Integridad y Sabiduria
Sermones

Como sobrevivir al desierto

Miguel Núñez 1 agosto, 2010

De toda una generación que salió de Egipto con veinte años o más, solo dos hombres llegaron a la tierra prometida: Caleb y Josué. Ni siquiera Moisés, el líder más grande del Antiguo Testamento, sobrevivió las arenas del desierto. Tampoco Aarón ni María. Esta realidad estremecedora plantea una pregunta inevitable: ¿qué tenían estos dos hombres que los demás no tuvieron?

De Caleb, Dios mismo dice que tenía "un espíritu distinto" y que le siguió plenamente. No pensaba como el común del pueblo. Cuando los otros espías trajeron un informe lleno de temor, Caleb se levantó y calmó a la multitud. Mientras el pueblo se llenaba de incredulidad, él confiaba en Dios. De Josué, la Escritura dice que estaba lleno del espíritu de sabiduría. Durante cuarenta años hizo como Moisés le dijo, mostrando un espíritu de sumisión. Y cuando Moisés bajaba del tabernáculo después de hablar con Dios cara a cara, Josué se quedaba allí, buscando el rostro de Dios mientras otros buscaban razones para quejarse.

El desierto trata a todos por igual, pero no todos tratan al desierto de la misma manera. Aarón cedió ante la presión del pueblo y fabricó un becerro de oro. Moisés, agotado por las quejas constantes, perdió los estribos y no trató a Dios como santo. La queja es contagiosa y drena la llenura del Espíritu. El pastor Núñez lo ilustra con un desafío práctico: antes de quejarte de alguien, haz una lista de cinco o diez razones para dar gracias por esa persona. La gratitud es una flor que solo florece cuando tiene una raíz profunda de humildad. De lo que hagamos más frecuentemente —quejarnos o agradecer— está lleno nuestro espíritu.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

¡Vamos a abrir la satisfacción de palabras de Dios! El mensaje de hoy es del capítulo 26 del libro de Números, para darle continuación y finalizar esta miniserie que hemos titulado "Preparándonos para la Tierra Prometida". Todos los últimos mensajes fueron titulados "Preparándonos para la Tierra Prometida", parte 1, 2 y 3ª parte.

Yo quiero, o quería, a lo largo de esta miniserie revisar algunas experiencias del pueblo judío, del pueblo israelita, en el desierto. Ver qué Dios quisiera enseñarles, revisar nuestros corazones en el día de hoy, porque son enseñanzas que tienen aplicaciones para nuestros días. Ver qué Dios ha querido enseñarnos en la espera aquí mientras aguardamos para ir a ocupar aquel lugar con el cual hemos soñado por algunos años, y que simbólicamente también hemos llamado nuestra Tierra Prometida.

Yo he escogido un pasaje del libro de Números capítulo 26, tres versículos que nos hablan del último censo tomado al pueblo antes de entrar a la tierra que Dios le había prometido a Abraham, a Isaac y a Jacob. Hubo un primer censo 40 años antes que fue distinto a este último. Yo quiero leer el texto y luego pausar para un breve momento de oración y luego exponerlo.

"Estos son los que fueron contados por Moisés y el sacerdote Eleazar, los cuales contaron a los hijos de Israel en los llanos de Moab junto al Jordán frente a Jericó. Pero entre estos no había ninguno de los que fueron contados por Moisés y el sacerdote Aarón cuando contaron a los hijos de Israel en el desierto de Sinaí, porque el Señor había dicho de ellos: Ciertamente morirán en el desierto. Y no quedó ninguno de ellos sino Caleb hijo de Jefone y Josué hijo de Nun."

Padre, gracias por tu satisfacción de palabras, impregnada de tu verdad, de tu carácter, de tu sabiduría, de tu revelación, de tu voluntad. Tu Palabra es tan profunda que nadie ha llegado al fondo de la misma. De manera que no pretendemos que lo vamos a hacer en esta mañana, pero te queremos pedir que nos ayudes, que Tú puedas introducirnos a las profundidades de tu revelación por medio del Espíritu que mora en nosotros. No nos dejes en la superficie, Dios, ni en la superficie de tu satisfacción de ser, ni en la superficie, en la superficialidad del nuestro. Sé con nosotros de manera especial, sé con el predicador, guíalo, cuídalo, presérvalo en tu verdad. Y a todos juntos llévanos al lugar donde Tú quieres llevarnos en la mañana de hoy. Esto lo pedimos en el nombre de Jesús, amén.

Bueno, yo acabo de leerles un texto que nos deja ver que de aquella generación que tenía 20 años de edad al salir de Egipto, solamente Caleb y Josué llegaron con vida a la Tierra Prometida. Y es por eso que yo he querido titular este mensaje como "Sobrevivir el desierto".

Yo he meditado mucho acerca del desierto por años, literalmente. Dios sabe qué enorme cantidad. Para mí este desierto es una experiencia extraordinariamente rica y yo no he terminado de obtener todas las enseñanzas que Dios plasmó en esas arenas. Y por eso yo regreso a estas experiencias continuamente, a veces en su Palabra, a veces simplemente a manera de meditación. Pero reflexionando una vez más volvía a recordar algo que ya yo sabía, y es que ni siquiera Moisés sobrevivió las arenas del desierto.

