Cuando Dios se revela a Gedeón, no lo encuentra orando ni preparándose para la batalla, sino escondido en un lagar, trigando trigo en secreto por miedo a los madianitas. Era un hombre común, abatido, convencido de que Dios había abandonado a su pueblo. Sin embargo, es precisamente en esa soledad y desesperanza donde el Ángel del Señor decide acercarse y pronunciar las palabras que Gedeón necesitaba escuchar: "El Señor está contigo, valiente guerrero."
La respuesta de Gedeón fue incredulidad. Si Dios estaba con ellos, ¿por qué sufrían tanto? ¿Dónde estaban las maravillas del pasado? Pero Dios no lo reprende; lo afirma. En lugar de responder sus preguntas, le encomienda una misión: liberar a Israel. Gedeón protesta señalando su insignificancia —su familia es la más pobre, él es el menor de su casa— pero Dios insiste: "Ciertamente yo estaré contigo." La garantía no está en la capacidad de Gedeón, sino en la presencia de quien lo envía.
A lo largo del relato, Gedeón pone a prueba a Dios repetidamente —con ofrendas, con el vellón mojado y seco— y cada vez Dios responde con paciencia, fortaleciendo a su siervo débil. Al final, trescientos hombres derrotan a ciento veinte mil, no por estrategia militar, sino porque Dios peleó por ellos. Esta historia no exalta a Gedeón; revela a un Dios misericordioso que busca a su pueblo en medio del pecado y la debilidad, y provee un libertador. Ese patrón encuentra su cumplimiento definitivo en Cristo, el único guerrero valiente que venció al verdadero enemigo: el pecado.
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En el día de hoy continuamos una serie que comenzamos ya hace dos domingos atrás, donde cuatro de nosotros, de los pastores de IBI, estamos compartiendo un encuentro de Dios con uno de los suyos. Nuestro hermano Jairo nos habló del encuentro de Abraham con Dios y cómo es ese Dios que prueba y provee. La semana pasada, nuestro pastor Chacho nos tuvo hablando de Elías y el Dios cercano. En el día de hoy yo quiero compartir con ustedes acerca de la vida de Gedeón, pero sobre todo acerca de ese Dios que fortalece y respalda en el tiempo de la debilidad.
Antes de compartir el texto que vamos a leer en el día de hoy, yo simplemente, a manera de introducción, quería compartir con ustedes una historia que me pasó esta semana, lo que me pasó el pasado viernes. Estaba yo trabajando en el sermón y alguien me llamó muy angustiada. Es una persona con la que no tengo relación, pero esa persona se encontraba muy angustiada y me llamó entendiendo que quizás yo podía hacer algo por ella. Y me decía: "Yo necesito que usted ore por mí, necesito oración." Y yo le preguntaba: "¿Qué pasa? ¿Por qué necesitas que ore por ti?" Ella me decía: "Yo me siento con mucho temor, me siento con mucho miedo, no sé qué va a pasar con la vida, tengo temor con mi hijo, con mi madre, no sé, me siento muy angustiada," me decía ella.
Mientras yo hablaba con ella y oraba por ella, el Señor traía a mi mente este pasaje que yo iba a estar preparando para predicar el día de hoy. Y la escuchaba a ella y veía a Gedeón, y veía similitudes: hombres débiles, hombres y mujeres débiles como somos, que muchas veces estamos sin esperanza. Pero esperanza viene a nosotros cuando nos encontramos con Dios, que es el Dios que fortalece y respalda.
Yo quiero, por favor, que me acompañen al libro de Jueces. Estaremos leyendo del capítulo 6, del versículo 11 al 16. Pero es importante, en lo que tú abres tu Biblia o prendes tu Biblia, que podamos entender un poquito el contexto que nos vamos a encontrar aquí en esta narrativa. El libro de los Jueces o el período de los jueces es probablemente uno de los períodos más oscuros y tristes en la historia del pueblo de Israel. Un período que estaba caracterizado por lo que es la derrota, la esclavitud y la vergüenza. Un tiempo donde el pueblo retrocedió moralmente y espiritualmente.
El pueblo de Israel conquista la tierra prometida a través de Josué, pero tristemente lo aprendido de parte de Dios en el desierto se le fue olvidando a esta gente. La generación que entró con Josué a la tierra prometida olvidó enseñarle a la nueva generación lo que Dios había hecho en ellos y a través de ellos. Y leemos en el capítulo 2, versículo 8, qué pasó con esta gente. Dice el texto: "Josué, hijo de Nun, siervo del Señor, murió a la edad de ciento diez años y fue sepultado en la tierra de su heredad." Y dice el versículo 10: "También toda aquella generación, toda la generación que entró con Josué, fue reunida con sus padres, y se levantó otra generación después de ellos que no conocía al Señor ni la obra que el Señor había hecho por Israel."
Josué muere, la generación que entra con Josué muere, y se levantó una nueva generación que no conocía al Señor. ¿Y qué pasó con ellos? Versículo 11: "Entonces los israelitas hicieron lo malo ante los ojos del Señor y sirvieron a los baales," es decir, a otros dioses. "Abandonaron al Señor, el Dios de sus padres, que los había sacado de Egipto."
El pueblo de Israel a partir de ahí comenzó un período de aproximadamente cuatrocientos diez años donde lo que pasaba era que ellos se rebelaban contra Dios, Dios los entregaba, ellos se arrepentían y Dios los libertaba. Un período, siete períodos donde pasaba el mismo ciclo: rebelión, opresión, arrepentimiento y libertad. Y para traer esta libertad, ¿qué hacía el Señor? El Señor levantaba jueces, levantaba un hombre que pudiera liderar al pueblo y defender al pueblo de los enemigos que los oprimían. Y este Gedeón del que vamos a estar hablando es uno de esos jueces, un juez con quien Dios tuvo un trato muy personal y muy particular.
