La frase "no nos metas en tentación" ha generado confusión, pues parece sugerir que Dios empuja al creyente hacia el pecado. Sin embargo, Santiago aclara que Dios no tienta a nadie; cada uno es tentado cuando es seducido por su propia pasión. La palabra griega *perasmos* puede significar tanto tentación como prueba, y el contexto revela que Jesús está enseñando a orar para ser librados de aquellas pruebas que ponen en evidencia nuestra debilidad, como la que enfrentó Pedro. Jesús le advirtió que Satanás lo había reclamado para zarandearlo, le pidió que velara y orara, pero Pedro, confiado en su propia fortaleza, se durmió y terminó negándolo tres veces. La prueba reveló quién era realmente Pedro, no quien él creía ser.
Las pruebas que Dios permite tienen como propósito perfeccionar y santificar; las tentaciones de Satanás buscan destruir. El maligno envuelve la tentación en papel de regalo, haciéndola lucir como algo beneficioso, apelando a deseos que parecen necesidades legítimas. Lo que nos tienta es lo que nuestra naturaleza caída desea, y cuando el pensamiento no se expulsa rápidamente de la mente, cautiva el corazón y arrastra la voluntad.
La oración del Padre Nuestro ofrece una fórmula para vivir en victoria: honrar su nombre, buscar su reino, someterse a su voluntad, contentarse con su provisión diaria, perdonar y pedir perdón, y vivir en absoluta dependencia de Dios. Podemos confiar porque Él es nuestro Padre, suyo es el reino, el poder y la gloria. Como declara Isaías: "No temas, porque yo te he redimido; te he llamado por tu nombre, mío eres tú".
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Versículo nuevo, Mateo César. Vosotros podéis orar de esta manera: "Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy el pan nuestro de cada día y perdona nuestras deudas, como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores, y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal, porque tuyo es el reino y el poder y la gloria para siempre jamás, amén."
Padre, gracias. Dame por una palabra, una palabra permanente. No solamente tu nombre es permanente; tu poder, tu reino son permanentes, tu palabra permanece para siempre. Mira que en esta petición final hay mucho que tú tienes que decirnos y hay mucho que tenemos que interpretar. Yo quiero pedirte que, como decía en el culto anterior, tú corras el velo y nos permitas ver todo lo que hasta ahora había estado velado a nosotros, no velado por ti, sino velado por el pecado que mora en nosotros.
Pero ese mismo velo, yo quiero que tú vuelvas y lo corras, Dios, y lo coloques sobre el predicador, como ya te pedía una vez antes. De manera que él no sea visto y que solamente veamos tu cruz, y tu cruz solamente, la persona de Jesús, el Cristo crucificado y ahora resucitado. Cuida de él que predica y cuida de los que escuchan. Mira que tu palabra dice que aquel que sabe hacer lo bueno y no lo hace, a ese le es pecado. Esta palabra nos va a hablar de muchas cosas que tendremos que hacer, que debemos hacer y que ya sabemos que debemos hacer. Y aquí, delante de ti, si no las hacemos, nos cuenta como pecado. Ayúdanos, Dios, en tu nombre, Jesús, amén, amén.
Bueno, como mencionaba en la oración, esta es la última de las peticiones del Padre Nuestro, y es una petición que se ha prestado a mucha confusión por lo que parece decir en la superficie. Ciertamente la expresión "no nos metas en tentación" es un tanto extraña a primera vista, porque parecería que Dios es quien nos empuja a la tentación, que nos quiere tentados, y que ahora yo tengo que pedirle que no lo haga. Y no hay nada más lejos de la verdad que ese concepto.
Nosotros hemos dicho en múltiples ocasiones que la palabra es su propia intérprete. Es un precepto que viene de los reformadores: la palabra interpreta la palabra. De manera que yo tengo que preguntarle a la palabra si es verdad que Dios es quien me tienta. Y si la palabra niega esa afirmación, entonces yo tengo que encontrar otro significado para esas palabras de Jesús, pero tiene que ser un significado que sea congruente con el resto de la revelación.
Un simple vistazo a la misma palabra en un pasaje ya no tan oscuro, sino bien claro, me deja ver que Dios no es autor de pecado ni de tentación. Santiago 1:13-14 dice que nadie diga cuando es tentado: "Soy tentado por Dios", porque Dios no puede ser tentado por el mal y Él mismo no tienta a nadie, sino que cada uno es tentado cuando es llevado y seducido por su propia pasión. El pastor principal ha estado predicando acerca del libro de Santiago, de manera que recientemente usted probablemente haya oído algo acerca de esto. Pero con toda claridad, la palabra ya nos establece que Dios no es quien me tienta. Ahora yo tengo que preguntarme: si ese no es el significado de lo que Cristo está diciendo, entonces ¿qué es?
