La pregunta más importante que un ser humano puede hacerse es qué debe hacer para heredar la vida eterna. Un intérprete de la ley se acercó a Jesús con esa misma pregunta, y Jesús lo remitió a lo que él ya conocía: amar a Dios con todo el corazón, alma, fuerza y mente, y amar al prójimo como a uno mismo. El escriba respondió correctamente, pero no captó la intensidad del mandato. No se trata de portarse más o menos bien con Dios y tratar decentemente a la gente. El estándar divino exige amar perfectamente, sin un solo error, durante toda la vida. Nadie puede vivir así.
Queriendo justificarse, el hombre preguntó quién era su prójimo. Jesús respondió con una historia que lo confrontaría: un hombre asaltado y dejado medio muerto en el camino de Jerusalén a Jericó. Pasó un sacerdote y se fue en dirección contraria. Pasó un levita e hizo lo mismo. Pero un samaritano —el enemigo natural de cualquier judío— se detuvo, vendó sus heridas, lo montó en su cabalgadura, lo llevó a un mesón, lo cuidó toda la noche y dejó dinero para cubrir cualquier gasto adicional. Ese es el amor que Dios requiere: amar incluso al enemigo como uno se ama a sí mismo.
La parábola no busca principalmente enseñarnos a ser buenos vecinos, sino llevarnos a las rodillas. Nadie ama así. Nadie llena ese estándar. Por eso el cielo no se gana con nuestras obras, sino con las de Cristo. La confesión genuina es ponernos de acuerdo con lo que Dios ya sabe de nosotros, reconocer nuestra incapacidad y recibir su perdón.
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Lucas 10, desde el versículo 25, y vamos a leer hasta el 37. Nos dice la Palabra: "Y he aquí, cierto intérprete de la ley se levantó, y para ponerle a prueba dijo: Maestro, ¿qué haré para heredar la vida eterna? Y él le dijo: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella? Respondiendo él, dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu fuerza, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo. Entonces Jesús le dijo: Has respondido correctamente; haz esto y vivirás. Pero queriendo él justificarse a sí mismo, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo?"
"Respondiendo Jesús, dijo: Cierto hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de salteadores, los cuales, después de despojarle y darle golpes, se fueron dejándolo medio muerto. Por casualidad, cierto sacerdote bajaba por aquel camino, y cuando lo vio, pasó por el otro lado del camino. Del mismo modo también un levita, cuando llegó al lugar y lo vio, pasó por el otro lado del camino. Pero cierto samaritano que iba de viaje llegó a donde él estaba, y cuando lo vio, tuvo compasión. Y acercándose, le vendó sus heridas derramando aceite y vino sobre ellas; y poniéndolo sobre su propia cabalgadura, lo llevó a un mesón y lo cuidó. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al mesonero y dijo: Cuídalo, y todo lo demás que gastes, cuando yo regrese te lo pagaré. ¿Cuál de estos tres piensas tú que demostró ser prójimo del que cayó en manos de los salteadores? Y él le dijo: El que tuvo misericordia de él. Y Jesús le dijo: Ve y haz tú lo mismo."
Padre, en esta mañana yo te pido que tú me des tus ideas, aunque ya yo he reflexionado sobre este pasaje, Señor. Quita lo que en mí haya que no sea tuyo y pon tu Palabra. Pon tus pensamientos, Señor, de tal manera que cada uno de nosotros pueda salir edificado, confrontado, estimulado a vivir, Señor, de una manera que a ti te agrade, y a arreglar también nuestras cuentas frente a ti. En el nombre de Jesús. Amén. Amén.
Esta es una parábola, un texto muy, muy, muy conocido por la mayoría de nosotros: la parábola del Buen Samaritano. Y no solamente por nosotros como cristianos, o la mayoría de los que estamos aquí como cristianos, sino por gente no cristiana. Yo creo que no hay ninguna parábola, ninguna enseñanza de la Biblia que haya motivado a más ministerios que la parábola del Buen Samaritano. Muchos ministerios de ayuda al prójimo, de sanación, de hospitales, de orfanatos, de visitación a las cárceles han sido motivados en la parábola del Buen Samaritano.
Y aunque, sin duda alguna, una de las principales ideas de la parábola es enseñarnos cómo amar al prójimo como a nosotros mismos y cómo darnos sacrificialmente por el otro, hay algo detrás de la parábola que parece que ha pasado desapercibido para muchos de nosotros. Y quizás la idea central de la parábola ha sido muchas veces ignorada. Y yo quisiera entonces reflexionar junto con ustedes acerca de por qué Jesús presenta esta parábola en este momento, a este individuo, y qué significa eso para nosotros.
Nosotros leemos en el versículo 25 que Jesús estaba enseñando, y nos dice ese pasaje, nos dice el versículo: "Y he aquí, cierto intérprete de la ley se levantó, y para ponerle a prueba dijo: Maestro, ¿qué haré para heredar la vida eterna?" Y comienza la conversación. El maestro de la ley, denominado escriba, que era también el abogado —los abogados de Jerusalén eran esta gente, de Israel eran esta gente— porque como ustedes recordarán, Israel se gobierna basado en la ley de Dios en ese momento. Por lo tanto, el intérprete de la ley de Dios, que son los escribas, son los abogados de la nación también. Era un individuo respetado en la sociedad. Era un individuo religioso, pero también era el individuo que era la autoridad legal del país. Sobre sus hombros recaía, incluso muchas veces, los juicios que se hacían; la interpretación de la ley venía de este hombre.
