En el mundo, la identidad se construye con méritos: títulos, logros, posiciones ganadas por esfuerzo propio. Pero en el pueblo de Dios las cosas funcionan al revés. El requisito para entrar es no tener ningún crédito que reclamar. Los miembros del pueblo de Dios no califican para entrar, y precisamente por eso fueron escogidos. La pregunta que debe orientar la vida del creyente no es "¿quién soy yo?" sino "¿de quién soy yo?", porque la identidad cristiana no depende de lo que uno siente, de lo que otros dicen, ni de los propios logros o fracasos. El creyente es lo que Dios dice que es.
Y lo que Dios dice es extraordinario: linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios. Estos títulos no son meras confesiones doctrinales ni conceptos reservados para la eternidad. Son un estilo de vida que comienza ahora, un sentido de seguridad para caminar en medio de la incertidumbre. Pero todo privilegio viene con responsabilidad. No se puede decir "soy hijo de Dios" y no honrar al Padre. No se puede confesar que uno ha sido justificado por gracia y vivir una vida injusta. No se puede llamarse príncipe y desafiar al Rey.
El propósito de esta identidad es claro: anunciar las virtudes de aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable. El creyente que antes era tinieblas ahora es luz, y ha sido dejado en medio de la oscuridad precisamente para brillar. Como embajador de Cristo, su misión es rogar al mundo en rebelión: reconcíliense con Dios. El testigo ideal no es quien nunca estuvo perdido, sino quien fue encontrado y transformado.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Nosotros lo cantamos y no nos percatamos de la trascendencia de lo que acabamos de cantar. Poder decir "yo soy hijo de Dios" no es cualquier verdad, no es cualquier afirmación, es algo extraordinario. Tú tuviste un solo Hijo, el unigénito de Dios, pero de alguna forma, en tu sabiduría, en tu gracia, en tu misericordia, te las ingeniaste para adoptar hijos que éramos llamados hijos de ira y hoy somos hijos de gracia. Pero de esa misma manera, poder decir que libre soy tampoco es algo pequeño, es algo bien grande que escapa nuestro entendimiento, porque no sabíamos cuán esclavizados estábamos. Lo leemos en la Palabra: que hemos sido esclavos del pecado y hoy somos libres, pero nosotros no nos percatamos, Señor, del valor de la libertad.
Yo te pido en esta mañana que tú puedas abrir nuestro entendimiento, tanto el que predica como el que es predicado, de manera que nosotros podamos salir de este lugar entendiendo lo especiales que somos como pueblo tuyo, el privilegio que tenemos y al mismo tiempo la responsabilidad de un lado y del otro, precisamente porque somos quien tú dices que somos. Señor, tener un lugar en tu casa tampoco es algo pequeño. Tú lo consideraste tan importante que entre las últimas cosas que le dijiste a tus discípulos fue que tú te ibas a preparar un lugar para nosotros, y que si eso no fuera verdad tú no lo hubieras dicho, pero tú dijiste lo contrario: "Me voy porque ya está preparado un lugar para cuando tú llegues, ya está listo." Yo no sé exactamente lo que eso significa, yo simplemente lo creo porque tú lo dijiste.
Señor, en esta mañana, enséñanos a tu voz para la transformación nuestra y la gloria tuya. La gloria tuya primero, la transformación nuestra después, porque una depende de la otra, de manera que habla, Dios, que tu pueblo te escucha. Que lo pedimos en Cristo Jesús. Su pueblo dice: amén, amén, amén.
Vamos a estar leyendo prontamente el capítulo dos de la primera carta del apóstol Pedro a sus seguidores, a gente que estaba dispersa, pero vamos a llegar ahí en un momento. Déjame introducir lo que tenemos hoy que compartir. Este jueves pasado yo estaba con un grupo de pastores y líderes. Habían invitado hace par de semanas atrás, o un mes, ya no recuerdo. Estaba ahí porque ellos querían que les conversara, les hablara acerca de la pandemia, el COVID-19, las vacunas, la necesidad de vacunarse, para ahí estar informados y al mismo tiempo poder animar a otros en sus congregaciones.
Desde el inicio de mi exposición se leyó una parte de mi currículum como para dar a conocer las credenciales, por así decirlo, porque podía hablarles como pastor y como médico. Y yo decía, no sé si tú me lo crees, que yo nunca me he sentido cómodo, y todavía es el caso, cuando parte de mi currículum es leído, pero sobre todo en frente de la comunidad cristiana, algo que yo creo que podrás entender prontamente. Lo cierto es que no hay nada incorrecto en ese sentido, eso es lo que se espera, es lo que se estila. A veces yo mismo quiero conocer de alguien que me está hablando, un autor que estoy leyendo, para saber justamente eso: qué credenciales tiene para poder instruirme. De manera que yo no hago esto como una crítica en lo más mínimo. Yo simplemente estoy tratando de ilustrar un punto en mi introducción.
Pero continúo mencionando por qué nosotros hacemos, o explicando por qué hacemos eso. Nosotros vivimos en una sociedad que es conocida como una meritocracia. Ese es un término conocido tanto en inglés como en español. Y esto es como el diccionario de la Real Academia Española lo define: meritocracia es un sistema de gobierno en que los puestos de responsabilidad se adjudican en función de los méritos personales. Y esos méritos te ganan posición, te ganan título, te ganan salario, incluso te ganan premios, bonos. Así funcionan los gobiernos, las instituciones, las compañías públicas y privadas a la hora de contratar personal.
Sin embargo, en el pueblo de Dios las cosas lucen diferente. Para ser miembro de la comunidad de creyentes, el requisito número uno es que tú no tengas ningún crédito que reclamar. Y el apóstol Pablo nos ayuda a entender la razón: porque todos hemos sido destituidos de la gloria de Dios, de forma que el mérito que yo pueda reclamar carece de brillo, carece de significado, de atractivo ante los ojos de Dios. Los miembros del pueblo de Dios no califican para entrar. ¿Me escuchaste? Los miembros del pueblo de Dios no califican para entrar.
