Integridad y Sabiduria
Sermones

Isaías y el Dios santo

Joel Peña 26 septiembre, 2021

Cuando los reinos terrenales se desmoronan, el Rey verdadero sigue sentado en su trono. Esa fue la experiencia de Isaías cuando, en el año de la muerte del rey Uzías, tuvo una visión del Señor alto y sublime, con la orla de su manto llenando el templo. Isaías conocía la corte real, había tratado con reyes y nobles, pero aquel trono era diferente: inalcanzable, rodeado de serafines que se cubrían el rostro y clamaban "Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos". Todo reaccionaba ante esa santidad: los seres celestiales en reverencia, los cimientos del templo temblando, el lugar llenándose de humo.

Y entonces vino la reacción del hombre pecador: "¡Ay de mí, que soy perdido! Soy hombre de labios inmundos". Isaías, miembro de la élite religiosa, alguien que había pronunciado seis ayes contra Israel por su hipocresía, ahora se incluye entre los inmundos. Es que cuando nos comparamos con la perfecta santidad de Dios, dejamos de medirnos contra el prójimo y nos vemos tan pecadores como cualquier otro. Pero precisamente ahí, cuando su santidad nos quebranta, su misericordia se manifiesta. Un serafín tomó un carbón del altar del sacrificio y tocó sus labios: "Es quitada tu iniquidad y perdonado tu pecado". Ese carbón apunta directamente a Cristo, cuyo sacrificio nos limpia y nos hace aptos para estar ante Dios.

El resultado de experimentar santidad y perdón fue servicio espontáneo e incondicional. Cuando Dios preguntó "¿A quién enviaré?", Isaías respondió sin pedir explicaciones: "Heme aquí, envíame a mí". Un corazón que ha sido quebrantado por la santidad divina y restaurado por su gracia siempre servirá.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Nunca olvidaré muchas de las canciones que hemos cantado, incluso hay otras que son un poco más viejas y más sencillas de cuando yo conocí al Señor. Les llamamos coritos. Y aunque no tenían tanta letra ni tanta profundidad, tenían verdades simples, sencillas, pero que quedaban en el corazón.

Uno de esos coritos que ministró mucho mi corazón en el tiempo de mi nuevo nacimiento decía simplemente así: "Hubo un cambio cuando a Cristo conocí. Hubo un cambio cuando a Cristo conocí. Y las cosas que yo hacía ya no las hago más, porque hubo un cambio cuando a Cristo conocí." Usted entenderá que esos coritos se repiten ciento cincuenta veces más y se le añaden algunas variantes.

Pero una de las cosas que para mí fue fresco y nuevo en ese momento es que yo comencé a experimentar esos cambios. Mi forma de hablar cambió, mi forma de pensar comenzó a dirigirse a otro lado. Mi forma de tomar decisiones fue diferente. Y pude experimentar lo que ese corito decía realmente: un cambio. Pero la fuente de ese cambio era lo que dice también el coro: porque a Cristo conocí.

Como usted y yo, tal vez nosotros tenemos un entendimiento de Dios dependiendo de dónde uno nace. Yo nací en una familia temerosa de Dios, pero no cristiana. Se hablaba de Dios de vez en cuando. Se oraba o rezaba de vez en cuando. Y Dios para mí era un amuleto, algo que utilizaba en ciertos momentos y otros no. Dios para mí era algo teórico que estaba allí y existía, pero nada más. Pero cuando a Cristo conocí, hubo un cambio.

Algo que no dice la canción, que es una realidad aún más profunda, pero una verdad: además de que cuando conocemos a Cristo hay un cambio, es que el cambio ocurrió además de conocerle, cuando me conocí a mí mismo también a través de lo que conocí de Él. Yo conocí que yo no era tan bueno como yo pensaba. Yo conocí que mis intenciones estaban teñidas de egoísmo, de interés, de orgullo, de vanidad. Como todos en esta tierra pensamos que somos muy buenos y que de alguna forma mi bondad me va a garantizar algo cuando yo me muera. Pero cuando a Cristo conocí, yo me conocí a mí mismo y dije: "No soy nada bueno." Hubo un cambio realmente cuando yo conocí a Cristo y a través de Él también me conocí a mí.

Lo maravilloso de nuestro Dios es que no importa cuándo ni cuánto tú le hayas conocido, yo estoy seguro que te falta por conocer más. Y si aún te falta por conocer, aún te falta por cambiar. Un mayor conocimiento de nuestro Dios nunca te dejará estático espiritualmente. Nunca. Mientras más le conoces en su carácter, más te conocerás a ti, más querrás cambiar para ser como Él.

Si no me crees, pregúntale a Job. Un hombre intachable, dice la Biblia, recto, temeroso de Dios y apartado del mal. Cualquiera diría: "Job conoce a Dios, no le hace falta más nada." Y al final de su libro él dice: "De ti, solo de oídas. Pero ahora mis ojos te ven, por eso me retracto y me arrepiento en polvo y ceniza." ¿Qué es esto? Un hombre intachable, un hombre temeroso de Dios, apartado del mal, y dice que no conocía a Dios. Y mientras más conoces de su carácter, más te conocerás a ti y más querrás cambiar para ser como Él.

Si no me crees todavía, pregúntale a Pablo. Que en su currículum él pone algo como: "Yo soy circuncidado a los ocho días de nacer, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos, en cuanto a la ley fariseo, en cuanto al celo perseguidor de la iglesia, en cuanto a la justicia de la ley hallado irreprensible." Eso soy yo. ¡Guau! Ya eso no le falta nada. Y más adelante, después de eso, él dice: "Pero todo lo que era para mí ganancia, lo he estimado como pérdida por amor de Cristo." Y aún más, aquí viene: "Yo estimo como pérdida todas las cosas, en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor." Porque mientras más conoces de su carácter, más te conocerás a ti y más querrás cambiar para ser como Él.

