Joel Peña • 20 diciembre, 2020
Dos personas se acercan a Jesús en la misma cena, pero sus reacciones revelan corazones radicalmente distintos. Un fariseo llamado Simón lo invita a comer, pero no le ofrece agua para los pies, ni beso de bienvenida, ni aceite para la cabeza —las cortesías básicas que cualquier anfitrión daría a un invitado de honor. Su interés es tibio, distante, más curioso por verificar si Jesús es realmente profeta que por conocerlo. Por otro lado, una mujer conocida en la ciudad como pecadora irrumpe en la escena: llora tanto que sus lágrimas riegan los pies de Jesús, los seca con su propio cabello, los besa sin cesar y derrama sobre ellos un perfume costoso. Todo lo que ella tenía —sus lágrimas, su cabello, su frasco de alabastro— lo invirtió en adorarlo.
Jesús responde con una parábola: dos deudores, uno que debe quinientos denarios y otro cincuenta, ambos incapaces de pagar. El prestamista perdona a los dos. ¿Cuál lo amará más? La respuesta es obvia, y Simón la da: aquel a quien más se le perdonó. Pero ahí está la confrontación: Simón no se ve como deudor. Ve el pecado de la mujer, no el propio. Ella, en cambio, sabe exactamente de dónde viene y qué le ha sido perdonado.
El amor extravagante nace de un perdón reconocido como extravagante. Quien minimiza su deuda ante Dios responderá con frialdad; quien comprende que no podía pagar y aun así fue perdonado, se desbordará en gratitud. La pregunta que queda es directa: ¿con cuál de los dos deudores nos identificamos?
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
No hay mejor lugar, Señor, que estar a tus pies. Es allí donde podemos reconocer quiénes somos. Es allí donde nos ubica el pecado, Señor, y donde te ubica a ti en la posición de Rey y de Santo. Señor, nosotros queremos pedir que nos hables. Hemos venido a este lugar a entregarte adoración, pero también, Señor, hay necesidad de nosotros de que tú nos hables, que utilices tu Palabra para confrontarnos, para edificarnos, motivarnos, enseñarnos, Señor. Lo que esto esté andando, ayuda, que tu Espíritu Santo, Señor, sea con el pecador que predicará y con los pecadores que oirán. Pedimos esto para tu gloria, en el nombre de Jesús. Amén, amén. Dios les bendiga, pueden sentarse, amados.
Bueno, es estar aquí en esta ya tarde. Tuvimos un excelente tiempo de adoración ahora y también en la mañana. Y como mencioné en el servicio anterior, hay tiempos de intimidad con Dios, de canción a Dios que uno a veces no quiere que acabe, no quiere que acabe. Y eso se da por muchas cosas, verdad, porque el Espíritu de Dios así lo quiere, pero otras veces es porque estamos conscientes de quién él es y también de quiénes somos.
Y en esta ya tarde nosotros vamos a continuar con algo que comenzamos la semana pasada, que es una serie de sermones, de predicaciones acerca de encuentros con Jesucristo, y le hemos titulado "Jesús se revela". Y en la semana pasada fue, verdad, a un hombre casi perfecto, que era el joven rico. Y en esta ocasión vamos a hablar acerca de que Jesús se revela a dos deudores. Es una historia muy conocida, de mucha emotividad por los sentimientos y las expresiones de devoción que se incluyen en ella. Y nuestro interés es ver no solamente los personajes que están allí, que pueden ser ejemplos de lo que nosotros somos, sino también al Maestro y cómo él responde, cómo él evalúa, cómo él juzga todo lo que se está hablando o que está ocurriendo allí. Así que yo quiero que nosotros nos enfoquemos en eso principalmente.
En una ocasión Charles Spurgeon decidió escribir su autobiografía, y evidentemente la escribió parte de ella, no escribió el final, pero sí esos primeros años. Y escribiendo esta autobiografía, él dedica un capítulo completo a relatar cinco años que él sufrió una agonía profunda por esos cinco años antes de su conversión a los 15 años. Él era un joven que había crecido en la iglesia, padre pastor, asistía a la iglesia todos los servicios. Sin embargo, el Espíritu Santo lo llevó a revisar con profundidad lo que era su pecado, su propio orgullo, su propia autojusticia, autosuficiencia, y también su incredulidad. Esto es importante porque estamos hablando de alguien criado, verdad, en medio de un ambiente cristiano, como muchos se los criamos aquí.
Él también relata allí que gran parte de la sociedad de ese tiempo, sobre todo los cristianos de ese tiempo, trataban con ligereza el hecho de que eran pecadores, y la gente profesaba la salvación sin ninguna convicción profunda de su pecado. Él escribe lo siguiente: "Demasiados piensan de forma ligera sobre el pecado, y por lo tanto también piensan a la ligera del Salvador. Sin embargo, aquel que se ha presentado ante su Dios convencido y condenado como alguien con la soga al cuello, es el hombre que llora de alegría cuando es perdonado, odia la maldad que le ha sido perdonada y vive para el honor del Redentor por cuya sangre fue limpiado."
Solamente aquellos, como describe Spurgeon, que han conocido de dónde Dios les sacó, cuál era realmente su condición, pueden expresar adecuadamente el amor hacia este Dios. Cuando nuestra condición de pecado se ve borrosa o se ve como un estándar para lo que son la mayoría de las personas, pues mi reacción ante su perdón será promedio, será a veces fría y lejana.
Y en la historia que vamos a ver hoy nosotros vamos a encontrar esas dos reacciones. Por un lado, uno de ellos completamente consciente de su gran deuda y se rinde, verdad, allí se postra a los pies del Señor con una expresión abundante, extravagante si pudiéramos decir, en respuesta a la gracia abundante que ha recibido. Pero por el otro lado, hay otro personaje que no reconoce tanto que es un deudor. Esto lleva a una relación fría, distante, y hasta sin respeto al Dios hecho hombre que estaba ahí con ellos.
