Integridad y Sabiduria
Sermones

Lo que Dios nunca toma en poco

Pepe Mendoza 1 abril, 2012

La lealtad se ha convertido en una virtud canina más que humana. Si uno busca esa palabra en internet, aparecen imágenes de perros, no de personas. Esta realidad refleja algo que Dios nunca toma en poco: la falta de hermandad entre los seres humanos. El libro de Abdías, el más corto del Antiguo Testamento, condena precisamente esto al dirigirse contra Edom, el pueblo descendiente de Esaú, por su trato hacia Israel, su hermano.

Tres pecados específicos provocaron el juicio divino sobre Edom. Primero, un falso sentido de superioridad: habitaban en Petra, una ciudad inexpugnable tallada en la roca, y desde esa altura menospreciaban a los demás. Segundo, la indiferencia ante el sufrimiento ajeno: cuando extranjeros saqueaban Jerusalén, Edom simplemente se puso a un lado, y para Dios esa pasividad equivale a violencia. Peor aún, se alegraron del dolor de su hermano caído. Tercero, hicieron leña del árbol caído, aprovechándose de la debilidad de Israel para beneficiarse.

El principio es claro: como tú has hecho, te será hecho. Pero existe también el camino positivo que Jesús enseñó: así como queréis que los hombres os hagan, haced con ellos de la misma manera. La historia de Cristina y las galletas en el aeropuerto ilustra cuán fácilmente juzgamos al otro sin darnos cuenta de nuestro propio error. Nada hemos traído a este mundo y nada nos llevamos. Compartamos lo que somos, porque Dios observa cómo nos tratamos unos a otros.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Permitan empezar contándoles una historia. Terry era el perro de Cristina. Cristina tenía este perro a quien quería mucho; era un perro especial. Era un pastor alemán, pero no era un pastor alemán como uno corriente: era un pastor alemán que había nacido albino. Albino significa que no tenía color. Era un perro pastor alemán blanco, que era algo muy sui géneris, ¿verdad? Algo diferente.

Lo interesante es que había una relación especial entre Cristina y Terry, entre ella y su perro. Sin embargo, Cristina tuvo que salir del país, irse a estudiar fuera, como lo hacen muchos. De tal manera que el perro quedó a cargo de su madre y del esposo de su madre, quien no estaba muy contento con la presencia de Terry entre ellos. La verdad es que él no tenía mucho afecto para con el can, y tenían más bien una relación distante —si podíamos llamarlo de alguna manera—, una relación en donde no había tanto afecto.

El esposo de la mamá de Cristina tenía un horario de trabajo sumamente particular: él tenía que salir muy temprano en la mañana a trabajar. Salía cuando todavía estaba oscuro, alrededor de las 5 y media de la mañana, como lo hacía todos los días. Una mañana salió como de costumbre, el perro quedó adentro de la casa, y para salir tenía que cruzar un pequeño patio para poder llegar a la calle.

En eso que él estaba saliendo, percibió que cerca había un auto estacionado con dos personas que nunca antes habían estado ahí. Empezó a tener una corazonada: algo malo estaba sucediendo. Cuando se acercó a la puerta, se dio cuenta de que ese auto comenzó a acercarse a él, con la intención de bajar los vidrios y empezar a hablarle. Él se dio cuenta de que eso no estaba bien, que algo malo traían esas personas, en ese lugar oscuro, en ese momento de la mañana totalmente solitario.

Entonces decidió darse media vuelta y empezó a caminar con paso tranquilo hacia la casa. Escuchó por detrás que las puertas del auto se abrían y que empezaban a seguirlo, por lo que aceleró el paso. En eso, su esposa, que todavía estaba descansando, también tuvo como una corazonada de esas que aparecen de la noche a la mañana. Ella se levantó, bajó las escaleras y se acercó hacia la puerta, y percibió que el esposo venía y que detrás había dos personas acercándose, por lo que se aterró.

Al ver la situación, ella abrió la puerta. Terry, que estaba allí dando vueltas, salió corriendo; el esposo aceleró el paso, entró rápidamente y cerró la puerta de golpe. En medio de esos segundos de confusión, el perro había salido justamente a lanzarse en contra de esas personas que se acercaban. Mientras el hombre entraba y cerraba la puerta, Terry ladraba, y se escuchó algo así como un disparo. Pero en ese momento nadie supo qué hacer, y simplemente esas dos personas dieron media vuelta y huyeron.

Los vecinos salieron preguntando: "¿Qué ha pasado? ¿Qué ha pasado?" Habían escuchado algo: ¿fue un disparo, fue la puerta, fueron los ladridos? Nadie sabía en realidad lo que había sucedido en ese momento. Lo que sí notaron es que Terry tenía una herida en el cuello. Esa herida en el cuello no sabían qué la había propiciado. Lo cierto es que el perro valientemente se había lanzado contra los delincuentes.

Luego, al revisar, se dieron cuenta de que Terry no tenía la placa que acostumbraba llevar en el cuello. Cuando empezaron a buscar entre el pasto, se encontraron con la placa —que es esta que tengo aquí en la mano, pueden verla en cámara—, y en la placa encontraron que estaba incrustada la bala. La bala: el perro había saltado sobre los delincuentes, y la bala que iba probablemente dirigida contra la persona chocó en la placa de Terry, cayó de su cuello, y esto salvó la vida de esa persona. A partir de ese momento, la actitud para con Terry, por supuesto, cambió, ¿verdad? Porque Terry, como buen perro, había actuado lealmente.

