Integridad y Sabiduria
Sermones

El Dios que ama incondicionalmente

Miguel Núñez 2 abril, 2023

El amor de Dios no es simplemente algo que Dios hace; es lo que Dios es. Esta distinción marca la diferencia entre conocer acerca del amor divino y realmente comprenderlo. Cuando Juan escribe que "Dios es amor," está describiendo la esencia misma de su naturaleza, su ser más íntimo. No es que Dios sea solamente amor ni que el amor sea Dios, sino que todo lo que Dios hace está filtrado a través de su amor porque esa es su disposición incesante.

La manifestación suprema de este amor fue el envío de su Hijo. Dios no simplemente prometió ni habló; actuó entregando a su único Hijo a un mundo de rechazo y corrupción moral. Cristo amó a los suyos hasta el fin, y cuando la vida lo apretó contra el madero con tres clavos, abrió su boca para decir: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen." Amar es estar dispuesto a pagar las consecuencias del pecado de otro, y eso es exactamente lo que Cristo hizo como propiciación por nuestros pecados.

Este amor divino tiene características asombrosas: es eterno, pues Dios nos amó antes de nuestra existencia; es independiente del amado, porque no vio nada atractivo en nosotros cuando éramos sus enemigos; es general hacia toda la humanidad y al mismo tiempo especial y personal hacia cada creyente; es transformador, pues como Pablo declara, el amor de Cristo nos constriñe y nos obliga a vivir solo para él; y es perseverante, incapaz de abandonarnos. Nada en la creación podrá separarnos del amor de Dios que es en Cristo Jesús.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Nosotros estamos cursando a través de una serie, como ya el pastor Joel aludió, sobre el carácter de Cristo. Hemos hablado de diferentes atributos de la persona de nuestro Dios, del carácter de nuestro Dios. Yo diría que de todos los atributos que hasta ahora hemos estado revisando, algunos de ellos en mi estudio de los mismos produjeron en mí un sentido profundo de reverencia, y gozo en otros casos, y de asombro. Pero este atributo que vamos a estar definiendo y vamos a estar exponiendo me llevó a llenar mis ojos de lágrimas cada día de la semana al contemplar en mente y rumiar en mente —como volvió a ocurrir mientras cantamos— el amor de Dios en Cristo Jesús en la cruz por nosotros los pecadores.

Yo creo que hemos oído tanto de eso que no solo no tenemos idea, y quizás aún después de una semana de rumiarlo y adorar como de llorar en el interior, yo no creo que todavía tengo idea. Eso es una imposibilidad: poder concebir el amor de Dios en Cristo Jesús.

En el día de hoy nosotros vamos a iniciar como una miniserie dentro de la serie, porque vamos a estar hablando por varios domingos acerca de varios atributos que pudiéramos ubicar bajo la sombrilla que yo voy a llamar la bondad de Dios. Y la bondad de Dios pudiera ser definida como esa disposición natural que Dios tiene —escucha— de comportarse de manera benevolente hacia sus criaturas, independientemente de que crean en Él o no. Es la inclinación natural de Dios, es a la benevolencia hacia la raza humana, independientemente de si crean en Él o no crean. Y yo creo que veremos eso a lo largo del camino.

Cada vez que nosotros vemos en la historia redentora que Dios ha llegado a aplicar su justicia, tú puedes garantizar, tú puedes asegurar con la boca grande que Dios ha gastado una enorme cantidad de tiempo soportando el pecado de los hombres, aplicando su misericordia, aplicando su paciencia. Y que luego de ver cómo el ser humano se ha burlado entonces de su misericordia, de su bondad, de su paciencia, no le ha quedado ningún otro recurso que no sea la aplicación de su justicia. Que en ocasiones puede ser tan severa como la de enviar a su propio pueblo al exilio. Escucha esto: puede ser tan severa como enviar a su propio Hijo a la cruz. O tan severa y dolorosa como enviar a los pecadores no arrepentidos aún al infierno por la eternidad.

Miqueas 7:18 nos dice algo acerca de cómo Dios se deleita —presta atención— se deleita en la misericordia. Tú y yo no nos deleitamos en misericordia. Nosotros la aplicamos, no sé si lo hacemos siempre ni siquiera. Dios se goza en ser misericordioso, pero tú no lees una sola vez en toda la narración de la historia redentora que Dios se deleita en hacer justicia, que Dios se deleita en su ira. No, su inclinación natural es hacia la bondad.

De hecho, cuando Moisés le pidió a Dios que le mostrara su gloria —y su gloria qué es, es el conjunto de sus atributos— esto es lo que Dios hizo: pasa delante de Moisés, y pasando delante de él proclamó: "El Señor, el Señor Dios, escucha, compasivo y clemente, lento para la ira y abundante en misericordia y verdad." Eso es cómo Dios empezó a describir su carácter. "Que guarda misericordia a millares, el que perdona la iniquidad, la transgresión y el pecado." Tú estás oyendo cómo Dios comienza a describirle su carácter a Moisés: el que perdona la iniquidad, la transgresión y el pecado —tres palabras distintas—. "Y que de ningún modo tendrá por inocente al culpable, que castiga la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos hasta la tercera y cuarta generación." Sí, pero al final. De lo que yo dije primero y gasté más tinta describiendo mi carácter: compasivo, clemente, lento para la ira, abundante en misericordia, que guarda misericordia a millares para perdonar su iniquidad. Eso es la bondad de Dios, eso es la esencia del carácter de Dios.