De hecho, eso es exactamente lo que el apóstol Pablo trata de explicarles a los corintios en su primera carta, capítulo 1, cuando les habla de que no muchos de ellos eran sabios ni educados ni gente reconocida, sino al contrario, eran de otra clase. Sin embargo, los privilegios, los títulos, las posiciones que Cristo me otorga constituyen mi identidad de por vida. De manera que yo quiero que recuerdes esto, lo debemos recordar todos, incluyéndome yo mismo, verdad, quien predica, pero mientras más joven eres, más quiero que lo recuerdes: en el pueblo de Dios, la pregunta de quién yo soy es más importante que la pregunta de qué soy yo. En el pueblo de Dios, la pregunta de quién soy yo es más importante que la pregunta qué soy yo.
El apóstol Pedro nos ayuda a ver en el capítulo 1 y el capítulo 2 la respuesta a la primera pregunta de quién soy, y cómo esa persona a quien yo le pertenezco me mira, cómo me cataloga, cómo me califica, por así decirlo. Y los privilegios de esas cosas que mi Dios dice que yo soy son enormes, pero así mismo, si grandes son los privilegios, igualmente de la misma magnitud, para que la balanza esté calibrada, así son mis responsabilidades.
Y yo digo esto porque a veces nosotros reclamamos o hablamos, confesamos algunos de esos títulos y posiciones que Dios nos ha dado por gracia, pero luego no nos comportamos a la altura de los mismos. Y yo quisiera dar un par de ilustraciones. A veces decimos que somos hijos de Dios, pero luego no honramos al Padre como él merece. De hecho, eso es exactamente lo que Dios dice en el Antiguo Testamento a través de su profeta Malaquías en 1:6: "Pues si yo soy padre, ¿dónde está mi honor?" Si puedo extraer: "Si me llamas padre, yo lo que quiero saber es ¿dónde está mi honor de padre? Y si me llamas Señor, como ustedes hacen, ¿dónde está mi temor?" No hay una correspondencia entre una cosa y otra.
A veces nosotros decimos que hemos sido justificados por gracia a través de la fe, y ciertamente eso es un enorme privilegio, pero luego, si hemos sido justificados de esa manera, no vivimos necesariamente vidas justas. Y otras veces decimos que somos príncipes porque al final somos hijos del Rey, pero luego desafiamos al Rey y desobedecemos su Palabra.
Yo menciono todo eso porque en el texto de hoy hay muchas cosas que Pedro tiene que decirnos. Hay muchas cosas que ya dijo en el capítulo 1. Como hace tres o cuatro semanas que yo prediqué mi último mensaje donde cerramos el capítulo 1, yo necesito casi obligatoriamente ayudarles a recordar todo lo que se dijo en ese capítulo 1, conectarlo con el capítulo 2 y exponer el texto del capítulo 2. De manera que eso es como un poco de reto, hacer todo eso, pero yo creo que lo logramos en el primer servicio.
Y al final, Pedro quiere que te quedes, por así decirlo, con la idea de cuál es tu identidad en Cristo. Y yo quiero que entiendas que tu identidad en Cristo es un estilo de vida, en otras palabras. No es simplemente una confesión doctrinal, no es simplemente un concepto teológico, no es tampoco algo para ser disfrutado cuando tú entres de aquel lado de la gloria. De este lado, tan pronto tú naces de nuevo, eso que es tu identidad en Cristo debe ser tu sentido de seguridad en la vida. Mientras tanto, nosotros no somos lo que otros dicen que somos, nosotros no somos nuestros logros para bien o para mal, para fracaso o para triunfo. Yo no soy lo que yo siento ser, yo no soy lo que aparento, yo no soy lo que la sociedad de hoy dice que yo soy. Yo soy quien Dios dice que soy.
Yo quiero leerte entonces la primera carta de Pedro, capítulo 2, del versículo 1 al 10. Y cuando llegamos al 9, tú prestas atención y pon aún más atención:
"Por tanto, desechando toda malicia y todo engaño e hipocresía y envidia y toda difamación, deseen como niños recién nacidos la leche pura de la palabra, para que por ella crezcan para salvación, si es que han probado la bondad del Señor. Y viniendo a él como a una piedra viva, desechada por los hombres, pero escogida y preciosa delante de Dios, también ustedes, escucha, ustedes, como piedras vivas, sean edificados como casa espiritual para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo. Pues esto se encuentra en la Escritura: 'He aquí, yo pongo en Sion una piedra escogida, una preciosa piedra angular, y el que crea en él no será avergonzado.' Este precioso valor es, pues, para ustedes los que creen; pero para los que no creen, la piedra que desecharon los constructores, esa en piedra angular se ha convertido, y piedra de tropiezo y roca de escándalo. Pues ellos tropiezan porque son desobedientes a la palabra, y para ello estaban también destinados. Pero escucha: pero ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios, a fin de que anuncien las virtudes de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable. Ustedes que en otro tiempo no eran pueblo, pero ahora son el pueblo de Dios. No habían recibido misericordia, pero ahora han recibido misericordia."
¡Wow! Pedro nos recuerda en este texto, como venía haciendo desde el capítulo primero, quiénes somos. Déjame resumirte brevemente todo lo que Pedro ha dicho acerca de nosotros en el capítulo 1 para que puedas entender el "por tanto" del capítulo 2. Pedro nos ha dicho que somos elegidos desde antes que los tiempos comenzaran. Somos elegidos, eso está en 1:1.
