El sufrimiento es una de las experiencias más universales de la vida humana. Independientemente de nuestra condición social, género o nacionalidad, todos enfrentamos momentos de angustia, dolor, incertidumbre y pérdida. La Biblia no niega esta realidad; la confirma. Job declara que el hombre nace para la aflicción tan naturalmente como las chispas vuelan hacia arriba, y Jesús advirtió a sus discípulos que en el mundo tendrían tribulación. Sin embargo, lo que distingue la perspectiva bíblica es que Dios no simplemente reacciona ante el sufrimiento de sus hijos: muchas veces lo permite o incluso lo orquesta con propósitos específicos y buenos.
Las pruebas funcionan como un diagnóstico espiritual que revela lo que realmente hay en nuestro corazón. La aflicción no pone angustia ni ira en nosotros; las saca a la luz. También vienen para humillarnos y mantenernos útiles, como Pablo reconoció cuando dijo que su aguijón en la carne le fue dado para que no se enalteciera. Las dificultades nos liberan de la dependencia en lo material, intensifican nuestro anhelo por la eternidad, y prueban a quién amamos realmente, como cuando Dios pidió a Abraham que sacrificara a Isaac.
Una carta de Franklin y Kettley, amigos del pastor en Venezuela, ilustra esta verdad de manera conmovedora. Ella, diagnosticada como paciente terminal a los 31 años, y él cuidándola mientras sus hijas pequeñas observan. Sin embargo, escriben con gratitud por lo que Dios está haciendo en su carácter, confirmando que las promesas de Dios se cumplen en sus hijos. Las pruebas nos moldean a la imagen de Cristo, nos capacitan para consolar a otros y nos acercan a la presencia de Dios.
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Santiago 1:2. "Tened por sumo gozo, hermanos míos, el que os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia, y que la paciencia ha de tener su perfecto resultado, para que seáis perfectos y completos, sin que os falte nada."
Yo quiero partir del hecho de que Santiago asume que la vida va a tener pruebas, dificultades, aflicciones y angustias. Yo no creo que haya un solo ser humano que no haya pasado por momentos de aflicción, de angustia, de estrés. Quizás el sufrimiento y la aflicción son una de las experiencias más comunes a todos los seres humanos. Yo creo que en esto todos nos nivelamos, todos nos nivelamos independientemente de nuestra condición social, de nuestro género, de nuestra nacionalidad, de nuestra raza, de lo que sea.
Todos experimentamos momentos de angustia, momentos de frustración, momentos de estrés emocional, momentos de dolor físico, momentos de incertidumbre, momentos de ofensas, de persecución. Pongámosle el nombre que nos parezca, pero todos estamos expuestos y nos enfrentamos a este tipo de experiencias en la vida. Y claro, unos las enfrentan en un grado y de una manera, y otros las enfrentan en otro grado y de otra manera. No todos estamos enfrentados a la misma situación o a la misma prueba.
Muchos pueden pasar por el dolor de un matrimonio desgastante, de un matrimonio que no funciona, de un matrimonio abusivo. Otros pueden pasar por la frustración de no tener hijos en su vida. Otros pueden experimentar la pena de ver a un hijo que se rebela contra Dios y se rebela contra la autoridad de sus padres. Otros pueden verse expuestos a una enfermedad mortal, o no mortal, pero que les hace la vida muy incómoda. Puede ser el padecimiento de alguna situación emocional que lleva a tener tristezas y angustias, depresión en la vida.
Y en otra categoría, quizás, podemos colocar la pérdida de un empleo, una carrera que no puedo terminar por falta de recursos, el sufrir injusticia severa, el sufrir un abuso severo, ya sea en mi niñez, posterior a mi niñez, durante la edad adulta, o cualquier otra cosa que suframos, ya sea por el pecado de nosotros mismos o por el pecado de los otros. La vida está llena de este tipo de situaciones. Llena. Y así es la vida, concluyen muchos.
Esa es la realidad que nos ha tocado vivir a nosotros, los seres humanos que habitamos un mundo que está caído, que está lleno de pecado, y que nosotros, por nosotros mismos, estamos llenos de una naturaleza pecadora que se inclina siempre hacia el mal. Alguien escribió un libro cuyo título decía: "Si Dios me ama, ¿por qué no puedo dejar mi carro abierto?" ¿Por qué pasan estas cosas en la vida? Claro, le está hablando de una simpleza, pero ¿por qué pasan cosas malas simples, y cosas malas grandes, significativas y pesadas?
Nosotros pudiéramos concluir que así es la vida, y de hecho, si nos vamos a la Palabra de Dios, la Palabra de Dios no niega esta realidad, sino que la confirma. En el libro de Job, el amigo de Job, Elifaz, hablando de Job, de su condición de angustia, de su condición de dolor, se refiere a él y le dice en Job 5: "Porque el hombre nace para la aflicción, como las chispas vuelan hacia arriba." Así de naturalmente como una chispa del fuego vuela hacia arriba, así de natural, así de básico, es el hecho de que nosotros los seres humanos nacemos para la aflicción.
Job, hablando él mismo en el versículo 14, dice: "El hombre nacido de mujer es corto de días y lleno de tribulaciones." Una vez más, la Palabra confirma que esta es la realidad. Jesús, en el capítulo 16 de Juan, ya despidiéndose, les da como una de sus instrucciones finales a sus discípulos: "Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz, pero en el mundo tendréis tribulación; pero confiad, yo he vencido al mundo." El salmista, en el Salmo 22, hablando, dice: "No estés lejos de mí, porque la angustia está cerca, pues no hay quien ayude."
Esta es la realidad de la vida. Lo dicen los no creyentes y lo podemos decir nosotros los cristianos. No estamos exentos de problemas, no estamos exentos de dificultades, de luchas, de aflicciones y de dolor. Y una de las preguntas que con más frecuencia se nos hace a aquellos que creemos en un Dios soberano, un Dios que tiene el control de todo lo que pasa en su universo, es: ¿cómo puede ser que exista un Dios que se llama bueno y a la vez exista el sufrimiento, el dolor y la aflicción en el mundo?
