La santidad de Dios es el atributo que los hombres odian, porque es el que hace que Dios visite sus juicios sobre nuestras iniquidades. Es también el atributo con el que no podemos jugar, porque nos costará caro. Esta verdad cobra vida dramática en Levítico 10, donde Nadab y Abiú, hijos de Aarón recién consagrados al sacerdocio, son consumidos por fuego divino el mismo día de la inauguración del tabernáculo. Horas antes, fuego de la presencia de Dios había encendido el altar en señal de aprobación; ahora ese mismo fuego carboniza a quienes ofrecieron algo que Dios no había ordenado. Profanaron el microcosmos santo que Dios había preparado para morar con su pueblo.
Lo que hace tan grave la ofensa es precisamente la cercanía. Mientras más cerca estamos de Dios, con más cuidado debemos andar. Si la profanación del tabernáculo donde Dios moraba simbólicamente costó la vida a estos jóvenes sacerdotes, el peligro es mayor para nosotros: somos el sacerdote y el tabernáculo al mismo tiempo, templo real del Espíritu Santo. No podemos contaminar el templo durante la semana y venir el domingo a ofrecer adoración como si nada hubiera pasado.
El pastor Núñez señala una advertencia pastoral directa a los padres: cuando vean a sus hijos desviarse, antes de acusar a cualquier persona, deben preguntarse si en algún momento corrompieron su propia comunión con Dios. Aarón había fabricado el becerro de oro; sus hijos siguieron el patrón. La respuesta apropiada cuando Dios nos sorprende con nuestro pecado no es justificación sino silencio, humildad y arrepentimiento genuino.
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Este es nuestro cuarto mensaje acerca del carácter de Dios. Predicamos un primer mensaje que titulamos "En el principio, Dios". Predicamos un segundo mensaje que titulamos "Conocer a Dios es conocer sus caminos". Predicamos un tercer mensaje la semana pasada que titulamos "El pueblo que conoce a su Dios". Y este domingo yo estoy predicando acerca del Dios que no negocia su santidad, basado en Levítico 10 del uno al 11.
Pero antes de abordar el texto, permítame hacer algunos comentarios introductorios. Yo creo que es evidente que conocer a Dios, a un ser que es infinito, eterno, incomprensiblemente santo y de sabiduría inescrutable, es como emprender una tarea humanamente imposible de lograr. Y sin embargo, de alguna forma Dios nos ha revelado que hay algo de su carácter, hay algo de su ser que Él quiere que yo conozca. Porque Él reveló a través de Jeremías 9:24, que vimos en el mensaje anterior, que si había algo de lo cual tú y yo podíamos gloriarnos, que no fuera ni poder ni riqueza ni sabiduría humana, sino que nos gloriáramos de esto: que le entendemos y le conocemos. Y la razón por la que Dios entiende que eso es vital para nosotros es porque es la única manera como yo puedo aprender a relacionarme con Él y cómo vivir una vida de comunión con Él para disfrutar sus bendiciones.
Yo creo que hay algunos peligros cuando estudiamos a Dios. Yo creo que corremos el peligro, o quizás sea el mayor de los peligros en nuestra generación, de reducirlo en nuestra mente a una divinidad manejable que yo puedo manipular, engañar, que yo pueda como convertir a ese Dios en mi entendimiento como alguien que siempre está dispuesto a perdonarme de una manera tan superficial. Alguien en algún momento llegó a decir: "Yo puedo pecar porque Dios siempre me perdonará porque es su trabajo". Yo no creo que esa persona conoce a Dios. Ese puede ser el Dios de esta generación, pero ese no es el Dios de esta Palabra.
El otro peligro en el que yo creo que podemos incurrir es llegar a creer que llenar nuestras responsabilidades de la vida cristiana y vivir en comunión con Dios es la misma cosa. Como que pudiéramos llegar a conceptualizar a Dios de esta manera, de la misma manera que nosotros pagamos nuestros impuestos, que siempre y cuando yo esté al día no tendré problemas con la DGI, y mis impuestos serían la asistencia a actividades de la iglesia. Si me preguntas cuál es el problema número uno de la iglesia evangélica de nuestros días, sin pensarlo dos veces yo diría que es la trivialización del Dios que conoces. Hay dos problemas: uno, no conoce a Dios, y dos, lo trivializa. Y yo creo que nosotros necesitamos conocer a ese Dios y reverenciar a ese Dios de una manera muy diferente a como lo escuchamos incluso en muchos de los púlpitos de nuestros días.
Los teólogos, tratando de ayudarnos a entender a Dios, han clasificado sus atributos, que otros han llamado sus excelencias o sus perfecciones. Y hay unos atributos que le han llamado atributos morales, porque tienen que ver con su esencia pura, con su ser sagrado, con su misma esencia sagrada. Y ahí, bajo esa categoría, hablan de su santidad y de su carácter justo, y su amor, y su gracia, y su misericordia, y su benevolencia, y su bondad, y su celo, y su ira. Esos atributos también han sido llamados comunicables, porque hay algo de ellos que Él me puede comunicar. Yo puedo amar porque Dios de alguna manera me ha comunicado algo de su amor, y entonces ahora yo puedo amarle en retorno, o amarles a ustedes y ustedes a mí. Hay algo comunicable de estos atributos de Dios hacia nosotros.