Si estos ejemplos aún no te convencen, o si ya estás convencido, yo te invito también a ver en esta mañana la experiencia de un hombre que pudo decir tal vez que era recto, pero que cuando conoció y se encontró con este Dios, dijo: "Yo soy inmundo." Veamos a Isaías y el Dios santo.

Isaías capítulo 6, versos del 1 al 8. De esta forma nosotros vamos a concluir nuestra mini serie que hemos tenido por estos cuatro domingos: "Encuentros con Dios en el Antiguo Testamento." Ya hemos hablado acerca de Abraham y el Dios que prueba y provee. Bendito Dios, nos trae prueba, pero junto con la prueba trae la provisión para nosotros poder subsistir. Nos hemos encontrado con Elías y el Dios cercano, un hombre abandonado por toda la sociedad y todo el reinado se encuentra con un Dios que no le abandona y se acerca con paciencia y compañía. Y también vimos a Gedeón y el Dios que fortalece y respalda. Hoy veremos a Isaías y el Dios santo.

Leemos Isaías 6 del 1 al 8: "En el año de la muerte del rey Uzías vi al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y la orla de su manto llenaba el templo. Por encima de Él había serafines. Cada uno tenía seis alas: con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies, con dos volaban. Y el uno al otro daba voces diciendo: 'Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos. Llena está toda la tierra de su gloria.' Y se estremecieron los cimientos de los umbrales a la voz de aquel que clamaba, y la casa se llenó de humo. Entonces dije: '¡Ay de mí! Porque perdido estoy, pues soy un hombre de labios inmundos y en medio de un pueblo de labios inmundos habito, porque mis ojos han visto al Rey, el Señor de los ejércitos.' Entonces voló hacia mí uno de los serafines con un carbón encendido en su mano que había tomado del altar con las tenazas. Con él tocó mi boca y me dijo: 'Esto ha tocado tus labios, y es quitada tu iniquidad y perdonado tu pecado.' Y oí la voz del Señor que decía: '¿A quién enviaré y quién irá por nosotros?' '¡Aquí estoy! ¡Envíame a mí!' le respondí." Amén.

Hay mucho más en los pasajes y versos siguientes acerca de este encuentro. Pero hoy trataremos de enfocarnos solamente en ese momento en que Isaías es testigo de esta gloriosa visión que él tiene de Dios y todo lo que le rodea.

El libro de Isaías es uno de los escritos más ricos en contenido histórico, profético y hasta poético. El Nuevo Testamento está lleno de referencias a Isaías. Y usted y yo estamos familiarizados con muchas de ellas, porque todo cuanto se refiere a Cristo casi está referenciado en Isaías. Nosotros vemos en Isaías que Jesús nació de una virgen, quinientos o setecientos años antes, en Isaías capítulo 7. Las palabras de Juan el Bautista, o en referencia a Juan el Bautista, se encuentran en Isaías: "Una voz clama: preparen en el desierto camino al Señor." Todos estos son pasajes que nosotros vemos acerca de Cristo en Isaías. "El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para..." Eso está en Isaías también. Jesús como el Hijo de David prometido para ser un rey triunfante está en Isaías. Jesús como el siervo sufriente, cuyas heridas traerían salvación, también está en Isaías 53. Y muchos, muchos versos más. Incluso las personas, los estudiosos, dicen que nosotros somos negligentes y hasta necios si no vamos a estudiar este libro con frecuencia, porque hay tesoros incalculables que muestran aún más a Cristo y su gloria.

Este libro fue escrito obviamente por Isaías, que lleva su nombre. Isaías, Yeshayá, "Dios es salvación," de donde mismo sale el nombre de nuestro Salvador y de Josué: "El Señor es salvación." Él era nada más y nada menos que un aristócrata, o sea alguien cercano a la nobleza. Se codeaba muchas veces con los reyes, con aquellos que tenían autoridad. Y este era un profeta particular por eso, porque no era del vulgo, no era de aquellos que salen de una cueva. No, él era un hombre conocido, respetable en la sociedad, y tenía acceso al rey y a la corte real.

Esta visión está muy relacionada a un hombre como él con acceso al rey y a la corte real. Y en la visión él ve al que está sentado en el trono y se da cuenta que no hay otro rey como ese. Él se pudo haber codeado con todos los reyes que él quisiera, pero ese no es comparable.

Isaías entonces ministra en el pueblo de Israel por cuarenta años y pasan varios reyes. Este Uzías que es mencionado aquí fue el primero, después su hijo Jotam, Acaz, Ezequías, y algunos también incluyen al hijo de Ezequías, Manasés, por medio de quien, según la tradición, Isaías es aserrado por la mitad. Eso dice Hebreos 11:37 acerca de profetas que vivieron eso.

Isaías entonces fue usado para confrontar a los líderes y al pueblo de Dios en varias áreas de pecado. Y nosotros tenemos que entender un poco esas áreas de pecado para poder entender este encuentro en Isaías 6, y no que esto se quede como: "¡Ah, qué hermoso! ¡Ah, qué asombroso!" Pero Isaías conocía cómo estaba el pueblo. Y él confronta a los líderes acerca de su hipocresía, su avaricia, su autocomplacencia, su cinismo. La prosperidad había llegado a la nación. Uzías había sido usado para extender el reinado de Israel de una forma tan grande que hasta llegó a los límites de Salomón, donde el reinado fue lo más grande posible. O sea que Uzías fue usado para prosperidad. Sin embargo, los que estaban en posiciones poderosas habían devorado esa prosperidad y se habían olvidado de observar lo que Dios quería, hasta el punto que mientras la gente confesaba al Señor con sus labios, sus corazones estaban lejos de Él y sus sacrificios eran una farsa.

