La crianza cristiana no es fundamentalmente un asunto de técnicas, sino de transformación espiritual. Si Cristo criara un hijo, sabría qué decir y hacer en todo momento; sus palabras serían siempre las adecuadas, sus actitudes pertinentes. La dificultad de criar no radica en lo complicados que son los hijos, sino en la pobre condición espiritual de los padres. Por eso la Biblia tiene pocos versículos específicos sobre crianza: si los padres se sometieran al gobierno de la Palabra en todas las áreas de sus vidas, lo demás brotaría naturalmente.
Efesios 6:4 contiene los ingredientes esenciales para una crianza cristiana. El primero es la presencia abundante de los padres. Un padre confesó que había visto a sus hijos crecer en pijamas, encontrándolos solo al acostarse y al levantarse. Sin tiempo significativo no hay influencia real. La calidad importa, pero también la cantidad: los hijos pequeños deletrean amor como T-I-E-M-P-O, y los primeros diez o doce años forjan los lazos que permitirán la comunicación en la adolescencia. Esta presencia debe ser física, emocional, moral y espiritual.
El segundo ingrediente es preparar el terreno del corazón. Pablo ordena no provocar a ira a los hijos. La indiferencia, la injusticia en la disciplina, el favoritismo, la irracionalidad y la incoherencia van endureciendo el corazón de los hijos hasta que rechazan toda instrucción. Es como sembrar en un terreno dañado intencionalmente. El tercer ingrediente es la devoción: criar significa nutrir, ayudar a florecer. Los hijos agradecerían que se les tratara con el esmero que muchos dedican a sus mascotas. Familias fuertes producen iglesias fuertes y sociedades fuertes.
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Bueno, hermanos, yo he querido traer un tema con el que he venido siendo estimulado por el Señor a traerlo de manera frecuente. Tiene que ver con la crianza. Algunos estuvieron con nosotros el año pasado cuando di un curso de crianza, y quizás algunas de las cosas que vamos a compartir hoy les resulten repetidas, pero dicen los académicos que la repetición no daña el aprendizaje, sino que lo ayuda. Entonces no tengo temor de que escuchen algo repetido, siempre y cuando sea algo que proviene de la Palabra de Dios. He titulado mi mensaje "La crianza en las manos de Dios".
La razón por la que quiero hablar de crianza es, primero, porque es pertinente para muchos. Ustedes se dieron cuenta del batallón de gente que salió, del batallón de personitas que salieron, que dependen de muchas parejas y familias que están aquí presentes. Son muchos los niños que Dios ha puesto bajo nuestro cuidado. La iglesia se compone de familias, la sociedad se compone de familias, y familias fuertes son iglesias fuertes, familias fuertes es una sociedad fuerte. Por lo tanto, el tema de la crianza siempre va a ser un tema pertinente para muchos, y esa es la primera razón por la que quisiera traer ese tema a su consideración.
En segundo lugar, quiero contribuir con elevar el entusiasmo y el gozo de criar. Todos los que tenemos algunas responsabilidades en la crianza sabemos que criar no es fácil. Criar drena nuestros recursos físicos, emocionales, económicos; nos succiona, por así decirlo. Pero según la Biblia, los hijos son una bendición, son un regalo de Dios, y es un privilegio poder tener hijos bajo nuestro cuidado que Dios ha entendido que nosotros podemos formarlos. Yo quisiera entonces traer algunas consideraciones para que volvamos a recobrar ese gozo los que lo hemos perdido en la crianza.
En tercer lugar, también yo quiero clarificar el propósito de la crianza, porque recibimos muchos mensajes que no necesariamente coinciden, o usualmente no coinciden, con el propósito bíblico de la crianza. Si uno sale por ahí y le pregunta a aquellos que son padres: "¿Cuál es el propósito tuyo con la crianza? ¿Cuál es tu deseo para tus hijos?", la mayoría de los padres responderían: "Bueno, yo quiero que mis hijos sean felices, yo quiero que mi hijo sea un gran profesional, yo quiero que mi hijo sea un hombre o una mujer de bien". Y todas esas cosas son buenos deseos, son legítimos deseos de un padre; yo creo que todos tenemos buenas intenciones. La pregunta es si ese deseo que nosotros tenemos para nuestros hijos es lo que debería definir el propósito, el objetivo de nuestra crianza, y lo que más deberíamos enfatizar en nuestro día a día con nuestros hijos. Quiero también contribuir con clarificar ese propósito.
Por último, en la crianza, hermanos, el fondo importa, y por eso tenemos que clarificar el objetivo y el propósito, pero la forma es tan importante incluso como el fondo. En ocasiones nosotros, en la forma como llevamos a cabo la labor de criar, saboteamos el propósito de la crianza. Y lamentablemente, como dice por ahí un refrán, lo que hacemos con las manos lo dañamos con los pies. Nos tiramos, por así decirlo, obstáculos a nuestra propia labor. Yo quisiera también enfatizar eso y aclarar, y presentar más bien cómo Dios espera que nosotros no solamente busquemos propósitos bíblicos, sino que lo hagamos de una forma que le agrade a Él y que haga fácil para nuestros hijos someterse a nuestro liderazgo y autoridad como padres.
Dicho eso, entonces está claro que es importante que hablemos nuevamente de crianza. Quisiera leer algo antes de empezar, porque creo que debemos partir de esta comprensión, de este entendimiento, antes de entrar en materia, por así decirlo, en el texto que quisiera compartir y explicar. Algo que escribí y quiero leerlo textualmente porque así no confundo ninguna idea; creo que es básico que lo entendamos.
Criar no es fácil; sin embargo, la dificultad de la crianza no radica en lo complicados que son los hijos, sino en la pobre condición espiritual de los padres. Pensemos qué tan complicado le resultaría a Cristo criar un hijo. Él sabría qué decir y hacer en todo momento. Sus palabras siempre serían las adecuadas, sus actitudes pertinentes. Sería sensible, justo y coherente, capaz de generar en el hijo la más leal de las obediencias. Aunque obviamente el pecado de los hijos podría desviarlos, como lo hizo con Adán, sus desvíos no serían atribuibles a una mala crianza de Cristo. A Jesús le resultaría fácil criar, porque de manera natural emanaría de Él todo aquello que edifica y que nutre, tal como lo necesitan los corazones de los que están bajo su cuidado. En este sentido, entonces, mientras más me acerco a la imagen de Jesús, mejor padre soy. La paternidad es un asunto espiritual.