Y este hombre entonces comienza una conversación con Jesús. Probablemente Jesús estaba enseñando, como era típico, a grupos relativamente grandes, digamos más de cien, doscientas personas. No sabemos qué cantidad había aquí. Sí sabemos que estaban por lo menos sus doce discípulos y setenta discípulos que Jesús había enviado a predicar, habían venido y estaban ahí en ese momento, probablemente. Y ahora Jesús comienza esta conversación a partir de esta pregunta: Señor, ¿qué es necesario que haga para heredar la vida eterna?
Y si ustedes reflexionan en esa pregunta, esa es la pregunta para todo ser humano. La pregunta más importante que un ser humano se puede responder en su vida es qué tiene que hacer para heredar la vida eterna. Esta vida, como muchas veces hemos dicho, y no nos cansaremos de repetirlo, porque siempre tenemos la tendencia a olvidarlo, es temporal, es corta, es pasajera, es mínima comparado con la eternidad que nosotros vamos a vivir después de esta vida. Por más joven que yo sea, por más exitoso que yo sea, por más adinerado que yo sea, no importa mi condición social, no importa mi nacionalidad, no importa lo que yo sea ni tenga, todos vamos a morir.
Por lo tanto, yo estoy hablando a un grupo de gente potencialmente muerta. Esto está lleno de muertos aquí, potencialmente hablando. Si no lo habían visto de esa manera, esa es la realidad. Es la realidad de cada uno de nosotros, no importa quién tú seas, que tú vas a morir, tarde o temprano. Y cuando mueras, tú tienes que tener muy claro que hay dos destinos: la presencia de Dios, el cielo, o el infierno. Esos son los dos destinos que la Biblia da, no hay otros destinos.
Entonces esta pregunta es clave para nosotros. Muchas filosofías y muchas religiones hoy en día han respondido esa pregunta de diferente manera. Hay gente que cree que no hay vida eterna. Hay gente que cree que cuando tú te mueres, ahí te quedas. El cuerpo es materia y se va, te conviertes en abono, te conviertes en materia que forma parte de la creación o del universo, por así decirlo. Hay otros que creen que sencillamente cuando uno se muere, uno reencarna; hay unas reencarnaciones infinitas hasta que finalmente uno se perfecciona y deja de reencarnar, y entonces uno más o menos desaparece, aunque se va a formar parte de otra cosa. Pero en fin, hay muchas filosofías, pero la realidad es que la Biblia es clara en que el ser humano, una vez tú naces, tú vas a vivir para siempre. En el cielo o en el infierno, hay vida para siempre.
Entonces es una pregunta clave para nosotros. Puede ser que nosotros estemos en la flor de nuestra juventud. Toda una carrera por delante, toda una vida por delante, como decimos: tú tienes toda una vida por delante. Pero tú sabes una cosa, esa vida que te dicen que tú la tienes por delante es corta. Es muy, extremadamente corta. Por lo tanto, la pregunta de qué haré para heredar la vida eterna es clave para nosotros. Esta vida, comparada con la eternidad, es infinitesimalmente pequeña. Es algo despreciable que ni se considera comparado con la eternidad.
Este hombre le pregunta a Jesús: ¿Qué es lo que yo tengo que hacer para eso? Él sabía, él era un maestro de la ley, él sabía lo que la ley decía, él sabía lo que la Palabra de Dios —hasta ese momento el Antiguo Testamento era lo que existía— decía acerca de la vida eterna. Y por esa razón, ¿qué le responde Jesús? En el versículo 26: "Y él le dijo: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?" La autoridad para hablar de la vida eterna está aquí. Ninguna otra filosofía, ninguna otra religión, ningún otro entendimiento de la vida habla mejor de la vida eterna que lo que habla la Biblia.
Ese tipo de pregunta, hermano, la gente no se la hace hoy en día. ¿A cuánta gente se ha acercado a ustedes a preguntarle: qué tengo que hacer para heredar la vida eterna? Que yo recuerde, a mí nadie me ha preguntado eso. Nadie. Quizás tenemos inquietud en el corazón. Quizás sabemos, aunque neguemos, y aunque no queramos pensar en eso, porque hay una conciencia en nosotros que nos dice que hay algo después de la muerte. Eclesiastés 3:11 dice precisamente eso, que Dios ha puesto la eternidad en nuestros corazones. Nosotros sabemos que hay algo, aunque queramos ignorarlo, aunque queramos decir que no. Pero nosotros sabemos que hay algo.
Pero la gente ignora, más bien trata de ignorar esto, y lo olvida. La gente está concentrada en el hoy, en el ahora, en la carrera, en lo que tengo, en lo que poseo, en lo que emprendo, en lo que disfruto. Y no se da cuenta que se está acercando al final de su vida más rápido de lo que cree, y no ha respondido la pregunta: ¿qué haré para heredar la vida eterna?
Entonces Jesús lo refiere a la ley. ¿Qué dice la ley? Yo no te voy a decir, tú sabes. ¿Qué dice la ley? ¿Qué lees en ella? En el original: ¿Qué recitas? Porque ellos, los escribas y los religiosos, recitaban dos veces por día parte de la ley. Y entonces él responde a Jesús con dos versículos. Él responde primero con Deuteronomio 6:5, que dice: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, y con toda tu fuerza, y con toda tu mente." Y luego Levítico 19:18: "Y a tu prójimo como a ti mismo." Los dos mandatos donde puede ser resumida la ley moral de Dios.
