Durante dieciséis años el templo de Jerusalén permaneció en ruinas mientras el pueblo de Dios construía, agrandaba y adornaba sus propias casas. La oposición inicial había provocado que detuvieran la obra, pero el verdadero problema no fue la oposición externa sino la manera en que el pueblo reaccionó ante ella. En lugar de reconocer su temor y desánimo, racionalizaron diciendo que no era el tiempo del Señor para reconstruir. Se acomodaron en una vida rutinaria, relegando las prioridades de Dios a un segundo plano.
Dios entonces levantó a los profetas Hageo y Zacarías para confrontar al pueblo. El mensaje fue directo: ¿Es tiempo de habitar en casas artesonadas mientras la casa del Señor está desolada? El pueblo nunca conectó que sus dificultades económicas —sembrar mucho y cosechar poco, recibir salario en bolsa rota, las sequías sobre los campos— eran consecuencia directa de su condición espiritual. Dios les decía: lo que traéis a casa yo lo aviento; lo ganaste para una cosa pero te lo hago gastar en otra.
La confrontación produjo temor, y el temor produjo obediencia. El Señor despertó el espíritu del pueblo y reorganizaron sus prioridades. La aplicación es clara: cuando el corazón se endurece, niega tener problema, no acepta responsabilidad, escucha la palabra pero no la obedece, y rechaza a todo mediador. Si hoy oyes su voz, dice el autor de Hebreos, no endurezcas tu corazón. Cada día cuenta cuando se trata del pecado ante Dios.
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Vamos a abrir la palabra de Dios en el libro de Esdras, capítulo 5. Vamos a comenzar a leer el texto. Aún quiero introducir el mensaje y después profundizar en él. Vamos a leer un texto bien corto del capítulo 5, solamente los versículos 1 y 2, y luego vamos a entrar al profeta Hageo que he citado en este versículo.
En el mensaje anterior, que estuvo basado en el capítulo 4 de Esdras, hablamos de la oposición que se levantó tan pronto los hijos de las tribus de Judá y de Benjamín regresaron a Jerusalén y comenzaron a construir el templo. Lamentablemente, la oposición fue tal que el trabajo hubo que pararlo por 16 años. Esdras 4:6 nos habla de una carta que se envió en tiempo del rey Asuero, y Esdras 4:7 nos habla de otra carta que se envió en tiempo del rey Artajerjes, ambas difamadoras, ambas inflamatorias, ambas acusatorias de cosas de las que no necesariamente el pueblo era culpable. Durante todo ese tiempo, si nosotros miramos el tiempo que cubre un reinado y otro, estamos hablando por espacio de 60 años. Pero esas dos cartas tenían que ver con oposición posterior a la que aquí estamos tratando.
La oposición de ahora es con relación a la construcción del templo. Esas dos cartas tenían que ver con la oposición a la construcción de las murallas y de la ciudad en tiempos de Nehemías. La oposición que aquí se levanta es la oposición a levantar el templo del Señor. En el capítulo 4 leímos eso; en el capítulo 5 nosotros vemos cómo la reconstrucción de ese templo fue detenida, no tanto por la oposición que se levantó, sino por la manera como el pueblo reaccionó ante la oposición.
La iglesia de Cristo tiene 20 siglos, y el pueblo de Dios todavía mucho más, avanzando en medio de la oposición. De hecho, la vida de los mártires es la mejor evidencia de que tú puedes encarcelar al evangelista, pero no puedes encarcelar el Evangelio. Durante todo este tiempo ha habido oposición en diferentes países, de parte de diferentes gobiernos, de diferentes maneras, y sin embargo no se ha podido detener el avance del Evangelio. Cuando eso ha ocurrido, ha ocurrido más por la reacción del pueblo que por la oposición misma, y eso nosotros queremos hablar en el día de hoy.
Queremos ver cuál fue la decisión de ese pueblo cuando se desanimó o cuando se amedrentó, y cuál fue la reacción de Dios ante la pasividad del pueblo. Nosotros no podemos olvidar algo que dijimos en el mensaje anterior: que el desánimo, el temor, el desaliento nunca provienen de Dios. Durante 16 años ese templo permaneció en ruinas. Imaginémonos todo tipo de maleza que debió haber crecido en las paredes del templo cerrado por tanto tiempo, cuántas plagas no debieron haber invadido el templo durante todo ese tiempo transcurrido. Pero la tendencia lamentablemente del pueblo de Dios ante el temor frecuentemente es detenerse. La reacción de Dios ante eso que le ocurre al pueblo con frecuencia es levantar una voz profética que confronte al pueblo, que vea lo que otros no ven, que crea lo que otros no creen.
