Integridad y Sabiduria
Sermones

Una gran demanda, una gloriosa recompensa

Joan Veloz 28 noviembre, 2021

Seguir a Jesús no es unirse a un club con beneficios, sino alistarse en un equipo cuyo capitán exige todo o nada. Mientras caminaba hacia Jerusalén con la cruz en mente, Jesús encontró a tres personas que querían seguirlo, pero cada una tenía condiciones. A todas les dejó claro que el discipulado no admite letras pequeñas ni cláusulas ocultas.

El primero, un escriba de clase acomodada, declaró con entusiasmo que lo seguiría a cualquier parte. Jesús le respondió que ni siquiera tenía dónde recostar la cabeza; el Creador del universo vivía con menos comodidades que los animales que había creado. El segundo recibió el llamado directo de Jesús, pero pidió tiempo para cumplir con el deber sagrado de enterrar a su padre, un proceso que podía durar un año. Jesús le dijo que dejara que los muertos enterraran a sus muertos y fuera a proclamar el reino. El tercero solo quería despedirse de su familia, pero escuchó que quien pone la mano en el arado y mira atrás no es apto para el reino.

La demanda es radical: ni comodidades, ni compromisos, ni siquiera los lazos familiares más cercanos pueden ocupar el lugar que le corresponde solo a Cristo. Como el pueblo de Israel que, siendo alimentado por Dios en el desierto, añoraba las cebollas de Egipto, un corazón dividido no puede honrar a Dios. Pero quien renuncia a todo por seguirle encuentra la promesa de vida eterna y la certeza de que Cristo estará con él hasta el fin. Jesús no pide nada que él mismo no haya dado primero.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

El domingo pasado hicimos una pausa de nuestra serie de predicación que el pastor Miguel está llevando de la serie de la carta a los Gálatas. Y el pastor Héctor nos predicó acerca de la importancia de resistir la seducción de un mundo caído y temporal, basada en la primera carta de Juan. El pastor Héctor nos hablaba de cómo nosotros debemos cuidarnos, de cómo debemos estar alerta, en no amar el mundo y sus placeres antes que a Dios y su gloria. Y recuerdo muy bien que fue un sermón muy práctico, donde él nos alertaba: tengan cuidado de querer vivir en dos mundos, tengan cuidado de que su vida sea más similar a la de un inconverso que a la de un creyente.

Mi deseo en el día de hoy es darle continuidad a ese mensaje que el pastor Héctor nos predicó, y hablar de cuál es la demanda que Dios ha hecho a aquellos que dicen ser sus hijos, aquellos que son sus seguidores. Es por eso que yo he titulado el mensaje de hoy: "Una gran demanda con una gloriosa recompensa", basado en el Evangelio de Lucas, capítulo 9, versículos 57 al 62.

Hermanos, si yo les soy muy honesto y muy franco, todavía sigo pensando cómo Dios me trajo a este texto. Cuando se me dio la oportunidad de poder compartir la Palabra, yo tenía en mente predicar otra cosa, pero al estudiar y reflexionar, el Señor me fue guiando hacia este texto. De verdad que yo agradezco mucho al Señor por haberme ministrado y haberme confrontado a través de la preparación de este mensaje. Es mi deseo que así como lo hizo conmigo, pueda hacerlo contigo el día de hoy, que tú puedas escuchar su voz.

Hermanos, a manera de introducción, para aquellos que no lo saben, además de una hermana que quizás algunos de ustedes conocen, yo tengo un hermano de padre. Yo recuerdo que él, desde temprana edad, a los 7 u 8 años, anhelaba con ser pelotero. Ese niño, desde temprana edad, tú siempre lo veías con un guante en la mano y una pelota. Él solamente hablaba de pelota, respiraba pelota, todo era pelota. Tú lo veías y él estaba en una pared tirando pelota y atrapando, tirando pelota y atrapando.

Ese deseo de ser pelotero, con los años, se mantuvo en él, al punto de que cuando tenía 16 años tuvo la oportunidad de firmar con un equipo profesional de los Estados Unidos, con quien jugó en categorías inferiores. Yo recuerdo que un día, cuando él venía en esos viajes —porque él estaba en Estados Unidos— venía de los entrenamientos, y yo le pregunté: "Hermano, ¿qué tan difícil es, qué tan alta es la demanda de ser un profesional, de estar firmado?" Y recuerdo sus palabras muy claramente. Me dijo: "Hermano, te puedo ser muy duro, es algo muy pesado. Te levantan a las 6 de la mañana, desayunas, entrenas, gimnasio, juegas, comes, breve descanso, vuelves a entrenar, vuelves a jugar, los 7 días de la semana." Él me decía que el que quiere ser un beisbolista realmente, un profesional, tiene que dejarlo todo y centrarse en eso. Me decía: "El que tenga la mente en otra cosa no va a llegar."

Y eso no es algo que aplica solamente a los beisbolistas; es algo que puede aplicar a todo atleta de alto rendimiento, a ciertos músicos, a ciertos profesionales. Si uno quiere garantizar el éxito, si uno quiere garantizar alcanzar sus objetivos, tiene que estar centrado plenamente en eso. Ahí no hay Navidad, no hay cumpleaños, no hay Día de las Madres, no hay fin de semana con los primos. Uno ve las fotos y dice: "Wow, quisiera estar ahí", pero no. No hay nada de eso; es todo o nada.

