Integridad y Sabiduria
Sermones

¿Dónde comienza mi cambio?

Héctor Salcedo 13 junio, 2021

El crecimiento espiritual comienza con una verdad incómoda: no nos conocemos tan bien como creemos. El corazón humano, según Jeremías 17, es lo más engañoso que hay, y esa naturaleza engañosa nos presenta una versión de nosotros mismos menos mala de lo que realmente somos. Por eso David ora en el Salmo 139 con una valentía extraordinaria: "Escudríñame, oh Dios, y conoce mi corazón... señálame cualquier cosa en mí que te ofenda". Es la oración de alguien que sabe que necesita ayuda para verse como realmente es.

El pastor Héctor Salcedo ilustra esto con una experiencia personal: iba camino a la oficina, molestándose por pequeñeces del tránsito en Santo Domingo, hasta que se confrontó a sí mismo y reconoció su ingratitud, su queja y su orgullo. También compara esta ceguera espiritual con el tenis: uno puede sentir que golpea bien la pelota hasta que se graba y ve el video de sus movimientos desastrosos. Lo mismo ocurre en la vida espiritual: pensamos que estamos bien hasta que pasamos por el escrutinio de la Palabra de Dios.

Dios señala nuestras faltas principalmente a través de su Palabra y también mediante otros creyentes que nos confrontan con amor. Pero aquí surge el problema: tendemos a reaccionar defensivamente cuando alguien nos dice que estamos mal. Sin embargo, Proverbios enseña que "fieles son las heridas del amigo". La reprensión es amor al descubierto. Si después de años caminando con Cristo seguimos luchando con las mismas debilidades de carácter del primer año, algo anda mal. El cambio requiere humildad para escuchar, vulnerabilidad para abrirnos a otros, y disposición para actuar con lo que Dios nos muestra.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Gracias, Señor, porque tú nos has encontrado en nuestra condición de pecado y nos has visto con favor y gracia. Nos has aceptado en tu presencia por medio del sacrificio de Jesús. Y nosotros hoy venimos como tus hijos, Señor, y abrimos nuestros oídos espirituales para atender lo que tú nos tienes que decir. Señor, no queremos venir aquí como un rito, como una costumbre. Queremos que cada experiencia, cada encuentro con tu palabra sea transformador para nosotros.

Así que yo te pido, Señor, y aquí unidos te pedimos que tu Espíritu traiga convicción, abra ojos de entendimiento, que tu Espíritu dirija, que tu Espíritu, Señor, convenza, que todos podamos salir mucho más parecidos a Cristo en el día de hoy. Bendecimos tu nombre, Señor. Gracias. Amén.

Bendición, hermanos. Bien, muy buenos días, hermanos. El Señor sea con nosotros. Y bueno, seguir orando por todo lo que está pasando a nuestro alrededor, que no es solamente un tema sanitario, sino que estamos en un mundo realmente convulsionado en todos los aspectos. El sanitario es uno, pero el económico, el político, el moral, el espiritual, todos los aspectos de nuestra generación están siendo sacudidos. Pero nuestro Dios es un Dios inconmovible y él está en su trono. Y como dice su palabra, aunque el mar y las montañas se estremezcan, él sigue siendo Dios y él está en control.

Muy bien, hermanos, que el Señor hable a su pueblo, perdón, y nos dé entendimiento. Yo quisiera que fuéramos buscando el Salmo 139, algo a lo que ya el pastor Luis hizo referencia al iniciar la adoración. Y vamos a leer un par de versículos ahí, todavía no lo vamos a leer. Yo quisiera introducir de manera muy sencilla lo que quiero compartirles.

Bueno, nosotros, la mayoría de nosotros sabemos que la iglesia se compone de discípulos, discípulos de Jesús, y esto es algo obvio hasta cierto punto para muchos. Los discípulos de Jesús somos aquellos que hemos puesto nuestra confianza y nuestra fe en que el sacrificio de Cristo nos limpia de nuestro pecado y nos perdona delante de Dios, precisamente porque hemos aceptado ese sacrificio en nuestro favor.

Nosotros sabemos, los que somos discípulos de Jesús, que si nosotros no venimos en arrepentimiento y sumisión a Dios y en aceptar ese sacrificio de Cristo, nosotros no tendríamos una relación con Dios. La relación con Dios no se obtiene viniendo a la iglesia ni se obtiene leyendo la Biblia. Esas son cosas buenas, pero lo que realmente cambia el corazón y me coloca como un discípulo es que yo haya visto mi condición de pecado y lo vea a él como mi Salvador, y ahora sujeto a él es mi Señor, y entonces soy un discípulo de Cristo.

Y esos discípulos entonces estamos supuestos, así la Biblia lo dice a lo largo de sus páginas, a crecer, a crecer como seguidores de Cristo. Eso es un discípulo, un seguidor, un estudiante de su maestro, y el propósito de un discípulo es llegar a ser como su maestro. No lo podemos lograr, lamentablemente, porque él es perfecto y nosotros no, pero sí podemos avanzar y acercarnos a la estatura de Cristo, a la estatura espiritual, a la estatura moral. Como digo, no es perfecta nuestra estatura, no llegará a la de Cristo, pero sí ese es nuestro propósito y objetivo.