Y luego de haber hablado un poquito de ese contexto, leamos el texto que vamos a estar viendo el día de hoy, Jueces 6:11-16: "Entonces vino el ángel del Señor y se sentó debajo de la encina que estaba en Ofra, la cual pertenecía a Joás de Abiezer, y su hijo Gedeón estaba sacudiendo el trigo en el lagar para esconderlo de los madianitas. Y el ángel del Señor se le apareció y le dijo: El Señor está contigo, valiente guerrero. Y Gedeón le respondió: Ah, señor mío, si el Señor está con nosotros, ¿por qué nos ha ocurrido todo esto? ¿Y dónde están todas sus maravillas que nuestros padres nos han contado diciendo: ¿No nos hizo el Señor subir de Egipto? Pero ahora el Señor nos ha abandonado y nos ha entregado en mano de los madianitas. Y el Señor lo miró y le dijo: Ve con esta tu fuerza y libra a Israel de la mano de los madianitas. ¿No te he enviado yo? Ah, Señor, le respondió Gedeón, ¿cómo libraré a Israel? Mi familia es la más pobre de Manasés, y yo el menor de la casa de mi padre. Pero el Señor le dijo: Ciertamente yo estaré contigo, y derrotarás a Madián como a un solo hombre." Esta es la satisfacción de Dios.
Yo quisiera en el día de hoy, para poder entender mejor el texto, dividirlo en tres partes. Lo primero que yo quiero que veamos es que conozcamos un poquito la soledad de Gedeón y la cercanía del Señor. Que veamos en segundo lugar la incredulidad de Gedeón y la afirmación del Señor. Y en tercer lugar, que veamos la inseguridad de Gedeón y el respaldo del Señor.
Comencemos con el primer punto: la soledad de Gedeón y la cercanía de Dios. El día que el Señor decide revelarse a Gedeón a través de su ángel fue como un día cualquiera en los últimos siete años. La tribu de los madianitas, que era la tribu que estaba oprimiendo al pueblo de Israel en ese momento, había decidido destruir al pueblo de Israel. Lo que ellos estaban haciendo era robando sus ganados, destruyendo sus cosechas, persiguiendo a los israelitas al punto de que muchos de ellos debían huir y esconderse en cuevas y lugares fortificados para no morir de la opresión de esta gente.
En esa condición, en ese tiempo de opresión, Dios decide mostrar su favor hacia el pueblo y levantarle un juez, levantarle un libertador, y Él decide que Gedeón iba a ser ese hombre. Y vemos aquí en el versículo 11 que dice que "entonces" —la palabra "entonces" quiere decir que pasó algo previo—. Y cuando leemos del versículo 1 al versículo 10, nos encontramos qué está pasando. Nos encontramos a los israelitas huyendo, como yo decía, de este grupo de los madianitas y clamándole al Señor por liberación. Dios les profetiza un libertador, y vemos aquí en el versículo 11 que Dios dice: "Entonces vino el ángel del Señor y se sentó debajo de la encina que estaba en Ofra, la cual pertenecía a Joás de Abiezer, padre de Gedeón."
Dios oyó el suplicar de su pueblo y decidió venir en forma de ángel, y se sentó. Dice el texto que se sentó debajo de una encina, es decir que se sentó debajo de un gran árbol que pertenecía a la familia de Gedeón. Y estando allí, el ángel del Señor ve a Gedeón trillando el trigo en un lagar.
Cuando nosotros vemos a Gedeón por primera vez, aquel que dice el texto que va a ser, o aquel que se ha prometido que será el libertador de Israel, nosotros no lo vemos como un guerrero. No lo vemos afilando espadas, no lo vemos dando un discurso militar, no lo vemos en un campo de batalla. Lo vemos trillando el trigo en un lagar. Y cuando nosotros entendemos qué significa esto, nosotros entendemos que Gedeón era un hombre común y corriente, que no solamente era un hombre común sino que era un hombre asustado, un hombre en temor.
¿Por qué usted dice eso, pastor? Bueno, porque el texto nos dice que Gedeón estaba trillando el trigo en un lagar. Un lagar no era el lugar utilizado para hacer este trabajo. Normalmente lo que era la recogida del trigo se hacía en colinas abiertas, en lugares altos donde la brisa se llevaba la paja y era más fácil recoger el trigo. Pero Gedeón estaba en un lagar, un lugar profundo, un hoyo profundo donde normalmente se pisaban las uvas para el vino. No se recogía el trigo en un lagar, se pisaban las uvas para el vino. Pero Gedeón está ahí escondido, ¿por qué? Porque él tenía miedo. Él tenía miedo de que los madianitas pudieran encontrar su trigo. Y ahí, en soledad, como un hombre común, abatido y en debilidad, Dios decide acercarse a Gedeón.
Y dice el versículo 12: "Y se le apareció el ángel del Señor." El ángel del Señor se le apareció. Anteriormente, en el versículo 11, vemos que dice que vino el ángel del Señor, pero ahora dice que se apareció. Quiere decir que ahora el ángel del Señor ha decidido hacerse evidente, hacerse visible a Gedeón de forma tal que él pudiera verlo.
Muchos se preguntarán quién es este ángel del Señor. Aunque no tengo el tiempo para profundizar en este tema, la evidencia bíblica nos muestra que cuando la Palabra de Dios nos habla del ángel del Señor, se refiere literalmente a la segunda persona de la Trinidad, a Cristo mismo preencarnado. Es decir, que lo que vemos aquí es que Dios decidió venir de forma directa, no a través de un ángel cualquiera. No, Él mismo decidió hacerlo de forma directa y venir a Gedeón a encomendarle su misión.
Dios se le aparece y se acerca a Gedeón. Interesantemente, aquí nosotros no encontramos a Gedeón orando, no encontramos a Gedeón clamando a Dios. Gedeón no buscó a Dios. Gedeón no tenía en ese momento una actitud que mostrara esperanza, todo lo contrario. Probablemente él pensaba que para él no había más opciones, ya que Dios lo había abandonado. Probablemente él estaba en una condición en la que decía: "Bueno, lo único que a mí me queda es recoger este trigo que tengo, guardarlo y esperar el fin." Pero Dios decidió acercarse a Gedeón y revelarse a Gedeón.
