Integridad y Sabiduria
Sermones

La aflicción cultiva tu santidad

Miguel Núñez 31 enero, 2021

La aflicción no es enemiga de la fe, sino instrumento divino para cultivar santidad. Esta verdad, difícil de abrazar, emerge con claridad cuando se observa cómo el apóstol Pedro escribe a cristianos perseguidos, dispersos por lo que hoy sería Turquía, personas que enfrentaban pérdidas reales por seguir a Cristo. En lugar de ofrecerles solo consuelo, Pedro los desafía con un llamado exigente: sean santos como Dios es santo.

El texto de 1 Pedro 1 presenta seis recomendaciones concretas para atravesar tiempos difíciles. Preparar la mente para la acción, como quien recoge su túnica para correr. Ser sobrios en espíritu, dejando atrás la superficialidad. Fijar la esperanza en la gracia que viene con Cristo. No conformarse a los deseos de la vida anterior. Buscar santidad en toda área de la vida, no solo en la iglesia o el hogar, sino en el trabajo, las redes sociales, las conversaciones, las compras. Y conducirse con temor reverente hacia Dios durante este peregrinaje entre la primera y la segunda venida de Cristo.

El pastor Núñez señala que la pandemia ha revelado cómo muchos cristianos han inclinado sus hábitos hacia la carne cuando no hay disciplinas de piedad cultivadas. Cita a Kevin DeYoung para preguntar: ¿podemos arrodillarnos después de nuestro entretenimiento y agradecer a Dios por él? La aflicción funciona como el bisturí de Dios, extirpando células cancerígenas del alma. A veces sin anestesia, cuando nos resistimos a la gracia que él ofrece antes de la cirugía. Pero el propósito es siempre el mismo: conformarnos a la imagen del Hijo.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Por favor, Señor, vivimos en un mundo de terreno movedizo, pero qué bueno que en ese mundo también hay una roca donde nosotros podemos edificar nuestra morada. Nosotros hemos cantado de la firmeza que nosotros tenemos en ti, hemos cantado de la necesidad que tenemos cada uno de nosotros de que tú abras nuestros ojos. Y ciertamente, Señor, hay áreas oscuras en la mente y en el corazón de cada uno de tus hijos en todos los momentos de la existencia de este lado de la gloria.

En este momento yo te pido que tú abras mis ojos. Primero hacia tu satisfacción, primero hacia tu Palabra, que tú uses tu Espíritu para iluminar mis propias áreas oscuras, que tú nos permitas a todos ver por medio de tu Palabra aquello que no podemos ver, o que quizás podíamos ver pero no quisimos ver, o quizás podíamos ver pero de alguna forma ni siquiera entendíamos que necesitábamos ver.

Señor, nosotros estamos aquí a tu convocatoria, nosotros estamos aquí porque entendemos que tú tienes algo que decir. Si tú no tuvieras nada que decir, pues no habría sentido de estar. Yo quiero hablar lo que tú entiendas yo necesite hablar. Yo quiero pedirte, Señor, que a pesar de lo que yo haya podido poner por escrito, si tu dedo quiere escribir nuevas cosas en las líneas de mi corazón, yo te pido que tú las hagas salir de manera que sea tu trabajo, no el mío; tu mente, no la mía. Aquí estamos para hacer tu voluntad, no la del hombre.

Señor, glorifícate en lo que se diga. Gracias porque a través de las canciones nos has ministrado, a mí me has ministrado. Sé que lo hiciste con uno o pienso que lo habrás hecho con muchos. Para el resto de la hora, cierra nuestra mente a la distracción, cierra nuestros ojos a todo lo que no tenga que ver contigo, enfoca nuestra atención en lo que tú tienes que decir. Y que al final yo pueda salir de aquí pensando: Dios se sentó conmigo, ahora, cara a cara, y conversó conmigo. Que lo pido en el nombre precioso de tu Hijo. Si su pueblo dice, amén.

Les pido que puedan abrir su Biblia o encenderla, Primera Carta de Pedro, capítulo uno, continuando con esta serie que retomamos del domingo anterior y que titulamos "Viviendo con una perspectiva eterna". Hoy es la continuación de esa serie. Una carta que Pedro escribió a un grupo de personas expatriadas que estaban fuera de Jerusalén, fuera de Palestina, distribuidos en un área que hoy pudiera ser considerada, dijimos, como lo que es la Turquía moderna, un área no pequeña, quizá doscientos mil kilómetros cuadrados.

Imagínate lo que era enviar una carta a un área tan grande con las limitaciones de los medios de comunicación de aquel entonces, y pensar que tú tenías la esperanza de que esa gente la iba a recibir, la iba a leer y se iba a beneficiar de ella. Pedro está tratando de animar a gente que estaba bajo la persecución, gente que está en dificultad, gente que no tiene la compañía de los apóstoles, gente que no tiene la seguridad de la familia en el área de Palestina, gente que estaba viviendo quizás los peores tiempos, pero al mismo tiempo los mejores tiempos.

Todo el que está viviendo de este lado de la cruz y que conoce a Cristo, le ha tocado vivir los mejores tiempos, de las mejores bendiciones, con las mejores garantías, con el mejor pacto, con la mejor ternura que él pueda experimentar, en medio quizás de los peores tiempos, como quizás nosotros pudiéramos decir que estamos.

Yo he titulado mi sermón en esta mañana: "La aflicción cultiva tu santidad". Hay de inicio dos palabras que no nos son muy atractivas. Cuando pensamos en la aflicción, inmediatamente quisiéramos no tener que hablar de ella, y cuando pensamos en santidad tampoco. Y la razón es que nosotros tenemos una idea muy negativa de lo que la aflicción es, y como que a nosotros nunca nos parece la aflicción como una bendición, a pesar de que el salmista nos deja ver en el Salmo 119:75 y nos dice que fue bueno para mí ser afligido. Yo pudiera decir: fue una bendición para mí ser afligido. De manera que yo necesito comenzar a cambiar el entendimiento que le damos a lo que es la aflicción bajo la providencia de Dios.

Por otro lado, la palabra santidad no necesariamente es una palabra atractiva para nosotros tampoco. Frecuentemente como que nos suena a castigo, a disciplina, a esfuerzo, a legalismo, a antigüedad, a antievangelio, a pesar de que Dios usa la palabra no menos de seiscientas veces en su revelación. De hecho, hay algo que nosotros necesitamos entender con más claridad. Hablamos de que Jesús fue a la cruz a pagar por nuestros pecados, pero eso fue solo el inicio. La realidad es que en el último sentido de la palabra, en el mejor sentido de la palabra, Cristo fue a la cruz a hacernos santos como él es santo.

