Miguel Núñez • 20 febrero, 2011
La hipocresía es la desconexión entre lo que somos y lo que hacemos, entre lo que decimos el domingo y cómo vivimos el lunes. Jesús abre Mateo 6 con una advertencia urgente: "Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos". No es un llamado para principiantes en la fe. Este pecado ha corrompido a héroes bíblicos: David ocultó su adulterio con un plan que terminó en asesinato; Pedro, quien había tomado un voto de lealtad como discípulo, negó conocer a su maestro tres veces. Y después de la resurrección, Pablo tuvo que confrontarlo cara a cara en Antioquía porque su hipocresía estaba arrastrando incluso a Bernabé.
¿Por qué vemos tan claramente el pecado en otros y no en nosotros mismos? Porque vivimos examinando vidas ajenas mientras descuidamos la autoexaminación. Y hay algo más inquietante: solemos reconocer en otros el pecado que nosotros mismos practicamos. Lo conocemos bien porque hemos vivido con él. Por eso los diez discípulos se indignaron cuando Juan y Jacobo pidieron sentarse a la derecha y la izquierda de Jesús: querían lo mismo.
Esta disociación entre lo interno y lo externo se manifiesta de muchas formas. Cantamos sobre nuestra maldad sin que las palabras toquen nuestro corazón. Nos quejamos de la injusticia en el país mientras pagamos a nuestros trabajadores el mismo salario que paga el mundo incrédulo. El pastor Núñez lo plantea con claridad: no podemos seguir con un corazón convertido y una mente pagana. Dios no solo está interesado en lo que predicamos, sino en si practicamos la justicia, amamos la misericordia y caminamos en humildad con Él.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Mateo 6. Hoy vamos a estar leyendo solamente un versículo, el versículo 1, y vamos a detenernos ahí para exponer la palabra: "Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos."
Este es nuestro texto. Cerramos el capítulo 5 donde Cristo venía haciendo un énfasis en especial sobre las enseñanzas que ellos habían recibido y estaba tratando de corregirlas. Y ahora entonces nosotros entramos al capítulo 6 donde el mismo Señor está haciendo otro énfasis, pero esta vez en la práctica. Aquella parte del capítulo 5 que cubrimos, sobre todo la última porción de ese capítulo, hablaba de enseñanzas que ellos habían recibido. Ahora les está hablando de prácticas que ellos han visto y que Él quisiera corregir.
Este versículo, perdón, es el marco de referencia para los próximos 18 versículos. Y lo que Él va a hacer en los sucesivos es darles tres ilustraciones de lo que Él habla en este primer versículo. Tiene una ilustración sobre el ayuno, una ilustración sobre la oración, una ilustración sobre el diezmar. Pero el centro o el punto de enseñanza está aquí en lo que yo acabo de leer.
La palabra clave en estos 18 versículos, que constituyen toda una sección, es la palabra hipócrita. Y viene de una palabra griega que es "hypokrites", que fue usada en aquella ocasión para referirse a un actor de teatro que se enmascaraba, y al enmascararse pues escondía su verdadera identidad. De tal forma que esa palabra aun en aquel tiempo ya tenía el sentido con el que nosotros le conocemos hoy. El diccionario de la Real Academia define la hipocresía como fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan. Esa palabra hipócrita aparece en el versículo 2, 5 y 16. Pero esas son ilustraciones del punto que nosotros vamos a estar tratando hoy.
Este es un tema recurrente tanto a lo largo de toda la Biblia como a lo largo del Evangelio de Mateo. Escucha Mateo cómo dice lo siguiente en 15:7: "Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas", ahí está nuestra palabra, "como está escrito: Este pueblo con los labios me honra, pero su corazón está muy lejos de mí." Este pueblo hace una cosa con los labios, pero la realidad es que sus labios y su corazón no están conectados.
Escucha Mateo una vez más, 22:18: "Jesús, conociendo su malicia, dijo: ¿Por qué me ponéis a prueba, hipócritas?" Y cuando llegas al capítulo 23 es impresionante, porque en apenas una sección de un solo capítulo, 7 veces el Señor repite esta frase: "¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!" Esa frase aparece en el versículo 13, 14, 23, 25, 27 y 29 de ese capítulo 23. Es increíble que el Señor se detuviera 7 veces para hablar de la hipocresía de estos maestros.
Y vamos teniendo una idea más o menos de qué pudiera tratar toda esta sección cuando yo hablo de hipocresía. Yo quise darles varias definiciones, más que gramaticales o de diccionarios, prácticas, con relación a nuestra fe cristiana, nuestra vida cristiana, para que entendamos lo que es la hipocresía.
Yo digo aquí que la hipocresía es la desconexión entre lo que sabemos y lo que practicamos. O entre lo que decimos y lo que hacemos. O entre lo que sentimos en nuestro interior y lo que mostramos en nuestro exterior. O pudiera ser la desconexión entre lo que se dice en los púlpitos y lo que se vive en la realidad. O pudiera ser la desconexión entre lo que se afirma con la cabeza y se niega con las obras. O quizás la diferencia entre el amén del domingo, "¡Amén! ¡Gloria a Dios!", y el buque que yo le doy a esa misma enseñanza el lunes en la mañana. O simplemente es la desconexión entre lo que soy y lo que hago. O finalmente, la diferencia entre lo que soy y lo que otros creen que yo soy. Y creo que ahí nosotros tenemos más claridad acerca de qué es lo que la Biblia está tratando de comunicarnos cuando habla de la hipocresía de los hombres.