Esa es la razón por la que la Biblia tiene pocos versículos con instrucciones específicas sobre la crianza. La realidad es que, si los padres se someten al gobierno de la Palabra en todos los aspectos de sus vidas, no habría que decirles mucho acerca de cómo criar los hijos, pues sería algo que brotaría de ellos de manera natural. Podríamos afirmar entonces que todo lo que hace un hombre santo lo hace buen padre.
Con esa reflexión lo quiero dejar dicho: al final, la buena crianza emana de una persona que se somete individualmente al gobierno de la Palabra en su vida. Yo no puedo darle forma a mis hijos si la Palabra no me ha dado forma a mí. Si yo estoy deformado por el pecado, por mis disfunciones, por mis caprichos carnales, yo voy a deformar a mis hijos. Pero si yo, por el contrario, he sido moldeado por la Palabra, yo también podré ser o dar forma a aquellos que Dios ha puesto bajo mi cuidado.
Entonces, dicho esto, yo quisiera que hagamos uso de uno de los pocos versículos, como dije, que tiene la Biblia. Es increíble, ¿cierto?, que la Biblia tiene pocos versículos de crianza específicamente. Quiero que hagamos uso de uno de ellos, el que considero el más completo, que es Efesios 6:4. Algunos de los que están aquí, que estuvieron conmigo el año pasado en un curso de crianza que dimos, verán algunas cosas similares. No todo, pero algunas cosas similares; pero dicen los académicos que la repetición es buena para el aprendizaje. Entonces vamos a repetir algunas cosas.
Efesios 6:4, el versículo más completo, entiendo yo, que tiene la Biblia acerca de la crianza, nos dice lo siguiente: "Y ustedes, padres, no provoquen a ira a sus hijos, sino críenlos en la disciplina e instrucción del Señor." En el mensaje de hoy nosotros vamos a llegar a la palabra "críenlos"; en un segundo mensaje vamos a completar "en la disciplina e instrucción del Señor". O sea que son dos mensajes; se los digo desde ahora para que no piensen que me voy a quedar a medio camino. Y ahí está resumida la labor de la crianza en padres cristianos. De hecho, si ponemos atención a ese pasaje, tiene, yo diría, los componentes, los ingredientes ideales para que se produzca una crianza cristiana.
Comencemos por el principio, como debemos. Lo primero que Pablo hace es que se dirige a los padres y les dice: "Y ustedes, padres". Él viene hablando a lo largo de su carta, y específicamente en el capítulo 5 Pablo ha hablado a los matrimonios. En el 5:22 le habla a las esposas, que se sometan a sus maridos como al Señor. En el capítulo 5:25 le dice a los esposos que amen a sus mujeres como Cristo amó a la iglesia y se dio a sí mismo por ella. Y es en ese contexto de un matrimonio que está funcionando que luego, en el capítulo 6, versículo 1, le dice a los hijos: "Hijos, obedezcan a sus padres, porque esto es justo". Y le hace una promesa y le dice: "Para que te vaya bien y tengas larga vida", es el primer mandamiento con promesa. Y luego, en el 6:4 entonces: "Y ustedes, padres". O sea que les ha estado dando instrucciones a todos los miembros de la familia. "Y ustedes, padres, no provoquen a ira a sus hijos, sino críenlos en la disciplina y la instrucción del Señor."
Esta primera palabra, "padres", esta convocatoria que Pablo hace a los padres a criar, es una convocatoria a que estén presentes. Y el primer componente precisamente de la crianza cristiana es la presencia masiva, abundante, transformadora de los padres en la vida de sus hijos: la presencia. Estar ahí.
En una ocasión, un padre que estaba siendo entrevistado profesionalmente, le preguntan cómo es su vida familiar, y él dice: "Bueno, cuando pensé en esa pregunta, que me dijeron cómo era nuestra dinámica familiar", dice esta persona, él pensó: "He visto a mis hijos crecer en pijamas". Haciendo alusión a que él pasó tanto tiempo fuera de la casa, que él básicamente veía a sus hijos cuando se acostaban y cuando se levantaban; después no los veía y no interactuaba con ellos. Y muchos padres básicamente ven a sus hijos crecer en pijamas. Se los encuentran en los pasillos de la casa, cuando uno va para un sitio y el hijo va para otro sitio, y no hay realmente una relación de mucho tiempo compartiendo los unos con los otros.
Para todos nosotros es evidente que, a menos que pasemos tiempo significativo con nuestros hijos, nosotros no podremos ser una influencia importante en sus vidas. Eso yo creo que es algo obvio: lo que influencia a una persona es lo que tiene presencia significativa en la vida de esa persona. Muchas veces los amigos tienen más influencia en la vida de nuestros hijos que nosotros mismos, porque precisamente muchas veces nuestros hijos pasan más tiempo con sus amigos que con nosotros como padres. La crianza entonces convoca, requiere, demanda de los padres una presencia significativa, importante, en la vida de sus hijos. Tiempo invertido en sus hijos. Y ciertamente yo no voy a entrar en todos los detalles de lo que eso implica, porque hay familias que tienen dinámicas distintas: hay familias donde uno trabaja y otro no, donde los dos trabajan; hay algunas familias donde los dos tienen que trabajar por necesidades económicas, hay otras donde trabajan los dos porque quieren, realmente no porque lo necesitan.
Entonces, hay muchas decisiones en las que yo no puedo entrar en detalle en un mensaje como este, pero quiero dejar el principio siguiente: cada familia debe acomodar su vida de tal manera que dedique a sus hijos tanto tiempo como pueda. Esa es la idea: que cada familia debe acomodar su vida para dedicar a sus hijos tanto tiempo como pueda. Y sabemos que esto implica sacrificios, porque acomodar y combinar lo que yo quiero hacer con lo que yo debo hacer con mis hijos son dos cosas que muchas veces chocan.
Algunos, ante esta demanda de tiempo, han dicho: "No, no, yo prefiero concentrarme en darle a mis hijos calidad de tiempo, no tanto cantidad. Para mí la cantidad no es tan importante; para mí lo importante es la calidad." Y en primera instancia la expresión resulta atractiva, está como bonita la expresión: calidad más importante que cantidad. Eso es cierto, sobre todo en la carne es cierto. Pero en cuanto al tiempo de los hijos, calidad implica cantidad. Increíblemente, nuestros hijos necesitan mucho tiempo bueno. Necesitan las dos cosas. Ciertamente, si le doy mucho tiempo y no es bueno, no sirve. Si le doy buen tiempo pero es poco, no sirve. Es mucho tiempo bueno.
