Integridad y Sabiduria
Sermones

Entrando a la comunidad

Pepe Mendoza 8 febrero, 2009

La vida cristiana no fue diseñada para vivirse en solitario. Desde Génesis, cuando Dios declaró que no es bueno que el hombre esté solo, queda claro que fuimos creados para la comunidad. Sin embargo, nuestra cultura nos empuja hacia un individualismo que contradice esta verdad. Incluso dentro de la iglesia, existe el peligro de pasar de la multitud de inconversos a la multitud de santos sin realmente entrar en comunión unos con otros.

La conversión de Saulo en Hechos 9 ilustra los fundamentos de la vida en comunidad. Saulo, cuyo odio hacia la iglesia se había convertido en su razón de vivir, viajaba a Damasco para arrestar cristianos cuando Cristo lo detuvo con una pregunta reveladora: "¿Por qué me persigues?" Jesús no dijo "por qué persigues a mis discípulos", sino "a mí". Esta identificación entre Cristo y su iglesia es el primer secreto de la comunidad: el Señor está presente y comprometido con su pueblo.

El segundo secreto aparece en Ananías. Mientras Dios trabajaba en el corazón de Saulo, simultáneamente preparaba a alguien para recibirlo. Ananías tenía razones para temer, pero obedeció y pronunció la palabra más improbable: "Hermano Saulo". Ese perseguidor se convirtió en defensor de la fe, y los mismos discípulos que pudo haber destruido terminaron salvándole la vida, bajándolo en una canasta por la muralla.

La iglesia necesita personas dispuestas a escuchar la voz de Dios y recibir a quienes él está llamando, viendo en ellos no lo que son, sino lo que el Señor ya ve: instrumentos escogidos.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Hechos capítulo 9, del verso 1 al verso 19. Y se oye la satisfacción del Señor.

Saulo, respirando todavía amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, fue al sumo sacerdote y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, para que si encontraba algunos que pertenecieran al Camino, tanto hombres como mujeres, los pudiera llevar atados a Jerusalén. Y sucedió que mientras viajaba, al acercarse a Damasco, de repente resplandeció en su derredor una luz del cielo. Y al caer a tierra oyó una voz que le decía: "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?" Y él dijo: "¿Quién eres, Señor?" Y respondió: "Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Levántate, entra en la ciudad y se te dirá lo que debes hacer." Los hombres que iban con él se detuvieron atónitos, oyendo la voz, pero sin ver a nadie. Saulo se levantó del suelo, y aunque sus ojos estaban abiertos, no veía nada. Y llevándolo por la mano, lo trajeron a Damasco. Y estuvo tres días sin ver, y no comió ni bebió.

Había en Damasco cierto discípulo llamado Ananías, y el Señor le dijo en una visión: "Ananías." Y él dijo: "Heme aquí, Señor." Y el Señor le dijo: "Levántate y ve a la calle que se llama Derecha, y pregunta en la casa de Judas por un hombre de Tarso llamado Saulo, porque he aquí, está orando. Y ha visto en una visión a un hombre llamado Ananías que entra y pone las manos sobre él para que recobre la vista." Pero Ananías respondió: "Señor, he oído de muchos acerca de este hombre, cuánto mal ha hecho a tus santos en Jerusalén. Y aquí tiene autoridad de los principales sacerdotes para prender a todos los que invocan tu nombre." Pero el Señor le dijo: "Ve, porque él me es un instrumento escogido para llevar mi nombre en presencia de los gentiles, de los reyes y de los hijos de Israel. Porque yo le mostraré cuánto debe padecer por mi nombre."

Ananías entonces fue y entró en la casa, y después de poner las manos sobre él, dijo: "Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció en el camino por donde venías, me ha enviado para que recobres la vista y seas lleno del Espíritu Santo." Al instante cayeron de sus ojos como unas escamas, y recobró la vista. Y se levantó y fue bautizado, y tomó alimento y cobró fuerzas. Y por varios días estuvo con los discípulos que estaban en Damasco.

La semana pasada nosotros estuvimos hablando acerca de dejar la multitud. Y nosotros definíamos a la multitud como ese grupo humano desorganizado de personas que mantienen una actitud anónima, observadora, crítica, aunque totalmente informada de la realidad. Aunque pretenden, a través de una ilusión mental, tratar de pensar que son parte de la historia, en realidad lo que ellos están haciendo es leer la historia o ver la historia pasar a través de la televisión, y creer de una manera ilusa y a veces sentimental que son parte de ella. Esas son las presiones de esta sociedad tecnológica que nos hace creer que por el hecho de que lo vemos, estamos informados y somos parte de ella.

Nosotros mencionamos que en las Escrituras, especialmente en los Evangelios, no encontramos esa actitud de parte de nuestro Señor Jesucristo, quien veía más bien a la multitud como desamparada, como ovejas que no tenían pastor. Y es más bien que el Señor nos está invitando, no solamente a venir como oyentes para escuchar su voz y ver lo que Él es capaz de hacer en otros y lo que es capaz de decirle a otros, sino que más bien el Señor nos invita una y otra vez. En los testimonios de los Evangelios que podemos repetir, una y otra vez nosotros podemos ver cómo el Señor bendice a aquellos que estuvieron dispuestos a salir de entre la multitud y llegar delante de Jesús con sus problemas, con sus ansiedades, con sus dificultades, con todo aquello que les hacía daño, esperando que el Señor pueda transformar sus vidas.

Y es así que nosotros estuvimos viendo, y pusimos de manera particular, el hecho de que nosotros podamos llevar delante del Señor nuestras parálisis, o que podamos llevar delante del Señor a nuestros paralíticos sin dejarlos en casa, que nosotros podamos traerlos a los pies de Dios y que el Señor pueda obrar en nuestras vidas.

Y si eso ha sucedido, existe un segundo peligro. No solamente basta con haber dejado la multitud, haber confesado que Jesucristo es nuestro Señor, haber testimoniado que en nuestras vidas el Señor está obrando, sino que corremos el peligro de seguir andando en solitario a pesar de esta realidad, creyendo que el cristianismo es una relación entre Él y yo. Y después de haber pasado de la multitud de inconversos, paso ahora a la multitud de santos. Pero así pertenezca a esa multitud de santos, el Señor no nos llama a ser parte de la multitud, sino que Él nos llama a entrar de lleno en la comunidad. Y son dos palabras completamente diferentes y absolutamente opuestas.

En la Biblia no existe un llamado a vivir nuestro cristianismo en solitario. No existe un llamado a percibir la vida como seres individuales ajenos a lo que sucede en el resto de las personas. Nosotros somos humanos porque el resto de las personas son humanas, y compartimos la vida y podemos vivirla juntos.