Yo no sé si tú alguna vez te has sentido como Gedeón, que no hay esperanza, que lo poco que tienes tienes que cuidarlo porque puedes perderlo. No sé si alguna vez te has sentido abandonado. Hermanos, si tú estás aquí en el día de hoy y tú no has sentido eso...
Llegará un momento donde tú pasarás por este tiempo de desierto, donde tú sentirás, no que Dios te haya abandonado, pero tú sentirás tiempo de tribulación, porque los desiertos son reales en la vida del creyente. Los desiertos son reales en la vida del cristiano. Si tú no has pasado por ahí, yo quiero en el día de hoy darte esa noticia: que los desiertos llegarán. Porque es en los desiertos donde Dios decide acercarse a nosotros y permitirnos verlo de una manera diferente. Él siempre está cerca, pero en los desiertos Él nos permite verlo de una manera diferente. Y en esos desiertos revela su presencia. En esos desiertos nosotros podemos recibir lo único que puede darnos esperanza, y es saber que Dios está cerca de nosotros.
Miren cómo lo decía el salmista en el Salmo 42, versículo 5, en un momento de desesperanza, así como estaba Gedeón probablemente. El salmista sabía que su única esperanza era la presencia del Señor. Dice el versículo 5 del capítulo 42: "¿Por qué te desesperas, alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios, pues he de alabarlo otra vez por la salvación de su presencia."
Hermanos, no hay nada más necesario en momento de tribulación, de soledad, que saber que el Señor está cerca de nosotros, que saber que nuestro Dios está con nosotros y que Él ha decidido acercarse a nosotros. Interesantemente, aquí en el texto no vemos que es Gedeón que se acerca; es Dios que decide revelársele y acercársele. Y le dice las palabras que él necesitaba escuchar. Dice el versículo 12 que el Ángel del Señor le dijo: "Gedeón, el Señor está contigo, valiente guerrero."
¿Qué otra verdad necesitaba escuchar un corazón abatido? ¿Qué otra verdad podía hacer que este hombre que estaba en desesperanza pudiera encontrar esperanza? Y es que la única verdad que puede hacernos a ti y a mí, hermanos, tener esperanza en momentos de aflicción es saber que el Señor está con nosotros, es saber que el Señor está con nosotros. Gedeón necesitaba escuchar eso. Tú y yo necesitamos escuchar eso. Necesitamos escuchar que en medio del dolor, en medio de la persecución, en medio de la enfermedad, en medio del duelo y la pérdida, el Señor está con nosotros. "El Señor está contigo, valiente guerrero." Gedeón necesitaba escuchar eso, y probablemente es una verdad que tú y yo necesitamos escuchar en el día de hoy. El Señor está con nosotros. El Señor está con nosotros.
Hermano, si tú eres parte de los escogidos de Dios, de aquellos que han sido lavados por la sangre de Cristo, no importa la situación en que estés, tú puedes hacer tuyas estas verdades: que el Señor está contigo. No es nada más porque Él se lo dijo a Gedeón; Él lo ha prometido en su Palabra. Dios ha prometido en su Palabra que nadie nos puede separar de su amor. Él ha prometido en su Palabra que Él estará con nosotros para fortalecernos, ayudarnos, sostenernos en todo tiempo con la diestra de su poder.
Hermano, el miedo y la desesperanza salen huyendo cuando nosotros entendemos quién está con nosotros. El Señor está con nosotros. Muchas veces podemos estar rodeados de mucha gente, en una gran multitud, y estar más solos que con Dios en el desierto. Cuando leemos los Evangelios, nos encontramos la historia de los discípulos en un momento que están en la barca. Cristo está en el mar. Pedro, como Pedro de fresco, sale al mar. Los discípulos se quedaron seguros en la barca, pero el único que estaba acompañado en ese momento, ¿sabes quién era? Era Pedro, porque él estaba con Cristo.
"El Señor está contigo, valiente guerrero", fueron las palabras del ángel. ¿Y cuál fue la respuesta de Gedeón? La respuesta de Gedeón fue incredulidad. Vemos entonces en el versículo 13 que él le respondió al Señor. Dice: "Entonces Gedeón le respondió: ¡Ah, Señor mío! Si el Señor está con nosotros, ¿por qué nos ha ocurrido todo esto? ¿Y dónde están todas sus maravillas que nuestros padres nos han contado diciendo: '¿No nos hizo el Señor subir de Egipto?' Pero ahora el Señor nos ha abandonado y nos ha entregado en mano de los madianitas."
Gedeón no podía entender ni creer esto que estaba escuchando. Él no podía creer que el Señor estaba con él. ¿Y qué salió de él? Incredulidad. Y esto me lleva entonces al segundo punto que yo creo que veamos en el día de hoy: la incredulidad de Gedeón y la afirmación del Señor. Gedeón muestra incredulidad y después vamos a ver cómo Dios lo afirma y afirma lo que el Señor va a hacer a través de él.
Al escuchar las palabras del ángel, es probable que Gedeón diga: "Esto es un absurdo. ¿Cómo que el Señor está conmigo?" Gedeón ni sabe con quién está hablando. Recordemos que Gedeón estaba trillando el trigo, sacudiendo el trigo, y este hombre, el Ángel del Señor, se le apareció en forma corporal. Y él no sabe con quién está hablando. Y al escuchar esto, él se sorprende, dice: "¿El Señor está conmigo?" Para Gedeón es un absurdo que él diga: "El Señor está conmigo", y para colmo, que yo soy un valiente guerrero. Yo imagino que esa fue la actitud que tomó Gedeón. Él dijo: "No, pero ¿tú no sabes con quién tú estás hablando? Tú no sabes lo que estás diciendo."
