Integridad y Sabiduria
Sermones

Bienaventurados los humildes

Miguel Núñez 10 octubre, 2010

La humildad es una de las cualidades más contraculturales que Jesús enseñó. Mientras el filósofo Nietzsche proclamaba "bienaventurado el arrogante, de él será la tierra", Cristo declara exactamente lo opuesto: son los humildes quienes heredarán todo. El mundo actúa como si la imposición y la fuerza fueran el camino al éxito, pero el Sermón del Monte revela una economía completamente distinta.

La humildad no es debilidad ni timidez. Los griegos usaban esta palabra para describir a un caballo salvaje que había sido domesticado: conservaba toda su fuerza, pero ahora la tenía bajo control y respondía a su amo. Es fortaleza contenida. Jesús en Getsemaní pudo haber llamado doce legiones de ángeles, pero retuvo ese poder. David, rodeado de sus mejores guerreros, escuchó las maldiciones de Simei y ordenó dejarlo en paz, reconociendo la mano de Dios en aquella prueba. Moisés, que en sus primeros cuarenta años se impuso matando a un egipcio, después de ser moldeado en el desierto pudo liderar sin enseñorearse, e incluso ofreció su vida por el pueblo que lo había hecho perder la entrada a la tierra prometida.

El pastor Núñez compara el orgullo con la mala hierba del jardín: uno cree haber progresado, hasta que un día sale y descubre que ha vuelto a brotar. La humildad verdadera no busca venganza, no se defiende cuando es injuriada, y restaura con mansedumbre a quienes fallan. La promesa final no es que los humildes conquistarán la tierra, sino que la heredarán como un don de gracia.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Vamos a abrir la palabra de Dios una vez más. Capítulo 5 de Mateo, pero yo voy a comenzarlo nuevamente, pero no cansarlo, en el 4:23, porque me imagino que cada semana hay personas que no estuvieron aquí la semana anterior o que quizás están visitando por primera vez, y yo quisiera que ellos pudieran estar más o menos situados donde nosotros estamos. Tenemos un versículo que cubrir, al igual que la semana anterior, es el versículo 5, pero de nuevo ese texto tiene todo un contexto y es lo que queremos más o menos lograr leer ahora comenzando en 4:23.

"Y Jesús iba por toda Galilea enseñando en sus sinagogas y proclamando el evangelio del reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. Y se extendió su fama por toda Siria, y traían a él a todos los que estaban enfermos, afectados con diversas enfermedades y dolores, endemoniados, epilépticos y paralíticos, y él los sanaba. Le siguieron grandes multitudes de Galilea, de Decápolis, de Jerusalén y Judea y del otro lado del Jordán. Y cuando vio las multitudes, subió al monte, y después de sentarse sus discípulos se acercaron a él. Y abriendo su boca les enseñaba diciendo: Bienaventurados los pobres en espíritu, pues de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los que lloran, pues ellos serán consolados." Y aquí viene nuestro texto: "Bienaventurados los humildes, pues ellos heredarán la tierra."

Padre, gracias. Aquí está tu siervo, no humilde, tratando de predicar un sermón acerca de la humildad. Perdónalo por tomar tan a la ligera, Dios, por eso, la tarea que tú le has asignado en este día de hoy. De manera que queremos pedirte, Señor, que tu Espíritu pueda hablarnos a cada uno de nosotros por medio de tu palabra, que seas tú quien habla y que nosotros escuchemos. Enséñanos lo que tenemos que aprender. No sé cuánto nos falta, pero enséñanos en el poder de tu Espíritu para no desmayar en la carrera, porque tú eres quien pone en nosotros el querer y el hacer, y faltándonos tanto, tú permaneces con nosotros para que lo logremos. Gracias. En el nombre de Jesús, amén.

Una vez más, les recordamos que nuestro Jesús venía predicando a todo lo largo de esta comunidad, se extendía su fama por lo que él venía haciendo. Lo cierto es que cada uno de estos milagros que Jesús hizo simplemente estaban afirmando el mensaje y el mensajero. Es el propósito de los milagros. Ciertamente quienes lo reciben, misericordias reciben, benevolencia reciben, y reciben la gracia de Dios, pero en esencia la razón por la que Dios hizo milagros y hace todavía hoy milagros es, en primer lugar, tratando de afirmar el mensaje y/o el mensajero en cada momento en que él está obrando.

De manera que cuando Jesús salía a predicar y estos endemoniados eran liberados, los enfermos sanados, lo que Dios Padre estaba haciendo estaba diciendo: este es mi Hijo, investido con poder, con toda autoridad para hacer exactamente esto como había sido anunciado, y aquí lo tienen, y lo que está haciendo es la prueba de quién él es. Por eso Cristo, en una ocasión, dijo: si no me quieren creer a mí, por lo menos crean a las obras que yo hago. Los milagros, ellos son los que hablan de mí, de ellos se profetizó en el Antiguo Testamento.

Y esa es la razón por la que cuando Juan el Bautista dudó en la cárcel acerca de si Jesús era realmente el Mesías o debían esperar a otro, Jesús no le dio ninguna otra explicación que no fuera: dile a Juan que los ciegos ven, que los cojos andan, que los sordos oyen. Esa, Juan, es mi respuesta. En otras palabras, estas obras me autentifican como el Mesías; Juan debe conocer eso.

Y ahora Cristo, antes de subir al monte y predicar este gran sermón tan conocido a lo largo de la historia, ha sido plenamente autentificado en medio de las multitudes. Y ahora él decide subir al monte. Interesantemente, cuando Dios decide dar su ley en el Antiguo Testamento, Dios desciende al monte. Pero en esta ocasión, cuando él quiere darnos el sermón más famoso que la humanidad iba a conocer, él no desciende al monte, él asciende al monte. Y desde allí él está hablando.

Y ahora en esta ocasión él comienza a predicar un mensaje que cada vez que lo visitamos, él ha venido diciendo, nos deja a todos traspasados por la gran verdad de cuán lejos estamos de este estándar. La primera bienaventuranza que vimos decía: bienaventurados son los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Y vimos cómo esa pobreza de espíritu tenía que ver con el entendimiento de que yo no tengo méritos para ganarme ese cielo que me está prometiendo, que yo no he hecho nada que merezca la aprobación de Dios, y que yo entiendo eso mentalmente, lo reconozco: el hecho de que estoy en bancarrota espiritual.