Si nosotros tomamos los diez mandamientos, los primeros cuatro tienen que ver con Dios. No adorarás otros dioses, no harás imágenes... esos primeros cuatro tienen que ver con Dios. Los otros seis —no mentirás, no robarás, no matarás, no codiciarás— tienen que ver con el prójimo. Por lo tanto, el resumen de la ley —ya Jesús había respondido esta pregunta varias veces; a Jesús le habían preguntado cuál es el más grande mandamiento de la ley, y Jesús había respondido: amar a Dios con todo lo que tú eres, y el segundo es semejante a este: amar al prójimo como a ti mismo— los dos grandes mandamientos, la gran ley moral de Dios: amar a Dios por encima de todo, amar al prójimo como tú te amas a ti mismo. Y eso es lo que él responde aquí, citando pasajes conocidos para él. Y Jesús entonces, al él responder de esa manera, le dice que está correcto.
Los judíos, ojo, los judíos, por ser el pueblo escogido de Dios, por ser el pueblo que ya ha recibido las Escrituras en ese momento, por lo menos, por tener todas sus ceremonias de purificación y de expiación, donde matan un cordero en representación de los pecados y todo eso, había un entendimiento superficial de que ellos eran parte de la vida eterna, de que ellos tenían vida eterna por todas esas cosas externas que ellos hacían. Y entonces era común, a pesar de ese entendimiento, era común que los judíos le preguntaran a Jesús. En varias ocasiones lo vemos en los cuatro evangelios, que hubo gente que se le acercó a Jesús: "¿Qué haré para heredar la vida eterna?" Pero ustedes saben, ustedes lo están haciendo, ustedes hacen todos sus rituales y todo eso. Pues en su consciencia ellos sabían que, a pesar de todos los rituales externos, a pesar de todas las cosas que ellos hacían, había algo que no los dejaba tranquilos. "Yo como que no sé, yo no sé si yo voy a heredar la vida eterna." Y le preguntaban a Jesús repetidamente, repetidamente y repetidamente.
Y yo creo que la parábola, ese es el contexto de la parábola. Es una discusión que Jesús tiene con un individuo que no es cristiano, es un individuo que es un judío que no ha creído en Jesús, no ha puesto su fe en Jesús. Él cree que la salvación viene por obras: "¿Qué haré para heredar la vida eterna?" Y le relata todos los pasajes y Jesús trata de confrontarlo con su pecado. Y lo vamos a ver a lo largo de la parábola.
Y él le dijo, versículo 26: "¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?" Y él le responde esos pasajes como ya dijimos: amar a Dios con todo lo que somos y amar al prójimo como a sí mismo. Lo que muchos de nosotros ignoramos, y probablemente también lo ignoraba este judío, o por lo menos no lo expresó, es que es cierto que si yo cumplo eso, yo heredo la vida eterna. Si yo hago eso, amar a Dios con todo lo que soy, amar al prójimo como a mí mismo, yo heredo la vida eterna. El detalle está en la intensidad de ese mandato.
O sea, lo que Dios exige para que tú y yo vayamos al cielo es que tú ames toda tu vida sin un solo error, sin un solo momento de falta de amor, que tú ames toda tu vida durante toda tu existencia, sin equivocarte, a Dios por encima de todas las cosas. Y que en toda tu vida, sin equivocarte ni una sola vez, tú ames a todo el mundo como tú te amas a ti mismo. Si tú logras vivir con esa perfección de vida durante todos tus años sin equivocarte una sola vez, tú te vas al cielo. "¿Por qué haces?" Esa es la parábola. Él pensaba que lo hacía, y por eso Jesús le dice: "Déjame ilustrarte lo que es el amor al prójimo," y ahí viene la parábola.
Pero lo primero que este contexto nos dice a cada uno de nosotros es que nos confronta con la imperfección de nuestro caminar frente a Dios. Ninguno de nosotros amamos a Dios con toda el alma, con todo el corazón, con toda la mente, y ninguno de nosotros amamos al prójimo como nos amamos a nosotros mismos. Eso no es humano, eso es divino. Cumplir eso es imposible para un ser humano.
Pero mucha gente cree que si hace algo por Dios, si viene a la iglesia, si ayuda y lo utiliza mucho, si hace esto, si hace lo otro, y de vez en cuando le da algo al que le pide, de alguna manera Dios lo va a excusar, y le va a permitir que entre a su presencia, y le va a permitir irse al cielo. Mucha gente cree eso. Mucha gente cree que si yo soy un hombre bueno, un hombre de su casa, un hombre de familia, un hombre de su sí, un hombre de trabajo, un hombre responsable, yo voy al cielo. Pero esa no es el estándar. El estándar nunca ha sido ese. ¿De dónde saca la gente eso? El estándar nunca ha sido ese.
Tú quieres que Dios te acepte en el cielo. Lo que tienes que hacer toda tu vida es amarlo a él por encima de todo, con toda tu alma, tu mente, todo. Fíjense que son todas las facultades del ser humano que tienen que estar totalmente entregadas, enfocadas a un amor intenso por Dios. Y ojo, amar al prójimo, todo tu prójimo, aun tu enemigo, como tú te amas y te cuidas, te peinas y te arropas y te acurrucas y te mantienes a ti mismo.
