La primera bienaventuranza constituye el fundamento de todas las demás: ser pobre en espíritu. En el griego, la palabra usada no describe a quien apenas tiene para hoy, sino al paupérrimo, aquel que no posee absolutamente nada. Jesús declara bienaventurados a quienes reconocen su bancarrota espiritual total, a quienes saben que no tienen un solo mérito que presentar ante Dios el día del juicio. Esta persona ha entendido que es tan condenable como cualquier otro, ha ido ante Dios con manos vacías, ha pedido perdón y ha aceptado que los únicos méritos que puede reclamar son los de Cristo transferidos a su cuenta.
Pero no basta con conocer esta teología. La pobreza de espíritu debe manifestarse en la conducta. No es timidez ni falsa modestia; no es repetir constantemente lo malos que somos mientras juzgamos a otros. El pobre en espíritu simplemente no habla de sí mismo, y cuando pecan, se entristecen en lugar de irritarse. El orgullo, en cambio, se queja, divide, critica, exige reconocimiento y siempre busca ganar. La humildad reconoce a otros, prefiere callar y siente compasión por quien peca contra ella.
La recompensa es profunda: Dios habita con el contrito y humilde de espíritu para vivificarlo y sanarlo. Cristo mismo prometió que el manso y humilde hallará descanso para su alma. Un pastor africano, la noche antes de ser martirizado, escribió que ya no necesitaba prominencia, posición ni reconocimiento, porque ahora vivía en la presencia de Dios. Esa es la libertad del pobre en espíritu: completo en Dios, sin necesidad de nada externo para ser feliz.
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Yo quiero que abramos la Palabra de Dios en Mateo. Al final voy a volver a leer el mismo texto que leí la semana pasada, le vamos a agregar un verso y ese es el verso que vamos a exponer. Pero yo no quiero sacar ese verso, que es Mateo 5:3, que es el texto de hoy; no quiero sacarlo de su contexto. De manera que vamos a leer una vez más a partir de 4:23 hasta el 5:3, y cuando usted llegue a ese último verso, ese es nuestro texto a exponer hoy.
"Y Jesús iba por toda Galilea enseñando en sus sinagogas y proclamando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. Y se extendió su fama por toda Siria, y traían a él todos los que estaban enfermos, afectados con diversas enfermedades y dolores, endemoniados, epilépticos y paralíticos, y él los sanaba. Y le siguieron grandes multitudes de Galilea, de Decápolis, de Jerusalén, de Judea y del otro lado del Jordán. Y cuando vio a las multitudes, subió al monte, y después de sentarse, sus discípulos se acercaron a él. Y abriendo su boca les enseñaba, diciendo..."
Este es nuestro texto ahora: "Bienaventurados los pobres en espíritu, pues de ellos es el reino de los cielos."
Jesús está en su segundo año de su ministerio, con toda probabilidad. Está desarrollando un ministerio a lo largo de toda Galilea. Las multitudes se le acercan, vienen a escuchar lo que él tiene que decir. Están siendo impactadas, están siendo cambiadas, están siendo sanadas. Hay paralíticos que están caminando, endemoniados que están siendo libertados, hay ciegos que están viendo, y gente de toda el área está viniendo. De hecho, el texto dice que vino gente de Jerusalén, de Judea, de Decápolis y aún del otro lado del Jordán. Esa era la provincia de Perea, donde Juan el Bautista había estado ministrando y bautizando.
Juan el Bautista fue el único pastor, o quizás el único pastor, que levantó una iglesia con el propósito expreso de entregársela a otro, y ese otro era Jesús. Y Juan está predicando y bautizando, pero los discípulos de Juan se están dirigiendo hacia donde Jesús estaba y son parte de esta gran multitud que hoy está aquí presente. Quizás esa fue una de las razones por la que Jesús decidió predicar su sermón más famoso en esta ocasión, porque había gente de todas partes.
Jesús vio las multitudes, y esta vez, al ver las multitudes y tener compasión de ellas, en vez de darles pan físico, en vez de multiplicar los panes, esta vez él decidió darles de otro pan: el pan espiritual. Jesús tenía la habilidad de ver las multitudes sin perder de vista al individuo, o de ver al individuo sin perder de vista a las multitudes. Nosotros no somos así. Usualmente, cuando estamos enfocados en una persona, se nos olvidan las multitudes, y cuando nos impresionan las multitudes, se nos olvida la persona. Jesús no era de esa manera. Él era capaz de ver las multitudes y seleccionar una persona dentro de la multitud y ministrarle de manera particular mientras le hablaba y le ministraba a todo el resto.
Y si hay algo que es frecuente en los evangelios, es encontrar que cuando Jesús vio las multitudes, tuvo compasión de ellas. El diccionario define compasión como un sentimiento de tristeza, de lástima, por aquellos que sufren penalidades y desgracia. Yo creo que nosotros en ocasiones nos sentimos movidos cuando vemos a alguien harapiento que tiene hambre física. Deberíamos ser movidos siempre, pero por lo menos en ocasiones eso nos ocurre. Pero reflexionando sobre esto, creo que somos mucho menos sensibles a ver a alguien que está harapiento espiritualmente, que no tiene a Dios, que no tiene a Jesús, que no tiene su Palabra. Yo creo que nosotros necesitamos pedirle a Dios que nos haga más sensibles a aquellos que están espiritualmente hambrientos, de tal manera que cuando Él los haga llegar hasta nosotros, nosotros podamos también ser movidos a compasión y enseñarles, como Jesús les enseñaba a estas multitudes.