Y es aún más inquietante la pregunta de que el dolor, el sufrimiento y la aflicción están presentes en la vida de los hijos de Dios. No estamos exentos, y de hecho podríamos decir que nosotros estamos sometidos incluso a muchas más presiones que muchos del mundo, que viven cómodamente con su pecado, que viven sin confrontar su pecado. Esta confusión se produce porque la gente razona y dice: si Dios ama a sus hijos, ¿cómo puede ser que Él permita que sufran de esa manera? O no los ama como dice que los ama, o no es tan poderoso para evitar que pasen por ese sufrimiento.
Y en esta confusión, muchos han llegado a negar la existencia de Dios o a no estar de acuerdo con la forma en que Dios maneja las cosas. Hablándole a los hijos de Dios y enfatizando el punto de que nosotros no estamos exentos del dolor y del sufrimiento, el mismo Jesús fue llamado Varón de Dolores y experimentado en aflicción. Es más frecuente ver a Jesús en la Palabra llorando que riendo. De hecho, no se tiene ningún relato donde Jesús aparece riendo. Yo no dudo que Jesús haya reído, pero esa no fue la nota de su vida. La nota de su vida fue la aflicción y el dolor, porque estaba inmerso en un mundo de pecado, sabía a lo que se enfrentaba, y hubo persecución, hubo dolor y hubo pérdidas.
De hecho, los cristianos vamos a estar sometidos a pruebas mayores, porque nos perseguirán, dice la Palabra, por la misma razón de lo que creemos. Por la misma razón de a quién decimos seguir, vamos a ser víctimas del maltrato, de la persecución y del dolor, incluso dentro de nuestra misma familia muchas veces. Juan 15:20, Jesús hablando, dice: "Si me persiguieron a mí, también a vosotros os perseguirán." Va a haber una hostilidad del mundo hacia el cristiano que quiere vivir de una manera que agrada a Dios, y eso es exactamente lo que Pablo dice más adelante. En 2 Timoteo 3:12, dice: "Y en verdad, todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús serán perseguidos."
Entonces, esa realidad de que el sufrimiento está presente aun en los hijos de Dios, y de hecho muchas veces más presente en la vida de los hijos de Dios, con más frecuencia y con más intensidad, ha llevado a muchos a poner en duda el carácter mismo de Dios. ¿Es Dios bueno? ¿Es Dios realmente bueno, que permite que todas estas cosas pasen? O si asumimos que Él es todo bueno, entonces no debe ser todopoderoso, porque debería evitar que estas cosas pasen. De un lado o de otro, se cuestiona su bondad o se cuestiona su poder, y estamos poniendo en duda lo que Dios ha revelado de sí mismo.
Él ha dicho: "Yo soy bueno." Y muchos de sus hombres y mujeres en la Palabra han dicho: "Dios es bueno." Esa es una de las características que más se enfatiza dentro de la Palabra de Dios. Y cuando Dios se le presenta a Moisés y le deja ver su presencia misma, dice la Palabra que delante de Moisés pasó toda su bondad. Dios es bueno; esa es su característica fundamental. Es generoso, pero a la vez indica que es todopoderoso. Por lo tanto, el hecho y la realidad del sufrimiento ni niegan la bondad de Dios ni niegan su poder; tenemos que buscar otra explicación, y la hay.
De hecho, el llamado Evangelio de la prosperidad, o de la comodidad, que predica que el cristiano debe lograr todo lo que se propone en la vida, todo lo que su corazón aspira, ignora y evade el tema del sufrimiento, y lo presenta no como parte del plan de Dios sino como parte de un ataque del enemigo. Presenta la pobreza como una maldición, y presenta la enfermedad como una maldición o como posesión demoníaca. Como si la enfermedad, la pobreza, la angustia y la aflicción no fueran parte del plan de Dios y tuvieran que venir del enemigo. Se oponen entonces con este evangelio, diametralmente, a la doctrina bíblica de que Dios es bueno, Dios es todopoderoso, Dios es soberano y tiene control de todo lo que pasa, de lo bueno y de lo malo.
Y sucede entonces que cuando yo pongo en duda la bondad de Dios, o pongo en duda su poder, me lleno de angustia, me lleno de incertidumbre, me lleno de ansiedad. Dudo de su bondad, dudo de su poder. ¿En qué manos estoy? ¿Quién me sostiene? ¿Quién me libra? Cuando nosotros revisamos el libro de los Salmos, constantemente el salmista nunca le dice a Dios que Dios evitó que entrara en dificultades. Lo que el salmista indica es que Dios lo libró de las dificultades que él enfrentó, pero las enfrentó y las vivió durante largos períodos de su vida.
El salmista estuvo expuesto a la soledad, a la persecución, al dolor, y más adelante en su vida enfrentó las consecuencias de su propio pecado, y cargó toda su vida con consecuencias muy serias: conflictos dentro de la familia, asesinatos entre sus hijos, un hijo que violó a una hija de él, y constantemente vivió el peso de las consecuencias de su pecado. Yo no puedo saber las razones específicas que Dios tiene en cada prueba de todos los que están aquí, pero sí quisiera que fuéramos a la Palabra y viéramos por lo menos algunas de las principales razones por las que Dios indica que Él permite, y en algunos casos orquesta, el sufrimiento y la aflicción en nuestras vidas.
Y que cada quien puede entonces aplicar a su vida alguna de estas verdades, y pueden entender lo que Dios está haciendo y unirse al trabajo de Dios en medio de su prueba, en medio de su lucha. La reacción natural del ser humano ante la prueba es evitarla, huir del dolor, huir del sufrimiento. Pero en la Palabra de Dios, Dios no está detrás de proteger a sus hijos del sufrimiento; muy al contrario, a veces vemos a Dios orquestando momentos de sufrimiento con propósitos específicos, con propósitos buenos, con propósitos nobles y superiores a la vida terrenal misma.