Yo no sé si ustedes como yo, pero realidades como esa a mí me llenan de escalofríos, porque Moisés no fue cualquier líder. Moisés sin lugar a duda fue el líder más grande de todo el Antiguo Testamento y quizás de toda la historia bíblica. Y Moisés, yo no tengo lo que Moisés tenía, no sobrevivió las arenas espirituales del desierto.

El desierto es un lugar especial, es un lugar extraordinariamente complejo. El desierto es capaz de probar al mejor de los hombres y es capaz de enterrar al mejor de los hombres. Moisés es una buena ilustración de eso. Y sin embargo el desierto es el lugar preferido de Dios. Es allí donde Dios se llevó a su Hijo inmediatamente antes de prepararlo para el ministerio. No hay mejor lugar de preparación que el desierto, pero no por eso deja de ser un lugar difícil de atravesar.

La dificultad estriba en que el desierto es donde nosotros realmente llegamos a conocernos. El desierto muestra nuestra verdadera identidad. El desierto nos golpea duramente y cuando nos golpea saca cosas que asombran a los que están alrededor de nosotros, y si somos sabios, nos asombran a nosotros mismos. Pero el desierto tiene esa intención por diseño.

Dios le dice al pueblo de Israel al final de su travesía, en el libro de Deuteronomio capítulo 8, versículo 2: "Yo te saqué al desierto. Lo hice con tres intenciones. Yo lo hice para probarte, para humillarte y para saber lo que había en tu corazón." Yo lo hice para que el desierto te golpeara y los golpes sacaran de ti lo peor de ti, porque yo tenía la intención de llenar los vacíos que lo peor de ti dejara al salir con lo mejor de mí.

De manera que el desierto es una experiencia que Dios diseña de manera personal para cada uno de nosotros. El desierto prueba realmente mi espíritu de sacrificio. El desierto prueba mi disposición a la sumisión. El desierto prueba mi disponibilidad de prescindir de las cosas no esenciales, porque todo el mundo tiene que viajar ligero en el desierto. ¿Has visto alguna vez a alguien viajando a través del desierto con un tráiler atrás? La arena no te permite viajar de esa manera.

El desierto es una experiencia que va a determinar mi capacidad para yo permanecer enfocado, porque no hay nada como las tormentas de arena para desenfocarnos y nublar nuestra visión. El desierto va a probar hasta dónde yo estoy dispuesto a ir la milla extra por Dios y por mi hermano. No hay nada como el desierto para mostrar mi corazón ingrato. Y no hay mejor lugar, no hay ningún otro lugar como el desierto para Dios mostrar si yo tengo un espíritu de aceptación.

El desierto es donde realmente Dios pone de manifiesto si yo he entendido que no se trata de mí. Porque lo decimos, podemos tomar un examen y pasarlo con buenos colores, los mejores colores. Y sin embargo, a la hora de yo vivir, yo realmente pongo de manifiesto que yo todavía no he entendido que no se trata de mí. El desierto o revela eso, o forma eso en nosotros.

Cuando tú lees este texto que yo leí desde el inicio, tú te percatas: ¡Oops! ¿Aquí hay algo distinto que en el otro censo? Porque el texto que yo leí dice que Moisés y Eleazar contaron al pueblo. En el otro censo dice que Moisés y Aarón contaron al pueblo. Aarón ya está muerto, bajo las arenas. Él no ha sobrevivido la arena del desierto. Su hijo le ha reemplazado.

Y eso es una realidad para mí tremenda, una realidad increíble en la Biblia, es ver que nada ni nadie estorba los planes de Dios. Cuando algo o alguien trata de hacerlo, o lo somete como a Jonás, o lo reemplaza como a Aarón. Y su historia continúa.

Para mí fue, cuando hicimos la serie acerca del desierto, para mí fue triste ver, triste pero al mismo tiempo glorioso porque se trata de Dios, ver cómo Dios entierra a Moisés en Deuteronomio 34. Tú le das la vuelta a la página y Josué está liderando como que nada ha pasado. Es eso lo que hace que Steve Brown diga que piensen en el mundo como un globo. Dice que todos los días el mundo da vuelta y aplasta a alguien que acaba de morir encima de él, y el mundo continúa. Esa es la historia de Dios en sus planes soberanos que nadie puede parar, que nadie puede detener. Tú ves eso en esta historia: Aarón está muerto, Eleazar continúa contando al pueblo con Moisés en esta segunda ocasión.

Ahora, cuando tú sigues al próximo versículo que yo leí del texto de hoy, de inmediato te percatas que hay algo que Dios está tratando de decirme, porque comienza con un "pero". Y hemos dicho que los "peros" de la Biblia son importantes. Nota cómo literalmente comienza el texto: "Pero entre estos no había ninguno de los que fueron contados por Moisés y el sacerdote Aarón cuando contaron a los hijos de Israel en el desierto de Sinaí."

Este conteo se dio en Moab, en este lado del Jordán, frente a Jericó, días antes, semanas antes. Se lo pasaron uno o dos meses ahí antes de cruzar el Jordán. Pero el primer conteo se hizo en las llanuras del desierto de Sinaí, donde Moisés recibió las tablas de los Diez Mandamientos. Mandamientos que el pueblo violó por 40 años, y tú no puedes hacer eso y esperar recibir la promesa de la tierra que le mencionaba a Abraham, Isaac y Jacob, porque el desierto deja grandes consecuencias.