Esos dos mandatos nunca estuvieron en la ley para ser cumplidos en un sentido de: "Este es el estándar, ojalá podamos llegar lo más cerca posible a eso." Pero esos mandatos están ahí para que caigamos de rodillas en arrepentimiento y le digamos: "Señor, yo no puedo, yo no puedo llenar tu estándar. Perdóname a través de la cruz de Jesucristo y permíteme ser tu hijo, a pesar de que yo no hago lo que tú quieres que yo haga y yo no vivo al nivel que tú quieres que yo viva." Ese es el estándar, y eso es lo que Jesús está tratando de confrontar con este hombre.
Fíjense que el versículo 28, hablamos de los mandatos, hablamos de la intensidad de los mandatos. O sea, no solamente tratar bien con Dios y tratar a la gente más o menos bien, es amarlo como tú te amas y amar a Dios por encima de todas las cosas. Mucha gente pierde ese concepto de la intensidad del mandato. Versículo 28: entonces Jesús le dijo: "Has respondido correctamente, eso es lo que hay que hacer. Haz esto y vivirás."
Ahí hay como una, en mi mente, en mi reflexión, como una pausa. Ahí yo, siendo ese hombre, o habiendo ese hombre entendido lo que Jesús acaba de decir, él debió decir: "Señor, pero es que yo no puedo. Haz esto y vivirás, yo no puedo. Yo nunca he amado a Dios de esa manera, ni lo amo ahora de esa manera, ni lo voy a amar de esa manera. Es imposible para mí. Es imposible amar al prójimo como yo me amo a mí mismo. No lo he hecho en el pasado, no lo estoy haciendo ahora y no lo voy a hacer después. Es imposible vivir de esa manera. Su estándar es demasiado alto para mi naturaleza humana." Pero eso no fue lo que le dijo.
Él reaccionó como la mayoría de nosotros reaccionamos cuando somos confrontados con nuestros errores. Fíjense lo que dice el versículo 29: "Pero queriendo él justificarse a sí mismo, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo?" El estándar es alto. Él no discute, él amar a Dios, él cree que él está bien ahí. Él le va a discutir el tema del prójimo, pero él no discute el amor del prójimo en lo que dice Jesús. "Ok, ok, está bien, yo lo entiendo. Define prójimo. Define prójimo." Porque en su mente él sabe que él ha tratado gente no muy bien, pero quizás dependiendo de la definición que Jesús le dé de prójimo, quizás esa gente queda fuera de la definición de prójimo y él se justifica a sí mismo, ¿verdad?
Y eso es lo que le da pie. De hecho, Lucas se ocupa de revelarnos la intención del individuo. Lucas nos dice él se quiere justificar a sí mismo. Y en vez de aceptar: "Señor, sí, yo no vivo al nivel que tú quieres que yo viva," pide que Jesús defina prójimo.
Y Jesús en su compasión, Jesús pudo haber dicho: "Mira, esa pregunta, con esa pregunta tú te descalificas completamente para heredar la vida eterna." Porque cuando yo pregunto "¿Y quién es mi prójimo?" para yo ayudarlo, implícitamente yo creo que hay gente que es mi prójimo y hay gente que no es mi prójimo. Y por lo tanto él está tratando gente como no su prójimo, ¿verdad? La pregunta misma lo descalifica. Y Jesús pudo haber dicho eso: "Tú te alejas, mira, yo no hago ya nada contigo, pero tú estás muy lejos de la vida eterna. ¿Cómo? Tú estás muy lejos de la vida eterna, olvídate de eso."
Pero Jesús en su compasión, en su paciencia con nosotros, le cuenta la parábola y le dice: "Déjame explicarte no quién es tu prójimo, sino cómo tú eres un prójimo." Jesús ignora su pregunta. No quiero decir que se hizo el chivo loco, porque no se hizo el chivo loco. Pero la pregunta era demasiado baja. Más importante de "¿quién es mi prójimo?" es más importante la pregunta de si yo he actuado como un prójimo para los demás.
Entonces Jesús viene, en el versículo 30 comienza a relatar la parábola. Respondiendo Jesús, yo me imagino que Jesús respiró, respondiendo Jesús y dijo: "Cierto hombre bajaba de Jerusalén a Jericó." Déjame explicarte a ti, tú crees que tú estás amando como debes amar, déjame explicarte cómo es que yo requiero que se ame, déjame explicarte cuál es el estándar, para ver si por lo menos tú te das cuenta de tu error, te das cuenta de tu pecado, te das cuenta de que tú estás muy corto versus el estándar.
"Y cierto hombre bajaba de Jerusalén a Jericó," estoy leyendo en el versículo 30, "y cayó en manos de salteadores, los cuales después de despojarlo y de darle golpes, se fueron dejándolo medio muerto." El maestro de las historias es Jesús. Toma una historia que es factible y la llena de significado espiritual.
Jesús tomó una zona que es conocida para él. Bajaba de Jerusalén a Jericó. Es una bajada literalmente. Jerusalén está a 3.000 pies sobre el nivel del mar, Jericó está a 900 pies sobre el nivel del mar, y están a 17 kilómetros de distancia. Por lo tanto, tenían que bajar casi 2.000 pies en 17 kilómetros. Era una bajada muy empinada. Por lo empinada de la bajada, era muy difícil que hubiese casas, que hubiese negocios, que hubiese todo ese tipo de cosas ahí. Y por lo tanto el camino era muy solitario. Era ideal para los ladrones, para los salteadores, para la gente que quería ser mala al otro, de ubicarse por ahí para robar a este tipo de personas.