Pero esa bancarrota espiritual es mejor puesta de manifiesto, yo creo, cuando nosotros nos comparamos con la santidad absoluta de Dios, que me ayuda a entender cuán lejos se quedan todas mis obras, cuán cortas se quedan todas ellas de su gloria. Es una comparación con la grandeza, la majestuosidad y la santidad de Dios que me hace lucir tan pobre. Él es tan rico que me hace ver tan pobre como realmente yo soy.

La segunda bienaventuranza, bienaventurados los que lloran pues ellos serán consolados, es la respuesta emocional a lo que acabo de entender. Yo acabo de entender que estoy en bancarrota moral y espiritual. Yo acabo de entender que no soy lo que creía que era. Yo acabo de entender que el pecado me había engañado. Acabo de descubrir que realmente yo no tengo los méritos ni tengo la moralidad que pensaba tenía, y entonces eso me hace llorar. Y me hace llorar no solamente una vez, sino que aun después de ser cristiano, de vez en cuando volvemos a descubrir que no tenemos todo lo que creíamos haber tenido y haber progresado, y eso nos hace llorar una vez más. Y Cristo dice: bienaventurados cuando eso te ocurra, porque estás descubriendo una verdad que te puede traer la medicina final.

Pero ahora la bienaventuranza que tenemos por delante es la número tres: bienaventurados los humildes, pues ellos heredarán la tierra. Yo creo que si hay una bienaventuranza que es contracultural, como Stott llama este sermón, es esta, porque no hay manera que el mundo pueda creer que ciertamente los humildes, aquellos que ceden el paso, aquellos que ceden sus derechos, aquellos que ceden su lugar, son los que verdaderamente han de ser beneficiados.

El filósofo ateo Nietzsche odiaba estas bienaventuranzas, literalmente, y pensaba que esto no era más que parte de la esclavitud moral que el cristiano trataba de explicar o de vender o de enseñar. Escucha las palabras de Nietzsche: afírmate a ti mismo, que no te importe nada que no seas tú mismo. El único vicio es la debilidad y la única virtud es la fuerza. Sé fuerte, sé un superhombre, el mundo es tuyo si trabajas fuerte para ganarlo. Y con relación a esta bienaventuranza en particular de que bienaventurados son los humildes, Nietzsche decía: no, bienaventurado es el arrogante, de él será la tierra. Yo creo que el mundo quizás no lo diga como Nietzsche, pero actúa como Nietzsche.

Comparemos esas palabras de Nietzsche, comparemos las actitudes del mundo con estas palabras de Jesús: los últimos serán los primeros; es mejor dar que recibir; morir es vivir; si pierdes tu vida, la ganas; el mayor que sirva al menor; el más fuerte que levante al débil; y la pobreza es riqueza. Eso es toda una contracultura de ideas a como el mundo piensa y vive. De hecho, si somos honestos, es incluso contracultural a la manera como nosotros muchas veces, aun después de haber creído, pensamos y actuamos.

Porque esta bienaventuranza nos llama a ceder espacio, derecho, lugar, posición, estatura, privilegios, y eso no es necesariamente como tú y yo hemos vivido toda la vida cristiana. Yo creo que creemos esas palabras de Cristo en nuestra mente, y muchas veces las llevamos a la práctica, hasta la próxima ocasión. Cuando yo creo que de vez en cuando pensamos: ya no más, no otra vez, ya lo hice una vez, ya no siempre voy a seguir en lo mismo, ya está bueno, no siempre se van a aprovechar de mí. Y de repente entonces el orgullo vuelve a salir. Yo creo que nosotros tenemos esa lucha continuamente, pero es la ausencia de humildad en nosotros que dice: no, ya no más. La ausencia de humildad que dice: no, pero otra vez, ya está, ¿cuándo?, no, yo no lo puedo seguir permitiendo. Pero tú no escuchas esas palabras, tú no tienes esa disposición de espíritu en la persona de Jesús.

Y reflexionando sobre esto y tratando de ilustrar cómo es ese orgullo en nosotros, ya no estoy hablando del inconverso, incluso en nosotros, yo creo que ese orgullo es como la mala hierba en el patio de mi casa. Oye, yo he luchado tratando de eliminar la mala hierba, que es mucha, y cada vez que yo hago progreso significativo, creo haber hecho progreso significativo en la mala hierba, de repente un día salgo y digo: ¿qué pasó?, ¡esto está de nuevo!, ¿qué ha sido?, ¿cómo está ahora? La única manera cuando creo que realmente he logrado cierto beneficio es cuando yo me hago de la vista gorda y decido no verla. Pero cuando decido no verla, me doy cuenta que poco tiempo después es tanta la mala hierba que ya no puedo dejar de verla.

Yo creo que el orgullo es así. Tú luchas con él, tú luchas con él. Tú crees que has progresado mucho. Tu pasto comienza a lucir mejor y, de repente, algo ocurre en tu vida, orquestado por Dios, y la mala hierba comienza a surgir. Y como habías hecho progreso por un tiempo en esa área, cuando la mala hierba comienza a surgir, realmente no la ves como mala hierba. Tú crees que es parte de la buena hierba o de la buena grama, hasta que es tanta que te percatas que tienes que volver a luchar con la misma mala hierba. Yo no sé si esa es tu historia, pero es mi historia.

Por eso es que Cristo nos dice: aprended de mí que soy manso y humilde, y hallaréis descanso para vuestra alma.

Hablamos en el segundo mensaje: ¿cómo es que esa condición de mansedumbre y humildad nos produce el descanso que muchas veces no tenemos? Porque es el orgullo que se ofende, es el orgullo que se irrita, es el orgullo que se resiente, es el orgullo que guarda rencor, es el orgullo que no perdona, y eso es lo que me roba la paz de que habíamos estado hablando. Eso es una cualidad que yo solamente la puedo aprender del Señor Jesús. Fíjate que él no dice: "Aprendan de mí y de otros que son mansos y humildes". Entonces, una condición que de hecho es un fruto del Espíritu, porque cuando leemos en Gálatas 5:22 se nos habla de la mansedumbre como uno de los frutos del Espíritu, y eso es equivalente a humildad.

