Integridad y Sabiduria
Sermones

Jesús se revela a un varón casi perfecto: Su encuentro con el joven rico

Joan Veloz 13 diciembre, 2020

Un hombre que aparentaba tenerlo todo —riquezas, reputación, liderazgo, obediencia a la ley desde su juventud— corre desesperado hacia Jesús y se postra a sus pies con una pregunta urgente: ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna? La escena revela una paradoja inquietante: alguien externamente perfecto, pero internamente vacío e insatisfecho. Jesús, conociendo su corazón, no le ofrece una fórmula religiosa sino que lo confronta con su verdadero ídolo. "Una cosa te falta: vende cuanto tienes, dalo a los pobres, y sígueme." El joven, afligido, se fue triste porque era dueño de muchos bienes. Prefirió aferrarse a sus posesiones antes que abrazar la vida eterna que tenía frente a él.

La historia ilustra que Dios no está dispuesto a compartir el corazón humano con ningún ídolo. Un corazón dividido no es un corazón para Dios. El predicador Joan Veloz relata cómo un joven pescador murió ahogado por no soltar sus redes de cangrejos cuando la crecida del río lo arrastraba, mientras otros le gritaban que se agarrara de algo firme. Así el joven rico: tuvo la salvación al alcance pero no soltó lo que sus manos apretaban.

Jesús no llama a seguir reglas o rituales, sino a seguirle a él. Las buenas obras no salvan; son fruto de conocer a Cristo. La tragedia del joven rico sigue repitiéndose: personas que asisten a la iglesia, memorizan versículos y cumplen mandamientos, pero nunca han tenido un encuentro real con Jesús. La vida eterna no consiste en hacer, sino en conocer al único Dios verdadero y a Jesucristo a quien él envió.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Buenos días, hermanos. En el día de hoy, tengo la responsabilidad y el privilegio de comenzar una serie de predicación que durará aproximadamente cinco domingos, donde pastores y maestros estarán delante de la congregación compartiendo acerca de un encuentro con nuestro Señor Jesucristo, una enseñanza que podamos ver acerca de algún encuentro que nuestro Señor tuvo con ciertos hombres de la Palabra de Dios. Y por eso nosotros hemos titulado esta serie "Jesús se revela", porque en cada encuentro Jesús ha revelado algo de su carácter, algo de quién Él es. Y lo que queremos ver es algunos eventos, algunas historias donde podamos aprender más de nuestro Señor Jesucristo.

En el día de hoy, yo voy a estar hablando de uno de esos eventos, y probablemente es uno de esos eventos tristes que podemos ver en la Escritura, porque nos encontramos a un hombre que se creía perfecto, que incluso probablemente las personas que le conocían podían decir: "Ese es un hombre justo." Pero al mismo tiempo era un hombre vacío, insatisfecho y desesperado por la vida que estaba viviendo. Y por eso yo he titulado mi mensaje de hoy: "Jesús se revela a un varón casi perfecto: el joven rico."

Y yo quiero invitarles a que, luego de haber dicho eso, me acompañen al Evangelio de Marcos. Estaremos viendo el capítulo 10, versículos 17 al 22. Esta es la Palabra de Dios: "Cuando Jesús salía para irse, vino un hombre corriendo y arrodillándose delante de Él, y le preguntó: '¿Maestro bueno, qué haré para heredar la vida eterna?' Jesús le respondió: '¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino solo uno, Dios. Tú sabes los mandamientos: no mates, no cometas adulterio, no hurtes, no des falso testimonio, no defrandes, honra a tu padre y a tu madre.' 'Maestro, todo esto lo he guardado desde mi juventud', dijo el hombre. Jesús, mirándolo, lo amó y le dijo: 'Una cosa te falta: ve y vende cuanto tienes y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo. Entonces, ven y sígueme.' Pero él, afligido por estas palabras, se fue triste, porque era dueño de muchos bienes."

El pasaje al cual nos exponemos en el día de hoy, la historia del llamado encuentro con el joven rico, es un pasaje muy conocido. Y es seguro que usted, en algún momento, ha escuchado sobre ella. En nuestra iglesia lo hemos predicado desde este púlpito, por lo cual yo tengo un reto mayúsculo en el día de hoy, y es poder presentar esta historia una vez más desde una perspectiva diferente, de forma tal que pueda ser fresco para ustedes y que podamos salir de aquí edificados.

De entrada le puedo decir que para mí fue muy deleitoso el poder haber estudiado este texto, haber preparado este pasaje, porque el Señor me permitió ver otros colores, otras cosas que no había visto. Y yo quisiera que Él me permitiera traérselos a ustedes, de forma tal que nosotros podamos salir de aquí conociendo más al Dios detrás de esta historia, al Dios que se ha revelado.

Y como yo tengo un reto, y siempre predicar es un reto, yo sé que el pastor Enrique estuvo orando por mí, pero yo quiero orar una vez más. Así que quiero pedirle que me acompañe en oración para que sea el Señor hablando en el día de hoy, no un servidor. Oremos.

Señor, venimos delante de ti con corazones humildes, reconociendo que somos pecadores y que no somos dignos de predicar esta santa Palabra. Pero yo quiero pedirte, Dios, en el nombre de Jesús, que tú hagas lo que solo tú sabes hacer, que tú puedas usar los labios de este pecador y que tu iglesia, tu pueblo, aquellos por quienes tú diste tu sangre, puedan ser edificados. Permítenos, Dios, conocerte más. Permítenos ver nuevos colores en este pasaje, de forma tal que podamos decir: "A ti solo, a ti se da la gloria." Sé con nosotros, Señor, ahora. En el nombre de Jesús. Amén.

Muy bien, la historia del famoso encuentro con el joven rico es probablemente una de las historias más tristes de todo el Nuevo Testamento. Es probable que en un funeral haya más gozo y esperanza que al ver esta historia, porque es la historia de un hombre que comenzó bien, pero terminó muy mal. Esta historia se encuentra en tres de los cuatro evangelios. Lo vemos en Marcos, que es nuestro texto de hoy, capítulo 10, versículos 17 al 22. Lo encontramos en Mateo capítulo 19, y en el Evangelio de Lucas también hace referencia a este hombre.