Y ahí estaba ese individuo, un judío probablemente, bajando de Jerusalén hacia Jericó, es agarrado por estos salteadores, lo roban, lo golpean, lo dejan medio muerto. En el original, literalmente lo que significa es "camino a morirse." Si hubiese sido dejado ahí, el hombre se muere. Estamos hablando de un hombre moribundo, probablemente ensangrentado, golpeado, probablemente casi desnudo, y esa es la condición en la que lo dejaron estos individuos.
El versículo 31 parece que hay una esperanza para este individuo. Fíjense que dice "por casualidad," por buena fortuna de la vida, viene bajando un sacerdote. El que está oyendo la historia inmediatamente piensa: "Se salvó el hombre. Viene un sacerdote ahí." ¿Qué usted espera que un sacerdote haga si ve un hombre moribundo? Que lo ayude. Es la lógica, es lo que se espera de un hombre que dice que es un hombre de Dios, ¿verdad?
Bajaba por aquel camino y cuando lo vio, hubo sorpresa, pasó por el otro lado del camino. En el original, Jesús le dio fuerza a esa expresión y literalmente lo que dice es: se fue en dirección contraria, se volteó y se fue. Inmediatamente la esperanza se esfumó. El sacerdote que estaba supuesto a ayudar no ayudó, el religioso que estaba supuesto a ayudar no ayudó. Y eso pasa muy frecuentemente: de la gente que se espera la ayuda, no ayuda. Nosotros, que estamos supuestos a extender la mano, no la extendemos. A veces al que está lejos de nosotros, pero muchas veces al que está cerca de nosotros, necesitando nuestra mano, necesitando nuestro apoyo, necesitando nuestro soporte.
A veces me pregunto si yo he doblado y me he ido en dirección contraria a la necesidad. Porque es difícil, vamos a reconocerlo, es difícil. Es difícil cuando tú tienes problemas y yo tengo problemas y viene otra persona a tirarte sus problemas. Es difícil, pero es el requerimiento del amor: que a pesar de lo difícil, yo ame y extienda la mano.
Pero este hombre, de donde venía, debía venir la ayuda. No vino la ayuda. Este hombre conocía la ley de Dios. Hoy hay un pasaje en Éxodo que yo lo puse como extremo para que ustedes entiendan que la ley de Dios siempre ha sido clara en su nivel de exigencia. Éxodo 23:4-5 habla de que si el asno de tu enemigo está atascado, tú tienes que sacarlo. O sea, si la Biblia se ocupa de prescribir lo que tú tienes que hacer con un asno, ¡cuánto más se espera de ti cuando es un ser humano que está sufriendo! Miqueas 6:8: Dios le dice qué es lo que demanda el Señor de ti, Israel: que practiques la justicia, que ames la misericordia y que andes humildemente frente a tu Dios. Si te estás haciendo, te lo tienes en la mente.
Y cuando yo estaba revisando comentarios y estaba estudiando para este pasaje, para explicar este pasaje, muchos comentaristas comienzan a especular de por qué razón este hombre no ayudó. Una posible razón: bueno, quizás tenía temor de ser emboscado él mismo. ¿No nos pasa eso? Yo con más de una persona he discutido esta parábola del buen samaritano y casi siempre la discusión se va para dónde. Bueno, imagínate que tú vas para la autopista de las Américas y hay un hombre tirado, un motorista tirado, ¿tú lo ayudarías? Bueno, como tal la cosa, yo no sé, porque es la seguridad de uno. ¿Cómo uno va a ponerse en riesgo por ayudar a un desconocido?
Ese es el punto de la parábola: que nosotros no amamos de esa manera. Si tú estuvieras ahí, a ti te gustaría que fueran en tu ayuda. Amar al prójimo como a mí mismo es eso. Es hacer con el otro lo mismo que tú quieres que se haga contigo, de la misma manera, con la misma intensidad y con la misma devoción. Esta parábola nos confronta a nosotros con que nuestro nivel de amor y nuestro nivel de perfección frente a Dios está muy bajo, muy, muy bajo. Debería llevarnos a las rodillas y decir: Señor, perdóname, perdóname porque yo no lleno tu estándar, tu requisito, tu requerimiento a mi vida.
Yo no sé si era temor lo que le pasaba. Otros decían: bueno, lo que pasa era que iba a servir al templo y para un sacerdote, si va a servir al templo, no puede tocar un cuerpo muerto porque se hace impuro, no puede ministrar. Y otro comentarista agregaba: bueno, pero él venía bajando de Jerusalén a Jericó, por lo tanto él no iba a ministrar, él venía de ministrar. Para todo una discusión. Estas son de las cosas que a veces, cuando uno dice: pero ¿por qué los teólogos y los estudiosos le dedican tiempo a esto? La idea central del pasaje, y eso es algo que nosotros debemos aprender cuando leemos la Biblia, es que el hombre no ayudó. El hombre se esperaba que ayudara y no ayudó. Y nosotros estamos llamados a ayudar en los momentos de necesidad y no ayudamos. Es una historia para ilustrar ese punto.