Yo quiero recordarte cómo termina el capítulo 4 de Esdras para ver cómo comienza inmediatamente el capítulo 5. El capítulo anterior termina de esta manera: "Entonces cesó la obra en la casa de Dios que estaba en Jerusalén, y quedó suspendida hasta el año segundo del reinado de Darío, rey de Persia." Y el capítulo 5 comienza entonces de esta manera: "Cuando los profetas Hageo y Zacarías, hijo de Iddo, profetizaron a los judíos que estaban en Judá y en Jerusalén en el nombre del Dios de Israel que estaba sobre ellos, Zorobabel hijo de Salatiel y Jesúa hijo de Josadac se levantaron entonces y comenzaron a reedificar la casa de Dios en Jerusalén, y los profetas de Dios estaban con ellos apoyándolos."
Dios levanta sus profetas después que el trabajo se había detenido. Al llamado de Hageo y de Zacarías, los líderes del pueblo reiniciaron el trabajo. El versículo 1 del capítulo 5 que acabo de leer nos dice quiénes fueron las voces que se levantaron a confrontar al pueblo. El versículo 2 nos dice cuál fue la respuesta de los líderes que reiniciaron el trabajo. Lo que no nos dice este texto, ni ningún texto de Esdras, es qué fue lo que le dijeron.
Y yo creo que tenemos que hacer una pregunta. No podemos simplemente concluir o pasar por alto y decir: "Bueno, ellos hablaron y ellos comenzaron a edificar." Tenemos que hacer una pregunta: ¿Qué dijeron estos profetas que movieron al pueblo y a los líderes a volver a reedificar lo que habían detenido hace 16 años atrás? Y es por eso que nosotros necesitamos irnos a los libros de Hageo y de Zacarías.
Yo no tengo el tiempo para cubrir las palabras de ambos, pero por lo menos yo quiero ver el inicio, el primer mensaje de Hageo para este pueblo, que está precisamente en el capítulo primero del libro de Hageo en los primeros versículos. El texto comienza diciendo lo siguiente: "El año segundo del rey Darío, en el mes sexto, el día primero del mes, vino la palabra del Señor por medio del profeta Hageo a Zorobabel hijo de Salatiel, gobernador de Judá, y al sumo sacerdote Josué hijo de Josadac, diciendo: Así dice el Señor de los ejércitos: Este pueblo dice: No ha llegado el tiempo, el tiempo de que la casa del Señor sea reedificada. Entonces vino la palabra del Señor por medio del profeta Hageo diciendo: ¿Es acaso tiempo para que vosotros habitéis en vuestras casas artesonadas mientras esta casa está desolada?"
El primer día del sexto mes del segundo año del rey Darío corresponde al 29 de agosto del año 520 antes de Cristo. Y cuando tú llegas al próximo capítulo de Hageo y lees al final, te das cuenta que él estuvo hablando hasta diciembre del mismo año. Dos meses después que Hageo comenzó a predicar, comenzó Zacarías a predicar y a confrontar al pueblo de otra manera.
Pero escucha, ¿cuál es la primera acusación que Dios trae a través de Hageo sobre el pueblo? El pueblo dice que no ha llegado el tiempo de que la casa de Dios sea reedificada. En otras palabras, el pueblo anda por ahí diciendo: "No es el tiempo del Señor. No es la voluntad de Dios. Dios no ha hablado." ¡Qué fácil nosotros racionalizamos nuestros miedos, nuestros desánimos, nuestros desalientos! En vez de decir: "¿Sabes una cosa? Después de 70 años en el exilio en Babilonia, llegar aquí a encontrar esta oposición, eso nos desalentó, eso nos desanimó. Realmente tenemos miedo." En vez de confesar que el problema estaba en ellos, ellos racionalizaron las circunstancias y dijeron: "De verdad, el problema es que el tiempo del Señor no ha llegado." En vez de decir: "Lo que no tenemos es la valentía del Señor."
Si el apóstol Pablo hubiese amedrentado cada vez que hubo oposición, nunca hubiese salido de Tarso donde él nació. Y muchas veces nosotros pensamos, cuando las cosas no van saliendo bien: "Bueno, es que debe ser que no es el tiempo del Señor. Eso tiene que ser que el Señor no está en medio de eso." Tú recuerda cuando el Señor estaba en la barca, ya no en la montaña como el episodio del domingo pasado, en la barca durmiendo en medio de ellos. Y teniendo al Señor físicamente presente, se levantó una tormenta que amenazaba hundir la barca, y Marcos dice que ya la barca se anegaba de agua, teniendo a Dios en medio de ellos físicamente. La plenitud de la presencia de Dios en medio de nosotros no garantiza que los problemas no surgirán.
Me imagino a los discípulos antes de levantar al Señor. Fueron donde el Señor y dijeron: "Señor, ¿no te importa que perezcamos?" Como diciendo: "¡Qué insensible eres tú!" Pero quizás ahí hubiesen podido estar razonando: "Bueno, yo creo que no era la voluntad de Dios porque mira lo que nos pasó." ¡No! Era la voluntad de Dios estar en medio de ellos, levantar la tormenta y probar su fe.
