Integridad y Sabiduria
Sermones

La entrada triunfal en Jerusalen

Pepe Mendoza 28 marzo, 2010

Hace más de dos mil años, en estas mismas horas, Jesús salía de Betania camino a Jerusalén, rodeado de una multitud que no comprendía el verdadero propósito de su viaje. Mientras los discípulos soñaban con gloria política y posiciones de poder, el Maestro caminaba voluntariamente hacia su muerte. Esta tensión entre las expectativas humanas y el plan divino marca toda la semana previa a la cruz.

En el camino a Jerusalén, Jesús no dejó de ministrar. En Jericó se invitó él mismo a la casa de Zaqueo, el jefe de los corruptos, sin importarle su reputación. A la salida de la ciudad sanó al ciego Bartimeo, sin preocuparse por la agenda apretada. En Betania recibió con agrado el costoso perfume que María derramó sobre sus pies —un acto de gratitud que gatilló la traición de Judas. A Jesús no le importó que la multitud que le vitoreaba con palmas ni siquiera supiera quién era realmente, preguntándose unos a otros: "¿Quién es este?" No le importó que sus propios discípulos, momentos después de escuchar que iba a morir, siguieran discutiendo quién sería el mayor en el reino.

El grano de trigo debe caer en tierra y morir para dar fruto. Esa fue la respuesta de Jesús cuando los griegos quisieron verlo: la gloria vendría a través del sacrificio, no de la popularidad. "Si alguno me sirve, que me siga", dijo. En esta semana de tantas distracciones mundanas, el llamado es a no perderse en la multitud, sino a caminar con él hacia la cruz.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Bien, hermanos, hoy día es un día especial. Y aunque todos nosotros sabemos que en esta semana empieza lo que algunos han llamado por allí un periodo de reflexión, difícilmente podemos percibirlo por todas las presiones que el mundo trae consigo con respecto a este día. Sin embargo, tengo que confesarles algo. Mientras cantábamos en esta mañana estas hermosas alabanzas que nos llevaron a la presencia del Señor, en algunos momentos mi garganta se anudaba. ¿Saben por qué? Porque quizás este es el único tiempo, la única semana en toda la historia bíblica en donde nosotros podemos tener la absoluta certeza de que hace un poco más de dos mil años atrás, nuestro Señor Jesucristo estaba en este mismo momento, en estas mismas horas, saliendo de Betania camino hacia Jerusalén, rodeado de una multitud, dispuesto a cumplir la voluntad del Padre.

Nosotros podemos tener esa seguridad en cuanto a la fecha, porque hoy día y también la semana siguiente, con todo lo que hizo, nuestro Señor está absolutamente registrado en la historia. Hoy día mientras alabábamos, yo pensaba en las alabanzas que también en ese momento glorioso, hace tanto tiempo atrás, nuestro Señor, montado en ese pollino, iba camino hacia Jerusalén y la gente decía: "Bendito aquel que viene en el nombre del Señor". Nosotros también podemos entonces aprovechar de esta oportunidad para acercarnos delante del Señor y reconocer lo que Él ha hecho por nosotros.

Hoy día, hace un poco más de dos mil años atrás, nuestro Señor tomó la decisión que quizás cambió el resto de la historia de la humanidad. Y definitivamente, hace más de dos mil años atrás, el Señor nos tenía también a cada uno de nosotros en su corazón.

En la Biblia, en los cuatro evangelios, nosotros encontramos diferentes perspectivas de ese momento. Y al encontrarnos con esas diferentes perspectivas, nosotros podríamos simplemente resumir la historia y ver a Jesús saliendo primero de Betania, caminando hacia Jerusalén, cruzando el monte de los Olivos y luego entrando a la ciudad de Jerusalén rodeado de vítores y de alabanzas. Sin embargo, para poder hacer la historia completa, nosotros tenemos que ver un poco más el contexto de todos los acontecimientos que sucedieron en ese momento, en este día tan especial que nosotros estamos compartiendo hoy.

Los discípulos de nuestro Señor y el momento glorioso que el Señor estaba viviendo en su ministerio de ninguna manera hacía presagiar que este era probablemente un tiempo de despedida para nuestro Señor. Por el contrario, los discípulos que estaban al lado del Señor estaban ellos mismos ansiosos y exaltados porque imaginaban que esta oportunidad de llegar a Jerusalén era la posibilidad política, la posibilidad social de que el Señor encuentre un lugar para poder declarar la victoria de Israel sobre sus enemigos, y que Jesús pase de un segundo plano allá en su ministerio en Galilea a un lugar central de ministerio ahí en Jerusalén.

