Héctor Salcedo • 30 mayo, 2010
Hace unos veinte años, la familia del pastor Héctor Salcedo enfrentó una tormenta perfecta: perdieron el dinero invertido en un terreno con título falso, la inflación devoró sus ahorros, y su padre tuvo que someterse a una cirugía de corazón abierto en el extranjero. Con apenas diecisiete años, él se sintió airado, atemorizado y convencido de que Dios le debía una explicación. Esa experiencia personal abre la puerta a una verdad que muchos creyentes necesitan escuchar: las dificultades no son accidentes en la vida del hijo de Dios, sino instrumentos de su mano amorosa.
Hebreos 12 fue escrito a judíos convertidos que lo habían perdido todo por seguir a Cristo —familia, trabajo, comunidad— y estaban a punto de abandonar la fe. El autor les recuerda que Dios disciplina a quienes ama, no para castigarlos por mera retribución, sino para instruirlos. La disciplina bíblica puede ser correctiva, como cuando David fue confrontado por su adulterio; preventiva, como el aguijón que mantuvo humilde a Pablo; o educativa, como el sufrimiento de Job que le permitió conocer a Dios de una manera nueva.
La disciplina de Dios se distingue de la de los padres terrenales porque nunca se equivoca, nunca se excede y siempre produce santidad y paz. Como el tratamiento de quimioterapia que un enfermo de cáncer acepta porque valora su salud física, el creyente puede abrazar el dolor espiritual sabiendo que el resultado será bueno. Duele, sí, pero al final el fruto es apacible y eterno.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Bien, antes de buscar el texto que estudiaremos en el día de hoy, yo quisiera darle una gran introducción a este mensaje que yo entiendo que es necesaria, y comenzar con una historia que para algunos de los que están aquí, que son parte de mi familia o que me conocen hace muchos años, yo creo que hay algunas de estas cosas que ya ustedes conocen.
Hace unos veinte años aproximadamente, mi familia, la familia de mis padres y mi hermana, pasamos por un momento muy, muy difícil, en extremo difícil. Problemas en diferentes ámbitos de nuestra vida se levantaron. El primero de ellos fue en el ámbito económico. Sucedió en ese momento que mi papá tenía un sueño; nosotros teníamos una ilusión de tener una casa con patio y demás. En esa época yo recuerdo que estaba muy en auge un sector que se llama La Meda, que muchos de ustedes conocerán, en las afueras de la ciudad. En esa época todo el mundo quería juntar su dinerito y tratar de comprar un solar; era como una zona cerca, pero a la vez lejos, daba una sensación de campo y todo el mundo quería tener ahí un solar, una casita o algo. Y eso fue lo que hicimos: mi papá compró un solar, pero al poco tiempo nos dimos cuenta que el título era falso. Nos habían vendido nada y teníamos el título falso y no teníamos el dinero. Nos quedamos sin pito y sin flauta, sin el dinero y sin el solar. Y eso fue un impacto para nosotros, porque obviamente no éramos gente muy afluente y eso era una parte importante de lo que teníamos.
Pero al poco tiempo sucedió otro evento también en el ámbito económico, y era que mi papá se dedicaba a construir, construir viviendas. Él construía una vivienda, nosotros la vivíamos al año, la ponía en venta, la vendía, y así hacíamos de eso nuestra manera de vivir, nuestra manera de ganar la vida. Pero sucedió que en ese momento él vendió una casa, tomó el dinero, lo puso en el banco para hacer otra, pero ahí vino la gran inflación de los años 89 y 90, y la inflación se nos comió el dinero, el valor real del dinero. Entonces el dinero que estaba en el banco, como todavía sufrió depresión, no daba para terminar la próxima casa, y la terminamos a retazos. Pero fue también un impacto fuerte para nosotros también en el plano económico.
Y la tercera situación vino en el ámbito de la salud. Recuerdo que mi papá fue a chequearse del corazón, tenía unos dolores en el pecho, y aquí le diagnosticaron, o más bien le dijeron: "Tienes que irte fuera, porque aquí no tenemos los equipos, no tenemos los recursos para operarte y para diagnosticarte apropiadamente". Hace veinte años eso era una cosa mayor; hoy en día ya eso es más común, pero los temas del corazón hace veinte años eran muy, muy serios. Y mi papá salió del país, y por la gracia de Dios conseguimos una manera de ayudarnos con Corazones Unidos, esta organización sin fines de lucro que dirigía Freddy Beras-Goico y unos médicos. Mi papá sale fuera a chequearse, pero al final ya le dicen: "No te puedes ir sin operarte, tiene que ser una operación de corazón abierto". Y para mí eso fue también tremendamente impactante.