Ahora bien, algo que a mí me sorprende es que la lealtad, como tal, se ha convertido en una virtud canina y no en una virtud humana. Si uno va a Google y busca la palabra "lealtad", uno se va a dar con la sorpresa de que todo tiene que ver con animales, y todo tiene que ver con perros. Si uno busca en imágenes la palabra "lealtad", salen perros y perros y perros y perros, porque la lealtad en realidad ha perdido su capacidad de ser una virtud humana. Y cuando decimos esto, tenemos que reconocer que entre los hombres no existe la misma lealtad.

Vivimos en un odio embriagado de nación contra nación y hombre contra hombre. Si vemos las noticias que todos ustedes conocen en estos días, la armada, la Marina japonesa ha tenido que salir porque Corea del Norte está tratando de lanzar un satélite. Además, se habla de las intenciones nucleares de Irán y de todos los problemas que existen, que nosotros ya conocemos no solamente en latitudes lejanas, sino también alrededor de nuestra región. Y eso lo podemos hablar en términos de política internacional, pero también podemos hablarlo en términos de nuestra realidad particular. Nosotros vivimos en una carencia de lealtad absoluta que nos hace agentes de nuestra propia destrucción.

Ahora, cuando nosotros vamos a la Biblia y especialmente al libro de Abdías, nos damos cuenta de que el Señor se manifiesta en esta profecía en contra de la falta de lealtad. Y si hay algo que el Señor nunca tomará en poco, es la falta de hermandad entre los seres humanos. Ese es el mensaje del profeta Abdías: nunca tomará en poco la falta de lealtad entre los hermanos.

El libro de Abdías es el libro más corto del Antiguo Testamento y uno de los más cortos de toda la Biblia; solo tiene 21 versículos. Por lo tanto, cuando ustedes salgan de aquí y les pregunten: "¿Y cómo estuvo la iglesia?" "Bien." "¿Y el sermón?" "Bueno." "¿Y cómo fue?" "Bueno, estudiamos un libro completo de la Biblia." "¿De verdad? ¿Sí?" "¡Y lo leímos completo!" "¡Wow!" El libro de Abdías tiene 21 versículos y tiene la intención justamente de hacer este llamado de atención. Seguramente para ustedes no es muy conocido, y probablemente no escucharán de Abdías mucho de hoy en adelante; por lo tanto, es necesario que le presten mucha atención.

Dice así. Vamos a leer el libro de Abdías completo, los 21 versículos:

"Visión de Abdías. Así dice el Señor Dios acerca de Edom: Hemos oído un mensaje del Señor, y un mensajero ha sido enviado a las naciones diciendo: '¡Levantaos, y alcémonos contra él en batalla!' He aquí, te haré pequeño entre las naciones; serás muy despreciado. La soberbia de tu corazón te ha engañado, a ti que habitas en las hendiduras de la peña, en las alturas de tu morada, que dices en tu corazón: '¿Quién me derribará por tierra?' Aunque te remontes como el águila, y aunque entre las estrellas pongas tu nido, de allí te derribaré, declara el Señor. Si vinieran a ti ladrones, o saqueadores de noche, ¡cómo quedarías arruinado! ¿No robarían hasta que les bastara? Si vinieran a ti vendimiadores, ¿no dejarían rebuscos? ¡Cómo será escudriñado Esaú, y rebuscados sus tesoros escondidos! Hasta la frontera te echarán todos tus aliados; te engañarán, te dominarán los que están en paz contigo; los que comen tu pan tenderán trampas y emboscadas contra ti. No hay entendimiento en él. ¿No destruiré en aquel día, declara el Señor, a los sabios de Edom y el entendimiento de Esaú? Entonces los valientes de Temán serán atemorizados, de modo que todo hombre será cortado del monte de Esaú con muerte violenta."

"Por la violencia contra tu hermano Jacob, te cubrirá la vergüenza y serás cortado para siempre. El día que te pusiste a un lado, el día que extraños se llevaban su riqueza y extranjeros entraban por su puerta y sobre Jerusalén echaban suertes, tú también eras como uno de ellos. No te alegres en el día de tu hermano, en el día de su exterminio; no te regocijes de los hijos de Judá en el día de su destrucción. No te jactes en el día de su angustia. No entres por la puerta de mi pueblo en el día de su ruina. Sí, no te alegres tú de su desgracia en el día de su ruina. No te apoderes de sus riquezas en el día de su ruina. No te apostes en la encrucijada para exterminar a sus fugitivos, y no entregues a sus sobrevivientes en el día de su angustia."

