el trabajo y no lo vemos como sagrado, pensamos que podemos comportarnos mundanamente en ese trabajo que nunca vimos como sagrado. Y a veces decimos: "¡Qué bueno el domingo que vamos a la iglesia y estamos adorando!" Ay, pero lo que es el lunes por la mañana... Parece que el lunes se les sale el Espíritu Santo que los llenó el día de ayer, se va hasta el viernes y el sábado, y el domingo tempranito el Espíritu Santo llega bien y los habita otra vez.
Si el Espíritu mora en mí el lunes, el martes y el miércoles, yo entiendo por lógica y luego por experiencia que tu lugar de trabajo puede ser y debe ser un lugar de adoración a Dios. ¿Qué es lo que cantamos? "Mi mejor adoración es mi obediencia." Obedecer a Dios en tu lugar de trabajo, trabajar por los principios más altos: esa será tu mejor adoración. Lo cantamos, pero no lo entendemos ni lo aplicamos.
Yo decía —esta es la tercera vez que lo digo, pero me estoy confesando hoy— que quizás les suene una herejía, pero Dios sabe que es verdad y Él lo ha conocido todo el tiempo.
Lo que hizo difícil para mí abandonar la medicina es que yo disfrutaba lo que hice y experimentaba la presencia de Dios en la práctica de la medicina exactamente igual que cuando yo vengo aquí a este lugar. Tuve momentos extraordinarios entre un paciente y otro. Tuve momentos extraordinarios camino a ver un paciente. Tuve momentos extraordinarios en que le decía a Dios: "Tú eres increíble." Cuando daba una charla médica, lo primero que le decía a Dios era: "Ordena de que vean lo que yo sé o no sé, que te puedan ver a ti en mí." Y terminar la charla y saber decir: "¡A Dios, estuviste conmigo, gracias!" Haber experimentado más que el aplauso de los hombres, la presencia de Dios en medio de mi trabajo — Dios me puso ahí para un propósito.
Y eso fue lo que lo hizo más difícil. Obviamente, me llegó la hora, igual que le ha llegado a otros. Y Dios me lo recordó y envió personas a mi vida para recordármelo, porque muchas veces necesitamos ser recordados. Pero Él sabía que le había pedido: "Señor, no me dejes equivocar", y Él no me dejó equivocar. Llegado el tiempo, Él me lo hizo saber y me vio personas que lo confirmaran.
Pero esta es la realidad: Daniel no tuvo aquí el templo de Israel — que ni siquiera estaba vigente — para disfrutar la presencia de Dios y adorar a Dios, y aun así lo hizo. Yo no sé tampoco si necesito un templo. Porque ahora nosotros, sobre todo nosotros, tenemos el Espíritu de Dios dentro de nosotros. Mi trabajo está sagrado dondequiera que Dios me colocó.
Y eso es lo que Pablo le dice a los colosenses, 3:22: "Siervos, esclavos —dependiendo de la traducción—, obedeced en todo a vuestros amos de la tierra, no para ser vistos como los que quieren agradar a los hombres, sino —escucha— con sinceridad de corazón, temiendo al Señor." No le dice a los siervos: "Trabajen con cuidado, con temor al amo." No, con temor al Señor, porque es para Él que ustedes trabajan, esclavos haciendo un trabajo indigno. Y Pablo les dice: "No, no, no es indigno cuando lo hacéis para el Señor."
Versículo 23: "Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres." Yo no sé si tú eres plomero — todo lo que hagáis incluye cuando quites o pegues un tubo, cuando limpies un inodoro; si eres cirujano, cuando abras un paciente; si eres abogado, cuando vayas a la corte; si eres dentista, cuando saques una muela — hacedlo para Él, Señor. No para el hombre, no para el paciente, para el Señor. Es esa actitud de corazón la que hace mi trabajo sagrado, y es esa actitud de corazón la que hace que yo pueda disfrutar los propósitos de Dios en mi trabajo.