Y un llamado similar a este es el que Jesús le hace a sus discípulos. ¿Tú quieres ser de mi equipo? ¿Tú quieres ser parte de los que me siguen? ¿Tú quieres ser mi discípulo? Es todo o nada. Y quien nos llama a ser parte de su equipo no es un cualquiera. No es ser parte de los Yankees, no es ser parte del Escogido, del Licey, del Barcelona, del Real Madrid; es ser parte del equipo del Rey de reyes y Señor de señores. Y Él tiene demandas para nosotros.

Luego de haber dicho eso, yo quiero invitarte a que abras tu Biblia en el Evangelio de Lucas, capítulo 9. Estaremos leyendo del versículo 57 al 62. Esta es la demanda de Jesús a aquellos que quieren seguirle.

"Mientras ellos iban por el camino, uno le dijo: 'Te seguiré a donde quiera que vayas.' Las zorras tienen madrigueras y las aves del cielo nido, le dijo Jesús, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza. A otro le dijo: 'Sígueme.' Pero él contestó: 'Señor, permite que vaya primero a enterrar a mi padre.' 'Deja que los muertos entierren a sus muertos', le respondió Jesús, 'pero tú ve y anuncia por todas partes el reino de Dios.' También otro dijo: 'Te seguiré, Señor, pero primero permíteme despedirme de los de mi casa.' Pero Jesús le dijo: 'Nadie, después de poner la mano en el arado y mirar atrás, es apto para el reino de Dios.'"

Esta es la Palabra de Dios.

Hermanos, para poder entender un poco y apreciar esta enseñanza que Jesús nos está dando, esta demanda que Jesús nos está presentando, es importante que podamos entender el contexto donde Jesús dice estas palabras. Como nosotros vemos en el Evangelio de Lucas, Jesús en versículos anteriores ya había determinado ir a Jerusalén. Su mente estaba puesta en la cruz; su voluntad estaba puesta en ir a Jerusalén a morir por nuestros pecados. Vemos en el versículo 51 de este Evangelio de Lucas que dice: "Sucedió que cuando se cumplían los días de su ascensión" —cuando estaban por cumplirse los días de Él partir, de Él morir— "Jesús, con determinación, afirmó su rostro para ir a Jerusalén." Jesús iba por el camino, dice el texto, dirigiéndose a Jerusalén, con la cruz en la mente.

En ese momento, el ministerio de Jesús probablemente estaba en sus momentos más altos de popularidad. Él ya había alimentado multitudes, había libertado endemoniados, había sanado enfermos; mucha gente le seguía, mucha gente quería ser parte de lo que Jesús estaba haciendo, mucha gente quería seguir a este hombre que era popular. Pero Jesús no iba a permitir que nadie se acercara a Él sin saber el costo elevado que tenía seguirle, sin que ellos supieran que para seguirle tenían que renunciar a todo.

Es por eso que en este texto Él le habla a tres personas diferentes. De una manera práctica, para que podamos entenderlo mejor, yo he dividido mi enseñanza de hoy en tres puntos que están claramente identificados aquí en el pasaje. Nosotros podemos ver que Jesús le dice a aquellos que le siguen: número uno, si tú me vas a seguir, tienes que dejar tu comodidad; número dos, si me vas a seguir, tienes que estar dispuesto a dejar a un lado tus compromisos; y número tres, si tú me vas a seguir, tienes que estar dispuesto a renunciar incluso a tus parientes, a tus relaciones más cercanas.

Vamos a ver el primer punto: seguir a Jesús puede costarnos nuestra comodidad. Como yo decía anteriormente, mucha gente seguía a Jesús, mucha gente quería ser parte de lo que Jesús estaba haciendo. Y vemos aquí en el versículo 57 que este hombre ve a Jesús y, de una manera espontánea, probablemente muy animada, le dice: "Te seguiré donde quiera que vayas." Este hombre probablemente no sabía lo que estaba diciendo. Jesús iba camino a Jerusalén, camino a morir en una cruz como maldito, y tú dices que lo vas a seguir a donde quiera que vaya.

De verdad, en el Evangelio de Mateo, cuando Mateo relata esta historia, nos habla un poquito acerca de quién era este hombre, algo que Lucas no hace. Mateo nos dice, en Mateo 8:19, que este hombre que se acercó a Jesús era un escriba; este no era un cualquiera. Era un hombre que estaba entre la clase media alta del pueblo de los judíos, un hombre importante, por así decirlo, porque los escribas tenían cierto nivel en la sociedad. Y él ve a Jesús, su popularidad, ve los milagros que hacía, y dice: "Espera, yo tengo que asociarme con este hombre", y le dice: "Señor, yo te voy a seguir donde quiera que vayas."

Pero como Jesús conoce los corazones, como Jesús sabe la intención real de cada uno de aquellos que se acercan a Él, le dijo: "Espera. Las zorras tienen madrigueras y las aves del cielo nido, pero el Hijo del Hombre no tiene ni dónde recostar su cabeza." El pastor MacArthur, haciendo una broma de este pasaje, decía: "Es increíble, el Creador tenía menos comodidades que los animales que Él había creado." Y Jesús a este hombre que viene muy eufórico, le dice básicamente: "Espera un momento. Yo no tengo casa, yo no tengo una cama, yo no tengo ni siquiera una almohada. Yo dependo de la hospitalidad de los demás. ¿De verdad tú me vas a seguir?" Mi ministerio no persigue prosperidad, mi ministerio no persigue bienes materiales; mi ministerio persigue hacer la voluntad de Dios.