"Porque se acerca el día del Señor sobre todas las naciones. Como tú has hecho, te será hecho; tus acciones recaerán sobre tu cabeza. Como vosotros bebisteis en mi santo monte, así beberán continuamente todas las naciones; beberán y tragarán y serán como si nunca hubieran sido. Pero en el monte Sión quedará un remanente y un lugar santo, y la casa de Jacob volverá a tomar sus posesiones. Entonces la casa de Jacob será un fuego, y la casa de José una llama, y la casa de Esaú estopa; los quemarán y los consumirán, y no quedará sobreviviente alguno en la casa de Esaú, porque el Señor ha hablado. Entonces los del Neguev poseerán el monte de Esaú, y los de la Sefela la llanura de los filisteos; poseerán también el territorio de Efraín y el territorio de Samaria, y Benjamín poseerá Galaad. Y los desterrados de este ejército de los hijos de Israel que están entre los cananeos hasta Sarepta, y los desterrados de Jerusalén que están en Sefarad, poseerán las ciudades del Neguev. Y subirán libertadores al monte Sión para juzgar al monte de Esaú, y el reino será del Señor."

Leímos todo el libro, toda la profecía de Abdías. Ahora, permítanme hacer un breve recuento de quién es Edom, porque la profecía es contra Edom. ¿Quién es Edom? Edom significa "rojo", y Edom es el apelativo para Esaú. Esaú es el hermano mellizo de Jacob, hijos de Isaac, nietos de Abraham, ¿verdad? O sea, conocemos la historia.

Dice la historia en Génesis 22 que su madre, desde que los tuvo en el vientre materno, supo que había un conflicto entre ellos, porque ella sentía que peleaban dentro del vientre. Imagínense estos hermanos que peleaban dentro del vientre materno. Conocemos la historia más adelante: cuando un día Esaú llega a su casa y Jacob estaba preparando un potaje de lentejas de color rojo, un guiso de color rojo, y de ahí el nombre Edón. Por ese guiso, Esaú vendió su primogenitura, y se desataron allí una serie de eventos que concluyeron con la enemistad entre los hermanos y la huida de Jacob por catorce años a la tierra de su tío Labán. Conocemos la historia, ¿verdad?

En Génesis 33, por favor, acompáñenme brevemente, manteniendo su Biblia abierta, manteniendo los dedos ahí en Génesis y en Abdías. Vamos a Génesis, el capítulo 33. En Génesis 33, nosotros vemos el retorno de Jacob a Canaán con el temor de encontrarse con su hermano Esaú. Tal era su temor que él empezó a dejar regalos para su hermano en el camino, que iban delante de él, para así apaciguar su ira.

En Génesis 33, dice a partir del verso uno: "Y alzando Jacob sus ojos miró, y he aquí venía Esaú, y cuatrocientos hombres con él. Entonces repartió los niños entre Lea y Raquel y las dos siervas, y puso las siervas con sus hijos delante, y a Lea con sus hijos después, y a Raquel con José en último lugar. Y él pasó delante de ellos, y se inclinó a tierra siete veces, hasta que llegó a su hermano. Pero Esaú corrió a su encuentro y lo abrazó, y echándose sobre su cuello lo besó, y lloraron."

Este es el encuentro de estos hermanos después de tremenda traición. Esaú había prometido que en cuanto muriese su padre Isaac, él se vengaría con muerte de su hermano Jacob. Él había salido de la casa paterna, se había mudado al monte Seír, y ahí también estaba creando un gran pueblo. Esta es la historia de estos dos hermanos que se convierten en dos naciones: a través de Jacob crecería la nación de Israel, y a través de Esaú nacería la nación de Edom, o los edomitas.

Ahora, la historia continúa, y recordemos que Jacob tuvo que salir con su familia hacia Egipto, donde permaneció durante cuatrocientos treinta años. En ese tiempo, Esaú y los edomitas se convirtieron en un reino poderoso, mientras que los israelitas se convirtieron en esclavos en Egipto. El tiempo pasó y Moisés pudo lograr la salida de Israel de Egipto.

Si nosotros vamos a Números, el capítulo 20, toda esta explicación es importante para que podamos entender la actitud de la nación de Edom. En el capítulo 20, a partir del verso 14, nosotros nos encontramos con Moisés y la multitud del pueblo de Israel en la frontera de Edom, buscando pedir permiso para pasar por esa tierra y poder entrar a Canaán de una vez por todas.

"Se enviaron mensajeros desde Cades al rey de Edom, diciendo: Así ha dicho tu hermano Israel: Tú sabes todas las dificultades que nos han sobrevenido, que nuestros padres descendieron a Egipto, y estuvimos por largo tiempo en Egipto, y los egipcios nos maltrataron a nosotros y a nuestros padres. Pero cuando clamamos al Señor, Él oyó nuestra voz y envió un ángel, y nos sacó de Egipto. Ahora mira, estamos en Cades, una ciudad en la frontera de tu territorio. Permítenos pasar, por favor, por tu tierra. No pasaremos por campo labrado ni por viñedo, ni siquiera beberemos agua de pozo; iremos por el camino real, sin volver a la derecha ni a la izquierda, hasta que crucemos tu territorio. Pero Edom respondió: Tú no pasarás por mi tierra, para que no salga yo con espada a tu encuentro. Entonces los hijos de Israel contestaron: Iremos por el camino principal, y si yo y mi ganado bebiéramos de tu agua, entonces te pagaré su precio; solamente déjame pasar a pie, nada más. Pero él dijo: Tú no pasarás. Y Edom salió a su encuentro con mucha gente y con mano fuerte."