Y decía que en los próximos domingos estaremos cubriendo varios de los atributos que forman parte de esa bondad. Y bajo esa sombrilla estaría su amor, su gracia, su misericordia, su paciencia, su fidelidad. Nos quedamos por lo menos cinco domingos más de ver la bondad de Dios desempacada de diferentes maneras.

Uno de los grandes teólogos del pasado, Turretin, dice que la misericordia es la bondad de Dios expresada hacia aquellos que están sufriendo; que la gracia es la bondad de Dios expresada hacia aquellos que son indignos de recibirla; la paciencia es la bondad de Dios expresada hacia aquellos que le provocan por un largo tiempo; y el amor de Dios es su bondad expresada hacia el bien —escucha— tal como lo ve en la creación. Dios vio todo lo que creó y dijo que era bueno, bueno en gran manera. Expresada hacia el bien, tal como lo ve en la creación y lo prevé en la recreación redentora. En otras palabras, la inclinación natural que Dios tiene para amar a los pecadores es previendo su redención y la recreación de todo lo que el hombre dañó.

Con esa introducción, yo quiero comenzar a explorar el texto de hoy. El tema o el título de mi mensaje es "El Dios que ama incondicionalmente". Yo he escogido un texto de 1 Juan 4, versículos 7 al 11, y lo he escogido porque hay grandes verdades resumidas en pocas palabras. Escucha lo que Juan dice, del 7 al 11, 1 Juan capítulo 4: "Amados, amémonos unos a otros, porque el amor es de Dios, y todo el que ama es nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama no conoce a Dios, porque —escucha— Dios es amor. En esto se manifestó el amor de Dios en nosotros: en que Dios ha enviado a su Hijo unigénito al mundo para que vivamos por medio de Él. En esto consiste el amor, el amor de Dios, esto es: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros y envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados. Amados, si Dios así nos amó, también nosotros debemos amarnos unos a otros."

En esos cinco versículos Juan aborda verdades extraordinarias que forman parte de la columna vertebral de la fe cristiana. Pero yo creo que todo lo que ahí está dicho, y probablemente todo lo que está dicho en el Nuevo Testamento de una u otra manera, gira alrededor de una sola frase en esos cinco versículos que yo leí. Y esa es la razón por la que escogí este texto, porque esta frase define cosas que nosotros necesitamos entender. Y esa frase es: Dios es amor. Versículo 8. Una frase que Juan repite en el mismo capítulo, ocho versículos más abajo, en el versículo 16: Dios es amor.

Pero antes de desempacar esa frase, déjame hacer varias observaciones. Nota que el texto no dice que el amor es Dios; es otra cosa. Esa es una idea falsa, eso representa una reducción de quién Dios es, una reducción masiva. No es que el amor es Dios, es que Dios es amor. Nota también que el texto no dice que Dios es solamente amor, porque eso también sería un reduccionismo y sería falso.

Para ayudarnos a entender lo que Juan está tratando de comunicar, déjame mencionarte un par de otras frases en otros pasajes, en esta misma carta. En 1 Juan 1:5, él dice: "Dios es luz." Cuando Juan dice que Dios es luz, él está tratando de describir algo similar a lo que él estaba o está tratando de describir cuando dice "Dios es amor": está tratando de describir algo de la esencia de Dios. En el mismo Juan, que escribió su Evangelio, dijo que la luz brilló en las tinieblas —las tinieblas representando el mundo de pecado del hombre, y la luz representando todo lo que Cristo es, y en particular representando su santidad y su verdad. Juan más adelante en su Evangelio, en Juan 4:24, dice que Dios es espíritu. Dios es espíritu, Dios es luz, Dios es amor: todas esas frases están tratando de describir la esencia de Dios.

Escucha esta cita que nos puede ayudar. Es un tanto extensa, tiene mucho contenido, tiene contenido de varios teólogos diferentes, no es mía, es una cita tomada de otro autor, Terry Johnson, pero yo creo que nos dice mucho acerca de esta frase. La cita comienza: "Dios es amor. Con esto llegamos a lo que Robert Law describió en 1909, llamó la cumbre —llamó esa frase la cumbre— de toda la revelación, y a lo que John Stott llamó la afirmación más comprensiva y sublime acerca de la esencia de Dios." Continúa la cita: "Juan no dice que Dios es amoroso; no es la conducta de Dios lo que está siendo descrito aquí, sino su naturaleza. Dios es amor en su ser más íntimo." "Dios ama," agrega Maurice, "pero no de una manera accidental. Él ama porque su naturaleza es amar, porque es su naturaleza el darse a sí mismo de manera incesante en amor." ¡Uf! "Todo amor es de Dios," 1 Juan 4:7. Él es el origen y la fuente del amor. "Aquí está el resplandor principal de la gloria oculta de la naturaleza divina," dijo J. W. Alexander. "Aquí está la verdad central del cristianismo. Dios es la fuente del amor," dice Juan Calvino. "La naturaleza de Dios, su ser, su carácter, su esencia es amor." ¡Uf!