No obstante, no todos crecemos a la misma velocidad, no todos le ponemos tanto empeño, no todos tampoco tenemos la misma comprensión de ciertas verdades espirituales, y eso dilata el crecimiento en nuestras vidas. Eso hace que mucha gente se estanque, se detenga incluso a veces en su crecimiento espiritual, y tiene Dios que hacer ciertas cosas para no dejarlos ahí estancados y moverlos en la dirección de la imagen de Cristo.

Por eso es una triste realidad: hay algunos de nosotros que crecemos en ciertas áreas, pero hay otras que se mantienen como deformes, como estancadas. Y nos parecemos entonces a veces como algunos de nosotros en la adolescencia, que nos creció la nariz de manera desproporcionada o los pies, y todavía teníamos cinco pies de estatura. Hay una desproporción en ciertas características de nuestra vida espiritual.

Entonces nosotros estamos supuestos a crecer y a cambiar. ¿Dónde comienza mi cambio? ¿Cuál es el primer paso para que ese proceso de crecimiento se dé? Y de hecho, ¿qué es lo que tiene que ocurrir para que ese proceso de crecimiento y de fruto espiritual se mantenga a lo largo de mi vida? Podemos decir muchas cosas, pero yo quiero precisamente, no quiero hablar de todo el proceso de crecimiento, yo quiero hablar precisamente de cómo comienzo yo a cambiar en cierta área de mi vida. ¿Cuál es el germen del crecimiento? ¿Qué es lo primero que tiene que ocurrir para que una persona crezca espiritualmente hablando?

Y para eso entonces es que vamos a buscar el Salmo 139 en sus versos 23 al 24. Vamos a leer lo que el salmista, en este caso David, que fue el compositor, el autor de este salmo, nos tiene que decir. Dice el versículo 23 del Salmo 139: "Escudríñame, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis inquietudes, y ve si hay en mí camino malo, y guíame en el camino eterno."

Quiero leerlo de otra traducción antes de explicar y entrar en materia, por así decirlo, que es la Nueva Traducción Viviente. Nos dice: "Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce los pensamientos que me inquietan. Señálame cualquier cosa en mí que te ofenda y guíame por el camino de la vida eterna."

Es un pasaje muy significativo. Nosotros de hecho, hace años, yo escuchaba una canción que tenía precisamente esas letras de "escudríñame y dime si hay en mí camino de perversidad o camino malo." Vemos aquí una intención del salmista de procurar conocerse a sí mismo.

Y yo diría que lo primero que tiene que ocurrir para nosotros crecer es precisamente eso: es nosotros conocernos a nosotros mismos como Dios nos conoce, procurar con humildad y diligencia indagar en nuestro corazón. Tu cambio, mi cambio va a requerir absoluta honestidad con nosotros mismos. Como dicen los americanos, ser brutalmente honestos con nosotros mismos si vamos a crecer.

Y quizás algunos dirían: "Pero ¿cómo así? ¿No se supone que yo me conozco a mí mismo? ¿No se supone que yo sé y conozco mi condición y cómo me encuentro y qué yo deseo y quién yo realmente soy?" Bueno, eso es lo que muchos piensan. Muchos pensamos que nosotros nos conocemos bien a nosotros mismos, pero la Biblia en múltiples pasajes y múltiples páginas nos dice que el conocimiento que nosotros tenemos de nosotros mismos es defectuoso. Y eso es lo primero que nosotros debemos saber si es que nosotros vamos a cambiar y a crecer.

Miren cómo lo pone el profeta Jeremías en su capítulo 17, versos 9 y 10. Lo leo de la Nueva Traducción Viviente: "El corazón humano" —oigan esto con detenimiento— "el corazón humano es lo más engañoso que hay y extremadamente perverso. ¿Quién realmente sabe qué tan malo es? Pero yo, el Señor, investigo todos los corazones" —la palabra en la Biblia de las Américas es "escudriño," lo que David le pide al Señor— "pero yo, el Señor, investigo todos los corazones y examino o pruebo las intenciones secretas."

Dios conoce; nosotros no conocemos con precisión el estado, la situación de nuestro corazón. Fíjense cómo el profeta Jeremías lo describe: nuestro corazón, el corazón humano, esa es la palabra, el corazón humano es lo más engañoso y es extremadamente perverso. Y luego dice: "¿Quién realmente sabe qué tan malo es el corazón?"

Por lo visto, el ser humano ignora la profundidad de su maldad. Nosotros tendemos a minimizar lo grande de nuestro desvío, de nuestra condición caída. Esa es la razón por la que cuando nosotros nos evaluamos a nosotros mismos en nuestras acciones, en nuestro proceder, tendemos a ser muy benevolentes cuando se trata de nuestras faltas, si es que las vemos, si es que las vemos.

Un autor puritano decía: "Uno de los atributos del pecado es esconder al hombre de sí mismo, disimular su deformidad, impedir que se forme un concepto justo de su verdadera condición." ¡Y qué problema entonces! Es como cuando un médico trata de encontrar cuál es la condición de un paciente, trata de diagnosticar a un paciente, y no llega al diagnóstico preciso, y por lo tanto no puede prescribir correctamente la cura o el tratamiento. De la misma manera, nosotros tenemos ojos distorsionados para vernos a nosotros mismos y no entender entonces la profundidad de mi mal, las condiciones espirituales y morales de las cuales padezco. Y eso es un problema.

