Integridad y Sabiduria
Sermones

El Dios del descanso

Héctor Salcedo 22 enero, 2023

Vivimos en un mundo marcado por la incertidumbre, el conflicto y la corrupción. Las tensiones entre naciones, las divisiones dentro de las familias, la fragilidad económica y el relativismo moral nos empujan hacia la ansiedad y el temor. Frente a este panorama, el apóstol Pedro ofrece una respuesta que puede parecer contradictoria: humillarse bajo la poderosa mano de Dios y echar sobre él toda ansiedad. No se trata de negar la dificultad ni de abandonar nuestras responsabilidades, sino de aceptar que Dios tiene control sobre nuestras circunstancias y confiar en que él se ocupará de nosotros.

La historia de José ilustra esta actitud. Vendido por sus hermanos, esclavizado y olvidado durante años, José tenía todas las razones para amargarse. Sin embargo, cuando finalmente se reencuentra con quienes lo traicionaron, les dice: "Ustedes pensaron hacerme mal, pero Dios lo cambió para bien." José no se amargó porque entendió que Dios no se había equivocado. En contraste, Pedro caminando sobre el agua comenzó a hundirse cuando dejó de mirar a Jesús y se enfocó en la tormenta. La diferencia entre ambos fue dónde pusieron su confianza.

Pedro presenta a un Dios poderoso, sabio y atento. El mismo Dios que sostiene un universo inconmensurable conoce nuestras necesidades y no nos olvida. Si una madre difícilmente olvida al hijo de sus entrañas, cuánto menos Dios a los suyos. Conocer estos atributos no como doctrina sino como realidad vivida es lo que transforma nuestra ansiedad en paz.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Bueno, pues le decía que para mí es un privilegio siempre poder compartir y reflexionar juntos la palabra. Esto que ocurre aquí, aunque es uno que predica, en realidad es un ejercicio que estamos todos haciendo juntos, porque el predicador está también bajo la autoridad de la palabra que predica. Y muchas de las verdades que nosotros predicamos son más grandes que nosotros, nos trascienden, y no necesariamente nosotros estamos viviendo del todo lo que aquí se indica; pero la idea es que eso nos gobierne y que vayamos en pos de lo que aquí se nos indica.

Así que, como ustedes saben, el pastor Miguel comenzó este año, el primer domingo del año, con una serie sobre el carácter de Dios. Fue algo que los pastores habíamos discutido al cierre del año pasado, y de hecho una serie del carácter de Dios fue lo que dio inicio a esta iglesia. Cuando se plantó la iglesia, se comenzó con una serie sobre el carácter de Dios, diferente a la que se está haciendo ahora, obviamente, pero con la misma importancia y trascendencia.

Y en este primer mensaje de este año del pastor Miguel, yo quiero recordar algunas frases que pudieran servir de introducción a lo que quiero compartir. Él decía que la mayor necesidad de la iglesia —y cuando decimos la iglesia estamos hablando de nosotros, o sea, la mayor necesidad de los hijos de Dios hoy y en cualquier otra época— es el conocimiento de su Dios. Dios es la plomada que endereza lo torcido, la brújula que señala la dirección en la que tú y yo deberíamos caminar. Son frases del pastor Miguel en ese primer mensaje.

Él decía que Dios es la roca sobre la que tú puedes y debes edificar tu vida. Sin Dios, la vida del hombre es como un laberinto en que no se determinan con claridad los próximos pasos. Y yo agregaría que sin Dios la vida también del hombre es como un barco a la deriva, sujeto a los embates, a las sacudidas del mar, de los vientos, y por lo tanto con una alta probabilidad de no anclarse en Dios, con una alta probabilidad de ser destrozada. Y eso es particularmente cierto en los tiempos que nos ha tocado vivir.

Después de Génesis 3, sabemos que el mundo cayó en pecado, y en toda época ha habido mucho pecado, mucha perversión. Pero sabemos que en los últimos días —que entendemos nosotros estamos viviendo— son tiempos particularmente difíciles, complejos e inciertos en todos los órdenes. Si vemos el plano de lo moral, quizás lo que mejor describe la moralidad de nuestros días lo dijo Isaías 5:20: a lo malo se le dice bueno y a lo bueno se le dice malo. Eso lo describió el profeta Isaías en el capítulo 5, versículo 20. Pero también en el libro de los Jueces leemos que en la época de los jueces, en su capítulo 17, dice que en aquellos días no había rey sobre Israel y cada uno hacía lo que le parecía bien ante sus ojos.

Ese es el ambiente moral en el que nosotros vivimos: un ambiente de relativismo donde cada quien hace lo que le parece bien a sus ojos, y donde lo malo es bueno y lo bueno es malo. Pareciera que las cosas están invertidas moralmente hablando en nuestra generación. Pero en lo espiritual las cosas no son mejores. El mundo está sumido en la idolatría del yo, donde la gente quiere vivir como le parece, como le gusta, como le conviene, a expensas de los demás, a expensas de las leyes, a expensas de lo que es bueno; pero quiere vivir para sí.

Y estas cosas han producido que estamos en un mundo extremadamente conflictivo a todos los niveles, comenzando con las naciones: nación contra nación o país contra país. Dentro de las naciones hay conflictos internos enormes. El mundo está convulsionado; no hay lugar donde no sepamos que hay una tensión, una división, una polarización de grupos al interno de los países. Dentro de las familias hay tensiones entre esposos y esposas; los matrimonios se rompen con facilidad, las estadísticas de divorcio suben. Los conflictos entre padres e hijos son cada vez mayores, donde el mensaje que reciben nuestros jóvenes en sentido general es que ellos tienen sus derechos —y ciertamente los tienen— pero eso implica que tus padres no tienen la autoridad que deberían tener sobre ti, y hay conflictos enormes adentro de las familias. Entre las iglesias hay conflictos y dentro de las iglesias hay conflictos. Vivimos en un mundo conflictivo.