Veamos aquí que, interesantemente, Gedeón no salió huyendo. Su escondite fue descubierto y él no sale corriendo, sino que le abre su corazón. Y comienza a sacar del Ángel del Señor todo el dolor que él tenía en su corazón, todas las preguntas que él tenía en su corazón. Y él dice al Señor: "Señor, mira, yo sé", y lo leímos aquí en el texto, "que la razón por la cual nosotros estamos así es porque el Señor nos ha abandonado." Gedeón tenía un conocimiento real de Dios. Gedeón sabía que la única razón que su pueblo podía estar pasando por lo que estaba pasando era porque el Señor lo había abandonado. "¿El Señor está conmigo? Si el Señor hubiera estado conmigo", pensaría Gedeón, "nosotros estaríamos reinando sobre esta gente. ¿Qué estamos haciendo? Estamos huyendo."
Gedeón en su incredulidad abrió su corazón y mostró la desesperanza que había en él. Y si somos honestos, yo entiendo a Gedeón. Nosotros tenemos que entender a Gedeón, porque no hay nada más aterrador que pensar que el Dios de bondad, aquel que es la fuente de toda bendición, nos ha abandonado. Y ahí era que se encontraba Gedeón cuando Dios comenzó a tratar con él: desesperado, pensando que Dios lo había abandonado.
Y como vemos aquí, él responde con dudas y dice el texto que lo primero que hace es: "¿Dónde están todas las maravillas que el Señor hace? Si el Señor está conmigo, ¿no están todas sus maravillas? ¿Dónde están todas las obras que nuestros padres nos contaron? ¿Dónde están todos esos milagros que el Señor hizo cuando salimos de Egipto?" Literalmente lo que Gedeón le está diciendo al Ángel del Señor es: "¿Dónde está el Dios que abrió los mares y libró a su pueblo? ¿Dónde está el Dios que nos alimentó con el maná en el desierto? ¿Dónde está ese Dios que nos cubrió con una nube de fuego en la noche y una nube cálida en el día? ¿Dónde está ese Dios?"
Sin embargo, cuando leemos estas preguntas, nosotros nos damos cuenta que es real que Gedeón sabía que la razón para esta aflicción era porque Dios los había abandonado. Sin embargo, nosotros volvemos a leer estas preguntas y vemos que es probable que Gedeón estaba culpando a Dios por lo que había pasado al pueblo, que estaba pasando al pueblo. Él tristemente no se había enfocado: el pueblo, es verdad, Dios los abandonó, pero Dios los abandonó como consecuencia de que el pueblo lo abandonó primero. Dios los abandonó para que, al ser abandonados, ellos pudieran saber: tenemos que regresar a nuestro Dios.
Muchas veces Dios hace eso con los suyos. Dios decide: "¿Tú quieres eso? Eso no te conviene. ¿Tú quieres eso? Eso no te conviene." Y Dios dice: "Pues tómalo." Para cuando nos demos el golpe, nosotros sepamos que nada de eso puede llenar el corazón, que nada de eso puede darnos la satisfacción que nosotros pensábamos. Muchos de los que estamos aquí pueden contar historias de algo similar, de momentos cuando se rebelaron contra Dios y en la aflicción Dios les mostró su gracia y favor, y pudieron regresar con lazos de amor al Señor.
Tristemente, Gedeón está mirando a Dios y lo ve como el culpable. Y lo que Gedeón hace aquí es algo que muchos de nosotros solemos hacer, porque es más fácil. Es más fácil nosotros culpar a Dios por nuestros pecados, por nuestros malos momentos, que nosotros venir delante de Dios y decirle: "Señor, perdóname. Yo y mi pueblo contra ti hemos pecado." Es más fácil decir: "El Señor me ha abandonado", que postrarme de rodillas y decir: "Señor, yo me arrepiento, restaura ahora a tu hijo." Y lo que vemos aquí en Gedeón es esa actitud, una actitud de reclamar al Señor por la condición del pueblo.
Sin embargo, hermanos, lo que me sorprende y que yo puedo sacar de este texto y abrazarlo, es algo que nos muestra el carácter apacible y paciente de nuestro Dios. El ángel, al escuchar la queja de Gedeón, no decide reprender a Gedeón. No decide, como un buen dominicano, amonestar a Gedeón por su incredulidad. No decide decirle: "Gedeón, ¿tú no te das cuenta lo que tú estás diciendo? Tú estás diciendo que el Dios bueno se ha mostrado de manera injusta. Tú estás diciendo que Dios, que había prometido no abandonar a su pueblo, lo había hecho porque Él había decidido hacerlo simplemente." El Ángel del Señor no amonesta a Gedeón. Sin embargo, ¿qué hace? Lo afirma. Dios lo afirma.
Nosotros vemos en el versículo 14 las palabras del Señor a Gedeón. Dice: "Y el Señor lo miró." Eso no está ahí de más en el texto. El Señor miró a Gedeón, probablemente con ojos tiernos, con ojos de "este es mi hijo que está equivocado". Y dijo: "Ve con esta tu fuerza y libra a Israel de la mano de los madianitas. ¿No te he enviado yo?"
A diferencia de cómo el Señor trató a Job, cuando Job cuestionó a Dios, Dios le dio sesenta y tres preguntas para que se callara la boca. Sesenta y tres preguntas: "¿No estuviste tú cuando yo hice esto? ¿No estuviste tú cuando hice lo otro?" Con Gedeón, Dios decidió obrar de otra manera. En vez de reprenderlo, Él afirmó a su hijo. ¿Por qué? Porque nuestro Dios conoce el corazón de cada uno de nosotros.
Él sabe el momento cuando tiene que reprender, cuando tiene que disciplinar, o simplemente cuando tiene que afirmar a su siervo. El Señor conoce el corazón de cada uno de nosotros en el momento de la prueba. Y en este momento con Gedeón, ¿qué decidió? Decidió mostrar su misericordia, mostrar su paciencia, mostrar su amor a Gedeón. Y en vez de reprenderlo, lo afirma. En su incredulidad, Gedeón es afirmado.