El sufrimiento en la Palabra de Dios no es algo ante lo que Dios reacciona. Dios no ve el sufrimiento después que sucede. El sufrimiento en la vida de sus hijos es algo que Dios a veces permite, y directamente orquesta, haciendo algo específico en eso. El hecho de que Dios orquesta estas cosas con propósitos específicos es la razón por la que una y otra vez a nosotros se nos llama a reaccionar ante estos momentos de prueba y tribulación con gozo. ¿Cómo le explico yo a una persona que reaccione con gozo ante una tribulación o una angustia, a menos que no haya un beneficio mayor al final de esa angustia o esa tribulación?
Eso es lo que nos dice la Palabra repetidamente: ante el sufrimiento, ante el dolor, ante la aflicción, sí lo podemos llorar, sí nos podemos entristecer. Al final hay una esperanza de que Dios está haciendo eso con un propósito noble y bueno, y que tanto así lo vamos a ver en nuestras vidas.
El primer sermón de Jesús, por lo menos el más largo registrado, es Mateo 5. En Mateo 5:10-12, hay tres bienaventuranzas que hablan precisamente de esto. Jesús dice: "Bienaventurados aquellos que han sido perseguidos por causa de la justicia, por causa de ser correctos; de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados seréis cuando se os insulten y os persigan y digan todo género de mal contra vosotros falsamente por causa de mí. Regocijaos y alegraos, porque vuestra recompensa en los cielos es grande, porque así persiguieron a los profetas que fueron antes que vosotros." Reaccionan a la persecución. ¿Cuál es la actitud ante el insulto, ante la ofensa, ante el abuso por causa de mi fe? Regocíjense, gócense: el reino de los cielos me pertenece.
Santiago 1, el pasaje que leímos: "Tened por sumo gozo, hermanos míos, el que os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia." O sea, no es la prueba misma la que me genera gozo; yo no soy un masoquista, no nos llama a ser masoquistas. Es el resultado de la prueba, es saber que Dios está trabajando en nosotros. "Sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia." Es un acto de fe, es un acto de confianza: el saber que ante la aflicción y la prueba, Dios está trabajando.
Romanos 5, una vez más, versículo 3: "Y no solo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia, y la paciencia carácter probado, y el carácter probado esperanza." Hay un resultado, hay un producto de la aflicción. Dios no nos mete en la aflicción por el mero hecho de probarnos sin ningún propósito último. Hay un objetivo, hay un propósito detrás de estas cosas: de formación, de moldeo en nuestras vidas, de producir cosas que no existen en nosotros, que no están presentes en nosotros. Razón por la cual se nos dice: regocíjense, gócense.
Por último, 1 Pedro 4:13: "En la medida en que compartís los padecimientos de Cristo, regocijaos, para que también en la revelación de su gloria os regocijéis con gran alegría." Es una constante: ante la prueba, ante la aflicción, ante el dolor, gózate, regocíjate. No es una risa ficticia creada que hacemos ante la prueba y la aflicción. No. Es una confianza interior sabiendo que Dios está actuando y trabajando en nosotros.
James Dobson, en su libro *Cuando lo que Dios hace no tiene sentido*, expresa algo que recoge muy bien estas cosas. Dice: "A pesar de lo extraño que parezca, el bienestar habitual no es provechoso para ninguna especie. Una existencia sin desafíos produce víctimas en casi todos los seres vivientes." Pone de ejemplo los animales en el zoológico en cautiverio: se llenan de grasa, pierden velocidad, les salen enfermedades, les sale la sarna. El ocio, la falta de desafío, la falta de reto en su estado natural, los enferma.
Tú colocas un árbol en un terreno difícil, seco, y ustedes saben lo que hacen las raíces de ese árbol: profundizan mucho más para perseguir el agua y los nutrientes. Y cuando vienen los vientos y las tempestades, ese árbol no hay quien lo conmueva. La dificultad y la prueba lo hicieron profundizar en su raíz y creó un mejor soporte. Recientemente, cerca de mi oficina, hubo un árbol enorme que una noche sencillamente, por una brisa, se cayó. Una cosa inmensa. ¿Cómo se cayó eso? Y me vino a la mente esta realidad —yo estaba preparando este mensaje precisamente—: no tenía raíces. Esa zona donde estaba siempre es muy húmeda, siempre cae mucha lluvia, siempre hay agua apostada alrededor del árbol. Tenía raíces de este tamaño, un árbol que era como de cuatro pisos de alto. Se cayó ante la prueba, ante el viento, ante la tempestad, porque no tenía raíces. No enfrentó desafíos en su vida, no enfrentó cosas que lo llevaron y lo empujaron a esforzarse y formar características que nos ayudan a sostenernos en medio de las dificultades.
La Palabra menciona diversos propósitos por los cuales Dios permite estas pruebas, pero el acto y actitud constante en la Palabra es el gozo. Yo quisiera leerles brevemente una carta de unos amigos que nosotros tenemos en Venezuela, Franklin y Kettley Mardo. Él tiene 38 años, ella tiene 31 años. Hace dos años le diagnosticaron cáncer a ella, y han pasado, humanamente hablando, una de las mayores pruebas que yo pueda imaginar: dos niñas pequeñas viendo a su mamá sufrir, viendo a su mamá perder el pelo, perder la compostura por así decirlo, perder su salud.
En medio de todo esto, yo le mandé varios emails y hemos orado por ellos aquí en la iglesia. Ellos, a uno de mis emails, me responden. Hola amigos —esto es el 24 de marzo de este año, 2009—: "Hemos pasado unos días muy acompañados por nuestra familia y por gente de nuestra iglesia. Estos días han sido de reto y de mucho crecimiento. Dada la cantidad de dolor físico que Kettley está teniendo, me duele muchísimo verla así, pero a la vez, cuando veo lo que Dios está haciendo en su carácter, confirmé una vez más que las promesas de Dios son cumplidas en nosotros, sus hijos. Gracias por permanecer allí. Damos gracias a Dios por nuestra familia y gracias, República Dominicana, especialmente por ustedes. Les bendecimos por dejarse usar como canal de bendición de Dios para sus hermanos. Si pudiera decirles una sola cosa, sería darle valor a quien tiene miedo. Solo eso. Estamos sujetos a la voluntad de Dios. Médicamente, físicamente hablando, mi esposa está declarada como paciente terminal, 31 años. Sin embargo, no sucede eso en nuestros corazones, los cuales siguen creciendo cada día."