Pero hay otros atributos que han sido llamados no morales, porque no tienen tanto que ver con su esencia moral, sino que tienen que ver más bien con propiedades intrínsecas de la divinidad, pero no directamente relacionadas a la moralidad de su ser, como es su omnisciencia y su omnipresencia, su omnipotencia, su infinitud, su eternidad, su sabiduría. Y esos atributos y algunos más han sido llamados no comunicables, porque no hay nada de su eternidad que Dios pueda pasar. No hay nada de su omnipresencia que Él pueda darme, no hay nada de su omnipotencia que Él pueda darme tampoco.
La Palabra de Dios nos deja ver que nosotros fuimos sacados de las tinieblas a su luz admirable con una sola intención, y esa intención fue que yo pudiera proclamar, yo pudiera reflejar las virtudes, las excelencias, las perfecciones, los atributos de Dios a un mundo que no le conoce. De manera que la intención de Dios en su redención no fue simplemente sacarte del infierno y la condenación. No, eso era parte de, pero Dios tenía la intención al mismo tiempo de tener agentes en las personas, seres humanos portadores de su imagen que pudieran reflejar lo que Él es, y lo que era la intención con Adán y Eva en el primer lugar, y que ellos no hicieron.
En esta ocasión estamos comenzando a ver los atributos de Dios uno por uno. En esta ocasión yo quiero que veamos el atributo que encabeza la lista de ellos en la mente de todos los teólogos o todos los eruditos de toda la historia. Este es el atributo de los atributos, para usar la terminología de J. I. Packer y otros teólogos del pasado. Este es el atributo que describe la esencia del carácter de Dios. Este es el atributo que ha sido considerado como la belleza de sus atributos o la armonía de sus perfecciones. Este es el atributo que define quién Dios es.
De hecho, en el Antiguo Testamento nosotros encontramos un pasaje con el cual estamos familiarizados, y es Isaías 6:3, que habla de que Dios es santo, santo, santo. Esta es la manera hebrea de enfatizar una cualidad. No hay ningún otro atributo que se haya repetido de esta manera; es más, no hay ningún otro atributo que se haya repetido dos veces. Un erudito, un autor en particular haciendo referencia a ese pasaje de Isaías 6:3, dice que ese solo versículo resume la esencia de todo el Antiguo Testamento. Y sin embargo, antes de finalizar la revelación de Dios, en Apocalipsis 4 ya nosotros volvemos a leer que nuestro Dios es santo, santo, santo, y que estos serafines de Isaías nunca se cansan de repetir la misma cosa.
El puritano Stephen Charnock, quizás el más famoso de todos por escribir cientos de páginas acerca de la existencia y atributos de Dios, con una edición hecha recientemente en 2022 a un lenguaje más entendible, dice que sin la santidad de Dios, escucha, sin su santidad tendría estas características: su paciencia sería una indulgencia para pecar; sin su santidad, su misericordia sería como un cariño; su ira sería una locura sin su santidad; su poder, una tiranía; y su sabiduría, una astucia inicua.
Es la santidad de Dios el atributo que los hombres odian. Lo repito otra vez: la santidad de Dios es el atributo que los hombres odian, porque es el atributo que hace que Dios visite sus juicios sobre nuestras iniquidades. No hay otro.
Desde un principio Dios ha enfatizado su santidad, porque es el atributo que mejor lo separa del resto de la creación. Cuando tú pienses en el universo tienes que pensarlo de esta forma: está Dios por separado y luego todo lo demás. Él es único en su clase. En el hebreo hay dos palabras muy relacionadas, suenan muy parecidas, siendo incluso traducidas a nuestro idioma como "santo". Y la primera es *qodesh*, que implica justamente eso: Dios es separado de todo lo demás, de todo el resto. Es un ser, como ya dije, único en su clase. No tiene igual, no tiene ni siquiera parecidos, ni remotamente parecidos en su santidad. Y la otra palabra del hebreo traducida como "santo" es *qadosh*, que implica puro, sagrado, santo. *Qodesh*, separado; *qadosh*, puro, sagrado, santo. De manera que Dios es sagrado, moralmente puro en su esencia, y es separado de todo lo demás en su existencia.
El salmista nos anima en el Salmo 96:9, versión Reina Valera, a adorar a Dios en la hermosura de su santidad. A veces tú has visto fotos de amaneceres que son extraordinarios, que mueven todas las fibras de tu imaginación. Recientemente he visto algunas de ellas en esta semana que pasó. Si eso es lo que un atardecer de la creación, en un lugar, por un momento corto, breve, es capaz de hacer con tu mente, imagínate la reacción que produciría si tú y yo fuéramos capaces de ver la hermosura de la santidad de Dios de la cual habla el salmista.
