El materialismo es una enfermedad antigua del corazón, y el dinero funciona como el virus que la transmite. Lo peculiar es que, a diferencia de otros virus que la gente evita, este es uno que se busca, se anhela y se codicia. El problema es que quienes están infectados raramente lo reconocen, aunque viven endeudados, deseando más y ansiosos por el mañana.
Jesús prohíbe acumular tesoros en la tierra porque las motivaciones detrás de esa acumulación siempre desplazan a Dios: acumulamos por necesidades del pasado que no hemos sanado, por la vanidad del presente que busca aprobación humana, o por la inseguridad del mañana que pone la confianza en lo creado y no en el Creador. La alternativa que Cristo ofrece es invertir en el cielo, trabajando y dando liberalmente para expandir el reino. Donde está el tesoro, allí estará el corazón, y nos convertimos en lo que adoramos.
Las estadísticas revelan algo sorprendente: quienes ganan menos dan proporcionalmente más. La iglesia de Macedonia, profundamente pobre, suplicó con muchos ruegos el privilegio de participar en el sostenimiento de los santos. La escasez nunca ha sido excusa para quienes tienen el corazón conquistado por Dios. Mientras tanto, Occidente gasta más de mil billones de dólares anuales en entretenimiento y adicciones, mientras veintidós mil niños mueren de hambre cada día.
El problema central es el señorío. Nadie puede servir a dos amos. Cristo no quiere ser una de nuestras prioridades; quiere ser la prioridad. Es Dios o el dinero, pero no ambos.
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Mateo 6, a partir del versículo 19 hasta el 24. Así dice su palabra: "No os acumuléis tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre destruyen, y donde ladrones penetran y roban, sino acumulaos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni la herrumbre destruyen, y donde ladrones no penetran ni roban. Porque donde esté tu tesoro, allí también estará tu corazón. La lámpara del cuerpo es el ojo; por eso, si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará lleno de luz, pero si tu ojo está malo, todo tu cuerpo estará lleno de oscuridad. Así que, si la luz que hay en ti es oscuridad, ¡cuán grande será la oscuridad! Nadie puede servir a dos señores, porque o aborrecerá a uno y amará al otro, o se apegará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas."
Dios o el dinero, pero no ambos. Ese es el tema de nuestro mensaje en el día de hoy. Como usted pudo notar, yo creo que estas palabras o este texto que yo acabo de leer contienen algunas de las enseñanzas de Jesús, de las enseñanzas más radicales de Jesús en torno a las finanzas, a los bienes materiales, a aquella cosa que nosotros manejamos. Y lamentablemente, la mayoría de las personas que conocen el texto no han aplicado la enseñanza, y no la aplican porque muy pocas personas creen tener un problema con el dinero. A pesar de que vivimos endeudados, a pesar de que vivimos deseando tener más, y a pesar de que vivimos ansiosos por la seguridad o inseguridad del día de mañana. Y todos esos son síntomas de que ciertamente tenemos un problema con lo material, con el dinero, con los bienes, pero no lo reconocemos.
Esta es una enfermedad muy antigua. Esto es una enfermedad que ha estado con el hombre desde su inicio. Es una enfermedad del corazón que ha sido llamada materialismo, y pudiéramos decir, a manera de ilustración, que el virus que transmite la enfermedad es el dinero. Lamentablemente, como la enfermedad está tan diseminada, resulta que es la norma que estemos infectados con este virus y esta enfermedad que crea tantas calamidades. Pero este virus tiene una peculiaridad: que a diferencia de los demás virus que todo el mundo trata de evitar, este virus es un virus que la gente anhela que se le pegue. Lo busca, lo añora. De hecho, la Palabra de Dios dice que lo codicia, y codiciándolo, muchos se han desviado de la fe y se han torturado con muchos dolores, le dice Pablo a Timoteo.
Pero esa es la gran verdad: la mayoría de nosotros reconocemos que el materialismo es una enfermedad, pero la mayoría de nosotros que estamos infectados con el virus y que tenemos y padecemos la enfermedad no reconocemos que la tenemos, aunque podemos verlo fácilmente en otros. Y muchos de nosotros incluso hemos deseado el virus.
Dios sabía la debilidad que nosotros tendríamos en esa área. De hecho, cuando Dios quiso hablarnos de la oración, en su Palabra nos dio unos 500 versículos. Cuando quiso hablarnos de los bienes materiales, nos dio 2,350 versículos. Casi uno a cinco la proporción entre aquellos versículos que hablan de la oración versus los bienes materiales. Eso no es por accidente. Dios sabe que el hombre entraría en una competencia continua entre el mundo y Dios.
Este Sermón del Monte tiene algunos de los principios del Reino. Y sí, si usted conoce a Cristo, el Reino ha sido inaugurado en su corazón. Ese corazón necesita ir cambiando para poder abrazar los valores del Reino, porque un corazón que no ha cambiado se encuentra esos valores imposibles de abrazar, indeseables, y mucho menos practicables.
En el texto de hoy que acabamos de leer, yo quisiera que viéramos cuatro o cinco cosas. En primer lugar, la prohibición de la acumulación de bienes materiales. En segundo lugar, la alternativa a esa acumulación. En tercer lugar, la razón de la prohibición. En cuarto lugar, la participación de los ojos en el problema. Y en quinto lugar, la exclusividad del señorío. Y lo vamos a ver en ese mismo orden, de manera que comencemos con la primera: la prohibición y cómo Cristo la establece.