Y yo quisiera que mientras veamos esta historia, tú y yo tengamos en mente con cuál de los dos deudores nos identificamos. ¿Cuál es el concepto, verdad, que tiene nuestro corazón de esta persona llamada Jesús, delante de quien ellos estaban, hasta tal punto que nos lleva a reaccionar? ¿Cuál es ese valor que nosotros le damos a este Jesús? ¿Y cómo está mi pasión, mi devoción, entrega, en fin, mi amor por él, que se muestra de muchas formas?
Nosotros vamos a estar leyendo en Lucas capítulo 7, verso 36 en adelante hasta el 50, y vamos a hablar de que Jesús se revela a dos deudores. Iniciamos leyendo la Palabra de Dios en Lucas 7:36:
"Uno de los fariseos pidió a Jesús que comiera con él, y entrando él en la casa del fariseo, se sentó a la mesa. Había en la ciudad una mujer que era pecadora, y cuando se enteró que Jesús estaba sentado a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume. Y poniéndose detrás de él a sus pies, llorando, comenzó a regar sus pies con lágrimas y los secaba con los cabellos de su cabeza. Besaba sus pies y los ungía con el perfume. Pero al ver esto, el fariseo que lo había invitado dijo para sí: 'Si este fuera un profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que lo está tocando, que es una pecadora.' Y Jesús le dijo: 'Simón, tengo algo que decirte.' 'Dime, Maestro,' le contestó. 'Cierto prestamista tenía dos deudores: uno le debía 500 denarios y el otro 50. Y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó generosamente a los dos.' Bien, él le pregunta: '¿Cuál de ellos entonces lo amará más?' 'Supongo que aquel a quien le perdonó más,' respondió Simón. Y Jesús le dijo: 'Has juzgado correctamente.' Y volviéndose hacia la mujer, le dijo a Simón: '¿Ves esta mujer? Yo entré a tu casa y no me diste agua para mis pies, pero ella ha regado mis pies con sus lágrimas y los ha secado con sus cabellos. No me diste beso, pero ella, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. No ungiste mi cabeza con aceite, pero ella ungió mis pies con perfume. Por lo cual te digo que sus pecados, que son muchos, han sido perdonados, porque amó mucho. Pero aquel a quien poco se le perdona, poco ama.' Entonces Jesús le dijo a la mujer: 'Tus pecados han sido perdonados.' Los que estaban sentados a la mesa con él comenzaron a decir entre sí: '¿Quién es este, que hasta perdona pecados?' Pero Jesús dijo a la mujer: 'Tu fe te ha salvado, vete en paz.'"
Gloriosa, maravillosa historia, momento y evento donde se conjugan muchas emociones, reacciones, y de lo que es Jesús para cada uno de ellos.
Si pudiéramos dar un contexto a lo que es esta historia, nosotros sabemos que el Evangelio de Lucas se enfoca mucho en esta relación de Jesús con personas, con gente que en la mayoría de los casos están como en el límite de lo que es la sociedad de allá, como remitidos al borde, como mujeres, verdad, niños, pecadores en extremo como esta mujer, recaudadores de impuestos. Bueno, este es como que, dice, un material exclusivo de Lucas en el sentido de la repetición que él presenta de estas personas. Chuck Swindoll, el pastor, dice acerca de este Evangelio: "La representación que Lucas presenta con relación a Jesús muestra un hombre que vino a ministrar y mostrar compasión por todas las personas sin importar su posición en la vida."
Y esto es cierto para lo que eran considerados pecadores, como esta mujer, pero también es cierto para incluso los que no se consideraban pecadores. Esto siempre estaba abierto a hablar, a compartir el mensaje, a recibirles. Incluso él fue invitado en esta ocasión a comer con este fariseo.
El tema principal de este Evangelio, si nosotros pudiéramos resumirlo, lo encontramos en el capítulo 19, verso 10. Dice: "Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido." Ese es el tema de este Evangelio, y este título "Hijo del Hombre," repetido en todo el Evangelio de Lucas, apunta a este hombre ideal, representación de Dios, que vino para salvar a toda la humanidad, tanto a judíos como a gentiles.
Y hermanos, hasta este capítulo nosotros hemos visto muchos encuentros de Jesús con muchas personas. Incluso en este mismo capítulo vemos que él tiene una interacción con un centurión que ni siquiera es de frente, sino que el centurión manda a buscar a Jesús para que le sane un siervo. Este centurión, un hombre muy noble, y vemos cómo Jesús sana a su siervo desde la distancia por la fe de este hombre, por la gracia del Señor. También vemos cómo en este mismo capítulo Jesús tiene un intercambio con una viuda, una viuda cuyo único hijo muere, y entonces la caravana funeraria de esta viuda con su hijo se topa con la muchedumbre y Jesús caminando, y Jesús se detiene y resucita al hijo. Eso es lo continuo presentado en este Evangelio.
Y nosotros podemos ver que, además de encuentros con estas personas, cuando se encuentra y comparte con fariseos, las cosas no son tan como suaves, sino hostiles en muchos casos. Incluso en el verso 34 de este mismo capítulo 7 dice Jesús: "Un hombre glotón y bebedor de vino, amigo de recaudadores de impuestos y pecadores." Eso es Jesús, qué concepto tenían de él, ¿verdad? Además, en el capítulo 15 nosotros vemos también otra categorización que le hacen a Jesús. Dice: "Todos los recaudadores de impuestos y los pecadores se acercaban a Jesús para oírle, y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: 'Este recibe a los pecadores y come con ellos.'" Realmente, sí, Cristo era amigo de los pecadores, él los recibía y les atendía.
En esta ocasión, nosotros vemos entonces una comida con un fariseo, y aunque es interesante, verdad, que un fariseo le invite cuando sabemos que hay tantos roces con Jesús, esto se dio en varias ocasiones en la Palabra de Dios. En Lucas solamente vemos tres ocasiones; esta es una. En capítulo 11 también hay otra, cuando critican a Jesús porque no se lavó las manos antes de comer y pasar a la mesa, y Jesús les responde: "Ustedes los fariseos limpian lo de afuera del vaso y del plato, pero por dentro están llenos de robo y de maldad." Uy, esos criticitos sí les decía las verdades que ellos necesitaban escuchar, pero que no querían escuchar.