Ahora, uno no esperaría que Pedro enviara una carta a gente que estaba bajo persecución y aflicción en los términos en que Pedro lo hace. Nosotros no esperaríamos que gente que estaba bajo presión, incluso perdiendo vidas, reciban un estímulo a permanecer llamándolos a la santidad. Hubiésemos pensado que Pedro hubiese hecho uso más frecuente de otros atributos de Dios como su amor, su gracia, su misericordia, su compasión, su bondad y el poder para sostenernos en medio de la debilidad. Pero Pedro le da un giro completamente distinto.

Pedro entendió algo que si tú lo entiendes, llegarías a la misma conclusión que Pedro. Llegarías a decir: tiene todo el sentido de la palabra que Pedro hable de estas cosas a personas que están en estas condiciones. Porque si hay algo que la experiencia ha demostrado es que aquellos que atraviesan dificultad, tribulación, tenemos una tendencia natural, una inclinación a dos debilidades de la naturaleza humana. Una es la desesperanza y la otra es la mundanalidad.

La desesperanza, porque a veces nos cansamos en el camino y pensamos como que no hay manera de salir de este lugar, de esta situación, y ya no tengo forma de continuar hacia adelante. De manera que eso es una tendencia, una inclinación de la naturaleza caída en medio de la aflicción. Pero la otra tendencia es a la mundanalidad, porque resulta que en medio de ese cansancio, en medio de lo que yo siento es un cansancio físico, yo comienzo a experimentar la necesidad como de relajar el cuerpo y dejarlo descansar, olvidando todo el tiempo que mi energía corporal depende directamente de mi energía espiritual.

Necesito decir eso otra vez, porque eso no es algo sobre lo cual nosotros meditamos con frecuencia: mi energía corporal está directamente relacionada a mi grado de energía espiritual. La Palabra de Dios lo dice de diferente manera, pero quizás el pasaje que más claramente ilustra lo que acabo de decir es el pasaje de Isaías 40, que tú conoces también como yo, donde dice que los que esperan en el Señor renovarán sus fuerzas. Nota en primer lugar, antes de continuar, la relación inmediata y directa entre lo que es esperar en el Señor y lo que es la renovación de mis fuerzas físicas, literalmente hablando.

Hay algo, hay una forma como yo me relaciono con Dios, como yo confío en Dios, como yo confío en su providencia, que permite que mis fuerzas físicas sean renovadas. E inmediatamente después Dios me da dos o tres figuras del habla o metáforas para ayudar a entender que está hablando en términos físicos: se remontarán con alas como las águilas, las águilas que alcanzan grandes alturas; correrán y no se cansarán, caminarán y no se fatigarán. Está hablando de la condición física de aquellos que esperan en el Señor.

Estos son tiempos difíciles lo que estamos viviendo. Tenemos unos años más o menos en medio de esta pandemia. Pero sabes que la dificultad de este tiempo es solamente relativa, de hecho, completamente relativa, tanto en términos de eras que la humanidad ha vivido como en términos de personas individuales. Nosotros estamos cansados, decimos nosotros de SUMA, pero estamos cansados de SUMA: un aire acondicionado, con sillas cómodas, con tres comidas, muchas veces en casas amplias. Pero quizás cuando yo comparo eso con una familia de siete, ocho personas en una casa de setenta metros cuadrados de zinc, bajita, sin aire acondicionado, con pocas ventanas y nada de diversión, entonces mi dificultad no es tan severa.

O cuando yo comparo esta pandemia con la pandemia del flu de 1918, que dejó cincuenta millones de muertos después de cinco millones de muertos que la Primera Guerra Mundial había dejado, quizás no es tan severa. De manera que la severidad de estos tiempos, la dificultad de estos tiempos, el aburrimiento que aparentemente estos tiempos han producido es simplemente en términos relativos.

Y la Palabra de Dios conoce... Si hay algo que yo aprecio de la Palabra de Dios es cómo que cada situación que tú vivas, si tú la escarbas bien, tú encuentras algo parecido en la Palabra sobre lo cual Dios ha dicho algo. Y en los tiempos de Jeremías, aparentemente había un grupo o había personas, quizás hasta el mismo Jeremías, que en un momento dado se había cansado, y Dios había entendido, estaba entendiendo como que no había razón para ese grado de cansancio. Y en Jeremías 12:5 Dios dice: "Si corriste con los de a pie y te cansaron, ¿cómo vas a competir con los caballos? Si caes en tierra de paz, ¿cómo te irá en la espesura del Jordán?"

Yo hablaba con un grupo de veintiocho a treinta líderes de jóvenes ayer, y conversábamos justamente acerca de estas cosas y aun de este mismo pasaje. Y les decía: estos tiempos realmente ahora mismo, comparados con otros, si los que vienen son como tiempos de caminar, no son tiempos de correr con los de a caballo. Si nos cansamos ahora, ¿cómo vamos a correr en tiempos más difíciles? Si estamos corriendo en un terreno llano, ¿cómo es que vamos a poder correr en la espesura del Jordán? Escucha cómo la Nueva Traducción Viviente lo dice.

Si te cansa competir contra simples hombres, ¿cómo podrás correr contra caballos? Si tropiezas y caes en campo abierto, ¿qué harás en los matorrales cerca del Jordán? Lo que Dios está diciendo es: hay tiempos difíciles, y por ahí vienen tiempos peores. Si en los tiempos difíciles te has cansado, si en los tiempos difíciles te has tropezado, si en el campo abierto no has podido mantenerte en pie, ¿qué va a pasar cuando tengas que correr en medio de los matorrales del Jordán? En medio de tiempos verdaderamente complicados.

¿Qué va a pasar si tuvieras que reunirte en China, subterráneamente, a escondidas, con el temor todo el tiempo de que alguien va a tocar a la puerta y te va a venir a llevar preso a un campo de concentración, como ha ocurrido en múltiples sucesos? O en un país árabe donde el cristianismo está prohibido, donde la gente tiene que incluso caminar y vivir con una identificación que realmente no pertenece a lo que él o ella es. Esos son tiempos complicados.