Y eso aparece desde el principio de las Escrituras. Ahí en Génesis capítulo 2, el verso 18, antes de la caída, cuando el Señor había creado a Adán, la primera observación que Él hizo con respecto a esta criatura perfecta que la había diseñado con todo su corazón, dijo: "No es bueno que el hombre esté solo." Y cuando hace esta referencia no solo se refiere al asunto de la relación matrimonial, porque si no, entonces esta soledad sería una soledad muy específica. Sino que Adán está prefigurando a toda la humanidad. Un Dios que es Dios trino, que vive en una permanente y amorosa relación de santidad entre tres personas, nos crea a su imagen y semejanza, y por lo tanto pone primeramente en nuestro corazón una vitalidad relacional. Nosotros no podemos vivir, y ni siquiera sobrevivir, en ausencia de los demás.

No es bueno que el hombre esté solo. Pero nuestra sociedad contemporánea nos presiona a creer que vivir en extrema individualidad es reconocido, y no solamente reconocido, sino que es deseado. De tal manera que una de las primeras afirmaciones que son la demostración más clara de nuestra pecaminosidad es decir: "Sí, es bueno que el hombre esté solo", cuando el Señor había mencionado que no es bueno que el hombre esté solo de ninguna manera.

Y algunos pasajes de la Escritura no solamente lo prescriben como algo malo, sino hasta como una necesidad. Algo que es lo opuesto a la sabiduría, que tiene que ver con una terquedad, con un desconocimiento. Es una insensatez, no solamente ignorancia, sino terquedad con respecto a la verdad de Dios.

Y solamente para ver un pequeño pasaje, en Eclesiastés capítulo 4 hay una pequeña frase que nos hace ver acerca de esta necesidad. En la vida humana, de esta vanidad de la vida humana que nos hace pensar que todo debe ser para mí, que todo es para mí solo, que no hay nadie más que yo, que todos trabajan para mí. Y aunque si estoy aquí en la iglesia, es para recibir lo que Dios tiene única y exclusivamente para mí.

Y en Eclesiastés capítulo 4, en el verso 7, dice: "Entonces yo me volví y observé la vanidad bajo el sol", lo que era vacío bajo el sol. "Había un hombre solo, sin sucesor, que no tenía hijo ni hermano. Sin embargo, no había fin a todo su trabajo. En verdad, sus ojos no se saciaban de las riquezas, y nunca se preguntó: ¿Para quién trabajo yo y privo mi vida del placer?" Para quién trabajo yo y privo mi vida del placer. Era un hombre sin sucesor, o sea, no había una persona, ni siquiera fuera de su familia, que pudiera decir: "Yo voy a recibir lo que él está haciendo." No tenía un hermano y no tenía tampoco un hijo, pero con todo él seguía almacenando riquezas para sí mismo. Y finalmente él nunca se hizo esta pregunta, la pregunta que aparece allí: "¿Para quién trabajo yo y privo mi vida del placer?" También esto es vanidad y tarea penosa.

Pero a nosotros se nos hace creer que todo es para mí, que todo depende de mí, que es todo lo que yo consigo para mí. Y aún en el Señor creemos que estamos acumulando bendiciones que son solamente para mí. Y este es un llamado equivocado y es considerado una insensatez en la Escritura. No es bueno que el hombre esté solo en ninguna circunstancia.

Nosotros hemos sido llamados para una vida en comunidad, para aprender a vivir en comunidad como iglesia y aprender lo que significa ser hechos a imagen y semejanza de Dios. No en el rigor de mi propia persona, sino en descubrirnos unos a otros creados a imagen y semejanza de Dios, y en la medida en que como iglesia nos vamos asemejando cada día más a Jesucristo.

Sin embargo, vamos a empezar ahora así. Vamos al libro de los Hechos nuevamente, y vamos a hablar acerca de esta entrada a la comunidad. ¿Cuáles son las bases de nuestra vida comunitaria? El pastor Miguel va a continuar con su estudio de Esdras y Nehemías, en donde hay mucho material con respecto a la vida y el servicio en comunidad. Pero nosotros quisiéramos aportar un grano de arena hablando de nuestra entrada a la comunidad. Reflexionar acerca de lo que significa que nosotros estemos en esta comunidad en este momento. ¿Por qué estamos aquí? ¿Bajo qué característica, qué premisa nos hizo haber llegado a este lugar?

En Hechos capítulo 9 se nos habla de la conversión de Saulo, el famoso Pablo, el famoso apóstol, autor de trece de los veintisiete libros que nosotros tenemos en el Nuevo Testamento. Hombre utilizado por Dios para predicar el Evangelio en todo el mundo conocido de su tiempo. Un hombre que a través de su pluma, y dirigido por el Espíritu Santo, nos ha dado los conceptos más vigorosos y más importantes para el desarrollo y la vida de nuestra iglesia. Pero Pablo, o Saulo en este caso, no aparece en la Escritura como un amigo de la iglesia. En su primera aparición en el libro de los Hechos, no aparece como un hombre que amaba la iglesia.

Por el contrario, el apóstol Pablo aparece en el libro de los Hechos como su más grande enemigo. Eso es el capítulo 9. Nosotros tenemos aquí su aparición, pero el nombre de Saulo aparece en el capítulo 7, unos un par de capítulos antes, al final del capítulo 7, en el verso 58. Aparece al final del ajusticiamiento de Esteban, el primer mártir de la iglesia. Y Saulo aparece como por casualidad en el libro, pero su presencia y su nombre es muy importante para reconocer quién es él antes de Jesucristo.

En el capítulo 7, el verso 58, dice que echaron fuera de la ciudad a Esteban y comenzaron a apedrearlo, y los testigos pusieron sus mantos a los pies de un joven llamado Saulo. Esta es la primera aparición de Saulo en las Escrituras, y aparece como parte de la conspiración para asesinar a Esteban, el primer mártir de la iglesia, situación que causó la persecución de toda la iglesia a partir de ese momento. Lo que nosotros vemos aquí de manera muy particular es que Saulo aparece como en un segundo plano: un joven llamado Saulo que estaba cuidando los mantos de los testigos que estaban apedreando a Esteban, y eso es todo lo que la historia nos cuenta.