En el capítulo 14 hay otra invitación a Jesús a cenar, a comer, y esta es aún más extensa. Es una cena donde lo observan cuidadosamente, porque habían escuchado que Jesús estaba sanando enfermos y haciendo cosas en el día de reposo. Justo ese día era un día de reposo, y estaban ahí chequeándolo. Y lo hace, ahora vamos a ver. Y Jesús pregunta, antes de hacer cualquier cosa, sanar a nadie, dice: "¿Es lícito sanar en el día de reposo o no?" Como en muchas ocasiones, ellos guardan silencio y él sana al enfermo, muestra de que es el Señor del sábado. Y en el 14:7 ahora se dirige a ellos y los califica de esta forma: ustedes son caracterizados porque escogen los lugares de honor en la mesa, quieren toda la atención, quieren estar allí primero, cuando eso debiera ser todo lo contrario.
Y esta relación de Jesús con los fariseos fue de hostilidad, de hostilidad, hasta que al final querían matarlo, y lo lograron. En esta ocasión, en esta comida no se nota hostilidad, pero sí se nota frialdad. Sí se nota un hombre interesado en que Jesús venga a comer con él, pero cuando viene, no le brinda la hospitalidad que le hubiera brindado a cualquier otro invitado. Si Jesús hubiera sido el sumo sacerdote, mira hermano, el trato para con esa persona de este fariseo a ese sumo sacerdote hubiera sido espléndido. Pero esto muestra, verdad, que este hombre, a pesar de que estaba interesado, no tenía un interés genuino en conocer a Jesús como persona y sus enseñanzas, y mucho menos obedecerlas.
Por el otro lado, entonces nosotros encontramos a una mujer que no es para nada de los fariseos, todo lo contrario, es el lado opuesto, que muestra un amor extravagante y que no se le menciona nombre. No se menciona de dónde viene, cuándo conoció a Jesús, cuáles fueron sus pecados realmente; no se dice. Uno supone que es prostituta por la forma en que se llamaban a las mujeres como pecadoras. Y tampoco se conoce su futuro después de allí; solamente conocemos de ella lo que ocurrió en esta ocasión.
Él, un hombre respetado en la ciudad; ella, una mujer muy famosa también, pero por su pecado en toda la ciudad. Él, reconocido por cumplir las normas y las tradiciones que los religiosos guardaban en su tiempo; ella, por el otro lado, reconocida por una vida inmoral, incluso rechazada por todos, por el círculo religioso que representaba este fariseo; y él, aceptado por su aparente buena reputación. Estos son los dos casos, y yo pudiera ver un contraste grandísimo entre los dos, pero hay cosas que ellos tienen en común.
Y es que ambos, ya lo dije, están interesados en estar con Jesús. El fariseo lo invita y está interesado a su forma, pero está, y ella evidentemente también lo está. Pero lo segundo que tienen en común, y es lo que Jesús resalta más en este texto, es que ambos son deudores. Ambos no pueden pagar su deuda. La mujer evidentemente lo sabe; el fariseo no se nota.
Y nosotros entonces, al ver la reacción de cada uno de estos personajes ante Jesús, nosotros quisiéramos como separar el mensaje de hoy en tres partes. Espero que sean breves. La primera: cómo reaccionan cada uno de ellos ante Jesús. La segunda: ¿cuál es el veredicto de Jesús por las reacciones de estos dos deudores? ¿Cómo los juzga y evalúa? Y el último: ¿cuáles son los principios de enseñanza que él, Jesucristo, quiere como dejar fundamentados en esos que están ahí presentes, los que escucharon, y para nosotros hoy?
Iniciamos con la primera parte: la reacción de los dos deudores ante la persona de Jesús. Verso 36: "Uno de los fariseos pidió a Jesús que comiera con él, y entrando él en la casa del fariseo, se sentó..." Lo correcto o más apropiado ahí sería "se recostó a la mesa." ¿Por qué? Porque en ese tiempo las mesas eran bien bajitas y la tradición o la costumbre era poner cojines o alfombras abajo, o mantas, y uno se apoyaba en un brazo y comía de la mesa acostado, y los pies quedaban allá atrás.
Pero también algo significativo que a mí me llamó mucho la atención de esos momentos y esas comidas y escenas y demás, era que, a diferencia de nosotros hoy, si yo invito a cualquiera de ustedes a mi casa, los invito. ¿Quién viene? ¿Tú vienes con tu esposa? ¿Viene tu niño? Pues llegas. Sí, sí, viene, aunque están ahí. Estamos contando y en el que yo calculamos, mira, son tres, cuatro, y ya está. Entre esas personas cerramos la puerta; nadie más ha invitado, nadie más puede venir. Si usted pasa por ahí y no te he invitado, nosotros lo saludamos: "¿Cómo están? Estoy cenando aquí. ¿Qué tú quieres?" Pero tú no estás invitado, bro, de esa.
En el caso de ellos, ellos invitaban a alguien como Jesucristo en este caso, invitaban a otros, y esos invitados estaban ahí en la mesa, pero las puertas quedaban abiertas y todos los que querían podían entrar al lugar. No iban a comer, porque también no es para tanto era. Pero algunos se quedaban en las ventanas cercanas, otros se pegaban en las paredes, alrededor de estos que están allí comiendo, para escuchar la conversación, para ser como testigos de lo que ahí se está diciendo. Incluso era parte del entretenimiento, según los estudiosos. Este evento, esta reunión y esta entrada de esta mujer no fue difícil porque las puertas estaban abiertas y varias personas adicionales a los invitados estaban allí.
Este fariseo entonces muestra este interés al invitar a Jesús, mas, como se comprueba más adelante, la intención de él era otra. Era no conocer tanto a Jesús, sino comprobar o probar realmente si lo que se decía de él era cierto. "¿Será él un profeta como dicen, o él es un fiasco? Entonces mucha bulla y poca realidad, de verdad, poca verdad." Y eso es lo que ocurre más adelante. Por eso, incluso la forma en que trata a Jesús es evidente de que no hay un interés más allá de estar ahí a ver qué es lo que pasa.