Cuando ustedes juntan esas tres cosas y las ponen en el hombro de un joven de diecisiete años, que yo era hace veinte —yo tenía diecisiete, tengo treinta y siete, por si están calculando, para que no se me distraigan—, en ese momento yo estaba airado, estaba atemorizado y estaba ansioso por saber el desenlace de todas estas cosas. Ya éramos creyentes, y yo sabía que los cristianos están expuestos a problemas y circunstancias difíciles, yo lo sabía eso. Lo que yo no sabía y lo que yo no preví era que podíamos estar expuestos a tan grandes problemas todos juntos. Yo me desconcerté, me desesperancé y comencé a cuestionar a Dios, comencé a cuestionar sus métodos. Yo no entendía cuál era la razón, yo no entendía por qué el momento, yo no entendía por qué a nosotros, la gente de Dios, éramos gente que queríamos servirle, que teníamos una familia que le temía. Y sencillamente, como las cosas no iban como yo esperaba, yo entendía que Dios me debía una explicación de por qué eso sucedió de esa manera.
Y la realidad es que muchos de nosotros, quizás en el pasado, quizás ahora, o muy probablemente también en el futuro, vamos a vivir situaciones en diferentes ámbitos. Puede ser en el ámbito económico, puede ser en el ámbito familiar, puede ser en el ámbito de la crianza con los hijos, puede ser en el ámbito de la salud. Vamos a estar expuestos a problemas, a situaciones difíciles, a asuntos que desafían nuestra fe y que nos llevan a una posición donde vamos a querer cuestionar a Dios, vamos a querer cuestionar su carácter o sus métodos o el tiempo que él decide ponernos en esa situación. Eso es una realidad que todos nosotros hemos experimentado, estamos experimentando o vamos a experimentar.
Yo no sé si tú en algún momento, los que están aquí, han cuestionado la manera como Dios hace las cosas. Pero hay mucha gente que no entiende por qué el mundo en el que vivimos es como es, por qué tenemos que ser testigos de tantos abusos, de tantas injusticias, de tanto dolor, de tanto sufrimiento, aun en la vida de gente buena, aun en la vida de gente que se supone que son gente de Dios.
Y si nos vamos a la Biblia, y específicamente al libro de Hebreos, que es el libro del cual vamos a tomar nuestro pasaje, el libro de Hebreos fue dirigido a un grupo de personas, a un grupo de judíos que estaban siendo perseguidos por su fe. En ese momento el hacerse cristiano no tenía los resultados que tiene ahora. Hoy en día no hay ni visos de la persecución que los cristianos del primer siglo vivieron. Esta gente se convertía al cristianismo desde el judaísmo, al cristianismo, y eran expulsados de toda comunión social. La comunión social judía estaba alrededor de su religión. Ellos eran expulsados de la comunidad, ellos eran expulsados de su familia. Si trabajaban, ellos eran cancelados o botados del trabajo. Si tenían un negocio, probablemente la comunidad no le volvía a comprar. Literalmente eran gente que eran exiliados totalmente de su comunidad, de su sociedad, en el ámbito social, en el ámbito económico. Y como si todo eso fuera poco, probablemente también experimentaban la persecución del Imperio Romano, que podía terminar en la muerte de estos individuos. Era gente que estaba enfrentando una situación muy, muy difícil.
Y en esa situación muchos de ellos comenzaron a perder ímpetu en su fe, comenzaron a cuestionar a Dios, comenzaron a decir: "Esto no vale la pena", comenzaron a decir: "Pero, ¿cómo se supone que esto es de Dios, si cuando nos hicimos cristianos es cuando nuestros problemas han comenzado? Esto no puede ser". Y ellos perdieron impulso, perdieron parte de ellos la fe. Y esa es la razón por la que, por ejemplo, si ustedes comienzan a leer Hebreos uno de ahí en adelante, el libro de Hebreos está dedicado a la supremacía de Cristo, a demostrarle a los hebreos: "Ustedes son perseguidos, ustedes están dolidos, ustedes son unos expulsados, pero Cristo está por encima de todo, tiene el control".
Y llegamos al capítulo 11, donde el autor de Hebreos le dice a estos judíos: "Ahí ustedes tienen, además de que Cristo es superior a todo, además de eso, ustedes tienen un ejemplo de hombres y mujeres que han dado su vida en el pasado por la causa de Dios. Por lo tanto, no pierdan el ímpetu, no pierdan su fe, sigan perseverando, sigan persistiendo, que esto vale la pena".