De manera que nosotros necesitamos recordar y ser cuidadosos cuando tratamos de interpretar lo que Dios está haciendo. La primera reacción no implica que, ante las circunstancias, ante los problemas, debemos concluir que estamos fuera de la voluntad de Dios. Y esa es una de las maneras como con cierta frecuencia concluimos. Cuando ellos estuvieron tranquilos, en paz, que es cuando pensamos que estamos en medio de la voluntad de Dios, cuando ellos estuvieron tranquilos, en paz, sin oposición, sin ser amedrentados, fue durante esos 16 años donde ellos estaban fuera de la voluntad de Dios. Cuando ellos tuvieron dificultades y problemas fue, antes de ese tiempo, cuando estaban en medio de la voluntad de Dios tratando de edificar el templo.
Lamentablemente nosotros tenemos esta ecuación en la mente de la que no podemos deshacernos: si algo sale mal, "Dios no estaba en eso"; si algo sale bien, "fue Dios quien lo bendijo." Y esas dos cosas no son necesariamente así. Aun el sabio Salomón, tratando de interpretar las maneras de obrar de Dios, se confundió, y él decía en Eclesiastés 7:15: "He visto todo durante mi vida de vanidad. Hay justo que perece en su justicia y hay impío que alarga su vida en su perversidad." Es como que Salomón estaba diciendo: "Yo no entiendo a Dios. El justo se muere temprano, el impío tiene larga vida. Todo es vanidad, esto es un sinsentido, esto no tiene propósito." Y tenemos que ser sumamente cuidadosos porque Dios ya nos ha dicho: "Tus caminos no son mis caminos, y tus pensamientos no son mis pensamientos." Cuando de Dios se trata y de entender lo que Él está haciendo, no podemos apresurarnos. Tenemos que esperar, revisar, mirar hacia atrás, y frecuentemente es más bien en el futuro, mirando hacia atrás, cuando interpretamos lo que Dios estaba tratando de hacer.
Segunda manera no bíblica de responder ante las adversidades: acomodarnos, dándole prioridad a nuestras agendas, a nuestros proyectos personales, y relegar el trabajo del Señor a un segundo plano. Y usted dirá: "¿Dónde está eso?" Está en el texto de Hageo, en la primera confrontación que el Señor trajo. Hageo 1:4: "¿Es acaso tiempo para que vosotros habitéis en vuestras casas artesonadas mientras esta casa está desolada?"
Los judíos se amedrentaron, concluyeron: "Bueno, si no es el tiempo de construir la casa del Señor, pues estamos construyendo las nuestras. Vamos a progresar nosotros, vamos a comenzar a vivir." Y comenzaron a vivir un estilo de vida relajado, comenzaron a vivir un estilo de vida rutinario, y aceptaron lo que en inglés se llamaría "second best", algo secundario que no representaba la bendición de Dios.
Es como que Abraham haya recibido, como en efecto recibió, la promesa de tener un hijo y sacó el hijo de la promesa. Ellos se apresuraron, se confundieron, no tuvieron la fe suficiente para esperar. Sobre todo Sara, que hizo la sugerencia, y tuvieron un primer hijo que fue Ismael. Es como que ellos hubiesen aceptado a Ismael como el hijo de la promesa. Eso hubiese sido "second best", algo secundario que realmente no representaba la bendición de Dios.
Y yo reflexionaba esta semana sobre esto y me preguntaba: ¿Cuántas veces el hijo de Dios, la hija de Dios o el pueblo de Dios no se ha acomodado en un "second best", en una posición secundaria que no representaba lo que Dios realmente quería darle? ¿Cuántas veces? Un poco más personal ahora: ¿Cuántas veces yo me he casado con Ismael y no con Isaac por no haber esperado el tiempo del Señor, por no haber esperado en Él, por haber malentendido su obra, por pensar que Dios estaba haciendo una cosa cuando en realidad Él estaba haciendo otra cosa?
El pueblo de Israel encontró la oposición, concluyó: "Este no es el tiempo del Señor", cuando debía haber concluido: "Estamos amedrentados, pesimistas, atemorizados, pero no nos amedrentemos, volvamos a Dios para que Él nos dé la valentía." Pero se acomodaron y pensaron: "Todavía no es tiempo."
¿Sabes una cosa? Quizás, bueno, quizás sin el quizás, eso fue lo que nos pasó a nosotros. Teníamos una deuda de la propiedad. Construir y al mismo tiempo pagar la deuda es mucho sacrificio del bolsillo. Quizás lo que teníamos que hacer es esperar tres o cuatro años cómodamente en el lugar donde estamos acomodados, pagar la deuda cómodamente sin sacrificio, comenzar a construir posteriormente sin ningún sacrificio. Es posible. Y mientras tanto, casas estaban siendo compradas, arregladas, ampliadas, adornadas.
Y Dios dijo: "¿Es tiempo? Cuando la iglesia no está dando conforme a sus ingresos, ¿es tiempo de estar agrandando sus casas mientras mi casa espera por ustedes a que uno comience a ser construida y otras son compradas, agrandadas, adornadas, y todavía las personas, mis hijos, no dan conforme a sus ingresos? ¿Es tiempo de hacer eso?"