No le ofrece agua para lavarse sus pies, y ustedes saben que en esos tiempos mucho polvo, mucho sudor. Los pies en nuestra sociedad actual, ya ustedes saben que a veces se pasan los pies. En esos tiempos aún más, con todos esos ingredientes. Bueno, cuando se invitaba a alguien a la casa, lo primero era esa cubetita, una toallita, y estás limpiecito, puedes recostarte con nosotros a comer.
Tampoco se le dio beso, como vemos más adelante. Era común saludar a las personas invitadas sobre todo, saludarlas con besos. Incluso en estos días un hermano de aquí de la iglesia me recomendó una serie que era de judíos y musulmanes, y era evidente cómo los judíos saludaban con varios besos. Y en algunas ocasiones no puedo decirle, como que me dio cosas. Pero es la expresión y la forma en que se saludan incluso el día de hoy; en esos tiempos aún más. Era costumbre dar beso entre los que estaban allí como invitados y los huéspedes, el anfitrión. Tampoco le ungió la cabeza con aceite, como también era costumbre. Por el calor, el sol, este aceite servía para refrescar a las personas y hacerlos más confortables. Entonces nosotros tenemos esta reacción fría de este hombre que no le da a Jesús nada de lo que era básico.
La otra reacción se encuentra en el verso 37 en adelante. Dice: "Había en la ciudad una mujer que era pecadora. Cuando supo que Jesús estaba sentado," —nuevamente, recostado— "a la mesa en la casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume, y poniéndose detrás de él a sus pies, llorando, comenzó a regar sus pies con lágrimas y los secaba con los cabellos de su cabeza, besaba sus pies y los ungía con el perfume."
Qué extremo de diferencia, ¿verdad?, entre uno y el otro. De ella no sabemos muchas cosas; de él, sabemos hasta su nombre. Algunos dicen que era María Magdalena, verdad, de la que se expulsaron varios demonios, pero no hay una evidencia escritural de la Palabra; no, en ningún lado se muestra que es ella. Otros piensan que era María, la hermana de Lázaro, de Betania. Incluso los otros evangelios, además de Lucas, cuentan una historia similar pero muy diferente a la vez, de María de Betania, la hermana de Lázaro, ungiendo a Jesús. Pero esta historia tiene muchos elementos muy diferentes, a tal punto de que estudiosos dicen que son dos eventos completamente distintos. Uno incluso ocurre al final de la vida de Jesús, que es el de la hermana de Lázaro; incluso Jesús dice que ella me está ungiendo para mi muerte. Pero en este caso, esto ocurre al inicio de Jesús en su vida aquí ministerial.
Por tanto, vemos esta mujer cuya expresión de amor, de asombro, de devoción, de pasión, de gratitud, es asombrosa. Nosotros podemos ver que ella rompe muchos parámetros de su época, y yo creo que de la nuestra también. En una reunión como esa, primero, que una mujer entrara en una reunión de hombres era algo muy difícil, a menos que estuviera sirviendo a los demás. Pero más allá de eso, ella no pertenece, no fue invitada; de ella, sus acciones, su vida, era inapropiada para todo ese entorno, y más delante de un maestro como Jesús.
En su contexto cultural, especialmente una mujer de esa calaña era repudiada y no le permitían la entrada, y mucho menos tocar a hombres. Soltarse el cabello públicamente era una de las razones por la que un esposo podía pedirle divorcio a su esposa. No tomen ideas. Pero esos eran los términos y normas de comportamiento de ese tiempo, y esta mujer rompe todas esas cosas. Llega a ese lugar y viene a Jesús; no importa lo que ella es, no importa lo que le digan, y en silencio, porque no dice ni una sola palabra.
En toda la historia, desde el momento hasta el final, ella comienza allí en sus pies a llorar y dice que riega. Comenzó a regar sus pies con sus lágrimas. La palabra ahí en griego es "lluvia"; comenzó a llover lágrimas de sus ojos que caían en sus pies. Y esos pies, verdad, sin habérselos lavado, por polvorientos, comenzaron a convertirse en lodo. Y más lágrimas y más lágrimas caían, y comenzaron a limpiarse. Y ella no tenía agua, y no había agua por un lado porque Simón el fariseo no puso agua, pero ella usó, como dice Lutero, el agua del alma para derramarla allí delante de Jesús.
Ella pudo haber mirado para un lado y el otro buscando una toalla entonces para limpiarlo, y no había toalla; tampoco Simón puso nada de eso. Tomó sus cabellos y comenzó a secar esos pies que estaban ya mojados. Y si usted se ponía a pensar, hermano, no había nada externo a ella para ella poder hacer las cosas. Ella utilizó todo lo de ella para limpiar los pies de Jesús, para secarlos y para ungirlos. Todo fue invertido de su parte para darle a su Señor. ¿Estás llevando lo que Dios quiere para contigo y para conmigo?
Perfume. El frasco donde estaba, que era un material fino, alabastro, era un material usado para guardar perfume costoso, y que era como de color así medio clarito, como de esos pasteles, y uno podía quebrarlo fácilmente para sacar el contenido. Y eso es justamente lo que hace: derrama el perfume. Y un perfume que antes pudiera haber sido un instrumento para su pecado ahora es usado con el propósito de adorar a Jesús, y no importa lo que cueste, ella lo derrama. Ella actuó con total convencimiento de quién ella era y de quién Jesús era.
Nosotros, porque conocemos el resto de la historia y cómo Jesús evaluó todo, sabemos qué motivó esta expresión tan grande de amor. Esta mujer pecadora en extremo había recibido algo que nadie le había dado. Había conocido hombres que le habían usado, que le habían tomado como objeto, que le habían rechazado, que le habían usado, pero encontró un hombre donde fluía la fuente de gracia y amor y perdón que ella nunca había recibido. Por esa gran ola de perdón y amor y misericordia, ella entonces es desbordada a decirle: "Gracias, Tú eres digno de esto y más. Tú eres digno". Ese era el corazón de ella; esa fue su reacción hacia este Señor.