Versículo 32. Bien, otra esperanza. Del mismo modo, ahora sí, ahora sí el hombre va a resolver su problema. También un levita llegó al lugar y lo vio y pasó por el otro lado del camino. Ahora ya no es el sacerdote, ahora es el levita. El levita era un asistente del sacerdote. Él no conocía la ley también como un sacerdote, no la conocía también como un escriba, pero él estaba cerca, se le pegaban las cosas: que hay que amar al prójimo, hay que ayudar a la gente, hay que ser sensible. Él debió saber también ese tipo de cosas. Era en la escalera jerárquica de la iglesia, del templo: el levita el que estaba en el fondo, el sacerdote el que estaba arriba. Por lo tanto, Jesús ilustra este aspecto de la compasión con la cabeza de la religión y con los pies de la religión, por así decir. Los dos se quemaron en cuanto a amar al otro como a sí mismo, y este hombre también caminó en dirección contraria, de la misma manera.
En el versículo 33 llega algo increíble que un judío no se lo hubiese esperado. Y Jesús agrega: "Pero cierto samaritano, que iba de viaje, llegó a donde él estaba, y cuando lo vio, tuvo compasión." ¿Por qué un judío no se hubiese esperado que Jesús hable de un samaritano aquí? Porque ustedes saben, la mayoría de ustedes saben, que los samaritanos y los judíos eran enemigos a muerte. No se podían ver ni en pintura, como decimos nosotros. Y eso venía de muchos años atrás.
En el tiempo de Nehemías, cuando Nehemías viene a reconstruir las murallas de Israel y la ciudad, los samaritanos malintencionadamente ofrecieron ayuda, y Nehemías les dice: no tenemos nada que ver con ustedes y no queremos nada con ustedes. Más adelante, muchos años más adelante, los samaritanos construyeron su propio templo, escribieron su propia Torá y pervirtieron las razas. De hecho, de ahí es que vienen los samaritanos: que se unieron los judíos junto con otras razas paganas, asirios básicamente, y produjeron la raza de los samaritanos. Por lo tanto, los samaritanos habían pervertido, dañado, las tres cosas que eran sagradas para un judío: la raza, la ley y el templo.
No se soportaban. Los judíos decían que comer con un samaritano era como comer con un puerco, literalmente. Cuando tenían que ir al norte del país los israelitas y tenían que pasar por tierras samaritanas, ellos no pasaban por tierras samaritanas. Ellos cogían un bote, le daban la vuelta a Samaria, y venían a desembarcar en el otro extremo. En un momento dado, Jesús está predicando y quiere entrar a Samaria y no lo dejan entrar, y ahí es que los discípulos dicen: Señor, ¿tú quieres que mandemos fuego del cielo para que los fulmine? A ese punto era el odio y la animosidad y el rechazo del judío hacia el samaritano.
Pero eso es sumamente importante en la parábola, porque lo que Jesús está diciendo es que el tipo de amor que Él requiere de nosotros por el prójimo es el amor de amar a un enemigo que tú odias, que tú desprecias, como tú te amas a ti mismo. Así tú te ganas el cielo. Hermanos, ¿quién ama así? ¿Quién ama así? Piensa en la persona, ojalá ninguno de ustedes tenga personas así alrededor hoy en día, pero una persona que tú desprecias, que tú no soportas, que tú tengas problemas con esa persona, que sea difícil para ti tragarte a esa persona, lo que sea. A esa persona tú tienes que amarla como tú te amas a ti mismo, como tú te cuidas a ti mismo. Ese es el requerimiento. No estamos hablando del amor por Dios todavía, solamente del amor por el prójimo.
Este tema de la compasión es básico en el ministerio de Jesús. Esto no es algo aislado. El sentir por el otro, inclinarte hacia la necesidad del otro, es algo básico en el ministerio de Jesús, en su enseñanza y en su vida. Solamente para dar unas referencias en Mateo: nosotros tuvimos que leer los cuatro evangelios para una clase que teníamos allá, y una de las cosas que más me llamó la atención del beneficio de leer corrido un evangelio de una sentada, no sé si lo han hecho, las ideas le quedan muy claras a uno, fue el tema de la compasión.
En Mateo 9:36 nos dice la Palabra: "Viendo las multitudes, tuvo compasión de ellas", se refiere a Jesús, "porque estaban angustiadas y abatidas, como ovejas que no tienen pastor." Mateo 14:14: "Y al desembarcar vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos, y sanó a sus enfermos." Mateo 15:32: "Entonces Jesús, llamando junto a sí a sus discípulos, les dijo: Tengo compasión de la multitud, porque hace ya tres días que están conmigo y no tienen qué comer, y no quiero despedirlos sin comer, no sea que desfallecan en el camino." Mateo 20:34: "Entonces Jesús, movido a compasión, tocó los ojos de ellos, y al instante recobraron la vista y le siguieron."
Cuando Dios se define a sí mismo, Dios pasa frente a Moisés y se define a sí mismo en Éxodo 34:6. Esto es lo que nosotros leemos ahí: "Entonces pasó el Señor delante de Moisés y proclamó: El Señor, el Señor Dios, compasivo y clemente, lento para la ira y abundante en misericordia y verdad." La definición misma de Dios es que es un Dios compasivo. Y de hecho, lo que movió a Jesús de su gloria a la tierra, obviamente nos dice Juan 3:16 que fue su amor, pero hay un componente de compasión enorme en su amor por nosotros.