Aquellos que ejercen la profesión de gestión humana, recursos humanos, probablemente se estarán preguntando: "¿Y qué forma de reclutar un discípulo es esta? ¿Cómo es que Jesús, si tú quieres que la gente te siga, que la gente se inscriba en tu equipo, así los recibes?" Normalmente, cuando uno quiere reclutar a alguien, uno le dice las cosas buenas: "Mira, aquí tenemos bendiciones para ti." Pero Jesús no iba a permitir que nadie le siguiera con pretensiones erróneas. Él quería que, si le vas a seguir, aquellos que le sigan sepan que en esta tierra, debajo del sol, en algunos momentos tendremos que dejar a un lado nuestras comodidades por servirle y serle fieles.

Según J. C. Ryle, quien fue un pastor anglicano de los años 1800, él decía lo siguiente: "Jesús no permitirá que ningún hombre se aliste con falsas pretensiones. Él quiere que sepamos que hay una batalla que pelear y una carrera que correr, una obra que hacer y muchas cosas difíciles por soportar."

La salvación que Él está dispuesto a otorgar es sin dinero y sin precio, gracia en el camino y gloria al final, la cual se dará a todo pecador que confíe en Él. Jesús, desde el primer momento, quiere dejar establecido: "Oye, seguirme va a implicar que tú estés dispuesto a dejar comodidades, placeres, riquezas, deseos." De este lado de la gloria, un seguidor de Jesús tiene que estar dispuesto a padecer por Él.

Es importante resaltar que Jesús no está diciendo aquí que si queremos seguirle, nosotros tenemos que vender todo lo que tenemos, que debemos declararnos en bancarrota. Él no está diciendo eso. Lo que le está diciendo es que si nosotros queremos ser Sus discípulos realmente, yo tengo que estar dispuesto a seguirle con las manos abiertas, diciendo: "Señor, si yo tengo que dejar a un lado toda mi comodidad, todo lo que tengo, yo lo dejo, porque Tú eres digno, porque Tú eres digno de que yo te siga."

Hermano, este nunca ha sido un llamado extraño. Nunca ha sido un llamado extraño que un líder le diga a sus seguidores: "Tú tienes que renunciar a cosas." Hoy en día los gobernantes les dicen a los militares y soldados que se alistan para la batalla: "Tú tienes que dejar cosas, tú tienes que inclusive dar tu vida por la causa." Porque así funciona: el seguidor debe estar dispuesto a dejar cosas por aquel a quien sigue, por honrar a aquel a quien sigue.

Uno de los principales impulsores de la unificación de Italia fue un hombre llamado Giuseppe Garibaldi. Cuenta la historia de este hombre que en un momento él se propuso unificar Italia, se propuso liberarla, y empezó a llamar jóvenes: "Vengan, necesitamos jóvenes que se alisten a esto." Y los jóvenes le preguntaban: "¿Qué tú me ofreces? Yo me voy a alistar, dime qué es lo que tú me ofreces." Y él decía: "Te ofrezco dificultades, hambre, sed, enfermedad, sufrimiento, y una victoria en la causa más noble que hayas enfrentado." Ellos contaron el costo y le siguieron.

Hermano, si hay causas dignas terrenales por las cuales nosotros estamos dispuestos a dejar nuestras comodidades, ¡cuánto más es la causa de Cristo! ¡Cuánto más el honrar a nuestro Rey y Señor! El apóstol Pablo entendió muy bien esta verdad. El apóstol Pablo supo que ser parte de los discípulos de Dios iba a conllevar estar dispuesto a dejarlo todo, a ser considerado basura hasta por los hombres.

Él escribe a los Corintios en 1 Corintios 4:11-13: "Hasta el momento presente pasamos hambre y sed, andamos mal vestidos, somos maltratados y no tenemos dónde vivir." El apóstol Pablo hablando de lo que le ha pasado por causa de Cristo: "Nos agotamos trabajando con nuestras propias manos; cuando nos ultrajan, bendecimos; cuando somos perseguidos, lo soportamos; cuando hablan mal de nosotros, tratamos de reconciliar. Hemos llegado a ser hasta ahora la basura del mundo, el desecho de todo."

Hermanos, la vida cristiana es una vida de autonegación, donde vivimos con los ojos puestos en la eternidad, no en las cosas materiales de este mundo. De este lado del sol, aquellos que se identifican con Cristo, aquellos que dicen: "Señor, yo soy parte de Tu equipo, yo me pongo Tu camiseta", tienen que estar dispuestos a ser considerados la basura del mundo, el desecho de todos.

Hermanos, piensen esto por un minuto: si al Creador y Sustentador de todas las cosas, al único digno y glorioso, lo desecharon, ¿cuánto más a ti y a mí? Si al Rey de reyes y Señor de señores lo crucificaron, ¿cuánto más a ti y a mí? El que piense o enseñe que la vida cristiana se trata de bienes materiales, de abundancia económica, yo quiero invitarlo a que estudie este pasaje que estamos viendo el día de hoy, porque Jesús quiere dejar claro: si le vamos a seguir, debemos estar dispuestos a dejar nuestras comodidades, nuestros lujos, nuestros placeres, por Él.