El Señor comienza este texto con la palabra "cuidad", que implica estar alerta, ten cuidado, presta atención. Y hay razones por las que Él comienza con esa advertencia, porque es una advertencia, es una palabra de advertencia: cuidad. Y no es una advertencia solamente para principiantes en la fe. Esto no es un pecado de los escribas y de los fariseos solamente, esto es un pecado universal de la raza humana, esto es un pecado tuyo y mío. Esto no es un pecado de aquellos que apenas tienen unos meses o unos pocos años en la fe cristiana. Como nosotros vamos a tratar de ilustrar por la Palabra de Dios, este es un pecado que ha afectado, que ha corrompido a gente madura en la fe. Héroes de la Biblia han pecado de esta manera, y por eso yo pienso que Cristo usa esta palabra cuando dice "cuidad", no vaya a ser que a pesar de tus años este sea tu pecado.
En el Antiguo Testamento quizás el ejemplo más conocido, es algo que todos hemos visto, leído, usado incluso, es David. El hombre conforme al corazón de Dios toma a esta mujer, trata de ocultar su pecado, emborracha a su esposo, lo envía a su casa dos veces para que tenga intimidad con ella, para hacer lucir que el embarazo no es de él sino de su esposo. Eso es hipocresía, eso es esconder los hechos. Cuando eso no resultó, él lo envía al campo de batalla y crea un plan que termina con su muerte, y entonces él la toma como mujer viuda y no como amante, que es lo que ella realmente había sido. Eso es hipocresía en el corazón de un hombre que en un momento dado Dios dijo: "Este hombre tiene un corazón conforme al mío."
Eso no es solamente un pecado de líderes en el Antiguo Testamento, esto es un pecado de líderes en el Nuevo Testamento. El domingo pasado hablamos de Pedro. Ustedes conocen bien la historia. Este es el pecado con el que Pedro luchaba en su vida cristiana, antes de la crucifixión y después de la crucifixión. Ustedes conocen la historia porque la revisamos la semana pasada, donde Pedro negó al Señor a la hora de la prueba, no una vez sino dos, ni dos sino tres. Tres veces.
Permítanme expandir algo de lo que yo dije la semana pasada para que tú puedas entender mejor por qué Pedro es un ejemplo de lo que este pecado representa en el corazón del hombre. Dijimos que la palabra traducida como discípulo en el hebreo es "talmid" en el singular, "talmidim" en plural. No todos los rabinos tenían talmidim. Todos los rabinos tenían estudiantes y discípulos, muy pocos tenían talmidim. Talmid era un discípulo especial que dejaba su vida, su vocación, se retiraba a vivir con su rabino 24/7, 24 horas al día, 7 días a la semana. Su meta no era aprender todo lo que el rabino sabía, sino llegar a ser exactamente como ese rabino.
No todos los rabíes podían tener talmidim. Tú tenías que pertenecer a un grupo especial de rabíes para poder tener talmidim. ¿Quiénes eran esos rabíes? Bueno, rabíes que tenían lo que se llamaba "semicha", autoridad. Rabíes con semicha. Bueno, ¿qué implicaba eso? Que ellos tenían la autoridad para introducir nuevas enseñanzas, nuevas implicaciones y aplicaciones. Los demás simplemente se limitaban a decir "según fulano", "según Moisés", pero el rabí con semicha podía introducir nuevas enseñanzas. Y esto no era una calificación sencilla. El gran maestro judío Shammai adquirió ese estatus a la edad de 85 años. Y requería que dos rabíes también con semicha pusieran su mano, su autoridad, sobre ti públicamente, de manera que tú pudieras testificar quién te dio semicha.
Ahora tú entiendes por qué con cierta frecuencia los seguidores de Jesús venían, le cuestionaban, le decían: "¿Quién te dio semicha? ¿Con qué semicha tú hablas?" Se piensa, en el caso de Jesús, para fines de ellos, su semicha se la dio Juan el Bautista, quien lo bautizó cumpliendo toda justicia, y el Padre cuando abrió los cielos y dijo: "Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia. A Él oíd."
¿Se preguntarán qué tiene todo eso que ver con Pedro? Bueno, es que Cristo era uno de esos especiales, el más especial de los rabíes con semicha. Y los discípulos de tal rabí tenían que tomar un voto el día que entraran a formar parte de ese grupo de que ellos jamás le abandonarían, que ellos permanecerían con él toda su vida y que ellos tratarían de ser exactamente como él. Pedro es uno de esos, y a la hora de la prueba Pedro juró no haber conocido... Déjame ver, Pedro, tú tomaste un voto, tú juraste permanecer con tu maestro toda la vida. Con toda probabilidad tomaste un voto y juraste que tú ibas a llegar a ser como él, y tú hoy juras jamás haber conocido a tu rabí. "No lo conozco, no lo conozco, no lo conozco." Eso es hipocresía. Una vez, dos veces, tres veces.