Ahora, yo pensé mucho sobre esto, he pensado mucho sobre esta historia, porque Aarón sale de Egipto y Aarón no está en este segundo censo. Pero Aarón sale de Egipto contando con que él iba a entrar a la Tierra Prometida. Y tú te imaginas lo que es salir de un lugar con la esperanza de que tú vas a entrar y sucumbir en el camino sin nunca ver, sin siquiera poder ver el lugar para el cual tú saliste.

En este segundo censo no es solamente que Aarón no está. María no está. Yo no sé cómo Moisés se sintió, pero él contó a Aarón y a María en el primer censo porque todo el mundo tenía que ser incluido. Y ahora cuando él hace el conteo, ni su hermano ni su hermana están entre los contados. Yo no sé qué emoción él pudo haber sentido, pero me causa todavía mayores emociones saber que la persona que está contando, Moisés, tampoco va a entrar.

De manera que estos tres líderes del pueblo de Dios al salir y cruzar el mar, no llegaron. María, quien lideró la adoración de las mujeres tan pronto cruzaron el mar en Éxodo 15. Tú lees cómo ella salió delante, las mujeres detrás, con panderos, liderando la adoración. Y ella se quedó en la arena. Y Aarón el sumo sacerdote se quedó en la arena. Y Moisés el gran líder, la cabeza, se quedó en la arena.

Escucha lo que dice el último verso del texto de hoy: "Porque el Señor había dicho de ellos: Ciertamente morirán en el desierto. Y no quedó ninguno de ellos sino Caleb hijo de Jefone y Josué hijo de Nun."

Yo no creo que tú puedes leer este texto sin preguntarte qué había en estos dos.

El título de mi mensaje es "Cómo sobrevivir el desierto". Yo tengo que preguntarme: ¿qué había en estos dos? ¿Qué tuvieron ellos que los demás no tuvieron? ¿Qué hicieron? ¿Qué no hicieron? Porque yo quiero eso. Yo no sé si tú lo quieres, yo quiero creer que tú lo quieres, yo lo ansío. Porque yo quiero sobrevivir el desierto, y aquí las únicas dos personas que me sirven de testimonio de cómo hacerlo son los dos que Dios me dice que sobrevivieron.

Ahora déjame hablar de Caleb primero, porque a Josué como que lo conocemos más. Hay todo un libro acerca de Josué y pensamos como que Caleb era uno que se portó bien al lado de Josué, pero no es así. Oye lo que Dios dice de Caleb en Números 14:24: "Pero a mi siervo Caleb, porque ha habido en él un espíritu distinto y me ha seguido plenamente, yo lo introduciré a la tierra donde entró, y su descendencia tomará posesión de ella." ¿Cuánto yo daría porque Dios dijera: "Pero Miguel tiene un espíritu distinto"? ¿No te imaginas a Dios diciendo eso? ¿Por qué? Es Dios quien lo está diciendo. Como dijo Dios de Daniel, que Daniel tenía un espíritu extraordinario.

Ahora escucha: cuando Dios dice que Caleb tenía un espíritu distinto, Dios no está comparando a Caleb con el pueblo egipcio o con el mundo. No es con la mundanalidad egipcia que lo está comparando; no, no, no, no. Él tenía un espíritu distinto del resto del pueblo de Dios, sobre el cual se invocaba su nombre. Eso es más extraordinario, porque su distintivo estaba no por encima del mundo, sino por encima del pueblo de Dios. Y una de las cosas que Dios dice que lo hizo distinto fue que él me ha seguido plenamente. Dios vuelve a decir eso en Números 32:12, vuelve a decir eso en Deuteronomio 1:36, vuelve a decir eso en el libro de Josué. De manera que Dios quiere que yo recuerde que una de las razones por la que Caleb entró es por la fidelidad de Caleb a Dios en todo sentido.

Su espíritu era un espíritu extraordinario. En otras palabras, Caleb no pensaba con el resto o el común denominador del pueblo. Había algo distinto en él, había algo diferente. Caleb fue uno de esos doce espías que fueron a recorrer la tierra prometida, y cuando regresaron de la tierra prometida, los doce se reunieron frente a Moisés con el resto del pueblo y rindieron un informe. Y dieron un informe, y el informe, de acuerdo al texto nuestro, fue un mal informe. El texto en el original sugiere que no simplemente fue un mal informe, fue un informe malvado. ¿Y fue malvado por qué? Era contrario a los propósitos de Dios.

¿Qué tú piensas que va a ocurrir cuando líderes van a inspeccionar la tierra, regresan y le dan un informe malvado al pueblo? Inmediatamente el pueblo se inquietó, el pueblo comenzó a revelarse, el pueblo estaba listo para reemplazar a Moisés y regresar a Egipto con otro líder. Y sabes lo que el texto dice: Josué, pero un Caleb, Números 13:30, se levantó y calmó al pueblo. Es un espíritu distinto. El pueblo estaba temeroso, Caleb tenía un espíritu de valor. El pueblo había comenzado a revelarse, Caleb tenía un espíritu de sumisión. Eso hacía a Caleb un hombre distinto. Él tenía un corazón manso y humilde. El pueblo estaba lleno de incredulidad, Caleb había confiado en Dios. Tenía su confianza en Dios. Podemos hacerlo, Dios quiere que lo hagamos, y eso es suficiente para poder hacerlo. El pueblo dijo no.

