En 1758, Robert Robinson escribió un himno que incluía estas palabras: "Ata mi corazón errante a ti, propenso a vagar, Señor, lo siento, propenso a dejar al Dios que amo". Lo escribió poco después de convertirse, pero con el tiempo se alejó de la fe. Su historia plantea una pregunta inquietante: ¿cómo puede alguien experimentar un encuentro genuino con Cristo y luego apartarse? La respuesta se encuentra en la vida del apóstol Pedro, un hombre que presenció la transfiguración, caminó sobre el agua y confesó que Jesús era el Cristo, el Hijo del Dios viviente, pero que la noche del arresto de su maestro lo negó tres veces.
Jesús había advertido a Pedro: "Satanás los ha reclamado para zarandearlos como a trigo". Pero Pedro, confiado en sus propias fuerzas, respondió que estaba dispuesto a ir a la cárcel y hasta la muerte. No entendía que la lucha no era con espadas sino espiritual. Mientras Jesús oraba en Getsemaní, Pedro dormía. Mientras Jesús era golpeado y escupido, Pedro juraba no conocerlo. Entonces cantó el gallo, y los ojos de Jesús se encontraron con los suyos. Pedro salió y lloró amargamente.
Pero la historia no terminó ahí. Jesús, resucitado, buscó a Pedro y le preguntó tres veces: "¿Me amas?". Pedro, quebrantado, ya no respondió con arrogancia sino con humildad: "Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero". Y Jesús lo restauró: "Apacienta mis ovejas". El amor verdadero por Cristo no se sostiene en palabras grandiosas ni en autoconfianza, sino en una dependencia humilde que, tras cada caída, vuelve arrepentido a los pies del Salvador.
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Gracias, Señor. Amén.
Yo se los digo, hermanos, voy a encenderme. ¡Qué buen tiempo de adoración a nuestro Rey! Alguien escribió una vez estas palabras: "Ata mi corazón errante a ti. Propenso a vagar, Señor, lo siento. Propenso a dejar al Dios que amo. Aquí está mi corazón, tómalo y séllalo. Séllalo para tus cortes de arriba. Aquí está mi corazón, tómalo y séllalo. Séllalo para tus cortes de arriba."
Esto es parte de un himno muy famoso escrito por un autor llamado Robert Robinson. El himno es titulado "Fuente de la Vida Eterna". Los que han estado en iglesias que aún han usado himnarios por mucho tiempo puede ser que lo identifiquen en ese número 35 del Himnario Bautista. En mi caso no fue así, lo conocí hace poco, y sobre todo en su versión en inglés, que es mucho más famosa, "Come Thou Fount of Every Blessing".
Robert Robinson, quien escribió este himno en el año 1758, lo escribió justo unos años después de haberse convertido. Pero la historia de Robinson viene de un trasfondo muy pagano, muy alejado de Dios. Él nació en Inglaterra, se crió en una familia desprovista de cualquier educación y piedad cristiana. Su padre era un inmoral, incluso estaba metido en muchas deudas. Y esas deudas lo llevaron incluso a salir huyendo de su familia y los abandonó. Poco tiempo después él falleció. Pero esto dejó a la familia de Robert en una carencia económica muy grande. Incluso lo tuvieron que quitar del colegio, no pudo terminar su educación formal, y lo mandaron desde un campo de Inglaterra hacia Londres para que estuviera como aprendiz de barbero y pudiera ganarse la vida.
Pero este hombre, en esta ciudad tan grande, sin una base de nada moral en su vida, se metió aún más en la corrupción. Incluso estaba en pandillas, estaba en bebidas, estaba alejado de todo lo que es Dios. Él se entretenía junto a sus amigos de esta pandilla visitando brujos a veces, brindándole bebida a los brujos para que le adivinaran de forma gratuita cuando estuvieran borrachos. Era un hombre muy, muy alejado de Dios. Y en ese tiempo ni siquiera era un hombre, todavía era un adolescente.
A los 17 años él pasa por el frente de una iglesia, y era nada más y nada menos la iglesia donde frecuentemente predicaba George Whitefield, un predicador usado por Dios para avivamiento en Inglaterra, pero más allá de Inglaterra, en muchos lugares del mundo. Y ese día el plan de ellos, él y sus amigos, era entrar a ese lugar y en medio de la predicación burlarse del predicador, distraer a los que estaban allí escuchando y llamar la atención hacia ellos mismos. Pero Dios tenía otros planes.
Al escuchar a George Whitefield predicar sobre la ira de Dios venidera, Robert Robinson no tuvo remedio que ser capturado por lo que se estaba hablando allí. Y un peso gigante cayó en él que le duró días, semanas, meses. Y a los tres años de ese día él decidió rendir su vida al Señor y servirle. Llegó a ser pastor y predicó en varias iglesias.
Pero así como su himno decía: "Ata mi corazón errante a ti, propenso a vagar, Señor lo siento, propenso a dejar al Dios que amo", este hombre, al pasar los años, dejó al Señor, se alejó de Él. La historia, los historiadores dicen que hasta visitó iglesias unitarias, y que es de donde no creían en que Cristo era Dios. Y este hombre terminó de esa forma, por lo menos la mayoría de los historiadores dice eso.
Pregunta: ¿cómo es que alguien pueda tener un acercamiento tan grandioso ante el Salvador Jesús, escribir palabras gloriosas del evangelio y de cómo Él rescata, decir que Cristo salva, y de repente... o no de repente, eso no pasa de repente, pero al pasar el tiempo él se aleja? Esa es una respuesta que la hallamos en muchas de las vidas que corren la carrera de la fe, pero que en esta mañana la vamos a ver claramente en la vida de nada más y nada menos que un apóstol: el apóstol Pedro y la negación a Jesús.