Y es en esas situaciones donde el significado de la palabra en su original —los expertos en esos lenguajes como el griego y el hebreo— nos pueden ayudar ampliamente, y este es uno de esos casos. La palabra que ha sido traducida aquí como "tentación" es *peirasmos*, y esta palabra puede significar dos cosas distintas: una es tentación, como ha sido traducida aquí, y la otra es una prueba para probar la calidad de algo, la calidad de mi fe, por ejemplo. De hecho, en una de las traducciones al inglés, la New American Standard Bible, la palabra *peirasmos* aparece dieciocho veces. De esas, en doce ocasiones es traducida como "tentación", en otras es traducida como "prueba", como en el caso de Abraham, cuya fe fue probada, y en las restantes ocasiones es traducida como "prueba" en singular o "pruebas" en plural, en el sentido de tribulación, angustia o dificultad.
Y entonces la pregunta que cabe hacer es: ¿cómo yo sé cuándo significa una cosa y cuándo significa otra? La respuesta es sencilla: de la misma manera que yo sé en español, cuando una palabra tiene diferentes significados, qué significa en un caso y qué no significa en el otro. Por ejemplo, la palabra "río" puede significar una corriente de agua, pero en ocasiones la palabra "río" expresa un estado de ánimo: "yo me río tanto cuando oigo a este comediante". La palabra "río" pudiera ser una expresión de burla: "yo me río de lo que tú dices". Pero en otras ocasiones la palabra "río" puede ser parte del nombre de una ciudad del Brasil, como Río de Janeiro. ¿Cómo yo sé cuándo significa una cosa o la otra? El contexto me lo dice. Yo necesito hacer esa diferenciación, porque si no, yo pudiera hacer aplicaciones erradas y pudiera decir algo como: "Cada vez que me acuerdo del Brasil me río de Janeiro." Pero usted no quiere hacer eso.
Así que, atendiendo al contexto y volviendo al original, *peirasmos* —tentación o prueba— ¿qué está diciendo Jesús cuando dice: "Orad de esta manera, no nos metas en tentación"? Bueno, en ocasiones la tentación es orquestada directamente por Dios —o mejor dicho, la prueba más que la tentación— para determinar la calidad de mi fe. No porque Él no la sabe, sino porque yo no la sé. Jesús, en un momento dado, dice a todos que Pedro afirmó: "Aunque todos te abandonen, yo nunca te negaré." Yo estoy convencido al cien por ciento de que Pedro no estaba mintiendo; él creía al cien por ciento que era incapaz de negar al Señor Jesús, estaba convencido de eso.
Y Dios orquesta una prueba a través de la cual Pedro pasa, para poner en evidencia su incapacidad de cumplir lo que acababa de decir, y más bien para mostrarle que realmente él no era todo lo que él creía ser. Y ese síndrome de Pedro es nuestro. Todos nosotros nos creemos más sabios, más justos, más santos, más conocedores, mejores entendedores, mejores aplicadores de la palabra —si usted quiere— que los demás. Parte de la razón tiene que ver con la naturaleza pecadora; parte de la razón tiene que ver con el hecho de que mi punto de comparación soy yo mismo o el otro. Pero la realidad es que todos nosotros vivimos engañados acerca de quiénes somos, de lo que somos capaces de hacer y de lo que somos incapaces de hacer.
Y muchas veces, entonces, Dios orquesta pruebas como las de Pedro para revelarme las grietas, las deficiencias, las debilidades de mi carácter. Y eso es algo importante, y por eso algunos han pensado que quizás parte de esta petición es: "Señor, líbrame de ser tan autosuficiente, de no tener la humildad necesaria, de creer que yo puedo más de lo que realmente puedo. No me metas en tentaciones como las de Pedro, donde yo tenga que ser probado en mi incapacidad, y mejor permíteme caminar de una manera más dependiente de ti, más humilde, más real de lo que yo soy." Porque luego de decir "no nos metas en tentación", como que hay un pensamiento similar: "y líbranos del mal." Es como: "Líbrame de este tipo de pruebas y líbrame de aquellas también." Quizás es eso, y a la luz de lo que he podido revisar, a mí me parece más lógico.
Vamos a revisar un poco mejor la experiencia de Pedro, porque en eso va a haber revelación para todos nosotros. Mateo 26:33, literalmente estas son las palabras: "Entonces Pedro, respondiéndole, dijo: 'Aunque todos se aparten por causa de ti, yo nunca me apartaré.'" Versículo siguiente: "Jesús le dijo: 'En verdad te digo que esta misma noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces.'"
Jesús sale del aposento alto, cruza una porción de terreno, llega al huerto de Getsemaní con sus once discípulos. Deja ocho en un sitio, avanza un poco más, deja a Pedro, Juan y Jacobo en otro sitio, avanza otro poco y comienza a orar. Los deja ahí para que estén orando, y cuando vino los halló a los discípulos durmiendo. Y dijo a Pedro —dice Mateo 26:40-41—: "¿Con que no pudiste velar una hora conmigo? Velad y orad para que no entréis en tentación; el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil."