Escúchalo una vez más: "No os acumuléis tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre destruyen, y donde ladrones penetran y roban." En la antigüedad, usualmente las personas acumulaban riquezas de tres maneras. A veces era acumulando ropas finas, de lujo. Usted conoce la historia de Lidia, la mujer en el Nuevo Testamento, una mujer adinerada que vendía telas de púrpura, que eran telas consideradas como ropa fina. Cristo conoce que esa tela acumulada, que en un momento podía ser vendida en momentos de necesidad, fácilmente puede ser corrompida o destruida por la polilla. Ahí no hay seguridad, y por tanto les está estimulando a que no acumulen riquezas de esa manera.
Nosotros no acumulamos riquezas con ropas, pero todavía seguimos vueltos locos con las ropas. Nos vamos detrás de las modas, detrás de los estilos, y cada seis meses modistas que nosotros no conocemos deciden que algo no está de moda, y nosotros les creemos y gastamos más dinero. Porque alguien que yo no conozco, que tiene el interés de que yo gaste dinero, decidió que ya eso no va a estar de moda. Lo cual implica que yo tengo un problema en el área de lo material.
En segundo lugar, la gente acumulaba riquezas almacenando granos. Se tiene la historia de José, cómo acumuló granos por siete años, porque había una amenaza frecuente, recurrente en aquella ocasión, de las sequías que producían hambrunas. Y el pueblo necesitaba estar preparado, porque si una hambruna venía y yo había guardado suficiente grano, no solamente yo tendría provisión para mí, sino que yo podía especular en medio de la escasez y hacerme todavía más rico. Y eso era una de las cosas que ocurrían. Pero esos granos pueden ser destruidos también por plagas, erratas y roedores. Y actualmente un área de la China está teniendo un problema enorme con algo similar. El otro día había un documental donde abrieron uno de sus almacenes de grano y todos los que salieron eran ratas. Literalmente no había grano; ratas fue lo que salió de ese sitio.
En tercer lugar, la gente acumulaba dinero acumulando oro, lingotes de oro, pedazos de oro. Y una buena ilustración de todo esto que yo vengo diciendo es la historia de Acán. El pueblo fue a conquistar la ciudad de Hai, y Dios les prohibió que tomaran cosas de la ciudad. Absolutamente nada podía ser tomado de la ciudad; era considerado una maldición. Y Acán entonces toma algo de la ciudad. Ellos pierden la batalla. El pueblo judío, el pueblo de Israel, no pudo ni siquiera hacerle frente a una ciudad, a un pueblo relativamente pequeño. Y cuando Josué habla con Dios, Dios le informa que realmente Israel había pecado. Y estas son las palabras de Acán: "Cuando vi entre el botín un hermoso manto de Sinar, y doscientos siclos de plata, y una barra de oro del peso de cincuenta siclos, los codicié, los tomé, y aquí están escondidos en la tierra de mi tienda, con la plata debajo."
En la tierra de mi tienda. Esa era una de las maneras como la gente escondía el oro: lo tenía en su casa o lo tenía enterrado. Y muchas veces, como las paredes eran de barro, era muy fácil que los ladrones penetraran e hicieran un hoyo a través de la pared y pudieran robar. O alguien había observado dónde esto había sido enterrado, y más tarde ahí van y desenterraban el oro. Y Cristo les está diciendo de alguna manera que esas cosas son volátiles o temporales o efímeras, o no pueden darte seguridad.
Hoy en día yo creo que si Cristo estuviera con nosotros quizás no usara las mismas palabras, pero como el corazón es el mismo, Él estuviera haciendo las mismas advertencias con palabras diferentes. Quizás nos estuviera diciendo: "No acumuléis bonos, certificados de depósitos y acciones en una bolsa de valores que está tan volátil, que está tan cambiante, con tasas del euro y del dólar que ya no tienen la estabilidad que antes tenían." Quizás esas pudieran ser sus palabras.
Hoy nosotros tenemos una historia no tan lejana: la depresión de 1929. Cómo en unas semanas 5,000 bancos quebraron. Cómo la semana anterior los periódicos auguraban una gran época de bonanza, y una semana después la Gran Depresión comienza. Cómo en esa misma semana un grupo de millonarios partió en un crucero, y siendo millonarios al partir, regresaron en bancarrota al final de la semana, y prácticamente ni se habían podido enterar correctamente. Eso da cuenta de lo cambiante que es el mundo, lo poco confiable que son las riquezas de este mundo.
La generación que pasó entonces por esa depresión sufrió un gran trauma y salió con mucha inseguridad. Y la necesidad del pasado de la cual ellos no se habían podido curar los llevó a ser acumuladores, y ellos fueron llamados "the savers", los ahorradores. Entonces, una de las razones por las que a veces acumulamos, y que Cristo está diciendo "no acumuléis", son las necesidades del pasado.
En otras ocasiones es la vanidad del día de hoy: el poder mantenerme a la altura de los demás, el querer lucir lo que otros tienen, el poder estar a la altura de aquellos con quienes yo me codeo. Pero otras veces la razón por la que acumulamos es porque nos sentimos inseguros con relación al día de mañana. El problema es que aquellos que no se han curado de esa necesidad por la cual pasaron, y que los hirió, están ignorando que Dios usó esa necesidad del pasado para continuar trabajando en su vida, en la creación de la imagen de Cristo en él, o para atraerlo a sus caminos.