Pero antes de seguir, yo quiero invitarte a que cierres los ojos. Otra vez le pidas al Señor conmigo: Señor, háblame. Padre, no queremos ser superficiales, no queremos ser de aquellos que obvian la sobriedad del caminar tuyo y los peligros que hay delante. Señor, como este hombre, nosotros podemos apartarnos también si peleamos en nuestras fuerzas. En el día de hoy revisaremos la vida de un líder tuyo, llamado por ti, que una noche, después de haber confesado con muchas palabras que te sería fiel hasta el final, esa noche te negó y te avergonzó. Señor, háblanos a lo más profundo del corazón para nosotros ver que allí podemos estar. En el nombre de Jesús, amén. Amén.
Yo quiero que me acompañes a Lucas capítulo 22, versículo 31. Vamos a estar leyendo de Lucas varios pasajes desde este capítulo y también estaremos leyendo de Juan más adelante. Pero estaremos brincando incluso por los otros evangelios, ya que esta historia de la negación de Pedro se encuentra en los cuatro evangelios. Es una de las pocas que se encuentra allí, así, en los cuatro evangelios.
Así que leemos Lucas 22, del 31 al 34. Dice así: "Simón, Simón, mira que Satanás los ha reclamado a ustedes para zarandearlos como a trigo. Pero yo he rogado por ti para que tu fe no falle, y tú, una vez que hayas regresado, fortalece a tus hermanos." Y Pedro le dijo: "Señor, estoy dispuesto a ir a donde vayas, tanto a la cárcel como a la muerte." Pero Jesús le dijo: "Te digo, Pedro, que el gallo no cantará hoy hasta que tú hayas negado tres veces que me conoces."
Pedro. Si usted recordará todo lo que ese hombre vivió cerca de Jesús, usted pudiera terminar la oración o el párrafo diciendo: yo quisiera haber estado allí. Un alumno de primera mano de Jesucristo y todas sus enseñanzas. Uno de los tres que, en medio de los doce, era de los más cercanos a Jesús: Pedro, Juan y Jacobo. Él tuvo el privilegio de ser el único de todos los discípulos en caminar sobre el mar. ¡Men, yo quisiera estar ahí! Él también se hundió, pero vivió eso.
Pedro fue de los tres que subió junto con Jesús al momento de la transfiguración. Allí estaba Juan, Jacobo y Pedro. Vio a Jesús no solamente en su forma natural y humana, sino que él tuvo el privilegio de ver a Jesús en un resplandor divino y acompañado de hombres que estaban en los cielos y en ese momento aparecieron. Pedro vio todo eso. ¡Wow!
Si yo sigo la lista pudiera pasar largos minutos, pero algo que me llama la atención de Pedro es que no solamente él vio y presenció, sino que participó de muchas cosas, incluso afirmó cosas que son para nosotros fundamentos de nuestra fe en el día de hoy. Fue Pedro que dijo una vez, cuando Jesús preguntó: "¿Quién dicen ustedes que soy?", fue Pedro que respondió: "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente." ¡Wow! Y Jesús dice: "Bienaventurado, Simón hijo de Jonás, que esto no te lo reveló carne ni sangre." Y después habla: "Verdad, sobre esta roca, esa declaración, edificaré mi iglesia." Pedro dijo eso.
Otra de las grandes afirmaciones inolvidables de Pedro fue cuando Jesús un día dice: "Bueno, mucha gente se está yendo", y Jesús dice: "¿Acaso ustedes también quieren irse?" Y Pedro respondió: "Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos creído y sabemos que tú eres el Santo de Dios." ¡Wow!
Oh, hermanos. Este hombre, este hombre tenía el privilegio de vivir, experimentar todas estas cosas, y no solo eso, sino expresarlas. Pero las expresiones de Pedro no solamente se quedaban allí. Como ustedes han oído y han leído, Pedro era muy expresivo e impulsivo en muchas ocasiones. Acalorado, ¿verdad? ¡Wow! Esa es la manera que lo describe.
Cuando Jesús advierte a sus discípulos en muchas ocasiones: "Yo voy a padecer, yo voy a sufrir, yo voy a ser muerto, yo voy a ser crucificado, voy a ser burlado, y todos ustedes me van a abandonar", ¡eh! Ahí se paraba Pedro y decía: "No, no, no, no. Yo no te voy a dejar, Jesús. Todos los demás lo harán, pero yo no lo voy a hacer." Y Jesús le dijo: "Tú me vas a negar." Y Pedro: "No, yo afirmo que eso no pasará." Así era Pedro.
Y lamentablemente Pedro desconocía cosas que tú y yo debemos conocer bien. Es verdad que tenemos a Cristo, es verdad que tenemos al Salvador, es verdad que Él nos redime y nuestras almas están seguras y tenemos salvación. Pero hay un proceso de redención que todavía está en camino y terminará en el futuro, y es la redención de nuestros cuerpos, de nuestras carnes y deseos que van con estos cuerpos. Y por eso nosotros debemos estar dudando, desconfiando continuamente de nosotros mismos. Y Pedro, lamentablemente, en su autoconfianza, en su devoción que se afianzaba más en sus fuerzas, se atrevía a decir que eso no le pasaría.
Si hay algo claro en la Palabra de Dios, y espero que esté claro en nuestras mentes, hermanos, es que nosotros debemos tener una sana desconfianza de lo que somos y de lo que somos capaces de hacer. Continuamente desconfiar: "Espérate, si yo voy para allá puedo caer. Sí, puedo caer. ¿Qué debo hacer?"
El amor de Jesús por Pedro era un amor lleno de muchas palabras, pero que en el momento de la presión las palabras no fueron nada. El domingo pasado el título era "Fidelidad a pesar de la presión", y eso era Daniel y sus amigos. Fueron fieles a pesar de toda la presión, nos enseñaba el pastor Recto. Hoy veremos a un hombre que muestra infidelidad cuando llega la presión.
Veamos entonces, hermanos, el tema de hoy que queremos. Le hemos puesto: "Amor por Cristo más que palabras". Yo quiero un amor así, un amor que sea más que palabras. Y vamos a dividirlo en tres partes: la necedad del amor autoconfiado, que lo vamos a ver en este pasaje que leímos. Pedro, neciamente confiado en sí mismo, muestra su amor, pero es un amor tonto y pasajero porque en la presión desaparece. De allí, de la necedad del amor autoconfiado, vamos a pasar a la infidelidad de ese amor autoconfiado. No solamente se queda en lo necio, sino que pasa a ser ya infiel. Y por último, la restauración al amor verdadero a Cristo.