Y eso es una de las cosas que distingue precisamente al siervo de Dios, y es su capacidad para confiar en la revelación, en las promesas de Dios. Cuando otros se llenan de temor, el siervo de Dios obediente se llena de valor. No basado en su fortaleza, porque eso sería orgullo y presunción, sino basado en la confianza que él tiene en Dios. Y esa es la esencia de la fe, y Dios dice entonces que este Caleb tenía un espíritu distinto. Tú no lo encuentras rebelde, tú lo encuentras en apoyo, en ánimo, en fortalecimiento del líder que Dios había utilizado para dirigir el pueblo en ese momento. Su espíritu era distinto, era diferente, era único, extraordinario, era sui generis, era Caleb.

La pregunta es entonces: ¿cómo eso se manifestó a lo largo del camino que le permitió sobrevivir el desierto? Les seguiré hablando de él y de su compañero Josué, pero antes de eso, compara eso con esto que dice el texto. En el mismo texto donde Dios nos dice que Caleb tenía un espíritu distinto, ahí mismo nos dice lo siguiente: que el pueblo dijo: "Ojalá hubiésemos muerto en la tierra de Egipto, ojalá hubiéramos muerto en el desierto." Y Dios dijo: "Pues te concedo tu deseo. Si tu deseo es morir en el desierto, morirás en el desierto. El desierto se convertirá en un gran cementerio." Y así fue.

El pueblo... Dios puso de manifiesto el corazón, lo que había en el corazón. Tú no encuentras a Caleb nunca haciéndose eco de esas palabras y de esos deseos. Nunca sus labios pronunciaron algo como eso. El pueblo no supo valorar el maná de Dios, la compañía de Dios. El pueblo siempre vivía temeroso porque no confiaba en Dios. Tú encuentras a Caleb haciendo todo lo opuesto: confiando en Dios y con espíritu de valor. ¡Vayamos y conquistemos la tierra!

El apóstol Pablo, cuando le escribió a Timoteo —aparentemente Timoteo era dado a amedrentarse también—, le dice a Timoteo en Segunda Timoteo 1:7... Yo a veces me imagino a Pablo amando tanto a Timoteo que me lo imagino diciéndole: "Tim, Tim, Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía. No, no, no, Tim. Dios nos ha dado un espíritu de valor, de dominio propio. Levántate. Tú tienes un Dios, tú tienes en quién confiar, tú tienes promesas, tú tienes Palabra, tú tienes un Espíritu dentro de ti." Caleb tenía ese espíritu, por eso Dios dice que él tenía un espíritu distinto. Ya lo mencioné en Números 32:12, creo que hice como un error, Deuteronomio 1:36 y Josué 14:9 se repiten una y otra vez.

Ahora, volviendo al texto con el que comenzábamos, recuerda que no solamente Caleb sobrevivió, sino que Josué sobrevivió. Ellos dos. Ya conocemos algo de por qué Caleb pudo sobrevivir la arena del desierto, pero no hemos visto nada acerca de por qué Josué fue ese otro que sobrevivió la arena del desierto. Déjame comenzar a revelar algunas cosas.

Éxodo 17:10: muy temprano, cuando Josué no tenía ninguna experiencia, dice que Josué hizo como Moisés le dijo. Josué era un líder de sumisión a su autoridad espiritual. Por cuarenta años tú encuentras a Josué haciendo como Moisés le dijo. Esa sumisión tú no la encuentras ni siquiera en su hermano Aarón y en su hermana Miriam, que fueron en un momento dado se sublevaron contra Moisés y le acusaron de orgulloso por creerse que él pensaba que Dios solamente hablaba a través de él. Cuando de hecho Dios había puesto el Espíritu sobre otras personas. Moisés estaba contento cuando Josué fue y le dijo: "Moisés, Moisés, otros están profetizando en nombre de Dios." Moisés le dijo: "Pues que lo hagan. ¿No quisiera yo que Dios pusiera su Espíritu en todo el mundo?" De manera que eso fue una difamación. Tú encuentras otro espíritu en Josué. Por eso no es de extrañar que Josué es a quien Dios le entrega el liderazgo del pueblo para que lo entre a la tierra prometida. Josué sobrevivió la arena.

Se ha dicho que siempre un buen líder requiere primero ser un buen seguidor, para que cuando ocupe la posición, la posición no se nos vaya a la cabeza. Josué estuvo ahí siendo formado por Dios de esa manera. Éxodo 17:13: Josué deshizo a Amalec y a su pueblo a filo de espada. Este no era un hombre cobarde, este era un hombre de valentía, este era un hombre arriesgado, este era un hombre osado. Y Dios le da entonces la conquista de la tierra prometida, precisamente por el espíritu que había en él, la disposición que había en él. Yo creo que no es sorprendente tampoco, entonces, que ese haya sido el encargo que Dios le hubiese dado.