Bueno, pastor, eso fue antes de la resurrección, porque después de la resurrección, con el poder de la resurrección que vive en nosotros, ya sería distinto. No vayan muy rápido. Yo te voy a mostrar la hipocresía de Pedro post resurrección. Pero la razón para que yo quiero mostrarte la hipocresía de Pedro post resurrección no es para acusar a Pedro, es para advertirnos a nosotros, que no somos apóstoles, que no somos talmidim y que no le hemos visto en persona ni caminamos sobre las aguas.
Pablo escribe en Gálatas a partir del versículo 11: "Pero cuando Pedro vino a Antioquía, me opuse a él cara a cara porque era de condenar, porque antes de venir algunos de parte de Jacobo él comía con los gentiles, pero cuando vinieron empezó a retraerse y apartarse porque temía a los de la circuncisión." Y el resto de los judíos, escucha, "y el resto de los judíos se le unió en su hipocresía, de tal manera que aun Bernabé fue arrastrado", escucha otra vez, "por la hipocresía de ellos. Pero cuando vi que no andaban con rectitud en cuanto a la verdad del Evangelio, dije a Pedro delante de todos: Si tú, siendo judío, vives como los gentiles y no como los judíos, ¿por qué obligas a los gentiles a vivir como judíos?"
Pablo dice que el resto de los judíos se unió a su hipocresía. ¿A la hipocresía de quién? De Pedro. Y que Bernabé estaba siendo arrastrado por la misma hipocresía. Bernabé, para todos ustedes. Me está diciendo que Bernabé, el que introdujo a Pablo a la comunidad cristiana cuando la comunidad cristiana no quería saber de Pablo, el que se jugó su reputación, el que se jugó quizás su vida, que ese es el que está siendo arrastrado hacia la misma hipocresía de Pedro y de los demás.
¿Ah, eh? Tiene un pecado de escribas y fariseos. Esto no es un pecado de principiantes, esto es un pecado de veteranos. Y ahí estás tú y estoy yo, no porque seamos veteranos, sino porque somos humanos. Esto no nos lleva a trivializar el pecado y decir: "Ah bueno, por imagínate, si eso le pasó al apóstol Pedro y a Bernabé, qué tú me dejas a mí". No, no, no, no. Esto nos debe llevar a tomar más en serio la advertencia de Pablo cuando dice: "El que crea que esté firme, cuídese de no caer". Esto nos va a llevar a la reflexión, ayudarnos a pensar que mi hipocresía es capaz de arrastrar a otros en la misma dirección de esa hipocresía. Y debiera llevar a la conclusión de que seamos menos inquisidores a la hora de rechazar personas como Pedro porque una vez fueron hipócritas. ¿Te das cuenta?
Ahora entiendes la advertencia. La razón de la advertencia es exactamente eso. Pero mira qué es lo que Cristo nos está diciendo ahora: cuidar, estar alerta de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser visto por ellos. De que no muestres tu buena obra, de que no hagas alarde de lo que eres, de lo que haces, delante de los hombres.
Alguien pudiera estar pensando todo el momento: "Pero en Mateo 5:16, que forma parte del mismo Sermón del Monte, predicado por el mismo predicador, me dice que yo debo dejar que mi luz brille delante de los hombres". Entonces, ¿cómo es? Capítulo 5: "Así brille vuestra luz delante de los hombres", versículo 16, "para que vean vuestras buenas acciones". "No muestres vuestra obra, vuestra justicia delante de los hombres". ¿Hallas la diferencia? Bueno, es que yo no terminé el texto. Es la motivación.
Escucha la diferencia ahora. Ámala, entiende el texto de hoy: "Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres". Motivación, aquí viene: "Para ser visto por ellos". Ese es el problema. Mateo 5:16: "Así brille vuestra luz delante de los hombres para que vean vuestras buenas acciones", y aquí viene la motivación: "Glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos". Hay una manera como Dios quiere que yo muestre mis buenas obras y hay una manera como Dios no quiere que yo muestre mis buenas obras.
¿Y cómo yo sé la diferencia entonces? Spurgeon, creo que fue Spurgeon, decía: "Cada vez que te sientas tentado a esconderte, muéstrate. Y cada vez que te sientas tentado a mostrarte, escóndete". Yo creo que es una buena ecuación. Buena sabiduría. Pero tenemos que cuidarnos de cuál es la razón por la cual nosotros hacemos lo que hacemos, decimos lo que decimos, y por qué lo estamos mostrando. Que muchas veces la verdadera motivación está escondida.
Y si mi motivación realmente no fue la gloria de Dios sino el yo mostrarme, entonces escucha lo que Cristo dice: "De otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos". Cada vez que yo hago una de estas obras y la muestro para mi propia gloria, Dios dice: "Y recibiste, y le gustó a los hombres, y los hombres te aplaudieron. Tú acabas de recibir tu recompensa". Y ahora fue el aplauso de los hombres, pero no esperes nada más. Cuando llega el reino de los cielos, no lo menciona, que eso no tiene registro allá arriba. Eso no tiene conocimiento. Para el reino de los cielos, eso no ha pasado. Ya tu recompensa fue recibida: en salario, en aplausos, en popularidad, en aprobación humana, pero nada divina.