Eso es lo que esa generación de "savers" —quizás no estaba reconociendo— los ahorradores de Estados Unidos. Cuando sale de esa época, al final de la década de 1940, 1950, se da cuenta que hay una generación que está produciendo, pero que lo que está ganando lo está guardando. Y entiende que la economía no se podía reactivar de esa manera. Ellos hicieron un experimento que hoy en día es la columna vertebral de su sistema económico, y es que ellos crearon toda una campaña de consumismo, de tal forma que los ahorradores pudieran gastar su dinero, traerlo dentro, ponerlo a circular, y que la economía se activara.
Eso funcionó, y ahí nace para siempre la columna vertebral de la economía norteamericana, que es el consumismo. Lo que ellos no entendieron es que el consumismo de esa época no es el consumismo de hoy. La gente de finales de los cuarenta, a principios de los cincuenta, estaba gastando lo que ellos habían ahorrado. La gente de hoy está gastando lo que ellos no tienen. Porque esa base de créditos y de tarjetas y de préstamos... Hoy en día leía esta semana que se augura otro posible crash o golpe del mercado en el año 2011 de la economía norteamericana, y no pequeño según están pronosticando algunos.
Lo que están acumulando por la vanidad de la vida el día de hoy, no entienden que el espíritu de la vanidad es egocéntrico. Y entonces tienen al yo centrado, sentado en el trono, desplazando a Dios. Y aquello que están acumulando por la inseguridad del mañana, han puesto su certidumbre en las cosas creadas y no en el Creador. Y Cristo entonces está atacando, más que las riquezas en sí, está atacando las motivaciones de la acumulación de las riquezas.
Si las riquezas en sí hubiesen sido pecaminosas, entonces Dios no se las hubiese dado a Salomón. Pero Salomón es la evidencia de que aun con toda la sabiduría del mundo que él tenía, las riquezas llegaron a corromperlo. Ese es uno de los peligros de los bienes materiales: es que compiten con Dios y corrompen el corazón que debiera estar dedicado exclusivamente a la adoración de nuestro Dios. Nos hacen descansar en ellas, confiar en ellas. Nos hacen pensar que si las tenemos estamos más seguros que si no las tenemos. En otras palabras, Dios no es parte de la ecuación.
Y Dios estaba consciente de ese gran peligro. Cuando el pueblo iba a cruzar el río Jordán para apoderarse de la tierra prometida, estas fueron algunas de las palabras de Dios a través del profeta Moisés, en Deuteronomio 8:17-18: "No sea que digas en tu corazón: Mi poder y la fuerza de mi mano me han producido esta riqueza. Mas acuérdate del Señor tu Dios, porque es Él quien te da poder para hacer riquezas, a fin de confirmar su pacto, el cual juró a tus padres como en este día."
Presta atención a esta frase: "Acuérdate del Señor tu Dios." El hombre tiene una facilidad para experimentar amnesia de Dios, para olvidarse de Dios en la abundancia. Cuando estás suplido, en la plenitud, se nos olvida Dios. Y Dios dice: "Acuérdate del Señor tu Dios cuando hayas acumulado riqueza, y no vayas a pensar que tu fortaleza y tu esfuerzo y tu sabiduría y tus habilidades y talentos han producido la riqueza."
Es increíble. El hombre nunca se olvida de los bienes de este mundo. Si él tiene escasez, anhela los bienes de este mundo. Si él tiene abundancia, él quiere más de los bienes de este mundo. Él siempre se acuerda de ellos. Pero en cuanto a Dios, se acuerda cuando escasea, se olvida cuando está suplido. Y Dios dice: "Acuérdate del Señor tu Dios."
Lamentablemente, la acumulación de bienes materiales, la enfermedad del materialismo que nos afecta a la gran mayoría de nosotros —y que la mayoría de nosotros de lo que estamos infectados no lo reconocemos— va acompañada a esa enfermedad de otra enfermedad, que es, en buen dominicano, en lenguaje de la calle, la tacañería. El ser agarrado, el no querer dar, el no querer compartir. Y esa enfermedad, esa segunda enfermedad, endurece el corazón, lo insensibiliza hasta el grado que cuando alguien con necesidad nos pide, nos molesta.
Decimos que es por la manera como nos han pedido. Pero yo he visto la manera de pedir de todas las formas posibles. He estado en presencia de personas que han pedido de todas las formas posibles, y he visto la reacción ante todas las formas posibles de pedir. Y es la misma reacción con frecuencia: es una de molestia. Nos vamos a nuestros hogares y seguimos molestos, y decimos: "Es por la forma." Pero yo no lo tengo en frente ya. Mi contacto con él duró quince segundos, pero yo sigo molesto. No se nos ocurre pensar que es mi conciencia que me acusa. Es mi conciencia que me acusa, y yo, tratando de defenderme en contra de la conciencia, me irrito, y no descubro cuál es el verdadero sentir de lo que está ocurriendo.
Escucha con claridad y oye las palabras de Dios en Deuteronomio 15:7-11. Son textos un poco extensos, pero yo te voy a pedir, hermano, hermana, que cuando tú oigas estas palabras, tú te preguntes de qué manera esto se aplica a mi persona y a mi vida. Te imploro que tú hagas esto de manera personal. Deuteronomio 15:7-11, son palabras bastante fuertes. Vamos a cruzar el Jordán, vamos a crear una nueva nación. Yo quiero que la nación comience con estas sensibilidades. Eso es lo que Dios está diciendo.
"Si hay un menesteroso contigo, uno de tus hermanos, en cualquiera de tus ciudades, en la tierra que el Señor tu Dios te da, no endurecerás tu corazón, ni cerrarás tu mano a tu hermano pobre, sino que le abrirás libremente tu mano y con generosidad le prestarás lo que le haga falta para cubrir sus necesidades. Cuídate de que no haya pensamiento perverso en tu corazón, diciendo: 'El séptimo año, el año de la remisión, está cerca,' y que entonces mires con malos ojos a tu hermano pobre y no le des nada, porque él podrá clamar al Señor contra ti y esto te será pecado."