Éxodo 33, escucha esto porque yo creo que esto es extraordinario: "Y acostumbraba hablar el Señor con Moisés cara a cara, como habla un hombre con su amigo." Escucha: "Cuando Moisés regresaba al campamento, su joven ayudante Josué, hijo de Nun, no se apartaba de la tienda." ¿De cuál tienda? Tú no pienses que del comedor. No, del tabernáculo. Moisés se está hablando con Dios cara a cara. Dios decide partir, Moisés dice: "Oh, qué bueno, yo puedo irme ahora que tú te vas." Josué dice: "No, yo me quedo en el tabernáculo." Josué demuestra ser un hombre de oración, de adoración, de devoción. Tú no encuentras a Josué quejándose; mientras los demás buscaban motivos para quejarse, él buscaba el rostro de Dios. No es que el desierto no tiene razones suficientes para que todos nosotros nos quejemos, ¡ah, una no! No, no, no, no. Es que él no tenía el tiempo para hacer eso, porque mientras otros buscaban las razones, él buscaba el rostro de Dios. Moisés ahí lo adiestraba en el tabernáculo. Eso no está ahí por accidente.

Esa devoción, esa entrega, ese espíritu de tabernáculo es lo que permite que Josué pudiera permanecer enfocado por cuarenta años, porque no hay nada como el desierto para desenfocarnos. El desierto está lleno de vicisitudes, de dificultades, de altas y bajas, de calor, suficiente como para que nosotros podamos ser desenfocados. Pero es este espíritu de permanecer en la presencia de Dios lo que hace que Josué pueda permanecer enfocado todo el tiempo. Josué sabía que si las vicisitudes estaban ahí, si las dificultades estaban ahí, si la piedra en el zapato estaba ahí, Dios la había puesto ahí. Él sabe que esas cosas no ocurren de espaldas a Dios. No, él sabe que Él es un Dios orquestador, y que por tanto no importa cuántas vicisitudes él tuviera que enfrentar, Dios estaba detrás de cada una de ellas, usando cada una de las vicisitudes para formar en él y en el resto lo que Dios estaba buscando formar. Por eso él tenía otra actitud frente a las dificultades.

Dios nos saca al desierto. Recuerden: este es un lugar especial para formar en nosotros lo que no se puede formar en ningún otro lugar. Es increíble cómo el desierto es el lugar favorito de Dios; parece el lugar favorito de Satanás.

Es el lugar favorito de Dios porque es ahí donde Dios me va a forzar a depender de él exclusivamente. Pero precisamente por ser de esa manera, Satanás sabe que en el desierto yo no tengo muletas. Yo no tengo apoyo que no sea Dios. El desierto me vuelve mucho más vulnerable, el desierto es muy carente. Al ser tan carente, Satanás aprovecha para hacerme ofertas en los desiertos. Y las ofertas que él me hace van desde: "¿Sabes qué? ¿Tú crees que vale la pena seguir a este Dios? ¿Tú crees que vale la pena seguir este propósito? ¿Por qué no abandonas la carrera? ¿Por qué no te vas de esta iglesia? ¿Por qué no dejas a Dios y vienes conmigo?" Y como el desierto es tan carente, esas cosas, esas ofertas brillan tanto a la hora de la oferta.

Es ahí donde Dios toma a Cristo, lo saca del Jordán, y el texto dice que el Espíritu de Dios lo empujó al desierto. Este es el lugar preferido de Dios. Y tan pronto pisó el desierto, Satanás llega al desierto. Ese lugar preferido es también de Satanás. Es aquí donde a Cristo le va a ser atrayente, le va a ser atractivo todo el reino de este mundo. Es aquí, en medio del hambre, donde el pan convertido, hecho de una forma ilegítima de hacer pan, le va a ser atractivo al Señor Jesús. Y Satanás vive acechando nuestros desiertos porque él va a ir detrás inmediatamente a usarnos o a tratar de provocarnos en el desierto. Él sabe que ahí somos vulnerables, donde somos distraídos.

Volviendo a Josué, escucha lo que el texto de Éxodo 34:9-10 dice: "Josué, hijo de Nun, estaba lleno del espíritu de sabiduría." Cuando Dios sabe, mira hacia abajo, dice: "Ese siervo mío está lleno del espíritu de sabiduría." Eso es increíble. De Caleb, Dios dice que él tiene un espíritu distinto. De Josué dice que él tiene el espíritu de sabiduría. Lo distintivo de Caleb y la sabiduría de Josué les permitieron atravesar el desierto y sobrevivir en la arena del desierto por cuarenta años. Porque en el desierto nosotros cometemos muchas insensateces, y si hay un lugar donde yo necesito la sabiduría de Dios es en el desierto.

La insensatez está arraigada en la naturaleza caída, y la terquedad tiene su raíz en el orgullo humano. El espíritu de sabiduría entonces es capaz de deshacer todo eso, es capaz de deshacer, de desarraigar nuestras insensateces. Mientras el pueblo estaba lleno de un espíritu insensato, Josué estaba lleno de un espíritu de sabiduría. Eso hizo la diferencia. Eso hizo que unos quedaran enterrados y que otros atravesaran el desierto.

Créeme, el desierto me ha dado mucho que pensar, mucho. Pero todo cuando he estado ahí, y el desierto no es fácil. No es un lugar fácil. Pero mientras más pienso que el desierto es difícil, más me convenzo que más difícil es el corazón del hombre. El desierto no es fácil, pero el corazón del hombre tampoco. De hecho, esta es mi conclusión: son tal para cual. Nota que yo no dije el corazón de ustedes, no, no. El corazón de la raza humana a la cual yo pertenezco. De manera que el desierto no es fácil, pero tampoco el corazón del hombre. El desierto es árido, pero no es tan árido como el corazón incrédulo. El desierto es ciertamente desafiante, pero no tan desafiante como el corazón rebelde. El desierto, como esta gente lo conoció, es indomable, pero no tanto como esta generación que ni el desierto pudo domar en cuarenta años.