"Kettley físicamente está delicada: come poco, tiene dificultad para andar, hace unos días convulsionó", etcétera —complicaciones de esto y de aquello, para no entrar en detalles—. "Hemos decidido no hospitalizarla, sino hacerle todo el tratamiento en la casa, por ella, por nosotros y por las niñas. Así que estoy dedicado, desde hace poco más de cuatro meses, el 100% a ella aquí en la casa. Seguro que aquí es donde Dios me quiere ahora. ¿Qué pueden hacer ustedes por nosotros?" —yo le pregunté eso—. "Seguir orando por nosotros. Al menos que Dios haya decidido lo contrario, se avecinan días más duros. Lo precioso es que sabemos con quién contamos: con nuestro buen Padre y con su iglesia."
¡Wow! ¡Qué fe! ¿Cómo puedo yo ver la bondad de Dios en medio de una situación como esta? Ver a mi esposa deteriorarse, faltarle el aliento mismo de la vida, y todavía permanecer firme, reconociendo que Dios es bueno. En otra carta, él había escrito que se gozaba por lo que Dios estaba haciendo en sus vidas. ¡Wow! Eso es una fe probada. Eso es una fe que, al ser probada, su tipo es genuino, su calidad buena. Es la fe genuina en buena cantidad.
Así quiere Dios que yo reaccione ante las pruebas de la vida, ante el dolor en la vida. Y este es el primer propósito para el cual Dios permite las pruebas: probar mi fe, tanto en el tipo de fe que tengo —si es genuina o no—, como en la calidad de la fe —si es buena o no—. A veces tenemos una fe correcta en el Dios correcto a través de Jesucristo, correcta, pero es tan poco profunda, tan superficial, que ante la más mínima dificultad se va la confianza, viene la duda, viene la ansiedad, viene el temor, y tratamos de resolver las cosas por nuestros propios medios. Dios está en esto de probar la fe de sus hijos, de probar la fe de aquellos que dicen seguirle.
El rey Ezequías, en 2 Crónicas 32, fue probado por Dios específicamente de esta manera. En el versículo 31 dice: "Aun en el asunto de los enviados de los gobernantes de Babilonia, que mandaron a él para investigar la maravilla que había acontecido en la tierra" —todo lo que había pasado en Israel luego de que Ezequías comenzó a gobernar, el progreso, el avance; mandaron gente de Babilonia a ver cómo había prosperado todo en las manos de Ezequías—, "pero dice la Palabra: Dios lo dejó solo para probarle, a fin de saber todo lo que había en su corazón." Obviamente Dios no necesita probarnos para saber lo que hay en nuestro corazón. Quiénes lo necesitamos somos nosotros. Nosotros sí muchas veces sobreestimamos lo que somos y vemos cosas en nosotros que no son correctas. Y Dios prueba a los suyos.
En Deuteronomio 8:2, Dios dice que está probando a su pueblo: "Te acordarás de todo el camino por donde el Señor tu Dios te ha traído por el desierto durante estos 40 años, para humillarte, probándote, a fin de saber lo que había en tu corazón, si guardarías o no sus mandamientos." Dios quiere que yo haga un inventario espiritual con frecuencia en mi vida, que yo sepa dónde estoy, cómo estoy, de qué adolezco, de qué padezco, de qué no tengo, qué necesito aumentar, qué hago, qué necesito suspender y de qué arrepentirme. Dios nos insta a que hagamos un diagnóstico espiritual.
Por lo general nosotros somos muy malos diagnosticando nuestras propias dolencias espirituales. Nuestro corazón nos engaña, nos decimos cosas bonitas a nosotros mismos. Pensamos que los culpables son los demás. Pensamos que la falta no está en mí, pero Dios está en esta tarea de probarnos constantemente para ver cómo está nuestro corazón.
Yo no sé si tú estás pasando por una situación difícil en este momento; algunos lo estamos. Pero yo me pregunto: ¿qué está brotando de tu corazón ante la presión de la dificultad? ¿Qué está dejando ver tu corazón? ¿Angustia? Quizás ante la aflicción lo que viene es desconfianza en Dios, cuestionamiento: ¿por qué, Dios? ¿Dónde estás, Dios? ¿Por qué a mí, Dios? ¿O has decidido actuar de una manera pecaminosa porque no estás seguro de si Dios va a actuar o si Dios tiene un propósito bueno detrás de esto? ¿O has reaccionado con ira o con molestia ante lo que te está pasando? ¿O, por el contrario, has decidido descansar en los brazos de aquel que dice que es bueno y que hay un propósito detrás de la dificultad?
La aflicción revela lo que hay en el corazón. La aflicción no pone angustia, la aflicción no pone preocupación, la aflicción no pone ira ni pone molestia; la aflicción las revela. Y si yo reacciono con angustia, con preocupación, con falta de fe, con duda, con ira ante la situación de dificultad que estoy viviendo, lo que Dios me está mostrando es: "Míralo." Dios me está haciendo el favor de decirme: "Míralo, míralo, arrepiéntete, arrepiéntete y comienza a caminar de una manera confiada en mí."
Yo debo hacer el llamado a que no desaprovechemos estos diagnósticos. No los desaprovechemos; salen muy caros para desaprovecharlos. Hace un tiempo, algo con lo que mi esposa y yo bromeamos y nos relajamos es que nos hicimos un chequeo médico completo. Es un poco caro el chequeo, y la tendencia humana, increíblemente, es decir —si tú sabes lo que es eso— tú pagas el dinero para que no encuentren nada. Después de pagar no sé cuánto, no encontraron nada: "¡Gloria a Dios, qué bueno!" Hay otros que deciden no hacerse el chequeo para no encontrar nada. Y hay otra gente que dice: "Pagué esto y no encontraron nada. ¿Será que queremos que encuentren algo? O sea, los pesos que gasté: dime que tengo algo para que todo tenga sentido." Y Dios no pone la aflicción para hacer un diagnóstico y que no hagamos caso si encuentra algo. Hagámosle caso, porque salió caro el diagnóstico.