Con razón dice el apóstol Pablo que el amor de Dios me constriñe, me obliga, me fuerza a vivir solo para Él y su causa. Cuando Juan dice que Dios es amor, me está dejando ver que no hay nada que Dios haya hecho o vaya a hacer que no esté balanceado o filtrado a través de su amor, porque eso es lo que Él es todo el tiempo, esa es su disposición incesante, acabamos de leer.

Tanto es así que el autor de Hebreos entonces se nos deja ver que aun la disciplina de Dios —que ya estamos llegando a lo que pudiera ser severo en el carácter de Dios— que aun la disciplina de Dios es una expresión de su amor. ¿Por qué? Porque el Señor al que ama disciplina, al que ama disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo. Si el Señor nunca te ha disciplinado o nunca te disciplinará, no te ama. Eso es lo que él está declarando. Y de hecho, en Hebreos 12, él dice que Él nos disciplina para nuestro bien. Tú puedes ver por qué la disciplina es parte del amor de Dios: Él nos disciplina para nuestro bien, para que participemos de su santidad.

Y cuando tú participas de su santidad, tú puedes recibir todas las bendiciones posibles que Dios quiere darte en la vida presente y en el mundo venidero. Dios nos disciplina porque es santo, pero nos disciplina porque él quiere que yo participe de su santidad, porque ahí está el secreto del disfrute de sus bendiciones.

Lamentablemente, mucho de lo que los hijos de Dios conocen como el amor de Dios dista mucho de lo que la Biblia describe como el amor de Dios. Aun cuando nosotros lo celebramos y lo aplaudimos, con frecuencia lo que celebramos y aplaudimos todavía se queda muy corto de lo que la Biblia describe como el amor de Dios, porque con frecuencia nosotros interpretamos el amor de Dios como indulgencia hacia nuestras iniquidades. "Oh, si Dios me ama, porque yo me acuerdo cuando yo cometí este pecado, mira, y como que no tuve grandes consecuencias o ninguna consecuencia." Y otras veces entonces interpretamos la amorosa disciplina de Dios como el odioso juicio de Dios hacia nosotros. Nosotros ni entendemos el amor de Dios, ni entendemos su disciplina o su justicia.

El amor de Dios es un amor moral, no está divorciado de su santidad, no lo puede estar, porque Dios es santo de la misma manera que Dios es espíritu, de la misma manera que Dios es amor y que Dios es luz. Escucha cómo el apóstol Pablo combina estas ideas en Romanos 11:22: "Mira, pues, la bondad y la severidad de Dios en una misma persona. Severidad para los que cayeron, pero para ti bondad de Dios si permaneces en su bondad; de lo contrario, también tú serás cortado."

Como dijera A. W. Pink, muchos hablan del amor de Dios y pocos conocen el Dios del amor. Muchos hablan del amor de Dios, pero conocen poco del Dios del amor. Eso me lleva a decirte de entrada que si tú eres su hijo, Dios te ama infinitamente más de lo que tú piensas. Si tú eres su hijo, Dios te ama infinitamente más de lo que tú piensas. Y tristemente tú y yo le amamos menos, le amamos infinitamente menos de lo que creemos. Dios nos ama infinitamente más de lo que tú y yo pensamos, y nosotros le amamos infinitamente menos de lo que creemos. "Si me amáis, obedeced mis mandamientos." Eso es cómo yo sé que le amamos infinitamente menos de lo que creemos.

El apóstol Pablo estaba consciente de la incapacidad humana, unos más, unos menos, pero él estaba consciente de la incapacidad humana de comprender lo infinito del amor de Dios. Y cuando le escribió a los efesios les deja saber que él estaba orando por ellos, entre otras cosas, escucha, para que fueran capaces de comprender con todos los santos —o sea que ahí me está incluyendo a mí— que ellos fueran capaces de comprender con todos los santos cuál es la anchura, la longitud, la altura, la profundidad, y de conocer el amor de Cristo que sobrepasa el conocimiento.

John Stott, comentando sobre este pasaje, dice: "El amor de Dios es lo suficientemente ancho para alcanzar a toda la humanidad, lo suficientemente largo para durar hasta la eternidad, suficientemente profundo para alcanzar al pecador más depravado, y lo suficientemente alto para exaltar a ese pecador hasta los cielos." ¿Lo escuchaste? El amor de Dios es lo suficientemente profundo para alcanzar al pecador más depravado, y luego tomarlo, como el amor de Dios es suficientemente alto, lo es para exaltarlo hasta los cielos.

El amor de Dios es incomprensible para nosotros. De hecho, ahí mismo Pablo dice que sobrepasa todo conocimiento. Está más allá de lo que la mente humana puede concebir, imaginar. Está más allá de lo que el lenguaje humano puede expresar. Quizás está más allá de lo que los ángeles incluso pudieran entender, porque Dios es infinito, y si Dios es infinito, así de infinito es su amor, y todos nosotros criaturas somos finitos.