Ahora, el desierto, o sea, lo que pudiéramos decir como que es medio bueno del desierto, es que es justo. ¿En qué sentido? Que no hace acepción de personas, trata a todo el mundo igual. Este desierto trató a Aarón, a Moisés, a Josué, a Caleb, de la misma manera que al resto del pueblo. Ahora, si bien es cierto que el desierto trata a todo el mundo igual, no es menos cierto que no todo el mundo trata el desierto de la misma manera. Y ahí estuvo la diferencia. El desierto trató a Josué y a Caleb de la misma forma que trató al resto, pero ellos no trataron el desierto de la misma manera que ellos lo trataron. Porque en uno había un espíritu distinto y en el otro había un espíritu de sabiduría. Y estos fueron entonces los dos que sobrevivieron las arenas del desierto.

Aarón no lo hizo. ¿Tú recuerdas el peor pecado de Aarón? Aarón comete la insensatez en un momento dado. Escucha al pueblo: el pueblo estaba esperando que Moisés bajara del monte Sinaí, y ya Moisés tenía cuarenta días en el monte Sinaí, no bajaba. El pueblo dice: "¿Sabrá Dios qué le habrá pasado allá arriba?" ¿Qué sería lo lógico? Que si Moisés subió y no baja, lo lógico sería que subamos a ver si le pasó algo. No. "Haznos un dios." Dame leer el texto, Éxodo 32:1: "Cuando el pueblo vio que Moisés tardaba en bajar del monte, la gente se congregó alrededor de Aarón y le dijeron: 'Levántate, haznos un dios que vaya adelante de nosotros. En cuanto a este Moisés...'" Oye, qué calificativo: "el hombre que nos sacó de la tierra de Egipto, no sabemos qué le haya acontecido."

¿Qué hizo Aarón? Cedió ante la presión del pueblo. Y Aarón mandó a pedir los aretes, los pendientes, las pulseras de oro, y él con sus propias manos, y con Egipto todavía en la cabeza que no había salido de él, confeccionó una vaca sagrada, un becerro de oro. Y se lo entregó al pueblo y lideró la peor idolatría que se pudo haber liderado en el desierto, en contra de Jehová: "Estos son tus dioses que te sacaron de Egipto." Y ese día él perdió la satisfacción de entrar a la satisfacción de la tierra prometida. En el primer año, Aarón perdió la tierra prometida. No toleró el desierto más de un año. Él continuó vivo por mucho más tiempo, pero perdió la tierra prometida desde esa noche. Porque tú no puedes salir de Egipto y llegar a Israel con Egipto en la cabeza, y mucho menos con los dioses de Egipto en las manos. Dios no lo va a permitir. Eso es altamente ofensivo contra Dios. Eso fue Aarón.

Moisés llega al momento en que él también cedió ante la presión del pueblo. Moisés en un momento dado perdió los estribos. Y en ese momento en que él perdió los estribos, él cometió el mismo pecado que el pueblo había cometido y le costó el mismo precio. Yo no estoy criticando a Moisés. Yo lo hubiese perdido en el año dos como muy tarde. Este es el año muy avanzado. Éxodo no es específico, pero Moisés no trató a Dios como Santo. El pueblo pecó de esa manera. Moisés se airó. El pueblo pecó de esa manera y Moisés se quejó contra el pueblo de la misma manera que el pueblo lo había hecho anteriormente, y le costó el mismo precio.

Ahora, escucha la explicación de Moisés, no la excusa. La explicación de Moisés de por qué él no va a entrar, en Deuteronomio 3:26: "Pero el Señor se enojó conmigo a causa de vosotros, y no me escuchó. Y el Señor me dijo: 'Basta, no me hables más de esto.'" Aarón se quebró ante la presión del pueblo el primer año. Moisés se quebró ante la presión del pueblo mucho más tarde. Aarón se quebró por temor al pueblo. En ese momento Dios se hizo muy pequeño, el hombre se hizo muy grande. Aarón se quebró por la misma razón. Ni cerca. El problema de Moisés no era falta de valor. Moisés se quebró porque estaba agotado por el pueblo y sus quejas. Estaba cansado, no soportaba más. Y el día que estalló, estalló en medio de una queja del pueblo por falta de agua. La presión lo quebró, pero ¿de quién? Del pueblo.

Ahora tú entiendes mejor mi espíritu cuando cerrábamos el mensaje anterior y te leíamos. Déjame leerlo una vez más. Hebreos 13:17: "Obedeced a vuestros pastores y sujetaos a ellos, porque ellos velan por vuestras almas como quienes han de dar cuenta." Escúchame ahora, pueblo: "Permitidles que lo hagan con alegría y no quejándose, porque eso no sería provechoso para vosotros."

¿Qué es lo que ocurre con estos dos líderes? La idolatría del pueblo contagió a Aarón, y la queja del pueblo y la ira del pueblo contagió a Moisés. Y ninguno de los dos pudo entrar. Hermanos, no hay nada más drenante que el espíritu de queja. Como pastor cabeza, compartiré: en los doce y tantos años que tenemos, yo he oído quejas del pueblo contra prácticamente cada líder, y seguro de ustedes contra mí.