Job fue sometido a una de las pruebas más difíciles, por lo menos en el relato bíblico. Perdió sus hijos, perdió sus posesiones, perdió su salud; le dejaron una mujer que lo atacaba y lo atacaba, y le trajeron unos amigos que cuestionaron sin integridad lo que era lo único que le quedaba. Y luego de pasar por esta aflicción, por este dolor, Job en el capítulo 42 hace un inventario y dice lo siguiente en el versículo 5: "He sabido de ti solo de oídas, pero ahora mis ojos te ven. Por eso me retracto y me arrepiento en polvo y ceniza."
Job reconoció que la prueba, que la dificultad y la aflicción en su vida, le reveló que él no conocía realmente a Dios, por lo menos de la manera como Dios se le reveló a lo largo de la aflicción. El diagnóstico probó un beneficio adicional en el caso de Job: a la vez que el diagnóstico me muestra lo que hay en mí y me arrepiento de lo que me dice, mi vida se acerca a Dios. Y ahora Job tenía una relación con Dios diferente, fresca, profunda, intensa, más intensa que la que él tenía previo a la prueba.
Y ese es otro de los objetivos y de los propósitos de Dios: las pruebas nos acercan a Dios. Al hacer un inventario, revelar el pecado de mi corazón y arrepentirme de él quita de inmediato lo que me impide estar en intimidad con Dios; lo quita, lo disipa. Es importante entonces que veamos este primer propósito: ¿en qué pruebas estás?, ¿qué está revelando esa prueba?, ¿qué está revelando en tu corazón y en tu vida?, ¿cómo has reaccionado?, ¿cómo has actuado?, ¿cuáles son las actitudes que han brotado de ti? Eso te dice dónde está tu corazón.
Número dos: Dios permite estas pruebas muchas veces para humillarnos, ya sea para convertirnos en personas humildes o para mantenernos humildes, para mantener en nosotros una visión apropiada de nosotros mismos. Porque el orgullo está presente en todos nosotros; tan fácilmente tendemos a pensar que somos más de lo que realmente somos, tan fácilmente tendemos a subestimar al otro. Cuanto mayores son nuestras bendiciones en cualquier ámbito —espiritual, puede ser un gran ministro, puede ser un gran predicador; o en el ámbito económico o familiar, cuando las cosas han sido prosperadas por Dios en el buen sentido— yo tiendo a pensar que eso se debe a mí, a mi bondad, a mi calidad. Y Dios no quiere eso; de hecho, Dios se opone a ese pensamiento. Se opone al pensamiento de que nosotros, como seres humanos que hemos sido perdonados por su gracia, pensemos que algo de lo que nos ha dado se debe a mí. Toda la gloria es de Él, absolutamente toda la gloria.
En 2 Corintios 12, Dios trata esto de la humillación que Él permitió en la vida de Pablo precisamente para esto. Desde el versículo 7 dice, Pablo hablando: "Y dada la extraordinaria grandeza de las revelaciones que él había recibido, por esta razón, para impedir que me enalteciera, me fue dada una espina en la carne, un mensajero de Satanás que me abofetee para que no me enaltezca. Acerca de esto, tres veces he rogado al Señor para que lo quitara de mí. Él me ha dicho: 'Te basta mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad.' Por tanto, muy gustosamente me gloriaré más bien en mis debilidades, gozosamente, para que el poder de Cristo more en mí. Por eso me complazco en las debilidades, en insultos, en privaciones, en persecuciones y angustias por amor a Cristo, porque cuando soy débil, entonces soy fuerte."
Pablo es capaz de enorgullecerse, si él lo es, yo lo soy. Si Pablo se puede enorgullecer y enaltecer —y eso es lo que él reconoce aquí: "Para impedir que yo me enaltezca, Dios ha permitido esto en mi vida"—, una de las cosas más importantes para yo poder aceptar la aflicción es saber que es necesaria en mi vida, reconocer a Dios que Él es soberano y que Él sabe lo que hace, y que si Él lo permitió, Él sabe por qué lo permitió. Pablo específicamente dice: "Yo sé que yo necesito esto para impedir que me enaltezca." Cuando yo reconozco eso, que es necesaria la prueba en mi vida, yo tengo espacio para disfrutarla.
¡Gloria a Dios! Dios entendió que Pablo tendría la tendencia a enorgullecerse, y Dios quiso que sufriera. Esto es algo que quizás uno lo dice hoy en el día en el Evangelio de la prosperidad y de la comodidad, que dice que Dios quiere que sufra un hijo de Él, y que eso es su hereje. Dios quiso que Pablo padeciera para evitar su orgullo. Para Dios, el orgullo de Pablo era un obstáculo mayor que el sufrimiento que permitió. Pablo era más útil en medio del sufrimiento que con orgullo, y Dios no iba a permitir eso. Prefirió el sufrimiento al orgullo, y Dios lo permitió y Dios lo orquestó todo. Aquí Pablo le pide a Dios que le quite el aguijón. Pablo no reprende a Satanás; dice que es específicamente un mensajero de Satanás, pero Pablo sabe que al final no es Satanás el que tiene el poder de hacerle sufrir: es Dios. "Dios, quítamelo; si tú no lo quitas, no hay problema, lo entiendo." Y la razón por la que él se gozaba era que él se dio cuenta de que mientras más humilde era, más útil era. "Si así es como tengo que estar para que Dios me use, me gozaré gustosamente en mis debilidades para que el poder de Dios y Cristo habite en mí." Eso es una realidad.