Usted conoce ese pasaje, ¿verdad? Usted conoce el pasaje que el mismo Isaías escribe, diciendo: "De verdad —dijo entonces el Señor—, por cuanto este pueblo se acerca a mí con sus palabras y me honra con sus labios, pero aleja de mí su corazón, y su veneración hacia mí es solo una tradición aprendida de memoria". Y será el pueblo de Dios. Y yo no quiero que veas el pueblo de Dios cada vez que hablemos de él como el pueblo Israel, sino que puedas verte a ti como el pueblo Israel también. Este pueblo se acerca a mí con palabras, me honra con sus labios, pero aleja de mí su corazón, y su veneración —lo veneran, sí, sí— pero su veneración hacia mí es solo una tradición aprendida de memoria. Este era el pueblo de Israel, y es imposible, como dije ahorita, saborear el capítulo 6 sin conocer cómo estaba el pueblo.

Y voy a leer brevemente el capítulo 1, algunos pasajes, para que ustedes sientan lo que Dios siente acerca de este pueblo. Y tal vez tú y yo estemos incluidos ahí, como este pasaje del capítulo 29 que acabo de leer. Dios dice: "¡Oigan, cielos, y escucha, tierra, porque el Señor habla!". Dice el Señor así: "¡Hijos crié y los hice crecer! Pero ellos se han rebelado contra mí. El buey conoce a su dueño y el asno el pesebre de su amo, pero Israel no conoce; mi pueblo no tiene entendimiento". ¡Wow!

Lo más doloroso es decir lo que Dios dice en el verso 11: "¡Cansado estoy de holocaustos! ¿Qué es para mí la abundancia de sus sacrificios? —dice el Señor—. La sangre de novillos, corderos y machos cabríos no me complace. No traigan más sus vanas ofrendas. El incienso suyo es abominación para mí. Cuando extiendan sus manos, esconderé mis ojos de ustedes. Si aunque multipliquen las oraciones, no escucharé. Sus manos están sucias, llenas de sangre". ¡Wow! Esto es antes del capítulo 6 que leímos.

El capítulo 5, justo antes del capítulo 6, nos habla de una maravillosa parábola. En el Antiguo Testamento también hay parábolas. Y aquí Dios mismo da una parábola, diciendo en el capítulo 5, verso 1: "Mi bien amado tenía una viña en una fértil colina. La cavó por todas partes, quitó sus piedras y la plantó de vides escogidas. Edificó una torre en medio de ella y también excavó en ella un lagar". Usted sabe lo que es un lagar, ¿verdad? Lo vimos el domingo pasado: lugar donde se preparaban los vinos y se machacaban las uvas. "Excavó en ella un lagar. Esperaba que produjera uvas buenas, pero solo produjo uvas silvestres. Moradores de Jerusalén y hombres de Judá, juzguen entre mí y mi viña. ¿Qué más se puede hacer por mi viña que yo no haya hecho en ella?". Verso 7: "Ciertamente la viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel".

Entonces, Israel se encuentra con Dios en el capítulo 6. Y Dios, ante el pecado no confesado, no arrepentido, no reconocido, hace dos cosas según MacArthur. Dice: o él los entrega en sus pecados, como lo vemos en Romanos 1 —verdad, Dios los entregó a sus deseos— o él los busca. Y en el caso de Israel llegaba el momento de justicia y juicio. Isaías conoce todo esto. Imagino la angustia de un profeta como él, conociendo la condición del pueblo y sabiendo que juicio viene. Y entonces se encuentra con Dios en este pasaje del capítulo 6.

Nosotros solamente vamos a ver cuatro enseñanzas de esos versos que leímos. Las cuatro son: cuando los reinos celestiales acaban, como el reinado de Uzías, el Rey Santo sigue en su trono. Segunda: cuando su santidad se despliega, todo lo creado reacciona. Cuando su santidad nos quebranta por nuestro pecado, su misericordia se manifiesta. Y cuando experimentamos su santidad y su misericordia, el servicio, la adoración a Dios, es espontánea e incondicional.

Comenzamos con la primera enseñanza: los reinos terrenales acaban, el Rey Santo sigue en su trono. Y eso lo leemos en el verso 1, ¿verdad?: "En el año de la muerte del rey Uzías, vi al Señor sentado sobre su trono, alto y sublime, y la orla de su manto llenaba el templo". Sabemos que Uzías era rey de Judá y reinó por mucho tiempo, hermanos. Cincuenta y dos años en prosperidad, en bienestar. Era uno de aquellos reyes que temió a Dios, pero lamentablemente, al final de sus días, comenzó a llenarse de orgullo. Y la Palabra de Dios dice que él se creyó tanto que hizo lo que Saúl hizo en un momento: quiso entrar y ofrecer sacrificios a Dios en el templo, cuando eso solamente le correspondía a los sacerdotes. La Palabra de Dios dice que su corazón se enalteció hasta su perdición, y el sumo sacerdote en ese momento, llamado Azarías, junto con ochenta sacerdotes más, le dijeron: "No te corresponde a ti, Uzías, quemar incienso al Señor, sino a los sacerdotes". Segunda de Crónicas 26:16-18. Y allí Uzías continuó y se quejó y peleó con ellos. No, no, no, no. Y en ese momento Dios envía juicio desde lo alto y desde su frente comienza a salir lepra.