Nosotros no estábamos medio muertos como estaba el hombre ahí en el camino. Nosotros estábamos muertos en delitos y pecados, dice la Palabra. Jesús no solamente cruzó una calle para ayudarme y me vio. Jesús cruzó la eternidad y el cielo y descendió y se hizo hombre como uno de nosotros para darme la mano y rescatarme de mi condición. Y aunque esta parábola, el objetivo de esta parábola no es ilustrar el sacrificio de Jesús, da una luz hacia lo que Jesús hizo por nosotros.
El acto de concederle oído, de concederle atención, de preocuparme por el otro, es algo que está en el corazón mismo de Dios. ¡Cuántas veces yo, o nosotros, hemos ignorado la necesidad del otro porque no es el momento, porque no estamos cómodos, no nos sentimos bien, y estamos viendo a nosotros mismos en lugar de ver la necesidad del otro! Muchas veces, muchas veces ha pasado eso.
¿Y qué hizo el samaritano? El samaritano no solamente se acercó y sintió compasión; esto es algo emocional todavía, no es algo emocional esto. El amor que Dios espera de nosotros es un amor que actúa en favor del que lo necesita. Y el versículo 34 nos dice eso: "Y acercándose, le vendó sus heridas, derramando aceite y vino sobre ellas, y poniéndolo sobre su propia cabalgadura, lo llevó a un mesón y lo cuidó." No fue un tema de que yo le pongo unos videos aquí de niños que están pasando hambre y lloramos todos y salimos y no hacemos nada. Es un hombre que se mueve y actúa en favor del que lo necesita.
Toma posiblemente su propia vestidura, no sabemos cómo, porque es una historia, Jesús no lo dice, le venda sus heridas. Un hombre ensangrentado. O sea, imagínense el peor enemigo posible que ustedes se puedan conseguir; este es el hombre que está sanando al otro. Un enemigo. Sí, es incómodo, sí, es despreciable, eso nos da asco: lidiar con la sangre de otro ser humano, limpiar las heridas de otro ser humano que es mi enemigo. Esa es la imagen que vemos aquí.
Derrama, dice el original, abundantemente aceite y vino. Toma sus recursos, sus provisiones: aceite para comer y vino para beber. Él iba de viaje, eso eran sus provisiones. Lo derrama abundantemente sin escatimar sus recursos en beneficio de su enemigo. Se aleja de su agenda, se aleja de su ruta, pone este hombre en su cabalgadura, lo que implica probablemente que él tuvo que caminar el resto del camino. Se incomoda, suda, se cansa por ayudar a su enemigo. Lo lleva al mesón.
E increíblemente no se para ahí. No lo deja en el mesón, habló con el encargado: "Nos vemos, ahí te dejo ese hombre, llámame, no sé, aquí a la autoridad para que lo ayude." No. Agregó: lo cuidó. Y sabemos que fue toda la noche, porque el próximo versículo, miren lo que dice: "Al día siguiente." Se quedó ahí toda la noche con este individuo, viendo lo que necesitaba, lo que requería. Posiblemente lo aseó, lo bañó. Quizás este hombre vomitó en medio de esta noche. Todo lo que este hombre tenía: sus recursos, su tiempo, su agenda, su comodidad, fue alterado por la necesidad de este extraño, que sucede que era su enemigo.
Ese es el amor que Dios requiere de nosotros por el prójimo. Eso es amarte, amar al otro como a ti mismo. Tú lo harías eso por ti, yo lo haría. Nosotros buscamos la mejor atención médica posible, nos endeudamos; si hay que acoger una deuda, lo hacemos, se trata de mí. La pregunta es si tú estás dispuesto y puesto a hacerlo por otro de la misma manera que tú lo haces por ti. La respuesta es no. Nosotros no amamos así. Este samaritano es ficticio, es un personaje ideal que Jesús ilustra: la manera como yo debo amar para ganarme el cielo. Pero yo no puedo, yo no puedo, ninguno puede.
Lo ideal es que nos acerquemos lo más posible a eso, pero nunca vamos a llegar ahí. Por eso es que tenemos que recurrir al perdón de Dios. Es decir: "Señor, yo no amo como tú pides que yo ame, yo no lo tengo, yo no tengo en mí eso." Esto debió llevar al escriba que está haciendo la pregunta a sus rodillas y decir: "Señor, perdóname, porque yo no he amado así."
Pero vamos a seguir leyendo. El samaritano no se quedó ahí, no se quedó ahí. Señor, el amor va más allá. "Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al mesonero y dijo: Cuídalo, y todo lo demás que gastes, cuando yo regrese, te lo pagaré." No, es demasiado. ¿Eso es lo que Dios exige que yo haga por todo desconocido, aun mi enemigo, que necesita de mi ayuda, para yo ganarme el cielo, para ganar la vida eterna? Eso es amar al prójimo como a ti mismo.
¿Alguno dice: "Yo estoy en orden con eso, yo he amado así"? A todo desconocido. Porque tú puedas hacerlo una vez, pero esto es toda la vida sin equivocarte una sola vez, con todo el que te pasa por el lado que necesita de tu ayuda. Es el tipo de amor que se nos pide. Un cheque en blanco. Sacó dos denarios; un denario equivalía aproximadamente a un mes o dos meses de estadía. Por lo tanto, él paga un mes o dos meses por adelantado para que el hombre se quede ahí si es necesario. Y no se queda ahí: "Si tú gastas algo más..." O sea, cuídalo, pero si tú gastas algo más, yo lo pago.