Hermanos, Jesús no quiere seguidores con falsas expectativas. Él dice: "Yo mismo no tengo dónde recostar la cabeza, yo mismo no tengo una casa aquí de este lado del sol. ¿De verdad me vas a seguir? ¿De verdad tú quieres ser uno de los míos?" Porque si tú estás dispuesto a seguirle, tienes que estar dispuesto a vivir como Él vivió. Y si tú y yo estamos dispuestos a seguir a Jesús, tenemos que estar dispuestos a dejar a un lado nuestras comodidades.

Número dos: esto también nos enseña el texto que leímos, que si le vamos a seguir, debemos estar dispuestos a dejar a un lado nuestros compromisos, a dejar a un lado aquellas cosas que de este lado del sol pudieran tener peso y pudieran ser importantes. Miren cómo Él lo dice en el versículo 59: "A otro le dijo: 'Ven tras mí.' Pero él contestó: 'Señor, permíteme que vaya primero a enterrar a mi padre.' Deja que los muertos entierren a sus muertos, le dijo el Señor, pero tú ve y anuncia por todas partes el reino de Dios."

En este segundo caso, es Jesús quien ve a este hombre en medio de la multitud y le dice: "Ven, sígueme. Ven tras mí, sé uno de mis discípulos." Sin embargo, la respuesta de este hombre no fue la misma respuesta que dieron Pedro y Juan cuando Jesús los llamó, que inmediatamente al escuchar el llamado de Jesús dejaron las redes y le siguieron. Tampoco fue la misma respuesta que dio Mateo cuando Jesús le dijo: "Tú, que estás sentado ahí, deja eso y sígueme", y Mateo inmediatamente dejó su función de cobrador de impuestos.

Este hombre puso una excusa. Él dijo: "Señor, mira, yo te voy a seguir, pero hay algo que voy a hacer primero. Permíteme ir y enterrar a mi padre." Y nosotros hoy hemos dicho: "¿Qué excusa es esta? Inventa otra, pero ¡qué excusa esta!" Pero la verdad, hermanos, es que cuando nosotros estudiamos la tradición judía, para los judíos dar una correcta sepultura a padre y madre era un deber, era una responsabilidad, era algo que los hombres judíos no podían dejar a un lado. Esto era parte de su responsabilidad de cumplir el mandato de honrar a padre y madre.

Era tanto así que, según la ley judía, solamente había dos razones por las cuales un hombre podía estar exento de cumplir con este compromiso de dar una correcta sepultura a su padre. Número uno: si este hombre había hecho un voto nazareo, que según el libro de Números era un pacto que se hacía para dedicarse al Señor; en ese tiempo la persona estaba exenta de ejecutar este compromiso. Y número dos: si la persona era el sumo sacerdote, que por sus funciones como tal no podía contaminarse, según ellos, con ningún muerto. Es decir, que todo hombre tenía la responsabilidad y el compromiso delante de Dios y de la comunidad de cumplir con esto, de dar correcta sepultura a su padre.

Para los judíos también es importante este dato: el darlos en tierra no era algo de un día. Podemos pensar: "Bueno, ¿cuánto puede durar un entierro? ¿Dos días, tres días?" Pero para la cultura judía un entierro podía durar alrededor de un año. Un año. Este hombre, en pocas palabras, le está diciendo a Jesús: "Yo me puedo enrolar, pero yo tengo el compromiso de enterrar a mi padre, y esto puede durar alrededor de un año." En la tradición judía, cuando alguien moría, luego que pasaba el tiempo de duelo, ese cadáver se ponía en una tumba abierta por un año, para esperar que se descompusiera el cuerpo. Y posteriormente a eso, el hijo tenía que tomar esos huesos y ponerlos en una tumba permanente donde iban a estar para siempre.

Es decir, que lo que este hombre le está diciendo a Jesús es real: "Yo tengo un compromiso." Había una razón de peso para decir: "No en este momento." Sin embargo, el llamado que Jesús está haciendo a él, a ti y a mí, es mucho mayor que cualquier compromiso que nosotros podamos tener. Él estaba llamando a este hombre a darle a Él todo, a que Él fuera la prioridad sobre todo, a que no hubiera compromiso de este lado del sol que tuviera más importancia que Él. Eso es lo que Jesús estaba demandando: "Terrenalmente, según la ley de ustedes, hay una razón. Pero yo creo que tú sabes que yo estoy por encima de la ley, y si tú me vas a seguir, yo tengo que ser la prioridad."

Es bueno resaltar también, hermanos, que este hombre no se negó a seguir a Jesús. Él no le dijo: "Señor, yo no te voy a seguir." No, él puso una excusa. Él probablemente quería seguir a Jesús, pero en su horario, en sus tiempos, en sus términos. Ese momento no era el conveniente para él. ¿Eso no te suena familiar? ¿Cuántas veces hemos escuchado, o quizás tú mismo que estás aquí en este momento, has dicho: "Señor, yo me voy a comprometer contigo, pero más adelante. Señor, yo quiero seguirte, de verdad, pero este no es el momento. Yo tengo tres hijos que sacar adelante, este no es el momento para estar más comprometido contigo. Yo lo voy a hacer cuando esté un poco más viejo."? ¿Cuántas veces hemos escuchado cosas como esas?