Somos santificados por la obra del Espíritu en 1:2a, la primera parte del versículo 2. Somos aceptos ante Dios porque hemos sido rociados o lavados por la sangre de Cristo, 1:2b. Dios nos hizo nacer de nuevo, 1:3a. Somos personas con una esperanza viva por su resurrección, 1:3b. Somos herederos de una herencia incorruptible e inmaculada que no se marchitará, reservada en los cielos, 1:4. Somos protegidos por el poder de Dios. Esto es increíble, hermanos. En medio de la pandemia, en medio del temor y en medio del pánico que estás experimentando, Dios dice: ¿A ti se te ha olvidado que tú estás protegido por mi poder? No sucios, porque fuimos redimidos de nuestra vana manera de vivir, 1:18. Somos, somos, somos, somos.
Ahora, dado todo lo que Dios ha hecho, el apóstol Pedro quiere que yo recuerde que todos los privilegios siempre vienen con responsabilidades. Yo siempre recuerdo a mi sobrino, aquí lo amo, pero tengo que recordarle cosas, siempre digo: privilegios siempre llevan responsabilidades. Y entonces lo que Pedro hace es que me da varios imperativos para que yo recuerde que, dado todo eso, Dios tiene responsabilidades para mí, y aquí están. Preparen su entendimiento para la acción, 1:13a. Sean sobrios en espíritu, 1:13b. Estos son imperativos. Pongan su esperanza completamente en la gracia que se les traerá en la revelación de Jesucristo, 1:13c. No se conformen a los deseos que antes tenían en su ignorancia, 1:14. Sean ustedes santos en toda su manera de vivir, 1:15. Sean santos porque yo soy Santo, 1:16. Y el último de los imperativos está en 1:22: Ámense unos a otros entrañablemente, de corazón puro.
E inmediatamente después me dice por qué. Pedro me dice: ámense entrañablemente. E inmediatamente después me dice por qué me está diciendo eso, versículo 23: pues han nacido de nuevo. En la mente de Pedro es inconcebible que personas que han nacido de nuevo no se amen entrañablemente. De hecho, a la luz del Nuevo Testamento completo es inconcebible. Y a la luz de Primera de Juan es imposible que yo nazca de nuevo y que yo no ame a mi hermano a quien veo. ¿Cómo amo yo a mi Dios a quien no veo si no puedo amar a mi hermano a quien yo sí veo?
De manera que eso nos da una idea de cómo Pedro viene pensando en todo el capítulo primero. Y hablamos la última vez de que cuando Pedro habla de que nos amemos entrañablemente de corazón puro, se está refiriendo a un amor que es sacrificial, un amor que es bondadoso, un amor que es perdonador, que es amable. Un amor similar a como Pablo describe el amor en Primera de Corintios 13, cuando habla de que el amor es paciente y es bondadoso, no es jactancioso, no tiene envidia, no es arrogante, no es egoísta, no se irrita fácilmente, no toma en cuenta el mal recibido, todo lo sufre, todo lo espera, todo lo soporta. Esto dice Pablo. De eso hablamos en el mensaje hace cuatro semanas atrás.
Habló todo eso el apóstol Pedro. Ahora comienza el capítulo diciendo: por tanto. Dado el hecho de que yo nací de nuevo, dado el hecho de que ya se supone que nos amemos unos a otros entrañablemente, Pedro comienza ahora: por tanto, desechando. Esto es como la expresión, manifestación, despliegue de ese amor puro que nos llama a tener. Desechando toda malicia y todo engaño, hipocresías y envidias y toda difamación, deseen como niños recién nacidos la leche pura de la palabra, para que por ella crezcan para salvación, si es que han probado la bondad del Señor.
Si Dios nos llamó a la santidad —sé santo porque yo soy Santo— y al mismo tiempo Dios nos llama a amarnos entrañablemente, no se supone entonces que en nuestras vidas haya indicios de malicia, disposiciones, inclinaciones del corazón que deben salir. Malicia es la primera palabra, o iniquidad, o malas intenciones. No debe haber en nosotros, dice Pedro, engaño; eso implica deshonestidad, falsedad, mentiras de diferentes tamaños, colores y circunstancias. No debe haber hipocresías; en el original es casi la misma palabra, hipócrisis. Literalmente significa actuar bajo una máscara. La palabra viene del mundo del teatro en la antigüedad, donde la gente se ponía una máscara y fungía hacer una cosa que no era. De esa misma manera hoy nosotros entendemos la hipocresía de la misma forma: es aparentar algo que no eres. Y ahí viene el origen de la palabra.
No debe haber envidias. Envidia es ese sentimiento que tú, yo o cualquier otro pudiera experimentar cuando nosotros vemos a otro y vemos el bien de ese otro. A veces es una promoción que le hicieron a alguien en mi trabajo. Yo estaba contento con mi salario hasta que en el día de ayer supe que a mi compañera de al lado le aumentaron el salario. Pero tú estabas bien hasta ayer, ¿y qué fue? Entonces vemos el bien del otro, y en vez de celebrarlo, experimentamos un sentimiento de amargura. Pero dice que eso es envidia; no debe estar en medio de nosotros. No debe haber difamación, el hablar mal de otro con la intención de dañar su reputación o su carácter o hacerle daño. Nada de eso es compatible con amor cristiano genuino, sincero, profundo entre los hermanos.
Y eso es como Pedro conecta entonces la última parte del capítulo uno con la primera parte del capítulo dos. Pedro entonces, ¿cómo yo hago todo eso? ¿Cómo yo desmonto todo eso que llegó conmigo a mi vida cristiana? Bueno, lo dice en el versículo dos: deseando la palabra pura como niños recién nacidos, la leche pura de la palabra, para que por ella crezcan. La Palabra no solamente me trae a la salvación; la Palabra es la que me sustenta, o la que sustenta mi crecimiento. Cristo lo dijo de una manera muy clara la noche antes de su crucifixión: Señor, santifícalos en tu verdad; tu Palabra es verdad. ¿Cómo? Juan 17:17. La Palabra es el instrumento de santificación por excelencia. No Palabra, no santificación.