Y lo que yo quiero, hermanos, en el día de hoy, es que al ver esta historia podamos verla desde tres puntos diferentes. Como hemos visto en algunas películas, la idea es que podamos poner tres cámaras: una cámara que va a enfocar al joven, a este hombre, y vamos a ver quién era, cómo era este hombre; otra cámara que se va a enfocar en Cristo, qué Jesús revela de sí mismo a través de esta historia; y por último, una cámara que nos mira a nosotros, qué aprendemos y qué implicaciones tiene este pasaje para ti y para mí.

Así que vamos a comenzar con la primera cámara. Vamos a poner la cámara enfocando en el joven rico. Si podemos hacer una lista de cualidades que vamos a ver en este hombre, podemos decir que él era un joven con muchas posesiones, que era moralista, un hombre moral, con una alta reputación, que era conocedor de la ley y era obediente a la ley. Pero al mismo tiempo, vamos a ver que este era un hombre que estaba confundido, desesperado, un hombre orgulloso, avaro y un gran pecador. Y cuando veamos estas historias ahora sobre él, usted va a poder identificar: "Ah mira, esto es esto. Ah mira, esto es lo otro." Porque es claramente evidente en el texto que él muestra estas cualidades.

Como decía anteriormente, esta historia es conocida como el joven rico, aunque de los tres evangelios, solamente Mateo habla que era un joven, un joven que tenía muchas posesiones. Sin embargo, él no era simplemente un joven con muchas posesiones. Vemos a través del contexto de estos evangelios que él era denominado un gobernante, o lo que podríamos llamar un príncipe de algún tipo en la ciudad donde se encontraba. Muchos se preguntarán de qué tipo de príncipe era, qué tipo de gobernante era, si era un gobernante romano o era un gobernante judío. Es muy probable que por la forma como él se acerca a Jesús, él no haya sido un gobernante romano, ya que a Jesús ningún gobernante romano se le iba a acercar a decirle "Maestro." Por lo cual, muchos han entendido que este era un hombre que era un gobernante o un líder judío en alguna sinagoga, que al ver a Jesús se acerca a Él en busca de respuestas.

Si nosotros vemos a este hombre de manera particular, podemos decir que él tiene todas las cosas para ser un hombre feliz: un hombre con posesiones, un hombre que por su estatura de liderazgo tenía privilegios, un hombre que tenía buena reputación, y como vamos a ver, probablemente era un hombre que cumplía los mandamientos, como él mismo lo establece. Si nosotros somos honestos, este es probablemente el hijo que toda madre sueña tener, o el esposo para la hija que todo hombre quisiera. Yo quisiera un hombre así para mis hijas: un hombre obediente a la ley, obediente a las autoridades, un hombre de peso, un hombre líder.

Pero al parecer, este hombre no estaba tan bien como cualquiera pudiera pensar. Al parecer, este hombre era un hombre que tenía muchas insatisfacciones, un hombre que tenía un vacío significativo en su corazón. Y como nosotros vemos que él se acerca a Jesús, él viene con una condición un tanto desesperada, porque él viene y se arrodilla delante de Jesús. Él viene corriendo y se tira a sus pies, diciéndole que él desde su juventud ha guardado la ley.

Miren que Cristo le dice en el versículo 19, cuando él le pregunta: "Maestro, ¿qué haré para heredar la vida eterna?" Jesús le dice en el versículo 19: "Tú conoces la ley, tú conoces los mandamientos: no mates, no cometas adulterio, no hurtes, no des falso testimonio, no defrandes, honra a tu padre y a tu madre." Y él dice: "Yo desde mi juventud los he guardado todos, desde que tenía trece años los he guardado todos." Algunos se preguntarán: ¿por qué desde los trece años? Bueno, la tradición judía establecía que un niño es responsable ante la ley luego de haber tenido trece años. Y él está diciendo, en pocas palabras, que desde los trece años él ha guardado la ley. Pero aun habiendo guardado la ley y siendo un hombre respetable, él necesitaba respuestas, y él no se sentía satisfecho. Él sentía que había cosas en su corazón que necesitaban ser llenadas, cosas en su corazón que no le permitían el anhelo de su alma, que era tener paz para con Dios.

Y es por eso que nosotros vemos que en el versículo 17, cuando él se entera que Jesús está saliendo de Judea, dice el texto que él vino corriendo a donde Jesús. Literalmente el versículo 17 dice: "Cuando Jesús salía para irse, vino un hombre corriendo y arrodillándose delante de Él." Él no llegó caminando donde Jesús. Él no llamó a Jesús siendo un gobernante, un líder. Él no llamó a Jesús y le dijo: "Maestro, necesito verlo a las diez de la mañana en mi oficina para que hablemos." No, eso no ocurre aquí. Él no utilizó su jerarquía para acercarse a Jesús. No. Él sabía que Jesús se iba. Era su última oportunidad para acercarse al Maestro. Dice el pasaje que él llegó a Él corriendo.

Ahora, hermanos, si nosotros cerramos los ojos, cierren sus ojos, cierren sus ojos, vamos a imaginar esta historia para poder entender la desesperación que probablemente sentía este hombre. Jesús va saliendo de la ciudad, probablemente iba caminando hacia el puerto, hacía mucho calor. Jesús estaba alrededor de muchas personas, probablemente lo chocaban, se podía oler el olor a pescado cerca del mar. Podemos ver las olas batir, los barcos que están llegando al muelle. Y en medio de esta multitud, en medio de esta situación, ustedes ven a este hombre que viene corriendo a toda velocidad, pasando por alrededor de otros, chocando: "¡Permiso, déjame pasar, permiso!" Y al llegar a los pies de Jesús, se postra a sus pies y le dice: "Maestro, ¿qué haré para heredar la vida eterna?" Y esto es lo que vemos aquí.

Ya pueden hablar los ojos. Esto es lo que vemos aquí. El joven rico se postra a los pies de Jesús a preguntarle cómo podrá hallar la vida eterna. Y yo no sé tú, pero yo me imagino la gente alrededor: "¡Oh! ¿Y quién es este? Mira cómo viene. ¿Y por qué se postra a los pies de Jesús?" Probablemente había mucha murmuración. Pero Jesús lo ve allí en su desesperación y presta su oído. Él le pregunta: "Maestro, ¿cómo heredaré la vida eterna?"