Y con eso en mente, piensa ahora en el texto de la carta de Pedro, a gente que está en dificultad, en aflicción, en persecución, con pérdida de familiares, justamente por abrazar la fe cristiana. Escucha lo que Pedro les dice, versículo 13: "Por tanto, preparen su entendimiento para la acción. Sean sobrios en espíritu. Pongan su esperanza completamente en la gracia que les traerá la revelación de Jesucristo. Como hijos obedientes, no se conformen a los deseos que antes tenían en su ignorancia, sino que así como aquel que los llamó es santo, así también sean ustedes santos en toda su manera de vivir. Porque escrito está: Sean santos porque yo soy santo. Y si invocan como Padre a aquel que imparcialmente juzga según la obra de cada uno, condúzcanse con temor durante el tiempo de su peregrinación."

Yo no creo que si nosotros hubiésemos escrito esta carta, hubiésemos usado ese lenguaje que Pedro usó. Porque este lenguaje en este texto no es uno de consolación, es uno de desafío. Justamente para que ellos pudieran estar listos para tiempos duros, desafiantes, opresivos, dolorosos. Uno esperaría, como yo decía, una carta que fuera más alrededor de los atributos más apropiados para tiempos como esos. Sin embargo, Pedro está consciente de que si él no prepara a sus lectores para lo que viene o para lo que ya están enfrentando, la posibilidad de que ellos puedan sobrevivir espiritualmente hablando sería menor. Y entonces él hace una serie de recomendaciones.

Escucha la primera. Recomendación número uno: preparen su entendimiento para la acción. La idea en el lenguaje original, literalmente hablando, es como una figura que trae a la memoria algo que ocurría en la antigüedad. En la antigüedad la gente se vestía con una bata que no tenía cinturón. Por tanto, a la hora de ir a la guerra, la gente recogía su bata y la metía dentro del cordón que iba a la cintura. Es similar a lo que los judíos tuvieron que hacer el día que el Señor los llamó a celebrar la Pascua, donde les dice que estuvieran listos y que comieran la Pascua con la vara en la mano, con la bata recogida y metida ahí en el cordón, y que la tomaran y la comieran de pie.

En este caso, esa es la figura que Pedro está usando, de manera que nosotros pudiéramos decir que Pedro está diciendo: recoge tu mente. Arremángate tu mente, como nosotros diríamos arremángate los pantalones hoy, o arremángate las mangas. Pero está diciendo: recoge tu mente. Los pensamientos, ideas, imágenes que están como revoloteando alrededor de tu mente o dentro de tu mente, que te están quitando enfoque, atención, que te están distrayendo, que no te permiten tener una mente alerta, recoge todo eso y prepárate para la acción.

Pedro sabe el peligro, las consecuencias, los resultados de tener una mente que no está enfocada correctamente. De ser así, yo no tengo ni siquiera un chance de poder terminar bien. Y muchas veces el cristiano se da el lujo de permitir muchísimas imágenes, ideas, pensamientos, conversaciones y una serie de cosas que penetran en su mente, que pueden contaminar su mente y que no nos permiten pelear la carrera bien, la pelea bien, que terminan distrayendo esa vida y haciéndonos pensar completamente distinto. Como nosotros pensamos, así vivimos. Si tú me ves vivir, tú sabes cómo yo pienso. Si yo te veo vivir, yo sé cómo tú piensas. De hecho, la única manera de una persona poder cambiar su forma de vivir es cambiando su forma de pensar.

Y Pedro nos dice: preparen la mente para la acción. Aquí no hay nada pasivo. Es como decirnos: deja a un lado tu pereza mental, deja a un lado tu mundanalidad mental, deja a un lado todo eso que te puede distraer y ponte en alerta, enfoca tu mente hacia lo eterno. Más allá de que esa es la recomendación número uno, hay una disposición mental que yo requiero para poder pelear o batallar o correr en medio de estos tiempos difíciles que estamos hablando y cualquier otro que pueda venir de camino.

Segunda recomendación: sean sobrios en espíritu. Recuerda, esta gente está bajo persecución, esta gente está bajo aflicción, está en dolor. Y Pedro les dice: ¿sabes qué? Yo tengo que darte alguna recomendación. La segunda: tú necesitas ser sobrio en espíritu. Si tú quieres triunfar en medio de esa dificultad, tú tienes que dejar a un lado la superficialidad de la vida. Tienes que dejar a un lado el deseo por las cosas temporales. Tienes que dejar a un lado el disfrute de la fama, el disfrute de los placeres de la carne que llaman la atención. Y en su lugar, entonces tú necesitas una actitud sobria frente a la vida. Ese "sean sobrios en espíritu" es un llamado a la vida disciplinada, eso es un llamado a dejar a un lado los excesos, eso es un llamado a dejar a un lado la carnalidad de este mundo.

Cuando tú hablas de autodisciplina frecuentemente, en ciertos círculos suena eso como a legalismo. La realidad es que la Palabra de Dios está llena de instrucciones acerca de la necesidad que tú y yo tenemos de autodisciplinarnos, y sobre todo en el Nuevo Testamento. En el Nuevo Testamento hay un llamado a la autodisciplina en 1 Tesalonicenses 5:6, en 2 Timoteo 1:7, en Tito 1:8, en 2 Timoteo 1:5, y aquí en 1 Pedro 1:13, entre otras. Una persona de espíritu sobrio es una persona que está bajo el control del Espíritu de Dios. Y eso es vital que yo lo pueda recordar, porque es ese control del Espíritu de Dios que me mueve en la dirección de los propósitos de Dios. Es ese control del Espíritu de Dios que hace que mi mente pueda enfocarse en la dirección en la que yo debo enfocarla.

Tercera recomendación. El apóstol Pedro dice: pongan su esperanza. Nota cómo estos verbos son todos como imperativos. Sean de espíritu sobrio. Pongan su esperanza completamente en la gracia que ha de venir. Preparen su mente para la acción. La gracia que se les traerá en la revelación de Jesucristo. Es un llamado claro a yo reconocer que yo vivo aquí abajo, pero tengo que tener mi mente allá arriba, en el reino venidero. Que aquí abajo esta vida es insuficiente, es insatisfactoria, para que yo pueda vivir satisfactoriamente, completamente, todo el tiempo, de este lado de la eternidad, porque yo no estoy ahí.