Rehusó, pues, Edom dejar pasar a Israel por su territorio, así que Israel tuvo que desviarse de él. Con este encuentro, estas dos naciones se convirtieron en enemigos. Por mucho tiempo, si seguimos la historia, Edom iba a aprovechar cada oportunidad en que Israel estuviera débil para apoyar a aquellos que le estaban haciendo daño. Israel también actuó en contra de Edom en varias oportunidades, subyugándolo de mala manera. Uno de los primeros enemigos que enfrentó el rey Saúl fueron justamente los edomitas, de tal manera que hubo permanente enemistad y permanente aprovechamiento de Edom sobre Israel en cada momento en que Israel caía en debilidad. Esa es la realidad de este pueblo que creció y se expandió a la misma medida que Israel en su tiempo.

Finalmente, los edomitas fueron echados de su tierra por los famosos nabateos. Los nabateos eran tribus árabes que se posesionaron de su tierra, y ellos tuvieron que huir y ubicarse al sur de Palestina. Luego de varios años, los edomitas se convirtieron al judaísmo y se convirtieron en judíos también, judíos que luego se llamaron los idumeos. Los idumeos es la misma raíz del nombre edomita, pero era el nombre latinizado porque ahora formaban parte del Imperio Romano. El más famoso idumeo es el rey Herodes el Grande. Herodes el Grande es el más grande idumeo, es la raíz del nombre. Los idumeos acompañaron a los judíos hasta la destrucción de Jerusalén el año 70 después de Cristo, y luego los idumeos desaparecieron: nunca más se escuchó hablar de ellos y no dejaron ningún descendiente. Esa es la historia de los edomitas, una historia de encuentros y desencuentros.

Ahora, la profecía de Abdías se dirige a los edomitas, y se dirige a ellos por su falta de hermandad con Israel cuando Israel estaba caído en desgracia producto del juicio de Dios. Esto me da una señal sumamente interesante. La primera es que el Señor considera la lealtad y la hermandad entre los hombres como un asunto que es superior a la religión, como una ley universal. El Señor se está dirigiendo a un pueblo pagano y le está llamando la atención y lo está condenando por su falta de hermandad. Y esa falta de hermandad el Señor la aplica a todos los hombres sin diferencia, porque el Señor nos califica a todos de la misma manera, porque todos tenemos un mismo Padre, y Dios no hace acepción de personas; por lo tanto, el Señor espera que todos nos miremos de la misma manera. Esa es la primera enseñanza general del pasaje.

Lo segundo tiene que ver con el hecho de que Israel estaba en desgracia producto de su propio pecado. No era el caso de que Israel era una nación virtuosa que estaba sufriendo por causa de un enemigo, en este caso los edomitas. No; por el contrario, Israel estaba caída y estaba sufriendo desgracia producto del juicio de Dios por el pecado de Israel. Pero eso no significaba que su hermano Edom tenía que aprovecharse de esas circunstancias. Aun el hecho de que Israel estaba bajo el juicio de Dios no implicaba que su hermano le perdiera el respeto a Israel.

Estas son las dos enseñanzas generales que nosotros tenemos que descubrir en el libro de Abdías. Ahora, permítanme, dentro de muchas, poder extraer tres enseñanzas particulares y tres razones fundamentales para entender por qué el Señor no toma en poco la falta de hermandad entre los hombres. Tres razones por las que el Señor no toma en poco la falta de hermandad y la falta de lealtad entre los seres humanos, que es la condena que Abdías, en el nombre de Dios, le hace al pueblo de Edom.

La primera está en los versos del 2 al 4 del libro de Abdías. Versos del 2 al 4: "He aquí, te haré pequeño entre las naciones; serás muy menospreciado. La soberbia de tu corazón te ha engañado, tú que habitas en las hendiduras de la peña, en las alturas de tu morada, que dices en tu corazón: ¿Quién me derribará a tierra? Si te remontares como águila, y aunque entre las estrellas pusieres tu nido, de allí te derribaré, dice el Señor."

La primera cosa que nosotros debemos aprender es que el Señor no toma en poco el menosprecio que nos hacemos entre los hermanos. El Señor nunca aceptará entre los seres humanos que nosotros expongamos un falso sentido de superioridad. Lo primero que hace que nosotros seamos desleales es cuando nos sentimos superiores a los demás, y eso es lo que los edomitas sentían. El verso 3 dice: "La soberbia de tu corazón te ha engañado." ¿Qué es la soberbia? La soberbia es la altivez y el apetito desordenado de ser preferido por otros, menospreciando a los demás. La soberbia es el apetito desmedido o desordenado que busca la preferencia por sobre los demás, menospreciando al que está a su lado.

Y yo creo que es una regla general entre los seres humanos. Muchos de nuestros conflictos y nuestras dificultades, no solo políticas, sino también a nivel pequeño de nuestras familias, de nuestro entorno, con nuestros cónyuges, con nuestros empleados o con nuestros jefes, es que nosotros vivimos teniendo un falso sentido de superioridad sobre los demás. Este sentido de superioridad, el profeta Abdías lo califica de tres maneras. Dice el verso 2: "He aquí, te haré pequeño entre las naciones, muy menospreciado." Si hay algo que nosotros los seres humanos no queremos, es que nadie nos llame pequeños y que nadie nos menosprecie. "A mí nadie me desprecia. Ojo, porque conmigo nadie se mete." Pero este sentido de superioridad y este sentido de grandeza hacen que, para que yo pueda ser grande, yo tenga que observarme a la luz de otros; y para que yo pueda ser grande en medio de nuestra realidad de pequeñez, yo tengo que empezar a señalar las pequeñeces de los otros para hacer las mías más grandes.