El Evangelio de Lucas tiene otra versión de este sermón. Muchos piensan que fue otro sermón predicado en otro lugar, porque Mateo nos habla de que en esta ocasión Jesús subió al monte y les enseñó; Lucas nos dice que él descendió al llano y les enseñó. El sermón del monte de Mateo tiene ocho bienaventuranzas, el de Lucas tiene cuatro. El de Mateo enfatiza las recompensas espirituales; el de Lucas habla de las necesidades físicas y las recompensas temporales que reciben aquellos que no son parte del reino de los cielos, pero que carecerán de las recompensas eternas.
Esa es la razón por la que Lucas acompaña cada una de sus bienaventuranzas con un "ay de vosotros, ay de vosotros, ay de vosotros, ay de vosotros", porque si bien es cierto que tienen algunas recompensas aquí, algunas bendiciones, eso es lo único que han de recibir. Pero ¿de qué nos sirven las bendiciones temporales o recompensas temporales si cuando entremos en la eternidad tendremos que enfrentar una eternidad separados de nuestro Dios?
Lucas habla del reino de Dios; Mateo habla del reino de los cielos. Como buen judío, Mateo temía usar el nombre de Dios en vano. Temía usar el nombre de Dios para que en su uso no fuera a ser que lo profanara, y los judíos pensaban de esa manera. Por otro lado, el Evangelio de Mateo nos va a ayudar a nosotros a entender de una mejor manera de qué hambre de espíritu o pobreza de espíritu es que Cristo estaba hablando. Algunos piensan que estos fueron dos reportes acerca del mismo sermón visto desde dos ángulos diferentes, pero yo creo que hay suficientes diferencias en estos mensajes para pensar que fueron predicados en dos ocasiones completamente distintas y con enfoques distintos.
Mateo nos va a hablar de ocho características que cada cristiano idealmente debiera poseer. No son ocho grupos distintos de cristianos. No es que unos son misericordiosos y otros pacificadores y otros pobres de corazón. No, no, no, no. Esto no es como los dones, que uno tiene uno y otro tiene otro. Estas son características que Dios quisiera que idealmente fueran parte de cada uno de sus hijos, de tal manera que su imagen y su carácter puedan ser reflejados en nosotros.
Las primeras cuatro bienaventuranzas de Mateo tienen que ver predominantemente con cualidades en mí que afectan mi relación con Dios. Las próximas cuatro bienaventuranzas tienen que ver con características en mí que afectan mi relación con los demás. Y esto es natural, porque si yo no me puedo llevar bien con Dios, el mejor ser de todo el universo, no me puedo llevar bien con nadie. Si yo no puedo respetar a Dios, yo no respetaré a ninguna otra persona. De manera que Dios quiere que yo primero arregle mi relación con Él para que luego yo pueda arreglar mi relación con los demás, y así es como estas bienaventuranzas están organizadas.
No es un accidente que la primera de estas bienaventuranzas nos hable de pobreza de espíritu, y es porque ella constituye la base para todas las demás. En el griego había dos palabras usadas para hablar de pobreza. Una palabra implicaba o se refería a un grupo de personas pobres porque tenían que comer solamente hoy. Ellos vivían el día a día; quizás no tendrían mañana, pero hoy yo tengo su provisión, y vivían sin nada guardado. Hoy solamente es lo único que tenían. Estos constituían un grupo de personas pobres, pero esa no es la palabra que está aquí siendo usada.
La palabra usada en esta ocasión, ptochos, es una persona que no tiene ni siquiera para hoy; es más, él no tiene ni siquiera para ahora, absolutamente nada. Este es el peor de los pobres, este es paupérrimo, físicamente hablando. Pero en este caso Jesús dice que los bienaventurados son los paupérrimos en espíritu. Aquellos que espiritualmente están en bancarrota, aquellos que no tienen nada y que reconocen que no hay absolutamente nada de crédito en ninguna de las obras que ellos hacen. Que a la hora del juicio ellos no podrán presentarle a Dios absolutamente una sola obra digna de aprobación. Ellos saben eso, ellos lo han reconocido. Ellos saben que están en bancarrota moral y espiritual. Ellos se conocen destituidos de la gloria de Dios. Ellos saben y reconocen que ellos son tan condenables como la persona de al lado, que yo soy tan condenable como Adolfo Hitler. Ellos reconocen eso.
Su pobreza espiritual los ha llevado a entender que, en cuanto a su condición moral se refiere, ellos no podrían hablarle a Dios de absolutamente nada bueno que hayan podido hacer. Habiendo reconocido eso, ellos han ido delante de Dios, han hecho esa confesión, han pedido perdón por sus pecados, han podido mirar a la cruz, aceptar el sacrificio de Cristo en su beneficio, la sangre derramada para el lavamiento de sus pecados, la vida vivida por Cristo, los méritos acumulados por Cristo para ser cargados a su cuenta. Ellos saben que el día del juicio lo único que ellos pudieran traer delante de Dios es decirle: "Los méritos de tu Hijo, acumulados durante su vida, me han sido transferidos a mi cuenta una vez Él me perdonó de mis pecados, y esto es lo único con lo que yo cuento, Dios."