Nosotros leímos en Lucas: "Simón, Simón, mira que Satanás los ha reclamado a ustedes para zarandearlos." Cada vez que alguien te dice tu nombre dos veces, presta atención.
Tengo que decirte algo, Moisés. Tengo que decirte algo. A Pedro, Jesús le llama por su nombre, verdad, original: Simón, Simón, mira que Satanás. Aquí la palabra es, fíjate bien, "behold" en inglés. Cuidado, abre tus ojos, porque Satanás te ha pedido, los ha pedido en plural, para zarandearlos.
Y esto nos lleva a recordar ese momento en que el mismo Satanás pide permiso a Dios también para afligir a otro hombre de Dios, y es Job. Es muy similar aquí; ahora Satanás está reclamando a los discípulos de Jesús para él. El verbo ahí es un verbo en voz media, que habla de que es para sí mismo que lo está pidiendo: los reclamo para que vengan para acá, para que sean míos y no estén bajo el cuidado y protección de Dios, y aquí yo pueda zarandearlos.
El zarandeo del trigo es algo usado en el pasado en esos tiempos, pero en los tiempos actuales también, aunque con más tecnología. Era un colador que se tomaba en las manos y se echaba allí el trigo con todas sus pajas, y se sacudía para que la paja entonces se removiera, todo eso, y el trigo cayera por debajo del colador y la paja se quedara arriba. Esta era la petición de Satanás: yo lo voy a sacudir, yo lo voy a zarandear. Y el objetivo, si tú conoces la Palabra de Dios, de toda la obra de Satanás para con los hijos de Dios es destrucción. Yo he venido, o más bien dicho, el ladrón viene para matar, robar y destruir. Este era el plan de Satanás.
Y Jesucristo está aquí advirtiendo a Pedro ahora, pero había advertido a los discípulos en numerosas ocasiones en que iba a padecer, que iba a venir sufrimiento. Era como si su intención era: estén listos, porque eso viene. Pero asombrosamente los discípulos como que siempre evitaban ese tema y estaban en el aire.
En Marcos 9:31, Jesucristo les dice con toda claridad: el Hijo del Hombre será entregado en manos de los hombres, y le matarán, y después de muerto, a los tres días resucitará. ¿Qué más claro de ahí? ¿Sabes lo que dice el siguiente versículo? Pero ellos no entendían lo que decía, y tenían miedo de preguntarle. O sea, el padecimiento de Jesucristo, el sufrimiento, lo que iba a vivir de dolor, era un tema que ellos evitaban, era un tema que no comprendían. Bueno, este hombre se acaba de transfigurar, ¿cómo es que Él va a morir? Este es el Rey que estamos esperando. Y no querían comprender esto; incluso tenían temor de preguntarle.
Y si tú conoces a los discípulos, en muchas ocasiones ellos no tenían temor para nada de preguntarle lo que sea. Y esa parábola, ¿qué significa? Y Él subía explicándola para ellos. Y ese hombre, ¿fue porque pecó él o sus padres? Y Jesucristo explicando. Y así muchas ocasiones. Pero en el tema del sufrimiento y la muerte de Cristo, ellos tenían temor de preguntarle. Era como si querían evitar hablarlo para que no aconteciera. Pero nosotros vemos la insistencia del Señor Jesús en recordarles que esto vendría.
Y así Moisés está diciendo: viene algo, Simón, viene el enemigo. En Juan 14:29, Jesús, recordándoles una vez más lo que vendría, les dice: y yo se lo he dicho ahora, antes que suceda, para un propósito que está incluido en este pasaje: para que cuando suceda, crean. Hay algo que quiero que mantengan ustedes aunque esas cosas negativas sucedan: que su fe se mantenga.
Y a Pedro le está diciendo: mira, viene Satanás, te ha reclamado para zarandearlos, pero yo he rogado por ti, Pedro. Ahora no es en plural, sino por ti, para que tu fe no falle. Otra vez la fe. Hermanos, Jesucristo, entendemos que se refiere a Pedro ahora de forma exclusiva por lo que iba a pasar, su negación, pero también por quien él iba a ser, el llamado que él tenía. Iba a ser un líder principal en esa primera iglesia que comenzaba en Jerusalén. Y Jesucristo dice: yo he orado por ti para que tu fe no falle. Y si hay algo importante, hermanos, en el llamado de nosotros como hijos de Dios, es guardarla. Eso es parte de nuestra carrera: la fe, guardarla hasta el final. Y Jesucristo estaba pidiendo esto.
Pero Jesucristo no estaba pidiendo: por favor, Dios, evita el zarandeo del diablo. No. Jesucristo no estaba pidiendo: evita el sufrimiento. No, eso vendría y era seguro. Lo que Jesucristo pedía era: en medio de ese zarandeo, en medio de esa prueba, de la aflicción, de los juicios, de la burla que viene, que tu fe no falle.
Yo no sé si tú has estado en momentos donde Dios ha permitido que muchas cosas vengan. Pero si hay una estrategia del enemigo es cortar la raíz tuya de la fe. Te puede faltar lo que sea, pero lo que Jesucristo quiere que se mantenga es tu fe, y puedas declarar como este verso famoso que se encuentra en la Palabra. Mira: aunque la higuera no florezca, esa es la versión de Reina Valera, muy bien, yo también me la sé de memoria así. Pero la Nueva Biblia de las Américas también dice: aunque la higuera no eche brotes, ni haya fruto en las viñas, aunque falte el fruto del olivo y los campos no produzcan alimento, aunque falten las ovejas del redil y no haya vacas en los corrales, con todo, yo me alegraré en el Señor, me regocijaré en el Dios de mi salvación. Esa es la fe que se mantiene cuando no hay nada. Esa es la fe que Jesucristo oraba por Pedro. Viene algo grande, Pedro, pero yo he orado por ti.