Yo tengo que estar buscando que los otros sean más pequeños que yo para que yo pueda ser grande, de tal manera que yo empiezo a menospreciar a los demás, buscando el aprecio que yo estoy buscando. Ese es el gran error de los hombres. Nuestra soberbia nos ha engañado, porque finalmente nosotros estamos olvidando que, como cristianos, el Señor nos llama, como lo hemos ido aprendiendo en Filipenses capítulo 2, a tener el mismo sentir que hubo en Cristo Jesús. Que no se estimó a sí mismo como superior, sino que Él se despoja de su propia divinidad y toma forma de hombre y se hace obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.

El Señor nunca toma en poco el menosprecio que nos hacemos los seres humanos. Porque justamente la gran razón de la venida de nuestro Señor Jesucristo es demostrarnos que Dios no hace acepción de personas y que, a pesar de mi condición caída, el Señor me consideró de tal manera y me amó de tal manera que Dios envió a su Hijo Jesucristo para salvarme a mí, que soy un gran pecador. Hermanos, el Señor no toma en poco el menosprecio que nos hacemos entre los hermanos.

Si volvemos a leer el versículo 3, dice: "La soberbia de tu corazón te ha engañado, tú que habitas en la hendidura de la peña, en las alturas de tu morada, que dices en tu corazón: ¿quién me derribará por tierra?" Los edomitas eran los dueños de esta famosa capital que ahora es una de las grandes maravillas del mundo antiguo, que es la ciudad de Petra, una ciudad diseñada y construida sobre la roca. Una ciudad fortificada de tal manera que, durante siglos, fue realmente inexpugnable, y no solamente inexpugnable, sino que estaba construida justamente en medio de una gran ruta de comercio, lo que no solamente la hacía inexpugnable militarmente, sino que la hacía rica por todo el comercio que pasaba por sus fronteras.

Y esto generó un sentido de superioridad en el corazón de los edomitas, que se sentían mejores, porque alguien que se siente inexpugnable es alguien que no se deja vencer ni persuadir, alguien que se siente superior a los demás. La grandeza, el aprecio y el sentido de la imposibilidad de ser derrotado generó en el corazón de los edomitas un sentimiento de superioridad. Pero el Señor ese sentimiento lo derriba de un solo plumazo cuando en el versículo 4 le dice: "Aunque te remontes como el águila, y aunque entre las estrellas pongas tu nido, de allí te derribaré, declara el Señor."

Hermanos, nunca la soberbia será algo que el Señor premiará. Por el contrario, nuestro Señor Jesucristo habló con mucha claridad, y Él, cuando hablaba de las grandes autoridades del mundo, decía: "Las grandes autoridades del mundo se enseñorean de los demás, pero no será así entre vosotros, pues el que quiera ser primero tendrá que ser siervo de todos." Ese es el gran llamado de Dios, y el gran error de los edomitas fue menospreciar a los demás por un falso sentido de superioridad.

Por el contrario, hermanos, nosotros como cristianos que hemos reconocido nuestra condición delante del Señor, sabemos que no tenemos superioridad alguna. Por el contrario, nosotros testificamos como Pablo cuando dijo: "Palabra fiel y digna de ser recibida por todos, que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero." Yo no tengo nada por qué sentirme superior a los demás, sino que, siguiendo el ejemplo de mi Señor, yo buscaré que todos los demás sean superiores a mí para poder servirlos. El Señor no toma en poco el menosprecio que nos damos unos a otros.

En segundo lugar, el Señor no toma en poco la indiferencia con la que nosotros nos tratamos unos a otros. A partir del versículo 10 hasta el versículo 12, el profeta Abdías dice en nombre del Señor a los edomitas: "Por la violencia contra tu hermano Jacob te cubrirá la vergüenza, y serás cortado para siempre. El día que te pusiste a un lado, el día que extraños se llevaban su riqueza y extranjeros se entraban por su puerta y sobre Jerusalén echaban suertes, tú también eras como uno de ellos."

Es interesante, hermanos, que en el pasaje, en el versículo 10, habla de "la violencia contra tu hermano Jacob." Hay algo distintivo, hermanos, que la naturaleza humana no podrá cambiar, ni a través de instituciones, ni de estatus legales, ni de razas, ni de credos, ni de posiciones: que somos hermanos los unos de los otros. Imagínense ustedes cuántos años habían pasado desde que hubo un vínculo de hermandad entre Jacob y Esaú. Habían pasado centurias, pero el vínculo se mantenía. Y por lo tanto, lo que está diciendo Abdías es: "Por la violencia contra tu hermano Jacob te cubrirá la vergüenza y serás cortado para siempre."

Pero hay algo que me sorprende sobremanera: ¿qué tipo de violencia está ejecutando Edom para que sea condenado con vergüenza? El versículo 11 nos dice la violencia que el Señor está señalando: "El día que te pusiste a un lado." O sea, para el Señor, la violencia de Edom fue su propia indiferencia. El Señor consideró que Edom estaba actuando con violencia con su hermano porque actuó con indiferencia; se puso a un lado cuando su hermano Israel estuvo en necesidad. Este pueblo que se sentía superior, que se sabía protegido, que se sentía grande y apreciado, decidió dar un paso al costado e impedir o abstenerse de participar en ayudar a su hermano que estaba en necesidad.