Si alguno de nosotros aquí presente piensa que a la hora del juicio él podrá hablarle a Dios de que, bueno, para fines de salvación, "yo fui un buen esposo, yo fui un buen proveedor, yo fui un buen padre", si estás contando con eso, esa es la muestra de que no tienes salvación, porque la salvación no es por ningún crédito que tú o yo hayamos acumulado. Si hay alguien aquí que piensa que tú puedes elegir la religión que tú quieras, el Dios que tú quieras, esa es la evidencia de que tienes riqueza de orgullo, que piensas que puedes elegir y determinar el camino de llegar a Dios, cuando Dios me ha dado y revelado un único camino, y es su Hijo.
Esa es la persona, y mucho más que tenemos que decir, que Dios considera que puede ser bienaventurada. Pero escúcheme, requiere más que eso, porque yo dudo que si a nosotros nos dieran un examen ahora escrito y nos preguntaran si tenemos algún mérito delante de Dios para reclamar salvación, yo pienso que la mayoría de los que estamos aquí responderíamos que no, no tenemos ese mérito. Y sin embargo, la mayoría o quizás todos no vivimos verdaderamente con pobreza espiritual del grado que Cristo está hablando en esta ocasión. De manera que esto es algo significativo.
Él también nos dice que esa persona es bienaventurada. ¿Algunos recuerdan alguna de las cosas que dijimos que esa palabra significa? Recuerden que esa palabra es "makarios". Esta historia nos va a ayudar a entender un poco lo que es una persona makarios, bienaventurada. Haddon Robinson, en su comentario acerca de este Sermón del Monte, habla de que la isla de Chipre en el pasado se llamaba Macaria, y se llamaba de esa manera porque los habitantes de Chipre —los chipriotas, gracias por los lingüistas— los chipriotas creían que no había nada fuera de Chipre que ellos necesitaran para estar satisfechos o felices. Chipre tenía todas las condiciones alimenticias, de provisión, de trabajo necesarias para que sus ciudadanos se sintieran completamente complacidos sin nada de lo de afuera. Esa era la condición de un habitante de Chipre, pero la isla se llamaba Macaria: bienaventurados.
Ahora, si tú sigues con la aplicación, lo que Cristo nos está diciendo es: bienaventurados aquellos que por algo que está dentro de ellos, ellos son en sí mismos satisfechos sin nada de lo de afuera, no porque la condición está en ellos en sí, sino por lo que Dios ha hecho en ellos. Por tanto, fuera de ellos no hay nada que pueda ayudarles a aumentar su satisfacción. Su deleite está en Dios y Dios vive dentro de ellos. Bienaventurados, bendecidos y aprobados aquellos. Pero la condición para yo llegar ahí es ser pobre de espíritu.
Yo no puedo ser regenerado, ser cambiado, nacer de nuevo, simplemente habiendo reconocido mi pobreza espiritual. No es posible, porque todavía yo, hasta ese momento, había estado confiando en mí, en lo que puedo hacer, en mis obras, en mi propio entendimiento. En el hebreo la palabra para bienaventurado es una palabra que, como dijimos, implica ser aprobado por Dios como uno de los suyos. Pero para yo ser aprobado por Dios, yo necesito haberme considerado en bancarrota espiritual, sin ninguna calificación.
Yo necesito venir delante de Dios y vaciarme de mi orgullo, pedir perdón de mi pecado, y sobre todo de mi pecado de autosuficiencia, de autodependencia. Yo necesito pedirle a Dios que me ayude a aceptar lo que Él ha ofrecido en mi lugar, de tal manera que ahora la cruz de Cristo cobra sentido para mí. Yo necesito haber ido delante de Dios de tal manera que ciertamente los méritos acumulados por Cristo durante su vida, cuando Él cumplió a perfección la ley de Dios, puedan ser cargados a mi cuenta, y una vez cargados a mi cuenta, Dios pueda entonces declararme como justo.
Si yo no lo veo de esa manera, hermano, estoy sin salvación. Y si estoy sin salvación, estoy bajo juicio. Y si estoy bajo juicio, no puedo ser bienaventurado. Bienaventurados aquellos que habiendo reconocido su pobreza espiritual, entonces han venido delante de Dios y se han arrepentido. Hasta ese entonces lo que ha habido es mucho orgullo, riqueza de orgullo en nosotros que ha interferido con mi relación con Dios, que de hecho ha impedido el comienzo de esa relación con Dios.
Sin embargo, como decíamos, no es suficiente para tener pobreza de espíritu haber reconocido la teología detrás de lo que yo acabo de explicar, porque lo que Cristo anda buscando es personas que exhiban en su conducta pobreza de espíritu real, en ruina verdadera. A veces ayuda a entender lo que algo es si primero entendemos lo que algo no es. De manera que vamos a comenzar por ahí.
Pobreza de espíritu no es ser tímido e introvertido. No. Muchas personas tímidas e introvertidas son muy orgullosas en su interior, excepto que no lo dejan ver. Créame, en el año 1982, cuando yo dejé este país, yo estaba ahí, de verdad.