El problema es que cuando no lo veo de esta manera, no lo vivo de esta manera, y yo no puedo sentir la satisfacción de saber que Dios está conmigo en mi trabajo. Lo que yo he procurado hacer es dar en cada cosa que emprendo mi mejor esfuerzo. Si hay algo que debe marcar al cristiano, es que dondequiera que él ponga su trabajo debe dejar una marca indeleble: aquí quedó mi mejor esfuerzo. Porque este es mi lema de vida: en todo lo que emprendas, tu mejor esfuerzo para el mejor de los amos, nuestro Dios. Porque no lo puedo hacer para los hombres; lo tengo que hacer para mi Señor, en todo lo que haga.
El apóstol Pablo tenía tan claro el concepto bíblico que vamos a seguir desarrollando — de lo que es el trabajo y de lo que no es — que cuando él escribe a los tesalonicenses, dice algo extraordinario. En su segunda carta, a partir del capítulo 3, versículo 7 en adelante, dice: "Pues vosotros mismos sabéis cómo debéis seguir nuestro ejemplo." Escucha lo que Pablo está diciendo: él está introduciendo lo que va a decir diciéndoles: "Imítenme." "Vosotros sabéis cómo debéis seguir nuestro ejemplo, que no obramos de manera indisciplinada entre vosotros."
Escucha ahora con atención: "Ni comimos el pan de nadie de balde, sino que con trabajo y fatiga trabajamos día y noche, a fin de no ser carga a ninguno de vosotros." ¿Tú escuchaste lo que Pablo está diciendo? Pablo no está diciendo: "Eso es algo que yo decidí hacer, trabajé arduamente hasta fatigarme día y noche, pero esa fue mi elección. Esto fue una opción que yo tuve, eso no tiene que hacerlo todo el mundo. Si tú quieres coger los suave, pues coge los suave." No. Él introduce la enseñanza diciendo: "Vosotros sabéis cómo debéis seguir nuestro ejemplo", y luego habla de cuál fue ese ejemplo.
En un mundo donde no había electricidad, donde no había agua corriente, donde no había aire acondicionado ni abanico, ni siquiera espiral para ahuyentar el mosquito — en la noche —, Pablo dice que estaba trabajando. Y él no estaba escribiendo estas cartas; está hablando de las tiendas que él hacía, las tiendas de campaña. Trabajó circular, día y noche, infatigablemente, con ardor y amor, porque entendía el propósito del trabajo.
Esta manera de pensar fue la manera de pensar de los reformadores. Martín Lutero la abrazó, Juan Calvino la abrazó — y si hubo alguien que la abrazó fue Juan Calvino —, Jonathan Edwards la abrazó, Francisco la abrazó, John Wesley la abrazó. Todos los grandes hombres de Dios han abrazado esta manera de conceptualizar el trabajo. Wesley es el que llegó a predicar 40,000 sermones, cinco veces por día; a veces llegó a predicar a caballo. Y yo pienso que tres es demasiado. A caballo, cinco veces al día.
Wesley escribe — ya les he contado en otras ocasiones — a la edad de 75 años en su diario: "Mi cuerpo tiene una tendencia a la haraganería; no sé qué sería levantarme antes de las cinco de la mañana." A los 75 años. La haraganería, las cinco de la mañana. ¿Qué fue lo que esta gente entendió que nosotros no hemos entendido? ¿Qué fue lo que Pablo entendió cuando hablaba de fatiga, día y noche, ardor y amor?
Ellos entendieron lo siguiente. En primer lugar, Dios bendijo el trabajo. El pecado lo desvirtuó y lo hizo más difícil — claro, hizo el ambiente inhóspito —, pero Dios bendijo el trabajo, y lo vamos a ver un poco más adelante. En segundo lugar, Dios le dio propósito al trabajo; lo que el pecado hizo fue que le robó el propósito y el significado al trabajo. Por esa razón, cuando Dios formó a Eva y se la entregó a Adán, se la dio como una ayuda idónea para trabajar: "Sujetad la tierra y dominadla." Eso es trabajo. Le dio una ayuda idónea para trabajar.
Ahora, en nuestros ambientes de trabajo, yo no tengo ayudas idóneas, porque tengo compañeros pecaminosos como yo, y el ambiente es otro; no es el ambiente de la creación. Pero la dignidad del trabajo es la misma de la creación. Nosotros necesitamos entender que el trabajo debe seguir la misma dirección que nosotros hemos seguido: creación, caída, redención en Cristo. El trabajo debe seguir el mismo patrón: fue dado en el momento de la creación, se afectó con la caída, y ahora es redimido en Cristo.