Por eso es que Jeremías dice que el corazón es engañoso, porque no nos dice la verdad de nosotros mismos. Nos engaña, nos presenta como no somos y, usualmente, nos presenta menos malos de lo que somos. Y eso es algo que yo debo entender, conocer para poder cambiar y crecer. Saber esto me mantiene alerta de mis propias inclinaciones, de mis propios deseos y pensamientos pecaminosos.

El discípulo de Dios, o de Cristo, tiene una sana sospecha de sí mismo. Digo "sana sospecha" porque tampoco podemos decir que lo que este pasaje indica es que no hay nada virtuoso en nosotros. Sí hay algunas virtudes, todavía la imagen de Dios está en nosotros, y hay rasgos de amor, de gracia, de misericordia, de generosidad en nosotros. A veces está contaminado con el pecado, pero no es que está todo mal. Lo cierto es que sí está peor de lo que nosotros nos imaginamos.

Y esa sana sospecha, entonces, a lo que me refiero, me permite cuestionarme de manera regular a mí mismo. Que me cuestione por qué hago lo que hago, por qué quiero lo que quiero. Que yo esté atento y dispuesto a preguntarme por qué reacciono como reacciono, por qué actúo como actúo. Que yo esté confrontándome a mí mismo con frecuencia, con regularidad.

Yo recuerdo en días pasados que iba camino a la oficina, iba en mi vehículo, y pasaron múltiples cositas, lo que ustedes saben que pasa cuando uno anda en las calles de Santo Domingo. Ni les tengo que explicar. Me tiraron una esponja, cuatro motoristas casi me chocan, entraron varios individuos en mi camino, pero honestamente, cositas pequeñas. A la luz de lo que es esta vida, de lo que es nuestro Dios, cositas muy pequeñas, pero yo me fui agriando. Yo tomo normalmente entre 15 y 18 minutos para llegar a mi oficina, y me sobró el tiempo para agriarme. Me sentía molesto, y cerca de la oficina, faltándonos tres minutos para llegar, me molesté con mi molestia, como que me vi, y me dije a mí: "¿Qué me pasa? Ya choco, ¿cuál es tu problema? ¿Por qué te quejas tanto? ¿Qué es lo que te ha pasado?" Y me llegó ese entendimiento, esa comprensión: tú lo que eres es un malagradecido, un murmurador. Deja la queja, ¿qué es lo que ha pasado? ¡No ha pasado nada!

En ese momento yo me sentí confrontado, vi mi orgullo. O sea, a mí no me puede pasar nada, a mí no me ofendan, a mí no me pueden tirar un paño en el vidrio. ¿Quién soy yo? Yo ando con un franqueador que indica que yo soy una gente importante. No, no, el indio soy uno más. Me tiraron, me molesté, pero en ese momento afloró mi ingratitud, mi queja, que es la espalda de la ingratitud, y el orgullo. En ese momento sentí mi pecado, me arrepentí, le pedí perdón al Señor y me liberé. Y respiré.

Nosotros podemos hacer eso en cada ocasión donde sentimos que nuestro corazón tiende al pecado, tiende a la irritación, tiende a la ira, tiende a la molestia, tiende a la amargura. ¿Qué es lo que te pasa? ¿Por qué te resientes con tal o cual persona? ¿Por qué ves eso? ¿Por qué pones atención a esas cosas y tú sabes que están mal? Nosotros debemos cuestionarnos con regularidad. Ese proceso de cuestionamiento de todo en mi vida me va a ayudar a crecer. Y el proceso de cuestionamiento de mis acciones, de mis actitudes, obedece al hecho de que mi corazón es engañoso. Y si yo no le pongo atención, me va a desviar.

Tenemos que querer verlo, hermanos. Si vamos a crecer, tenemos que querer vernos como Dios nos ve, queremos ver nuestros pecados, nuestros desvíos, nuestras debilidades. Pero eso no es común, no es común que la gente quiera verse, quiera verse como es realmente. Mucha gente no quiere eso, no quiere conocer sus debilidades ni sus disfunciones ni sus pecados. No quiere compartirlas de manera proactiva, no quiere compartirlas, pero tampoco quiere que se las digan. Y eso es un gran obstáculo para el cambio.

Comparemos con el salmista: "Escudríñame, oh Dios", y le agrega: "Señálame si hay en mí algo que te ofenda". Tenemos que vernos como realmente somos.

Bueno, algunos de ustedes saben que yo juego tenis, ¿verdad? Otra ilustración. Y el tenis es un deporte que depende mucho de la dinámica de los movimientos, cómo se hacen los movimientos. Y una de las técnicas más efectivas de entrenamiento es que uno se grabe sirviendo, moviéndose, y uno vea realmente cómo uno se mueve, cómo uno le golpea a la bola. En un momento dado la persona que trabaja conmigo, que me entrena, ocasionalmente me dijo: "Vamos a grabarte". En ese momento, realmente yo me sentía relativamente cómodo con mis juegos. Yo pensaba que me la estaba comiendo desde mi punto de vista. Yo sentía que yo golpeaba bien, que yo hacía bien, pero él parece que había observado algunas cosas y como no quería decírmelo, me dijo: "Te voy a grabar para que tú mismo te veas".

Me grabaron y me pusieron el videíto. ¡Qué desastre! Yo no sé lo que yo parecía jugando tenis, ¿verdad? Yo ponía la raqueta como no era, el golpeo parecía como que me iba a desbocar. Pero yo pensaba que estaba... Honestamente, yo pensaba que estaba golpeando bien, que mis movimientos eran consistentes con el juego. No lo eran. No lo eran, yo pensaba que lo era, pero no lo era. Cuando realmente me vi desde afuera, me vi cómo estaba realmente ejecutando mi juego, me percaté que lo estaba haciendo malo.