Escucha, hermano: "Con generosidad le darás, y no te dolerá el corazón cuando le des." Y no te dolerá el corazón cuando le des, ya que el Señor tu Dios te bendecirá por esto en todo tu trabajo y en todo lo que emprendas. "Porque nunca faltarán pobres en tu tierra." Escucha ahora: "Por eso te ordeno" —no te sugiero, no te recomiendo, te ordeno— "diciendo: Con liberalidad abrirás tu mano a tu hermano." ¿Oh, pero eso a mi hermano nada más? No, coma: "Al necesitado y al pobre te ordeno," dice el Dueño del cielo y la tierra. El dueño de lo que tú y yo poseemos nos ordena dar liberalmente a todo quien sea tu hermano, a todo el que esté necesitado, a todo el que sea un pobre y que esté en tu tierra. Y serás bendecido.
"Bueno, que no tenemos suficiente, pastor." Decimos eso. ¿Sabes por qué? Porque nosotros ignoramos que hay un billón de personas, mil millones de personas, que viven con menos de un dólar al día —treinta y siete, treinta y ocho pesos dominicanos—. Que hay tres billones de personas que viven con menos de dos dólares y medio, cien pesos dominicanos. Tres billones de personas. Y el ochenta por ciento de la humanidad vive con menos de diez dólares por día, menos de cuatrocientos pesos diarios, diez mil pesos mensuales. Con menos de eso, el ochenta por ciento de la población.
Yo no sé si usted posee una casa, pero si usted posee una casa o apartamento, no importa. Pero tiene un título, no importa si es de cincuenta metros o de quinientos metros: usted tiene más que el noventa y cinco por ciento de la población mundial. ¿Cuántos de nosotros tenemos una cuenta de banco, aunque tenga cien pesos? Levantemos la mano en una métrica. La gran mayoría de nosotros tenemos más del noventa y cinco por ciento de la población mundial con el simple hecho de tener una cuenta de banco. Y decimos que no tenemos suficiente. Dios nos está hablando.
La prohibición en este texto no es al ahorro. Segunda de Corintios 12:14 nos habla de que los hijos no tienen la obligación de guardar para los padres, pero los padres sí tienen la obligación de guardar para con sus hijos. La verdad es que no es al ahorro. Pero el ahorro debe ser dirigido por Dios, definido por Dios, debe ser bajo su señorío, debe tener un propósito definido y no debe ser excesivo. De ahí que Cristo entonces, hablando de que tenemos que tener cuidado de no acumular mucho más de lo necesario y de acumular por acumular.
Sabemos que podemos ahorrar. Dios nos dio el ejemplo de la hormiga en Proverbios 6, que guarda en el verano para el tiempo de invierno. Nos dio el ejemplo de José, cómo hizo provisión para siete años, porque vivimos en un mundo caído. Pero cuando la preocupación es por acumular, por la necesidad por la que pasé en el pasado, por la vanidad del presente, por la inseguridad del mañana, Cristo está totalmente y diametralmente opuesto. Aquí se hacía a las motivaciones para la acumulación, porque todas desplazan a Dios de su lugar.
Entonces, ¿cuál es la alternativa? Es nuestro segundo punto. Ya vimos la prohibición, ahora veamos la alternativa que Dios nos da. Aquí está en el versículo 20: "Acumulaos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni la herrumbre destruyen, y donde los ladrones no penetran ni roban." Entonces, hay una alternativa. Dios nos dice: no acumules aquí, pero puedes acumular allí.
La pregunta es: ¿cómo yo acumulo en el reino de los cielos, de tal manera que cuando tú entres al reino de los cielos, tú tengas tesoros esperando? Bueno, tú haces y trabajas y das liberalmente, voluntariamente, gozosamente para expandir el reino de los cielos aquí en la tierra.
Lamentablemente, nosotros tenemos una lucha continua. Hablamos el domingo anterior cómo los deseos de la carne se oponen a los deseos del espíritu, y asimismo. Entonces, la carne tiene su centro de gravedad aquí debajo y continuamente está haciendo halada hacia este mundo. El espíritu tiene su centro de gravedad allá arriba y continuamente hala los ojos hacia el trono de Dios. Y ahí está la competencia interior entre nosotros. El espíritu tiene su centro en un lugar distinto a donde la carne tiene su centro.
La pregunta para ti y para mí es: ¿dónde está mi centro de gravedad? Hacia aquellas cosas hacia donde mi carne, mi vida se va de manera más natural, habla de dónde está mi centro de gravedad.
Si usted deja caer esto de manera natural, pues desciende a la tierra y está la fuerza de la gravedad atrayéndolo. Pero resulta que en conversación con mucha gente a lo largo de los años, el moverse en la dirección de Dios es más un ejercicio que un movimiento natural. El movimiento natural de muchos hijos de Dios, todavía después de haber nacido de nuevo, después de tener años de fe, es hacia las cosas de este mundo. Y entonces hay que luchar para convencerme a mí mismo de que tengo que dirigirme en la otra dirección. Eso todavía habla de dónde está mi centro de gravedad, pero no se supone que sea de esa manera.