Esto es algo que el Espíritu de Dios tiene que formar en nosotros, esto es algo que verdaderamente solamente Cristo puede modelar completamente para nosotros, porque es un fruto del Espíritu mientras que el orgullo es un fruto de la carne. Y como la carne nada bueno, la carne no puede producir humildad en nosotros. Es el Espíritu de Dios trabajando en nosotros, sometiendo la carne, impidiéndole a la carne volver a repollar como la hierba mala, lo que hace que la humildad pueda florecer. El orgullo no se ha ido porque la carne no se ha muerto. De manera que nosotros podemos tener la esperanza de suprimirlo, pero hasta que no entramos en gloria, no habremos eliminado el orgullo por completo.

Esta es la cualidad que Cristo nos modela: "Aprendan de mí que soy manso y humilde", que nos va a permitir a nosotros vivir una vida de mayor obediencia y dependencia de Dios. La realidad es que cuando nosotros tenemos dificultad con la vida de obediencia, algo que yo creo que la mayoría de nosotros hemos confesado en algún momento, si no todos, la cualidad presente en mi ser que está impidiendo la obediencia es solamente falta de esta bienaventuranza. Es el orgullo de mi carne. Es el orgullo de mi carne que dice: "Yo no te voy a permitir que me hables de esa manera, yo no te voy a permitir que me demandes de esa manera, yo no te voy a permitir que me pises de esa manera, yo no te voy a permitir esto una vez más, yo no te la voy a perdonar una vez más, ¿hasta cuándo va a hacer esto?, ya está bueno".

Y te das cuenta entonces, cuando Dios comienza a tratar contigo, lo he permitido para que entiendas que hay mucha hierba mala entretejida todavía, que él llama orgullo. Esta cualidad, cuando es bien formada, permite no solamente obediencia a Dios, dependencia de Dios, permite mejor comunión entre hermanos, entre padres e hijos, entre esposo y esposa, entre congregaciones y pastores, entre pastores y pastores, entre iglesia e iglesia. Es la cualidad esencial para realmente construir el reino de los cielos.

La pregunta entonces: ¿qué es eso? ¿Qué es la humildad? Y quizás pudiéramos hacer un ejercicio similar al de la semana anterior. Veamos tres cosas básicamente: la definición de la humildad, la demostración de la humildad y la dádiva de la humildad. Tres "D": la definición, la demostración y la dádiva.

Yo no sé cómo ustedes definirían la humildad. Piensen un momento. ¿Cómo tú definirías la humildad? Bueno, no estamos en el entrenamiento ahora de manera que usted pueda dar una idea. ¿Cómo usted definiría la humildad? "Como un servidor". Pero yo puedo servir siendo orgulloso. Pero es cierto que el humilde es un servidor por naturaleza, no estoy diciendo que no. ¿Cómo usted definiría la humildad? "Ausencia de orgullo". Tendríamos entonces que ver qué es orgullo para saber entonces qué es la humildad, ¿ok? ¿Qué más? "Rendición". Rendición, ciertamente. A la rendición el humilde se rinde, pero soldados se rinden a las órdenes de sus superiores y no necesariamente son humildes. De manera que, pero es parte de lo que un humilde exhibe, es rendición. ¿Qué más? "El último, el último". "Temor a Dios". "Renuncia". "Mansedumbre". ¿Y Ponce, qué puede poner? "Una concepción correcta de uno mismo, de acuerdo a Dios". Porque muchas veces tenemos una concepción que pensamos correcta de nosotros mismos, pero es de acuerdo a nosotros mismos. Como decía Pablo, que algunos se miden por ellos mismos, y nosotros no nos medimos por nosotros mismos, no nos comparamos a nosotros mismos, y aquellos que hacen eso no son sabios, dice Pablo.

Bueno, ciertamente la humildad incluye todo eso, pero no es fácil definir la palabra humildad. A veces comenzamos definiendo lo que no es para ayudarnos a entender posteriormente lo que sí es. De manera que, una vez más, la humildad no es permanecer callado, aunque el humilde muchas veces calla. La humildad no es ser introvertido, que me lleva a permanecer callado. La humildad no es necesariamente el no atreverme: "Soy tan humilde que yo no quiero ofrecerme, con un temor que no me atrevo". Y hay alguien que decía que la humildad tampoco es ser tímido, no es ser indeciso y no es ser inseguro. Yo puedo ser tímido, indeciso, inseguro y ser muy orgulloso. De hecho, frecuentemente ese es el caso, porque el orgullo es el camuflaje de mis inseguridades y muchas veces de mi timidez.

La raíz de la palabra en el griego, donde tampoco es fácil definirla, de acuerdo a lo que había estado estudiando, la raíz viene de una palabra que es "praos". Y "praos" implica gentil, suave, manso. Pero aun en el lenguaje griego, quienes no tenían mucho aprecio para la humildad tampoco, no es fácil definir lo que esta cualidad es. Es más fácil ilustrarla que definirla. Mucho más fácil, y eso en parte es lo que vamos a estar haciendo esta mañana.

Pero una de las maneras como los lingüistas llegan al entendimiento de lo que una palabra significaba en su momento, cuando no pueden encontrar definiciones claras y precisas, es revisando documentos de esa época para ver cómo la gente de esa época que usó la palabra, cómo la usó, en cuáles contextos, y entonces comienzan a tener una idea de qué quizás pudo significar la palabra.

De manera que vamos a hacer un poquito de eso en el día de hoy. Los griegos usaban esta palabra para referirse con frecuencia a un animal salvaje que había sido domesticado. Como un potro salvaje cuando es domesticado, entonces se hablaba de que ese caballo era un caballo humilde. Pero si tú entiendes bien lo que le ha pasado al caballo, el caballo no ha sido hecho más débil, él no ha sido debilitado. Él tenía mucha fuerza y ahora, cuando es domesticado, él permanece exactamente con la misma fuerza física, pero hay una diferencia enorme. Y es que en su estado salvaje él no se sometía a su amo, su amo no le podía usar, él no conocía lo que era obediencia a los comandos de su amo. Pero ahora que él está domesticado, él tiene la misma fortaleza, pero él la tiene bajo control, y responde a los comandos de su amo, y él es capaz de obedecer lo que antes no podía hacer. De manera que eso nos ayuda a entender que humildad, hasta cierta manera en aquella forma en que era usada, es fortaleza bajo control.