Y vemos que el fariseo ya comenzó a no poner mucha atención, y terminan entonces diciendo en el verso 39 su reacción: "Pero al ver esto el fariseo que lo había invitado, dijo para sí: Si este fuera un profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, que es una pecadora". Aquí está: esto lo dijo para él mismo, nadie escuchó eso. Jesús sí. Él le juzga de que no es un profeta, pero Jesús más adelante le demuestra eso y más. Pero él entonces ahora categoriza las personas: "Esta mujer de baja calaña aquí en medio nuestro y tocando este hombre".
Y ahora, debido a eso que está ocurriendo, él comienza con Jesús: "Si este fuera un profeta, hace rato que lo hubiera echado fuera o no lo hubiera dejado tocar, pero no. Él parece no conocer quién es, parece no saber la clase de mujer, que no se puede ver". Entonces él toma la decisión de descalificar a Jesús, y como hemos dicho antes, lo considera ya un fiasco. "Esto es solo bulto; qué profeta, qué sana, pero mira, lo más evidente: aquí está mujer, todo el mundo la conoce, y él le pone la mano así". Los maestros no se dejaban poner la mano así. En cierta forma uno puede como decir: "Bueno, el fariseo pudo, o sea, razonar: mira esa mujer". El problema es que Jesús, cuando toma esta escena, el veredicto final no es de "sí, se entiende lo que dijo Simón", sino: "Tú has juzgado conforme a tu criterio y no has entendido el perdón de Dios".
Ahora hermanos, si les soy sincero, yo traté de ponerme en la escena de esa ocasión y sentado ahí como muy invitado, tal vez de los que están ahí pegados a la pared solamente chequeando, escuchando, y vi a esta mujer, o tal vez de los invitados sentado ahí cerca de la mesa. Y les puedo decir que yo creo que yo me sentí más inclinado a ver a esta mujer como Simón el fariseo que como Jesús. Yo me imaginaba, verdad, una reunión como esta o en una reunión, una casa donde sea, y viene alguien a expresarse de esa forma desproporcionada. "Esta mujer no pudo encontrar otro momento, tal vez a solas con él, o de una forma más reservada. ¿Será que le falta algo? ¿Está desequilibrada?". Como muchos de los hombres, a veces generalizamos erróneamente, verdad, que toda mujer es igual: emotiva y sentimientos por todo lado. Y nosotros, tal vez tú pudieras estar pensando lo mismo si eso ocurriera en una reunión como esta, que sería más como el fariseo.
Yo creo que esta reacción, incluso, Jesús se centra en conversar con el fariseo más que con la mujer. O sea que esta historia es más del fariseo que de la mujer que está a su lado, porque la intención de Jesús es extraer de este fariseo arrepentimiento. La mujer ya está arrepentida hace rato.
Ahora, si tú has visto esta escena y la has visto de la forma en que Simón la ve, es posible que, al igual que él, hoy seas llamado a atención de cómo tratas a otros en cuanto a tu propia autojusticia. De cómo ves a otros pecadores y su comportamiento y sus formas. "Esto es de la familia que bebe mucho, ¿verdad? Y que son unos parranderos y cuando se juntan todos..." Y tú desde lejos. Y es verdad que tenemos que poner límites y somos tentados a caer. Pero el trato distante, como este hombre juzgando desde dentro, a veces es frecuente en nosotros. O vemos en nuestro edificio donde vivimos una pareja de homosexuales que viven allí, entonces saludos así... y en nuestra mente estamos allí. Sí, estoy siendo sincero, ya digo, porque yo no sé qué va a pasar aquí. Estoy poniendo ejemplos de tal vez momentos en que tú y yo hemos visto a otros y hemos llegado a la conclusión: "Esto es de baja categoría, del lugar donde yo no pertenezco, y Dios que tome en cuenta con ellos, pero yo me voy a mantener limpio de esa cosa". ¿Es eso lo que hace Jesús? ¿Te has considerado mejor que otros? De esa forma has actuado como el fariseo.
Estas son las dos reacciones. Ahora, lo más importante no son esas reacciones, sino el veredicto del Maestro. Esta es nuestra segunda parte: el veredicto de Jesús por las reacciones de los deudores. Y Jesús usa no un video, un PowerPoint o muchos slides para hablar de todo esto, sino su elemento principal de enseñanza: la parábola. El 35% de sus enseñanzas fueron a través de parábolas, y él utiliza una ahora para enseñarle a Simón la realidad.
Y Jesús le dijo: "Simón, tengo algo que decirte". El original dice "Jesús respondió", pero ¿qué respondió si nadie le ha dicho nada? La mujer no habló, ni Simón tampoco dijo nada sino para sí mismo. Pero Jesús oyó claramente el pensamiento de Simón y respondió ante ese pensamiento. "Tengo algo que decirte". "Dime, maestro". "Cierto prestamista tenía dos deudores: uno le debía 500 denarios" —un denario, salario de un día; 500 días de salario, un año y pico y medio— "y otro 50, 50 días de salario. Y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó generosamente a los dos". Pregunta: "Simón, ¿cuál de ellos entonces lo amará más?".
Hasta este momento, Simón estaba como excluido de lo que estaba pasando: esa mujer y Jesús. No es justo. Pero Jesús ahora comienza a incluir a Simón en todo lo que está pasando. "Simón, hay dos deudores". "Ah, dos deudores, sí". "Ambos deben, no tiene ninguno con qué pagar". "Ninguno con qué pagar, lo ves". "Y el prestamista les perdonó la deuda total a los dos, libres". Simón pudo haber dicho: "Eso no pasa en la vida real", pero en tu historia también. Pero entonces Jesús hace una pregunta que forzosamente hace que Simón se vea incluido en la historia y en lo que está pasando: "¿Cuál tú crees que de ellos amará más?". Me imagino a Simón: "Supongo que aquel a quien le perdonó más". Y Jesús dijo: "Has juzgado correctamente. Ahora tú estás en esto, Simón. Ahora tú estás en la historia. Tú estás entendiendo: el que perdona o es perdonado ama más".