La carne quiere seguridad, pero la quiere aquí y ahora. El espíritu no, el espíritu descansa en esperanza y la tiene en el más allá y en el mañana. A la carne le interesa la aprobación de los hombres, por eso camina por vista, por eso se deleita en cada nuevo estilo, cada nueva moda, cada nueva corriente, porque desea entonces ser parte y sentirse aprobado por el movimiento, la generación en la que nos ha tocado caminar. El espíritu camina por fe, no por vista, y desea la aprobación de Dios.
La carne por otro lado es agarrada, la carne no le gusta dar nunca. Es el espíritu que es dadivoso, es el espíritu que quiere imitar a Dios, es el espíritu que quiere reflejar a Dios. La carne quiere hacer toda su inversión en este mundo y el espíritu quiere hacer toda su inversión en aquel mundo. La pregunta es qué tan bien estamos nosotros invirtiendo en uno o en el otro.
Decimos en otras ocasiones: "Bueno, es que yo quisiera, pastor, pero no tengo, no me sobra, no sé, la vida está muy cara". Y hay algo que las estadísticas han enseñado, hay algo que este libro enseña: es que jamás, jamás la escasez —lo voy a mostrar ahora— ha sido la excusa para no dar de aquellos que realmente tienen un corazón conquistado por Dios. Estadísticas norteamericanas muestran que de aquellos que tienen un ingreso de más de 50 mil dólares al año, diezman de un uno a un dos por ciento. Aquellos que ganan de 10 mil a 20 mil dólares anuales, dos veces menos que la cifra anterior o menos de la mitad de la cifra anterior, mucho menos, diezman entre un diez y un veinte por ciento. De manera que a menos ingreso mayor diezmo, o mayor dádiva, porque el diezmo no puede ser mayor o menor, eso sería.
Eso es hoy. En el mundo de ayer todavía mejor visto. Segunda de Corintios 8, del uno al cuatro, escucha ahora: "Ahora hermanos, deseamos haceros saber la gracia de Dios que ha sido dada en las iglesias de Macedonia, pues en medio de una gran prueba de aflicción, abundó su gozo, y su profunda pobreza..." Fíjate, no estamos hablando de gente que era pobre, no estamos hablando de gente que era clase media baja, no estamos hablando de gente que tenía poco ingreso. No, esta gente era profundamente pobre. "...sobreabundó en la riqueza de su liberalidad, porque yo testifico que según sus posibilidades, y aún más allá de sus posibilidades, dieron de su propia voluntad, suplicándonos con muchos ruegos el privilegio de participar en el sostenimiento de los santos."
Pablo para Jerusalén va a llevar una ofrenda. La iglesia de Macedonia se entera, y se entera la iglesia pobre, profundamente pobre. Se enteran y le dicen a Pablo: "Nosotros quisiéramos contribuir al soporte de los santos." Fíjate, el texto no lo dice, pero lo deja implícito, que Pablo le dijo que no en principio, porque el texto dice que ellos tuvieron que suplicarle con muchos ruegos. Parece que ellos volvieron a Pablo: "Es que queremos participar en esto." "No, ustedes no pueden, ustedes son muy pobres." "Pablo, por favor, no nos quites el privilegio de participar en el sostenimiento de los santos." Con muchos ruegos tuvieron que convencer a Pablo. ¿Y quiénes eran? ¿Era gente a la que le sobraba mucho? No, era gente profundamente pobre.
Yo he estado en algunos de los campos de nuestro país, en algunos de los barrios de nuestros países. Años atrás yo vi gente que tenía mucho menos que yo querer darme de lo que no tenía. Es la realidad. El querer dar caracteriza a los ciudadanos del reino que han tenido su conciencia sensibilizada por la abundante provisión de Dios. La abundante provisión de Dios tiene el peligro de insensibilizarnos y de hacernos olvidar de cuando nosotros no teníamos.
Yo recuerdo vivir en Estados Unidos en medio de una comunidad muy afluente. Yo venía a Santo Domingo una vez al año. Por un momento, por razón que hoy no recuerdo, tardaron dos años para yo venir, y cuando yo vine y regresé le decía a mi esposa: "Yo tengo que ir a Santo Domingo no menos de una o dos veces al año para no insensibilizarme a las necesidades de los demás, porque como tú no las veías allá donde estamos, fácilmente tú llegas a la conclusión indirecta de que todo el mundo está bien suplido."
El ser dadivoso es una característica de ciudadanos del reino que han sido sensibilizados por la abundante provisión de Dios, de tal manera que al muchacho del supermercado que te lleva los paquetes, yo no le doy la misma propina que otros le dan, yo le doy dos y tres veces lo que otros le dan, porque la abundante provisión de Dios para conmigo debe resultar en una abundancia de provisión para los demás. Y lo mismo de quien trabaja para ti, en el servicio, en la casa, etcétera, etcétera.
Y también es una característica, el ser dadivoso, de aquellos ciudadanos que han confiado que el Dios que proveyó ayer proveerá hoy y proveerá mañana. Yo no tengo que tener miedo de dar hoy pensando en que no voy a tener mañana. Yo he visto personas tener 100 pesos y alguien pedir y darle los 100 pesos y quedarse sin nada. Créanme, lo he visto más de una vez.
Vimos la prohibición de la acumulación, vimos la alternativa presentada por Cristo de invertir en el reino de los cielos. Yo quiero que veamos ahora, en tercer lugar, la razón de la prohibición. Versículo veintiuno: "Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón."