Aunque el Señor Jesucristo les había advertido una y otra vez que Él partía a Jerusalén a morir, definitivamente los discípulos no estaban al tanto completamente de esta situación. Ellos estaban anonadados, entusiasmados. Veían a su alrededor tantos sucesos, tantos milagros, tantas enseñanzas, tanta alabanza de tanta gente, que difícilmente podían percibir que esto iba a acabar tan rápidamente en el transcurso de una semana. En el transcurso de una semana, las expectativas materiales, las expectativas políticas, las expectativas engañosas de los discípulos de Jesús iban a terminar totalmente. Jesús, en lugar de pasar al palacio de Herodes, iba a pasar a una cruz. Y eso era algo que en este momento, hoy día hace más de dos mil años, los discípulos no podían entender.

Sin embargo, para poder entender el camino hacia Jerusalén, nosotros tenemos que ver otras cosas que estuvieron sucediendo en la vida del Maestro en este largo camino hacia Jerusalén, durante esos tres largos e intensos años de ministerio de nuestro Señor Jesucristo.

El Señor sale de Galilea, el lugar central de su ministerio, y les anuncia a sus discípulos que tiene que partir hacia Jerusalén. No era algo extraño para los judíos en ese tiempo del año reconocer que era primavera y que la fiesta de la Pascua estaba próxima. Ellos podían entender el deseo de Jesús de estar en Jerusalén para el desarrollo de la fiesta. Jerusalén tenía aproximadamente durante el tiempo de Jesús unos cien mil habitantes. Sin embargo, durante la semana previa a la fiesta de la Pascua, se dice que la ciudad se convertía en una bulliciosa urbe de más de un millón de personas. Novecientos mil peregrinos llegaban a la ciudad en las fechas de la Pascua, por lo tanto era un momento ideal para poder ir a la ciudad y celebrar la Pascua con el resto de peregrinos y fieles que de todas partes del mundo llegaban a Jerusalén.

En el camino, nuestro Señor Jesucristo no dejó de ministrar. Definitivamente Él siguió trabajando. Y ahora permítanme con ustedes ir revisando algunos pasajes para luego llegar al momento en que el Señor entra a Jerusalén. Preparándonos para ese momento, para no llegar tan abruptamente, para poder entender el corazón de los acontecimientos, permítanme hacerles un breve bosquejo, un breve contexto de las cosas previas a la Pascua, de las horas previas a las que el Señor se enfrentó antes de llegar a Jerusalén.

En Lucas capítulo 19 se nos dice que nuestro Señor Jesucristo sale de Galilea, y una de las primeras ciudades en donde Él se detiene era la gran ciudad de Jericó. Dice el versículo 1 del capítulo 19 de Lucas: "Habiendo entrado Jesús en Jericó, pasó por la ciudad". Jesucristo todavía no estaba muy cerca de Jerusalén, porque recordemos que hacía las distancias a pie. Probablemente el Jericó de este tiempo estaba a unos veintiocho kilómetros de la ciudad de Jerusalén. Esta era una ciudad principal en ese momento, era una ciudad profundamente comercial y, interesantemente, esta era la ciudad central en donde se cobraban todos los impuestos por parte del imperio romano. En Jericó estaba la sede de impuestos internos del imperio romano de ese tiempo. Una ciudad importante, una ciudad comercial, y Jesús tenía que atravesar esta ciudad camino a Jerusalén.

Aquí nos cuenta la historia que Él se encuentra, a partir del verso 2, les dice: "Y un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de los recaudadores de impuestos y era rico, trataba de ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la multitud, ya que él era de pequeña estatura. Y corriendo delante, se subió a un sicómoro para verle, porque Jesús estaba a punto de pasar por allí".

Nosotros hemos oído las historias de los publicanos, de los recaudadores de impuestos, ¿verdad? Sabemos que no eran hombres, cómo llamarlo, para decirlo suavemente, no eran de las personas con quienes nosotros haríamos amistad, por decirlo de alguna manera. El Señor había rescatado algunos publicanos. Mateo, uno de sus discípulos, sus apóstoles más cercanos, había sido publicano. Sin embargo, dentro de los publicanos había publicanos que eran más corruptos, y entre los corruptos estaba el jefe de los corruptos. Pues en este caso estamos hablando de Zaqueo, porque Zaqueo vivía en Jericó, y en Jericó quedaba la sede de los impuestos, y el jefe de la sede de los impuestos era Zaqueo. O sea, estamos hablando de la crema y nata de los publicanos.

Lo cierto es que nuestro Señor está atravesando la ciudad, porque eso es lo que los evangelios nos cuentan, que Él estaba atravesando la ciudad rodeado de una multitud. Recordemos una cosa: que esta multitud no solamente estaba acompañando al Señor, sino que más bien estaba acompañando al Señor en el peregrinaje hacia Jerusalén. Mucha gente en esos días estaba viajando hacia Jerusalén, por lo tanto las multitudes que acompañaban al Maestro no solamente lo acompañaban a Él, sino que iban caminando a Jerusalén.