Es probable que él haya sido instruido que toda la vida se trataba de hacer, por lo cual él tenía que hacer algo para ganarse la vida eterna. Para heredar la vida eterna dependía de él. "Yo me he ganado toda la vida. La vida eterna también me la puedo ganar. ¿Cómo lo hago?" Pero Jesús lo escucha y le responde: "Ve, guarda los mandamientos." "Maestro, yo guardo todos los mandamientos desde mi juventud." "Una cosa te falta," versículo 21, "ve y vende cuanto tienes y dalo a los pobres, y tendrás tesoros en el cielo. Entonces, ven y sígueme."

Y ahí es donde la cosa se complica. Ahí es donde, como dicen en buen dominicano, la piña se pone agria, donde la puerta tuerce el rabo. Él estaba desesperado, quería respuesta. Su poder, su autoridad, sus posesiones no le habían dado propósito en la vida. Él sabía que Jesús estaba ahí, que Jesús era un gran maestro, que podía darle las instrucciones para él heredar la vida eterna. Pero cuando Jesús le dice lo que él tiene que hacer, ahí la cosa se complica.

Y es interesante aquí que cuando nosotros vamos al versículo anterior, el verso 18, Jesús le dice: "Guarda los mandamientos." ¿A cuáles mandamientos se refiere? Él se refiere a los últimos seis mandamientos. Pero aquí, en esta petición que le hace, directamente le dice al joven rico: "Tú sabes qué, tú dices que has guardado todos los mandamientos. Pero hay dos mandamientos que son los principales, dos mandamientos que tú no estás guardando: ama a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo. Demuéstrame que me amas, que amas a Dios. Vende tus posesiones, vende tus ídolos y ama a otros dándoselo a ellos." Es lo que Jesús le responde.

Pero ¿qué hizo? ¿Él aceptó lo que Jesús estaba enseñando? Versículo 22: "Pero él, afligido por estas palabras, se fue triste." ¿Por qué se fue triste? Porque era dueño de muchos bienes. Literalmente, al él escuchar esto, se afligió. Literalmente, su corazón y su cara cambiaron inmediatamente cuando Jesús le dio este comando, este mandato. La respuesta trajo dolor a su corazón. Ya no había optimismo, ya la esperanza se había ido, porque para él el precio era demasiado alto que pagar, incluso si eso se trataba de la vida eterna. Él no estaba dispuesto a vender lo que tenía porque para él estos tesoros aquí en la tierra probablemente significaban más que el poder heredar o alcanzar la vida eterna que él decía que anhelaba.

Gran Spurgeon comenta que este joven quería a Dios, pero no a costa de su oro. Quería la vida, pero no a expensas del lujo. Estaba dispuesto a servir, pero no estaba dispuesto a sacrificarse. Él vino a Jesús en busca de respuestas, pero su avaricia y su orgullo hicieron que él prefiriera otra cosa antes que alcanzar lo que tanto él anhelaba.

Hermanos, al leer este pasaje, nosotros podemos inferir que Jesús no le está diciendo a todo el mundo: "Bueno, vende tu riqueza y dáselo a los pobres y sígueme." No, Jesús no está diciendo eso. Jesús le está hablando a él directamente, porque este era el ídolo de su corazón, esto era lo que él más atesoraba. Y hasta que él no estuviera dispuesto a entregar sus ídolos, él no iba a poder abrazar la vida eterna, abrazar a Cristo. Y eso es importante que nosotros podamos entenderlo en el día de hoy. Dios no está dispuesto a compartir nuestro corazón con nada ni con nadie. Él nos quiere solo para Él.

Martyn Lloyd-Jones decía: "O eres de Cristo o no lo eres. No puedes ser en parte de Cristo o en parte del mundo. O estás muerto o estás vivo, o naciste o no naciste." Hermanos, un corazón dividido no es un corazón para Dios. Dios quería que él pudiera soltar lo que tenía y seguirle como una muestra de que él creía en Cristo, de que él creía en Jesús y que realmente él anhelaba la vida eterna.

El famoso escritor de poemas Dante, en su poesía "La Divina Comedia," él cuenta cómo pudo haber sido el final de la historia de este hombre, y él dice, se supone que el joven hablando, que ya no es joven, ya es muy adulto: "La mano de la muerte busca la mía para estrecharla. Me quedo solo sin nada más que mi sequedad, cuando una vez la vida eterna estuvo a mi alcance y no la pude agarrar." La vida estaba ahí para él, pero él prefirió aferrarse a sus posesiones antes que soltarlas y vivir.

Este pasado jueves, yo no sé si usted se ha dado cuenta, no sé si al pastor Miguel le pasa, pero Dios como que se encarga de traernos ilustraciones acorde a los mensajes que vamos a compartir. Y el pasado jueves conversaba con un hermano de la congregación, hablábamos de muchas cosas, y él en un momento me contaba de una propiedad, unas tierras que tiene su familia en una región cerca de aquí. Y él me contaba muy animosamente, muy contento, muy alegre: "Mire, esas tierras son bellísimas, tú ves las montañas, tú puedes ver el clima que es muy bueno, tú puedes sentir el clima que es fresco, y tiene un río espectacular." Pero cuando llegó al río como que se apagó. No sé si a usted le ha pasado, pero hay gente que viene con mucho ánimo y llegan a algo como que se apaga, como: "Bueno, el río, yo creo..."

Y este cambio tan radical, ¿qué pasó en el río? Entonces él me estaba contando que recientemente él estaba con su familia en esas tierras, podían ver el río a la distancia donde estaban. Y él me cuenta que en un momento él ve a un joven pescador que venía cruzando el río con unas redes llenas de cangrejos de río, de jaibas, como lo llamamos aquí. Y el joven viene cruzando el río, ellos lo están viendo, cuando en un momento viene la crecida del río y se empieza a llevar al joven. Ellos le gritaban: "¡Suelta las redes y agárrate!" Al parecer había algo donde él podía agarrarse. "¡Suéltalo, suéltalo, suéltalo!" Yo le pregunté: "¿Al final qué pasó?" Al final, tristemente, el joven se ahogó. El joven no estuvo dispuesto a soltar sus cangrejos para agarrarse de algo que podía darle la vida.

