La iglesia evangélica atraviesa una crisis profunda. Desde 1980, múltiples voces han alertado que el pueblo evangélico experimenta un avivamiento de emociones pero no del conocimiento de Dios, que ha abandonado la teología bíblica para construir la suya propia, que ha dejado de usar la mente para dejarse guiar por sentimientos. La crisis que entonces se anunciaba como algo por venir, hoy es una realidad que se vive. Y esta no es la primera vez que el pueblo de Dios enfrenta tal condición. Jeremías denunciaba en su tiempo que desde el menor hasta el mayor todos codiciaban ganancias ilícitas, y que los líderes religiosos curaban a la ligera el quebranto del pueblo diciendo "paz, paz" cuando no había paz. Ofrecían bendición sin arrepentimiento, como quien receta una tisana para un tumor que requiere cirugía radical.
Dios llamó a su pueblo a detenerse en los caminos, a preguntar por los senderos antiguos, a regresar al buen camino donde hallarían descanso. Pero el pueblo respondió: "No andaremos en él". Dios iluminó el camino y ellos se negaron a seguirlo. Las grandes doctrinas de la Reforma —solo Cristo, solo gracia, solo fe, solo Escritura, solo para la gloria de Dios— no tienen poder de cambiar nada a menos que se levanten hombres llenos del Espíritu que las proclamen.
El profeta Elías aparece en el peor momento de Israel, frente a su peor rey. Exhibe valor al desafiar a Acab, obediencia inmediata al llamado de Dios, fe inquebrantable al confiar en cuervos para su sustento, sencillez para contentarse con pan y agua junto a un arroyo. Y cuando el arroyo se secó, no hubo cuestionamiento ni demanda, solo la certeza de que Dios seguía siendo fiel. Este tiempo requiere hombres y mujeres con ese mismo espíritu de sacrificio, dispuestos a dejar preferencias y deleites para abrazar la causa de Cristo.
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Si los fundamentos son destruidos, ¿qué puede hacer el justo? Si los fundamentos son destruidos, y están siendo destruidos, ¿qué pueden hacer los justos en el día de hoy?
En el año 1980, la encuesta que hemos recordado nos mostraba dónde estaba la iglesia. En los últimos veinticinco, treinta años, múltiples voces en el mundo cristiano se han levantado y han tratado de sacudir nuestras bases, entendiendo que algo necesita ocurrir hoy en el seno de la iglesia que se llama evangélica, si la causa de Cristo ha de continuar. Veinticinco años han pasado desde que Barna entrevistó y encuestó a una serie de personas, y este fue su veredicto: estamos experimentando un avivamiento de las emociones, pero no del conocimiento de Dios. La iglesia de hoy está siendo guiada más por las emociones que por convicciones. Valoramos el entusiasmo más que el compromiso. Y veintiocho años han pasado desde entonces, y nos hemos ido deteriorando y no necesariamente mejorando.
En el año 1993, David Wells publicó un libro conocido, traducido sería el título, "No hay lugar para la verdad", o "¿Qué es lo que ha pasado con la teología evangélica?", y él escribió el reconocimiento de que el pueblo evangélico estaba, lo ha hecho, abandonando la teología de la Palabra, amigos, para construir su propia teología. En 1994, un año después, Mark Noll escribió "El escándalo de la mente evangélica", entendiendo que el cristiano había dejado de usar su mente y había estado siendo guiado más por sus emociones, perdón, que por cualquier otra cosa. Dos años después, 1996, un grupo de hombres de Dios preocupados por la dirección, por el rumbo que llevaba la iglesia de hoy en día, publica un libro conocido como "La crisis evangélica que se avecina". Crisis que hoy no podemos hablar de que se avecina; estamos viviendo. Y por último, 1996, D.A. Carson publicó un libro con el nombre de "La gracia de Dios". Yo creo que los títulos hablan por sí mismos.
Estos hombres son hombres evangélicos, comprometidos con la verdad. No son nuestros enemigos que están denunciando lo que está pasando desde afuera; están dentro de un movimiento evangélico denunciando lo que a ellos les preocupa que está pasando dentro de la iglesia evangélica. Y cómo sus miembros y muchos de sus líderes, en vez de abrazar el nuevo reto, en vez de abrazar el desafío y conquistarlo, están sucumbiendo a las corrientes, a las presiones, a lo que está de moda, a lo que está en boga, porque las convicciones han dejado de existir.