Cuando nosotros hacemos lo que hacemos, ¿qué tan consciente tú estás y de qué manera intencional tú estás procurando que aquella persona que está frente a ti vea algo de Dios en ti? Porque si yo no tengo eso de manera consciente y no lo hago de manera intencional, con toda probabilidad la gloria de Dios es lo más lejos que yo tengo en ese momento. Y como vamos a ver más adelante, yo no tengo ninguna otra razón para vivir o para trabajar. No es lo que yo hago en un estudio bíblico lo que dirijo lo que cuenta. Es todo lo que yo hago en mi vida, que se supone tenga el mismo propósito. Y la motivación para lo cual yo hago lo que hago es vital, y lamentablemente la motivación muchas veces está errada aun en nuestras mejores cosas.
Escucha a Santiago 4:3, al principio del versículo: "Pedís y no recibís porque pedís con malos propósitos". Fíjate, ahora mi oración está corrompida. Yo hablaba con alguien esta semana, lo voy a mencionar de manera anónima y creo que la persona no va a tener problema, porque yo creo que sirve para ilustrar nuestro problema general. Estamos conversando y entonces yo le digo: "Bueno, yo creo que tú debes pedirle esto a Dios". Voy a dejar hasta el problema del cual estamos hablando anónimo a propósito. La persona me dice: "Eso mismo yo le he estado pidiendo". Y yo le digo: "Se lo estás pidiendo, pero tú no lo quieres". Y a mí me dice: "¿Por qué dices eso?". "Porque mira lo que me dijiste al principio", y se lo menciono. Y abre sus ojos y me dice: "Wow, pero es verdad. Yo estoy pidiendo una cosa que yo ni siquiera quiero".
¿Te das cuenta cómo somos? Y eso no es típico de ella sola, es típico de la raza humana, aun después de ser redimida. Santiago lo dijo: "¿Pedís y no recibís?". ¿Por qué yo pido y Dios no me da? Porque los propósitos y las motivaciones no son las correctas. No hay ninguna obra tan alta, tan sublime, tan excelsa que la hipocresía del hombre no la pueda corromper. Yo lo digo de otra manera, pero es muy similar: no hay ningún hombre tan santo que no haya caído en este pecado y que no vuelva a caer en el día de mañana.
La hipocresía en esencia es el pecado de decir una cosa y hacer otra cosa. La hipocresía es el pecado en esencia de decir una cosa y hacer otra cosa. ¿Cuántos de los que estamos aquí no hemos incurrido en ese error? Vamos, levantemos la mano. Levantemos la mano por si estoy equivocado. ¿Cuántos de los que estamos aquí? Pongan su mano abajo. A ver, ¿cuántos de los que estamos aquí nunca hemos incurrido en el pecado de decir una cosa y hacer otra cosa? Bueno, yo creo que usted acaba de hacerlo.
La única persona que vivió una vida totalmente consistente el cien por ciento de sus días fue Jesucristo, ninguno de nosotros. Lo que tenemos que hacer es descubrir cuándo y cómo hemos hecho eso. La hipocresía es el pecado que está en el libro de Génesis y está en el libro de Apocalipsis y está en todas las páginas de la Biblia entre Génesis y Apocalipsis. El pecado es el pecado que Dios denuncia con más vehemencia.
Él usa a los fariseos en su momento porque eran los maestros de la ley y los que más estaban causando problemas. Y antes de que Cristo viniera, ya los fariseos habían sido clasificados en siete grupos. Déjame dártelo rápidamente para que tú veas cuál es la coyuntura en la que Cristo está predicando esto.
Número uno, el fariseo de hombros, que se ponía cosas aquí sobre sus hombros para destacar las obras buenas que él venía haciendo. Entonces, es el fariseo de hombros. Número dos, el fariseo que decía siempre: "Espera un poquito", porque en la espera otro lo hacía y así él nunca hacía nada. Número tres, el fariseo ciego o amoratado o que estaba sangrando, porque para evitar que una mujer lo tentara siempre caminaba con la cabeza hacia abajo. Número cuatro, el fariseo jorobado, similar al anterior, pero este caminaba así para no ver nunca una tentación o una mujer. Número cinco, el fariseo que siempre iba contando sus obras malas y las buenas para ver cómo andaba su balance. Número seis, el fariseo que temía a Dios, pero que obedecía por temor a sus consecuencias. No era un temor reverente. Y finalmente, un grupo muy selecto, muy pequeño, muy verdadero: el fariseo que amaba a Dios.
Lo sabías, así fue que comenzó este grupo. Este grupo no comenzó así. Fue un grupo de personas que comenzó antes de que Cristo viniera amando a Dios y terminó legalizando la ley o convirtiéndola en legalismo. De ese grupo, escucha lo que Cristo dice en Mateo 23: "De modo que haced y observad todo lo que os digan". O sea, lo que Cristo le dice a la población: lo que ellos les digan, hagan eso. Todo lo que les digan, háganlo. Pero no hagáis conforme a sus obras, porque ellos dicen y no hacen. O sea, Cristo les está diciendo: "Sabes qué, yo no tengo problema con sus enseñanzas. Háganlas, son buenas, son parte de la ley. Pero no se fijen cómo viven, porque ellos dicen y no hacen". Es la descripción de Cristo de la palabra hipocresía.