Yo no sé tú, pero yo quiero tener eso. Esa fortaleza bajo control es lo que permite ahora que el hijo de Dios pueda someterse y obedecer la Palabra de Dios. De manera que cuando nosotros estamos teniendo problemas con la obediencia a su Palabra, una de las cosas que debiéramos estar confesando a Dios es nuestro orgullo, que es el que se está resistiendo a la obediencia, y pidiéndole a Dios entonces que nos pueda domesticar. Cuando se nos salen las cosas de la mano, decimos lo que no queremos, hacemos lo que no debemos, es el orgullo: mi fuerza no está bajo control. Cuando pateamos como el potro, ese es el orgullo que no está bajo control.

Ahora tenemos una idea parcial. Vamos a seguir hablando un poquito de cómo lo usaron en el pasado. Los griegos también usaban esta palabra para referirse a un viento apacible, fresco, un viento casi que acariciaba la mejilla del individuo, para diferenciarlo del huracán. Entonces se podía hablar de un viento humilde cuando refrescaba mi piel, cuando era suave, gentil. Eso nos da a nosotros una idea entonces de que la humildad es mansa, no es destructora como el huracán, que la humildad cuando es aplicada a otra persona lo refresca, que no es hiriente como huracán que hace estragos, que no es demoledora.

Cuando Cristo dice entonces "aprendan de mí que soy manso y humilde", él nos está diciendo: "Hijos míos, no quiero que sean hirientes, demoledores, destructores, dañadores, ofensivos, sino que sean suaves, que pudieran acariciar la vida del otro", si pudiéramos decirlo así.

Todavía una más. Aristóteles usó esta palabra para decir que era el punto medio, el balance, entre la ira excesiva en un extremo y la ausencia completa de ira en el otro extremo. De manera que esta definición nos ayuda a entender que el humilde es capaz de airarse, pero él está en el punto medio de la gama de emociones de ira que pudiéramos experimentar. Él no tiene una ausencia total, pero él no la tiene fuera de control nunca tampoco.

Entonces, cuando vemos la vida del Señor Jesús, cómo él actuó cuando se airó, nos percatamos que la persona que es verdaderamente humilde como él lo fue, se aíra solamente cuando la injusticia cometida tiene que ver con algo que Dios considera injusto, pero nunca cuando la injusticia cometida es contra su propia persona, como fue el caso de nuestro Señor Jesús. Bebedor, glotón, borrachón, amigo de prostitutas. Lo escupieron, lo abofetearon, lo clavaron. Todas esas injurias fueron contra su propia persona, no retalió. Pero cuando le entra al templo y ve la injusticia cometida contra la justicia y contra la santidad de Dios, él se enfurece hasta el punto que voltea las mesas, saca a los cambistas del templo con un fuete en la mano. Eso es fortaleza bajo control, porque cuando el insulto es contra él, la misma fortaleza permaneció contenida. El caballo que ha sido domesticado, él no es débil, lo que tiene es su fortaleza bajo control.

Ahora va entendiendo entonces que humildad no es debilidad, es fortaleza, como el Señor Jesús. Él era el fuerte, Judas fue el débil. Judas fue el débil que no supo perseverar, no pudo aguantar el calor de la ocasión. Cuando las cosas comenzaron a calentarse, él salió corriendo. Jesús fue el fuerte que perseveró hasta la muerte, y muerte de cruz.

Ellos que tomaron a Cristo y lo montaron sobre la cruz y lo clavaron eran los fuertes, pero no tenían fortaleza, porque fuerza tiene que ver con el aspecto físico del individuo, fortaleza tiene que ver con el carácter de la persona. La humildad tiene fortaleza, pero no es tanto en lo físico de su persona, es más bien el carácter que modeló. Por eso es que puede perseverar, es fortaleza bajo control como el animal la tenía. La última noche el Señor se entrega, eso es fortaleza de carácter. La última noche los discípulos salen corriendo, eso es debilidad de carácter.

De manera que ahora nosotros estamos teniendo un mejor entendimiento de por qué Cristo dice: "Aprended de mí que soy manso y humilde." Uno puede decir: "Por eso no es redundante." No. Él no dijo: "Aprended de mí que soy manso o humilde," como si fuera la misma cosa. No, "aprended de mí que soy manso y humilde," entendiendo que la mansedumbre tiene que ver con esa cualidad que él exhibió de gentileza, de amor, de cariño, pero la humildad tiene que ver con esa fortaleza de carácter bajo control, que sabe cuándo reaccionar, cómo reaccionar, contra quién reaccionar. La fuerza es cruda, es áspera, es insensible. La humildad es suave, es apacible, es mansa. Ese equilibrio solamente el Señor Jesús lo ha podido exhibir de esa manera.

Y se han asemejado, se han acercado, algunos de sus grandes hijos. Vamos a hablar de ello en un momento. Algunos de sus grandes hijos pudieron, a través del trabajo que Dios hizo en ellos, comenzar a desplegar parte de esa característica que Jesús o Dios formó en ellos.

Ya tenemos una buena idea, yo creo, de la definición de la humildad. Hablemos un poquito de la demostración de la humildad, porque la demostración de la humildad nos ayuda a entender todavía de mucho mejor manera la definición de lo que esto es. Y hablemos entonces de algunas de las personas en el Antiguo Testamento y en el Nuevo Testamento que, después de Dios trabajar en ellas, demostraron humildad.

Reconoce el testimonio de Dios acerca de Moisés. El texto dice, Números 12:3, que Moisés era el siervo más humilde sobre la faz de la tierra. ¿Por qué? Tú recuerdas cómo comenzó Moisés. Se sostenía en los primeros 40 años en Egipto, él tenía una posición privilegiada y él no la iba a dejar pasar. Probablemente tuvo un entrenamiento privilegiado, no solamente en educación, sino incluso en lo que era la gimnasia y ejercicios físicos, típico de los hombres que ocuparían esa posición. Y llegado el momento cuando él vio la injusticia cometida contra uno de sus hermanos hebreos, él golpeó a este hombre, ¡boom!, lo mató. Moisés en este momento tenía mucha fuerza, pero no bajo control, él no pudo contenerse. Moisés se impuso y al imponerse tuvo que huir. La imposición no es una característica de la humildad.