Y nos cuenta la historia que Zaqueo, hombre de pequeña estatura, estaba por allí caminando, tratando simplemente de ver al Maestro. Y sucede que Jesús, en medio del camino, se detiene, lo ve a Zaqueo en el árbol y le dice, verso 5: "Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy debo quedarme en tu casa".

Yo imagino la cara de los apóstoles, hermano: "Pero Señor, estamos yendo a Jerusalén, está la multitud, mira lo que tú estás haciendo ahora. ¿Qué vamos a hacer de tu reputación? Si por lo menos Zaqueo te hubiera invitado, pero tú mismo te has invitado a esa casa delante de todos, le gritas del árbol: baja Zaqueo que tengo que comer en tu casa. Esto destruye nuestras intenciones políticas, destruye tu candidatura". Imagínate todo eso y va también. Sin embargo, el Señor no tiene ese tipo de intenciones, no tiene ese tipo de preocupaciones.

El Señor llegó a la casa de Zaqueo y, por supuesto, dice el verso 7 que todos murmuraban diciendo: "Ha ido a hospedarse con un hombre pecador". Sin embargo, el Señor es el que vino a buscar y a salvar lo que se había perdido. Y al llegar a la casa de Zaqueo, que era el corrupto de los corruptos, un hombre que se había hecho rico con el dolor del pueblo, al escuchar el mensaje del Señor, él dobla sus rodillas de manera milagrosa y el Señor hace su obra en él. Dice el verso 8: "Y Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: He aquí, Señor, la mitad de mis bienes daré a los pobres, y si en algo he defraudado a alguno, se lo restituiré cuadruplicado".

Interesantemente, los judíos de esa época, los hombres religiosos de esa época, habían determinado que cuando alguien era descubierto en algún acto de corrupción debería dar el veinte por ciento de su riqueza para compensar el daño. Sin embargo, él dijo: "Voy a dar la mitad, y al que yo le he defraudado le voy a restituir cuadruplicado". Nosotros no sabemos, no conocemos cuál fue el diálogo íntimo entre Zaqueo y Jesús. Lo cierto es que el Señor, mientras iba caminando, iba haciendo su obra, y Él no tenía ningún cuidado por su reputación. Esto fue al entrar a Jericó.

En Marcos capítulo 10, esto es lo lindo de los evangelios sinópticos, hermanos, que nosotros podemos armar un precioso rompecabezas de la vida de nuestro Señor desde la óptica de los diferentes discípulos y apóstoles que estuvieron observando la vida del Señor. En Marcos capítulo 10, a partir del versículo 46, Marcos nos cuenta también la llegada a Jericó, pero él no nos cuenta la historia de Zaqueo.

Y dice a partir del verso 46: "Entonces llegaron a Jericó. Y cuando salía de Jericó" —o sea, ya había pasado por la casa de Zaqueo a la entrada, se había hospedado con él y ahora él estaba saliendo de Jericó— "cuando salía de Jericó con sus discípulos y una gran multitud, un mendigo ciego llamado Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado junto al camino. Y cuando oyó que era Jesús el Nazareno, comenzó a gritar y a decir: ¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí! Y muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba mucho más: ¡Hijo de David, ten misericordia de mí! Y Jesús se detuvo y dijo: Llamadle."

Señor, ¿no fue suficiente que pusieras en juego tu reputación anoche con Zaqueo? Ahora no nos alcanza el tiempo, tenemos que llegar a Jerusalén. Señor, ¿cómo te vas a estar demorando? Vamos, Señor, camina, camina, tenemos que llegar a Jerusalén. Sin embargo, el Señor no lamenta, no tiene ninguna urgencia, porque su agenda se va a cumplir de todas maneras porque el Señor está detrás de ella. Pero como bien nos leía el pastor Luis al principio del servicio, él vino a darle vista a los ciegos, y él no podía pasar por alto a ningún ciego del camino.

Y él escucha a Bartimeo y dice que Jesús se detuvo y le dijo: "Llamadle." Y llamaron al ciego diciéndole: "Anímate, levántate, que te llama." Y arrojando su manto, se levantó de un salto y fue a Jesús. Y dirigiéndose a él, Jesús le dijo: "¿Qué deseas que haga por ti?" Y el ciego le respondió: "Raboni, que recobre la vista." Y Jesús le dijo: "Vete, tu fe te ha sanado." Y al instante recobró la vista y le seguía por el camino.

El Señor seguía cumpliendo su ministerio, el Señor seguía haciendo su labor, el Señor no tenía problemas con su reputación, el Señor no tenía problemas con su agenda. Él era capaz de detenerse en medio de la necesidad, él conocía el corazón de Zaqueo, él escuchó el clamor de Bartimeo, y por eso él iba a Jerusalén, porque él tenía en su corazón la necesidad de todos los hombres. Esa es la razón por la que él va camino a Jerusalén. Él no va camino a la gloria humana, él no va a adquirir poder, él va a cumplir la voluntad del Padre, y mientras se iba, la iba cumpliendo.