Pedro dijo y no hizo. "Yo nunca te negaré, Señor". Y no hizo. Antes y después de la resurrección. "Hacen cargas pesadas y difíciles de llevar y las ponen sobre las espaldas de los hombres, pero ellos ni con un dedo quieren moverlas. Sino que hacen todas sus obras", escucha lo otra vez, "sino que hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres, pues ensanchan sus filacterias y alargan los flecos de sus mantos".
Estos flecos que tenían en los mantos, a través de los cuales ellos suponían que salía el poder. Y esta mujer que estaba sangrando por doce años se acerca y toca su manto. Con toda probabilidad tocó uno de sus filamentos. Y esa era su creencia. Ellos hacen eso más largo, porque mientras más largo, más piadoso y más poderosa era su vida. Esos eran los fariseos. Es el contexto en el que Cristo está predicando esto.
Pero ahora, en el capítulo 6 de Mateo, él usó tres ilustraciones que tienen que ver con la oración y pararse en las plazas públicas a orar para que lo vean. Yo no creo que este sea nuestro problema. No sé si pase aquí los miércoles, no lo sé, no voy a juzgar eso.
El ayuno que ayunaban y luego le dicen a todo el mundo que estaban ayunando. De hecho, creo que la práctica del ayuno algunos pocos la tienen aquí. Yo no sé quiénes, y cuando lo hacen no nos enteramos, de manera que yo no creo que ese es el problema. Otros oraban para que los vieran, pero nosotros ni las ofrendas recogemos; están las urnas y usted sabe qué hacer con ellas, y cada cual tiene la responsabilidad delante de Dios de diezmarlo. Yo no creo que ese es el problema, pero nosotros no podemos sentarnos aquí esta mañana así, decir "por fin, no hay nada, esta es la primera vez que el Sermón del Monte nada tiene que ver conmigo". Porque este tiene todo que ver contigo y conmigo.
Hemos hecho una pregunta para que comencemos a ver si tiene que ver conmigo. Alguna vez, ¿tú crees que tú has condenado el pecado de alguien que luego tú mismo te has dado cuenta que tú cometes? No me tienes que responder, yo la respondo por ti: sí. Y por mí. Escucha lo que Pablo dice en Romanos 2:1: "Por lo cual no tienes excusa, oh hombre, quienquiera que seas tú que juzgas, pues al juzgar a otro a ti mismo te condenas, porque tú que juzgas practicas las mismas cosas." Él le está hablando al judío ahí, que condenaba al gentil, y Pablo le dice al judío: "Oye, tú condenaron al gentil, pero tú no tienes excusa, porque yo veo que tú haces lo mismo que tú condenas en el gentil. Tú eres tan culpable como él. ¿De qué es que tú lo acusas?" Nosotros hemos hecho eso en algún momento.
Y luego entonces Pablo continúa en Romanos 2:3 y le dice: "¿Y piensas esto, oh hombre, tú que condenas a los que practican tales cosas y haces lo mismo, que escaparás al juicio de Dios?" La pregunta es: ¿qué es lo que hace que tú y yo podamos ver y luego condenar el pecado en otro que nosotros cometemos y nosotros no lo vemos? ¿Qué es lo que crea ese problema, que cometemos el mismo pecado que estamos condenando en otro?
Yo creo que la respuesta es más o menos obvia. El problema está en que nosotros vivimos examinando las vidas de los demás y haciendo poca autoexaminación, y por tanto yo descubro cosas en las vidas que estoy examinando y no las veo en la mía que no la estoy examinando. Y yo creo que esto es muy común aun dentro del pueblo de Dios.
Escucha el antídoto para esa enfermedad que yo acabo de mencionar, la cura de acuerdo a las palabras de Cristo. En Mateo también, en el Sermón del Monte también, en Mateo 7:3. Vamos del 6:1 al 7:3: "¿Y por qué miras la mota que está en el ojo de tu hermano?" —es la examinación de la vida del otro— "y no te das cuenta de la viga que está en tu propio ojo" —la autoexaminación—. "¿O cómo puedes decir a tu hermano: Déjame sacarte la mota del ojo, cuando la viga está en tu ojo?" Hipócrita, esta es la palabra nuestra del día de hoy. "Saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás con claridad para sacar la mota del ojo de tu hermano."
El llamado de Dios es a la autoexaminación, no a la examinación de la vida de los demás. A menos que, como parte del liderazgo de la iglesia, Dios te haya dado la responsabilidad de involucrarte en sus vidas con la idea de corregir su caminar y ayudarles a tener un caminar más obediente y que traiga mayor gloria a Dios. Fuera de ahí, mi llamado es a la autoexaminación. La examinación de la vida de los demás me lleva a pecar más frecuentemente que el bien que me hace, o que le hace al otro. Yo creo que eso lo podemos ver.