Y yo tengo un ejercicio que quiero desafiarlos en el buen ánimo y en el buen espíritu. La próxima vez que necesites quejarte, piensa en cinco o diez razones por las cuales tú pudieras agradecer a Dios, o por esa cosa o por esa persona, antes de quejarte. Déjame ilustrarlo. Recuerda que la queja usualmente es contra cosas o circunstancias, y la crítica contra personas.

Yo lo ilustraba, lo voy a hacer de nuevo esta mañana. Yo he oído quejas de Luis, pastor Luis. Antes de quejarte, piensa: él está aquí a las siete de la mañana, tiene años haciéndolo, te ha ayudado a adorar. Yo no lo he oído quejarse acerca de su trabajo, lo hace fielmente, te ha liderado en adoración y múltiples otras cosas. Haz una lista de cinco o diez cosas.

Yo he oído quejas contra el pastor Héctor. ¿Te has parado a darle gracias a Dios que él hace poco dejó su profesión, pudiendo tener una profesión mucho más exitosa, lo dejó para pastorear? Yo estoy seguro que tú puedes hacer una lista de cinco o diez cosas.

Yo he oído quejas contra el pastor Fausto. Antes de quejarte, haz una lista de las horas que le ha dado de consejería a la iglesia, cómo te ha ayudado a ti, ha ayudado matrimonios, cómo dejó su profesión, se dedicó al pastoreo de esta iglesia.

Yo he oído quejas contra el pastor Joel. Dale gracias que él por muchos años ha estado con los adolescentes, ahora pastorea a los universitarios, pero sigue también supervisándolos. Ese no es un grupo fácil de liderar, no es porque sean ellos; cuando yo estaba ahí tampoco yo era necesariamente fácil. Somos de esa energía. Él ha sido fiel a ese trabajo por años, él también dejó su profesión para dedicarse al pastoreo de vuestros hijos.

Yo he oído quejas del pastor Pepe. Dale gracias a Dios que Dios lo arrancó de Inglaterra y lo trajo a nosotros y nos ha ayudado a levantar un instituto. Y así yo te puedo hacer un número. Y otros podrán decir: "Yo he oído quejas contra el pastor Núñez." No, no. Así no cruzamos el desierto. Estamos en esto juntos y no quisiéramos que las arenas del desierto nos entierren.

No, nosotros queremos salir del desierto con un espíritu distinto, con espíritu de sabiduría y un espíritu de agradecimiento. James McDonald, lo citábamos la semana pasada en su libro "Lord, Change My Attitude" (Dios, cambia mi actitud), habla de cómo todos nosotros estamos de acuerdo en que las quejas son dañinas, pero como que no podemos resistirnos a hacerlas. Y él pregunta, y se responde al menos, cuál es la razón. Y da las razones: que la queja satisface nuestra naturaleza pecadora. La queja libera energía emocional negativa de una manera que produce alivio momentáneo. Momentáneo. Por fin me descargué. Pero la energía que se liberó fue altamente negativa.

Porque, en primer lugar, la carga emocional de esa energía negativa no me permitió ver las grandes bendiciones por las cuales yo puedo darle gracias a Dios acerca de esa circunstancia o acerca de esa persona. Por eso es negativa. Por otro lado, es negativa porque es contagiosa y enferma a los que están alrededor. Y entonces yo me olvido precisamente de todo esto que Dios ha estado haciendo en mi vida a través de esa circunstancia, a través de esa persona.

Déjame decirte que el apóstol Pablo, cuando reflexiona precisamente acerca de esto, nos deja ver algunas de las cosas, cómo él las meditó, cosas que pasaron en el desierto y cómo él las entendió. Pero antes de hablar de eso, no quiero que se me quede atrás algo que quería mencionar, y es que cuando hablaba de que la queja drena, lo que ocurre es que la queja pone una perforación, en dominicano un pitch, en tu espíritu, y por ahí sale la llenura del Espíritu. Entonces es ahí, es de esa forma que drena y que lo vacía de su llenura.

Pablo decía, cuando piensen en el desierto, yo lo que paro de siempre en 1 Corintios 10:10: "Ni murmuréis como algunos de ellos murmuraron y fueron destruidos en el desierto por el destructor." Ahora, ¿quién tú piensas que es el destructor? ¿Satanás? No. ¿El desierto? No. Dios. Ni murmuréis para que no perezcáis como fueron destruidos ellos por el destructor. En una ocasión, Dios se llevó veintitrés mil personas en un solo día, veintitrés mil en el desierto, y los cubrió con arena y ahí quedaron.

Ahora, sigo leyendo. Pablo dice, ahora en el versículo 11, acerca de la murmuración: "Y estas cosas les sucedieron a ellos como ejemplo y fueron escritas como enseñanza para nosotros, para quienes ha llegado el fin de los siglos." Pero eso no fue simplemente para que el pueblo escarmentara y aprendiera. No, Dios registró esto en la historia como enseñanza para nosotros.