Unos autores han publicado un libro que se llama *Your Work Matters to God* — "Tu trabajo le importa a Dios." Y en ese libro hablan de cómo ese proceso de redención del trabajo debiera cambiar nuestra forma de trabajar. Lo primero que debe cambiar es la actitud con la que trabajamos. Lo segundo es la manera como confrontamos el pecado en el lugar de trabajo — que no es para verlo y quedarme callado, porque eso no tiene que ver conmigo. En tercer lugar, la manera como gastas tus ingresos y el estilo de vida que escoges. En cuarto lugar, la manera como haces uso de la recreación, porque si ciertamente podemos idolatrar el trabajo — y aun siendo trabajo lícito —, no menos cierto es que podemos idolatrar la recreación y el descanso. Y en quinto lugar, la manera como te relacionas con tus compañeros de trabajo, cristianos y no cristianos. Todo eso debiera hacerse redimido por el Señor.
Cuando el Señor vino, Él hizo una afirmación que yo creo que a muchos les chocó, y quizás nos choca a nosotros aunque ya lo hemos oído, porque es una afirmación que pareciera contradecir algo que el Génesis dice: que Él trabajó seis días y descansó, y que para ese día que decidió descansar ya nunca más volvió a dar un golpe. Cuando Cristo viene, Cristo dice: "Mi Padre trabaja hasta hoy, y yo también trabajo." Dios trabajó en el momento de la creación; Dios trabaja en sostener toda su creación; Dios trabaja en supervisar nuestras vidas, una por una; Dios trabaja en contener todo lo que es el poder de las tinieblas — porque de lo contrario, este planeta sería un caos. Dios está continuamente trabajando, y Cristo dice: "Yo trabajo también."
Bueno, quizás alguien piensa: "Pero, ¿qué bueno que llegará el tiempo del milenio en que podremos descansar." Tengo una noticia para ustedes: el milenio es para trabajar. "Ah, qué decepción, pastor." Isaías 65, versículo 20 en adelante. Escucha. Comienza describiendo el milenio: "No habrá más allí niño que viva pocos días, ni anciano que no complete sus días; el joven morirá a los 100 años, y el que no alcance los 100 años será considerado maldito." Será un tiempo tan bendecido que aquel que no llegue a los 100 años será porque Dios le habrá cortado la vida como parte de una maldición.
Escucha ahora: "Construirán casas y las habitarán; plantarán también viñas y comerán su fruto. No edificarán para que otro habite, y plantarán para que otro coma, porque como los días de un árbol así serán los días de mi pueblo." Escucha ahora: "Y mis escogidos disfrutarán de la obra de sus manos." Y sabes que no va a haber predicación en el milenio, ni va a haber evangelización, ni va a haber consejería bíblica, consejería de personas. Nada. ¿Y qué van a estar haciendo? La obra de sus manos, a disfrutar. "No trabajarán en vano ni darán a luz para desgracia, porque son la simiente de los benditos del Señor, ellos y sus vástagos con ellos."
¿Te das cuenta de que cuando Dios ideó el trabajo, fue para hacerlo disfrutable? ¿Por qué entonces yo no lo disfruto? Qué bueno que preguntas. Porque no tiene que ver con el trabajo absolutamente para nada. Tiene que ver conmigo y con mi entendimiento de lo que es el trabajo. Esa es la razón por la que yo no acabo de disfrutar.
Vamos a abundar sobre eso, pero el problema es que no, pastores, es que tú no conoces dónde yo trabajo. Es que es difícil donde yo trabajo, es un ambiente. Bueno, yo no sé qué tan difícil es; yo no te he visitado, pero se me hace difícil pensar qué es peor: qué trabajar a mano derecha de Nabucodonosor, o a la mano derecha de Faraón, un ambiente completamente pagano y perverso. Y Dios está de acuerdo en que tu trabajo o tu ambiente, donde te mueves, es pagano y es perverso, pero Dios te ha puesto ahí por una razón.