Miren ustedes lo que dice la continuación del versículo 11: "El día que te pusiste a un lado, el día en que extraños se llevaban su riqueza y extranjeros se entraban por su puerta y sobre Jerusalén echaban suertes, tú también eras como uno de ellos." Pero, Señor, yo me puse a un lado, yo no estuve allí. Mira, ¿quién los acusó? Eran los extraños los que se llevaban las riquezas, eran extranjeros los que entraban por la puerta, y eran extranjeros los que sobre Jerusalén echaban suertes. Yo me puse a un lado. Y el Señor le dice: "Edom, eso es violencia contra tu hermano. Tu indiferencia hace que yo te considere como uno de ellos." Porque el Señor no toma en poco la indiferencia con la cual nosotros nos tratamos unos a otros.

Y no solamente eso, hermanos. Porque la indiferencia no se manifiesta de manera visible. Yo me pongo a un lado, yo me quedo callado, nadie se va a dar cuenta de que yo no participé. Yo supe lo que estaba pasando, pero yo me oculté. Pero lo más terrible de esto, lo más terrible de la indiferencia, está en el versículo 12: "No te alegres en el día de tu hermano, en el día de su exterminio. No te alegres de los hijos de Judá en el día de su destrucción. No te jactes en el día de su angustia." No solamente había actuado con indiferencia, poniéndose a un lado cuando todo estaba sucediendo, sino que tuvo otra actitud que es aún más dramática.

¿Cuántas veces nosotros nos sorprendemos cuando estamos morbosamente tratando de indagar por qué el hermano ha caído? ¿Cuántas veces nosotros estamos buscando conocer la desgracia ajena? ¿No son los periódicos eso justamente? ¿No intentamos nosotros descubrir cuántos muertos y cuántas cosas y cuántos accidentes, y esto y lo otro, y queremos saber más y queremos ver fotos de los cadáveres y queremos saber cómo las cosas pasaron, con total indiferencia? Mientras tomamos el desayuno podemos estar leyendo el periódico y descubriendo con morbo la caída de nuestro hermano. "No te alegres en el día de tu hermano, en el día de su exterminio. No te alegres de los hijos de Judá en el día de su destrucción."

Nosotros ya les hemos explicado que el hebreo, cuando extiende una frase y la repite, es porque trata de ponerla en superlativo, porque está tratando de llamar la atención sobre una condición. Y el hecho de que diga dos veces "no te alegres, no te alegres" es porque realmente eso nos produce alegría. La palabra en hebreo es esa sensación de felicidad, esa sensación de satisfacción que puede producirse en el corazón a causa de la caída de alguien, de alguien que la está pasando mal. Y en este caso, "el día de tu hermano, el día de su exterminio" es producto del juicio de Dios, pero eso no me hace capaz de poder alegrarme por su destrucción.

Por el contrario, el Señor no toma en poco la indiferencia que se transforma en un morbo que se alegra ante lo que le está pasando. El final del versículo 12 dice: "No te jactes en el día de su angustia." Otro de nuestros más grandes pecados es la jactancia, y la jactancia literalmente significa hacerme grande. Y yo me hago grande ante el dolor de mi hermano, ante su quebrantamiento y ante su pena, porque cuando yo empiezo indiferentemente, aunque me puse a un lado, a comentar lo que le está sucediendo, yo me descubro enalteciéndome a mí mismo porque no soy de la condición de esa persona que ha caído.

Eso es algo que el Señor desprecia, hermanos. El Señor desprecia el morbo que surge en nuestro corazón con alegría en el día del exterminio, en el día de la destrucción de alguien que está cayendo. Eso es violencia para el Señor. Es como si nosotros mismos hubiéramos participado en la caída. Así lo considera el Señor: "Tú también eras como uno de ellos." Extraños se llevaban la riqueza, extranjeros se entraban por la puerta, sobre Jerusalén echaban suertes. Yo no estuve allí, pero por mi indiferencia el Señor me considera uno de ellos.

El Señor nunca tomará en poco nuestro falso sentido de superioridad. El Señor nunca tomará en poco que seamos indiferentes y morbosos ante el dolor ajeno, ante el sufrimiento ajeno. El Señor dice: "No te alegres, no te alegres, no te jactes."

Y en tercer lugar, en los versículos 13 y 14, el Señor no toma en poco el daño que nos hacemos entre hermanos cuando nos aprovechamos de la debilidad del hermano que está caído. El versículo 13 dice: "No entres por la puerta de mi pueblo en el día de su ruina."

Si no te alegres de su desgracia en el día de su ruina, no te apoderes de sus riquezas en el día de su ruina, no te apostes en la encrucijada para terminar con sus fugitivos y no entregues a sus sobrevivientes en el día de la angustia. No solamente es la violencia de nuestra indiferencia, sino a veces la violencia también que va de la mano de ese dicho que dice: "No hagas leña del árbol caído." ¿Cuántas veces hemos hecho leña del árbol caído?