Los planes de Dios no son tan fácilmente discernibles en el presente; hay que mirar hacia atrás. Cuando esas cosas ocurren, el pueblo comienza a acomodarse, y cuando se acomoda, si Dios no interviene, comienza a descender en una espiral hasta que toca fondo. Y gracias a la misericordia y a la gracia de Dios, que con frecuencia nos detiene la espiral, interviene, nos levanta, nos confronta y nos ayuda a caminar en una dirección que debiéramos ir caminando, porque de lo contrario el corazón comienza a endurecerse.
Y cuando el corazón comienza a endurecerse, hay una tercera forma no bíblica de reaccionar ante las circunstancias: acusamos a Dios, o acusamos a los líderes, o acusamos a otros de estar en la circunstancia en que estamos. Creo que Moisés tuvo que padecer por cuarenta años la acusación continua de que "tú, Moisés, eres el culpable de que estemos donde nosotros estamos." Algo que tú no escuchas nunca ni de los profetas de Dios, ni de los libros del Nuevo Testamento, ni de los mártires de la iglesia durante veinte siglos. Esa forma de acusar a Dios o de acusar a otros de yo estar donde estoy es una forma no bíblica de reaccionar ante la circunstancia.
Ya nosotros hemos visto cómo una forma de reaccionar no bíblicamente ante la circunstancia es amedrentados. La otra manera de reaccionar es concluir que cada vez que hay algo que no anda bien, esa no es la voluntad de Dios. Otra manera no bíblica de reaccionar es acomodarnos, esperar y estar acomodados esperando supuestamente por el verdadero tiempo de su voluntad. Y una tercera o cuarta forma es la de acusar a otros, a Dios, a los líderes, de habernos llevado por el camino donde nosotros estamos. Cada uno de nosotros es responsable de su propio andar de acuerdo a la Palabra.
El pueblo es juzgado por Dios, pero el pueblo nunca entendió, nunca puso una cosa al lado de la otra: que la situación social y económica de la nación se debía a su problema espiritual. Oye cómo Ageo lo dice en los versículos 5 y 6: "Ahora pues, así ha dicho el Señor de los ejércitos: Considerad bien vuestros caminos. Sembráis mucho, pero recogéis poco; coméis, pero no hay suficiente para que os saciéis; bebéis, pero no hay suficiente para que os embriaguéis; os vestís, pero nadie se calienta." Escucha ahora: "Y el que recibe salario, recibe salario en bolsa rota." ¡Wow!
El pueblo nunca pensó: "Las condiciones sociales y económicas en que nosotros estamos son una consecuencia directa de nuestra condición espiritual, donde nos acomodamos, donde no le hemos rendido nuestra prioridad a nuestro Dios, donde no le hemos dado a Dios conforme a nuestros ingresos." Nunca pusieron esas dos cosas una al lado de la otra. Dios les dice: "Considerad bien vuestros caminos." No es simplemente considerarlos, considerarlos bien, examinarlos detenidamente. Detente a pensar un momento.
Durante dieciséis años el pueblo había estado tranquilo, sin oposición, construyendo, agrandando y adornando sus casas, y Dios estuvo durante todo ese tiempo juzgando la nación. Es más, Dios, a través de Ageo, le muestra algo que todavía a mí me hubiese impresionado mucho más. No solamente las condiciones sociales y económicas de la nación se debían a que no estaban llenando sus prioridades, sino que las condiciones climáticas de la nación se debían a la misma cosa.
Dios comienza diciendo: se afanan por sembrar, pero cosechan poco; comen, pero no se sacian; se visten, pero nadie se calienta; faltan indumentarias; y finalmente reciben salario, pero no alcanza. ¿Suena familiar? "Pastor, ¿y eso era consecuencia de atender sus casas antes que la casa del Señor?" Eso es exactamente lo que el versículo nueve dice, que te lo voy a leer ahora.
Ageo 1:9: "Buscáis mucho, pero he aquí halláis poco; y lo que traéis a casa, yo lo aviento. ¿Por qué?, declara el Señor de los ejércitos. Por causa de mi casa que está desolada, mientras cada uno de vosotros corre a su casa."
De alguna manera el dinero que traéis a casa no da porque yo lo aviento. ¿Cómo es eso que yo lo aviento? Lo ganaste para una cosa, pero yo te lo hago gastar en otra cosa. Quizás estaba soñando con estas vacaciones, ahora tengo que gastarlo porque se me rompió el carro, me dañé, yo no sé cómo Dios hace eso, yo sé que lo dice y lo hace. Lo que traéis, lo aviento, lo soplo; no puedes tenerlo, no puedes gastarlo, no puedes disfrutarlo de la manera que querías hacerlo. Nunca pensando: "¿Qué es lo que tengo en mis finanzas que no anda bien y que tiene que ver, en este caso, con que hay una casa del Señor abandonada y casas de mis hijos acomodados siendo adornadas todo el tiempo?"