Escucha la razón en Filipenses 2:15: "Para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios, sin tacha en medio de una generación torcida y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo." Dios está de acuerdo en que el mundo alrededor es perverso y es torcido; Él lo afirma, y yo estoy de acuerdo contigo. Pero para eso te he puesto ahí: para que resplandezcan como luminares. ¡Hay que me da vergüenza! Soy cristiano de la secreta. Ahora comenzaste a entender por qué no tienes satisfacción en tu trabajo.
No te han puesto en ese lugar para que te comportes como el que no conoce a Cristo. Te han puesto ahí para que ilumines el ambiente de trabajo. Vosotros sois la luz del mundo, y del ambiente de trabajo también. Cuando no ilumino, estoy viviendo un despropósito, y cuando vivo un despropósito no me gusta el trabajo. No, ni te va a gustar, ni te puede gustar.
Hay una sola manera de disfrutar la labor que haces, que es sagrada, y es si llena mi propósito donde estás. Te he puesto ahí para que me reflejes. Te he puesto ahí para que me proyectes. Te he puesto ahí para que me representes. Te he puesto ahí para que cuando el mundo vaya a comprar, a vender, a negociar, o a un médico, un abogado, cuando salga de la presencia de un cristiano, diga: "¡Wow, qué bueno! Yo no sé lo que él tiene, pero qué bien me sentí."
Que en la segunda visita, doctor, pastor, abogado, ingeniero, plomero, digan: "Mira, ¿qué es lo que tú tienes? ¡Qué fácil es trabajar contigo!" Y que él pueda decir: "Señora, Dios en mí. Emmanuel, Dios con nosotros." Y que ya entonces digan: "¡Ah, no me diga!" "Sí, sí, déjame contarle ahora." Y de repente él está haciendo misiones; él es un misionero, él está en el ministerio. Su ministerio es pintar casas para hablarle a otros que le contratan de Jesús. Pero creemos que misionero es el que le pagan para ir a África. No, esa es otra forma de ser misionero, pero no es la única forma. Todos nosotros, Dios nos ha puesto en un lugar para que podamos resplandecer.
Ahora, escúchame. Si Dios tiene esto claro en su Palabra, ¿qué tanto Dios valora o no valora el trabajo? ¿Y en relación al descanso, cuál es la proporción? Porque el trabajo no es una opción, es un mandato, y trabajar mucho es un mandato. Déjame decirte cómo Dios lo dijo: al momento de fundar la nación, Dios consideró que esto era fundacional para la nación de Israel.
¿Qué hay si tú lees —bueno, en este momento necesito entender esto— de hecho, en Deuteronomio, donde están los Diez Mandamientos? El versículo 9 dice: "Seis días trabajarás y harás toda tu obra, mas el séptimo día es día de reposo para el Señor tu Dios." Ahí está la ecuación: seis por uno. Yo no establecí eso. Seis días trabajarás y el séptimo descansas. Dios, que me hizo, Él sabe cuánto descanso necesito, y me mandó a trabajar por seis días.
Esa es la ética protestante del trabajo; es la ética que propulsó el desarrollo. Y ahora Alemania, después que se ha desarrollado bajo esa ética, está proponiendo semanas de trabajo de cuatro días y tres sin trabajar. ¡Paganos, contrarios a los Diez Mandamientos! ¿Qué vas a hacer en tres días de ocio? Quinta más pecado, disfrutar más del pecado, comprar más estilo de vida pecaminoso. El tiempo de ocio no llenado... una de las cosas buenas que el trabajo hace es llenarnos el tiempo para vivir un propósito que Dios nos da, de tal manera que en el ocio yo no me pierda. Pero Dios diseñó la semana de trabajo: seis días trabajas, más el séptimo día de descanso.
No hace daño el trabajo, no. Yo te voy a decir qué es lo que hace daño en el trabajo: no es el trabajo, es la actitud con la que trabajamos. Inconformes, con ingratitud, airados. Eso me sube la presión, me da gastritis, alguna úlcera, y sangro, y me moriría en un sangramiento. "Fue el trabajo que lo mató." No, hay otra gente que trabaja en el mismo lugar y están vivos, pero no trabajan así.