En el capítulo 12 él entra a otra razón por la cual ellos deben persistir, y él va a... el título de mi mensaje tiene que ver con esa realidad, con el tema de la disciplina de Dios, de cómo Dios trabaja en nuestras vidas para instruirnos. En el capítulo 12 él ya le dice a esta gente: "Pero además de todo eso..." —ya voy a ir cayendo en el pasaje, todavía no les digo el versículo para que no se distraigan— en el capítulo 12 él les dice: "Pero además de eso, además, ustedes tienen un gran ejemplo a seguir por todos estos hombres y mujeres que dieron su vida por la fe, que dieron su vida por Dios. No pierdan de vista, ojo, hebreos que están pasando problemas y circunstancias difíciles, hoy en día cristianos que están pasando problemas y circunstancias difíciles, no pierdan de vista que Dios usa las estrecheces, las situaciones de escasez, la enfermedad, el dolor, el sufrimiento, la mala economía para instruir a sus hijos".
Ese es el gran mensaje de Hebreos 12:5-11, que va a ser nuestro pasaje. El gran mensaje es: Dios usa estas circunstancias como una manera de instruir a sus hijos. Específicamente lo dice con el término disciplina: Dios nos disciplina a través de esto.
Y yo quisiera hacer una aclaración con respecto al término disciplina. Cuando nosotros pensamos en la palabra disciplina, normalmente pensamos en castigo. "Hay que disciplinar a ese muchacho que está fuera de control, este es muy malcriado", y lo disciplinamos. Si las asociamos, la disciplina con una pela, con un castigo, con quitarle un juguete, lo que sea. Pero en la Biblia la palabra disciplina no tiene tanto que ver, y no tiene solo que ver con castigo; tiene que ver más con instrucción. La disciplina bíblica es instrucción a través de sufrimiento, a través de castigo, pero no es castigo per se, no es castigo porque te lo mereces, es castigo para instruirte.
Dios, bíblicamente hablando, luego de Cristo, luego que entendemos claramente la cruz, Dios no castiga a sus hijos, Dios los disciplina. La diferencia entre castigo y disciplina es que el castigo es retributivo, es justicia; la disciplina es castigo con el propósito de instruir.
Entonces, dicho eso, ¿cuáles son las razones bíblicas por las cuales Dios disciplina a sus hijos? Hay tres razones por las cuales Dios disciplina a sus hijos. Acuérdense que todavía estamos en la introducción, pero es necesario para entender el cuerpo, el mensaje central del pasaje.
En primer lugar, la primera razón por la que Dios disciplina a sus hijos es la corrección. Dios muchas veces tiene que someternos a situaciones difíciles, a situaciones de escasez o las que sean, con el propósito de corregir nuestra conducta por pecado en nuestra vida, por situaciones, por hábitos que tenemos, por costumbres que tenemos, por prácticas que tenemos que son desagradables a los ojos de Dios y que no le hemos hecho caso, probablemente, a otras maneras en las que Dios nos ha hablado. Dios dice: es necesaria la disciplina para corregirte.
El caso clásico es el caso de David. El rey David cometió adulterio con esta mujer, Betsabé, incluso mató, asesinó al esposo de Betsabé para quedarse con ella. Y luego, que Dios sabe eso y que David no estaba por arrepentirse, Dios le manda un profeta, le dice: tú has pecado y te voy a disciplinar, y va a suceder que el hijo que tienes con ella va a morir, y va a suceder que la espada nunca se apartará de tu casa. Y David reconoce en el Salmo 42 y en el Salmo 51 que es juicio de Dios, que la disciplina de Dios es correcta, porque lo corrigió. Corrigió su percepción de que él podía hacer lo que le daba la gana siendo rey, corrigió su pecado de egoísmo, corrigió su pecado de adulterio, y enderezó sus caminos y siguió siendo un hombre de pecado en otras áreas también.
Pero la primera razón es correctiva. También tenemos el ejemplo de Primera de Corintios 11, donde el apóstol Pablo está hablando de la cena del Señor. El apóstol Pablo habla de que muchas personas venían a la cena del Señor a tomar la comunión de manera indigna, y en el versículo 32 nos dice que muchos de ellos habían sido disciplinados por Dios por haber tomado la comunión de manera indigna. La disciplina era que estaban enfermos, y muchos habían muerto incluso, porque habían tomado la comunión de manera indigna. O sea, Dios disciplina a su pueblo por razones correctivas. Y es bueno preguntarse muchas veces, cuando nosotros estamos en situaciones difíciles de nuestra vida, si es una corrección que Dios está haciendo en nosotros, si es un hábito que tenemos que corregir, si es un pecado que Dios nos está llamando la atención, si es algo que tenemos que dejar. Es bueno hacerse esa pregunta.