Ahora, Lucas escuchó las mismas palabras, pero de alguna manera recordó otros detalles. Escucha lo que Lucas dice: "Vended vuestras posesiones y dad limosnas. Haceos bolsas que no se deterioran, un tesoro en los cielos que no se agota, donde no se acerca ningún ladrón y la polilla destruye. Porque donde esté vuestro tesoro, allí también estará vuestro corazón." Lucas más radical. Vended posesiones y dad limosnas. En otras palabras, si no tienes, vende y da.
Nosotros hemos sido llamados a reflejar las virtudes de aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz. Una de sus virtudes es ser dadivoso. No mires el estándar de la sociedad para ver cuánto la sociedad paga y da. Tú no eres ciudadano de esta sociedad, tú eres ciudadano del reino, hermano. A ti te corresponde reflejar la dádiva abundante de nuestro Dios, confiando en el carácter dadivoso de ese mismo Dios. No es una transacción, no, no es. Es una vida de fe en un Dios que tiene un carácter que ha mostrado ser dadivoso abundantemente con todos nosotros.
Entonces la razón de la prohibición es el corazón. Donde esté tu tesoro, allí también estará tu corazón. Nosotros nos convertimos en lo que adoramos. Recuerden de ese libro que les recomendaba hace un tiempo atrás: lo que tú estás haciendo, te conviertes en lo que adoras. Esa es la pregunta. ¿Cómo pienso hoy? ¿Cómo actúo hoy? Es la reflexión de qué he estado adorando, porque me convierto en lo que adoro.
¿Cómo tiene que ver con bienes materiales? Eso es exactamente lo que ocurre. Mi corazón anhela estos bienes. Entonces, como mi corazón los anhela, mi corazón invierte su tesoro en el aquí y en el ahora. Pero como el tesoro ahora está aquí, el corazón le sigue y lo adora. Primero lo anhela, luego fabrica el ídolo, luego se va atrás de él, luego lo adora, y luego comienza a llevar todo su tesoro al altar de ese nuevo ídolo.
Pero todo comienza en el corazón. El corazón desea esas cosas. El corazón desea lo carnal, lo temporal, lo efímero, lo terrenal, lo que está aquí. El espíritu desea lo celestial, aquello que tiene que ver con el mañana, aquello que pertenece a su nuevo amo, que es Cristo. Pero nosotros comenzamos a adorar esas cosas que el corazón anhela, y si nosotros queremos triunfar en la vida cristiana, tenemos que deshacernos de los ídolos del corazón. El corazón es una máquina continua de fabricación de ídolos, como decía Juan Calvino. Y una de las cosas, no hay nada mejor que la predicación escuchada y luego llevada a la práctica para destruir esos ídolos, como decía el mismo Calvino.
Nuestro corazón llega primero, el tesoro viene después, pero luego el corazón sigue viniendo al tesoro, porque es el corazón el que desea estas cosas, el corazón que las va acumulando. A muchos de los hijos de Dios se les dificulta diezmar porque no les alcanza, pero siempre alcanza para ir a cenar, para ir al salón, para ir al gimnasio, para ir de vacaciones, y claro que para Dios no alcanza. Nos encontramos caros cuando vemos un libro que tiene que ver con Dios, pero gastamos más del costo de ese libro en una cena que ahora después termina en las letrinas. Nos encontramos caro el precio de un seminario o congreso cristiano, pero damos dos veces ese precio por una cena que dura media hora a una hora de disfrute. Y usted sabe dónde termina lo que consumió. Lo otro termina en el corazón, o debiera terminar en el corazón.
Nuestro problema no es que no nos alcanza para diezmarle a Dios. Nuestro problema es que nosotros queremos satisfacer todos los deseos de la carne, que nos sobre, y luego con dolor diezmar para Dios. Así es como lo hacemos. Y Dios dice: "Eso no refleja ni quién es el dueño del cielo y la tierra, y mucho menos el carácter de quien te dio para que produjeras lo que has producido."
Y cada nueva generación crea nuevos ídolos. Y esos ídolos compiten con lo que son las inversiones en el reino de los cielos. Hoy en día tenemos un nuevo ídolo: es la tecnología.
La tecnología nos entretiene horas frente a diferentes aparatos tecnológicos. Y mucho más cuando esa tecnología nos trae comodidad, que es el otro dios. Estos dos dioses se ponen como una pareja poderosa: el entretenimiento tecnológico, la tecnología y la comodidad. La tecnología nos entretiene, la comodidad nos adormece, y ahora tenemos un niño entretenido. Imaginas eso. Imaginas lo poderoso que es ese dúo. Es increíble.
El entretenimiento que muchas veces viene por la tecnología, porque ahora tenemos juegos en los teléfonos, en las computadoras, en los iPads, en todo. Yo creo que de repente los púlpitos tendrán juegos aquí también, porque no soportamos estar sin ser entretenidos. Y de ahí el nuevo fenómeno de la adultescencia: adultos que no quieren crecer, no quieren madurar. Lo que antes era el síndrome de Peter Pan, que quería vivir en otro mundo de ilusiones. Ahora la literatura secular habla de la adultescencia. Estamos hablando ni siquiera de la literatura cristiana.
El U.S. Bureau of Labor Statistics, o la oficina nacional de estadísticas laborales, en el año 2004 en Estados Unidos reportó que aquella nación gastó 540 billones de dólares en entretenimiento para ese año 2004. 540 billones de dólares para ser entretenidos hasta burritos. A eso agrega 166 billones de dólares en alcohol, 157 billones en cigarrillos, 110 billones en drogas, 107 billones en overeating, en comer demasiado mientras 22,000 niños se mueren de hambre todos los días, y 40 billones en gambling, en juegos de azar. Más de 1,000 billones de dólares en entretenimiento y adicciones. ¿Te imaginas? Somos adictos a las adicciones. Nos encanta, las cultivamos, las queremos.