Te voy a decir qué es lo que hace el trabajo cansón: es vivir para el fin de semana, vivir para la vacación, vivir para comprar un estilo de vida, o vivir para comprar un retiro. Todo eso es contrario a los propósitos de Dios; no puedo estar satisfecho en nada de eso. Pero cuando yo vivo lo que Dios ha diseñado, y cuando yo vivo lo que Dios ha dicho y me ha mandado, y donde Él me pone a trabajar, aun si es un lugar secular, yo quiero representarle, reflejarle, hablar al mundo de Él. Yo quiero ser sal y luz. De repente disfruto enormemente lo que hago, porque Dios viene, me da su gracia, me abraza —simbólicamente—, y me dice: "¡Bien hecho! En el cielo estás haciendo lo que demandé que hicieras este día."
¿Acaso piensas que Dios Padre solamente se complació con Cristo en los últimos tres años cuando Él estaba predicando la Palabra, y que durante los dieciocho años de carpintero decía: "¡Rápido, rápido, que lleguemos a predicar la Palabra!"? ¿O había un propósito en ser carpintero? Yo no sé cómo lo vivió, pero yo sé que lo vivió bajo el diseño de Dios.
Estas actitudes rebeldes, no sumisas, ingratas... Yo les digo de esta forma: estamos orando por un trabajo y queremos ese trabajo, estamos muriendo por ese trabajo. "¡Ah, no! ¡Yo quiero ese trabajo!" Y llegó el trabajo. "¡Aleluya, Dios, hermano! Me han dado un trabajo increíble." Y tenía tres semanas ahorrando por ese trabajo. Seis meses después: "¡Bendito trabajo! Estoy harto y ya de este lugar." O sea, del regalo que Dios te dio, por el que tú levantaste la mano y le diste gloria. ¿Te das cuenta lo ingratos que somos?
Deberíamos decir: "Si le doy gracias a Dios por este trabajo hasta que me saque de él, tengo que seguir dando gracias a Dios por el mismo trabajo que Él me dio, porque es un regalo de Dios." Y de repente mi perspectiva del trabajo cambia, mi realización en el trabajo cambia y mi sentido de su presencia cambia. Manos, yo no te miento cuando te digo que en múltiples ocasiones, de un piso a otro de un lugar, he podido sentir una presencia extraordinaria de Dios en un trabajo secular. Muchas veces, en medio de una charla médica, al final de una charla médica, sentarme y sentir la presencia de Dios de una manera extraordinaria.
Se supone que si esa es la asignación que Dios me ha hecho y la he llevado a cabo, el Dios que yo conozco, que dice que tu trabajo no es en vano, no la va a pasar desapercibida. La va a hacer notar, y te va a decir lo complacido que está con que lo hiciste como lo hiciste. Pero puedo dar la misma charla, bajar, y sentirme... nada. ¿Sabes por qué? Porque lo que estaba detrás, yo lo hice de esa manera también. Creía que lo que quería era impresionar al otro. Quería que se supiera aquí de lo que soy capaz, y como mi preocupación estaba en eso, no estaba representando a Dios cuando terminaba.
Pero finalmente entendí: no, no se trata de eso. Se trata de que vean a Dios en ti. Y oraba: "Dios, glorifícate en esta charla." Y de repente cambió todo.
Escuchemos una vez más en Efesios 6: "Obedeced a vuestros amos en la tierra con temor y temblor, con la sinceridad de vuestro corazón, como a Cristo; no para ser vistos, como los que quieren agradar a los hombres, sino como siervos de Cristo, haciendo de corazón la voluntad de Dios; sirviendo de buena voluntad, como al Señor y no a los hombres."
Escucha, te lo voy a dar en tres puntos, todo lo que Pablo dice, y yo te voy a hacer una pregunta al final de esos tres puntos. Número uno: sed obedientes a vuestros amos; en vuestro caso, a vuestros superiores: sumisos, obedientes, no refunfuñones. Dos: trabajemos con sinceridad de corazón. Tres: como para Cristo.
En otras palabras, un cristiano no puede estar diciendo: "Ay, no son las horas. Yo me voy a mí, no me pagan para estar aquí más de las tal hora de la tarde." No es para la empresa. "Ay, no, porque ni tanto me pagan a mí ni tanto trabajo yo." No es por el salario. Es para Cristo. Pues si no lo vas a hacer para Cristo, pues no lo hagas, y vas a permanecer insatisfecho en el trabajo. La mayoría de nuestras insatisfacciones no tienen que ver con nuestros trabajos; tienen que ver con insatisfacciones internas en mí, y con cosas que no he logrado hacer en el trabajo donde Dios me puso, conforme a su diseño, a su plan y a su propósito.