Y fue expulsado del templo como lo exigía la ley y obligado a residir en una casa separada hasta su muerte. El rey, el soberano de la nación, ahora recluido con lepra y considerado inmundo, como usted podrá saber por Levítico. Abandonado por haber ofendido a Dios. El leproso en aquel tiempo tenía él mismo que decir cuando caminaba en la calle: "¡Inmundo, inmundo!". Y la gente salía y se —como decimos en Dominicana— se les persignaba. Y la gente y el sacerdote declaraban esa inmundicia.

Entonces, Isaías ministra en este tiempo, en ese momento en que Uzías muere. Y allí entonces, en un momento triste, se encuentra con Dios y dice: "Y vi al Señor". Hay muchos versos en la Biblia que dicen que eso es imposible. ¿Qué pasa ahí? Ver a Dios. Dice la Palabra: "Ningún hombre puede verme y vivir". "A Dios nadie le ha visto jamás", dice Juan 1:18. Incluso Pablo mismo dice en Timoteo: "Habita Dios en luz inaccesible, a quien nadie ha visto ni puede ver". Entonces, ¿cómo es que Isaías dice "y vi al Señor"?

Y esto no solamente Isaías lo vive. Nosotros sabemos que otros personajes vieron a Dios. Y me impresionó mucho la explicación de un teólogo llamado John Piper acerca de estas visiones y esta forma de ver a Dios del ser humano como tú y como yo delante de Dios inaccesible. Dice: el hombre no puede ver a Dios en su esencia. El hombre solamente puede ver a Dios tal como se ha revelado a sí mismo. Cada vez que una persona ve a Dios en la Biblia, es una indicación de que Dios se ha adaptado a la capacidad limitada de la criatura para que pueda ser visto. ¡Wow! Cuando este Dios majestuoso, infinito, que nadie resiste su presencia, decide revelarse a un hijo y a una hija de él, él decide adaptarse a ella para que ella pueda degustar, él pueda degustar de su presencia. ¡Wow! Esto hizo Dios en el capítulo 6.

"Vi al Señor", el Adonai, el Dios Supremo, Señor Supremo, sentado sobre un trono alto y sublime. Como hablábamos, Isaías ha estado acostumbrado a ver muchos tronos, a ver muchos reyes. Ahora se encuentra con un trono un poco diferente; incluso todo lo que le rodea es diferente. Es un trono alto y sublime. En inglés es más literal: "high and lifted up". Un trono alto y levantado en alto. Es un trono alto y exaltado, excelso, inalcanzable a los ojos. Y las orlas de su ropa llenaban todo el lugar, todo el templo. Las orlas, el borde, esos adornos que estaban al final, eso solamente llenaba el templo. Imagínense aquel que está sentado en ese trono. Y es descrito como alto y sublime el trono.

Y usted y yo hemos escuchado en otro lugar donde esa expresión está, ¿cierto? Isaías mismo, capítulo 57, verso 15, dice: "Porque así dice el Alto y Sublime, que vive para siempre, cuyo nombre es Santo: Yo habito en lo alto y santo, y también con el contrito y humilde de espíritu, para vivificar el espíritu de los humildes y para vivificar el corazón de los contritos". Este que estaba ahí sentado era el Alto y Sublime. Y porque él era el Alto y Sublime, su trono lo era también.

Todo lo que Dios utiliza y donde él se hace presente es afectado por sus atributos. Usted lo sabe, ¿verdad? Dios en la zarza ardiente. Moisés se acerca: "¡Ah, me voy a ver qué es eso!". "¡Moisés, espérate! Porque el lugar donde estás es santo". ¿Por qué? Porque él es Santo. Lo mismo le pasa a Josué, ¿verdad? Frente al comandante, aquel capitán de los escuadrones del Señor. Y se acerca a este guerrero y Josué le dice... "No, no, no, ¡quítate tu calzado! ¿Por qué? Porque este lugar es santo. No te acerques". Dios se hace presente, como mencionábamos en la adoración, en el monte Sinaí frente a los israelitas, y ese monte era llamado santo. Porque Dios está allí. Todo lo que Dios usa y donde se hace presente es afectado por sus atributos.

Y este trono no escapa de eso. Y déjame decirte algo: tú y yo no escapamos de eso. Si Dios se hace presente en ti, como lo está si eres cristiano, con su Espíritu, eres santo. Si eres su posesión, él te declara nación santa, pueblo adquirido por Dios para anunciar sus virtudes. Su trono es alto y sublime porque allí está sentado un Rey que está sobre todo. Él no tiene solamente autoridad, sino que tiene poder sobre todo.

Y por eso nosotros decimos, ¿verdad?, que cuando Isaías ve a un rey terrenal irse y morir, el Rey Santo aún sigue gobernando. ¡Qué grandes implicaciones tiene eso para Isaías y para ti y para mí hoy! Isaías pudo estar angustiado por lo que estaba pasando en el pueblo. Esto es un lío, ¡qué desastre! Isaías pudo estar angustiado porque ahora se muere el rey donde había prosperidad, enfermo de lepra. Y ahora, ¿qué pasará? Y de repente, él ve al Rey verdadero sentado en su trono inmutable. ¡Inmutable! Todavía hay alguien que gobierna, Isaías. Todavía hay alguien en control, Isaías.

Dependiendo de quién sea tu rey, hermano y hermana, tu vida tendrá paz o temor. Tú puedes buscar la lista de reyes que puedas tener tú mismo, ¿verdad? Lo que adoras, lo que buscas, donde te sientes seguro. Pero dependiendo de quién sea tu rey, eso te quitará la paz o te dará paz. Y Dios, sentado en su trono, quiere dejarle decir a su pueblo a través de Isaías que él es quien gobierna finalmente y quien está bajo reinado de todo el universo.

