Integridad y Sabiduria
Sermones

Elías y el Dios cercano

Héctor Salcedo 12 septiembre, 2021

Lo que creemos acerca de Dios tiene un efecto profundo en nuestra vida espiritual. Por eso estudiar sus formas, sus reacciones y su carácter resulta tan vital para el creyente. En el encuentro de Dios con Elías registrado en 1 Reyes 19 se revela un aspecto extraordinariamente consolador: nuestro Dios es cercano y personal, atento a las necesidades específicas de cada uno de sus hijos.

Elías acababa de presenciar uno de los milagros más espectaculares del Antiguo Testamento: fuego descendiendo del cielo que consumió el holocausto, las piedras y hasta el agua. Sin embargo, cuando Jezabel amenazó su vida, este mismo profeta huyó aterrorizado al desierto pidiendo morir. Su fe vaciló, sus ojos se enfocaron más en la reina que en el Dios que lo había sostenido. Los milagros se nublaron y actuó de manera impulsiva, emocional y profundamente humana. Porque así somos nosotros: hoy confesamos amar a Dios y mañana cualquier amenaza nos desenfoca.

Lo sorprendente es cómo Dios respondió a este siervo en desacato. No lo reprendió con dureza. Primero lo dejó dormir, luego envió un ángel que tiernamente lo tocó y le preparó comida caliente en medio del desierto. Después le dio cuarenta días para caminar y pensar. Y finalmente, en el monte Horeb, le enseñó que Él no siempre trabaja de manera dramática y visible, sino también en el susurro de una brisa apacible, de formas imperceptibles pero seguras. Dios sabe dónde estamos, conoce si necesitamos descanso, alimento o dirección, y actúa según nuestra necesidad particular.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Como ustedes saben, o la mayoría, hemos iniciado una mini serie de cuatro mensajes en torno a Dios. Lo que hemos hecho es seleccionar cuatro encuentros de Dios con alguno de sus siervos en el Viejo Testamento y poderlos estudiar junto con ustedes, y ver en esos encuentros aspectos de Dios, formas de Dios, reacciones de Él que nos permitan conocerle mejor. Definitivamente, lo que yo crea y entienda de Dios tiene un profundo efecto espiritual en mi caminar como cristiano. Profundísimo. Es vital lo que nosotros podemos adquirir acerca de estudiar a Dios, sus formas, sus reacciones, sus atributos.

Un autor de antaño que es muy citado, de hecho es un predicador muy conocido de nombre Charles Spurgeon, en uno de sus mensajes él decía lo siguiente: "El estudio apropiado de un cristiano es la deidad. La ciencia más elevada, la especulación más encumbrada, la filosofía más vigorosa que puede atraer la atención de un hijo de Dios, es el nombre, la naturaleza, la persona, el trabajo, las actividades y la existencia del gran Dios a quien él llama su Padre. En la contemplación de la divinidad hay algo extraordinariamente beneficioso para la mente. Es un tema tan vasto que nuestros pensamientos se pierden en su inmensidad, tan profundo que nuestro orgullo se ahoga en su infinitud. Ningún tema de contemplación tenderá a humillar la mente en mayor medida que los pensamientos acerca de Dios. Pero si bien el tema humilla la mente, al propio tiempo la expande. Nada hay que desarrolle tanto el intelecto, que magnifique el alma del hombre, como la investigación devota, sincera y continua del gran tema de la deidad."

No sé qué dice la cita, además dice él: "A la vez que humilla y ensancha, este tema tiene un efecto eminentemente consolador. La contemplación de Cristo proporciona un bálsamo para toda herida. La meditación sobre el Padre proporciona un descanso en toda aflicción. Y en la influencia del Espíritu Santo hay un bálsamo para todo mal. No conozco nada que sea tan consolador para el alma, que apacigüe las crecientes olas de dolor y aflicción, que proporcione paz ante los vientos de las pruebas, como la ferviente reflexión sobre el tema de la deidad." Amén, yo diría. No está en la Biblia, pero eso merece un amén. Esta cita precisamente reflexiona acerca de lo importante para nosotros en meditar y conocer a Dios. Y eso es lo que queremos hacer precisamente a través de estos encuentros.

Hoy vamos a leer un encuentro y estudiar un encuentro que Dios tuvo con un conocido profeta del Antiguo Testamento de nombre Elías. En Primera de Reyes, capítulo 19, desde el versículo 1, vamos a leer todo un relato que tiene que ver precisamente con Elías y su relación, encuentro y reflexión con Dios, que entiendo va a ser de gran edificación para nosotros. Yo he titulado mi mensaje, y eso es lo que vamos a anotar a lo largo del mismo: "Elías y el Dios cercano." Elías y el Dios cercano.