Claro, Jesús está describiendo lo que es amarse a sí mismo. Así es como te amas a ti mismo. Uno va toda la vida, todo lo que haya que ir, yo llego allá por mí. Lo que haya que hacer, no doctor, lo que haya que hacer, lo que haya que hacer yo hago por mí. Eso es lo que hay que hacer por el prójimo. Eso es lo que hay que hacer por el prójimo. Y este hombre deja un cheque en blanco. Se expone a que lo estafen porque le dice al encargado: "Lo que tú gastes, yo te lo pago." Sabe Dios lo que él va a gastar y aprovecharse de su buena intención.
Y entonces el versículo 36. Ahora Jesús, en su compasión y en su gracia, quizás, quizás este hombre reflexionó y se ha dado cuenta que él no ama como debe de amar. "¿Cuál de estos tres piensas tú que demostró ser prójimo del que cayó en manos de salteadores?" ¿No cuál es tu prójimo? ¿Cuál es que fue la pregunta? Jesús no responde cuál es tu prójimo. Jesús responde: si tú actúas como prójimo hacia los demás. ¿Cuál tú crees que fue el prójimo?
Y el hombre responde con mucho cuidado de no mencionar la palabra samaritano. Y él le dijo... ¡Oh, el hombre mío! "El que tuvo misericordia de él." Pero como que le costó un poco. "El que tuvo misericordia de él." Y Jesús le dijo, y eso es como una daga en el corazón: "Ve, y haz tú lo mismo." El último esfuerzo evangelístico de Jesús para que este hombre se convenza de su pecado. Para que este hombre diga: "Señor, yo no puedo amar de la manera que tú pides que yo ame." "Ve, y haz tú lo mismo." "Yo no puedo, Señor. Amaría, sí. Perdóname, perdóname mis pecados. Perdóname mi falta de amor, mi falta de amor a Dios."
Porque al final, si yo amara a Dios perfectamente, yo pudiera amar a mi prójimo perfectamente. Pero al final, la falta de amor por el prójimo es una indicación de mi falta de amor por Dios, porque el prójimo ha sido creado a la imagen de Dios. Y si yo amo a ese Dios perfectamente, yo amaría su imagen como yo me amo a mí. "Ve, y haz tú lo mismo."
Y el texto no nos dice qué hizo el hombre, pero ahí se corta la historia. Probablemente él no fue convencido de que él no amaba así. Él no fue convencido que él no se puede ganar el cielo. La pregunta que le hizo al principio: ¿qué tengo que hacer para ganar el cielo? La respuesta es: nada. El cielo se gana por obras, pero no las mías, las de Cristo. Es por obras, pero no por mis obras, por las de Cristo.
Entonces yo voy y digo: "Señor, sálvame, perdóname por los méritos de Jesús." Porque Jesús sí vivió así. Jesús se ganó el cielo, pero ahora en su gracia, en su misericordia, nos ha dicho: "Yo se los ofrezco, no porque ustedes lo hayan ganado, no porque ustedes lo hayan merecido, es porque yo quiero expresar un amor incondicional por ustedes." Y nos ofrece el cielo de esa manera.
"Ve y haz tú lo mismo." Esto debía producir convicción en este hombre. Debía producir convicción, pero no la produjo. Y muchos de nosotros oímos y oímos y oímos una y otra vez el mensaje de que somos pecadores y que necesitamos redención y perdón de pecados, y muchos de nosotros no recibimos convicción. Todavía soñamos, pensamos, entendemos que de alguna manera, cuando llega el momento de que mi corta vida se acabe como yo decía al principio, Dios me excusará.
Dios es un Dios bueno. Es tan bueno que me ha dicho cómo: a través de Cristo. Yo no puedo abusar de la bondad de Dios. Yo no puedo ahora decir: "Él me ha dicho cómo." A través de Cristo, punto. Fe en Cristo, punto. Fe en las obras de Cristo en los que hizo en la cruz, en su sacrificio. Tú eres un pecador, reconócelo. Eso es lo que Dios quiere: que nos humillemos a sus ojos, que reconozcamos lo que Dios sabe de nosotros.
A veces nosotros pensamos que cuando nosotros confesamos nuestro pecado, nosotros le estamos diciendo algo a Dios que Él no sabe. No, imagínate, cómo yo voy donde Dios a decirle que yo soy un hipócrita, que yo soy un egoísta, un materialista. Tú no le dices nada a Dios que Él no sepa. Tú vas donde Dios y le dices: "Señor, tú sabes. Tú sabes lo que yo soy." La confesión es ponerte de acuerdo con Dios con lo que Él sabe de ti, no decirle nada nuevo.
Eso me da paz, me da tranquilidad sabiendo que ya yo no le voy a agregar nada a Dios que Dios no sepa. No importa lo que tú hayas hecho, no importa dónde tú hayas estado, no importa lo egoísta que tú hayas sido, ni lo... no importa, Dios sabe. Dios sabe más de lo que tú te imaginas, más de lo que tú mismo sabes. Tú eres peor de lo que te imaginas. Y yo también. Pero Dios es mejor de lo que nosotros nos imaginamos.
Entonces, es lo que Dios espera de nosotros: convicción, arrepentimiento, que Él entonces nos capacite para llegar lo más lejos posible en este tipo de actitudes. Pero no es eso lo que nos va a salvar, pero tenemos que agradarlo y reflejarlo a Él en nuestra vida.
Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.