Sin embargo, en el verso 1 del capítulo 8 dice que Saulo estaba de completo acuerdo con ellos en su muerte, estaba completamente de acuerdo con ellos en su muerte. Y lo que él estaba haciendo aparentemente era de acuerdo a la ley rabínica: los testigos tenían que ser los primeros en tirar las piedras contra el condenado. De tal manera que hubo un grupo de testigos, testigos falsos que acusaron a Esteban de hereje, y ellos después de sacar a Esteban, lo tuvieron que arrastrar hasta fuera de la ciudad. Y estos testigos tenían que ser los primeros en tirar las piedras. Como ellos tenían que tirar las primeras piedras, los mantos no les facilitaban la acción. O sea, si quieres tirar con ganas, no vas a estar con un manto encima. Entonces Saulo no tuvo mejor idea: "Pásenme para acá los mantos, yo se los cuido, yo te apuesto, ponte bien y denle duro a Esteban." Y no nos dice que esto fue casual, no es que solamente los mantos estaban allá a sus pies, sino que él estaba completamente de acuerdo con ellos.

Y como nos dice el final del verso 1 del capítulo 8, en aquel día se desató una gran persecución en contra de la iglesia, y todos fueron dispersados por la región de Judea y Samaria, excepto los apóstoles. Y algunos hombres llevaron a enterrar a Esteban y lloraron a gran voz por él. Pero dice el verso 3: "Saulo hacía estragos en la iglesia, entrando de casa en casa y arrastrando a hombres y mujeres, los echaba en la cárcel."

Primero Saulo estaba en un segundo plano, era un joven que formaba parte de la conspiración, pero que no tenía un rol protagónico. Él era el que cuidó los mantos. Cierto, no tenía un rol protagónico, él no tiró una piedra porque tenía que estar a un costado con los mantos. Luego viene la persecución y aparece Saulo en otro rol, pero más protagónico en contra de la iglesia, en su ataque contra lo que era la iglesia. Y no solamente él ya estaba allí mirando desde atrás, sino que asumió un rol protagónico persiguiendo a la iglesia. Y dice el verso 3: él hacía estragos en la iglesia, entrando de casa en casa y arrastrando a hombres y mujeres a los que echaba en la cárcel.

Hay una palabra muy importante aquí en este pasaje que nos da una explicación muy interesante en cuanto a la actitud de Saulo. Dice aquí que él hacía estragos, ¿verdad? En la versión que nosotros tenemos, la versión 60, los que tienen la versión 60, dice "asolar." Sin embargo, esta palabra, la palabra griega que Lucas usa para mencionar este sentimiento de Saulo, no es una palabra que se usa más en toda la Biblia; solamente se usa en este pasaje y no se refiere a una actitud humana, sino que más bien se refiere a la fiereza de un animal.

Hacer estragos. Lo que está haciendo Lucas es mostrar que Pablo no tenía ni siquiera una actitud de odio humano, sino que tenía la fiereza de un animal que, cuando entra en un lugar, por ejemplo, un animal fiero que entra en un lugar en donde está encerrado, empieza a destruirlo todo a mordiscos y arañazos sin tener consideración alguna. Pues eso es lo que este pasaje nos está diciendo con respecto al sentimiento de Saulo para con la iglesia. Arrastrando, dice, o entraba a las casas. O sea, pateaba puertas, entraba a casas, tomaba hombres y mujeres y los arrastraba. No dice que los metía en la cárcel, sino que los arrastraba y los metía en la cárcel. Tomándolos, podríamos verlo casi como tomándolos de los cabellos. A este punto era el odio que este hombre tenía para con la iglesia.

Sin embargo, abruptamente, Lucas de una manera muy sensible rompe con estos sentimientos de Saulo y luego pasa a contar cómo la iglesia se sigue desarrollando a pesar de Saulo, y eso es lo que continúa en el capítulo 8.

Pero Saulo vuelve a aparecer en el capítulo 9, y se nos dice ahí en el verso 1 y 2: "Saulo, respirando todavía amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, fue al sumo sacerdote y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, para que si encontraba algunos que pertenecieran al Camino, tanto hombres como mujeres, los pudiera llevar atados a Jerusalén."

Nuevamente, en esta aparición de Saulo, Saulo nuevamente aparece como un gran enemigo de la iglesia. Él ha pasado por un proceso, si ustedes lo ven. En primer lugar era el joven tímido que todavía estaba sujetando los mantos de los testigos falsos. Luego aparece como un hombre totalmente agresivo, pateando puertas y con ese odio animal, tomando hombres y mujeres cristianos para meterlos a la cárcel. En tercer lugar, aquí aparece ya no solamente con ese odio enfermizo, sino que está pidiéndole cartas a las autoridades, al sumo sacerdote, para poder viajar a Damasco, que está a 300 kilómetros de distancia, para ir a buscar cristianos y poderlos llevar atados de regreso a Jerusalén para que sean ajusticiados. ¡Wow! Tremendo odio, un odio animal para con la iglesia.

Y ese odio animal nuevamente Lucas lo expresa con una segunda palabra que es muy interesante y que llama poderosamente la atención, que es la palabra "respirar." Estaba respirando todavía amenazas y muerte. ¿Qué es esta palabra respirar? Algunos dicen que la palabra respirar tiene que ver con el bufido del toro cuando está listo para atacar. ¿Ustedes han visto esa imagen del toro que está listo ahí a meter los cuernos a una persona o algo? Algunos hablan de que esto tiene que ver con el gruñido del perro cuando está listo a morder y te está mostrando los dientes. ¿No cierto? Ya está, ya no te mueve la cola, está listo ahí para ir detrás de ti, detrás de tu pierna.

Sin embargo, en el griego hay muchas mejores palabras para poder explicar estas figuras. La palabra respirar suena diferente, tiene otra razón. Pero dice que respiraba amenazas y muerte. Algunos han interpretado esta respiración de Saulo, como que podemos decirlo de una mejor manera, es como que Pablo había convertido en el motivo de su vida la destrucción de la iglesia, y ese objetivo era lo que lo mantenía con vida, como la propia respiración. O sea, este objetivo de destruir a la iglesia era el motivo de su vida. O sea, hay algo que voy a hacer, si hay algo que yo quiero en este momento para mí, no hay otra cosa en qué pensar, no quiero nada más en la vida. Lo único que Saulo quería era esto. ¡Tremendo!

Y no solamente eso, sino que para ponerle un mayor énfasis a este odio malsano, enfermizo, animal, que se había convertido en el motivo de la vida de Saulo, casi como su respiración, está el hecho de que él pide cartas para Damasco. De acuerdo a Hechos capítulo 8, dice que los judíos habían hecho que los cristianos se dispersen hasta Judea y Samaria. O sea, allí por la Palestina nomás. Pero Saulo está escogiendo un destino 300 kilómetros más allá. Y la pregunta es: ¿por qué? ¿Por qué escoge un destino tan lejano para poder cumplir esa tarea?