Leamos entonces en Primera de Reyes capítulo 19, versículo 1: "Acab le contó a Jezabel todo lo que Elías había hecho y cómo había matado a espada a todos los profetas. Entonces Jezabel envió un mensajero a Elías diciendo: Así me hagan los dioses y aún me añadan, si mañana a estas horas yo no he puesto tu vida como la vida de uno de ellos. Elías tuvo miedo y se levantó y se fue para salvar su vida. Y vino a Beerseba de Judá y dejó allí a su criado, y anduvo por el desierto un día de camino. Y vino y se sentó bajo un arbusto, pidió morirse y dijo: Basta ya, Señor, toma mi vida, porque yo no soy mejor que mis padres. Y acostándose bajo un arbusto se durmió. Pero un ángel lo tocó y le dijo: Levántate, come. Entonces vio que en su cabecera había una torta cocida sobre piedras calientes y una vasija de agua. Comió y bebió y volvió a acostarse. El ángel del Señor volvió por segunda vez, lo tocó y le dijo: Levántate, come, porque es muy largo el camino para ti. Se levantó pues y comió y bebió, y con la fuerza de aquella comida caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta Horeb, el monte de Dios. Allí entró en una cueva y pasó en ella la noche. Y vino a él la palabra del Señor y él le dijo: ¿Qué haces aquí, Elías? Y él respondió: He tenido mucho celo por el Señor, Dios de los ejércitos, porque los israelitas han abandonado tu pacto, han derribado tus altares y han matado a espada a tus profetas. He quedado yo solo y buscan mi vida para quitármela. Entonces el Señor le dijo: Sal y ponte en el monte delante del Señor. En ese momento el Señor pasaba, y un grande y poderoso viento destrozaba los montes y quebraba las peñas delante del Señor, pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento un terremoto, pero el Señor no estaba en el terremoto. Después del terremoto un fuego, pero el Señor no estaba en el fuego. Y después del fuego, el susurro de una brisa apacible. Cuando Elías lo oyó, se cubrió el rostro con su manto y salió y se puso a la entrada de la cueva. Y una voz vino a él y le preguntó: ¿Qué haces aquí, Elías? Entonces él respondió: He tenido mucho celo por el Señor, Dios de los ejércitos, que los israelitas han abandonado tu pacto, han derribado tus altares y han matado a espada a tus profetas. He quedado yo solo y buscan mi vida para quitármela. Y el Señor le dijo: Ve, regresa por tu camino al desierto de Damasco, y cuando hayas llegado ungirás a Hazael por rey sobre Aram. Y a Jehú hijo de Nimsi ungirás por rey sobre Israel, y a Eliseo hijo de Safat de Abel-mehola ungirás por profeta en tu lugar. Al que escape de la espada de Hazael, Jehú lo matará, y al que escape de la espada de Jehú, Eliseo lo matará. Pero dejaré siete mil en Israel, todas las rodillas que no se han doblado ante Baal y toda boca que no lo ha besado."

Es un texto largo, pero es un relato completo, macizo, que era necesario que lo leyéramos para poder entender lo que está ocurriendo. Se nos dice en el versículo 1 que Acab le contó a Jezabel todo lo que Elías había hecho y cómo había matado a espada a todos los profetas. Acab era el rey del momento en Israel. Jezabel era su esposa, la reina. No cualquier reina; se decía que era el poder detrás del trono. Era una mujer poderosa, digamos en términos de hoy en día empoderada, pero maliciosamente empoderada. Era una mujer que gobernaba, digamos, detrás de su esposo, y el libro de Reyes nos presenta esta pareja como una pareja llena de maldad y que trajo mucho mal a su pueblo.

De hecho, en el capítulo 16, versículo 33, nos dice lo siguiente: "Acab hizo más para provocar la ira del Señor que todos los reyes de Israel que fueron antes que él." Y antes de Acab habían habido reyes extremadamente perversos, extremadamente desviados y desobedientes a la ley del Señor. Y este se ganó el premio como el que más provocó la ira del Señor. Jezabel, esposa de Acab, era una mujer pagana, no era judía, no era israelita. Era de hecho una princesa de Sidón, uno de los enemigos de Israel. Era una mujer despiadada e idólatra que había importado, de hecho, cientos de profetas, profetas paganos, profetas que adoraban a Baal y profetas que adoraban a la diosa Asera. Y condujo a su esposo a la idolatría y condujo a todo el pueblo a la idolatría. O sea que Israel estaba absolutamente desviado del camino del Señor.

Y la primera tarea de Elías precisamente fue que Dios lo escogió y le dijo: "Ve donde Acab y dile que va a venir una sequía sobre la tierra." Como un juicio, como un juicio de su desvío, como un juicio de su idolatría. Dios traía sequía y hambruna sobre la tierra, y iba a durar tanto como Dios quisiera hasta que Elías volviera a hablar. Esto evidentemente puso a Elías en contra de Acab y de Jezabel. Eran literalmente enemigos a muerte. Acab quería matar a Elías desde el principio. Jezabel también. Era una trifulca que estaba ahí de manera permanente.

Y luego que Elías le dice a Acab "no va a llover," él se esconde. Algunos conocerán la historia: se esconde en un arroyo, fue alimentado por cuervos por un tiempo. Y luego de que el arroyo se seca, Dios lo lleva a Sarepta, donde una viuda pobre también lo sustenta de manera sobrenatural. Elías vio un milagro tras otro milagro, tras otro milagro, tras otro milagro de parte de Dios. Dios sostuvo a Elías. Los cuervos llevándole carne, eso como un gato que le lleva queso para que se lo lleve a alguien, los cuervos llevándole carne a Elías. Y luego una viuda indigente sostuvo a Elías por un tiempo largo. Tres años estuvo.