Tú recuerdas que este diálogo tiene un inicio, porque yo comencé leyendo con el diálogo ya comenzado. Yo comencé con la afirmación de Pedro: "Aunque todos te dejen, yo nunca me apartaré de ti." Pero Lucas nos deja ver en el capítulo 22 que es Jesús quien comienza el diálogo. Jesús hace una afirmación y Pedro responde. Lucas 22:31, Jesús hablando: "Escucha, Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para zarandearos como a trigo."
Y ahora, si juntamos todos estos versículos, los de Mateo y los de Lucas, y los ponemos en una sola cadena, tú escuchas estas palabras: "Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para zarandearos como a trigo." Entonces Pedro le dijo: "Aunque todos se aparten por causa de ti, yo nunca me apartaré." Jesús le dijo: "En verdad te digo que esta misma noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces." Y ahora en Getsemaní: vino entonces a los discípulos y los halló durmiendo, y dijo, pero a Pedro: "¿Con que no pudiste velar una hora conmigo? Velad y orad para que no entréis en tentación; el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil."
¿Tú escuchaste lo que aquí está pasando? El Señor sabe que Pedro necesita ser probado en la calidad de su fe, en la integridad de su carácter, para revelarle a Pedro que él no es lo que Pedro piensa. Y el Señor le advierte de antemano: "Pedro, Simón, Simón, Satanás ha solicitado permiso. Yo he rogado por ti para que tu fe no falle. Tú vas a fallar en la prueba, pero tu fe va a ser garantizada, va a ser preservada; de hecho, va a ser mejorada."
Y entonces Pedro no lo cree, Pedro afirma todo lo contrario. Van para el Getsemaní, allá en el Getsemaní. Jesús sabe que en unas horas Pedro va a estar entrando en esa tentación, y cuando regresa de orar y se encuentra a los discípulos durmiendo —de hecho a los once— le dice a Pedro en particular: "Pedro, ¿no pudiste orar conmigo ni siquiera una hora? Velad y orad para que no entréis en tentación, en el *peirasmós* que viene de camino y que tú vas a enfrentar en unas horas apenas."
Es una prueba de la que yo quisiera que Dios me librara, porque yo no sé si la voy a pasar. Ken Hughes, en el comentario acerca del Sermón del Monte, cuenta una historia de que en una ocasión, en la época de los reformadores, dos personas fueron encontradas culpables de ser cristianos, de seguir la fe, y al otro día iban a la hoguera. Hubo uno que estaba sumamente convencido y estaba incluso contento la noche antes, porque había sido encontrado digno de sufrir por su Señor y soportaría las llamas. El otro estaba atemorizado, aterrado ante la posibilidad de que pudiera negar a su Señor en la última hora; le pidió a su compañero que orara por él, se la pasó en vela orando, temiendo que probablemente iba a negar.
Llegada la mañana, el que estaba muy confiado negó al Señor, y el que se pasó la noche aterrado, pidiéndole a Dios y pidiendo a su amigo que orara por él, pasó la prueba y murió quemado sin negar a su Dios. Quizás esto es lo que el Padre nos está diciendo: "Señor, líbranos, no nos metas en esas pruebas, en ese *peirasmós*. Líbranos de tener que pasar por ahí. Ayúdame a caminar en humildad, dependiente de ti, creyendo en ti. Ayúdame a no ser tan confiado como Pedro en ese momento." Y además: "Líbrame del mal, de aquellas tentaciones malignas que quieren destruirme."
Habiendo ya santificado su nombre, habiendo querido extender su reino, habiendo pedido por su voluntad, habiendo estado satisfecho con su provisión diaria, habiendo pedido perdón por nuestras deudas y habiendo perdonado a nuestros deudores, ahora es el momento de decirle a Dios: "Líbrame de las tentaciones, incluyendo aquellas que son solamente para probar mi integridad." Uno de los propósitos de las tentaciones es probar quién soy yo.
Y usted pudiera decir: "Bueno, si uno de los propósitos de las tentaciones es probar quién yo soy, ¿cuál fue el propósito de las tentaciones de Jesús?" Exactamente el mismo que el de las tentaciones de Pedro. Cuando Pedro pasa por la tentación y fracasa, eso puso en evidencia quién Pedro era con toda claridad; no había duda de quién era Pedro. Y al mismo tiempo, cuando Jesús sale del Jordán lleno del Espíritu Santo, habiendo oído las palabras de su Padre —"Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia"— y es llevado al desierto y triunfa, triunfa sobre la tentación, puso en evidencia con toda claridad quién Él era: el Hijo de Dios declarado en el Jordán. El propósito de una fue el mismo propósito de la otra; no hay duda.