Y eso mismo ocurre en la vida. Nosotros muchas veces no nos vemos y no nos evaluamos y no nos confrontamos y no nos damos cuenta cómo realmente estamos jugando. Pensamos que estamos jugando bien con la familia, con los hijos, con el trabajo. En las cosas en general, que estamos procediendo de una manera adecuada. Pero cuando realmente pasamos el escrutinio de la Palabra de Dios por nuestras vidas, nos damos cuenta que realmente nuestros movimientos son muy, muy mediocres.

Queremos vernos como Dios nos ve. Esa es la razón por la que David le pide entonces al Señor. Le pide a Dios en el versículo 23 del Salmo 139: "Escudríñame, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis inquietudes, y ve si hay en mí camino malo". Como lo dice la Nueva Traducción Viviente: "Señálame si hay en mí algo que te ofenda". Cualquier cosa, algo pequeña, grande, regular, que te ofenda.

Y Dios acude. Perdón da vida, acude a Dios. Dios lo conoce. Este Salmo es el que comienza diciendo en el versículo 1: "Oh Señor, tú me has escudriñado y conocido". Es el versículo 1 del Salmo, y los pasajes que estamos exponiendo hoy son los últimos dos versículos donde le dice: "Escudríñame y dime". En el 1 al 7: "Tú me has escudriñado y conocido, tú conoces mi sentarme y mi levantarme. Desde lejos comprendes mis pensamientos, tú escudriñas mi senda y mi descanso, y conoces bien todos mis caminos. Antes de que haya palabra en mi boca, oh Señor, tú ya la sabes toda. Por detrás, por delante, me has cercado, y tu mano pusiste sobre mí. Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí, es muy elevado, no lo puedo alcanzar. ¿A dónde huiré de tu Espíritu o a dónde huiré de tu presencia?"

Es el Salmo, los versos que anteceden a esta petición de David: "Escudríñame". Es el Dios que todo lo ve, que está en todo lugar, que conoce lo que yo soy, que conoce para dónde yo voy, que conoce lo que yo hago, que conoce mis motivaciones internas. Por eso la expresión "escudríñame" tiene que ver con escarbar. Dios conoce no solamente las acciones que nosotros hacemos, sino las razones por las cuales las hacemos. Si hay alguien que nos puede decir quiénes nosotros somos, es Dios. Él es la grabadora cósmica. ¿Dónde podemos ver el video de lo que realmente nosotros somos? Y lo que David está pidiendo entonces es: "Señor, grábame y muéstrame. Déjame ver ese video. ¿Cómo es que tú me ves a mí?" Quizás David pensaba que se la estaba comiendo, pero quizás Dios le decía: "No, mira, tú tienes muchos movimientos desajustados en tu juego". Pero David quiere conocerse.

¿Hay en nosotros esta disposición de que realmente queremos que Dios nos diga? No sé. David sabe que él no puede conocer completamente la condición de su corazón porque el corazón es engañoso. ¿Quién lo puede entender?, dice Jeremías. A menos que nosotros recibamos la ayuda de Dios para entender lo que somos, es difícil que nosotros nos veamos como realmente debemos vernos.

Y déjenme decir algo. Este escrutinio espiritual que David le pide a Dios, ninguno de nosotros lo pasa, o sea, ninguno de nosotros pasa con buena nota ese escrutinio. Eso tenemos que estar claros. La única razón por la que luego del escrutinio de Dios hacia nosotros Él no nos fulmina es por la gracia de Cristo. Por el sacrificio redentor de Cristo, que sí pasa el escrutinio y es el único que pasa el escrutinio espiritual y moral de Dios. Acogidos a Él es que nosotros entonces somos aceptados frente a un Dios santo, a pesar de que nosotros no pasamos el escrutinio de Dios.

Entonces, en otras palabras, lo que David le pide a Dios es: "Dime lo que yo soy por dentro, a nivel de mi corazón, a nivel de mis pensamientos. Yo no sé lo que hay dentro de mí, Señor, dime tú, muéstramelo tú, yo puedo estar engañado".

Y Charles Spurgeon decía con relación a este verso, decía: "Notemos la valentía del salmista. Aquí tenemos un hombre decidido a explorar los recovecos de su propio corazón. Si todos los héroes renombrados del pasado estuvieran presentes, les preguntaría si habrían tenido el valor de entrar en sus propios corazones. Pero David fue un hombre que tenía ese valor. Cuando mató un león por el camino, cuando se las entendió con un oso, cuando decapitó al gigante Goliat, dio muestras indudables de valor. Pero nunca desplegó una valentía tal como cuando dijo: 'Escudríñame, oh Dios'".

Y ciertamente se requiere valentía, se requiere cierto coraje al decidir abrirnos a la realidad de que ni tú ni yo somos lo que creemos que somos, que de hecho tampoco somos lo que la gente cree que somos.

En el aspecto espiritual y moral pasa exactamente como pasa con el aspecto físico. Hay gente que no quiere ir al médico para que no le digan que tiene algo. Como si eso mejorara su condición, y es todo lo contrario: si no vas te vas a empeorar, se va a inflamar, se va a deteriorar tu condición. Pero el ser humano se autoengaña y piensa que si no se examina, no está mal.