Y luego de pasar tres años en esos dos lugares, confinado, digamos en toque de queda, estuvo Elías ahí confinado. Él sale y se nos dice que entonces se encuentra con Acab, de boca con Acab, y le dice: "Vamos a tener un duelo." Lo desafía a un duelo. "Nos vamos a reunir en el Monte Carmelo," es una cordillera pequeña en Israel, "y en el Monte Carmelo lleva a todos los profetas paganos, los que adoran a Baal, los que adoran a Asera, unos ochocientos cincuenta profetas," o sea, un grupo enorme de gente. "Y ahí vamos a invocar a nuestros dioses, ustedes al de ustedes y yo al mío, y el Dios que responda con fuego delante del pueblo, ese es Dios." Y Acab aceptó el duelo, y efectivamente ocurrió. En un momento dado se juntan, se reúnen, perdón, en el Monte Carmelo, y ahí tienen este duelo.

Bueno, sucede que se encuentran ahí, los profetas paganos comienzan a hacer de todo para que sus dioses les respondan: gritan, claman, saltan, se cortan las venas, botan sangre, le piden a su dios por horas y horas, quinientos de ellos, que su dios les responda, y no pasó absolutamente nada. No sé si había brisa, pero nada pasó. Cuando Elías vio todo este espectáculo ridículo de dioses que no son reales, entonces se les dice: "Ya ustedes déjenlo acabar, ahora voy yo." Y les dice: "Hagan el altar, pongan un novillo arriba, pónganle agua." Le ponen agua. "Pónganle más agua." Le ponen más agua. Les dice por tercera vez: "Pónganle agua," y empapan literalmente el cordero y la ofrenda. Tanta agua fue derramada que se llenó una zanja que habían hecho alrededor del altar. Y Elías entonces viene con paciencia y calma y se dirige a Dios delante del pueblo y ora de la manera siguiente.

¡Oh Señor, Dios de Abraham, de Isaac y de Israel! Que se sepa hoy que tú eres Dios en Israel, que yo soy tu siervo y que he hecho todas las cosas por tu palabra. Respóndeme, oh Señor, respóndeme, para que este pueblo sepa que tú, oh Señor, eres Dios y que has hecho volver sus corazones. Entonces cayó el fuego del Señor y consumió el holocausto, la leña, las piedras y el polvo, y secó el agua de la zanja. Impresionante. Imagínense ese espectáculo extraordinario, sobrenatural, de un fuego bajando del cielo, consumiendo toda una ofrenda, consumiendo aún las piedras, subsumiendo el agua que ellos habían puesto sobre la ofrenda. Fue algo espectacular.

El pueblo se envalentonó. No, el pueblo se unió a Elías de cierta manera y ajustició junto con Elías a los profetas de Baal, a los 450 profetas de Baal. No se nos dice nada de los profetas de Asera, pero por lo menos hubo 450 profetas de Baal que fueron ajusticiados. Entonces, cuando pasa eso, eso es lo que nos dice el versículo 1: que Acab fue y le dijo a Jezabel todo lo que Elías había hecho, cómo había matado a todos los profetas. Jezabel no estaba ahí, por lo visto. Obviamente, Jezabel se airó, se enfureció con lo que había pasado, y lejos de arrepentirse y lejos de reconocer que la evidente muestra del Dios del cielo era en su favor, Jezabel amenaza a Elías. Y cuando ocurre esto, le manda a decir: "Así me hagan los dioses, y aún me añadan, que si mañana a estas horas yo no he puesto tu vida como la de uno de ellos". O sea, que me muera yo si yo no te mato a ti primero.

¿Qué esperaríamos nosotros de Elías ante esta amenaza? Este hombre que vio a Dios hacer descender fuego del cielo, que le dio fuerzas para ajusticiar 450 profetas, que vio a Dios traer carne por medio de cuervos y sostenerlo por medio de una viuda, que vio a Dios parar la lluvia por tres años. Podríamos decir que Elías tenía una fe bien trabajada, bien trabajada. Yo hubiese esperado que Elías le dijera: "Jezabel, mire mensajero, dile a Jezabel que haga lo que ella quiera. Yo tengo el respaldo del Dios verdadero. ¿Quién desafía al Dios del cielo?"

Pero increíblemente no fue así. A mí me encanta la honestidad y franqueza de la Biblia. Si la Biblia fuera un libro escrito por hombres para presentar una historia hermosa, esto no saldría. Esto no saldría. El verso 3 nos dice: "Elías tuvo miedo y se levantó y se fue para salvar su vida, y vino a Beerseba de Judá, y dejó allí a su criado, y anduvo por el desierto un día de camino". Increíblemente, Elías se mandó. Eso fue lo que pasó: Elías se mandó. Su fe vaciló, sus ojos se enfocaron más en Jezabel que en el Dios que lo había sostenido. La amenaza de la reina pudo más que el respaldo de Dios. Los milagros a su favor en ese momento se nublaron, se olvidaron, y Elías actuó de una manera impulsiva, emocional e inmadura. Y yo diría que muy humana también, porque así somos nosotros. Hoy decimos que amamos a Dios, que conocemos a Dios, y mañana le negamos. Hoy confiamos en Él y mañana tenemos cualquier amenaza y huimos. Cualquier temor y nos desenfocamos.