Yo lo recordaba a este grupo de líderes de jóvenes ayer. Nosotros no estamos en el jardín, aun después de nacer de nuevo. Y la forma más fácil de reconocer eso es viendo lo que había en el jardín que hoy nosotros tenemos y que no estaba, no formaba parte del jardín. Aquí todavía nosotros tenemos lágrimas y dolores, y sufrimientos, y pérdidas, y decepciones, y desilusiones, e inseguridades y temores. Nada de eso formaba parte del jardín. Cuando Adán y Eva fueron expulsados del jardín, ahí afuera del jardín, yo he sido renovado, yo he sido redimido, pero yo permanezco todavía afuera del jardín, y yo estoy ahora de regreso al jardín. Yo estoy en un peregrinaje entre lo que fue la primera venida de Cristo y la segunda venida de Cristo, pero yo no estoy en el jardín.

Y lo que Pedro estaba haciendo, a lo que Pedro estaba apuntando con estas tres primeras recomendaciones o exhortaciones, es a cultivar una mente radicalmente opuesta a la mente que tú y yo teníamos antes de nacer de nuevo. No es simplemente a cultivar una mente distinta, sino radicalmente distinta a la mente que tú y yo teníamos antes. ¿Por qué? Porque eso va a producir un estilo de vida radicalmente diferente después de creer en Cristo.

Me perdonan si me refiero varias veces a mi reunión con estos líderes ayer, pero ocurrió y algunas cosas fueron interesantes. Uno de ellos levantó la mano al final. Creo que fue la primera pregunta: "En su pastorado, ¿qué es lo que a usted más le carga en su interacción con las ovejas?" Y sin pestañear yo le decía: la ausencia de una mente bíblica en los hijos de Dios. Quizás eso no tenga para ti el mismo peso, la misma connotación, pero si tú tienes un corazón pastoral, cuando tú ves la ausencia de esa mente bíblica, debe cargarte, porque tú conoces que es esa mente no bíblica lo que va a producir los dolores y las consecuencias que vendrán en tu dirección.

Paul David Tripp, en su último libro "Lead" o "Lidera", tiene una frase que todos nosotros conocemos como hasta la mitad, y la otra mitad como que tiene sentido pero no la habíamos oído quizás de esa misma forma articulada. Escucha: la batalla todavía ruge, sabemos dónde, en tu mente. Esa es la primera mitad: ruge en tu mente. Pero escucha ahora: la batalla ruge en tu mente por el gobierno de tu mente. Satanás quiere gobernar tu mente. Tu carne quiere gobernar tu mente.

Este movimiento de la ideología de género está tallando a nivel de tu mente, por el gobierno de tu mente, y la manera como lo está haciendo corresponde a toda una estrategia con organismos internacionales y fondos internacionales detrás, tratando a través de las redes, tratando a través de películas, tratando a través de muñequitos para niños, de poder introducir un cambio de tu mente que produzca un cambio de vocabulario que nos permita vivir de una forma completamente diferente a lo que Dios estaría aprobando. Yo no estoy especulando acerca de este movimiento, yo estoy pasando básicamente la información que ya se conoce.

Y si nosotros no tenemos la mente preparada para la acción, vamos a tener una gran dificultad en diferenciar lo profano de lo sagrado. Y eso fue precisamente una de las acusaciones que Dios le hizo a los pastores de Israel a través del profeta Ezequiel: que cuando se trataba de su pueblo, ellos no le enseñaron a diferenciar lo profano de lo sagrado. Yo decía esta mañana, yo espero que a la hora que yo tenga que rendir cuentas, quizás otras cosas estén sobre el tapete, pero que esa no sea una.

Cuarta recomendación: como hijos obedientes no se conformen a los deseos que antes tenían en su ignorancia. Este es otro llamado, esto es imperativo también: no se conformen a los deseos que antes tenían. Pero admite que hay deseos, porque hay deseos que antes teníamos en la ignorancia cuando no conocíamos a Cristo. Pero está diciendo: ahora que ustedes conocen a Cristo, ahora que han sido empoderados por el Espíritu Santo, a ustedes no les queda bien volverse a conformar, a adoptar hábitos y patrones de pecados que corresponden a la vida anterior. Y como hijos obedientes deberían exhibir otro patrón de vida.

De manera que te está reconociendo que hay dos tipos de hijos: hijos obedientes e hijos desobedientes. Si ustedes tienen hijos, que muchos de ustedes tienen, saben que hay hijos obedientes e hijos desobedientes. Del mismo hijo que obedece un día, es el hijo que desobedece otro día. Unos hijos se esfuerzan extremadamente por complacer a Dios, por amor a Dios, y no por amor a las consecuencias. Y otros hijos tienen mucho menos esfuerzo en esa dirección.

La realidad es, como hemos dicho tantas veces, la desobediencia nos causa muchos problemas, pero la obediencia no está tan complicada a la luz de lo que Cristo revela. Si hay algo que aprendí de la persona de Cristo cuando Él vino, es que Él tomó conceptos como complejos, complicados, parcialmente revelados, y les dio como la vuelta, o lo completó, le dio otra luz o trajo más luz para entenderlos mejor. Y Cristo realmente simplificó la manera como yo debo entender la obediencia. Y hemos hablado de esto múltiples veces. Cristo dice simplemente: si me amas, obedeces mis mandamientos. No es tanto reglas de lo que puedes hacer, lo que no puedes hacer; lo que necesitas es entender que necesitas amarme con toda tu alma, toda tu mente, toda tu fuerza, sobre todas las cosas. Y si me desobedeces, ¿qué implica? Señor, puede implicar varias cosas. Quizás no me amas. Quizás no me amas lo suficiente. Quizás me amas, pero te amas más a ti mismo que a mí, o quizás amas más las pasiones de la carne que los deleites de Dios.

Y Pedro se dirige a hijos obedientes en medio de la tribulación, en medio de la aflicción, en medio de la persecución, y los exhorta que no se conformen a los patrones y a la vida propia del viejo hombre, propia de la ignorancia en medio de la cual se encontraban. Y el apóstol Pablo hace exactamente lo mismo en Romanos 12:2, cuando él nos llama a no conformarnos a los patrones de este siglo. Una de las traducciones, comunes de J.B. Phillips, es como una paráfrasis, se dice: no permitas que el mundo te dé su forma, sino más bien, transformados por medio de la renovación de vuestra mente. Ya está la mente otra vez, porque mi mente es la que le da forma a mi estilo de vida. Necesitamos que renueves tu mente, porque la renovación de tu mente implica la renovación y la transformación de tu vida. Y ya no vives en la ignorancia, ya vives en el conocimiento, y como Dios nos ha dado todo su consejo, toda su voluntad, ya no puedo apelar a ignorancia a la hora de violentar algo que tiene que ver con la ley de Dios.