Pero vivimos en un mundo también corrupto a todos los niveles, y ahí no voy a dar detalles, pero todos los días escuchamos de un nuevo escándalo de corrupción en cualquier tipo de organismo que pensemos: en la política, en la iglesia, donde sea. Y también vivimos en un mundo incierto: económicamente incierto, socialmente incierto, etcétera.

En medio de todo ese ambiente de incertidumbre, de corrupción, de conflicto, es hasta cierto punto normal que nosotros nos llenemos de temores, de preocupaciones y ansiedades. ¿Qué será de nosotros en el futuro? ¿Qué será de nuestros hijos en el futuro? A veces los jóvenes piensan y ven hacia adelante y se preguntan: ¿qué será de mí? ¿Qué será cuando yo sea profesional? ¿Podré encontrar un trabajo apropiado? ¿Me casaré yo con la persona correcta? ¿Tendré buenos hijos? Cuando vemos hacia adelante nos llenamos de angustia y de preocupación y de temor, porque hay tantas cosas fuera de nuestro control y sujetas a la perversión de nuestros días que nos preocupamos. Es como decía: estamos como en una especie de mar enfurecido y nos movemos con él.

Y en estas condiciones, bueno, ¿qué nos toca a nosotros hacer como hijos de Dios, como gente que conoce a Dios? La mayoría, la gran mayoría de los que estamos aquí, entiendo. Y yo creo que Pedro en su primera carta tiene algo que decirnos. La primera carta de Pedro —bueno, las dos cartas de Pedro que están en el Nuevo Testamento— se escribieron en parte, una de las razones de haberlas escrito, es que esta gente estaba pasando también momentos de dificultad e incertidumbre, momentos de persecución, donde ellos no sabían qué iba a ser de ellos en el futuro. Era un ambiente corrupto, perverso también en el Imperio Romano donde ellos habitaban.

Y Pedro tiene varios mensajes. De hecho, para que vean el contexto del pasaje que voy a exponer, pero para que entiendan el contexto, miren algunos pasajes de Primera de Pedro. Uno es 1:6; no tienen que buscarlo, yo lo voy a citar. Él les habla a ellos, dice que ahora, aunque por un poco de tiempo si es necesario, sean afligidos ustedes en diversas pruebas. O sea, Pedro les advirtió que ellos habrían de ser afligidos en diversas pruebas.

Luego en 4:12 se les dice: "Amados, no se sorprendan del fuego de prueba que en medio de ustedes ha venido para probarlos, como si alguna cosa extraña les estuviera aconteciendo." Ahí Pedro trata como de situarlos en la realidad y situar bien sus expectativas. O sea, ¿ustedes tienen expectativas de que van a salir invictos de este mundo, que aquí no van a encontrar dificultad? No, no, no, aquí no. Este es un mundo caído, difícil, complicado. Así que no se sorprendan cuando ven el fuego de la prueba, porque eso es parte normal de nuestra existencia.

Y en capítulo 5, versículo 9, hablando de los ataques del enemigo, de nuestro adversario, él les dice: "Pero resístanlo, firmes en la fe, sabiendo que las mismas experiencias de sufrimiento se van cumpliendo en sus hermanos en todo el mundo." O sea, sus hermanos también están sufriendo igual que ustedes, como ustedes.

Entonces Pedro, en apenas cinco capítulos, menciona al menos tres veces pruebas, dificultades, sufrimiento. Esta gente estaba pasando por momentos de angustia, situaciones que los llevaban a ellos a la preocupación, a la ansiedad, a la angustia.

¿Y qué le dice Pedro entonces a ellos? Y este es el versículo que quisiera exponer. Pedro, en su primera carta, capítulo 5, versículos 6 y 7, dice lo siguiente: "Humíllense, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que Él los exalte a su debido tiempo, echando toda su ansiedad sobre Él, porque Él tiene cuidado de ustedes."

O sea, a la pregunta de qué hago con mi ansiedad, con mi angustia, con mi preocupación, Pedro responde: humíllense bajo la poderosa mano de Dios, Él los exaltará a su debido tiempo, echen su ansiedad sobre Él, porque Él tiene cuidado de ustedes. Esa es la actitud espiritual interna que nos corresponde a nosotros como hijos de Dios en medio del mar enfurecido en el que vivimos, en medio de las dificultades que nos ha tocado enfrentar en este mundo caído.

Pero fíjense que Pedro en el versículo 7, al asumir... me dice "echando su ansiedad sobre Él," él asume que nosotros estamos ansiosos, que tenemos temor. Quisiera comenzar definiendo un poco esa palabra ansiedad: qué significa, qué implica, a qué Pedro está refiriéndose.

Y la palabra ansiedad en su lenguaje original, que fue el griego en el que se escribió el Nuevo Testamento, es como la persona que es halada en diversas direcciones. El que está ansioso está disperso, pensando en diferentes cosas, diferentes riesgos, diferentes situaciones que te tocan. Y yo diría que la ansiedad incluso se inventa muchas de las cosas por las que se produce: las piensas, las imaginas, las supones, las anticipas, a veces hasta las asas, porque yo sé que eso es lo que va a pasar. El ansioso es halado en diversas direcciones. Por eso la ansiedad se traduce también con sinónimos como angustia, como temor, como preocupación. Yo me preocupo de algo que no ha llegado, que no está aquí, pero yo me preocupo. Estoy en un estado de zozobra; ese es otro sinónimo para la palabra ansiedad.