Veamos aquí que el ángel no le responde una pregunta a Gedeón. De todas las cuestionantes que tenía Gedeón, el ángel no le responde; lo que hace es que lo afirma. Dice: "Ve con esta tu fuerza y libera a Israel de las manos de los madianitas. ¿No te he enviado yo?"
Es probable que ahora, al escuchar estas palabras del ángel, vengan más cuestionantes a la mente de Gedeón: "¿Que vaya yo con esta mi fuerza? ¿Con qué fuerza? ¿Con qué fuerza voy a hacer? ¿Qué tengo yo? ¿Qué va a hacer que otros me sigan? ¿Qué valor hay en mí que hará que otros quieran unirse en batalla conmigo? Yo no soy un valiente guerrero." Y más adelante vamos a leer que esa es la idea que Gedeón tenía de sí mismo. Él no se veía como un valiente guerrero, pero Dios lo veía como tal. Porque Dios no nos ve como lo que somos ahora; Él nos ve acorde a cómo nos va a usar y acorde al propósito que Él va a cumplir a través de nosotros. Y para Dios, Gedeón era un valiente guerrero.
Y si queremos ser justos, Gedeón tenía cosas que eran exaltables para hacerlo digno de ser un guerrero de Dios. Lo primero es: cuando nosotros vemos a Gedeón, ¿cómo lo encontramos? Él estaba trabajando. Él no estaba echándose fresco debajo de una mata; él estaba trabajando, trillando el trigo en un lagar. Cuando vemos a Gedeón hablar, nosotros vemos que él tenía un amor por el pueblo de Dios, porque a él le dolía la condición del pueblo. Vemos en sus preguntas que él tenía un deseo genuino de que Dios pudiera restablecer su reino otra vez. Vemos que era un hombre enseñable, porque sin conocer al ángel, estaba escuchando la palabra del ángel.
Vemos también que él era un hombre débil, y en la debilidad de Gedeón estaba su fortaleza. En el reconocer que él no tenía mérito alguno, fortaleza alguna para poder hacer la obra que Dios le iba a encomendar, estaba su fortaleza. En saber que no era bajo su capacidad, su experiencia, sino por el que lo enviaba, él iba a poder hacer la obra. Y por eso es que el ángel le deja claro: "Gedeón, ¿no te envío yo?" Gedeón, tú vas a hacer grandes cosas porque soy yo el que te estoy enviando, porque soy yo el que estoy contigo.
Sin embargo, entender esto no era poca cosa. Libertar al pueblo de Israel de este gran enemigo no era algo fácil para Gedeón entender. Y es por eso que al escuchar estas palabras del ángel —"Ve con tu fuerza, libra a Israel, ¿no te envío yo?"— vemos que Gedeón se muestra inseguro una vez más.
Y vemos ahora en los versículos 15 y 16 que él muestra su inseguridad delante del Señor. Dice: "Oh Señor," respondió Gedeón, "¿cómo libraré a Israel? Mi familia es la más pobre en Manasés, y yo el menor de la casa de mi padre." Gedeón muestra su inseguridad ahora. Y este es el tercer punto que yo quiero que veamos: la inseguridad de Gedeón, pero el respaldo de Dios.
Gedeón le dice al Señor: "Mira, Señor, yo sé que tú puedes librar al pueblo, pero no a través de mí." Interesantemente, Gedeón no está dudando de que Dios tenga el poder para librar al pueblo de Israel de los madianitas. Él aquí lo que está dudando es que esa liberación venga a través de él. Él está diciendo al Ángel del Señor: "Mira, yo no soy el hombre. Tú te has equivocado, yo no soy el hombre. Esa misión que tú tienes es muy buena, pero yo no. Yo soy el más pequeño de la casa de mi padre, somos los más pobres."
Pero Dios quería recordarle a Gedeón: "Oye, Gedeón, tú vas a ir no porque tú eres el más débil o porque tú tienes condiciones, sino porque yo estaré contigo." Y eso es lo que le dice en el versículo 16: "Pero el Señor le dijo: Ciertamente yo estaré contigo, y derrotarás a Madián como a un solo hombre."
Dios quería que Gedeón entendiera: "Gedeón, tú no tienes las condiciones para ir. Tú no eres ese siervo digno que puede ir, pero ¿sabes qué? Así es que yo trabajo. Gedeón, la razón por la que tú vas a poder vencer es porque yo estaré contigo."
Y cuando nosotros estudiamos la Palabra de Dios, nosotros nos damos cuenta que así es que Dios opera. Dios toma los menos probables para hacer las más grandes obras, para que al final no quede duda de quién está detrás. Miren cómo lo puso el apóstol Pablo en 1 Corintios 1:26-29: "Pues consideren, hermanos, su llamamiento. No hubo muchos sabios conforme a la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles. Sino que Dios escogió —oigan aquí— Dios escogió lo necio del mundo para avergonzar a los sabios. Y Dios escogió lo débil del mundo para avergonzar a lo fuerte. También Dios escogió lo vil y lo despreciado del mundo, lo que no es, para anular lo que es, para que nadie se jacte delante de Dios."
Para que nadie diga: "Fue por mi fuerza, fue por mi entendimiento, fue por mi sabiduría." No, fue porque Dios iba a estar con él.
Hermanos, esa es la historia de Gedeón y es la historia de todos los hombres de Dios. Ellos, ninguno, estaban capacitados para hacer la tarea, y lo sabían en su mayoría. Cuando Dios llamó a Moisés, Moisés dijo: "No, yo soy tartamudo, ¿qué voy a hacer yo?" Cuando llamó a Jeremías: "Señor, pero yo soy solamente un niño." Aquellos hombres que Dios usa normalmente son los más improbables, y ellos lo saben. Es por eso que Dios los usa, para que al final no quede duda de quién es el merecedor de toda la gloria, quién es el que hace la obra.