Dios permite las situaciones de humillación, muchas veces de aflicción y de angustia, para decirnos: "Ustedes son criatura, no creador; no se crean más de lo que son. Si quieren ser útiles, manténganse humildes." En Jueces 7 hay un texto muy interesante donde Dios le dice a Gedeón: "El Señor dijo a Gedeón: el pueblo que está contigo es demasiado numeroso para que yo entregue a Madián en sus manos." O sea, tu ejército es demasiado numeroso. Y oigan las razones por las que Dios quiere que Gedeón reduzca su ejército: "No sea que Israel se vuelva orgulloso diciendo: mi propia fortaleza me ha librado." Dios tiene problema cuando yo pienso que yo fui el que hice lo que hice. Y cuando eso sucede, o hay visos de eso, Dios prepara una dificultad, una angustia, una situación que me mantiene humilde y útil para sus propósitos. Y entonces nos podemos gozar en eso.
Número tres: las pruebas vienen para librarnos de la dependencia y del afecto por las cosas materiales. Y esto es algo que es muy generalizado. Somos seres humanos, terrenales, materiales, y tendemos a sobrevalorar lo material. Muy poca gente —yo diría que aquí y fuera de aquí— muy poca gente aceptaría decir: "El dinero es mi prioridad." Yo creo que muy poca gente aceptaría decir eso. Muy poca gente diría que valoran más el reconocimiento humano que el reconocimiento de Dios. Muy poca gente diría que los placeres de este mundo les parecen más apetecibles que los placeres que Dios ofrece, de gozo eterno y de satisfacción y plenitud en su presencia.
Nadie reconocería eso, pero la verdad es que la mayoría de la gente vive como que eso es así: como que el dinero es la prioridad, como que el reconocimiento de este mundo es más importante que el reconocimiento de Dios, y como que los placeres que este mundo promete son más apetecibles que los placeres que Dios promete. La gente no los reconoce, pero vive así y actúa así, y pone su confianza en todas esas cosas antes que en Dios. Y Dios no va a permitir que eso suceda en sus hijos. Cuando Dios ve un hijo de Él que está poniendo su confianza en lo material, en el dinero, en el reconocimiento humano, en el éxito profesional, en la realización humana —esas cosas no son malas en sí mismas—, pero cuando desvían mi atención y mi confianza desde Dios hacia ellas, se convierten en pecaminosas.
En Juan 6 hay un evento que sucede en la vida de los discípulos, donde Jesús está probando precisamente esto en el corazón de Felipe. Juan 6:5 dice: "Entonces Jesús, alzando los ojos y viendo que una gran multitud venía hacia Él, dijo a Felipe: '¿Dónde compraremos pan para que coman estos?'" Y agrega el versículo 6: "Pero decía esto para probarlo." Déjame ver adónde Felipe va a buscar su solución. Déjame ver adónde Felipe va a poner su confianza. Eso es lo que dice el texto en el versículo 6: "Decía esto para probarlo, porque Él sabía lo que iba a hacer." Y Felipe le respondió: "Doscientos denarios de pan no les bastarían para que cada uno reciba un pedazo."
"Aquí no hay solución. Déjame ver cuánto tenemos. Pedro, ¿tú tienes algo? Señor, doscientos denarios es lo que hay. Mande esta gente para su casa, que aquí no hay cómo resolver. No puedo, no hay recursos." El Rey de reyes, el Señor de señores, el sustentador del universo, el Creador del universo, y frente a Él no hay dinero para darle de comer a esta gente. La fe de Felipe fue probada y dio bajo. ¿Dónde estaba la confianza de Felipe? ¿Dónde está mi confianza cuando me enfermo, cuando viene la estrechez? ¿Hacia dónde van mis ojos? "Déjame llamar a Fulano, que él me consigue algo. ¿Cuánto me queda en la cuenta?" Teniendo de frente al Rey de reyes, al Señor de señores, a Aquel que ha dicho: "Yo te proveeré, yo te sustentaré; en medio de tu enfermedad te sustentaré." Nuestra confianza debe estar puesta en Dios únicamente, en Dios.
Y las pruebas vienen para eso muchas veces: para enfocar nuestra confianza en donde debe estar. De lo contrario, hermanos, todas esas cosas en las que yo pongo mi confianza son absolutamente volátiles e inseguras. Yo puedo tener la mayor cuenta bancaria, la mayor red de relaciones conocidas, yo puedo tener todo, absolutamente todo lo que humanamente un ser humano puede pedir, y hay pruebas a las que no les puede hacer frente con eso. Hay angustias que no se las lleva el dinero, que no se las lleva mi comodidad, que no se las llevan mis relaciones, que no se las lleva mi fuerza humana. Hay angustias que solo Dios se las lleva, o que solo Dios da la fuerza para sobrellevarlas.
Número cuatro: otra razón de las pruebas es que Dios las permite para que tengamos una mayor conciencia de nuestra esperanza eterna. No sé si a ustedes les ha pasado, pero mientras más duras son las pruebas y mientras más duran en mi vida, yo deseo más el cielo. En muchas ocasiones en mi vida yo le he dicho: "Señor, ven. Señor Jesús, ven. Señor, ven." Estoy en angustia, en aflicción, me siento como Pablo: premiado para ir. Pero sé que tengo una misión que cumplir. Eso es exactamente lo que él dice en Filipenses 1:23: "Pues de ambos lados me siento premiado, teniendo el deseo de partir y estar con Cristo, pues eso es mucho mejor."
¿Qué tanto yo deseo Su presencia? ¿Qué tanto yo deseo el cielo? Las aflicciones y las angustias nos ayudan a poner los ojos donde está nuestra verdadera patria, donde está nuestra verdadera ciudadanía, donde habita nuestra familia real. Mi familia, dice Jesús, son aquellos que hacen la voluntad de mi Padre. ¿Quién es mi familia? Aquellos que hacen la voluntad de Dios. Y las pruebas y las angustias de este mundo me dicen: este mundo no satisface el corazón. Lo único que satisface el corazón es Dios, y en Su presencia hay plenitud de gozo. Yo anhelo el cielo, anhelo Su presencia, anhelo que Cristo venga ya. Si Él no lo hace, Él sabe por qué no lo hace; Pedro dice, en 1 Pedro, que es por Su paciencia, para que todos se arrepientan. Pero sí, por mi aflicción y mi condición humana, yo quisiera que Él venga y nos lleve a un estado donde el pecado ya no haga de nosotros lo que hace.