Y esa situación, que es una situación hasta cierto punto normal ante situaciones que me amenazan, que son un riesgo para mí, es normal que genere cierto estrés. Cuando el mundo cayó en pecado, el hombre y la mujer cayeron en pecado, desobedecieron a Dios, una de las primeras emociones que se experimentó fue el miedo, fue la ansiedad, la angustia. Cuando Adán y Eva cayeron en pecado, nos dice Génesis que Dios llamó a Adán: "Adán, ¿dónde tú estás?" Y Adán responde: "Oí tu voz, Dios, en el huerto, pero tuve miedo y me escondí." Miedo. Eso no había aparecido en la creación original. O sea que el miedo, el temor y la ansiedad son producto de nuestra condición caída. Dios puede entonces redimir esa condición, hasta cierto punto revertir esa emoción que fue producto de mi caída, en el momento que le fallé al Señor, o que le falló la raza humana al Señor.

Entonces vuelvo y pregunto: ¿qué le toca al cristiano hacer en los momentos que le traigan ansiedad y temor a su vida? Bueno, nos toca —vuelvo luego al pasaje— humillarnos pues bajo la poderosa mano de Dios, para que Él nos exalte a su debido tiempo, echando nuestra ansiedad sobre Él, porque Él tiene cuidado de nosotros. Ahí lo personifiqué hacia nosotros el texto.

Entonces, ¿qué hacemos? Vamos a tratar de explicar en detalle lo que este pasaje significa para nosotros. Y aquí hay dos verbos que nos van a ayudar a entender lo que Pedro está diciendo, de manera precisa, cómo manejar la preocupación y la ansiedad de nuestras vidas. Es normal hasta cierto punto, pero no queremos vivir así, no queremos estar presas de eso. Obviamente, dentro de un ambiente como este siempre hay personas que son menos ansiosas y otras más ansiosas, pero todos experimentamos ansiedad y preocupaciones, todos experimentamos cierto grado de temor y angustia en momentos específicos de nuestra vida o de manera regular.

Lo primero que Pedro nos dice en el versículo 6, el primer verbo, es: humíllense. "Humíllense, pues, bajo la poderosa mano de Dios." Parecería contradictorio: a una persona que está experimentando angustia y ansiedad y temor se le dice además "humíllate, ponte de rodillas." El hombre está descabezándose y entonces tú le dices que se humille. ¿Cómo así, Pedro?

Bueno, hay que entender la teología de Pedro detrás de esto. La palabra humillarse en este caso implica literalmente colocarse debajo de la poderosa mano de Dios. Pedro asume, supone, que todo lo que nos acontece, sea bueno o malo entre comillas —incómodo, no placentero, doloroso, aflictivo, lo que sea— todo lo que nos ocurre pasa bajo el control de Dios. Eso es lo que Pedro está suponiendo.

Ahora bien, cuando a nosotros nos pasan estas cosas en la vida, nosotros tenemos una tendencia al no sometimiento. Tenemos una tendencia a resistirnos al dolor, a la aflicción, a la dificultad. Tenemos actitudes a veces de queja en nosotros: "¿Por qué a mí? ¿Por qué esto? ¿Por qué ahora?" De murmuración: "Esto no es justo." Hasta cuestionamos los tratos de Dios. Acusamos a Dios verbal o implícitamente en el corazón, ya sea de injusticia o de desdén: "Dios me ha olvidado, Dios no me tiene en cuenta, Dios no me ama." De hecho, yo he hablado con personas que han dicho eso verbalmente. A veces no lo decimos, pero lo pensamos. Y en esa reacción ante la dificultad, la incertidumbre, la angustia, nosotros nos rebelamos y hasta queremos exigirle a Dios un trato diferente hacia nosotros.

Por eso Pedro dice: "Humíllense, pues, bajo la poderosa mano de Dios." El primer componente de lidiar con estas cosas angustiantes en nuestra vida es decir: "Señor, si tú has dispuesto esto para mí, dame la fuerza, dame la sabiduría, dame el entendimiento que necesito para enfrentarlo." Es entender que nuestras vidas están bajo el control de Dios.

En un momento dado, el profeta Jeremías recibe una palabra de Dios. Dios le dice: "Jeremías, vete a la casa del alfarero." El alfarero era un artesano del barro que confeccionaba vasijas, vasos, utensilios a partir del barro sobre una rueda. No sé si todos tienen la figura del alfarero: sobre una rueda que da vueltas, pone el barro y le va dando forma con sus manos. Dios le dice: "Mira al alfarero, lo que está haciendo." En Jeremías 18 se nos cuenta esta historia. Es una historia real. Jeremías está viendo lo que el alfarero está haciendo y dice que en el momento que Jeremías ve, la vasija se echó a perder. La que él estaba haciendo se rompió, y el alfarero lo que hizo fue tomar el barro, lo deshizo completamente y comenzó una vasija nueva.

Entonces Jeremías dice, en el versículo seis, oigan lo que Dios le dice a Jeremías: "¿Acaso no puedo yo hacer con ustedes, casa de Israel, lo mismo que hace este alfarero?", declara el Señor. "Tal como es el barro en manos del alfarero, así son ustedes en mi mano, casa de Israel." Dios está diciendo a través de Jeremías: "Yo soy soberano sobre sus vidas, yo soy el que tengo control de lo que ocurre, yo tengo el derecho de hacer eso."

Para Pedro, las situaciones angustiantes, difíciles en la vida, no son producto de Satanás, no son producto de las personas malas que están alrededor de nosotros, no son producto de la mala suerte. Son producto del trato de un Dios soberano en nuestras vidas. Y lo que se requiere entonces es una actitud de aceptación. Obviamente, si hay circunstancias difíciles que nosotros podemos cambiar, perfecto. Esto no excluye que yo quiera cambiar mi condición; esto me está hablando de la actitud interna ante la situación. Pero esa falta de aceptación, esa falta de humillación ante la poderosa mano de Dios, es lo que hace que en nosotros haya ruido, haya ansiedad y angustia, porque no terminamos de aceptar que Dios está en control. Y Dios está en control, y estas situaciones vienen a nosotros no de manera arbitraria, sino de manera estratégica, en el sentido de que Dios tiene un propósito: detallar en nosotros la imagen de su Hijo, Jesús.