A través de estas palabras, Jesús nos hace entender las intenciones y la condición espiritual de cada uno de ellos, hermanos. Ambos son deudores, ambos no pueden pagar la deuda: una es excesivamente grande y otra pequeña. Y qué importante esos elementos que Jesús, con una maestría peculiar de él, incluye para que nosotros nos demos cuenta de que esta mujer evidentemente es la que debe muchísimo, y este que aparentemente no debe nada, solo debe los 50. Pero la historia no se queda ahí. Si se quedara ahí, tú puedes decir: "Si yo debo menos, yo lo pago". Pero la cruda realidad, Simón, es: ni tú ni ella pueden pagar. No tienen solvencia, no tienen dinero. Pueden vender todo lo que tienen y no van a poder pagar esa deuda.
Y si tú y yo ya, supongo que estamos abordando, verdad, esto: tú y yo estamos incluidos en esa parábola. Somos los deudores, somos los pecadores, somos aquellos que por más que nos esforcemos, no hay forma de pagar la deuda que tenemos delante de Dios. Tiene que venir el prestamista con su generosidad abundante a perdonar la deuda, pero no sin él asumirla. Nadie perdona una deuda sin tener que pagarla después, pues este pagó la deuda. Y nosotros entonces amamos.
Hermanos, vemos que ya Simón se está dando cuenta: él no es solamente un profeta, él es un profeta. ¿Cómo sabe lo que ella está viviendo? ¿Cómo sabe lo que yo estoy? ¿Cómo lo que yo pensé? Él es realmente un profeta, y más que eso se dará cuenta: Dios mismo.
¿Cuál es el veredicto de Jesús ante esta situación? Bueno, ahora le explica la parábola muy directamente. "Ahora entendiste la parábola, yo quiero explicarte la entera situación". Volviéndose a la mujer, le dice: "Simón, ¿ves esta mujer?". Sí, obviamente la viste. Desde que entró la vio y la juzgó y todo eso. Pero Jesucristo le está pidiendo: "Yo quiero que tú la veas ahora de una forma diferente, como yo la estoy viendo. Oye bien, Simón, ¿la ves? Ok, escucha: yo entré a tu casa y no me diste agua para mis pies, pero ella ha regado mis pies con sus lágrimas y los ha secado con sus cabellos". Primero: pero ella. Segundo: pero ella.
No me diste beso, pero ella, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. No ungiste mi cabeza con aceite, pero ella ungió mis pies con perfume. Y aquí viene la conclusión de lo que sucede en la parábola y de lo que estaba ocurriendo allí: "Por lo cual te digo que sus pecados, que son muchos, han sido perdonados, porque amó mucho. Pero a quien poco se le perdona, poco ama." Entonces Jesús le dijo a la mujer: "Tus pecados han sido perdonados."
Jesús compara allí los dos tratos y evidentemente uno es superior al otro. Cuando Simón juzgó la situación, él era superior y ella no valía la pena. Cuando Jesús evaluó la situación, Simón quedaba muy por debajo del trato y la expresión de aprecio, y ella muy por encima. Y allí se encuentra este fariseo, entonces, con esa realidad. Ella se desbordó rompiendo toda barrera social, ya dijimos.
Y aquí hay una diferencia que a mí me llamó mucho la atención, y es que, hermanos, este hombre invita a Jesús a su casa. "Jesús, ven, come conmigo, yo quiero que tú vengas aquí y podamos charlar." En el caso de la mujer, el verso dice que cuando ella se enteró de que él estaba allá, tomó el perfume y se fue huyendo allá. Y yo me quedaba pensando: ¿cuántas veces yo he hecho algo similar? No está mal pedir: "Señor, ven, Señor, entra a este lugar, entra a mi vida, entra a mi familia, pon orden aquí, ven a mi trabajo y conviértete. Ven, Señor." Pero muchas veces nos quedamos allí en que el Señor venga, y cuando él nos dice o nos enteramos "aquí estoy", no somos como esta mujer. No decimos: "Señor, no vengas, yo voy para donde tú estés y te voy a buscar, y mientras más te busque, más estaré lleno para impactar todo esto que me rodea." A veces pensamos en que tenemos que pausar la búsqueda del Señor para que él mejor venga para acá, pero este no es el caso de ella. Ella busca al Señor.
Nosotros vemos entonces que el final del contenido de esta parábola y de lo que Jesús aplica como veredicto es el siguiente. Ya lo sabemos: ambos son deudores y no pueden pagar la deuda. Hay un prestamista generoso que decide hacerlo. Y la pregunta entonces importante que Jesús hace es: ¿qué tan agradecido estás por el perdón recibido? ¿Cuál de ellos amará más? La respuesta ante esa pregunta determinará tu amor por Jesús.
La escena no termina allí, sino que hay otros que están sentados a la mesa, ¿verdad? Ya le dijo a la mujer: "Tus pecados son perdonados." Pero hay otros sentados que comienzan a decir entre sí: "¿Quién es este que hasta perdona pecados?" Algo que Jesús había oído antes. Pero Jesús ni siquiera se dirigió a ellos, sino que, aclarando ahora a la mujer, le dijo: "Tu fe te ha salvado, vete en paz."
Ahora Jesús pone orden a todo lo que ha estado aconteciendo. No fue la expresión de amor, ni el perfume, ni las lágrimas lo que salvó a la mujer. Lo que salvó a la mujer fue la fe depositada en Jesús, que le llevó salvación. Tu fe te ha salvado, y dentro de esa salvación hay perdón de pecados, y ese perdón de pecado abrumador da como respuesta un amor extravagante. Es el orden correcto.