En Juan capítulo 12 se nos cuenta la historia de que el Señor, después de un viaje largo de aproximadamente 25 kilómetros, llega a Betania. Betania era una pequeña aldea muy cerca de Jerusalén. Betania significa "la casa de Ananías." Betania estaba aproximadamente a 3 kilómetros y medio de Jerusalén; hoy está en territorio palestino, en lo que es conocido hoy como la Cisjordania. Esta pequeña aldea era muy conocida para el Señor porque era el lugar en donde estaba la casa de Lázaro, de Marta y de María, amigos muy íntimos de nuestro Señor. Justamente hoy, en ese lugar en Betania, en los restos de Betania, hay un lugar que se llama Al-Eizariya, que se traduce como "el lugar de Lázaro," que son los restos que ellos suponen que era la casa antigua donde Lázaro vivió.

Fue allí en Betania en donde Jesús se detuvo y él puso allí su habitación mientras él entraba y salía de Jerusalén durante esta, su última semana de ministerio en la tierra. Y dice a partir del verso 1 del capítulo 12: "Entonces Jesús, seis días antes de la Pascua, vino a Betania donde estaba Lázaro, al que Jesús había resucitado de entre los muertos. Y le hicieron una cena allí, y Marta servía, pero Lázaro era uno de los que estaban a la mesa con él. Entonces María, tomando una libra de perfume de nardo puro que costaba mucho, ungió los pies de Jesús y se los secó con los cabellos, y la casa se llenó con la fragancia del perfume."

Nosotros conocemos un poco la historia de Marta y María, y aquí en el relato de Juan no difiere de lo que ya conocemos de ellas. Dice la historia, nos cuenta la historia, que Marta era la que estaba sirviendo como siempre, o sea, Marta era la que estaba atendiendo a todos los invitados, y María no estaba sirviendo a los invitados. Ella estaba anonadada detrás del Señor. Sin embargo, esta María que había aprendido a escuchar tan íntimamente al Maestro, no solamente le había conocido por sus palabras, sino que poco tiempo atrás había sucedido uno de los milagros más significativos de nuestro Señor Jesucristo. Lázaro, el hermano de María, había resucitado después de haber estado varios días en la tumba.

Justamente los estudiosos dicen que esta celebración en Betania era producto de que la gente del lugar y de muchas otras partes querían conocer al Jesús que había resucitado a Lázaro. Y Lázaro, allí sentado en la mesa, seguramente al lado del Maestro, era la muestra más evidente de ese acto glorioso y milagroso que el Señor Jesús había hecho. Sin embargo, había algo que se estaba perdiendo, algo que no estaba todavía claro en ese momento.

Lo que hace María en esta situación es un acto de profunda humillación, pero también es un acto de profunda gratitud. María, dice, que toma una libra de perfume de nardo puro que costaba mucho. De acuerdo a los estudiosos, dicen que este era un perfume, una pequeña botellita con medio litro de un perfume que, si nosotros lo ponemos a costo actual, podría costar alrededor de 430.000 pesos. La botellita. Este nardo no se cosechaba en la Palestina, sino que se traía desde la lejana India, y la India de ese momento era casi como ir a la luna.

Por lo tanto, lo que ella hace era probablemente tomar, si ellos eran una familia muy rica, pues estaban haciendo realmente un acto bastante costoso. Si ellos no eran una familia muy rica, probablemente ya estaba derramando delante de Jesús algo que era muy preciado, parte de su herencia probablemente. Dice en los otros evangelios que el costo de este perfume era el costo de un trabajador, lo que ganaba durante un año entero. Es lo que María está haciendo, y ella rompe esta botella y la derrama completamente a los pies del Maestro.

Este sentido de unción nosotros debemos recordar que Jesús no está sentado a la mesa, sino que Jesús está recostado en la mesa. El cuerpo está hacia adelante y Jesús está hacia el lado de la mesa con los comensales que tienen los pies hacia afuera. De manera silenciosa, María se acerca al Señor, y sin que nadie le preste atención, ella quiebra la botella, derrama completamente el perfume sobre los pies del Señor y empieza a hacer este acto de unción de Jesús de una manera sorprendente, porque debemos recordar que el lavado de los pies solo le correspondía a los siervos. Era tanto el perfume derramado que dice que ella empezó a secarle los pies a Jesús con los cabellos, algo que también no era algo decente en el tiempo de Jesús, porque una mujer en la calle debía estar siempre con el pelo recogido.

Lo cierto es que nosotros vemos en este acto un acto de inmensa gratitud, de público reconocimiento y de humillación. María estaba agradecida con el Señor, y María quiso demostrarlo no en secreto, sino de manera pública delante del Maestro.