El pastor Keller, hablando de la preocupación y demás, decía —oigan esto—: "La preocupación es no creer que Dios va a hacerlo bien, y la amargura es creer que Dios se equivocó." Eso es profundo. Cuando tú estés preocupado, no me refiero a un pensamiento como, por ejemplo: "Quiero que a mi hijo le vaya bien en el futuro", "¿Qué será de mis finanzas en el futuro?", "¿Tendré yo en el futuro una enfermedad?" No son esas ideas que nos vienen, que son normales, sino la angustia producida por una reflexión en estas cosas. Esa angustia, esa preocupación, es yo pensar —cuando me preocupo y me pesa y me angustia— que Dios no va a hacerlo bien. Y cuando termino resintiéndome, amargándome con algo que me pasó o me está pasando, es porque yo pienso que Dios se equivocó: "No debió ser así, Dios debió hacerlo diferente." Entonces eso es lo que nos pasa con la preocupación: es una falta de confianza en Dios.

En un momento dado, el apóstol Pedro experimentó algo de esto que puede ilustrar lo que estoy tratando de decir. Ustedes conocen la historia; la mayoría conocen la historia. Cuando el Señor Jesús les dice a los discípulos: "Vayan al otro lado", ellos se van en una barca, Él se queda en la costa. Y en la noche, el Señor Jesús decide algo sencillo: caminar sobre las aguas. Y Él se va, como si fuera el mirador, cruzando el mar de Galilea. Él va tranquilo por encima de las aguas. Los apóstoles, con razón —porque a veces nosotros somos muy duros con los apóstoles, pero estamos representados en ellos— dicen: "¿Qué es esto? ¿Qué es lo que estamos viendo? ¿Qué es lo que pasa?" Y dicen: "Es un fantasma, es una alucinación. ¿Qué es lo que está pasando?" Y el Señor les dice: "No, no teman, soy yo." Y Pedro le dice: "Si eres tú, mándame a llamar, que yo vaya a ti caminando sobre las aguas." El Señor le dice: "Ven."

Y Pedro, increíblemente osado, valiente, se sale de la barca en medio de la tormenta, comienza a caminar sobre las aguas de manera extraordinaria. Y Pedro —yo no me imagino la sensación, lo que Pedro se está diciendo—: "¡Wow! Esto es increíble, impresionante. ¿Qué es lo que está pasando? ¡Yo camino sobre las aguas!" De repente, nos dice el texto que Pedro se comenzó a hundir. El Señor Jesús viene y lo rescata; él clama, el Señor Jesús viene y lo rescata. El Señor Jesús le dice: "¿Por qué dudaste?" ¿Qué fue lo que pasó en Pedro? ¿Por qué? ¿Por qué Pedro comenzó a hundirse? Bueno, lo que está implícito en el relato es que Pedro comenzó a ver las olas, el viento, su poder, su bravura, y entonces comenzó a ver más poder en el viento y los mares que en el Señor Jesús. Y eso llevó a Pedro de una posición de confianza —que lo sacó de la barca— a una posición de angustia que lo hizo sucumbir. Él pensar que los problemas, las angustias, o sea, estas olas, eran más poderosas que su Señor, inmediatamente se comenzó a hundir.

Pero en otra ocasión pasó lo contrario con una persona que ustedes conocen, un personaje que está en el Antiguo Testamento. En Génesis 50, desde el capítulo 37, se nos comienza a hablar de José, el hijo de Jacob. Jacob tenía doce hijos; José era su hijo menor. José es vendido por sus hermanos y llega a Egipto vendido como esclavo, y ahí pasa muchísimos problemas y situaciones difíciles. José era apenas un adolescente, pero un muchacho fiel, un muchacho confiado en Dios, increíblemente maduro. Luego de aproximadamente unos quince años de pasar trabajo en Egipto —de una manera que no voy a exponer aquí porque no se trata de exponer ese pasaje o esa historia—, José llega a una posición de preeminencia en Egipto.

Y estando en esa posición de preeminencia en Egipto, viene una gran hambruna sobre Egipto y sobre las tierras vecinas de Egipto, dentro de las cuales estaba Canaán, que era donde vivía su familia. Su familia viene buscando ayuda a Egipto, buscando alimento, y José es el primer ministro de Egipto, el funcionario más importante. En algún momento José se encuentra con sus hermanos. Sus hermanos se encuentran con él, pero no lo conocen. José los conoce a ellos, pero ellos no conocen a José. Ellos hace muchísimos años que no lo ven; lo dejaron de ver cuando tenía como quince años. Ahora José tiene más de treinta años, está como primer ministro; sabe Dios si se dejó la barba, no sé qué hizo que no lo conocieran, pero no lo conocieron.

Lo increíble es —y aquí es que va mi punto— que José tenía todas las razones humanas para amargarse, para resentirse contra sus hermanos, para desquitarse con ellos y cobrárselas a sus hermanos, ¿verdad? Ellos vienen en busca de ayuda, José les presta la ayuda. En un momento dado, José se les revela y dice: "Yo soy José, su hermano, a quien ustedes vendieron." "¿Qué?" Y ellos, mira lo que pasó: se pusieron, entraron en temor, porque pensaron que José se iba a desquitar con ellos. Y José les dice: "No teman." En Génesis 50:20, lo que les dice: "Ustedes pensaron hacerme mal, pero Dios lo cambió para bien, para que sucediera como vemos hoy y se preservara la vida de mucha gente."

José no se amargó porque entendió que Dios no se equivocó. La confianza en Dios, la fe en Dios de José, el atribuirle a Dios que Dios sabe lo que hace en medio de mis circunstancias, le permitió a José estar bien, emocionalmente sano, fuerte. Y de eso se trata humillarse bajo la poderosa mano de Dios. José se humilló bajo la poderosa mano de Dios y pudo pasar emocionalmente este suplicio y no amargarse contra sus hermanos, porque él sabía que no eran sus hermanos los responsables de que él estuviera ahí. Increíblemente, era Dios el responsable de que él estuviera ahí. ¡Wow!