Nosotros tenemos dificultad para entender el amor de Dios, no solamente porque es un amor que escapa la mente finita del hombre, sino porque el único punto de referencia que nosotros tenemos es el amor que nosotros expresamos o sentimos, ese es nuestro único punto de referencia. Pero déjame decirte algo, porque nosotros necesitamos entender algo del punto de referencia para entender algo mucho mejor del amor de Dios. Tú y yo no sabemos cuánto amamos, no importa a quién, hasta que la vida te aprieta.

Cuando la vida apretó a Judas: "No, yo no, no fue esto lo que yo compré," lo vendió por treinta piezas de plata. Cuando la vida apretó a Pedro, quien dijo que iría con él hasta la muerte, negó a su mejor amigo tres veces; la tercera maldijo incluso. Yo creo que estaba mostrando en su maldición que estaba hastiado de que volvían a preguntarle que si era amigo de este hombre: "Yo no soy amigo de ese hombre." Cuando la vida apretó a los demás apóstoles, lo abandonaron y lo dejaron solo en la cruz, lo dejaron morir en soledad.

Pero cuando la vida apretó a Cristo, él sabiendo que su hora había llegado, en Juan 13:1 dice que Cristo amó a los suyos hasta el fin. Hasta el fin de sus emociones, hasta el fin de sus fracasos, hasta el fin de sus tropiezos. Y cuando la vida empezó a apretar a Cristo contra el madero, con tres clavos traspasado, él abrió su boca y dijo: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen." Tú no sabes cuánto alguien ama, cuánto tú amas, hasta que la vida no te aprieta. Y la vida no nos ha apretado a ninguno de nosotros, créanme, no de esta manera.

Nuestro amor es interesado en la mayoría de los casos. Nosotros queremos con frecuencia algo de alguien, y con frecuencia expresamos la mayor pasión de amor en el amor eros, el amor erótico, y confundimos la pasión del eros con la entrega del amor ágape. El eros quiere algo de alguien; el amor ágape no quiere nada de nadie, quiere entregarle algo a alguien.

Esa es la razón por la que Juan dice en el texto de hoy: "En esto se manifestó el amor de Dios." El amor ágape quiere entregarle algo a alguien. Escucha ahora: "En esto se manifestó el amor de Dios para con nosotros: en que Dios ha enviado a su Hijo" —está entregando algo a alguien— "ha enviado a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros" —y otra vez— "y envió a su Hijo" —entregando algo a alguien— "como propiciación por nuestros pecados."

De acuerdo a este texto, la mayor manifestación del amor de Dios es el envío de su Hijo. Dios no simplemente nos envió a su Hijo, nos envió a su único Hijo. Y no solamente nos envió a su unigénito, lo envió al mundo. Y cuando habla de que Dios envió al mundo, está hablando de que cuando su Hijo vino, amó a los suyos de una manera, pero amó al mundo de otra manera, de tal forma que a todos les amó hasta el punto que él soportó en la cruz lo que hacían contra él.

Dios envió a su Hijo a un mundo de rechazo, de corrupción moral, de mentira, que desdeñó la verdad que él vino a encarnar, y pasarse treinta y tres años de su vida en medio de la maldad de los hombres, del rechazo de los hombres, en medio del engaño, siendo tú completamente puro, debe haber sido extremadamente difícil y doloroso. Lo doloroso para Jesús al moverse entre hombres pecadores es ver la pobreza espiritual de aquellos que le rodeaban. No que le van a crucificar, él se ofreció para eso; tu pobreza espiritual que te lleva a vivir como vives. Pero él lo soportó porque el amor todo lo soporta, dice 1 Corintios 13, y cubre una multitud de pecados.

Quizás con esa afirmación de parte de Juan acerca de que Dios es amor y que la demostración de ese amor es la entrega de su Hijo, quizás pudiéramos comenzar a caracterizar el amor de Dios. Benedicto Pictet, de los años 1600 a 1700, definió el amor de Dios como aquello que hace a Dios inclinarse hacia la criatura. Mira: Dios inclinarse hacia la criatura. Escucha ahora: deleitándose en hacerle bien. Se inclina a la criatura, se deleita en hacerle bien, y como si pudiera decirse, queriendo unirse con ella. La realidad es que cuando Dios envió a su Hijo se unió a la criatura, porque se hizo hombre y vivió entre los hombres.

Eso es lo que Juan dice: "En esto se manifestó el amor de Dios." Déjame tomar esa frase y combinarla con cosas que Juan dice. En esto consiste el amor de Dios: en que él se inclinó hacia la criatura para hacerle bien, y como si quisiera unirse con ella, envió a su Hijo para que se hiciera hombre y se uniera a la criatura y caminara entre ellos. Con esa definición de lo que el amor es, vamos a ver si podemos caracterizarlo en el tiempo que nos queda.