La segunda razón de la disciplina de Dios es preventiva. Muchas veces la disciplina de Dios no es corregir algo que ya está hecho, sino evitar que algo se haga. El ejemplo de esto lo tenemos en Pablo también, Segunda de Corintios 12. Oigan lo que dice este versículo, Segunda de Corintios 12:7. Pablo hablando dice: "Y dada la extraordinaria grandeza de las revelaciones, por esta razón —ojo— para impedir que me enalteciera, me fue dada una espina en la carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, que me humille, para que no me enaltezca." Acerca de esto, tres veces rogué al Señor para que lo quitara de mí, y sabemos que Dios le dijo: "No lo voy a quitar, es necesario que tengas esto porque de lo contrario te puedes enorgullecer." Y un corazón orgulloso no es un corazón útil para Dios. Dios muchas veces permite situaciones en las que nos humilla, precisamente para evitar otros problemas en nuestra vida.
Nosotros hacemos eso con nuestros hijos. Nosotros muchas veces prevemos con nuestros hijos ciertas cosas y les quitamos o les evitamos ciertas cosas para que no se malcríen. Ustedes van a una juguetería y el hijo quiere un juguete, pero sigue caminando y quiere otro, y sigue caminando y quiere otro, y cuando ustedes llegan al final del pasillo el niño quiere diez juguetes. Los padres normalmente le dicen: "No, papito, no te puedo comprar todos los juguetes." Primero, la mayoría de nosotros porque no tenemos el dinero, pero además de eso, aun teniendo el dinero, un padre sabio diría: "A ti no te conviene que yo te compre todos los juguetes juntos." ¿Por qué? Porque tú vas a creer que tú eres el centro del mundo. Además, yo voy a sembrar un sentir en ti de que todo lo que tú quieres tú lo vas a tener o tú lo debes tener, y eso no te conviene. Déjame prevenirte de esa situación. Y Dios muchas veces permite situaciones en nosotros, dificultades en nuestra vida, para prevenir que yo caiga en otras cosas.
La disciplina de Dios entonces puede ser correctiva, puede ser preventiva, pero además puede ser educativa. Dios no solamente corrige pecado, corrige malos hábitos. Dios no solamente previene pecado, sino que también nos educa y nos enseña cosas que de otra manera nosotros no aprenderíamos. El caso clásico es el caso de Job. El libro de Job, ustedes lo tienen en el capítulo uno. Nosotros sabemos que Job, en el primer capítulo, se nos dice que perdió su ganado, perdió sus ovejas, perdió sus camellos, perdió sus vacas, perdió su economía. Se fue a pique literalmente, las perdió. Perdió sus diez hijos, los diez hijos de Job murieron, y se le quedó la esposa, porque era insoportable. La combinación de esto fue una bomba de tiempo en la vida de Job.
Nosotros seguimos leyendo el libro de Job y sucede que más adelante Job pierde su salud. Hasta ahora todo había sido externo, pero Job pierde su salud. Dice que literalmente se puso tan flaco que su piel estaba sobre sus huesos, parecía un cadáver literalmente. Y no solamente parecía un cadáver, sino que tenía tantas llagas en el cuerpo que se tenía que rascar con tela de saco del ardor y la irritación que tenía en todo el cuerpo. Antes de esa situación vienen los amigos de Job. No solamente le pasó eso, ahora vienen sus amigos y comienzan a acusarlo y dicen: "Job, tú estás así porque tú has pecado, porque es inconcebible que a un hombre justo le pase todo lo que te ha pasado." Ellos entendían en su mente que la única razón por la que Dios permite situaciones difíciles es por corrección. Ese era su concepto: tiene que ser que tú estás pecando, porque hasta donde nosotros sabemos, a los hombres justos no les pasa eso.
Y al final nosotros sabemos que Dios dice: "Todo lo que tus amigos han hablado es una necedad." Y Job dice al final: "Señor, yo de oídas te había oído, pero ahora te conozco." En otras palabras, esta experiencia me ha hecho saber cosas de ti que de otra manera yo no sabría. Entonces, ¿para qué fue la disciplina de Job? Para instrucción, para enseñarle, para abrirle los ojos a una realidad de Dios que él no conocía. Entonces puede ser correctiva, puede ser preventiva, puede ser educativa.