¿Y por qué esto es así? Bueno, pensemos de la manera siguiente: la crianza es un proceso en el que se aprovecha cada oportunidad que presenta la vida para hacer lo que se requiere hacer. Si yo estoy presente en la vida de mi hijo y pasa algo con mi hijo en el que él merece un aplauso por algo que hizo, yo tengo que estar ahí para dárselo a la causa. Idealmente, sabemos que la vida no es ideal, no es perfecta. Si mi hijo hace algo que requiere una confrontación, que requiere una reprensión, yo tengo que estar ahí para reprenderlo. Yo tengo que aprovechar esa oportunidad, esa ocasión que me presenta la vida para aplaudirlo o para confrontarlo. Si yo pospongo el aplauso o la reprensión para cuando yo puedo, en el momento que lo puedo hacer no va a tener el mismo efecto, no va a producir la misma impresión en el hijo. Y esa es la primera razón por la que idealmente debo estar presente tanto como pueda, para poder aprovechar la mayor cantidad de oportunidades que la vida me presenta.
Pero no solamente eso. La cantidad también es importante por lo siguiente: cuando yo tengo poco tiempo para dedicarlo a mis hijos, la crianza tiende a desbalancearse. Porque hay padres que, como tienen tan poco tiempo para compartir con sus hijos, quieren en ese poco tiempo pasarlo bien con su hijo. No quieren reprenderlo o no quieren corregirlo porque "voy a concentrar entonces el poco tiempo que tengo en estar reprendiendo a mi hijo, en estarlo corrigiendo, él va a coger mala voluntad, me va a coger mala voluntad", verdad. Para otros que se van al otro extremo y dicen: "Como tengo tan poco tiempo con mi hijo, lo que tengo es que hacer es corregirlo cada vez que estoy con él, porque no tengo tiempo para estar aplaudiéndolo, para estar reconociéndolo." Entonces se desbalancea en una dirección u otra. El poco tiempo tiende a desbalancear, mientras que si tengo tiempo abundante tendré ocasiones para celebrar, para corregir cuando sea así el caso, cuando el caso lo amerite.
Pero no solamente eso. Entonces hay una tercera razón por la que mucho tiempo es necesario, y es que alguien decía que en las tempranas etapas de la vida, amor se deletrea T-I-E-M-P-O. Tiempo. La forma como un hijo pequeño sobre todo percibe el amor de su padre, el interés de su madre, es cuando ese papá, esa mamá tienen tiempo con su hijo. Cuando el papá y la mamá no están ahí, el hijo lo que percibe es "no me quieren", usualmente, generalmente. Entonces la cantidad es tan importante como la calidad.
Y sobre todo, como decía, en las tempranas etapas de la vida. Es durante esas primeras, yo diría los primeros diez a doce años de la vida, cuando se forjan esos lazos afectivos, esos puentes de comunicación que luego sirven en las posteriores etapas de desarrollo de nuestros jóvenes para hablar con ellos, para que ellos tengan confianza en nosotros. Y si no he formado en los primeros años de la vida esos lazos afectivos, si mi hijo no tiene claro que él me importa, que yo estuve ahí con él, que yo le celebré sus triunfos, que yo le reprendí sus errores, si yo no estuve ahí para él, a los doce, a los trece ya él no está ahí para mí. Increíble. Y dicho sea de paso, se le pasó.
Entonces ciertamente la presencia física es importante. Necesitamos mucho tiempo del bueno. Pero quiero hacer una salvedad de que mi presencia debe ser más que física. Evidentemente es muy fácil yo estar en el mismo espacio con mi hijo pero estar conectado a un celular, o tenerlo a él viendo una pantalla sin yo compartir con él, sin yo interactuar con él, sin yo saber qué él siente, qué él está pensando, qué él quiere. Obviamente no todo el tiempo que estemos con nuestros hijos vamos a estar hablando de manera profunda: "¿Y cuáles son tus más profundos deseos? ¿Cuáles son tus aspiraciones?" Mi hijo de siete años: "¿Cómo tú te ves en los próximos veinte años?" Obviamente eso lo va a abrumar, lo va a abrumar.
Pasará como recientemente pasó con un hijo mío, que fuimos de viaje como diez días. Salimos con unos amigos, estamos de viaje con mi hijo adolescente, y ya como en el día nueve él nos dijo con mucha honestidad: "Yo necesito compartir con adolescentes." ¿Por qué? Porque toda conversación ese viaje era nosotros con él. Él estaba solo, o sea, él se fue solo con nosotros. Fue un regalo de cumpleaños que le dimos con una pareja de amigos. Entonces bueno, con Carlos y Odris andábamos de viaje, y como que en cada almuerzo, en cada desayuno era como una conversación profunda. "Yo necesito compartir con adolescentes." Entonces claro, habrá momentos para todo.
Pero la idea es que la presencia tiene que ser más que física. Yo tengo que lograr idealmente con mi hijo una conexión emocional a su nivel. Cuando están pequeños, quizá jugar con ellos, hablar de sus temas, celebrar con ellos lo que a ellos les gusta, que él se dé cuenta que su mundo me importa. En mi caso, yo he hecho mucho uso del deporte para compartir con ellos. Practicamos los mismos deportes, practicamos tenis juntos, practicamos otro deporte de frisbee juntos, y eso me ha permitido a mí interactuar con ellos. Busca los puntos en común con tu hijo y comparte con ellos a su nivel cosas que ellos disfruten.
Pero también vamos a necesitar no solamente una conexión emocional. Vamos a estar ahí presentes para darle dirección moral. Ellos necesitan saber lo que está bien y lo que está mal. Hay imágenes, hay películas, hay series que tenemos que decir: "No, no son." "¿Por qué, papi?" Tenemos que explicarle. A veces nuestra dirección moral es preventiva. Advertimos un peligro y decimos: "No, no pensamos que tú debas estar ahí por esta y estas razones. No pensamos que esta amistad te convenga por esta y estas razones." Necesitamos ejercer nuestra autoridad que Dios nos ha conferido. Dios nos ha delegado una autoridad sobre ellos y le ha dicho a ellos: "Obedezcan a sus padres." Y nosotros entonces tenemos que confiadamente, sin intimidarnos, ejercer nuestra autoridad. Es el "no" mío. A veces hay que decir no.