Y esto es algo muy similar a lo que le está pasando a este joven rico. Dios le dice: "Suéltate de lo que tienes, suéltate de tus ídolos y agárrate de lo único que te puede dar vida eterna. Vende lo que tienes y sígueme." Cristo es vida, hermanos. Cristo sabe que nosotros no tenemos la capacidad para poder tener dos ídolos, no podemos. Y por eso Él dice en Mateo 6:24: "Nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o se dedicará a uno y despreciará al otro." Dios nos quiere para Él. Y mientras estas posesiones fueran lo más preciado para este joven rico, él nunca iba a poder disfrutar de la vida eterna que Dios proveía.

Para este joven, sus posesiones eran probablemente su ídolo. Para Abraham, probablemente su hijo era su ídolo. Y por eso Dios le dice: "Abraham, Abraham, sacrifícame a tu hijo." Porque Dios no está dispuesto a compartir su gloria con nadie. Él es un Dios celoso que lo quiere todo para Él.

Hermanos, este joven, aunque tenía muchas posesiones, poseía gran reputación, tenía muchos privilegios, era un hombre obediente a la ley —que vamos a creerle, vamos a decir que sí, que lo que él decía era verdad, que él podía cumplir esos seis mandamientos—, era obediente a la ley, pero al mismo tiempo era un hombre que estaba confundido, un hombre insatisfecho, un hombre orgulloso, que su avaricia no le permitió abrazar la vida eterna. Y como ves, esta vida es una vida desperdiciada, una vida digna de pena, digna de llorar, al ver un hombre que tuvo la vida eterna frente a él y no quiso abrazarla, no pudo hacerlo.

Ahora yo quisiera, hermanos, que número dos, moviéramos la cámara ahora hacia Jesús. Ahora vamos a ver qué nos enseña este texto acerca de Jesús, porque creo que pudiéramos perder la oportunidad de sacar enseñanzas impresionantes acerca del carácter de Cristo que pueden ser de gran relevancia, que son de gran relevancia e importancia para nuestra vida en el día de hoy.

Lo primero que yo quisiera destacar acerca de Jesús, que lo que podemos ver del carácter de Jesús, es su abundante gracia. Cuando este joven viene a Jesús, aun Jesús conociendo el corazón de este hombre, aun Jesús conociendo que él le iba a dar la espalda y se iba a ir con todas sus posesiones, Jesús estuvo presto a escucharle. Jesús no rehusó contestar su pregunta. Jesús no rehusó en extenderle favor y dar la respuesta que necesitaba para recibir la vida eterna.

Recordemos, hermanos, que la historia nos dice que cuando este joven llegó donde Jesús, Jesús estaba en un momento de salida. Y algunos de ustedes que han tenido la oportunidad de viajar, ustedes saben cómo se pone cuando uno va a salir de un sitio, uno está agitado, mucha cosa. Jesús, en ese momento de ajetreo, en ese momento de lo que probablemente iba a ser su último viaje, porque Él iba a salir de Judea hasta Jerusalén... Jesús iba saliendo de Judea a Jerusalén, no que Él iba para un hotel, un spa en Jerusalén. Él iba a salir a Jerusalén a morir en una cruz, a ser sacrificado. Y aun en ese proceso, Él tiene la gracia de detenerse, responderle a este joven sus preguntas y traer verdad a él. Y yo no sé tú, pero a mí me maravilla la gracia de Cristo. Me maravilla la gracia de Cristo, incluso para aquellos que no creerán en Él y que no le van a seguir.

Número dos, otra cosa que podemos ver en este pasaje acerca de Jesús es que Jesús se revela como el Dios bueno. Cuando el joven se acerca a Jesús, miren cómo se acerca a Jesús. Le dice: "Maestro bueno." Es interesante aquí porque en la tradición judía no se le permitía a ninguna persona decirle a un maestro o manifestarle a un maestro: "Oye, tú eres bueno." Porque esa cualidad era solamente dada a Dios.

Solamente Dios es bueno. Es por eso que en el versículo 18, Jesús, como que lo amonesta, le dice: "¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno, sino solo uno, Dios." Y es interesante aquí. Jesús no está diciendo que Él no es bueno. Es que lo está llevando a él a pensar. Jesús está usando este comentario para dejar claro: "Espérate. Si tú dices que yo soy un maestro bueno y solo Dios es bueno y todos los hombres son malos, tú estás diciendo que yo soy Dios."

Porque a lo que está claro aquí, Jesús dice: "Oye, nadie es bueno, solo Dios." ¿Qué nos dice el Salmo 14:1? "El necio ha dicho en su corazón: No hay Dios. Todos se han corrompido, han cometido hechos abominables, no hay quien haga el bien. El Señor está mirando desde los cielos sobre los hijos de los hombres, para ver si hay alguien que entienda, alguien que busque a Dios, pero todos se han desviado, aun se han corrompido, no hay quien haga el bien, no hay ni siquiera uno."

Y el apóstol Pablo en Romanos 3:10 cita una vez más este texto, el Salmo 14, para dejar claro que entre los hombres no hay uno bueno. Todos somos merecedores de la ira de Dios. Solo hay uno que es bueno y ese es Dios. Y Jesús ahora está acorralando a este joven y lo está llevando a pensar. Piensa, dijo mí yo, piensa. ¿Tú dices que yo soy bueno? Ahora, cuanto yo soy Dios. Y como yo soy Dios, tú tienes que hacer lo que te digo, porque lo que te digo es en base a mi bondad para ti. Vende lo que tienes, dalo a los pobres y sígueme, es lo mejor para tu alma. Porque así como tú dices, yo soy el Dios bueno.

Es probable que el joven de esa cuenta de lo que él estaba diciendo cuando se acercó a Jesús y le dijo: "¡Maestro bueno!" Pero la implicación de sus palabras da a entender claramente que Jesús quiere usar esto para revelarse como el único Dios bueno. Y gloria a Dios que podemos ver este texto y decir: "Señor, ¡gracias Cristo! ¡Gracias Cristo!" Porque ese mandato que tú le dices a este joven fue en base a quien tú eres: un Dios bueno. Y si tú me pides a mí: "Entrega lo que tienes y sígueme," eso tú lo haces bajo la base de tu amor, de tu atributo de amor, y de la base del atributo de bondad, porque tú eres un Dios bueno.