Abdías, en el nombre del Señor, le dice a los edomitas: "No entres por la puerta de mi pueblo en el día de su ruina. No te apostes en la encrucijada para exterminar a sus fugitivos y no entregues a sus sobrevivientes en el día de su angustia." Ustedes ven que lo dice en futuro: no entres, no te apoderes, no lo hagas. Es muy fácil hacer leña del árbol caído, y es muy fácil tomar a una persona en el suelo y darle más duro. No lo hagas, porque eso el Señor no lo toma en poco; eso destruye su humanidad y destruye nuestra humanidad. No lo hagas. No entres por la puerta de mi pueblo en el día de su ruina.

No te alegres de su desgracia, no te apoderes de sus riquezas, no te apostes en la encrucijada para exterminar a sus fugitivos, no entregues a sus sobrevivientes. Todo esto nos habla de un proceso de aprovechamiento, de desprecio personal, un proceso que va acompañado, primero, de soberbia: "Yo soy más grande que él." Segundo, de indiferencia: "Que caiga solo." Y tercero: "¿En qué medida puedo sacarle provecho a su caída?" Eso tiene que ver con un deterioro de la naturaleza humana, ir cayendo en aquello que el Señor aborrece, ir en contra del ejemplo de nuestro Señor Jesucristo en la cruz del Calvario.

El ejemplo de nuestro Señor es una demostración del amor de Dios para con nosotros en medio de nuestra condición caída. El Señor no vino a aprovecharse de nosotros, sino que vino a levantarnos y darnos vida, y vida en abundancia, a pesar de que estábamos muertos en nuestros delitos y pecados. Ese es el ejemplo que yo debo seguir. Por lo tanto, si el ejemplo está evidente, el Señor nos dice: "Yo nunca tomaré en poco cuando uno de mis hijos actúa con soberbia. Yo nunca tomaré en poco cuando uno de mis hijos actúa con indiferencia. Yo nunca tomaré en poco cuando uno de mis hijos está haciendo leña del árbol caído."

Finalmente, el profeta Abdías en el versículo 15 dice de una manera dramática y conclusiva: "Porque se acerca el día del Señor sobre todas las naciones; como tú has hecho, te será hecho; tus acciones recaerán sobre tu cabeza." El Señor no toma en poco el sentido de superioridad. El Señor no toma en poco la indiferencia. El Señor no toma en poco la violencia sobre el que está caído. Pero el Señor declara de una manera muy evidente: "Como tú has hecho, te será hecho; tus acciones recaerán sobre tu cabeza."

Nosotros estamos en el libro de Abdías, pero vamos a ir al libro de Amós, que es el libro anterior a Abdías. Vamos al capítulo 1, versículo 11, Amós 1:11. "Así dice el Señor: Por tres transgresiones de Edom, y por cuatro, no revocaré su castigo, porque con espada persiguió a su hermano y suprimió su compasión; su ira continuó despedazando y mantuvo su furor para siempre."

Hay algo que conmueve mi corazón con respecto a esta declaración del profeta Amós. No es solamente el hecho de que un hermano persiga a su hermano con una espada, cosa que ya es dramática, o que con ira lo trate por el resto de sus días. Lo que a mí más me llama la atención es lo que dice después de mencionar la espada: "Porque con espada persiguió a su hermano y suprimió su compasión." Es decir, yo quité mi compasión del trato con mi hermano; voluntariamente la saqué y dije: "Nunca más tendré compasión de mi hermano caído." Pero el Señor dice claramente en su Palabra: "Como tú has hecho, te será hecho."

En Lucas capítulo 6, el Señor clarifica esta idea de una manera muy evidente y de una forma que nosotros le hemos estudiado en muchas oportunidades. A partir del versículo 27, nosotros encontramos al Señor, y tómenlo en contexto de lo que hemos estado hablando. "Pero a vosotros los que oís os digo —Lucas 6:27—: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os vituperan. Al que te hiera en la mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite la capa, no le niegues también la túnica. A todo el que te pida, dale; y al que te quite lo que es tuyo, no se lo reclames. Y así como queréis que los hombres os hagan, haced con ellos de la misma manera."

"Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Porque también los pecadores aman a los que los aman. Si hacéis bien a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? Porque también los pecadores hacen lo mismo. Si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a los pecadores para recibir de ellos la misma cantidad. Antes bien, amad a vuestros enemigos, y haced bien y prestad, no esperando nada a cambio, y vuestra recompensa será grande y seréis hijos del Altísimo, porque Él es bondadoso para con los ingratos y perversos."

El versículo 31 es un verso que ustedes tienen que marcar y memorizar: "Y así como queréis que los hombres os hagan, haced con ellos de la misma manera." Este es el sentido positivo de la profecía de Abdías. Este llamado nos hace reconocer, hermanos, que la exhortación es que el Señor nunca toma en poco el trato que nos damos entre hermanos.

Cristina estaba un día en el aeropuerto y tenía que hacer un largo viaje. Ella sabía que tenía que esperar varias horas antes de la próxima conexión. Por lo tanto, ella decidió hacer lo que muchos hacen en los aeropuertos: fue a una de estas pequeñas librerías y se compró varias revistas. Luego se compró una bebida y, en una de estas tiendas de duty free, fue y se compró unas galletas, sumamente caras, pero que a ella le gustaban mucho, y dijo: "Me voy a dar un gusto. Tengo que esperar." Así que se compró su bebida, su revista y su paquete de galletas.