Lo asombroso de la Palabra de Dios es que nos muestra que toda petición de Jesucristo, el Padre la oye. Y yo no sé si tú recordarás el momento en que Lázaro muere, y Jesucristo se dirige al Padre a orar, y tú oirás a Jesucristo pidiendo al Padre, diciendo: Señor, yo clamo a ti, pero yo sé que tú siempre me oyes, me escuchas. Este clamor, este rogar por Pedro, iba a ser escuchado por el Padre. Y nosotros pudimos ver que Pedro iba a mantener su fe debido a ese clamor.
Sin embargo, Jesucristo le llama la atención: Simón, Simón, abre los ojos, mira, hay un zarandeo, hay un enemigo. Y a veces nosotros obviamos el rol de este enemigo constante en la vida del cristiano. Tal vez algunos hemos escuchado tantos predicadores e iglesias que fundamentan o repiten tanto de que el diablo está en todo lugar, que ahora estamos del otro lado del extremo y decimos: el diablo no está en ningún lugar. Entonces, no. La Biblia está llena, en el Antiguo y el Nuevo Testamento, de este ser enemigo nuestro y enemigo de Dios primeramente, tratando de romper el plan de Dios y de hacernos daño. Y tanto a Pedro se le está diciendo: viene este enemigo también, pero yo he orado por ti para que tu fe no falle.
Y Él termina diciendo en ese verso: y cuando hayas vuelto, fortalece a tus hermanos. O sea que de antemano ya Pedro estaba escuchando de que él se iba a ir, se iba a apartar, de que él tenía que tener en su mente claro de que sus fuerzas no le llevarían muy lejos.
Sin embargo, en el verso 33, nosotros vemos la respuesta de autoconfianza de Pedro: Señor, yo estoy dispuesto a ir donde vayas, tanto a la cárcel como a la muerte. Aunque todos se aparten de ti, y es Marcos 14, yo sin embargo no lo haré. ¡Guau! Como si este hombre le dijera a Jesucristo: mira, Señor, en la mayoría de los temas tú tienes conocimiento, bien. Sí, cuando tú hablas del Reino de Dios, tú no fallas. Cuando tú hablas de la salvación que viene, definitivamente estamos de acuerdo. Pero cuando hablas de mí, tú no sabes lo fuerte que yo soy. Tienes razón en todo, pero estás equivocado conmigo. ¡Guau! Qué agudeza. Llega al punto de decir que si es necesario morir, pues yo voy a estar allá y no te voy a negar.
Pedro había olvidado lo que en la Palabra de Dios dice en muchos lugares, pero en Proverbios específicamente, 16:18, dice: delante de la destrucción va el orgullo, y delante de la caída, la arrogancia de espíritu. Y seguro tú y yo hemos escuchado muchas veces de este pasaje, 1 Corintios 10:12: por tanto, el que cree estar firme, mire que no caiga. En Pedro no había como esa sensibilidad de que él podía, por lo menos, que le pasara por la mente, negar a Jesús, ni fallarle, ni abandonarle. No, no, no, no, no. Eso no. Pedro nunca haría eso. Y entonces él estaba cercano de la destrucción y de la caída, como así vemos que ocurrió.
Oigan, yo no sé si en este momento ya tú te estás identificando con este hombre, porque tal vez muchos no diríamos las cosas como él, pero las expresiones de palabras a veces son contrastadas con decisiones y formas de vivir que dicen lo mismo. Hay muchos de nosotros que estamos a veces rodeados y nos aconsejan, y nos dicen, y decimos: sí, sí, eso yo lo sé. Muchos hijos que los padres les dicen cosas, tan emocionados de la casa, pero otra vez: yo me sé esa historia.
Y ahí estás. Jesucristo diciendo: Simón, Simón, quiero decirte lo que viene. Y nosotros, así. No sé si ya has estado en conversaciones con hermanos que tú les estás diciendo: mire, brother, esto puede pasar y esto puede pasar. Y del otro lado el brother está, no te lo dice, no te dice con su silencio lo que llamamos eso, pero su rostro, todas sus expresiones: sí, pero a mí no, eso fue fulano. Hermanos, tenemos un Pedro ahí dentro, no reconociendo que podemos caer. Y está la necesidad de dejar esta autoconfianza.
En este pasaje hay un ingrediente que lo vamos a ver más en detalle más adelante. Y es que Jesucristo dice: cuando hayas regresado, fortalece a tus hermanos. Yo no quiero saborearlo completamente ahora, o es imposible, pero mi hermano, Jesucristo sabe lo que Él va a hacer, lo que Pedro va a hacer. Le va a negar, le va a traicionar. Y aun así Jesucristo dice: tú me vas a abandonar, pero cuando tú vuelvas, porque vas a volver, fortalece a tus hermanos. O sea que hay esperanza para un hombre como Pedro, aun después, para tener un rol en el propósito de Dios. Eso es increíble. Esa es gracia que yo no logro entender, pero cuando hay un arrepentimiento genuino, eso es posible.
La necesidad de un amor autoconfiado lleva entonces a la infidelidad de un amor de esa forma. Y es lo que pasa en la negación de Pedro. Estábamos ahí en el momento en que Jesús le dice Simón, Simón, en medio de la Pascua, en medio de la última cena con los discípulos.
Ellos salen de allí y van al monte de los Olivos. Y ustedes recordarán, ¿verdad?, que allí está Jesucristo ahora delante de Dios, en un jardín llamado Getsemaní. Y ahora clama porque se haga su voluntad y no la de él, pero él llama a sus discípulos a que le acompañen. Y él dice a tres de ellos: Juan, Jacobo y Pedro. Y se va con ellos tres. Y ellos tienen la oportunidad de escuchar estas palabras de Jesús: "Mi alma está afligida hasta el punto de la muerte. Quédense aquí y velen conmigo." Pedro estaba allí. Jesucristo se va a orar. Jesucristo pasa un rato y vuelve. ¿Cómo los encuentra? Durmiendo.