Lo tercero que podemos ver acerca de Jesús, que me llamó también increíblemente la atención, y quizás es algo que podemos utilizar aquellas personas que tenemos el privilegio de enseñar a otros, es la agudeza de Jesús para enseñar e instruir a este joven. Miren que cuando él viene y recibe esta pregunta, él no le responde literalmente lo que el joven cree escuchar. Era muy fácil para Jesús decirle, la pregunta está aquí: "¿Cómo heredaré el reino de los cielos?" La vida eterna. "Vende lo que tienes y sígueme." Pero Jesús lo quiso llevar ahí.

Lo primero que Jesús le dijo fue: "Tú sabes los mandamientos." Vamos a ponerte a pensar, tú sabes los mandamientos. Él se vio evidenciado al decir: "Yo los cumplo todos." ¡Ah, tú los cumples todos! Ok, entonces ahí Jesús lo acorrala. Vende lo que tienes. Vamos a ver si es verdad que tú cumples todos los mandamientos. Vende lo que tienes, dalo a los pobres, cumple con el primero, el segundo mandamiento, y sígueme.

Y Jesús sabiamente pudo hacerle entender a este joven que él no era tan bueno como pensaba. Al final él no soltó sus manos, no abrió sus manos, ni pudo soltar sus posesiones. Pero lo que yo estoy convencido es que él salió de esa conversación sabiendo que él no era tan perfecto como pensaba, sabiendo que él no era tan justo como pensaba, y que él era un pecador que necesitaba salvación.

Me llama la atención aquí que lo que Jesús hizo fue algo impresionante: al pecador, al orgulloso, le presentó la ley. ¿Y qué hace con los humildes? Le presenta la gracia. Porque los pecadores, como este hombre, no necesitan escuchar gracia en este momento. Tienen que escuchar: "Tú eres un pecador, arrepiéntete," y después que te arrepientas, te damos la gracia. Porque ese es el propósito de la ley. El propósito de la ley es recordarnos: yo no soy tan bueno como pienso que soy. Yo soy merecedor de la ira de Dios, por eso yo necesito a Cristo. Y eso es lo que el apóstol Pablo nos dice en Gálatas: la ley es un ayo que nos lleva a Cristo, que nos recuerda que no somos tan buenos como pensamos. Y Jesús usa la ley de manera sabia para hacerle ver a este hombre: "Oye, tú eres un pecador y necesitas salvación."

Lo cuarto que vemos, que podemos ver acerca de Jesús en esta historia, es el amor de Jesús. Yo decía anteriormente que Jesús mostró que Él era el Dios bueno, pero también podemos ver su amor. Literalmente el versículo 21 dice que Jesús, mirándolo, ¿qué hizo? Lo amó. Él lo vio cara a cara y amó a este hombre. Él amó el alma de este hombre. Aun en medio de su condición caída, Él amó el alma de este hombre. Porque este hombre era un portador de la imagen de Dios, la semilla de quien es Dios estaba en este hombre, y Dios amó eso.

Y Dios lo toma, dice ese concepto de "mirándolo," hace alusión como que él lo miró cara a cara, lo vio a los ojos, le puso esa mirada penetrante que yo me imagino tenía Jesús. Esta mirada penetrante, lo miró con amor y le dijo: "Ve, vende lo que tienes, dalo a los pobres y sígueme." Jesús lo amó. Muchos se preguntarán: "Pero ¿cómo Jesús podía amar a un hombre hipócrita como él?" Porque al final era un hombre hipócrita. Porque Jesús es el Dios de amor. Y Jesús todo lo que hace, aun cuando disciplina, lo hace sobre la base de su amor, porque es un atributo que Él no puede desprenderse de eso. Aun cuando juzga, lo hace sobre la base de su amor.

Y yo veo a Jesús mirando a este hombre con amor, con un amor como aquel que tienen los padres, pero limitado, porque al final nosotros somos pecadores. Pero ese amor como tenemos los padres con nuestros hijos, que lo vemos y le decimos: "¡Mira, mi hijo! No salgas por ahí porque te va a caer un golpe. No salgas por ahí porque te va a dar un golpe." Pero tú sabes que él va a hacer lo que tú no le dijiste. Al final él viene con el tallazo y tú al final terminas abrazándolo. Ese amor Jesús mostró hacia este joven. "Yo te amo. Yo sé que tú vas a hacer otra cosa. Pero yo amo que tú eres portador de la imagen de nuestro Padre." Jesús lo amó. Y eso queda claro en este pasaje. Aun cuando él se perdió, Cristo lo amó. Amó su alma y tuvo compasión por él.

Número cinco, que nos revela también este pasaje, es que el llamado de Jesús es exclusivo. El llamado de Jesús es exclusivo. Jesús le dice: "Una cosa te falta: ve y vende cuanto tienes y dalo a los pobres, y tendrás tesoros en los cielos. Entonces ven y sígueme." Jesús está diciendo: "¿Tú quieres la vida eterna? Tú tienes que seguirme a mí." Seguir aquí es un imperativo presente: es ahora que tú me vas a seguir. Y seguir quiere decir: tú vas a seguir mis pasos. No por un momento, no toda tu vida, tú vas a seguir mis pisadas, mi ejemplo. Cuando yo mire atrás, te voy a ver ahí, porque tú estás ahí viviendo el estilo de vida que yo te estoy mandando a vivir. Es el llamado que Jesús le hace a este hombre.

El mandato de ir a vender los bienes no le va a dar salvación a él. El mandato de ir a vender los bienes era una forma de él evidenciar el ídolo que había en su corazón. Lo que le iba a traer salvación era seguir a Cristo incondicionalmente, seguirle con fe, sabiendo que a través de Él iba a tener vida eterna. Y eso nos pasa, y eso nos dice el Señor a ti y a mí. Las obras que podamos hacer son buenas, pero al final la salvación está en Cristo, en creer lo que Él hizo por ti y por mí, y en seguirle. Seguir sus mandamientos y seguirle a Él, conocerle a Él.

Muchas veces podemos perder, vas a malinterpretar lo que voy a decir, pero quiero que me entiendas. Muchas veces podemos perder el tiempo profundizando y leyendo muchos versos, aprendiendo muchos versos, memorizando muchos versos, pero no conocer al Dios que reveló esos versos. Y Cristo quiere: "Oye, los mandamientos son importantes, debes conocerlos, pero tienes que seguirme a mí. Tú tienes que tener una relación conmigo." Porque su llamado es exclusivo.