Fue a la sala de espera, como hace mucha gente, se sentó, sacó su revista, tenía su bebida, y las galletas estaban ahí en la silla del costado. Ella empezó a leer su revista con paciencia, sabía que quedaba mucho tiempo, tomaba una galleta, le daba un sorbo a su bebida, y en eso, con el rabillo del ojo, se dio cuenta de que la persona que estaba al lado, un señor ya mayor que estaba sentado junto a ella, tomaba una galleta cada vez que ella tomaba una. Ella tomaba una galleta y él tomaba una galleta. Dijo: "Es una persona mayor, vamos a permitirle." Entonces ella seguía leyendo, pero ya estaba como nerviosa y atenta. Ella tomaba una galleta y el caballero tomaba una galleta también. "¿Pero este hombre qué se ha creído? ¿Cómo está haciendo eso? ¡Con unas galletas tan caras que me han costado! Bueno, paciencia, paciencia, porque este señor va a viajar conmigo y es una persona mayor."

Entonces ella siguió comiendo, pero el señor seguía: una galleta tú, una galleta yo. Cuando quedaban solo dos galletas, ella pensó: "Él no se va a comer la última, por supuesto; nadie va a hacer eso." Entonces ella tomó, mirándolo de reojo, la penúltima galleta, se la estaba comiendo, y en eso vio que el señor tomó la última galleta, se la comió, y no solamente eso: agarró el paquete y lo botó a la basura. Ella dijo: "¡Ah, no!" Pero se contuvo: "Cálmate, Cristina, cálmate. Vamos en el mismo vuelo; no vaya a ser que me toque el mismo asiento con este señor." Entonces se fue a un rincón, y desde allí, con su cartera apretada, murmuraba: "¡Viejo sinvergüenza! ¿Cómo es posible?"

Entonces llegó la hora de subir al avión. Ella fue de las primeras en la fila, subió al avión, se sentó en su asiento, tomó su cartera y empezó a sacar su revista. Y en eso... el paquete de galletas estaba dentro de la cartera. Nunca lo había sacado. Ella se había comido las galletas del viejito.

Nunca lo había sacado. Se comió la galleta del viejito. Hermanos, hermanos, nada hemos traído a este mundo y nada nos llevamos. Compartamos nuestras galletas, compartamos lo que somos. Nadie es superior al otro. No nos sintamos más grandes a expensas de los demás. No busquemos engrandecernos menospreciando a los demás. No sintamos que somos inexpugnables, de tal manera que podamos decir: "Yo no necesito de nadie porque ahora lo tengo todo." Todos nos necesitamos unos a otros.

No seamos indiferentes ante el dolor ajeno. No seamos indiferentes, porque cuando somos indiferentes, el Señor lo considera violencia y lo considera como uno de los que causan la violencia. La indiferencia también es violencia. No actuemos con morbo ante el dolor ajeno. No busquemos simplemente estar informados, alegrándose de lo que pasa. No nos sintamos más grandes porque el otro ha caído.

Porque finalmente, hermanos, cuando nuestro corazón se vuelve de esa manera, dejamos de ser como nuestro Señor Jesucristo. Y el gran deseo de Dios es que nosotros nos podamos parecer a Él, que seamos a la medida de la altura y la profundidad de lo que es nuestro Señor Jesucristo. Nuestro Señor Jesucristo nos ha enseñado a despojarnos de todo. Y en esta semana en donde recordamos con gratitud lo que Él ha hecho por nosotros, recordemos que Él espera que seamos como Él en la misma medida. "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame."

Y recordad, hermanos, que aunque este pasaje era para los edomitas y los egipcios, el Señor se los reclamó igual a ellos. ¿Entonces cómo no nos lo va a reclamar a nosotros, que somos cristianos y decimos seguir al Señor? ¿Pero cuántas veces nos acusan injustamente, o quizás justamente, de nuestra indiferencia?

Un secreto les voy a dar. Ya puedo dar un secreto, ya estoy acabando. Deuteronomio, capítulo 23 —con esto termino—, Deuteronomio 23:7. Miren lo que el Señor le dice en la ley a los israelitas: "No aborrecerás al edomita, porque es tu hermano. No aborrecerás al egipcio, porque fuiste extranjero en su tierra." Hermanos, ni aun a la persona que más daño nos haya hecho, como los edomitas o como los egipcios que nos tuvieron cautivos 430 años. "No aborrecerás al edomita, porque es tu hermano, y menos al egipcio, porque fuiste extranjero en su casa."

Hermanos, yo no sé en nuestra vida con quiénes nosotros tenemos problemas. Yo no sé cuánto daño te puedan haber hecho. Pero lo que sí sé es que el Señor nos invita y nos ordena a vivir la ley del amor, y que Él nos da la fuerza para vivirla y el ejemplo para seguirla. Así que recordemos que el Señor nunca tomará en poco el trato que nos damos unos a otros. El Señor está atento, nos observa, y espera que haremos de la misma manera.

Pepe Mendoza

Pepe Mendoza

José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024). Ha servido como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en la República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú, donde enseña en el Instituto Integridad & Sabiduría y colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.