Y eso es lo primero que Pedro nos dice: humillarnos bajo la poderosa mano de Dios. Dios es el que está a cargo de nuestras circunstancias, de nuestras situaciones, de nuestro futuro, del futuro de nuestros hijos, de lo que va a ser de nosotros el día de mañana, de si nos enfermamos o si no nos enfermamos. Al final, hermanos, lo que nos pueda pasar en este cuerpo frágil, caído, temporal, no trasciende la eternidad. Esto es algo corto, esto es pasajero aquí, más corto de lo que nosotros nos imaginamos.

Todavía yo no estoy convencido de la edad que me dicen que yo tengo. Bueno, sí, porque la edad es un indicador cronológico de cómo pasa la vida. Pero a mí la vida me ha pasado y yo no me he dado cuenta realmente. Yo me están diciendo una edad que yo no estoy totalmente de acuerdo con ella. Pero la vida es corta, breve; Dios tiene control de ella. Humillémonos bajo la poderosa mano de Dios.

Lo otro que Pedro les dice, entonces: "Humíllense bajo la poderosa mano de Dios y Él, a su debido tiempo, les levantará." Luego dice en el versículo 7: "Echando..." —es el otro verbo— "echando toda su ansiedad sobre Él." Echando, tirar sobre Dios las ansiedades, las angustias que nosotros estamos sufriendo, sintiendo, experimentando dentro de nosotros. Otra forma de traducir esa frase de echar nuestra ansiedad sobre Él es hacerlo a Él responsable de nuestras preocupaciones. No de nuestras ocupaciones, que nos tocan, que nos corresponden, pero sí de nuestras preocupaciones, de lo que nos angustia, de lo que nos aflige.

Y hay una conexión entre esa frase y la primera. Bueno, yo me humillo bajo la poderosa mano de Dios cuando comienzo a echar sobre Él, a descansar en Él, mis angustias y mis ansiedades. Y ese echar la ansiedad sobre Él es lo que nos toca a nosotros. Esa expresión significa literalmente confiar en Dios; ese echar es confiar en Él.

En un momento dado, a los discípulos también les comenzó a llegar un sentimiento de angustia, de turbación, de preocupación, porque el Señor Jesús estaba hablando de que Él iba a morir, de que Él iba a ser crucificado, de que Él se iba. Y obviamente, los discípulos habían puesto todas, toda su inversión de vida estaba en Jesús, su maestro. Tenían tres años siguiéndolo de manera ininterrumpida, vivían con Él, era alrededor de su ministerio que su vida se desarrollaba.

A ver, Jesús dice que se va a morir, que lo van a crucificar, ¿y qué hacemos? En el versículo uno del capítulo 14 de Juan, perdón, les dice: "No se turbe su corazón, no se preocupen, crean en Dios, crean también en mí." Y la palabra "crean", la Nueva Traducción Viviente, que es una traducción más fácil de entender, la traduce como "confíen en Dios, confíen también en mí". El yo echar mi preocupación, el yo confiar en Dios, de eso se trata: yo confiar en que Él se ocupará de mí. De eso se trata este echar mis preocupaciones sobre Dios, pero como decía, esto no implica que yo voy a dejar de hacer lo que me toca hacer.

Ignacio de Loyola decía: "Haz las cosas como si todo dependiera de ti, y confía en Dios como si todo dependiera de Él." Hay cosas en las que nos tenemos que ocupar, pero en cuanto a mi sentir interno, si eso es lo que yo estoy haciendo, si va a hacer lo que debe hacer, si va a producir lo que debe producir, si voy a lograr lo que debo lograr, no, yo se lo dejo a Dios. Yo hago lo que me toca; ahora, la preocupación yo se la dejo a Dios. El que sabe que Dios se ocupa de él no se preocupa por sí mismo. Si yo estoy convencido de que Dios está en mí, yo no me preocupo, porque Él está atento.

Y esos son los dos verbos que Pedro utiliza, de qué es lo que nosotros tenemos que hacer. Nosotros tenemos que humillarnos, aceptar los designios de Dios, las condiciones en las que Dios nos ha colocado, sabiendo que vienen de Él, porque Él quiere hacer una obra en nosotros. Humillarnos bajo la poderosa mano de Dios y echar nuestras ansiedades y preocupaciones sobre Él, confiando en que Él va a tomar control.

Bueno, ¿y cómo confío? Porque eso es algo que está dentro de mí, es una cosa que yo siento. ¿Cómo yo me puedo hacer más confiado en Dios? Pero ¿cómo yo puedo hacer que mi corazón confíe? ¿Cómo yo puedo echar mis preocupaciones en Dios y, echando mis preocupaciones en Dios, yo dejar de preocuparme por esas cosas? ¿Cómo funciona eso? Eso funciona conociendo a Dios. Eso funciona conociendo a Dios.

Por eso yo empecé el mensaje hablando de que la serie del carácter de Dios iba a ser como una introducción a mi mensaje de hoy, a mi reflexión de hoy. ¿Cómo yo puedo confiar en Dios? Mientras más yo conozco a Dios, menos me preocupan las circunstancias difíciles, inciertas o aflictivas de esta vida. Mientras más yo conozco a Dios, menos preocupación yo experimento, menos ansiedad yo experimento. Mi nivel de ansiedad y preocupación es un buen indicador de mi grado de conocimiento de Dios.

Y Pedro, en estos cortos dos versículos, nos habla del Dios en el que él nos está diciendo: "Humíllense y echen su ansiedad sobre Él." Pedro habla de este Dios porque necesitamos saber a qué Dios o sobre qué Dios es que vamos a tirar nuestras ansiedades.