La cuarta recomendación del apóstol Pedro. Quinta recomendación: sean ustedes santos en toda su manera de vivir. Eso es una recomendación como pesada cuando tú estás bajo la persecución. Pero Pedro entiende, el problema es que fuera de esa santidad, en medio de la persecución, no hay manera que tú puedas sobrevivir.

Nota cómo el texto del versículo 15 completo lo dice: sino que así como aquel que los llamó es Santo —nota cómo él une el que llama con el llamado; si el que llama es Santo, bueno, supone que el llamado también es santo— así sean también santos ustedes. Pero no lo dejó así como está, porque Él no dijo sean santos, sino: en toda vuestra manera de vivir. Porque el versículo 16 dice: porque escrito está, sean santos, porque yo soy Santo.

Yo no creo que nosotros hubiésemos colocado eso en una carta dirigida a gente perseguida. No me parece, puedo estar equivocado, porque la gente que estaba bajo esta aflicción severa como que necesita consolación. Y Pedro está diciendo: no, no, tú necesitas consolación, ese fue el domingo pasado, cuando hablábamos nosotros, que nosotros estábamos viviendo los mejores tiempos en medio de los peores tiempos, y toda la bendición que nosotros hemos recibido simplemente por haber estado viviendo de aquel lado de la cruz, de aquel lado de la resurrección. Pero ahora Pedro entiende, hay un lado de la batalla que es esencial, que requiere acción, que requiere preparación, que requiere valentía, pero no solamente eso, sino que requiere cercanía a Dios y conformación a la mente de Dios y a la persona de Dios.

Y la aflicción tiene la capacidad... La aflicción tiene la misma capacidad que tiene el fuego. El fuego que derrite la cera, he debido decir esto otras veces, es el mismo fuego que endurece el ladrillo. Y algunos, o muchos, no sé, pero se han acercado en consecuencia, algunos a nosotros los pastores, y nos han confesado que durante este tiempo de pandemia su fe se ha enfriado, su pasión, su fuego se ha ido apagando, y que su vida se ha inclinado en una dirección que no es la de Dios. Pero sabía que no había manera de sostenernos ante la dificultad a menos que estemos caminando muy cerca de Dios.

Y es obvia la razón: la cercanía a Dios es lo que produce la llenura del Espíritu, la llenura del Espíritu es lo que produce el dominio propio, el dominio propio es justamente lo que me permite ser sobrio y preparar la mente para la acción. El dominio propio es lo que me permite ser sobrio en el Espíritu y preparar la mente para la acción, como vimos en el versículo 13 cuando comenzaba.

Y entonces, así como el que nos llamó es Santo, el llamado entonces es a ser conformado a la imagen de su santidad. Pero mira cómo: en toda vuestra manera de vivir. No en el hogar, no en la iglesia, no en un estudio bíblico; no, en toda vuestra manera de vivir. Y eso incluiría entonces, me voy a ayudar a todos a digerir: en mi trabajo, en mi tiempo de diversión, en mi tiempo de televisión, en las redes sociales, en mis conversaciones, en mis relaciones, en mis compras, en mis ventas, en mi práctica profesional, en mis relaciones humanas, en el vocabulario que yo uso, en el vocabulario que no uso, en las bromas que hago, en el sarcasmo que no uso, en la paciencia que muestro, en la mansedumbre que exhibo, en la ira que no tengo, en el orgullo que procuro matar, en la humildad que estoy tratando de cultivar, en la reconciliación que trato de buscar. Sean santos en toda vuestra manera de vivir, porque Dios es Santo.

De manera que una de las condiciones para poder correr con los de a caballo, para poder correr en los matorrales del Jordán, o cerca del Jordán, y permanecer, es justamente este nivel de dedicación, de santidad, de preparación del que Pedro nos está hablando. La aflicción a través de la cual están atravesando estos hermanos no era y no es nada más que el instrumento de Dios de purificar su fe. Y eso yo no lo estoy especulando. En esta carta, en este mismo primer capítulo, el apóstol Pedro nos dice en el versículo 7 que el fuego de la prueba purifica mi fe, que es más preciosa que el oro, de manera que al final esa fe sea hallada en loor y alabanza de nuestro Señor Jesucristo.

El calor de la aflicción ha sido diseñado para quemar las impurezas de mi fe y prepararme de una mejor manera, no solamente para seguir a Cristo, sino también para resistir la aflicción. De ahí que el título de mi mensaje es: la aflicción cultiva tu santidad, literalmente hablando.

Durante esta pandemia muchos cristianos, algunos nos han confesado a nosotros, otros lo he leído de otros pastores, lo he oído de otros pastores, han hablado de cómo sus patrones de consumo en televisión y en redes sociales de otro tipo se ha ido en la dirección de la carne. Yo creo que eso era algo predecible, porque cuando no tengo hábitos de piedad, de santidad cultivados, ¿qué hago después de un toque de queda a las 12 del día del sábado y el domingo hasta el otro día que abran por unas horas y vuelven y me cierren por la mayoría de las horas? ¿Qué hago? ¿A dónde está mi mente? ¿En dónde trato de ocupar ese tiempo? ¿En qué trato de ocuparlo?

Escucha lo que Kevin DeYoung escribió en un libro que ya tiene varios años de publicado, *The Hole in Our Holiness* o "El agujero en tu santidad". Él hace la siguiente pregunta: me pregunto si después de la mayoría de nuestros entretenimientos podemos sinceramente arrodillarnos y decir: gracias, Dios, por este buen regalo. Si después de la mayoría de nuestros entretenimientos, de nuestras pantallas, de lo que vemos, pudiéramos arrodillarnos delante de Dios y decirle: Señor, ¡wow! ¿Cuánto contribuyó eso a mi santidad? Gracias por el regalo.

Detente por un momento y piensa en las últimas semanas. Piensa cómo te has divertido, cómo te han entretenido, cómo te has relajado. ¿Tú pudieras decirle: "Señor, gracias porque en medio de la inactividad y la ansiedad, todo esto cultivó mi santidad y cultivó tu imagen en mí. Gracias por bendecirme"?