A mí me sorprende escuchar las veces que una persona, cualquiera, independientemente de su género, no quiere venir, por ejemplo, a consejería. Usualmente, en conflictos de pareja, viene uno o viene otro y me dice: "No, es que mi pareja no quiere venir a consejería. Él no entiende, no necesita que le digan lo que tiene que hacer". Y usualmente es el hombre. Pasa con las mujeres también, me ha pasado, pero usualmente es el hombre. No digo que la consejería sea la única manera a través de la cual Dios habla, pero es un mecanismo bastante cercano, por lo menos en nuestra comunidad, para venir y decir: "Examíname, dime si hay en mí camino de perversidad, dime si hay en mí camino de desvío".

Entonces, hermanos, ahí comienza nuestro cambio: comienza con vernos a nosotros mismos, con entender que nosotros no somos lo que pensamos a veces que somos y que necesitamos que Dios nos diga dónde nos estamos equivocando, qué movimiento estamos haciendo mal. Porque de seguro que lo estamos haciendo mal en muchísimas áreas, de seguro. Y saberlo no es malo, saberlo es bueno.

Si tú en este momento de tu vida no tienes una lista de tres, cuatro, cinco cosas en las que tú estás trabajando para cambiar y crecer, entonces tú no te conoces. Si yo te pregunto a ti: "Dime tres cosas en las que tú estás trabajando para crecer", te doy diez segundos y no me respondes, tú no te conoces. Porque ciertamente todos los que estamos aquí tenemos más de tres cosas en las que tenemos que trabajar y crecer en nuestra vida.

No sé qué es, no sé qué es. Quizás tú eres una persona inclinada a la mentira o inclinada a la ira, o yo soy una persona inclinada a la crítica y a la queja, o una persona tentada por la lujuria, o una persona tentada por el materialismo, o una persona tentada hacia el incumplimiento, una persona tentada por el egoísmo. Yo no sé de qué tú adoleces, pero hay muchas cosas de las que nosotros no estamos conscientes que están presentes, que otros a veces las ven y las observan. Y es necesario que nos abramos a esa realidad. Así es, Señor, dime. Se llama: "Señor, señálame". Y abrirnos cuando Dios nos habla de diferentes formas a que eso es así.

Entonces fíjense cómo David pide a Dios: "Dios, escudríñame, examíname, conoce mi corazón, pruébame". Pero me gusta la palabra que usa la Nueva Traducción Viviente en el versículo 24, que dice: "Señálame cualquier cosa en mí que te ofenda y guíame por el camino de la verdad".

Entonces, en la segunda parte de mi mensaje: ¿cómo señala Dios estas cosas? ¿Cómo llegan a nosotros sus señalamientos? Cuando Dios detecta un camino malo, un camino de perversidad en mí, ¿cómo me lo dice, cómo me lo comunica? Porque yo tengo que estar atento para eso, cierto. David lo ora. Yo no sé cuántos de nosotros hemos orado en esa misma dirección, pero una primera forma es pidiéndole al Señor, y Él buscará las maneras para hacernos llegar los señalamientos.

Pero claramente estas cosas por las que David ora son puntos ciegos en su vida. O sea, son aspectos de su vida que a sus ojos están bien, pero que a los ojos de Dios están mal. De lo contrario, él no podría orar: "Señálame si hay algún camino que te ofenda". Proverbios 14:12 dice: "Hay camino que al hombre le parece derecho, pero que al final es camino de muerte". Hay cosas en tu vida, hay prácticas, hay hábitos, hay formas nuestras que a nosotros nos parecen bien, normales, pero están mal a los ojos de Dios.

Y más aún, el hecho de que David ignore estas cosas. Puede tratarse de asuntos normales, como decía, no intencionales, o incluso buenos, pero con motivaciones pecaminosas. Y por lo tanto, si lo que está mal es la motivación, muchas veces no me doy cuenta, pasa desapercibido. Por eso David ora: "Escudríñame, oh Dios", porque son cosas que él ignora, que no son visibles a sus ojos.

Son tantas, hermanos, las maneras en las que nosotros podemos pecar. Yo voy a mencionar solo algunas; no estoy señalando a nadie. Si te sirve el sombrero, póntelo, pero no lo diseñamos para ti exclusivamente. Es un ejercicio amplio. ¿Creen que venir a la iglesia es algo bueno que agrada a Dios? Sí, pero no si lo hacemos para agradar al pastor. ¿Creen que orar o ayunar es algo bueno? Sí, pero no si lo hacemos para que otros nos vean. ¿Ser generosos con nuestros recursos, nuestro tiempo, está bien? Sí, pero no cuando se trata de nosotros sentirnos bien. ¿Reírme alegremente está bien? Sí, pero no cuando es del otro.

Se ven como cosas buenas, pero pueden tener motivaciones ocultas, pecaminosas. A veces algunos, queriendo hacer justicia porque algo les hicieron, dicen: "Estoy haciendo justicia", pero realmente es venganza. A veces algunos confunden el celo por la rectitud y se convierten en legalistas. Hay gente que se queja regularmente, constantemente, y lo justifica porque "es un deseo de que las cosas mejoren". A veces no reconocemos lo bueno en el otro porque "no quiero que él se enorgullezca", pero realmente hay un celo en mí. A veces no busco la reconciliación: "Bueno, porque no es necesario, no es sensato", pero es realmente orgullo de no buscar la reconciliación con el otro. A veces no somos generosos porque "tenemos que ser buenos mayordomos". A veces no me comunico con mi esposa ni con mis hijos adecuadamente, no me conecto con ellos, porque "es que yo soy así, yo soy reservado y yo no hablo mucho". A veces justifico la aspereza y la tosquedad hacia mi esposa y digo: "Bueno, es que yo tengo mi carácter". Sí, ese es el problema: ese carácter.