Segunda de Corintios, reforzando esta parte de la educación, Segunda de Corintios 1:4 dice Pablo hablando: "Que Dios nos consuela en toda tribulación nuestra para que nosotros podamos consolar a los que están en cualquier aflicción, con el consuelo con que nosotros mismos hemos sido consolados." En otras palabras, cuando tú sufres y eres consolado, tú aprendes a consolar a otros. Es instructiva.
En resumen, Dios nos disciplina por las razones que sea: correctiva, instructiva o preventiva. Pero Dios usa las circunstancias difíciles en nuestras vidas para instruirnos, para castigarnos, para disciplinarnos, para enseñarnos, para corregirnos. Es un trabajo de Dios en tu vida.
Y la pregunta que yo le quiero hacer al pasaje de Hebreos 12, desde el versículo 5 —finalmente llegamos, esta era la introducción, yo les dije que era necesaria— desde el versículo 5 en adelante hasta el 11, vamos a responder la pregunta de por qué tenemos nosotros que darle la bienvenida a la disciplina de Dios. ¿Por qué debería yo sentirme gozoso, incluso gozoso, porque Dios permita situaciones difíciles en mi vida?
Vamos a leer del 5 al 8 y luego vamos a detenernos para reflexionar un poco: "Además habéis olvidado la exhortación que como a hijos se os dirige: Hijo mío, no tengas en poco la disciplina del Señor, ni te desanimes al ser reprendido por él. Porque el Señor al que ama disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo. Es para vuestra corrección que sufrís. Dios os trata como a hijos, porque ¿qué hijo hay a quien su padre no discipline? Pero si estáis sin disciplina, de la cual todos han sido hechos participantes, entonces sois hijos ilegítimos y no hijos verdaderos."
La primera razón por la que yo debería darle la bienvenida a la disciplina de Dios en mi vida es porque me comunica que yo soy hijo de Dios. Dios me comunica a través de estas situaciones que yo le pertenezco. Es una forma en la que Él me muestra mi identidad de alguna manera. Y en la lógica que él propone, el autor de Hebreos dice: ¿qué hijo hay que su padre no discipline? Esto es lo que ustedes no solamente hacen, sino que están llamados a hacer con sus hijos. Por lo tanto, el Padre celestial está llamado también y tiene el derecho también de corregirnos a nosotros, como nuestros padres terrenales nos corrigen. Ese es su derecho.
Estas dos realidades, de que Dios nos ama y de que somos sus hijos, deberían darnos una perspectiva de que la disciplina de Dios debe ser bienvenida. Pero fíjense algo: el problema de los hebreos en este caso, ¿cuál fue su problema? Olvido de la Palabra. Ellos estaban desesperanzados, ellos estaban perdiendo el entusiasmo como cristianos, porque dice: "Habéis olvidado la exhortación que como a hijos se os dirige." Muchas veces nosotros perdemos perspectiva en medio de las situaciones difíciles que pasamos precisamente porque hemos olvidado los principios de Dios que nos ayudan a sostenernos en medio de esa situación. Nos olvidamos, lo ignoramos, quizá porque en el pasado no le hemos puesto mucha atención a esta palabra, porque sencillamente lo que dice como que no me gusta. Por la razón que sea, olvidamos lo que la Palabra nos ha instruido.
Y hay dos errores de los cuales el autor de Hebreos les advierte a los hebreos en cuanto a la disciplina. Les dice primero: no la tengas en poco, no te olvides, no la tengas en poco, pero tampoco te desanimes. Son dos extremos. Yo puedo hacerme el chivo loco con la disciplina de Dios. Dios trabajando conmigo, Dios trabajando conmigo, trayendo situaciones a mi vida, y sencillamente yo lo que estoy es alejándome, alejándome, alejándome. Yo no entiendo, yo no sé lo que Dios está haciendo, además ya está bueno de estas rachas, yo no le veo el valor a lo que Dios está haciendo, tampoco le veo el sentido. Ya yo... hay que dar, Dios, yo lo tengo, Dios, yo sé lo que me quiere decir, yo tengo... Tenerla en poco.
El otro extremo es desanimarme con la disciplina de Dios, cogerla tan a pecho en el sentido de: yo no sirvo, yo soy un... yo estoy podrido, yo no sé por qué yo estoy en esto otra vez. Es impresionante, Dios. Yo creo que esa actitud hasta cierto punto es buena, saber que todo es por gracia, pero si la disciplina de Dios lo que me lleva es a un estado de inacción porque me desanimo completamente, tampoco es eso lo que Dios quiere. Dios quiere un equilibrio: no la tengas en poco, pero tampoco te desanimes. Asume que la disciplina es una expresión del amor de Dios para tu vida.