El amor de Dios es eterno. Es eterno, claro, porque es parte de su esencia, de manera que desde que Dios es Dios, desde siempre, desde la eternidad pasada, él es amor. De manera que el amor que Dios posee hoy, que expresa hoy, es el mismo que ha tenido desde toda la eternidad. Con razón Dios le dice a Israel en Jeremías 31:3: "Con amor eterno te he amado." No ha habido un solo momento de la eternidad donde yo no hubiese pensado en ti, Israel, y que no te hubiese amado.

Si Dios me amó desde la eternidad, su amor no está relacionado en nada a lo que yo soy, ni a lo que yo hago, ni a lo que yo poseo, porque me amó antes de mi existencia. De hecho, Dios primero amó la idea de mí en el futuro, y luego en el tiempo me creó. Porque me amó, entonces me eligió también en la eternidad pasada. Porque me amó, me justificó en la cruz. Porque me amó, me preservará en el camino hasta que entre en gloria, porque lo que Dios comienza, Dios termina. La evidencia de que lo va a terminar es el hecho de que lo comenzó.

Pablo afirmó que el amor de Dios es eterno en 2 Timoteo 1:9. Escucha: "Él nos ha salvado y nos ha llamado con un llamamiento santo, no según nuestras obras" —quédate conmigo— "sino según su propósito y según la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús desde la eternidad." Dios me amó con la gracia que me fue dada en Cristo Jesús desde la eternidad. Desde la eternidad Dios me vio, me vio pecando, y me dio gracia en Cristo Jesús.

El amor de Dios es eterno. El amor de Dios es independiente del amado; se origina en él.

Dios no vio nada atractivo en mí, nada hermoso en mí. De hecho, Romanos 5:8 dice que Dios nos amó cuando nosotros éramos todavía pecadores. Dios detesta el pecado, aborrece el pecado, y me amó en esa condición. Dos versículos más adelante, en el versículo 10, Dios me amó, nos amó, cuando éramos todavía sus enemigos. Si la realidad es conocida, hermanos, hay suficientes cosas en mí que Dios detesta, aborrece, odia, y así me amó. Pero como yo no soy quien genera el amor de Dios, él me sigue amando, no porque yo sea brillante o bueno, sino porque el amor se deleita en la idea de lo que él puede llegar a hacer de mí: creando la imagen de Cristo perfectamente en el tiempo, y al entrar en gloria, completando el trabajo. La razón por la que Dios te creó en primer lugar es para darte la imagen de Cristo en segundo lugar. Dios ama lo que yo llegaré a ser, y por eso comienza amándome aun como yo soy.

Escucha lo que Juan dice en el versículo 10: "En esto consiste el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios". No, no fue eso, no tuvo nada que ver contigo, sino en que él nos amó a nosotros y envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados. Y Juan completa la idea ahí mismo en el capítulo 4, pero ya en el versículo 19, diciendo que nosotros amamos porque él nos amó primero. Nuestra capacidad para amar a quien sea, a cualquier nivel, tiene que ver con el hecho de que él nos amó primero. Él es la fuente del amor.

Esta ilustración nos puede ayudar algo. Tú piensas en una madre que desea tener un hijo: ella comienza a amar la realidad del hijo antes de embarazarse, ¿o no? Cuando una madre quiere un hijo, comienza a amar la realidad posible antes de embarazarse, y luego de embarazarse el amor sigue creciendo hasta el final. Yo creo que la ilustración es buena, pero se queda muy corta. La razón por la que se queda corta es porque esta madre es un ser humano y tiene necesidades afectivas; ella quiere dar a su hijo, pero al mismo tiempo su hijo llena necesidades en ella. Yo no lleno necesidades en Dios. Dios no tiene necesidad. Dios no tenía necesidad de crearme para sentirse acompañado. Dios tenía un deseo de dar a aquellos que todavía no eran parte de lo que él es, y se deleita en la idea de ver a criaturas salidas de él que luzcan como él, disfrutando la eternidad con él. El amor, el verdadero amor, solo quiere dar a alguien para enriquecer su alma, dejando algo de Dios en él o en ella. Yo no sé cómo llamar a lo otro, pero mucho de lo que nosotros decimos que es amor es un deseo de quitarle algo a alguien que llena una necesidad en mí.

El amor de Dios es sacrificial. El Padre nos dio a su Hijo, y su Hijo nos dio su vida. Su Hijo se despojó a sí mismo, dejó la gloria, dejó los privilegios, dejó el amor del Padre. "Padre, ya regreso a ti, devuélveme la gloria que compartía contigo, para compartir el amor que tú me has tenido desde la eternidad". Dejó a un lado el deleite de la presencia de su Padre, y vino, y se humilló hasta lo sumo, y sufrió la vergüenza, la burla de los hombres. Porque amar es estar dispuesto a pagar las consecuencias del pecado de otro. Por eso Dios lo envió como propiciación para el perdón de nuestros pecados, él pagó nuestro pecado. Cuando pagó nuestro pecado, aplacó la ira de Dios contra nosotros.