De acuerdo a Mateo 4 y Lucas 4, el Espíritu de Dios lo llevó al desierto; de hecho, Marcos 1:12 dice que el Espíritu de Dios lo empujó, lo impulsó al desierto. "Pero pastor, ahí volvemos otra vez: ¿entonces Dios es el autor de la tentación?" No. El Espíritu de Dios lo llena, lo prepara, lo impulsa al desierto, pero una vez en el desierto, Satanás es quien lo tienta. Hay una gran diferencia entre las pruebas por las cuales Dios me hace pasar y las tentaciones que Satanás trae a mi vida. Una de las grandes diferencias es que en las pruebas de Dios su meta es mejorarme, perfeccionarme, purificarme, santificarme; en el caso de Satanás, su meta es destruirme. Esa es la gran diferencia.
Ahora, Cristo pasa por la prueba y prueba quién Él es. Hoy, entonces, Él es nuestro sumo sacerdote, y por eso dice Hebreos 4:15: "No tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino uno que ha sido tentado en todo como nosotros, pero sin pecado." Es eso, Jesús. Señor, ayúdame a confiar en Él. No me permita creerme tan autosuficiente, sino que su tentación en el desierto y su triunfo puedan ser contados a mi cuenta, para que yo no tenga que ir al patio del sumo sacerdote a probar que yo también sería capaz de negar a Jesús tres veces. Que yo pueda vivir confesando mi insuficiencia, mi incapacidad, mi debilidad; que mi orgullo, mi autosuficiencia y mi rebelión no sean llevados y puestos a prueba de tal forma que yo muestre al mundo con toda claridad que ciertamente entre Pedro y yo no hay diferencia.
Las tentaciones de Satanás son muy distintas a las pruebas de Dios. Como vimos, Pedro salió de otra manera: Pedro salió más humilde, más confiado en Dios, con menos sentido de autosuficiencia, más conocedor de la naturaleza humana y de su propia naturaleza. Más confiado en Dios porque, en su fidelidad, Él le advirtió la prueba que vendría, aunque Pedro no creyó que vendría. Y ese tipo de prueba nosotros debiéramos darle la bienvenida, porque tienen un fruto del que el mismo Santiago nos habla.
¿Cuál es ese fruto? Santiago 1:2-4: "Tened por sumo gozo, hermanos míos, el que os halléis en diversas pruebas —*peirasmós*—, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia, y que la paciencia ha de tener su perfecto resultado, para que seáis perfectos y completos, sin que os falte nada." La intención de las pruebas de Dios es que tú y yo podamos ser perfectos y completos, para que no nos falte absolutamente nada. Ese no es el diseño de la tentación de Satanás.
Es interesante, porque el texto de Mateo 6:13 —"líbranos del mal"— el verbo está en imperativo, como una orden, como si se le estuviera dando una orden a Dios. Obviamente a Dios no le damos órdenes, pero sí nos habla del sentido de urgencia, de la intensidad con la que yo debiera estar orando continuamente, pidiéndole a Dios que me libre del mal, que me libre de las pruebas y tentaciones, que yo no tenga que ser metido en una de ellas para ser probado. Y la palabra "librar" en el original habla de ser rescatado de una situación de peligro. Señor, yo vivo en una situación de peligro constante; mi naturaleza pecaminosa es débil, mi naturaleza pecaminosa es seducible, y las tentaciones en el mundo abundan. ¡Rescátame de las situaciones de peligro en las que me encuentro continuamente!
Porque si hay algo que nosotros sabemos de nosotros mismos es que somos altamente vulnerables a las tentaciones. La historia del hombre está ahí. Pedro es un buen representante de cómo somos; si nos creemos mejores que Pedro, probablemente nos encontraremos en la misma experiencia de Pedro. Pero yo necesito entender dos cosas: mi naturaleza humana y la anatomía de la tentación. He visto la anatomía de un cuerpo humano —por lo menos dibujos de anatomía—, eso da una idea de cómo luce por dentro. Yo quiero que veamos hoy cómo luce la tentación por dentro, porque si yo puedo entender mejor mi naturaleza pecadora, incapaz, débil —a pesar de que el Espíritu está dispuesto— y puedo conocer también mejor la anatomía de la tentación, podré discernir mejor cuándo algo viene de Dios y cuándo algo viene de Satanás, y podré triunfar más frecuentemente.
Lo primero que yo quiero mencionar es que, por diseño, la tentación tiene como base el engaño y como meta la caída. La tentación tiene como base el engaño y como meta la caída, versus la prueba de Dios. Satanás te esconde lo que te está ofreciendo, lo envuelve en papel de regalo, le pone un moño, y luce atractivo. Dios, en cambio, le quita el papel a la prueba para que tú la veas de antemano y te prepares. "Simón, Simón, déjame quitarle el papel a esta tentación que viene de camino; yo quiero que tú la conozcas de antemano, yo quiero que te prepares." "Pues yo no voy a caer, Señor." "Ok, Simón." Y en Getsemaní: "Pedro, velad y orad para que no entréis en tentación."