Contestamos una pregunta: ¿qué me hace ver la falta en el otro que no me permite que yo la pueda ver en mí? Bueno, la examinación de la vida del otro y no la mía. Pero yo tengo que hacer otra pregunta: ¿qué nos lleva a ver la falta del otro y no la nuestra? Escúchame, porque suena como idéntica la pregunta, pero no es exactamente la misma. Yo pudiera decir: "Bueno, pastor, pues ya usted dijo que la examinación de la vida del otro." Sí, sí, pero escucha. Si yo estoy condenando un pecado en Pedro que yo cometo, que yo practico, y yo lo puedo ver en Pedro y no lo puedo ver en mí, ¿cuál es la razón? Bueno, pudiéramos decir de acuerdo a las palabras de Cristo: "Bueno, es la viga, la viga que está en mi ojo." Cristo dice: "Oye, esa viga no me permite ver con claridad. Saca primero la viga de tu ojo y entonces verás con claridad para sacar la mota del ojo de tu hermano."
Ok, pero yo tengo otra pregunta todavía. Si es la viga que está en mi ojo que no me permite ver con claridad, ¿por qué yo no veo con claridad ese pecado en mi vida y lo veo clarito en la vida del otro? ¿Ves la viga en el ojo? ¿Por qué tú piensas? Por un lado, ya dije, la autoexaminación. Pero la realidad es que usualmente, cuando eso ocurre, es porque el pecado que yo estoy condenando es mi pecado. Como es mi pecado, yo sé cómo luce desde lejos, yo sé cómo se comporta, y cuando lo veo a lo lejos lo distingo. ¡Yo he vivido con él!
Déjame ver si lo puedo ilustrar. Tú tienes un grupo de personas. En ese grupo de personas tú tienes a alguien que se está comportando orgullosamente. La persona que más se irrita es la persona más orgullosa del grupo. Sí o no, es así. Déjame ver si lo puedo ver en la Biblia. Jesús elige a los hijos del trueno: Juan y Jacobo. Juan y Jacobo, como usted conoce, vienen y le dicen a Jesús que tienen una petición. No era muy grande, era una petición nadanada. "No te voy a pedir muchas cosas, es una sola. Cuando tú vengas en tu reino, déjame sentar a mano derecha y a mano izquierda." Jesús no se lo dio la primera vez, mandaron a su mamá: "Mami, mira, habla con el maestro, oye."
¿Tú piensas que es orgullo querer sentarse a mano derecha y a mano izquierda? Yo pienso que es orgullo. Jesús los escucha y les hace una pregunta. No se irrita, no se molesta, les dice: "¿Podéis beber la copa que yo he de beber?" Y ellos respondieron, ¿qué usted cree que respondieron? "Podemos." Los orgullosos siguen hablando. "Claro que podemos, ¿qué preguntas eso?" Dice el texto: "Al oír esto los diez, se indignaron contra los dos hermanos." ¿Por qué se indignaron los otros diez? Porque querían lo mismo, porque tenían lo mismo en su corazón, tenían orgullo. "Ya se fueron adelante, ya no solo podemos pedir al Maestro, ¿qué va a decir el Maestro, que ya me lo pidieron?" Entonces ellos están indignados con esta petición, pero no hay en ellos que no han hecho la petición.
Escucha al Maestro, que es quien recibe la petición y quien tiene pureza de corazón: "Pero Jesús..." —a mí me encantan los "peros"— "se indignaron, pero Jesús, llamándolos junto a sí, dijo: Ven acá, hijo, ven acá, hijo, ven acá, hijo. ¿Sabéis que los gobernantes de los gentiles se enseñorean de ellos, y que los grandes ejercen autoridad sobre ellos? No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera entre vosotros llegar a ser grande, será vuestro servidor." "Ven acá, hijo, ven acá, siéntense, tienen que escuchar. Este es otro reino, estos son otros valores. Esto no es como la gente del mundo." Entretanto los otros diez estaban indignados, porque el pecado de Juan y Jacobo era el pecado de ellos.
¿No recuerdas cuál fue el pecado de Jimmy Swaggart cuando él denunció a su amigo pastor que estaba en pornografía? Pornografía. Ese fue su pecado, y lo atraparon. Prostitución. Ted Haggard, que denunciaba la homosexualidad, ¿cuál era su pecado? Homosexualidad. Y el orgullo, cuando lo denunciamos, usualmente —eh, yo he estado ahí— es nuestro pecado. Por eso lo reconocemos. Por eso sabemos cómo luce. Nosotros no reconocemos los pecados en nosotros porque vivimos esa vida.
Pero esto de que Cristo habla, esta religiosidad externa que está disociada, divorciada de una realidad interna, yo creo que se ve de múltiples maneras. Yo enseñaba en el Instituto nuestro este martes pasado acerca de cómo recobrar una mente cristiana, porque se perdió. Y hablábamos de varias cosas, yo lo trataba de ilustrar. Voy a mencionar una o dos de esas. Pero una de las maneras o una de las veces que yo veo la disociación entre la realidad interna del corazón y lo externo es en la adoración de nuestro Dios. Nosotros muchas veces somos movidos por el ritmo de la música, somos movidos por la melodía de la música, somos movidos por muchas otras cosas, pero raramente —o pocos quizás, porque obviamente hay personas o grupos que lo hacen— se concentran y aplican lo que están cantando a la realidad de su relación con Dios.