¿Qué hicieron los apóstoles? Señor, salvamos tu reputación a la entrada de Jericó. Llegamos a tiempo a Betania, a pesar de que te detuviste por ese ciego. Pero ahora, Señor, ¿qué va a ser de tu integridad? Porque dice el verso 4, miren el verso 4 del capítulo 12: "Y Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que le iba a entregar, dijo: ¿Por qué no se vendió este perfume por 300 denarios y se dio a los pobres?" ¿Por qué no se usó este dinero? María nos hubiera dado esta botellita, lo hubiéramos vendido y hubiéramos hecho algún tipo de acción social.

Sin embargo, Juan, que conocía muy bien a Judas, dice en el verso 6: "Pero dijo esto no porque se preocupara por los pobres, sino porque era un ladrón, y como tenía la bolsa del dinero, sustraía de lo que se echaba en ella." Definitivamente, esta vez no fueron los fariseos, ni los saduceos, ni los escribas, ni los intérpretes de la ley, los hombres de la queja. Eran los propios discípulos los que se estaban quejando por lo que había sucedido en ese momento.

El Señor lo reprende y les dice en el verso 7 y 8: "Entonces Jesús dijo: Déjala, para que lo guarde para el día de mi sepultura, porque a los pobres siempre los tendréis con vosotros, pero a mí no siempre me tendréis."

En Mateo 26 nosotros encontramos una contraparte de este pasaje, en los versículos 12 y 13, nuevamente respondiendo Jesús a esto. Desde el verso 11 dice: "Porque a los pobres siempre los tendréis con vosotros, pero a mí no siempre me tendréis, pues al derramar ella este perfume sobre mi cuerpo, lo ha hecho a fin de prepararme para la sepultura. En verdad os digo que dondequiera que este evangelio se predique en el mundo entero, se hablará también de lo que esta ha hecho, en memoria suya."

Definitivamente, este acto de gratitud le agradó al Señor. Era un acto de preparación para su propia sepultura, era el reconocimiento de que el Señor, a través de esos mismos pies que habían sido ungidos con ese perfume tan caro, eran los mismos pies que iban a recorrer voluntariamente el camino hacia Jerusalén, a su propia muerte. No hay duda de que el Señor, yendo hacia Jerusalén, él no cambió de planes, él no dejó de ser el mismo, él tenía claramente el objetivo, él sabía hacia dónde iba, y él no había renunciado a ninguno de los propósitos que el Señor puso en su corazón.

"Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad."

El que cambió fue Judas, porque nos dice Mateo capítulo 26, el verso 14: "Entonces uno de los doce, llamado Judas Iscariote, fue a los principales sacerdotes y les dijo: ¿Qué estáis dispuestos a darme para que yo os lo entregue? Y ellos le pesaron 30 piezas de plata."

El acontecimiento que gatilló el hecho de que Judas vaya a traicionar al Maestro fue este acto de gratitud de María. Un acto de profunda gratitud gatilló el corazón del traidor para ir a entregar al Maestro delante de las autoridades religiosas de su tiempo. No hay duda que eran tiempos difíciles, pero el Señor no tenía cuidado ni de su reputación ni de su agenda. El Señor no tenía cuidado de que otros dudaran de su integridad, y el Señor no tenía cuidado que aún entre los suyos surgiera el traidor que ya estaba maquinando en contra suya. ¿Y saben por qué él no tenía cuidado ni de su reputación, ni de su agenda, ni de su integridad, ni de los traidores? Porque él sabía que el plan de Dios se iba a cumplir de todas maneras. Y esa es nuestra seguridad también.

Por eso es que Jesús, después de haber estado en Jericó y después de haber estado en Betania, ese sábado por la noche en esta cena gloriosa en la casa de Simón el leproso, en donde se veía a Lázaro resucitado y donde María, la hermana de Lázaro, demostró la más profunda gratitud delante del Maestro, es por eso que a la mañana siguiente Jesús toma la decisión voluntaria de subir a Jerusalén a poder pasar por lo que todos nosotros sabemos que él tenía que pasar.

Volvamos a Juan capítulo 12, por favor. A partir del verso 12 nos dice: "Al día siguiente, cuando la gran multitud que había venido a la fiesta oyó que Jesús venía a Jerusalén, tomaron hojas de las palmas y salieron a recibirlo y gritaban: ¡Hosanna! Bendito el que viene en el nombre del Señor, el Rey de Israel. Jesús, hallando un asnillo, se montó en él, como está escrito: No temas, hija de Sion; he aquí tu Rey viene montado en un pollino de asna."