¿Por qué la nación está al borde de la bancarrota? Es que donde se ha ido su tesoro, allí se fue su corazón; ahí es donde está el corazón de la nación. No creo que la nuestra sea diferente, simplemente más pequeña. Los números lucen más pequeños, pero no creo que sea muy diferente. Occidente entero no creo que sea muy diferente. Y lamentablemente el hombre de hoy quiere vivir entretenido y ahí va su tesoro, el entretenimiento; él quiere vivir cómodo y allí va su tesoro. Y Cristo está diciendo: tienes que vivir contraculturalmente, en contra de todas esas cosas que la cultura ha abrazado.
Ya vimos la prohibición, ya vimos la alternativa, ya vimos entonces la razón de la prohibición. En cuarto lugar, yo quiero que veamos la participación de los ojos en el problema.
"La lámpara del cuerpo es el ojo; por eso, si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará lleno de luz. Pero si tu ojo está malo, todo tu cuerpo estará lleno de oscuridad. Así que, si la luz que hay en ti es oscuridad, ¡cuán grande no será la oscuridad!"
Esta es una metáfora que ha sido usada para ser aplicada de diferentes maneras. Pero yo creo que fácilmente uno puede ver que ciertamente el ojo es el órgano a través del cual nosotros vemos el mundo, y al verlo reaccionamos a lo que vemos. Ese ojo que no está entrenado por una cosmovisión cristiana, entonces ese ojo estará enfermo, porque él verá lo que ve de una manera distorsionada. Ahora, si el cerebro está informado, si la mente está informada con lo que es la luz de la revelación de Dios, ahora el ojo está entrenado y podrá entonces ver el mundo y reaccionar ante lo que ve de una manera bíblica, porque ha sido previamente entrenado por una cosmovisión bíblica.
Entonces Cristo dice: si el ojo que está en ti está sano, si el ojo está entrenado por esa cosmovisión bíblica, si la luz de mi revelación es algo de lo cual el ojo se puede hacer uso, entonces todo tu cuerpo estará sano, toda tu vida estará sana. Pero si ese cuerpo está en oscuridad porque desconoce mi luz, la luz de mi revelación, o porque distorsiona mi luz, o porque conoce tan poco de mi luz, entonces si esa luz que está en ti está tan mínima, está tan distorsionada que es oscuridad, entonces ¡cuán grande esa oscuridad, hijo! Eso es lo que Cristo está diciendo, esa es la verdad.
Pero lo que ocurre es que eso también ha pasado a ser un mal generalizado: la poca luz de la revelación de Dios en la mente de los hijos de Dios. Entonces no nos damos cuenta, vivimos en penumbras y no lo sabemos. Es como quizá esta ilustración puede ayudar: en nuestro país siempre ha habido problema de luz desde que yo tengo uso de razón. Yo no recuerdo un año que yo haya vivido donde yo no haya visto la luz irse; por tanto, es más o menos común y no nos sorprende cuando la luz se va. Cuando alguien viene de fuera, de Norteamérica, de Europa, y ha ocurrido aun en este templo, ustedes saben que a veces cuando terminamos están haciendo cambio de planta y la luz se va por un segundo o dos. Y aquí han estado presentes en ocasiones al lado mío alguien de Norteamérica o de Europa, y ellos reaccionan con cierta incertidumbre: "¿Qué está pasando?" Porque allá no se va la luz. Y nosotros reaccionamos así cuando no se va y decimos: "¿Qué está pasando que la luz no se está yendo? ¡Tiene que haber algo mal!"
Bueno, menciono eso porque para nosotros esa oscuridad cuando se va la luz es normal, no nos asusta, no nos molesta; para extranjeros sí. Y de esa misma manera, cuando tenemos poca luz de la Palabra, nos acostumbramos a un mal generalizado, no nos molesta, es normal, todo el mundo vive así. ¿Te das cuenta entonces el problema que el ojo tiene? El ojo tiene que ser entrenado por la luz de la revelación de Dios. Fue el ojo de Eva que vio que el fruto era codiciable. Fueron los ojos de Acán que vieron el dinero y el lingote de oro y lo codició. Fue el ojo de David que vio a Betsabé y le pareció hermosa. Todos los ojos. Primera de Juan habla de la lujuria de los ojos. Es un órgano terrible.
Finalmente, yo quiero que veamos la exclusividad del señorío, el número cinco.
"Nadie puede servir a dos señores, porque odiará a uno y amará al otro, o se apegará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas."
Mamón es la palabra, una palabra que viene del hebreo y significa riquezas, bienes en general, posesiones. En la antigüedad, un esclavo cuando era comprado servía a un amo o al otro, no a dos. Nunca, nunca se dio un solo caso de un esclavo que tuviera dos amos, jamás. De esa misma manera, Cristo, conociendo que ellos saben este trasfondo, les dice: nadie puede servir a dos señores. Tú o sirves a las riquezas, los bienes, o sirves a mamón, o me sirves a mí. No tienes opción: es Dios o el dinero, pero no ambos.