La realidad es que esta no es nuestra primera vez que el pueblo de Dios ha estado en esa condición. Esta no es la primera vez que la Palabra de Dios suena extraña al pueblo. Y esta no es la primera vez que el pueblo de Dios ha dejado de querer oír la voz de Dios. La historia del pueblo de Dios se repite.
Jeremías en sus tiempos, Dios hablando a través del profeta Jeremías, denunciaba, acusaba al pueblo y le decía en Jeremías 6:13: "Porque desde el menor hasta el mayor, todos ellos codician ganancias injustas; y desde el profeta hasta el sacerdote, todos practican el engaño". Todos codician ganancias injustas, desde el más alto. Diferentes traducciones lo tienen de diferente manera: desde el más rico hasta el más pobre, del más poderoso hasta aquel que más temes, desde el más viejo hasta el más joven.
Entre esos de la sociedad, Dios separa dos personas en el Antiguo Testamento: el sacerdote y el profeta del pueblo. Dios entiende que el mundo incrédulo siempre irá mal, pero Dios espera que sus líderes religiosos, en aquel caso el sacerdote y el profeta, en nuestros casos los pastores evangélicos, no anden como el pueblo, no se comporten como el pueblo, no luzcan como el pueblo, que tengan un caminar distinto. Yo no estoy seguro de si Dios levantara un Jeremías en esta hora, que Él pudiera decir algo diferente de lo que es el sacerdote del pueblo evangélico y el llamado profeta del pueblo evangélico. Todos codician ganancias injustas.
Dios continúa con su queja: "Y curan a la ligera el quebranto de mi pueblo, diciendo: paz, paz, pero no hay paz". Promesas de bendición en medio del juicio y de la maldición de Dios. Me estaban bendiciendo al pueblo como hoy le decimos al pueblo que está enredado y que no está experimentando ni lo más mínimo de arrepentimiento. Dios entendía que el pueblo había violado su ley severamente, profundamente, gravemente, y que no era posible ofrecerle al pueblo una cura ligera. Es como que alguien estuviera padeciendo de un tumor de la cabeza que requiriera de una cirugía radical, y que alguien en su desconocimiento, tratando de hacerlo sentir mejor, le dijera: "¿Por qué no te tomas este té o esta tisana que a mí me ha ayudado mucho con mis migrañas?" Paz, paz, pero no hay paz.
Dios se refería al hecho precisamente de esta cura ligera que le era ofrecida al pueblo, que le estaba ofreciendo al pueblo que Dios le iba a bendecir sin la necesidad de salir de su pecado. Yo no estoy seguro de que eso sea diferente hoy. De hecho, yo estoy seguro de que no es diferente hoy en la mayoría de las predicaciones que uno oye en la televisión. El pueblo de Dios hoy, al igual que ayer, está siendo guiado por líderes que le hacen promesas, que le hacen creer que la cura será liviana, ligera, no sabiendo que lo que ellos necesitan es una incisión radical.
Dios no solamente se queja; Dios le hace una pregunta y le cuestiona. Y Él dice al pueblo: "¿Se han avergonzado de la abominación que han cometido? Ciertamente no se han avergonzado, ni aun saben ruborizarse". Los líderes de aquel entonces, con su mal proceder, con su mal caminar, habían extirpado del pueblo todo sentido de vergüenza hasta el punto que el pueblo no sabía ni cómo ruborizarse. "No han sabido", dice Dios, "ruborizarse".
Estudios de las sociedades nos dicen que hay dos valores esenciales en la sociedad: el honor y la vergüenza. El honor tiene que ver con la buena reputación; la vergüenza tiene que ver con la mala reputación. Y cuando un pueblo no tiene interés en el honor, en la buena reputación, y le importa poco la vergüenza, toda esperanza ha sido perdida. El pueblo evangélico de hoy necesita recuperar ambas cosas, el sentido de ambas cosas.