Esto es como yo quiero recordar en este momento, hacer un paréntesis bien breve y recordar que no es la palabra memorizada que me santifica, es la palabra aplicada, perdón. No es la palabra memorizada o recordada, es la palabra aplicada. Por eso es que Santiago nos recuerda en 1:22 que a la hora de yo ir a la Palabra, yo no puedo ser simplemente un oidor; yo necesito ser un hacedor. Porque el ser solo oidor de la Palabra sin llevarla a cabo, sin ser un hacedor, simplemente me enorgullece.
Y aquí está Pedro ayudándonos a entender cómo se da este crecimiento en la vida cristiana, para yo deshacerme de esas inclinaciones del corazón que no deben estar allí. El versículo 4 entonces: Pedro comienza a ayudarme a ver lo que Cristo es, porque lo que yo soy depende de lo que Cristo es, literalmente hablando, porque yo estoy en Cristo. De manera que es importante que yo conozca la persona de Cristo, porque todo lo que yo soy, todo lo que yo puedo hacer, depende de lo que Cristo es y lo que Cristo hace, de lo que Cristo ha hecho.
Escucha ahora entonces cómo Pedro habla en el versículo 4 y 5: Y viniendo a Él, a Cristo, como a una piedra viva, desechada por los hombres, pero escogida y preciosa delante de Dios. Una piedra viva desechada pero escogida al mismo tiempo; desechada por los hombres, es escogida por Dios. También ustedes, como piedras vivas. Tú ves, el versículo 4: Cristo es una piedra viva, ustedes son piedras vivas. Sean edificados como casa espiritual para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo.
Nosotros somos porque Cristo es. No olvides: Pedro identifica lo que Cristo es para luego identificar lo que nosotros somos. Entonces, en el mismo versículo 4 se nos dice que Cristo fue una piedra desechada por los hombres, y de esa misma manera Cristo dice: si los odian, no se extrañen, porque a mí me odiaron primero. ¿Ves la correlación? Si el mundo los odia, recuerda que a mí me odiaron primero. Juan 15:18, Mateo 10:22, Mateo 10:24-25. Cristo nos está recordando: hay una correlación directa entre lo que yo soy, lo que yo hago, lo que a mí me hacen, y lo que tú eres, lo que tú haces y lo que te hacen.
En el versículo 4, Cristo es llamado una piedra escogida; en el versículo 9, nosotros somos llamados linaje escogido. ¡Wow! Lo que Cristo es, de alguna manera nosotros somos, porque estamos en Él.
En la antigüedad, las edificaciones se fabricaban de piedras, de manera que Pedro lo que está haciendo es tomando prestada la metáfora de la construcción de las edificaciones y nos llama a nosotros una casa espiritual. Ahora escuchen, pero no está llamando a cada cristiano una casa espiritual. No, no. Cuando Dios se refiere a Israel, Dios se refiere a Israel como un todo, como una comunidad. Cuando Dios se refiere a la iglesia, Dios nunca ve a nadie como llanero solitario separado de la iglesia; Él se refiere a ese grupo de personas como el pueblo de Dios, como la novia de Cristo. Yo no soy la novia de Cristo; la iglesia es la novia de Cristo.
Y de esa manera entonces Pedro no se está llamando, y no está diciendo mejor dicho, que somos una casa espiritual. Una casa, todos nosotros. La iglesia verdadera, repartida a lo largo del mundo, es una casa espiritual. Y nosotros dijimos que éramos en el versículo 4 piedras vivas. Y entonces es lo que pasa: una piedra viva sobre otra piedra viva, sobre otra piedra viva, van formando todo el edificio hasta que somos una casa espiritual. ¿Entendiste?
El último: de lo que Pedro se está refiriendo es que lo que el templo de Jerusalén era en el Antiguo Testamento, donde simbólicamente moraba la presencia de Dios, la iglesia es hoy en el Nuevo Testamento. Pero Dios no mora simbólicamente en medio de la iglesia, mora realmente, porque Él mora en cada uno de nosotros. De manera que no es simbólica su presencia. Y cuando Cristo vino, Cristo dijo que Él era el templo: destruyan este templo y lo edificaré, lo reedificaré en tres días. Y ahora, porque Cristo es un templo, nosotros somos una casa espiritual.
Tuve la oportunidad de ver la correlación: nosotros somos lo que Cristo es, de alguna manera edificados como casa espiritual para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo. De manera que Dios está construyendo esta casa espiritual con un propósito, y ese propósito es que ejerzamos un sacerdocio santo. Vamos a regresar a esa idea, porque en el versículo 9 se dice que nosotros somos real sacerdocio y que podamos ofrecer sacrificios aceptables a Dios.
Eso trae a la memoria inmediatamente el Antiguo Testamento otra vez. Esto está lleno, les decía, del Antiguo Testamento. Yo no lo estoy usando a propósito; voy a usar una o dos citas simplemente más adelante. Pero Pedro estaba ayudando a este grupo de judíos a procesar el Nuevo Testamento a la luz del Antiguo Testamento, y por eso les está hablando ahora de que somos un pueblo escogido para un sacerdocio santo. Recordando que en el Antiguo Testamento el sacerdocio estaba reservado para un grupo de personas, pero básicamente entendían ese solo oficio: había un solo sumo sacerdote, una sola persona con acceso a la presencia de Dios en el lugar santísimo, y solamente una vez al año.
Y ahora Cristo nos ha dado a nosotros como Él vino y ejerció su sacerdocio y ofreció sacrificios a Dios. Y el último y más hermoso de todos, su sacrificio en la cruz, donde Él derramó su sangre para el perdón de pecados. Entonces ahora, como nosotros somos lo que Cristo es, Cristo me ha pasado, me ha delegado un sacerdocio para que todos nosotros —no una persona, no un oficio— todos nosotros tengamos el derecho de accesar el trono de Dios veinticuatro horas al día, siete días a la semana, trescientos sesenta y cinco días al año, todo el tiempo, y que lo hagamos con confianza. ¡Wow! Pero santo, dice el texto: un sacerdocio santo. Nosotros somos porque Cristo es.