Y pongan atención entonces ahora a otras palabras, no a los verbos. Miren lo que Pedro dice, otra vez lo leo, los versículos: "Humíllense, pues, bajo la poderosa mano de Dios." Pedro está hablando del poder de Dios, de que estamos frente a un Dios poderoso. "Para que los exalte a su debido tiempo." ¿Qué es lo que implica eso? Bueno, hay un tiempo debido, Dios está haciendo algo, Dios sabe cuándo. Ese es un Dios sabio; es un Dios poderoso, es un Dios sabio. Y dice: "Echando toda su ansiedad sobre Él, porque Él tiene cuidado de ustedes." Este es un Dios atento, un Dios amoroso, un Dios para el que yo soy importante.

Entonces, esta combinación de atributos es como el caldo de cultivo perfecto para la confianza. Si yo entendiera el poder, la sabiduría y el amor de Dios por mí mejor, yo confiaría más. Mucho más, si yo puedo entender esos tres atributos. Y es una combinación interesante de atributos, pero conocer esos atributos... Porque uno puede decir: "Bueno, yo sé que Dios es poderoso, que es sabio, y que atiende nuestras necesidades y nuestras vidas, yo lo sé eso." Para gente que lo sabía aquí, a nivel craneal, teológico, doctrinalmente hablando, tenemos la información.

El asunto es que el conocimiento de Dios no ha sido adquirido por nosotros, a menos que ese conocimiento nos haya cambiado de alguna manera. Si yo digo "Dios es poderoso" y yo no confío en su poder, yo no he conocido su poder; yo sé de su poder, pero no conozco su poder. Si yo digo que Dios es sabio, pero no me dejo guiar por su sabiduría, yo he oído de la sabiduría de Dios, pero yo no conozco su sabiduría. Entonces, yo conozco su poder y conozco su sabiduría en la medida que yo me deje transformar por esa información de Dios. Es que el conocimiento de Dios no es un conocimiento craneal, doctrinal; es un conocimiento práctico en mi vida. Y si no veo cómo ese conocimiento se ha traducido en una vida transformada, yo no conozco a Dios.

En Oseas leemos, en su capítulo 6, que Dios le dice al pueblo: "Mi pueblo perece por falta de conocimiento." Y sabemos, porque leemos un poquito más arriba, que es conocimiento de Dios del que se carece. En otro texto, Daniel 11:32, hablando de una situación difícil, proféticamente, el profeta Daniel está hablando hacia adelante: van a haber situaciones muy difíciles que se van a vivir en el mundo, y dice: "Pero el pueblo que conoce a su Dios se mostrará fuerte y actuará." Es un pueblo que se muestra fuerte porque conoce a Dios; es un conocimiento no doctrinal, es un conocimiento que les ha hecho fuertes, los ha transformado.

Entonces, muchos de nosotros conocemos estas doctrinas, estas verdades teológicas acerca de Dios, pero cuando nos vienen los problemas nos volvemos un ocho, como decimos aquí en el mundo mexicano. No sabemos cómo responder, nos llenamos de angustia ante la primera mala noticia, ante cualquier situación aflictiva. Decimos: "Prueba que ahí donde está tu conocimiento de Dios." No está aquí en la cabeza, pero no está en el corazón y en la vida, no ha bajado. Y posiblemente esa situación aflictiva está diseñada precisamente para que tú puedas conocer más a Dios y puedas decir como Job. Llegó un momento de su vida y dijo: "Señor, he oído de ti, pero ahora mis ojos te ven más claramente, más precisamente te veo."

Entonces, Pedro habla de estos tres atributos, una combinación, como les decía, muy particular que Pedro hace de presentar a Dios como poderoso, sabio y atento a nuestras necesidades. Es una combinación muy potente para aumentar nuestra confianza.

¿Y por qué yo digo que es una buena combinación, una combinación muy potente? Bueno, pensemos en el poder. Si yo voy a poner mis ansiedades y mis preocupaciones en manos de alguien, yo quiero que sea poderoso. A veces nosotros tenemos una situación difícil en un comercio, en una tienda, lo que sea, y decimos: "Llévame al gerente." ¿Verdad? ¿Por qué eso? Bueno, llévame al que resuelve aquí, el que tiene el poder de cambiar esta situación de injusticia que se está cometiendo contra mí, el mejor cliente de esta tienda. Quizás estoy gastando 25 pesos, pero búscame al gerente. Cuando tenemos una situación en una oficina gubernamental, queremos hablar con el presidente. Él va a resolver. Nosotros ponemos nuestra confianza en gente poderosa. Ponemos nuestra confianza en seres poderosos.

Entonces Pedro, lo primero que hace aquí es: "Humíllense bajo la poderosa mano de Dios." Hermanos, todo lo que tú puedas pensar acerca del poder de Dios se queda corto. Se queda absolutamente corto. Hace un par de semanas yo hablaba con un hermano que me decía que él no entendía la dimensión del universo. Yo no lo entiendo tampoco, pero decía: "Es que hay como un desperdicio de espacio. Hay como un desperdicio cósmico. ¿Para qué Dios hizo un universo tan grande?" Y desde un universo tan grande, de todo el universo conocido, de lo poco que se conoce del universo, hay un rinconcito, la Tierra, donde hay vida. No se conoce un microbio fuera de aquí. Entonces, ¿para qué Dios hizo un universo tan grande? Yo diría: "Bueno, será una indicación de la profundidad de mi desconfianza." Quizá viendo el universo yo puedo tener un poco más de confianza en el Dios en el que yo digo creer.

El Salmo 8, el salmista decía: "Oh Señor, cuando veo los cielos, cuando veo las estrellas que tú formaste, yo me digo: ¿qué soy yo? ¿Qué es el hombre para que tú te acuerdes de mí?" La vastedad del universo. De hecho, el universo es tan grande que ha llevado a los que no creen en Dios a no creer en Dios, que es el efecto contrario que se debería producir en la mente del hombre. Es tan grande y tan perfecto, porque todo está en base a leyes físicas y no es un caos que vemos allá afuera. Hay orden, hay estética, hay diseño.