Bien lo dijo Santiago en 5:17, hablando de Elías: "Elías era un hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras". Todos estamos ahí. Somos seres débiles, frágiles, volátiles, impulsivos. A veces nos son hechas grandes demostraciones de la presencia y el poder de Dios, siendo testigos nosotros de eso, y luego nuestra fe flaquea ante la más mínima turbulencia en la vida. Y nos pasa como decía este autor, A. W. Pink: "No importa cuánto hayamos crecido en la gracia, cuán experimentados seamos en la vida espiritual, o lo eminente de nuestra posición en el servicio al Señor; cuando Dios retira su gracia sustentadora, o cuando nos desenfocamos de Él, la locura que mora en nuestros corazones se apodera de nosotros y nos lleva al desatino". Eso es lo que nos pasa.

Jesús dijo esto de otra manera. Juan 15: "Separados de mí nada pueden hacer". Separados de mí y de mi palabra, ustedes no pueden caminar. Estamos a oscuras. Bien dice su Palabra que ella es lámpara a nuestros pies y luz para el camino. El vigor de nuestra fe, nuestro impulso en la vida espiritual, depende íntimamente de que nuestra mirada esté siempre en el Dios que nos sostiene.

Pero hay algo más. Elías no solamente estaba atemorizado. Su fe vaciló, se desenfocó de Dios y se mandó literalmente, sino que luchaba internamente con un sentido de decepción y de desánimo. Por eso el versículo 4 dice: "Y él se fue y se sentó debajo de un arbusto, y pidió morirse, y dijo: Basta, Señor, toma mi vida, porque no soy mejor que mis padres". Yo no soy superior a ellos. Yo quiero unirme a mis padres en la muerte. Yo estoy cansado, estoy desanimado, no veo resultados en lo que he hecho.

Elías, hasta ese momento, había sido un siervo fiel. Había visto grandes milagros de parte de Dios. De hecho, tuvo éxito en su última misión, en su último duelo con los profetas de Baal. Ministerialmente hablando, a Elías le había ido bien. Ahora bien, valga la redundancia, Elías no vio lo que él quería ver. Cuando ocurrió el duelo con los profetas de Baal, posiblemente Elías quería ver al pueblo totalmente arrepentido delante del Dios verdadero, y Elías quería ver también a Acab y Jezabel destronados del trono. Pero ninguna de las dos cosas sucedieron: ni el pueblo se volcó a Dios, y Jezabel y Acab seguían en el trono. Las cosas no salieron como Elías calculó, por lo menos no salieron como Elías quería.

Y cuando eso pasa, su fe se desenfoca. Y cuando eso nos pasa, que las cosas no van como nosotros hemos calculado que deberían ir, cuando las cosas no salen como nosotros queremos que vayan, decimos: "¿Qué pasó? ¿Y por qué? ¿Y dónde está Dios? ¿Y qué está haciendo? Yo no entiendo". Y nos atemorizamos. Y eso fue lo que experimentó Elías. Elías no vio al pueblo rendido, no vio a Acab y Jezabel ser destronados, y se desanimó. Estos no eran los resultados que Elías esperaba, y obviamente de ahí su decepción, de ahí su desánimo.

Y aquí está Elías entonces, en el desierto, 160, 170 kilómetros aproximadamente de donde estaba el encuentro con Acab y Jezabel. Él se mandó literalmente bastante lejos. Ahí estaba, emocionalmente atemorizado, espiritualmente derrotado y físicamente agotado. Y vemos entonces el versículo 5: "Y acostándose debajo del arbusto, se durmió. Pero un ángel lo tocó y le dijo: Levántate y come. Entonces miró, y he aquí a su cabecera había una torta cocida sobre piedras calientes y una vasija de agua. Comió y bebió, y volvió a acostarse. El ángel del Señor volvió por segunda vez y lo tocó y le dijo: Levántate, come, porque es muy largo el camino para ti".

Llama la atención en este relato de portentos de Dios que el texto, que este autor, se detenga a hacer notar, a tomar estos detalles: que Elías se durmió, que se levantó para comer. ¿Qué es lo que estamos viendo aquí? Cuando Elías finalmente se detiene, aquí comenzamos a ver el trato de Dios, no con el pueblo de Israel, no con Acab y Jezabel. Ahora Dios se enfoca, se acerca a Elías. Independientemente del ministerio que Elías había llevado a cabo, del profeta que había sido, de las obras que Dios había hecho a través de él, ahora Dios atiende a la persona, a Elías. Elías tenía necesidades específicas que Dios quiere en este momento atender.