Y hermanos, ella demuestra de muchas formas este amor, pero yo quisiera aclarar algo. Sería un error nosotros entender de que la respuesta ante ese perdón con amor simplemente es hacer expresiones emotivas delante del Señor, y eso es la muestra de que eres salvo. No, yo creo que te vayas un poco más adentro de esa mujer. El deseo de ella era agradar al Señor con lo que estuviera a su alcance, y en ese momento eso era lo que estaba a su alcance.
Ahora, este mismo Jesucristo que aplaude a esta mujer por esas expresiones increíbles de pasión y devoción, es el mismo que dice más adelante en Juan: "Si me amas, guardarás mis mandamientos." O sea que una vida que pudiera caracterizarse con muestras de pasión y éxtasis, pero que no esté acompañada con un esfuerzo consciente e intencional de obediencia, eso no es verdadero amor. Así que el corazón real del amor de esta mujer era agradar al Señor con todo lo que estuviera a su alcance. Y eso sí, eso incluía perfume, si eso incluía cabello, si eso incluía lágrimas, si eso incluía obediencia, si eso incluía santidad. Es allí el amor genuino hacia nuestro Señor: agradarle con todo lo que somos.
Hemos visto las reacciones, hemos visto el veredicto del Señor a cada uno. Yo quisiera que brevemente veamos ahora principios que yo creo que Jesús quiere dejar clavados en nuestro corazón y mente, que no nos podemos salir de aquí. Primero: el interés por Jesús no es suficiente. La prueba última de nuestra profesión como cristiano es amor. Yo quiero repetir eso: el interés por Jesús no es suficiente.
Y como dije en el primer servicio, me da miedo utilizar esta aplicación que voy a usar ahora mismo porque yo no soy Dios, pero lo voy a hacer de una forma general como pastor, y Dios que se encargue de aplicarlo. El interés por el Señor no es suficiente. Este lugar está lleno de personas, y es evidente que todos los que estamos aquí estamos interesados en Jesús. La mujer estaba interesada, el fariseo también estuvo interesado. Pero ¿qué pasaría si el interés de algunos de los que estamos aquí es como el del fariseo?
Y nuestra iglesia, o cualquier iglesia que nos esté viendo, pudiera pensar: "Bueno, es que allí hay buenos pastores o líderes entrenados, todos son profesionales y hacen las cosas bien, la excelencia sí para Dios." Y qué bueno que Dios les provee todo eso. Pero sentados aquí estamos interesados: "Bien esa iglesia. Tenemos allí comodidad, tenemos allí forma, organización muy espléndida, qué bueno, interesante." Y el pastor enseña y el pastor instruye, el líder también aconseja, y de este lado intelectualmente analizando todo, probando, pero somos interesados, pero no involucrados.
Jesús quiere no solo tu interés. Él quiere tu amor, él quiere tu relación con él, él quiere tu vida entera derramada para él. No un pedazo de ella, es todo para él. Y si por casualidad esto aplica para algunos de nosotros, amado, sería oscuro y nefasto el que pasen los años de tu vida simplemente interesados desde lejos, sin que te rindas y le digas: "Tómalo todo ya, todo es tuyo. Tú perdonaste algo que yo no podía pagar."
Martín Lloyd-Jones lo dice de una forma mejor. Dice: "No hay nada más aterrador que la posibilidad de pasar toda una vida teniendo nada más que un vago, general, nebuloso, incierto interés en el Hijo de Dios." Sí, sí, yo, me gusta ir, me gusta estar ahí. Pero qué pena, hermano, si solamente te quedas allí.
Ahora, es posible que la pregunta ahora sea: yo he estado interesado, pero no involucrado; no amor, no hay relación, no hay intimidad, no hay cercanía. ¿Cómo yo desarrollo ese amor? ¿Qué hay que hacer? Si esa es la pregunta, Jesús nos responde en este pasaje. Para amar a Jesús fervientemente, debes saber que eres un deudor. Si te consideras como este fariseo, de que toda tu vida está en orden, "hasta allá, que no llego; no, no, no, no, no, imposible; no, yo tranquilo, yo estoy bien", y no ves la gran deuda que está de tu lado y que debes pagar en algún momento, entonces tu amor va a ser siempre mediocre o inexistente.
Alguien dijo: "La altura de nuestro amor por Cristo será siempre proporcional a la comprensión de la profundidad de nuestro pecado." La altura de mi amor por Cristo, lo grande que va a ser, será proporcional a la profundidad en que yo he evaluado, visto, reflexionado acerca de quién soy y el pecado que me ha alejado de él. Y entonces, cuando entiendo ese pecado y veo el perdón increíble del Salvador, entonces lo normal es que ebulla ese amor hacia él.
El pecado del otro, amado, nunca será la medida o el término correcto para evaluar nuestra condición. Eso era lo que estaba haciendo el fariseo: mirando al pecado de ella. "Yo soy el profeta, yo soy el que juzga aquí, yo determino qué tan mal está ella, y yo estoy bien." Pero no, hermanos. En la palabra de Dios vemos que el estándar adecuado para yo considerarme un pecador no es el otro, es Dios y su santidad.
Isaías, que era un profeta santo y pudiéramos decir justo, en un momento dijo: "¡Ay de mí, porque estoy perdido, pues soy hombre de labios inmundos!" ¿Qué lo llevó a esa conclusión? Tener una experiencia con el Dios Santo, Santo, Santo. Isaías llegó a decir eso. Pablo, un hombre celoso de la palabra de Dios, fariseo de fariseos como este hombre, llegó a decir en un momento: "Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, entre los cuales yo soy el primero." ¿Cómo va a ser Pablo, un hombre celoso, un hombre fiel, un hombre justo? Él se encontró con el Santo, Santo, Santo, y él se vio a sí mismo: "El primero soy yo, cuéntame ahí, yo soy pecadorazo."
Así que para que nosotros podamos amar apropiadamente al Señor Jesús, tenemos que llegar a la conclusión de que tenemos una deuda muy grande. Todos hemos pecado y estamos destituidos de la gloria de Dios. No hay justo, ni aun uno.