Y en la medida en que yo reflexionaba sobre esto y miraba mi vida hacia atrás, pude descubrir que ciertamente, en los momentos en que uno falla de alguna u otra manera, Dios te ha advertido lo que venía de camino. Pero yo no supe velar y orar, me dormí, y al dormirme entré en el *peirasmós* y fallé. Y tú también. Pero Dios nos prepara, no nos engaña, no nos esconde las pruebas. Satanás, en cambio, nos esconde la tentación de una manera extraordinaria y la hace lucir atractiva; y todavía son más atractivas de lo que lucen, porque mi naturaleza pecadora es deslumbrada por todo aquello que brilla y que parece bueno. Y ahí nosotros somos autoengañados una y otra vez.
Porque cuando Satanás viene a mí, me hace una oferta, me presenta algo como si fuera a traer un beneficio —a mí o a la otra persona—. "Esta fruta no te va a hacer daño, Eva. No va a ser así; te va a ir bien. De hecho, tú, Eva, y tú también, Adán, vais a ser como Dios." ¿Te das cuenta cómo esto está envuelto en algo que brilla, algo que parece bueno, algo que me va a beneficiar a mí y también va a beneficiar al otro? Y de repente yo comienzo a creerme lo que Satanás me está tratando de vender, porque mi naturaleza pecadora también es fácilmente atraída. De repente soy sorprendido, como el pez al que se le tira un anzuelo con carnada: la carnada está escondiendo la punta del anzuelo. Eso es exactamente cómo la tentación funciona. Satanás trata de que yo no vea realmente lo que hay detrás del papel que él usa para envolver su presentación y engañarme. Y hace esta tentación todavía mucho más seductora, porque a nuestra naturaleza pecadora le encanta la tentación.
La razón para que nosotros coqueteemos con el pecado es porque disfrutamos las tentaciones. Si no, usted no la entretuviera en sus manos, no la tuviera de forma repetitiva, sino que simplemente la rechazara. No, pero a nadie le gusta el pecado. No, no, un momento: nuestra naturaleza pecadora le encanta pecar. Lo que nosotros no nos gustan son las consecuencias del pecado.
Nosotros vivimos orando porque tenemos miedo a las consecuencias del pecado, pero si Dios nos quitara las consecuencias del pecado, nosotros viviríamos nadando en el pecado todos los días, porque la naturaleza pecadora le encanta ese medio, ese hábitat. Por eso entretenemos y coqueteamos con el pecado una y otra vez. Es la realidad.
Entonces el maligno, que me conoce, que nos ha estudiado desde el jardín del Edén, que nos ha seguido, él sabe cómo hacer eso. Y él busca un momento donde yo tenga un deseo, y entonces, ahora que yo tengo un deseo, él me proporciona la forma de yo llevar a cabo, de llenar ese deseo. Y entonces, en la medida en que mi deseo se prolonga, yo voy sintiendo que ese deseo ya no es un deseo, es una necesidad. Y cuando la necesidad sentida, pero no real, es presentada con la manera de llenarla, eso hace un paquete altamente seductor.
¿Tú leíste bien el texto de Mateo 4, Lucas 4, lo que dice? Al final de los 40 días, Satanás tentó a Jesús para que convirtiera las piedras en pan. ¿Y por qué no vino al día primero? No, porque lo tenía hambre. Es en el momento del deseo, en el momento en que yo pudiera incluso estar pensando que ya esto ha pasado mucho tiempo, que esto es una necesidad que yo tengo. Y ahí entonces te presenta: ¿cómo puedes llenar la necesidad? Lo que él no te dice es que esta manera de hacerlo es ilegítima.
Ahí es donde el papel viene y lo cubre y le pone su moña, porque no te deja ver que es ilegítima. Y entonces el poder seductor de la tentación comienza a funcionar. Yo comienzo a creerme que realmente esto es una necesidad. De hecho, llega un momento en que no solamente creo que es una necesidad, sino que yo creo que yo merezco esto. ¿Por qué ha pasado tanto tiempo? Estoy tan cansado, yo merezco un trago para relajarme.
Yo me merezco un poco de esta pornografía porque me relaja. Es un ratico nada más. Además, mi esposa ya se durmió y no está ahí. Yo tengo deseo y hace varios días que ella tampoco está en eso. O es un dinero mal habido, porque no es sexual todo. Es un dinero mal habido: yo he trabajado más que todo el mundo. Somos diez, y por aquí el 60% del trabajo lo he hecho yo, y ahora yo estoy sin dinero. Yo me voy a tomar una parte, pues yo lo merezco. Yo creo que soy justo. Yo creo que si pusiéramos a calcular las horas, todo el mundo entendería que es justo.
Bueno, no estamos diciendo que el que te paguen más que a otro sea injusto. Lo que estamos diciendo es que quizás la manera sea ilícita e ilegítima, y Satanás no nos deja ver eso. Él nos hace ver la tentación como algo bienvenido, inofensivo, algo que realmente me puede ayudar a mí o puede ayudar a otro. Y ¿cómo me convence en la mayoría de los casos? Él incita mis emociones y sentimientos. ¿Y por qué por ahí? Porque mis emociones, ni las tuyas, son racionales.