Hermanos, la demanda que Jesús hace aquí es seguirle sin excusas, sin pretextos. Es por eso que le dice: "Oye, deja que los muertos entierren a sus muertos, pero tú ve y proclama por todas partes el reino de Dios." Jesús le responde a este hombre por encima de los compromisos: "Olvídate de las cosas terrenales, ve y comparte las buenas nuevas de mi reino, comparte lo que yo estoy enseñando, comparte lo que tú estás oyendo de mí. Ese es tu llamado, esa es tu prioridad ahora."

Y es interesante que Jesús le diga esto: "Deja que los muertos entierren a sus muertos." ¿Qué les estará queriendo decir Jesús con esto? ¿Qué significado tiene esta frase que Jesús le da a este hombre? Bueno, algunos estudiosos han podido entender que esto tiene quizás tres diferentes tipos de significado. Uno dice que probablemente, como la tradición judía determinaba —según vimos— que era un año el tiempo que duraba el proceso de enterrar a un muerto, es probable que al Jesús decirle esto y responderle así, sea una forma de amonestarlo: "Oye, deja que los muertos entierren a sus muertos."

Tú estás poniendo excusas. Eso es una forma de Jesús amonestarlo y decirle: "Oye, olvídate de eso, ven y sígueme." Otro entiende que lo que Jesús le está diciendo es un modismo, una forma del habla, como decir: "Oye, que los muertos entierren a sus muertos, olvídate de eso, no te preocupes por tu padre, alguien se encargará." Y otro dice que probablemente Jesús lo que está diciendo es en sentido figurativo: deja que los muertos espirituales, los hombres caídos, se encarguen de los muertos.

Hermanos, cualquiera que sea la opción, está claro que lo que Jesús está diciendo aquí es que no hay compromiso que justifique el negarnos a seguirlo. Lo que Jesús está diciendo aquí es que Él es la prioridad, que cumplir Su voluntad es la prioridad, que salir a proclamar el reino de Dios es la prioridad. Eso es lo que Jesús le quiere enseñar aquí. "Tú me vas a seguir, de verdad, pero no en tu tiempo, es en mi tiempo. Y lo que tú estás llamado a ser es salir y proclamar las verdades del reino."

Quizás muchos de los que escuchan esto pueden decir: "Entonces la demanda de Jesús es que todos seamos misioneros, que todos seamos pastores, que yo deje mi trabajo y le siga. Si yo no hago eso, no le estoy siguiendo, no le estoy obedeciendo." No, no, no. Jesús no está diciendo eso. Lo que Jesús está pidiendo es que le sigamos a Él desde la centralidad donde Él nos ha llamado, de acuerdo a los dones que Él nos ha dado y según los medios que Él nos ha otorgado para seguirle, pero Él quiere que nosotros le sigamos.

Desde la centralidad donde Él nos ha llamado, bajo los dones que nos ha dado y según los medios que Él nos ha otorgado, Él quiere que nosotros le sigamos y que proclamemos la verdad del reino en nuestra familia, en nuestro lugar de trabajo, en nuestro vecindario. Hermano, tú y yo estamos llamados a ser embajadores de Cristo, a que en todo lugar se sepa que hay un Dios digno de servirle, un Dios por quien vale la pena entregarlo todo, porque Él es digno.

Hermano, seguir a Jesús nos puede costar nuestra comodidad, nos puede costar nuestros compromisos, pero sabes qué, también nos puede costar nuestras relaciones, nuestras relaciones más cercanas. Esta es la tercera enseñanza que yo quiero que veamos en el día de hoy: seguir a Jesús a expensas de nuestras relaciones.

Dice el versículo 61: "También otro dijo: 'Te seguiré, Señor, pero primero permíteme despedirme de los de mi casa.'" Pero Jesús le dijo: "Nadie que después de poner la mano en el arado mira atrás es apto para el reino de Dios." Hermanos, este otro hombre, al igual que el primero, se acercó a Jesús, y él mismo le dice: "Oye, Señor, yo quiero seguirte, yo voy a ser parte de tu equipo, yo quiero hacer parte de tus discípulos, pero primero déjame despedirme de mi familia." Y quizás nosotros escuchamos este pasaje y decimos: "¿Pero por qué Jesús lo amonesta por esto? ¿Por qué estaría mal esto?"

El punto es que Jesús sabe que muchos quieren venir a Él, pero bajo sus propias condiciones, como vimos ahorita: en su tiempo, bajo la forma como ellos quieren. Jesús no va a permitir eso. Dice Steve Cole de esta palabra "pero": que ha sido la palabra que ha mantenido a más personas fuera del reino de Dios. La palabra "pero" ha sido la palabra que ha mantenido a más personas fuera del reino de Dios. Y Jesús no permitirá que eso pase.

Jesús no va a permitir que nuestro amor, incluso por nuestros familiares, se interponga entre nuestro amor por Él. Jesús desea ser lo primero en nuestra vida, Él desea ser completamente amado, atesorado. Él dice: "¿O tú eres mío por completo?" Eso es lo que Jesús demanda, Él quiere nuestro corazón por completo. Muchos cristianos han tenido que seguir a Jesús en contra de los deseos de su familia, y el desafío directo de Jesús aquí obliga a que nosotros evaluemos nuestras prioridades, a que nosotros digamos: "Señor, ¿qué es lo más importante para mí? ¿Realmente dónde está mi corazón? ¿Qué es lo que yo más atesoro?"