Lo primero que nosotros tenemos que saber, y muy rápidamente, es que más judíos vivían en la dispersión que en la propia Palestina. Varios millones vivían en diferentes ciudades dentro del Imperio Romano, y el Imperio Romano trataba con cierta predilección a los judíos. Por eso es que Pablo en sus viajes misioneros, cuando viajaba, siempre paraba en las sinagogas. ¿Por qué? Porque en cada lugar había su sinagoga. Porque había más judíos en la dispersión que en la propia Palestina, y las escuelas rabínicas eran más poderosas en la dispersión que en la propia Jerusalén, que era el centro, ¿no es cierto?, donde estaba el templo, pero el estudio teológico estaba muy alrededor.

El mismo apóstol Pablo era un judío helenista porque había nacido en Tarso, una ciudad universitaria. De tal manera que hablaba griego, él hablaba arameo, y él hablaba un poco de latín. Y no solamente eso, sino que él era también un ciudadano romano. Todas estas características lo hacían a él pensar que él tenía cierta autoridad y cierto dominio para poder expresar su odio, no solo en Jerusalén, sino llevarlo hasta el último punto de la tierra, a 300 kilómetros de distancia, en donde quedaba la ciudad de Damasco.

Ahora yo quiero extender este pensamiento de odio por un segundo con ustedes, solamente para poder percibir lo que Saulo podría estar sintiendo en este momento. El viaje de 300 kilómetros demoraba seis días, porque es posible que Saulo haya escogido ir a pie en este viaje. Algunos historiadores dicen que los judíos piadosos no montaban a caballo porque lo consideraban impuro, entonces hacían los viajes a pie, 300 kilómetros. No nos dice qué número de personas lo acompañaban, pero posiblemente era un grupo, ¿no cierto?, un grupo de élite de esos de secuestradores de élite que iban a ir con él. Ahora yo les pregunto: un hombre que decide viajar 300 kilómetros...

Para ir a Damasco, para presentarse delante de la autoridad de la sinagoga, para decirle: "Estas son mis cartas de presentación que he recibido yo de las autoridades, sumos sacerdotes, para tomar preso a todos los cristianos y para poder llevarlos de vuelta a Jerusalén". Señores, año la pregunta: trescientos kilómetros de ida. Él iba a estar allá a patear puertas, a arrastrar gente, cristianos, hombres, mujeres y niños, ancianos, tomarlos, atarlos, porque eso dice, que los quería llevar atados, eso es lo que nos dice el pasaje. Atarlos y luego llevarlos de vuelta trescientos kilómetros en un viaje sumamente difícil que podría tomarles quizás el doble de tiempo.

Yo me pregunto logísticamente: ¿quizás Pablo pensó en alimentarlos? ¿Pensó que iban a tener descanso? ¿Los iba a llevar sin descanso hasta que llegaran a Jerusalén? ¿Les iba a dar de comer? Lo más seguro es que a Pablo esas cosas no le importaban, porque los cristianos para él ya no eran humanos. Era simplemente su odio descarnado que lo llevaba a pensar: "Voy a tomarlos, los voy a traer trescientos kilómetros de vuelta, y si algunos se me mueren en el camino, mejor. Pero yo los llevo a Jerusalén para que los ajusticien, porque esta secta herética tiene que desaparecer de sobre la faz de la tierra".

Ahora, a mí me parece este Saulo más un oficial nazi tratando de pensar en cómo llevar a judíos a un campo de concentración, que el hombre que escribe Primera de Corintios capítulo 13. ¿O no?

Y la otra pregunta que yo me hago es: ¿podría alguien pensar en esos días que Pablo podía llegar a ser cristiano? Algunos dicen por ahí, y he escuchado que algunos dicen: "Bueno, pero era fariseo, entonces amaba al Señor, no sé, dominaba la ley". Algunos dicen que estaba imbuido de filosofías griegas, que conocía los clásicos, leía poemas, era ciudadano romano cosmopolita, hablaba trece idiomas, había viajado por el mundo. No. Este Saulo que nosotros estamos viendo aquí no tenía nada en él más que odio animal en contra de la iglesia y el Señor de la iglesia. No había nada en él que lo hiciera candidato para el cielo. No había nada en él que lo acercara al Señor. No había nada en él que pudiera hacerlo materia prima para hacerse cristiano. No había nada en él.

Y eso es lo que Lucas está tratando de resaltar, y eso es seguramente lo que conversó con Pablo cuando le dijo: "Y tú, ¿cómo eras antes de conocer al Señor?" Y eso es lo que seguramente escuchó del apóstol Pablo cuando hablaba acerca de sí mismo. Por eso es que Miguel ahora nos leía: "Palabra fiel y digna de ser recibida por todos, que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero". Eso decía, eso decía Saulo.

Ahora, ¿dónde está la diferencia? ¿Dónde está la diferencia entre el Saulo que nosotros estamos viendo ahora y el Saulo de las epístolas y de las cartas y de las palabras de amor? La diferencia está en la cruz. La diferencia está en la presencia de Jesucristo que por gracia, en medio del camino, de ese camino de odio hacia Damasco, el Señor se presentó delante de él y lo detuvo. Porque Él quiso, porque así le plació hacerlo, porque lo hizo por gracia, porque Él lo quiso de esa manera y no porque Saulo lo mereciera.

Ahora yo les hago la pregunta a ustedes. Si nosotros estamos aquí en esta tarde, yo quisiera saber si ustedes podrían levantar la mano: ¿cuántos están aquí porque lo merecen? Porque en realidad ninguno de nosotros merecemos estar aquí. Nadie, ninguno de nosotros merece estar aquí. Quizás no teníamos el odio animal de Saulo, quizás no teníamos esa rabia indiscriminada contra la iglesia, pero igual éramos enemigos de Dios. Igual estábamos separados de Él, igual estábamos viviendo una vida ajena a lo que el Señor espera. Pero con todo, también en nuestra vida, en medio de nuestro caminar, en medio de nuestro camino a Damasco, también el Señor nos detuvo.

Y el Señor detiene a Saulo y lo detiene por gracia. Y lo detiene, como dice allí en el verso 3: "Y sucedió que mientras viajaba, al acercarse a Damasco, de repente resplandeció en su derredor una luz del cielo. Y al caer a tierra oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Y él le dijo: ¿Quién eres, Señor? Y él respondió: Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Levántate, entra en la ciudad y se te dirá lo que debes hacer".