Y las condiciones climáticas fueron afectadas por Dios. Escucha ahora los versículos diez y once. "Por tanto", el nueve dice el porqué, ahora el "por tanto": "Por causa vuestra los cielos han retenido su rocío y la tierra ha retenido su fruto. Y llamé a la sequía sobre la tierra, sobre los montes, sobre el trigo, sobre el mosto, sobre el aceite, sobre lo que produce la tierra, sobre los hombres, sobre el ganado y sobre todo el trabajo de vuestras manos."
Dice el Señor: "Esto se ha ido prolongando de una manera tal que yo no solamente he tenido que afectar la economía de vuestras familias, y por tanto la nación, porque acordemos que la economía de la nación es un reflejo de las economías de las familias." De manera que esto hay que llevarlo a nuestras familias, y ustedes y yo tenemos que llevarlo a nuestras familias: cómo lo hemos estado manejando. Y Dios dice: "La manera en que esto se prolongó, yo intervine hasta el punto que soberanamente cambié las condiciones climáticas y llamé la sequía sobre los campos, sobre el ganado, es más, sobre todo el trabajo de vuestras manos." Se estaba secando la productividad de la nación. Quizás se secan nuestras economías en ocasiones por razones similares.
Ageo habló. Zacarías no había hablado todavía; esto es al comienzo, este es el primer mensaje de Ageo. Y Dios comienza confrontando. El versículo 12 de ese capítulo 1 de Ageo dice que el pueblo temió y obedeció.
Y lamentablemente yo creo que hay áreas de nuestro caminar que permanecen en la infancia espiritual, y esa es una: donde todavía seguimos obedeciendo a Dios no por amor a su ley, que es más dulce que la miel; no por amor a su nombre, que necesita ser reverenciado; no por amor a su causa, que necesita ser expandida; sino por miedo a lo que me hará a mí, a mis hijos, al bolsillo. Y este pueblo igualmente le había perdido el miedo a Dios. Si ya hemos hablado en otras ocasiones de qué ocurre cuando tú le pierdes el miedo a Dios: tú le pierdes el miedo al pecado. Cuando le pierdes el miedo al pecado, el pueblo se desenfrena. Dios actúa, Dios los juzga, ellos se atemorizan; el temor produjo la obediencia.
Cuándo Cristo quisiera ver a su pueblo obedeciéndole por amor. Sin llamarle obedecer a mil mandamientos, Él dijo: "Si me amáis, guardaréis mis mandamientos." No: "Si estáis aterrorizados de mí, obedeceréis mis mandamientos." No, sin llamarle. ¿Por qué no llegas al punto de amarme de tal manera que mi amor te empuje? Para eso lo dijo Pablo: "El amor de Cristo nos constriñe." El amor de Cristo nos pega contra la espada y la pared y no nos deja hacer ninguna otra cosa que no sea lo que estoy haciendo, porque el amor de Él me exprime contra la pared. Es tan grande la realidad de su amor.
Y eso es como nosotros deberíamos estar obedeciendo a nuestro Dios, pero Dios tuvo que inducir la obediencia por medio del temor. Así de incapaces somos, que hasta para obedecer dependemos de que Dios lo haga, de que en alguna manera lo induzca.
Y te das cuenta entonces de algunas de las maneras no bíblicas que hemos estado hablando de responder ante la circunstancia: el miedo, el desaliento. Pero debemos hablar de lo opuesto. Ahora, ¿cuáles serían algunas maneras bíblicas de poder responder? Y eso nosotros necesitamos recordarlo, porque esa es la forma como nosotros debiéramos caminar.
Nosotros necesitamos ante el fracaso, ante el desánimo, ante el desaliento, ante el temor, tener un encuentro fresco con su Palabra. Y es la primera reacción que deberíamos tener, porque la ley del Señor es perfecta, que restaura el alma. El alma que ha sido herida, el alma que ha sido abatida, el alma que ha perdido su gozo, el alma que no tiene cómo regocijarse, cuando entra a su Palabra, cuando le visita, es restaurada. Yo hablo con personas que han perdido su gozo; frecuentemente te encontrarás con alguien que no ha estado visitando su Palabra por días, por semanas, por meses o por años, excepto lo que se predica desde el micrófono.
Necesitamos un encuentro fresco con la Palabra de Dios, porque su ley es perfecta y restaura el alma. Necesitamos un encuentro fresco con la Palabra de Dios, porque el testimonio del Señor, dice el Salmo 19, es seguro, que hace sabio al sencillo. Cuando estás en una bifurcación, no sabes qué hacer, no tienes la sabiduría necesaria, no tienes la luz necesaria, no tienes la iluminación necesaria, la Palabra de Dios te ilumina y hace sabio al sencillo. Y la decisión que tomas basada en su Palabra es segura; el testimonio del Señor es seguro. Nuestras insensateces muchas veces se deben a no haber estado arraigados, anclados en el testimonio del Señor.