Dios se lo lleva al desierto, trabaja en Moisés por 40 años, lo pone a someterse a su suegro, que quizá no fuera tarea fácil, a servir a ovejas, no a personas, a ovejas. 40 años sirviendo, liderando, pastoreando. Ve, después de 40 años de la verdad aprendida su misión. Y al liderar los animales considerados por algunos de los más, con perdón de la palabra, estúpidos, porque son tan inocentes que no tienen poca sabiduría, después de 40 años de liderar eso, Moisés estaba listo para Dios trabajar a través de él. Ahora él tiene fortaleza de carácter y la tiene bajo control.

Ahora tú encuentras a Moisés siendo criticado, siendo acusado. Dios se levanta en contra del pueblo, amenaza al pueblo con destruirlos, y Moisés, el hombre en quien Dios ha trabajado por más de 40 años, se levanta a defender al pueblo y ofrece su vida para que Dios perdone la rebelión del pueblo. ¿Te das cuenta lo que Dios ha hecho en este hombre? No es Moisés, es Dios.

Como estamos hablando de la demostración de la humildad, porque este es el hombre de quien Dios dice que no había nadie más humilde que Moisés, ahora nosotros en la demostración de la humildad estamos descubriendo que una de las características de la humildad es la ausencia de juicio. Dios está dispuesto a destruir este pueblo para probar hasta dónde Moisés estaba creciendo, y Moisés se levanta en ausencia de juicio y se dice: "Mejor mátame a mí y perdónalos a ellos." Pero Moisés sabía lo que este pueblo había hecho.

Moisés ahora tiene la autoridad. Cuando él estaba en sus primeros 40 años, Faraón estaba reinando, él no tenía la autoridad todavía, él tenía fuerza, pero él no tenía la autoridad, él no tenía la posición. Ahora en el desierto él tiene la autoridad, él tiene la posición, él tiene el poder para disponer de esta gente, y Moisés restringe su poder continuamente, porque el orgullo que le había hecho imponerse en Egipto había salido de su persona. La humildad no es impositiva.

Y ahora, el poder liderar ese pueblo a mí me sorprende de manera extraordinaria. Leer una y otra vez cómo, después que él tiene este encuentro con la roca donde ahí se le fue la fortaleza de la mano... Por eso decía, esta es una cualidad que solamente Cristo ha podido exhibir de forma constante durante toda la vida. Ahí se le fue de la mano su humildad, pero a mí me sorprende cómo después de ese evento Moisés continúa liderando al pueblo hebreo hasta el frente de la tierra prometida, antes de cruzar el Jordán, por un largo tiempo, siendo tan fiel a ellos como hasta ese momento lo había sido, sabiendo que él no iba para la tierra prometida, y sabiendo que no iba para la tierra prometida a causa del pueblo. Él permaneció fiel a liderar el pueblo que le había impedido entrar a la tierra prometida por llevarlo hasta perder los estribos. De manera que Moisés supo liderar un pueblo sin enseñorearse del pueblo. Eso es una de las cualidades de la humildad. El esposo no se enseñorea sobre su esposa. La esposa no trata de enseñorearse sobre su esposo, no lo hace sobre los demás tampoco.

Dijimos con relación a la primera bienaventuranza, la de pobreza de espíritu, que tenía que ver mucho con nuestra posición con Dios. Yo me comparo con la santidad de Dios, lo majestuoso que es, la grandeza de Dios, y me veo como pobre, me veo insignificante, me veo no meritorio de su gloria, de su cielo. Pero ahora esta bienaventuranza lo que hace es que me compara con los hombres más que con Dios. Yo creo que es una buena forma de ir entendiendo la diferencia entre pobreza de espíritu y humildad. No hay duda que tenemos que ser humildes y tenemos que humillarnos delante de Dios, pero yo creo que para la mayoría de nosotros eso es relativamente fácil entender la necesidad de hacer eso. La humildad nos compara, nos prueba delante de los hombres.

Ahora alguien pudiera decir: "Bueno, pero el orgullo también se compara delante de los hombres." Claro, el orgullo es exactamente lo que hace. La diferencia está entre la humildad y el orgullo, no es en cómo se comparan delante de los hombres, sino a las conclusiones que llegan. El orgullo se compara con los demás y llega a la conclusión de que él o ella es más capacitado, mejor entrenado, más inteligente, más hermoso o hermosa, mejor preparado, más santificado, mejor escogido, con mejor llamado que los demás, que lo hace mejor que los demás. La humildad se compara con los otros, y cuando se compara con los otros tú la encuentras diciendo: "Yo soy un hombre de labios impuros y habito en medio de hombres de labios impuros." Isaías. La humildad se compara con los demás, y cuando hace eso tú encuentras la humildad diciendo: "Yo primero y mi pueblo hemos pecado contra ti." Daniel. La humildad se compara con los demás y tú la encuentras diciendo: "Yo soy el peor de los pecadores." Pablo.

¿Te das cuenta de qué trata esta cualidad, de qué, de cómo es que luce, cuál es su definición, cuál es su esencia? Y esta es la razón por la que Cristo dice: "Aprende esa cualidad de mí." Prácticamente es la única cualidad, por lo menos que con esos términos Cristo dijo: "Apréndela de mí, no la aprendas de nadie más, no la puedes ver en nadie más, apréndela de mí. Yo soy quien la tengo."

Entonces, hasta ahora sabemos que la humildad no es debilidad sino fortaleza, no es impulsiva, está bajo control, tampoco es impositiva dijimos. Y cuando hablamos de imposición, hablamos de Moisés. Moisés, sus primeros 40 años, se impuso. Moisés, sus próximos 40 años, se sometió. Moisés, sus próximos y últimos 40 años, lideró. En ese orden: se impuso, no estás listo, Moisés; se sometió, estoy trabajando en ti; lideró, ya estás listo. Y eso es lo que Dios tiene que hacer en nosotros, una y otra vez, para poder trabajar a través de nosotros y representarle bien.