Saulo estaba a las puertas de Damasco. Estaba mirando Damasco lista, Damasco con sus edificios, sus casas, la gente caminando, con él entrando a la ciudad. Durante seis días él había tenido el tiempo suficiente para hacer su plan y para hacerlo cada vez más perfecto. Habría repensado una y otra vez las palabras que iba a utilizar para presentarse ante los líderes de la sinagoga, ante las autoridades romanas. Habría pensado una y otra vez cómo iba a impedir que los cristianos se le escaparan de las manos. Había pensado una y otra vez cómo los iba a amarrar y cuánto los odiaba y cuánto esperaba llevarlos de vuelta a Jerusalén, y que puedan ser ajusticiados porque son una lacra despreciable que tiene que ser eliminada de sobre la faz de la tierra.

Pero cuando estaba poniendo el pie en Damasco, el Señor se le presenta. Y se presenta delante de él en todo poder, en toda gloria, como Señor de señores, como Rey de reyes. Y él cae al piso, y las primeras palabras que escucha son: "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? ¿Por qué me persigues?" Y Saulo pregunta, ahí en medio de su aturdimiento en el piso, ante esa luz brillante que él no sabe ni de dónde viene, él dice: "¿Quién eres, Señor?" Y Él dice: "Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Yo soy Jesús, a quien tú persigues".

Y aquí está el primer secreto de nuestra vida en comunidad. Nuestra vida en comunidad es el resultado de que el Señor ha prometido estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. Saulo no estaba persiguiendo solamente a los discípulos de Jesús, Saulo estaba persiguiendo a Jesús, porque Jesús nunca deja de estar fuera de la vida de los discípulos. Y esa es nuestra realidad de la vida en comunidad. El primer principio es el hecho de que el Señor ha afirmado su presencia y su permanencia con nosotros siempre, desde su vida. El deseo de Dios es estar con su iglesia. "¿Por qué me persigues?" le decía a Saulo. "Yo soy Jesús, a quien tú estás persiguiendo".

Y seguramente para Saulo esta afirmación fue tremenda, porque para él Jesús ya estaba muerto. Había muerto en la Pascua, lo habían enterrado. Y no solamente lo habían enterrado, sino que él sabía de muy buena fuente que los discípulos engañadores y herejes habían tomado el cuerpo de Jesús y lo habían escondido para hacerle creer a las multitudes que Él había resucitado. Pero él no estaba persiguiendo a los discípulos, él estaba persiguiendo a Jesús. Él estaba persiguiendo a los discípulos, pero el gran secreto era que Jesús estaba con sus discípulos en ese momento.

Y esa es nuestra primera realidad. La primera realidad de nuestra comunión es que el Señor está vivo y comprometido con su iglesia en cualquier condición en la que se encuentre. Nosotros no invitamos a Jesús a que se haga presente. El Señor no se hace presente cuando hay buena música, cuando hay excelente predicación. El Señor está presente porque así lo ha decidido Él. El Señor está presente aquí en medio nuestro y es la razón de ser de nuestra comunidad. Porque nosotros tenemos una comunidad, tenemos algo en común, y eso que tenemos en común es Cristo mismo presente aquí en medio nuestro.

Y Jesús no solamente está presente porque simplemente lo quiso Él. A un nivel aún mayor, en Juan 17 nosotros leemos con mucha precisión esta oración íntima de nuestro Señor Jesucristo. Ahí en Juan capítulo 17, el verso 20 dice: "Mas no ruego solamente por estos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste".

Esa perfecta unidad es la que Jesús afirma delante de Saulo, por eso es capaz de decirle: "¿Por qué me persigues?" Y la primera realidad entonces de nuestra comunidad, la comunidad en que nosotros estamos en este momento, es la comunidad en donde el Señor ha decidido y ha orado y ha intercedido aún por nosotros mismos para que seamos uno con Él. Uno con Él. Él es nuestro centro, nuestra motivación. No es el edificio, no son las amistades, es Él. No son los programas, es Él el que nos mantiene íntimamente unidos a todos nosotros.

Y dos capítulos antes, ahí en Juan capítulo 15, el Señor utiliza una figura que también es muy hermosa para mostrar esa misma realidad. En Juan capítulo 15, a partir del verso 4, dice: "Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto, porque separados de mí nada podéis hacer".

Cada uno de nosotros nos mantenemos en comunidad porque el Señor, como un tronco principal, y nosotros como sus pequeñas ramas, estamos conectados a la savia y a la vida que Él solamente puede producir en nosotros, de tal manera que llegamos a dar fruto porque Él da la vida que depende solamente de Él, porque separados de Él nada podemos hacer.

Y esa es nuestra primera realidad. Por eso es que el apóstol Pablo, el ex Saulo, quizás pensando en esta experiencia donde Jesús le dice "¿por qué me persigues?", es que él llega a afirmar en Efesios capítulo 5, en los últimos versículos, Efesios capítulo 5, los versos 29 y 30, dice: "Porque nadie aborreció jamás a su propio cuerpo, sino que lo sustenta y lo cuida, así como también Cristo a la iglesia, porque somos miembros de su cuerpo".

Ese es el sentido fundamental de comunidad: una comunidad en donde Cristo está presente, cuidando, sustentando y perfeccionando la unidad. No es un asunto de nosotros, es un asunto que viene de Él.

Entonces, volviendo a nuestro pasaje de Hechos capítulo 9, vemos que nuestro Señor Jesús, sin mediar palabras ni explicaciones, le ordena a Saulo que entre en la ciudad a esperar órdenes. Eso es lo que dice el verso 6: "Levántate, entra en la ciudad y se te dirá lo que debes hacer." Señores, el Saulo que estaba a punto de entrar a Damasco con cartas de presentación para las autoridades, como un obvio animal para con la iglesia, con el deseo irrefrenable de poder destruir a la iglesia del Señor, ya no era el mismo. Hasta el momento en que se encontró con el Señor, era aquel que era súper poderoso, que era grande, que tenía muchas cosas. Ahora estaba humillado, débil, incapacitado, entrando a una ciudad llevado de la mano porque estaba completamente ciego, y el apresador se había convertido en un prisionero de Jesucristo. El apresador se había convertido en un prisionero de Jesucristo.

Ya no había en él el poder. El Señor se había puesto delante de sí, delante de él mismo, y le estaba ordenando lo que él tenía que hacer. Nosotros no sabemos qué pasó en la intimidad durante esos tres días. ¿Qué pasó en esos tres días en que estuvo ayunando y orando? No lo sabemos, porque siempre el nuevo nacimiento y la conversión ocurren en el secreto de Dios.