Ante la circunstancia, ante el miedo, necesitamos un encuentro fresco con la Palabra de Dios, porque los preceptos del Señor son rectos, que alegran el corazón. El salmista sabe que nosotros somos humanos, somos polvo, y perdemos de vez en cuando nuestra alegría. Pero él dice: ¿sabes qué? Necesitas regresar a la Palabra, porque su Palabra alegra el corazón. Y como su Palabra nos alegra el corazón, nos recuerda sus promesas, nos recuerda sus verdades, nos recuerda que conmigo danzaste al que ama mi alma. Nos recuerda que murió por nosotros cuando éramos enemigos de Él. No hay nada mejor, nada más eficaz y nada más productivo en tiempo de angustia que un encuentro fresco con su Palabra.
Los últimos seis meses del año pasado, la mayoría de ustedes no lo supieron, pero fueron meses difíciles emocionalmente para mí. Directo a su Palabra. Quiero sentir el corazón del salmista. No ejercicios académicos y hermenéuticos de lo que este salmo implica y de lo que es un tipo de salmo versus otro; simplemente quiero sentir el corazón del salmista en medio de la dificultad, en medio del dolor, en medio del desaliento, en medio de lo que él estaba experimentando, y poder salir del salmo tan fortalecido en vista de la realidad de la relación entre el salmista y su Creador, entre el salmista y su Dios, entre la criatura y ese Creador.
Les hablé en esta ocasión vía Hageo, vía Zacarías. Dios inició el retorno de Babilonia a Jerusalén. Dios inició el templo. El pueblo, no Dios, paró el templo, la construcción del templo. Y ahora una vez más Dios reinició el trabajo del templo. Hageo 1:14: "Y despertó el Señor el espíritu de Zorobabel, hijo de Salatiel, gobernador de Judá, y el espíritu del sumo sacerdote Josué, hijo de Josadac, y el espíritu de todo el remanente del pueblo, y vinieron y comenzaron la obra en la casa del Señor de los ejércitos, su Dios."
El versículo termina diciendo "y comenzaron la obra", claro, porque se había detenido. Esto fue lo que ocurrió ahora que Dios habló, que organizaron sus prioridades, pusieron sus prioridades en orden. Y eso es uno de los beneficios de la Palabra de Dios: organiza nuestros pasos. El salmista lo dice muy claramente en el Salmo 119:133: "Afirma mis pasos en tu Palabra." La reorganización de nuestras prioridades es una consecuencia natural de la visitación frecuente, continua, a veces diaria, idealmente diaria, de su Palabra.
Cuando encuentras a alguien cuyas prioridades en el proceso se han distorsionado, se han trastocado, se han invertido, eso es usualmente una persona que al mismo tiempo no ha estado visitando la Palabra de Dios, porque su Palabra nos orienta, nos hace un análisis de nuestras prioridades, nos enseña cuál está bien, cuál está mal, y cuáles necesitan estar donde no están. Y eso es lo que el pueblo hizo cuando oyó la Palabra del Señor.
Recuerda, recordémonos, que nosotros tenemos la Biblia escrita en diferentes idiomas y versiones. Ellos no; ellos estaban hablando para escribirla. De manera que la exposición hoy de su Palabra es el equivalente a lo que ellos hablaban, que también era su Palabra. Y en respuesta a su Palabra, vía Hageo, vía Zacarías, el pueblo organizó sus prioridades una vez más: "Entonces comenzaron la obra en la casa del Señor" (Hageo 1:14).
Pero nota, eso es cómo termina el verso: el pueblo comenzó la obra en la casa del Señor. Nota cómo comienza el verso: "Y el Señor despertó el espíritu de Zorobabel, de Josué, y del resto del remanente." Estaban dormidos. Su espíritu había estado dormido en relación a las prioridades que tenían que ver en este caso con la reconstrucción de la casa del Señor. Pero en otros casos, si nosotros nos vemos a nosotros como el templo del Espíritu Santo, muchas veces nosotros no vemos lo desordenada que está mi vida. ¿Saben por qué? Porque mi espíritu está dormido. Pero lo que despierta el espíritu del hombre, el espíritu de la mujer creyente, es un encuentro con la Palabra de Dios, un encuentro con la Palabra que tiene que ser usada por el obrar del Espíritu de Dios.
Dios despertó la conciencia del pueblo. Su conciencia se había ido endureciendo. En los años, el pueblo había estado... Esta no es la primera vez que el pueblo oyó a los profetas hablar. Esta no es la primera vez que los profetas le dijeron: "Sus prioridades están desorganizadas." Esta no es la primera vez que los profetas le hicieron saber que las condiciones climáticas tenían que ver con su pecado. Amós nos habla de eso también, capítulo 4. Pero en esta ocasión el pueblo temió y respondió.