Hermanos, la línea entre la santidad y la mundanalidad no está borrosa. Nosotros la borramos, pero no está borrosa. David Wells, muy conocido por su entendimiento de la sociedad, sus cambios, con una cosmovisión cristiana, en su libro "God in the Wasteland" o "Dios en la Tierra de Basura" —un wasteland donde se echa la basura— dice lo siguiente: "La mundanalidad es cualquier cosa que hace lucir al pecado como normal y a la piedad como algo extraño." Algo que es pecaminoso, que tú sabes que Cristo llamaría pecaminoso, para mí me parece normal. Y la piedad... tú ves un hombre piadoso y se dice: "Sí, es un hombre piadoso," o una mujer piadosa y se dice: "¡Cómo es excéntrico! ¿Cómo es raro ese hombre? ¿Y qué tiene de raro? Hay muchas cosas que no hace, que no consume..." Que no es raro, sí, pero es un buen hombre. La línea no está borrosa.

"Pastor, pero yo no entiendo la santidad, porque no todo el mundo coincide en lo que es santo y no es santo." Bueno, no es tan complejo. A ver si podemos juntos, vengamos y razonemos juntos, y nos ponemos en una misma página. J.I. Packer, uno de los grandes hombres de Dios del siglo XXI, murió hace quizás un par de años, decía lo siguiente para ayudarnos a entender. Yo voy a citarlo y luego voy a tratar de pelar esa cebolla, como decimos, a tres capas de esa cebolla, para ver si acabamos de entender lo que él dice: "La santidad es parecernos a Cristo." Eso es fácil. Cualquier no parecido a Cristo, ya sea en algo que él no es, o que no es como él, en algo que sí es como él, o en algo por lo que él sí está preocupado y yo no lo estoy, eso no es santidad.

Vamos a ver si podemos desglozarlo. Número uno: cualquier cosa que yo haga, que yo piense, que yo deje de hacer, que yo vea, que yo diga, que no se parece a Cristo, no es santidad. Y si no es santidad, es pecaminosidad. Y en asuntos espirituales no hay terrenos neutros. Puede ser que lo que yo trato de ver como blanco y negro quizás no sea el estándar correcto para la gente, es correcto para medirlo, pero Dios tiene un estándar que elimina la neutralidad: o es o no es.

Segundo, desglosando la cita de Packer: ¿hay algo que Cristo sí es y yo no lo soy? Algo que él hace y que yo no hago, o que él haría y que yo no estoy haciendo, o algo que Cristo dice en su Palabra, pero que yo no lo digo, o yo no lo creo así, o yo no lo sigo así, eso no es santidad. Y si no es santidad, es pecaminosidad.

Tercero: si hay algo, algún pensamiento o alguna práctica por la que Cristo está preocupado conmigo y yo no lo estoy, eso no es santidad. Y si no es santidad, es pecaminosidad. ¿Ves que no está tan complejo definirla? Si realmente quiero entenderla.

Y Pedro nos recuerda que lo que Dios anunció —"sed santos, porque yo soy santo"— a los humanos nuevos en Levítico, ese mandato, en solo un libro del Pentateuco aparece varias veces de la misma manera: "Sé santo, porque yo soy santo." El más conocido es Levítico 19:44, pero aparece en varios otros pasajes. La palabra "santidad" aparece más de 600 veces en la Biblia.

Escúchenme, hay algunos versículos en la Biblia que hablan acerca de llenar necesidades físicas en otros, como alimentar a los hambrientos, los huérfanos, a las viudas, algunos. Hay dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete menciones de esas cosas. Hay 600 acerca de la santidad. Hay algunos versículos en la Biblia que nos hablan acerca de cómo ser un buen ciudadano y cómo comportarnos, pero 600 afirmaciones sobre la santidad en la Biblia. ¿Tú piensas que a Dios le importa la santidad?

Decía alguien, y yo creo que esto es como vital entenderlo: si Dios no es santo, y de hecho increíblemente santo, extraordinariamente santo, la Biblia entera no tiene sentido. Si Dios no es santo, ninguna de las consecuencias por el pecado tiene sentido. Si Dios no es santo, la cruz no tiene sentido. Si Dios no es santo, el infierno no tiene sentido. Si Dios no es santo, ninguna de las prohibiciones tiene sentido. Si Dios no es santo, ninguno de los mandatos tiene sentido. La única razón por la que todo eso hace sentido es por la santidad innegociable de parte de nuestro Dios. Y eso es bueno que yo lo pueda entender.

La santidad no está tan compleja. Escúchalo de otra manera: la santidad es ser de una misma mente con Dios. Es odiar lo que Dios odia, es amar lo que Dios ama. Es medir todo en este mundo por el estándar de la Palabra de Dios. Este es la plomada. Yo he de medir todo en este mundo y todo lo de mi vida por esa plomada. Lo que no está de acuerdo con la verticalidad de la plomada no es santidad. Y la aflicción de la que Pedro habla está diseñada justamente para hacer vertical en mi vida todo lo que está torcido, para que mi fe resulte purificada.

¿Sabes por qué no nos gusta hablar de aflicción? No nos gusta hablar de aflicción porque en nuestra escala de valores la aflicción es algo negativo. Sin embargo, en el vocabulario del reino de los cielos, la aflicción es vista en gran estima. Los mejores de Dios pasaron por las peores aflicciones, literalmente hablando. De manera que el reino de los cielos tiene una escala de valores muy diferente a la que nosotros tenemos.

¿Cómo yo sé que en el reino de los cielos, para ilustrarlo nada más, la aflicción es tenida en alta estima? Bueno, para comenzar con el Hijo: el Hijo es llamado Varón de Dolores, y no de manera negativa. ¿Por qué? Porque él tomó el dolor y lo sufrido y lo convirtió en gloria. La Biblia habla de que ese Cristo, la segunda persona de la Trinidad, Dios, cuando se encarnó en su humanidad —subrayo "en su humanidad"— Hebreos 5:8 dice que aprendió obediencia por lo que sufrió. Escucha: la segunda persona de la Trinidad aprendió a obedecer en su humanidad por lo que sufrió. ¿Tú piensas que yo voy a aprender a obedecer sin sufrir, nadando en la playa? No. ¿O esquiando en una montaña? ¿Y en una piscina? ¿Tú tienes la idea?

Pablo tiene el mismo lenguaje al hablar del reino de los cielos: "Yo me glorío en la tribulación." "Pero tú eres masoquista." No, no, espérate. Es que la tribulación no... No, sino que produce paciencia, la paciencia produce carácter probado, el carácter probado produce esperanza, y la esperanza no nos desilusiona. Pero ¿de dónde viene la esperanza? Porque comenzamos a hablar en el versículo 13 de este capítulo que yo estoy desarrollando, que yo tengo que poner mi mente y fijarla en la esperanza que me ha de venir de la gracia que me ha de ser entregada cuando él regrese. Y Pablo dice: "¿Por qué esa esperanza?" Nace de la tribulación a través de un proceso donde tú primero te has... Dios te hace paciente. Luego de hacerte paciente, Dios crea un carácter, un carácter probado, y ese carácter entonces tiene su mirada en las cosas de arriba, puede tener la esperanza necesaria, puede pasar por cualquier tribulación. "Bendita sea la tribulación, Señor."