No para agradar a los hombres, sino como siervos de Cristo. Como paciente, como médico... Bueno, las amigas de este paciente, por favor, y los familiares llamando... O sea, tú lo vas a hacer por los familiares. Pues obviamente no vas a estar satisfecho en el cuidado de ese paciente. Lo voy a hacer para Dios.
Yo tuve la primera lección de eso cuando estaba haciendo todavía mi especialidad en psiquiatría. Un padre de ustedes conoce la historia. Yo fui a ver este paciente. Yo, que soy muy adicto —digo, conocido— de tratar de hacerle una entrevista de una forma muy amable. El paciente no me vio, bajó la cabeza, no me dirigió la palabra; se veía airado. Y yo me fui molestando porque yo iba haciendo preguntas y no podía obtener respuesta, y tenía que presentar ese caso. Ya estaba hasta aquí de airado, y yo me doy media vuelta y me voy. Estaba en el umbral de la puerta literalmente cuando el paciente me dice: "Doc." Y yo, que estaba muy airado, le dije de una forma también airada y sarcástica: "¿Qué?" Me dice: "¿Usted me puede hacer un favor?"
Yo no lo podía creer. ¿Qué? Este individuo me acaba de tratar de la manera que me trató, ¿y ahora quiere un favor? En ese momento, yo no he oído la voz de Dios nunca audiblemente, pero fue tan claro en mi corazón como si yo lo hubiese oído: cuando algo me dijo, hazlo por mí.
Y fue tan, no solamente tan clara, pero tan convincente que mi ira se bajó; no podía hacer otra cosa. Fui y le dije: "Sí, señor, ¿usted me puede traer una Coca-Cola?" Yo estaba en el noveno piso del hospital. Yo solamente pensé: "Dios, atrévase a quitarme la luz para que tengan que bajar y subir a pie también." Pero no había luz. La gracia de Dios estaba conmigo toda la vida.
Y yo fui, busqué el refresco, se lo llevé. Cuando yo se lo entregué, él lo subió a la cabeza, abrió y hizo toda la entrevista. Y cuando terminé, al salir, de nuevo, como si Dios hubiera dicho: "Para que aprendas lo que es hacerlo por mí. Y si lo haces de esa manera, las cosas te serán diferentes para el resto de tu vida." Curado. Curado para siempre. ¿Te ha visto la plaga? ¿Tocado por un ángel? Curado, no por un ángel, por una voz.
Pero de ahí en adelante, si voy a hacer algo, lo voy a hacer para Dios. No lo voy a hacer para el otro, ni para el paciente, ni para el familiar, ni para el que me paga. Con dinero o sin dinero, no lo voy a hacer por el dinero. No para agradar a los hombres, como siervos de Cristo haciendo de corazón la voluntad del Señor, sirviendo de buena voluntad como al Señor y no a los hombres. Todo eso estaba ahí.
Todo eso estaba diciendo que tú has trabajado de esa manera en la cuchinbamba y que tú no vas a sentir satisfacción. Tú vas a decir que vas a hacer las cosas para Cristo, no para agradar a los hombres; vas a rendirle de esa manera, de buena voluntad, le va a reflejar, le va a reclamar, y que Dios va a pasar eso por alto y no va a bajar y te va a decir: "Bien hecho, siervo fiel y bueno. Gracias, hijo, por hacer mi voluntad." No. No, menos el Dios que yo conozco. No lo va a hacer.
La próxima vez que alguien te pida algo, un trabajador que quizá no está haciendo su parte: "Ah, no, yo no voy a hacer eso porque él tampoco hace la suya." Si lo vas a hacer, hazlo de buena voluntad. Quizás un día, producto de que te comportas diferente, él quiera lo que tú tienes, lo que tú sabes. "No, yo no voy a hacer eso porque, como se dice, tanto va el cántaro a la fuente." No, eso no es así; esas son formas paganas de trabajar.
Y este hombre de la parábola, porque ahí fue donde lloraron, tiene una forma pagana de trabajar. Básicamente trabaja, acumula, para que luego se retire a descansar: "Come, bebe y descansa." Los que se retiran temprano se mueren temprano. Ya usted sabe si usted quiere hacer eso.