Por tanto, si tu rey es el que está sentado, como Isaías dice en el capítulo 40, si tu rey es el que está sentado sobre la redondez de la tierra, cuyos habitantes son como langostas, el que extiende los cielos como una cortina y los despliega como una tienda para morar, él es el que reduce a la nada a los gobernantes y hace insignificantes a los jueces de la tierra. Y si ese es tu rey, estarás tranquilo, estarás tranquilo porque cuando los reinos terrenales acaban, el Rey verdadero sigue en su trono.

Según la enseñanza, cuando su santidad en ese trono se despliega, todo lo creado reacciona. No hay un ser presente, incluso no hay un ser inanimado presente en ese lugar que no reaccione ante la santidad de este majestuoso Dios. Esta es la única parte, dice la Palabra, porque leemos en el verso 2: "Por encima de él había serafines, y cada uno tenía seis alas; y se cubrían los pies, los rostros, y volaban". La única parte de la Biblia donde se menciona que hay serafines, seres como de fuego, en llamas, dice la Palabra de Dios. El único otro lugar, como dijo el pastor Luis León, es Apocalipsis 4, que parecen seres o serafines, unos seres vivientes que tenían también seis alas, pero tenían una descripción que no se describe aquí.

Por tanto, serafines eran seres de fuego celestiales que habitaban delante de la presencia del Señor. Donde hay fuego, hermanos, en la Biblia —y tengo muchos pasajes aquí que no los voy a leer— pero fuego mostraba la santidad de Dios cerca. Y es increíble, ¿verdad? Porque estos seres deberían ser resplandecientes. Pero el que estaba en el trono era aún más, y ellos tapaban sus rostros. Ellos no podían ante la presencia de ese Rey que estaba sentado allí, y ellos reaccionan, verdad, en reverencia, en temor. Se cubren incluso sus pies. Otra palabra ahí es la misma palabra para piernas, o sea que se cubrían el cuerpo, en modestia, en humildad delante de aquel que estaba allí. Volaban cerca de él, como estando dispuestos para hacer lo que él quiera. Dígame, esa es la reacción de estos que habitaban allí.

Pero su mayor reacción no era solo esa, y usted la leyó conmigo. El uno al otro se decía mutuamente: "Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos; la tierra está llena de su gloria". Me llama la atención que esto no es como dirigido directamente a Dios, sino era entre ellos. Dios les había impactado tanto, incluso se tapaban y se decían el uno al otro: "Santo, santo, santo".

Esto nos habla mucho de lo que tú y yo no solamente debemos traer aquí, verdad, en adoración y levantar nuestras manos, sino en cómo tú y yo hablamos, nos expresamos. No sé si a usted le ha pasado, pero muchas veces yo estoy, o estamos con amigos y hermanos cristianos, estamos ahí: "Tú sabes quién ganó el juego de pelota, increíble, el batazo". Y de repente tú dices algo: "Es asombroso lo que Dios hizo también en mi vida", y el silencio. Como que, pero está molestando, está como fuera de tono. Y a veces no hablamos entre nosotros de este Santo, de este Dios increíble. Pero estos serafines se decían el uno al otro que él es santo.

Es que no hay nadie que escape a esa santidad, y esta triple repetición, ya lo hemos visto antes, es el más potente de los superlativos. Es el único atributo de Dios que se repite de esta forma, porque nada es tan santo como Dios; es su esencia. Dios está completamente separado, eso significa santo: separado, cortado del pecado, y está infinitamente por encima de todas las criaturas en pureza, gloria y majestad. Eso es santo.

A. W. Tozer dice: "Dios está solo en su majestad, nadie está ahí. Es único en su excelencia y sin comparación en sus perfecciones". Eso es santo. Ese es Dios. John Piper lo dice de una forma que me impactó mucho: "Su santidad es, en última instancia, su esencia divina y única. Ella determina lo que él es y hace, y que a él nadie lo determina. Su santidad es quien él es como Dios, y lo que nadie más es ni será jamás". Termina la cita. Esa es su santidad, y cuando su santidad entonces es desplegada, la reacción de los seres celestiales fue de reverencia y adoración.

Pero las reacciones siguen, ¿verdad? Usted sabe qué otras cosas ocurrieron. La reacción del mundo inanimado dice: "Y se estremecieron los cimientos de los umbrales a la voz del que clamaba, y la casa se llenó de humo". Todo aquel lugar tembló y se llenó de humo. Este tipo de reacción de las cosas inanimadas no es la primera vez que pasa, y están en toda la Biblia, hermanos. El monte tiembla y se llena de humo en su presencia. El tabernáculo de Moisés, incluso el templo hecho por Salomón, se llena de humo con su presencia. El día de Pentecostés estaban orando y el lugar donde estaban tembló. La Palabra dice en Salmo 114: "Tiembla, oh tierra, ante la presencia del Señor, ante la presencia del Dios de Jacob, tiembla".

Cuando la santidad de Dios es desplegada, la reacción de los seres celestiales fue de reverencia y adoración. Pero la reacción del mundo inanimado es que no se quedó quieto. El mundo inanimado tembló y se llenó de humo. Como que dice: "Yo no puedo hablar, pero sí puedo temblar".

La última reacción que vemos aquí es la reacción del hombre, el ser terrenal, verso 5: "Entonces dije: ¡Ay de mí! Porque perdido estoy, pues soy hombre de labios inmundos y en medio de un pueblo de labios inmundos habito, porque mis ojos han visto al Rey, el Señor de los ejércitos". Ahora vemos a un hombre, como tú y yo, pecador delante de este Dios. La reacción de este hombre es de un hombre que reconoce su pecado, está contrito por su pecado, y reacciona en temor reverente y asombro cuando se enfrenta a la presencia manifiesta del Santo de Israel, como dice Isaías ese título muchas ocasiones.