Pero algo interesante en Mateo 26 es que cuando Jesucristo vuelve, los encuentra y se dirige, nada más y nada menos, que a Pedro. Dice Mateo 26:40-41: "Y dijo a Pedro: ¿Con que no pudieron velar una hora junto a mí? Velen y oren para que no entren en tentación. El espíritu está dispuesto, pero la carne es débil." Pedro, hace un rato yo te dije que los habían pedido para zarandearlos. Yo te dije que viene un enemigo contra ustedes, que tengas cuidado, que abras bien los ojos. Yo te dije que ustedes me van a abandonar, aunque tú lo niegas. Yo te dije que he orado por ti, y ahora yo te pido que ores, y tú te duermes.
Dice la Biblia que estaban cansados, pero yo no tengo duda de que la autoconfianza tuvo algo que ver en esa siestecita. Bueno, estamos aquí tranquilos. ¿Cuál es el aspaviento? Este jardín, la noche, nada está pasando. Pedro, una vez más, no se da cuenta de que la tentación viene y debe estar preparado.
Salen de allí y se encuentran con Judas viniendo con una turba de gente con espadas y palos para arrestar a Jesús. Y aquí, ¿quién sale a defender a Jesús? Ustedes saben quién. Agarra su espada y comienza a repartir machetazos, y agarra una oreja y se la lleva. Jesucristo le dice: "Mete la espada en la vaina. La copa que el Padre me ha dado, ¿acaso no debo beberla?" Él estaba desincronizado con los tiempos de Jesús en ese momento y actuaba pensando: "Bueno, yo te voy a demostrar a ti que yo no te voy a negar." Y Pedro pensaba que la lucha era de esa forma, ¿no? Cuando llegue ese momento, yo te voy a demostrar, Jesús. Yo tengo aquí una espada. Pero la lucha que vendría era un zarandeo de alguien astuto como el enemigo, y de un ángulo que Pedro no iba a reconocer. Pedro pensaba que era con armas, con caballos, y Jesús le quería recordar: es con mi Espíritu. Abre los ojos, Pedro.
Lucas 22:54-62 dice: "Después de arrestar a Jesús, se lo llevaron y lo condujeron a la casa del sumo sacerdote. Y Pedro lo seguía de lejos. Después que encendieron una hoguera en medio del patio y se sentaron juntos, Pedro se sentó con ellos." Todos los discípulos desaparecieron. Y Pedro está ahí, pero dice la Palabra que le sigue de lejos. Pedro logra entrar en el patio. La Palabra de Dios muestra en Juan que alguien le ayuda a entrar ahí: fue el apóstol Juan, que tenía relaciones con la familia del sumo sacerdote. Y también Juan, al parecer, estaba allí. No se menciona porque Juan no hizo nada, solamente estaba allí. Pero sí le abre la puerta a Pedro, y la sierva encargada de la puerta es la primera que logra identificar a Pedro.
Una sirvienta, al verlo sentado junto a la lumbre, fijándose en él detenidamente, dijo: "También este estaba con él." Pero él lo negó diciendo: "Mujer, yo no lo conozco." Pedro ni se imaginaba que una sirvientita, una mujer de ese tiempo, era el primer gancho, la primera trampa que el enemigo le iba a poner ahí de frente. Y lo interesante aquí es que ella no está ni siquiera refiriéndose a él. No le era: "Tú también estabas con él, ¿verdad?" No, ella está hablando así: "También este estaba con él." O sea que hay una conversación ahí de lo que está pasando, de Jesús, ese hombre que están juzgando. Y ahí, de repente, esta sirvienta se detiene y lo mira. Yo como que te conozco. Yo como que te he visto antes. "Y también este estaba con él." Y Pedro da la primera respuesta: "Mujer, yo no lo conozco."
Si tú estuviste aquí el miércoles pasado, yo espero que estés, porque los próximos miércoles seguiremos estando aquí en nuestras reuniones. Pero el miércoles pasado, el pastor Enrique nos habló de un pasaje donde Jesús elige a los doce. En ese momento, cuando él designa a estos doce, él dice: "Designo a doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar." O sea que lo que dice esta mujer, "también este estaba con él", Pedro hubiera podido decir: "Sí, justamente fue para eso que Jesús me llamó, para estar con él. Sí, yo estaba con él, y eso me debe atar con él." Pero a Pedro se le olvidó el propósito de su llamado, y en ese momento la presión pudo más y le negó.
¡Qué bajo, hermanos, caemos cuando pensamos que podemos confiar en nuestras capacidades! En nuestras experiencias, en las sabidurías a través de los años, y olvidamos que no hay nada bueno en nosotros que no hayamos recibido de parte de Dios. Miguel oró ahorita una oración muy hermosa acerca de líderes que han fallado. Y no sé, pero tal vez el éxito profesional, ministerial, el reconocimiento, los talentos, las metas logradas, lo que sea, el aplauso de los hombres nos ciega, y pensamos: "He logrado esto, yo estoy tranquilo, todo va bien." Y la luz de advertencia no la vemos alrededor y seguimos en el camino como si nada. Esto le pasaba a Pedro. Y no vio lo que venía y dijo: "No lo conozco."
Un poco después, otro, al verlo, dijo: "Tú también eres uno de ellos." Ahora sí se dirigían a él. Y Pedro responde: "Hombre, no es cierto", le dijo Pedro. Pasaba como una hora. Otro insistía diciendo: "Ciertamente este estaba con él, pues él también es galileo." Pero Pedro dijo: "Hombre, yo no sé de qué hablas." Una hora entre uno y otro y otro. Hermano, el proceso de negación de Pedro no fue en una conversación diciendo: "No, no, no, no, no", dos y tres, no. Fueron todas las dos horas que Jesús estuvo siendo juzgado. Pedro estaba de este lado negando a su maestro. Mientras Jesús era acusado injustamente, abofeteado, eso ocurrió, escupido por amor y salvación del pecador, el pecador que le había profesado su amor exuberante con palabras de su boca, ahora utiliza esa misma boca para negar a su amado.