Martyn Lloyd-Jones, yo creo que en este capítulo de su comentario, el tercero del Sermón del Monte, hace algunos comentarios muy buenos, muy prácticos. Dice que el hombre verdaderamente humilde se asombra de que Dios y el hombre se acuerden de él. Yo les dije que la pobreza de espíritu me compara con Dios, la humildad me compara con el hombre. Entonces, Lloyd-Jones dice que el hombre verdaderamente humilde se asombra de que Dios y el hombre puedan pensar acerca de él y tratarlo tan bien como lo tratan.

Pensando en qué personaje de la Biblia y en qué momento yo pudiera ver eso para ilustrárselo, me encontré con David. Yo les dije en otras ocasiones que David ha sido un personaje que me ha causado gran problema, entre comillas, mental, de tratar de entender cómo es que este hombre, que hizo todo lo que hizo, es calificado en el Nuevo Testamento todavía como un hombre conforme al corazón de Dios. Pero mientras más reviso su biografía, más lo entiendo.

Leo este texto de la vida de David, que algunos de ustedes ellos sé que van a recordar, otros no, otros quizás ni lo han leído, pero yo creo que es un texto extraordinario de lo que implica la humildad de la que estamos hablando. Porque la humildad de que estamos hablando, acuérdate que acabo de darte la definición de Martyn Lloyd-Jones, que un hombre verdaderamente humilde piensa: "Lo que Dios piensa de mí, lo que el hombre piensa de mí", y luego se asombra de que lo estén tratando tan bien.

Mira lo que es el evento en la vida de David. Al llegar el rey David a Bahurim, 2 Samuel 16 a partir del versículo 5: "He aquí salió de ahí un hombre de la familia de la casa de Saúl que se llamaba Simei, hijo de Gera. Cuando salió iba maldiciendo y tiraba piedras a David y a todos los siervos del rey David, aunque todo el pueblo y todos los hombres valientes estaban a su derecha y a su izquierda. Así decía Simei mientras maldecía: ¡Fuera, fuera, hombre sanguinario e indigno! El Señor ha hecho volver sobre ti toda la sangre derramada de la casa de Saúl, en cuyo lugar has reinado. El Señor ha entregado el reino en mano de tu hijo Absalón, y he aquí te has prendido en tu propia maldad, porque eres hombre sanguinario."

Entonces Abisai hijo de Sarvia dijo al rey: "¿Por qué ha de maldecir este perro muerto a mi señor el rey? Deja que vaya ahora y le corte la cabeza." Ahí habló el orgullo. No voy a tolerar eso, ni contra mí ni contra mi amo tampoco. Y el que está hablando es un perro muerto. Dame permiso para cortarle la cabeza. Así habla el orgullo. El orgullo es provocado, el orgullo es herido. Yo he ido aprendiendo que cuando Dios ve mal de ayer en nosotros, Él nos deja oír algunas cosas que me provocan. Entonces yo descubro que es tiempo de ir a visitarle.

Pero el versículo 10, el rey dijo: "David, ¿qué tengo yo que ver con vosotros, hijos de Sarvia? Si él maldice y el Señor le ha dicho: 'Maldice a David', ¿quién pues le dirá por qué has hecho esto?" Y David dijo a Abisai y a todos sus siervos: "He aquí mi hijo que salió de mis entrañas busca mi vida, ¡cuánto más este benjamita! Dejadlo, que siga maldiciendo, porque el Señor se lo ha dicho. Quizás el Señor mire mi aflicción y me devuelva bien por su maldición de hoy."

Lo que no puedes perder de vista es que el texto dice que cuando este hombre comenzó a maldecir a David, dice que David, el rey David, estaba con todos sus hombres valientes a derecha e izquierda. Él tiene fuerza. Él tiene el poder. Es el rey. Él puede hacer lo que quiera en Israel y nadie lo iba a coaccionar. Dios puede, pero nadie iba a coaccionar al rey. Abisai mucho menos cuando él está bajo maldición. Él tiene todos sus guardaespaldas alrededor, los mejores hombres, los más valientes, a derecha e izquierda, contra un solo hombre, y tiene un siervo que está dispuesto a volarle la cabeza. Y David dice: "Déjalo. Yo no puedo despegar la mano de Dios de este incidente. Es Dios que lo ha permitido." Yo pienso en Dios, yo pienso en el hombre, pienso lo que yo he hecho, pienso en mi hijo que me está persiguiendo, y esta maldición es poca cosa cuando mi hijo que salió de mis entrañas quiere mi vida. Esto es lo que me está maldiciendo. Déjalo, a lo mejor Dios me bendiga por esta maldición. Esto es fortaleza bajo control. Eso fue David.

Con esta semana fui como estudiando y era lo que entendiste ahora, lo que es un hombre conforme a mi propio corazón. Y tú y yo no podemos, en el cultivo de la humildad, nunca despegar lo que hacemos, lo que a mí me está pasando, de la mano de Dios que lo ha permitido. Porque por algo lo ha permitido y tiene que ver conmigo, porque es a mí que me está pasando.

En este momento David tenía toda la fortaleza, pero hay algo que tú aprendes de este evento: entonces la humildad no es vengativa y no es retaliadora. Te acuerdas de ver la forma como los griegos usaban esto para hablar de un viento apacible versus un huracán destructor. El huracán es el orgullo y el viento apacible es refrescante, es la humildad. La verdadera humildad no es retaliadora y tampoco es vengativa.

Un ejemplo más de parte de nuestro Señor, porque estamos hablando de la demostración de la humildad. En el huerto de Getsemaní, si hay alguien que pudo exhibir control teniendo la fortaleza, el poder, la autoridad, Cristo ha venido con toda autoridad sobre la tierra y sobre los cielos y aun de aquellos que estaban debajo de la tierra. Teniendo la posición de la autoridad y la fortaleza, Él está en Getsemaní. Vienen a apresarlo. Tú conoces la historia: Pedro saca su espada, corta la oreja, y Cristo responde con estas palabras: "¿O piensas, Pedro, que no puedo rogar a mi Padre y Él pondría a mi disposición ahora mismo más de doce legiones de ángeles?"