El texto me dice también que ofrezcamos entonces sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo. ¿Suena familiar, verdad? Romanos 12, versículo 1, el apóstol Pablo: ofreced vuestros cuerpos como sacrificio vivo y santo a nuestro Dios. Esto es parte de lo que yo necesito recordar; esto es lo que me da un poco de sentido. Nosotros somos lo que Cristo es. Recuerda que Cristo antes de partir dijo: "Yo soy la luz del mundo", eso está en Juan 8:12. Pero antes de partir nos dejó dicho: "Pero vosotros, ustedes, son la luz del mundo". Otra vez ayudándome a mí a entender que hay algo que Él es que me permite a mí ser algo.
Y de esa misma manera nosotros seguimos viendo cómo en el versículo 6, y si seguimos descendiendo, Él es llamado piedra escogida. Y luego yo voy al Antiguo Testamento otra vez y me encuentro con que Israel fue llamado un pueblo escogido, una nación escogida entre todas las naciones, y nosotros somos llamados en el versículo 9 el linaje escogido. Soy escogido de una forma distinta a como Cristo fue escogido, pero es una piedra escogida; eso es lo que el texto del versículo 6 nos dice.
Pero hay algo más que nos dice el texto del versículo 6. Escucha: "Esto se encuentra en la Escritura: Yo pongo en Sion una piedra escogida, una preciosa piedra angular, y el que crea en Él no será avergonzado". En la antigüedad, lo que hoy nosotros llamamos albañiles tenía un nombre. Esas personas examinaban las piedras minuciosamente antes de construir o de comenzar a construir para examinar su calidad, las grietas, sus formas. Una gran cantidad de ellas eran rechazadas u otras eran escogidas, y entre las escogidas había una piedra que por su tamaño, su calidad y su forma era escogida como la primera piedra que iba a ser colocada, que determinaría la colocación del resto de las piedras. Esa era la piedra angular. Eso es Cristo.
La piedra angular de todo el plan de redención de Dios. El Antiguo Testamento sin Cristo no hay manera de interpretarlo, no tiene sentido, es ilógico. Y esa es la razón por la que el judaísmo del primer siglo no logró entender a Cristo, porque no podían lograr entender el Antiguo Testamento al no aceptar a Cristo. Y el Nuevo Testamento ni siquiera existiría; el Nuevo Testamento no es más que la biografía de Cristo en los Evangelios y luego las enseñanzas de Cristo expandidas y explicadas en las cartas.
Esa piedra escogida, esa piedra preciosa, es de un valor precioso, dice el versículo 7, para ustedes los que creen, no para todo el mundo. El valor de Cristo está en sí mismo, pero en términos humanos y prácticos Él es de un valor precioso para los que creen. Y claro que lo es, porque Él representa mi salvación, Él representa mi justificación, Él representa mi santificación. Cristo es el amén a todas las promesas de Dios para conmigo. Él es un valor precioso si yo entiendo bien todo lo que Él es y todo lo que Él ha hecho por mí. De hecho, el salmista en el Salmo 45:2 le llama a Cristo el más hermoso de los hijos de los hombres. Yo no creo que él se estaba refiriendo primariamente a su aspecto físico, aunque pudo haber sido en su momento hermoso, yo no lo sé. Pero yo no creo que se estaba refiriendo primariamente a eso, porque eso no es como Dios valora. Yo creo que se estaba refiriendo precisamente a todo lo que Cristo es en sí mismo: el más hermoso de todos los hijos de los hombres.
Pero le llama un valor precioso para los que creen, porque para los que no creen, versículo 7, Él es una piedra de tropiezo y una roca de escándalo, versículo 8. Él es una cosa para unos y otra cosa para otros. Él es de bendición para unos, Él es de maldición para otros, y la diferencia la establece mi credibilidad en Él o no. Para los que creen, Él es base, y para los que no creen, Él es escaso. Piedra de tropiezo y roca de escándalo: eso es una cita del Antiguo Testamento que te la voy a leer en un momento, Isaías 8:14-15, es una cita casi literal en cierta manera.
"Entonces Él vendrá a ser santuario". Nota cómo el Antiguo Testamento estaba ya previendo que Cristo sería templo, como Él mismo se llamó: "Destruid este templo y en tres días lo reedificaré", refiriéndose a su resurrección. "Entonces Él vendrá a ser santuario, pero piedra de tropiezo". Isaías, setecientos años antes de Cristo. "Y roca de escándalo para ambas casas de Israel", para el reino del norte y el reino del sur. "Y lazo y trampa para los habitantes de Jerusalén. Muchos tropezarán allí y caerán y serán quebrantados, serán enlazados y apresados". ¡Wow!
Algunos de ustedes conocen, la mayoría probablemente no, el nombre Michael Card. Él es un autor, cantautor norteamericano muy conocido en los noventa. Cuando vivíamos en Estados Unidos era el autor o cantautor preferido por mucho tiempo, con una profundidad extraordinaria en sus canciones. Él compuso una canción que se llama "El Escándalo", refiriéndose a Cristo. Yo no tengo el tiempo para leerles toda la canción, pero escucha esta porción: "Él será la verdad que los ofenderá a todos y a cada uno. Una piedra que hace tropezar a los hombres y una roca que los hace caer. Y muchos serán quebrados para que puedan ser sanados, y muchos serán aplastados y perderán su propia vida. Para algunos Él es una barrera, y para otros Él es el camino".