Dios nos salva de nosotros mismos. Por otro lado, Dios nos salva de su ira. Dios nos salva de su ira, pero nos salva para él, por medio de su Hijo, quien sí sufrió la ira. ¿Tú estás entendiendo? Yo estoy tan corrompido en mi interior que Dios tiene que salvarme de mí. La sociedad no es mi problema, el otro no es mi problema, yo soy mi problema. Y Dios tiene que salvarme de mí, y sabes que tiene que continuar salvándome de mí hasta que entre en gloria, porque si no, me pierdo. Y me salva de su ira, pero me salva para él.

Dos veces en el texto que leímos de 1 Juan 4:7-11, dos veces el texto dice que Dios muestra su amor en que Dios envió a su Hijo. Lo dice el versículo 9, que Dios envió a su Unigénito; lo dice el versículo 10, que envió a su Hijo como propiciación. Bien dice John Stott que mientras el origen del amor está en la misma esencia de Dios, la manifestación de ese amor es la venida de Cristo. El origen está en su esencia; la manifestación es la venida de Cristo. Nada, nada, absolutamente nada ha mostrado el amor de Dios más que la encarnación, la encarnación de la segunda satisfacción de la Trinidad. Y nada ha mostrado el amor de esa segunda persona de la Trinidad hacia nosotros que su disposición de ser tratado cruelmente como un vil criminal pecador para que el culpable fuera dejado en libertad. Nada va a mostrar el amor de Dios más que lo que yo acabo de describir.

Por tanto, Dios inspiró Juan 3:16: "Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo". Hermano, Dios no solamente prometió, Dios no solamente habló, Dios actuó. Y cuando actuó, envió a su único Hijo, monogenés en el original. La Nueva Traducción Viviente dice "his one and only Son", el único; es el Hijo, y el único Hijo. Como él le pidió a Abraham que hiciera, como tratando de ilustrar algo a nivel humano de lo que implicaba hacer esto.

Filipenses 2:8 dice que él se humilló hasta lo sumo, pero nosotros no tenemos idea de lo que implicó la humillación de Cristo: el rechazo de los hombres, la calumnia de las autoridades, el desdén de los líderes religiosos, la burla de sus verdugos, y el abandono de aquellos por los que él murió. El abandono de aquellos a quienes él les dijo: "Ya yo no les llamo siervos, sino amigos", que dijeron: "Tú no eres mi amigo. Creíamos que teníamos una amistad contigo, pero a ese precio, no".

¿Tú sabes que el amor tiene la capacidad de generar rechazo en el otro? Es increíble. El amor tiene la capacidad de generar rechazo en el otro. Ayer escuchaba, no es más, la he escuchado múltiples veces, a una madre diciendo: "¿Tú crees que los hijos aprecian realmente lo que los padres hacen por ellos?" ¿Tú sabes la historia de la parábola del hijo pródigo? El padre amó al hijo que todavía no era pródigo, y el hijo rechazó el amor del padre. El amor tiene la capacidad de causar rechazo en el otro. ¿Sabes por qué? Porque el amado no quiere lo que el dador o el amante quiere darle, cuando eso que quiere darle es incondicional y no se adapta a la forma de sus condiciones para él sentirse amado. Nosotros deseamos que el dador nos dé lo que nosotros queremos, y aun si lo que queremos nos hunde en el fango, como le hicieron a Daniel, como lo hizo el hijo pródigo, como muestra Gomer, la esposa de Oseas el profeta. La sacó del fango para darle de su amor, y ella prefirió el fango y volvió a la prostitución. Con lo cual Dios ilustraba exactamente lo que el pueblo de Israel, el pueblo de Dios, había hecho con él.

Número cuatro: el amor de Dios es general, porque Dios no solamente ama, sino que él es amor. De manera que cada vez que Dios se relaciona con sus criaturas —nota que no dije con los creyentes—, cada vez que Dios se relaciona con sus criaturas, lo hace a través de su amor. De hecho, Cristo enseñó eso en el Sermón del Monte. Escucha cómo lo enseñó, en Mateo 5:43-45: "Ustedes han oído que se dijo: 'Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo'. Pero yo les digo: amen a sus enemigos y oren por los que les persiguen, para que —escucha— para que ustedes sean hijos de su Padre que está en los cielos, para que sean como mi Padre que ama a sus enemigos, porque él hace salir su sol sobre malos y buenos, y llueve sobre justos e injustos". El amor de Dios es general. "Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito", no simplemente "tanto amó Dios a sus elegidos", no, no, no, al mundo entero.

Tú recuerdas la historia para que puedas ver que Dios ha amado al creyente y al no creyente de forma distinta, pero los ha amado. Cuando el joven rico se acercó buscando la vida eterna, Cristo le dice: "Bueno, cumple con los mandamientos". Y él dice: "Eso yo lo he cumplido todo", y eso era suficiente para condenarlo. Y le dice: "Si tú realmente quieres la vida eterna, ve y vende lo que tienes, dáselo a los pobres", y el joven rico se fue muy triste. ¿Tú has prestado atención a lo que el texto de Marcos dice en el capítulo 10:20-21? Que Jesús le amó. Jesús amó al joven rico que lo rechazó, porque a Jesús le dolió la pobreza espiritual del corazón.