¡Ay de mí! ¡Ay de mí! Ustedes saben que en el capítulo 5 Isaías dijo seis ayes también contra Israel: "Ay de ti, ay de ti, ay de ti, ay de ti". Y ahora le toca el ay para él. La santidad de Dios es traumática para personas no santas, dice R.C. Sproul. Para aquellos que no tenemos una esencia en santidad, cuando estamos frente a la santidad de Dios, esto es traumático, o debería serlo para nosotros. Porque esto nos quebranta y nos hace ver no solamente lo inmaculado que es Dios, sino lo sucio que yo soy. Lo inadecuado que soy para estar allí.

Las razones de este lamento de Isaías son las siguientes, son cuatro. Uno: yo estoy perdido, arruinado o deshecho, como dicen en inglés, undone. Yo estoy perdido, deshecho. ¿Por qué? Por mi inmundicia. Yo soy un hombre de labios inmundos. Yo, así como el verso en el capítulo 29, que alaban solamente de labio, yo soy también así. Y yo también, tercera razón, vivo y habito en medio de un pueblo de personas inmundas. Y la cuarta razón es que al estar en esa condición pecaminosa e indigna, sus ojos han visto al Rey. Entonces, ¡ay, ay, ay!

Isaías conoce el Antiguo Testamento, hermanos. Él sabe que todo aquel que vea a Dios es fulminado. Todo aquel que toca el arca inapropiadamente, porque no le toca, es fulminado. Todo aquel hijo, aunque sea de un sacerdote como Aarón, que trae fuego extraño, es fulminado con fuego. Isaías entonces se da cuenta de su condición y dice: "Yo he visto a Dios, se acabó esto. Adiós a mi esposa, a mis dos hijos". Pero es la reacción correcta ante la santidad de Dios.

R.C. Sproul dice: "Esta revelación de la santidad de Dios tuvo un impacto devastador en Isaías, abrumado por la aguda conciencia de su propia pecaminosidad". Esto es notable considerando quién era Isaías. Era miembro de la élite religiosa. O sea, no era, como dijimos anteriormente, no era cualquier persona, era un hombre de la élite social y religiosa de ese tiempo. Este podía ser uno de los que más se guardaba para cumplir la ley. Sin embargo, este que es uno de los más dignos, delante del Rey santo, santo, santo, es un inmundo cualquiera.

Y es asombrosa la humildad de Isaías al decir esas cosas. Porque si usted recordara quién fue inmundo en ese mismo año: el rey Uzías. Inmundo ese rey, así. Él dijo los seis ayes en el capítulo cinco: "Los hijos de Israel, tú eres inmundo también". Pero Isaías se encuentra a él mismo en la ecuación de los inmundos, y se incluye allí. Y es que cuando nosotros nos comparamos con la perfecta santidad de Dios, hermano, nos vemos tan pecadores, nos vemos tan pecadores como cualquier otro.

Muchas veces tú y yo tratamos de comparar nuestra santidad con aquel que está al lado. "Pero yo no hago... yo por lo menos no hago eso". "¡Ay, qué bárbaro! Cayó de esa forma. ¡Cómo está esta iglesia, eh! ¡Cómo está este mundo! Estos cristianos de ahora..." Cuando nos comparamos con el estándar adecuado, que no es el otro sino Dios, nos vemos tan pecadores como cualquier otro. Y se acaba de hablar del otro. Al estar ante el estándar de Dios tres veces santo, somos humillados y dejamos de compararnos con otros, igual de pecadores como nosotros. Cuando entonces la santidad de Dios fue desplegada, el hombre es quebrantado, reconoce su pecado y muestra una actitud de arrepentimiento.

Obviamente la pregunta ante todas estas reacciones para ti y para mí es: ¿y tú y yo qué? ¿Hace cuánto tú no has tenido un encuentro con el Dios Santo, Santo, Santo? O si lo has tenido, ¿cuál es tu reacción? "No, bro, es que yo soy tímido, eso es tranquilo, yo no soy tan efusivo". Si tú quieres algo más tímido y tranquilo que una columna, y ya tiembla ante la presencia de Dios...

Y he hablado con muchos jóvenes, incluso hasta con mis hijos, de algunos momentos donde ellos dicen: "Sí, sí, pero que yo estoy como medio aburrido aquí en la iglesia", como que les gustó esta... ¿Qué rayos tiene que ver el aburrimiento con la iglesia y Dios? Si tú estás aquí para entretenerte, hermano, estás en el lugar completamente equivocado. Aquí no se viene a eso. Aquí se viene a asombrarse del Dios que gobierna la tierra y se le adora. Pregúntale a Isaías si estaba aburrido en ese momento. Pregúntale si él estaba... Lo que te falta es verlo. Lo que te falta es concentrarte en lo que Dios está diciendo.

Y entonces tu inactividad se convertirá en actividad. O será como los serafines, si te cubrirás y dices, no puedo, santo, santo. Será como aquel objeto inanimado: si tiemblan, no digo nada, pero tiemblo por dentro. Pero será como decir, estoy muerto, perdóname, Señor. Pero algo pasará en aquel que se encuentra con el Dios santo, santo, santo. Algo pasará.

Tú lees esto y tú te preguntas, ¿hoy yo he de verlo de esa manera? Sí, claro que sí. Ese es el Dios que no se compara contigo y conmigo. Es un Dios que tú no lo describes, Él se describe a sí mismo y escapa a tu definición. Ese es el Dios que realmente se debe adorar. Y por eso debe haber un anhelo tuyo y mío de encontrarme con ese Dios. La reacción de Isaías fue de humillación.