Y en muchas ocasiones he pensado, rumiado y meditado en el pasaje de Apocalipsis 21:4, donde Dios promete lo que Él va a hacer con Sus hijos. Dice: "Él enjugará toda lágrima de sus ojos." Dios enjugará. Yo no me imagino a Dios con un papelito limpiándome los ojos; lo que Dios está diciendo es que las condiciones que te llevaron a llorar en la vida, Dios las quitará. "Dios enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni habrá más duelo, ni más clamor, ni más dolor, porque las primeras cosas han pasado." Todo es hecho nuevo, y Su gloria frente a nosotros es suficiente para gozarnos por siempre.
Hasta aquí, si uno se da cuenta, verdaderamente hay razones para gozarnos en la tribulación. Hay razones para decirle: "Gracias, Señor. Gracias por tu prueba, por tu aflicción, por la dificultad que has permitido."
Número cinco: las pruebas revelan lo que realmente amamos. Esa es otra cosa que sale a la luz. Es parte de la prueba de la fe, es parte de la prueba de mi relación con Dios. ¿A quién amo más: las cosas materiales o a Dios? ¿A este mundo o a Dios? Dios sometió a Abraham, el padre de la fe, no solamente a una prueba de fe; lo sometió a una prueba de amor. Dios produjo, a través de la vida de Abraham, una larga espera. Abraham duró cien años esperando a Isaac. La gente dice que fueron veinticinco años, porque la promesa se le dio cuando tenía sesenta y cinco, pero toda su vida había querido tener un hijo. Entonces duró cien años esperando a Isaac, pasando por un momento de esterilidad para él y para su esposa donde ya no era posible, humanamente hablando, tener un hijo, para que fuera evidente que fue Dios quien lo hizo. Y a veces Dios hace las cosas así: donde se agotan los recursos, donde ya no hay solución humana posible, Dios se presenta y nos deja ver que fue Él quien lo hizo.
Y Abraham, cien años esperando. Imagínense un padre. Yo no... yo doy mi vida por mi hijo. Yo muero por mi hijo. Cuando mi hijo sufre, yo sufro en mi interior. Me duele su dolor, me duele su aflicción, me duele que se dé un golpecito. Y Abraham no tenía esa opción: su único hijo, esperándolo durante cien años, el único hijo, el hijo de la promesa, y Dios le dice: "Dámelo." Pero ojo: no es lo mismo perder un hijo en un accidente automovilístico que te digan "mátalo". No es lo mismo. La prueba es mayor, la aflicción y la angustia son mayores, y lo que se prueba es a quién tú amas más.
Y en el caso de Abraham, a diferencia del de Felipe, la prueba dio bien. Y eso es lo que Dios le dice: "No extiendas tu mano contra el muchacho, porque ya he visto que temes a Dios, por cuanto no me has negado tu hijo, tu único." Dios le enfatiza: "Yo sé que es tu único hijo, yo sé que es tu amado, y no me lo negaste. Me amas, Abraham." Y ahí viene la promesa: "Por tanto, haré de ti una gran nación y te bendeciré, y las naciones serán benditas en ti, por cuanto me has creído a mí, por cuanto me has amado por encima de todo." Y Dios bendice al corazón que le ama, que le busca por encima de todo, que no pone nada delante de Dios. Esa fue la prueba de Abraham.
Dios siempre ha dicho en Su Palabra, lo ha indicado de diferentes maneras: el sacrificio es la prueba de amor, no el sentimiento. El sacrificio es la prueba de amor. "De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a Su Hijo unigénito." El sacrificio es la prueba de amor. Juan 15:13, Cristo hablando de amor, dice: "Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos." El sacrificio es la prueba de amor. Y Jesús sigue hablando y dice en Lucas 14:26: "Si alguno viene a mí y no aborrece a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y aún hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo." El que no me ama por encima de todo no puede ser mi discípulo. Y obviamente Jesús no está diciendo que debemos odiar a nuestra familia; lo que está diciendo es que Él debe ser el primer amor de tu vida. Ese es el primer mandamiento: "Amarás a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente."
Y Dios revela entonces a través de la aflicción a quién tú amas más. Dios permite que haya sacrificios en nuestra vida que tengamos que hacer para ver dónde está nuestro amor, y eso es parte del diagnóstico. Y cuando nos demos cuenta de que hemos amado más lo material, que hemos amado más lo terrenal, que hemos amado más el reconocimiento humano, que hemos amado más lo que el otro dice que lo que Dios dice, entonces digamos: "Señor, perdóname. He puesto a otro en tu lugar, he sido un idólatra. Permíteme volver."
Número seis: las pruebas nos capacitan para ayudar a otros en su sufrimiento. Hay veces que la única razón de una prueba es entrenarte, porque Dios tiene un grupo de personas a quienes quiere ministrar con tu experiencia. Como Dios sabe que la aflicción es parte de la realidad humana, como Dios sabe que Sus hijos van a estar inmersos en un mundo de sufrimiento y aflicción, Él sabe que tiene que preparar a ciertas personas para que consuelen a otros. Y eso es lo que nos dice 2 Corintios 1:4: "El cual nos consuela en toda tribulación nuestra, para que nosotros podamos consolar a los que están en cualquier aflicción, con el consuelo con que nosotros mismos hemos sido consolados por Dios."
¿Quién puede consolar mejor a una madre que pierde su hijo, que otra madre que perdió a su hijo? Y no pudiera uno pensar: "Wow, Dios permite que alguien pierda un hijo para que sencillamente consuele." Él es soberano; incluso eso es parte de su bondad, que así sea, que suceda. ¿Quién puede consolarnos mejor que Cristo a nosotros, que fue tentado en todo, sometido a toda prueba, a toda precariedad, a toda tribulación, y ahora habiéndolo pasado todo? La Escritura dice en Hebreos que se compadece de nosotros. Es empático con nosotros; Él sabe por lo que estamos pasando, Él lo vivió, Él lo pasó.