Y cuando hablamos de distancias, si hablamos de velocidades, ahí que a mí se me aprieta la cabeza. Yo no las voy a citar todas, pero recientemente veía un video donde decían que la velocidad de la luz, que es 300 mil kilómetros por segundo, le da a la Tierra la vuelta en un segundo ocho veces. En un segundo, la luz le da a la Tierra la vuelta ocho veces. En un segundo, ocho veces a la Tierra, al globo terráqueo. Entonces, ustedes saben que las distancias cósmicas, como son tan grandes, no se puede hablar en kilómetros porque no hay números para eso. Se tiene que hablar en distancias de años luz, y que la distancia entre la Tierra y la próxima estrella más cercana está a cientos de años luz. Y en un segundo tú le das la vuelta a la Tierra ocho veces. Calcula. Yo no lo puedo calcular.

Entonces, todo lo que tú puedas pensar acerca del poder de Dios se queda absolutamente corto. Los que más saben del universo no conocen ni el uno por ciento. Los más doctos, con tanto telescopio como se pueda inventar, el hombre se queda absolutamente corto ante la vastedad del universo, que nuestro Dios dice que lo tiene en la palma de su mano. Me da la vuelta la cabeza. El poder de Dios.

Pero vemos el poder de Dios más cerca. A veces lo vemos en una cascada, lo vemos en un río, lo vemos en los mares, lo vemos en los grandes monstruos marinos, lo vemos en los animales, lo vemos en la creación de un ser como tú y como yo, que cada molécula de nuestro ser es una maravilla de la creación, una maravilla.

Y no sé si han escuchado unos videítos que andan por ahí de un sacerdote que es un apologeta, un defensor de la fe y de la creencia en Dios, y él pone el ejemplo de un huevo. Hablando del poder de Dios, dice: "Tú has visto un huevo". Y la gente se dice: "Sí, sí hemos visto un huevo". Pon un huevo bajo un bombillo, 21 días, y sale un pollito. Pero si tú lo rompes, tú ves la yema, tú ves la clara, ¿dónde está el pollito? Pero a los 21 días con luz solamente, no le hagas nada, luz, sale un pollito con alitas, con piquito, con paticas, un pollito. Señores, la complejidad genética que tiene que ocurrir para que se confeccione un avecilla a partir de un huevo, hoy en día ni creo que en el futuro la ciencia va a poder reproducir la vida, solo Dios.

Entonces, Pedro dice: "Sométanse, pues humíllense a la poderosa mano de Dios". Nuestro Dios es absolutamente poderoso, pero no solamente eso. Él luego dice que nos sometamos a su poderosa mano, pues él los exaltará a su debido tiempo. A su debido tiempo, él sabe cuándo, él es sabio, porque él tiene que combinar el atributo de poder con el atributo de sabiduría, porque hoy no me sirve el poder sin sabiduría. Para calmar mis ansiedades, no me sirve. Si yo quiero calmar mis ansiedades, yo quiero que la persona tenga poder, pero que sea sabia.

A veces vemos un toro, ¿verdad? Un toro es buey. Es poderoso, un animal poderoso, pero tú no confías en él. De hecho, cuidado, que si andas cerca, cuidado. Yo no confío en un dictador. El dictador puede ser poderoso, pero es caprichoso. Es autoritario, no es confiable. Entonces, Pedro combina el poder con la sabiduría de Dios. Dios, a su debido tiempo, él sabe cuándo. Dios no nos pone a sufrir de balde, de manera arbitraria, él tiene un propósito en mente. Todo lo que hace Dios tiene sentido. Hay una idea detrás, una idea noble, una idea virtuosa, una idea piadosa, dirigida por su amor, con nosotros en la mira.

Entonces, Dios es sabio y la sabiduría de Dios tiene soluciones a mis situaciones que son inimaginables. A veces nosotros tenemos un plan A y un plan B, ¿verdad? Dios tiene un plan X, un plan Z y un plan que no está ni siquiera en nuestro abecedario. Son cosas que uno no puede pensar. Ponte a razonar el plan de salvación y el plan de redención, de que Dios desde la eternidad pasada confeccionó un plan donde su Hijo, la segunda persona de la Trinidad, vendría a morir por pecadores como nosotros. Vendría, se haría carne para morir por nosotros. Es una cosa inimaginable. Satanás tan astuto, ¿se lo imaginó? Se sorprendió literalmente, se sorprendió. La Biblia dice que los ángeles están sorprendidos viendo las obras de Dios, lo que Dios está haciendo a través de su plan de redención. La sabiduría de Dios, Pablo dice, es insondable, es inescrutable. Sus pensamientos son muy diferentes a los míos, pero son sabios.

Es el segundo atributo que Pedro habla aquí: que mi Dios es poderoso, mi Dios es sabio. Ahí va mejorando mi confianza. Si yo conociera mejor su poder y su sabiduría juntos, ¡oh! eso aumentaría mucho mi confianza. Pero Dios no es solamente poderoso y sabio, Dios es amoroso, atento.

La segunda frase del texto, el versículo 7, él dice: "Pongan, echen sus ansiedades sobre él porque él tiene cuidado de vosotros, de ustedes". Es el broche de oro de estos tres atributos para conocer al Dios en el que nosotros decimos creer. Pensemos, Dios es poderoso y sabio, pero nosotros, si no fuéramos el foco de su atención, no nos daría paz. Ok, mi presidente es poderoso y sabio, pero no sabe que yo existo, ¿confiaría yo en él para resolver mis situaciones, para calmar mis ansiedades? No.