Y no perdamos de vista ninguno de estos detalles, porque aquí se nos muestra un Dios cercano, un Dios personal. Y lo es, cercano y personal, con este hombre, con Elías, que en este momento, desde mi punto de vista, está en total desacato. Porque Elías se mandó. Elías no oró, no pidió dirección, no pidió fortaleza, no le dijo a Dios: "Señor, ¿qué hago?" No. Elías se mandó literalmente. Emprendió la huida.

Humanamente hablando, cuando Elías se detuvo bajo el arbusto, ahí yo lo hubiese interceptado y le hubiese dicho, si fuera Dios: "Elías, ¿qué es lo que te pasa?" Elías era digno de una reprensión en ese momento, humanamente hablando. Pero la respuesta de Dios fue totalmente diferente, totalmente diferente. Es increíble la delicadeza y la ternura con la que nuestro Dios trata con Elías.

Lo primero es que lo deja dormir. ¿Ustedes creen que Dios hubiese sido capaz de no dejar dormir a Elías, de producir una ebullición en él que no durmiera? No. Dios lo deja dormir. De alguna forma, en algún momento, Dios da la orden: "Déjenlo dormir. El profeta está cansado. Es un humano, necesita reponer fuerzas, está agotado. Antes de yo confrontarlo, antes de yo reprenderlo, yo necesito que él descanse. Yo lo necesito en condiciones óptimas para yo hablar con él". Y lo que Dios le permite a Elías es dormir. No es casual que eso esté ahí: "Acostándose debajo del arbusto, se durmió". Qué importante fue para Elías esa reposición de fuerzas.

No sé si a ustedes les pasa, pero cuando ustedes aman a alguien y lo ven durmiendo, uno no quiere despertarlo. A veces pasa con los hijos. Cuando los ven durmiendo: "Ya es tan tarde para el colegio, pero un ratito, cinco minutos más, hombre. ¿Qué se ve cómo?" Como que uno quiere que la persona se quede durmiendo. A veces mi esposa se duerme, mis hijos andan por ahí, yo les digo: "No hagan bulla, que su mamá está durmiendo. Váyanse para allá, vayan o hagan algo, pero no... Desconecto el teléfono, no sé qué". A veces a ella es difícil que duerma. Pero el que ama deja dormir. Deja así, sí. Cuando uno no ama a alguien, uno no lo deja dormir. Parece que hay problemas, ¿no? Es un detalle. Lo pongo en un contexto jocoso, pero la realidad es que Dios es tan grande, pero se ocupa de nuestras cosas tan pequeñas también.

Por eso es que el salmista, el Salmo 8, dice: "Cuando veo la obra de tus manos, veo los cielos y la obra de tus manos, y yo digo: ¿Qué es el hombre para que tengas de él memoria y te acuerdes de nosotros?" ¿Qué es Elías para que el Dios del cielo diga: "Déjenlo dormir"? No, Elías no es nada. Es que nuestro Dios es un Dios personal y cercano, que ama tiernamente, no a Elías, a los suyos, a mí y a ti. Dios sabía lo que Elías necesitaba en ese momento, y eso hizo.

Pero no solamente eso. El texto nos indica que durmió, y dice: "Un ángel lo tocó".

Elías, levántate, come. ¿No ven ustedes la ternura ahí? Él está en medio del desierto, en desacato, y Dios instruye a una criatura celestial, un ángel, nada más y nada menos. Baja donde Elías, prepara la comida caliente en el medio del desierto, dale agua, tócalo tiernamente, levántalo para que él coma. Yo me sorprendo con eso. Aquí no hay rudeza, aquí no hay aspereza. Lo toca: levántate, come. Elías se levanta, encuentra esta comida celestial porque están en medio del desierto. ¿De dónde vinieron esas tortillas? ¿Quién preparó eso? Un chef celestial. Caliente, en el medio del desierto, abajo de una sombrita. Elías come, vuelve y se acuesta.

Y una segunda vez, otra vez Dios ahí atento, velando por su hijo, por su siervo, por su profeta. Vuelve y lo toca el ángel: Elías, levántate, come de nuevo, porque te queda mucho camino. La ternura, el cuidado de Dios, la atención de Dios específicamente para lo que Elías necesitaba en ese momento. Yo no hubiese tratado a Elías así. Yo no hubiese tratado al profeta que acaba de quitar su fe prácticamente de esa forma, pero Dios no es como nosotros.

Hay un pasaje muy conocido en el libro de Isaías que la mayoría seguramente lo ha escuchado. Yo quiero leerlo, pero para darle un contexto. Está en Isaías 55, versículo 8, cuando Dios dice lo siguiente: "Porque mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes, ni sus caminos son mis caminos, declara el Señor. Porque como los cielos son más altos que la tierra, así mis caminos son más altos que sus caminos y mis pensamientos más que sus pensamientos." O sea, Dios y nosotros no pensamos igual.

¿Ustedes saben en qué contexto es que Dios dice eso? El versículo anterior a ese que yo leí, oigan lo que dice: "Abandone el impío su camino y el hombre malvado sus pensamientos, y vuélvase al Señor, que tendrá de él compasión, al Dios nuestro, que será amplio en perdonar. Porque mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes, ni mis caminos sus caminos." Lo que Dios está diciendo es: cuando ustedes ven a una persona fallar, cometer un error o pecar, su tendencia de ustedes es al juicio. La tendencia de Dios es a la misericordia, es a la gracia. Dios atendió a Elías de manera tierna cuando nosotros lo hubiésemos reprendido, porque mis pensamientos no son sus pensamientos.