Este pueblo se había insensibilizado al pecado, y es la consecuencia natural de vivir en pecado, de racionalizar el pecado, de aplaudir el pecado y de normalizar la vida de pecado. Alguien me decía esta semana que pasó que su hermana tiene un novio, y sé que se estaba preparando para ser pastor, pero conviven juntos. Y no han sabido ruborizarse. Normalizamos el pecado, y como todo el mundo lo hace, creemos que está bien.
"Yo les enseñaré el camino. Yo sé y les digo por dónde debían andar". Y en el próximo versículo continúo con Jeremías 6:16. El versículo dice así: "Así dice el Señor: Paraos en los caminos y mirad, y preguntad por los senderos antiguos, cuál es el buen camino, y andad por él, y hallaréis descanso para vuestras almas. Pero dijeron", escúchenme, "'no andaremos en él'".
Dios le hace un llamado al pueblo: sean parados en el camino, siéntense, pasen revista delante de la bifurcación, considerad cuál de los caminos antes de tomar. Dios le hace la observación: si tomáis este camino, encontraréis descanso para vuestras almas. Regresar al camino, a los senderos antiguos. Regresar a donde comenzaste. Regresar a las verdades de Dios, el buen camino, Dios le llama. Y el pueblo dijo: no andaremos en él. Dios en su fidelidad nunca ha abandonado a su pueblo, pero su pueblo siempre le ha abandonado a Él. Dios les iluminó el camino, Dios les señaló por dónde caminar, y ellos se negaron.
En este mes nosotros, como iglesia, hemos tratado de sonar la trompeta, de recordar aquello que pasó en el pasado, aquello que ocurrió en el pasado, como una manera de decirnos a nosotros mismos: tenemos un compromiso de continuar con un legado que no puede dejarse perder. Que si hubo una vez una iglesia en Roma en necesidad de ser reformada, la iglesia que se reformó, que pasó a ser la iglesia evangélica y protestante de nuestros tiempos, es la que está en necesidad de ser reformada hoy. Y si esa iglesia no es reformada, que es columna y sostén de la verdad, no hay esperanza para la sociedad, ni dominicana, ni latinoamericana, ni de afuera.
Hemos estado por cuatro semanas en la televisión. Hemos estado por cuatro domingos en el púlpito como iglesia. Estamos aquí en esta noche tratando de sonar la trompeta, de dar un grito de batalla, de ayudarnos a recordar cuál es nuestro compromiso. Y hemos tratado en la televisión, en el púlpito, en esta noche, de recordar que nuestra salvación es solo en Cristo, que es solo por gracia, que es solo por fe, apuntando solo a la Escritura, solamente para la honra y la gloria de nuestro Dios.
Yo meditaba con Dios acerca de esto que acá uno decidió, y ponía algunas ideas en mi corazón y en mi mente. Me ayudó a entender algo. Aunque lo sabía, quizás no lo había puesto en este contexto. Y es que estas grandes doctrinas en sí mismas no tienen el poder de cambiarnos. Que a menos que en esta generación se levante un grupo de hombres, de líderes del pueblo, llenos de su Espíritu, caminando en santidad, que proclamen entonces esas verdades, a menos que eso ocurra, que haya un grupo de individuos que abracen el desafío de la hora y ellos se constituyan en un desafío para la sociedad, a menos que eso ocurra, a menos que esos hombres estén presentes, esas doctrinas no nos van a cambiar. Y esos hombres necesitan ser levantados por Dios, pero hay algo que a nosotros nos toca hacer.
Yo quiero, en el tiempo que me queda, es todo un sermón esta noche, es un sermón que está reclamando. Pero en el tiempo que me queda yo quiero hablarte de un hombre en el Antiguo Testamento y de un evento en su vida, para ayudarnos a entender qué clase de hombre Dios necesita en esta hora. Y es un hombre que Dios levanta en uno de los peores momentos de la historia de Israel. Es un hombre del cual conocemos mucho en un sentido, y muy poco en otros sentidos.
Yo creo que sin lugar a dudas Dios levantó, en el peor momento de la historia de Israel, en la presencia de su peor rey, acompañado de su peor esposa, a un hombre. Y ese hombre, Elías, del cual nos habla la Palabra de Dios por primera vez en el primer libro de Reyes, capítulo 17, exhibió condiciones que son las condiciones que el hombre de esta hora necesita.