Así ha sido siempre. Así fue hace dos mil años, así sigue siendo. Y los judíos se escandalizaron cuando Cristo dijo que Él era Hijo de Dios. Los judíos se escandalizaron cuando Él dijo que Él era el Mesías que había de venir. Los judíos se escandalizaron cuando Él dijo que resucitaría al tercer día. Sus hermanos se escandalizaron con sus enseñanzas, hasta el punto que dijeron que Él había perdido la cabeza. ¿Te imaginas que tú creces con un grupo de hermanos y que lo mejor que ellos pueden pensar de ti cuando te ven actuar perfectamente es "se perdió la cabeza"? Dicho en buen dominicano: está loco.
El judaísmo del primer siglo no pasó el escrutinio de Cristo porque ellos no podían concebir la persona de Cristo como Cristo realmente fue. En la canción a la que hacía referencia, en un momento dado habla de ese Cristo y dice algo así como: "¿Quién pudiera pensar que el que había sido profetizado, que había sido previsto que vendría, sería tan manso y humilde?"
Hoy sigue siendo igual. Cristo es el colador de todas las religiones. Si tú me dices lo que tú crees de Cristo, yo te digo si estás en el error o en la verdad. Si me dices lo que crees de Cristo, te podemos decir si estás en salvación o en condenación. Aquellos que creen que Cristo es el Hijo de Dios pero no Dios, para ellos lamentablemente no hay salvación. Y digo lamentablemente porque es la religión más numerosa del mundo: millones y millones y cientos de millones de personas. Para aquellos que creen que Cristo es un profeta, que sea el último de los profetas pero no más, lamentablemente no hay salvación para ellos. Para aquellos que creen que Cristo es un iluminado, o el más grande de los iluminados, para ellos no hay salvación. Para los que creen que nuestras obras son necesarias para la salvación porque la obra de Cristo no es suficiente para salvarme, para ellos no hay salvación. ¡Wow! Esos son millones y millones y millones.
El versículo 8 entonces nos dice que ellos tropezaron. Pues los judíos de aquella época —hoy tropezaríamos igual— ellos tropezaron porque fueron desobedientes a la Palabra. ¡Wow! Desde Génesis 3, esa es la realidad. Adán y Eva recibieron una palabra, Adán y Eva dejaron de creer la palabra, tropezaron y se cayeron porque fueron desobedientes a la Palabra.
Cuando nosotros desobedecemos la Palabra, nosotros estamos tropezando en la misma piedra, con una diferencia. Y gracias a Dios por la diferencia: es que cuando yo tropiezo y me voy a caer, Cristo está ahí y me extiende el brazo por gracia, y Él me levanta y me estabiliza y me permite comenzar a caminar de nuevo otra vez. Esa es la única diferencia entre qué pasó en el pasado y qué pasa en el presente, o qué pasa entre aquellos que tropiezan y se caen y los que tropiezan y Cristo levanta para que sigan caminando.
Todo eso es lo que es como el terreno, la base, la zapata, el fundamento sobre el cual Pedro construye lo que nos va a decir ahora. Realmente, el eje sobre el cual gira todo este pasaje es el versículo 9; es el centro de gravedad del pasaje, por así decirlo. Y mira cómo Pedro lo introduce: lo introduce como un pero. Todo esto, piedra de tropiezo o roca de escándalo para aquellos que no creen, aquellos que tropiezan, aquellos que se pierden. Pero versículo 9: ustedes son otra cosa. ¿Qué es lo que somos, Pedro? Linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios. ¡Uf! A fin de que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable. Como dicen en inglés: "It doesn't get any better than this". Verdad, no hay nada mejor ya; ya te lo dijeron todo.
Linaje escogido. Nosotros hemos leído tanto acerca de que somos elegidos, que Dios hizo eso de antes de la fundación del mundo, que la elección no tiene nada que ver conmigo, que no tenemos mérito, que es incondicional, y esas cosas. Se lo hemos oído tanto que se ha convertido como una noticia vieja; no nos anima, no nos motiva, no nos afirma, no nos dice: "¡Wow, esto es increíble!". Y la razón es una: no solamente que lo hemos oído mucho, es que nosotros no acabamos de entender el estado de ruina en que Adán nos dejó cuando Adán cayó.
Déjame leerte una sola cita, una sola cita de Grant Horner. Él escribió un capítulo de muchos en un libro que se llama "What Happened in the Garden", un libro dedicado a describir qué fue lo que pasó en el jardín. Escucha atentamente: la caída afectó tan profundamente a Adán y a sus descendientes que nosotros no solamente perdimos la habilidad de conocer a Dios. Escucha, no solamente perdimos la habilidad de conocer a Dios, sino que perdimos nuestra habilidad de conocer que nosotros perdimos nuestra habilidad. ¿Entendiste el estado de ruina en que quedamos? Nosotros perdimos la habilidad de conocer a Dios y quedamos tan mal que no solamente perdimos la habilidad; perdimos la habilidad de saber que perdimos la habilidad de conocer a Dios.
Escucha el resto de la cita: nuestra ceguera espiritual, que cambiamos por la perfecta visión que teníamos en el Edén, nos dejó tan ciegos que nosotros creemos que vemos. ¿No decía alguien refiriéndose al cerebro? El cerebro es una máquina con la cual tú crees que piensas. El cerebro caído.
Dios eligió y sacó al pueblo de Israel de Egipto como una parábola vívida, porque Egipto representa la esclavitud de mi pecado. Y de esa misma manera, entonces a mí me han sacado de un Egipto espiritual, pero que representa una esclavitud. Ahí yo estaba, y sin ningún mérito alguno Dios me eligió. Y ahora me llama linaje escogido: escogido para salvación, escogido para ser libre, escogido para ser libre del pecado, libre de temores, libre de inseguridades, escogido para amar, escogido para ser amado, escogido para disfrutar las bendiciones de Dios.