Entonces la dirección moral muchas veces es preventiva, advirtiendo de los peligros, pero muchas veces es correctiva. Ya hicieron lo mal y tenemos entonces que reprenderlos, corregirlos, disciplinarlos de la manera que proceda, en proporción a la falta. Mucho cuidado con eso de proporcionar la corrección. Entonces, además de la conexión emocional, necesitamos una dirección moral, estar presentes moralmente en la vida de nuestros hijos.
Pero además de eso necesitamos estar presentes espiritualmente en la vida de nuestros hijos. Ellos deben recibir de nosotros instrucción espiritual. Cuando ellos tengan frustraciones en la vida, tenemos que conducirlos a Dios. Cuando ellos tengan ansiedad en la vida, tenemos que ir con ellos. Cuando ellos hayan pecado, tenemos que conducirlos al Redentor. No es la iglesia, no somos aquí la iglesia los responsables de la formación espiritual de nuestros hijos. La iglesia contribuye, colabora, les ayuda, pero ustedes padres son los primarios responsables de que sus hijos conozcan al Señor y sepan cuándo en sus vidas, y cuándo en la vida, Dios debe estar presente. Obviamente en todo.
Entonces la paternidad va a incluir mi presencia, va a incluir un intento de conectarme emocionalmente con ellos. Mi presencia debe incluir una dirección moral preventiva y correctiva. Mi presencia también debe contribuir con nutrirlos espiritualmente a ellos. Y esos aspectos, increíblemente conectados, es que funcionan. Cuando tú no te conectas emocionalmente con tu hijo, tú no juegas con él, tú no compartes con él, tú no entras en su mundo, él no se ríe contigo, él no te ve a ti como alguien cercano. Cuando tú no te conectas emocionalmente con tu hijo, él no va a atender tu dirección moral, él no te va a hacer caso en el consejo espiritual que tú tengas que darle. ¿Por qué te va a hacer caso en el consejo espiritual o moral si tú, según su percepción, tú no estás interesado en él? Entonces tiene que haber una conexión entre una cosa y otra.
Pero lamentablemente es frecuente que los hijos respondan con rebeldía a nuestras instrucciones, a nuestras correcciones, porque nosotros no les hemos mostrado nuestro afecto de manera abundante a través del tiempo y la conexión que tenemos con ellos. Y se resienten y se rebelan contra nuestras instrucciones.
Entonces, he dicho eso. Algunos puntos de aplicación que yo quisiera en este primer punto de presencia abundante, significativa, en la vida de nuestros hijos: ¿Estoy yo haciendo mi mejor esfuerzo para pasar el mayor tiempo posible con mis hijos? Cuando mis hijos requieren de mí tiempo o requieren de mí algún sacrificio, ¿lo reciben gustosamente, o ellos lo reciben con gestos de hastío y pesadez? "Oye, espera, estoy viendo mi peli. Pero, a tu momento..." ¿Soy un padre o una madre física, emocional, moral y espiritualmente presente? Y si yo no estoy haciendo esto, ¿qué podría yo hacer para tener una presencia más integral en la vida de mis hijos? Ese es el primer punto de aplicación que se deriva de la expresión "padres" de Pablo. Y ahí podemos decir muchas cosas más, pero quiero dejarlo ahí por el momento.
El segundo componente, el segundo aspecto en una crianza cristiana según este texto, entonces, es preparar el corazón, o preparar el terreno del corazón de nuestros hijos. Vamos a Efesios capítulo cuatro de nuevo: "Y ustedes padres, no provoquen a ira a sus hijos, sino críenlos en la disciplina e instrucción del Señor." Y me voy a concentrar en esa expresión después de "padres": "No provoquen a ira a sus hijos." Qué expresión tan rica, que tiene tantas implicaciones para la labor paterna. A veces yo pienso en la crianza análogamente y la comparo.
Con la agricultura, es como cultivar: el agricultor tiene una serie de tareas que hacer, y así como el agricultor, los padres están supuestos a sembrar en la mente y el corazón de sus hijos las verdades, los principios y las experiencias que con el tiempo darán fruto.
La tarea del agricultor es sembrar en el terreno, pero antes de sembrar en ese terreno, ese terreno tiene que estar dispuesto, ese terreno tiene que estar preparado, ese terreno tiene que estar arado, abonado, nutrido, para que cuando la semilla caiga, el terreno la asimile. Y de acuerdo, tal y como sucede con la agricultura, se requiere entonces de una buena semilla, pero también resulta indispensable un buen terreno, uno que haya sido preparado para recibir la semilla.
Y eso es lo que yo entiendo que Pablo hace con esta frase de Efesios 6:4, de no provocar a ira a nuestros hijos. Hijos irritados contra los padres están indispuestos hacia los padres, y entonces la siembra que hagamos en ellos de lo que queramos sembrar no se asimila, no da fruto. Es como sembrar una semilla en un terreno malo, porque su ira y su resentimiento contra nosotros los indispone y rechazan la enseñanza nuestra. Es como, sería equivalente a que el agricultor dañara de manera intencional el terreno en el que va a sembrar la semilla. Cuando nosotros tenemos actitudes, formas y maneras de proceder con nuestros hijos que los incitan a la ira contra nosotros, es análogo a que un agricultor dañe el terreno en el que va a sembrar la semilla.
En los tiempos de Pablo, esta instrucción resultó increíblemente chocante. Cuando él dice a los padres que no lleven a la ira a sus hijos, esto fue chocante porque la cultura dominante, que era la cultura grecorromana, tenía una forma de funcionar muy estricta con los hijos. Existía una ley que se llamaba la patria potestad, que no es la patria potestad moderna; en ese momento era mucho más rigurosa, inhumana y cruel. El poder de los padres, sobre todo los padres hombres, los masculinos, sobre la vida de sus hijos era absoluto. En el momento del nacimiento de un niño o de una niña, el papá decidía si vivía o moría. Él podía desecharlo, y ese niño era literalmente dejado a los elementos de la naturaleza para que muriese, o era vendido como esclavo. El papá podía decidirlo así. De hecho, los padres orquestaban los matrimonios y los divorcios de sus hijos. En ocasiones, ante un desatino de un hijo, el papá podía decidir otra vez venderlo como esclavo y desentenderse de él. Así de cruel, de inhumana era esa ley.