Sinceridad de corazón, haciendo de corazón la voluntad del Señor. Oye qué más dice Dios. La palabra es clara. Y yo no puedo usar todo el versículo porque se me acaba el tiempo, pero Dios habla, Él se complace en la mano diligente y reprueba la mano negligente. Proverbios 10:4, y luego lo voy a interpretar porque tiene que verse en su contexto correcto: "Pobre es el que trabaja con mano negligente, mas la mano de los diligentes enriquece." ¿Quién enriquece? Dios.
Pero oye lo que el texto no está diciendo. El texto no está diciendo que todo el que es pobre es negligente. No, hay muchos pobres que son más trabajadores que cualquiera de nosotros, y que honran a Dios enormemente mejor que cualquiera de nosotros. Lo que el texto sí está ilustrando es un proverbio, un principio de sabiduría: que Dios aprueba la mano diligente y reprueba la mano negligente. "En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto." La recompensa del trabajador es diferente a la recompensa del holgazán. Eso es lo que Dios está ilustrando ahí.
El trabajo no es —ya para cerrar y dejarlo con esto, para recordar— el trabajo no es consecuencia de la caída del hombre. En Génesis 1:26, Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza. En 1:27, subjugar la tierra, dominar la tierra. En 1:28, a imagen y semejanza de Dios los hizo. En este sándwich entre "imagen y semejanza" de 1:26 e "imagen y semejanza de Dios" de 1:28, hay un 1:27 que nos dice para qué los hicieron a imagen y semejanza: para dominar y sojuzgar la tierra, gobernarla. Eso implica el trabajo.
La primera tarea que Dios le da a Adán —en Génesis 2:20 lo dice, quizás no la primera, pero una de las primeras— fue: "Adán, aquí están todos los animales; tú les pones nombre." Y se leía que fue Adán quien les puso nombre a todos los animales. Yo no sé en qué tiempo hizo eso, pero eso implicó un trabajo. Hubiera sido en la cosmovisión dominicana del trabajo: "Dios, propónselo tú, porque es más fácil para ti." No, tú comienzas a trabajar desde ahora, y él no se había caído todavía.
Génesis 2:15 dice entonces: "El Señor Dios tomó al hombre y lo puso en el huerto del Edén para que lo cultivara y lo cuidara." Eso es trabajo. Lo cultivara y lo cuidara. Yo no sé cómo lo iba a cultivar y cuidar, pero la palabra, si usted la busca, implica trabajo: probablemente cortar ramas, hacer surcos y regarlo, etcétera, proteger las plantaciones de frutos, etcétera. Eso era trabajo, y Dios dijo que todo era eminentemente bueno. Por eso es que en el milenio estaremos trabajando todavía. Por eso es que Dios dice que Cristo está trabajando hasta el día de hoy, y Él también trabaja, porque es algo que es eminentemente bueno.
Son nuestras cosmovisiones torcidas y distorsionadas del trabajo las que nos hacen creer que el trabajo es malo, es una maldición, que no es disfrutable, que yo preferiría estar descansando, nadando, o no sé qué cosa. No, no es así. Esta cosmovisión machista a veces hace que muchos hombres quieran tener a sus esposas trabajando más que ellos mientras ellos están jugando, sin haber crecido; o esposas que quieren que sus esposos tengan dos y tres trabajos para estar comprando en las tiendas, en los malls de Miami. Pero no va a ser el trabajo disfrutable de ninguna manera.
Cuando Dios maldijo a la serpiente, Él maldijo la tierra, pero no el trabajo. Él maldijo el ambiente de trabajo, pero no el trabajo. Con lo cual, entonces, el trabajo se hacía más inhóspito, más difícil, más complicado. Si está de acuerdo, yo se lo digo: Dios le dijo a Adán que espinos y cardos le produciría la tierra, y comería de las plantas del campo; con el sudor de su frente comería el pan. Sí, las implicaciones y la forma de realizar el trabajo cambiaron, pero el trabajo seguía siendo igualmente digno.