Pero hay algo que nosotros tenemos que aprender en segundo lugar con respecto al secreto de la vida en comunidad. El secreto de la vida en comunidad no solo depende del hecho de que el Señor está presente, sino que también el Señor está empujándonos y está llamándonos a asumir una responsabilidad para con la vida en comunidad. Y mientras el Señor le está hablando a algunos corazones fuera de este lugar y está llamándolos al arrepentimiento, en ese mismo momento y en esa misma circunstancia el Señor debería estar hablándonos a nosotros para que nos preparemos y recibamos a aquellos que están por entrar.

Y eso es lo que aprendemos aquí en el caso de Ananías. Mientras en el verso 9 de Hechos 9 dice que estuvo Saulo tres días sin ver y no comió ni bebió, dice el verso 10: "Había en Damasco cierto discípulo llamado Ananías, y el Señor le dijo en una visión: Ananías. Y él dijo: Heme aquí, Señor. Y el Señor le dijo: Levántate y ve a la calle que se llama Derecha, y pregunta en la casa de Judas por un hombre de Tarso llamado Saulo, porque he aquí está orando, y ha visto en una visión a un hombre llamado Ananías que entra y pone las manos sobre él para que recobre la vista. Pero Ananías le respondió: Señor, yo he oído de muchos acerca de este hombre, cuánto mal ha hecho a tus santos en Jerusalén, y aquí tiene autoridad de los principales sacerdotes para prender a todos los que invocan tu nombre. Pero el Señor le dijo: Ve, porque él me es un instrumento escogido para llevar mi nombre en presencia de los gentiles y de los reyes y de los hijos de Israel, porque yo le mostraré cuánto debe padecer por mi nombre."

Yo quisiera que nosotros veamos esta situación. Mientras el Señor le había estado hablando a Saulo y Saulo estaba ciego, había sido llevado de la mano, Cristo se le había presentado, le había dicho "tú eres el que me está persiguiendo" y le había dado órdenes de entrar a Damasco y esperar una respuesta que él no sabía cuál era, mientras el Señor estaba trabajando en su corazón, el Señor se puso a trabajar en la vida de su pueblo para hacerlos receptivos con este hombre que de ninguna manera hubiera sido aceptado por sus propios medios o por su propio currículum, por llamarlo de alguna manera.

Y es así, mis queridos hermanos, que si nosotros estamos en este lugar en la iglesia, es también porque el Señor obró este trabajo. Mientras nos estaba hablando en el corazón, también estaba preparando una iglesia para que sea receptiva para con nosotros. Y eso es lo que Ananías ha sido.

Nosotros muchas veces estamos acostumbrados a los sistemas y a las formas mecánicas y a los programas de recepción para las nuevas personas, y muchos de ellos son eficaces. Pero también nosotros debemos pensar que en esta situación lo que nosotros vemos es un trabajo netamente espiritual: el Señor hablándole a Saulo y el Señor hablándole a Ananías, hablándoles de manera espiritual a ambos, en un acontecimiento espiritual en donde el Señor estaba vinculándolos en comunión aunque todavía no se conocían.

Sin embargo, hay una cosa muy interesante con respecto a la visión de Ananías. Pongámoslo de esta manera. Ananías está orando. Nosotros no conocemos quién es Ananías, solo aparece aquí y aparece luego en Hechos 22 porque el apóstol Pablo lo menciona, señalándolo y diciendo que era un hombre respetable entre el pueblo judío, pero no sabemos nada más acerca de él. No sabemos por qué el Señor ha escogido a Ananías. No sabemos si Ananías era un líder de la iglesia o era uno más en medio de la multitud; nada de eso nos es conocido.

Sin embargo, Ananías lo que tuvo es sensibilidad espiritual para escuchar la voz de Dios, porque cuando el Señor lo llamó, él dijo: "Aquí estoy, Señor. Heme aquí, Señor. Aquí estoy, estoy dispuesto a oírte." Y el Señor con un detalle muy particular le empieza a decir: "Mira, Ananías, ha sucedido una cosa. Hay una persona que está viniendo a mis pies, al que yo amo y quiero que venga y forme parte de la comunidad." "Muy bien, Señor, todo me parece perfecto. ¿Podría darme más detalles?" "Mira, tú vas a ir ahí en el centro de la ciudad. En el centro de la ciudad hay una calle que se llama Derecha, y se llama Derecha justamente porque es recta, entonces no tienes cómo perderte." "Ah sí, Señor, alguna vez yo estuve en la calle Derecha y conozco dónde queda." "Bueno, mira, te voy a dar más detalles todavía. En la calle Derecha vive un tipo que se llama Judas." "¿Judas? Ah, debe ser judío. Mejor todavía, Señor, va a ser más fácil. Voy a preguntar y llego directo para allá. ¿Qué va, Señor, y ahí qué tengo que hacer?" "Mira, entonces vas al centro de la ciudad, vas a la calle Derecha y vas a entrar a la casa de un tal Judas." "Muy bien, Señor, todo me parece perfecto." "Y ahí vas a hablar con un hombre de Tarso." Entonces ya muchos datos, entonces empezó a tomar nota, ¿no es cierto? "A ver, esto es para el Señor, a ver: centro de Damasco, calle Derecha, Judas. ¿Judas me dijiste? Judas, muy bien. ¿Y el hombre es de dónde? De Tarso, muy bien. ¿Y cuál es su nombre?" "Saulo." "¿Me repite el nombre, por favor? ¿Quién, Señor? ¿Dijiste Saulo de Tarso? ¿Y encima tú le has dicho que Ananías va a ir a buscarlo?"

Y a veces en la preparación para que nosotros podamos ser receptivos, tenemos que estar escuchando muy atentos la voz de Dios, porque el Señor llama las cosas que no son como si fueran. Y eso es lo que estaba sucediendo en este caso.

Por eso es que la recepción en la comunidad no puede ser un asunto mecánico, no puede ser un asunto de llenar papelitos, no puede ser un asunto de programas ni de edificios, no puede ser un asunto de que tenemos aire acondicionado y un buen estacionamiento, no se trata de que tengamos buenos equipos de sonido. Es un tema espiritual, porque estamos hablando no de entrar a un edificio, sino de entrar al cuerpo de Jesucristo.