Le he dicho, joven, Dios estuvo dispuesto a perdonar a Sodoma y Gomorra si hubiesen aparecido cinco justos, porque Dios se deleita en la misericordia, leímos de Miqueas. El retardo del juicio de Dios una y otra vez, aun en tu propia vida, tiene que ver con una sola cosa: la misericordia. Es la misericordia de Dios que frena la justicia de Dios. D.A. Carson dice que Dios tiene compasión de nuestra raza rebelde. ¿Notaste cómo Carson no dice que Dios tiene compasión de sus hijos solamente? No, no, no. Dios se duele con la raza rebelde. Gente terminará en el infierno, pero no sin antes que Dios haya experimentado dolor por ellos.

Número cinco: el amor de Dios es especial y soberano. General, pero también es especial y soberano. Deuteronomio 7:6-8: "Porque tú eres pueblo santo para el Señor tu Dios. El Señor tu Dios te ha escogido para ser pueblo suyo de entre todos los pueblos que están sobre la superficie de la tierra". Él miró todos los pueblos, miró todas las tribus, y te escogió. Versículo 7, escucha: "El Señor no puso su amor en ustedes ni los escogió por ser ustedes más numerosos que otros pueblos, pues eran el más pequeño de todos los pueblos". Entonces, ¿por qué lo hizo? Escucha el versículo 8: "Mas porque el Señor los amó". El Señor se dispuso a amarlos, pero no había nada en ellos, no había nada. Ellos no tenían nada que otros pueblos no tuvieran.

De hecho, tenían menos, era más pequeño, y guardó el juramento que hizo a sus padres. El Señor lo sacó con mano fuerte y lo redimió de casa de servidumbre, de la mano de Faraón, rey de Egipto. Es parte de su amor, es soberano, es especial, es general, pero es especial también. Romanos 9:3: "A Jacob amé, a Esaú aborrecí". Pero es tan especial que es personal. Pablo dice en Gálatas 2:20 que Jesús me amó y se entregó a sí mismo por mí. Ya Pablo no está hablando de la raza humana, no está hablando de los elegidos; Pablo está hablando de su persona y dice: el Señor me amó y se entregó a sí mismo por mí. De manera que el amor de Dios es general, pero es especial, y tan especial que es personal. Pero es soberano, porque ama a unos como Jacob de una manera especial y a Esaú de una manera general.

El amor de Dios es trinitario. Cada miembro de la Trinidad nos ama, no hay duda de eso. El Padre nos eligió en la eternidad pasada, planificó; el Hijo nos justificó en la cruz; el Espíritu nos dio vida cuando nacimos de nuevo, nos trajo a salvación. Y en el presente, el Espíritu nos preserva a lo largo de todo el camino. Pero el amor de Dios también, no solamente es trinitario, es intertrinitario. La Palabra de Dios habla de cómo el Padre amó a su Hijo desde la eternidad. El Hijo, cuando vino, reveló cómo Él amó, ama, continuará amando a su Padre. Y el Espíritu de Dios participa y disfruta de este amor intertrinitario, porque cuando Cristo se va, Él es enviado por el Padre y el Hijo, y Él viene voluntariamente a hacer precisamente la tarea que se le había encomendado. Es un amor trinitario e intertrinitario.

El amor de Dios es transformador. El amor de Dios te transforma si lo experimentas. El mejor testigo de eso es el apóstol Pablo: "Estando convencido de esto, de que uno murió por todos, y por tanto todos murieron". En el mismo texto Pablo dice: el amor de Cristo nos constriñe, me constriñe, me obliga, me deja sin opción. El asunto no es que yo tengo varias opciones y luego de tenerlas, considero todo y bueno, esto yo creo, voy a vivir así, vivir para Cristo, y que para mí el vivir es Cristo y el morir es ganancia. No, el vivir es de manera... después de todo, cuando lo pensé bien y lo sopesé, era la mejor opción. No, no, no, no. Es que después que yo pensé en el amor de Cristo y lo pude rumiar, yo me sentí obligado. Tanto a bárbaros como a griegos, como a judíos, estoy obligado con todos cuando lo entendí. El amor de Cristo, el amor de Dios, es lo mismo: el amor de Cristo, de Dios, es transformador.

Escucha cómo este teólogo del siglo XVIII, Bengel, lo puso. Escucha cómo se da mi transformación: en mi estado de incredulidad no tenía ni amor ni temor de Dios. Luego pasé a tener temor sin amor. Luego llegué a experimentar amor y temor, hasta que finalmente pude experimentar amor sin temor. El perfecto amor echa fuera todo temor. Hasta que finalmente, cuando estoy más maduro, cuando entiendo la cruz, yo puedo experimentar amor sin temor.

Déjame desempacar eso un poco mejor. Como incrédulo ignorábamos a Dios, por tanto, como ignorábamos a Dios, vivíamos como ateos prácticos, aun si creyéramos de manera general que existía un Dios. Por tanto, a Dios ni lo amábamos ni le temíamos. Modelaban en inglés: "Who cares?" ¿A quién le importa? Cuando creí, comencé a temer su disciplina, sus consecuencias, pero no disfrutaba de su amor. Tenía temor, pero no tenía la experiencia del amor. Al comenzar a crecer en la fe, comencé a experimentar su amor, pero todavía siendo muy temeroso de su justicia. Porque sabes que, como no soy maduro, con frecuencia vivo en desobediencia, y mi desobediencia me hace temer su disciplina, y con razón.