Nosotros debemos recordar que casi novecientas mil personas esos días de la semana, especialmente este domingo, ya que empezaban las fiestas a partir del lunes, estaban también en peregrinación entrando en multitudes a la ciudad de Jerusalén. De Betania, en donde se había reunido mucha gente para ver a Jesús y para ver a Lázaro, el hombre resucitado, ellos salen con Jesús caminando y se detienen en Betfagé, que es un pequeño suburbio en el monte de los Olivos, a la entrada de Jerusalén. Y Jesús ordena que le traigan un pollino. El pollino es traído, se le ponen mantos sobre él, y Jesús empieza a entrar en Jerusalén. Y dice que hay un canto que se empieza a cantar: "Hosanna, bendito el que viene en el nombre del Señor, el Rey de Israel."

Hay algo que ustedes deben saber. En realidad, este canto no había sido preparado directamente para nuestro Señor Jesucristo. No es que la multitud enfervorizada al ver a Jesús entrando a Jerusalén empezaron a recitar este salmo, que es el Salmo 118 de las Escrituras. En realidad, este salmo era un salmo tradicional que se repetía antifonalmente delante de todos los peregrinos que entraban a Jerusalén. Los ciudadanos de Jerusalén se paraban afuera de la ciudad, y mientras los peregrinos iban entrando, ellos iban repitiendo el Salmo 118.

Veamos un poco el Salmo 118, los últimos versículos, para poder entender esta situación que estaba sucediendo. A partir del verso 25 del Salmo 118, el pasaje dice: "Te rogamos, oh Señor, sálvanos ahora." La palabra "hosanna" es una reducción del hebreo "sálvanos ahora." Eso es lo que hosanna significa: Señor, sálvanos ahora. Justamente lo que dice al principio del verso 25. "Te rogamos, oh Señor, prospéranos ahora. Bendito el que viene en el nombre del Señor; desde la casa del Señor os bendecimos. El Señor es Dios, y nos ha dado luz. Atad el sacrificio de la fiesta con cuerdas a los cuernos del altar. Tú eres mi Dios y gracias te doy; tú eres mi Dios, yo te exalto. Gracias al Señor, porque es bueno, porque para siempre es su misericordia."

Cuando les digo que este salmo lo repetían antifonalmente entre los peregrinos que entraban a la ciudad y los ciudadanos de Jerusalén, es porque este salmo está diseñado para ser repetido en frases por dos públicos distintos. Unos decían: "Te rogamos, oh Señor, sálvanos ahora," y el otro lado del público decía: "Te rogamos, oh Señor, prospéranos." Unos decían: "Bendito el que viene en el nombre del Señor," y el otro lado del grupo decía: "Desde la casa del Señor te bendecimos." Era una entrada triunfal, era un tiempo de regocijo, un tiempo de expectativa, y la llegada del Señor con toda esta parafernalia y con toda esta multitud, por supuesto, estaba llamando la atención. Sin embargo, esta multitud era una multitud superficial, ignorante, simplemente curiosa de lo que estaba sucediendo allí.

En Mateo capítulo 21, los versos 10 y 11, Mateo nos dice con mayor precisión la actitud del pueblo para con el Señor: "Cuando él entró en Jerusalén, toda la ciudad se agitó y decían: ¿Quién es este? Y las multitudes contestaban: Este es el profeta Jesús de Nazaret de Galilea." Y aquí nos queda más claro quién era Jesús para esta multitud. En realidad, para ellos era el profeta que venía de Galilea, el sanador que viene de Galilea, pero no había mucha claridad con respecto a quién era realmente Jesús.

No solamente la multitud se reunió para ver a Jesús, sino que también nos cuenta el Evangelio de Juan que la multitud se acercó porque Jesús tenía al lado a Lázaro, el que había resucitado. Y por lo tanto había mucha curiosidad por la gente por ver a este hombre que se había levantado de entre los muertos. Dice Juan capítulo 12, los versos 17 y 18: "Y así la multitud que estaba con él cuando llamó a Lázaro del sepulcro y lo resucitó de entre los muertos, daba testimonio de él. Por eso la multitud fue también a recibirle, porque había oído que él había hecho esta señal." Cuando la gente iba caminando repitiendo el cántico, entre los que iban caminando decían: "Este es Lázaro, estuvo muerto, para, ahí va caminando. Él lo sanó, él lo sanó." Y la gente se arremolinaba curiosa para ver a este maestro profeta de Galilea que estaba entrando en peregrinaje hacia Jerusalén.

Definitivamente, hermanos, nadie sabía exactamente por qué el Señor estaba entrando a Jerusalén. Nos cuenta la historia que aún los discípulos no eran capaces de entender qué estaba sucediendo. En Juan capítulo 12, el verso 16, dice: "Sus discípulos no entendieron esto al principio, pero después, cuando Jesús fue glorificado, entonces se acordaron de que esto se había escrito de él y de que le habían hecho estas cosas." Jesús había advertido desde el principio la razón de su venida y la razón de su partida a Jerusalén, pero los discípulos por las circunstancias no eran capaces de poder percibir lo que estaba sucediendo. En realidad, ellos veían celebración, veían un ministerio fructífero de Jesús, veían mucha gente alrededor, veían las posibilidades de lo que podía pasar en Jerusalén.