¡Ay! Que Dios quiere las dificultades, las cosas que desafían nuestro corazón, que desafían nuestra fe, que nos colocan en dilemas, en disyuntivas. Señor, esto está supuesto a producir un resultado bueno en mí. Esto está supuesto a comunicarme que yo soy tu hijo. Ayúdame a comportarme como tal. Esa es la primera razón.
Y fíjense que el verso 8 habla de que esto no es algo que está reservado para algunos. Dice: "Pero si estáis sin disciplina, de la cual todos han sido hechos participantes..." O sea, nadie está exento.
Exentos de esto, pero son hijos. No están exentos de los problemas y las circunstancias difíciles que nos instruyen y nos dirigen. Ese derecho y esa responsabilidad que Dios tiene como Padre de disciplinarme, no podemos pretender que Él no lo tiene.
Imagínense que ustedes están en un restaurante o en un lugar público y sucede que ustedes están comiendo con su familia, pero al lado hay una pareja con un niño de tres años, y el niño está haciendo y deshaciendo. El niño está gritando, haciendo bulla, tirando comida, corriendo por el lugar, está haciendo del lugar y del momento algo muy desagradable. ¿No les ha pasado eso? Lo que uno piensa es: "Pero por Dios, ¿no lo van a corregir? ¡Hazle caso, muchacho!" Y los papás muy tranquilamente comiendo, bebiendo refresco, y ustedes los ven como muy quitados de bulla. ¿Y por qué no lo corrigen? Porque ese no es su derecho. El derecho de corrección recae sobre los padres. Son los padres. Ustedes están esperando, ya no soportan la situación, pero están esperando que los padres, que tienen el derecho y el deber de corregir, lo hagan.
El mismo derecho que tienen los padres, y deber que tienen los padres de corregir a sus hijos, el mismo derecho y deber tiene Dios de corregirnos a nosotros. Entonces, ¿de dónde viene la queja? La próxima vez que a mí me pasen situaciones en las cuales yo esté tentado a cuestionar a Dios y decir: "Señor, ¿por qué?", recuerden esto: porque tú eres su hijo, porque Él te disciplina, porque te está corrigiendo, porque te está instruyendo, porque te está previniendo de que te conviertas en otra cosa. Ese es su deber, es su derecho como Padre.
El segundo punto de por qué debemos nosotros recibir la disciplina de Dios o darle la bienvenida a la disciplina de Dios está en los versículos 9 al 10. Dice lo siguiente: "Además, tuvimos padres terrenales para disciplinarnos y los respetábamos. ¿Con cuánta más razón no estaremos sujetos al Padre de nuestros espíritus, y viviremos? Porque ellos nos disciplinaban por pocos días como les parecía, pero Él nos disciplina para nuestro bien."
La segunda razón por la cual darle la bienvenida a la disciplina de Dios es sencillamente, primero, porque viene de Él, y segundo, por la calidad de la misma. Fíjense que el autor se refiere a los padres terrenales: tuvieron padres terrenales y ustedes los respetaban. Esto es algo que en general se da, porque hay hijos que no se someten a sus padres, pero en general Dios ha puesto en el corazón humano un principio de sometimiento de que los hijos se sometan a los padres, y normalmente los hijos lo hacen. Ustedes lo han visto, el caso de hombres grandísimos y fortísimos que hablan de mamá: "Mamá dijo..." "¿Te vas?" "No, no, yo no me voy." "No, no, lo que te diga mamá." Un hombre grandísimo, fortísimo. ¿Por qué? Porque hay un principio que está en la conciencia humana de que los hijos tienen que someterse a sus padres, tienden a respetar a sus padres terrenales. Es la autoridad que Dios ha puesto sobre ellos.
Y fíjense algo, el texto dice que estos padres, primero, nos disciplinaron por poco tiempo. El derecho de un padre a disciplinar termina cuando el hijo se va de la casa. ¿Verdad? No han visto, digo, pueden haber casos, y ya esto, que hay casos que le den un correjazo a un hombre de 40 años con su esposa y su hijo. Mira, o que le llamen la atención, y a un cateto de 40 años. ¿Lo han visto? La relación cambia, el espacio de tiempo. El derecho que ellos tuvieron de disciplinarnos fue por poco tiempo, eso es lo que dice. Y además de eso, lo hacían como les parecía, a como les parecía mejor.