Pero cuando tú tienes una vida caracterizada por la obediencia, entonces tú comienzas a sentirte más cerca de Dios. Aunque Dios ha estado igual de cerca, comienzas a sentirte más cerca de Dios. Ahí tú experimentas el perfecto amor de Dios, y el perfecto amor de Dios echa fuera todo temor. Cuando estábamos en desobediencia, Dios no nos amaba menos, no nos daba menos. Su amor es inmutable, al igual que todos sus atributos. Pero esto es cómo se da en la práctica, porque es que yo concluyo frecuentemente y siento que Dios me ama menos en la desobediencia. En la obediencia yo logro experimentar el amor de Dios de una manera cercana, y mi estado de obediencia permite que Dios derrame sobre mi vida tantas bendiciones como yo pueda manejar.

Porque hasta eso Dios tiene que sopesar. A Pablo le puso un aguijón en la carne, no fuera a ser que las bendiciones que él experimentó en el tercer cielo lo enorgullecieran. Tú lo limitado con nosotros, a nosotros, que Dios tiene que incluso en su amor sopesar hasta dónde nos va a bendecir, porque las bendiciones nos pueden dañar, porque nos enorgullecemos. Entonces, en la obediencia estoy cerca, lo experimento cerca, experimento sus bendiciones. En la desobediencia, Dios activa otro aspecto de su amor, del mismo amor, que es su disciplina. ¿Y por qué Dios hace eso hoy o bien? Para que participes de su santidad. Él te disciplina para tu bien, para que participes de su santidad. Y cuando participas de su santidad, participas de su bendición. ¿No es eso lo que quieres?

Finalmente, el amor de Dios es perseverante. Si lo fuéramos a poner en lenguaje de la calle, diríamos que el amor de Dios es terco. Oye, Él te ama, te ama, te cae atrás y te sigue amando. Y tú regresas al mercado del esclavo, y tú dejas a Oseas y te vas a la prostitución, y yo te sigo amando. Y esa es la razón por la que hablamos de la fidelidad de Dios. El amor de Dios que comenzó en la eternidad, si no tiene que ver nada conmigo, continuará. En la eternidad pasada comenzó, continuará hasta la eternidad futura.

Pero eso es lo que el apóstol Pablo escribe y concluye en la carta de Romanos, capítulo 8, versículos 37 al 39: "Pero en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó". La victoria mía tiene que ver con el hecho de que aquel nos amó. "Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús, Señor nuestro". No, no nos podrá separar. Nos amó desde la eternidad pasada, antes de yo ser. Y luego nos amó cuando ya yo era su enemigo, cuando no quería saber de Él, cuando yo era un pecador. Me amó y me dio a su Hijo y me limpió y me justificó en la cruz y me preservó. Continuará hasta el final amándome de la misma manera. Que me amó a los suyos en el aposento alto hasta el fin, amará al resto de los suyos hasta el fin también.

El amor de Dios es perseverante. El amor de Dios no te abandonará. Tú y yo somos los que tendemos a abandonar a Dios, pero Dios continúa llamándote. Y si Dios tiene que ejercer su disciplina para halarte de regreso a Él, lo hará. Pero lo hace porque te quiere cerca y no lejos. Lo hace porque no te quiere a ti destruyéndote a ti mismo, destruyendo tu vida o destruyendo la vida de otros. Quiere construir tu vida, reparar tu vida, redimir tu vida, bendecir tu vida. Ese es el amor de Dios, el amor que nos constriñe, que nos obliga. Y ese es el amor que tú y yo necesitamos conocer.

Padre, gracias. Gracias porque ciertamente tu amor se escribe C-R-I-S-T-O, Cristo. Esa es la manifestación de tu amor, esa es la definición de tu amor. Gracias por darlo. Cristo, gracias por dar tu vida. Señor, gracias por dejarnos ver de qué manera se supone que yo ame: dando. La persona que yo más debo amar eres Tú. La manera de amarte hasta el fin, como Tú nos has amado, es dándote toda mi vida, entregándote mi mente, mi corazón, mi voluntad, todo lo que puedo, todo lo que soy, todo lo que tengo. Gracias por tu paciencia, gracias por tu tolerancia, gracias por amarme aun cuando yo he malentendido tu amor. Y gracias por amarme cuando tu amor incluso ha causado rechazo en mí, porque no me has dado lo que yo quería. Pero yo te pido, Señor, que en este día Tú nos permitas salir de aquí rumiando, pensando en lo inmenso de tu amor, y que estas canciones que estamos a punto de cantar nos ayuden a ver que ciertamente Tú eres la fuente, el origen del amor. Pero que al mismo tiempo es tu amor la energía, la chispa, la manera como yo puedo hoy día levantarme y vivir la vida otra vez, pensando en lo inmenso de tu gran amor. En Cristo Jesús, amén.

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Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.