¿Qué más no es ser pobre de espíritu? Ser pobre de espíritu no es necesariamente ser modesto. Tú puedes ser modesto externamente y muy orgulloso internamente. Lo que requiere la modestia es simplemente que yo entienda los patrones de conducta de la comunidad en la que vivo, y si entonces esta comunidad viste de una manera, me visto así; si esta comunidad habla de una manera, pues hablo así. Y entonces yo parezco una persona modesta, pero en mi interior quizás yo no lo sea.
Bueno, entonces, ¿cuál es la diferencia entre alguien que es modesto externamente solamente y alguien que verdaderamente es pobre de espíritu? Bueno, el modesto frecuentemente habla de sí mismo, pero claro, lo hace con modestia. Ejemplo: "Yo soy, modestia aparte, un buen médico." ¿Te das cuenta? "Yo sé que no debiéramos hablar de esa manera, Dios sabe que no es para mi gloria, para su gloria, pero yo... para la gloria del Señor yo..." Y frecuentemente hay una alusión, un llamado de atención sobre su persona, claro, con modestia. La persona pobre de espíritu, él no habla de sí mismo, no le gusta. De hecho, cuando se habla bien de él o de ella en su presencia, él se siente incómodo. El modesto solamente es de otra manera.
Déjame decirte qué más no significa pobreza de espíritu. Ser pobre de espíritu no significa continuamente decir lo malos que somos: "Yo soy el peor de los pecadores, somos unos viles." No, no, porque a veces en decir eso tanto, lo que estoy haciendo es llamar la atención sobre cuánto yo entiendo la teología.
Como bien refiere Martyn Lloyd-Jones en su comentario sobre este sermón, dice que en una ocasión, en la década de los 40 o 50 por ahí, él fue a visitar una iglesia. Entonces llegó en tren; había una persona de la iglesia esperándolo en la estación de tren y lo saluda: "Pastor, ¿cómo está? Yo soy fulano, uno de los diáconos de la iglesia. Yo soy un don nadie, yo no tengo gran importancia, yo soy un sirviente de poca importancia, de finalmente ninguna alcurnia, que simplemente sirve para cargarle las maletas a los pastores." Y mientras él más hablaba de esa manera, Lloyd-Jones dice que más yo entendía cuán orgulloso este hombre era. Porque estaba tratando de exaltar una condición de pobreza espiritual que el verdaderamente pobre de espíritu no menciona. Simplemente carga las maletas. Su servicio hablaría por él.
Muchas veces cuando nosotros hablamos de esa manera, lo hacemos de esta forma: "Yo no sirvo para nada, somos los peores de los pecadores," y al minuto estamos juzgando y condenando al otro que sí tiene mucho orgullo, con lo cual estamos revelando que no somos tan pobres de espíritu. Porque cada vez que yo juzgo y condeno, yo estoy revelando que yo me considero superior a quien juzgo y superior a quien condeno. Por eso lo hago. "Ok, yo puedo hacerlo mejor." ¿Te das cuenta?
Esto es útil. Esta es una condición que realmente solamente Cristo puede sopesar. Solamente Cristo puede tomar el corazón, ponerlo en la balanza y ver para dónde la balanza se inclina. Porque nuestro exterior no necesariamente revela nuestro interior.
La persona pobre de espíritu usualmente no habla, como decíamos, de sí mismo. Cristo dice entonces que esta persona que es pobre de espíritu es bendita, bienaventurada, es una persona que Dios aprueba. La pregunta es: ¿por qué o cómo lo hace Dios? ¿Qué revela Dios acerca de esa persona?
Bueno, el profeta Isaías, desde el Antiguo Testamento, comenzó a decir. Escucha lo que Dios dice: "Pero a este miraré: al que es humilde y contrito de espíritu, y que tiembla ante mi palabra." Aquí está. Tú dices: hay un grupo de personas, Dios, que tú miras con detenimiento, en quien te fijas, en quien pones tu favor, a quien tú buscas. Y tú dices que esa persona es humilde y contrita de espíritu y que tiembla ante tu palabra.
Él es contrito de espíritu. La palabra "contrito," ¿qué implica? Si alguien está aquí contrito, él está como triste. Cuando él peca, él se entristece, porque él sabe que ha ofendido a Dios. Cuando él peca, él no se irrita. A él no le da, en buen dominicano, pique. Cuando le da pique conmigo mismo, es el orgullo que le da pique. ¿Sabes por qué le da, por qué se irrita, por qué se ha herido el orgullo? Porque pensaba que no iba a pecar otra vez, porque pensaba que no era capaz de hacerlo otra vez. El humilde no se irrita cuando peca; él sabe que lo puede hacer otra vez, y él sabe que si no lo vuelve a hacer otra vez es simplemente por la gracia de Dios. Él se entristece cuando peca. Le da tristeza de espíritu pensar: "Volví a ofender a mi Salvador." ¿Te das cuenta de la diferencia entre uno y otro?
Déjame ver si estas comparaciones nos ayudan a entender dónde estamos, para que al terminar el culto de hoy salgamos en otra posición de donde estamos. Aquí nos estamos examinando todos. Yo tuve que examinarme para preparar esto, y créanme, tú no puedes entrar a este sermón sin salir avergonzado de este sermón. No me importa quién sea la persona.