Y debido a todo lo anteriormente dicho, déjame decirte esto de la forma más pastoralmente posible que yo pueda, y me lo digo a mí mismo, porque tengo que tener aún más cuidado que ustedes al pastorear los rebaños de Dios: este es el atributo de Dios con el que tú y yo no podemos jugar, porque nos puede costar muy caro, o nos costará muy caro. Este es el atributo que hace que Dios reaccione con rechazo extremo a todo lo que es pecaminoso. No digo este rechazo extremo de forma hiperbólica; no, eso es para reflejar el vocabulario que Dios usa para hablar de todo aquello que no es santo como Él es. La Palabra de Dios usa adjetivos, usa verbos como "yo detesto", "yo odio", "yo aborrezco" todo lo que no es como yo soy: santo.
Recuerda que Dios dice en más de una ocasión: "Sed santos". No dice "como yo soy santo", porque esto es una imposibilidad, pero sí dice "sed santos porque yo soy santo". El hecho de que yo sea santo te obliga, demanda, que tú y yo vivamos y pensemos santamente.
La santidad de Dios es la explicación a la expulsión de Adán y Eva el día que ellos no solamente corrompieron sus vidas, sino que corrompieron el jardín que representaba la morada de Dios para con ellos. La santidad de Dios es la única explicación para la muerte cruel de su Hijo santo en una cruz no santa, el día que Él decidió tomar tu pecado y el mío sobre sus hombros. La santidad de Dios es la única explicación —no una ni la mejor, la única explicación— de por qué hay gente y habrá más gente en el infierno por la eternidad, en dolor, con llanto y crujir de dientes.
Pero cuando nosotros vemos los atributos de Dios de esa manera, se queda como algo conceptual, teológico, como que no entendemos bien. Y es por eso que yo quiero ayudarnos y ayudarme a ver la santidad de Dios interactuando con la pecaminosidad nuestra para entenderla mejor. El texto para hacer eso que escogí está en Levítico 10. Vamos a leer del uno al siete y luego ya hacia el final del ocho al once. Pero es a mí decirte primero: ¿qué pasó en el capítulo ocho y el capítulo nueve?
En el capítulo ocho nosotros vemos que Moisés consagró a Aarón y a sus cuatro hijos al sacerdocio. Aarón como sumo sacerdote y sus hijos como sacerdotes. En el capítulo nueve nosotros vemos acerca de la inauguración del tabernáculo de una forma tan extraordinaria que en un momento dado fuego salió de la presencia del Señor y consumió todos los sacrificios que estaban sobre el altar en un solo momento. Y la presencia de aquello fue tan extraordinaria que aquellos que estaban allí presenciando, todo el mundo se postró en tierra con temor y señal de reverencia, que es lo que nuestra generación no tiene y que por eso toma a Dios con liviandad. Eso pasó, eso describe Levítico 8 y Levítico 9.
Escucha ahora lo que pasó aparentemente el mismo día. Fuego sale de la presencia de Dios, el fuego se enciende en el altar de bronce, un fuego que jamás se apagaría. Pero Levítico 10, versículo 1, eso es que suena tan inmediato, tan el mismo día: "Pero Nadab y Abiú, hijos de Aarón, tomaron sus respectivos incensarios, y después de poner fuego en ellos y echar incienso sobre él, ofrecieron delante del Señor fuego extraño que Él no les había ordenado. De la presencia del Señor salió fuego que los consumió, y murieron delante del Señor."
Entonces Moisés dijo a Aarón: "Esto es lo que el Señor dijo: Como santo seré tratado por los que se acercan a mí, y en presencia de todo el pueblo seré honrado." Y Aarón guardó silencio. Moisés también llamó a Misael y a Elzafán, hijos de Uziel, tío de Aarón, y les dijo: "Acérquense, llévense a sus parientes de delante del santuario, fuera del campamento." Y ellos se acercaron y los llevaron fuera del campamento todavía en sus túnicas, como Moisés había dicho.
Luego Moisés dijo a Aarón y a sus hijos Eleazar e Itamar: "No descubran su cabeza ni rasguen sus vestidos, para que no mueran y para que Él no desate todo su enojo contra toda la congregación. Pero sus hermanos, toda la casa de Israel, se lamentarán por el incendio que el Señor ha traído," no por la muerte. Versículo 7: "Ni siquiera saldrán de la entrada de la tienda de reunión, no sea que mueran, porque el aceite de unción del Señor está sobre ustedes." Y ellos hicieron conforme al mandato de Moisés.
Este fue uno de los días más tristes de toda la travesía a lo largo del desierto. Uno de los días donde Dios tuvo que mostrar de una forma tan dolorosa que Él es el Dios que no negocia su santidad. Debió haber sido un día de celebración. El tabernáculo acababa de ser inaugurado, Aarón y sus hijos acababan de ser ordenados, y sin embargo terminó siendo un día de duelo, y no de cualquier duelo. El mismo día en que estos sacerdotes jóvenes, hijos de Aarón, se iniciaban en sus funciones sacerdotales, terminaron quemados por Dios.
Fuego salió de la misma presencia de Dios, de donde había salido el primer fuego horas antes para incendiar el altar de bronce. De allí mismo salió fuego y los carbonizó en medio de una experiencia de adoración por una sola razón: fue porque habían comprometido la santidad de Dios en el tabernáculo de Dios. El tabernáculo era como un microcosmos que Dios había especialmente santificado, consagrado, separado para Él, el único lugar en todo el planeta declarado santo, porque el resto de la creación había sido corrompida por el pecado. Y ahora estos jóvenes tienen la osadía de corromper el microcosmos santo que Dios había preparado para representar su morada con ellos.