Imagina... No, no, no podemos imaginar lo que implica ser libre. La razón por la que no nos imaginamos lo que implica es porque todavía estamos luchando con amarras, con dificultades, y como que no acabamos de entender. Hermanos, tú no te imaginas la diferencia que existe entre un hijo de Dios, liberto del pecado, que está viviendo su llamado de este lado de la gloria, y lo que es ser alguien que no conoce a Dios, que está completamente en la esclavitud del pecado, totalmente dominado por sus pasiones y sus emociones. La diferencia es abismal. Fuimos escogidos en medio de esa esclavitud: "Tú eres mío, mío eres".
Pero Pedro dice: "Bueno, y no termina todo". Tú eres un real sacerdocio. En el Antiguo Testamento el sacerdote era el único, pero ahora nosotros tenemos todo un pueblo de Dios como sacerdotes, con acceso, con confianza, al trono de la gracia todo el tiempo. Con su muerte, Cristo nos otorgó la habilidad de poder acercarnos a su trono todos los días y de servirle al prójimo y de servirle al mundo en el ejercicio de nuestro sacerdocio.
Pero, y todavía hay más, somos una nación santa. Si pensamos en el Antiguo Testamento y pensamos en Israel, Dios, antes de darle los diez mandamientos —los mandamientos son como la Constitución que van a formar la nación, todavía no eran como una nación— Dios le dice: "Me voy a formar una nación, pero no una nación cualquiera. Yo voy a formar una nación sacerdotal". Mira cómo Éxodo 19:6 —los mandamientos son dados en Éxodo 20, ahora en 19:6— Dios dice: "Vosotros seréis", en futuro, "para mí un reino de sacerdotes y una nación santa". Ahí está la palabra: la nación santa. "Ustedes me van a representar ante el mundo. Yo quiero una nación que pueda mostrar ante el mundo la diferencia que implica vivir bajo la mano de Dios, que el mundo entonces pueda ser atraído por ese ejemplo". Y trajo la casa de Israel en su intento de ser el pueblo de Dios.
Y hoy en día, si hay una nación santa que debe representar a Dios ante el mundo, es su Iglesia, es su pueblo. Nosotros somos ciudadanos de otro reino; nosotros estamos camino a otra patria, dice el autor de Hebreos. Mi ciudadanía está en los cielos. Y ahora, de este lado de la gloria, en este mundo de tinieblas, de oscuridad, yo debo representar a ese Dios en carácter y debo representar a ese Dios en su mensaje. Debemos representar a nuestro Dios por lo que decimos cada momento, ya sea en público o en privado. De manera que recuerda eso: en público o en privado, frente a la televisión, frente a la computadora, en cualquier otro lugar, yo debo ser un digno representante de ese Dios. Y eso ahora me compromete a representarlo entonces en mensaje, en carácter, y viviendo de una forma completamente digna de quién Él es.
En un momento Pedro nos va a decir por qué, aunque ya lo he estado insinuando. Linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, somos pueblo adquirido para posesión de Dios. ¡Wow! Fuimos comprados por precio en el mercado de esclavos, fuimos hechos posesión del Creador y Redentor de la humanidad. Pablo le dice a los corintios en la primera carta, en capítulo 6, versículos 19 y 20: "Vosotros no sois vuestros, fuisteis comprados por precio", de manera que tienes un privilegio especial. Y como Iglesia fuimos desposados a Cristo. Dios tuvo un solo Hijo, y cuando quiso buscar una novia, una esposa, seleccionó de entre el mundo entero, por así decirlo, y le dice: "Mira, Hijo, esta es tu esposa", y le entregó la Iglesia. Pablo literalmente usa el término: desposados a Cristo, declarados libres.
Ahora, Pedro, después que nos dice todos nuestros privilegios extraordinarios, inconcebibles, ese pero ahora nos dice cuál es nuestra responsabilidad. Final del versículo 9: "A fin de que..." Todo eso era todo eso, pero con un propósito: a fin de que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable. Yo estaba en tinieblas y de repente me encuentro, por así decirlo, que ¡woop!, estoy en la luz, como que me prendieron el switch, por así decirlo, ¡pum!, estoy en la luz ahora.
Pablo les escribió a los efesios y dice: "No, no, mira, el problema tuyo y mío es peor que eso. Tú no solamente estabas en tinieblas, ¡es que tú eras tinieblas!" En Efesios 5:8 escucha: "Porque antes ustedes eran tinieblas, pero ahora son luz en el Señor". Yo no estaba solamente rodeado de tinieblas; las tinieblas eran tan abundantes y tan alrededor de mí que me inundaron mi interior. Pero ahora en Cristo tú has sido hecho luz y has sido dejado en medio de las tinieblas. De manera que mientras Cristo, que es la luz, vino de aquel lado a este lado —ya yo estaba en este lado, estaba en las tinieblas—, Cristo vino a las tinieblas, las tinieblas no le comprendieron, las tinieblas le rechazaron, y los hombres le rechazaron porque sus obras eran malas. Juan 1 dice de todo eso. De esa misma manera ahora Cristo me ha hecho luz y me dice: "Vosotros sois la luz del mundo", pero "ustedes sigan en el mundo, aunque ya no son del mundo", y "yo quiero que ustedes sean mi luz en ese mundo oscuro". Antes eran tinieblas, ya no.
Ahora, Pedro, antes de cerrar, quiere que a mí no se me olvide lo extraordinario que son esos privilegios: el hecho de ser linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios, para proclamar esas virtudes. En otras palabras, proclamar las excelencias o proclamar las perfecciones de Dios. No solamente es un privilegio el que Dios te haya poseído de la manera que describimos —sigue siendo un privilegio—, pero también una responsabilidad: que tú tienes que ir y tratar de proclamar y de reflejar lo que Dios es. Ahora entiendo por qué es que allá arriba me dicen que yo debo ser santo porque Dios es santo. Claro, porque yo no puedo reflejar las virtudes de Dios, no puedo reflejar las perfecciones de Dios, las excelencias de Dios, si no estoy tratando de vivir de una manera santa. Por eso es que Pedro nos da esa advertencia y esa enseñanza.