Y nosotros vemos que más adelante en el mismo Evangelio de Lucas, Él dice, y recuerda esto, en Lucas 14:26: "Si alguien viene a mí y no aborrece a su padre y madre, a su mujer e hijos, a sus hermanos y hermanas, y aun hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo." Jesús le habla a la multitud y les dice: "El que no aborrece a hijo, hija, padre, madre, y aun a su propia vida, no puede ser mi discípulo. Yo soy la prioridad."

Sin embargo, quiero hacer un paréntesis aquí. Es importante que nosotros entendamos bien lo que Jesús está diciendo aquí, porque Jesús no nos está mandando a odiar a nuestros familiares, porque eso violaría el segundo más grande mandamiento: amar a tu prójimo como a ti mismo. No es eso lo que Jesús está diciendo aquí. Lo que Jesús está exhortándonos es a que nuestro amor por el reino, nuestro amor por Él, sea tan grande que desde el punto de vista espiritual, todos los demás afectos no tengan valor comparativo. Lo que nos está diciendo aquí es: "¿Tú quieres ser mi discípulo? Yo tengo que ser lo primero en tu vida. Yo no puedo ser secundario. Yo estoy por encima de padre, madre, hijo, de cualquiera, Yo estoy por encima."

Y al decir esto, Él le hace una advertencia a la multitud. Como vimos en ese pasaje de Lucas, dice: "Nadie después de poner la mano en el arado y mirar atrás es apto para el reino de Dios." Jesús sabe que ningún labrador ha arado nunca un surco derecho mirando detrás del hombro, nunca. Y es por eso que Dios quiere que nosotros, al comenzar a seguirle, tengamos el corazón puesto siempre en Él, centrados en Él.

Hermanos, Jesús alerta a este hombre, alerta a la multitud, de que nosotros no podemos caminar hacia ese Jerusalén con la mente en Egipto. Nosotros no podemos querer ser parte del pueblo de Dios y querer disfrutar de las cosas del mundo, inclusive de nuestra familia más cercana. Jesús sabe que un corazón dividido no es un corazón que honra a Dios; un corazón que se debate entre estos dos mundos no es un corazón para Dios.

Y nosotros vemos que en un momento el pueblo de Israel sufrió esto, sufrió las consecuencias de tener un corazón dividido. Esta gente que disfrutó las bondades de Dios, que fue apacentada directamente por el Dios vivo, en un momento determinado empezó a querer mirar atrás, empezó a añorar lo que había dejado en Egipto. Miren lo que dice Números 11:4: "El populacho que estaba entre ellos tenía un deseo insaciable, y también los israelitas volvieron a llorar y dijeron: '¿Quién nos dará carne para comer? Nos acordamos del pescado que comíamos gratis en Egipto, de los pepinos, de los melones, los puerros, las cebollas y los ajos.'" Esta gente estaba con Dios, siendo alimentada por Dios, ¡y están pensando en Egipto! En las cebollas, en los melones, en los ajos. E incluso tres capítulos más adelante, en el libro de Números, vemos que esta gente hizo un plan y dijeron: "Nombremos a un jefe y volvamos a Egipto."

Hermanos, cuando uno lee esto, uno dice, y voy a usar un término coloquial: esta gente está fuera de su mente. En Egipto ellos eran esclavos, eran maltratados, eran oprimidos por los egipcios. Tanto así, hermanos, que cuando nosotros vemos en el libro del Éxodo la razón por la cual Dios llama a Moisés y le dice: "Moisés, yo quiero que tú vayas a libertar a mi pueblo," es porque Él escuchó el gemir y la queja del pueblo. Esta gente, cuando estaba en esclavitud, clamó a Dios: "Señor, líbranos." Y ahora que son liberados, quieren volver, y se acuerdan de las cebollas, de los melones y de los ajos. ¿Cómo es esto?

Bueno, el pastor Miguel nos ha dicho muchas veces la verdad de que el pecado embrutece, el pecado embrutece y ciega a la gente; nos impide saborear la dulzura de Dios y añoramos lo amargo de la esclavitud. Esta gente caminó con Dios, vio a Dios abrir el mar, destruir el ejército de faraón, vio a Dios cuidarles de día y de noche, ¡y están pensando en los melones, en las cebollas, en los puerros!

Algo similar le pasó a la esposa de Lot. Cuando el ángel del Señor va y estos hombres de Dios van a libertarlos, le dicen: "Oye, huye, corre por tu vida, no mires atrás." ¿Pero qué hizo ella? Ella anhelaba lo que había dejado. Dice Génesis 19 que la mujer de Lot, que iba detrás de él, miró atrás y se convirtió en una estatua de sal. Hermanos, aquellos que miran atrás, como la esposa de Lot, saben por qué miran atrás: porque quieren volver, porque recuerdan lo que tuvieron, porque desean una vez más disfrutar de la esclavitud.

Y Jesús no va a permitir eso. Él no va a compartir Su trono con nadie. Él es Rey, y punto. Y si le vamos a seguir, es bajo Sus reglas y bajo Sus condiciones. Es más, Él dice: "Yo no voy a compartir mis afectos ni con tus familiares más cercanos." El pastor Timoteo compartió una síntesis esta semana que decía: "Jesús no puede ser simplemente querido. O lo rechazas totalmente, o lo coronas como Rey." Esas son las opciones. Tú no puedes simplemente quererlo: o lo rechazas o lo coronas. Y si lo vas a coronar, tú tienes que honrarlo como tal.