Por eso que tenemos un refrán, no sé si usan en otros países, pero decimos que hay que estar donde el jefe te vea. ¿Verdad? Porque yo quiero que el jefe sepa que yo existo, que yo estoy ahí. Y por eso que a veces, muchas veces vemos en fotos, vemos muchísima gente que no debería estar ahí que está ahí. Sacan una foto del presidente y hay un debido ahí. Y tú dices: "¿Qué es lo que hace ahí?" Quería que el presidente te vea, porque tú sabes, estar visible y delante de los poderosos me da tranquilidad.

Entonces, Pedro agrega, Pedro añade: "Él tiene cuidado de ustedes". Dios no es indiferente a mi situación. En Isaías 49:15, Dios hablando a través del profeta, razonando con el profeta, le pregunta: "¿Puede dar una mujer a olvidar a su niño de pecho sin compadecerse del hijo de sus entrañas?" ¿Puede ocurrir eso? ¿Que una madre se olvide del hijo de sus entrañas? ¿Puede ocurrir eso de manera remota? Vamos a suponer que puede ocurrir de manera remota, una mujer con problemas mentales, con situaciones difíciles, angustiantes, frustrantes y demás, y que se puede olvidar. Pero Dios agrega: "Aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré". ¡Increíble!

Nosotros, los que somos padres, podemos quizás entender un poco mejor ese texto, porque a mí me nació mi primer hijo hace un poco más de 15 años, luego nació otro hace 11. Desde que te nace un hijo a uno es como que te implantan un pensamiento perenne de que tú tienes, en mi caso, dos muchachos. Eso está ahí en todo momento. En todo momento yo estoy trabajando, no es algo que me distrae, es algo que está ahí. Yo no lo olvido en ningún momento. Yo estoy trabajando, yo estoy caminando, yo estoy disfrutando en otras cosas, yo sé que tengo dos muchachos por ahí y que están en algún lugar. Yo no me olvido de mis hijos. Impresionante. De mi esposa tampoco, pero estamos hablando de los hijos ahora, estamos hablando de los hijos.

Esto es una realidad. O sea, Dios está haciendo alusión a un instinto paterno que él puso en el ser humano. Dios sabe que los padres no se olvidan de sus hijos e hizo una analogía entre él y un padre: ustedes se pueden olvidar de sus hijos, pero yo no me olvido. En un momento dado, Jesús les dice a sus discípulos: "Si ustedes que son malos saben dar buenas cosas a sus hijos, ¿cuánto más el Padre celestial no sabrá dar el Espíritu Santo a quien se lo pida?" hablando de cosas buenas.

En manos, Dios es poderoso, Dios es sabio, pero Dios está con sus ojos sobre nosotros, sobre nosotros. Nosotros somos más valiosos que su creación, a la que él sostiene, a la que él alimenta, a la que él viste. Él viste la hierba del campo, él sostiene los animales y las aves del cielo, y Jesús dijo: "¿Por qué se preocupan por estas cosas?" Dios sabe que ustedes necesitan eso, el Padre celestial sabe que ustedes necesitan eso.

Pero si la naturaleza no es suficiente para hablarnos del cuidado detallado de Dios por nosotros, deberíamos fijarnos más y reflexionar más en la cruz de Cristo. Si hay algo que habla de manera contundente de que Dios está por nosotros, es el hecho de que Dios se encarnó en Jesús, vivió una vida entre pecadores, fue a la cruz, murió por nosotros y resucitó al tercer día. Y él dice en Juan 14 que donde él está nosotros también vamos a estar. El Evangelio es la declaración contundente de Dios de que él está por nosotros.

Por eso entonces Pedro une estas tres cosas en este versículo y dice: "Echen sus ansiedades sobre él, sométanse a su mano poderosa, a su debido tiempo él levantará la situación, pero echen sus ansiedades porque él tiene cuidado de ustedes". Si pudiéramos conocer y creer que es poderoso, que es sabio, que él nos ama de manera personal, eso sería, señores, el antídoto o la solución, la vacuna que está de moda, a nuestras ansiedades y dificultades y angustias. No la solución a las mismas, a las preocupaciones sobre las mismas, sobre ellas. Quiera Dios sembrar en nosotros esta confianza.

Termino con esto. Filipenses 4:6 es una forma diferente de decirlo. El apóstol Pablo, ahora no Pedro, Pablo dice: "Por nada estén ansiosos, antes bien, en todo, mediante oración y súplica con acción de gracias, sean dadas a conocer sus peticiones delante de Dios". Tú quieres arrojar tus peticiones, tú tienes necesidades, situaciones aflictivas, angustiantes, estresantes, inciertas por delante. Ve donde Dios y dile: "Señor, yo me siento así, yo estoy preocupado, yo estoy ansioso, yo me siento atemorizado, yo no sé qué voy a hacer, pero yo te doy gracias porque estás haciendo una obra en mí. Yo te pido, Señor, que tú sostengas mi corazón y tú me ayudes a saber esto de una manera diferente, que tú me ayudes a abrir los ojos a tu grandeza, a tu sabiduría, a tu amor". Y entonces dice el versículo: "Y la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento guardará sus corazones y mentes en Cristo Jesús".

Que eso sea una realidad en nosotros. Vamos a orar.

Señor, nosotros venimos ante ti agradecidos, porque tú eres tan paciente con nosotros. Nuestras dudas, nuestras ansiedades, nuestras angustias, muchas veces ponen en duda lo que tú eres para nosotros, pero tú una y otra vez nos afirmas que tú estás por nosotros y que tú eres un refugio y un escudo para nuestras vidas. Señor, ayúdanos a crecer en ti, a conocerte mejor, a que nuestras convicciones estén sembradas en tu Palabra, que podamos ser gente decidida, gente fuerte, gente, Señor, que no es sacudida por los embates de este mundo caído y perverso, y que esa paz que trasciende el entendimiento esté en nosotros y sea un testimonio vivo de que tú vives en nosotros, Señor. Gracias, en el nombre de Jesús. Amén.

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.