Lo siguiente es que para amar a Jesús fervientemente, debes darte cuenta no solamente que tienes una deuda, sino que no puedes pagarla. Porque puede llegar que algunos de nosotros podamos decir: "Sí, yo sé, yo soy un deudor, claro, quién no es pecador, yo soy pecador, todos somos pecadores." Ahora, es posible que no vea la deuda en la magnitud y dimensión que Dios quiere que yo la vea: que es impagable. Que cuando yo voy a mi bolsillo espiritual y quiero hacer algo para pagar esa deuda y estar a frio con Dios, no me llega lo que tengo. Y busco en cuenta y vendo y empeño cosas y lo que sea, y no me llega para llegar a la santidad que Dios requiere para salvación. Esa es una deuda impagable que Jesús quiere dejar claro, pero este hombre se justifica a sí mismo.
John MacArthur decía: "El peor tipo de pecado es el pecado de la autojusticia propia. La suposición de que usted, solo por sus actividades religiosas y mérito moral, puede de alguna manera ganarse el lugar en el reino de Dios es el crimen más atroz de todos. Porque trata al sacrificio de Cristo con desprecio, y como innecesario y tonto." Esa era la cita.
Esa es la gran realidad: yo tengo una deuda y esa deuda es impagable, y yo no tengo nada que ofrecer. En el servicio anterior también recordé una ilustración que el pastor Ektor dijo una vez hace muchos años atrás, pero se me quedó en la mente. Imaginemos a un hombre que está invitado a una cena con los reyes, la reina Isabel, y Crown, y etcétera. Este hombre fue invitado a una cena por esta reina y el rey, y le dicen: "Te vamos a invitar y solamente tienes que estar aquí, vamos a comer y todo esto."
Imagínate que este hombre, entonces, al llegar allá a la puerta del palacio de Buckingham, se encuentra allá con un dos litros ahí. "Sí, reina, estoy aquí, pero traje el refresquito para que podamos seguir la vida aquí," o algo así. ¿Se imaginan? ¿Qué vas a traer a una cena como esa? ¿Qué vas a llevarle tú y yo a Dios para que Él te acepte y te deje entrar a su cena? No hay nada, cualquier cosa sería... Él pagó toda la cena, y Él pagó toda la deuda.
El último principio es para marcar fervientemente, que es lo que anhelamos: debes confiar totalmente en su gracia para perdonar tu impagable deuda. Por eso le dice a ella: "Tu fe te ha salvado." Esa confianza en Jesús como el Salvador puede llevar entonces a la persona a experimentar el perdón y entonces llevarlo a mostrar un amor que va desde expresiones como esta hasta una vida de santidad. El que ama poco, se le perdona poco.
Yo quiero aclarar algo, hermanos. En uno de estos pasajes se puede, a veces, pensar que porque ella amó mucho, entonces fue perdonada. Ya hemos hablado de que la fe va primero y todo eso, pero lo que Jesús está diciendo aquí es lo siguiente. Algunos de nosotros, tengo que sacar los datos de allá, en algún momento he jugado algún deporte con él, vaya que he vuelto a ella. Algunos juegan bien, otros no tanto. A veces nos toca retear mucho; retear significa esperar hasta que te toca el turno, porque pierdes mucho, estás siempre sentado esperando tu turno. A mí me ha tocado muchas veces. A veces estoy de afuera hablando con el que está allí y llego a la conclusión: "Este hermano como que ha estado practicando mucho, porque está jugando bien."
¿Qué ocurrió primero? ¿La práctica o el juego? La práctica, verdad. Este hermano ha practicado mucho, porque está jugando bien. Sus pecados han sido perdonados, porque amó mucho. ¿Qué ocurrió primero? ¿El amor o el perdón? El perdón, por eso amó mucho. Entonces el orden correcto siempre será recibir, confiar, el amor de Dios para mi vida.
Preguntas de cierre y evidentes para nosotros hoy: ¿Cómo está tu amor por Dios? ¿Cómo se muestra? El amor genuino se va a mostrar, hermano, de alguna forma, ya sea como esta mujer, ya sea con otras expresiones, con obediencia indiscutiblemente. Pero el amor extravagante proviene de un perdón extravagante.
Ven hoy como esta mujer y ven a los pies de tu Salvador. Si eres alguien que no le conoces, hoy tú puedes decir: "Estoy claro que debo algo que no puedo pagar. Yo quiero conocer al prestamista y quiero rendir mi vida como esta mujer allí y decirle: quiero escuchar de ti que he sido perdonado." Si eres un cristiano, pero te has dado cuenta de que eres como Simón y estás allí desde lejos buscando, este es el momento también que vengas al Señor y le digas: "Señor, yo soy un deudor. Muchas veces no lo quiero reconocer. Muchas veces no se nota en mi vida. Yo no tengo con qué pagar. Yo quiero venir a tus pies, porque Tú eres el sumo sacerdote que se compadece de nuestras flaquezas. Por tanto, yo puedo venir y acercarme con confianza al trono de la gracia para recibir misericordias y gracias." ¿Puedes hacer eso hoy?
Oremos. Señor, muchas gracias, porque ese Señor recostado allí cenando fue aquel que estuvo en un tiempo en gloria, lleno de majestad, pero un día, por amor al hombre, porque de tal manera amó Dios al mundo, envió a su Hijo. Por ese gran amor Él nació, Él vino. Enseñó y mostró, como en este encuentro, una gracia, un perdón, una compasión que no lo podemos encontrar en ningún otro lugar. Señor, que nosotros podamos ser de aquellos que se postran a tus pies, que vienen a ti y que te adoran con todo lo que son. En el nombre de Jesús. Amén.
Joel Peña sirve como uno de los pastores de la Iglesia Bautista Internacional, donde también dirige el ministerio de consejería bíblica. Es ingeniero industrial con estudios de posgrado en Productividad y Calidad, y sirvió en su profesión por 13 años antes de dedicarse al ministerio pastoral. Completó un Doctorado en Ministerio en el Southern Baptist Theological Seminary. Está casado con Angélica Rivera y juntos tienen dos hijos, Samuel y Abigail.