Pero cerrando ahora, Pedro me recuerda en el versículo 10: "Ustedes en otro tiempo no eran pueblo, pero ahora son el pueblo de Dios; no habían recibido misericordia, pero ahora han recibido misericordia". Como que pareciera diciendo: "Pero mira, ya te dije todo esto, pero no olvides esto: que tú no eras pueblo, tú estabas ahí perdido, tú eras como un hijo ilegítimo, como un bastardo. Y Dios te encontró en esa condición, y por ningún mérito en ti, por pura gracia, decidió adoptarte, llenarte de todos estos títulos y posiciones". Y esto es lo que tú eres, de manera que de aquí en adelante tú no eres lo que tú sientes, tú no eres lo que otros dicen que eres; tú eres lo que Dios dice que eres.
Y Pablo dice —si hubiese estado leyendo esta carta en el día de hoy dice exactamente eso—: somos embajadores de Cristo, enviados de Cristo, mensajeros de Cristo, como si Dios rogara por medio de nosotros: "Reconciliaos con Dios". Este mundo está en rebelión contra Dios, y este mundo en rebelión contra Dios ha recibido embajadores.
Y la misión de un embajador es reconciliar. De hecho, esto tiene una historia detrás que es más o menos de esta forma: Roma tenía dos tipos de provincias en su imperio, provincias senatoriales y provincias imperiales. Las provincias senatoriales estaban en paz, pero las provincias imperiales tendían a revolverse, como Estados Unidos que tienen unos estados que son muy tranquilos y otros que son muy revoltosos, por así decirlo. Y a esas provincias imperiales Roma enviaba embajadores, y la función del embajador era reconciliar las provincias imperiales con el imperio.
Este mundo está en rebelión y nosotros somos los embajadores, porque a nosotros se nos ha dado la palabra de la reconciliación. Y nosotros somos embajadores especiales con todos estos privilegios que yo he mencionado, pero con una misión también muy especial: de rogar a los hombres, como si fuera Dios el que lo estuviera haciendo, reconciliaos con Dios.
Y en la medida que yo traigo este mensaje a su cierre, yo quiero animarte y decirte hermano, hermana: independientemente de cuán densa se ponga la oscuridad, independientemente de cuánto avance la noche, independientemente de cuánto avance el mal, yo quiero que tú entiendas que tú eres la persona escogida dentro de la casa de Dios y dentro de ese mundo para hacer el trabajo de Dios. No hay otros, porque Él nos transformó, y no hay mejores testigos del poder del satisfaga que una persona que haya sido transformada por dicho satisfaga. De manera que, como diría en inglés, tú eres la persona elegida para el trabajo. "Pastor, pero es que yo no me ofrecí como voluntario." Ni para salvación te ofreciste, de manera que una cosa llevó a la otra.
Y esto es clave, de manera que tú puedas sentirte seguro en lo que estás haciendo, en tu trabajo de embajador. Tu campo de batalla es el mundo. La cruz es tu bandera. Escucha, esto es para la iglesia, porque así es como Dios nos ve. Cuando Acán pecó, Dios no dijo "Acán ha pecado", dijo "Israel ha pecado". Dios siempre ha visto a sus hijos dentro de una comunidad.
En este caso, la iglesia como tal tiene que recordar que nosotros como iglesia estamos en un campo de batalla y ese es el mundo, que la cruz es nuestra bandera, la Palabra es nuestra arma. La iglesia es la sede donde nosotros renovamos nuestras órdenes para seguir marchando. La oración es el lugar de descanso en el medio de la batalla. El Espíritu Santo es el agente revelador y empoderador en medio de la lucha. El cielo es nuestro destino y Cristo es nuestra recompensa.
Imagina los privilegios que nosotros hemos recibido. "No, yo estoy esperando coronas que yo voy a recibir, recompensas en los cielos." Tú me estás hablando de todo eso, pero Cristo es tu recompensa. Lo otro vendrá de manera muy secundaria. Cristo es tu corona cuando tú cruzas el umbral a la eternidad. Esa es la promesa.
Ve y proclama el satisfaga, que tú eres un linaje escogido, un real sacerdocio, una nación santa, un pueblo adquirido para posesión de Dios, para anunciar sus virtudes, sus excelencias, a un mundo que se pierde. Y Él te llamó de las tinieblas a su luz, de manera que tú eres el testigo ideal. Porque tú no eras luz, no eras pueblo, hoy lo eres, y por tanto le puedes decir a otro: "Tú tampoco eras pueblo, tú tampoco eras luz, pero si me miras a mí, tienes una idea de lo que tú puedes llegar a ser en Cristo."
Esa es tu misión, ese es tu reto, es el mío, pero ese es tu enorme privilegio: representar al Dios creador y redentor de una forma que a Él le agrada, que a Él honre, pero que a ti y a mí nos va a traer gozo.
Gracias, Señor. Gracias por tu Palabra que nos recuerda quién yo soy en Cristo. Gracias por tu Palabra que me recuerda que, porque yo soy lo que Tú dices que soy, yo también hago lo que Tú dices que debo hacer. Bendito sea tu santo nombre, bendita sea tu Palabra, bendito sea tu Espíritu, Dios, que mora en nosotros. Oh Señor, ayúdanos a ir a ese mundo como pueblo de Dios a proclamar dichas virtudes. Recuérdame que todos nosotros formamos una sola comunidad y que es con esa comunidad que tu Hijo se ha casado. Ayúdanos a ser parte de ella y a contribuir a maquillar, por así decirlo, a embellecer tu casa, tu iglesia, la novia de tu Hijo. En tu nombre te lo pedimos. Si su pueblo dice amén, bendiciones.
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