Vamos a hacer las comparaciones. El orgullo se queja continuamente; la humildad agradece. El orgullo se queja, ahorita lo vamos a ver un poco más; la humildad es una persona agradecida. Tú no oyes a Jesús quejarse. Tú no oyes a Pablo quejarse, ni de las prisiones. El orgullo divide; la humildad crea puentes, es un pacificador. El orgullo espera reconocimiento; la humildad reconoce a otros.
Este viernes mi esposa y yo fuimos a Jarabacoa, invitados por un hermano pastor que estaba con un grupo de líderes y pastores allá. Había dos pastores norteamericanos del movimiento de C.J. Mahaney, Sovereign Grace, que habían estado ministrando e iban a ministrar una vez más. Y hubo algo que nos llamó la atención al almorzar.
Y estos dos pastores, repetitivamente, afirmaban a mi esposa y le dijeron algunas cosas buenas. Yo decía, en primer lugar, qué bueno que esta vez esas flores son para la esposa, porque el pastor y los predicadores siempre se llevan las flores. En segundo lugar, yo podía ver que la razón por la que ellos podían hacer eso era por su pobreza de espíritu. Ellos estaban allí ministrando, ellos estaban allí para llevarse las flores, pero ellos estaban tomando esas flores y echándoselas a otra persona. ¿Por qué? Es el orgullo el que quiere el reconocimiento. La humildad reconoce a otros.
El orgullo critica, la humildad prefiere callar. No le gusta hablar de sí, pero no le gusta hablar de otros tampoco. El orgullo se escucha a sí mismo, se escucha a sí mismo, porque él me hizo, yo le dije, y luego le voy a decir; entonces se está escuchando. La humildad se habla a sí misma para corregirse a sí misma. El orgullo se rebela, la humildad es sometida por definición. El orgullo se resiente contra otro, la humildad siente por ese otro.
Ustedes me han oído usar este pasaje mil veces, me van a oír usarlo mil veces más, porque cada vez que yo pienso en él, me mueve de igual manera. Yo acabo de decir que el orgullo se resiente, la humildad siente por el otro. Aquí tú lo ves: Cristo viene montado en un asno, bajando a Jerusalén. Jerusalén ha pecado grandemente contra Cristo, ha rechazado a Cristo, le ha ofendido, y cuando Cristo los ve, Él llora por ellos. La humildad siente por el otro que peca contra ti, porque los ve presos de sus pasiones. Lo ve como él era antes de ser salvado. Lo ve en una situación de destitución y de cosecha de consecuencias, y eso al humilde le duele.
El orgullo siempre vive quejándose de que esto es injusto. Tú no oyes a Cristo, a Pablo o personas como ellos quejándose de esa manera. Ellos reconocen que en este lado de la gloria siempre será injusto. La cruz fue injusta para Cristo. Ellos saben que la justicia no está de este lado, está de aquel lado, pero ellos reconocen también que no hay ninguna situación de injusticia que llegue a su vida que Dios no haya orquestado para su bien. De manera que quejarme de injusticia es quejarme de un Dios injusto que orquesta injusticias contra mí. El Hijo no hizo eso ni Pablo tampoco.
El orgullo divide, decíamos. Yo voy ahora a expandir un poco lo que había dicho. El orgullo divide matrimonios, familias, iglesias. Si tenemos que dividirnos, nos dividimos; preferimos dividirnos que quebrar nuestros orgullos. El orgullo es un divisor por excelencia.
Decía que el orgullo critica y que la humildad no lo hace. ¿Sabes por qué? La razón por la que el orgullo critica es porque siempre ve la paja en el otro. La razón por la que la humildad no lo hace es porque siempre ve su viga primero. Y entonces piensa: ¿cómo voy a hablar de esa paja si tengo una viga en mi ojo? Y la humildad prefiere permanecer en silencio. El orgullo habla consigo mismo, pero habla de otros. La humildad habla consigo misma, pero habla de ella, de cuánto necesita todavía cambiar.
El orgullo se rebela por naturaleza. Padres, me perdonan, pero ninguno de sus hijos nació humilde. El orgullo es salvaje y así nacemos. Es autónomo, es inquebrantable, es independiente. Es la manera como el orgullo es. La humildad es sometida, pero ¿sabes por qué? Porque la humillaron primero. Cuando tú aprendes humildad, cuando nosotros aprendemos humildad —yo no quiero sacarme de nada de esto, aquí estamos todos en este sermón siendo examinados, retratados y recibiendo convicción—, cuando la humildad es aprendida es porque la han sometido, es porque Dios nos ha humillado una y otra vez. Y al final, claro que la humildad es sometida: la han sometido. Ella aprendió por su propia experiencia.
El orgullo se resiente, se resiente, porque esa es su naturaleza. El orgullo es insensible hacia las necesidades de los demás y súper sensible cuando tiene que ver con él; de nada se ofende. Qué paradójico: insensible hacia los demás, pero súper sensible hacia él. La humildad siente por el otro; él no es insensible hacia ese otro.