En la antigüedad, el amo demandaba todo de su esclavo, y por tanto nunca podía servir a dos amos; él demandaba toda su vida. De esa misma manera, Dios demanda toda tu mente, todo tu corazón, toda tu fuerza. Tienes que amarlo de esa manera. Dios no quiere una parte de mi mente, una parte de mi mundo, una parte de mi corazón, una parte de mi fuerza, una parte de mi voluntad, desobediencias a medias, desobediencias. Él quiere, Él demanda todo, por una razón muy sencilla: Dios lo ha dado todo, Dios lo llena todo, y por tanto Él tiene el derecho de mandarlo todo. Él no quiere ser una de mis prioridades, Él no quiere ser la prioridad número uno. Él quiere ser la prioridad, punto. Todo lo demás es secundario. Él ocupa el primer lugar. Él ocupa todo mi trono.
Ahora, en la época de Cristo los hombres también dudaron de si servirle a un señor o al otro. Cristo tuvo esta experiencia y nos la dejó registrada de manera que yo pueda hoy verme en el espejo y ver si yo estoy allí. Escucha lo que dice Lucas 9:59-62:
"A otro dijo: Sígueme. Pero él dijo: Señor, permíteme que vaya primero a enterrar a mi padre. Mas Él le dijo: Deja que los muertos entierren a sus muertos, pero tú ve y anuncia por todas partes el reino de Dios. También otro dijo: Te seguiré, Señor, pero primero permíteme despedirme de los de mi casa. Pero Jesús le dijo: Nadie que después de poner la mano en el arado mira hacia atrás es apto para el reino de Dios."
Estas personas no tenían esas necesidades que ahí mencionan en el contexto cultural. Este hombre le dice: "Déjame ir primero a enterrar a mi padre." Lo que le estaba diciendo es: "Mi padre está viejo, déjame vivir los últimos años con él; cuando él se muera, déjame enterrarlo, y luego yo te sigo." Y Cristo dice: "Lo siento, si esa es la manera como tú decides entre tu padre y yo, tú no eres digno de seguirme. Nadie que ponga la mano en el arado y quiera mirar para atrás es digno de seguirme. Próximo." "Déjame primero ir a despedirme de los de mi familia, así para no regresar." "Próximo, tampoco."
Estos no tenían esa experiencia de decir: "Yo vengo ahora para jamás volverlos a ver." Cristo les estaba diciendo a los discípulos: "Ustedes ven ese nivel de compromiso; en el reino no hay espacio para eso. En el reino es una cosa o la otra."
Y yo estoy convencido que el problema número uno de los hijos de Dios, yo creo que lo podría resumir en una sola cosa: es señorío. Cristo no es el Señor de mis finanzas, porque mucha gente ni le consulta; invierte, gasta, compra sin preguntar, sin hablar con Dios. Cristo no es Señor de la educación de mis hijos, porque ponemos los hijos en el colegio de más wow, del último, y no necesariamente el que mejor los vaya a formar espiritualmente. Cristo no es Señor de mi hogar, porque no ejerzo el liderazgo espiritual que Dios me manda. Cristo no es Señor de lo que leo ni de mi tiempo, porque no tengo tiempo para orar o leer su Palabra o leer literatura cristiana. Pero entretenimiento, computadora, televisión y todos los nuevos aparaticos tecnológicos los tenemos, conocemos cómo funcionan. No conocemos bien cómo usar la Biblia, pero de todas estas cosas electrónicas el último switch lo sabemos.
Señorío es el problema. No hay señorío, por lo menos reconocido. Hay señorío existente, porque aunque yo no lo haga el Señor, Él es Señor; lo que no hay es un señorío reconocido. Cristo no es el Señor de los entretenimientos de mis hijos, porque no me puedo meter con ellos en algunos hogares. Cristo no es Señor.
Podemos con el pecado dentro del hogar, negociamos con el pecado de los hijos dentro del hogar. Cristo no es Señor. Pedro está siguiendo a Cristo, él estaba oyendo lo radical de este llamado. Entonces, a veces Pedro está formándose como nosotros, a veces Pedro siempre tiene los ojos de allá abajo. Seguro recuerdan lo que Cristo le dijo cuando Pedro estaba tratando de impedir que Cristo llegara a Jerusalén. Cristo lo reprende: "Apártate de mí, Satanás, porque tú no tienes en cuenta las cosas de Dios, sino las cosas de este mundo."
Pero el problema es que Pedro está ahí como tribulando y viendo, decidiendo su señorío todavía. Le dice a Cristo en Mateo 19, del versículo 27 al 30: "Y aquí nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido." Pero como que está preguntando: "Nosotros lo hemos seguido, lo hemos dado todo y te hemos seguido, ¿qué hay para nosotros?" Es más o menos la pregunta. En inglés dirían: "¿Qué tú tienes?" La mayoría de nosotros probablemente le hubiera dicho: "Pedro, ¿qué clase de pregunta es esa, insensato?"
Pero Cristo le responde. Yo creo que Cristo dice: "No hay nadie que haya dejado casa o hermanos o hermanas o madre o padre o hijos o tierras por causa de mí y por causa del satisfacción que no reciba cien veces más ahora en este tiempo." Dos puntos: casas y hermanos y hermanas y madres y hijos y tierras. Pero Pedro, junto con persecuciones. En el siglo venidero, la vida eterna. "Pedro, yo voy a ser honesto: tú has dejado esto, esto y eso. Cuenta conmigo, mi respaldo en este mundo, en esta tierra. En el siglo venidero cuenta con la vida eterna. Pero es todo un paquete, hay persecuciones también, Pedro."
Hay algo que yo aprecio: la veracidad y la transparencia de la Palabra. Nada de pajaritos en el aire. "Te voy a dar todo eso, Pedro, junto con persecuciones." De hecho, las persecuciones nos entrenan a administrar las bendiciones, porque forman un corazón que depende de nuestro Dios.