Tercero y penúltimo. Cuando su santidad nos quebranta por nuestro pecado, su misericordia se manifiesta. Es increíble, ¿verdad? Versos seis: "Entonces voló hacia mí uno de los serafines con un carbón encendido en su mano que había tomado del altar con las tenazas. Con él tocó mi boca y me dijo: Esto ha tocado tus labios y es quitada tu iniquidad y perdonado tu pecado."

Maravillosa gracia y misericordia de Dios sentado en el trono. Es cierto, Isaías, eres inmundo. Es cierto, Isaías, estás perdido. Es cierto que este pueblo también lo está. Pero como yo soy aquel alto y santo, como yo soy aquel que habita solo en la santidad. No, no solo. Yo también habito en aquel que es contrito y humilde de espíritu. Tú has mostrado eso. Y por tanto, tu reacción correcta ante mi santidad fue humillación. Yo entonces me acerco para limpiarte.

Y esto hace: este serafín toma un carbón nada más y nada menos que del altar. ¿Cuál altar es ese? ¿Cuál altar lleva carbón en el templo de Dios? El altar del sacrificio. El altar donde se pagaban o se ofrendaban por el pecado. De allí toma un carbón y se lo lleva a Isaías y limpia sus labios con carbón encendido. La Biblia no lo registra, pero ahí debió haber un grito grande, ¿verdad? ¡Uuuh! Me quemaste. Debió haber. Pero la realidad es el interés de Dios de acercar y perdonar, pero lo hace a través del carbón del altar.

Y esto apunta directamente a nuestro Salvador, hermanos. Aquel que pagó nuestros pecados con su sacrificio perfecto es aquel que nos acerca a Dios y perdona nuestros pecados, nos limpia y nos hace aceptos para estar delante de Él. ¡Wow! Dios en ese momento estaba mostrando esto. Estaba mostrando lo que dice Primera de Juan: si venimos y confesamos nuestro pecado como Isaías lo hizo, Él es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad. Es nuestro Dios. Es nuestro Dios.

Ray Ortlund, un autor cristiano y pastor, dice: Lo que debemos ver en el contexto de toda la Biblia es que este carbón encendido simboliza la obra terminada de Cristo en la cruz. Allí vemos la mayor muestra de misericordia hacia el pecador perdido y deshecho por el pecado.

Cuando tú salgas deshecho por tu inmundicia de estar con Dios, hermano, podrido así, te ves sucio y dices, Señor, yo no aguanto más, yo estoy sucio, yo no soy digno ni siquiera de estar delante de ti, de servirte, de considerarme un hijo tuyo, recuerda hermanos, la santidad de Dios es la que le da sentido a la cruz de Cristo. Fue por la santidad de Dios que Cristo estuvo en la cruz. Si la santidad de Dios te lleva a la cruz huyendo, pues estás en el mejor lugar del mundo, porque para eso está la cruz.

Su santidad perfecta exige justicia perfecta y nosotros no tenemos con qué pagar esa justicia, solo Cristo. Su santidad exige santidad de todo el pueblo, por eso Él dice: Sed santos, porque yo soy santo. Es imposible que tú y yo no queramos ser iguales. ¡Ah, sí que es santo! Y mi vida sigue igualita. No, cuando estoy cerca de su santidad, soy movido a arrepentimiento, a dolor, a asquerosidad por mi pecado, pero después a levantarme por su gracia y a vivir para Él rectamente.

Para experimentar su misericordia exuberante es necesario haber experimentado su santidad fulminante. No hay forma de que el hombre pueda escapar o entender la bendita gracia de Dios y su perdón sin haberse encontrado primero con su santidad y verse sucio. La cruz parecerá otro jueguito más: ¡Ah, sí, Él me ama! ¡Ah, sí, que siempre me perdona, tiene misericordia de mí! Pero para experimentar, entender a profundidad la misericordia abundante que nosotros vemos aquí, es necesario encontrarnos con la santidad de Dios que nos mata o nos quiere matar.

Punto último. Cuando experimentamos su santidad y su misericordia, el servicio y la adoración a Dios es espontánea e incondicional. "Y oí la voz del Señor que decía: ¿A quién enviaré y quién irá por nosotros?" Lo natural es que hubiera un silenciazo, hermano, e Isaías hubiera salido volando y hubiera dicho: ¿Yo? ¿Y eso fácil? Soy un impurísimo. O sea, ahora que yo me di cuenta lo poco que soy. Pero Isaías había experimentado el perdón completo de Dios y por eso él dice: ¡Aquí estoy! Envíame a mí. Apúntame ahí en la lista de servidores, ahí que hay que ir para allá, sí, ¡cuenta conmigo!

Isaías, pero espera, te voy a explicar la misión. No, no, no, no hay que decirme nada, apúntame, ni siquiera falta, tú me explicas luego. De ahora en adelante estoy a tu servicio completamente e incondicionalmente.

¿Y qué pasa allí? ¿Qué pasa allí, hermano? Que la fuente, el motor del servicio y la adoración a Dios, en todo sentido, es un encuentro con Él, un encuentro con su misericordia y su perdón. Eso es lo que me impulsa a hacer lo que sea que Él quiera. Yo experimenté su santidad y su amor increíble. Ahora le sirvo con todo lo que soy. El servicio incondicional a Dios se produce cuando hemos conocido quién Él es, el Santo, y qué ha hecho por nosotros: su misericordia infinita.

Un corazón adorador siempre servirá. Isaías estaba ahí, se encontró con este Dios, está allá en adoración y por eso sirve sin pedir cuentas o explicaciones. Cualquier otra fuente que nos motiva a servir, hermano, será para los hombres, para el aplauso de la gente, para que me vean y todo eso. Pero cuando es la adoración a Dios, lo que Él ha hecho por mí, cuenta conmigo, Dios. Yo soy tuyo.