Y como no son racionales, frecuentemente evaden, van paseando la conciencia. Y ahora que tú pecas, la conciencia ni se enteró en el momento de lo que estabas a punto de hacer. Y después que pecas, la conciencia te dice: ahí está, tú eres culpable. Bueno, ¿pero por qué no se activó más fuertemente antes? Muchas veces lo hace, pero otras veces ha sido evadida. La tentación es evasiva. Y luego entonces las emociones, que no son racionales, no fueron descifradas por la conciencia hasta que yo caí, y ya es muy tarde, porque ya el daño está hecho.
Y entonces ahora entran en operación una serie de sistemas de justificación y racionalización en mi mente que nos ocultan la verdad a nosotros mismos, y vivimos tranquilos hasta que Natán aparece y nos confronta. La oración que nosotros tenemos delante, el Padre Nuestro, es precisamente esta: apelando al final a que Dios intervenga. Tú conoces mi debilidad, tú conoces cómo nosotros tenemos que ser metidos en tentación, en pruebas, para ser probada la calidad de nuestra fe. Pero Dios, evítanos eso, evítanos, líbranos del malo, del maligno, por lo vulnerables que nosotros somos. Mi Padre sabe que Él no quiere que su hijo caiga, pero lamentablemente nosotros no hacemos todo lo que nos tocaría hacer.
Y entonces esa tentación, que tiene una anatomía bien compleja, es una tentación que llega a nosotros originalmente, inicialmente, muy sutil. Es como este es la tentación: me da vuelta a ver con este caramelo. ¿Tú quieres este caramelo? ¿Qué fue? No, el caramelo. Pero déjame ver. ¿Qué? No, no, un caramelo, un caramelo. ¿Y qué marca es el caramelo? Tú quieres saber la marca del caramelo, la quiere. Y el otro, que en principio no estaba ni pensando en caramelo, poco a poco: el caramelo, pero quizás es mejor de lo que yo pensaba. Y comienzo yo, yo comienzo. Y la tentación llega a un momento: dámelo el caramelo. Porque la tentación, como parte de su dinámica, es que es escalonada, va subiendo de intensidad, con lo cual va produciendo cada vez más en mí el deseo de yo querer esto que se me está ofreciendo. Y en eso, muchas veces entonces, logra evadir mi conciencia, y ahora yo soy presa fácil. Lamentablemente, así es como muchas veces ocurre.
El maligno entonces se reserva su última carta para el final, porque como parte de la anatomía de la tentación, esta es la última: la saca y se mira lo decepcionante que es. Ya caíste. La saca de debajo de la manga, como se dice, porque nunca te entregó lo que te prometió. Ya lo quitó. Fue una promesa falsa. Mira lo efímero del placer, mira lo corto de la relación, mira lo corto de este disfrute que tenías. Y ahora, después que yo caí, eso que me venció se convierte en mi esclavo, y no puedo ir a ningún sitio sin pensar en eso.
Si usted es honesto, usted sabe que en algún momento usted ha caído, y después que cayó, eso no lo podía sacar de su mente. Eso es exactamente lo que Pedro nos dice en su segunda carta, en 2 Pedro 2:19: uno es esclavo de aquello que le ha vencido. Si usted es honesto, tiene que testificar que después de ser vencido, eso que lo venció le fue difícil sacarlo de la mente. Y no tiene que ser algo sexual. Se convierte en mi perseguidor, en aquello que no me deja tranquilo, en aquello que no me da paz.
Eso es parte del diseño de Satanás. Él no te dejó ver eso, él te lo escondió. Dios te revela las cosas de antemano; Satanás te las esconde. Y esas son las cosas que vienen de parte de él.
Ahora, Dios es fiel. Dios está tan interesado en la preservación de sus hijos que, aún después de hablarnos de antemano acerca de las tentaciones que vienen, Él continúa muy activo. Escucha lo que Él dice en lo que es esto de las tentaciones, en 1 Corintios 10:13: "No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea común a los hombres. Y fiel es Dios, que no permitirá que vosotros seáis tentados más allá de lo que podéis soportar, sino que con la tentación proveerá también la vía de escape, a fin de que podáis resistir."
Dios me está diciendo ahora: "Mira, en mi fidelidad yo monitorizo tus tentaciones, yo mido el tamaño de ellas contra tu fuerza, y yo, en mi fidelidad, no voy a permitir que una tentación mayor que la que tú puedas resistir llegue a ti. Pero escúchame: aun cuando yo hago eso y solamente permito que llegue la tentación que tú puedas resistir, aun después de hacerlo, yo me percato de que, como tú eres débil y eres frágil y eres polvo y al polvo volverás, aun con esas que tú puedes manejar, con frecuencia flaqueas." Y cuando tú flaqueas, entonces yo también te abro una puerta, una puerta de escape por donde tú puedas salir. Y cuando tú caíste, no fue porque me faltó fidelidad hacia ti; fue porque la misma puerta que yo abrí, tú te encargaste de cerrarla, o te hiciste que no la habías visto, y caíste.