A. W. Pink dice sobre esto: "¿Dejó Dios que su siervo extraviado recogiera lo que había sembrado y que sufriera lo que su incredulidad merecía? ¿Se negará el buen Pastor a cuidar la oveja perdida que yace impotente en el camino? ¿Negará su cuidado el gran Médico a uno de sus pacientes cuando más lo necesita? Alabado sea el nombre del Señor, que como un padre se compadece de sus hijos, así se compadece el Señor de los que le temen." Es el Dios en el que nosotros hemos creído, es el Dios de Elías, que fue paciente, tierno, delicado. Atendió a Elías según la necesidad que tenía.

Sigue diciendo entonces que luego de haber comido una segunda vez, Elías estaba dormido y comido. Barriga llena, corazón contento. Digo, no sé si su corazón estaba muy contento, pero se levantó. Versículo 8: "Se levantó pues y comió y bebió, y con la fuerza de aquella comida caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta Horeb, el monte de Dios." El monte de Dios, el monte Horeb, es el conocido monte Sinaí, y fue donde Dios le entregó la ley a Moisés. Ser un lugar sagrado, solemne para los israelitas. No sabemos exactamente por qué Elías se dirigió para allá. Obviamente estaba lejos, el monte Horeb estaba a unos cuatrocientos kilómetros aproximadamente desde donde acá Jezabel estaba. O sea, fue lejos, pero también parece ser que era un resguardo para Elías que huía atemorizado de la persecución de la reina.

Y nos dice el pasaje que la comida que Elías ingirió y consumió le permitió ir y caminar cuarenta días y cuarenta noches. Obviamente esto fue sobrenatural, esto fue un superalimento que Dios le dio. Algunos escépticos pueden decir: bueno, ya se pone medio fantasiosa la vida. Lo que pasa es que cuando Dios está presente, estas limitaciones no operan de la misma manera. Hoy en día hay cosas que hace treinta, cuarenta años no se conocían: hay barras proteicas, hay superalimentos, hay cosas energizantes. Yo recuerdo que yo una vez me bebí una bebida energizante y tuve como ocho horas así, sin cesar, algo como que estaba... Imagínense Dios sin limitación alguna. Provee un alimento que no sabemos de dónde lo sacó exactamente, pero trajo alimento a su profeta, y obviamente eso fue para Elías una infusión de energía extraordinaria.

Y ese trayecto de cuarenta días de Elías, desde ese momento hasta llegar al monte, era parte del trato personal de Dios con Elías. Elías necesitaba pensar, Elías necesitaba dormir y descansar, necesitaba alimentarse, pero necesitaba pensar, poner en perspectiva todo lo que había ocurrido. Dios le dio ese tiempo, Dios le dio ese tiempo para que pensara y meditara, y viera qué era lo que él había hecho y por qué había huido, y qué había acontecido en el monte Carmelo y todo lo demás.

Y cuando llegó entonces al monte Horeb, el versículo 9 dice: "Allí entró en una cueva y pasó en ella la noche, y vino a él la palabra del Señor." Él entra a la cueva, duerme ahí un tiempo, y entonces vino a él la palabra del Señor. Fíjense que Dios no trata a Elías en masa. Dios no trata a sus hijos en masa, sino que Dios es específico según las necesidades de cada quien. No ocurre como cuando yo recibo correos masivos, de miles de correos que manda una empresa a miles de clientes, y me dicen: usted es muy especial para nosotros y demás, y uno dice: claro, muy especial, pero realmente no hay tal especialidad. En este caso Dios trata y lidia con Elías de una manera muy, muy específica.

Y el versículo 9 le dice precisamente, cuando Dios lo encuentra en la cueva, le dice: "¿Qué haces aquí, Elías?" Dios no ha hablado hasta este momento. Le mandó un ángel que lo alimentó, y ahora literalmente aquí se encuentra con Elías y le dice: "¿Qué haces aquí, Elías?" En muy pocas palabras, en una corta pregunta, Dios confronta a Elías y Dios le dice: Elías, ¿tú estás donde no deberías estar? Es increíble lo que Dios dice en tan pocas palabras. Pero Elías inmediatamente entendió que Dios no lo estaba reprendiendo, que Dios lo estaba confrontando, obviamente de una manera muy paciente y tierna.