Hermano, al Señor no le va a extrañar, yo no tengo problema con cómo yo me vea. Y la verdad es que no importa cómo yo me vea, cómo yo me sienta. Lo importante es cómo Dios me ve y qué Dios quiere que yo sea. Como yo decía, cuando Dios vio a Moisés, Moisés se veía a sí mismo como un tartamudo, pastor de ovejas, pero Dios lo vio como el hombre que Él iba a usar para liberar a su pueblo de la opresión de los egipcios. Cuando Dios ve a Ester, Ester probablemente se veía como una mujer hermosa que podía llegar a ser primera dama del reino, pero Dios la ve como esa mujer, ese instrumento que Él iba a usar para evitar que su pueblo fuera exterminado. David se veía como un pastor de ovejas; Dios lo veía como rey. Pedro se veía como un pescador, y Dios lo veía como el principal líder de la formación de su iglesia.
Y podemos seguir y seguir y seguir, y nos vamos a encontrar con el mismo patrón: hombres que se veían de una manera, pero Dios quería que ellos se vieran de otra manera, porque Dios los veía diferente.
Interesantemente aquí, cuando Gedeón una vez más pone sus excusas delante del Señor, el Señor no lo reprende. No le dice: "Gedeón, yo te dije que voy a estar contigo, yo te dije que voy a estar contigo. Quiero que tú lo entiendas. Tú de verdad no puedes, pero yo voy a estar contigo. ¿No soy yo el que te estoy enviando?" Pero Dios obra diferente. ¿Y qué hace? Él decide respaldar a Gedeón. Recordarle a Gedeón: "Yo te voy a respaldar."
Veamos en el versículo 16 qué le dice: "Pero el Señor ciertamente le dijo: Ciertamente yo estaré contigo, y derrotarás a Madián como a un solo hombre." Veamos aquí que Dios está haciendo algo que muchas veces podamos entender, y aquellos que son motivadores, que les gusta el coaching y demás: Dios no le está diciendo a Gedeón "tú puedes, tú tienes fortaleza, tú has desarrollado fortaleza, tú tienes entendimiento o conocimiento." Dios no está dando a Gedeón confianza en sí mismo; Dios está dando a Gedeón confianza en Él. "Gedeón, tú puedes, ¿sabes por qué? Porque yo estoy contigo."
Dios sabe que el creernos más crea orgullo, y eso nos lleva a la destrucción. Pero cuando sabemos que somos débiles, entonces Él se hace fuerte. El versículo que leímos al principio, ¿qué dice el apóstol Pablo? Dios le dice al apóstol Pablo: "Te basta mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad." Y el apóstol Pablo decía: "Bueno, prefiero gozarme en mi debilidad, porque en ese momento el poder de Dios se hace fuerte en mí."
Dios quería recordarle a Gedeón: no es por ti, es porque yo voy contigo.
Es bueno señalar aquí algo interesante. Cuando Dios en el versículo 14 manda a Gedeón, Él le dice: "Yo te he enviado." Pero aquí en el versículo 16 Él le dice: "Gedeón, yo estaré contigo." Para nosotros es importante saber que estamos haciendo la obra de Dios, que Dios nos está enviando, que estamos en los caminos del Señor, pero es mucho más importante saber y recordar quién está por nosotros, quién está con nosotros. Y esa fue la garantía que Dios le dio a Moisés en Éxodo 3:13, y fue la misma garantía que Moisés exigió a Dios en un determinado momento: "Señor, yo quiero hacer tu obra, tú me envías, pero no solamente que me envíes, sino que tú estés conmigo."
Nosotros conocemos la historia en el libro del Éxodo: en algún momento el pueblo se rebela contra Dios, y Dios le dice a Moisés: "Oye, sube tú con tu pueblo, y yo voy a enviar un ángel delante de ti." ¿Y qué le dice Moisés? En el capítulo 33, versículo 15: "Entonces Moisés le dijo: Si tu presencia no va con nosotros, no nos hagas salir de aquí. Pues, ¿cómo se conocerá que he hallado gracia ante tus ojos, yo y tu pueblo? ¿No es acaso en que tú vayas con nosotros, para que nosotros, yo y tu pueblo, nos distingamos de todos los demás pueblos que están sobre la superficie de la tierra?"
Moisés sabía, Gedeón necesitaba saber, que lo que hace al pueblo de Dios pueblo de Dios es la presencia activa de Dios en él. Lo que hace al pueblo de Dios pueblo de Dios es la presencia activa de Dios en él.
Hermanos, el día que Dios decide apartar su mano, a nosotros nos conviene hacer lo que hizo Gedeón: volver a nuestro lagar a trillar el trigo, porque no hay esperanza ahí.
Pero como yo dije ahorita, para aquellos que estamos en el Señor, aquellos que estamos en Cristo, solo podemos tener esperanza y estar plenos y completos en todo momento. Podemos vivir en paz, porque sabemos y tenemos la garantía de que Dios siempre estará con nosotros. ¿Por qué? Porque Él lo ha prometido. Él nos ha dicho, Él les dijo a sus discípulos y por todo el mundo: "Haced mi obra", y al final qué les dice: "Y yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo".
Hermanos, al igual que Gedeón, tú y yo necesitamos entender en nuestra mente, en nuestro corazón, que si estamos en Cristo, el Señor está con nosotros. Él no solamente nos envía a la obra, Él está con nosotros, porque Él así lo ha prometido.
Sin embargo, cuando leemos y seguimos viendo la historia de Gedeón, el Señor ya le ha afirmado que lo envía, el Señor le ha afirmado que Él estaría con él. Pero cuando seguimos viendo la vida de Gedeón, vemos a un hombre todavía en debilidad. Un hombre que todavía necesita seguir probando, necesita seguir investigando y poniendo como que todas las cosas ahí para saber y tener certeza de si es verdad que el Señor estará conmigo.