Y eso es lo que Ananías está percibiendo. El Señor le está hablando y le está mostrando algo que podría ser completamente desconocido de otra manera. Y eso es lo que el Señor nos invita a reconocer: a vivir la vida de manera prolépticamente. ¿Se acuerdan? ¿Ninguno se acuerda? Viviendo hoy de acuerdo con las expectativas y la realidad del futuro. Y eso es lo que el Señor estaba viendo en Saulo, y eso es lo que el Señor le estaba diciendo a Ananías.

Interesantemente, Ananías le responde, porque Ananías no solamente leía su Biblia, sino que también veía CNN, leía los periódicos, estaba informado de lo que pasaba en Jerusalén. Y él tiene que decir: "Señor, mira de quién estás hablando. He oído mucho acerca de este hombre, cuánto mal ha hecho a tus santos en Jerusalén, y aquí él tiene autoridad de los principales sacerdotes para prender a todos los que invocan tu nombre." Quizás él se está sorprendiendo porque él había oído de Saulo en Jerusalén, pero él no imaginaba que Saulo iba a aparecer en Damasco. "Ah, lo cierto es que él tiene cartas, y ahora que me lo están diciendo... ¡este tipo aquí con nosotros!"

Pero interesantemente, yo quiero que ustedes noten algún detalle muy interesante en el verso 15. Dice: "Pero el Señor le dijo: Ve, porque él me es un instrumento escogido." Y aquí, hermanos, lo que vemos en el Señor es su completa gracia, porque no dice "ve porque él me será un instrumento escogido." Él me es hoy, hoy ya es para mí un instrumento escogido.

Y si ustedes comparan los dos verbos de las palabras de Ananías, cuando dice "Señor, él tiene cartas que puede usar contra la iglesia" en su bolsillo, en su alforja, seguramente Saulo todavía tenía en alguna alforja esas cartas destructivas para con la iglesia. Pero al mismo tiempo, el Señor veía en su corazón que este Saulo, perseguidor de la iglesia, que en ese momento todavía era un enemigo implacable y potente, probable para con la iglesia, era para él ya un instrumento escogido. Él ya es un instrumento escogido.

¿Y acaso esto no es una realidad también en nuestras propias vidas? El Señor, cuando nos trae a su presencia, es por pura gracia, sin merecerlo, sin que nosotros tengamos nada. Pero el Señor hace una obra, y es la obra de poder llamarnos de entre los muertos y que nosotros lleguemos a ser lo que por nosotros, por nuestros propios medios, nunca podríamos ser.

Ese es el milagro de la invitación del Señor, y ese es el milagro que el Señor nos invita, a través de Ananías, a poder reconocer: que tenemos que ver y ser receptivos para con otros, abrir nuestros corazones de manera intencional para poder ver lo que el Señor está viendo en otras personas, y no solamente verlos como enemigos potenciales, sino poder ver aquello que el Señor ya está viendo en la vida de muchas personas.

Para poder terminar con esta historia, dice el verso 17: después de escuchar las palabras de Jesús, Ananías fue y entró en la casa, y después de poner las manos sobre él le dijo: "Hermano Saulo, el Señor que se te apareció en el camino por donde venías, me ha enviado para que recobres la vista y seas lleno del Espíritu Santo." Al instante se cayeron de sus ojos como unas escamas y recobró la vista, y se levantó y fue bautizado, tomó alimento y cobró fuerzas, y por varios días estuvo con los discípulos que estaban en Damasco.

Ananías obedeció, Ananías no esperó, y eso es algo interesante también. El Señor no nos dice: "Espera que ellos vengan", sino que el Señor lo envía a él donde Saulo. Y dice que él llega a la casa y lo primero que hace es ponerle las manos. Y el ponerle las manos no es solamente una actitud religiosa, sino que también es un símbolo oriental, es la idea de una perfecta comunión entre las dos personas. Ese es el imponer las manos: es un reconocimiento, una identificación completa con otra persona.

Y en ese momento en que Saulo, ciego todavía, está recibiendo esta imposición de manos, se da una confirmación de lo que el Señor quería para él, porque Ananías le dice, ¿qué palabra le dice? "Oye, eres perseguidor, el Señor me ha mandado acá, pero mira, yo no creo nada, que tú vas a cambiar, pero bueno..." No, no, no le dijo así. Le dijo: "Hermano." Hermano, el Señor que te habló a ti en el camino de Damasco es el mismo Señor que me ha enviado a mí para que tú recobres la vista y seas lleno del Espíritu Santo.

¡Cuánto me gustaría hacer como Ananías! Ser parte de Jesucristo, poder ver esos momentos gloriosos en que podemos ver una persona viniendo a sus pies por un milagro del Señor. Pero nuevamente, no ser parte de la multitud observadora, sino ser el instrumento de identificación con el pueblo de Dios, de incorporación y de bienvenida. Pero no como una función, porque Ananías no tenía una función, no tenía la función de dar la bienvenida a los perseguidores de la iglesia, un cargo con montón de reglas, ¿no cierto? No, él no tuvo una función, él tuvo una visión porque estaba en comunión con el Señor.

Y cuán delicioso sería que en la iglesia hubiera muchos Ananías, que tuvieran los ojos abiertos para ver en oración delante del Señor a aquellos que el Señor esté llamando, y nosotros estemos listos para poder darle el abrazo de afecto y poder introducirlos como hermanos y llamarlos a la comunión de unos con otros. Porque no solamente se trata de que aquí cantemos que el Señor tiene cuidado de nuestra vida, sino que enseñarnos y llamarnos a que tengamos cuidado los unos de los otros. Que nosotros no seamos la multitud de los santos que está observando lo que aquí está pasando, sino que realmente estemos actuando como lo hizo Ananías.

Porque Ananías cumple una función muy importante: toma a Saulo, lo bendice seguramente, lo bautiza y luego lo presenta a los discípulos de Damasco. Y seguro que los discípulos de Damasco también temblaban, o sea, también lo conocían, con quién está llegando Ananías. "No me digas, ¿ese Saulo? ¡Saulo!" Pero como llegó con Ananías, los discípulos tuvieron que recibirlo, y seguramente allí se dio un proceso de encuentro, de perdón entre ellos, de aceptación mutua, de reconocimiento de que son familia de Dios.

Porque hubiera sido muy fácil para el Señor decirle ayer en el camino a Damasco: "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Levántate, a partir de ahora tú serás para mí un predicador. Anda, predica a las naciones y háblales a todos del Señor." Y hubiera partido de ese mismo momento y hubiera ido para allá. Pero no se dio así. El Señor preparó el momento no solamente para que tenga un encuentro con Jesús, sino también un encuentro con la comunidad.