Y él respondió. Responde Elías: "He tenido mucho celo por el Señor, Dios de los ejércitos, porque los israelitas han abandonado tu pacto, han derribado tus altares y han matado a espada a tus profetas. He quedado yo solo y buscan mi vida para quitármela." Aparentemente la caminata de cuarenta días no le sirvió mucho a Elías para quitar su desánimo y su decepción. Cuando Dios le pregunta "¿qué haces aquí?", Elías no dice: bueno Señor, escondido. No dice: bueno, que andan por quitarme la vida. Pero él no reporta ninguno de los portentos de Dios en su vida. Él no reporta lo increíble, la increíble obra que pasó en el monte Carmelo. Señor, gracias por haber vencido a los profetas, gracias por haberme dado la fuerza, gracias porque tú hiciste descender fuego del cielo que consumió la ofrenda, lo mojado, esto y el altar y el agua. No, no, no. Elías no reporta nada de eso, no reporta ninguno de los logros, no menciona ninguna de las cosas que Dios había hecho a través de él, y no aprecia ningún resultado.

Evidentemente, Elías está decepcionado de que no ve las cosas ocurrir, no ve que está avanzando en su ministerio. Las cosas no están saliendo como él quería que salieran, e incluso le añade que él está solo. Pero él realmente no estaba solo, no era el único fiel a Dios. En el reino de Acab había gente fiel a Dios; había, de hecho, un funcionario que trabajaba con Acab, pero era un funcionario leal a Dios que se llamaba Abdías. Abdías había escondido cien siervos de Jehová de los ejércitos en una cueva para que Jezabel no los matara, y Elías sabía eso. Pero Elías se siente solo, Elías no reconoce la obra de Dios, no reconoce la compañía que tiene, se siente abandonado, le pide a Dios que lo mate, está totalmente decepcionado.

Pero una vez más, este Dios paciente y cercano no reprende a Elías de manera directa, lo instruye. Y le dice en el versículo 11 lo siguiente, entonces el Señor le dijo, después de esta respuesta de "estoy solo, no ha pasado nada, no veo nada", Dios le dice en el versículo 11: "Sal y ponte en el monte delante del Señor." En ese momento el Señor pasaba, y un grande y poderoso viento destrozaba los montes y quebraba las peñas delante del Señor, pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento, un terremoto, pero el Señor no estaba en el terremoto. Después del terremoto, un fuego, pero el Señor no estaba en el fuego. Y después del fuego, el susurro de una brisa apacible. Cuando Elías lo oyó, se cubrió el rostro con su manto y salió y se puso a la entrada de la cueva, y una voz vino a él y le preguntó: "¿Qué haces aquí, Elías?"

Dios literalmente le prepara a Elías un encuentro personal, una manifestación de su presencia, porque Elías necesitaba entender ciertas cosas. Hay tres eventos que ocurren en esta manifestación: lo primero que se nos dice es un viento, lo segundo un terremoto, y lo tercero un fuego. De hecho, hay traducciones que dicen que fue un viento huracanado, y debía ser, porque el viento dice que destrozaba la peña, la roca, las piedras. Obviamente fue un movimiento significativo de viento que vino, luego viene un terremoto, luego viene un fuego.

Pero se nos dice que en ninguno de los tres fenómenos increíbles, intimidantes, en ninguno de los tres estaba Dios. Y se presta a confusión porque el texto dice que pasaba el Señor en el terremoto, en el viento, en el fuego, pero su presencia manifiesta no estaba ahí. De hecho, desde ahí Dios no le habló a Elías en ninguna ocasión. Esto fue como una especie de avanzada, avanzada de la presencia de Dios: el viento, el terremoto, el fuego, cosas extraordinarias, pero Dios no estaba de manera manifiesta en esas cosas.

Y sucede que hay un cuarto fenómeno que dice que es el susurro de una brisa apacible, y cuando Elías lo oyó, dice que se cubrió con su manto y salió de la cueva. Ahí Elías reconoció la presencia manifiesta de Dios en este susurro apacible. Hay un autor, R.K. Harrison, que traduce eso de una manera muy interesante. Él dice que en el original es una expresión hebrea muy compleja y que literalmente lo que significa es que después de estos fenómenos vino un breve sonido de silencio. O sea, fue algo imperceptible a los sentidos, pero espiritualmente perceptible. Y de hecho fue tan perceptible para Elías, que Elías se da cuenta que en el silencio, que no se notó prácticamente, ahí era que Dios estaba, y él se postra entonces ante la presencia de Dios.

Y el mensaje es clarísimo para Elías y para nosotros, y es el siguiente: nosotros pensamos que Dios trabaja de manera visible, manifiesta, increíble, extraordinaria y dramática. Y sí, Él lo hace así, pero Dios también trabaja de manera imperceptible para nosotros. En este caso, de una manera indetectable, Dios se movió en el silencio y no lo hizo ni en el terremoto, ni en el viento, ni en el fuego. Elías tenía que entender que aunque él no estaba viendo cosas dramáticas —el pueblo convertirse, Jezabel y Acab caer del trono, las cosas suceder— aunque él no estaba viendo esos fenómenos, Dios seguía trabajando. Los métodos de Dios no siempre son obvios para nosotros. La falta de resultado visible no indica que Dios nos ha abandonado. Sus métodos pueden no ser obvios, pero son siempre seguros y efectivos. Y eso fue precisamente lo que pasó en esta ocasión.

Y fíjense que entonces Dios le ilustra, le enseña a Elías de una manera muy didáctica. Él ya le dejó mostrarle que las cosas no son como parecen: "No es como a ti te parece que yo trabajo, es como yo trabajo. Y en el silencio yo me muevo, aunque tú no me percibas."