Y nosotros vemos aquí en el versículo 17 del capítulo 6 que hemos leído, y no lo voy a leer por motivo de tiempo, pero Gedeón le dice: "Ok, Tú has prometido estar conmigo, pero si yo he hallado gracia ante tus ojos, yo voy a tener unas ofrendas y Tú recibe la ofrenda, y yo sé que realmente Tú eres Dios y que Tú me estás enviando". En ese momento era como: "¿Más Tú necesitas saber? ¿Confirmar? ¿Probarme a mí?" Pero Dios sigue siendo paciente con Gedeón. Sigue respaldando a Gedeón. "¿Tú quieres que yo me quede? ¿Tú quieres ponerme a prueba? Ponme a prueba". Gedeón viene con un cordero, Dios, el ángel extiende su vara, toca el animal y fuego sale de la tierra. Y en ese momento Gedeón dice: "¡Ah, de verdad!" Y dice el texto literalmente: "¡Ay de mí, Señor Dios, Dios mío, porque ahora he visto al ángel de Dios!" Gedeón ahí entendió: "Ah, pues cierto esto".
Y nosotros esperaríamos, si Dios fuera como nosotros, que ahí el ángel viniera a resentar a Gedeón, a leerle su cartilla: "Gedeón, es que tú no puedes dudar tanto, yo he hablado contigo, yo te he mostrado lo que soy, ahora haz lo que te estoy diciendo, muchacho". Pero Dios sigue siendo paciente y viene a Gedeón, y le dice: "Gedeón, paz. La paz sea contigo, tranquilo, tú no vas a morir".
Ya Gedeón sabe que este es Dios, ya Gedeón sabe la misión que tiene, ya Gedeón sabe que Dios va a estar con él. Ahora nosotros esperamos que Gedeón actúe de manera diferente, que vaya obedientemente a hacer la tarea que Dios le ha encomendado. Pero ¿saben qué? Gedeón sigue mostrando debilidad, sigue mostrando su inseguridad, y Dios sigue siendo Dios, lo sigue respaldando.
Gedeón un día llega, le dice: "Señor, mira, yo sé que Tú me enviaste, yo sé que Tú estás conmigo, pero yo quiero, Señor, hacer una prueba más". Y es la famosa prueba del vellón. No sé si algunos de ustedes la han leído, el vellón de Gedeón. Gedeón le dice: "Dios, yo sé que Tú estás conmigo porque Tú me lo dijiste, pero vamos a probar si es verdad. Perdón, Dios, hoy te cuestiono. Vamos a lo siguiente: yo voy a dejar un vellón de lana, es decir como el gorro de lana, afuera. En la mañana, si al llegar la mañana toda la tierra está seca y el vellón mojado, si eso pasa, yo sé que Tú estarás conmigo".
Yo imagino al ángel, si el ángel hubiera sido yo: "Pero muchacho, sigue tu camino y vengo con otra gente". Porque así somos. Pero Dios es un Dios paciente, y le dice: "Gedeón, está bien". Llegó la mañana, Gedeón se levantó, tomó el vellón, lo exprimió, un vaso lleno, la tierra seca. Ya Gedeón convencido.
Pero Gedeón, un hombre complejo: "Señor, mira, yo estoy de acuerdo, pero vamos a lo al revés. Yo voy a dejar el vellón afuera, no te molestes, no sé si me tendrás contra mí, yo voy a dejar el vellón afuera. Si en la mañana todo está mojado y el vellón está seco, entonces yo sé que Tú estás conmigo".
¿Qué hace Dios? Como Dios es un Dios paciente que fortalece y respalda, al llegar la mañana el vellón estaba seco y toda la tierra mojada. ¿Por qué? Porque Dios quería que Gedeón entendiera: "Gedeón, yo te dije que yo estaría contigo".
Cuando leemos esta historia, probablemente a muchos de ustedes les ha pasado por la mente: nosotros podemos ver un hombre en debilidad, un hombre incrédulo. Pero también pudiéramos pensar: "Si fuera yo, a mí no me pasa eso. Si fuera yo, el ángel del Señor, solamente con eso yo creo". Pero la verdad, hermanos, es que nosotros no somos muy diferentes a Gedeón. Y si nosotros vemos la cantidad de cosas que Dios ha hecho en nuestra vida, que nosotros seguimos poniendo a prueba a Dios, nos damos cuenta que nosotros somos igual a Gedeón. Y juzgarlo a él y creernos mejores puede hacer que nos quememos en la misma prueba.
Porque al final, con todo y todo lo que hemos leído, dice la Palabra de Dios, no yo, que Gedeón era un hombre de fe. Cuando nosotros leemos en Hebreos capítulo 11, se habla de Gedeón en el salón de la fama de la fe, ahí se menciona a Gedeón. Y tú te preguntas: ¿cómo Gedeón puede estar ahí? ¿Qué hizo Gedeón para estar ahí?
Miren cómo lo dice Hebreos 11: "¿Y qué más diré? Pues el tiempo me faltaría para contar de quién, de Gedeón, de Barac, de Sansón, de Jefté, de David y Samuel, los profetas, quienes por fe conquistaron reinos e hicieron justicia, obtuvieron promesas y cerraron bocas de leones".
Gedeón con todo y todo fue un hombre de fe. Porque la confianza en lo que él tenía que creer no era que Dios podía mojar un vellón. Lo que él tenía que creer, y creyó, fue que Dios a través de él derrotaría a Madián como un solo hombre. Gedeón le creyó a Dios.
Y nos cuenta la historia que Gedeón se levantó en la mañana con un ejército de 32 mil hombres que al final Dios le dijo: "Gedeón, yo te voy a probar que yo iba a estar contigo". Esos 32 mil fueron convertidos en trescientos, y 300 hombres pelearon contra un ejército de 120 mil hombres. Y ustedes saben qué pasó al final: que el ejército liderado por Gedeón venció. Al final, Gedeón con la ayuda de Dios, que puso a esos 120 mil unos contra otros, dice el texto, Gedeón con la ayuda de Dios tuvo la victoria.