¿Alguien pudiera preguntar y por qué la pena fue tan grave? ¿Cómo que por qué la pena fue tan grave? Dios creó un universo sin pecado para que funcionara perfectamente, y esta criatura, como dijo R.C. Sproul en una ocasión, creada de la tierra, del polvo, tiene la osadía en primer lugar de desafiar la autoridad y de no creer la palabra del Dios Creador, eterno, sabio, omnipotente. Y luego, cuando el mismo Creador crea un microcosmos para habitar en medio de su pueblo, estos descendientes de los primeros tienen otra vez la osadía de hacer algo que Dios no había autorizado, que Dios llamó fuego extraño.
No está cien por ciento claro qué fue lo extraño del sacrificio que ellos ofrecieron, pero hay algunas cosas que pudieran ser inferidas. Por un lado, la quema del incienso, de acuerdo a Éxodo 30, debía haber sido hecha por su padre Aarón, el sumo sacerdote, y no por ellos. En segundo lugar, de acuerdo con Levítico 16, que comienza diciendo "después de la muerte de Nadab y Abiú," una alusión directa a este pasaje, la entrada al Lugar Santísimo estaba reservada exclusivamente para el sumo sacerdote un día al año. No cualquier día, el día de la expiación. Y parece ser, dado lo que Levítico 16 describe, que este fue el lugar que ellos trataron de penetrar en el día equivocado.
Estos jóvenes no consultaron con Moisés, no hay evidencia de eso. No consultaron con Aarón al ofrecer este sacrificio, por tanto actuaron fuera de autoridad. De acuerdo a Levítico 16, las brasas de la llama de fuego para ofrecer este incienso debían haber sido tomadas del altar. No hay evidencia de que necesariamente haya sido tomado de allí. De hecho, la Biblia Hebrea con comentarios al pie, de tres volúmenes, de este autor altamente conocido Robert Alter, comenta... Este es un hebreo, este es un judío académico que ha producido esta Biblia extraordinaria de tres volúmenes. Comenta que de acuerdo a la tradición del judaísmo y su midrash, que colecciona todas las enseñanzas de rabinos del pasado, ellos han entendido que este fuego vino de un horno ordinario y no del altar de bronce. Quizás eso fue parte del problema.
El incienso para ser usado en esta adoración debió haber sido exclusivo. Escucha cómo Éxodo 30, versículos 37 y 38 lo describe: "El incienso que harás, no lo haréis en las mismas proporciones para vuestro propio uso. Te será santo para el Señor." Te será clave, te será santo para el Señor. Te será distinto, separado, único, exclusivo. Te será santo para el Señor. "Cualquiera que haga incienso como este para usarlo como perfume será cortado de entre su pueblo." El que hiciera incienso con esta fórmula para ser usado en cualquier otra función o lugar que no fuera en la adoración del tabernáculo, moriría. O el que preparara un incienso con una fórmula que no era la fórmula para este incienso y lo ofreciera a Dios en su adoración, moriría por igual.
Ahora, el menos probable. Esta semana yo he estado en este pasaje. Si algo tan sencillo... No te digo que he estado en este pasaje, no te digo que he estado estudiando como el que estudia medicina. Mi mente, mi corazón, mis emociones han estado en este pasaje. Si algo tan sencillo como el incienso que se usaba para brindar una aroma agradable al tabernáculo de Dios tenía que ser diferente, singular, exclusivo, ¿no debería nuestras vidas lucir diferentes a las vidas de aquellos que no conocen a Dios? ¿No debería nuestras vidas lucir y nuestros labios hablar y nuestros ojos ver y nuestros oídos escuchar de manera diferente que aquellos en quienes no mora el Espíritu de Dios?
Nadab y Abiú profanaron el tabernáculo ese día, el tabernáculo donde Dios moraba simbólicamente. Y la profanación del tabernáculo donde Dios moraba de manera simbólica les costó la vida. Imagínate ahora el problema que tú y yo tenemos, porque tú y yo somos como Nadab y Abiú, porque nos han llamado a ser real sacerdocio, y al mismo tiempo nosotros somos el tabernáculo de Dios donde mora, no simbólicamente sino realmente, el Espíritu de Dios. Imagina el peligro, por así decirlo, que representa que tú y yo profanemos el tabernáculo de Dios real versus el tabernáculo donde Dios moraba simbólicamente, que le costó la vida a estos jóvenes sacerdotes.
Y cuando nosotros hacemos eso, tarde o temprano llegarán las consecuencias. Y mientras más tarde llegan las consecuencias, peores ellas son, porque la tardanza de la consecuencia solamente revela la paciencia de Dios esperando por el arrepentimiento del pecador por días, semanas, meses. Y al final, cuando la consecuencia llega, es peor porque se fue acumulando con el paso del tiempo y el no arrepentimiento. Eso le pasó a Israel cuando se fue a Babilonia, que Dios esperó por ellos cientos de años.