No debemos olvidar que durante el inicio del viaje, la salida de Galilea hacia Jerusalén, los discípulos, el Señor pilló a los discípulos preguntándose uno a otro cuál sería el mayor en el reino de los cielos. No debemos olvidar que antes de entrar a Jericó, la mamá de Santiago y Juan se acercó muy respetuosamente al Señor para pedirle al Señor que pusiera a sus bebés, uno a la derecha y otro a la izquierda cuando él entre al reino. Señor, mira, Santiago y Juan, uno a tu derecha y el otro a la izquierda, y los otros ahí discutiendo cuál va a ser el mayor en el reino de los cielos. No hay duda que la perspectiva espiritual de este momento no estaba clara.

Pero al Señor no le importó ni su reputación, no le importó la agenda, no le importó lo que la gente piensa de su integridad, no le importó que uno de sus apóstoles esté tramando la traición más horrenda de la historia, no le importó que una multitud que lo vitoreaba en el camino ni siquiera supiera por qué razón él estaba llegando a Jerusalén, no le importó que sus discípulos más cercanos no entendieran el propósito de su venida, porque él sabía para qué él estaba yendo. Él sabía la razón por la que él estaba llegando a Jerusalén en ese momento.

Los discípulos no lo entendían, a pesar de que él se lo había dicho con tanta claridad. En Marcos capítulo 10, el Señor les dice con absoluta claridad; casi nosotros podemos preguntarnos cómo es que ellos no entendían. En Marcos capítulo 10, a partir del verso 32, dice: "E iban por el camino subiendo a Jerusalén, y Jesús iba delante de ellos, y estaban perplejos, y los que le seguían tenían miedo. Y tomando de nuevo a los doce aparte, comenzó a decirles lo que le iba a suceder: He aquí subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y a los escribas, y le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles, y se burlarán de él, y le escupirán, y le azotarán, y le matarán, y tres días después resucitará."

¿Qué sucede inmediatamente, hermano? ¿Entendieron, no, lo que les acabo de contar? Y se le acercaron Jacobo y Juan, los dos hijos de Zebedeo, diciendo: "Maestro, queremos que hagas por nosotros lo que te pidamos." "¿Qué queréis que haga por vosotros?" "Concédenos que en tu gloria nos sentemos uno a tu derecha y el otro a tu izquierda."

Ahora yo me pregunto, hermanos, dos mil años después, sabemos la historia. ¿Nosotros estaremos entendiendo mejor lo que el Señor hizo esta semana? ¿Podremos entender a cabalidad lo que significó para el Señor entrar en Jerusalén voluntariamente a morir por tus pecados y los míos? ¿O podemos ser todavía, dos mil años después, tan ignorantes, tan equivocados y tan perplejos como los discípulos del principio?

En Juan capítulo 12 se nos dice al final que en Jerusalén, ya que había gente de todo el mundo, dice que llegaron en el verso 20 unos griegos que estaban entre los que subían a adorar en la fiesta. Estos, pues, fueron a Felipe, que era de Betsaida de Galilea, y le rogaban diciendo: "Señor, queremos ver a Jesús." Seguramente, dicen los estudiosos, que estos griegos, no se sabe si eran griegos prosélitos, o sea griegos de raza convertidos al judaísmo, o griegos porque eran judíos que habían nacido en la diáspora y por eso se les llamaba así.

Lo cierto es que buscaron a Felipe, que tenía un nombre griego, para pedirle a él que por favor les conceda una cita con el maestro. Yo me imagino a los discípulos: "¡Lo logramos! Internacionalizamos a Jesús. Se acabó Galilea, no más Jerusalén, el mundo entero. Vienen los griegos a conocer a Jesús." Y no solamente eso, sino que los griegos, en un lenguaje muy fino, miren cómo le dicen a Felipe, y le rogaban diciendo: "Señor, queremos ver a Jesús." A Felipe lo trataban de Señor; la palabra griega es *kyrie*, de donde viene también la palabra para el Señor de señores, o sea, una palabra de mucho respeto. "Oye, tú eres uno de los íntimos, déjanos verlo a él. Permítelo, concédenos una cita."

Cuando Felipe fue, dice el verso 22, y se lo dijo, se lo dijo a Andrés, y Andrés y Felipe fueron y se lo dijeron a Jesús. Fíjense, Felipe no se atrevió a ir solo, entonces se lo dijo a Andrés y le dijo: "Acompáñame, porque no sé cuál va a ser la reacción." Y se lo dijeron a Jesús.

Y Jesús, a partir del verso 23 al verso 28, no sabemos si esta respuesta fue con los griegos delante o fue la respuesta para sus discípulos, para que entiendan el propósito de su venida. Pero lo cierto es que en esta respuesta nosotros debemos meditar para que no nos despistemos en cuanto al propósito de la venida de nuestro Señor.