Hermanos, Jesús demanda nuestro corazón por entero, no por partes. Y Él quiere que nosotros tengamos la actitud que tuvo Abraham: que si Él nos llama, estemos dispuestos a dejar nuestra tierra y nuestra parentela por seguirle. Él quiere que nosotros tengamos la actitud que tuvo Moisés: que si Él nos llama, estemos dispuestos incluso a darle la espalda a aquellos que nos han criado. ¿Usted sabe por qué? Porque Él es digno, Él es digno.

Y nosotros sabemos, y Él sabe, que una conducta tan decisiva va a acarrear duras pruebas en nuestros afectos, va a acarrear dolor, va a acarrear lágrimas. Pero nuestro Dios es fiel, y quien Él es y lo que Él ha prometido es mucho mayor que los afectos que este mundo pueda ofrecer.

Por esa razón, hermano, Jesús nos recuerda: si tú estás reteniendo algo, no eres apto para el reino de Dios, porque la salvación es para los que están dispuestos a negarse por completo y seguirle. La salvación es para aquellos que renuncian a quienes son.

Hermano, cada uno de nosotros va a recibir un llamado. Es importante que tú estés claro de eso. Nosotros podemos tener un llamado al Ministerio Pastoral, pero cada uno de ustedes que está ahí tiene un llamado específico que Dios te ha dado. Quizás en tu caso Él no te diga: "Bueno, tú vas a tener que dejar comodidades, compromisos, relaciones," pero Él quiere que tú estés dispuesto a eso. Él quiere que tú le digas: "Señor, yo quiero seguirte bajo tus reglas."

Y yo reconozco que esta respuesta no es una cuestión de una emoción, no es una cuestión de un evento. Esto no se trata del reconocimiento de un día, una decisión momentánea. No, esto es una vida de autonegación, una vida de decir: "Señor, yo me rindo a ti por completo, tú eres todo para mí." Es una vida. Esto no es un momento, es una vida. Y por eso el que nos llama lo dice hoy: "¿De verdad tú quieres ser mío? ¿De verdad tú quieres ser mío?"

"Si alguien quiere venir a mí," dicen en Marcos 8, "niegue a sí mismo, tome su cruz y sígame, porque el que quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por causa de mí y del Evangelio la salvará." Hermanos, en la vida cristiana perdiendo se gana. ¿Tú quieres salvar tu vida? Pues la pierdes. ¿Tú quieres retenerla? Pues la vas a perder. Porque la vida que Él nos ha mandado a vivir es una vida de rendición total a Él.

El autor Rankin Wilbourne en su libro *Cross Before Me* dice: "La cruz nos enseña esta vida cristocéntrica de negarnos a nosotros mismos. Nos enseña que tenemos que perder la vida que siempre pensamos que necesitamos para encontrar la vida que siempre quisimos." Para poder seguir a Jesús, hermano, yo debo tomar mi cruz todos los días, negarme a mí mismo y avanzar. Hermanos, mi vida, no mis palabras, mi vida debe decir: yo quiero glorificar a Dios, yo quiero exaltar a mi Señor, yo quiero complacer a mi Rey, yo quiero hacer Su voluntad, yo quiero cumplir con el propósito que Él tiene para mí. Mi vida debe decir eso.

Ahora, si somos honestos, hermanos, es una pregunta que yo me he hecho y que muchos nos hacemos: ¿por qué a veces parece que es tan difícil? ¿Tú no has pensado eso? ¿Por qué a veces parecería como que es tan pesado tomar mi cruz todos los días y seguirle? Esta semana yo hablaba con el pastor Luis, estábamos hablando acerca del mensaje, y yo le decía cómo para mí era sorprendente que hay personas que dedican su vida cien por ciento a una profesión, a una carrera. Por ejemplo, los beisbolistas, los atletas, se entregan por completo a eso, por completo. Y tú no lo ves como una carga, tú lo ves con contentamiento. A ellos no les pesa hacer cosas por lo que están haciendo. Incluso vemos a los familiares de ellos celebrando: "¡Muy bien! No te rindas, eso no es nada, más adelante tú disfrutarás, ahora es el tiempo."

En cambio, cuando hablamos de seguir a Jesús cien por ciento, con todos nuestros afectos, por completo, como que es diferente. Como que se siente como si fuera pesado. Y cuando tratamos de hacerlo, las personas que estaban a nuestro lado nos dicen: "¿Tú haciéndote muy fanático? ¿Tú no crees que te está pasando algo? Como que te estás yendo al extremo." Y yo me preguntaba, y conversábamos Luis y yo: ¿por qué? Y entendimos, llegamos a la conclusión, hermanos, que a muchos de nosotros nos faltan ingredientes que son vitales para tomar mi cruz todos los días. Y ese ingrediente es fe. Es creerle a Dios, es confiar en Él, es reconocer diariamente que Él es digno. Es poder saber quién es Él y quién soy yo.