Y lo primero que llama la atención cuando tú llegas a la historia de este hombre es el valor en su vida. Aquellos eran los tiempos cuando los reyes simplemente necesitaban expresar un deseo de que alguien desapareciera del mapa para que fueras eliminado. Y en medio de esos tiempos, frente al peor rey que Israel pudo haber tenido, después de una lista de reyes que dicen "y fulano hizo peor que el anterior, y el próximo peor que el anterior, y el próximo peor que el anterior", llega Acab. Y Elías se levanta por Dios, Elías va donde Acab. Elías, que era de los moradores de Galaad, dijo a Acab: "Fíjate, señor, no te extrañes. Delante de quién estoy, que ciertamente no habrá rocío ni lluvia en estos años, sino por la palabra de Jehová".
Elías se acaba de desafiar al rey, acaba de desafiar a Acab cara a cara. Y no solamente desafió al rey, desafió al dios que ese rey había comenzado a adorar, y que ellos creían controlaba la lluvia. De tal manera que cuando Elías se va y confronta y enfrenta al rey, le dice: "Yo te aseguro que hasta que yo no vuelva a hablar, hasta que yo no vuelva a abrir mis labios, aquí no va a venir, es más, ni rocío". Eso es Elías. Cuando te levantes de mañana, no habrá rocío sobre las hojas y los pétalos de las flores, hasta que mis labios se vuelvan a abrir. Eso es jugarse la vida. Eso es jugarse el todo por el todo.
La primera vez que Elías aparece en este capítulo 17 del primer libro de Reyes, aparece de la nada. No hay ningún antecedente hasta que este evento que yo estoy leyendo ocurre, no hay ninguna introducción. Es como si Elías siguió mi domingo de adversario, que este hombre aparece en la escena por primera vez. Y quizás Dios le llamó abruptamente; quizás la razón por la que no hay ningún antecedente de este hombre es porque Dios asimismo le llamó abruptamente, y de esa misma manera Elías respondió diligentemente e inmediatamente.
Este tiempo que estamos viviendo requiere de hombres y mujeres que estén dispuestos a cambiar la dirección en la que ellos van. Hombres y mujeres que estén dispuestos a cambiar sus agendas, hombres y mujeres que estén dispuestos a cambiar y a dejar lo que hasta ese momento habían estado haciendo para responder al llamado de Jehová. Yo creo que este hombre fue llamado abruptamente y sacado abruptamente de donde él estaba para llenar una función.
Y vino a Elías la palabra del Señor diciendo: "Sal de aquí y dirígete hacia el oriente, y escóndete junto al arroyo de Querit, que está al oriente del Jordán. Y beberás del arroyo, y ordenaré a los cuervos que te sustenten allí". Él fue e hizo conforme a la palabra del Señor, pues fue y habitó junto al arroyo de Querit, que estaba al oriente del Jordán.
Nota la ausencia de cuestionamiento del llamado de Dios. Nota la prontitud de su obediencia. Nota la disponibilidad de su vida para servir a Dios y dejar lo que estaba haciendo hasta ese momento para responder a su llamado. No es lo que dice, "él fue e hizo conforme a la palabra del Señor". Y Dios le dice: "Vete y escóndete junto al arroyo". Yo sé que ustedes me entienden, y yo no me estoy inventando esa historia tampoco. Dios sabe que la vida de ese hombre estaba en peligro y lo manda a esconderse. Y sabe qué tipo de rey era Acab.
Pero Elías no tenía ese tipo de experiencia de fe de antes, donde los cuervos le van a alimentar, donde hay un arroyo en medio de una sequía que está supuesto a continuar fluyendo. Pero él fue e hizo conforme a la palabra del Señor. Nota primero su valor, luego su obediencia inmediata, en tercer lugar su fe quebrantada. Los cuervos van a venir y me van a alimentar. El arroyo va a continuar en medio de una sequía donde no hay ni siquiera rocío.