Él dice claramente en Juan 14:6: "Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie viene al Padre sino a través de mí." Él no dice: "Yo soy un camino." "Yo soy el camino." Es siguiéndome a mí que tú vas a hallar la vida eterna. Juan 6:40: "Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo aquel que ve al Hijo y cree en Él, tenga vida eterna." Esa es la voluntad del Padre. La vida eterna que este joven quería, que este joven anhelaba heredar, estaba en Cristo. Y él la tenía frente a él y no pudo verla.

Hermanos, si nosotros queremos disfrutar y deleitarnos en Dios, si nosotros queremos disfrutar el regalo de la salvación y la vida eterna que nos ha dado, nosotros tenemos que disfrutar a Cristo, porque de Él se trata la vida. Me llama la atención que cuando vamos al Evangelio de Mateo, el versículo 17, cuando él está contando esta historia, él lo dice con palabras diferentes. Él hace el llamado de Jesús a este hombre con unas palabras diferentes. Él dice lo siguiente: "Si quieres ser perfecto, ve y vende lo que posees y dalo a los pobres, y tendrás tesoros en los cielos. Ven y sé mi discípulo."

Y me llama mucho la atención que Jesús dice: "¿Tú quieres ser perfecto? Ven, sígueme." ¿Quién es el único perfecto? Dios. Cristo es el único perfecto. Pero Él dice que hay una forma para nosotros los creyentes de ser perfectos, y cuál es: seguir a Cristo. Porque cuando seguimos a Cristo, Dios nos reviste con su gracia, nos reviste con su justicia, de forma tal que Dios, cuando nos ve, no nos ve a nosotros, ve a Cristo.

Y el pastor Miguel predicó la semana pasada: cuando nosotros estemos un día delante de la presencia de Dios, cuando tengamos que ir a lo que será delante de su juicio, nuestro abogado será Cristo, nuestro fiscal será Cristo, nuestro juez será Cristo, y nosotros estaremos revestidos de Cristo. Entonces no hay condenación, porque Él se está viendo a sí mismo. ¡Gloria a Dios por Cristo, que nos permite ser perfectos al seguirle y amarle por quien Él es!

De mano, solo despojándonos de nuestras ropas sucias, podremos ser revestidos con la justicia perfecta de Cristo. Y solo allí encontramos la vida eterna. Solo allí encontraremos la vida eterna.

Jesús reveló que él es la vida eterna. Él reveló que en los tesoros que vamos a tener y que se nos han prometido, cuando su presencia va a ser considerada poca cosa comparado con tenerlo a él. Porque él es el más precioso de los hijos de los hombres. Él es el tesoro más preciado para ti y para mí. El joven rico quiso hallarlo. Lo tuvo enfrente. Tuvo la verdad misma enfrente. Y no pudo verlo. No pudo verlo.

Finalmente, hermanos, última cámara, quiero aprovechar el tiempo que me queda. Última cámara, ¿qué implicación tiene esto para nosotros? ¿Cómo podemos ver de manera resumida algunas enseñanzas que podemos sacar para nosotros? Y yo creo que veamos cuatro. Cuatro aplicaciones que podemos hacer de este pasaje. Número uno, un llamado directo a reflexionar cada uno de nosotros, salir de aquí con una mente reflexiva. Número dos, un llamado a cuidarnos de la idolatría. Número tres, ver claramente que nuestras obras no nos van a salvar. Y número cuatro, que podamos ver implicaciones reales del llamado que él nos ha hecho de seguirle.

Número uno, un llamado a la reflexión. Hermanos, este hombre del que estamos hablando el día de hoy, el llamado joven rico, en buen dominicano lo tenía todo. Como dicen los muchachos, él había que dársela. Él tenía todo el golpe. Era rico, popular, privilegiado, buena reputación, el barón que es perfecto. Pero le faltaba lo más importante: le faltaba Cristo. Él estaba sí, él estaba lejos de la fuente.

Y a mí me llena de pavor el pensar en ese joven que tuvo la vida eterna enfrente, tuvo la verdad enfrente. Pero no pudo verla, no pudo abrazarla. Y yo decía en el primer servicio que no hay una cosa más terrible que pensar en el infierno para aquellos que tenían el cielo en la mente. No hay nada más serio que ir al infierno con el cielo en la mente. Sabiendo dónde estaba la vida eterna, sabiendo cómo poder haber sido salvo. Pero prefirieron otra cosa. Prefirieron los tesoros de bajeza de este mundo antes que las riquezas de Dios.

Pensamos en cómo nos dice Hebreos 6, aquellos que fueron iluminados, que estuvieron entre nosotros, disfrutaron del don celestial, cantaron, adoraron, escucharon la Buena Nueva, pero ¿qué pasó? Dieron la vuelta y se fueron. Muchas veces hacemos el historial: wow, qué triste. Pero aquí en la iglesia, tú miras a tu alrededor y es probable que tú pienses en fulano y tú pienses en mengano. Muchos alrededor que han preferido mantener sus manos cerradas y atesorar sus tesoros que van a ser perecederos, que se quemarán, antes de abrir sus manos y abrazar la vida de él.

Yo me imagino la agonía de Judas. ¿Tú lo pensabas en eso? Judas fue instruido por Cristo. Judas estaba ahí a los pies del Maestro por tres años, conociendo su enseñanza, viendo sus milagros, conociendo su carácter. Lo que nosotros podemos ver de Jesús, que se ha revelado, quizás es poco comparado con la instrucción diaria que este hombre tenía de Jesús. Él tuvo la vida eterna en sus manos, pero prefirió cambiarla por un par de monedas.

Hermanos, yo creo que este texto del joven rico no es simplemente una ilustración de un hombre que prefirió sus posesiones antes que a Dios. Es la realidad de muchos alrededor de nosotros que no han entendido el significado real de seguir a Cristo. Él era un estudioso de la Palabra y sabía muchos versículos, pero no tenía una relación con Cristo. Y al final, como leímos en el poema de Dante, él se fue al infierno con el cielo en la mente. Es algo muy triste.