Ahí está Dios tratando de protegernos de nuestras tentaciones. Dios es soberano, Dios es orquestador. Y por tanto, si Dios es soberano y es orquestador, entonces las tentaciones que a mí me llegan obviamente han sido permitidas por Dios, sin lugar a dudas, pero han sido permitidas con un propósito. Y uno de los mayores propósitos es revelarme el verdadero yo.
Pero yo tengo que recordar que lo que a mí me tienta es lo que yo deseo, de manera que yo ahora le puedo quitar la acusación al tentador y saber que lo único que a mí me atrae es lo que mi carne quiere. A alguien, ustedes hablando de forma formal o informal, han hablado muchas veces de la comida: cómo los tienta y cómo comemos de más cuando sabemos de dieta. Yo he estado hablando de su hora, pero yo nunca me he sentido tentado por una zanahoria, por ejemplo. No, eso no me va a tentar; eso no es parte de mi naturaleza. Mi naturaleza carnal no le gustan las zanahorias. Usted la puede decorar de todas las formas posibles y yo no me voy a sentir tentado a comerla.
Por tanto, cuando se trata de otra cosa donde yo caigo, mi naturaleza quería eso. Como en ocasiones yo no debía haberme comido un helado por mi diabetes —quizá la glucosa no estaba en el mejor nivel— y caí y me lo comí, porque siempre a mí me encanta el helado. Así mismo ocurre a nivel de las tentaciones en el resto del plano espiritual.
De tal manera que una de las cosas que Dios hace cuando permite que estas tentaciones lleguen a mí es que, si yo quiero verlo bíblicamente, me van a revelar lo que yo soy. Y por tanto, Él usa eso para luchar contra eso que tú eres, para que lo deshaga y pueda llegar a ser algo mejor. Y tienes su poder, tienes su Espíritu, tienes su nombre para hacerlo, tienes su gracia.
Y en la oración del Padre Nuestro hay un buen recordatorio, porque yo comienzo diciendo "Padre". El decir "Padre nuestro" me está recordando que, en mi condición de hijo, yo tengo alguien que está a mi favor y no en mi contra. Yo tengo alguien que no me quiere ver caído; tengo alguien que me quiere ver levantado, y Él está a favor mío. Y esa es la razón por la que yo estoy ahora acudiendo diciendo: "Oh Dios, no me metas en tentación. Ayúdame a caminar humildemente bajo tu gracia, bajo tu autoridad, para que yo no tenga que pasar por la experiencia de caer." Además: "Líbrame, líbrame del mal, líbrame del maligno, porque yo no quisiera estar ahí."
Somos seducidos por la tentación. Yo debo recordar también que no solamente lo que me tienta es algo que es parte de mi naturaleza y parte de lo que yo deseo, sino también que cuando yo soy tentado, prácticamente invariablemente, he sido tentado otras veces en la misma área. Raramente —si alguna vez— podemos decir: "Nunca me habían tentado ahí." Y ¿por qué eso es importante? Bueno, porque si en la vez anterior, o veces anteriores, yo no caí, yo tengo que determinar qué fue lo que yo hice para no caer, para que vuelva a implementarlo esta vez y vuelva a no caer. Porque de lo contrario, voy a tropezar otra vez.
En tercer lugar, yo necesito recordar que cuando la tentación llega a mí, llega como un pensamiento que entra a mi mente. Yo necesito sacar ese pensamiento de mi mente lo más rápido posible, porque de lo contrario ese pensamiento en mi mente va a comenzar a cautivar mi corazón, y una vez que mi mente y mi corazón se ponen de acuerdo, la voluntad no tiene ninguna oportunidad de no ser activada en la dirección incorrecta. Tiene la mente en contra, tiene el corazón en contra: la voluntad va a ser movida, seguro. Es por eso que el apóstol Pablo nos manda en Filipenses 4.
Debemos pensar en todo lo bueno, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es digno de alguna virtud. En esto debemos pensar. Creo que a través del tiempo les he mencionado cómo Martín Lutero decía que él no puede evitar que las aves del cielo revoloteen sobre su cabeza, pero sí puede evitar que hagan un nido en su cabeza. De esa misma manera, yo no puedo evitar que los pensamientos malvados de la naturaleza pecadora, los seductores y tentadores, entren en mi mente; yo no puedo evitar eso. Lo que sí puedo evitar es que moren ahí y terminen haciendo un nido en mi cabeza, seduciendo mi corazón y mi voluntad.
No le ceda terreno al enemigo, porque él va a mover su voluntad tarde o temprano. Saque eso de su mente lo antes posible para que pueda triunfar. Y recordemos que cuando Satanás nos presenta la manera de llenar nuestra necesidad, nos hace creer —y estoy repitiendo de nuevo— que esa forma de llenarla es legítima, porque ahora tenemos una necesidad. Muchas veces Dios no niega que yo tenga una necesidad; lo que Él rehúsa reconocerme es el derecho de convertir algo ilegítimo en algo legítimo para llenar lo que yo he llamado necesidad, que a veces no es más que un deseo. Y Satanás me envuelve todo eso.