Está claro que el sacrificio que estos jóvenes sacerdotes ofrecieron no fue del agrado de Dios. Cuando tú lees Levítico 8, tú te encuentras esta frase: "Moisés hizo como Jehová ordenó" o "como Jehová había ordenado," y tú encuentras la repetición de esa frase en Levítico 8 en los versículos 4, 9, 13, 17, 21, 29, 30 y 36, y Levítico 9:7, 9 y 10. Nueve veces Moisés hizo como Dios lo había ordenado.
Y ahora compara esa repetición de esa frase, "como Dios había ordenado," con esta otra frase en Levítico 10:1, de que estos hombres ofrecieron fuego extraño "como Dios no había ordenado." Y por tanto, versículo 2: "De la presencia del Señor salió fuego que los consumió, y murieron delante del Señor."
En un momento estos dos hijos de Aarón, el sumo sacerdote, corrompieron la adoración de Dios. Pero yo te dije la semana pasada que ellos corrompieron la adoración de Dios después que su padre, el sumo sacerdote Aarón, había corrompido la adoración de Dios el día que fabricó un becerro de oro y se lo entregó al pueblo para que ellos lo adoraran como los dioses que los habían sacado de Egipto, les decía.
Lo repito hoy de la forma más pastoralmente posible que yo pueda: Padres, la mejor garantía que ustedes tienen de que Dios quiera visitar con gracia a su descendencia es la vivencia de una vida santa.
De santidad delante de Dios y no simplemente una vida de aparente santidad delante de los hombres. No nos engañemos. No olvidemos nunca que los ojos del Señor recorren toda la tierra. No olvidemos que el Señor es omnisciente, pero como decía Steven Charnock, su omnisciencia es una omnisciencia santa, y cuando su omnisciencia santa ve lo que ve, Dios es movido a juzgar lo que ha visto por su santidad.
Padres, cuando vean a sus hijos desviarse, antes de acusar a cualquier persona o a cualquier cosa, pregúntate primero si es posible que en algún momento de tu caminar con Dios corrompiste tu comunión con él, porque Dios no negociaba su santidad. Nosotros tenemos hoy toda una generación que está siendo perdida a la ideología de género y el movimiento trans, y a la inmoralidad de nuestros días, y a la superficialidad de nuestros días, y a la vanidad de nuestro mundo. Una generación previa no hizo lo que le tocaba hacer y abandonó la ley de Dios, y como tal dijo Oseas en 4:6, como has olvidado la ley de tu Dios, yo también me olvidaré de tus hijos. Como dicen en inglés, la fruta no cae muy lejos del árbol. Qué le vio Nadab a Aarón: corrompió la adoración de Dios, y sus hijos también.
Horas antes, fuego de la presencia de Dios había incendiado, había iniciado el fuego sobre el altar de bronce, y el mismo fuego ahora consume a aquellos que estaban supuestos a ofrecer sacrificio sobre el altar. Pero ¿sabes qué? Este tabernáculo fue corrompido ese día; ahora somos tú y yo, y por eso tenemos que ser mucho más cuidadosos.
Mira el patrón. El día que Adán corrompió la santidad del jardín y por tanto la santidad de Dios, murió de manera instantánea espiritualmente, y físicamente unos novecientos y tantos años después, porque Dios no negoció su santidad y la paga del pecado es muerte. Por eso murió Jesús; si iba a pagar, tenía que morir. El día que David profanó a Betsabé, ella quedó embarazada, pero el día que ella dio a luz, el fruto de esa unión murió, porque la paga del pecado es muerte. El hijo en un sentido pagó las consecuencias del pecado del padre, porque Dios no negocia su santidad.
El día que Ananías y Safira en el Nuevo Testamento vendieron su propiedad, que no estaban obligados a hacer, y fueron donde Pedro para dar la apariencia —a ver, la santidad delante de los hombres— de compromiso entre los hombres, y le mintieron al Espíritu Santo como dice Hechos 5, diciendo que lo habían vendido por un precio que no era, murieron instantáneamente, porque como Dios ha revelado en Proverbios 12:22, los labios mentirosos son abominación al Señor.
Tú escucha el lenguaje que Dios usa para referirse a aquellas cosas que no son como él es, Santo. Él habla de detesto, aborrezco; en este caso le llama abominación. En Ezequiel le llama a nuestro pecado como impureza de una mujer menstruante, y a Israel lo acusa de que debajo de cada árbol frondoso ellos abrieron las piernas para fornicar con todo el que pasaba a su lado. Y es que el día que Uza tocó el arca del pacto murió instantáneamente porque violó la provisión de Dios de que nadie podía tocar el arca que representaba su morada. ¿Y por qué tan severo? Porque Dios no negocia su santidad.
No me imagino a Aarón, honestamente. La verdad, dice lo que es; el texto es bien denso, en el mejor sentido posible. Moisés va donde Aarón, o Aarón va donde Moisés, y esto es lo que Moisés le dice. Es como que Moisés no lo dejó hablar: esto es lo que el Señor dijo, como satisfacción seré satisfecho por los que se acercan a mí, y en presencia de todo el pueblo seré honrado.