Cuántas cosas más, hermanos, podemos hacer exteriormente de manera correcta, pero la motivación es perversa, escondida, vistiéndola de justicia. Y eso en sí mismo es una perversión: tomo la motivación incorrecta y la visto de piedad por arriba. De estas son las cosas que David está hablando: cosas que nosotros ignoramos muchas veces, que nos pasan desapercibidas, pero que son caminos de perversión, son caminos de desvío, son mentiras que hemos creído de nosotros mismos o de los otros o de la vida, y no nos percatamos.

Obviamente David no está hablando de pecados secretos, que son otro tipo de condiciones. Los pecados secretos son los que hacemos secretamente, pero sabemos que están mal. Dios no tiene que mostrarme un pecado secreto para que yo lo reconozca; sé lo que es pecado y lo que no es pecado en ese sentido. Estamos conscientes de ellos. Y simplemente hago alusión en ese caso a este Salmo 139, versículo 7, donde David dice: "¿A dónde huiré de tu presencia?". Hermano, no hay pecados secretos para Dios. Lo eran para otros, pero no para Dios. Y cualquiera de nosotros que se encuentre en este momento en un pecado secreto en su vida, aprovechando la soledad o la oscuridad o el anonimato para pecar, salga de ahí. Salga de ahí, no tienes que esperar ningún mensaje especial de parte de Dios. Salga de ahí, acude a Dios. Acudamos a Dios en humildad y arrepentimiento y busquemos su perdón y su restauración.

Entonces, David se está refiriendo a faltas que le son ocultas, que él no sabe. ¿Cómo señala Dios estas cosas? Eso es lo que yo quiero responder en lo que queda.

¿Cómo señala Dios estas cosas? Bueno, obviamente el instrumento por excelencia para Dios mostrarme mi mal, mi pecado, mi perversión, es la instrucción directa de la Palabra de Dios. Juan 17:17: "Santifícalos en tu verdad". Señor, es Jesús hablando a su Padre: "Padre, santifícalos a tus discípulos en tu verdad; tu Palabra es verdad".

Nuestra comunión regular con la Palabra tiene un efecto, debe tener un efecto transformador en nosotros. Nuestro devocional personal, nuestra exposición a la Palabra aquí mismo en la iglesia, debe tener eso. Debe haber cierta diligencia en mí de consumir la Palabra, de consumir contenidos que me hablen en aquellas facetas de la vida en las que yo estoy. Si yo soy un joven, yo debería profundizar en las verdades que la Biblia les habla a los jóvenes, también en sentido general de todas las verdades de la Biblia, pero cada etapa tiene un conjunto de verdades pertinentes. Si un joven es soltero, yo no lo voy a mandar a leer un libro de crianza cristiana todavía. ¿Me entienden? Tengo que ser diligente en conocer y profundizar aquellas verdades que son pertinentes para la etapa de la vida en la que yo me encuentro. Esa es la manera más directa en la que Dios nos habla ahora.

Y esa instrucción entonces crea en nosotros impulsos espirituales, porque el Espíritu nos habita y crea impulsos a través de los cuales nosotros nos podemos dar cuenta de cierto desvío. Me pasó a mí yendo para mi trabajo: Dios me mostró mi ingratitud, Dios me mostró mi mal agradecimiento, me mostró mi espíritu de queja, mi orgullo, y me sentí confrontado.

Pero a veces yo no despierto a mi propia falta. En mi experiencia es muy común que a veces uno predica o enseña o lee acerca de temas que tienen que ver conmigo o contigo, y no te la llevas. ¿Me entienden? A veces me están diciendo algo que es pertinente para mí, para mi condición, para mi situación, cualquiera que esta sea, y yo no me la llevo. Estoy como embotado. No entiendo, veo a otro, pienso: "Qué bueno es para fulano, qué buen mensaje, qué buen mensaje", y quedo igualito. Igualito. Y tengo cinco, diez años, quince años, veinte años en el caminar cristiano y estoy lidiando con las mismas debilidades de carácter del primer año. No, ¿cómo va a ser? ¿Qué es lo que nos pasa?

"Escudríñame, oh Dios, y señálame cualquier camino de desvío que haya en mí, y guíame en el camino recto". Eso es lo que dice. No es para conocerme mejor, qué buen diagnóstico. No, es para prescribir un tratamiento para salir de ahí, para arrepentirme de mi condición.

Pero yo he visto esto: gente que permanece con las mismas faltas, con las mismas debilidades de carácter, genera a su alrededor las mismas irritaciones. No cambia. Yo no sé si se trata de un problema cognitivo o de pura rebelión. A veces es una combinación: ni entiende bien y es un rebelde. Eso sí es explosivo. Eso sí es una piedra que no se puede romper, como decimos, es un hueso duro de roer. Eso fue lo que Dios le dijo al pueblo de Israel: "Ustedes son un pueblo de dura cerviz". Ustedes saben que es un calificativo que se puede aplicar a nosotros, porque el pueblo de Israel nos representa.