Verso 23: "Jesús les respondió diciendo: Ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado. En verdad os digo que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, produce mucho fruto. El que ama su vida la pierde, y el que aborrece su vida en este mundo la conservará para vida eterna. Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo estoy, allí también estará mi servidor. Si alguno me sirve, el Padre lo honrará. Ahora mi alma se ha angustiado, y ¿qué diré? ¿Padre, sálvame de esta hora? Pero para esto he llegado a esta hora. Padre, glorifica tu nombre." Entonces vino una voz del cielo: "Lo he glorificado y de nuevo lo glorificaré."

Cuando Felipe y Andrés vienen a decirle: "Señor, los griegos te buscan," Jesús les dice: "Ahora ha llegado la hora de que el Hijo del Hombre sea glorificado." Y quizás Felipe y Andrés dijeron: "Claro, Señor, porque los griegos te buscan." No. Les dice: "Ha llegado la hora de que el Hijo del Hombre sea glorificado, porque de cierto, de cierto les digo que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, produce mucho fruto."

El Hijo será glorificado en su sacrificio sustitutorio. El Hijo será glorificado no en su popularidad, sino en su sacrificio sustitutorio en la cruz del Calvario. El Hijo será glorificado porque, como el grano de trigo que cae y muere, desnudo luego se abre y produce mucho fruto. Así también el Hijo del Hombre morirá, pero resucitará al tercer día para darle vida nueva a todo aquel que se acerca a él.

"El que ama su vida la pierde, y el que aborrece su vida en este mundo la conservará para vida eterna." Les dijo: "Felipe, Andrés, escúchenme, esto no es algo solamente para mí. Esta semana de pasión no es solo mía. Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo estoy, allí también estará mi servidor. Si alguno me sirve, el Padre lo honrará."

Nuestro camino de honra es el camino de la cruz. Nuestro camino de honra es el camino de la pérdida de la reputación, de la agenda, del peligro de que no entiendan nuestra integridad, el peligro de poder ser traicionados, el peligro de no ser entendidos. Pero yo voy detrás del Maestro, a Jerusalén, a morir con él. Ese es nuestro lugar.

Y en esta semana de tantas distracciones, en esta semana en donde el mundo ha vuelto a tomar una celebración cristiana para convertirla en un festival mundano, nosotros tenemos que volver a poner los ojos en el Señor. Y ver que el Señor sufrió, porque él dice: "Ahora mi alma se ha angustiado, y ¿qué diré? ¿Padre, sálvame de esta hora? No, porque para esto ha llegado esta hora."

Yo no voy a escaparme. Yo he venido voluntariamente. Yo he caminado hacia Jerusalén. Yo me he puesto delante de mis enemigos. Yo sé, y sabía, lo que va a pasar conmigo. Yo sé de Judas, que me ha traicionado. Yo sé por cuántas monedas de plata me ha vendido. Pero yo no me corro. Yo voy a morir en la cruz del Calvario, porque la paga del pecado es muerte, mas el regalo de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro. Y el verso 28 dice: "Padre, glorifica tu nombre. Padre, glorifica tu nombre."

Hermanos, hoy, Domingo de Ramos, vayamos con nuestro Señor a Jerusalén. Olvidémonos de nuestra reputación, de nuestra agenda, del peligro de perder nuestra integridad, del temor de ser engañados, de que nadie nos entienda. Sigamos al Maestro. Y recordemos la razón por la que él vino, y recordemos que nosotros vamos detrás de él, porque "si alguno me sirve, que me siga, y donde yo estoy, allí también estará mi servidor. Si alguno me sirve, el Padre lo honrará." "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame."

No nos perdamos en la multitud. No nos escapemos tras las voces del mundo. Hagamos de esta semana una semana de reflexión. Porque hoy, cuando cantemos esta última canción, hermanos, recuerden algo: cerremos nuestros ojos e imaginemos que en este mismo momento, hace más de dos mil años atrás, Jesús estaba entrando en Jerusalén a morir por tus pecados. Y durante más de dos mil años, diferentes generaciones de cristianos, a esta misma hora, este mismo día, cada uno en su generación, recordaban que Jesús estaba entrando a Jerusalén a morir por sus pecados.

Que nosotros no perdamos de vista, como los apóstoles y los discípulos que no entendían. Nosotros debemos entender la razón por la que él vino. Y debemos asumir la misma fijación de Jesús en el camino a la cruz. Nosotros estamos de regreso a la cruz. Volvamos a la cruz con él, porque donde él está, ahí estarán sus siervos. Yo quiero estar con él. No quiero estar con la multitud; quiero estar con él.

Pepe Mendoza

Pepe Mendoza

José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024). Ha servido como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en la República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú, donde enseña en el Instituto Integridad & Sabiduría y colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.