Tengo que desarrollar otro lenguaje, otro entendimiento. De manera que desmontemos la idea de una vez y para siempre de que el dolor es una mala experiencia. Porque si el dolor es una mala experiencia, Dios está equivocado. O yo estoy equivocado, y yo creo que entre esos dos sabemos quién está equivocado siempre.

Escucha al salmista en el Salmo 119. Yo te leí la primera mitad. Lo dejé ahí a propósito para completarlo ahora. "Es bueno para mí ser afligido." El salmista luego dice ahí mismo, el mismo versículo sin salir, no de ahí: "En tu fidelidad tú me afligiste." En tu fidelidad tú me has afligido. O sea, que cuando Dios me aflige, lo único que está haciendo es siendo fiel conmigo. ¡Wow! ¿Cuántos de ustedes quisieran que Dios fuera infiel con ustedes?

El salmista dice: "Señor, yo reconozco tu amor por mí porque me has afligido, porque yo entiendo que la aflicción para mí ha sido una bendición, y yo sé que esto es porque tú has sido fiel para conmigo." El salmista dice algo más: "Es bueno para mí ser afligido para que aprenda tus estatutos." Y eso significa obediencia. Ah, el salmista está de acuerdo con Cristo, o con lo que se dice de Cristo: que él aprendió obediencia en su humanidad por lo que sufrió. El salmista dice: "Yo también. Yo aprendí a someterme en medio de la aflicción, por medio de la aflicción."

Una de las cosas buenas de la aflicción es que me enseña a depender. Ahora, escucha a mi alma. Generalmente, con nosotros, cuando hablamos de depender, tendemos a pensar siempre depender de Dios. Y sí, definitivamente ahí comienza, pero no solamente depender de Dios. Yo tengo que depender de Dios y de todos los medios de gracia que Dios ha dispuesto y que ha diseñado para su iglesia. Hablamos de eso en el primer programa de los miércoles, hace dos miércoles atrás.

Permíteme recitarte a Paul Tripp otra vez en su libro "Lead", y esto es una parte que aquellos que son parte del grupo de trabajo de la oficina ya escucharon, porque estamos haciendo unos devocionales los martes en la mañana sobre este libro precisamente. Y hablamos de esto: de lo que implica esta dependencia a la que la aflicción me lleva. Pero nota esto, que probablemente no lo hayas visto así antes, de que la aflicción me lleva a depender. ¿Pero qué es lo que significa depender? ¿No te dije de Dios y de los medios de gracia que Dios ha dispuesto?

Mira a Paul Tripp definiendo esto: "Dependencia significa que yo creo realmente que mi caminar con Dios es un proyecto comunitario. Que debido al poder enseguecedor de mi pecado remanente..." Yo renuncio mi pecado remanente. No he estado hablando del de ustedes, del mío. Mi pecado remanente. Yo renuncio la idea de que nadie me conoce más que yo. No, eso no es cierto. Las áreas oscuras mías yo no las conozco; otros las están viendo. De manera que yo renuncio la idea. La dependencia significa que yo renuncio la idea de que nadie me conoce mejor que yo.

La dependencia significa que he llegado a creer que el cristianismo aislado, individualizado, independiente, nunca produce buenos frutos. Significa que cada líder —escúchame, esto es para mí, para todos nuestros pastores y los otros líderes— significa que cada líder necesita ser liderado y cada pastor necesita ser pastoreado. Somos ovejas. Significa que el entendimiento teológico, la educación bíblica, los dones ministeriales, la experiencia ministerial y el éxito no significan que ya yo no necesito el ministerio santificador y esencial del cuerpo de Cristo.

Queda, me aplica. Resumen: Pastor Núñez, mira lo que significa dependencia. Que el entendimiento teológico que usted haya alcanzado, que la educación bíblica que usted tenga, los dones ministeriales que Dios le ha concedido, la experiencia ministerial de más de veinte años en el ministerio aquí en Santo Domingo, y cualquier nivel de éxito que usted tenga, no significa que usted piense que no necesita el poder santificador y transformador y esencial de ese cuerpo de Cristo que está aquí. De pone chiquito eso. Paul Tripp escribe esto justamente a la luz de una serie de fracasos de ministros en los últimos años donde no había una comunidad a su alrededor, o había una comunidad pero no hacía su función de cuidarlo.

La aflicción me lleva a ese entendimiento. ¿Y cómo lo hace? Mostrándome cuán insuficiente yo soy. La aflicción me enseña a confiar más en Dios. Somos demasiado autodependientes, demasiado autosuficientes, demasiado autocreídos en lo que podemos lograr. Nosotros confiamos más en este mundo y lo que este mundo me puede proveer, y en mi mundo interior, que en lo que el mundo ulterior tiene que ofrecer. Y por eso Pedro me llama a poner mi esperanza en el mundo venidero.

Déjame leerte esto, que es una cita mía. La escribí como médico pensando cómo pudiera ilustrar cómo es que la aflicción funciona e interactúa con Dios y conmigo. Escúchame: La aflicción es el bisturí de Dios por medio del cual Él extirpa toda célula pecaminosa y cancerígena de mi vida. A veces esa cirugía es hecha sin anestesia cuando nos resistimos a la inducción de la anestesia que su gracia provee antes de que la cirugía comience. La anestesia la hubo. "Señor Núñez, le vamos a practicar esta cirugía de este tipo, eso requiere una anestesia necesaria." Yo me resisto y me resisto. La pierna no me la pudieron operar. La herida sigue ahí pudriéndose. Y tres semanas después hay que cortar la pierna, pero resulta que la condición está tal que ya no cogía anestesia. Vamos a tener que hacerlo a sangre fría. Es una ilustración.

Pero escucha: Cristo es el cirujano. El Espíritu de Dios morando en mí es el anestesiólogo. Y la gracia de Dios es la anestesia que Él suministra cuando yo rindo mi voluntad al Padre diciendo: "Que se haga tu voluntad y no la mía, independientemente de cuánto yo quiero que pase de mí esta copa." ¿Entendiste? Cristo es el cirujano. El Espíritu Santo es el anestesiólogo. La anestesia es la gracia que me es aplicada cuando yo rindo mi voluntad completamente diciendo al Padre: "Que se haga tu voluntad y no la mía, independientemente de cuánto yo desee que esta copa pase de mí."