Entonces, este mandato en esta cultura grecorromana de no provocar a ira a los hijos resultaba culturalmente hablando revolucionario, y familiarmente hablando, transformador. El Evangelio entonces le ordena a los padres, porque está en imperativo, le ordena a los padres que tengan en cuenta cómo se sienten sus hijos. "No provoquen a ira a sus hijos." En otras palabras, leído de otra manera: estén atentos a cómo sus hijos se sienten con ustedes, en cómo ustedes están llevando a cabo la labor de criar. Esto nos convoca a nosotros como padres no solamente a estar presentes, sino a estar presentes de manera sensible, atenta, con cuidado.
Y ese mandato de no provocar a ira a los hijos, los padres podemos desobedecerlo de dos formas, o podemos mal aplicarlo, mejor dicho, de dos formas. Por un lado, hay padres intimidados con sus hijos. No quieren provocarlos a ira o molestar a sus hijos en lo absoluto. Ojo, hay veces que nuestra labor de padres hará que nuestros hijos se molesten con nosotros, porque sus corazones son egoístas y a veces son rebeldes. Y nosotros podemos estar haciendo las cosas bien y nuestros hijos airarse con nosotros. No es de eso que Pablo está hablando. No es que evitemos la molestia de nuestros hijos a cualquier precio; no es de eso que Pablo está hablando. Porque, vuelvo y digo, habrá ocasiones en las que nuestro "no" y nuestra reprensión que corresponde como padres implicará que ellos se molesten. Es otro tipo de molestia. Esa es una molestia producto de nuestros pecados contra ellos, que los incitan de manera justa a molestarse contra nosotros. Como cuando alguien peca contra ti, cuando alguien te agrede, cuando un motorista se te mete ahí en el medio, ahí todo el mundo se relaciona.
Entonces, por un lado hay padres que están intimidados con sus hijos. Eso le pasó en una ocasión al sumo sacerdote de Israel llamado Elí, y su historia nos es relatada en Primera de Samuel capítulo dos en adelante, sobre todo lo que tiene que ver con sus hijos. Elí tenía dos hijos y eran dos bandidos, eran dos bandidos. La Palabra los describe como indignos, que no conocían al Señor. Y ante su pecado, Elí su padre no los confrontó, no los reprendió, no los disciplinó, se lo dejó pasar. Yo no sé las razones, no dice la Palabra por qué lo hizo Elí, quizás estaba intimidado. Pero en un momento dado, Dios confronta a Elí con esa falta como padre. Le dice: "Tú no has confrontado a tus hijos, y tú has honrado a tus hijos más que a mí." Le dice Dios: "Tú has honrado a tus hijos más que a mí." Y Dios trae un juicio contra la casa de Elí: sus dos hijos mueren, y Elí muere cuando se entera de que sus hijos murieron. Literalmente, Primera de Samuel 2:13 dice que el problema de Elí fue que no los reprendió. Tenía miedo, posiblemente, de corregir a sus hijos, de hacerles pasar un mal rato. Y esa es una forma en la que nosotros podemos mal aplicar la frase de no provocar a ira a nuestros hijos.
Miren este comentario bíblico al respecto, que me pareció muy atinado en la manera como aborda este asunto. Dice: "En algunos hogares el peligro se encuentra en el extremo opuesto al exceso de rigor. En estos hogares los niños son idolatrados. No solo su comodidad y bienestar, sino también sus sentimientos y caprichos se convierten en la ley de la casa. Son alimentados, ciertamente, pero no en la disciplina y la instrucción del Señor. Es una crueldad tratar a nuestros hijos de tal manera que ellos sean ajenos a la dificultad y a la restricción, de modo que no sepan lo que significa la verdadera obediencia y no tengan reverencia por la edad, ni por los hábitos, ni por el dominio propio. Esta es la forma de engendrar monstruos del egoísmo, criaturas mimadas que serán inútiles y miserables en la vida adulta."
Eso es tan cierto. Cuidado entonces si nosotros nos intimidamos de no decirles que no, de no reprender, de no corregir, de no restringir a nuestros hijos, lo que hacemos es alimentar el monstruo egoísta que hay en nosotros por el pecado que habita en nosotros. De eso no es que Pablo habla. Y en esa dirección, muchos padres entonces incluso en ocasiones se convierten en cómplices de los desvíos de sus hijos, supuestamente para ganar su afecto. Y lo llevan a ver una película, y lo llevan a un concierto que es absolutamente inmoral. "Porque, ¿cómo le voy a decir que no?" Dios nos pedirá cuentas, como se las pidió a Elí.
Pero por otro lado hay padres intimidados, y hay padres desobedientes a este mandato. Se supone que no debemos provocar a ira a nuestros hijos, pero hay padres que sencillamente no les importa, o les importa poco, la forma como sus hijos se sienten con la crianza. Ellos le dan para allá. Son padres que no admiten que sus pecados personales y desatinos como padres con justa razón irritan a sus hijos. Estos padres que son desobedientes a este mandato piensan que el hijo siempre tiene que acomodarse al papá. El papá nunca se acomoda al hijo. "¿Qué es eso? ¿A dónde te habito? ¿Eso qué? El muchacho... El papá que dice, todo te mal o te bien. El papá es el papá, porque es esto."
Y hay muchas razones por las que un hijo puede justamente molestarse e irritarse y disponerse contra sus padres. Y yo podría hacer una lista muy larga, pero yo quisiera mencionar cuatro categorías. Categorías, no cosas específicas, pero categorías, y mencionaré algunas cosas específicas.
En primer lugar, un hijo estaría justamente irritado contra su papá cuando su papá o su mamá se muestra indiferente. La indiferencia paterna irrita a los hijos. Cuando aparentemente lo que el hijo hace, no hace, lo que es, lo que siente, no le importa tanto al papá o a la mamá. Hay poco tiempo para el hijo. Cuando el hijo pide alguna atención de parte de papá y mamá, papá y mamá siempre están cansados, siempre están irritados, siempre están sensibles, siempre están ocupados en algo más importante que su hijo. Y yo diría, como padre y siendo objetivos y humildes, ciertamente cualquiera de nosotros nos irritaríamos con alguien que está supuesto a poner atención en nosotros y no se muestra interesado.