Cuando yo me estuve quejando de los problemitas que tuve camino a mi oficina, me vino esa expresión: murmuración. Entonces, cuando uno lee el libro de Éxodo, el libro de Éxodo nos relata el camino del pueblo de Israel hacia la tierra prometida. Y una de las palabras más recurrentes en los primeros capítulos es que el pueblo murmuró contra Dios y murmuró contra Moisés.

Y murmuró y murmuró y murmuró, y Dios entonces luego le dice a Moisés: "Este pueblo murmura, se queja". Esa es la expresión: se queja, se queja. Yo me sentí igual, yo soy un individuo de dura cerviz. Entonces muchas veces esta instrucción llena de gracia, directa, hablando a ti, hablando a mí, leyendo algo específico para mí, a veces no me cambia. Yo no sé por qué, como decía, si es un problema cognitivo de que no entendemos, o es un problema de rebelión que no queremos. Pero es común, y vuelvo y te digo y vuelvo y digo, a veces tenemos años padeciendo de las mismas debilidades de carácter y no cambiamos. Y "no, que yo soy así", "no, que cada quien como es", y no sé qué, no sé cuándo, punto suspensivo.

Entonces, ¿qué hace Dios cuando no funciona la instrucción directa? Bueno, yo entiendo que hay un rol para el cuidado mutuo. Otros a mi alrededor están llamados a que te la lleves. El cuidado mutuo se debe producir en la iglesia, se debe producir en la familia, se debe producir en las amistades cristianas. El cuidado mutuo es absolutamente necesario para la construcción de un discípulo. Porque la respuesta a la oración "escudríñame, oh Dios, y dime si hay en mí camino de perversidad", la respuesta muchas veces es el hermano que viene y me dice: "Mira, tu tamal aquí".

Miren estos pasajes conocidos por la mayoría de nosotros acerca de esto. El pasaje más conocido, uno de los más conocidos, Mateo 18:15, dice: "Si tu hermano peca, ve y repréndele a solas. Si te escucha, has ganado un hermano. Pero si no te escucha, lleva contigo a uno o dos más", y ahí continúa un proceso, por así decirlo. Oigan este otro pasaje, Gálatas 6:1: "Hermanos, si alguien es sorprendido en alguna falta, algún pecado, ustedes que son espirituales, restáurenlo en un espíritu de mansedumbre, mirándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado". Santiago 5:19: "Hermanos míos, si alguno de entre ustedes se extravía de la verdad y alguno le hace volver, sepa que el que hace volver a un pecador del error de su camino salvará su alma de muerte y cubrirá multitud de pecados". Hebreos 10:24-25: "Consideremos cómo estimularnos unos a otros al amor y a las buenas obras, no dejando de congregarnos como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos unos a otros, y mucho más al ver que el día se acerca". Simplemente ahí hay cuatro pasajes.

Vean las ideas, son similares: cuídense, velen los unos por los otros, estimúlense, repréndanse, confróntense, señálense las cosas. ¿Por qué ustedes creen que esa función es necesaria? Porque en nuestra pecaminosidad, en nuestra rebelión, en nuestra falta de comprensión espiritual, muchas veces nosotros no vemos nuestras propias faltas. Nuestro corazón nos engaña, nuestro corazón justifica nuestras propias condiciones de pecado, y entonces tienen otros que venir y participar de esta construcción de un discípulo en mí. Absolutamente necesario. Ese pasaje de Mateo 18, que múltiples personas lo leen como un pasaje de disciplina de la iglesia, es un pasaje de cuidado mutuo. Lo que nos está diciendo es: velen los unos por los otros, por las vidas espirituales de sus hermanos, ocúpense de eso, interésense. ¿Cómo está caminando uno y cómo está caminando el otro?

Pero eso, hermano, eso no es sencillo. Eso no es sencillo. ¿Qué pasa? Muy complicado, muy complicado. Porque lo más común, cuando alguien es confrontado o reprendido, o sencillamente se le dice algo que ni siquiera llega a la categoría de confrontación o reprensión, se le dice una cosita así, nada que tú... la reacción inmediata es molestia. Es "me siento rechazado", "me siento criticado", me defiendo. Eso pasa en la iglesia, eso pasa en los matrimonios, eso pasa en los hogares con los hijos, eso pasa en todos los ámbitos de mi vida donde yo me relaciono. Yo no quiero que me digan que yo estoy mal. Es como si nosotros oráramos contrario al Salmo 139: "Señor, no me escudriñes y no me digas si hay en mí algo que te ofenda. No, déjame así, déjame así, que yo entiendo que yo estoy bien". Se nota. Séneca decía que mientras más malvado es una persona, menos sabe que lo es.

¿Por qué esta tendencia a reaccionar defensivamente, sintiéndome rechazado, criticado, cuando alguien me dice que yo estoy mal? ¿Por qué esta tendencia? No entiendo lo que dice Proverbios 27. Oigan lo que dice Proverbios 27:5-6: "Mejor es la reprensión franca que el amor encubierto. Fieles son las heridas del amigo, pero engañosos los besos del enemigo". La reprensión, según ese pasaje, es amor al descubierto. Te estoy diciendo que tú me importas, que tu caminar me importa, te veo equivocarte, te veo mal, te veo desviado, y te lo digo. Eso, según la Biblia, es amor.