Número dos, yo creo que este también es un texto que nos hace un llamado real a cuidarnos de la idolatría. Este hombre había hecho de sus posesiones su ídolo, lo más preciado. Y como decía antes, Dios no está dispuesto a compartir su gloria con nadie. Él quiere todo para él. Porque él es Dios. Él quiere nuestros corazones solo para él. Porque él es Dios.

Miren cómo lo dice Isaías capítulo 42, versículo 8: "Yo soy el Señor, ese es mi nombre. Mi gloria a otro no daré, ni mi alabanza a esculturas." En el caso del joven rico, eran sus posesiones. Pero en tu caso, ¿cuál pudiera ser?

Es importante, hermanos, que al reflexionar en este pasaje no salgamos de aquí acusando al joven rico, que no entregó lo que tenía, siguió al Señor, qué bruto era. No, no. Esto es un llamado a nosotros ahora a reflexionar de qué nos estamos agarrando. Porque ese ídolo que yo estoy agarrando no me está permitiendo disfrutar de la plenitud de Dios. Y en muchos casos, ese ídolo de que me estoy agarrando no me ha permitido agarrarme de esa rama, que es la única que me va a salvar en medio del río.

Brad Bigney, en un libro que escribió, "Gospel Treason", dice lo siguiente: "La idolatría es adoración falsa. Es vivir a base de sustitutos. Es vivir tu vida con algo que no es Dios siendo el combustible de tu motor." Hermanos, solo podemos estar agarrando cosas que pueden ser buenas. Un hijo, un esposo, un trabajo. Pero si Dios dice: "Abre tu mano," yo tengo que estar dispuesto a abrir la mano. Si él quiere que yo lo mantenga, a gloria de Dios. Pero al final yo tengo que demostrar, al abrir mi mano, que hay uno en el trono, que hay uno que reina, y es él. Es él, por siempre y para siempre. El llamado de esta mañana, esta tarde ya, es estar dispuestos, hermanos. Soltemos nuestros ídolos y vengamos a Cristo.

Número tres, algo que esta cámara también nos va enfocando a nosotros, es que deja claro que nuestras buenas obras no nos salvarán. Yo no sé, tú lo viste, pero para mí quedó muy claro en este texto que nuestras buenas obras no salvarán a nadie. El joven rico deja claro que la salvación es solo por fe. Todas sus obras no le iban a ganar el favor de Dios. Él cumplía todos los mandamientos, decía él, pero eso no le iba a ganar el favor de Dios. Incluso, hermanos, si él vendía todo lo que tenía, tampoco le iba a ganar el favor de Dios.

Lo que le iba a ganar el favor de Dios era él tener la fe de que, despojándose de sus ídolos y siguiendo a Cristo, él iba a encontrar la salvación. Y ahí estaba la fe de él creer, de él abrir sus manos, de él seguirle. La fe de que este Maestro bueno, que él llamaba bueno, era el Dios verdadero que tenía palabras de vida eterna y que él era la vida eterna. Él tenía que creer eso, pero no lo hizo.

Y lo triste es, hermanos, que hoy en día, inclusive dentro de la iglesia, inclusive entre hermanos que son creyentes, la doctrina de la retribución sigue haciendo eco en nuestra cabeza. Si yo me porto bien, Dios me bendice. Si yo me porto mal, Dios me castiga. Y nos olvidamos de que al final esto es un camino de gracia, de fe, donde todo lo que tenemos es por gracia porque tú y yo somos malos. Si esto fuera la doctrina de la retribución y la aplicáramos, hubiéramos sido fulminados ahora mismo, porque nosotros no merecemos el favor de Dios. Pero hemos recibido su gracia cada día.

Charles Spurgeon, en el año 1882, quiero leerles, no es una porción larga, pero creo que vale la pena leerlo. Él hace una reflexión de la condición de la iglesia en ese tiempo y cómo esta doctrina había socavado la fundación de la iglesia. Haciendo que muchos pudieran pensar que ellos pudieran venir a la iglesia, a ser parte de la iglesia, pero sin arrepentirse, sin cambiar, solamente haciendo buenas cosas, dar ofrendas, servir a los pobres, pero al final no hubo un cambio de corazón.

Y mira lo que él dice: "Una gran parte del avivamiento moderno ha sido más una maldición que una bendición, porque ha llevado a miles a una especie de paz antes de conocer su miseria. Ha vuelto al hijo pródigo a la casa del padre y nunca le ha hecho decir: Padre, he pecado. ¿Cómo puede ser sanado el que no está enfermo, o saciarse de pan de vida el que no tiene hambre? Se desprecia el sentido anticuado del pecado. Todo en esta era es superficial. La consecuencia es que los hombres se lanzan a la religión y luego vuelven a saltar. Sin humillarse llegaron a la iglesia, sin humillarse permanecieron en la iglesia, y sin humillarse se fueron de la iglesia."

Quizás hoy esté hablando con buenas personas. Has asumido que tus buenas acciones te llevarán al cielo, pero debes ver que tu propia bondad nunca podrá salvarte. Además, debes ver los terribles pecados de tu corazón como Dios los ve. Quizás hay un pecado que te niegas a dejar ir, y el Señor te está diciendo, y quizás el Señor está diciendo en esta tarde: "Déjalo ir. Vende todo lo que posees y distribúyelo a los pobres y traerás tesoros, y tendrás tesoros en el cielo. Ven y sígueme."

Hermanos, las buenas obras nunca nos van a salvar. Las buenas obras son una evidencia de que nosotros hemos conocido a Dios. Las buenas obras son el fruto de la llenura del Espíritu que me permite accionar correctamente. Pero para Dios, todas esas obras son como trapo de inmundicia. Porque él es Dios justo y Dios santo. Yo creo que este pasaje también nos enseña esa verdad. Que nuestras buenas obras al final deben ser un adorno de la vida de piedad que tenemos al conocer a Jesús y al seguirle.

Y finalmente, esta historia nos deja claro que Jesús no está llamando a los hombres a seguir leyes o mandamientos. Jesús nos está llamando a seguirle a él. Él es el camino, él es la verdad, él es la vida. Los mandamientos de Dios revelan su carácter y quién él es. El joven rico fue destruido, probablemente, con esta mentalidad de: ¿qué hay que hacer? ¿Qué hay que aprender? Los mandamientos. Cumple, cumple, cumple. Cuando la vida eterna no se trata de mandamientos, cuando la vida cristiana no se trata de mandamientos. La vida cristiana se trata de Cristo, de conocerle a él y traer gloria a su nombre, de tener una relación íntima con él.