Pero además de la indiferencia, también dentro de muchos hogares hay un trato injusto. Injusto. Hay padres que son injustos, o a veces padres que somos injustos con nuestros hijos. A veces la injusticia se manifiesta con una desproporción en la disciplina aplicada. Un hijo hizo algo que merece reprensión, y la disciplina aplicada es desproporcionalmente grande con respecto a la falta cometida. El hijo se siente aplastado.
Ustedes conocen el famoso refrán, que no es un refrán, que es una norma, instrucción bíblica, de "ojo por ojo y diente por diente," ¿verdad? Algunos piensan que eso es una licencia para la venganza: "ojo por ojo y diente por diente, así era." Pero eso no es una licencia para la venganza. ¿Saben por qué se dio la instrucción de ojo por ojo y diente por diente? Porque en los tiempos antiguos, en el pueblo de Israel, se presentaban algunos conflictos y diferencias entre la gente. Y por ejemplo, había alguien que le robaba una oveja al vecino, y el vecino venía y le mataba un hijo. Pero eso es injusto. Y Dios dijo: "No harás así. Te robaron una oveja, bueno, que te devuelvan una oveja. Pero, ¿le mataste un hijo? Te afectaron un ojo, no le quites la vida y le cortes la cabeza. Un ojo como un ojo." Y Dios no está dando licencia para la venganza. Lo que está diciendo es que tú tienes que ser justo en tu reacción, proporcional en tu reacción.
Y muchas veces en los hogares estamos así: oveja por vida. Y los padres reaccionamos de una manera aplastante a nuestros hijos. Claro, ellos no pueden hacer nada, están ahí, dependen de nosotros, ¿qué van a hacer? Pero sí lo que
Hacen es que se irritan y se indisponen, y se encalla su corazón contra nosotros. Y entonces, cuando nosotros queremos que obedezcan, no lo hacen porque hemos sido injustos con ellos. Desproporcionalmente hemos sido desproporcionados en nuestra corrección. El favoritismo también es una injusticia en los hogares. En muchos hogares hay un hijo que es más bien portado, y ese se lleva todos los honores; y el otro es menos bien portado, y este no se lleva ni un solo honor aunque lo merezca. El favoritismo genera también eso.
Y en tercer lugar yo quería mencionar este concepto de la impertinencia paterna. Miren, miren cómo es: nuestros hijos nacen, nuestros nietos nacen con pecado en su corazón. Estamos de acuerdo con eso, son seres pecadores. Ellos van a tender a la desobediencia, al egoísmo, al orgullo, a la insensatez. Estamos de acuerdo con eso, tú eres así, yo soy así, y nuestros hijos son así. Entonces tú tienes que incorporar eso, y tú sabes que tus hijos van a portarse mal porque ellos son pecadores, simplemente.
Ahora, además de la naturaleza pecadora que necesita ser reprendida y corregida, ellos además son inmaduros. Ellos no saben cómo comportarse en público, cómo saludar a una visita, qué hacer en un consultorio médico. Cuando un niño se porta mal en un consultorio médico y hace mucha bulla, él está haciendo una manifestación de su inmadurez, no es una rebelión que está haciendo contra ti. Claro, ya después, si tú le llamas la atención y él aun así sigue, eso es una rebelión. Pero en primera instancia, cuando un niño hace un ruido en un lugar que no debe, lo que amerita es que le enseñemos. Es una ignorancia, es una inmadurez que está manifestando, ¿me explico? Entonces, cuando yo corrijo una inmadurez como si fuera un pecado, eso es una impertinencia paternal.
A veces los hijos en sus estudios les va mal en las calificaciones, comienzan a sacar malas notas, y los disciplinamos porque sacan malas notas, ¿cierto? Pero quizás él no está sacando malas notas porque él no quiere sacar buenas notas. Él quiere sacar buenas notas, pero quizás él no sabe manejar su tiempo. Hay padres que corrigen cuando el hijo necesita ayuda. El hijo necesita ayuda para manejar su tiempo, para organizarse mejor, y el papá lo que hace es que lo corrige y le dice: "Tú eres un irresponsable". Enséñalo a manejar su tiempo, e indaga a ver si lo que le está pasando es que tiene problemas de concentración. Ve a ver si tiene un espacio adecuado en la casa para hacer sus tareas. Comienza a interesarte por qué le está generando eso. Y muchas veces saltamos todo eso y vamos a la corrección, y el niño se siente no entendido, no comprendido, y justamente se irrita contra nosotros. Es tan común, es tan común.
Entonces, todos estos tormentos, cuando ocurren de manera regular en las dinámicas familiares, van encallando el corazón de nuestros hijos. Pero no solamente eso. Hablamos de la indiferencia, de la injusticia. También hay momentos de irracionalidad. El papá se ensaña, la mamá se ensaña. Son irracionales en sus instrucciones, son iracundos, son impulsivos o arbitrarios. "¿Por qué no?" "Porque no." "¿Por qué?" "Porque yo lo dije." Pero tiene que haber una razón. La arbitrariedad genera rebelión.
Pero hay también vidas de padres que son incoherentes. Los padres piden algún estándar: "Habla bien", y el papá no habla bien. "A mí no me levantes la voz", y el hijo dice: "O sea, yo estoy levantándole la voz diciéndole que no me levante la voz". Hay incoherencia también en muchos otros aspectos de la vida del padre. Cuando el padre le pide al hijo que controle sus impulsos de comprar cosas nuevas, y el papá mismo no muestra una sensatez en sus gastos, es incoherente. Cuando el papá dice: "Vayan a la iglesia, que es importante para los muchachos", pero él mismo no abraza el compromiso con la iglesia local como él quiere que sus hijos la abracen. Las incoherencias en la vida de los padres llaman a los hijos a la ira.
Entonces, hermanos, como ya dije hace un momentito, todas estas cosas se van acumulando en el corazón de los hijos a lo largo de los años. Y llega un punto donde sucede, ocurre una desconexión tal con mis hijos, que ya yo les digo algo, les instruyo algo, les corrijo algo, y a ellos, miren, les importa poco lo que yo pueda pensar. Entonces lo llevamos al psicólogo cuando eso ocurre, si yo no sé lo que pasa con el hijo, porque usualmente los fallos del hijo... usualmente el papá no comienza revisándose a sí mismo. Yo me pregunto cuántos de los desatinos de nuestros hijos pueden ser explicados por nuestros pecados contra ellos. Ojalá, ojalá seamos más prontos en mirar nuestros propios corazones cuando nuestras casas están funcionando mal, cuando nuestros hijos no están obedeciendo, no están cumpliendo lo que nosotros queremos. ¿Qué es lo que yo estoy o no estoy haciendo que quizás está produciendo un ambiente no propicio para la obediencia en mi hogar? Yo no digo que los hijos no tengan cierta responsabilidad, porque como ya dije, son pecadores también. Pero en muchas ocasiones, si comenzamos nosotros a corregir lo que pasa en nosotros y en nuestros tratos y dinámicas hacia ellos, vamos a poder corregir también mucho de las cosas que están ocurriendo. Y esa es una triste realidad, hermanos.