En la medida en que se profundice la sequía, en esa misma medida escaseará el alimento, en esa misma medida dejarán los arroyos de fluir. Y Jehová le dijo a Elías: "Tú beberás del arroyo que yo he de proveer para ti". Y si bien es cierto que la carne, Elías, que los cuervos te van a traer no se dará a término, serán los cuervos. Yo te garantizo tu provisión en medio de la escasez. El mercado se ha derrumbado, la escasez es real, pero nuestro Dios permanece en su trono.
El versículo 6 del texto dice: "Los cuervos le traían pan y carne por la mañana, y pan y carne por la tarde, y bebía del arroyo". Elías no ha tenido ese tipo de experiencia. Elías, ¿qué tú vas a comer ahora? Pan y carne. ¿Y esta noche? Pan y carne. ¿Y mañana? Pan y carne. Elías, ¿no te hartas de comer siempre lo mismo? Y cuando tú dedicas tu vida a Dios, su provisión es su maná para tu paladar.
Y si nosotros vamos a crear un avivamiento en este tiempo, nosotros necesitamos hombres y mujeres que se rindan y se entreguen a Dios sin cuestión. En cuarto lugar, nosotros necesitamos hombres y mujeres sencillos, dispuestos a vivir en medio de la simpleza de la vida. Cuervos, carne y pan y un arroyito, eso es suficiente. Necesitamos hombres y mujeres que puedan tener un espíritu de contentamiento independiente de las circunstancias y del lugar donde Dios nos ponga a servir. Y eso es la simpleza de la vida. Sencillez.
Quizás una de las buenas cosas que puede ocurrir ahora con el derrumbe del mercado es ayudarnos a entender mejor en qué consiste la sencillez y la simpleza de la vida. Un hombre que cuando la vida se simplifica al máximo, él está contento porque lo único que necesita es a Dios de su lado. Este tiempo es para ese tipo de gente.
En quinto lugar, este tiempo requiere de hombres y mujeres que no desesperen cuando Dios decide probar su fe. El texto dice que llegó un tiempo y se secó el arroyo. ¿Qué pasó, Jehová? ¿Dónde pequé? ¿Dónde te oí mal? ¿O es que tú no eres tan fiel como dicen? ¿O no eres tan poderoso como dicen? Me dijiste que me escondiera junto al arroyo, que yo iba a beber del arroyo, y ahora se secó el arroyo.
Pero tú no escuchas esas palabras de parte de Elías. Tú no escuchas cuestionamiento, tú no escuchas demandas. ¿Sabes por qué se secó el arroyo? Porque el tiempo de Elías al lado del arroyo había terminado, y ahora lo estaba mandando a Sarepta, en tierra de Sidón. Con lo cual Dios probaba que la única razón del fluir del arroyo era "tú haciendo un servicio para mí". Mi fidelidad, si no se hace evidente en tu vida, si fue y se secó el arroyo, no hay necesidad de tener un arroyo. Y el arroyo estaba solamente para mostrarle a Elías que en las peores circunstancias de escasez, yo soy capaz de proveer a aquellos a quienes yo envío y a aquellos en quienes yo pongo mi sello. El arroyo se secó.
Y finalmente, porque no tenemos todo el tiempo esta noche, estos son tiempos difíciles para hombres y mujeres con espíritu de sacrificio, con espíritu de compromiso, con un compromiso con una gran idea, con una gran causa, y que están dispuestos a echar la batalla con sus armas más poderosas. Una Biblia no solamente en sus manos, no solamente en su mente, no solamente en su corazón, pero como una Biblia en sus acciones del día a día, entregados a Dios de este lado del Jordán.
Con una oración en sus labios y con un espíritu de adoración al Señor en el interior de su ser, que cada uno de nosotros escuche su voz hoy. Y si hoy oís su voz, no endurezcáis vuestros corazones. Tú tienes un compromiso delante de Dios de dejar nuestras preferencias, nuestros deleites, nuestras manías, nuestros deseos. Sean tan buenos. Tenemos el resto de la eternidad para disfrutar de los deleites de Dios. Este es el tiempo del trabajo. Este es el tiempo de abrazar su viña, de proclamar su verdad, de decirle a una sociedad que Dios vive y que todavía vale la pena dar nuestra sangre si fuera necesario por su causa.