¿Tú piensas que yo no tengo la fuerza? ¿Tú piensas que yo no tengo la fortaleza? ¿Que yo no tengo el poder? ¿Que yo no tengo el valor? ¿Tú piensas que yo no tengo la autoridad para vengar esto que se está haciendo? Pon tu espada de nuevo en su vaina, tu espada, que el que a hierro mata, a hierro muere. A Pedro se le fue de la mano la situación, no a Jesús. Este es un hombre bajo control. Este es un hombre que tiene el poder, la fortaleza, el derecho, la autoridad, pero todo está bajo control.

Déjame compararte a ese Jesús con fortaleza con otro hombre: con Pilato. Pilato tenía la autoridad romana, por debajo de la de Dios, pero tenía la autoridad romana, tenía el poder romano. Él tenía una palabra que nadie podía cuestionar. Y el día del juicio de Cristo, teniendo el derecho, el poder y una palabra incuestionable, los hombres por lo menos queriendo soltar a Jesús, no se atrevió. Es un hombre débil. Jesús, por otro lado, no se amedrentó, y como no se amedrentó no hizo llamar legiones de ángeles para salir de la situación, porque la humildad permanece bajo control ante las presiones que Dios permite sobre ella. Ahí está su fortaleza, ahí está su control.

Porque la humildad no busca salirse con la suya. Es el orgullo. El orgullo, o la humildad parcial, tolera, tolera, se repliega, pero llega un momento en que dice "no más", y entonces para salirse con la suya o salirse de la situación empuja de una manera que arrasa como el huracán. En este caso, Jesús pudo haber hecho eso. Él toleró, toleró, toleró. Pero ahora Pilato, cuando tú no me vas a dejar libre pidiéndotelo, o sea tu conciencia, yo voy a actuar. Él no lo hizo, porque la humildad no busca controlar los eventos de la vida ni manipularlos. La humildad depende de la gracia soberana de Dios.

Cuando Simei maldice a David, David responde: "Dejadlo, que siga maldiciendo, porque el Señor se lo ha dicho. Quizás el Señor mire mi aflicción y me devuelva bien por su maldición de hoy." La humildad se encomienda a Dios. Es una de las virtudes de la humildad. Está siendo abusada, está siendo pisoteada, y se encomienda a Dios. David lo hizo en esta ocasión, Cristo lo hizo en esta ocasión, Pablo lo hizo en su ocasión. Esa es la humildad.

¿Qué más nosotros sabemos de cómo la humildad es demostrada? Bueno, es la ausencia de autodefensa. Pero no solamente la ausencia de autodefensa cuando piensa que otros pueden pensar, porque a veces nosotros somos así. Estamos hablando y estamos pensando: "Quizás el otro está pensando..." Y antes de que él hable, como lo está pensando, "déjame yo decirlo". Pero la humildad es tal que no solamente no piensa de esa manera, sino que cuando sí se está hablando en contra de la humildad, en contra de la persona que tiene esta característica, permanece en silencio ante la consternación de los que observan, de cómo es posible que tolere tal cosa.

Jesús es el mejor modelo de eso. Seis juicios, seis: tres romanos, tres judíos, donde hubo bofetadas, donde hubo acusaciones, donde hubo palos, escupidas. Cuando está frente a Pilato, Pilato le dijo: "¿No oyes cuántas cosas testifican contra ti? ¿No oyes todas las acusaciones? ¿No oyes cómo te ultrajan? ¿No oyes cómo pisotean tu reputación? ¿No oyes cómo hablan de tu carácter? ¿No oyes de todo lo que te dicen?" Y Jesús no le respondió ni a una sola pregunta, por lo que el gobernador estaba muy asombrado, consternado. ¿Qué clase de hombre es este?

Yo no sé qué cruzó por la mente de Pilato al final, pero yo no sé si ideas como esta pudieron haber cruzado su mente: "Bueno, si está tan mansito, quizá valga la pena que lo crucifiquen." Me imagino a Pilato irritado con este hombre que no le responde las preguntas. A Pilato, que tenía el poder, la autoridad humana civil y la palabra incuestionable. "¿No oyes cuántas cosas dicen en contra de ti?" Como si no lo dijeron. ¿Sabes por qué? Porque Él sabía que Él no era ninguna de esas cosas. ¿Sabes por qué tú y yo respondemos cuando nos acusan? Porque sabemos que somos algunas de esas cosas.

Yo lo he ilustrado otras veces. Cuando tú le dices a una persona que mide seis pies dos pulgadas: "Mira tú, enano", se molesta un poquito, te mira sarcástico, y sigue. Pero tú le dices a alguien que mide cuatro once: "Mira tú, enano", y prepárate, porque él sabe que es enano. Por eso es que tú y yo respondemos cuando alguien nos dice cosas que nos dice.

Lloyd-Jones dice: "El ser verdaderamente humilde significa que ya no nos protegemos a nosotros mismos, porque ya no hay nada que defender." Ya no hay nada que defender.

Ahora, la verdadera prueba de la humildad no es que yo me considere un pecador miserable, el peor de los pecadores, un orgulloso. Nosotros preferimos o podemos condenarnos a nosotros mismos con relativa facilidad delante de los hombres, porque hay un cierto orgullo en eso. "No, yo soy un pecador. Tú poco me conoces, soy muy orgulloso." La verdadera prueba del orgullo o de la humildad, dice Blanchard, es cuando esas cosas que tú dices acerca de ti mismo otros te las dicen. Entonces esperamos a ver cómo tú vas a reaccionar. Por ejemplo, tú dices: "No, yo tengo mucho orgullo." Hasta que viene alguien y te dice que tú eres orgulloso. ¡Ah! Aparéntate ahora.

Tú comienzas a decir: "Me siento mal porque yo hice esto, yo no debía haberlo hecho, yo no debía haberlo dicho". Y alguien que está a tu lado te dice: "Yo creo que tienes razón, tú no debiste haber dicho eso". Sí, pero también déjame decirte que toleramos la autocondenación porque hay una cierta virtud en autocondenarnos. El otro puede decir: "Mira cómo se autocondena". Pero esa no es la prueba. La prueba es cuando otros te dicen eso mismo y te condenan a ti, y los que están alrededor comienzan a observar. Y ahora, ¿cómo vas a responder?