Cuando tú comienzas a leer el capítulo 5 de Esdras, nos dice que Hageo y Zacarías le profetizaron al pueblo. ¿Tú has visto que lo que yo te he leído de esta profecía no tiene nada de predicción del futuro? Simplemente para enfatizar una vez más que la palabra profecía en su sentido primario es exposición de la voluntad de Dios. Punto. Y esto es lo que Hageo ha hecho: Hageo ha expuesto la voluntad de Dios y ha confrontado al pueblo. Pero Esdras 5 dice que ellos le profetizaron al pueblo, que secundariamente tiene que ver con la predicción del futuro, y Zacarías tiene algo más que decirnos de eso.
Zacarías tiene cuatro visiones diferentes. Zacarías es de un hombre que tenía la cabeza como en el cielo. Hageo en la tierra: "Esto es lo que hay que hacer ahora, y esto es lo que no se está haciendo ahora, en este lugar." Y Dios usa a uno como a otro. Y el pueblo hasta ese momento no había entendido lo que necesitaba hacer. Pero la confrontación del pueblo por medio de la Palabra de Dios lo despierta. No hay nada mejor, no hay nada como la Palabra de Dios para iluminar la conciencia de una persona.
No hay nada como la Palabra de Dios para iluminar la conciencia de una persona. Ahora escuchen: la mera exposición a la Palabra no despierta la conciencia. Cuántas personas no van a la iglesia domingo tras domingo, escuchan la Palabra y permanecen dormidos. Se requiere una doble acción. Hay una acción soberana que tiene que ver con la responsabilidad de Dios, de que su Espíritu tiene que hacer eso por medio de la Palabra, porque eso es algo que solamente Dios puede hacer. Pero hay una responsabilidad que le corresponde al hombre, y siempre hemos hablado que no sabemos exactamente dónde se juntan esas cosas.
Pero la responsabilidad que a mí me toca es estar siempre dispuesto a oír la Palabra, ser expuesto a la Palabra, ser confrontado por la Palabra. Yo necesito venir a la iglesia, venir a un sermón, venir a un estudio bíblico, no para salir del paso, no para cumplir con ese día, no para sentirme bien. Yo necesito venir dispuesto a ser iluminado, confrontado, cambiado, edificado, transformado, despertado, desafiado, santificado, sanado, para finalmente ser usado. Yo necesito venir a la Palabra cuando la leo, cuando vengo el domingo, cuando voy a un estudio bíblico, dispuesto a someterme una vez más a ser iluminado, confrontado, cambiado, edificado, transformado, despertado, desafiado, santificado, sanado, para finalmente ser usado.
Lamentablemente muchos, pero muchos de los hijos de Dios, vienen a oír un sermón, no con esa disposición de espíritu. Vienen a oír lo que el predicador tiene que decir para ver cómo lo puedo contradecir. Y a veces no lo decimos a nosotros mismos mientras lo oímos, y a veces se lo decimos a otras personas. Sí somos. No me digan que no, porque hasta me lo han contado de ustedes mismos, que lo han hecho. Luego de repente ellos se lo cuentan. Y hoy oímos la Palabra, si mi sermón es así o asá, y hoy oímos la confrontación y "no, yo no lo veo así, eso depende." Sí, depende. Depende de Dios, no de ti ni de mí. No hay acuerdo; ese es el problema.
Y es la razón por la que el autor del libro de Hebreos, haciendo referencia a este pueblo del que estamos hablando hoy, en el capítulo 3 de Hebreos dice, por lo menos en dos ocasiones: "Si oís hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones." ¿Por qué el autor de Hebreos dice "si oís su voz no endurezcáis vuestros corazones"? Porque es posible resistir la Palabra de Dios. Es posible resistir por un tiempo. Dios tendrá la última palabra, pero es posible resistir su Palabra por un tiempo, como lo hizo Jonás. Y por eso es que el autor de Hebreos dice: "Si hoy, hoy, hoy, hoy tú oyes su voz, no endurezcáis vuestros corazones." Y la manera como el corazón se va endureciendo es que peco, ese pecado engendra pecado.
El pecado prepara el corazón para el próximo pecado. El pecado nutre la mente para cometer el próximo pecado, la próxima infracción, la próxima violación. Y mientras más tiempo va pasando, más se va endureciendo el corazón. Esa palabra "hoy" no está ahí accidentalmente. La palabra "hoy" está ahí porque el autor de Hebreos sabe que cada día cuenta cuando tiene que ver con el pecado del hombre. Hoy, hoy, y hoy. Si tú has oído la voz de Dios, hoy, no esperes a mañana. Hoy, hoy, hoy, hoy, no endurezcáis el corazón.
Un año en el desierto por cada día que inspeccionaste la tierra y no me creíste: cuarenta años. Cada día cuenta. Un año en Babilonia por cada año que no le diste reposo a la tierra. Cada día cuenta cuando tiene que ver con el pecado del pueblo ante Dios. El pueblo de Israel oyó Su palabra, no me obedeció. La violó, endureció el corazón, y cada vez más se hizo más duro, más inflexible, menos dispuesto a responder a la confrontación de Dios.