Yo lo ilustraba este martes pasado. Hay una canción, yo no conozco todas las letras de las canciones, pero cantamos con frecuencia que habla de que ve una generación levantarse, y esa canción habla de algo acerca de "toda mi maldad". Raramente yo puedo cantar esa canción sin que lágrimas afloren a mis ojos, porque yo trato de coger el concepto de esa maldad que yo acabo de cantar, aplicármela a mi vida y pedirle a Dios que me la muestre, e invariablemente Él me la enseña y yo tengo que arrepentirme. Pero la cantamos y a veces ni sabemos que esa palabra estaba en esa canción. Eso es una disociación entre la realidad interna y lo que estoy cantando.
Lo reconozco, somos latinos, nos gusta la música, nos gusta el ritmo, nos movemos al tocar un pito que suena. Pero realmente, ¿están las líricas revelando mi corazón, revelándome una verdad acerca de Dios y otra verdad acerca de mi corazón? Las canciones no son buenas porque tengan buena melodía o buen ritmo. Las canciones no son buenas porque me permiten jugar con el instrumento: "A mí me encanta ese instrumento." Las canciones son buenas porque me revelan una verdad acerca de Dios, vía un vehículo altamente poderoso que es la música, ideado por Dios también.
Yo encuentro una disociación en nosotros. Yo creo que tú no quieres oír, yo no lo quiero oír, pero yo creo que tú tampoco quieres oír las palabras de Jesús vía Isaías cuando dijo: "¡Hipócritas! Este pueblo con los labios me honra, pero su corazón está muy lejos de mí."
Cuando levantamos la mano, si está en nuestro corazón levantado, cuando criticamos al que levanta la mano, yo vivo una vida de adoración por lo menos de corazón levantado. Bueno, Judá nunca dejó de ofrecer las oraciones correctas, las oraciones. Salvo algunas excepciones, ofreció los sacrificios correctos. Salvo algunas excepciones, ofreció o guardó las fiestas correctas. Dios viene a través del profeta Isaías, capítulo uno, y le pasa revista a las cosas que Dios le había dado para que lo adorara en ellas.
Oye lo que Él dice en el capítulo uno. Dice Isaías, versículo 11: "Estoy harto de vuestros sacrificios." La Reina Valera dice "hastiado." Versículo 13: "Tus ofrendas son vanas." Versículo 13: "El incienso que yo te di para que me adoraras me es abominable." Versículo 14: "Las fiestas solemnes que yo ordené, mi alma las aborrece." Y agrega: "Estoy cansado de soportarlas, agotan mi paciencia."
Ahora escúchame, tú pensarías que esas quejas tienen que ver, en ese contexto, porque hubo otro momento en que sí fue así, pero en este momento tú pensarías que si estas son las quejas, tú pensarías que es que al incienso le han cambiado la fórmula, o que los sacrificios son de corderos tuertos, tú pensarías que eso es, o que las fiestas no las están guardando, las guardan mal. No era eso. Ya el cuadro del capítulo uno, dice Isaías, ¿si os dais cuenta cuál era? La disociación entre la adoración y la justicia social.
Si tiene una sola queja fuera de esa área de adoración: del huérfano no te ocupas, la viuda te tiene sin cuidado, tú no practicas la justicia social. Y dice: "Entonces la ciudad se ha convertido en ramera." La ciudad que estaba llena de justicia y ahora está llena de injusticia. He aquí lo que Dios está diciendo: "Yo veo una disociación, un divorcio, entre la vida de adoración de mi pueblo y la vida secular de afuera. Mi pueblo no cree que su vida de afuera es tan sagrada como la vida de adoración. Mi pueblo no cree que vive coram Deo, enfrente de mi rostro. Mi pueblo cree que la vida de santidad es en cuatro paredes del templo." Y esa es la denuncia de Dios.
Y Él dice: "¿Comeréis lo mejor de la tierra?" Versículo 16. En otras palabras, la escasez de la tierra, la dificultad de la economía que yo manejo, yo controlo. ¿Por qué está así? Por desobediencia. Pero si obedeciereis, comeríais lo mejor de la tierra, dice Dios.
La práctica, déjame leerte esto que yo escribía anoche, justamente: la práctica de la injusticia social de parte del pueblo de Dios convierte su relación con Dios en religiosidad externa. La práctica de la injusticia social de parte del pueblo de Dios convierte su relación con Dios en religiosidad externa. ¿No se dan cuenta de qué nos vale el domingo adorar a Dios y el lunes, cuando voy a trabajar, tener como motivación primera los ingresos económicos en mi trabajo? Hay una disociación enorme entre lo que hice el domingo y lo que estoy haciendo el próximo día.
Déjame ilustrarlo de esta manera que lo ilustré en clase. Si alguno de ustedes tiene este oficio, no les estoy hablando a ustedes, les estoy hablando a todos. Un vendedor de carro, cuando vende un carro, su gozo mayor no puede ser el beneficio que le saque a este carro. Y si es así, y él es cristiano, él acaba de pecar en una venta que parecía justa. Pero el propósito número uno en la venta de un carro no es su ganancia. Te lo voy a ilustrar por la Palabra de Dios. El propósito número uno es que el comprador haya visto a Dios, sus virtudes, en él o a través de él de alguna manera. Así no haya ganado un dólar.
"¿Porque yo vivo de eso?" No, tú no vives de eso, hermano. Tú vives de la mano misericordiosa de nuestro Dios que pone comida y pone mantenimiento en tu casa todos los días. Yo no vivo primariamente de lo que hago. Si yo vivo de eso, yo no necesito a Dios; yo necesito muchos carros y muchos clientes y mucha promoción y mucha mercadología. Yo vivo de la provisión de la mano de Dios.