¿Y por qué Dios hace cosas como esta? Porque yo tengo que ser santo como Él es santo. Ser santo es la única manera, y seguramente la que Dios te examina. Y es que Dios sabe que mi mejor bendición, mi mejor gozo, mi mayor satisfacción, mi mejor victoria, mi mejor triunfo, mi mejor futuro, está en un estado de santidad, porque eso implicaría mi cercanía a Él. Y todo lo bueno que a mí me pudiera ocurrir va a ocurrir en cercanía a Dios. Sé santo en toda tu manera de vivir.

Sexta recomendación y última: Condúzcanse con temor durante el tiempo de su peregrinación. Ya definimos el tiempo de la peregrinación. Yo creo que entre la primera venida y la segunda venida estamos peregrinando de la ciudad terrenal a la ciudad celestial, de Babilonia a Jerusalén, por usar una ilustración usada por mucho tiempo. Durante ese tiempo, Pedro me dice: "Tú necesitas conducirte con temor." ¿Y qué es el temor? Es un temor reverente a lo que Dios es. Es una respuesta natural, racional, a la santidad de Dios. Una respuesta apropiada a la majestad de ese Dios.

La razón por la que yo necesito eso, y por la que Pedro me está recordando que yo necesito tal cosa, es porque cuando yo le pierdo el temor reverente a Dios, yo le pierdo el temor al pecado. Cuando yo le pierdo el temor al pecado, pues mi vida se va a la deriva y yo cosecho las consecuencias de dicha cosa. Fue la falta de ese temor reverente lo que hizo que los dos hijos de Aarón, Nadab y Abiú, fueran consumidos en medio de una experiencia de adoración. Y cuando Aarón fue donde Moisés a reclamarle, Moisés le dijo: "Tú sabes, Aarón, lo que Dios dijo: Como santo seré tratado por los que se acercan a mí, y en presencia de todo el pueblo seré honrado." El texto dice: "Y Aarón guardó silencio."

El libro de los Hechos es una historia de treinta años del desarrollo de la Iglesia. Es impresionante cuando tú lo lees, cuando lo lees rápidamente y lo puedes ver. El número de veces que la Iglesia se expandió y se expandió, y crecía la Palabra —seis veces se expandió y crecía la Palabra y crecía la Palabra y crecía la Palabra y crecía en influencia— y el mismo número de veces tú lees que el temor de Dios cayó sobre la gente, y el temor de Dios cayó sobre la Iglesia, y el temor de Dios se apoderó de todos. ¿Cuál temor? El temor reverente. ¡Wow! La respuesta racional a la santidad y majestad de Dios.

De hecho, cuando Pablo escribe a los corintios su segunda carta, a una iglesia bien carnal, Pablo le recuerda que la santidad se perfecciona en el temor a Dios. Segunda de Corintios 7:1: "Por tanto, amados, teniendo estas promesas, limpiémonos de toda inmundicia de la carne y del espíritu, escucha, perfeccionando la santidad en el temor de Dios."

En este tiempo de pandemia no olvidemos que, con toda probabilidad, Dios está llamando a la Iglesia y al mundo al arrepentimiento. No hay mucho pastor predicando eso. Hay más pastor tratando de pasarle la mano a la Iglesia que los que están llamando al arrepentimiento. Que yo conozca, que yo sepa —que hay más de uno, pero que yo conozca, que yo haya leído, que yo haya visto— hay una sola persona del mundo internacional conocido, de nuevo, seguro hay más si yo no lo he visto, que está declarando de forma categórica que esta pandemia es un llamado de Dios para que el mundo y la Iglesia se arrepientan, y es el pastor John Piper. Dos gracias a Dios por su vida.

A la Iglesia le ha faltado temor reverente por su Dios. La aflicción nos ayuda a recobrar eso. Y nota ahora cómo Pedro, en este versículo 17, que yo simplemente tomé una parte, ahora te lo leo completo, cómo él une el temor de Dios con esta idea que nosotros deberíamos tener: "Y si invocáis como Padre a aquel..." O sea, Pedro nos dice: "Usted invoca a Dios como Padre." Bueno, pues: "Si invocáis como Padre a aquel que imparcialmente juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor durante el tiempo de vuestra peregrinación." En otras palabras, si le llamo Padre, y el Padre va a juzgar, pues no olvide que el Padre que juzga, aquí en Cristo clamó en la cruz, es el Padre que ajustició al Hijo por haber cargado con tus pecados en la cruz. De manera que, conociendo eso, tú y yo deberíamos tener un temor reverente hacia ese Dios a quien llamamos Padre y que también juzga.

En conclusión, esto es cómo Pedro ayuda a esta gente que está en medio de la persecución, la aflicción, a entender que la aflicción está cultivando su santificación, y cómo yo debo hacerlo. Número uno: preparen su entendimiento para la acción. Número dos: sean sobrios en espíritu. Número tres: pongan su esperanza completamente en la gracia que se les traerá en la revelación de Jesucristo. Número cuatro: como hijos obedientes, no se conformen a los deseos que antes tenían en su ignorancia. Número cinco: sean ustedes santos en toda su manera de vivir. Y número seis: condúzcanse con temor durante el tiempo de su peregrinación.

Que Dios bendiga su Palabra en esta mañana.

Padre, gracias. Gracias porque tu amor es tan extraordinario y especial que cuando tú nos ves no conformándonos a la imagen de tu Hijo, tú sacas el bisturí, hablas con el anestesiólogo, tu Espíritu, haces abundar tu anestesia, tu gracia, y nos recuerdas a nosotros los pacientes: "Preparémonos para cirugía." Padre, yo te pido en Cristo Jesús por cada uno de nosotros. Primero, perdón cuando no hemos sido buenos pacientes. En segundo lugar, que de aquí en adelante tú nos prepares a la manera de tu Hijo, que estando ahí en Getsemaní, también delante de la aflicción, una hora después supo responder en rendición y decir: "Señor, Dios, Padre, cuánto deseo que esta copa pase de mí, pero yo entiendo que en mi rol ni siquiera se trata de mí, sino de tus propósitos. De manera, Señor, mi Dios, mi Padre, hágase tu voluntad y no la mía." Gracias por tu Palabra que nos transforma, Dios. En Cristo Jesús, si su pueblo dice, amén.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.