Algunas preguntas y puntos de reflexión también. Como primer punto de reflexión, lo primero que debo decir es que no hay padres perfectos. Algunos tendremos incoherencias, cometeremos injusticias, seremos indiferentes en cierto grado. Algunos tendremos algunas proporciones de estas cosas que yo señalé. Pero la idea es que todos nos propongamos crecer como padres y mejorar la forma como nosotros nos relacionamos con nuestros hijos, de tal manera que ellos no tengan excusas para no someterse a nuestro liderazgo y a nuestra autoridad.
Ojalá todos tuviéramos la actitud del salmista en el Salmo 139, cuando dijo en el versículo 23: "Escudríñame, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis inquietudes; y ve si hay en mí camino malo, y guíame en el camino eterno". Derivado de ese versículo yo me pregunto: ¿hay algo que corregir en tu dinámica familiar con miras a sacar la maleza del corazón de tus hijos? Revísate. ¿Habrá algo por lo que tengas que pedirle perdón a tus hijos? ¿Habrá algo que te sientes con tus hijos y le digas: "Mi hijo, perdóname, yo he sido injusto contigo, yo he sido indiferente contigo, yo me he dado cuenta, perdóname, yo quiero mejorar, no lo voy a hacer de la noche a la mañana, hijo, pero por lo menos quiero que sepas que lo admito y quiero cambiar y quiero mejorar"? ¿Tú te atreverías a preguntarle a tus hijos: "Hijos, ¿hay algo que ustedes me quieran decir con respecto a cómo nosotros, papá y mamá, estamos llevando la casa, a cómo nos estamos relacionando con ustedes"? Es una pregunta valiente. Y proponte no hablar, escuchar. No te justifiques, escucha, piensa, medita, reflexiona. Aun si los hijos son adultos, quizás hay cosas que reparar, heridas que cerrar.
Ese es el segundo aspecto que yo quería notar. El primero es presencia abundante y significativa en la vida de nuestros hijos. Número dos, preparar el terreno: advertir que nuestras acciones pueden provocar ira e indisponer a nuestros hijos. Tengamos cuidado con eso.
Pasamos al tercer componente, y este es el último: devoción. Le he llamado a este tercer componente o aspecto de la crianza cristiana "devoción". Efesios 6:4, lo leo de nuevo: "Y ustedes, padres, no provoquen a ira a sus hijos, sino críenlos en la disciplina e instrucción del Señor". Pablo ya nos ha dicho el "no provocar a ira a nuestros hijos", lo que se conoce como el mandato negativo de la crianza: eso no lo hagas, no hagas eso, trata de que tus hijos no se aíren contra ti de una manera justa. O sea, si se aíran contra ti, que sea por su pecado, no por algo que tú hayas hecho. No hagas eso.
Pero luego pasa al mandato positivo de la crianza: "sino críenlos en la disciplina y la instrucción del Señor". Ese es el mandato positivo de la crianza. Y la palabra "críenlos" está cargada de significado, de implicaciones para los padres. Cuando nosotros vemos esa palabra en el original, significa nutrir, proveer, suplir todo lo que el hijo necesita para su crecimiento y desarrollo como persona, para llevarlo a la madurez. Eso significa la palabra "criarlo".
Pablo da ese mandato a los padres de que no provoquen a ira a sus hijos, e inmediatamente dice: "sino críenlos". Esa palabra "sino" es un alto, es un fuerte contraste con lo anterior. Si tú tenías una crianza que provocaba la ira, un fuerte contraste es criarlo. Y esta palabra "criarlo", y ese contraste que hace —"sino, háganlo de una manera totalmente diferente, por el contrario, estimulen a sus hijos"— es básicamente lo que está diciendo. La labor ordenada por Pablo de criar a nuestros hijos se aleja marcadamente de todo aquello que produce o incita la ira en ellos. Se debe alejar marcadamente de eso. Sería una crianza como enfocada en tratar de producir en el hijo el estímulo a la obediencia, liderarlo en la obediencia, que él se vea estimulado, exhortado a hacerlo bien. La labor de criar, entonces, debe ser hecha de una manera que invite a la obediencia.
Y por eso yo he denominado ese aspecto de la crianza en este pasaje "devoción", porque la devoción implica un sentimiento profundo de respeto y admiración inspirado por la dignidad. Imagínese un papá inspirado por la dignidad de su hijo. Nuestros hijos son almas que Dios ha puesto en nuestras manos, creados a la imagen y semejanza de nuestro Dios. Padres inspirados por la dignidad de este ser que ha sido puesto bajo mi cuidado, a eso me refiero con devoción.
Cuando Juan Calvino, el gran reformador, tradujo este verso, él tradujo esta palabra "críenlos" como "sean amablemente atesorados los hijos". El pastor inglés John Stott lo tradujo como "lidien gentilmente con ellos". Y la que más me gusta es la que dijo el pastor admirado y amado por nosotros, R. C. Sproul. Dice que esta palabra "críenlos" significa "ayudarlos a florecer", ayudarlos a florecer a nuestros hijos. Todos coinciden que el mandato de Pablo de criar conlleva una dedicación, un esmero, una entrega, contrario a la ligereza, al desdén que comúnmente nosotros vemos en muchos padres.
Al criar, es como que se cría porque hay que hacerlo, pero no porque se quiere hacerlo. Algunos padres tienen un concepto evasivo de la vida, quieren evitar todo lo que es conflicto, difícil, dolor, y entonces ese concepto evasivo de la vida los lleva a que todo lo que implique trabajo con su hijo no quieren entrar ahí. Es complicado relacionalmente hablando, requiere mucho de mí, y mantienen esa actitud evasiva hacia la crianza, hacia los aspectos difíciles de la crianza.