Oh, hermanos, y ahí volvemos al himno de Robert Robinson con el que iniciamos: "Señor, ata mi corazón errante a ti. Propenso a vagar, Señor, lo siento. Propenso a dejar al Dios que amo." Ese es nuestro corazón, hermanos. El corazón de Pedro, el corazón de Robert, el corazón de Joel, el corazón de todos los que estamos aquí es propenso a apartarse, a negarse. Y mientras Jesús hace su obra de redención, por el otro lado este Pedro se avergüenza de ese que está recibiendo burla y golpes y saliva en su rostro.
"Al instante, estando él todavía hablando, cantó un gallo." Lucas es el único que, además del gallo, le añade: "Y el Señor se volvió y miró a Pedro." En mi mente no cabe lo que los sentimientos y pensamientos que pasaron por la mente de Pedro en ese momento. "No le conozco. ¿Quién es ese hombre? No, que te digo que no." Incluso los otros evangelios le añaden que Pedro juró y maldijo. Juró por Dios: "Que no conozco a ese hombre. Maldición, no le conozco." Canta el gallo y los ojos de su maestro mirándole.
En ese momento, si entendemos lo que pasó en el juicio de Jesús, el rostro de Jesús estaba golpeado ya, escupido, con ropa sudada en sangre por lo que había vivido en Getsemaní. Y ese rostro estaba mirando directamente a los ojos de Pedro. Yo no creo que acusándole. Yo no creo diciéndole: "¿Ves? Te lo dije. Ahora estás destituido. Bye bye." Yo no sé, pero yo estoy seguro de que esos ojos le hicieron recordar a Pedro. Como de hecho dice el texto: "Pedro entonces recordó la palabra del Señor, de cómo le había dicho: Antes que el gallo cante, me negarás tres veces. Y saliendo fuera, lloró amargamente."
Wow, hermanos. Aunque tú y yo tal vez nunca, y entiendo que no, pero hemos tenido un intercambio de miradas directas con nuestro Salvador de esa manera, créelo, créelo, créelo, que los ojos de Jesús están sobre nosotros todo el tiempo. Aun en esos momentos donde estamos negándole con lo que hacemos, esa misma mirada que vio a Pedro en su pecado nos ve a nosotros en nuestro pecado. La reacción de Pedro nos habla mucho de lo que iba a ser su vida de ahí en adelante. Y ahí fue entonces que Pedro recordó y se desmoronó su orgullo. El valiente, el brabucón que antes decía: "Yo no te abandonaré, yo no te negaré", está humillado, llorando amargamente, porque todo lo que le dijo su maestro era cierto acerca de él.
Pero, hermanos, este no es Judas para irse a ahorcar después de traicionar a Jesús. No. Recuerden bien, este es un creyente cuya fe no fallará, porque su Cristo intercedió por él. Es verdad que su confesión falló. Es verdad que su valor falló en ese momento. Pero su fe no iba a fallar, porque Pedro en ese momento también recordó, y con lágrimas de dolor se arrepintió. Y veremos por qué decimos que se arrepintió y no eran lágrimas de remordimiento como las de Judas.
Todo arrepentimiento, escuchemos bien, todo arrepentimiento por el pecado delante de Dios siempre llevará a una restauración de relación con este Dios contra quien pecamos. Todo arrepentimiento de esa forma va a encontrar restauración del otro lado. Y eso es lo que encuentra Pedro. La historia de Pedro no se quedó en el jardín con un hombre llorando después de haber negado. Lo que pasó en ese patio no le dio identidad a Pedro, pero sí le marcó de ahí en adelante. El Pedro antes de la negación era un Pedro impulsivo, autoconfiado, basado en sus propias fuerzas. Pero el Pedro después de la negación es un Pedro que veremos ahora en la restauración del amor verdadero.
Pasa un tiempo. Jesús muere. Jesús resucita, como había dicho. A la tumba vienen las mujeres a buscar el cuerpo y no lo encuentran. Jesús les dice a ellas: "Estoy vivo. Vayan y digan a los discípulos y a Pedro." ¿Qué? ¿Pedro, un discípulo de los doce? ¿"Vayan a los discípulos", y diga? No, no. "Yo tengo un trato especial con este que me negó y que hoy está sufriendo arrepentido." Y estas entonces van y le avisan.
Y Jesús no solamente se apareció una vez, sino que hace varias apariciones en muchos lugares. La Palabra de Dios dice en Primera de Corintios que se apareció a Pedro individualmente. No tenemos el registro de esa conversación, pero sí tenemos lo que pasó días después en una playa donde los discípulos decidieron: "Vamos a pescar". Y estaban pescando y no encontraban pescado. Desde allá en la orilla de la playa, el humito salía de alguien cocinando. Comida celestial, ¡ay! Un pescado cocinado por el mismo Dios. Ni me hecho, no te la conoce, pero estaba ahí cocinando el pescado Jesús.
Y Jesús le dice desde la orilla: "Tiren la red del otro lado". La tiraron y se rompía la red. Inmediatamente se dieron cuenta: es el Maestro. ¿Quién usted cree que fue el primero que se tiró de la barca? A bucear a ellos. Y dice la Palabra que estaba desnudo, en su ropa interior. Parece que trabajaba ahí, se quita la ropa para trabajar y para no tener estorbo, pues se la quitó. En ese momento se enteró que era Jesús, se tiró por la borda y comenzó a nadar a encontrarse con Jesús. Los demás siguieron remando, se llevaron la barca y los peces.
Pedro no iba a dejar de tener una personalidad que el mismo Dios le había dado; incluso Dios iba a usar esa personalidad. Porque sí, lo que iba a cambiar era su carácter de orgulloso, de autoconfiado, a un carácter humilde. Se tira, nada, llega y no hay registro de que dice nada. Jesús es el que viene y se acerca. Y dice Juan 21:15-19, leeré todo ese pasaje completo: "Cuando acabaron de desayunar, Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos? Sí, Señor, tú sabes que te quiero, le contestó Pedro. Jesús le dijo: Apacienta mis corderos. Volvió a decirle por segunda vez: Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Sí, Señor, tú sabes que te quiero, le contestó Pedro. Jesús le dijo: Pastorea mis ovejas. Jesús le dijo por tercera vez: Simón, hijo de Juan, ¿me quieres? Pedro se entristeció porque la tercera vez le dijo: ¿Me quieres? Le respondió: Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero. Apacienta mis ovejas, dijo Jesús".