La disciplina de los padres terrenales es imperfecta. A veces se nos pasa la mano, a veces se nos queda corta la mano. A veces sí, por una, a veces sin corregir. A veces enfrente de otros, y lo que hacemos es, en vez de disciplinar e instruir al hijo, lo que hacemos es que lo avergonzamos. A veces la intención de nuestra disciplina no es enseñar al hijo, sino hacerlo sentir mal por lo que hizo. Nos equivocamos.
Pero en el caso de Dios no es así. Primero, su disciplina no termina cuando yo me caso. El derecho de Dios a disciplinarme es durante toda la vida. No importa que usted sea un adulto, que usted se haya graduado o no se haya graduado, no importa que yo sea pastor ni apóstol. Dios tiene el derecho de disciplinarme durante toda mi vida. Por más, aún su disciplina es perfecta. Fíjense lo que dice: "Él nos disciplina para nuestro bien." Ahí Él no se equivoca, nunca se le pasa la mano y nunca se queda corta. Nunca es inoportuna, nunca es corta, nunca es larga. Siempre es apropiada, perfecta y precisa, e inspirada por el amor. Es la segunda razón por la que yo debo aceptar la disciplina de Dios y darle la bienvenida: porque viene de Dios y por la calidad de la misma.
Tercer punto y último punto. En el versículo 10, en la segunda parte del 10, y el versículo 11, dice: "Él nos disciplina para nuestro bien, para que participemos de su santidad. Al presente ninguna disciplina parece ser causa de gozo, sino de tristeza; sin embargo, a los que han sido ejercitados por medio de ella, les da después fruto apacible de justicia."
Tercera razón para darle bienvenida a la disciplina de Dios es por los buenos resultados que siempre produce en nosotros. Es esperanzador saber que todo lo que Dios hace en nuestras vidas, aunque nos duela, no nos daña. Aunque nos duela, nunca nos daña. Nos puede marcar, pero esa marca es para bien.
Hay dos resultados que vemos en este texto, en estos dos versículos, que son los resultados de la disciplina de Dios. Primero: para que participemos de su santidad. Y la idea de esa expresión es que forma en nosotros una réplica de su carácter. Eso es lo que Él está haciendo, está formando en nosotros su carácter. Y acuérdense de una reflexión que hice, una ilustración: no es como quitar el polvo de una estatua, te van a quitar el polvo de una estatua, no, no, no. La formación de un carácter es como la escultura de esa estatua. Quitar el polvo lo que hace es quitar cositas pequeñas, cositas sencillas. Pero esculpir la estatua es llevarse pedazos. Y si la estatua hablara cuando el escultor está esculpiéndola, estaría gritando: "¡Ay, no! ¡Ay, no! ¡Ay, el dedito, el dedito! ¡Oh, duele, duele!" Pero hay un trabajo que hacer para la formación de esa imagen.
De esa manera es que Dios hace su trabajo en nosotros. El pulimento del carácter no es un asunto sencillo. No es de quitar polvo. Hay gente, hay personas que vienen a la iglesia como que les han quitado un polvito de su vida, pero no están siendo, no han sido esculpidos por Dios, cambiados, transformados. No se ve algo nuevo en ellos: la misma imagen con el polvito quitado.
El segundo resultado de la disciplina de Dios es fruto apacible de justicia, en el versículo 11. La disciplina de Dios en nosotros, sea preventiva, sea correctiva o sea instructiva, siempre conduce a paz en nuestras vidas. Señores, la vida recta es una vida en paz. No es libre de problemas, pero es una vida en paz. Cuando yo sé que yo estoy haciendo lo correcto, cuando yo sé que yo estoy obedeciendo al Señor del universo, cuando yo sé que yo estoy donde debo estar, yo tengo paz. Y ese es el resultado de la disciplina de Dios: nos lleva a una vida de rectitud, y el resultado de una vida de rectitud es la paz.
Lo que me gusta de esta última parte del texto es que el autor es muy honesto. El autor de Hebreos no está pintando pajaritos en el aire o un cuadro rosado de la realidad. El versículo 11 dice: "Al presente ninguna disciplina parece ser causa de gozo, sino de tristeza." La Biblia es un libro realista, es un libro que conoce la condición humana. Les da esperanza, pero no les esconde las cosas. Lo que nos está diciendo es: miren, en este momento que ustedes están pasando por esta situación, parece que no hace mucho sentido para ustedes lo que están pasando, parece que esto no tiene propósito alguno, parece que el tiempo es muy largo. Pero créanme, créanme que a pesar de que no es causa de gozo la pérdida del trabajo, la expulsión de la familia, la enfermedad que ustedes están enfrentando, el problema matrimonial, el problema con el hijo, crean que si lo dejan en las manos de Dios, después —esa es la palabra clave: después— vendrá un fruto apacible de justicia. No es inmediato el resultado, no es inmediato.