Hubo alguien que lo dijo aún mejor. George Müller dijo así: Hubo un día que morí. Murió George Müller a sus opiniones, preferencias, gustos y voluntad. Morí al mundo, a su aceptación o a su censura, a la aprobación o reproche aun de mis hermanos o amigos. Yo morí. Desde entonces he vivido solamente para presentarme aprobado para Dios. Ante ti, Señor, solamente ante ti. Ante ti sirvo. Ante ti me humillo. Yo soy tu siervo. Bendito encuentro con Dios.

En conclusión, hermano, yo quiero ir a un pasaje que nos ayudará a cerrar. Y se encuentra nada más y nada menos en el Nuevo Testamento. Se encuentra en Juan capítulo 12, verso 41. Voy a leer del 38. Dice: "Para que se cumpliera la palabra del profeta Isaías que dijo: Señor, ¿quién ha creído nuestro anuncio? ¿Y a quién se ha revelado el brazo del Señor? Por eso no podían creer, porque Isaías dijo también: Él ha cegado sus ojos y endurecido su corazón para que no vean con los ojos y entiendan con el corazón y se conviertan y yo los sane. Esto dijo Isaías porque vio su gloria y habló de Él."

Lo que nos muestra Juan capítulo 12, verso 41, es que el que estaba sentado en el trono no era nada más y nada menos que el mismo Cordero de Dios. Es Cristo. El Dios trino manifestado, y no como un corderito abofeteado y ensangrentado, sino como Rey. Cristo sentado en su trono con toda su majestad, siendo exaltado y ofreciendo perdón y gracia.

Voy a terminar con una pregunta. Y es: ¿qué está llevando a tu vida? Me voy a decirlo en general al pueblo de Dios: ¿qué te está llevando a no percibir quién Dios es, cómo Dios es, para que nos impacte de esta manera? Evidentemente, muchas razones puede haber, porque yo no estoy ni siquiera en el trono, delante allí en el templo, buscando a Dios para que Él se muestre así. Y no me sumerjo donde Él se revela. Y por tanto, nunca puedo decir: Dios, qué grandioso, qué asombroso. O sí, tal vez soy inconsistente en mi búsqueda diaria de Él aquí o en el templo, entonces evidentemente no lo percibiré.

Ahora, hay otras razones que también son a veces imperceptibles. Es: ¿qué otras cosas con glorias falsas rodean mi vida que me quitan la atención de la gloria verdadera? Søren Kierkegaard, un filósofo cristiano, lo llamó yo así porque su forma de escribir parece filosófica, pero también es cristiana. Decía lo siguiente, quiero terminar con esto:

Somos como personas que viajan en nuestro carruaje por la noche al campo para ver la gloria de Dios en el cielo. Está muy... Vamos a ver la gloria de Dios en el cielo. Pero encima de nosotros, a cada lado del asiento del carruaje, arde una linterna de gas, una linterna aquí, otra linterna aquí. Mientras nuestra cabeza está rodeada por esta luz artificial, el cielo sobre nuestras cabezas estará vacío de gloria. Acá, porque las estrellas no brillan tanto. Y ¿cuál? Que no puedo ver lo más grandioso de la creación. Mientras nuestra cabeza está rodeada por estas luces artificiales, el cielo sobre nuestra cabeza estará vacío de gloria. Pero si algún viento bondadoso del Espíritu apaga nuestras luces terrenales, entonces en nuestra oscuridad los cielos de Dios se llenan de estrellas.

¿Qué glorias artificiales rodean tu vida y la mía, hermano? Es que cuando tratamos de percibir a Dios, no es como que no lo sabemos. Dedicamos nuestro tiempo en glorias pasajeras y artificiales que eso nos acapara la atención, para cuando miramos al cielo glorioso de Dios, nada, no brilla tanto. Glorioso el Dios que se atreve a veces a apagar esas otras fuentes artificiales de gloria.

Y nos lleva por pruebas muchas veces, que no pagan y nos cortan la luz, y nos ponen en el suelo para que de repente miremos al cielo y digamos: Tú eres santo, Tú eres fiel, misericordioso, lento para la ira, grande en misericordia, nadie se compara contigo, a ti me rindo, yo soy un pecador, sálvame, perdóname, necesito a Cristo, necesito tu perdón, úsame, heme aquí, envíame a mí. Que Dios apague todas esas fuentes de nuestras vidas y podamos sumergirnos en su glorioso rostro para que podamos adorarle en el nombre de Jesús.

Padre, en esta mañana Tú nos has apagado muchas luces y muchos aparatos. Pero esos aparatos no son suficientes, Señor, muchos de nosotros necesitamos que nos apagues otras cosas. Muchos de nosotros tenemos otros reyes, otros reyes que nos dan seguridad y nos llaman la atención, y apartamos nuestra búsqueda e intimidad de ti, Señor. En esta mañana sopla con tu Espíritu Santo y apaga esas otras lumbreras falsas. Ayúdanos a verte como lo que Tú realmente eres, Señor.

Que todos los aquí presentes, Señor, puedan rendirse ante el Dios santo, santo, santo, y haya un cambio en nuestras vidas. Porque mientras más conozco a Dios, hay un cambio en mí. Permíteme, Dios, experimentar ese cambio y reaccionar como Tú quieres, en el nombre de Jesús.

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Joel Peña

Joel Peña

Joel Peña sirve como uno de los pastores de la Iglesia Bautista Internacional, donde también dirige el ministerio de consejería bíblica. Es ingeniero industrial con estudios de posgrado en Productividad y Calidad, y sirvió en su profesión por 13 años antes de dedicarse al ministerio pastoral. Completó un Doctorado en Ministerio en el Southern Baptist Theological Seminary. Está casado con Angélica Rivera y juntos tienen dos hijos, Samuel y Abigail.