Déjame hacer una pregunta que voy a haberla hecho para comenzar el mensaje, pero no levantes la mano, es mejor así. ¿Cuántos de nosotros, al llegar aquí, nos consideramos personas orgullosas? Que yo pudiera decir: no, yo sé que soy una persona orgullosa. No levantes la mano. ¿Sabes por qué? Porque el humilde se considera orgulloso y el orgulloso se considera humilde. Si tú pones un micrófono en las habitaciones de personas con verdadera pobreza espiritual para oírlos orar, tú te darás cuenta que casi todos los días ellos le piden perdón a Dios por orgullo. Porque continuamente ellos son capaces de ver: eso que yo sentí, eso fue orgullo; eso que yo dije, eso fue orgullo; eso que me molestó, eso fue orgullo. Y entonces van donde Dios: perdóname por mi orgullo, perdóname por mi orgullo. Si tú oyes las oraciones de los orgullosos, casi nunca piden perdón o casi nunca piden que les dé humildad; ellos se creen humildes. O quizá nos creemos; yo no quiero seguirme sacando de esta ecuación.
El orgullo se siente, se cree humilde. El humilde se cree orgulloso. El orgulloso nunca está contento, nunca está satisfecho, siempre tiene motivos de queja, siempre hay algo que no llena su expectativa, que no llena su estándar, siempre hay alguien que hizo algo que lo sabía hacer mejor. Si fuera yo, yo no lo haría así. El humilde prefiere callar. El humilde sabe que si él lo sabe hacer mejor, puede ser, pero no tiene que ver con él, tiene que ver con la gracia que Dios le dio y la puso en él. Entonces prefiere callar antes que condenar.
Mira, esta es la condición que Cristo quería enseñarnos. No busqué el texto porque quiero hacer una pregunta cuando lo lea. Mateo 11:29 dice: "Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón". Yo creo que todos nosotros conocemos el texto hasta ahí. ¿Cuántos de nosotros conocemos lo que sigue? Coma, porque lo que sigue es vital: "Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas". Esta alma está descansada porque ha sido aprobada por Dios. Esto nos dice a nosotros que mucha de nuestras ansiedades y preocupaciones e irritabilidad es debido a una falta de mansedumbre y de humildad. Lo vamos a ilustrar y explicar un poco más adelante, pero ve pensando en eso.
Cristo nos dice que hay recompensas para los mansos y humildes, y una de ellas es que están en paz. Vuestras almas están en paz porque Dios los ha vaciado, y una vez vaciados los ha llenado de Él. Y como Dios los ha llenado de su gracia y de su poder —recuerda la canción: "Y si mis manos vacías están, Tú las puedes llenar con tu gracia y tu gran poder"—, entonces esa gracia y ese poder le da tranquilidad, le da estabilidad a sus vidas. "Y hallaréis descanso para vuestras almas". El que es pobre de espíritu vive en paz, vive feliz y es satisfecho en su relación con Dios. El que es pobre de espíritu puede comenzar a disfrutar de las riquezas en gloria ahora. Él no tiene que esperar la vida venidera para comenzar a vivir en riqueza espiritual. Dios las pone a su disposición, y al él poder depender, vivir con las riquezas en gloria ahora, eso le da descanso a su alma. La pobreza de espíritu tiene sus recompensas.
Déjame darte una más de esas recompensas. Isaías 57:15: "Así dice el Alto y Sublime que vive para siempre, cuyo nombre es Santo: Habito en lo alto y santo, y también con el contrito y humilde de espíritu, para vivificar el espíritu de los humildes y para vivificar el corazón de los contritos". Yo soy el Dios que vive, el Dios trascendente, allá arriba, en lo alto, lo sublime, donde nadie puede alcanzar. Pero al mismo tiempo, yo soy el Dios que desciendo y me hago presente con un grupo de personas: aquellos que son contritos de corazón, humildes de espíritu. Y lo hago para hacer algo con ellos y en ellos: para vivificarlos. La palabra en el original en el hebreo implica no solamente darte vida, sino hacerte completo, sanarte. Me acerco al que es contrito de corazón para acabarlo de sanar y hacerlo completo. Lo que implica que muchas veces la razón por la que yo permanezco enfermo espiritualmente es porque todavía no tengo suficiente pobreza de espíritu para ser sanado.
¿Cómo así, pastor? Bueno, para tú sanar, Dios ha determinado, por las razones que sean, que mis sanaciones usualmente vienen vía otras personas que Dios usa en mi vida. Por tanto, mis sanas... Para yo sanar, yo tengo que ir a pedir ayuda, pero el que no es pobre de espíritu no pide ayuda. "Pero lo puedo hacer. Yo tengo a Dios, yo soy creyente, yo soy maduro, yo tengo la Palabra, el Espíritu mora en mí, yo puedo. Yo sé lo que tengo que hacer, yo necesito dar más tiempo con Dios". Esa es frialdad de orgullo que no me permite pedir ayuda, no me permite decir: "¿Sabes qué, fulano? Yo soy insuficiente, tú me puedes ayudar, me puedes escuchar".