James Early tiene una cita que cabe en mi corazón poderosamente y quiero compartirla con ustedes también. Él decía: "Jesús no dijo sigue una serie de reglas o sigue una serie de rituales, Él dijo sígueme". El discipulado es una búsqueda intensa, es una búsqueda intensamente personal de Jesús. No se equivoquen al respecto.

Ser discípulo de Jesús es más que agregar un conjunto de actividades a su vida ocupada. Ser discípulo de Jesús es ante todo una respuesta a un llamado a perseguirlo a Él con pasión. Es una forma de vivir, aprender y estudiar con el Maestro. Es un llamado a estar cerca de Él, obedecer sus enseñanzas, tomar el camino que Él tomó y recorrer el mismo camino que Él recorrió. Implica crecimiento y desarrollo diario a expensas de la comodidad personal. Seguir a Cristo exige el abandono absoluto. Es lo que Jesús demanda de nosotros.

Es como yo decía ahorita, que cuando Él mira atrás, Él pueda ver que nosotros estamos caminando sobre sus pisadas. Cuando tú estás caminando por un lugar fangoso, hay algunos sitios donde van quedando las huellas, y cuando Él mira atrás, Él vea que nosotros estábamos tomando sus huellas. Él dice claramente: ¿Tú quieres ser mi discípulo? Bien haces, toma tu cruz y sígueme.

El llamado a seguir a Jesús, hermano, es un llamado de la cruz, un llamado que pudiera parecer sacrificial cuando no lo es, porque seguir a Jesús no es algo gravoso, seguir a Jesús no es algo pesado. La cruz es algo ligera porque estamos siendo llenados por su Espíritu y haciendo su voluntad.

Ahora, ¿cuál es el problema, hermanos? Que muchas veces aprendemos muchos versículos, aprendemos muchos comandos, muchos mandatos, pero no le conocemos a Él. Y es mi motivación, hermanos, a ustedes en el día de hoy, cuando llegamos al cierre casi de este mensaje, que tú puedas ver la Escritura como una oportunidad de que tú puedas conocer a Dios. Y cuando tú vas a cada pasaje, tú puedas ver un lugar donde Dios se ha revelado. Donde está el corazón de Dios, lo que Dios me quería enseñar.

Y cuando tú tengas un momento de afán y tú vengas a Filipenses, que dice "por nada estéis afanosos", tú puedes decir: yo no estoy afanoso, no porque ahí dice que no debo estar afanoso. Yo no estoy afanoso porque yo conozco al Dios que me dice que no esté afanoso. Yo conozco que es un Dios de gracia, un Dios de bondad, un Dios que está por mí, un Dios que provee para mí. Cuando yo tengo una situación difícil y veo la Palabra que me dice "no seas vengativo", yo digo: yo no voy a ser vengativo porque yo tengo al Dios de gracia, los ejércitos celestiales que pelean por mí. Tenemos que aprender a ver la Escritura y a ver a Dios en cada pasaje de la Escritura.

Hermanos, la historia del joven rico es una historia que pasó hace dos mil años, pero que sigue pasando en el día de hoy. La triste realidad, hermanos, de la iglesia cristiana es que muchos de los miembros han formalizado su membresía, pero nunca han sido unidos realmente a la satisfacción, que es Jesucristo. Muchos parecen tener una religión, pero no tienen una relación real con Jesús. Tienen conocimiento mental de la Palabra, pero no tienen un corazón que ha cambiado. Gente que asiste a la iglesia todos los domingos, escucha sermones, sermones, sermones, pero su vida no cambia radicalmente. Tú los sigues viendo la misma cosa que fueron hace veinte años, diez años atrás. La iglesia hoy en día, tristemente, está llena de inconversos bautizados.

Hermanos, por lo tanto, aunque muchas veces parezca que hay mucha gente, pudiéramos tener una iglesia con mucha gente, pero mucha gente vacía. Porque no están siguiendo a Cristo, están siguiendo reglas y normas. Y la motivación de Cristo aquí para este joven es: oye, la vida se trata de mí, recuerda eso. La vida no se trata de tus posesiones, no de mandatos, la vida se trata de seguirme a mí, de seguir a Jesús.

Y mi motivación para ustedes en el día de hoy, al cierre de este mensaje, es que tú y yo podamos tener las manos abiertas. Manos abiertas para hacer lo que el Señor nos pida, mochila en la espalda para ir donde nos llame, y un corazón dispuesto a seguir sus pisadas y seguirle paso a paso. Porque Él es la vida eterna. Juan 17:3: "Y esta es la vida eterna, que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado".

Vamos a orar. Señor, te damos gracias porque Tú nos has permitido conocerte. Te damos gracias porque Tú nos permites ver a la luz de este pasaje la relevancia del llamado que nos has hecho. Oh Dios, pon en el corazón de mis hermanos y en mi corazón un deseo genuino de seguirte y servirte. Padre, que nuestras buenas obras sean una consecuencia, un fruto de que nosotros te seguimos fielmente. Abre nuestras manos, permítenos despojarnos de aquello que atesoramos para seguirte a ti con corazones limpios. Y gracias te damos, Señor, porque aún siendo inmerecedores de tu gracia, aún pecando contra ti, tu gracia es mayor que nuestra maldad y nos permites honrarte y estar aquí. Oh Dios, que cuando se diga de mí, cuando se diga de cada uno de mis hermanos, al final de nuestros días, los hombres y mujeres puedan decir que nosotros vivimos para darte gloria a ti, que Tú eres nuestro galardón y nuestro único tesoro. Gracias, Dios, por tu Palabra. En el nombre de Jesús, amén.

Amén, que el Señor les bendiga.

Joan Veloz

Joan Veloz

Joan Veloz conoció la gracia de Dios en 2005 en la IBI, es pastor de la Iglesia Bautista Internacional y Vicepresidente de Integridad & Sabiduria. Es abogado con maestrías en Gerencia y Productividad, Estudios Teológicos (MATS) y Divinidad (MDiv) y un Doctorado en Ministerio, todos completados en el Southern Baptist Theological Seminary. Está casado con Michelle Suzaña y tienen tres hijos: Daniella, Camila y Miguel Andrés.