Jesús se acerca a Pedro y ahora lo hace frente a los demás. Es posible que en esta conversación privada, en esta aparición que no se registra, él habló con Pedro privadamente. Pero la negación de Pedro fue pública, y ahora Jesucristo, ahí delante de los discípulos que estaban allí, comienza a hablar con él para restaurarle públicamente. Y la primera pregunta, y cada una de ellas, fueron incisivas, cortantes al corazón.
Y yo me pongo a pensar mucho que queremos la restauración, pero pocos queremos las preguntas que llevan a la restauración. Y Jesucristo hizo las preguntas para escarbar en su corazón y que él viera lo profundo que cayó, para que la restauración sea algo que él valore aún más. Y Jesucristo pregunta: "¿Me amas más que estos?" Ay, yo me imagino a Pedro, hermanos, recordando esa frase que él dijo: "Aunque todos te dejaren, yo no te voy a dejar, mi hermano". No, no, no. Y Jesucristo ahora dice: "¿Tú me amas más que estos?"
Habrán escuchado que las palabras para "amor" y "amar" ahí son muy importantes. Al principio leí un comentario como que decían que no eran tan importantes porque Juan las utiliza intercambiablemente. Pero en estos pasajes es increíble cómo una es sustituida por otra en el momento indicado para expresar algo que Pedro sentía y que Jesús le quería llevar. "¿Me amas incondicionalmente? Ágape. ¿Me amas?" Pedro responde: "Sí, Señor, yo te amo con un afecto especial, yo te quiero".
Yo no sé si tú alguna vez has ofendido a alguien seriamente, le has traicionado, has roto tu palabra y has quedado muy mal ante esa persona. Me llega a la mente una infidelidad a tu esposo, a tu cónyuge. Me llega a la mente algo que prometiste, algo importante, y no lo cumpliste ante alguien que tú aprecias. Pero ahora estás delante de esa persona y tú sabes qué hay en tu corazón, muy en sentimientos y todo eso. Tú quieres decirle: "Mira, perdón, yo te amo de más". Pero no te atreves porque la otra persona lo que va a decir es: "¿Que tú me qué? Pero tú no viste lo que tú hiciste".
Pedro no se atreve a decir: "Yo te ágape, Señor, yo te amo incondicionalmente". No, no tengo de dónde sacar para sustentar eso. "Señor, tú sabes que yo te quiero". La autoconfianza de Pedro había sido desbaratada ya, triturada como Jesús quería, como él quiere para con nosotros. Ya no más preguntas o respuestas impetuosas y repentinas; ahora eran respuestas pensadas y humildes. "Yo sé para lo que doy, Señor, yo te quiero".
Jesús le hace la última pregunta, como ustedes pudieron escuchar, de una forma en que ahora él no solamente le pide: "¿Tú me amas incondicionalmente?" "No, bueno sí, pero yo te quiero". Y ahora le hace otra pregunta. Jesús dice: "¿Tú me quieres?" O sea que ni siquiera el nivel de amor más sencillo y básico. Jesucristo está como haciéndole saber a Pedro, convencido de que eso es lo que siente. Pedro analiza: "De bien, ¿tú me quieres?" Y Pedro al final suelta las riendas y todo, dice: "Señor, tú lo sabes todo. Tú supiste que yo te iba a negar. Tú me miraste a los ojos y lo confirmaste. Señor, yo no tengo más nada que decir, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero".
Oh, glorioso el momento cuando ya no tenemos argumentos. Y ya no se basa en lo que sabemos ni en lo que creemos ni en nuestra fuerza, sino en tu sabiduría, Señor, tú sabes lo que hay. Porque allí hay humildad, allí hay dependencia, allí el enfoque está en él y no en mí, allí la gloria es suya y no mía.
El teólogo y autor Andreas Köstenberger dijo en su comentario de Juan: "Tal vez, por fin, Pedro haya aprendido que no puede seguir a Jesús con sus propias fuerzas. Y se ha dado cuenta de lo hueco y vacío que sería afirmar la lealtad a Jesús de una manera que se base más en su fuerza de voluntad que en la capacitación que proviene de Jesús".
Allí es donde Jesús nos quiere, para entonces decirle lo que le dijo a Pedro tres veces. "Tres veces me negaste, Pedro; tres veces responderás cuál es tu tipo de amor. Tres veces me negaste, Pedro; tres veces dirás cuál es tu tipo de amor. Pero tres veces recibirás de mí algo que te había dicho antes: Apacienta mis ovejas, pastorea mis corderos. Sé un pastor para esta nueva generación que creerá en mí".
Yo hubiera sido el juez en ese momento, hermano, y el currículo de Pedro estaba ya tachado, engavetado con el zafacón, y hubiera dicho: "Siguiente". Pero Jesús es capaz de sacarnos de lo más bajo de nuestro pecado y llevarnos hasta ser útiles para su obra. Y es algo incomprensible e inentendible. Yo no lo puedo captar en mi mente: ¿de dónde él saca un pecador para decir "tú me representas, pastoréalos por mí, son mis ovejas, están en tus manos"?
Y en este salón no hay ninguna persona que pueda decir: "Yo no he negado a Jesús". Todos somos Pedros sentados aquí. En algún momento con mi boca, pero aún más con mis acciones, he proclamado y expresado: "Yo no conozco a ese hombre". Que si otros me vieran hubieran dicho: "¿Verdad que típico? No un poco de discreción". Porque le he negado muchas veces.
Pero nuestro gran Salvador, gracias a su gracia, no se limita a nuestras negaciones. No, él desea nuestros arrepentimientos y que desarrollemos un amor no autoconfiado, sino humilde, que sea caracterizado por obediencia fiel. "Ahora te toca hacer esta restitución, Pedro. ¿Tú me amas? ¿Tú me quieres? Bueno, ahora te tengo una labor. Muestra tu amor obedeciendo mi llamado: pastorea mis ovejas".