Dios puso a Adán y Eva, sus íconos, sus representantes, en el jardín del Edén para que lo glorificaran, para que le representaran. Yo trabajo hoy, tú trabajas hoy en el mundo que está, para glorificarle y representarle, reflejarle, y Él va a convertirte en un luminar en donde tú estás. El cristiano que hace el menor esfuerzo donde Dios lo pone, independientemente de cuál sea la tarea, está desacreditando el nombre de Dios, porque es Su representante y Su hijo, y él debe reflejar al hijo de un Dios de excelencia.
El hombre de la parábola quería acumular riquezas para consumirlas él. No, ese no es el propósito. Wesley lo obedecía de esta manera: trabaja tanto como puedas, tanto como debas; ahorra tanto como puedas; y da a todo lo que puedas. Y luego lo ilustró con su consumo: le dieron un salario de 28 libras esterlinas, y luego se lo subieron a 30, luego a 50, luego a 100, luego a 160, y él siguió viviendo con 28. Y el resto lo fue regalando. El propósito de Wesley al acumular no era consumirlo él; era que él pudiera bendecir a otros, como Dios bendice a otros cuando bendice a Sus hijos.
Pablo tenía tan claro este concepto bíblico de la necesidad de trabajar, que ante esta situación en Tesalónica —aparentemente se produce una mezcla de esta infiltración del mundo griego junto con la idea de que el Señor ya venía pronto, y si viene pronto, para qué vamos a trabajar— algunos no venían a trabajar. Y Pablo les dice en 2 Tesalonicenses 3:10: "Si alguno no quiere trabajar, que no coma." Sencillo. Pablo no está diciendo: "Si alguno es minusválido y no puede trabajar, que no coma." No está diciendo eso. No está diciendo: "Si alguno anda buscando trabajo y no lo encuentra, que no coma hasta que lo encuentre." Pero si alguno no quiere trabajar, pues que no coma. Pablo entendía esta responsabilidad del trabajo bíblicamente, como Dios manda.
¿Qué más nos permite el trabajo? Nos permite servirles a otros. Cristo lo ha dicho: "Yo no vine a ser servido; yo vine a servir." Cuando usted va a trabajar al lugar donde lo ponen, ¿sabe qué? No fue ahí para ser servido. Por lo menos, de acuerdo a Cristo, usted fue ahí para servir. Es una oportunidad extraordinaria para usted poder servir. Eso va a acabar con: "Ay, no, yo no voy a estar matando tanto. Ay, no, tanto va el cántaro a la fuente. Ahí de esto, y esto muy tarde, a menos para esto, a menos para lo otro." Los siervos no hablan de esa manera.
Y finalmente, Dios nos dio un trabajo y nos colocó en un lugar para ser sal y luz en una generación perversa y torcida que Él conoce. De tal manera que en mi ambiente de trabajo yo sea una figura de influencia para los demás, que yo sea parte de lo que contribuye a restringir el desbordamiento de la sociedad, de las personas, de los valores, y que nosotros dejemos de ser cristianos en secreto. Eso no glorifica a Dios.
No basta con modelar. Imagínense que Cristo hubiera venido solo a modelar. Tendremos que hablar. Ahora, a veces no nos gusta hablar y justificamos y racionalizamos eso, pero la realidad es que Dios me ha llamado a testificar de Su obra en mí. Y si no lo puedo hacer, necesito pedirle a Dios que me quite el miedo, el temor, la vergüenza, lo que usted quiera. Dios me ha llamado a testificar con palabras. Por eso Pedro, Juan y Herón dijeron: "No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído." No podían dejar de hablar, porque eso es lo que se supone que yo haga donde voy: que yo deba hablar, testificar. Porque si lo dejo solo, el otro no se la va a llevar. Créame que hay mucha gente que se comporta cristianamente también y no son cristianos, y están modelando. No, no; yo tengo que hablar de la obra de Dios en mí.
Pero te das cuenta del enorme propósito, motivación y significado que el trabajo tiene. Disfruta, hermanos. Yo disfruté cada hora de trabajo que le di a la medicina. Disfruté cuando estudiaba medicina, disfruto cuando estudio su Palabra, disfruto cuando la enseño, disfruto cuando vengo aquí. Yo disfruto cada hora de mi vida. Pero tiene que vivirla como para el Señor, y entonces todo en la vida querida adquiere otro color.