Entonces, en el versículo 15, ya terminando este encuentro, dice: "Y el Señor le dijo: Ve, regresa por tu camino al desierto de Damasco, y cuando hayas llegado, ungirás a Hazael por rey de Aram, y a Jehú hijo de Nimsi ungirás por rey sobre Israel, y a Eliseo hijo de Safat, de Abel-mehola, ungirás por profeta en tu lugar. Al que escape de la espada de Hazael, Jehú lo matará, y al que escape de la espada de Jehú, Eliseo lo matará. Pero dejaré siete mil en Israel, todas las rodillas que no se han doblado ante Baal y toda boca que no lo ha besado."

Una vez más, Dios lo alimenta, le da descanso, le da alimento, lo instruye de cómo es que Él trabaja, y ahora le da una encomienda: "Yo no he terminado contigo, Elías. Yo estoy trabajando contigo, Elías. Todavía tú me eres útil. Devuélvete por donde mismo viniste, devuélvete por tu camino de Damasco y haz estas tres cosas: ungir a Hazael, ungir a Jehú y, interesantemente, ungir a Eliseo que te va a sustituir. Elías, mi obra ni comenzó contigo ni termina contigo. Yo te uso, pero yo no te necesito. Así que humíllate, Elías. No creas que tú eres el Chapulín Colorado del ministerio, no creas que tú eres el único. Y de hecho, dejaré siete mil en Israel que no han doblado sus rodillas ante Baal y que no lo han besado todavía. Además, tú no estás solo. No es que hay dos o tres, es que hay siete mil que me van a ser fieles."

Yo me imagino que Elías terminó como Bajetik: "Está bien, Señor, entendí. Entendí que Tú no trabajas como yo quiero que Tú trabajes, que Tú te mueves en lo dramático, pero Tú te mueves también cuando yo no te percibo. Entendí también que yo te soy útil, pero no te soy indispensable. Entendí también que no estoy solo, que tu obra continúa con mucha gente además de mí."

Increíblemente cómo Dios trató con Elías y lo llevó a este punto de entender cómo Dios trabaja. Elías necesitaba eso. Fíjense que en todo el relato la atención no está, hasta el final, sobre Israel, sobre Acab, Jezabel, sobre la obra de Dios; está sobre la persona de Elías. Este es un Dios cercano y personal. Dios trata con nosotros según nuestra necesidad particular. Dios sabe dónde estamos, si estamos allá escondidos remotamente en un desierto. Dios sabe si lo que necesitamos es sueño o comida. Dios sabe si necesitamos dirección. Dios sabe si estamos confundidos o atemorizados. Dios entiende nuestra condición, y Él actúa de maneras que a veces no lo percibimos, pero Él está trabajando en nosotros y no se olvida de nosotros.

Así es nuestro Dios de cercano, y esa es una verdad increíblemente consoladora para mí. Saber que mi Dios no quita la vista de mí, que atiende mi corazón y mi alma según lo que yo necesito, es algo consolador, es algo que me afirma.

Y quiero concluir entonces con esta cita de un autor que habla precisamente de este trabajo, algo breve. Él dice lo siguiente, Arthur Pierson: "Por estar decidido a perfeccionar a sus santos, Dios pone su precioso metal en su crisol, pero se sienta junto a él y lo observa. El amor es su termómetro y marca el grado exacto de calor. No hay una sola punzada innecesaria, y tan pronto como la escoria es quitada para que Él pueda verse reflejado, la prueba cesa."

Así trabaja Dios con nosotros. Él nos pone en el fuego, pero al lado de nosotros, atendiendo que no haya ninguna punzada innecesaria, ninguna quemadura que dañe, sino que sí cicatrice. Y cuando la obra es realizada, la prueba y el fuego y el calor cesan, y la obra terminada. Así es nuestro Dios. Que el Señor acomode estas verdades en nuestras mentes y corazones según la situación que estamos pasando cada uno de nosotros en este día.

Vamos a orar. Señor, te doy las gracias por revelarte de esta manera, por haber tratado con Elías de esta forma, porque nos ilustra y nos presenta cómo Tú trabajas con cada uno de nosotros. Perdónanos, Señor, si como Elías hemos en un momento dado de nuestras vidas desconfiado de ti, si hemos salido huyendo ante los desafíos que esta vida nos presenta, dudando de tu amor, dudando de tu cuidado, dudando de tu provisión. Danos valentía, Señor, aumenta nuestra fe, danos confianza en que tus ojos están sobre nosotros, en que Tú nos guías en los momentos de confusión, Tú nos sostienes en los momentos de debilidad, Tú nos perdonas en los momentos en que hemos caído en pecado, y que Tú, Señor, haces todo eso dependiendo de manera específica de dónde estemos. Gracias, gracias. Que esta verdad, Señor, arrope nuestras mentes, que esta verdad, Señor, consuele el alma y el corazón que puede estar desanimado, decepcionado, descorazonado o atemorizado. Gracias, Dios, por ser como eres. En tu nombre, Señor, amén.

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.