Imagínate la intensidad de las emociones de Aarón. Me imagino que su corazón se sintió como derretido: mis dos hijos que fueron consagrados junto conmigo para llevar a cabo la adoración de Dios han sido carbonizados hoy, cuando apenas comenzaban. No me imagino su mente; debió haber quedado confundida como en una nebulosa. No me imagino su voluntad; debió haber sido reducida a la nada. ¿Qué sentido tiene seguir ejecutando o ejerciendo el sacerdocio? Porque quién sabe lo que le va a pasar a los otros dos y después a mí. ¿Así es que Jehová nos va a tratar?
Yo no creo que Aarón fuera donde Moisés en busca de consolación; no, ahí no la iba a conseguir tampoco. Fue donde Moisés en busca de una explicación, y Moisés le dio primero esto es lo que el Señor dijo: como Santo seré tratado por los que se acercan a mí. Estos jóvenes fueron entrenados. Si tú lees el texto de Éxodo, Éxodo 24, ellos subieron al monte con Moisés a recibir los Diez Mandamientos. Obviamente Moisés los dejó en un momento dado y se acercó a Dios y tuvo una comunión exclusiva con Dios, pero ellos estuvieron ahí, los cuatro con Aarón. Y en Levítico 8:30 se nos dice que ellos fueron consagrados junto con su padre, probablemente en el mismo día.
Había un lugar ahí en el tabernáculo, el Lugar Santísimo, donde solamente el sumo sacerdote podía entrar, donde solamente se podía entrar una vez al año, como hemos hablado. Solamente se podía hacer una vez al año, por una sola persona, en espera de que Cristo viniera; eso era lo que estaba simbolizando. Pero al mismo tiempo estaba simbolizando, ¿sabes qué? Al Lugar Santo los sacerdotes pueden venir todos los días. A los atrios el pueblo puede venir todos los días. Al Lugar Santísimo, una vez al año, una sola persona. En parte también nos comunicaba que mientras más cerca estamos de Dios, con más cuidado debemos andar. Santiago lo dice en el capítulo 3, que aquellos que somos maestros seríamos tratados con juicio más severo.
Si eso fue el fruto de profanar el tabernáculo de Dios, donde Dios moraba simbólicamente, imagínate el dilema que tú y yo tenemos: es que Dios está tan cerca de nosotros que está en nosotros. Y entonces el peligro no es de un solo día al año que entremos al Lugar Santísimo de manera inapropiada, sino que es continuo, porque yo soy el sacerdote y el tabernáculo al mismo tiempo.
Evidentemente los corintios no habían entendido o habían olvidado las instrucciones de Pablo, y cuando él escribe en su primera carta, escucha cómo los advierte: huyan de la fornicación; todos los demás pecados que un hombre comete están fuera del cuerpo, pero el fornicario peca contra su propio cuerpo. Eso pudiera ser una advertencia lo suficientemente fuerte, pero escucha esto, escucha la razón. Pablo está aquí actuando como pastor ahora. ¿O no saben? —es una pregunta— que su cuerpo es templo del Espíritu Santo que está en ustedes, el cual tienen de Dios, y que ustedes no se pertenecen a sí mismos. ¿Qué, es que no han pensado, no han considerado qué es esto que ustedes llaman cuerpo? No es simplemente un cuerpo; es el templo del Espíritu. Y hoy es la palabra Santo, pero Pablo se las quiere enfatizar: que está en ustedes. Si el sacerdote del Antiguo Testamento en el tabernáculo tenía que tener ese cuidado, cuánto más tenemos nosotros que tener cuidado. No podemos vivir como el mundo y ofrecer nuestra adoración como ellos a Dios, a ese Dios, porque eso sería fuego extraño. Si contaminamos durante la semana el templo del Espíritu y luego venimos el domingo a ofrecer adoración a Dios, yo creo que corremos peligro.
Hebreos 10, porque algunos pudieran estar pensando "eso es Antiguo Testamento". No, el Nuevo Testamento me lo agrava. Hebreos 10, del 28 al 31; entonces lo voy a leer en la Nueva Traducción Viviente que lo tiene un poco más claro. Pues todo el que rehusaba obedecer la ley de Moisés —eso era Antiguo Testamento— era ejecutado sin compasión por el testimonio de dos o tres testigos. Piensen, pues, cuánto mayor será el castigo para quienes han pisoteado al Hijo de Dios y han considerado la sangre del pacto, la cual nos hizo santos, como si fuera algo vulgar e inmundo, y han insultado y despreciado al Espíritu Santo que nos trae la misericordia de Dios. Cuánto mayor castigo, dice el autor de Hebreos, cuando he insultado al Espíritu que mora en mí.
Pero sigue el versículo 30: pues conocemos al que dijo yo tomaré venganza y les pagaré lo que se merecen. También dijo el Señor juzgará a su propio pueblo. No al impío, hermanos: a su propio pueblo. Yo con frecuencia he dicho que las condiciones de una nación donde ya se ha predicado el evangelio lo suficiente, cuando hay iglesias que se llaman cristianas lo suficiente, frecuentemente tiene más que ver con la condición espiritual del pueblo de Dios que de la nación que no le conoce. También dijo el Señor juzgará a su propio pueblo. Es algo aterrador caer en manos del Dios viviente.