Humanamente hablando nosotros nos preguntaríamos: ¿qué puede hacer un ejército de 300 hombres contra 120 mil hombres? Humanamente, nada. Pero con Dios, todo. Con Dios, absolutamente todo.
Dios quería que Gedeón, el pueblo de Israel, las naciones alrededor de ellos supieran quién era el que estaba con el pueblo de Israel, quién era el Dios que estaba con Gedeón, quién era el Dios verdadero. Porque la verdad, hermanos, Dios no necesitó un ejército de 32 mil ni de 300 para hacer su obra. Dios necesita un hombre fiel, un soldado fiel que crea, que le crea a Él y decida seguirle. Y si somos honestos, ni eso necesita Dios. Porque Él es Dios. Él puede hacer cuanto le plazca.
Gedeón fue un hombre que en su vida mostró temor, debilidad, pero que Dios decidió fortalecerle y respaldarle. Tristemente, cuando llegamos al final de la vida de Gedeón, nosotros esperamos escuchar: "Y glorificó al Señor y durmió con sus padres". Pero tristemente Gedeón evidenció lo que era: un hombre pecador. Y dice el texto al final que Gedeón desvió su corazón y edificó un efod, es decir, una túnica que hizo que él y muchos se prostituyeran, él y muchos dejaran de seguir al Dios verdadero. El hombre que vivió la presencia activa de Dios, el hombre que vio a Dios destruir un ejército de 120 mil con trescientos, al final pecó contra Dios.
Y es que hermanos, cuando nosotros leemos esta historia, nos damos cuenta que esta historia no trata acerca de Gedeón simplemente. Nos damos cuenta de que los madianitas no son el enemigo principal del pueblo de Dios, no son el enemigo principal del pueblo de Israel. Nunca lo fueron. Los madianitas, los idumeos, no, esos nunca fueron. El enemigo principal del pueblo de Dios siempre ha sido uno, y ha sido el pecado. El enemigo principal del pueblo de Dios siempre ha sido el pecado.
Y esta historia, más que hablarnos de Gedeón, nos habla del Dios misericordioso. El Dios de gracia y verdad que ve a su pueblo en pecado, decide no abandonarlo, sino proveer para él un libertador que lo traiga de vuelta a sí. Esta historia nos habla de un Dios que nos ama a pesar de nuestro pecado, de nuestra maldad. Esta historia nos habla acerca de un Dios que decide seguir mostrando su favor a hombres pecadores que le van a dar la espalda en un momento.
Hermanos, esta historia no nos habla de Gedeón. Esta historia nos habla de la sobreabundante gracia que hay en Dios a través de Cristo Jesús. El único soldado valiente se llama Cristo. El único que decidió vernos contra nuestro peor enemigo, decidió encarnarse en forma de hombre, vivir una vida perfecta, cumplir a cabalidad la ley de Dios para Él vencer de una vez y para siempre. Y para que el pueblo de Dios hoy pueda tener la esperanza de que su guerrero, su guerrero valiente como cantamos al final, venció. Y como Él venció, nosotros también venceremos.
Hermanos, la historia que hemos leído nos muestra a un Dios de misericordia, a un Dios de favor que ve a su pueblo y decide: "Yo voy a ir por él. Yo voy a ir por él. Yo me voy a encarnar, me sacrificaré y les daré esperanza a ellos". Y Cristo ha dicho, Cristo dijo: "Yo soy ese Juez, yo soy ese Libertador, yo soy la resurrección y la vida. Y el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá".
Nuestra garantía, nuestra única garantía, está en Cristo. El guerrero valiente que nos ha llamado a sus tropas a servirle, diciendo: "Hijo mío, confía que yo estaré contigo. Confía que yo te fortalezco y te respaldo en el momento de la debilidad".
Vamos a orar. Señor, gracias. Gracias por recordarnos, al leer esta historia, al estudiar esta historia de Gedeón, que Tú eres un Dios de gracia. Que Tú eres un Dios que ha visto a tu pueblo desviarse y no lo has dejado ahí, sino que has venido por él, nos has interceptado en el camino, te has puesto en medio y nos has dado esperanza. Gracias, Señor, por mostrarnos hombres como Gedeón.
Hombres estériles como nosotros, pero hombres que si te creen a ti pueden hacer grandes cosas. Gracias por recordarnos, Señor, que aún un hombre como Gedeón que pudo ver tu obra puede desviarse. Gracias por recordarnos que nuestros ojos nunca pueden estar puestos en hombres, sino en el único y verdadero guerrero valiente, Cristo Jesús. Gracias por recordarnos que nuestra esperanza solo está en Cristo. Gracias por recordarnos que, aunque nuestro enemigo es grande, mayor es el que está por nosotros y en nosotros. Gracias por recordarnos, Señor, que Tú estarás con nosotros todos los días hasta el fin del mundo.
Oh Señor, permítenos ahora en el lugar donde estamos, en el tiempo donde estamos, ser fieles a ti. Permítenos ir y conquistar nuestros gigantes, sabiendo que Tú nos has enviado y sabiendo que Tú estás con nosotros. Sabiendo que no importa lo que pase, Cristo Jesús es nuestro Señor y en Él hay perdón y gracia.
Gracias, Cristo, por tu Palabra y gracias por el perdón que hay en ti y la redención que hay en tu gloriosa obra. Gracias, Señor, en el nombre de Jesús. Amén.
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Joan Veloz conoció la gracia de Dios en 2005 en la IBI, es pastor de la Iglesia Bautista Internacional y Vicepresidente de Integridad & Sabiduria. Es abogado con maestrías en Gerencia y Productividad, Estudios Teológicos (MATS) y Divinidad (MDiv) y un Doctorado en Ministerio, todos completados en el Southern Baptist Theological Seminary. Está casado con Michelle Suzaña y tienen tres hijos: Daniella, Camila y Miguel Andrés.