Para muchos padres que son simplemente egoístas, en nuestro egoísmo nos interesa más nuestros gustos, nuestros caprichos, nuestros deseos, nuestros deleites, que la vida de nuestros hijos. Otros padres son ignorantes de la importancia de la labor de criar y sencillamente no saben que somos guardianes de las almas de nuestros hijos. Y otros padres sencillamente están desenfocados, desenfocados con diez mil cosas a la vez, manejando diez mil temas a la vez, y sencillamente sus hijos son un tema más.
Yo no sé por qué razón uno u otro padre podamos estar ahí hoy, pero la crianza no soporta, no tolera ligereza, no tolera desdén. Por el contrario, debería incitar la mayor de nuestras devociones.
Nosotros no tenemos perro en nuestra casa, y es una decisión intencional tomada unos años atrás porque hubo una petición de parte de nuestros hijos y les dijimos no. Mire, que nosotros no podemos dedicar... no porque la dedicación que implica un animalito es un ser vivo. Exacto, exacto, Carlos, que está confirmando que lo sabe con sus perros. Ahora, a mí me encanta ver los perros. Yo a veces me acuesto literalmente con mi hijo menor en la noche y me duermo así viendo videítos de perritos rescatados y perritos que aprenden cosas, porque me gusta ver sus expresiones emocionales, sus reacciones, su lealtad, su amor a sus dueños, su amor incondicional a sus dueños. Y me encanta ver los perros.
Decidimos no tenerlo porque necesitan un nivel de atención, dedicación, de devoción que yo no estaba dispuesto a asumir, por lo menos con un animalito. Pero debo admitir que respeto y admiro a los que lo tienen y que se dedican a ellos. Y veo entonces en muchos dueños de mascotas —dueños, no padres, dueños de mascotas— veo una dedicación y un esmero que yo digo: si lo viéramos en la crianza de los hijos, yo creo que la historia de muchos hogares fuera diferente. Impresionante. Los hijos agradecerían, muchos hijos agradecerían que los trataran con el nivel de esmero que se tratan muchas mascotas hoy en día.
Y quiero agregar una nota más, ya para concluir, sobre todo el rol del papá masculino en el hogar. Por alguna razón que no tengo ahora mismo la forma de ubicar históricamente, en qué momento ocurrió la desconexión de papá de la crianza y dejó a mamá como responsable de la crianza. Eso no es obviamente bíblico. En cada ocasión que vemos a Dios hablándole a los padres de criar a sus hijos, vemos a Dios dándole instrucciones a papá y a mamá.
Y es triste ver cómo muchos padres se entienden que si proveen lo económico, ellos están cumpliendo. Yo incluso en consejería he hablado con mamás, con esposas, que hablando de la dinámica familiar dicen: "No, no, es un papá muy responsable, a nosotros nunca nos ha faltado nada." Y ella entiende que es un papá responsable porque no le ha faltado nada, pero es lo mínimo que un papá debe dar. O sea, sería el colmo que no provea lo económico, pero eso es lo mínimo. Es la puerta de entrada a la paternidad, pero no es ni siquiera lo más importante ni lo más pesado y lo más significativo en la vida de los hijos. Lo emocional, lo espiritual, el liderazgo, la presencia, el apoyo moral y la aprobación de un papá es indispensable para el sano desarrollo de un hijo.
Entonces yo quiero hacer un llamado a los padres a que pongamos atención en qué lugar estamos en cuanto a la crianza con nuestros hijos. No son las mamás las responsables de hablar con nuestros hijos, de corregir a nuestros hijos. Ellas son corresponsables junto con nosotros, pero no me puedo desconectar, no lo puedo evadir, no lo puedo ignorar. Tengo que estar presente también, así como lo está mamá.
Entonces, preguntas de aplicación: del uno al diez, ¿qué tan dedicado eres tú a tu crianza? Pero no te evalúes tú, evalúalo que otro te evalúe. De la misma manera que yo quisiera crecer en mi profesión o en una destreza deportiva que yo tengo, en algún joven que yo tenga, ¿tú te has propuesto crecer? Yo conozco muy, muy poca gente que me ha dicho: "Yo quiero crecer como papá, como mamá, yo quiero ser mejor papá, mejor mamá." La gente como que sencillamente opera con lo que tiene, pero no está supuestamente creciendo como papá. Y yo creo que deberíamos proponernos crecer. ¿Debería entonces pedirle perdón a mis hijos por mi desdén paterno? Sí, sí, sí, sí, no, sí. Si noto que ha habido desdén paterno.
Y esos son los tres componentes que yo quería traer a su consideración hoy. Quedan otros para un próximo sermón. Presencia abundante significativa en la vida de los hijos. Preparar el corazón de nuestros hijos de tal manera que ellos no se irriten contra nosotros y no se indispongan a nuestro liderazgo y nuestra autoridad. Y número tres, la devoción al criarlos, es la entrega de corazón a que esta es una labor digna de ser hecha, una labor noble de ser hecha.
Quiera Dios conducirnos por ahí. Nosotros hemos dicho en muchas ocasiones que la iglesia es un conjunto de familias, la sociedad es un conjunto de familias. La familia son las células de la sociedad, o sea, son los componentes más pequeños de la sociedad, pero la fortaleza familiar explica la fortaleza de una iglesia y la fortaleza de una sociedad. Quiera Dios comenzar por aquí a cambiar nuestras familias, cambiándonos a nosotros los padres en la manera como hacemos nuestra labor.
Vamos a orar. Señor, te alabamos y glorificamos en este día, en esta hora, y Dios, te damos gracias por tu satisfacción con abundancia que ella tiene, la riqueza que ella tiene para conducirnos por senderos de verdad y de alimento. Oh Señor, abre nuestros ojos a todos aquellos que somos padres o que tenemos alguna influencia en la vida de niños y jóvenes, de tal manera que primero podamos aquilatar el enorme privilegio que es criar. Y número dos, Señor, danos la claridad, la sabiduría para actuar de una forma que sea cónsona con tu satisfacción, pero que sobre todo nutra, edifique, alimente, dirija a aquellos que tú has puesto bajo nuestro cuidado. Señor, sana familias que hay aquí. Permite que haya padres y madres que reciban convicción si lo han hecho mal, y que tengan también la voluntad de corregir, de contribuir con la sanidad de sus hijos, pidiéndoles perdón, acercándose a ellos. Señor, que eso sea lo que ocurra en algunas, en muchas familias, Señor, quizás que estemos aquí. Así que gracias otra vez por tu alimento. En el nombre de Jesús, amén, amén, amén.
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Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.