Vamos a ver, vamos a ver, ahora vamos a ver. Ahí está Jesús recibiendo los insultos y no respondió. Ahora sabes quién está sentado en gloria, a la derecha del Padre, reinando con todo poder y autoridad: el que no respondió. Ante la consternación de los demás, porque esa es la humildad. La humildad no incurre en autodefensa. No abre su boca, como no lo hizo David cuando Simei lo maldijo. David se quedó callado. Moisés no lo hizo en el desierto la mayoría de las veces, también cuando lo injuriaron. La humildad es silenciosa, permanece callada, porque no es como el huracán abrasador, sino como el viento apacible. Y cuando no tiene algo apacible, suave, manso que decir, prefiere entonces callar.

La humildad no siente la necesidad de hablar porque no siente la necesidad de autodefenderse. No estoy diciendo que estoy ahí. Yo estoy diciendo que esto es parte del problema de cada uno de nosotros y es parte de mi problema. Por tanto, el Señor Jesús supo callar más de una vez, sobre todo cuando tenía que ver con Él. Pero el orgullo nos dificulta el silenciar. Hay algo en nosotros que nos impide permanecer callados, que dice: "Defiende esta posición, defiende esta idea, defiende este derecho, defiende lo que eres, defiende lo que tienes". La humildad permanece callada.

La humildad no solamente permanece callada cuando es injuriada. La humildad permanece en paz cuando otros le fallan. La última noche Pedro lo negó tres veces. Los demás todos salieron corriendo, todos hirieron al pastor, las ovejas salieron dispersas. Cristo crucificado, Cristo resucita, y cuando resucita le dice a las mujeres: "Id a decir a mis discípulos y a Pedro que nos vemos en Galilea". Me fallaron, sí. La humildad no responde conforme a la fidelidad del otro, sino conforme a su propia fidelidad.

Y yo noto también que Cristo se encontró con ellos en Galilea, y cuando se encontró con ellos, o cuando tuvo su primer encuentro en diferentes partes, en ningún momento les dijo: "Tal, tal, lo dije. Ahora vamos a sacar cuentas. Esto yo voy a perdonar, pero vamos a sacar cuentas de esta última noche en que tú, Pedro... Dime ahora, Pedro, cuando ahí frente a mí me negaste tres veces. Estaría mal si lo haces en mi ausencia, pero en mi presencia, Pedro, dijiste viéndome de frente que no me conocías, después de tres años. Sané a tu suegra, Pedro. Y después, ¿y ahora me sales con que no me conoces?" No, no. "Ve a decirles a los discípulos y a Pedro". En ningún momento hice esto a Pedro para que aprenda.

Escucha a Pablo, que fue moldeado por el Señor también, al hablar de sus experiencias. Segunda de Timoteo 4:16: "En mi primera defensa nadie estuvo a mi lado". Es como una característica de los siervos de Dios, orquestada por Dios, porque es ahí en la soledad donde aprendemos a depender de Él. "En mi primera defensa nadie estuvo a mi lado, sino que todos me abandonaron". Oh, qué hay, Pablo. Vamos a ver, y ahora, ¿cómo tú vas a responder? Vamos a ver, vamos a ver a Pablo, este dice que el hombre humilde... vamos a ver, punto y coma: "Que no se les tenga en cuenta". La humildad responde fielmente a aquellos que le fallan.

El orgullo dice: "No, es tiempo de venganza, aunque sea un chin. Te propuse el perdón, te propuse me reconcilié, te propuse hablar, pero no puede ser tan fácil. Algo tiene que haber". Finalmente, la demostración de la humildad: la humildad es noble, es mansa cuando otros fallan a la hora de tener que restaurarlos. De manera que la humildad no solamente les perdona, sino que con mansedumbre acude a su lado para restaurar al que ha fallado.

Como Cristo lo hizo con sus discípulos, especialmente con Pedro. Escucha Gálatas 6:1: "Hermanos, si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradlo en un espíritu de mansedumbre". La misma palabra, la misma idea de humildad, es un espíritu de humildad. "Mirándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado". ¿Te das cuenta cómo la humildad no se compara con los hombres? Aquí el que ha fallado, restaurarlo con mansedumbre. Pero cuando lo vayas a restaurar, mírate a ti mismo para que te acuerdes de que tú eres capaz de eso mismo, no sea que tú seas tentado y caigas también. Entonces es la humildad donde no está comparándose con el otro, y luego diciendo: "No, mírate a ti porque tú eres capaz". Ahora fue el turno de él, ten cuidado, mañana puede ser el tuyo. Por tanto, sé gentil, sé dócil, sé manso, porque tú quieres que sean así contigo en caso de que te toque tu turno mañana.

Vimos la definición, vimos la demostración. Veamos rápidamente la dádiva y concluimos con eso. ¿Cuál es la promesa? "Bienaventurados los humildes, pues ellos heredarán la tierra". Nota lo que no dice: "Ellos se ganarán la tierra". No la ganamos, no la ganamos. Toda herencia es recibida, ¿vale? Es un don, es una dádiva, es algo que yo no me merezco, pero me lo dieron y ahora yo tengo que recibirlo. Bienaventurados los humildes, no porque lo han hecho tan bien que ahora Dios se ve obligado a devolverles la tierra. No, no, no, no, no. Bienaventurados los humildes, y Dios, complacido con ellos, les entregará la tierra por herencia.

Nieto, ¿no crees eso? Una buena ilustración decía Haddon Robinson, que ahora en el reino animal tú miras lo que ha ocurrido entre las naciones. Y él decía: cuando tú miras el reino animal, el que domina la tierra es el león, es el tigre, el águila sobre el gorrión. ¿Cómo se llama? Sparrow. Bueno, un pajarillo, gorrión. El león, bueno, el león y el tigre se comen la oveja, el cabrito. Hoy en día el león, el tigre y el águila son especies en extinción, pero hay abundantes cabritos y pajarillos. Los bravucones no heredarán la tierra. Son los humildes, son los mansos. A ellos Dios se la dará por herencia.

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Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.