Para yo sanar, muchas veces yo necesito pedir perdón, pero eso requiere humildad. Entonces preferimos permanecer en nuestros resentimientos antes que ir a pedir perdón. Para sanar yo necesito a veces pedir perdón, pero otras veces es perdonar, pero preferimos quedarnos heridos antes que perdonar. ¿Por qué? Porque no tenemos suficiente pobreza de espíritu para hacerlo, y por tanto no soy vivificado. Recuerda que el Señor dice: "Soy el Alto y Sublime que habito con el contrito de corazón para vivificarlo", y el sentido en el hebreo de eso es sanarte, hacerte completo. Para yo sanar yo tengo que admitir mis errores, que estaba equivocado, pero eso requiere pobreza de espíritu. Y preferimos quedarnos en el error y enfermos antes que humillarnos. ¿Por qué? Nos falta pobreza de espíritu. Yo tengo que reconocer mi insuficiencia, yo tengo que reconocer mi autodependencia, yo tengo que reconocer que mi orgullo era lo que me llevaba hasta allí. Nunca vamos a experimentar la plenitud del Espíritu sin haber confesado y admitido primero mi carencia espiritual.
Nunca vamos a disfrutar la plenitud del Espíritu sin haber reconocido primero mi carencia espiritual por todo lo que hemos venido haciendo. Dios tiene que vaciarnos de todo lo mío, tiene que vaciarme de todo lo mío para llenarme de todo lo suyo. Dios tiene que vaciarme de todo lo mío para llenarme de todo lo suyo, y entonces yo sabré en conducta lo que es ser pobre de espíritu.
Déjame darte diez adjetivos a ver si te puedes identificar con alguno de ellos. El orgullo pide, exige, demanda, controla, domina, gobierna, reclama, protesta, empuja y gana o empata, pero nunca pierde. Es arisco. Si tiene que cambiar la conversación y entrar en un área de la cual no estábamos hablando para ganar, lo hace. Porque tan pronto siento que estoy perdiendo, cambio la conversación, porque si pierdo ahí tengo que ganar aquí, estoy en empate. Déjame leerlo otra vez: el orgullo pide, exige, demanda, controla, domina, gobierna, reclama, protesta, empuja y siempre gana. No pierde.
Déjame leer de un párrafo de una carta que yo leí en alguna ocasión aquí. No la voy a volver a leer ahora, pero esta carta yo la leí múltiples veces. Yo creo que cada vez que estoy medio down, como decimos, yo voy a leer la carta porque la carta me levanta. Pero voy a leer un párrafo de cómo luce una persona verdaderamente pobre en espíritu. Esta fue una carta escrita por un pastor africano la noche antes de que lo martirizaran, y este es el párrafo que voy a leer, no más.
Así comienza: "Ya no necesito prominencia, prosperidad, posición, promoción, aprobación o popularidad. No necesito tener la razón, ser el primero, ser lo máximo, ser reconocido, ser honrado, ser estimado, recompensado. Ahora vivo en su presencia, confío en la fe, amo con paciencia, soy levantado por la oración y vivo con poder."
Déjame leértelo una vez más: "No necesito prominencia, prosperidad, posición, promoción, aprobación o popularidad. No necesito tener la razón, ser el primero, ser lo máximo, ser reconocido, ser honrado o recompensado."
Pastor, ¿y cómo ese hombre se deshizo de todas esas necesidades? Él lo dice aquí claramente. Escucha cómo lo dice: "Ahora vivo en su presencia." Ahí comienza. Cuando tú vives en la presencia de los hombres, tú necesitas el reconocimiento de los hombres, la aprobación de los hombres, la popularidad de los hombres, la promoción de los hombres. Cuando tú vives en su presencia, tú no necesitas nada de eso, porque tú no vives en la presencia del hombre, tú vives en la presencia de Dios. Y la aprobación de Dios te es suficiente.
Mira qué más él dice. ¿Cómo más él lo hizo? ¿Cómo más él se deshizo de todas esas cosas? Él no es un hombre autosuficiente y autodependiente. Él dice que confía en la fe puesta en Dios. Él es ahora mi suficiencia. Mira qué más él dice: es que aquellos que aman a los que le ofenden, a los que le hieren, los aman con paciencia. Yo te lo leí: amo con paciencia, de la misma manera que yo he sido amado con paciencia por Dios cuando le he ofendido, cuando he pecado. ¿Y cómo más? Soy levantado por la oración y vivo con poder. Cuando me siento caído, voy y oro, y entonces a la hora Dios me levanta con poder. Es por eso que no necesito todo lo demás que el hombre necesita.
Este hombre ha sido sanado por Dios, ha sido hecho completo por Dios, ciertamente ha sido vivificado por Dios. Él es un bienaventurado. Él está feliz, él está satisfecho, él está completo, él está bendecido, él tiene la aprobación de Dios. Makarios. Y él escribió eso horas antes de que lo martirizaran. No hay un ápice de queja, no hay un ápice de "Señor, ¿de esta manera me pagas después de haberte servido tanto? Yo aquí en el África viviendo de la peor manera posible, y mira cómo termina mi vida." No. Su vida terminó en gracia y con poder, levantado por la oración, confiando en la fe que había puesto en Dios. Ahora vivo en su presencia.
¿Cómo estamos? Estamos lejos. Todos nosotros estamos lejos. Y entonces, ¿qué hacemos? ¿Nos consideramos derrotados? No. Para eso existe el arrepentimiento.