En Lucas 22:31, Jesús le dice a Pedro un poquito antes de que Pedro lo negara: "Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para zarandearos como a trigo. Pero yo he rogado por ti para que tu fe no falle, y tú, una vez que hayas regresado, fortalece a tus hermanos." Mucha gente lee ese versículo y cree que Cristo le está diciendo: "Yo he orado por ti para que no entres en la prueba." No. Pedro pasó por la prueba. Satanás pidió, y Dios dijo: "Mi Padre y yo hemos permitido que tú pases por la prueba, pero yo he orado para que tu fe no falte en la prueba." Y cuando tú regreses restaurado, consolado, fortalece a tus hermanos; fortalece a aquellos que han caído igual que tú, fortalece a aquellos que de la misma manera me ofendieron a mí. Yo los perdoné, los puedo restaurar igual que hice contigo.
Los sufrimientos y pruebas de Pedro no solamente permitieron su crecimiento personal; permitieron que fuera capacitado para poder fortalecer a otros. Me gusta mucho una expresión que dice Rick Warren en su libro *Una vida con propósito*: "Dios usa tus cicatrices para sanar a otros." Dios no desperdicia tu dolor, lo usa. Es otra razón para decir: "Señor, gracias por considerarme apto para preparar a otros, para consolar a otros."
Número siete: las pruebas vienen para fortalecernos, santificarnos y hacernos más útiles para Dios. Esto, de una u otra manera, lo hemos dicho, pero hay algo específico que quiero señalar en Juan 15:1-2. Jesús habla de una metáfora donde Él es el tronco y nosotros somos las ramas; Él es el árbol de la vid y nosotros somos las ramas. Dice: "Yo soy la vid verdadera y el Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo quita; y todo el que da fruto, lo poda para que dé más fruto."
O sea, hay dos tipos de sarmientos, por así decirlo. Unos que no están dando fruto, y esos hay que sacarlos, porque no son sarmientos que deben permanecer en las ramas; sencillamente están ahí absorbiendo la energía y la vitalidad de la vid. Hay que sacarlos de ahí. No voy a entrar en lo que eso implica, pero me quiero concentrar en lo que dice: "Todo el que da fruto, lo poda para que dé más fruto." O sea, Dios ve a su hijo que está dando fruto y dice: "Déjame darle una podadita para que dé más fruto." Dios intensifica, Dios aumenta el fruto en mi vida a través de la aflicción. La poda es eso: el acto soberano de Dios de someterme a una aflicción para que yo pueda cortar pecados, cortar actitudes, cortar aspectos en mi vida que no me permiten ser más fructífero. Entonces, cuando yo paso por eso, yo puedo decir: "Gracias, Señor."
Tomás Manton, un escritor puritano, dijo: "Mientras todo está tranquilo y cómodo, vivimos por los sentidos más que por la fe. Pero el valor de un soldado nunca se conoce en tiempos de paz." ¿Qué tan útil eres, qué tan valioso eres en el reino de Dios? Eso se prueba en el fragor de la batalla, en el fragor de la aflicción. Qué tan fiel tú eres, y dependiendo de cómo te vaya en esa prueba, Dios te puede usar para otros niveles de servicio espiritual y ministerial.
Y por último, las pruebas vienen para disciplinarnos. Hebreos 12 dice: "Hijo mío, no tengas en poco la disciplina del Señor, ni te desanimes al ser reprendido por Él, porque el Señor al que ama disciplina, y azota a todo aquel que recibe por hijo. Es para vuestra corrección que sufrís; Dios te está tratando como a hijos, porque ¿qué hijo hay a quien su padre no disciplina?" Versículo 10: "Porque ellos nos disciplinaban por unos pocos días como les parecía, pero Él nos disciplina para nuestro bien, para que participemos de su santidad. Al presente ninguna disciplina parece ser causa de gozo, sino de tristeza; sin embargo, a los que han sido ejercitados por medio de ella, les da después fruto apacible de justicia, de rectitud, de santidad, de honor a Dios."
Gracias, Dios, por tu disciplina. Gracias por el sufrimiento que es fruto de tu disciplina. Mis padres me disciplinaron como les parecía, dice el texto; es decir, ellos pudieron haber disciplinado sin un propósito específico, sin esperar algo futuro. Dios no hace eso. Dios no te mete en la prueba y en la disciplina sin propósito alguno; lo hace con un propósito específico, lo hace para nuestro bien, para que podamos ser partícipes de su santidad. Los padres se pueden equivocar disciplinando; Dios no. Dios actúa en su disciplina basado en su amor incondicional y genuino por nosotros, y en su sabiduría, que sabe exactamente lo que yo necesito, exactamente lo que quiere sacar de mí.
En resumen, las pruebas nos moldean a la imagen de Cristo y nos acercan a la presencia de Dios. Nuestra relación con Dios se vuelve más íntima, más cercana. Las pruebas prueban mi fe, tanto en su tipo como en su calidad. Las pruebas vienen a hacernos más humildes y más útiles. Las pruebas me libran de la dependencia y el afecto por las cosas materiales. Las pruebas producen en nosotros una mayor conciencia de nuestra esperanza eterna; deseamos el cielo. Las pruebas revelan lo que realmente amamos, y tenemos entonces la oportunidad de arrepentirnos cuando es necesario. Las pruebas nos capacitan para ayudar a otros en su sufrimiento; son como un taller. Las pruebas vienen para fortalecernos y hacernos más útiles para Dios, con la poda que Él hace en nosotros. Y por último, nos disciplina: cuando nos desviamos, nos trae con su disciplina, nos instruye, nos quebranta y nos acerca a Él.
Señor, gracias por tu disciplina, gracias por tu prueba, gracias por tu sufrimiento, gracias por tu aflicción, porque en mí, que soy tu hijo, tiene un propósito concreto y específico en tu mano.
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Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.