"Líbranos del mal." Líbrame, Dios, porque yo no me puedo librar; yo ni siquiera lo veo muchas veces. Uno de los problemas es que las tentaciones que tú puedes ver con claridad son más fáciles de rechazar, pero Satanás conoce eso y me las envuelve en un papel de regalo, como un caramelo dulce. Al principio yo le doy la primera mordida y sabe tan dulce, pero cuando finalmente rompo el caramelo, el centro es puro veneno. Y ya está ese veneno dentro de mí.
En esta oración, cristianos, se nos da de cierta manera una fórmula para vivir por encima de nuestras tentaciones, de nuestras caídas y de nuestras derrotas. Tú tienes que honrar su nombre, preguntándote si esto que hice, que hago, que voy a hacer, va a honrar su nombre. Yo tengo que buscar su reino para que este pueda ser expandido. ¿Contribuye esto a la expansión de su reino? Yo tengo que someterme a su voluntad, tengo que vivir complacido con su provisión diaria, tengo que vivir perdonando y pidiendo perdón por mis pecados.
Y ahora yo tengo que vivir una vida de absoluta dependencia de Dios, pidiéndole que Él me libre del mal y me impida tener que entrar en tentaciones o pruebas como las de Pedro, donde yo tenga que ser probado. "No me metas en esos, Dios, pero ayúdame a caminar dependientemente de Ti." Y yo tengo entonces manera de vivir confiadamente.
Las razones por las cuales yo puedo vivir confiadamente en adelante es porque Dios me ha hecho revelaciones que me son suficientes para tener confianza. En primer lugar, Él me ha dado su paternidad. Él me creó para su gloria; cuando yo me perdí, Él fue y me buscó; cuando el pecado me dañó, Él me regeneró; y cuando yo andaba vagando por el mundo sin ninguna familia a la cual pertenecer, Dios me adoptó. Él es mi Padre. Él me ha dado su nombre, me ha hecho ciudadano de su reino, me ayuda a cumplir su voluntad poniendo en mí el querer y el hacer, provee para mí todos los días, perdona mis pecados y ahora está dispuesto a librarme de las tentaciones. ¿Por qué? Porque Él es mi Padre. Yo puedo confiar en la persona que me ha dado su paternidad.
En segundo lugar, no solamente Él es mi Padre, sino que el texto nos recuerda hacia el final que suyo es el reino. Él me ha colocado en un reino, y en ese reino resulta que el dueño y Señor es mi Padre. Cuando ese reino se perdió, Él envió a su Hijo a rescatarlo; su Hijo rescató el reino, y cuando lo rescató, le plació al Padre compartir el reino con su Hijo y conmigo, haciéndonos coherederos en Cristo. Yo puedo tener confianza entonces al momento de vivir.
No solamente Él es mi Padre, no solamente suyo es el reino, sino que suyo es el poder. Ese poder que resucitó a Cristo de entre los muertos lo ha puesto a morar en mí y obra poderosamente en mí. Ese es el poder que me santifica, que me va a glorificar eventualmente, que me preserva, que me guarda, que me ha sellado; ese es el poder que me preserva hasta el final. Por tanto, yo puedo vivir en victoria en el día de hoy.
Y si eso no fuera suficiente, Él me recuerda que suya es la gloria. Y si suya es la gloria, y Dios me salvó para su gloria, no hay manera de que yo me pueda perder en el camino, porque si yo me pierdo, ¿qué entra en juego? Su gloria. Y Dios jamás permitirá que su gloria sea empañada o cuestionada. De tal manera que Dios garantiza, mientras administra el reino de los cielos, que ha hecho uso de su poder para hacerme parte de su reino y que yo pueda vivir para su gloria.
La pregunta no es si yo voy a triunfar; la pregunta es si yo puedo vivir triunfalmente. Cuando Cristo triunfó, yo triunfé. Y yo tengo razones entonces para vivir tranquilamente. Necesito, conociendo que Cristo triunfó en mi lugar y que cuando Él triunfó yo triunfé, proclamarle, exaltarle, glorificarle. Y si todo lo que Dios ha revelado y comunicado y puesto a mi disposición no fuera suficiente, Dios me recuerda lo siguiente y me dice: "No temas, porque yo te he redimido, te he llamado por tu nombre, mío eres. Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama te abrasará. Porque yo soy tu Padre, porque yo soy el Señor tu Dios, el Santo de Israel, tu Salvador." Tú puedes confiar en mí, tú puedes vivir en mí, tú tienes triunfo en mí. La pregunta no es si vas a triunfar, hijo; la pregunta es si quieres vivir triunfantemente por medio de Aquel que triunfó por ti en la cruz.
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