Lo leímos en dos o tres domingos atrás. Nosotros somos nación, pueblo real, ustedes conocen el texto, para que anunciéis las virtudes de aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable. ¿En el púlpito? No, 24/7: en tu trabajo, en la calle, en tu círculo social. Tu único propósito en la vida es demostrar, anunciar, reflejar las virtudes del Dios que te llamó. Tú no tienes otro propósito de vida. Tú no tienes motivo de existencia que no sea ese. Y como bendición, Dios te concede que tengas ingresos por haber reflejado sus virtudes. Doble privilegio. Reflejar sus virtudes es el mayor privilegio; tener una ganancia monetaria es segundo privilegio. ¿Te das cuenta?
El médico no puede seguir haciendo diagnósticos para levantar una fama. Si esa es su motivación, ha de estar pecando. Él necesita que sus pacientes, sus colegas, puedan ver a Dios en él y a través de él; lo otro es secundario. Hermano, no podemos seguir con un corazón convertido y una mente pagana, no podemos, por el amor de Dios. Seguiremos siendo exitosos en el reino de los hombres y fracasos en el reino de los cielos. Eso es un doble estándar, es una hipocresía de nuestra parte. Decimos: "Dios es prioridad," pero no lo es.
¿De qué nos vale que nos quejemos todos los días de la injusticia de nuestro país? Abrimos los periódicos, miramos eso: "Aquí no hay justicia, aquí no se aplica la justicia." Y cuando yo voy a mi casa, yo le pago a la trabajadora el mismo salario que el mundo secular inconverso paga. "Porque eso es lo que se paga." ¿Paga quién? El mundo secular inconverso que no conoce a Dios. ¿Es el estándar de quién? De los incrédulos, no el tuyo. Nosotros caminamos a otro ritmo, con otro estándar.
Tú sabes, oh hombre, lo que Dios demanda de ti. Miqueas 6:8: que practiques la justicia, que ames la misericordia y que camines en humildad con tu Dios. "Pero los factores, que no me alcanza." ¿Sabes por qué? Hageo 1:6 tiene la razón. "La inflación es tal que no me alcanza." Dios dice: "Bueno, porque el que recibe salario lo recibe en bolsa rota. Yo le pinché la bolsa." "Vale, no alcanza." ¿Por qué? Porque mi pueblo no puede seguir en injusticia.
Nos quejamos de los robos, que han ido en aumento, pero nos robamos la luz y nos robamos los impuestos. Nuestros robos no van a parar como nación hasta que el robo de impuestos y el robo de luz y todos los demás robos terminen. No puede ser, sobre todo de aquellos que pertenecen al pueblo de Dios, sobre el cual se invoca su nombre. Aquellos robos no van a parar hasta que los nuestros no paren; aquellas injusticias no van a parar hasta que las nuestras no paren.
Dios no solamente está interesado en lo que yo predico, Él está interesado en lo que yo practico. No está interesado simplemente en lo que yo digo, en lo que yo canto. Él quiere saber si yo soy una persona justa, que vive en justicia, que le paga al trabajador un trabajo digno. Ya no me quiero dar por nada sin echarla de espalda, pero le voy a dar una ilustración, porque creo que sirve como ilustración de la sensibilidad cristiana hacia el trabajador.
Yo contraté un trabajo en una ocasión por 3,000 pesos, y cuando vi lo que la persona hizo, le dije: "Fulano, tú no puedes cobrar 3,000 pesos por eso. Yo no creo que tú puedas hacer eso por menos de 5,000 pesos." Me había dado un trabajo de lo que yo pensaba. "Pero eso depende de usted." Claro, yo le pagué 5,000 pesos. "Usted no puede decir delante de eso." Fue lo que él me dijo. Usted tiene una conciencia por encima de la de él, tiene ingresos por encima de los de él, y tiene iluminación por encima de la de él, porque no era cristiano. No uses su oscuridad e ignorancia, falta de conciencia, para tu gratificación, hermano. Tú necesitas una mente convertida al igual que tu corazón, para que reine la justicia en nuestro país, pero tiene que comenzar por nosotros, sus hijos.
Obrero es digno de su salario. No digno de un salario, de su salario, de lo que cuesta, de lo que verdaderamente debe ser pagado.
Escucha a Cristo, para cerrar. Mateo 23:23: "¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque pagáis el diezmo de la menta, del eneldo y del comino, y habéis descuidado los preceptos de más peso de la ley." ¿Cuáles son? La justicia, Miqueas 6:8; la misericordia, Miqueas 6:8; y la fidelidad. "Y estas son las cosas que debíais haber hecho, sin descuidar aquellas."
¿Qué es lo que Cristo está diciendo? Les dice hipócritas a estos fariseos porque están pagando el diezmo, están dando al templo, ofrendan sus sacrificios, y sin embargo practican injusticias y no aman la misericordia. La disociación entre su vida de adoración y su vida social. Dense cuenta de que este sermón tenía que ver con todos nosotros. El ayuno, la oración, el diezmo que Cristo usa son ilustraciones de lo que está pasando en aquella época.
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