Hermanos, Dios creó un universo, lo creó libre de pecado para que funcionara armoniosamente. A. W. Tozer lo escribió de esta manera en su libro El conocimiento del Santo: ese Dios es Santo, y ha hecho que su santidad sea la condición moral necesaria para la salud de su universo. Me voy a decir eso otra vez: Dios es Santo, y ha hecho que su santidad sea la condición moral —no una, la condición moral— para la salud de su universo.
El pecado hace disfuncionar el universo; lo hizo disfuncionar. El universo funcionó perfectamente hasta que el pecado entró en este planeta vía Adán y Eva. El pecado hace disfuncionar tu vida, tu matrimonio, tu familia, tu iglesia, tu mente, tus sentidos, tu capacidad para tomar decisiones y todo lo demás. De hecho, gran parte de la falta de paz interior en nosotros se debe a la falta de santidad en nosotros. Lo escribió Horatius Bonar en los años de 1800, uno de los hombres de Dios, escocés, que escribió múltiples himnos.
Piensa por un momento en el jardín del Edén: Adán y Eva estaban en perfecta paz hasta que el pecado entró. Estaban en paz con Dios, estaban en paz el hombre y la mujer, estaban en paz con los animales que hoy los consideramos como salvajes, estaban en paz con toda la creación, hasta que el pecado que hace disfuncionar todo entró. Y ese día Aarón fue recordado de que en presencia de todo el pueblo seré honrado: delante de Dios, delante de los hombres.
Creo que Aarón, entre el choque, la convicción de pecado, quizás el temor a las consecuencias, esta fue su respuesta: guardó silencio. No tenía nada que decir. Y llevo a mí, hermanos, hay momentos cuando Dios te sorprende a ti, a mí, sorprende con su santidad, sorprende con tu propio pecado, y en ese momento la respuesta ideal es guardar silencio delante de Dios. Y en humildad pedir arrepentimiento, confesar, pedirle su perdón por gracia. Y poder oír de parte de Dios lo que la mujer de Juan 8 oyó: "Vete y no peques más." O que yo puedo decir, incluso: "Señor, hoy me voy de tu presencia y te pido que por tu gracia yo no peque más."
El día fue tan triste, tan doloroso que su padre Aarón no pudo darles sepultura a sus hijos, no pudo llorarlos, no pudo hacer duelo por sus hijos. Se escucha como el pasaje lo dice, versículos 4 al 5: "Moisés llamó también a Misael y a Elzafán, hijos de Uziel, tío de Aarón." Estos dos hombres o jóvenes eran primos de Aarón, hijos de su tío. Y les dijo: "Acérquense, llévense a sus parientes de delante del santuario fuera del campamento." Y ellos se acercaron y los llevaron fuera del campamento, todavía en sus túnicas. Porque las túnicas no se habían quemado, las túnicas no eran las que tenían el pecado. Todavía en sus túnicas, como Moisés había dicho. Y estos primos fueron los que enterraron a estos dos jóvenes.
Y Dios le dice a Aarón que no podía desatarse el pelo, ahora déjame leértelo, ni rasgar su ropa, que era como se solía tradicionalmente hacer duelo para expresar tristeza. "No quiero ni siquiera eso, no vaya a ser que tú hagas eso y que con eso el pueblo vaya a interpretar," esa era la idea, "que están en desacuerdo, que tú y tus otros dos hijos están en desacuerdo. Y todos ellos están en desacuerdo con lo que yo he hecho, o que están airados con lo que yo he hecho."
Y el versículo 6 y luego, como se le dijo a Aarón y a sus hijos Eleazar e Itamar, los otros dos: "No descubran su cabeza ni rasguen sus vestidos para que no mueran, y para que Él no desate todo su enojo contra la congregación." Cuando el pueblo hacía duelo por alguien esto era lo que se acostumbraba a hacer. Ahora otros se van a encargar de enterrarlos, pero sus hermanos, o sea los israelitas, el resto del pueblo, toda la casa de Israel se lamentarán por el incendio que el Señor ha traído. Se lamentarán no por su muerte, porque su muerte Dios entendía que era justa y necesaria, sino porque Dios ha tenido que traer un juicio, ha tenido que traer un fuego para limpiar el tabernáculo que Él había consagrado horas antes y que ahora estaba corrompido otra vez.
Y eso como que nos recuerda a la visión de Isaías, que cuando él se vio como un hombre pecador, Dios envió a uno de sus seres angelicales con una tenaza y un carbón encendido y pasó fuego por sus labios para limpiarlo de su pecado. Y Dios envió fuego de su presencia para volver a santificar el tabernáculo que había sido desecrado, porque Dios no negocia su santidad.
Ahora, uno puede leer el versículo 7: "Ni siquiera saldrán de la entrada de la tienda de reunión," no es el tabernáculo, "y sus hijos tampoco," los otros dos. Y ellos hicieron conforme al mandato de Moisés.
Las últimas instrucciones dan como una idea de qué más pudo haber pasado, versículos 8 al 11, que te lo voy a leer ya cerrando. Escucha, el Señor le dijo a Aarón, esta es la única ocasión en todo el Pentateuco donde Dios le habló a Aarón directamente. Siempre fue a través de Moisés. En esta ocasión, en el contexto de la muerte de Nadab y Abiú, Dios, que ya había hablado a Moisés para que le hablara a Aarón, en esta ocasión decide hablarle a Aarón directamente y le dice: "Ustedes no beberán," eso es Aarón y sus dos hijos, "vino ni licor, ni tú ni tus hijos contigo, cuando entren en la tienda de reunión, para que no mueran." Algunos han postulado que quizás estos jóvenes estaban bajo la influencia del alcohol.