Aquí está el corazón del amor genuino: lo que sientes se demuestra no solo en palabras, sino en obediencia fiel día tras día. Y cuando falles, vuelves arrepentido ante los pies de tu Salvador y le dices: "¡Te he negado, Señor! Restáurame". Y él será fiel en restaurarte.
¿Tú conoces ese amor, hermano? ¿Tú lo has vivido? ¿Hay algún Pedro aquí entre nosotros? Yo soy uno de ellos. Yo he sido uno de ellos muchas veces. Si hay alguien que puede señalarme, primero que ustedes, es mi Salvador. Pero mi esperanza está basada no en mi currículo y desempeño, gracias a Dios, sino en su obra increíble de salvación y perdón en la cruz que me lleva a restauración. Eso está disponible para todo el que lo quiera si se arrepiente y viene humillado ante él. ¿Creyente o no creyente? El estándar aquí no es un Pedro o un fulano: "Mira qué él, mira qué él, mira qué él". No. El estándar aquí es Cristo, su amor increíble, y yo me humillo ante él.
Y este Pedro fue evidentemente restaurado y cambiado. Fue usado por Dios de una forma única. Predicó el primer sermón después que la iglesia inició y se convirtieron tres mil personas, y miles y miles más con más predicaciones. Este hombre no solamente hizo eso, sino que escribió un par de cartas que estamos estudiando en los próximos dos domingos. Y en esas cartas ministró a iglesias, pero lo que asombra es el contenido de esas cartas, conociendo la historia de este hombre.
Te voy a leer un par de pasajes solamente para que entiendas. Primera de Pedro 4:8: "Sobre todo, sean fervientes en su amor por los otros, pues el amor cubre multitud de pecados". "I've been there". Yo estuve ahí, yo te lo puedo decir: el amor cubre multitud de pecados. Yo lo viví. Primera de Pedro 5:5: "Revístanse de humildad en su trato mutuo, porque Dios resiste a los soberbios". Yo estuve allí. "Pero da gracia a los humildes". Yo estuve allí. Es Pedro escribiendo, hermano.
Tú y yo podemos ser usados, no importa la situación. Obviamente él es quien define el nivel de uso. Pero no hay nada desperdiciado en la vida de un hijo de Dios: victorias, derrotas, pecados. Todo Dios lo puede usar para su reino y para su eterna gloria.
Yo voy a terminar con dos cosas: una, leyendo un pasaje, y otra, volviendo a Robert Robinson. Romanos 8:34 dice: "¿Quién es el que condena? Cristo es el que murió, sí, aún más, el que resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros". Hay alguien clamando por ti ahora. Créelo y goza tener eso. Los historiadores no se ponen de acuerdo con la vida de Robert Robinson, pero una vertiente muy grande dice que la historia continuaba de esta forma.
Él, un hombre sin fe, lejos de Dios, un día se monta en un carruaje, una diligencia donde se montaban pasajeros de un lugar a otro. Y allí se sienta al lado de una mujer que tiene un himnario abierto. La mujer lee el himno y le menciona a este hombre: "Este himno es mi favorito, mire lo que habla". Y Robert trata de cambiar el tema y volverse para otra cosa, porque él reconoce que es el himno que le escribió hace años atrás cuando él estaba bien con Dios. Pero la mujer insiste.
Y la historia dice que Robert dice: "Mira, mujer, yo fui el que escribí ese himno, pero no sabes cuánto yo daría por volver a conocer a ese hombre feliz, gozoso, que escribió ese himno hace muchos años atrás. Y yo daría lo que fuera por redescubrir ese gozo que tenía en ese entonces".
Y yo diría que en ese momento de la historia, en ese encuentro con esa señora anónima en ese carruaje, Dios usó la misma palabra que él escribió, llena del evangelio, compartida nuevamente por esta señora predicándole a él, al autor del himno. Y allí él se arrepintió y lo llevó Dios a una comunión restaurada con Aquel de piedad inagotable, abundante en perdonar. Hay esperanza, hay esperanza por Aquel que restaura.
Oremos. Yo quiero comenzar esta oración dirigiéndome a ti que estás aquí y que sabes que el Señor te está pidiendo algo hoy. Lo principal que quiere pedirte es que si reconoces que le has negado y has caminado lejos de Él, evidentemente lo que Él quiere es que lo reconozcas y hoy, con tu corazón abierto y sincero, le digas: "Señor, me arrepiento".
Si tú eres alguien así, háblale a tu Señor claramente. No tienes que usar palabras grandiosas como Pedro pensaba y usó. Solamente dile: "Señor, mi amor es muy bajo y Tú lo has visto. Yo te he negado, yo me he apartado, pero yo quiero arrepentirme. Yo quiero arreglar mi relación contigo. Hoy yo quiero salir de aquí escuchándote decir que me has perdonado y que lo poco que puedo hacer por Ti, Tú lo quieres usar. Señor, perdóname por mi autoconfianza, por mi orgullo, por mi propia sabiduría, mis argumentos que quieren esquivar Tu verdad. Señor, perdóname. Ayúdame a reconocer que yo soy débil sin Ti".
Ya no, Señor. Ayúdame a saber que tenemos a un Salvador que es digno de todo lo que somos, digno de la canción, de la alabanza, del servicio, y hasta el último segundo de nuestra vida. Te pedimos en el nombre de Jesús. Amén, amén. Que el Señor les bendiga.
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Joel Peña sirve como uno de los pastores de la Iglesia Bautista Internacional, donde también dirige el ministerio de consejería bíblica. Es ingeniero industrial con estudios de posgrado en Productividad y Calidad, y sirvió en su profesión por 13 años antes de dedicarse al ministerio pastoral. Completó un Doctorado en Ministerio en el Southern Baptist Theological Seminary. Está casado con Angélica Rivera y juntos tienen dos hijos, Samuel y Abigail.