¿Y por qué entonces es que yo me siento que no me están amando cuando me dicen que estoy mal? O sea, ¿amar es decir que tú estás bien siempre? Cuando tú vas al médico y el médico te quiere "amar" y dice: "No se preocupe, está bien", entonces tiene un cáncer ahí grado cinco, pero "no hay problema, siga para adelante", porque el médico te ama y no quiere que te sientas mal, no quiere que te preocupes. Si el médico está haciendo su trabajo y tiene alguna ética por el paciente o en su ejercicio médico, debería decir: "No, tú estás mal". Debe decirlo de buena manera, debe escoger el momento apropiado, pero hay que decirlo.

Entonces, mi primer llamado es que si nosotros queremos que Dios nos cambie, nosotros, si somos reprendidos, observados, señalados por otros, si algo nos pasa que nos da una indicación de que no estamos bien, hermanos, abracemos esa confrontación como parte del cuidado de Dios, como parte de los señalamientos de Dios de que tú estás mal, de que tú necesitas cambiar esta área, de que esto necesita pulimento, de que necesitas crecer. Si no lo hacemos, no vamos a crecer. Entonces, mi primer punto en este aspecto es a los que somos señalados.

Ahora bien, también hay algo que señalar a los que debemos ir. Y es que producto de esas reacciones de la gente, o de nosotros, porque nosotros somos la gente, ¿verdad? De esas reacciones a la crítica y a la reprensión, como de que no me gusta, defensivo y demás, los que tienen que ir y no quieren venir, ya sea por desinterés, porque también se expresa de esa forma, un desinterés, "a mí menos me importa lo que pasa en la vida del otro". ¿No me he dicho eso en algunas ocasiones? "Ese no es mi problema, ese no es mi problema". A veces desinterés, o a veces es sencillamente que tengo temor de que el otro vaya a reaccionar de una manera que no corresponde. La comunidad que está supuesta a cuidarse mutuamente, entonces algunos en su desinterés de hacerlo y otros en su resistencia a recibir la confrontación, no pasa nada. ¡Qué cosa! ¡Qué cosa! ¡Qué problema el pecado en nosotros!

Entonces, hermanos, el mensaje final es que el crecer necesita que nosotros entendamos que nosotros no jugamos también como nosotros pensamos. Nosotros necesitamos que alguien nos ponga un video de realmente cómo es que nosotros vivimos y realmente somos, porque nuestro propio diagnóstico muchas veces no sirve. La mayoría de las veces no sirve, no es completo, no es preciso. Engañoso es el corazón. Entonces tengo que estar atento a esa realidad y estar en un proceso de mejora constante de mi condición, de mi naturaleza, y pedirle a Dios esto, y estar atento a sus instrucciones directas, y estar atento a la instrucción por medio de otros hermanos, para que yo pueda ser un receptor dispuesto, humilde, de los señalamientos de Dios, de las cosas que están mal en mí. De lo contrario no voy a crecer.

Pero necesitamos también, hermanos, comprometernos, no necesariamente con toda la iglesia, porque yo no puedo ser el confrontador de cientos de hermanos, pero cada uno de nosotros tiene su pequeña comunidad aquí adentro, debería tenerla. Conéctate, hazte vida en la iglesia, interésate por la vida de otros y permite que otros se interesen por tu vida. Vulnerarte, habla de lo que son tus luchas, de lo que tú estás pasando, deja que otros vengan y señalen lo que ven en ti, si es que se presenta la oportunidad, si es que es necesario. Y antes de responder, escucha, escucha, no te defiendas.

Entonces, con lo que te digan o con lo que Dios te señale, haz algo con eso. Si tú escuchaste algo en este mensaje hoy que fue de utilidad, de bendición para ti, tú entiendes que aplicar esto sería bueno, bueno, aplícalo. Estar más disponible, estar más atento a tus propias debilidades. Haz algo con esto, porque David pedía: "Escudríñame, señálame cualquier cosa que te ofenda y guíame en el camino eterno". David quería hacer algo con eso, David no quería quedarse con el diagnóstico, David quería un tratamiento.

¿Cómo cambio? El cambio comienza aquí, humillándonos, sabiendo que no somos lo que pensamos, que somos peor de lo que pensamos, y que necesitamos que Dios nos señale. Y eso muchas veces va a ser por su Palabra y por medio de otros, y tengo que estar en la disposición de escuchar. Dios nos escudriñe, Dios nos muestre la realidad de nuestros corazones y nos haga una comunidad que crezca de manera consistente y sana a la imagen de Cristo.

Vamos a orar. Señor, gracias, gracias por tu Palabra, gracias por tu paciencia. Gracias, Señor, porque Tú, conociéndonos como nos conoces a la perfección, no nos desechas, y eso es producto del sacrificio de Cristo en nuestro favor. Señor, como oraba el salmista, escudríñanos, dinos si hay en nosotros camino de perversidad, de pecado, de disfunción, y guíanos en el camino eterno. Esa es la oración final, Señor. Danos humildad para escucharte, danos humildad, Señor, para reconocer que no estamos bien, que no somos lo que pensamos. Permite, Señor, que nuestras vidas te honren y que nuestro cambio hable de que hay un Dios poderoso, amoroso y cercano en nosotros que está trabajando. Bendecimos tu nombre, Señor. Amén. Amén. Bendiciones.

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.