"Es estatuto perpetuo por todas sus generaciones, y para que hagan distinción entre lo santo y lo profano, entre lo inmundo y lo limpio, y para que enseñen a los israelitas todos los estatutos que el Señor les ha dicho por medio de Moisés." Esa era la función de Aarón y sus hijos, que eran sacerdotes. Pero no hay un Aarón hoy, ni hay levitas o sacerdotes hijos de Aarón o descendientes de Aarón. Nosotros somos ellos.
De manera que Dios entiende que tú y yo debiéramos vivir vidas que muestren a aquellos que no le conocen la diferencia entre lo santo y lo profano, entre lo inmundo y lo limpio. ¿Dónde yo veo eso? En 1 Pedro 2:9, donde se me dice que Dios nos sacó de las tinieblas a su luz admirable para que proclamemos, reflejemos sus virtudes. Si proclamamos sus virtudes será obvio ante el mundo que observa cuál es la diferencia entre lo santo y lo profano, entre lo inmundo y lo limpio.
Hermano, cuando Dios te sorprende, nos sorprende con un pasaje como este, con tu pecado, con un nuevo entendimiento de un pasaje, la única respuesta apropiada es: uno, humildad para llorar por tu pecado; dos, arrepentimiento de corazón para no hacer lo que, yo sé que el lenguaje es duro pero es inhabilidad, para que no ocurra lo que Pedro describe en su segunda carta, capítulo 2, versículos 21 y 22, cuando dice que no volvamos al vómito como el perro, y hace referencia a aquellos que conocieron el camino de la verdad y luego abandonaron la verdad y se volvieron como al vómito como el perro. No, no, no, no. Tres, estamos renunciando a nuestros pecados que hemos tratado de renunciar y no hemos podido. Cuatro, necesitamos la restitución cuando la restitución sea necesaria. Número cinco, necesitamos hacer una redededicación de nuestra vida para conocer a Dios de una manera como no lo hemos conocido, de tal manera que yo pueda ver a Dios de tal manera que no importa lo que el mundo me presente, eso pierda su atractivo, su color, su atracción y el deseo de experimentarlo.
Y finalmente, si Dios te sorprendió y por medio de su Espíritu y su Palabra te dio entendimiento de que sabes qué, "yo creo que yo estaba y que era cristiano, pero no lo soy," pues caminos similares: arrepentimiento, pedir perdón a Dios en base a la sangre de Cristo, porque nosotros entramos a un lugar santo, al lugar más santo por medio del Cordero. Y que le puedas pedir perdón a Dios en base a su gracia, su misericordia, que recibas el perdón de Dios, que puedas pedir a Dios que te empodere para vivir la vida que agrada a Dios.
Lo voy a orar, pero al finalizar el grupo de adoración va a venir, por quienes incluso oro, porque los que me acompañan o los que lideran también la adoración de nuestro Dios, y le pido a Dios que los preserve, los guarde, los siga usando. Pero como frecuentemente ocurre que al final de la predicación hay aplausos, no creo que es día para aplausos. Yo creo que es día para reflexionar y que puedas reflexionar ahí con Dios. Estás en diferentes estadios de santificación, diferentes caminos, con diferentes luchas. Nosotros necesitamos que Dios trate con nosotros.
Padre, gracias. Gracias porque Tú tienes palabras de vida eterna y palabras en tu revelación para limpiar nuestros caminos y limpiar nuestras mentes, limpiar nuestros labios, limpiar nuestro pasado, limpiar nuestro presente y preparar nuestro futuro. Nosotros te pedimos, yo te pido Dios como pastor en este momento de este grupo, que Tú puedas ser tan misericordioso como para abrir nuestros ojos, primero a tu gracia y tu misericordia que es capaz de lidiar con cualquier pecado de cualquier tamaño. Y luego que Tú nos abras los ojos a nosotros, a nuestro propio pecado, para ver lo oscuro del mismo. Porque nosotros no sabemos cuán negro, no sabemos cuán horrendo es nuestro pecado. Y que cuando yo vea la oscuridad de mi pecado, al mismo tiempo, al lado, yo pueda ver el reflejo de la gloria de tu gracia, de tu misericordia y de tu amor para con aquellos que se acercan a ti con corazón contrito. Y que Tú puedas perdonarnos. Y aquellos que sabían o los que no sabían pero descubrieron que realmente todavía no tenían salvación, Señor, en este momento que Tú puedas por medio de tu Espíritu moverlos a arrepentimiento, perdonar su pecado y puedan confesarte de todo corazón, recibir la sangre del Cordero para el perdón de sus pecados, confesar a Cristo como el único nombre bajo el cielo por medio del cual pueden ser salvos, y puedan pedirte a ti la ayuda por medio de tu gracia para ser empoderados y vivir una vida que a ti te agrade. En Cristo Jesús. Amén.