Voy a terminar con una oración, que van a ser dos oraciones en una. Una es para aquellos que no tienen salvación, que hoy entendieron por primera vez: "Estoy fuera de su salvación, había contado con algunos méritos." Entendiste mejor lo que es la pobreza de espíritu, y yo quiero reconocerla pidiéndole a Dios perdón por mis pecados, dándole gracias a Dios por la sangre de Cristo ofrecida en la cruz, por la vida que Cristo vivió cuyos méritos me fueron otorgados, cargados a mi cuenta. Y de esa manera yo quiero hoy recibir tus méritos, Jesús, para ser contado como salvo delante de ti. Esa es una primera oración.
Espérese, porque cuando termine la voy a identificar claramente para que no tengan dudas. Yo voy a hacer una segunda oración para el resto de nosotros, incluyéndome a mí. Es una oración de reconocimiento de que nos falta mucha pobreza de espíritu para reflejar lo que leímos, pidiéndole perdón a Dios por eso y pidiéndole a Dios que forme en nosotros lo que todavía nos falta para hacer la iglesia que Él quiere que seamos.
Cierra tus ojos, baja tu cabeza. Yo creo, y de hecho estoy convencido, entiendo por el Espíritu de Dios que hay personas aquí que Dios trajo para hablarles de manera personal y darles salvación hoy. Y a lo largo de todo el sermón, si tú eres uno de ellos, Cristo te estuvo hablando y tú lo sabías. Por medio de su Espíritu y la palabra predicada, tú fuiste entendiendo y entendiendo y entendiendo. Y Dios te dio convicción para que pudieras reconocer tu pobreza de espíritu, pedir perdón por tus pecados, entregar tu vida, y Él darte salvación. Amigo, hermano, si escuchaste su voz, no resistas su voz, no resistas su voz.
Yo no te voy a pedir que pases aquí delante. Yo quiero orar contigo, por ti, desde aquí. Yo quiero que tú ores con Dios en tu corazón. Dios es quien tiene que oírte. No te vamos a pedir que ores en público ni que pases adelante, simplemente yo quiero que hagas una oración donde tú puedas decirle: "Señor, perdóname por mis pecados. Soy un pobre de espíritu, ahora lo reconozco. No tengo méritos, no tengo créditos. Perdóname por la sangre de Cristo. Gracias por su vida vivida a mi favor. Te entrego la mía para vivir la tuya bajo tu poder."
Si Dios te ha dado esa convicción y ese entendimiento, ahí donde estás te voy a pedir que te pongas de pie y te quedes ahí. Voy a orar desde aquí, voy a orar contigo dondequiera que estés.
Ahí donde estás, dile: "Señor, gracias por ayudarme a entender que todavía no era pobre en espíritu. Hoy reconozco mi autosuficiencia y mi autodependencia. Perdóname, Dios. Vengo delante de ti con manos vacías, no tengo nada que darte. Te pudiera traer mi corazón, pero está quebrantado. Recíbelo, mi buen Pastor. Perdóname. Te pido el perdón en base a la sangre derramada para el perdón de mis pecados. Perdóname por..." Y ahí menciona alguno de los pecados que Dios trae a tu mente. Los demás Él los conoce, pero aquellos que Él está trayendo a tu mente en este momento, dile: "Señor, perdóname por esto, por esto, por esto."
Y dile gracias a Jesús por tu perdón: "Gracias. Yo recibo tu perdón. Te entrego mi vida para que la gobiernes. Te doy gracias por tu señorío sobre ella. Gracias por la vida nueva y eterna que me regalas. Ayúdame a cuidarla porque es hoy débil y sé que puedo fallar. Ayúdame, Jesús, a obedecerte, a vivir bajo tu autoridad, a vivir bajo tu Palabra. Y gracias por la vida que hoy recibo."
Y el resto de nosotros, si hemos pensado y considerado y Dios nos ha mostrado claramente que todavía somos orgullosos, si tú has reconocido esta condición, ahí donde estás dile: "Señor, perdóname por mi orgullo. Perdona la dureza de mi corazón. Perdóname mi insensibilidad, mis juicios, mis críticas, mis condenaciones. Perdóname por no ver mi viga en el ojo y ver la paja en el del hermano. Perdóname, mi Dios. Perdona mis celos, mis envidias. Perdona mis reclamos, mis demandas, mis exigencias, mis resentimientos en ocasiones. Perdóname por no pedir ayuda y querer hacer las cosas por mí mismo. Perdóname por sentirme mejor cuando las hago por mí mismo, y mi autosuficiencia. Perdóname, Jesús. Yo quiero ser pobre de espíritu. Llévame hasta allá. Yo quiero ser uno de esos bienaventurados, felices, contentos, satisfechos, independientemente de las circunstancias alrededor. Yo quiero ser feliz en ti."
Felices los pobres en espíritu, aquellos que dicen: "Mi porción solo es Él." Dios, ayúdanos. Vaciarnos en esta hora. Llénanos de todo lo que es tuyo. Vaciarnos de todo lo que es mío, nuestro. Haznos una iglesia rendida, entregada, humilde, sometida, a ti, Dios. Padre, haz una iglesia mansa y humilde, y encontraremos descanso para nuestras almas. Gracias, Dios, por tu visitación en el día de hoy. Padre, ayúdame a no volver atrás, no mirar atrás, no recoger mi orgullo una vez más. Recuérdame cuál es el camino que a ti te place: el camino de la humildad y de la aceptación. Y todo su pueblo dice: amén.