Y todos nosotros necesitamos un encuentro con la comunidad, mi querido hermano. Todos nosotros necesitamos de ese encuentro, necesitamos de un Ananías que nos haga entrar, y necesitamos que nosotros seamos Ananías para poder ayudar a otros a que puedan entrar también. El Señor nos está llamando a ese acto de amor, para que nosotros no nos convirtamos... porque nosotros a veces podemos convertir este lugar en un salón de clases, o podemos convertir esto en un teatro, o podemos convertir esto en un gran auditorio para ver un gran montaje, y podemos seguir estando separados unos de otros.

Pero el Señor nos invita a hacer iglesia, a hacer comunidad, a descubrir en medio de nosotros a los Saulos enemigos del cristianismo que el Señor está llamando por su gracia. Y el Señor está buscando que nosotros podamos ser como los Ananías, que están respondiendo a la voz espiritual de Dios, y que están dispuestos a poder hacer ese vínculo y ese puente humano que permita que esas personas lleguen aquí para bendecirnos.

Porque saben una cosa: en el mismo Damasco, este Saulo que estaba entrando a la ciudad como un enemigo de la iglesia se convirtió en su mayor defensor. Eso es lo que nos dice a partir de los versículos siguientes. Dice el verso 20: "Y enseguida se puso a predicar a Jesús en las sinagogas diciendo: Él es el Hijo de Dios." Y la confusión era grande porque dice el verso 21: "Y todos los que lo escuchaban estaban asombrados y decían: ¿No es este el que en Jerusalén destruía a los que invocaban este nombre, y el que había venido con este propósito para llevarlos a todos ante los principales sacerdotes?" Pero Saulo seguía fortaleciéndose y confundiendo a los judíos que habitaban en Damasco, demostrando que este Jesús es el Cristo.

O sea, el perseguidor de la iglesia se convierte en su más grande defensor. Dentro de la misma comunidad de los discípulos de Damasco, Saulo empieza a ser una bendición. Y no solamente una bendición, sino que Saulo, en este mismo Damasco, el perseguidor empieza a ser perseguido. Dice el verso 23: "Después de muchos días los judíos tramaron deshacerse de él." ¿No me suena algo parecido a lo que Saulo hacía? Después de muchos días los judíos tramaron deshacerse de él, pero su conjura llegó al conocimiento de Saulo, y aun vigilaban las puertas de día y noche con el intento de matarlo. Pero sus discípulos lo tomaron de noche y lo sacaron por una abertura en la muralla, bajándolo en una canasta.

Él iba con la intención de destruir a todos los cristianos y eliminarlos de la faz de la tierra cuando estaba entrando a Damasco, pero él sale de Damasco protegido por los discípulos, quienes le salvaron la vida. ¿No sería lindo que vivamos esto aquí también?

¿Cuántos Saulos el Señor nos querrá entregar, pero no hay Ananías que los quieran recibir? ¿Cuántos Saulos el Señor tendrá allí listos, pero no hay Ananías que quieran oír? ¿Cuántos hay ahí que están dando fruto, pero piensan que el fruto es para consumo propio y no para exportación? Hermanos, los frutos que nosotros damos son para exportación, para que otros lo consuman, no para nuestro propio consumo. ¿Cuánto nosotros estamos dispuestos a poner nuestra vida en peligro como Ananías, que igual tuvo que poner el pie en la casa de Judas y esperar cualquier cosa de Saulo? ¿Cuánto nosotros estamos dispuestos a usar la misericordia de unos por otros, esperando ver lo que el Señor está viendo y no solo lo que vemos en la persona?

Porque mucho de la iglesia se da en la medida en que nosotros nos rozamos unos con otros, en la medida en que estamos dispuestos a afilarnos mutuamente, a trabajar mutuamente en la palabra de Dios que nos va hablando a nuestro propio corazón.

La vida de Saulo fue llevada patas arriba, y él no se llamó Saulo más adelante, sino que se llamó Pablo. Y una cosa interesante que yo hice ver en el primer servicio es que en el verso 25 dice: "Pero sus discípulos", no dice "los discípulos". Pablo había hecho sus discípulos, empezó a dar fruto, empezó a hacer que la iglesia crezca por él mismo. Él fue una rama frutífera porque hubo un Ananías que estuvo dispuesto a recibirlo, estuvo un Ananías que estuvo dispuesto a presentarlo. Y después que Saulo huye hacia Jerusalén, luego va a haber un Bernabé, si ustedes siguen leyendo el pasaje, va a haber un Bernabé que tuvo que presentar a Pablo o a Saulo en medio de la congregación de Jerusalén.

Y si ustedes quieren hacer un paralelo para que no digan "hoy el PP te inventando cosas con este pasaje", si ustedes leen Hechos capítulo 9 y luego se toman el trabajo de leer Hechos capítulo 10, la conversión de Cornelio, ustedes se van a dar cuenta que los dos pasajes son muy paralelos. Y ustedes pueden marcar los acontecimientos y ver cómo las dos cosas se van dando juntas, y cómo la entrada a la comunidad entonces forma parte de un proceso espiritual al que el Señor nos está llamando.

Hermanos, hace un tiempo atrás este lugar se quemó. Pero con este lugar quemado, no sé qué más enseñó. El Señor nos llevó a otra parte y se fue con nosotros, y luego nos ha hecho volver por un tiempo para ir a otro lugar más grande. Pero no será el edificio, sino la comunidad que hay en nosotros lo que nos hará fructificar. Y no será el edificio ni el aire acondicionado ni más estacionamientos lo que hará que venga más gente, sino la disposición a estar conectados espiritualmente para poder escuchar, como Ananías, el mensaje de Dios, para ser receptivos al que está viniendo.

El Señor nos llama a que seamos comunidad, cuerpo en Jesucristo, para que estemos mutuamente trabajando y actuando en conjunto, para que el Señor obre en nuestras vidas y nos ayude a ver en mi hermano lo que el Señor es capaz de hacer, y no solamente lo que él es en este momento. El Señor está esperando que fructifiquemos, pero no para nosotros mismos, sino para exportación, para que otros nos consuman.

Finalmente, si el Señor está presente aquí es porque así lo decidió. Y si el Señor espera que nosotros estemos aquí presentes, es para que tomemos la misma decisión: la decisión de renunciar a nosotros mismos, y saliendo un poco de nosotros, podamos ver al Señor obrando a través de nuestras propias vidas. Ojalá que haya aquí muchos Ananías que estén dispuestos a escuchar la voz de Dios.

Pepe Mendoza

Pepe Mendoza

José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024). Ha servido como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en la República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú, donde enseña en el Instituto Integridad & Sabiduría y colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.