Yo ilustro esto pensando en el tratamiento que, por ejemplo, los enfermos de cáncer tienen que enfrentar. Una persona a la que se le detecta cáncer, se le da la noticia: "Cáncer." Va al médico y se le dice: "Bueno, tenemos que someterlo a un tratamiento. Ya pasamos por la cirugía, pero todavía hay que dar radiación, quimioterapia, medicamentos." Y se le da una hoja, un brochure, y estos son algunas de las cosas que se le informan a él. Dice: "Esta información es una lista parcial de los efectos secundarios de los tratamientos de cáncer: constipación, o sea, problemas para evacuar; delirio, que implica un mal funcionamiento del cerebro que produce problemas de atención, de razonamiento, de percepción, de emoción, de memoria, de control muscular; va a tener probablemente problemas para dormir o para caminar. Adicionalmente puede experimentar fatiga extrema, náusea, vómitos, desórdenes del sueño y llagas en la boca, etcétera, etcétera."
Son los posibles efectos secundarios del tratamiento del cáncer. Que quizás te sane, que quizás te sane. Yo me pregunto: ¿por qué una persona está dispuesta a experimentar tanto dolor como este? ¿Qué es lo que está en su mente? Lo que está en su mente es: mi salud física vale la pena este dolor, ¿cierto? ¿Por qué no tenemos ese mismo principio para nuestra salud espiritual? Mi salud espiritual vale la pena cierto dolor, y cambia mi perspectiva.
Dios, perdón, el médico puede recibir esta pregunta del paciente: "Pero doctor, ¿no hay otra manera de yo tratarme? ¿No se ha inventado nada nuevo que no tenga que pasar por esta situación? ¿Y usted no tiene una pastilla que me reduzca el dolor?" No. Ahora, sí te puedo decir algo: mientras más sea tu cooperación y tu disciplina con este proceso, más llevadero será.
Y lo mismo sucede con nosotros en nuestras vidas espirituales. Nosotros podemos decir: "Señor, ¿no hay otra manera de cambiar esta área de mi vida?" Y el Señor con amor en su boca dice: "No hay otra manera, no hay otra tecnología para cambiar el carácter y la forma de ser. Es a través del dolor y del sufrimiento, y así tú aprendes, y así eres instruido." Ahora, mientras más tú pongas de tu parte y mientras menos te resistas, más fácil será. Y eso es lo que el texto nos está tratando de comunicar.
Hay decisiones que quizás hay que tomar, hay abstenciones que quizás hay que aceptar, hay cosas de las cuales abstenernos, hay cosas a las cuales renunciar. Yo no sé, a gente que le dicen, que después le dicen que se enfermó de siete enfermedades. Mira, tú tienes problema de corazón: eliminan toda una serie de cosas de su menú, de comida, comienzan a hacer toda una serie de actividades físicas, cambia la vida del hombre porque le dijeron que tiene enfermedad. Pero cuando yo tengo una enfermedad del corazón, ¿cómo lo trato? ¿Cómo lo trato?
Dios entonces nos disciplina o por corrección, o por prevención, o por instrucción. Y las razones por las cuales nosotros tenemos que aceptar de buena manera, con gozo, esa disciplina son: primero, porque es una comunicación de que Dios nos ama y somos sus hijos; en segundo lugar, porque viene de Dios y la calidad de su disciplina siempre produce un buen resultado; y tercero, es porque hay paz y hay santidad detrás de lo que Dios hace.
¿Cuál fue el resultado de la historia personal que yo le conté al principio? Le conté al principio de todo lo que había pasado nuestra familia en esos años. Bueno, resultado humanamente hablando: no quedamos en la calle, mi papá no se murió, está aquí y vivo coleando. Por poco quedamos en la calle, literalmente. Ahora, yo estoy convencido que la base de nuestra vida espiritual como familia se formó en esos años. Yo estoy convencido de que lo que yo soy hoy fue un resultado de las disciplinas en nuestras vidas. ¿Valió la pena? Valió la pena. ¿Dolió? Dolió. Pero el resultado fue bueno, y es un resultado que no tiene solamente utilidad aquí en la tierra, sino eterno.
Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.