El pecado aquí del pueblo obviamente tenía que ver con sus prioridades financieras. Quizás es nuestro problema. Aunque la experiencia a mí me ha enseñado que es el problema de la mayoría de los hijos de Dios. Lo vamos a ver otra vez más, no hoy, en Malaquías, en los tiempos de Nehemías, donde Dios le dice: "¿Me están robando? ¿Robando? ¿Y cómo puede robar un hombre a Dios? ¡Y me están robando de mis diezmos! Y por eso están malditos". Pero esa no es la única manera como nosotros somos infieles en las finanzas. Yo podría todavía diezmar y ser infiel en las finanzas: cómo uso el resto del noventa por ciento que me queda, que tampoco es mío, es del Señor.
Si hoy, hoy, hoy, hoy oyes Su voz, no endurezcáis vuestros corazones. Pero quizás tu problema no es de dinero. Quizás es la prioridad de Su Palabra, tiempo de oración, tiempo con Él, de Su causa, del tiempo que le das a otras cosas antes que a Dios. Quizás es eso. Y Dios quizás está sacando cuenta y tengo la cuenta en rojo con Dios. Quizás en algunos casos, sin mucho tiempo, mi balance no está en azul, mi balance está en rojo. Y a veces hacemos pequeños abonos a la cuenta de Dios, espiritualmente hablando, porque mejoramos esto, mejoramos aquello. Pero no acabamos de mejorarlo todo. Y cuando hacemos un abono, nos sentimos mejor porque cumplimos con algo y queremos creer que ya estamos bien.
Le recuerdo la carta que les he usado a ustedes. Conocen la historia, o la gran mayoría, que ya la he usado, pero es una buena manera de volver a recordar. La carta que le envía este señor a Rentas Internas: "Señor, tengo varios meses que no puedo dormir porque no he pagado mi impuesto. Aquí va un cheque para tales fines. Si todavía no puedo dormir, le envío el resto". Hacemos abonos a las cuentas de Dios, y si todavía no estamos tranquilos, quizás agregamos o abonamos otra cosa más.
Pero el corazón se va endureciendo, y un corazón endurecido tiene síntomas y síntomas. Lo vemos en el corazón endurecido del pueblo. Yo quiero pedirte que, a medida que vaya mostrando este mensaje hacia su final, a medida que veamos estos síntomas de un corazón endurecido con relación al pueblo de Israel, tú te preguntes si ahí estoy yo.
El problema del corazón endurecido es que no ve lo que Dios ve y lo que otros ven. El corazón endurecido, en primer lugar, niega tener un problema. Como el pueblo judío todo el tiempo le negó a los profetas su problema. Se lo negó a Cristo incluso. Esa es una señal de un corazón endurecido: niega tener un problema.
Número dos: no acepta la responsabilidad de su pecado. Como no la aceptó nunca el pueblo antes de irse al exilio. Tú tienes que esperar llegar a Daniel, a Nehemías, para decir: "Sí, yo y mi casa hemos pecado contra ti". El pueblo nunca aceptó su responsabilidad por su pecado. Tienes que esperar llegar a los profetas, a Isaías, que dice: "Yo soy un hombre de labios impuros y habito en medio de un pueblo de labios impuros". El pueblo judío se creyó todo el tiempo que estaba bien. Y eso pasa a nivel individual también.
El corazón endurecido escucha la Palabra, pero no la obedece. Como no la obedeció el pueblo. Ellos escucharon a los profetas, pero no obedecieron. El corazón endurecido rechaza todo mediador. Los profetas no eran más que mediadores entre Dios y el pueblo. Cristo no fue más que un mediador entre Dios y el pueblo. Job hablaba de que quería tener ese mediador entre Dios y el hombre, que hubiera un árbitro. Job probablemente existió antes que todos los profetas, en el tiempo de Génesis. Los profetas vinieron como árbitros. Cristo vino como árbitro, y el pueblo rechazó todos los mediadores de Dios. De la misma manera, cuando el corazón se endurece, esa persona rechaza todo mediador, todo consejero.
Discute el problema el corazón endurecido de manera desafiante. Como hizo el pueblo. Discutía desafiantemente con los profetas. Los llamaba todo tipo de cosas, los acusaba. Es más, el pueblo llegó a endurecerse posteriormente, incluso aún después de haber regresado de Babilonia, que cuando Cristo viene y Pilato se estaba tratando de liberar a Jesús, el pueblo de una forma desafiante le dice: "Deja que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos". El corazón endurecido, cuando el mediador viene, discute de manera desafiante.
Y finalmente, el corazón endurecido no confía en las motivaciones del otro. Como el pueblo nunca confió que los profetas tenían la mejor intención para con ellos. El pueblo estaba en contra de la instrucción y lo que se quiso fue lo que se tuvo. El pueblo nunca aceptó que los profetas tenían las mejores motivaciones para con ellos. Pero lo que le ocurrió al pueblo le ocurre a individuos, porque el pueblo es la conformación de individuos.
Yo no sé dónde está tu corazón hoy, ni sé dónde están tus prioridades. Pero quizás hay prioridades fuera de orden, y quizás hay corazones endurecidos y balances en rojo.