Ahora, el próximo versículo no lo lea todavía, pero el próximo versículo es increíble, porque cuando yo lo lea, usted va a decir: "Pero yo no sabía que era en el contexto de la murmuración." El contexto inmediato, porque hay cosas antes de eso, pero el versículo anterior al que yo te voy a leer, escúchame, es: "No murmuréis." Entonces Pablo dice en el próximo versículo que eso fue una enseñanza para nosotros. Próximo versículo: "El que piense que está firme, cuide de que no caiga." Ese es el contexto inmediato. Más para arriba, anterior a la murmuración, ha hablado de la idolatría, claro, eso está incluido, y habla de la fornicación, claro, eso está incluido, pero el versículo que está inmediatamente antes de "el que crea que está firme, cuide que no caiga" es en relación a la murmuración. Y Moisés y Aarón y Miriam y el resto cayeron. En otras palabras, el desierto es capaz de derrumbar a los mejores y de enterrar a los mejores.

Pero déjame decirte que me ha atraído algo de McDonald. Él dice que aquellos que elijan la queja como un estilo de vida pasarán sus vidas en el desierto. Y que nosotros elegimos nuestras actitudes; ellas no nos eligen a nosotros. En otras palabras, tú no has visto nunca la queja pasar por al lado tuyo y la queja decir: "Ay, me quedo contigo." No. Yo elijo quejarme, yo elijo agradecer, yo elijo rebelarme; son mis elecciones.

Pero tú no encuentras eso en Caleb ni en José. Ahora tú entiendes por qué Caleb tenía un espíritu distinto. Tú entiendes por qué José tenía un espíritu de sabiduría. El espíritu que tú encuentras en esta pareja de Caleb y José no es uno de quejas, sino de agradecimiento. Tú no encuentras un espíritu de inconformidad, sino de contentamiento. Tú no encuentras un espíritu de rebelión, sino de sumisión. Tú no encuentras un espíritu de dudas, sino de confianza en Dios. Y finalmente, tú no encuentras un espíritu de rebelión contra Moisés, como lo tuvo aún su hermano y su hermana, sino uno de sumisión.

Ahora, ¿cómo yo llego a eso? ¿Cómo yo llego a un espíritu de gratitud entonces? Porque yo creo que ese es el antídoto de todo esto. Tú quieres llegar a él también. Queremos quedarnos ahí. Déjame decirte lo que Jason Riley dice, y con eso voy cerrando ya. Dice: "La gratitud es una flor que nunca florece bien a menos que tenga una profunda raíz de humildad." ¿Por qué eso es importante para mi caminar? Déjame repetirlo de nuevo: la gratitud es una flor, y esa flor nunca florece bien a menos que tenga una raíz profunda de humildad.

¿Por qué eso es importante? Es importante porque cada vez que la queja aflora en mí, yo sé ahora que no es la humildad que está hablando, sino mi orgullo. Y al mismo tiempo, cada vez que mi espíritu de gratitud sale a relucir, yo sé que no es mi orgullo que está hablando, sino mi humildad, perdón, que está hablando. La pregunta es: ¿qué yo hago más frecuentemente? ¿Doy gracias o me quejo? Porque de lo que yo haga más frecuentemente, de eso está lleno mi espíritu: o de orgullo o de humildad. Porque de acuerdo a Riley, la flor de la gratitud, su raíz es la humildad.

Y cuando veo a Cristo, yo estoy convencido de que es así, porque la invitación es que tengamos esta actitud que hubo también en Cristo Jesús, que no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse. Humildad. Y luego, durante toda su vida, un espíritu de gratitud a su Padre en medio de rechazo, en medio del abandono, en medio del dolor, en medio de las lágrimas, porque su raíz era la humildad. Por eso, cuando Cristo quiso que aprendiéramos algo, Él no dijo: "Les voy a dar una lista de las cosas que hay que aprender: aprendan de mí gratitud, aprendan de mí oración, aprendan de mí a dar." Él dijo: "Aprendan de mí, que soy manso y humilde." Cuando esa raíz está, el resto comienza a florecer.

Eso fue lo que el pueblo no tuvo. Esa condición que se hizo inquebrantable e indomable en medio del desierto. Esa condición es la que Dios quería sacar y poner a relucir y quebrantarte. Sacó al desierto, Deuteronomio 8, para probarte, para humillarte. ¿Qué es lo que me va a humillar? El orgullo. Y para saber lo que había en tu corazón.

Pastor, pero yo nunca he pasado por un desierto. No te preocupes, vas a pasar. Quizás solamente estás de este lado del Mar Rojo, quizás estás pasando el Mar Rojo, quizás estás en Egipto todavía. Por ahí hay un desierto reservado para ti y para mí, porque es el lugar preferido de nuestro Dios. La duración del desierto tiene que ver mucho conmigo. ¿Qué había en mi corazón? ¿Cuánto de lo que había yo he visto? ¿De lo que he visto, cuánto yo he aceptado? ¿Y de lo que he visto y he aceptado, cuánto yo he cambiado? Porque nada va a estar sacándome del desierto si todavía no he visto lo que tengo que ver, si todavía no he aceptado lo que tengo que aceptar, o si todavía no he cambiado lo que tengo que cambiar.

Por eso el desierto es el lugar favorito de Dios. Y si has estado ahí, tú sabes que es así, y sabes que nadie dice que tú y yo no vamos a estar ahí otra vez. Eso lo determina Él. Y a la hora del desierto, el desierto nos va a tratar iguales. La pregunta es: ¿quiénes van a responder de qué forma ante el desierto? Porque no todos tratan al desierto de la misma manera.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.