Yo necesito tener la certeza de que tomar mi cruz y negarme a mí mismo traerá la libertad y el gozo que mi alma anhela. El pastor Miguel nos habló el miércoles pasado y nos decía: "Hermanos, en la cruz está la libertad que nuestra alma anhela. En el mundo lo que está es la esclavitud." Hermanos, de este lado del sol, si nosotros queremos honrar a Dios, tenemos que hacerlo con los ojos cerrados, con la certeza de que lo que Él ha prometido es verdadero. Que aunque yo no lo pueda palpar ahora mismo, aunque yo tenga una situación difícil y agobiante, yo tengo la certeza de que Él es digno. Que aun en el desierto al que me lleva la cruz, vale la pena seguirlo.

Que de este lado de la gloria, mi Rey, mi Salvador, el que cantamos, el que dijimos "yo también te voy a proclamar, yo también te voy a adorar," es digno. Hermano, que retumben tus oídos: Jesús es digno de ser seguido, Jesús es digno de ser alabado, Jesús es digno de que nosotros lo demos todo por Él. Él es digno. Y nuestro Rey y Señor no nos pide algo que Él no esté dispuesto a ser. Él no nos ha pedido algo que Él no haya hecho primero. Él nos dice: "Hoy renuncia a todo; yo también lo hice."

Vemos en Filipenses 2:5-8: "Haya, pues, en ustedes esta actitud que hubo también en Cristo Jesús, el cual, aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo y haciéndose semejante a los hombres. Y hallándose en forma de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz." Jesús nos ha dado ejemplo de lo que es renunciar, de lo que es ser un siervo.

Ahora yo quiero preguntarte esta mañana: ¿de verdad tú quieres ser un seguidor de Jesús? ¿De verdad tú quieres seguirle? Hermanos, recuerda que en el contrato laboral de Jesús no hay letras pequeñas, no hay cláusulas ocultas. Desde el comienzo Él te dice: es todo o nada. Reconociendo que Él es digno de que tú y yo estemos dispuestos a entregarlo todo por Él. Todo por Él, porque Él es nuestro Rey, porque Él es nuestro Señor.

Y Él nos dice también: "Esto tampoco es en vano. ¡Espérate! Obedéceme porque soy tu Rey," eso ya es suficiente. Pero además de eso, en Su bondad Él tiene promesas para nosotros, Él tiene recompensas para nosotros. En Marcos 10:29 Él dice: "Y todo el que haya dejado casa o hermanos o hermanas o padre o madre o hijos o tierras por mi nombre, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna." Hermano, la recompensa que Él ofrece es la vida eterna. Es ser parte de Su reino, es ser parte de Su familia. Es disfrutar de Él eternamente, deleitarnos en Él, gozarnos en Él y alabarle por toda la eternidad.

Lo que Él promete y lo que Él tiene para nosotros, hermanos, Él mismo ha dicho: son cosas que ojo no vio, son cosas que oído no oyó, ni han entrado en corazón de hombre. Son las que Dios tiene preparadas para los que le aman. Hermanos, el camino a seguirle, el camino a la cruz, va a ser un camino largo. Muchas pruebas llegarán, las lágrimas están garantizadas. Esto no es un camino sin lágrimas. Aun los de nuestra propia casa se volverán contra nosotros. Pero sabes que Él ha prometido que si nosotros le seguimos de todo corazón, Él estará con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. Él ha prometido sostenerte, ha prometido respaldarte, proveerte, consolarte, amonestarte y amarte hasta el fin.

Mis hermanos, Jesús es digno de ser seguido. Jesús es digno de que nosotros renunciemos a todo por Él. Y es mi deseo que al salir de aquí en el día de hoy, tú y yo podamos decir como el apóstol Pablo a los gálatas, en Gálatas 2:20: "Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí. Y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por la fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí." Hermanos, yo he decidido seguir a Cristo. ¿Y tú le vas a seguir? Vamos a orar.

Señor, exaltamos Tu nombre y hoy decimos como iglesia que hemos decidido seguirte. No bajo nuestras condiciones, no bajo nuestros lineamientos, sino bajo lo que Tú demandas. Señor, queremos abrir las manos y decirte: Dios, estamos dispuestos a entregarte nuestra comodidad, estamos dispuestos a entregarte los compromisos terrenales de este mundo. Señor, incluso estamos dispuestos a entregarte nuestras relaciones más cercanas, porque sabemos que Tú eres digno. Tú eres digno de gloria, digno de honor, digno de que nosotros tomemos nuestra cruz todos los días y te sigamos.

Oh Señor, bendice a Tu pueblo. Y si aquí alguno de mis hermanos escuchó Tu voz en el día de hoy, que no endurezca su corazón, y que pueda entender que no hay nada más deleitoso, no hay nada que traiga más libertad al alma que seguir a Cristo. Señor, que podamos cantar y vivir: "Yo he decidido seguir a Cristo, no vuelvo atrás, no vuelvo atrás." Gracias, Cristo, y en Tu nombre oramos. Amén y amén.

Joan Veloz

Joan Veloz

Joan Veloz conoció la gracia de Dios en 2005 en la IBI, es pastor de la Iglesia Bautista Internacional y Vicepresidente de Integridad & Sabiduria. Es abogado con maestrías en Gerencia y Productividad, Estudios Teológicos (MATS) y Divinidad (MDiv) y un Doctorado en Ministerio, todos completados en el Southern Baptist Theological Seminary. Está casado con Michelle Suzaña y tienen tres hijos: Daniella, Camila y Miguel Andrés.